De admirar y ser admirado

Me encantan las redes sociales. Me gustan más de lo que deberían, la verdad, porque a veces me doy cuenta de que estoy un poco enganchada y vivo pegada al móvil, lo reconozco. He llegado al punto de enterarme de las noticias primero por Twitter y Facebook, aunque luego corro a medios más serios y las corroboro (si es que a los periódicos de hoy en día se les puede llamar "serios", porque tengo la sensación de que cada día nos engañan más). Las redes sociales hacen que las noticias vuelen, que nos enteremos de todo inmediatamente (quizás demasiado, sin información suficiente, a veces engañando, pero rápido, siempre rápido). También sirven, y esto me gusta especialmente, para sentirme más cerca de gente con la que de otra manera no tendría contacto. No hablo solo de amigos y amigas del otro lado del charco con los que no tendría la relación que tengo ahora si no estuviéramos conectados a través de Facebook, sino de esas personas que nunca jamás en la vida vas a conocer en persona (o quizás sí, que la vida da muchas vueltas). Las hace sentir un poco más cercanas, e incluso te llega a dar la sensación de que las conoces, de que están a un solo click, de que puedes dirigirles la palabra cuando quieras. Y puedes, claro, aunque otra cosa es que te vean.

Y algunas veces, como esta semana, te das cuenta de que a ellos y ellas les pasa lo mismo que a ti. Que también siguen a sus ídolos por Twitter, que también son "fans". El otro día, por ejemplo, me encontré con este tuit de uno de los grandes, Stephen King:



Ya solo con esto me emocioné, porque The Underground Railroad es un libro que tengo fichado desde hace unas semanas, el primero en mi lista de "libros a comprar en cuanto cobre". Sigo a Colson Whitehead desde hace poco, y de momento me parece un hombre muy interesante que comparte cosas que merecen ser leídas. Que King, un superventas con chorropocientos seguidores en Twitter, recomiende a alguien es garantía de que muchos de esos seguidores van a terminar comprando el libro de Whitehead, lo que seguro que al otro le viene de perlas. En esas estaba yo cuando leí este otro tuit: 


¡Toma ya! "Leer Carrie en séptimo me hizo querer escribir ficción, así que gracias, amable señor". O sea, que Colson Whitehead es admirador de Stephen King, y ahora Stephen King alaba su obra. ¿Se puede llegar a mayor éxito como escritor? Que alguien a quien tú tienes por maestro (porque le hizo querer escribir ficción, supongo que sería porque le gustó) llegue a decir públicamente que tu novela es tremenda tiene que ser la cumbre de tu carrera de escritor. No me puedo imaginar mayor halago, ni de la crítica ni del público, que recibir una palmada en la espalda de quien te inspiró a escribir. De admirar a ser admirado. De seguirle en Twitter a que te siga él a ti. (Bueno, esto puede que sea una chorrada, pero es que yo estoy todavía en esa fase. Ganar un seguidor hace que me crea alguien.)

Por cosas como esta me gustan las redes sociales. Conversaciones entre escritores, bromas entre actores (hace unos años fui testigo de una conversación divertidísima entre Steve Martin y Stephen Fry) y zascas apoteósicos a racistas y misóginos (aquí JK Rowling se lleva la palma) hacen que merezca la pena ser un poquito adicta a las RRSS. Qué le vamos a hacer, cada una se entretiene como quiere. Al menos yo no soy de las que cuenta con detalle lo que ha desayunado o qué tal ha ido la evacuación del día (con foto). Ya veréis, ya, que pronto se convertirá en deporte olímpico. Espero, porque será la única manera de que yo me lleve una medalla. 



Armarios y fulares: cumpliendo un sueño

Este blog empezó porque me gusta escribir. Me ha gustado siempre, desde que era una niña pequeña y escribía historias con mis compañeros de clase que luego la "andereño" leía en voz alta; creo que en casa de mi madre todavía hay cuadernos llenos de historias escritas a lápiz sobre objetos que se movían cuando los dueños de la casa no miraban, o de niñas que derrotaban fantasmas. Siempre he dicho que escribo para mí, pero la verdad es que me gusta que la gente lea lo que escribo. Abrí el blog para compartir lo que pienso y alguna historia corta que me parecía digna de ser leída. Sé que los que me leéis sois pocos, pero a mí me basta. O me bastaba.

Llega un momento en que lo que escribes te quema dentro. Quieres hacerlo bien, escribir lo mejor que sepas, revisar hasta que ya no se te ocurra qué más revisar, pero ¿para qué molestarte si luego se va a quedar en las entrañas de tu ordenador? ¿Para qué aprender todo lo que puedes sobre el arte de escribir, pasarte horas imaginando personajes y poniéndolos en acción si luego no lo va a leer nadie? Y entonces te pones a buscar maneras de que tu novela (me da hasta vergüenza llamarla novela) vea la luz, y la mandas a editoriales, pero te das cuenta de que no encaja en ningún género establecido, que no te conoce ni Rita y que de qué se la van a jugar contigo. Y ves a gente que se ha autopublicado y les va bien, y dices ¿y yo por qué no? Te tragas la vergüenza, empiezas a mover la historia, la das a leer a conocidos... Y descubres que tienes algo que merece la pena publicar, aunque sea por tu cuenta, aunque sea por poder decir que eres escritora. Que ya lo eras, pero ¿se es realmente escritora si no te lee nadie?


Pues eso, que he escrito una novela (bueno, he escrito varias, pero ésta es la que más me gusta) y la he publicado. Los fieles al blog recordaréis, quizás, algún extracto que puse hace mil años sobre dos personajes llamados Mike y Alan; cuatro años me ha costado revisarla hasta el punto de no querer morir de vergüenza si alguien la leía, cuatro años juntando el valor para lanzarla al público. Ya está hecho, ya está en Amazon (en reserva, pero está), ya está a la mano de cualquiera. Y, aunque me hace una ilusión tremenda tener un libro publicado, estoy tan nerviosa como no lo he estado nunca. Nunca había pensado que se pudiera estar muerta de miedo y de ilusión al mismo tiempo, pero fíjate, se puede. Jamás me he sentido tan expuesta. Es como estar desnuda en plena calle. Es la sensación más extraña que he sentido nunca. Pero me encanta.

