Cambios

En el día de hoy anuncio que:
1. Voy a dejar de escribir. Estoy hasta el moño de pelearme conmigo misma todos los días. Ya no me gusta. Me rindo. A partir de ahora dedicaré mis horas libres a hacer calceta y punto de cruz.
2. Reniego de Alan Rickman. Me parece un viejo insoportable que ha llegado a donde está sólo porque de niño se le atascó la mandíbula y aprendió a hablar sin mover los labios. A partir de ahora sólo veré películas americanas con mucha violencia, mucho sexo y final feliz.
3. Soy de derechas y españolista. De mayor quiero ser como Esperanza Aguirre. Me pone Rajoy. Si fuera hombre, me dejaría un bigotillo como el de Aznar (como no lo soy, me lo quito con láser).
4. Como soy una débil mujer, voy a buscarme un marido que me cuide y me quite de trabajar para no ocupar un puesto laboral que le corresponde a un hombre. He decidido que voy a tener al menos cinco hijos y voy a dedicar el resto de mis días a cuidar y mimar de mi familia, sin más aliciente que los quince días en Benidorm en agosto.
5. Pienso que la homosexualidad es una enfermedad, el aborto una aberración y el divorcio contra natura, que Rouco Varela debería ser santificado en vida y que el papa es el hombre más divino del mundo. Creo en Jesús y a partir de ahora voy a ir a misa todos los días. A todas las misas.
6. Creo que tienes mucho tiempo libre y deberías estar haciendo cosas más interesantes que leer la mierda que escribo aquí de vez en cuando.

(ay, inocente, inocente...)

A esto le llamo yo una buena decoración


No, no es un hombre a quien se le ha escapado la escalera y se ha quedado colgando. Es un muñeco que el ingenioso dueño de la casa puso como decoración de Navidad y tuvo que quitar a los dos días porque a punto estuvo de causar accidentes frente a su casa. Según cuenta en su blog (si tuviera más tiempo pondría un link, siento haber olvidado cómo se hace, tendría que ponerme a rebuscar y no me apetece), una señora de 55 años llegó a levantar una escalera de casi cuarenta kilos y subió por ella antes de darse cuenta de que no era de verdad. La policía le recomendó que lo quitara porque incluso ellos habían estado a punto de pegársela cuando frenaron bruscamente con la intención de ayudar.

Duraría poco, pero seguro que dio que hablar a todo el vecindario...

Bloqueo del escritor y otros mitos

No creo en el bloqueo del escritor. No creo en el síndrome de la página en blanco, en que las musas te abandonen. Creo en que se pueden tener días más o menos inspirados, y que algunas veces las cosas te salen mejor que otras, pero no creo en la imposibilidad física de escribir. Sé que no existe porque lo he comprobado. Para el resto del mundo, esos que no escriben (también los hay, ¿os lo podéis creer?), el bloqueo se llama vagancia.

El pasado mes de noviembre conseguí crearme una férrea rutina. Me sentaba todos los días a escribir a la misma hora y trataba de escribir la misma cantidad de palabras, que de lunes a viernes eran alrededor de 1500 y los fines de semana algo más. Algunos días estaba cansada después de un día eterno, pero me sentaba igualmente; al fin y al cabo, no se trataba de mover piedras de molino con los dientes, algo podríamos hacer. Y avanzaba. Vale, no era Shakespeare, pero nada de lo que yo haga nunca lo será, y mi objetivo era perderle el miedo a escribir. Y lo conseguí. Incluso logré algún párrafo del que sentirme orgullosa (y muchos que negaré haber escrito yo cuando gane el Cervantes y me den la cátedra), pero eso era lo de menos. Ya vendría la revisión.

Llegó diciembre y me prometí seguir así, pero ya la presión no era la misma, la novela había llegado a su punto medio y, aunque sabía lo que venía después, me daba pereza seguir. Cometí el error de darme días libres. Perdí el impulso, la inercia que me tenía pegada a la silla todos los días a la misma hora. Recuperar la costumbre fue muy difícil. Todavía no lo he hecho. Cualquier excusa es buena para no escribir.

