¿Qué fue antes, la gallina o el huevo?
¿A qué se aprende antes, a leer o a escribir?
La lógica dice que primero se lee, se reconocen las letras y luego se escriben. Yo, que siempre he ido a la contra de todo el mundo, aprendí a escribir antes que a leer. Claro que lo que yo escribía era algo así como "eraoe asfkjld dka jdfa", sin puntos, sin mayúsculas y, por supuesto, sin párrafos. Luego se lo daba a leer a una niña de mi clase que ya sabía leer y me quedaba atónita de que ninguna de las muchas combinaciones que había escrito formaran una palabra con sentido. Qué cosas, oye, si no hay tantas letras, de alguna manera tendré que acertar. Pues no, no había manera.
Luego aprendí a leer sola. Y aclaro lo de leer sola, porque mucho antes leía con ayuda. Leía con mi madre y me aprendía los cuentos de los pitufos de memoria, tanto que mi padre creía que yo era capaz de leer a los cuatro años (pero no se fijó en que el dedo iba varias palabras por delante de lo que yo estaba diciendo). En primero de EGB ya escribía cuentos con sentido. No eran grandes inventos, pero eran míos, y las letras formaban palabras. Todo un logro. Pasar de fdjksa a "el niño tenía miedo" era la hostia a mis seis años.
Pero, sobre todo, me gustaba leer. Me encantaba perderme en un libro, olvidarme de todo lo que no me gustaba a mi alrededor (que era mucho, y materia para un psicólogo, no para un blog) y luego dejar volar la mente con lo que había leído. Yo ya sabía lo que era la "fan fiction" mucho antes de que surgiera en internet. Devoraba los libros de "Los Hollister" y sus protagonistas se convirtieron en mis mejores amigos. Sí, tenía amigos imaginarios, vivían en Soreham y se llamaban Pete, Pam, Ricky, Holly y Sue. Luego me dio por escribir las historias que me inventaba, conmigo como sexta protagonista. Fue mi primer intento de escribir novelas de detectives aficionados.
A escribir se aprende leyendo, no hay más misterio. Dice Stephen King en su libro "On Writing" (entretenido, interesante) que él lee unos ochenta libros al año. Yo me quedaré en veinte, cifra que considero más que suficiente teniendo en cuenta que trabajo y estudio y escribo y leo, y no me es muy difícil darme cuenta de que, cuanto menos leo, menos escribo. La lectura es la gasolina que necesito para escribir, para que mis palabras tengan sentido. Ya no más "dfañfj jdflsdjf", ahora mis frases tienen la influencia de todo lo que leo, que trato de que sea mucho y variado; desde Stieg Larsson hasta Orwell, pasando por Jane Austen, Juan Bolea, D.H. Lawrence y tantos otros. Como dice el bueno de Steve (ya conozco su vida, ya le puedo tutear), no hay atajos. Hay que leer. El que quiera escribir, necesita conocer el mundo en el que se quiere mover.
Pues eso, que me voy a leer, porque hoy ya he escrito. Sigo haciéndolo al revés. Ya ves. Qué cosas, oye.
Regreso
Ya he vuelto. ¿A que no os ha dado tiempo ni a echarme de menos?
Ha sido una visita cortita, pero muy intensa. Vengo cambiada. Vengo enamorada de un festival. Tengo tres libros en la maleta que guardan la esperanza de hacerme enamorar de dos escritores (aunque uno de ellos me haya firmado el libro para Cruz, que ya no sé ni pronunciar mi nombre, leches). Vengo convencida de que ese es mi mundo, el mundo de las tertulias y las presentaciones de libros. Joder, cómo he querido ser escritora estos días.
Me he dado cuenta de que soy una completa analfabeta en términos de literatura negra contemporánea. No os podéis hacer una idea de los pedazo de artistas que han estado a menos de un metro de mí (lo sé ahora que los he "gugleado", pero ayer no tenía ni idea), hacia los que no he corrido cual fan posesa gritando "¡fírmame, fírmame un autógrafo, en la teta si hace falta, por dios!" Qué pena, tanta energía perdida en gritar desaforadamente a los actores que no tienen dos neuronas que llamar suyas, cuando hay tanto talento suelto por las calles. Porque no están buenos, que si no...
He visto a Luis Sepúlveda y Mercedes Castro (los únicos que conocía por haber leído algo suyo, que no de vista), a Cristina Fallarás y Juan Bolea (cuyos libros, firmados, aguardan ser leídos), a Oscar Urra, Gillermo Saccomanno, Bruno Arpaia, Raúl Argemí, Francisco Haghenbeck, Jorge Moch, Alejandro M. Gallo, Fritz Glockner, Juan Bas, Willy Uribe, Carles Quílez, Andreu Martín, Víctor Andresco, Ernesto Mallo, Carlos Salem, Jerónimo Tristante, Luis García Montero y tantos y tantos otros con los que me he cruzado y no he reconocido. Mis estanterías no dan ya más de sí de todos los libros que esperan ser leídos. Mi cabeza bulle con información, con ganas de escribir, con la sensación de que, haga lo que haga, nunca podré llegarle a esta gente ni a la suela del zapato. Antes de ir me gustaba la novela negra; ahora la venero, me parece el género más completo y más difícil de escribir, el más merecedor de toda alabanza. Al menos en lo que respecta a las letras hispanas, que los anglosajones (Connelly and company) son otro cantar.
Quiero volver. El año que viene voy a irme a Gijón la semana entera. Playita por la mañana (si el tiempo acompaña, que lo dudo) y literatura por la tarde. Mucha lectura, mucha escritura, cero excusas.
Os haré saber si Cristina Fallarás y Juan Bolea seducen tanto en sus escritos como en sus presentaciones; espero mucho de ambos, sobre todo de Cristina, de la que ya hablaré en otro momento porque se merece un post ella solita. Cuando haya terminado Así murió el poeta Guadalupe, aunque estoy convencida de que me va a gustar porque voy predispuesta a ello.
¡Pero qué guapo que ye Gijón, madre!
Ha sido una visita cortita, pero muy intensa. Vengo cambiada. Vengo enamorada de un festival. Tengo tres libros en la maleta que guardan la esperanza de hacerme enamorar de dos escritores (aunque uno de ellos me haya firmado el libro para Cruz, que ya no sé ni pronunciar mi nombre, leches). Vengo convencida de que ese es mi mundo, el mundo de las tertulias y las presentaciones de libros. Joder, cómo he querido ser escritora estos días.
Me he dado cuenta de que soy una completa analfabeta en términos de literatura negra contemporánea. No os podéis hacer una idea de los pedazo de artistas que han estado a menos de un metro de mí (lo sé ahora que los he "gugleado", pero ayer no tenía ni idea), hacia los que no he corrido cual fan posesa gritando "¡fírmame, fírmame un autógrafo, en la teta si hace falta, por dios!" Qué pena, tanta energía perdida en gritar desaforadamente a los actores que no tienen dos neuronas que llamar suyas, cuando hay tanto talento suelto por las calles. Porque no están buenos, que si no...