Armarios y fulares sale a la venta el uno de octubre, pero ya podéis hacer la reserva en el link que os dejo abajo; el día uno se descargará automáticamente en vuestro dispositivo Kindle (los que hayáis comprado antes ebooks en Amazon sabéis que, si no tenéis un Kindle, Amazon os deja descargar la app para vuestra tablet completamente gratis y en pocos segundos; esto es algo que voy a tener que explicarle a mi madre, jeje). Más adelante, si las ventas me animan, quizás lo saque en papel, pero de momento solo hay copia digital. Mi mayor esperanza es que os guste y os arranque una carcajada, o al menos una sonrisa de vez en cuando. Y si ya tenéis a bien dejar un comentario sobre el libro en la página de Amazon, os adoraré siempre.

Gracias por estar ahí. Gracias por leerme aquí. Gracias por haberme convertido en escritora.


Para reservar Armarios y fulares y recibirlo el día 1 de octubre, haz click aquí y llegarás a la página de Amazon.

Lidia Valentín y la importancia de modelos como ella


He vuelto a volver de vacaciones. Sí, es lo que tiene ser maestra (no me odiéis), que el verano da para irte dos veces, o tres, si contamos la escapada que hice antes de que me dieran las vacaciones oficialmente. He vuelto, digo, con los sempiternos kilos de más y un moreno que los disimula (moreno en la piel, no agarrado del brazo, que según lo he escrito parece que me he echado novio), y la cabeza más descansada que cuando me fui. Iba a decir que he vuelto con ganas, pero la verdad, me queda una semana de vacaciones y todavía me da una pereza inmensa pensar en el regreso. Y eso que me gusta mi trabajo. ¿Cómo lo harán los y las que lo odian?

Estos diez días de vacaciones los he pasado durmiendo, leyendo y viendo las olimpiadas. Dormir y leer son cosas que hago a menudo, pero lo de ver deporte es algo muy novedoso y que solo ha ocurrido porque he coincidido con una persona a la que le gustan los deportes y ha terminado picándome. Me he tragado hasta la clasificación de la natación sincronizada, y eso que no me gusta especialmente; seguí la competición de baloncesto de chicos para animar a Argentina (lo siento, pero ninguno de los jugadores de la selección española me cae especialmente bien, y no pienso animar a aquellos a quienes pongo a parir cuando juegan contra el Baskonia) y animé a las chicas en la final contra Estados Unidos, que por un momento (o un cuarto) parecía que podían llegar a ganar. Y, fíjate lo que son las cosas, seguí la final de bádminton, hasta tal punto que he decidido que va a ser el deporte por el que me presente en las olimpiadas de 2020. A no ser que me vuelva a resbalar en la cocina y vuelva a marcarme el espagar fantástico que casi da con mis huesos en el hospital y que me ha tenido amoratada los diez días de playa.

Pero sobre todo, sobre todo, he vibrado con la halterofilia femenina. La imagen de Lidia Valentín levantando 141 kilos todavía me persigue en sueños. Creo que ha sido la primera vez que he conseguido ver a un levantador (o levantadora) terminar su actuación, porque siempre me da miedo que se hagan daño en la espalda o en las rodillas, que es lo que me pasa a mí cada vez que tengo que traer las bolsas de la compra desde el supermercado. No suelen gustarme los deportes en los que no se ve claramente quién va ganando (en una carrera ves quién va primera, pero en halterofilia, gimnasia, salto y demás tienes que hacer cuentas), pero lo de esta mujer no tiene nombre. Y lo de la coreana que ganó, tampoco; a Valentín se la ve grande, fuerte, pero a la coreana se la veía tan poca cosa que aún no me puedo creer que levantara más de 150 kilos. Y su forma de saludar, haciendo una reverencia al público... La puta ama, dicho en castizo.

Lo mejor, para mí, fue la manera de saludar de Valentín. El corazón con las manos tras flexionar los brazos en ese gesto de "que te reviento, ¿eh?", esa sonrisa de felicidad que reflejó realmente lo joven que es, la alegría sin tapujos. Si yo hubiera sido niña al verla, habría querido ser levantadora de pesas. ¿Quién dijo que la feminidad está reñida con la fuerza? ¿Se puede ser más "cuqui", con sus muñequeras rosas y sus ojos pintados, mientras levantas 141 kilos así, a pelo? Dios mío, solo de pensarlo me está doliendo la espalda. Hablaban de que la medalla de plata del baloncesto femenino iba a favorecer a este deporte, pero no me extrañaría nada si se llenaran los gimnasios de chicas con ganas de empezar a ponerse cachas. Qué demonios, si hasta a mí me han entrado ganas; ayer levanté tres kilos, uno y medio en cada mano. Por algo se empieza.

Y sí, la plata de rítmica muy bonita y bien merecida, y olé Gemma Mengual y Ona Carbonell, y sobre todo aupa Maialen y Carolina Marín. Que este año ha sido el de las chicas, y a ver si cunde el ejemplo y nos damos cuenta de que hay vida después del fútbol, aunque como ya ha empezado la liga dudo mucho que vuelva a hablarse de los y las medallistas en el futuro, a no ser en su casa o en su pueblo. Pero es lo bonito de las olimpiadas, que cada cuatro años descubrimos deportes nuevos y a una le entran ganas de apuntarse al gimnasio y empezar a hacer algo con su vida. Aunque sea, una carrera de esas de cinco kilómetros en los que la mitad son andando.

Los diez libros más sobados de mi biblioteca

Soy de las que relee libros. No todos, por supuesto, pero sí los que más me han gustado, los que más cosas me han dicho. Hay libros que necesitan ser releídos para captar todo lo que nos están diciendo, porque no se puede pillar todo a la primera, no siempre al menos, no cuando un libro dice mucho. Otras veces es simplemente que me gusta la historia y quiero volver a sumergirme en ella, aun a riesgo de darme cuenta de que ya no me gusta tanto. Por lo general, en cuanto termino un libro tengo muy claro si alguna vez lo volveré a leer o no. En caso afirmativo lo guardo; si no, lo regalo o intento donarlo (pero como la mayoría de mis lecturas son en inglés, me es dificilísimo encontrar a alguien que los quiera y así está mi casa, llena de libros no tan buenos).

