A lo largo de los siglos de historia que recogen nuestra memoria y nuestros libros ha habido algo más de un puñado de gente válida que ha dejado su nombre grabado en el tiempo. Monarcas, gente de ciencias, aventureros, gente de letras, los hay de todas las ramas, pero por lo general la descripción de todas esas personas se puede generalizar con cuatro palabras: hombre blanco cristiano heterosexual. Hasta hace muy poco tiempo, cualquiera que se saliera de esa descripción era objeto de análisis, pero no el analista. Hay libros y libros escritos sobre África, pero ¿cuántos escritores africanos conocemos? El único que conocía yo, Chinua Achebe, murió el otro día, y no os hacéis una idea de lo que me avergüenza reconocer que la única razón de conocerle es que fue materia de estudio en una asignatura el año pasado. ¿Sois capaces de mencionar a un escritor asiático que escriba en una lengua no europea? (No digáis Salman Rushdie, que os conozco: ése escribe en inglés y lleva en el Reino Unido desde los catorce.) Ricemos el rizo: ¿sois capaces de mencionar una mujer asiática, africana u homosexual que escriba en lengua no europea? Yo, lo admito, no. Miro en mi biblioteca y lo más “indie” que tengo es Zadie Smith: británica, hetero y educada en Oxford, por muy negra que sea. Súper radical, vamos.
Dijo Samuel Jonson, allá por el siglo XVIII, que una mujer predicando es como un perro andando sobre dos patas traseras: no es que lo haga bien, pero el simple hecho de que lo haga ya merece admiración. Tras todo este tiempo, hay mucha gente que sigue con el mismo discurso, no solo en literatura sino en cualquier ámbito del conocimiento. Que una mujer destaque es novedad, pero aún así se sigue diciendo que no son justas las diferencias que se hacen para ayudarlas, que hay igualdad, que si no destacan es porque no quieren. Sí, pienso yo, porque miles de años de sumisión se borran con apenas un siglo de feminismo, así de buenas somos. Los hombres protestan por las subvenciones a mujeres para montar un negocio; claman al cielo cuando un premio literario recae en una mujer, eso es discriminación, ahora los que peor lo tienen son los hombres, pobres de nosotros, nos tienen machacados; todavía es noticia cuando una mujer recibe el Nobel en el área que sea porque siguen siendo casos aislados (a no ser que sea el de la paz: en eso de sacrificarse, parece que no tenemos parangón). Las niñas de hoy en día siguen teniendo pocos modelos que imitar fuera de las revistas de moda. Quieren seguir siendo guapas, que las llamen princesas, bailar y soñar. Y no digo digo yo que bailar y soñar sea algo malo, en absoluto, pero me gustaría que bailaran funky y soñaran con llegar a la luna, y no en bailar el vals con su príncipe azul.
No hay igualdad, y el que diga que sí tiene un problema serio de visión o mucha mala leche. Ni siquiera me refiero a las mujeres, sino a esta sociedad tan eurocentrista, tan blanca, tan heterosexual, en la que cualquier persona con acento extraño o un tono distinto de piel nos pone de los nervios, no digamos si lleva de la mano a una persona de su mismo sexo. Lo peor de todo es que no creo que llegue a haberla nunca: como dice Atxaga en uno de sus cuentos, todas las sociedades necesitan de “el otro”, alguien a quien culpar de todos sus males y frente al que compararse y verse con mejor luz. Nosotros (y nosotras) no somos una excepción. Siempre habrá otro u otra a quien temer o marginar. Solo nos cabe esperar que…
La verdad es que no sé qué nos cabe esperar
B., o cómo entregar premios que te premian a ti.
B. es una niña que tiene muy claro lo que quiere de la vida. Tiene casi doce años, está en sexto de primaria y ya sabe que lo suyo no es estudiar, que nunca va a ir a la universidad y que en cuanto la ley le deje va a ir a trabajar con sus padres y sus hermanos al mercado. Su sueño es ser camarera, o eso dice; pasa las tardes en “el culto”, sirviendo bebidas a su familia y a los miembros de su comunidad, y quiere repetir curso porque así se queda un año más en el cole con su amiga, que está en cuarto. Tiene una mirada altiva que rara vez enfoca a los ojos de un adulto y no responde bien ni a las críticas ni a los regaños, pero cuando hablas con ella (hablar de verdad, no mandar, no un “B, te he dicho que te sientes bien, B por qué no has estudiado, B así no puedes seguir”) sonríe y se le ilumina la cara. Es la niña más guapa del colegio, un bellezón de pecas, ojos miel y melena eterna que a veces viene maquillada porque el día anterior llegó tarde de “el culto” y no le dio tiempo a lavarse la cara. Si le preguntas por qué viene pintada, te mira con expresión de “y a ti que te importa”, o te suelta un “porque me da la gana” que te deja sin respuesta. Su tutora la pone siempre de ayudante porque es la única manera de que participe en clase. Si no es un juego o una canción, no le interesa. Si no hay que dar palmas, pasa.
El otro día tuve que anunciar los ganadores de la adivinanza semanal que hacemos en el colegio. Ponemos una a la semana, alternando el euskera y el inglés en un intento de que los chavales se piquen con dos idiomas que no son suyos. Yo saqué los papeles del buzón y traté de coger uno al azar, pero es difícil ser profesora y hacer nada al azar. La primera respuesta que cogí era incorrecta y no pude darle el premio; la segunda, aunque correcta, era de un niño que lo tiene todo y que todo lo hace bien, y no me apeteció que ganara también esto, ya lo siento. La tercera respuesta era de B. Anuncié su nombre por megafonía y le dije que bajara a dirección para recibir su premio, todo en inglés. La vi venir, bajando las escaleras despacio y mirando a uno y a otro lado, una amiga a su lado. La vi parar a un profesor y preguntar qué tenía que hacer para recoger su premio. Y, por primera vez desde que la conozco, la vi insegura cuando llegó a mí, azorada, nerviosa. Me di cuenta de que era la primera vez en su vida que B ganaba algo. Quizás era la primera vez en su vida que participaba en algo. El premio (ridículo, infantil, tonto) fue lo de menos. Había ganado ella.
B no ha cambiado su forma de ser, ni es mejor estudiante, ni tiene más sueños que el de poder repetir para quedarse en el colegio con la gente que conoce, pero sé que al menos ese día fue feliz, aunque fuera por un rato. Y a veces con eso basta, porque la vida no deja de ser una suma de momentos, algunos malos y otros buenos. Ciertas personas tienen tal suma de momentos malos que uno bueno, por pequeño que sea, les puede alegrar un mes entero.
Cosas que los anuncios de la tele me han enseñado
Dicen que la tele es una caja tonta, pero qué va, la tele enseña mucho, mucho, mucho. Y no hablo sólo de Pepa Pig o de Barrio Sésamo, que también, sino de esos pequeños documentales que nos muestran la vida tal y como es en cada pausa publicitaria: los anuncios. Teniendo en cuenta que al cabo del día una persona que ve la tele ve más anuncios que cualquier otro programa, los mensajes que nos dan en esos veinte minutos terminan quedándose en nuestro subconsciente más que cualquiera de los rollos que tienen los de Anatomía de Grey, así que me ha dado por hacer una pequeña lista de las cosas que he ido aprendiendo con los años:
—Los hombres nunca se estriñen. Las únicas personas que compran yogures con fibra, cereales con fibra o cualquier cosa que les ayude a ir al baño son mujeres. Los hombres no. Tampoco sufren de hemorroides, por lo que parece.
