Mi feminismo

ÉSTE es mi feminismo. Por si quedaba alguna duda.

De cómo presupuestar el tiempo o el valor que le damos a lo más importante


Leí una vez un texto de Elizabeth George que hablaba sobre sus comienzos como escritora. Antes de ser una autora súper ventas, George era profesora de inglés en un instituto americano, y dice que escribió su primera novela en verano porque no se puede ser profesora y escritora al mismo tiempo y hacer las dos cosas bien. Yo pensé en aquel momento que estaba exagerando; yo también soy profesora de inglés, me dije, aunque de primaria, pero tampoco es para tanto. Además, ¿qué horarios tiene una profesora en el instituto?, ¡si viven de cine! Esto era, claro, cuando daba a críos pequeños, en un centro en el que todo el material estaba preparado y tenía una compañera con la que podía contar para cualquier cosa.

Luego desperté y llegó la realidad.

Tener el colegio a una hora de casa, dar clase a todos los cursos y estar más sola que la una a la hora de enfrentarte a tu trabajo no son los ingredientes más adecuados para que una vuelva con energía a casa, precisamente. Ahora sí creo que Elizabeth George tenía (algo de) razón. Es difícil hacer dos cosas tan complejas como dar clase y escribir al mismo tiempo, menos aún hacerlo bien. De repente parece que el día tiene menos horas, que no hago más que trabajar, que no veo la luz del sol más que por la ventana del coche camino a casa (no parece, es así), para llegar a Vitoria de noche y agotada. ¿Cómo ponerte a escribir cuando tienes que preparar los materiales para el día siguiente, investigar en Internet, buscar los audios y los vídeos que necesitas pero el colegio no compra porque "no hay dinero" (pero para regalos chorras para el concurso de tarjetas de Navidad sí llega, qué curioso)? Y siempre hay otras prioridades, como ese curso que te va a dar puntos para marcharte del centro donde estás lo antes posible y poder acercarte a casa, o terminar la dichosa carrera, o, no por favor, comprar la cena de Nochebuena. ¿Cuándo escribes? ¿Qué escribes? ¿Qué es escribir? ¡Si ni siquiera puedo actualizar el blog!

El viernes nos dieron las vacaciones y llevo todo el fin de semana pegada al ordenador o a un libro, ya sea novela o de texto. El placer de disponer de todo el tiempo del mundo para dedicarlo a tu pasión no es comparable a nada, al menos no a nada que yo conozca. La gente quiere que le toque la lotería para no volver a madrugar en su vida y pasarse la vida vegetando en una playa paradisíaca; yo quiero que me toque la lotería para concentrar mi energía en todo aquello que me gusta. Escribir y leer, leer y escribir. Sin más cargas que las que una quiera echarse a las espaldas. Madrugar por placer para hacer solo lo que te gusta.

Y ver el sol. Por fin, ver el sol.

Feria de Durango

 Ayer estuve echando una mano a una amiga en la Feria del Libro de Durango, una feria dedicada exclusivamente a la literatura en euskera o sobre tema vasco (y sí, soy consciente de lo ridículo que es escribir un post sobre semejante feria en castellano, pero qué le vamos a hacer, estoy llena de contradicciones). Es el segundo año que voy al stand de UEU y el segundo año que salgo de allí convencida de que yo en otra vida fui librera y que, cuando me jubile y/o me toque la lotería, pienso montar una librería/tienda de patchwork/Starbucks/bar irlandés con restaurante indio al lado (o similar), un negocio de esos que no da dinero pero te hace pasar un buen rato, vamos.

Los relatos de Katherine Mansfield para el
irakurle kluba (club de lectura)
De diez y media de la mañana a tres de la tarde ahí estuvimos, vendiendo libros de formación continua  con títulos tan atrayentes como "Tratamiento del género en psicología", "Educación especial y sus necesidades" y un tocho de unas ocho o nueve mil páginas (así, a ojo) sobre cálculo diferencial, todo esto en euskera. Como alumna de aquellas primeras ikastolas ilegales que tuvo que estudiar material traducido de mala manera por sus propios profesores, aprecio mucho ferias y libros de este tipo porque me doy cuenta de lo lejos que hemos llegado en la defensa del idioma propio, mal que les pese a Wert y a sus súbditos (sin olvidar a Adolfoo Suarez, allende los tiempos, que se reía ante la idea de que el euskera pudiera utilizarse como lengua de transmisión cultural en la universidad). Ver los best-sellers y los clásicos de la literatura traducidos en ediciones que no tienen nada que envidiar a cualquiera de corte internacional hace que a una se le caiga la lagrimilla, qué queréis que os diga. Yo estudié con fotocopias y tuve que leer a Atxaga todos los años de mi vida porque no había otro. Eso de literatura de entretenimiento en euskera era una utopía cuando yo era adolescente, y ahora las editoriales tienen cientos de títulos, tanto traducciones como escritos directamente en euskera, para cualquier edad. El nuevo libro de J.K. Rowling va a salir a la vez en euskera y en castellano, no os digo más. Sí, Wert, hasta eso hemos llegado, fíjate tú, y basta que nos lo quieras quitar para que lo defendamos más a capa y espada todavía.

Pero un momento, yo estaba hablando de otra cosa...

El escritor que escribe que escribe, de Iban Zaldua,
un "porque yo lo valgo"
Estuve, decía, vendiendo libros en la feria, y aunque también tuve tiempo para comprar alguno (solo dos, que no da el presupuesto para lujos; hice bien en llevar el dinero justo, porque hubiera vuelto a casa con una docena), lo más divertido fue observar a la gente que compraba. De ahora en adelante creo que me voy a llevar guantes a las librerías, tanto por mí como por el resto de la gente. Había muchas personas tan cuidadosas como pretendo ser yo, que cogían el libro con cuidado y abrían la portada con dos dedos, como si tuvieran miedo a romperlo, pero eran las menos. La mayoría apartaban tres libros para alcanzar el que querían, que luego manoseaban de mala manera y dejaban más o menos donde lo habían encontrado, aunque no siempre. Luego estaban los niños, ay, los niños, que pasaban por nuestro pasillo (a un lado, la Universidad Pública Vasca; al otro lado, la de Deusto) y toqueteaban todo solo por el mero hecho de toquetear, con los padres pasando olímpicamente de nuestros libros porque solo estaban ahí para huir del pasillo de las grandes editoriales, donde Toti Martínez de Lezea firmaba libros y era imposible dar dos pasos. Pero lo mejor, ay, lo mejor, fue la señora que, tras limpiarse los mocos de la forma más sonora y asquerosa que fue capaz, apoyó las dos manos sobre los libros de la primera fila para poder ver más de cerca los de atrás, que también toqueteó a placer. No tenía toallitas desinfectantes, pero a gusto hubiera pasado una por todos los libros cada cinco minutos. Manías, supongo, pero en serio os digo que a partir de ahora voy a andar con mucho más cuidado en las librerías.
Toti Martínez de Lezea firmando libros.
Todo un stand dedicado a sus obras. 

Al final de la mañana, mi amiga y yo vendimos quince libros, compramos siete entre las dos y estuvimos meditando qué era más importante, si comer o gastarnos los pocos euros que habíamos reservado para un bocadillo en un último libro. Al final optamos por el bocadillo porque no hay tiempo material en el mundo para leer todo lo que nos hubiéramos llevado de la feria. Entre novelas, ensayos y libros para niños, fue difícil resistirse. Habría caído una docena larga más de libros.

El próximo año repito. A ver si para entonces mi paga extra está un poco más segura y puedo gastarme parte del sueldo en lo que más me gusta, que la tentación es grande pero la fuerza de voluntad, de momento, gana. Ay, qué duro es hacerse mayor...