Y no es un bloqueo. No es que no sepa como seguir, que sí lo sé (solo que ahora es más difícil, porque vienen los "macgufins", como dice una amiga, los momentos de tensión que justifican todo lo escrito hasta ahora), pero me da pereza. Me da miedo. Ya empiezo otra vez con el "¿y si no lo hago bien?", solo que ahora es mucho más ridículo porque todo lo anterior es cualquier cosa menos bueno. Más de sesenta mil palabras, el final aún no se atisba, y me pongo a dudar. No es bloqueo de escritor, no es miedo a la página en blanco porque no hay ya nada blanco. Es miedo a secas.O pereza. O entumecimiento. Pero bloqueo no.

El bloqueo se vence escribiendo. Hoy he conseguido pegar el culo a la silla y escribir mil palabras. Son pésimas, y creo que me estoy desviando, pero al menos ya sé por qué camino no me apetece ir. Mañana me sentaré otra vez. Y estas vacaciones pienso dedicar algún que otro día solo a escribir (bueno, y a comer y a dormir, pero a nada más), como ya hice en noviembre, cuando conseguí cascarme 6000 palabras en un día. Es cuestión de ponerse. De vencer a la pereza.

Y a mí a cabezona no me gana nadie.

Sábado, día de escritura

Nueve y media de la mañana de un sábado. El despertador no suena, pero yo ya estoy despierta y dispuesta a empezar el día. Hoy tengo que escribir, me digo, tengo que sentarme al ordenador y usarlo para lo que lo compré, que no está la economía como para tirar el dinero. Hoy escribo.

Pero primero tengo que desayunar. Un desayuno lento y sin prisa, con música de fondo, relajado. El gato husmea la tostada, él también quiere. Quito la taza de café con leche antes de que meta el morro, anda que no es fino el tío. Me tomo otro café. Sólo he dormido diez horas, aún tengo sueño.

La casa está hecha un asco. No me puedo concentrar con pelusas por doquier. Paso la escoba y me pongo. Bueno, ya que he sacado la escoba, saco el Ajax Pino y le pego una fregadita al suelo. Y a la encimera de la cocina. Y ya puestos, limpio el baño.

Ya, ya está todo limpio, ya me puedo poner a escribir. Vamos a echar un vistazo a internet y ahora me pongo.

Media hora más tarde, me doy cuenta de que el reloj de pared del despacho está parado. Hay que cambiarle la pila. Es un momento, lo hago en un pis-pas.

¿Dónde coño he metido yo las pilas? Diez minutos buscándolas para encontrarlas en el cajón de las pilas. Qué cosas.

Anda, no he planchado los cuadritos de patchwork (estoy haciendo un cojín, más mono...) y quiero pasarme la tarde cosiendo en casa de mi madre, así que mejor los plancho ahora y así, mientras escribo, se enfría la plancha y puedo guardarla antes de irme, no vaya ser que el gato se queme el hocico. Un momentito, es un momentito.

Ya está. Me siento. Abro el documento. Escribo cien palabras. Miro el reloj.

Coño, es la hora de ir a comer a casa de mi madre. Apago el ordenador y me visto a toda prisa, que tengo que comprar el pan.

De mañana no pasa, mañana escribo.

Que sí, de verdad.

¡Me importa tres pepinos!

Enciendo el ordenador. Después de pasear por el correo, voy con toda tranquilidad a los dos periódicos digitales que leo siempre, ¿y qué me encuentro en portada (en pequeñito, pero en portada)? La foto en exclusiva del nuevo aspecto tras la operación de cirugía estética de cierta persona a la que no pienso nombrar para que nadie pueda llegar aquí tecleando su nombre.

¡Señores, qué hace esa tía abriendo periódicos! Como ella misma dijo, ¡ni que fuera Bin Laden, leches!

A veces me gustaría ser idiota para dejarme comer la cabeza por tonterías sin importancia...

Aborta, que algo queda.

Los obispos dicen que abortar es delito.

Se nota que ni son mujeres, ni trabajan con ellas, ni están casados, ni tienen hijas o nietas.

O sí.