Creo sinceramente que los clásicos aguantan mejor una relectura que los bestsellers, aunque, si la historia es buena, a veces también lo merecen, sobre todo si hace ya tiempo que lo leíste y solo recuerdas que te gustó, pero no la trama. Esta es mi lista de libros más sobados; el orden es aleatorio, pero una se suele acordar sobre todo de los que más le gustaron, así que creo que me ha podido el subconsciente al hacer la lista:

1. Harry Potter (la serie entera), JK Rowling


No podía faltar, por supuesto. No sé cuántas veces me los he leído, pero debe andar por la docena. La razón es que, cada vez que salía libro nuevo, quería acordarme de todo lo que había pasado anteriormente, así que me leía todos los libros que habían salido hasta entonces. Aunque leer, lo que se dice leer, no hacía mucho: aproveché para comprarme las cintas (¡sí!, ¡cintas de cassette!) y las escuchaba por la noche. Eso sí: el sexto y séptimo libro me los leí tan rápido (un fin de semana cada uno) que, en cuanto los acabé, volví a releerlos para saborear cada escena y fijarme bien en qué demonios había pasado para llegar al final al que llegaron, porque del ansia no me había enterado de la mitad.

2. La Regenta, Leopoldo Alas Clarín 


La primera vez que lo leí fue por obligación, más o menos. Nuestra profesora de literatura en el instituto nos dio a elegir las lecturas del trimestre; era una mujer enfadada con el mundo que odiaba a sus alumnos (o esa sensación daba, aunque era una gran profesora), y cuando llegó a La Regenta nos soltó un "ya sé que nadie va a elegir este libro porque es el más largo y el más difícil, pero bueno, os lo tengo que dar también". Yo lo escogí sin dudar, y se convirtió en mi libro favorito durante décadas. Ese año me lo leí unas cuatro veces (cada vez que mi madre entraba en la habitación y me veía leyéndolo otra vez se desesperaba, no entiendo por qué. Ni que me hubiera pillado con una revista pornográfica o algo); cada poco tiempo lo rescato, y me alegra decir que no ha perdido ni un ápice de su encanto. Ahora me doy cuenta de que a los quince años no fui capaz de entender la mayoría de las cosas que se explican en el libro, pero lo poco que me llegó me hipnotizó. Sigue siendo uno de mis libros favoritos. 

3. Beloved, Toni Morrison


¿Cómo no querer este libro? Lo descubrí por el club de lectura en euskera al que asisto una vez al mes, con lo que la primera vez que lo leí fue en euskera, no en su idioma original. Poco me costó encontrar el ebook y devorarlo otra vez en inglés (y con él toda la bibliografía de Morrison, que por desgracia no es muy extensa). Este verano me voy a regalar la copia en papel del libro, porque merece ser leído, marcado y machacado. Aparte de mi obsesión por el tema de la esclavitud en Estados Unidos, es un maravilloso libro que debería ser de obligada lectura para todos los amantes de la literatura. 

4. El guardián entre el centeno, JD Salinger


Curiosamente, cuando lo leí de adolescente no me quedé con gran cosa. Quizás porque yo tuve una adolescencia muy tardía (creo que todavía no la he superado del todo), quizás porque es un libro muy americano y no conseguí identificarme con el protagonista; quizás porque es la historia de un chico, muy distinta a la que sería la historia de una chica. Hace unos años lo volví a leer, esta vez en inglés, y me enamoré del libro. Han caído dos lecturas más, y creo que caerán otras cuantas en breve. Me encantaría tener a un adolescente en mi círculo cercano para poder recomendarle este libro que tanto me emociona. 

5. Al este del Edén, John Steinbeck


Es pensar en este libro y emocionarme. Ya no solo por la historia que cuenta (que es bestial, universal, eterna, maravillosa), sino porque el libro ocurre en la zona de California que fue mi hogar durante siete años. Cada vez que veo el nombre de King City en la página se me nublan los ojos (lo cual no deja de ser irónico, porque cuando vivía allí me parecía un agujero en el mapa, y ahora mismo es el lugar más peligroso de toda California); cuando mencionan Greenfield, Salinas, Lompock, yo salto un poco en el sofá y le digo a la página ¡ahí he estado yo!, ¡ahí se nos paró el coche!, ¡ahí me invitaron a  una fiesta!, como si alguien pudiera oírme. Es el libro que retomo cuando me siento melancólica, y el libro al que recurro después de haber leído algo muy malo, como quien se quita el mal sabor de una almendra amarga con un trago de buen café. Está tan marcado que reconocería mi copia en cualquier lugar del mundo si me la robaran. Es el libro que nunca, nunca saldrá de mi casa (a no ser para ir a un parque y leer tranquilamente a la sombra de un árbol una tarde de verano). Por cierto: qué mala es la película. De lo peor que he visto.

6. Las uvas de la ira, John Steinbeck


A diferencia del anterior, este libro me produce tal desazón que tengo que tener mucho cuidado con cuándo lo leo, porque me afecta mucho. La última vez que lo releí lo tuve que dejar a medias en la mesa, casi a mitad de una frase, durante un par de días, porque sabía lo que venía y no tenía fuerzas para leerlo. Es crudo, es gráfico, es bestial, y lo peor de todo, está basado en hechos reales. Parece mentira que un libro escrito a principios del siglo veinte sea tan actual como este. A más de uno se lo daría yo a leer. 

7. Middlesex, Jeffrey Eugenides



Este libro me lo regaló una amiga y estuvo en mi pila de libros por leer durante años. Cuando al final me animé a leerlo, no podía creerme que algo tan maravilloso hubiera estado delante de mis narices tanto tiempo y que yo no lo hubiera visto. Me encanta Eugenides y su arte de contar una historia desde el final hacia el principio, yendo atrás en el tiempo para explicar por qué el protagonista de la historia es como es. Maravilloso. De hecho, creo que le voy a echar otro vistazo antes de que acabe agosto. También digno de mención es Las vírgenes suicidas, que solo he leído una vez pero que me dejó helada por su manera de manejar un punto de vista múltiple. 

8. Dientes blancos, Zadie Smith


Mi amor por esta mujer no tiene límites, y mi envidia tampoco. Con veintipocos años escribió una de las obras más importantes de la literatura contemporánea británica, y se ha convertido en una de las voces más escuchadas, ya sea en literatura, política o encaje de bolillos. He leído todos los libros que ha publicado, incluso uno de no ficción, y espero con ansia que siga escribiendo. Dientes blancos es, para mí, lo mejor que ha escrito, aunque cualquier cosa de esta mujer hace que me derrita de gusto.