De lingüistas que son filósofos y a la vez políticos, o Noam Chomsky y su p/$%& "X-bar Theory"



Siempre me he considerado "de izquierdas", lo que quiera que eso signifique y quién lo represente, pero con calma, sin "radicalismos", lo que quiera que eso signifique y quién lo represente. Con la que está cayendo, sin embargo, mi nivel de hartazgo está llegando a tales extremos que yo, teórica como soy, siento un deseo casi irrefrenable de salir a la calle con un palo y empezar a repartir hostias, quemar cajeros o tirar piedras, pero, como no tengo muy claro a quién he de pegar, no me atrevo. Por eso me centro en lo teórico, que es lo mío. No voy a salir ahora con que leo a Chomsky, no; está en mi lista de "cosas para leer antes de quedarme ciega", pero no he tenido el placer de sentarme y disfrutar de él. Lo más que ha caído ante mis ojos ha sido alguna cita suya, o algún comentario escuchado fuera de contexto, pero lo suficiente para que me haya picado la curiosidad sobre este hombre y haya llegado a la conclusión de que me encantaría conocerle y tomar un café con él. Hoy le he buscado en Internet y he terminado, cómo no, en la Wikipedia. Y oye, así, de golpe y porrazo, se me ha caído un mito. Que sí, que anarquista, que muy de izquierdas, que contrario a todo lo que hace su país, que crítico con Israel... Pero el muy cabrón es el responsable de la X-bar Theory (no confundir con The Big Bang Theory). Y solo por eso merece ser emparedado.

Como profa de lenguas que soy, conozco la parte lingüística de la carrera de Chomsky desde que empecé magisterio, allá por el pleistoceno, y, aunque en su momento me gustó mucho su teoría de la gramática generativa y la gramática universal (todos los idiomas tienen una base similar que los hace igual de fáciles de adquirir, aunque la distancia entre lenguas nos pueda parecer abismal), luego estudié a Hymes y compañía y destroné al bueno de Noam. La gramática es muy importante, pero la teoría de Chomsky se queda corta a la hora de explicar la diferencia entre "¿esto lo he escrito yo?" con ojos abiertos, boca abierta, sentimiento de ser la dueña del universo y deseos de gritar al mundo que amas la vida, y "¿esto lo he escrito yo?" con cara de espanto, náuseas en el estómago y un deseo casi insoportable de lanzar el ordenador por la ventana, meterte debajo de la manta y disolverte. No hay ninguna diferencia gramatical, pero Hymes explicaría más tarde lo distintas que son estas frases. Uno no existiría sin el otro, eso sí, y entiendo que ambos se complementan, pero Noam se dejó un trozo muy importante de la labor de un lenguaje.

Pero a lo que iba. Mirando hoy la wikipedia me he dado cuenta (hoy, tras tres meses de estudio, fijaos qué atención presto yo a lo que estudio) que el bueno de Chomsky es el responsable de la X-bar Theory (no confundir con The Big Bang Theory). ¿Y qué es eso?, preguntaréis algunos y algunas. Explicarlo me iba a llevar la vida, así que os dejo una imagen, que vale más que mil palabras:



¿Me entendéis ahora? ¿Me entendéis? ¿Eh? ¿Eh? ¿Me entendéis?

Y vaya por delante que a mí siempre se me ha dado bien lo de analizar frases, que tengo cierta habilidad para ver las conexiones, identificar elementos y ponerlos en árboles, casi sin estudiar. La habilidad me viene de lejos, lo que destrona mi teoría de que yo soy de letras porque no creo que haya nada más científico que un árbol sintáctico. Se me dan bien los idiomas, que se suele decir, analizarlos y destriparlos, pero esto de aquí arriba es inhumano. Insufrible. Infumable. Y todo por culpa de Chomsky, que no pudo dejar el típico predicado en su sitio y se tuvo que inventar toda una teoría nueva. Muy anarquista y muy lo que quieras, pero ya no lo ajunto. Nada.

(A los creadores de The Big Bang Theory se les olvidó meter un lingüista entre sus frikis. ¿Os imaginais a Sheldon haciendo esto? "Un XP' tiene que estar siempre compuesto de una cabeza X' y un PP', pero nunca de un X, aunque a veces acepte otro XP' por ser reiterante"*.  La iba a gozar.)


*La autora de este post no pretende afirmar que tenga ni pajolera idea de que esta regla sea cierta, tenga sentido o valga para algo, y no se hace responsable de los errores que pueda causar en los deberes de nadie. 

He votado (no me peguéis)


Acabo de volver de votar. Fuera llueve, pero aún así he bajado, con el carné de identidad en el bolsillo y el papelito del censo para saber qué mesa es la mía, que siempre me confundo, y he andado los veinte metros que me separan de mi colegio electoral sin paraguas, cual penitente tratando de expiar sus pecados. He votado. He cumplido.

Soy tan simple que aún creo que mi voto vale para algo. Tan inocente y tan pánfila que soy de las que piensa que cuando no te gusta el gobierno que tienes debes mostrarlo con tu voto. Ojo, que no estoy diciendo con eso que el que se abstiene no tiene derecho a opinar (si no te gusta nadie de los que se presentan, la abstención puede entenderse como un modo de protesta, aunque también de apatía o de "me da igual", he ahí la mala fama), ni que las manifestaciones y las expresiones de enfado en las calles no sean válidas, faltaría más. Pero yo (inocente, tonta, simple) soy de las que piensa que un papel en un sobre tiene más peso que una cacerolada. Y así me va.

He votado al partido que considero menos malo, que a ojos de otro seguro que es la representación del demonio. No he votado para que ganen, que sé que no van a ganar, sino para que hagan una oposición responsable. Hasta cinco minutos antes de bajar de casa, mientras me secaba el pelo y miraba por la ventana para ver si había mucha gente en la puerta del colegio electoral, he debatido conmigo misma si les debo votar a ellos o no. El problema era que no había ningún otro partido que me gustara lo suficiente como para darle mi papeleta. Y al final he votado con muchas dudas.

Habrá gente que diga que para eso mejor no votar, o mejor votar en blanco, o que total me podía haber quedado en casa. Puede. Quizás tengán razón. Pero qué queréis, soy una romántica, y a mí eso de votar me pone. Ha muerto mucha gente para que yo tenga derecho a votar, y cada vez que llegan las elecciones me acuerdo de eso. Es una chorrada, ¿verdad?, si no hay nadie que te guste para qué molestarte, parezco tonta. Quizás lo sea, pero me da igual. Yo voto. Y si el partido al que he votado miente, estafa o engaña (que lo hará), en las próximas elecciones perderá mi voto y el de mucha más gente, y en las siguientes elecciones cambiaré otra vez, como lo he hecho en las tres últimas. Sigo sintiendo que es la única arma que tengo para controlar a quien me manda.

Claro que qué sé yo. Por favor, si soy de las que lee "Juego de Tronos" esperando que Jaime Lannister se líe con Brienne, la doncella de Tarth. Una romántica, ilusa, pipiola, inocente empedernida, vamos... Y con derecho a voto.

Diario


(...) Me vuelven a asaltar dudas sobre lo que estoy haciendo; me digo que esta historia no es la mía y que estoy escribiendo un churro que no vale ni para sujetar la pata de una silla que cojea (sobre todo después de leer alguna de las maravillas que hay fuera, como el texto de ayer en The New Yorker, que ya podía darme a mí por leer a Ken Follet, leñe), y me planteo dejarlo y aprovechar esa hora para dormir. Pero luego recuerdo que escribo porque quiero, que el objetivo no es publicar ni ganarme la vida con esto, sino escribir lo que me gusta y no puedo leer porque a nadie más se le ha ocurrido y no me queda más remedio que escribirlo yo. Ya sé que la historia está mal, ya sé que es un churro sin personalidad, sin voz, sin estructura, sin personajes creíbles ni voces identificables, históricamente incorrecto y psicológicamente imposible. Pero sigo. Porque prefiero escribir mal a no escribir en absoluto. Porque no pasa nada si escribo un churro, no tiene por qué leerlo nadie y nadie está esperando a que se publique. Porque solo se aprende cometiendo errores, y ser capaz de verlos ya es un gran avance. Antes solo era capaz de decir "algo no funciona, está mal y no sé por qué". Ahora sí sé qué falla. Otra cosa es que sepa arreglarlo. (...)

Poesía como cura para el cansancio

(Me perdonaréis el silencio, pero estoy demasiado liada y demasiado cansada para escribir en el blog estos días. Prometo volver con ganas, porque el cansancio es producto de novedades y ajustes temporales, no de malos rollos o agotamiento mental. Mientras, os dejo una joyita para que practiquéis inglés; he sentido el impulso de traducirlo para los que no dominéis bien el idioma, pero si traducir un texto literario me parece difícil, en poesía ya es imposible, menos aún la de un genio como W. H.  Auden. Quedaos en lo superficial o id más allá: de cualquier manera, habréis ganado algo solo con leerla.)