–No existen los hombres gordos. Las mujeres gordas tampoco, pero ellas, por muy delgadas que estén, siempre quieren adelgazar. Ellos no, ellos nunca; ellos se limitan a verte pasar después de haber hecho una dieta a base de comer solo cereales y sonríen, pero adelgazar no, ellos nunca.
—Si eres madre y tienes un hijo (un chico, se entiende), prepárate para que el nene te venga hasta las cejas de barro, sangre, pintura y sustancias sospechosas en la ropa. Para eliminarlas necesitarás de la ayuda de un extraño ser del futuro que vendrá con las cejas teñidas de blanco, o quizás el consejo de tu suegra. Si lo que tienes es una hija, tranquila: cuando llegues a casa, ella y su padre te habrán hecho la cena (de sobre, eso sí). O, en su defecto, ella jugará contigo en la cocina para hacer postres de Helly Kitty. Pero tranquila por las manchas de grasa, que las chicas ni ensucian ni se ensucian.
—Las colonias para hombres convierten a las mujeres en objetos, a veces incluso las pintan de color dorado. Cuanto más cara sea la colonia en cuestión, más buenorra estará la tía que te pilles, que caerá rendida a tus pies en cuanto chasquees los dedos. Estará al lado del coche deportivo, busca bien.
—La mayor preocupación de una mujer, muy por encima del bienestar de sus hijos, la crisis, su carrera o cualquier otro tema que agobia a los hombres, es que su familia vaya limpia y que sus hijos coman calcio. “Ellos se alimentan bien y yo estoy tranquila”. Porque, como todo el mundo sabe, las madres no comen.
—Las lavadoras y los lavavajillas son máquinas tan complejas y misteriosas que ninguno de los hombres que salen de “atrezzo” en los anuncios saben usarlos. A no ser que el anuncio tenga por protagonista a un hombre soltero; entonces vendrá su madre a explicarle cómo funciona la lavadora y qué detergente usaba ella para quitarle las manchas esas con las que venía siempre cubierto.
—Las mujeres son incapaces de conducir un coche más grande que un Corsa. En caso de que el coche sea de una marca alemana de cierto tamaño, el único capaz de manejar semejante bestia es el hombre. Siempre y cuando no sea un monovolumen para llevar a los niños al colegio, porque entonces sí, entonces nosotras también podemos.
—Eso de que la mujer trabaja fuera de casa es un bulo creado por machorras feministas. Si algo me han enseñado los anuncios es que todas las mujeres son amas de casa y están obsesionadas por cagar, limpiar la ropa de su familia y la casa, adelgazar y dejar en feo a su suegra (o a su nuera, esto depende del anuncio). Y, por lo que parece, tienen toda la intención de que sus hijas sigan el mismo camino que ellas.
Jo, para que luego digan que la tele no instruye. Anda que no he aprendido yo en el cuarto de hora que he sacado boli y cuaderno para tomar apuntes con los que nutrir esta entrada...
Cinco libros que me gustaría que mis hijos leyeran (si los tuviera)
Javi de Ríos lanzó el otro día en Twitter la idea de escribir un post sobre cinco libros que nos gustaría que nuestros hijos e hijas leyeran, y la idea me hizo gracia. Después de aclarar que lo de los hijos era circunstancial y que lo importante eran los libros, me puse a pensar qué libros de literatura infantil y juvenil me marcaron a mí en mi más tierna infancia, y terminé con una lista tan grande que tuve que comprarme un hacha. Reducirla a cinco me costó un esfuerzo, y no tengo muy claro que haya logrado el objetivo porque la mayoría de ellos no son literatura juvenil como tal, sino clásicos adecuados a los críos, pero allá va mi lista.
El primero no es un libro, sino una serie, pero creo que ninguna infancia en los ochenta se escapó de la lectura de Los Cinco, de Enid Blyton. Leí pocos, porque yo era más de la competencia americana (la serie que menciono más abajo), pero he de reconocer que los valores y las aventuras sanas de esta pandilla eran de lo mejor que había publicado en nuestro tiempo. Niñas que se comportan como chicos porque no les gusta ser ñoñas (faltaba un chico amanerado, supongo, pero no pidamos milagros), amor por la naturaleza y contar al perro como uno más de la pandilla, cómo no iba a atraer a los millones de niños y niñas que atrajo. No he vuelto a releerlos de adulta y me pregunto si todavía mantiene el gancho que tenía en nuestro tiempo. El otro día un niño de quinto estaba leyendo uno de ellos y me entró una morriña tremenda.
Los que devoraba uno tras otro sin cesar eran los libros de Los Hollister, la familia perfecta americana en la que todos eran guapos, formales, maravillosos, se iban a la cama a su hora y comían palomitas de maíz con melaza. Los cinco hermanos Hollister me acompañaron durante toda mi infancia, al punto de que mis amigos imaginarios se llamaban Pete, Pam, Ricky y Holly dependiendo de mi humor (Sue no, Sue era muy pequeña y no me hacía mucha gracia); yo estaba convencida de que era la única que leía aquellos libros y me llevé un disgusto del quince cuando oí a una librera recomendarlos a una señora que buscaba libros para su sobrino porque “estos gustan mucho, se venden muy bien”. Con los Hollister aprendí el valor de la amistad, la diferencia entre ser travieso y ser malo (o sea, un Ricky Hollister o un Joey Brill), que a una casa abandonada nunca hay que entrar solo y que en Estados Unidos se cambian el tenedor de mano cuando cortan el filete para llevárselo a la boca con la derecha. También que las madres abrazan a sus hijos y los padres solo les dan palmaditas en los hombros, y que las chicas no pueden ir solas a hacer recados de noche y siempre tienen que ir con su hermano mayor. Aún así, los recomendaría a cualquier niño o niña de nueve o diez años a quien le gusten los misterios sin toque de terror. Estoy convencida de que mi afición a la novela negra viene de ahí.
Fuera ya de la literatura escrita con niños y niñas en mente, un libro que aún recuerdo (aunque no lo leí entero porque nos daban capítulos sueltos en clase y nunca tuve el libro completo en la mano) es El Camino, de Miguel Delibes. Todavía puedo citar frases enteras, quizás porque después, como profesora, he encontrado fragmentos en los libros de lengua, y me parece una pequeña joya literaria asequible que cualquier prepúber con afición a la lectura puede entender y disfrutar sin problemas. A mí me gustaba sobre todo el vocabulario que tenía, porque los personajes utilizaban palabras que yo había oído usar a mis abuelos pero nunca a la gente de mi alrededor. Si hay un clásico de la literatura castellana que se adapte bien a la infancia es éste.
Y otros dos clásicos que pueden hacer las delicias de los adolescentes (siempre y cuando se les venda bien, y no como me los vendieron a mí, “leed esto para el mes que viene y haced un trabajo de X páginas, y no se os ocurra ver la película”) son El guardián entre el centeno y El señor de las moscas. El primero, para mí, es la definición perfecta de la adolescencia, de ese momento de tu vida en el que no tienes ni idea de lo que estás sintiendo ni cómo explicarlo, y me gusta tanto que estoy dispuesta hasta a ignorar el toque misógino que destila a ratos. La historia de un crío que huye de todo, que quiere afecto y no sabe dónde encontrarlo, que tiene una familia pero no se siente comprendido, que aún es un niño pero niega serlo. No sé si está en el currículum de secundaria, y si así es yo lo sacaría de él. Éste es un libro que tener por casa, que ver ahí presente, siempre, al alcance de la mano para cuando a uno le apetezca leerlo, que puede ser a los quince o a los treinta y cinco. Mi copia tiene tantos párrafos subrayados y páginas marcadas que dudo que sea legible. Con cada lectura descubro algo nuevo.