He visto a Luis Sepúlveda y Mercedes Castro (los únicos que conocía por haber leído algo suyo, que no de vista), a Cristina Fallarás y Juan Bolea (cuyos libros, firmados, aguardan ser leídos), a Oscar Urra, Gillermo Saccomanno, Bruno Arpaia, Raúl Argemí, Francisco Haghenbeck, Jorge Moch, Alejandro M. Gallo, Fritz Glockner, Juan Bas, Willy Uribe, Carles Quílez, Andreu Martín, Víctor Andresco, Ernesto Mallo, Carlos Salem, Jerónimo Tristante, Luis García Montero y tantos y tantos otros con los que me he cruzado y no he reconocido. Mis estanterías no dan ya más de sí de todos los libros que esperan ser leídos. Mi cabeza bulle con información, con ganas de escribir, con la sensación de que, haga lo que haga, nunca podré llegarle a esta gente ni a la suela del zapato. Antes de ir me gustaba la novela negra; ahora la venero, me parece el género más completo y más difícil de escribir, el más merecedor de toda alabanza. Al menos en lo que respecta a las letras hispanas, que los anglosajones (Connelly and company) son otro cantar.
Quiero volver. El año que viene voy a irme a Gijón la semana entera. Playita por la mañana (si el tiempo acompaña, que lo dudo) y literatura por la tarde. Mucha lectura, mucha escritura, cero excusas.
Os haré saber si Cristina Fallarás y Juan Bolea seducen tanto en sus escritos como en sus presentaciones; espero mucho de ambos, sobre todo de Cristina, de la que ya hablaré en otro momento porque se merece un post ella solita. Cuando haya terminado Así murió el poeta Guadalupe, aunque estoy convencida de que me va a gustar porque voy predispuesta a ello.
¡Pero qué guapo que ye Gijón, madre!
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Hasta el sábado
Me voy a Gijón, a mi primera Semana Negra. Llevo años queriendo ir y hoy ha llegado el día. Cojo el tren a las dos de la tarde y no llego allí hasta las, terror, ocho de la noche. No me puedo creer que Asturias esté tan lejos.
Cuidadme el chiringuito. Vigilad que no entre ningún indeseable. Sed buenos y buenas (o no, vosotros veréis). Ya os contaré.
Cuidadme el chiringuito. Vigilad que no entre ningún indeseable. Sed buenos y buenas (o no, vosotros veréis). Ya os contaré.
These are a few of my favourite things

Qué malo es escribir...
Sí, sí, digo "qué malo", no qué guay, o cómo mola. Qué malo. Porque cuando escribes remueves fantasmas, y te acuerdas de cosas, recuperas el pasado. Y eso a veces es bueno y otras es malo. En esta ocasión... Bueno, no es que sea malo, es que me hace perder el tiempo de forma escandalosa. Menos mal que tengo tiempo de sobra para perder. Menos mal que estoy de vacaciones.
A cuenta del pasado post y del comentario de Fernando, he recordado cuál era mi serie favorita de todos los tiempos y estos días la he retomado. Sí, como habréis imaginado, con el gran caso que se le hizo en España (cambiándola de horario cada dos por tres, cancelándola, saltándose capítulos) no me quedó más remedio que pillármela donde todos sabéis y guardarla a buen recaudo después de verla. Me alegro de no haberme desecho de ella, porque así he tenido la oportunidad de recuperarla.
Y viendo de nuevo los capítulos de Veronica Mars recuerdo el inmenso deseo que me entró en su momento de convertirme en detective privado, aun sabiendo perfectamente que todo lo que emitían era ficción, que la vida del detective es de un aburrimiento olímpico, que ni soy tan mona ni tengo tanta jeta como Veronica. He recordado cómo encontré en internet una diplomatura -vale, creo que era algo entre universitario y FP- para detective a la que me faltó un pelo para apuntarme, y de hecho lo único que me contuvo fue la tarde a la semana que tenía que ir a Donostia a las clases presenciales. Maldito trabajo, maldita hipoteca, maldita necesidad de comer...
Pero no me rindo. Si no puedo ser detective privado (que, ojo, siempre puedo mudarme a Donostia, o esperar a que las clases cambien a los sábados por la mañana), escribiré sobre una. Y tampoco será detective como tal, sino una aficionada que trata de buscar respuestas. Como lo pueda ser yo. Me toca investigar, imaginar posibles escenarios, encontrar respuestas. Todo ficticio, o quizás no; quizás busque algún enigma casero (¿quién robó la caja del bar de abajo?, ¿a dónde va el hijo del panadero todos los días a las siete de la tarde?) y pase mis días de asueto correteando por Vitoria y alrededores con gafas de sol y una cámara con teleobjetivo. Ya me estoy viendo, con mi termo de café caliente en mi Ford Fiesta, observando a la mujer del vecino del quinto mientras se depila las cejas para ir en busca de... ¿su amante?, ¿su corredor de apuestas? ¡No! Su hijo en la guardería.
Me emociono. Me pierdo. Tengo demasiado tiempo libre, lo que significa que me veo una media de tres capítulos de Veronica Mars al día. Me encanta. Tenían que hacerse más series como esa, más personajes como Veronica. Ella sí que es un buen modelo juvenil; déjate de tanto maquillaje y tanto "este pantalón me hace el culo gordo" y preocúpate por los demás, échales una mano y averigua quién ha puesto alcohol en el ponche de graduación. Todo muy light, muy casero, pero por eso mismo mucho más creíble que una ancianita escritora que encuentra muertos allá por donde va.
Os dejo. Veronica me espera. Creo que hoy me toca ver el capítulo en el que se lía con Logan, te lo juro. El mejor primer beso de la televisión ever.
Que me guste a mí no significa que te guste a ti
Me pasa algo muy curioso con las ideas que se me ocurren para escribir. Al principio, nada más encendérseme la bombilla, mi primera reacción es un "qué pasada, qué idea más cojonuda, seguro que a nadie se le ha ocurrido nunca nada como esto, soy la mejor, la más lista y la más guapa". Después, cuando analizo un poco la idea, llego a la conclusión de que "bueno, sí, ya se ha hecho desde varios puntos de vista, pero si lo enfoco de ésta o aquella manera igual le saco jugo, creo que podría funcionar; además, a mí me gusta". Y al final del proceso, todo lo que queda es un "pero, ¿en qué estaba yo pensando? ¿Cómo se me ha ocurrido pensar siquiera que esto pudiera interesarle a nadie más que a mí? ¡Si es una chorrada!"
Por algún motivo pienso que lo que a mí me interesa no tiene por qué interesar a los demás. Que a mí me guste no es síntoma de que a nadie más le vaya a gustar. Y a mí me gusta, claro, porque es mi idea, porque ha nacido de mis experiencias y mis intereses, pero ¿los demás? Van a pensar que soy una ñoña. Van a creer que soy idiota, o peor, que les trato de idiotas. Van a reírse de mí. Y como nunca tengo el valor de comentar mis ideas con nadie porque creo todo lo anterior, siempre me quedo con el convencimiento de que lo que a mí me guste no tiene por qué gustar a los demás.
Pero hoy me he puesto a analizar lo que me gusta y si a los demás también les gusta. Miro los libros que más me atraen y no puedo evitar caer en la cuenta de que a millones de personas les han gustado antes que a mí. Harry Potter (cómo no), novelas negras, Steinbeck, Middlesex (premio Pullitzer) y un largo etcétera. Vale, pero eso son libros y tengo cierta cultura literaria (o no; digamos que leo mucho, que no tiene por qué ser lo mismo). ¿Qué más me gusta, aunque me avergüence un pelín decirlo? Las Chicas Gillmore son mi última debilidad. Una serie ñoña donde las haya que a mí me encanta y me hace pensar que ojalá todo fuera tan fácil y todas las madres del mundo fueran tan guays como Laurelay Gillmore. Eso no puede gustarle a mucha gente adulta. Pues sí: entras en internet y hay miles de páginas dedicadas a ellas, y no precisamente de adolescentes. Veronica Mars, otra serie ñoña; otra serie de culto. Héroes. Perdidos. Castle. Se ha escrito un crimen. Millones de personas comparten mis gustos.