THE MORE LOVING ONE

Looking up at the stars, I know quite well
That, for all they care, I can go to hell,
But on earth indifference is the least
We have to dread from man or beast.

How should we like it were stars to burn
With a passion for us we could not return?
If equal affection cannot be,
Let the more loving one be me.

Admirer as I think I am
Of stars that do not give a damn,
I cannot, now I see them, say
I missed one terribly all day.

Were all stars to disappear or die,
I should learn to look at an empty sky
And feel its total dark sublime,
Though this might take me a little time.


De caras conocidas que traen recuerdos o viajes al pasado involuntarios


Hoy he vuelto a casa dando un rodeo por el casco viejo para hacer un recado y me he cruzado con un profesor de inglés que tuve en el instituto. Me ha hecho gracia porque en veinte años creo que es la primera vez que lo veo, o quizás no tanto, pero lo parece. Le recuerdo como a un buen profesor, de los pocos que me han hablado en inglés en clase (hoy en día es impensable, pero en mis tiempos dábamos inglés en euskera). Hace poco, qué cosas, me acordé de él porque hice lo mismo que él nos hizo en clase una vez: dio por supuesto que nosotros/as, almas cándidas que llevábamos cuatro o cinco años dando inglés (y todos los años empezábamos por el to be y los colores), íbamos a saber diferenciar el acento americano del británico. Le miramos con cara de pez y el pobre desistió, pero a mí me quedó la curiosidad de si realmente era o no tan distinto. Hace unos meses lo hice con críos de segundo de primaria y ellos sí lo distinguieron. Me pregunto qué tipo de alumnado se encontrará él hoy en día.

Pero el recuerdo que me ha venido a la mente nada más verle y que me ha dejado sin aliento un instante no tenía que ver con él, sino con mi padre. Este profesor fue mi tutor en segundo de BUP y mis padres asistieron a la reunión de principio de curso con él. Cuando mi padre volvió a casa, lo primero que me dijo de él fue "Qué boca más pequeña tiene, ¿no?" Y es cierto, la tiene pequeña, o más que pequeña fruncida en un eterno beso; como, además, las tres sílabas de su apellido tienen una u, la sensación de boca diminuta es mucho más exagerada, y las coñas con su nombre en el instituto eran infinitas. Desde aquella reunión, cada vez que en mi casa se hablaba de él había que añadirle la coletilla "el de la boquita pequeña", hasta que el pobre hombre perdió su identidad y ya nos referíamos a él solo por ese rasgo. Las pocas ocasiones en las que le veo u oigo un nombre similar al suyo (el de pila es común aquí, el apellido no tanto), me acuerdo de mi padre y del profesor de la boquita pequeña. En ese orden.

La semana pasada hizo tres años que mi padre murió. Juraría que cuanto más tiempo pasa más anécdotas recuerdo, o más situaciones me lo recuerdan. Supongo que es normal, pero a veces asusta. En ocasiones tengo la sensación de que aún puedo coger el teléfono y llamarle y decirle "me acabo de cruzar con el de inglés, el de la boquita pequeña, y me he acordado de ti"...

Ola de calor


Cuarenta grados a la sombra de máxima en una ciudad en la que lo normal es que a estas alturas de agosto estemos sacando las chaquetas de otoño. Duermo con la ventana abierta, pero en mi cuarto no entra ni una pizca de brisa. Fuera, a las once de la noche, la gente pasea con la chaqueta en la mano a pesar de los veinticinco grados de temperatura. No importa, esto no deja de ser Vitoria. ¿Cómo conocer a alguien de mi tierra en una playa nudista? Es el que lleva el bañador al hombro por si refresca. Reíd, reíd, pero es verdad. Yo he llegado a ir a la piscina con el paraguas en la bolsa.

Otros años, el diez de agosto anuncia el fin de las fiestas y el día en el que la ciudad se convierte en poco más que un conglomerado de calles vacías y comercios cerrados. Suele ser fácil aparcar en cualquier lugar, y el que en agosto no haya que pagar por aparcar en el centro es un pequeño consuelo para los infelices que nos quedamos aquí. Últimamente, sin embargo, no es tan fácil dejar el coche en la puerta de casa porque la gente no se ha marchado, al menos no por mucho tiempo. La mayoría de los comercios y bares están abiertos; como mucho algunos tienen un cartel que anuncia vacaciones de diez miserables días cuando antes se cogían todo el mes. La crisis ha tocado a todos, supongo. Antes diferenciábamos a la clase alta de Vitoria porque iban a las piscinas del Estadio cuando los demás íbamos a Mendi o a Gamarra; ahora sabemos quién tiene "pa gastar" porque se va de vacaciones. Los turistas aumentan, y ahora ya no se quejan de que no hay nada abierto para poder comer un menú del día fuera del hotel. Todavía me llama la atención ver guiris en mi ciudad. Cada vez que veo a uno consultando el plano, me dan ganas de acercarme a ofrecerle mi ayuda y practicar el inglés con un nativo.

Los vitorianos y vitorianas tenemos una especial predilección por quejarnos por todo. Nos quejamos de los inviernos largos, de la nieve y las heladas; nos quejamos cuando llueve, y más aún cuando no llueve; nos quejamos cuando el termómetro marca cuarenta grados en verano y casi lloramos cuando al día siguiente baja a quince. Y eso si hablamos solo del tiempo, porque no entremos ya con la dichosa intermodal o el soterramiento del tren. ¿Y el tranvía? ¡Ay, el tranvía! Tanto quejarse y ahora va lleno. Pero hay que protestar. Eso y la chaqueta en la mano es lo que nos hace vitorianos. Qué le vamos a hacer.

Ensalada fresquita, café con hielo y agua, mucha agua. Qué calor, madre, qué calor, así no se puede estar, esto es inhumano. Si es que aquí, o nos pasamos o no llegamos, no hay quien salga de casa, prefiero el frío a este calor húmedo y pegajoso, vaya verano más horroroso...

La semana que viene os hablaré del frío que hace.

En busca del coche perfecto



Me he comprado un coche.

Así dicho parece uno de esos comentarios que la gente anuncia en Facebook o en twitter, y que una lee con cara de "¿y a mí qué me importa?", pero permitidme que elabore: me he comprado el coche yo sola. Mujer, soltera, treinta y seis años, comprando coche.

Aquí se esconde una historia. La oléis, ¿verdad?

Durante dos meses he conocido a todo tipo de vendedores y vendedoras, y he llegado a la conclusión de que para vender coches antes tienes que haber vendido tu alma. El que no me hablaba de lo bonita e imprescindible que era la equipación más cara, lo guay que era tener bluetooth y qué cómodo el volante de cuero (pasando por encima la información sobre nimiedades, como el gasto de gasolina o que ese modelo en concreto no tenía garantía, y lo de los CV a quién le importa), intentaba colarme una financiación que ni que yo fuera una Koplovitz, o venderme un coche de dos años a precio de nuevo y decirme que era "un chollo, un chollo, no vas a encontrar algo así en ningún sitio". Todos, por supuesto, se dedicaron a meterme prisas porque "esta oferta se acaba en junio y luego sube el IVA y vas a tener que empeñar a tu primer hijo para poder pagarte el coche, y verás tú luego". A la semana de empezar, ya estaba agotada.

La "mejor" vendedora, sin embargo, fue la del coche que más me gustaba y que al final no compré por culpa suya, por gilipollas y por intentar engañarme. Era una chica joven, o al menos se las daba de ello, y en cuanto me vio empezó a tratarme como si yo fuera coleguilla suya en lugar de una clienta, lo que ya me dio mal rollo. Me estaba haciendo el presupuesto cuando en una de estas se gira hacia mí y me suelta, con toda la naturalidad del mundo:

--Buf, es que no veas, esta mañana he estado en el ginecólogo y me ha dejado hecha polvo.

Yo, que tengo problemas de oído, me incliné hacia delante pensando que no la había oído bien. Era imposible que la hubiera oído bien.

--¿Perdón?

--Que he ido al ginecólogo y me ha dejado hecha polvo. Tengo confianza con él y eso, pero es que madre mía, qué cosas me hace. Uy, mira, ya está aquí el coche, vamos a probarlo.