El señor de las moscas, por su parte, es el libro de aventuras perfecto. Nada de Robinson Crusoe y su mejor amigo Viernes, nada de idílicos paisajes, sino un grupo de adolescentes solos en una isla desierta luchando por sobrevivir y sacando sus verdaderos colores al poco de llegar. Otro de esos libros que no fue escrito para adolescentes y que tiene una lectura mucho más profunda que la de una aventura en una isla desierta, y que no por ello deja de enganchar a un nivel superficial. La lucha entre el bien y el mal, la muerte de inocentes, la maldad en su versión más salvaje. ¿A qué adolescente no le gustan las aventuras? Eso sí, que nadie les haga hacer uno de esos trabajos de “dime el tema del libro y resúmelo en veinte líneas”, por favor. Cuánto daño se ha hecho a los grandes libros en la clase de literatura, madre.
Hasta aquí mis cinco, que ya digo que podrían ser muchos más pero se trataba de elegir cinco. Yo disfruté como una enana con La Regenta a mis tiernos quince años, pero reconozcámoslo, no es muy normal y no es un libro que recomendaría a un adolescente. Me dejo uno de mis favoritos en literatura infantil-juvenil por ser demasiado obvio y porque cualquiera de los que visita este blog o me conoce sabe que sería el primero en recomendar. Los libros de Harry Potter pasarán a la historia por haber revitalizado la literatura juvenil y por haber animado a muchos niños y niñas a coger un libro cuando lo que ellos preferían hacer era ver la tele o jugar con la Wii, aunque solo fuera por leer lo que todo el mundo estaba leyendo y no quedarse fuera de onda. JK Rowling devolvió la magia a la literatura y consiguió que miles de chavales dejaran al niño mago y cogieran otros libros que jamás hubieran tocado de no haber empezado con Harry. Solo por eso, ya merece mención aparte.
Nieve
Mientras escribo esto, la nieve cae al otro lado de la ventana por quinto día consecutivo. Afuera es de noche, pero aún así se ven los copos, finos y puntiagudos, de esos que cuajan casi antes de tocar el suelo. Las aceras llevan blancas desde el viernes. Apenas se ha visto gente en la calle este fin de semana. El ayuntamiento ha colocado palas y sacos de sal por todas las esquinas. La ciudad hiberna.
Creo que nunca me ha gustado la nieve, ni cuando era pequeña. Sí, como a todo el mundo me gustaba verlo todo blanco, aunque ahora no tengo muy claro por qué a la gente le gusta tanto un paisaje monocromo que hace daño a los ojos hasta de noche, pero lo que es la nieve, el tacto, el frío, no me ha gustado nunca. Odiaba las bolas que acechaban tras cada esquina, esas bolas prietas que hacían más daño que una piedra, o los dedos helados si intentaba devolver el golpe, por muy gruesos que fueran mis guantes. De muy pequeña hacía ángeles en el parque como todos mis compañeros, pero la gracia pasó pronto, en cuanto tuve edad para darme cuenta de que llevar el pelo mojado todo el día no merecía el buen rato. Admito que disfruto como todo el mundo a la hora de pisar nieve virgen y que el crujir bajo las botas de la primera nevada tiene algo de exótico, pero a los cinco minutos de andar sobre nieve estoy ya helada, de mal humor, con las muescas de las botas tan llenas de nieve que patinan. Por no decir muerta de frío, y con la cara helada, y con dolor de pies, y agujetas en las piernas por el esfuerzo extra que supone andar sobre la nieve.
Mucha gente dice que la nieve les sugiere paz. Yo veo caos. En los niños, en la carretera, en señoras que se caen cruzando la acera porque todavía no han inventado un paso de cebra que no resbale. Veo nevar por la ventana con la taza de té y el gato en el regazo, el libro apartado un segundo para calcular cuánto más ha de caer, y entonces quizás sienta algo de ese silencio que dicen que trae la nieve, o huela ese aire puro que se supone que provoca. Pero dura poco. Dura lo que me cuesta recordar que tengo que salir a la carretera y que el viaje más sencillo es una trampa mortal si no vas con los cinco sentidos en la carretera, lo que me cuesta darme cuenta de cómo están los niños cuando nieva y de que tengo ciento veinte alumnos que van a estar poco menos que insoportables aunque no caiga un copo. Los niños huelen la nieve, igual que los perros el miedo. Llevan vaticinando la nevada una semana. Intentar dar clase así es poco menos que imposible.
Nieva afuera. No tiene aspecto de parar. Y yo solo puedo pensar en cuánto, cuantísimo, odio la nieve.
Happy Birthday, Ms Morrison
Hoy es el cumpleaños de Toni Morrison, la única mujer negra en ganar el Premio Nobel de Literatura (que yo sepa). Cumple 83 años, ahí donde la veis, y hace nada que ha sacado un nuevo libro. Yo la conocí por Beloved, que me cautivó, y después leí sus dos primeras obras; da gusto ver que ni siquiera la autora de semejante obra de arte nació sabiendo escribir, porque The Bluest Eye y Salomon no tienen nada que ver en términos de calidad a la última, por más que sean estupendas novelas. He tenido Home (su último libro) en mis manos más de una vez, pero me da miedo leerlo por no llevarme otro chasco. No se puede decir que Morrison llegara al cenit de su carrera siendo una niña, pero creo que su obra maestra ya está escrita y no podrá escribir nunca nada tan bueno como Beloved. Quién tuviera semejante carga sobre sus espaldas.
Happy birthday, Ms Morrison.
Canciones de ayer y de hoy: Rick Astley vs Justin Bieber

Si de canciones poperas machaconas vamos a hablar, qué mejores exponentes que estos dos solistas que os traigo hoy. Tanto uno como otro son productos de su tiempo, enlatados y preparados para el consumo masivo. Uno es británico, el otro canadiense; uno ya tendrá edad para ser abuelo, el otro podría ser hijo mío. Aún así, para mí la mayor diferencia entre ellos es física, y no me refiero al físico de los cantantes, sino a mi propia reacción física cuando oigo a uno u otro o, peor, los veo: con uno sonrío y me acuerdo de otros tiempos; el otro me da, literalmente, dolor de estómago y deseos de suicidarme cortándome las venas con un folio.
Rick Astley fue el terror de las nenas allá por los ochenta, y lo de éste fue sin disimulo ninguno. El chico era monín (para ser británico, vamos) y tenía ese toquecito de chico bueno que no ha roto un plato en su vida, con sonrisilla tímida y mirada de buena persona que venía de perlas para hacerle canciones sobre el guaperas que siempre se queda con la chica más normalita de la fiesta y te canta que eres la más guapa del mundo mundial. Era un producto de masas, a un hombre que estaba ahí porque gustaba, y lo de menos era su voz, aunque no me negaréis que el chico, lo que se dice voz, tenía un rato. Recuerdo una tarde que tenía puesta una balada suya y mi padre asomó la cabeza en mi habitación para preguntarme quién era el negro ese que cantaba tan bien; acto seguido pusieron la de “Never gonna give you up” y mi padre salió por patas, pero en fin, qué sabría él de música.