En defensa de la escuela pública

Trabajo en una escuela pública. Una ikastola pública, para más señas, un centro que empezó siendo de la diputación alavesa para luego pasar a manos del Gobierno Vasco cuando las ikastolas lograron la completa legalización. Está en un barrio de los llamados "bien" de la ciudad, de clase media alta y con un pírrico porcentaje de inmigrantes. No hay problemas de disciplina. Las clases son todo lo homogéneas que se puede esperar en una clase de veintipico niños y niñas.

El año pasado, los alumnos de cuarto tuvieron que hacer el examen diagnóstico, una prueba que el Gobierno Vasco (no sé si es estatal) utiliza para gradar los centros que se toma en cuarto de primaria y segundo de ESO. Se medían las competencias en castellano, euskera y matemáticas, y este año también conocimiento del medio (aunque esta última va a cambiar todos los años). Nos han llegado los resultados. Dado el nivel socieconómico del barrio y de los alumnos, la comparación entre centros (todos anónimos) se ha hecho teniendo en cuenta ese dato. Al tener nuestras familias un nivel socioeconómico muy alto, la comparación se ha hecho contrastando nuestros resultados con colegios privados y concertados de la comunidad, modelos A, B y D.

¿Los resultados? Les damos a todos sopas con honda.

La media del resto de colegios no es mala, en la gráfica quedaban a la mitad del nivel medio, pero nuestra ikastola pasaba con creces ese punto y entraba en la zona de "avanzados". La nota más baja, aunque aún muy por encima de la media, era en matemáticas, y hasta en conocimiento del medio han (hemos) arrasado. Tened en cuenta que estos niños son castellano parlantes e hicieron el examen en su lengua de acogida, no la materna. Había dudas, se creyó que lo harían mal. No hemos hecho trampa y hemos arrasado.

¿Qué conclusión saco? No, no es que el modelo D funciona (que lo defiendo a capa y espada, pero no es lo que respaldan estos datos); no, no es que los niños de ikastola son más listos, o que los profesores que hablan euskera están más preparados. La conclusión a la que llego, a pesar del título de la entrada, es que la escuela, pública o privada, es solo una mínima parte del cuadro, que poco podemos hacer nosotros (los profesores) en la educación de los niños a la hora de la verdad. La mayoría de nuestros alumnos tienen padres universitarios, algunos profesores, la mayoría bien educados. No tenemos ningún grupo marginal, ningún problema serio de disciplina, podemos emplear todo nuestro tiempo en enseñar. ¿Por qué otros colegios de la ciudad, a pesar de tener los mismos profesores (todos sacados de la misma lista, todos con la misma formación) se han quedado en la zona baja del gráfico? Porque no tienen nuestras familias, no tienen nuestra educación. Y sin esa materia prima, poco podemos hacer los profesores, ya sea en público o en privado.

Así que, padres y madres, andad al loro de lo que hacen vuestros hijos. Participad todo lo que podáis, enviad a los chavales bien educados, formales y respetuosos, que de las sumas y las restas ya nos encargamos nosotros. Y zorionak a todas las familias de los chavales de cuarto (este año quinto) de mi centro, porque nos han puesto a los profesores el ego por las nubes.

Oh, Christmas tree

Estos días, en clase de los pitufos de 4 y 5 años, estoy trabajando villancicos, ya sean reales (oh, Christmas tree, oh, Christmas tree, how lovely are your branches) o inventados (I'm a little snowman, short and fat). Después de trabajar el del árbol de Navidad, me viene un pitufo y me dice: "Ruth, Ruth, hoy he puesto el ohchristmastree (así, todo seguido y sin respirar) en mi casa".

Si es que hay que tener un cuidado con lo que se dice en clase...

Terapia

Fin de semana largo. Mucho tiempo para hacer cosas, o para no hacer nada. Cuatro días en los que dedicarse a lo que una prefiera.

Ayer me dediqué a hacer el vago. No hice nada. Limpié un poco la casa y me pasé el resto del día jugando con el ordenador nuevo, bajándome de internet programas que probablemente no necesito, buscando tonterías en la red. Después lo utilicé para una charla de una hora con mis amigos de allende los mares (viva el skype), y salí a dar una vuelta.

Me sentí como una patata.