En este punto, como comprenderéis, yo quería huir como la cobarde que soy, pero al final me monté con ella en el coche y escuché la vida y milagros de su hermana, que había conocido a un chico a los cuarenta pasados y estaba encoñadísima (palabras textuales de la chati) y era muy divertido verlos juntos. Me habló del chico, de las tierras que tenía, del braguetazo que había dado su hermana. Y después de aparcar el coche vino el intento de colarme el de dos años, asegurándome que era el mismo modelo que el que acababa de probar (ni de coña, como vi más tarde) y tratando de convencerme de que "con 110 CV no vas a ninguna parte, cógete el 130, mucho mejor, dónde vas a parar".

Salí corriendo de allí como alma que lleva el diablo.

Al final le compré el coche al único vendedor que escuchó lo que le estaba pidiendo desde el principio: quiero un coche ajustado de precio. Él fue directo al ordenador y ni me preguntó qué equipamiento quería; me hizo el presupuesto con el interior más sencillo y en blanco, que era el más barato. Tras probar el coche, prácticamente le dije que le quitara la etiqueta, que me lo llevaba puesto. Creo que el pobre no ha vendido un coche tan rápido en su vida, y sé que podía haber arañado más el precio, pero ya estaba hasta las narices. Al hombre le alegré la tarde.

Aquel mismo día recibí ocho llamadas que no contesté y un email de la chica del otro concesionario para ver si quería ir a probar el coche de dos años. No sé si todavía me estará esperando, preguntándose qué ha hecho mal con alguien a quien tenía en la palma de la mano y que le hubiera comprado el último modelo si le llega a rebajar mil euros.

Diario de una novela, o confesiones de una escritora bipolar en ciernes




Día 0: Principios de octubre. Se me ocurre una idea para una novela. Es la mejor idea desde la invención de las persianas, va a revolucionar el mundo literario y toda la humanidad va a hablar de mí durante décadas. Empiezo a pensar en cómo me voy a quitar a las editoriales de encima. Quizás debería ir pensando en hacer el guión cinematográfico al mismo tiempo que la novela. Me hago una lista de actores buenorros para que la protagonicen.

Día 1: Empiezo a escribir. No he escrito ni guión ni diario de personajes, no he delineado la novela, no he hecho ningún trabajo previo. Solo escribo. Me levanto una hora y media antes de ir a trabajar y me juro a mí misma que éste va a ser mi horario de escritura, pase lo que pase, y que no lo voy a usar para nada más. Tengo sueño. 

Día 5: Empiezo a pensar en mí misma como escritora porque he escrito todos los días. Me imagino yendo a conferencias y participando en tertulias sobre cuyos temas no tengo ni idea, pero a las que me invitan por mi condición de escritora. Empiezo a andar más erguida por la calle. Miro a los demás con superioridad porque soy escritora y ellos no, ja, ja, ja. Me doy cuenta de que escribir por la mañana me pone de mejor humor y voy a trabajar más contenta. Si antes la historia me parecía buena, ahora es cojonuda.

Día 17: La hora y media de escritura por la mañana se ha reducido un pelín. La culpa es del despertador, que le das y vuelve a sonar a los diez minutos. La historia va, pero más bien psé. Empiezo a tener dudas.

Día 31: La historia es una mierda, yo no valgo para esto, no sé en qué estaba pensando, mejor estaba durmiendo. Pero no duermo. Mi cuerpo se ha habituado al horario y me tengo que levantar, y ya que estoy levantada, pues escribo. Mi dosis de café diaria ha subido de cuatro a siete tazas. Leo un estudio que dice que el café es bueno. Menos mal.

Día 45: Odio mi vida. Odio mi ordenador. Odio mi idea. Odio a los personajes. Todo es una mierda. A ver si el mundo explota ya de una bendita vez y no tengo que terminar el churro que a pesar de todo insisto en seguir escribiendo. 

Día 62: Me pregunto qué hacía yo antes de ponerme a escribir esta historia. Me pregunto qué hace por las mañanas la gente que no escribe. Me pregunto qué es eso que llaman dormir. Mi hora y media de las mañanas se ha convertido en una hora, pero ahí sigue. Vuelve a engancharme la idea, al menos la mayor parte del tiempo.

Día 84: Estoy terminando el primer borrador. Estoy tan emocionada que mi hora de escritura al día se ha vuelto a convertir en hora y media por las mañanas y otros cuarenta minutos a la hora de comer. Los personajes han tomado vida en mi cabeza y el mundo de fuera me parece banal y aburrido. Empiezo a pensar que tengo una úlcera por comer tan rápido y beber tanto café.

Día 95: He terminado el primer borrador. Lo leo y no quiero saltar por la ventana ni liarme a martillazos con el ordenador. Paso una semana retocándolo y tomando apuntes de cosas que quiero cambiar. Hago tres copias de seguridad. Decido que es lo mejor que he escrito nunca, aunque eso no signifique mucho porque mi tolerancia es muy baja. Salto un poco por casa. Quizás haya bailado a ritmo de Britney Spears, pero no hay testigos y nunca podréis probarlo.

Día 102: Empiezo a escribir otro proyecto y dejo el anterior macerando, a ver si en el disco duro coge solera. Decido que esta nueva novela va a ser mucho, pero que mucho mejor que la anterior. No veo película, veo serie. De hecho, no voy a poder escribir un solo libro, calculo por lo menos tres o cuatro. Es la mejor idea desde la última buena idea que tuvo nadie. Soy genial. Soy maravillosa. Soy la hostia.

Día 112: Reservo un montón de libros sobre el tema que estoy tratando en Amazon, pero no le doy a comprar.

Día 130: Empiezo a sospechar que esta historia es mucho para mí.

Día 153: Decido mandar el nuevo proyecto a la porra y volver con el antiguo. Echo de menos a los personajes. Releo el primer borrador y vuelvo a pensar que qué bello es vivir.

Día 175: Fin de curso y exámenes de la UNED. Mi agotamiento y mi ánimo son inversamente proporcionales. La historia es una mierda que no hay quien salve. Me rindo. No valgo para esto. La hora de escritura ahora son treinta minutos que empleo en leer los periódicos digitales antes de ir a trabajar. 



Día 210: Vuelvo de un curso en el extranjero con las pilas cargadas. Retomo la historia poco a poco. Escribo una precuela, saco una historia corta de ella. Releo mis notas y decido que los cambios no son para tanto.

Día 230: Primeros de agosto. Termino el segundo borrador. Lo releo y cambio un par de detalles. Decido que es una obra maestra, que va a vender millones y que tengo el Planeta en el bolsillo (y con eso me refiero tanto al premio como a la Tierra). Empiezo a pensar en actores que interpreten a los personajes. Me pregunto si el señor de la foto tendrá libre el calendario del próximo año y cuánto cobrará, por si puedo pagarle de mis emolumentos como escritora de grandes ventas. Decido que igual le mando un mensaje vía twitter; total, ya debe pensar que estoy loca de atar después de todos los que le he enviado.

Esta es la cara que veo cuando me imagino
a uno de mis personajes. Ya, sí,  la motivación
tiene que venir de la historia, bla, bla, bla.
Y una leche. 

Día 230, dos horas más tarde: Me tiro de los pelos y decido que he escrito un churro, que no valgo para esto, que mejor le doy a borrar y empezamos de nuevo. Mando otro tuit al chato de la foto y le digo que mejor lo dejamos.

Día 230, por la noche: Vuelvo a estar convencida de que el dinero y la fama están a punto de llamar a mi puerta, pero que ya puede ir llegando que tengo que pagar el coche nuevo. Decido dejar el borrador macerando y darle un repaso dentro de uno o dos meses. La idea de dejar que alguien lo lea me produce dolor de tripa, aunque quizás sea la úlcera. Cambio de nombre en twitter, no vaya a ser que conteste el otro.

Día 231: Empiezo un nuevo proyecto. Este sí que va a dejar a todo el mundo con la boca abierta. Pienso en el diseño de la portada y en que quizás Sandra Bullock quiera protagonizar la película. Será cuestión de ir buscando el teléfono de su agente para ver qué fechas le vienen bien.