Si analizar las letras de los NKOTB podía producir un aneurisma, analizar las del pobre Rick también da un poco de miedito, pero vamos a intentarlo. Su canción más famosa, gracias a una marca de dentífrico, fue la que menciono arriba, también conocida como “la canción de closeúp” en mis círculos más cercanos. Decía algo así (atención al pedazo de baile que se marca en el vídeo):
No somos extraños al amor,Tú te sabes las normas y yo también.Estoy pensando en un compromiso completo,No conseguirías esto de ningún otro tío.Solo quiero decirte cómo me siento,Tengo que hacerte entender.Nunca voy a renunciar a ti, nunca voy a defraudarte,Nunca voy a corretear y abandonarte.Nunca voy a hacerte llorar, nunca voy a decirte adiós,Nunca voy a decirte una mentira y herirte.
O sea, chico guapetón que encima es un cielo, tiene sentimientos y, atención, ¡quiere un compromiso! ¡Contigo! ¡Y promete no herirte! Tu madre estaría muy orgullosa si te liaras con un chico como éste, y tú más.
Mi canción favorita del bueno de Ricky, sin embargo, no es suya (bueno, técnicamente ninguna es suya, porque él solo las cantaba), sino la versión de un clásico que en su voz me parece una pasada y que muestra realmente lo que valía este chico. De nuevo, letra melosona que dice que cuando se enamore lo hará para siempre, y por supuesto se enamorará de ti. Pero a quién le importa, con lo bonita que es.
El equivalente actual del buen hombre este es, para desgracia del mundo occidental y resto de la galaxia, Justin Bieber. Rick podía gustarte o no, pero no creo que fuera del tipo de cantante que producía rechazo físico. Seguro que más de un novio se rió de su chica porque le gustaba Rick Astley, o que más de una madre o padre le dijo a la hija que dejara de poner la cinta vuelta y vuelta, pero nada más. La prueba de que este hombre nunca ha caído mal es la moda del “rickroll” que se ha dado últimamente en internet, en la que te mandan un enlace supuestamente para algo chulo y terminas en Youtube viendo un vídeo de Ricky. Los comentarios de los vídeos son salados, “vaya, me han engañado, ja, ja, ja, qué recuerdos”, pero me imagino qué pasaría si lo hicieran con el Bieber. Yo, de entrada, los denuncio por violencia psicológica. No es coña.
El jovencito es el mismo producto que era Rick Astley, pero multiplicado por mil. Éste quiere tener cara de malote, pero no puede porque para ser malote tienes que ser capaz de producir vello facial y el prepúber este aún no puede. Eso sí, sus letras (creo) son del pelo del anterior, mucho nena, nena, nena, nena, te querré siempre, eres el amor de mi vida, y mucho gallo y mucho wooooooooooo, que un día van a llegar los bomberos pensando que es una alarma anti incendios, vaya.
No conozco ninguna canción de este hombre (por llamarlo de alguna manera), así que traduzco la única que he oído alguna vez en la radio; que sepáis que lo hago con tapones en los oídos y tratando de pensar en unicornios y cosas bonitas por no verle la cara a este tío. Ay, creo que estoy perdiendo años de vida…
Oh woooah, oh woooooah, oh wooooah, oh.Sabes que me quieres, sé que te importo,Grita cuando quieras y yo estaré allí.Eres mi amor, eres mi corazónY nunca, nunca, nunca estaremos separados.¿Somos pareja? Chica, deja de jugar,Somos solo amigos, qué estás diciendo.Dime que hay otro, mírame a los ojos,Mi primer amor me rompió el corazón por primera vezY yo estaba en plan,
[Chorus]
Baby, baby, baby oooooh,
en plan, baby, baby, baby noooooooo,
en plan, baby, baby, baby, ooooh.
Creí que siempre serías mía.
Claro, la mala es ella, porque él es un cielote. Su primer amor le ha roto el corazón por primera vez. Fíjate. Si llega a rompérselo por segunda, supongo que lo suyo sería vicio. O no.
(Tengo el folio sobre las muñecas. Estoy a punto de cometer una barbaridad. Llamadlo enajenación mental transitoria.)
Puntuación:
Canciones de ayer y hoy: NKOTB v 1D
![]() |
| New Kids on the Block |
Con eso de intentar hacer las clases más amenas y tratar de introducir lenguaje real en el aula que los niños y niñas vean útil, estos últimos días he empezado mi propia humilde investigación en el mundo de la música pop adolescente en busca de canciones que poder utilizar en clase. Tras analizar un par de docenas de canciones de moda entre los prepúberes y los adolescentes de hoy en día, me ha dado también por recordar las canciones de cuando yo tenía su edad (vale, seamos sinceros, yo era bastante más mayor: no tuve un radiocasette que llamar mío hasta los trece, y la primera minicadena en mi cuarto llegó casi a los dieciséis). He llegado a dos conclusiones:
1)No importa la época, la música “teen” siempre será machacona, pegadiza e insoportable;
![]() |
| One Direction |
2) Hoy igual que ayer, las canciones pop están dirigidas a las chicas. No tengo ni idea de qué escuchan los chicos de hoy en día (igual que no tengo ni idea de qué escuchaban los chicos en mi época).
También he visto algún que otro contraste que me ha parecido interesante, así que se me ha ocurrido hacer una serie de posts sobre la música de ayer y de hoy, cual melómana consagrada que no tiene ni puñetera idea de lo que habla, aunque creo que es mi deber avisar a quien tenga un mínimo de gusto musical que las canciones que voy a poner aquí pueden causar aneurismas al más pintado. Huid ahora, por tanto, o ateneos a las consecuencias. Mientras llevaba a cabo la investigación sentí cómo parte de mi cerebro moría a más velocidad de la que los neurólogos dicen que es la normal, así que corred. La que avisa no es traidora.
Empiezo la serie con el que fuera mi grupo favorito allá por el pleistoceno, los New Kids On The Block (a partir de ahora, NKOTB). Eran ellos cinco chavales de Boston que un buen día se pusieron a cantar y poco menos que crearon el fenómeno de los “boy band”, aunque ya sé que antes que ellos hubo algún otro, pero ninguno con tanta pegada. Yo tenía todos sus discos, todos sus pósters, todas las Súper Pops que hablaban de ellos y traían pósters suyos. Aprendí inglés a través de sus canciones, porque quería saber lo que cantaban, e incluso a la tierna edad de quince años me di cuenta de que a veces es mejor no entender lo que cantan. Nos parecían guapos (ay) y una amiga y yo estábamos locamente enamoradas de Joe y vimos la peli “El Sexto Sentido” porque el tío que le aparece en el baño al principio de la película era Donnie Walberg, hermano de Mark Walberg, que luego se hizo famoso pero al principio era conocido como “Markie Mark” y por ser el hermano pequeño del de los NKOTB. Sí, así fue mi adolescencia.
![]() |
| Éste era Joe entonces. Qué mono |
![]() |
| Éste es Joe ahora. Suspiro. |
Pero a lo que iba: la música. Su canción más famosa y uno de los temas más machacones de la historia del pop es “Step by Step”. En su día, aquí la menda ponía la radio en cuanto daban las horas pares para escuchar la dichosa canción porque estuvieron de número uno en Los 40 y era el único momento del día en el que sabía con seguridad que podía escucharla (entended que no había mp3, ni iTunes, ni tenía yo un mal cassette donde grabarla de la radio). Todavía hoy recuerdo la letra, principio de la cual os traduzco aquí (de memoria, toma ya):
Paso a paso, oh, nena,
Voy a llegar hasta ti.