Y, aún así, estoy convencida de que mis ideas sólo me gustan a mí. Es duro, es difícil, pero tengo que conseguir salir de mi caparazón y convencerme a mí misma de que hay más frikis como yo, de que no estoy sola en el mundo y puedo encontrar un grupo de lectores, si alguna vez me decido a terminar algo DE UNA PUÑETERA VEZ y me atrevo a mostrarlo. Hoy es tan buen día como otro cualquiera para hacerlo, y de hecho me he puesto manos a la obra. Aún estoy en la fase de "qué idea más cojonuda, Ramond Chandler hazte a un lado", pero todo se andará. A ver si dentro de un mes seguimos en las mismas.
P.D: Por cierto, este es el post 300. Gracias por estar ahí todo este tiempo.
Por algún motivo pienso que lo que a mí me interesa no tiene por qué interesar a los demás. Que a mí me guste no es síntoma de que a nadie más le vaya a gustar. Y a mí me gusta, claro, porque es mi idea, porque ha nacido de mis experiencias y mis intereses, pero ¿los demás? Van a pensar que soy una ñoña. Van a creer que soy idiota, o peor, que les trato de idiotas. Van a reírse de mí. Y como nunca tengo el valor de comentar mis ideas con nadie porque creo todo lo anterior, siempre me quedo con el convencimiento de que lo que a mí me guste no tiene por qué gustar a los demás.
Pero hoy me he puesto a analizar lo que me gusta y si a los demás también les gusta. Miro los libros que más me atraen y no puedo evitar caer en la cuenta de que a millones de personas les han gustado antes que a mí. Harry Potter (cómo no), novelas negras, Steinbeck, Middlesex (premio Pullitzer) y un largo etcétera. Vale, pero eso son libros y tengo cierta cultura literaria (o no; digamos que leo mucho, que no tiene por qué ser lo mismo). ¿Qué más me gusta, aunque me avergüence un pelín decirlo? Las Chicas Gillmore son mi última debilidad. Una serie ñoña donde las haya que a mí me encanta y me hace pensar que ojalá todo fuera tan fácil y todas las madres del mundo fueran tan guays como Laurelay Gillmore. Eso no puede gustarle a mucha gente adulta. Pues sí: entras en internet y hay miles de páginas dedicadas a ellas, y no precisamente de adolescentes. Veronica Mars, otra serie ñoña; otra serie de culto. Héroes. Perdidos. Castle. Se ha escrito un crimen. Millones de personas comparten mis gustos.
Y, aún así, estoy convencida de que mis ideas sólo me gustan a mí. Es duro, es difícil, pero tengo que conseguir salir de mi caparazón y convencerme a mí misma de que hay más frikis como yo, de que no estoy sola en el mundo y puedo encontrar un grupo de lectores, si alguna vez me decido a terminar algo DE UNA PUÑETERA VEZ y me atrevo a mostrarlo. Hoy es tan buen día como otro cualquiera para hacerlo, y de hecho me he puesto manos a la obra. Aún estoy en la fase de "qué idea más cojonuda, Ramond Chandler hazte a un lado", pero todo se andará. A ver si dentro de un mes seguimos en las mismas.
P.D: Por cierto, este es el post 300. Gracias por estar ahí todo este tiempo.
4 de julio
Vuelta a la normalidad
Ayer cayó en Vitoria una granizada de espanto. Bolas de hielo como pelotas de pin-pon sacudieron coches, ventanas, aceras y hasta el tranvía tuvo que dejar de circular. Yo bajé las persianas de toda la casa, porque no creía que los cristales de las ventanas viejas pudieran aguantar una pedrada semejante. Desconecté el ordenador por las subidas de corrientes (había rayos y truenos). Cogí un cuaderno y me senté en la cocina, lista para dejar libre la mano y escribir la primera tontería que se me ocurriera, con un terrible estruendo de hielo cascándose sobre el suelo de fondo.
Hacía tres meses que no escribía.
Mi intención era, simplemente, calentar el músculo. Escribir cualquier cosa con sentido que poder tirar luego, porque obviamente nadie bate un récord de saltamiento después de pasarse tres meses sin entrenar. Escribí una hoja en un cuaderno, letra grande y desordenada. La releí. Y me quedé pasamada al darme cuenta de que había escrito lo que obviamente era el motivo principal de una novela. Negra, para más señas.
Así que hoy me he levantado -no muy pronto, todo hay que decirlo- y me he sentado al ordenador con ganas de teclear lo primero que se me ocurra, a ver si esa semilla de ayer germina y lo que me pareció una idea brillante no se diluye en la nada de mis frustraciones, como me suele pasar. Me enfrento al tema con un solo objetivo en mente: divertirme. Intentaré terminarla, sí, pero lo importante es divertirme, sin pensar en si gustará a la gente o no. Quiero terminarla. Quiero pasármelo bien. Quiero estar entretenida este verano. Quiero escribir sin contar palabras o sin agobiarme.
No escribir no era normal en mí. No me extraña que no pudiera, con tantas cosas como están pasando a mi alrededor, pero no era normal. Esta vuelta a la rutina sí. Vuelvo. Vuelvo a la normalidad. Vuelvo a escribir.
Hacía tres meses que no escribía.
Mi intención era, simplemente, calentar el músculo. Escribir cualquier cosa con sentido que poder tirar luego, porque obviamente nadie bate un récord de saltamiento después de pasarse tres meses sin entrenar. Escribí una hoja en un cuaderno, letra grande y desordenada. La releí. Y me quedé pasamada al darme cuenta de que había escrito lo que obviamente era el motivo principal de una novela. Negra, para más señas.
Así que hoy me he levantado -no muy pronto, todo hay que decirlo- y me he sentado al ordenador con ganas de teclear lo primero que se me ocurra, a ver si esa semilla de ayer germina y lo que me pareció una idea brillante no se diluye en la nada de mis frustraciones, como me suele pasar. Me enfrento al tema con un solo objetivo en mente: divertirme. Intentaré terminarla, sí, pero lo importante es divertirme, sin pensar en si gustará a la gente o no. Quiero terminarla. Quiero pasármelo bien. Quiero estar entretenida este verano. Quiero escribir sin contar palabras o sin agobiarme.
No escribir no era normal en mí. No me extraña que no pudiera, con tantas cosas como están pasando a mi alrededor, pero no era normal. Esta vuelta a la rutina sí. Vuelvo. Vuelvo a la normalidad. Vuelvo a escribir.
Regalar libros
Me gusta comprar libros. Me gusta abrir un libro que no ha abierto nadie antes, tocar las páginas a estrenar y saber que es mío. No me gusta leer libros de la biblioteca, que huelen a usado y a veces tienen manchas de gente que -horror- come mientras lee. Acumulo libros. Aunque en mi casa esto todavía no es un problema -me aseguré de tener una habitación con una pared cubierta de baldas-, sé que más pronto que tarde terminará siéndolo. Tendré que buscar una solución.