9. Ana Karenina, Lev N. Tolstói


Incluyo este libro que me he leído varias veces, aunque estoy convencida de que no volveré a releerlo jamás. Cayó en mis manos cuando era una cría porque estaba entre la colección de premios Nobel que mis padres tenían en el salón. Mi profesor de octavo de EGB se quedó de piedra cuando le dije que lo estaba leyendo, y le dijo a mi madre que estaba bien que leyera cosas de esas, pero que no iba a entender nada. Efectivamente, tenía razón. Hace unos meses volví a leerlo y aprecié la grandeza de Tolstói, pero también me di cuenta de que no me gustan los realistas rusos. Si a esto le añadimos que me he leído Guerra y Paz también este año, apaga y vámonos. 

10. On Writing, Stephen King


No había leído nada de King hasta que leí este libro, mitad autobiografía mitad manual de escritura.  A partir de ahí le cogí cierto cariño y empecé a respetarle mucho más. Lo he leído un par de veces, y la verdad es que guarda unas pequeñas joyas en su interior que merecen la pena ser leídas de vez en cuando. Ahí lo guardo, para cuando me dé el bajón y necesite que alguien me anime. O para reírme un rato, que también ayuda. 


No son los mejores libros que existen, pero a mí me dicen algo. Son importantes para mí por un motivo u otro (menos Ana Karenina, claro), y sé que volverán a mis manos más pronto que tarde. De hecho, escribiendo esta lista he descubierto alguna que otra joya en mi estantería que lleva años sin ser leída. Si sumamos a estas relecturas la lista de libros que me estoy haciendo este verano y la que caerá en cuanto eche un vistazo a las novedades de 2017, creo que tengo lecturas para rato. Y feliz, oye. 

De hacer deporte en verano, o a quién se le ocurre correr con la calor que hace




Cualquiera que pase por el blog con asiduidad sabe una cosa de mí (bueno, sabe muchas, pero aparte de mi pasión por Alan Rickman, la más gorda es esta): odio hacer ejercicio. Lo odio con pasión, con las mismas ganas que odio las habas, por mucho jamón que les pongas, o los caracoles, pero de ahí por lo menos aprovechas la salsa. Iba a decir que lo odio tanto como a Trump, pero no, porque el ejercicio al menos es bueno para la salud y Trump no.

No soy yo, pero podría serlo.
La cara de dolor nos une.
Y es que el deporte, el ejercicio en general, está mal diseñado. Me van a perdonar los forofos del deporte, esos locos y locas que salen a correr maratones con treinta y seis grados a la sombra, o que se meten un triatlón entre pecho y espalda y al día siguiente van a entrenar para quitar las agujetas, pero una actividad que te hace sufrir antes de darte todos los beneficios que da el deporte sufre de un gran defecto. Pensad, como dijo una amiga, en el alcohol. Todos y todas sabemos que el alcohol es malo, que te fastidia el hígado, que te nubla la razón... Pero cuando te tomas un par de cubatas se te olvida hasta tu nombre; la mayoría de las veces te lo pasas en grande (a no ser que te dé llorona), y en plena borrachera llegas a pensar que qué hay de malo en estar borracho todo el día, si es lo más grande, la única manera de vivir la vida. Hasta que llega el día siguiente, claro, y la resaca te deja arrodillado/a frente al dios Roca, echando hasta la primera papilla y dándote cuenta de que el alcohol sabe mucho mejor al entrar que al salir. Si encima eres como yo, que tengo un problema con el dichoso esfínter que une el esófago con el estómago, puedes llegar a pasarte hasta quince horas vomitando (o dos días; os juro que no exagero). Entonces es cuando dices "nunca más, no vuelvo a beber en mi vida, tenían que imponer la ley seca, esto debería ser ilegal". Pero cuando vuelve a llegar el momento de correrte una juerga, ¿de qué te acuerdas? ¿De lo bien que te lo pasaste o de la resaca? Poca gente conozco que haya dejado de beber por una mala resaca. (Exactamente cero. Al final siempre recaemos.)

20 qué, ¿kilos?
Sí, claro, esa sonrisa iba a
tener yo.
El deporte, sin embargo, funciona al revés. Primero sufres; te esfuerzas por llevar a cabo el ejercicio en cuestión, ya sea corriendo en la calle, en las máquinas del gimnasio o en una de esas clases que inventó algún masoca con la excusa de ponerte en forma (no incluyo los deportes de equipo, que suelen ser más divertidos. En mi caso son una tortura porque, como soy tan mala, la gente termina riéndose de mí o medio cabreada porque no hago más que parar el juego). Sudas. Te duele. Los primeros quince minutos te esfuerzas al máximo por eso de sacar el mayor rendimiento posible a lo que estás haciendo. Miras el reloj. Te das cuenta de que a la puta clase de GAP le queda todavía más de media hora y tú ya no puedes más. Aguantas otros quince minutos como puedes, pensando que los últimos quince serán para estiramientos. El cabrón del monitor solo necesita cinco porque claro, él está acostumbrado y no necesita estirar. Sientes cómo se te sube la bola en la tripa, algo que no creías posible (¿ahí hay músculo?). Reniegas de la clase y te juras que no vas a volver más. Te pasas una semana con agujetas. Eso sí, esa noche duermes del tirón, acunada por las endorfinas que has creado. Si consigues ir dos o tres veces a clase (o a las máquinas) te das cuenta de que estás más ágil, de que aguantas mejor el día, de que duermes mejor. Pero ¿de qué te acuerdas cuando piensas "tengo que ir al gimnasio"? De lo que sudaste, de lo que sufriste, de lo que dolió. Porque, insisto, los beneficios del deporte están mal colocados. Si sintieras lo que sientes después mientras lo estás haciendo, otro gallo cantaría. Los gimnasios estarían mucho más llenos de lo que ya están (algo que no entiendo. Cómo nos gusta sufrir).

Lo peor de todo esto, para mí, es que me gustaría ser deportista. Veo cómo disfruta la gente a la que le gusta hacer deporte y pienso "joder, por qué yo no". Les veo correr, poner su cuerpo al límite, participar en carreras que a mí me parecen inhumanas, y me dan una envidia mortal. Daría cualquier cosa por ser una de esas personas que se levantan una hora antes para poder correr cinco kilómetros antes de ir a trabajar, o meterse una clase de spinning antes del desayuno. Cada vez que salgo de la ducha después de una hora de ejercicio, con todos los beneficios aún frescos, pienso "tengo que hacer esto más a menudo. Tengo que convertirlo en costumbre". Y al día siguiente llega la hora de ir al gimnasio y pienso "quita, quita, con lo bien que se está en el sofá. Luego si eso voy a cazar Pokémones y me doy una vuelta".