Paso a paso, oh, nena,
Te necesito de verdad en mi mundo.
Paso,
Hey, chica, en tus ojos veo una foto de mí todo el tiempo
Paso,
Y chica, cuando sonríes,
Tienes que saber que me vuelves loco.
Paso a paso,
Siempre estás en mi cabeza,
Paso a paso,
De verdad creo que es solo cuestión de tiempo.
Leo esto a mis treinta y siete años y os juro que me da miedo. “Paso a paso voy a llegar hasta a ti”. Eh… ¿Perdón? ¿Me estás siguiendo o algo? “En tus ojos veo una foto de mí todo el tiempo”. ¿En serio? ¿Qué quieres decir con eso, que cuando me miras te ves a ti mismo y por eso te gusto, porque en realidad quien te gusta es tú mismo? Me imagino a Derrida deconstruyendo esta canción y partiéndose de risa. Por no hablar del “siempre estás en mi cabeza” y “es solo cuestión de tiempo”, que, qué queréis que os diga, me suena a “te sigo por la calle y en cuanto te descuides te voy a secuestrar y lo vas a flipar”. Pero no sé, igual soy yo, que le doy demasiadas vueltas a las cosas. Y hay que reconocer que el vídeo está genial y la canción todavía retiene la marcha que tuvo entonces.
![]() |
| Este es Danny, el feo que todo grupo debe tener. |
El equivalente a los NKOTB de hoy en día, aunque con diez años menos de media entre sus miembros, se me antojan los One Direction (dejémoslo en 1D). La primera gran diferencia es que estos son británicos, y la segunda que ninguno tiene la mayoría de edad (creo; me han pillado un poco mayor para comprar la Súper Pop y no me sé ni los nombres). Estos también están ahí por su cara bonita, incluso más que los NKOTB (porque nadie podría decir que Danny es guapo), pero mientras los anteriores irrumpieron en el mundo de la canción como una novedad, un algo nuevo que hacía gritar a las chicas, los 1D se limitan a sonreír, sacudir el pelo y pestañear mucho, y luego, ah sí, cantan. Tengo que admitir, sin embargo, que tienen dos canciones que no me canso de escuchar: una por la letra, porque me parece muy sana y saludable para las chavalas que la escuchen, y la otra porque… Vale, me gusta, qué pasa. Me gusta una canción de los 1D. Sí, lo he dicho, ya podéis excomulgarme. Sigamos.
Quiero ponerles esta canción a los chavales y chavalas, pero no he encontrado ninguna clase que la conozca y si no les llama, no le van a prestar la atención que quiero que le presten. La letra dice algo así:
Eres insegura, no sé por qué
Haces que se giren las cabezas cuando entras por la puerta
No necesitas maquillaje para taparte
Ser como tú eres es suficiente.
Todos los demás en la sala pueden verlo,
Todos los demás excepto tú.
Nena, nadie más ilumina mi mundo como tú,
La forma de echarte el pelo hacia atrás puede conmigo
Pero cuando sonríes al suelo no es difícil darse cuenta,
No sabes que eres preciosa.
Si tan solo pudieras ver lo que yo veo
Entenderías por qué te deseo con tanta desesperación
Ahora mismo te estoy mirando y no me puedo creer
Que no sepas que eres preciosa.
Eso es lo que te hace preciosa.
Igual es porque yo era una adolescente mega tímida que nunca miraba a los ojos de la gente. Igual es porque todavía tengo muy presente aquella sensación de “ay, si la gente supiera cómo soy realmente” de toda cría que no se atreve ni a decir hola en un grupo grande, pero qué queréis que os diga, a mí esta letra me encanta. Y ya sé que las chiquitas no se ponen a escuchar las letras, o que es lo de menos para una cría de catorce o quince años, pero igual no. Igual hay alguna como yo, que quiere entender lo que canta y lo que dicen sus ídolos, y cuando escucha esto se siente mejor. No lo sé. Insisto, igual soy yo.
Puntuación:
Aunque me encanta la letra de la última canción y aunque he de reconocer que la primera, tras analizarla, da mucho, mucho miedito, creo que el “Step by Step” le da un par de millones de vueltas al “What makes you beautiful”, aunque solo sea porque ha conseguido superar la prueba del tiempo y todavía hay gente (bueno, igual solo somos dos) que la recuerda y se sabe la letra de memoria (ejém). A marchosa y a buen vídeo no le gana nadie, tenéis que reconocerlo, aunque lo que es por guapos, los 1D se llevan la palma (menos con Joe, que ese hasta ha envejecido bien).
Eso sí, los 1D pueden tener el orgullo de darle mil, dos mil, un millón de vueltas a estos chicos que buscaron en un diccionario palabras que rimaran y se cascaron esta canción que hace que las letras de Alejandro Sanz parezcan profundas:
Dime por qué
No es nada más que dolor de corazón
Dime por qué
No es nada más que un error
Dime por qué
Nunca quiero oírte decir
Lo quiero así.
Eh… ¿Qué?
Virutas
Debíamos estar en sexto o séptimo de EGB y dábamos el tema de los imanes y las atracciones de los metales en ciencias naturales. Nuestro profesor era joven (ahora me doy cuenta de que era muy, muy joven, casi recién salido de la universidad, y la mitad de las chicas de mi clase “estaban por él” pero a mí me da asquete porque, puaj, tenía por lo menos veinticinco años) y le gustaba darle a la asignatura un toque práctico, así que con todos los temas hacíamos un pequeño experimento. Nos pidió que trajéramos muestras de distintos metales para comprobar cuáles eran atraídos por el imán y cuáles no. Todos protestamos. ¿De dónde íbamos a sacar metales, a no ser que le trajéramos clips? “Bueno, traed lo que podáis”.
Fui a casa y le pregunté a mi padre si podía traerme algún metal del taller. Mi padre era delineante y siempre me estaba hablando de las máquinas que diseñaba. Mi hermano y yo debíamos ser los únicos niños del barrio que sabían qué era una fresadora, aunque solo las hubiéramos visto en fotos o de lejos algún sábado que fuimos a buscar a mi padre al trabajo. Aquel día mi padre se sonrió y me dijo que sí, que podía traerme metales. No sé qué máquina nueva estaban probando o qué proyecto tenían entre manos, pero al día siguiente mi padre volvió con una enorme bolsa llena de virutas de distintos metales separadas en sobres con sus nombres. Había de todo: cobre, acero, hierro, aluminio, plomo, cinc, estaño, al menos una docena de sobres llenos de virutas, todas de formas distintas, porque según me explicó mi padre cada metal tiene una configuración distinta que hace que, aunque la cuchilla que las corta sea la misma, la viruta salga con forma distinta. Había tirabuzones perfectos, ondas, diminutas chispas del tamaño del serrín; metales dorados, grisáceos, plateados y con brillos rojizos. Me pasé la tarde mirando aquel pequeño tesoro, tocando todas las virutas con la yema de los dedos y sintiendo el polvo del hierro resbalar en la palma de mi mano. Han pasado más de veinticinco años y todavía recuerdo el tacto de aquellas virutas.
