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Vuelta a la normalidad

Es curioso el vuelco que da tu vida cuando te acostumbras a hacer algo y de repente lo acabas. Estás satisfecha con el resultado, sí, y ya no hay más que hacer, pero de repente en tu día quedan un montón de horas por llenar y no consigues recordar qué hacías antes de embarcarte en tu proyecto. ¿Existía la vida antes del proyecto? ¿Era yo la misma que soy ahora o he evolucionado en el camino?

Es el momento de plantearse una nueva etapa. Se cierra una carpeta, objetivo cumplido, y ahora hay que buscar cosas nuevas. Metas nuevas. Yo, la experta en ponerse metas, podría llenar hojas y hojas de buenos propósitos, pero el problema, como siempre, es el tiempo. Tanto que hacer y tan pocas horas libres al día. Sigo pensando que si fuera millonaria aprovecharía mis horas de asueto mejor que nadie. Qué gran rica con ideas se ha perdido el mundo.

Los exámenes bien, gracias (al menos aquellos que contenían preguntas que entraban en el temario). Ahora vuelve la rutina, que tras la rutina del estudio será bienvenida. Hay que trabajar.

Bajo presión

Es curioso, y ridículo y cabreante a la vez, que cuanto más ocupada estoy más cosas me apetece hacer. Justo cuando no puedo, justo cuando necesito mantener la concentración, hay un millón de distracciones que me invaden y me animan a unirme a ellas, tratando de hacerme olvidar todo lo que me he prometido que voy a lograr. ¿Y si adapto una obrilla de teatro para trabajar con los críos? ¿Y si reviso ese cuento que tengo guardado y lo mando al concurso que acabo de encontrar? ¿Y si ordeno la casa, que ya va siendo hora?

Pero no. No, porque cuando me matriculé me hice la firme promesa de que haría todo lo posible por sacarme la carrera en el menor tiempo posible (y aún así será mucho tiempo). Lo hago por placer, y sé que nunca debo perder la perspectiva de que no necesito una licenciatura, pero ya que estoy en ello me gustaría llegar hasta el final. Y sé que es mi mente, mi tremendamente voluble mente, la que me juega malas pasadas y me incita a pegarme al ordenador y escribir cuatro chorradas en lugar de sentarme con los formalistas rusos y ver qué tenía Aristóteles que decir sobre ellos (o viceversa, porque a estas alturas solo sé que no sé nada). Es la misma mente que siempre me dice que no soy lo suficientemente buena escribiendo, la que empieza una novela con ganas y luego la deja a la mitad, la que no tiene constancia más que para reprocharme las cosas que no hago bien.

Y me niego. Esta vez voy a ganar yo. Voy a apuntar todas las cosas que podría estar haciendo en lugar de estudiar y a atacarlas el mismo viernes, cuando ponga el punto y final al examen de fonética. Entonces seguro que mi mente entrará en modo descanso (también llamado "ahora para qué, ya puedes hacer el vago todo lo que te dé la gana") y toda mi energía me abandonará, pero confío en que algo quede que me permita hacer por lo menos la mitad de las cosas que me apetece hacer ahora mismo. El viernes. El viernes empiezo a vivir otra vez.

Pero hasta entonces, nada. Hasta entonces:

Me duelen los ojos

Y no, no es de estudiar, o no sólo. Ojalá fuera sólo por eso.

Como muchos de los que os pasáis por aquí sabréis, aparte de ser profesora de primaria a tiempo completo estudio filología inglesa por la UNED. Esto significa que no voy a clase, sino que, cuando llego a casa después de un día entero explicando divisiones con decimales y las desinencias del verbo, abro mis libros y estudio materia completamente nueva para mí. Me encanta estudiar por mi cuenta, no me hace falta un profesor, el método a distancia me va que ni al pelo. Si tengo dudas, puedo llamar a mi tutor presencial en Vitoria (dos días a la semana, dos horas cada día) o, más sencillo todavía, puedo exponerlas en un foro de Internet. Normalmente echo mano de esta segunda opción. Hasta ahora, todo me ha ido de perlas.