No me gusta hacer el vago. Me aburro. Me convierte en vaga. De repente, no me siento motivada para hacer nada, ni para ver la televisión. No hay nada que me llame la atención. Y después de un par de horas de no hacer nada, soy incapaz de ponerme a hacer algo serio. Me convierto en vaga. No valgo para nada.

Esta mañana he decidido que no iba a volver a hacerlo. Después de una ducha que me ha dejado como nueva, me he sentado otra vez frente al ordenador, pero esta vez para darle el uso para el que se compró: he escrito dos mil palabras de un tirón. Diciembre también va a ser mi NaNoWriMo, solo que esta vez aspiro a 30000 palabras en vez de las 50000 de noviembre, no nos pasemos, y hoy ya he cumplido por hoy y por ayer. Esta tarde toca estudiar, algo que no he hecho desde ya ni me acuerdo; tengo ganas de ponerme a hacer cosas porque ya he empezado, no me he permitido caer en la desidia de un día de fiesta.

He hecho terapia. La escritura es mi terapia. Me hace sentir renovada, me da ganas de seguir haciendo cosas, me hace pensar en todo lo que puedo hacer con los tres días de fiesta que me quedan.

El único dolor: haber tirado el sábado de mala manera. Pero aún tengo dos días más para compensar.

Si es que vamos de cosmopolitas...



...y luego hacemos estas cosas.

Visto en Madrid, en un bar céntrico, en la calle paralela a Preciados. La foto no está trucada (no sabría cómo hacerlo aún si quisiera) y me ha servido para pasar muy buenos ratos. Lo que me he podido reír, madre.

Let's go sting something, uncle.

Diario

Empieza el invierno. Ya hemos tenido la primera nevada, muy ligerita y sin llegar a cuajar, pero hemos visto nieve. Se me ocurrió señalarla por la ventana cuando estaba con los de cuatro años y ahí se acabó la clase. Qué gritos, madre, qué dolor de cabeza. No hay nada peor que la nieve con veinte niños altamente inflamables a tu alrededor.

Hoy, sin embargo, hemos tenido un día casi cálido en comparación. Hacía fresco, sí, pero somos vascos, hostia, podemos con todo, siempre y cuando haga un poco de sol y el viento del norte amaine. Me ha gustado el día de hoy. Ojalá aguante así todo el invierno, con las nevadas justas para llenar el pantano. En casa, mantita, gato y calefacción, y los que trabajen al aire libre que se fastidien (bueno, no, que se abriguen).

Y sigo con lo mío. Noviembre, diciembre, enero o febrero, la cosa es escribir. Me he dado unos días de fiesta para celebrar el triunfo de NaNoWriMo y ahora vuelvo a la carga, pero más pausada, sin prisas, tranquila. Tengo tiempo, tengo ideas y soy lo suficientemente previsora como para haber ahorrado tiempo libre. Ya he estudiado todo lo que tenía que estudiar, ahora a leer y a escribir, que es lo que me gusta. Ya llegará enero con sus exámenes y será tiempo de agobios otra vez. Ahora no.

La calefacción a tope, el ordenador nuevo funcionando a todo trapo, el gato en el regazo, un té rojo a mi lado... Qué poco me hace falta para sentirme satisfecha.

Fin de semana largo y otras cuitas

Mañana tengo fiesta por ser el día del maestro (que a ver cuándo empiezan a llamarlo "día de la maestra", que visto el porcentaje de maestros y maestras nos toca feminizar la fiesta, digo yo). Aprovecho que mi hermano tiene un máster en Madrid para ir a pasar el fin de semana con él y visitar una ciudad que desconozco por completo. Espero que no llueva.

Salgo de madrugada, a las dos de la mañana del sábado, lo que significa que, a cuatro días del fin del NaNoWriMo, no voy a poder escribir en dos. Ayer, con mis 40000 palabras escasas, me había dado ya por vencida y había decidido que otro año sería, pero hoy me ha llegado el e-mail del organizador y me ha metido adrenalina en vena. He llegado a casa y me he sentado en el ordenador; tras dos horas, he logrado casi 4000 palabras, algo que no había hecho en mi vida. No son palabras que vayan a hacerse un hueco en la historia de la literatura y más de la mitad de lo que he escrito hoy se va a ir a la basura en la revisión, pero he adelantado la historia y la estoy llevando por donde yo quería. Me gusta. Puede salir algo bonito de todo esto.