La solución más lógica es regalar libros. Ya sea a amigas o a la biblioteca local, lo más fácil es darlos. El problema es que yo soy de las que relee libros, por lo que mis favoritos no van a poder salir de esta casa nunca. He leído un par de veces muchos libros de Elizabeth George. Middlesex ha caído tres veces. Al Este del Edén espera su turno de nuevo este verano. Son libros que no me podrán abandonar nunca. Y los que no me gustaron... ¿A quién regalo yo algo que no me gusta? Sí, podría venderlos a la librería de viejo de la esquina, pero los libros de segunda mano me producen rechazo (por eso de que el autor no se lleva un duro; no me pasa con la música, pero sí con los libros). Hace poco leí de una mujer que cada vez que compraba un libro se deshacía de uno de los que ya tenía. Debería empezar a hacer algo así. Lo malo es que son como mis niños, y me duele verlos marchar. Hasta aquellos que no me gustaron dejan un poso amargo si salen de casa. ¿Quién sabe? Quizás algún día me decida a releerlos y encuentre que me encantan.
Toca ir de compras. Las rebajas de verano no afectan a los libros, pero al paso que estoy leyendo mi colección de volúmenes sin abrir desciende rápidamente. Es lo que tiene estar de vacaciones y que haga buen tiempo, que te apetece sentarte fuera con un libro y dejar que el sol te acaricie la cara. Pronto voy a cubrir cada espacio libre con un libro nuevo.
Qué peligro tengo, madre.
La solución más lógica es regalar libros. Ya sea a amigas o a la biblioteca local, lo más fácil es darlos. El problema es que yo soy de las que relee libros, por lo que mis favoritos no van a poder salir de esta casa nunca. He leído un par de veces muchos libros de Elizabeth George. Middlesex ha caído tres veces. Al Este del Edén espera su turno de nuevo este verano. Son libros que no me podrán abandonar nunca. Y los que no me gustaron... ¿A quién regalo yo algo que no me gusta? Sí, podría venderlos a la librería de viejo de la esquina, pero los libros de segunda mano me producen rechazo (por eso de que el autor no se lleva un duro; no me pasa con la música, pero sí con los libros). Hace poco leí de una mujer que cada vez que compraba un libro se deshacía de uno de los que ya tenía. Debería empezar a hacer algo así. Lo malo es que son como mis niños, y me duele verlos marchar. Hasta aquellos que no me gustaron dejan un poso amargo si salen de casa. ¿Quién sabe? Quizás algún día me decida a releerlos y encuentre que me encantan.
Toca ir de compras. Las rebajas de verano no afectan a los libros, pero al paso que estoy leyendo mi colección de volúmenes sin abrir desciende rápidamente. Es lo que tiene estar de vacaciones y que haga buen tiempo, que te apetece sentarte fuera con un libro y dejar que el sol te acaricie la cara. Pronto voy a cubrir cada espacio libre con un libro nuevo.
Qué peligro tengo, madre.
Descanse en paz

Se ha muerto Michael Jackson, y me parece increíble. No sé por qué, la verdad, no era mi personaje favorito ni alguien a quien siguiera, pero parecía inmortal. Michael Jackson, el rey del pop. Es el fin de una era. Muere la persona, empieza el mito. Hay tanto de él que ya nadie sabrá...
Me da pena. Madonna dice que no ha dejado de llorar desde que se enteró. Yo no pienso derramar una lágrima -las guardo para lo que de verdad me importa-, pero me da pena. Es triste que se mueran personas que llegan a tanta gente. Aunque su vida valga lo mismo que la de un niño que muere de malaria en África.
Descanse en paz. Una pena, oye.
Curso final
Se ha acabado el curso (para los niños, para mí todavía no). Se acaba con un regusto agridulce, ganas de terminar con una clase de gallitos y a su vez pena por no volver a verlos. No creo que el año que viene siga en el centro. Me alegro de no tenerlos en sexto, pero me da pena dejar a mis compañeros de trabajo. En dos años se hacen muy buenas migas.
Hoy han venido a la ikastola los del año pasado, esos a los que me gustaría no haber tenido que decir adiós. Uno de ellos estaba tan alto y tan cambiado que me ha costado reconocerlo, pero en cuanto ha abierto la boca y me ha dicho con voz de barítono que les avise a qué centro voy el año que viene, me ha demostrado que por dentro sigue siendo el mismo osito de peluche (con aspecto de fiero león, eso sí). Una antigua alumna puede que repita curso (conmigo iba justa, por más que se esforzara) y los demás han aprobado todo. Dicen que les ha parecido más fácil que el año pasado. Es que yo meto mucha caña (palabras suyas, no mías).
El año que viene espero dar inglés, aunque lo veo difícil. Estoy cansada de ser tutora, de todo lo que implica tener una clase a tu cargo. Cuando das inglés sólo te encargas de tu clase en el momento de dar clase; si eres tutora, son tuyos a todas horas, hasta cuando están con los específicos. Estoy harta de padres. Estoy harta de notas y de actas varias. Quiero divertirme en clase. Quiero cantar y ser la profa guay que les da un respiro de la pesada de la andereño.
Ahora, a disfrutar del verano y del solete que asoma estos días. Las notas aún no han llegado y no me pienso poner a estudiar sin saber seguro que he suspendido, pero me temo que me espera una amarga sorpresa. Me da igual. Ya (casi) todo me da igual. Voy a disfrutar de todo cuanto pueda. Estoy cansada. Necesito cargar pilas para meterme tanta caña como este año en septiembre. Estoy contenta con todo lo que he hecho, pero se ha llevado una parte de mí. Ahora, a disfrutar.
Que ya toca.
Hoy han venido a la ikastola los del año pasado, esos a los que me gustaría no haber tenido que decir adiós. Uno de ellos estaba tan alto y tan cambiado que me ha costado reconocerlo, pero en cuanto ha abierto la boca y me ha dicho con voz de barítono que les avise a qué centro voy el año que viene, me ha demostrado que por dentro sigue siendo el mismo osito de peluche (con aspecto de fiero león, eso sí). Una antigua alumna puede que repita curso (conmigo iba justa, por más que se esforzara) y los demás han aprobado todo. Dicen que les ha parecido más fácil que el año pasado. Es que yo meto mucha caña (palabras suyas, no mías).
El año que viene espero dar inglés, aunque lo veo difícil. Estoy cansada de ser tutora, de todo lo que implica tener una clase a tu cargo. Cuando das inglés sólo te encargas de tu clase en el momento de dar clase; si eres tutora, son tuyos a todas horas, hasta cuando están con los específicos. Estoy harta de padres. Estoy harta de notas y de actas varias. Quiero divertirme en clase. Quiero cantar y ser la profa guay que les da un respiro de la pesada de la andereño.
Ahora, a disfrutar del verano y del solete que asoma estos días. Las notas aún no han llegado y no me pienso poner a estudiar sin saber seguro que he suspendido, pero me temo que me espera una amarga sorpresa. Me da igual. Ya (casi) todo me da igual. Voy a disfrutar de todo cuanto pueda. Estoy cansada. Necesito cargar pilas para meterme tanta caña como este año en septiembre. Estoy contenta con todo lo que he hecho, pero se ha llevado una parte de mí. Ahora, a disfrutar.
Que ya toca.