Que sí, que me dan envidia. Aunque estos no tiene precisamente
cara de estar pasándolo bien. 

Dicen que no se puede enseñar trucos nuevos a un perro viejo, y yo, ejem, ya estoy en esa edad en la que cambiar de hábitos es difícil. Pero yo insisto; mi plan de hoy es ir al gimnasio, no sé si a una clase o a meterme cinco kilómetros en la cinta (o las dos, depende de cómo me pille de humor). Que no es que vaya a apuntarme al próximo triatlón, pero no veáis la ilusión que me haría participar en una carrera popular y no llegar la última. ¿Lo verán mis ojos? Si eso, os lo cuento.

Vacaciones de una anglófila, o la mala suerte de no haber nacido con acento británico.


Lo confieso: me encanta el Reino Unido. Digo Reino Unido como si hubiera estado en algún otro sitio que no sea Inglaterra, pero es que queda mucho mejor porque así se nota que sabes la diferencia entre una y otra. Porque yo lo que quiero decir no es que me gusta Inglaterra, sino que me gusta todo el Reino Unido. Aunque solo conozca parte. Pero me gusta todo. Por anglófila, que no es una enfermedad diagnosticada (todavía), sino el amor hacia todo lo que suene al idioma de Shakespeare.

Recuerdo que una vez, hablando de acentos, alguien me dijo que podría enamorarse de alguien solo con oírle hablar con acento argentino; a mí me pasa eso con el acento inglés (y aquí sí que quiero decir inglés, que el irlandés me parece divertido pero no romántico, y el escocés no lo entiendo; el galés no lo conozco, sorry), aunque reconozco que los hombres británicos no me parecen, ni con mucho, los más apuestos del mundo. Pero es que oigo un "toss it in the bin, luv" y me derrito, por más que traducido al castellano no sea más que "tíralo a la basura, cielo", que ya ves tú qué romántico y qué especial. Una semana he pasado en Bath y teníais que verme andando por la calle, poniendo la oreja para escuchar conversaciones que no me incumbían y practicando las expresiones que más gracia me hacían (para lo que era necesario ir hablando sola por la calle y aguantar las miradas de más de un guiri preocupado por mi salud mental; es lo que tiene viajar sola, qué le vamos a hacer).

Las vistas desde mi ventana. Quaint, isn't it?
Avon river. Lo que viene a querer decir
el río Río.
Bah, nada, el jardín trasero
de mi nueva casa

Y luego están los paisajes. ¡Qué paisajes! Siendo del norte, parece mentira que me derrita ante una campiña verde y casitas de piedra y madera, pero ¡ay!, lo que me gusta a mí un paisaje "quintessentially English". Los techos de paja, los pedruscos enormes en medio de pueblos perdidos por ahí, los pubs, la calle donde se rodó "Pride and Prejudice", la casa de los padres de Harry Potter en la primera película. Porque sí, por supuesto, ya que una va a visitar monumentos, cómo va a olvidarse de buscar los decorados de la película, al menos los del mundo real, que a los del estudio ya nos explicó Ana cómo ir (mi próximo objetivo, qué os pensabais). Y es que cada vez estoy más convencida de que yo tenía que haber nacido inglesa, o británica, o como mucho escocesa (por más que no les entienda), aunque a veces también opino que en mí habita una octogenaria de Arkansas. Pero con acento británico.

Aquí murieron James y Lily. Sniff. 

Como no podía ser menos, al viaje me llevé varios libros, y volví con más. En el avión de ida (y el tren a Londres, y el tren a Bath) casi devoré (de nuevo) NW, de Zadie Smith, una de mis escritoras favoritas. Y en Bath le eché mano (¡por fin!) a England, England, de Julian Barnes, libro que disfruté como una enana. Tiene mucha gracia leerlo después del Brexit, qué queréis que os diga (si se os da bien el inglés, he escrito una reseña aquí). Tuve tiempo de sobra para leer, porque Bath no es una ciudad (¿pueblo?) donde haya demasiado que ver, aparte de ser cara de narices y estar llena de turistas. Pero es muy bonita, y el bed & breakfast donde me quedé también mereció la pena. Otro rincón típicamente inglés.

El chalet a medio construir de un bilbaíno
que decidió a última hora mudarse a Laredo.
Menos mal que la climatología de mi querida región no me deja echar mucho de menos aquello. Desde que he vuelto, no ha asomado el sol aquí ni para dar los buenos días. ¿Veis? Si en realidad solo me falta el acento británico (inglés), lo demás ya lo tengo. Incluido el mal tiempo.


Manías literarias, o por qué en verano me cuesta encontrar lo que busco.



Ay, qué problema más gordo tengo este julio en el que el tiempo vitoriano, siempre tan amable, me regala esos días nublados en los que de playa ni hablar que terminan con un chaparrón justo a la hora en la que saldrías a tomar una cervecita para liberar la cabeza. Días en los que no te queda otra que abrir la ventana tras la lluvia para aprovechar el fresco y tirarte a la bartola  en el sofá con un libro en la mano y un gato en el regazo. Fijaos que he dicho "un libro", y no "un buen libro", porque no sé qué pasa últimamente que no encuentro ninguno que entre en esa categoría.

Aclaro que en verano no leo igual que durante el resto del año. En verano estoy cansada, no tengo la cabeza para grandes obras, y me da por leer literatura facilona, o al menos no tan densa como la que leo en otros momentos. Me encantan los clásicos ingleses, por ejemplo, o las novelas estadounidenses de principios del siglo veinte, pero en verano me decanto por bestsellers y novela negra, que de vez en cuando viene bien comer "chuches". Mi regla siempre es la misma: tienen que ser libros de bolsillo que cuesten menos de diez euros. Creedme cuando os digo que no es nada fácil encontrar libros "decentes" a ese precio, a no ser que sean de segunda mano (y soy un poco escrupulosa y no, gracias).
Que sí, que sí, que algunos libros
son una verdadera m... caca.