Tesoro

Ella es joven, jovencísima, quizás no tanto en términos absolutos pero sí para sostener a una niña de unos dos años en brazos. Se para a mirar unas cortinas, las toca, se interesa, y al tiempo que deja a la niña en el suelo llama a alguien que se le ha adelantado por el pasillo del Leroy Merlín.

--Tesoro, ven un momento.

Yo me quedo quieta, pensando que no puede ser, que no puede tener otro hijo, menos aún uno lo suficientemente mayor para adelantarse por su cuenta y obedecer a la primera a aquella llamada tan dulce, sin alzar la voz. Me doy la vuelta para mirarla con disimulo mientras finjo interés en unas sábanas que no necesito, y entonces aparece Tesoro, que resulta ser un tiarrón con tatuajes en ambos brazos y cara de partirle la cara a cualquiera que le llame tesoro, a excepción de la mujer que le ha llamado. Él se acerca, y escucha a la mujer/niña, y comenta sus preferencias por las cortinas de al lado, las que ha visto con un solo ojo porque el otro está pendiente de la cría de dos años que corretea entre taladros. Y yo me alejo, porque ya he visto bastante y he vuelto a cometer el error de juzgar a la gente al primer vistazo.

Y entonces pienso en todas esas veces que ponemos motes a la gente sin darnos cuenta del daño que hacen, y en esas pocas veces en que acertamos de pleno con los apelativos. Y me pregunto, mientras busco las sierras de calar que usa el de Bricomanía en todos sus programas, cómo llamará Tesoro a la que ha sabido ver la joya que él esconde dentro, y para qué demonios quiero yo una sierra de calar si ni siquiera sé lo que es "calar".

Irlanda, o el clima que produce moho entre los dedos de los pies.

Cliffs of Moher
Llevo años queriendo ir a Irlanda, y hablo tanto de ello que hay personas que creen que he estado allí varias veces. No sé si es porque es de las pocas comunidades anglófonas que habitan en Vitoria (en formato bar irlandés, se entiende), o por eso de que soy vasca y hay buen rollito entre nos, o porque este año me ha tocado estudiar toda su historia y me tenía por experta (aunque más tarde descubriera que no tenía ni pajolera idea). Sea como sea, lo importante es que por fin he podido ir, y lo que es aún mejor: he ido gratis. Bueno, gratis no, porque en realidad me ha costado la paga extra de diciembre, pero me lo ha pagado el Gobierno Vasco porque he ido para un curso de formación del profesorado. Que si llego a saber que me iba a costar la paga, exijo ir en primera clase y en vuelo directo, y no con una escala en París que nos tuvo todo un día viajando. Pero no nos quejemos demasiado.
Kinsale, pueblecito de postal dirigido a los turistas.

El hecho de que fuera un curso puso la guinda al pastel. No solo he conseguido ir a Irlanda, sino que he ido con un grupo de gente que tenía un nivelazo de inglés y en el que ha habido buen ambiente desde el primer día hasta el último; he tenido profesoras nativas que me han hablado de la cultura irlandesa de verdad, no de lo que enseñan los libros y la wikipedia; y encima he vuelto con la maleta llena de ideas para el curso que viene (que va a ser todo un reto por cuestiones que no vienen al caso). Y todas estas variables, aunque parezca que no hay relación, han dado como resultado que me haya puesto de cerveza hasta las orejas.

El mayor monumento de Cork:
Rebel Red Pale Ale
Juro que no ha sido culpa mía. Yo quería ver paisajes, pero la profesora nos ponía de deberes que habláramos con los lugareños, que escucháramos música tradicional en directo, que viéramos bailes típicos... Y claro, eso allí se hace en los pubs, y nosotras, que somos muy buenas estudiantes porque somos muy buenas profesoras, obedecimos al instante. Que sí, que también vimos Cobh, y estuvimos en el museo del Titanic, y en Kinsale, y besé la dichosa piedra de Blarney, que dicen que da el don de la elocuencia, pero la experiencia me dice que para hablar inglés con corrección lo mejor es una pinta de medio litro después de otra pinta de medio litro. Que hasta conseguía entender a los lugareños el último día, y eso, como os puede asegurar cualquiera que haya estado en Cork o alrededores, es todo un logro, que hasta los mismos irlandeses se ríen de su acento (creo; aunque sean de Dublín, siguen siendo incomprensibles).

Ah, sí, también había piedras con Oghams,
un antiguo modo de escritura.
¿Quién fue el lumbreras que llegó a la conclusión
de que las rayitas que se ven en la piedra
eran letras?
Eso sí: que alguien regule el termostato sobre la isla, por favor. De quince días, tuvimos dos de buen tiempo: el sábado que vimos Cobh y el día que nos marchamos. Incluso ese día que pasamos un poco de calor (énfasis en "un poco"), llovió. Cayó algo de lluvia todos, todos los días que estuvimos allí. Solo os diré que en algunas tiendas vendían musgo irlandés como recuerdo. No miento.


Universidad de Cork. Ríete tú de Oxford.

Pero a pesar del moho detrás de las orejas, ha valido la pena. Habrá que ahorrar para ir otra vez; quizás con la paga extra de Navid...

Uy, no, espera. Nada. Que muy bonito, Irlanda.

El retonno


Entrada tonta para decir que he vuelto, que he estado fuera pero no he querido anunciarlo a los cuatro vientos (como he hecho otras veces) por si los cacos y eso, y que vuelvo más cansada de lo que me fui. Que sí, que Irlanda es muy bonito, pero cuando tienes que asistir a clase cinco horas al día, como que no ves todo lo que deberías. Aun así vuelvo con ganas, con las pilas (mentales, creativas) cargadas, aunque con ganas de descansar. Piscina, libros y tes irlandeses con leche y azúcar para los días de lluvia. Y escribir, eso siempre.

Espero volver pronto con algo que contar.

Mujeres en serie: Suits



Cuando los angloparlantes inventaron el concepto de "guilty pleasure" (así, en inglés, porque lo de "placer culpable" como que no queda igual), estoy segura de que estaban hablando de esta serie. Encefalograma más profundo que plano, tíos buenos como única excusa válida para engancharse a la serie y diálogos servidos a la misma velocidad que los de Las Chicas Gilmore, con la diferencia de que a mí me ponen más Mike Ross (Patrick J. Adams) y Harvey Specter (Gabriel Macht), con todo lo que me gustan Lorelay y Rori. Tramas facilonas, líos de faldas, problemas de conciencia y casos más o menos interesantes como excusa para llevar adelante el capítulo. ¿Os suena? Sí, es Ally McBeal con más testosterona. Demos gracias.



Harvey Specter es un abogado al que le gusta saltarse las normas, inteligente y -por supuesto- guapo y elegante, a quien no le asusta arriesgar su pellejo ya no por el rédito económico, sino solo por la aventura. Su jefa, Jessica Pearson (Gina Torres y la razón por la que empecé a ver la serie), le dice un día que tiene que encargarse de contratar a un nuevo fichaje; su firma solo contrata licenciados en Harvard y allá que se va Harvey a aguantar a los pesados que se plantan en su despacho. Pero en una de estas aparece Mike Ross, un veinteañero con una maleta llena de marihuana que iba a hacer un "recado" para un amigo y a quien están a punto de pillar. Se esconde en la oficina de Harvey, a quien inmediatamente cae bien. Hablan, y Mike le explica que es un genio con memoria fotográfica, que ha pasado el examen del BAR varias veces (por encargo y bajo pago; vamos, que es un estafador de primera), y que la única razón por la que no tiene un título es porque su abuela, que lo crió, no tenía manera de llevarlo a la universidad. El flechazo es instantáneo y Harvey, cómo no, contrata a este chico sin título que se sabe la ley mejor que él. Ya tenemos bromance. 