Al día siguiente se lo enseñé a mi profesor y los ojos casi le dieron vuelta en las órbitas. Nos pasamos la hora comprobando qué metales atraen los imanes y cuáles no, divididos en grupos y con una mísera cantidad de virutas en la mesa porque el profesor no quería perder ni una pizca de aquel tesoro. Al terminar la clase me preguntó si podía quedárselas y yo le dije que sí, porque hay un límite de cosas que una niña de diez años puede hacer con una colección de virutas de metal y ya me había cansado de ellas. Él las guardó con codicia en los ojos, y solo hoy, casi treinta años más tarde, entiendo el pedazo de regalo que aquellas virutas supusieron para un profesor de ciencias. Cuando fui tutora de sexto de primaria le volví a pedir a mi padre que me trajera virutas, pero habían cambiado las máquinas, o ya no soltaban virutas por cuestiones de seguridad, o no sé qué pasó pero no me las pudo traer. Solo entonces me arrepentí de haberle dado los sobres a mi profesor.
A veces me acuerdo de aquello y me pregunto si todavía las guarda. Supongo que no, lo más lógico es que no, pero a veces me dan ganas de llamarle y preguntarle “¿te acuerdas de aquella virutas que te llevé una vez y de las formas que hacía cada metal y de que el aluminio casi no pesaba nada y de cómo el hierro salía en chispitas pero el cobre no y de que el acero tenía un tono burdeos que venía del tratamiento que le habían dado?
¿No? Pues yo sí”.
De salidas del armario que parecen paseos o por qué es importante dar la cara.
No he visto la famosa recogida del globo de oro de Jodie Foster (me pone muy nerviosa como habla, he visto los cinco primeros segundos del vídeo y lo he tenido que quitar), pero por lo que leo en las redes sociales parece que fue el evento del mes, una salida del armario un poco sí pero no, una especie de “sí, soy lo que todos sospecháis que era, pero dejadme en paz porque no es asunto vuestro y no voy a hablar más del tema”. Por supuesto, a eso de “dejadme en paz” se le ha hecho el mismo caso que a Rajoy cuando dice que no va a subir el IVA y todo el mundo se ha puesto a hablar de ella (y de ello). Yo pensé, “joé, qué pesados, si ya se sabía, y qué más da”, pero después leí este blog y me ha dado por pensar que igual sí que es importante lo que hizo.
Soy de las personas a las que les importa tres pepinos la sexualidad de cada uno. Como le oí a un personaje gay en una serie de televisión, “mientras no sea tu polla la que esté chupando, que yo sea gay no es asunto tuyo”. Gente muy, muy cercana a mí es homosexual y, aunque reconozco que cuando me enteré de un caso en concreto me quedé un poco patitiesa (a pesar de que lo primero que pensé y dije fue “¡LO SABÍA, LO SABÍA, LO SABÍA!”), pasado el shock inicial mi relación no ha cambiado en absoluto con esa persona. De hecho, suelo ver el hecho de ser gay como una característica positiva en la gente; baste deciros que lo único que me gusta del alcalde de Vitoria es que es gay, pero en todo lo demás me desagrada profundamente. ¿Es eso bueno? Probablemente no. Durante mucho tiempo me he preguntado por qué hago discriminación positiva a favor de una persona por algo tan íntimo y personal como su sexualidad cuando a mí no me atañe en absoluto. No tiene sentido, ¿no? Al fin y al cabo, no es asunto mío.
George Takei me ha dado la respuesta en el enlace que os he puesto más arriba (y siento que esté en inglés para los que no controléis el idioma). No ha dicho nada que no supiera, pero creo que lo explica de una manera muy clara. No es solo el hecho de que Jodie Foster sea homosexual lo que es importante, y probablemente que Jodie lo sea nos debería dar igual, pero las decenas de personas que tenemos a nuestro alrededor y que son abiertamente homosexuales merecen ya no solo respeto, sino (al menos por mi parte) admiración. No tengo ni idea de por lo que han tenido que pasar y cuántas barreras sociales han tenido que romper para poder ser como son. Hasta los que lo han tenido “fácil” porque su familia les apoyaba han tenido que valerse por sí mismos en una sociedad llena de peras y manzanas, lo que quiera que eso signifique, cuando no gente que piensa que ser homosexual es ser adicto al sexo, o lo confunde con pederastia (en fin…). Muchos dirán que exagero, que vivimos en un entorno donde no se acepta discriminación por sexualidad, género o apariencia física, donde el matrimonio homosexual está a la misma altura que el heterosexual, donde las parejas del mismo sexo pueden adoptar. Claro que también tenemos leyes que prohíben pagar más a un hombre que a una mujer con la misma formación y el mismo trabajo, que protegen contra la discriminación sexual, que mandan a la cárcel a los violadores, pero sabemos que todo eso sigue pasando y lo tomamos con normalidad. Las leyes no cambian la naturaleza, como ha dicho muy bien el tontolaba del Borbón ése que se cree rey de Francia, solo que lo suyo iba en el sentido contrario. Quizás solo podamos cambiarla (la naturaleza torcida de —algunas— personas no homosexuales) a base de anuncios ambiguos y no tan ambiguos de gente famosa en televisión, o de que los gays pierdan el miedo y la vergüenza (¡ja!, porque es facilísimo, ¿verdad?) y se comporten con el mismo descaro de una pareja de quinceañeros, morreándose en mitad de la calle. Ayer vi a dos hombres cogidos de la mano y a punto estuve de pararles para decirles que adelante, valientes, bien por vosotros. No lo hice, claro, porque me da a mí que eso sería ir un poco en contra de la "normalización", pero me faltó un pelo.
No sé si la sociedad cambiará algún día lo suficiente para ver la homosexualidad como lo que es, una característica más de algunos seres humanos que no los hace especiales, ni les da superpoderes, ni les convierte en villanos; viendo lo que pasa con los derechos de la mujer, que cada vez que vienen mal dadas son los primeros que se tocan, no tengo mucha esperanza (como es bien sabido, los males del mundo son culpa de 1º, los homosexuales; 2º, las mujeres; 3º, los funcionarios, así que yo voy dada, dos de tres). Ni siquiera voy a entrar en el resto de sexualidades posibles, porque, si no somos capaces de entender que el amor es amor se quiera quien se quiera, cómo vamos a entender eso de un hombre encerrado en un cuerpo de mujer, o viceversa. Vuelvo a lo que vuelvo siempre, que la escuela es la esperanza de la sociedad, pero ay, la escuela no es una isla y hay que luchar con padres que se niegan a que se les diga a los niños y niñas que ser gay es normal, que no pasa nada porque un chico tenga novio, que los chicos también lloran y no es malo cogerse de la mano para consolarse. Cinco horas al día de “adoctrinamiento” no son suficientes si luego van a casa y se les dice lo contrario hasta la hora de dormir.
Yo, de momento, aplaudo a la Foster y a todos los que dan la cara en Hollywood, porque si en un Vitoria es difícil lo de salir del armario, ser figura pública tiene que ser la leche. Y seguiré diciendo que entre mi alcalde y cualquier otro del PP hay una gran diferencia: sí, será facha, será conservador, será de derechas… pero el nuestro por lo menos es gay. Y eso le redime aunque sea un poquito.
Etiquetas:
jodie foster,
matrimonio homosexual,
opinión
A la minoría, siempre
Creo que he convertido esta frase en mi insignia personal.