O igual no son los libros, igual soy yo. Me he dado cuenta de que leo igual que escribo, algo que no es fácil de explicar. No es que me gusten los libros que se parecen a mi estilo, sino que me gustan aquellos de los que puedo aprender algo. Y, después de tanta clase de escritura, de tanto revisar, de tanto blog de escritura que visito a diario, tengo muy claro qué cosas quiero aprender de la gente y qué no. No me refiero a aprender cosas sólo de los genios de la literatura, que de los bestsellers también se aprende mucho. Por poner un ejemplo, de Stephen King copiaría hasta las comas (no es tontería: me fijo mucho en las comas, soy muy maniática, y King y Steinbeck puntúan como a mí me gusta. Sí, vaya comparación acabo de hacer, clavaditos los dos), pero Karl Ove Knausgård, que se supone que es un genio de la literatura, me ataca los nervios con sus detalladas descripciones, a pesar de que, lo reconozco, el tío escribe que te cagas (pero no es mi estilo). Si pudiera me reencarnaría en Toni Morrison, pero tal y como están las cosas voy bien dada si alguien llega a ponerme a la misma altura que Fred Vargas, a pesar de lo distintas que son nuestras temáticas. (Anda que no aspiro alto ni nada. Se nota que no tengo abuela.)

Estos días estoy leyendo un libro que, en mi humilde opinión, es pésimo con avaricia. Sí, ya sé que tengo un punto de masoquista, que nadie me obliga a leer algo que no me gusta, que por qué sigo con él si es tan malo. Pero aquí entra otra vez Stephen King y su libro On Writing, en el que viene a decirnos que hasta de los libros malos se aprende. Y yo de éste estoy aprendiendo un montón. Por ejemplo:
No lo iba a poner, pero no he
podido resistirme. ¿"Para
leer en el sofá en días de lluvia"?
¡¡Ja, ja, ja, ja, ja!!

  • No soporto a las Mary Janes. Sí, ese personaje femenino que es perfecto, que todo lo hace bien, que no ha roto un plato en su vida. En el libro que me estoy leyendo hay dos, y a las dos quiero darles de bofetadas (por no decir otra cosa) en cada página. Aparte de que son unas ñoñas, y no soporto los personajes femeninos ñoños.
  • Me pone muy malita cuando el autor o autora vierte en el libro todo lo que él o ella ha aprendido en la investigación previa. Estoy leyendo una novela que no me han vendido como histórica ni de viajes; sin embargo, no hago más que leer citas de autores alemanes de principios del siglo veinte y finales del diecinueve, y explicaciones sobre la flora y fauna del ártico. De verdad, me importa un bledo cómo se aparean los eideres. De hecho, ni siquiera sabía que "eider" fuera una palabra en castellano; hasta hace unos años pensaba que era euskera y hace poco me enteré que venía del inglés, pero no sabía que existía en castellano. ¿Veis como de todo se aprende?
  • Esas frases en las que, para explicar un sentimiento, dan más vueltas que un tiovivo. De verdad, con "estaba muy enfadada" me vale, no hace falta que te pases las siguientes diez líneas diciéndome lo mismo de distintas maneras. 
  • ¿Realmente hace falta que me cuentes la vida y milagros de todos los personajes? ¿Necesito saber que tuvo una infancia difícil si ahora es la persona más feliz del mundo y sus problemas no parecen afectarle lo más mínimo? Esto igual es cosa mía, que me gusta dejar a la gente con las ganas de conocer más al personaje (he leído Juego de Tronos, como comprenderéis me gusta la intriga. ¿Y Snape? ¿Qué me decís de no contarlo todo?); pero lo cierto es que me he saltado párrafos enteros de "backstory" que no me interesaban lo más mínimo. No creo que a la autora le hiciera mucha gracia saberlo.
  • Los diálogos forzados. ¡Ay! La historia pide una pelea entre madre e hija y, nada más verse en el aeropuerto, se pelean sin venir a cuento. ¿En serio? ¿Tanta prisa tienes? O esos diálogos espectaculares del tipo "como bien tú sabes, llevo cinco años divorciada", que dan pie a contar su vida A ALGUIEN QUE YA SE LA SABE. De verdad. Insufrible. 
Puede que sea maniática (qué porras, sí, lo soy), pero cada vez me cuesta más encontrar libros de autores contemporáneos que no me defrauden. Al final siempre termino yendo a los mismos: cada vez que Zadie Smith o Jeffrey Eugenides sacan libro, salto de alegría, por no hablar de mi querido (ji, ji) Robert Galbraith o la gran Elizabeth George. No son obras inmensas, no son Literatura con mayúsculas, pero son pasatiempos bien escritos, de gente que sabe cómo manejar una historia y que no comenten errores de principiante. Y si no, siempre me queda Stephen King, que al ritmo que escribe da para estar entretenida muchos, muchos veranos. Solo con lo que ya tiene, me da para otros veinte. 

El fin de curso que nunca llega


Si echo la vista atrás en este blog, estoy convencida de que encontraré entradas muy parecidas a ésta por las mismas fechas todos los años. Y es que hoy es treinta de mayo, lo que significa que estamos a punto de entrar en junio, último mes de clase, y mis fuerzas, que he debido medir mal, ya no me dan. Sí, ya sé que no trabajo en la mina, que ni siquiera tengo que coger el coche para trabajar, que encima me gusta mi trabajo, pero... Estoy muerta. Muerta, moría, matá, que decía el chiste. Y aún quedan cuatro semanas, cuatro, con los peques (y un mes enterito para los profesores y profesoras, que sí, tenemos vacaciones para exportar, pero seguimos al pie del cañón cuando los peques ya están en casa).

Y es que a veces parece que no me conozco. Cuando llega junio yo ya no valgo ni para arrastrar los pies por casa, y llego justo a cumplir con mis obligaciones en el trabajo (que, por supuesto, se multiplican en estas fechas). Llego a casa soñando con el sofá, con los programas de encefalograma plano de Divinity (me encantan los gemelos que arreglan casas), quizás con el libro que me esté leyendo en ese momento, y ya. No escribo, no produzco, soy como una seta pegada al tronco de un árbol, preocupada solo de crecer (en mi caso, hacia lo ancho). Este año, además, por partida doble, o cuádruple, ya no lo sé, porque me ha dado por ponerme a dieta a final de curso. Sí, como lo oís: tengo que batir el cansancio con 1.200 calorías diarias, y, en teoría, con tres días de gimnasio a la semana. Huelga decir que si voy uno, contenta. Mi excusa es que tengo clases de alemán dos días a la semana; la excusa que uso para no ir a alemán es que tengo que ir al gimnasio. Y mientras ahí estoy, tirada en el sofá con Al este del Edén (bueno, East of Eden, que yo lo leo en inglés) y tomando infusiones de regaliz sin azúcar por eso de que los líquidos son buenos para quemar grasas.