En la pelu
El otro día hice un test en Facebook que me dijo que tengo mi lado femenino muy desarrollado, así que hoy he decidido hacer algo muy de chicas y me he ido a la peluquería. Como andaban muy justos de personal y había que esperar mucho, me he entretenido leyendo revistas; he evitado la Cosmo al principio, pero luego me han sentado para que calara el tin... o sea, el baño de color (que yo canas las justas, oiga) y me han acercado la maldita revista.
Odio la Cosmopolitan. Parece mentira que sea una revista hecha por mujeres para mujeres. En la hora que habré estado leyendo, se me ha bajado la autoestima a los pies. Necesito exfoliar todo mi cuerpo (a punto he estado de copiar las recetas de los exfoliantes caseros, pero no tenía boli a mano), y empezar a usar pero ya mismo crema antienvejecimiento-antiarrugas-antiflacidez, o a estas alturas, pasarme directamente al botox. No tengo pareja, pero visto lo sorprendida que me he quedado con su artículo "sorpréndele en la cama" o similar, no sabría satisfacerle en lo más mínimo. Tengo que empezar a visitar eventos culturales para ver si pillo a maromos buenorros intelectualoides, que deben abundar en los museos y en las exposiciones de fotografía. He de hacer la dieta Atkins, o la zona, o una cuyo nombre no recuerdo pero no te permite comer más que cosas verdes. No voy a suficientes conciertos. No presto suficiente atención a la cantidad de arrugas que tiene mi ropa. No me expongo lo suficiente para cazar a un buen partido. Eso sí: sé cargar la batería del coche (el único artículo útil en toda la revista, aunque insultante, porque nosotras también podemos entender de mecánica, no va en el cromosoma Y). Pero no tengo pinzas para hacer el puente, así que necesito parar a un tío buenorro para que me las preste. La cosa es pillar cacho quieras o no.
He salido deprimida de la peluquería. Monísima con mi corte nuevo, pero deprimida. El test ese debía estar mal, porque yo de femenina tengo poco, o al menos de Chica Cosmo. No me extraña que haya bulímicas. No me extraña que haya mujeres a las que sólo les preocupe su físico. El mercado está lleno de revistas donde lo único importante parece ser acertar con el bikini que mejor te siente y cazar al mejor partido posible. Claro que, para demostrar lo bien que te puede sentar el bikini de marras, te ponen a una modelo de cuarenta y cinco kilos que no ha visto un bistec en condiciones más que en fotografías al lado de un maromo de esos que sólo salen en las revistas y llevan más maquillaje que Rociíto el día de su boda. Muy realista, vamos.
Reivindico revistas de mecánica en la peluquería. Revistas de divulgación científica, de decoración, de arquitectura. O cómics. O tebeos. Pero no más Cosmos. Por favor, peluqueros del mundo, tened compasión. Por todas las mujeres a las que no les importa no llevar tacón a trabajar. Por todas aquellas a las que no les importa pillar cacho en la gasolinera, sino echar gasolina. Porque una mujer es más que un culo y unas buenas tetas.
Porque nosotras lo valemos.
Odio la Cosmopolitan. Parece mentira que sea una revista hecha por mujeres para mujeres. En la hora que habré estado leyendo, se me ha bajado la autoestima a los pies. Necesito exfoliar todo mi cuerpo (a punto he estado de copiar las recetas de los exfoliantes caseros, pero no tenía boli a mano), y empezar a usar pero ya mismo crema antienvejecimiento-antiarrugas-antiflacidez, o a estas alturas, pasarme directamente al botox. No tengo pareja, pero visto lo sorprendida que me he quedado con su artículo "sorpréndele en la cama" o similar, no sabría satisfacerle en lo más mínimo. Tengo que empezar a visitar eventos culturales para ver si pillo a maromos buenorros intelectualoides, que deben abundar en los museos y en las exposiciones de fotografía. He de hacer la dieta Atkins, o la zona, o una cuyo nombre no recuerdo pero no te permite comer más que cosas verdes. No voy a suficientes conciertos. No presto suficiente atención a la cantidad de arrugas que tiene mi ropa. No me expongo lo suficiente para cazar a un buen partido. Eso sí: sé cargar la batería del coche (el único artículo útil en toda la revista, aunque insultante, porque nosotras también podemos entender de mecánica, no va en el cromosoma Y). Pero no tengo pinzas para hacer el puente, así que necesito parar a un tío buenorro para que me las preste. La cosa es pillar cacho quieras o no.
He salido deprimida de la peluquería. Monísima con mi corte nuevo, pero deprimida. El test ese debía estar mal, porque yo de femenina tengo poco, o al menos de Chica Cosmo. No me extraña que haya bulímicas. No me extraña que haya mujeres a las que sólo les preocupe su físico. El mercado está lleno de revistas donde lo único importante parece ser acertar con el bikini que mejor te siente y cazar al mejor partido posible. Claro que, para demostrar lo bien que te puede sentar el bikini de marras, te ponen a una modelo de cuarenta y cinco kilos que no ha visto un bistec en condiciones más que en fotografías al lado de un maromo de esos que sólo salen en las revistas y llevan más maquillaje que Rociíto el día de su boda. Muy realista, vamos.
Reivindico revistas de mecánica en la peluquería. Revistas de divulgación científica, de decoración, de arquitectura. O cómics. O tebeos. Pero no más Cosmos. Por favor, peluqueros del mundo, tened compasión. Por todas las mujeres a las que no les importa no llevar tacón a trabajar. Por todas aquellas a las que no les importa pillar cacho en la gasolinera, sino echar gasolina. Porque una mujer es más que un culo y unas buenas tetas.
Porque nosotras lo valemos.
Domingo
Domingo bochornoso, de esos que amenazan tormenta y en los que tienes que tener todas las ventanas de casa abiertas para que haga un poco de corriente. Es el primer día en meses que no tengo una lista de cosas que debo hacer; simplemente estoy llenando mi tarde con lo primero que se me ocurre, tratando de recordar qué hacía yo antes de ponerme a estudiar. El año que viene habrá menos asignaturas, no puedo seguir a este ritmo cuatro años más.
Pronto empezaré a escribir. Hoy probablemente no, pero esta semana quiero idear una rutina en la que la escritura tenga cabida. Escribiré para mí, porque ahora mismo no puedo pensar en abrirme a los demás. Escribiré ficción, porque si escribiera sobre cómo me siento no podría escribir. Quiero hacerme reír a mí misma. Quiero olvidarme de que ahí fuera la vida de algunos es una mierda.
Este blog se está convirtiendo en un diario, y yo no quería que ocurriera eso. Espero volver a incluir visiones distintas, detalles que observo, quizás algún cuento, algo que aporte algo a alguien, en lugar de un montón de sandeces que no le importan a nadie. Algún día volveré a la normalidad. Espero. Creo. Joder, no sé qué significa volver a la normalidad y, la verdad, no sé si quiero...
Gracias a todos los que seguís ahí.
Pronto empezaré a escribir. Hoy probablemente no, pero esta semana quiero idear una rutina en la que la escritura tenga cabida. Escribiré para mí, porque ahora mismo no puedo pensar en abrirme a los demás. Escribiré ficción, porque si escribiera sobre cómo me siento no podría escribir. Quiero hacerme reír a mí misma. Quiero olvidarme de que ahí fuera la vida de algunos es una mierda.