Eso sí, de tanto leer mensajes de universitarios con canas, me duelen los ojos. Estoy hasta las mismísimas narices de leer cosas como "escojí", "xfaaaaaa¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡", "x k n m da tienpo" o bellezas similares. Estoy en un segundo de carrera en una universidad a la que no acude gente recién salida del instituto (¿cuál será la media de los alumnos de la UNED? ¿25? ¿30?), así que lo de "el nivel cada día es más bajo" no me vale. Son universitarios, ¡universitarios!, que escriben "nose lo que entra n l exámen" y que protestan cuando los profesores del foro les llaman la atención por las faltas de expresión, o se quejan porque les han suspendido el examen de lengua española por la ortografía.

Me duelen los ojos. Me duele el corazón. Me duele pensar que los que me rodean son precisamente la élite de la sociedad. Me duele no tener agallas para escudarme en el relativo anonimato que me concede el foro (aparece mi nombre, pero nadie me conoce) y decirles a los que utilizan las mayúsculas todo el rato que me están gritando, o pedirles que no usen más de cinco signos de exclamación en una frase (porque decirles que se limiten a uno, o ninguno, sería superior a sus fuerzas), o rogarles (de rodillas y con las manos juntas) que revisen la ortografía de sus mensajes y no vuelvan a escribir trabajo con uve.

Que me duele todo ya, hombre. A quinto de primaria los mandaba a todos echando leches.

En silencio, pero sigo

Empiezan los exámenes. Ya ha caído el primero, aunque poco tiene que ver con la licenciatura. Si estudio no escribo, y si escribo no estudio; opto por estudiar, por tanto me veréis muy poco por aquí. Basta que escriba esto para que me dé la inspiración y me ponga a escribir entradas como una loca. Lo dudo; la inspiración no falta, pero el tiempo es escaso.
Os sigo leyendo. Sigo ahí, pero muda. Pero sigo.

Teoría de la literatura

Mi única asignatura en castellano este año es Teoría de la Literatura, y es, paradójicamente, la más incomprensible de las cinco que he cogido este curso. Los libros son dificilísimos de entender, utilizan un metalenguaje muy por encima de mis posibilidades y me cuesta una barbaridad leer y entender cada página del libro. Aún así, cuando por fin consigo entender lo que se me intenta explicar, me gusta.

El último capítulo que he trabajado hablaba, en parte, de la función de la literatura, basándose en la dicotomía de lo didáctico y lo placentero. ¿Debe la literatura enseñarnos, como decía Horacio (creo), o debe su fin ser el de proporcionar placer al lector, como decía Aristóteles (o viceversa)? Y, lo que yo me pregunto, ¿son mutuamente excluyentes ambas opciones? ¿Por qué no se puede aprender con una literatura que además te entretiene?

Hoy les he preguntado a los niños para qué creen que existe la poesía, y sus dos primeras respuestas han sido tanto la una como la otra: para enseñarnos cosas y para disfrutar leyendo. Es algo que está metido en nuestro bagaje cultural, que llevamos escrito a fuego en nuestro inconsciente colectivo. Una u otra, o quizás las dos, pero está claro que esas son las principales funciones y fines de la literatura. Me ha llamado mucho la atención que a los críos les saliera una respuesta tan pronta y que encaja tan bien con lo poco que he entendido de la asignatura. He llegado incluso a pensar que lo que estoy estudiando puede que sirva para algo. Puede. Quizás.

¿Cuál es el fin último de la literatura, pregunto? Y, sobre todo, ¿elegir uno desestima el otro? ¿Se os ocurre alguna obra que fuera tan entretenida como didáctica? ¿Existe algo así?