Así que por aquí voy a utilizar la misma excusa. Veréis, es que estoy muy liada, esta semana es de locura, reunión del consejo escolar, poner notas, preparar clases, hacer memorias, reuniones de evaluación... Y luego encima tengo alemán, y GAP, y hora y media de musculación en la sección de máquinas. Sí, bueno, y ese libro que me he leído tres veces pero que no puedo dejar de leer, porque, aparte de que me encanta la historia, habla del valle de Salinas, que fue mi hogar durante siete años, y cada vez que menciona King City me da un vuelco el estómago y me hace sentir una extraña morriña que no coincide con mis recuerdos de allí, pero qué se le va a hacer. Que no voy a pasarme mucho por aquí, vaya, y excusas no me faltan. Así que mantenedme vivo el huerto, regad las plantas y echadme un poco de menos, anda, a ver si vuelvo con más fuerzas en cuanto empiece con las vitaminas con ginseng.


Penny Dreadful, o cómo influye el entorno en las historias


Este mes ha empezado por fin la tercera temporada de Penny Dreadful, una extraña serie de terror ambientada en el Londres del siglo diecinueve. No es que la esperara como agua de mayo, ni que sea una fan terrible del género, ni que se haya convertido en mi serie favorita, pero la verdad es que es entretenida y termina enganchando. Que haya pasado un año desde que terminó la segunda temporada a que empezara la tercera también me ha hecho esperarla con más ganas, para qué nos vamos a engañar.

Como digo, la serie está ambientada en el Londres del siglo diecinueve (finales, parece ser, porque acaba de morir Tennyson), y solo podría ser más oscura y lóbrega si estuviera grabada en blanco y negro. Utilizan el imaginario colectivo para pintar una ciudad triste, ruidosa, siempre oscura, con escenarios acordes con el clima (casas enormes donde no hay ni un ápice de luz, paredes pintadas de negro, todo gris, todo triste), y aprovechan semejante entorno para meter demonios, brujas y bichos varios que más de una vez me han hecho dar un brinco. Lo que más me engancha de la serie es el uso que hacen de los monstruos literarios de la época. Desde el principio hemos conocido a Dorian Gray, ese joven que no envejece ni muestra en su aspecto la más mínima pista sobre los pecados y atrocidades que comete; también está Victor Frankestein, con su monstruo, por supuesto (en la serie crea más de uno), y un hombre lobo americano que, la verdad, creo que solo está ahí puesto porque necesitaban un héroe muy masculino y porque, qué demonios, es Josh Hartnett. Esta temporada se han incorporado otros dos mitos: Drácula y el doctor Jekyll, al que caracterizan como un mulato de Calcuta. Solo con los nombres ya imaginas lo que va a pasar en el futuro, y eso le da un toque a la serie que no había visto en ninguna otra.

Y es que la época era propicia para crear monstruos, más aún en Inglaterra. Desde aquel verano que no hizo sol por culpa de una erupción volcánica hasta la contaminación de una ciudades más industrializadas del mundo, Inglaterra era oscura, era inhóspita, triste, con paredes empapadas de ceniza y cielos cubiertos por nubes artificiales, por no hablar de la constante lluvia y esa humedad que se cuela hasta en los huesos. La oscuridad llama a los monstruos, ¿cómo si no iban a aparecer tantos en tan poco tiempo? ¿O es que acaso el gótico salió de la nada? Yo creo que no, que el entorno inspiró a Wilde, Shelley, Stocker y Stevenson. Dicen que el monstruo de Frankenstein surgió de una reunión de amigos en aquel verano sin sol, y estoy convencida de que el resto de los monstruos salió de la desesperación de la oscuridad, del frío, del bajón emocional que nos trae el invierno a los que nos gusta el sol. Porque el entorno condiciona, igual que nos condicionan nuestras experiencias, pensamientos, creencias. Habrá quien consiga librarse de las influencias, por supuesto, pero son unos pocos. Ni los grandes autores y autoras lo consiguen a veces.

Lo dicho: si te gustan las historias en las que things go bump in the night, te recomiendo Penny Dreadful. Si eres de las personas a las que les da miedo el sonido de su propia respiración por la noche, igual mejor Anatomía de Grey. Estás advertida/o.

Vuelta a los orígenes


Últimamente estoy echando la vista atrás para ver de lejos esas metas que me puse en su día, esos sueños que quería cumplir a lo largo de mi vida, y evaluar de qué manera los he conseguido o cuántos se han quedado por el camino. Yo le echo la culpa a la crisis de los cuarenta (este año todo se lo achaco a ella, pero es que no me diréis que no es buena excusa), por eso de replantearte tu vida y centrarte en lo realmente importante. Lo bueno (y lo malo) que tiene que te guste escribir es que hay documentos escritos allí donde mires, ya sea en forma de diario o entradas en el blog, que te recuerdan en qué pensabas hace unos años, o qué querías tener hecho cuando llegaras a la edad que tienes ahora. No me ha hecho falta leer mucho para ver que me he descarriado.

Este blog empezó porque me gusta escribir. Lo abrí como un diario, un sitio donde descargar todas las ideas que me cruzan por la cabeza, y me ha servido de mucha ayuda. Aquí publiqué pequeños relatos, anécdotas de la escuela, tonterías varias que la gente agradecía más o menos. Nunca he tenido cientos de seguidores, nunca he sido popular, ni falta que hace. Pero últimamente he perdido el norte. Este blog se ha convertido en el saco donde todo cabe, y no era esa mi intención. Las últimas entradas hablan sobre el colesterol y maneras de aprender inglés. ¿Qué tiene eso que ver con contar historias, que es lo que a mí me gusta? Por eso he decidido volver a los orígenes. Volver a escribir, o a reescribir en muchos casos, volver a preocuparme por lo que pasa en el mundo (sobre todo de la literatura, pero habrá más cosas, porque soy curiosa), y centrarme en lo que debería haberme centrado: escribir, escribir y escribir. Con anécdotas, quizás, y chistes, sí, y tonterías, vale, pero sobre todo escritura. Porque es hora de perder la vergüenza ante la gente que me lee y que conozco en persona, que quizás no sepa muy bien de qué pie cojeo porque me da vergüenza decir que escribo, y decirles bien claro: ¿sabes qué? Mi anhelo más grande es publicar un libro y poder llamarme escritora, además de maestra. Ni siquiera quiero vivir de esto, solo ser leída. Y con esa excusa creé el blog, y con esa excusa (en busca de una popularidad mal entendida) el blog se descarrió.