Mis dedos vuelan sobre el teclado de mi ordenador nuevo, mi auto regalo de cumpleaños tardío -o de Navidad temprano-, y al que creo que tengo que agradecerle parte del mérito de las palabras de hoy porque ya no me dejo el cuello en el portátil. Un gasto superfluo, algo sin lo que podría vivir, pero he decidido que, si quiero ser escritora, voy a invertir en el instrumental necesario para conseguirlo. Cuando acabe la novela caerá una impresora como dios manda, para empezar a mandarla a cuanto concurso y editorial tenga a bien leerla.

Aún no ha empezado mi puente y ya estoy pensando en el de la semana que viene, en la de horas que puedo pasarme escribiendo con cuatro días de fiesta, aunque ya no tenga un día marcado en rojo en el calendario para entregar nada. Estoy deseando acabar el primer borrador para poner en limpio todas las notas que he ido tomando y empezar a pulir la historia. Hacía mucho tiempo que los personajes no me perseguían en sueño ni atacaban mis horas de asueto.

De momento, tranquilidad en el frente.

Sarcasmo con niños de seis años

La clase de primero B es horrible. No lo digo solo yo, lo dice cualquier profesor que entra a dar clase, incluída su tutora. Es una de esas clases donde hasta los buenos son malos, porque son inteligentes pero no hay manera de sacarles provecho, despistados y guerreros como son. Una hora en esa clase es como dos días enteros en cualquier otra. Los martes y los jueves a última hora de la mañana me concentro y me esfuerzo por tomármelo con calma, por no gritar, por no enfadarme. A los cinco minutos de entrar en clase ya no me queda voz. Como muestra un botón.

A. es un niño a quien en otros momentos de la historia habríamos llamado "cortito" pero que ahora llamamos "de desarrollo lento". En pocas palabras, no sabe hacer la o con un canuto y encima nunca, nunca, nunca presta atención. Eso sí, participar y salir a la pizarra le encanta, así que hoy le he sacado para que uniera los nombres de los miembros de la familia y sus dibujos.

No ha dado una, el condenado, aunque en este caso eso es lo de menos.

Así que, después de echarle más cables que el tendido eléctrico de un hospital y tras devolverle a su sitio con un inmerecido "good job" para subirle el ánimo, se ha puesto el angelito a jugar con tooooodo lo que caía a menos de un metro de sus manos, ya fuera suyo o del compañero. Yo, nerviosísima ya porque esta clase me ataca los nervios, interrumpo a la pobre cría que he sacado a la pizarra y digo, con voz de trueno:

-Nada, A., tú sigue jugando, ¿eh?, sigue jugando, no hagas ni caso.

Y eso es, exactamente, lo que A. ha hecho. La primera vez en su vida que me hace caso.

(Nota mental: escribir cien veces "no utilizaré el sarcasmo con niños de seis años, no utilizaré el sarcasmo con niños de seis años, no utilizaré el sarcasmo con niños de seis años...)

13 de noviembre

Hoy es viernes 13, día maldito para el mundo anglosajón. Se teme un bombardeo de virus y la gente huye gatos negros y escaleras varias. Yo no.
Hoy hace 34 años que nací. Cumplo años, y hoy hago un paréntesis en mi apretada agenda de escritora suicida para anunciarlo al mundo (o a la docena escasa de personas que me leéis normalmente). Cumpleaños extraño porque me falta alguien, pero mi día al fin y al cabo. He intentado madrugar un poco para alargar el día, pero me ha vencido el sueño. Aún así, esta mañana me sobra tiempo.
Voy a por pastas. Os guardo una si la pedís amablemente.

Escribo, luego existo

Este mes va a ser duro. Muy duro.