Gente

Voy a estudiar a la biblioteca porque, como cualquier adolescente o estudiante a tiempo completo podría atestiguar, trabajo mucho más allí que en casa. El frigorífico, el gato, un té, un café, las pipas... Todos son distracciones que me apartan de los libros, y si me he cogido esta semana libre es porque quiero darle caña (y porque puedo dormir un poco más, para qué engañarnos).
La biblioteca tiene sus cosas buenas y sus cosas malas. Entre las buenas está, por supuesto, la ausencia de picoteo, televisión, internet, radio y animales domésticos varios; entre las malas, que la gente no tiene muy claro que en una biblioteca se tiene que estar en silencio. Gente que no apaga el móvil al entrar (a estos los empalaría, oye), gente que se encuentra con alguien y se saludan con dos sonoros besos y una siseada conversación que irrita más que una charla a gritos. Gente que va en cuadrilla a estudiar y hacen de todo menos estudiar. Y da igual que les eches miradas de maestra cabreada -estudian por la UNED, ya no tienen el recuerdo de lo mucho que acojonaba la mirada de la profa-, ellos siguen con su conversación, mirándote más a menudo, eso sí, para ver si te están cabreando lo suficiente. Hablamos de adultos, no de estudiantes de instituto. De gente que está por lo menos en su segunda carrera. Me crispan.
Pero también me gusta ir por las grandes posibilidades de observar a la gente sin ser demasiado descarada. Me encanta levantar la mirada de los apuntes y fijarme en la chavala que lleva media hora con la mirada fija en el mismo punto de la hoja, o el que se ha pasado ya un rato jugueteando con la correa del reloj, o el que subraya a toda mecha porque no ha tocado un libro en todo el cuatrimestre y el examen es hoy. Lo malo, claro, es que no soy la única que observa, y sé que a veces también soy objeto de observación.
El cuatrimestre pasado me pedí la semana libre para estudiar, como ahora. Era (y sigue siendo) divertido ver que la misma gente llegaba a la sala de estudio más o menos a la misma hora todos los días de esa semana: la cuadrilla de las calculadoras sobre las once de la mañana; la señora del pañuelo sobre las diez y media; el de gafas y la de la pierna bailona ya estaban allí cuando yo llegaba, sobre las nueve y media. Había una pareja de novios que estudiaban juntos que no faltaron un día. Él llegaba siempre el primero, y al rato llegaba ella. Se daban un piquín y se ponían a trabajar, levantándose quizás una o dos veces en toda la mañana, sin decirse una palabra dentro de la sala. Ella solía irse un poco antes que él, que seguía dándole cuando yo me iba; no les presté más atención que el típico "mira, ya está aquí la parejita". El último día de exámenes no había mucha gente, y para la una del mediodía el chico y yo nos habíamos quedado solos. Él se levanto y, antes de irse, se paró junto a mi mesa a cruzar un par de palabras conmigo -estábamos solos, no molestábamos a nadie-. Él se había fijado en mí lo mismo que yo en él. Me hizo mucha gracia. Pensé que sería el principio perfecto para una historia corta.
Esta semana, la parejita ha vuelto (y el de gafas, y la de la pierna nerviosa; los de las calculadoras debieron examinarse en mayo). Él y yo hemos cruzado un par de miradas desde el primer día, nos hemos reconocido; reconocido sí, pero no como para saludarnos. He notado que, cada vez que pasa cerca de mi mesa, desacelera el paso como para ver si yo levanto la vista y le saludo por fin, pero no lo he hecho. Él tampoco, ojo (pero no le culpo). La novia, que obviamente no es tonta, se ha dado cuenta de las miradas (inocentes, lo juro), y ahora es ella la que me mira, sólo que esta no pone ni pizca de amistad en las miradas y más bien siento dagas en la espalda cada vez que da la casualidad de que los tengo detrás de mí. Me ha dado mucho que pensar hoy, cuando he salido a tomarme un café. Hay una puerta estrecha en el pasillo y él venía de frente, los dos íbamos a pasar por ella al mismo tiempo; él se ha apartado para dejarme pasar y hemos cruzado sonrisas, una forma de saludo, supongo. Y acto seguido, cuando he escuchado la puerta de la sala de lectura cerrarse tras él, me ha dado la risa (yo sola en un largo pasillo, frente a la puerta del aula magna donde se hacían los exámenes) al darme cuenta de lo bien que me cae alguien con quien no he cruzado más que un "qué, ya vemos el final del túnel, ¿eh?" y lo mal que le caigo yo a una persona con la que no he hablado en la vida.
A eso me dedico cuando debería estar estudiando. Ya veis. Y luego me estreso.
No me digáis que no es el principio perfecto para una historia. La escribiré, lo prometo.
En cuanto termine los exámenes.