Imagino que Juan Ramón Jiménez la escribió pensando en las minorías elitistas, como una manera de diferenciarse de los que escribían para las masas, y durante años he pensado que es una de las frases más discriminatorias de la historia de la literatura. Sin embargo, según me voy haciendo mayor (ay, los años) me voy dando cuenta de que tenía más razón que un santo, aunque no por los motivos que él esgrimía.
Me he cansado de lo mismo de siempre. En música, en literatura, en arte, estoy harta de la cultura de masas, de ese aborregamiento al que nos tienen sometidos. Y ojo, que no digo yo que nos aborregue el sistema (que también), sino nosotros y nosotras mismas cuando vamos a la librería y cogemos el primer libro que nos da al ojo, ese que está separado de todos los demás porque alguien ha pagado una fortuna para alquilar sitio en la mesa, o el que tiene la portada más vistosa porque la editorial ha decidido invertir en él. No nos molestamos en ir más allá, en buscar algo diferente con que llenar la cabeza. Vemos la televisión dependiendo del horario que tengamos libre, tragándonos cualquier cosa que nos pongan después de la cena, porque bah, total, es solo tele (lo que se puede aprender de una serie bien hecha, madre, y no me refiero a cómo encontrar al asesino, sino cómo estructurar una historia o inferir información, entre otras muchas cosas). Con la música, ponemos Los 40 o Cadena 100 y luego nos quejamos de que siempre ponen lo mismo y de que hemos oído el Gangnam Style cinco veces de camino al trabajo. Pero no nos molestamos en buscar algo distinto. Falta de tiempo, supongo, comodidad. ¿Soy yo la única que piensa que nos falta balar?
No digo que lo indie, lo alternativo o la literatura de grupos minoritarios sea mejor que la de masas, pero al menos es algo distinto y te ayuda a ver el mundo desde otro punto de vista. Hay cosas buenas en lo que se hace para las masas (defenderé los libros de Harry Potter hasta el día de mi muerte), pero por lo general no juzgamos lo que consumimos en cultura por su calidad, sino por cuánta gente lo consume. Y yo la primera, si soy sincera. Huyo como de la peste de los libros que me anuncian que han vendido chorropocientas copias en un mes y voy siempre a la estantería del fondo, a los libros que nadie quiere, para ver si encuentro una joyita que llevarme a la boca (normalmente no, porque el noventa por ciento de lo que se publica, como dijo no sé quién, es muy, muy malo). Elijo las series que veo y solo veo lo que quiero, nada de poner la tele para quedarme dormida. Entre esas series hay muchas que son puro entretenimiento, y no seré yo quien juzgue qué le gusta a cada uno, pero hay una gran diferencia entre ver algo que te gusta porque te gusta o que algo que al principio odiabas termine gustándote porque no hay otra cosa y ya te has hecho a ello. No sé si me explico.
Lo malo de todo esto es que una se queda bastante sola en las conversaciones de sobremesa, porque ninguna de mis compañeras de trabajo ha leído a Toni Morrison pero todas han tenido entre las manos un ejemplar de 50 sombras de Grey (y la serie de Crepúsculo prefiero no mentarla por mi salud física y mental). Y cuando hablamos de música y les digo que a mí me gustan los Artic Monkeys y The Smiths (que tampoco es que sean los grupos más alternativos del mundo, precisamente), las miradas amables pero incomprensibles que me dedican me hacen plantearme si no sería mejor aprender a balar y dejarme de minorías. De hecho, ahora mismo estoy pensando seriamente en ponerme un disco de Katy Perry para ir a trabajar…
Agonía
There is no greater agony than bearing an untold story inside you, Maya Angelou
No hay mayor agonía que la de tener una historia sin contar dentro de ti, dice esta cita de Maya Angelou que Twitter y Google me repiten una y otra y otra vez y que yo quiero pensar, necesito pensar que está sacada de contexto y que la autora puso en boca de algún personaje pedante. Porque cada vez que la veo quiero gritar, y de hecho lo hago, un grito que la pantalla del ordenador recibe impávida porque le importa tres pepinos, porque, obviamente, mi ordenador y su pantalla no piensan, ni escuchan, ni sienten agonía. Por supuesto que hay mayor agonía que la de no contar una historia, gilipollas, le digo, y es que hay que ser imbécil para soltar semejante tontería y convertirla en una de las citas más vistas en Internet, joder. Algo así solo puede decirlo, cómo no, una persona estadounidense; negra, sí, y mujer, sí, y probablemente vino de un entorno desfavorecido, pero estadounidense al fin y al cabo. La próxima será algo del pelo "no hay mayor agonía que acabarte la Coca-Cola antes que la hamburguesa". Dolores del primer mundo, se llaman.
No hay mayor agonía que la muerte de un hijo. No hay mayor agonía que la de ser torturado. No hay mayor agonía que la de vivir en un país o sociedad que te impide ser quien eres y decir lo que piensas. No hay mayor agonía que la de ser violada repetidas veces por alguien en quien confiabas y que la ley no haga nada al respecto. No hay mayor agonía que la de ver cómo la gente que quieres es asesinada indiscriminadamente. No hay mayor agonía que la que da el hambre, el frío, la guerra. No hay mayor agonía que vivir separada de tu familia y saber que no podrás verlos en mucho tiempo. No hay mayor agonía que el dolor físico constante en cualquiera de sus formas. No hay mayor agonía que la de no querer seguir viviendo. No hay mayor agonía que la de nacer, vivir y morir siendo invisible para el mundo. No hay mayor agonía que [inserte aquí cualquiera de las millones agonías que millones de personas sufren en el mundo a diario y que esta señora ignora porque siente la agonía de contar una historia].
No hay mayor agonía que encontrarte con frases tontas que te amargan el día. En serio. Duele.
Etiquetas:
agonía,
citas,
enfado monumental,
maya angelou
Libros de 2012 (III y ya)
Última entrega. Aquí entran también las lecturas veraniegas tipo piscinero, y se nota.
- Cometas en el cielo, Khaled Hosseini: Nada que decir que no se haya dicho ya. Me encantó. Había leído Mil soles espléndidos y tenía miedo a que no me gustara, pero no. Me gustó más, si cabe.
- The Pleasure of My Company, Steve Martin: Sí, Steve Martin el actor, el payaso de La Pantera Rosa y ese tipo de grandes clásicos del cine. Encefalograma plano, que era justo lo que necesitaba cuando lo leí. Me reí, lo cerré y lo olvidé. Cumplió su función. Al menos está bien escrito.
- La cena, Herman Koch: No me gustó, no me gustó nada. Si el autor pretendía que odiara a todos los personajes del libro, lo consiguió. Me quedé con una terrible sensación de malestar (puede deberse también a que me lo leí en el viaje de vuelta de Irlanda, entre turbulencia y salto, con escalas interminables que nos dejaron más agotadas que las dos semanas de curso intensivo de metodología del inglés, pero no lo sé seguro).
- The Talented Mr Ripley, Patricia Highsmith: Ya que había leído su libro de no ficción y repetía el título de esta novela cada diez páginas, lo saqué de la biblioteca para ver a qué venía tanta vuelta. No me gustó: el protagonista me pareció soso, el guión aún más y, como novela negra, deja mucho que desear. Para empezar, un motivo convincente.
- The Last Coyote y Angels Flight, Michael Connelly: Definición de encefalograma plano, novelas veraniegas para leer en la piscina y no pensar en nada más. A diferencia de la de Highsmith, estas sí me parecieron bien escritas, un poco demasiado masculinas si se quiere (que no misóginas), pero correctas. Persecuciones, tiros, muertos... Vamos, Connelly en estado puro.