Este blog se está convirtiendo en un diario, y yo no quería que ocurriera eso. Espero volver a incluir visiones distintas, detalles que observo, quizás algún cuento, algo que aporte algo a alguien, en lugar de un montón de sandeces que no le importan a nadie. Algún día volveré a la normalidad. Espero. Creo. Joder, no sé qué significa volver a la normalidad y, la verdad, no sé si quiero...
Gracias a todos los que seguís ahí.
Recta final
El lunes empiezan los exámenes (los míos, los de los niños son todas las semanas). Tengo sustituta y me voy a pasar la semana estudiando y examinándome; cuando vuelva, quedará semana y media de curso con los monstruos y hasta finales de mes para terminar el papeleo y arreglar las clases. Ya no queda nada.
Tengo ganas de acabar. Tengo ganas de tener tiempo para mí, de aprovechar los días que parece que por fin quieren salir buenos. Quiero pasear, leer, ordenar la casa... Y quiero escribir. Nada concreto, sin aspiraciones, pero escribir, porque llevo desde abril sin hacerlo y siento el mono. Pero ahora no puedo. Ahora tengo que concentrarme en lo que importa. El lunes... El lunes hablamos con la oncóloga. Las noticias solo pueden ser buenas dentro de lo malo. Luego me examino. Adivinad cuál de las dos cosas me ha dado cagalera (perdón por la ordinariez).
Hoy toca cervecita con las amigas y desconectar de todo. El día está nublado pero aún tolera una camiseta con la cazadora por encima, al fin y al cabo esto es Vitoria y aún no estamos a cuarenta de mayo. Mañana me doy fiesta, y pienso ir a una librería a hacer una lista de títulos que quiero comprar, que tendrán que esperar a julio porque este mes les he dado una buena hostia a mis ahorros. Creo que me voy a enganchar a la saga Millenium, porque he terminado con Las chicas Gilmore y quiero tener una nueva adicción que me permita no pensar. El domingo vuelta a empezar. Y mientras, mi cabeza bulle con cosas, porque si la dejo vacía se llena de temas que prefiero no tratar, que prefiero apartar a una esquina e ignorar mientras me dejen.
El gato está dormido. Le voy a despertar.
Tengo ganas de acabar. Tengo ganas de tener tiempo para mí, de aprovechar los días que parece que por fin quieren salir buenos. Quiero pasear, leer, ordenar la casa... Y quiero escribir. Nada concreto, sin aspiraciones, pero escribir, porque llevo desde abril sin hacerlo y siento el mono. Pero ahora no puedo. Ahora tengo que concentrarme en lo que importa. El lunes... El lunes hablamos con la oncóloga. Las noticias solo pueden ser buenas dentro de lo malo. Luego me examino. Adivinad cuál de las dos cosas me ha dado cagalera (perdón por la ordinariez).
Hoy toca cervecita con las amigas y desconectar de todo. El día está nublado pero aún tolera una camiseta con la cazadora por encima, al fin y al cabo esto es Vitoria y aún no estamos a cuarenta de mayo. Mañana me doy fiesta, y pienso ir a una librería a hacer una lista de títulos que quiero comprar, que tendrán que esperar a julio porque este mes les he dado una buena hostia a mis ahorros. Creo que me voy a enganchar a la saga Millenium, porque he terminado con Las chicas Gilmore y quiero tener una nueva adicción que me permita no pensar. El domingo vuelta a empezar. Y mientras, mi cabeza bulle con cosas, porque si la dejo vacía se llena de temas que prefiero no tratar, que prefiero apartar a una esquina e ignorar mientras me dejen.
El gato está dormido. Le voy a despertar.
Caricias y mordiscos
Al gato le encanta tumbarse al sol. Se pone panza arriba y deja que le acaricie mientras se cuece bajo su manta de pelo y los rayos que entran por la ventana. Después de un rato de ronroneos, empieza a morderme la mano. Yo le dejo, hasta que me hace daño, y entonces le doy un cachete suave para que me suelte. No dura mucho; a los pocos segundos ya me ha vuelto a enganchar y me muerde de nuevo. Nuevo cachete, nuevo mordisco. Es la forma de decirnos que nos queremos.
El sol ha salido por fin. Hay más de veinticinco grados en la calle y a mí no me apetece salir de mi torreón. Fuera hay luz y calor, pero por dentro me siento helada. No estoy preparada. Hay cosas que una hija nunca debería oír sobre su padre. Van a ser unos meses muy largos y no estoy lista. No me da la gana.
El gato ronronea y me muerde. Tengo ganas de llorar.
El sol ha salido por fin. Hay más de veinticinco grados en la calle y a mí no me apetece salir de mi torreón. Fuera hay luz y calor, pero por dentro me siento helada. No estoy preparada. Hay cosas que una hija nunca debería oír sobre su padre. Van a ser unos meses muy largos y no estoy lista. No me da la gana.
El gato ronronea y me muerde. Tengo ganas de llorar.
...
...
Lo que mejor define mi estado en estos momentos. Puntos suspensivos.
Todo está en suspense. Todo espera. Hoy no me dice nada, mañana ya veremos.
...
Suspendida.
Lo que mejor define mi estado en estos momentos. Puntos suspensivos.
Todo está en suspense. Todo espera. Hoy no me dice nada, mañana ya veremos.
...
Suspendida.
Primavera
Sale el sol que tanto se ha hecho de rogar este mes. Sé que tengo que aprovecharlo, que probablemente no esté ahí mañana. El gato se tumba sobre la cama y ronronea bajo el calor. Yo me preparo para el único día de la semana en el que no me obligo a estudiar. Paseo, poteo, cena y juerga, no necesariamente en ese orden (o sí).
No escribo, pero leo y duermo y sueño e imagino. Estoy recargando baterías. También recarga baterías el lado negativo de mí misma, el que dice "¿ves cómo no eres escritora, que no necesitas correr al ordenador a plasmar esa idea y dejas que se te escape como agua en las manos?" No me importa. No es momento de escribir, sino de estudiar, de prepararme. No hay nada que no sea capaz de hacer, me repito todos los días. Necesito creérmelo.
Hoy voy a disfrutar del sol, de mis amigas, de mi gato. Hoy voy a ser yo.
No escribo, pero leo y duermo y sueño e imagino. Estoy recargando baterías. También recarga baterías el lado negativo de mí misma, el que dice "¿ves cómo no eres escritora, que no necesitas correr al ordenador a plasmar esa idea y dejas que se te escape como agua en las manos?" No me importa. No es momento de escribir, sino de estudiar, de prepararme. No hay nada que no sea capaz de hacer, me repito todos los días. Necesito creérmelo.
Hoy voy a disfrutar del sol, de mis amigas, de mi gato. Hoy voy a ser yo.
Cómo crecen
La semana pasada me encontré con algunas de mis alumnas del año pasado. Me saludaron con dos besos, como si fuéramos amigas, y hablamos apenas unos segundos. Yo no podía dejar de fijarme en sus caras; algunas llevaban aparato en los dientes, otras se habían cortado el pelo a la última moda, un par de ellas iban maquilladas. Han crecido. Ya no son mis niñitas del año pasado. Las conocí con once años y muchas de ellas ya tienen trece. Ni siquiera sabía de qué hablar con ellas. Odio eso de "qué tal van los estudios", es demasiado típico. Me hizo ilusión que me pararan para charlar conmigo. Son un grupo que nunca olvidaré.