Encefalograma plano

Ya han empezado los exámenes. Mi día se reduce a estudiar, estudiar y estudiar otro poco: de casa a la biblioteca, de la biblioteca a casa, de casa al examen. Así, toda la semana.
Como os imaginaréis, no tengo la cabeza para informaciones serias. La neurona me da lo justo para pasearme por vuestros blogs de puntillas, sin hacer ruido ni dejar comentarios, y absorver informaciones inútiles. Mi cerebro está lleno de oraciones subordinadas sustantivas en posición de complemento de régimen preposicional, poetas metafísicos, pidgins y el renacimiento americano, así que a lo más que llego es a dejar que fotos como esta me llamen la atención:



Por más rebote que tenga porque todo apunta a que se van a cargar uno de mis libros favoritos de la serie (a quién voy a engañar, me gustan todos) dejando fuera la boda de Bill y Fleur, los Gaunt e, incluso, a Trawloney, me muero de ganas por ver esta escena. Dos de mis personajes favoritos en los libros y, con creces, los mejores actores de la película (Tom Felton es el mejor de los "peques", el único que era actor de verdad antes de empezar la serie, y eso se nota).
Pues eso. Que acabo de empezar y ya estoy cansada.
Vuelvo a estudiar.

2. Castilla, islote linguistico

La portada de mi libro "Lengua española para filología inglesa" dirá lo que quiera, pero yo creo que hay capítulos escritos por el mismísimo Rajoy. Para muestra, un botón.

En la libertad nació la lengua, era el lema de la celebración del milenario de la lengua española, y es que el castellano era y es una koiné, una lengua de todos y de nadie cuyo empleo no implicaba ni implica adscripción nacional alguna ni antes ni ahora; ni en España ni más tarde en el continente americano donde los hablantes son conscientes de su mestizaje y de que comparten una lengua común, nunca impuesta por los colonizadores.

Y al lado, cual glosa emilianense, mi nota: ja, ja, ja...

El saber no ocupa lugar...