Las historias giran normalmente alrededor de estos dos personajes principales, pero también hay una serie de secundarios que, casualidad, suelen ser mujeres (a excepción de Louis, probablemente el mejor actor del reparto y el más feo de toda la televisión estadounidense). Jessica es la jefa, la máxima autoridad de la empresa y uno de los personajes femeninos que más me gusta ahora mismo en la televisión. Con su metro ochenta de altura, Gina Torres está condenada a interpretar siempre a mujeres fuertes y de carácter (de nuevo, demos gracias) e incluso he leído por ahí que estarían pensando en ella para hacer de Wonder Woman (lo de amazona le va que ni pintado, la verdad). En este caso, Jessica es una jefa comprensiva que lleva a los suyos con mano férrea pero no inflexible, sumamente inteligente y que, atención, no usa su físico para salirse con la suya. De hecho, ni siquiera hay tensión sexual entre ella y ninguno de sus subordinados; los guionistas han creado un personaje que consigue ser complementario de Harvey, pero a su vez tan alejado de él que es imposible imaginarlos juntos en una relación. Si hay algo que me encanta de esta actriz es esa habilidad que ya demostró en Firefly para participar en unos diálogos cargados de dobles sentidos y hacer que te quedes con cara de "espera, eso era una broma, ¿no?" y nunca termines de estar segura. Mi frase favorita hasta ahora fue la que dio fin a una pequeña discusión con Harvey: "But the really important thing is that I'm taller than you". Y tiene razón, claro.

(Ni un maldito vídeo he encontrado en el que se pueda oír un diálogo entre Jessica y Harvey. Parece ser que a la única a la que le parece que no hay tensión sexual es a mí, porque todos los shippers están intentando liarlos con cancioncitas ñoñas.)

Harvey tiene otra gran mujer cubriéndole las espaldas, su secretaria Donna Paulsen (Sarah Rafferty), una mujer con el mismo humor que su jefe, divertidísima, muy inteligente y que conoce a Harvey mejor que él mismo (por algo lleva décadas trabajando junto a él). Este personaje estaría a la misma altura que el de Jessica Pearson si no fuera por el detalle de que ella sí usa su sexualidad y su físico para conseguir lo que quiere. Aunque de momento no ha saltado la chispa entre ella y Harvey, me temo que en este caso sí la van a provocar; en un capítulo, alguien le pregunta por qué no se ha acostado nunca con él y ella contesta "porque cambiaría las cosas". No porque no le guste, no porque no quiera. O sea, rollito a la vista. Esperemos que tarde, porque lo que más me gusta de ella es su picardía y esa conexión platónica con su jefe que hace que te mueras de risa con una sola mirada.
























Eso en lo que respecta a las "mujeres de Harvey", porque cuando pasamos a las de Mike Ross, la serie ya se va a tomar por culo en lo que a personajes femeninos complejos y con tramas elaboradas se refiere. Que sí, que Mike está muy bueno, que tiene un aire de niño despistado que hace que una quiera achucharle y enseñarle dónde está el váter, que tiene un corazón de oro y la única razón de que haya cogido el trabajo es para que su abuela esté bien atendida, pero lo de ponerle a una morena y una rubia detrás para provocar una innecesaria tensión romántica me parece demasiado. Una es la novia de su mejor amigo (que para tener amigos como ese, mejor no), a quien pintan tan tonta y tan sosa que te da hasta pena y ya la quieres con Mike porque qué va a hacer la pobre si no; la otra es una compañera de trabajo con la que el flirteo dura la primera temporada entera y con quien está claro desde el principio que va a acabar, porque la chica, admitámoslo, es mucho más mona, más lista, más compleja y cae mucho mejor que la rubia (y si no, ved la cantidad de vídeos ñoños que han hecho con ambos). Lo único bueno que se puede decir de este triángulo es que ninguna de las dos se echa al cuello de la otra y las dos terminan culpando a Mike por jugar con ellas. Por supuesto, la historia está escrita de tal manera para que digas "sí, jo, pero pobre Mike, con lo bueno y majete que es", porque no olvidemos que el prota es él, pero lo cierto es que se marca un perro del hortelano que da gusto verle.

Como digo, una serie facilona, de una sola temporada y trece capítulos (ya ha empezado la segunda, habrá que ver cómo sigue), perfecta para esos días tontos que no sabes qué ver. Chapó a los guionistas por los diálogos rápidos, chapó a Patrick J. Adams por su frescura y su puntito diferente (para mí el descubrimiento de la temporada) y suspenso bajo al que se le ocurrió lo del triángulo amoroso. En resumen: cuándo llega el jueves para ver el siguiente capítulo.

P.D: Parece que el buen rollito entre los personajes se debe al buen ambiente entre los actores y actrices, porque anda que no se lo pasan bien los condenados.

Mujeres en serie: House of Lies


Llega el verano, llega el sol y la jornada de mañana, llega la sequía imaginativa y el cansancio de fin de curso, y yo me pongo delante de la tele con el cerebro en off y las manos doloridas de tanto coser (por tenerlas ocupadas mientras veo la tele, así no como compulsivamente) y me trago series enteras desde el primer capítulo. Por suerte (o desgracia, depende), las de este año están siendo cortitas porque solo tienen una o dos temporadas, y encima no sé qué he hecho que he elegido las que solo tienen trece capítulos por temporada. No veáis lo que me ha dolido terminar alguna de ellas.

Una de las que mayor mono me ha causado ha sido House of Lies. Empecé a verla porque, cómo no, mi queridísima Veronica Mars estaba en ella, pero ya en el primer capítulo me di cuenta de que esta serie poco tenía que ver con aquella detective adolescente, por más que Kristen Bell no haya cambiado un ápice. Esta serie habla de un equipo de consultores cuyo trabajo consiste en hacer que las empresas que les contraten aumenten beneficios. Ellos analizan sus necesidades y les dicen qué tienen que cambiar para conseguir mejorar, en un mundo en el que el perro grande se come al chico y el que más dinero gana es el más cabrón de todos. El sexo juega un importante papel en todas las negociaciones, hasta el punto de ser una moneda de cambio más y que muchas de las transacciones dependan de quién ata a quién en la cama. O sea, una serie corporativa de cable americano más.



Pero quien hace grande a esta serie es su personaje principal, Marty Kaan, personificado por un Don Cheadle al que servidora nunca había prestado mucha atención pero que ahora se ha convertido en uno de mis actores favoritos. Marty no tiene escrúpulos, es un negociador nato, vendería a su padre y a su hijo por un buen trato (o eso parece), se acuesta con todo lo que se menea (y no precisamente porque su trabajo se lo exija), se lleva por delante todo lo que se ponga entre él y su objetivo. Por supuesto, es el personaje del que te enamoras desde el primer capítulo, porque qué gracia tendría la serie si no te gustara el protagonista. Su hijo de doce años consigue mostrar su lado más humano y familiar (el mejor actor de toda la serie, mundial el niño, impresionante), y su padre, terapeuta, trata de ayudar en lo que puede y que el suicidio de su mujer cuando Marty era pequeño no afecte a su hijo como sabe que le afecta. Junto a Marty, Clyde y Doug son el alivio cómico de un equipo que pasa más horas trabajando que con sus familias. Y luego está Jeanie (Kristen Bell), la mujer simbólica, el contrapunto de Marty. O no.

(Mi escena favorita. Impresionante.)

Cuando empecé a ver la serie, como ya he dicho, mi flechazo con Marty fue instantáneo. Su exmujer me parecía una zorra inhumana, mala pécora y putón berbenero, y todo aquel que fuera contra Marty merecía lo peor que los guionistas pudieran idear para él o ella. Marty se pasa la serie haciendo daño a diestro y siniestro, incluida a una novia a quien su hijo adora y el espectador no menos, pero "es porque no puede evitarlo", "su trabajo se lo exige", "sí, podría prestar un poco más de atención a su hijo, pero él es un profesional y su carrera es importante", "parece malo pero en el fondo tiene un corazón de oro, si ella hubiera esperado, si le hubiera escuchado, si hubiera sido paciente..." Y entonces me di cuenta del golazo que me habían metido. El cliché más antiguo del mundo de nuevo en acción y yo picando como una pichona: el chico malo al que todas queremos cambiar y que esperamos que nos diga lo mucho que nos quiere. Ruth 0, guionistas 1.



Junto a él, Jeanie va a aprendiendo de su mentor. Guarda su relación con un poderoso heredero en secreto para que sus compañeros no lo asusten, incluso después de haber aceptado casarse con él. Tiene líos de una noche para parar un tren y termina acostándose con su jefe, quien le promete el oro y el moro (igualito que las poderosas que se acuestan con Marty le prometen a él). Y aquí la menda, en su infinita estulticia, pensó: qué pendón, la Jeanie, ya le vale, mira que acostarse con todos, pobre novio, vaya fresca, a ver si sienta la cabeza... Hasta que me di cuenta de que Jeanie era exactamente igual que Marty en versión femenina y que me habían vuelto a colar otro golazo: el doble rasero. Ruth 0, guionistas 2. Y no solo con Jeanie, sino con la ex de Marty, a quien una odia desde el principio por ser egoísta, ególatra, agresiva, drogadicta, competitiva... Exactamente igual que Marty. Ruth 0, guionistas 3. Goleada.