Estamos a cuatro de noviembre, lo que significa que llevo cuatro días haciendo el NaNoWriMo dichoso. Cuatro días en los que, después de terminar el tema de semántica y lexicografía de la lengua inglesa o de pensamiento y creación literario en el siglo XX, me siento al ordenador, más dormida que despierta, y escribo alrededor de dos mil palabras. Dos mil palabras los dos primeros días, porque al tercero ya me he conformado con mil quinientas y hoy he pasado justita de las mil. Pero es que no puedo más. Que ha sido un día muy largo, aunque aún no sean las nueve de la noche. Que tengo sueñito, y hambre, y el gato reclama mi atención.

¿Cómo lo hacen los escritores serios que tienen un trabajo aparte (o sea, el ochenta por ciento de los escritores en el mundo)? ¿Cómo trabajas ocho horas diarias y luego llegas a casa y lidias con las exigencias de un editor, y de una fecha de entrega, y de una sesión de firmas? Yo apenas puedo dedicarle una o dos horas al día, no porque no tenga tiempo (puedo hacer tiempo, no tengo excusas), sino porque no me quedan fuerzas. Escribir una novela en un mes... A quién se le ocurre...

Me voy a cenar (temprano) para poder meterme en la cama (temprano). Soy dormilona y remolona, qué le vamos a hacer. A otros les huelen los pies.

Experimentando con las palabras

(Ojo: esto no pretende ser ninguna llamada de atención ni tirón de orejas a nadie. No es necesariamente representativo de lo que yo pienso, simplemente estoy jugando un poco para tratar de crear un personaje y me ha gustado lo que me ha salido, por eso lo comparto. Que nadie se mosquee.)

Apadrina a un niño.
Por menos de un euro al día, un chaval (o chavala) podrá comer un plato de plasta de arroz templado por el sol del desierto.
Apadrina.
Campañas y campañas de curas con ropa de paisano en el televisor, sólo en diciembre, cerca de Navidad, porque como todo el mundo sabe las ayudas sólo se necesitan en Navidad. El resto del año los niños comen de puta madre y ninguno muere de disentería.
Apadrina.
Vete lejos, tan lejos como puedas, y deja que te manden la foto de un niño sonriente –o niña-, siempre guapo –o guapa-, con todos sus dientes –o dedos-, mofletes rechonchos que no necesitan más que un euro al día para mantenerse así de hermosos.
Apadrina.
Hínchate de orgullo y di a tus amigos que haces el bien por el mundo, que gracias a ti un poblado ha conseguido su pozo de agua, que si no fuera por tu euro al día (365 al año, uno más si es bisiesto) un niño moriría de hambre allá donde Cristo dio las tres voces.
Apadrina.
Y, sobre todo, olvídate de todos aquellos que no tienen un euro para mantener esos mofletes tan rechonchos y brillantes, ignora a la mujer que pide en la puerta de la iglesia porque seguro que lo suyo es vicio, tira ese filete a la basura porque está duro, cómprate ropa nueva de temporada y un nuevo armario donde meter eso que ya no te pones. Y juega con la PSP, o la Nintendo, o la Wii, y cágate en el vecino de abajo porque ha vuelto a aparcar su Mercedes demasiado cerca de tu BMW y no vas a poder abrir la puerta sin rozar la columna.
Pero apadrina. Apadrina siempre.

NaNoWriMo


Y llegó esa época del año en la que me pongo pesada con el dichoso NaNoWriMo, y este año más que nunca porque voy a participar por segunda vez en mi vida. Y esta vez espero hacerlo bien y conseguir cumplir con las 50 000 palabras, que no serán ni con mucho una novela completa pero me pondrán en el camino correcto. Unas doscientas páginas si consigo cumplir el reto... Vaya que si me pondrán en el camino correcto.
(Vale, así entre nos, ahora que no nos oye nadie... Ya he empezado, porque la historia me quemaba los dedos y pedía ser contada, pero prometo no hacer trampa -al menos ninguna más- y empezar desde cero el uno de noviembre; o sea, que tendré que escribir 50 000 palabras aunque ya tenga 10 000 escritas. Qué ilu, oye, ya tengo 10 000. Que no cuentan para el NaNo, pero cuentan para mí.)

Sueños

Hoy he soñado que comía chocolate.
Cuando me he despertado, tenía un gigantesco grano en la barbilla.
¿Dónde estaría yo si todos mis sueños tuvieran consecuencias?