- Juliet, Naked, Nick Hornby: La vi en la biblioteca y la cogí con dos deditos, con mucho cuidado y mucho recelo. ¿Qué iba a encontrarme tras ese título? Pues un sorpresón, porque resultó ser una novela muy bien escrita amén de divertida, y con unos ramalazos feministas inesperados que ya podía una encontrar en las novelas de chick-lit. El verano que viene volveré a buscar a este autor, sí señor.
- Post Mortem, Patricia Cornwell: Nota a mí misma para el verano que viene (que es cuando me da por leer novela negra): no me gusta la Cornwell. No me gusta Scarpetta. Siempre pico, porque siempre me la venden como si fuera la leche, y siempre me defrauda. No eres tú, Patricia, soy yo. Estamos en lugares distintos. No es personal.
- Uncle Tom's Cabin, H. B. Stowe: Grande, grandísimo libro que ayudó a cambiar la historia de Estados Unidos y que encima está muy bien escrito. Leído desde este siglo, es muy fácil entender por qué hoy en día está considerado un libro racista, pero si se tiene en cuenta desde dónde escribía Stowe, tiene un mérito increíble. Esta señora estuvo amenazada por defender que todos los seres humanos debían nacer libres, y no se limitó a escribir libros y panfletos, sino que ayudó a los esclavos fugitivos que huían del Sur a llegar a Canadá. Nadie puede escapar a su tiempo, y Stowe pinta a unos hombres y mujeres con alma de niños pequeños, candorosos e inocentes, que hoy en día ofende a muchos. Pero ella les dio alma, mucho más de lo que los racistas de su siglo eran capaces de hacer. Gran documento.
- Un extraño en mi tumba, Margaret Miller: De nuevo una traducción que me hizo prestar más atención a la técnica que al texto. La historia es lo que es, entretenida, y no se puede negar que original. Quizás le dé otra oportunidad a esta autora, pero esta vez en inglés.
- Beloved, Toni Morrison: La leí en euskera el año pasado y tenía curiosidad por ver cómo era el original. Lo cierto es que la traducción no desmerece y me alegra decir que no me perdí nada con la primera lectura. Ahora tengo que conseguir la novela en castellano y la habré disfrutado en los tres idiomas que domino.
- Song of Solomon, Toni Morrison: Otra belleza de la misma autora. Mejor que The Bluest Eyes, no tan bueno como Beloved. Consuela saber que nadie nace escribiendo así. El genio nace, pero hay que currárselo.
- Hamar (Dieci), Andrej Longo: Diez relatos unidos a los diez mandamientos bíblicos que cuentan diez historias en la Sicilia profunda. Tiene una gran fuerza, sobre todo por su falta de sentimentalismo. A mí me encantó.
- The Great Gatsby, F. S. Fitzgerald: Pues será la gran novela americana, pero a mí no me hizo demasiada gracia. Creo que tengo que volver a leerla, porque se me ha debido escapar algo. Odio a todos los personajes, ¿era eso lo que buscaba Fitzgerald? Si es así, lo logró.
- Twist, Harkaitz Cano: Reciente best-seller de la literatura vasca, es la historia novelada y disfrazada de ficción de lo que ocurrió con Lasa y Zabala (si alguien necesita que le expliquen quiénes fueron Lasa y Zabala, probablemente no le aporte nada leer esta novela). Muy experimental, postmodernista, una especie de puzzle. Sin quitarle el mérito (quién soy yo para quitarle mérito a una obra que ha ganado el Premio Euskadi de literatura), a mí no me gustó demasiado, aunque tiene párrafos para enmarcar y algunas frases te hacen pensar eso de "ostrás, es justo lo que siento/pienso/vi yo". Eso sí, el autor es genial. Vino a hablarnos del libro y creo que nos ganó a todos y a todas con un desparpajo raro de ver en un escritor.
- The Grapes of Wrath, John Steinbeck: Relectura de un clásico aprovechando que estoy estudiando literatura americana. Me daba miedo volver a leerlo, porque lo pasé muy mal la primera vez que lo hice. La segunda vez ha sido aún peor porque sabía lo que venía y ya me iba preparando: no he llorado tanto con un libro en mi vida, y hay trozos enteros de los que no puedo ni hablar sin emocionarme. Saber que Steinbeck se basó en hechos reales para crear a los personajes y todo lo que ocurre en la historia la convierte en una novela aún más dura.
- The Quiet American, Graham Greene: Basándose en su experiencia en Vietnam, Greene cuenta una historia con personajes británicos y americanos con distintos grados de implicación en el país. Llama mucho la atención la puntería que tuvo a la hora de predecir la intervención americana en Vietnam, teniendo en cuenta que esta novela se escribió muchos años antes de que los americanos se decidieran a participar. Curiosamente, su vaticinio se cumplió en más de un sentido. No creo que sea una novela muy bien vista en Estados Unidos.
- Lord of the Flies, William Golding: Venga, sed sinceros/as, levantad la mano si visteis la película en lugar de leer el libro cuando os lo mandaron en el instituto. Yo lo hice, porque madre qué tostón parecía, lo que me reafirma en lo que siempre he sospechado: los profesores de literatura (con honrosas excepciones) no saben vender los libros que mandan leer. Éste debería ser el favorito de cualquier chaval o chavala entre trece y diecisiete años. Fantástica aventura con una lectura mucho más profunda que la de un accidente aéreo, aunque un chaval de quince años puede quedarse solo en la superficie y aún así le sacaría provecho. Estoy convencida de que los productores y guionistas de Perdidos robaron escenas enteras de este libro (no he leído nada al respecto, pero algunas son clavadas). Me alegra haberla leído por fin (y me avergüenza decir que no lo había hecho hasta ahora).
- Lorategiko Festa (The Garden Party), Katherine Mansfield: Relatos. Nunca había leído a esta mujer, ni siquiera había oído hablar de ella. Decir que me encantó es quedarme corta, pero claro, cómo no me van a gustar los cuentos de una mujer divorciada y bisexual a principios del siglo veinte que hacía con su vida lo que le daba la gana...
- La suma de los días, Isabel Allende: Como no había leído en castellano desde agosto, decidí terminar el libro leyendo algo en este idioma, y el libro de Allende era de los pocos que me llamaron la atención entre los que aún tengo por leer en casa. Lo empecé con ganas, recordando lo mucho que me gustaba a mí esta mujer hace ya unos diez años... y enseguida recordé por qué dejó de gustarme. No hace falta acompañar cada palabra con un adjetivo, mucho menos si es para decirme que "el cielo era azul y estaba cubierto por nubes blancas". Obviamente. O me cuentas algo que yo no puedo ver, o mejor lo dejas. Cuando dije que estaba leyendo este libro en Twitter, alguien me dijo que algunos modos de masoquismo le parecían incomprensibles. Estuve cinco minutos riéndome.
Leo, y leo, y leo, y cada libro que leo me produce ganas de leer más. ¿Se me agotará este ansia alguna vez? Espero que no. Sé que no voy a conseguir leer ni el uno por ciento de lo que quiero (no digamos ya de lo que "debo"), pero me gusta esa sensación de que siempre hay otro libro esperando ahí fuera...
Feliz año nuevo y feliz lectura.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)



