Sé que los alumnos que tengo este año van a pasar por el mismo proceso, y que dentro de cuatro o cinco años estarán irreconocibles. Ahora son inocentes, juguetones, aunque ya muestran su personalidad -y la de algunos no es lo que se dice idílica-, pero dentro de unos años cambiarán, entrarán en la pubertad y la adolescencia y todo se irá al garete. A veces les observo y trato de imaginar cómo serán dentro de diez años, o quizás veinte. No sé lo que estoy mirando, puede que delante de mí esté el próximo lehendakari, o la médica que descubra la vacuna contra el cáncer, o un maltratador que termine matando a su mujer a cuchilladas. Tienen toda la vida por delante para hacer de ella lo que ellos quieran y lo que los demás les permitan. Franco y Hitler también fueron niños. También lo fueron Einstein y Nelson Mandela. Da miedo pensar en lo que se pueden convertir.
Sé que los alumnos que tengo este año van a pasar por el mismo proceso, y que dentro de cuatro o cinco años estarán irreconocibles. Ahora son inocentes, juguetones, aunque ya muestran su personalidad -y la de algunos no es lo que se dice idílica-, pero dentro de unos años cambiarán, entrarán en la pubertad y la adolescencia y todo se irá al garete. A veces les observo y trato de imaginar cómo serán dentro de diez años, o quizás veinte. No sé lo que estoy mirando, puede que delante de mí esté el próximo lehendakari, o la médica que descubra la vacuna contra el cáncer, o un maltratador que termine matando a su mujer a cuchilladas. Tienen toda la vida por delante para hacer de ella lo que ellos quieran y lo que los demás les permitan. Franco y Hitler también fueron niños. También lo fueron Einstein y Nelson Mandela. Da miedo pensar en lo que se pueden convertir.
Mundo interior
Tener un mundo interior rico y ameno es algo muy importante. Es fundamental pasar buenos ratos con nosotras mismas, porque al final somos las personas que más tiempo nos tenemos que aguantar. Cerrar los ojos y sentir que no nos falta de nada porque todo está en nuestro interior. Tenerlo todo al alcance de un pensamiento.
Lo malo es cuando ese mundo interior se convierte en una jaula dorada con una biblioteca inmensa y un televisor de plasma que sólo pone lo que a ti te gusta. Cuando intentas salir de esa jaula y te das cuenta de que has olvidado dónde está la puerta, o no puedes encontrar la llave que tú misma guardas. Entonces ese mundo interior se convierte en opresor, y ni todos los libros, ni todos los pensamientos, ni todas tus artimañas para quererte tal como eres funcionan. Sólo piensas en salir. Y no sabes cómo.
Por suerte, siempre hay salida. Porque es una misma la que se encierra, y, por más que cueste, somos capaces de encontrar la salida. Siempre hay salida. Aunque esté bien disimulada entre los barrotes de la jaula.
Lo malo es cuando ese mundo interior se convierte en una jaula dorada con una biblioteca inmensa y un televisor de plasma que sólo pone lo que a ti te gusta. Cuando intentas salir de esa jaula y te das cuenta de que has olvidado dónde está la puerta, o no puedes encontrar la llave que tú misma guardas. Entonces ese mundo interior se convierte en opresor, y ni todos los libros, ni todos los pensamientos, ni todas tus artimañas para quererte tal como eres funcionan. Sólo piensas en salir. Y no sabes cómo.
Por suerte, siempre hay salida. Porque es una misma la que se encierra, y, por más que cueste, somos capaces de encontrar la salida. Siempre hay salida. Aunque esté bien disimulada entre los barrotes de la jaula.
Personajes
Una buena historia es la suma de un montón de factores. Cuanto más estudio, más imposible me parece ser capaz de juntar todos esos factores en un libro o en una película. Necesitas un buen guión, unos personajes elaborados, una cultura extensa para saber aprovecharte de lo que otros hicieron antes que tú (pero sin que lo parezca, para que luego no te acusen de plagio, sólo de "influencia"). Los grandes maestros (y maestras) de la literatura consiguieron unirlo todo, no sé si a un nivel inconsciente o consciente, pero la cosa es que lo hicieron. La psicología de George Eliot. La atmósfera de Emily Brontë. El Londres de Charles Dickens (¿se nota que estoy estudiando la época victoriana?). Todos ellos aportaron algo nuevo y se aprovecharon de todo lo anterior.
A lo largo de la historia, el énfasis de una narración se ha puesto en uno u otro aspecto. Aristóteles defendía que la fábula era lo más importante, la historia, el argumento. Los personajes tenían que ser consecuentes con el principio del relato y no mutar, llegar al final sólo con su suerte cambiada, no con su personalidad. Cervantes fue, probablemente, el primero en saltarse esa norma a la torera. Sus personajes mutan, aprenden, se adaptan a las circunstancias. A partir del siglo dieciocho, las novelas dan prioridad a los personajes y lo que importa es la suerte y la redención del protagonista. Si una no consigue emocionarse con las desventuras de Jane Eyre o Huckleberry Finn es que el libro no ha conseguido su objetivo: unirnos al personaje.
Hace unos meses, a un autor de thrillers le preguntaron qué era lo más importante para él en un libro, la historia o los personajes. Él dijo, sin dudarlo, que la historia; el personaje más fascinante del mundo dormiría a todo el mundo si estuviera sentado en una cafetería tomándose un café. Obviamente, para él, que escribe libros de acción, la novela que no tenga una persecución a cien kilómetros por hora en una autopista no merecerá la pena, pero yo no puedo estar más en desacuerdo con él. No creo que yo sea la única que alguna vez se haya fijado en una persona aparentemente corriente y se ha quedado prendada por alguna cualidad. Quien es interesante, lo es hasta durmiendo, y todo su ser modifica la acción.

Últimamente me ha dado por las series "Héroes" y "Las chicas Gilmore", y todo por el actor de la fotografía, que no dudo que será bueno en lo que hace, pero les debe todo a los guionistas. Jess, de "Las Chicas Gilmore", es el típico chaval problemático que nadie quiere tener cerca, que no va a clase, que roba lo que puede. Pero también es un chaval que devora libros, al que le encanta hablar de literatura y tiene una cultura que para sí la querrían muchos. Por supuesto, se lía con la prota, que resulta ser la mejor estudiante y la niña más formal, y así puede verse su lado dulce y esas ganas que tiene de ser querido. Jess no es sólo un chico malo, es algo más. Es un personaje que yo considero complejo, porque no se desvela en un sólo capítulo.
Siguiendo a mi querido Jess (mi último crush, para qué engañarnos), encontré a Peter Petrelli en la segunda serie. "Héroes" no tiene una historia que destaque por su originalidad, pero sí tiene un elenco de personajes que llaman la atención. El poder que pueda tener cada uno es lo de menos, es lo que hacen con ese poder lo que cuenta. El japonés perdido en una rutina asfixiante que quiere ser diferente y convertirse en un héroe. El hermano pequeño que quiere probar a su familia que él es especial. El policía inseguro que sólo quiere ayudar. Cada uno utiliza lo que tiene como puede, tratando de olvidarse de una vida que es todo menos perfecta para poder echar una mano o asesinar a todo el que se ponga por delante, según el caso. Desde el primer capítulo se nos demuestra que no es oro todo lo que reluce, y que no debemos fiarnos de lo que vemos a primera vista.