...Y te vacía la cartera, añadiría yo.
Tengo un vicio, adquirido hace no muchos años y muy difícil de dejar: me gusta estudiar. Por supuesto, no me gustaba cuando tenía que estudiar, me gusta ahora que nadie me obliga y puedo elegir una carrera por su contenido, no por su futuro laboral. Y, aprovechando que tengo una profesión que me ofrece bastante tiempo libre y que no tengo cargas familiares, me he dado al vicio: llevo un año preparando una titulación de traducción, he empezado filología inglesa y voy a clases de dibujo. Una pasta, vamos.
Como por pedir que no quede, y aprovechando que mi última declaración de la renta era del año que volví y sólo trabajé desde septiembre, solicité una beca que el bueno del MEC me ha denegado. Sus motivos: ya tengo una titulación que me habilita para trabajar. Vale, en mi caso es cierto y si hay que pagar se paga (¡cómo duele, madre!, ¡qué morados son los billetes de quinientos!), pero pongámonos en lo peor.
Pongámonos en el caso de alguien que, por las circunstancias que fueran, en su día hizo un FP y ahora quiere tener un título universitario, ya sea porque no encuentra trabajo de lo suyo o porque, como a mí, le ha entrado el gusto por el estudio a destiempo. En teoría, tiene una titulación (la carta del MEC no especifica que tenga que ser universitaria) que le habilita para trabajar. O sea, que si está en paro o es mileurista no puede estudiar porque no le llega. Hala, condenado a ser un nesciente por, fíjate tú, tener un título que le habilita para trabajar. Mejor se hubiera marchado antes de terminar el instituto.
O alguien que hizo una carrera universitaria y que no encuentra un trabajo acorde con su titulación. Está en paro -o peor, trabajando en Boccatta o en Zara, anda que no hay licenciados en Historia y Filosofía por allí- y quiere ir a la uni para buscarse un futuro mejor. Pues no, chato, que ya tienes título. Una única oportunidad, ya puedes apuntar bien que como falles, la has cagado.
No sé a vosotr@s, a mí muy normal no me parece. Supongo que la única opción de esta gente es apuntarse a la UPV, que aquí sí que dan becas a los que quieran hacer una carrera de grado superior. Yo, tonta de mí, opté por la UNED (que debe ser lo único que queda en territorio MEC) porque no podía ir a clase y no quería sólo un título, quería aprender.
Pero está visto que tenía que haber optado por la UPV y copiado los trabajos de Internet...

Conocimientos inutiles

Ya sé que no hay conocimientos inútiles, bien dice el refrán que el saber no ocupa lugar (aunque mi madre discrepe, ahora que está haciendo limpieza y hay varios cientos de libros con los que no sabe qué hacer), pero digamos que hay conocimientos más útiles que otros, saberes que nos llevan más lejos que otros. Quien estudia ingeniería tiene su mente puesta en avanzar, en crear, en innovar, igual que un arquitecto, o un informático, o un científico de la clase que sea. Ellos miran al futuro; analizan los datos presentes para formular nuevas teorías con los que encontrar datos nuevos.
Yo no soy de esas personas. A mí me van los conocimientos, digamos, menos útiles. Me gustan los datos que no van a ayudar a nadie a erradicar la pobreza, que no van a curar el SIDA o encontrar una vacuna contra el cáncer. Yo soy de LETRAS, con mayúscula, anclada en el pasado y en los hechos que explican por qué somos como somos ahora, sin una mirada ni de refilón al cómo seremos el año que viene.
¿De qué me sirve saber que la uve no se pronuncia en castellano, a diferencia de otros idiomas latinos, por influencia del euskera? ¿Qué me aporta el conocimiento de que la palabra Hispania viene del fenicio y significa "tierra de conejos"? ¿Me es realmente indispensable saber que, antes de que el latín se convirtiera en lengua única en la península, había varios idiomas muy parecidos al euskera en toda la cornisa cantábrica? ¿O que la palabra "vascón" viene de un idioma paracelta y significa "hombre de las montañas" o, en sentido figurado, "hombre altivo"?
Mucha gente dirá que algo así no sirve para nada (aunque, Maritormes, yo sé que tú me entiendes). Yo discrepo. Sirve para entender qué soy, por qué soy como soy, de dónde vengo -aunque no tenga ni idea de a dónde voy- y, sobre todo, por qué los demás son como son. Me sirve para respetar y admirar culturas a las que ahora miramos por encima del hombro (¿qué sería de nosotros sin aceite, almohadas, alfombras y alhajas, por no mencionar una lista interminable de descubrimientos que no tendríamos sin la cultura musulmana?), para entender culturas que quiero hacer mías (¿sabíais que el poema inglés equivalente al "Cantar del mío Cid" es en realidad danés?), para sentirme orgullosa de ser la amalgama de culturas que soy.
Y, entre otras cosas, para poder explicárselo a mis alumnos y contribuir a que abran un poco más sus mentecillas.