House of Lies se convirtió en una de mis series favoritas casi desde el primer capítulo, y no solo por unos personajes muy bien delineados, sino por la estética y la producción de cada capítulo. Los planos en los que todo está quieto menos Marty hablando a la cámara son una pequeña obra de arte (¿cómo coño lo hacen?) y, no nos engañemos, el hecho de que el culo desnudo de Don Cheadle aparezca en casi cada capítulo también ayuda. Ha conseguido sacarme los colores y darme cuenta de que incluso yo, que voy de feminista y de igualdad entre géneros y bla, bla, reblá, también caigo como una tonta cuando me venden la moto del hombre poderoso con el corazón escondido. Y no tengo a nadie a quien culpar, más que a mí misma.

De misóginos y otras cuitas

Anita Sarkeesian es una feminista que mantiene un blog (quizás sería mejor decir "vlog") donde habla sobre la misoginia en la cultura popular, ya sea en películas, series de televisión, libros, video juegos y demás. Suele hacer unos vídeos estupendos sobre clichés que se dan en televisión, o denuncia determinadas tendencias en películas contemporáneas, no solo sobre el papel de la mujer sino también en cuestión de estereotipos raciales; su vídeo sobre el papel de las mujeres en las películas galardonadas con un Óscar es de, ejém, Óscar. Yo la encontré por casualidad porque alguien puso un vídeo suyo en Facebook y en seguida me enganché. El noventa por ciento de las veces estoy de acuerdo con ella, aunque también ha habido veces en las que creo que su mirada anglo-centrista la ha traicionado (yo también creo que usamos el lenguaje de forma machista, pero cuando se refiere a la palabra "humanity" como machista porque tiene la raíz "man" en ella, quiero gritar). Aún así, Anita siempre razona sus respuestas, hace una gran labor de investigación y, lo que es más raro todavía, lo hace completamente gratis. Por amor al arte, que se dice.

(Los subtítulos al castellano de este vídeo son míos, ji, ji, ji.)

Estos días, Anita ha cometido el "grave error" de meterse con los estereotipos sexistas en el mundo de los videojuegos, que a ella le encantan. De hecho, ni siquiera ha empezado todavía a hacer el vídeo de denuncia, sino que ha puesto una petición en Kickstarter (una de esas cuentas en las que la gente dona dinero para tus proyectos) para poder hacerlo. Decir que se le han echado al cuello es poco. Los ataques que está recibiendo son tan bestiales y desproporcionados, tan exagerados, tan violentos, que cualquiera diría que, no sé, ha amenazado el orden mundial con sus ideas. No entiendo de dónde viene tanto odio. No entiendo cómo una mujer sin ningún poder en absoluto puede crear un resentimiento tan fuerte. En ningún momento, en ninguno de sus vídeos, ha insultado Anita a nadie, así que los insultos que ella recibe chocan aún más por su sin sentido. Y lo de que la gente le siga en Youtube o en su blog solo para insultarla es algo que se me escapa. Si no te gusta lo que estás leyendo, ¿por qué lo haces? Si no estás de acuerdo con ella y te violentan sus opiniones (siendo como son inofensivas, porque, repito, esta mujer no tiene ningún poder, no es Oprah), ¿por qué te quedas? ¿Por qué escuchas? ¿Por qué insultas escondido en la penumbra del anonimato que da Internet? Sé valiente y haz tú un vídeo revocando (con argumentos) lo que ella dice, y entonces quizás tu opinión valga un céntimo.

Sé, o quiero pensar, que el número de ataques que ha sufrido Anita no es ni mucho menos una muestra del tipo de gente que hay ahí fuera; sé que los que destilan tanto odio tienen algún tipo de problema (no ya con las mujeres, sino así, en general), y que el anonimato de la red facilita las faltas de respeto. Aún así, me da mucha rabia, pena y una terrible impotencia que alguien que no hace más que dar su opinión reciba semejante paliza virtual, y algunos de los comentarios que he leído me dan verdadero pavor. Os dejo un par de joyas traducidas, para que os hagáis una idea:

"Espero que cojas un cáncer".

"Que os follen, jodidas feministas, ya tenéis igualdad. De hecho, lo tenéis mejor que la mayoría de los hombres, alégrate de lo que tienes, zorra. Y si quieres igualdad, así hablamos a los hombres también, así que que te jodan, maricón... digo lesbiana."

"Vuelve a la cocina y si no te gusta, haz tus propios video juegos".

Uno de mis favoritos (y más peligrosos):

"Esta mujer tiene ascendencia judía. Mis bases: fenotipo facial, especialmente ojos y boca, la nariz es secundaria. Curioso, Rosa Luxemburgo también era judía, Emma G. también, todas feministas. La crítica teórica fomenta la destrucción de la cultura occidental (también se ha extendido a Japón, Africa del Norte y partes del oeste asiático). Es una enemiga de Occidente, una traidora al país en el que vive".

Podría seguir, pero me hierve la sangre.

Espero que el post sirva para ayuda a Anita y darla a conocer, aunque solo sea a una persona. A mí personalmente me encanta, y aunque no fuera así tampoco me gustaría que se metieran con ella de la forma en que lo hacen. Si tienes una opinión distinta, exponla, pero no insultes. Y si el dueño o dueña del blog insulta u ofende, denuncia. Así de fácil.

PD: No veáis lo difícil que se me ha hecho escribir este post sin insultar a nadie...

De trabajos ideales y porque soñar es gratis

Con eso de los recortes y lo de que cuando veas las barbas de tu vecino cortar (nunca mejor dicho) pongas las tuyas a remojar, y a pesar de que -en teoría- tengo el trabajo asegurado para el resto de mi vida, estos días me he puesto a pensar en qué me gustaría ser si por cualquier cosa no pudiera ser profesora. Y, ya puestos a pedir, me he puesto a pensar en qué línea de trabajo de esos que se gana un porrón y medio me gustaría especializarme.


Por ejemplo, podría ser abogada. Pero no de esas de oficio ni de las que defienden a las aseguradoras de coches, sino una de esas que gana una pasta gansa, como los de Suits, que me puse a ver la serie porque salía Zöe Washburne, digooooo, Gina Torres, y resulta que ahora quiero ser parte del mundillo de los abogados de alta gama. No sé si será porque todos los abogados están buenos, porque la jefa mola un huevo (para eso era la segunda de a bordo de Serenity, no te jode) o porque hablan de fianzas de millones de dólares y se apuestan diez mil dólares a ver quién se come antes un perrito caliente con la misma facilidad que yo apuesto media pela en situaciones arriesgadas. Pero luego me he puesto a pensar que qué pereza, empezar una carrera de cero (y tendría que ser en Harvard, que no vas a hacerla por la UNED si tienes intención de ganar millones, con el frío que hace por allí, quita, quita), y qué coñazo, lo de "protesto, señoría", todo el rato buscando antecedentes, con tacón y minifalda y quitándote a los moscones de encima... No sé, no termina de convencerme, aunque tengo que reconocer que el pisito de Harvey mola mazo.


Si no quiero volver a la universidad a empezar de cero, siempre puedo subir un peldaño en lo mío. Por ejemplo, meterme consultora, como Don Cheadle y mi queridísima Kristen Bell en House of Lies. La rama iba a ser distinta, porque trabajaría en educación (haberlos haylos, los he visto, existen, "consultan" en colegios para intentar mejorar los resultados de los chavales) y, aunque no es lo mismo, también ganan una pasta queloséyo. Pero luego me he acordado de cómo odiábamos a los nuestros en King City y de cómo los poníamos a parir por la espalda, y qué queréis que os diga, yo quiero un trabajo donde al menos una parte no me odie. Así que fuera, consultora tampoco.