Los personajes hacen la historia. Un personaje es suficiente para contar su vida. Depende de la escritora, del guionista, que ese personaje atrape la atención de los lectores o los espectadores. Pero sin personajes no hay historia. Una persecución a cien por hora no es historia. Por mucho que sean los que más libros vendan y los que más taquilla hagan.
A lo largo de la historia, el énfasis de una narración se ha puesto en uno u otro aspecto. Aristóteles defendía que la fábula era lo más importante, la historia, el argumento. Los personajes tenían que ser consecuentes con el principio del relato y no mutar, llegar al final sólo con su suerte cambiada, no con su personalidad. Cervantes fue, probablemente, el primero en saltarse esa norma a la torera. Sus personajes mutan, aprenden, se adaptan a las circunstancias. A partir del siglo dieciocho, las novelas dan prioridad a los personajes y lo que importa es la suerte y la redención del protagonista. Si una no consigue emocionarse con las desventuras de Jane Eyre o Huckleberry Finn es que el libro no ha conseguido su objetivo: unirnos al personaje.
Hace unos meses, a un autor de thrillers le preguntaron qué era lo más importante para él en un libro, la historia o los personajes. Él dijo, sin dudarlo, que la historia; el personaje más fascinante del mundo dormiría a todo el mundo si estuviera sentado en una cafetería tomándose un café. Obviamente, para él, que escribe libros de acción, la novela que no tenga una persecución a cien kilómetros por hora en una autopista no merecerá la pena, pero yo no puedo estar más en desacuerdo con él. No creo que yo sea la única que alguna vez se haya fijado en una persona aparentemente corriente y se ha quedado prendada por alguna cualidad. Quien es interesante, lo es hasta durmiendo, y todo su ser modifica la acción.

Últimamente me ha dado por las series "Héroes" y "Las chicas Gilmore", y todo por el actor de la fotografía, que no dudo que será bueno en lo que hace, pero les debe todo a los guionistas. Jess, de "Las Chicas Gilmore", es el típico chaval problemático que nadie quiere tener cerca, que no va a clase, que roba lo que puede. Pero también es un chaval que devora libros, al que le encanta hablar de literatura y tiene una cultura que para sí la querrían muchos. Por supuesto, se lía con la prota, que resulta ser la mejor estudiante y la niña más formal, y así puede verse su lado dulce y esas ganas que tiene de ser querido. Jess no es sólo un chico malo, es algo más. Es un personaje que yo considero complejo, porque no se desvela en un sólo capítulo.
Siguiendo a mi querido Jess (mi último crush, para qué engañarnos), encontré a Peter Petrelli en la segunda serie. "Héroes" no tiene una historia que destaque por su originalidad, pero sí tiene un elenco de personajes que llaman la atención. El poder que pueda tener cada uno es lo de menos, es lo que hacen con ese poder lo que cuenta. El japonés perdido en una rutina asfixiante que quiere ser diferente y convertirse en un héroe. El hermano pequeño que quiere probar a su familia que él es especial. El policía inseguro que sólo quiere ayudar. Cada uno utiliza lo que tiene como puede, tratando de olvidarse de una vida que es todo menos perfecta para poder echar una mano o asesinar a todo el que se ponga por delante, según el caso. Desde el primer capítulo se nos demuestra que no es oro todo lo que reluce, y que no debemos fiarnos de lo que vemos a primera vista.
Los personajes hacen la historia. Un personaje es suficiente para contar su vida. Depende de la escritora, del guionista, que ese personaje atrape la atención de los lectores o los espectadores. Pero sin personajes no hay historia. Una persecución a cien por hora no es historia. Por mucho que sean los que más libros vendan y los que más taquilla hagan.
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Miedo
El miedo es libre. Y el miedo a la muerte, más que ninguno.
El otro día acompañé a mi padre a la consulta con la oncóloga. No suele ser una visita que me deprima en exceso; la mayoría de las veces hay que hacer cábalas para saber quién de los presentes está enfermo y quién es solo el acompañante, los que están más graves no pasean a sus anchas por las consultas. El martes, sin embargo, vi llegar a dos monjas mayores a la consulta y supe inmediatamente cuál de las dos estaba enferma. Se sentó jadeando, le faltaba el aliento y no hacía más que toser en un pañuelo de papel. Cuando apartó el pañuelo de la boca me pareció ver esputos de sangre en él. Y en la cara de la monja no había resignación, ni valentía, ni ningún sentimiento que pudiera una esperarse en alguien con línea directa con Dios. Había miedo. Había dolor. Había ojos clavados en el suelo, muy abiertos, y los puños cerrados sobre el regazo.
Si ellas (las monjas) o ellos (los curas), que tienen la cabeza llena de las beldades de la otra vida, no pueden evitar sentirse amenazados por una enfermedad, ¿qué se espera de los demás? ¿Qué hacer con tanta palabra vacía, tanto concepto baldío? ¿Quién nos consuela, cuando no se consuelan ni ellos? Nunca he sido religiosa, pero lo que menos he entendido nunca es por qué los cristianos más creyentes lloran en los funerales. ¿No se supone que están en un mundo mejor? Si ni ellos se lo creen, ¿cómo me lo voy a creer yo? La muerte es el final. Punto. No hay más.
Si fuera religiosa, rezaría por la monja de la consulta. Como no lo soy, le mando mis mejores vibraciones, a ella y a todos los que estaban a su alrededor. Pero, sobre todo, mando vibraciones a los que me rodean, a mi padre, a mi familia, a mis amigos y amigas, porque, aunque sea poco cristiano, me importan más que los desconocidos.
Si ya digo yo que voy a ir derechita al infierno, donde está la fiesta...
El otro día acompañé a mi padre a la consulta con la oncóloga. No suele ser una visita que me deprima en exceso; la mayoría de las veces hay que hacer cábalas para saber quién de los presentes está enfermo y quién es solo el acompañante, los que están más graves no pasean a sus anchas por las consultas. El martes, sin embargo, vi llegar a dos monjas mayores a la consulta y supe inmediatamente cuál de las dos estaba enferma. Se sentó jadeando, le faltaba el aliento y no hacía más que toser en un pañuelo de papel. Cuando apartó el pañuelo de la boca me pareció ver esputos de sangre en él. Y en la cara de la monja no había resignación, ni valentía, ni ningún sentimiento que pudiera una esperarse en alguien con línea directa con Dios. Había miedo. Había dolor. Había ojos clavados en el suelo, muy abiertos, y los puños cerrados sobre el regazo.
Si ellas (las monjas) o ellos (los curas), que tienen la cabeza llena de las beldades de la otra vida, no pueden evitar sentirse amenazados por una enfermedad, ¿qué se espera de los demás? ¿Qué hacer con tanta palabra vacía, tanto concepto baldío? ¿Quién nos consuela, cuando no se consuelan ni ellos? Nunca he sido religiosa, pero lo que menos he entendido nunca es por qué los cristianos más creyentes lloran en los funerales. ¿No se supone que están en un mundo mejor? Si ni ellos se lo creen, ¿cómo me lo voy a creer yo? La muerte es el final. Punto. No hay más.
Si fuera religiosa, rezaría por la monja de la consulta. Como no lo soy, le mando mis mejores vibraciones, a ella y a todos los que estaban a su alrededor. Pero, sobre todo, mando vibraciones a los que me rodean, a mi padre, a mi familia, a mis amigos y amigas, porque, aunque sea poco cristiano, me importan más que los desconocidos.
Si ya digo yo que voy a ir derechita al infierno, donde está la fiesta...
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