¿Y escritora? Algunos escritores son millonarios, ¿no? Mira Castle, o mejor, mira a los escritores invitados que han llevado a Castle. Porrochocientos millones gana el Patterson, creo que se llama, o puede que me esté confundiendo. Dejémoslo en King. J.K. Rowling. Qué coño, me conformo con ser Elizabeth George, que millonaria no sé si será pero lleva casi treinta años en esto, así que mal no le irá. Y esa era profesora antes de ser escritora. Pero me da a mí que convertirme en un King o en una Rowling iba a ser casi más difícil que colarse en Harvard a los treinta y seis y conseguir trabajo en una firma de alcurnia.

Siempre puedo seguir con filología inglesa, que ya la tengo casi hecha, y hacer algún máster en adquisición de lenguas, o un doctorado, o un postgrado. Eso te tiene que hacer millonaria fijo, como a ese que... Cómo se llama... El que salía en aquella que... No, ese no era, uno que... O no, su hermano. Bueno, da igual. Que me quedo de maestra, vaya.

Anglicismos o de cómo no entenderse cuando hablamos en inglés.


Hablaba un día con unas amigas de cosas de chicas, ya sabéis, cómo cambiar una rueda del coche, dónde guardar la llave inglesa para que el marido no la encuentre y la use de martillo, esas cosas, y en una de estas empezamos a comparar reproductores de MP3 y a comentar dudas informáticas sobre los programas que usábamos para pasar los archivos. Una de ellas me preguntó algo sobre un programa que yo no conocía.

 -Yo es que uso iTunes -le dije, pronunciándolo /aitiuns/.

 -¿Lo qué? -dijo ella.

 -iTunes, ya sabes, lo de los Mac, lo de Apple -pronunciado /apol/, por supuesto.

 -¡Ah, el Itunes, lo de los Ápel! Joder, tía, es que con esa pronunsieision cualquiera te entiende... 

Vale. Captado.

Unas semanas más tarde, conversación similar en el trabajo. Escarmentada, y para ahorrarme malentendidos, le hablé a mi compañera del Itunes (/itunes/), y uno me soltó una carcajada.

 -¡Joder con la profa de inglés, vaya acento! Será iTunes, ¿no?

 Bien. Vale. Bueno.

La última ha sido hace poco, cuando el foniatra que nos da el curso para proteger la voz nos recomendó que compráramos un "Respirator" para hacer vahos, palabro que él pronunció como el anuncio de "Rastreator". Yo, obediente, fui a la farmacia y pedí un Respirator (/respireitor/).

 -¿Un qué?

 Suspiro.

 -Un cacharro de esos de plástico para hacer vahos de manzanilla.

 -Ah, sí, el Respirator -contesta el farmacéutico, poniendo mucha énfasis en la pronunciación del cacharro como /respirator/.

Cogí el chisme y salí de allí pensando en que tenía la forma perfecta para metérsela por el /ashoul/.

Dear Diary: El PAC



Llego al hospital sin tener una clara idea de hacia dónde tengo que ir.

Es festivo, los ambulatorios están cerrados y mi dolor de garganta no puede esperar los cuatro días de fiesta que me separan de mi médica (a quien, todo hay que decirlo, no guardo especial cariño de todas formas). La chica de información me indica que suba a la tercera planta con toda la amabilidad del mundo, y yo pienso en cómo ha cambiado el personal que atiende al público desde que yo era pequeña y acompañaba a mi madre a hacer este tipo de cosas. Ahora son agradables, no te tratan como si fueras estúpida por no saber lo que todo el mundo debería saber a estas alturas, hombre ya, cómo no puedes encontrar la planta de atención primaria tú solita, sin carteles ni ayudas ni nada de nada, acaso no eres mujer, usa tu sexto sentido. No. Ahora te guían. Se agradece. Lo malo es que llegas a pensar que todo el mundo es así, y ni de coña.

La sala está atestada de gente, una veintena de personas, si no más. Me siento en unos bancos aparte, en un pequeño pasillo con tres puertas tras las cuales, imagino, estarán los médicos y médicas. Me he traído un libro, una nunca sabe cuánto la van a hacer esperar en estas cosas, pero la acción de alrededor me mantiene entretenida. A mi lado hay un hombre con dos niños de tres o cuatro años a los que habla en árabe que espera pacientemente y controla a los críos mucho mejor que varias de las madres de la sala, cuyos churumbeles corretean por doquier. Nadie parece necesitar atención urgente, nadie está a un paso de la muerte, ni vomitando, ni con un ojo colgando. Esto no es urgencias, me digo, y se nota. Las puertas de las consultas se abren y se cierran a una velocidad pasmosa; en cuanto un paciente sale, una voz dice el nombre del siguiente desde dentro, sin asomarse. Yo, sentada junto a las puertas, apenas les oigo, y estoy a punto de decirles “habla más alto, que no creo te hayan oído” más de una vez, pero estoy equivocada. Los pacientes les oyen, vaya que si les oyen. Están atentos a su nombre, y en cuanto lo escuchan saltan como si alguien hubiera accionado un resorte y corren (literalmente, corren) hacia la puerta desde donde les han llamado. La mayoría está fuera en menos de cinco minutos. No hay tiempo que perder. Hay mucha gente esperando.

El hombre junto a mí llama a una de las puertas con toda educación y muestra un objeto cubierto con papel que lleva en la mano. La médica de dentro le indica que allí no es, que tiene que ir a la puerta grande a entregarlo; el hombre obedece, seguido por los dos chiquillos, y al rato vuelve a sentarse donde estaba. Una médica pasa junto a él y le pregunta algo, a lo que él responde gritando: “LLEVO DOS HORAS ESPERANDO, VALE YA, ESTO ES UNA MIERDA, QUÉ PASA”. Ella, riendo —riendo—, le dice que no es culpa suya, pero él insiste en que “NO ES CULPA MÍA, PERO TUYA SÍ, VUESTRA, YO NO TENGO CULPA, QUÉ PASA”. La mujer desaparece en la consulta y el hombre murmura por lo bajo, con los dos niños mirándole en completo silencio. Yo intento hacerme pequeña en mi silla, desaparecer, o en su defecto convertirme en invisible, pero no tengo ese poder. La mujer asoma la cabeza por la puerta y le hace pasar. La puerta se cierra, pero a los tres minutos se vuelve a abrir, no del todo, lo suficiente para que se oigan las voces de dentro. “NO ESTOY GRITANDO, ESTOY HABLANDO, QUÉ PASA, POR QUÉ DICES QUE TE GRITO”, a lo que una voz femenina responde en voz tan baja que no se entiende lo que dice. Justo entonces se abre la puerta junto a mí. “RUTH”, gritan, ahora que no les hace falta. Doy un respingo idéntico al que han dado todos los demás. Me levanto con la misma velocidad con la que se han levantado los demás. Entro en la consulta haciendo casi una reverencia. Me falta llamar “señoría” al médico.

“Dime”, me dice el doctor, que no lleva bata y va en vaqueros y no me mira a la cara. Le cuento que he tenido fiebre, que me duele la garganta, que… “¿Cuánta fiebre?”, me corta. Treinta y ocho el martes, pero ha bajado, ahora solo treinta y siete. Me mira la garganta (pero no a los ojos), me mira los oídos, me dice que “está roja” (supongo que se refiere a la garganta, no a la oreja). “¿Qué estás tomando?”, pregunta. Tentada estoy de decirle que nada, que no hay que automedicarse, que para eso he venido, pero no me gusta mentir a los médicos y le digo que naproxeno. “Pues sigue con eso”, dice, tecleando en su ordenador. Silencio. “Ya, pero es que no me hace nada. A mí me viene mejor el ibuprofeno”. “Dame la tarjeta”. Me hace la receta a mano —sin mirarme ni una sola vez—, y me la entrega. “Pues ya está”. Le doy las gracias y me voy. Ya fuera me doy cuenta de que me he auto-recetado las pastillas yo misma. He sido médica sin serlo.

El hombre y los dos niños ya se han ido, o al menos la puerta de la consulta está cerrada y no se oyen voces. La sala sigue llena, pero ya no veo ninguna de las caras que vi al entrar. Miro el reloj: diez minutos esperando y uno de consulta. Un minuto, del cual treinta segundos han sido para escribir la receta que yo le he dictado.

Tengo hambre. Solo a mí se me antoja pan en Viernes Santo.