Si todo va bien y no me puede la pereza, este blog migrará en los próximos meses. Mientras tanto, aspiro a escribir cosas que os sirvan, que os interesen, con enlaces que os puedan servir a todos aquellos y aquellas que os habéis pasado por aquí buscando historias. Los otros blogs (uno de educación y otro de reseñas de libros) migrarán también, me los llevo a los tres. No desaparecen, son temas que me gustan demasiado. Quizás aspire a mucho al mantener tres blogs, no lo sé. Peor que ahora no voy a estar.

Vuelta a los orígenes. Vuelta a cumplir metas. Vuelta a ser quien debería haber sido los últimos años.

10 maneras de aprender idiomas y mejorar tu fluidez (¡sin estudiar!)



Creedme cuando os digo que llevo toda mi vida aprendiendo idiomas. Técnicamente, todos llevamos desde que nacimos aprendiendo nuestro idioma materno, pero yo además tuve la suerte de tener unos padres muy modernos que decidieron que mi hermano y yo aprendiéramos euskera desde la cuna. Empecé en la ikastola antes de cumplir los dos años, y de ahí en adelante todos mis estudios los hice en euskera. A los nueve empecé con el inglés (sí, tardísimo comparado a lo que se hace ahora), y ya de adulta me ha dado por el alemán, idioma que me encanta pero en el que nunca tendré la facilidad que tengo para hablar en cualquiera de mis otros dos "segundos idiomas". Los beneficios de aprender idiomas son muy numerosos; no voy a enumerarlos todos aquí, pero baste decir que hay estudios que defienden que ser bilingüe ayuda a retrasar la demencia senil y el Alzheimer, y está más que probado que saber dos idiomas facilita la adquisición de un tercero (y un cuarto, y un quinto). 

Pero aprender idiomas es duro. Todos y todas los que hemos aprendido un idioma de manera no natural (es decir, por inmersión) relacionamos el aprendizaje de lenguas con largas horas de clases, ejercicios de gramática, listenings imposibles que te provocan dolor de cabeza cuando acabas. No tiene por qué. Hay muchas maneras de mejorar un idioma sin asistir a clase, aunque, como siempre, lo que más importa es la motivación. Aquí os dejo diez maneras en las que no solo mejoraréis en fluidez, sino que lo pasaréis bien mientras lo hacéis. No están ordenadas en orden de importancia, ninguna de ellas funciona mejor que otra; elige la que más te guste y ponte con ello. Hoy mismo. 

Créme: necesitarás preguntar para entender esto. 
  • Viaja: Sí, parece de perogrullo, pero no veáis la de gente que no sale de casa porque dice no manejarse bien con el inglés. Viajar y ponerte en situaciones complicadas te ayuda a hacer uso de todo lo que sabes, incluidos signos y pantomimas. Mi consejo es que no viajes a un país donde el primer idioma sea el que estás aprendiendo. Si estás con el inglés, puede que no entiendas a un británico, pero no te será difícil entenderte con un alemán, o con un griego, o un italiano (aunque aquí te entienden mejor en castellano). Que no te asuste parar a la gente por la calle para pedir ayuda. Y cuando tus habilidades mejoren, ¡lánzate! Trata de entenderte con la recepcionista del hotel, pide comida en un restaurante fast-food. Lo mejor es que viajes solo o sola, o que seas quien mejor inglés tiene de tu grupo de amigos y amigas. Huye de viajes organizados, así no practicarás. Aprende a sacarte las castañas del fuego tú solo o sola. 
  • Pasa una temporada larga en otro país: Y no me refiero a "cógete un año sabático y vete a vivir a Italia", sino a "busca un trabajo y conviértete en uno de ellos". Parece difícil, pero créeme que no lo es. Moverse por Europa nunca ha sido tan fácil. Busca acuerdos entre gobiernos, suelen tener programas de intercambio que facilitan llegar al país con un contrato ya firmado. O hazlo por agencia, hay cientos en internet (cuidado con los timos, infórmate bien). Si eres profesor o profesora, por ejemplo, el MEC tiene un programa de visitantes que facilita a profesores españoles trabajar en Estados Unidos y Canadá. Aquí ya tienes que tener un nivel majo de inglés, pero lo que vas a aprender allí en un año no lo vas a aprender nunca quedándote en casa. Yo lo hice y fue la mejor experiencia de mi vida. 
  • Apúntate a clases, pero no de idiomas: ¿Has probado a hacer ganchillo en inglés? ¿Te gusta el dibujo y conoces a un artista nativo? ¿Por qué no le propones que te dé clases? Busca un grupo de amigos/as interesados/as en una actividad y buscad a alguien que pueda ofrecérosla. No tiene por qué ser nativo, basta con alguien que tenga buen nivel. ¿Pintura en alemán? ¿Guitarra en inglés? En la era de internet, nunca ha sido tan fácil encontrar a una hablante de chino mandarín experta en bisutería que esté dispuesta a ganar unas perrillas extras compartiendo lo que sabe. 
  • Habla con un nativo: Hoy en día, esta es una de las cosas más fáciles de hacer. Busca a alguien a quien le apetezca intercambiar idiomas, ya sea en tu ciudad o en internet. Italki, por ejemplo, es un buen sitio donde empezar; hay profesores de idiomas que dan clases por Skype previo pago, pero también hay mucha gente que ofrece hablar en su idioma nativo a cambio de que tú le hables en el tuyo (yo encontré a una alemana que vivía en Zaragoza que estaba aprendiendo euskera porque su marido era vasco, ¡cosas veredes, amigo Sancho!). También puedes acercarte a tu facultad de filología más cercana y encontrar anuncios de gente que se ofrece a dar clases de conversación. Seguro que encuentras a alguien en tu zona con quien charlar un par de días a la semana.
  • Lee cómics: Leer un libro en un idioma extranjero es difícil, por mucho que sean lecturas sencillas. Yo siempre recomiendo empezar por cómics, donde los dibujos y las onomatopeyas ayudan mucho a la comprensión. No te limites a súper héroes, hoy en día hay muchas novelas gráficas que merecen la pena. Aunque te cueste un esfuerzo, es lenguaje real (no escrito para aprendices de idiomas) y será mucho más útil que un libro escrito para, por ejemplo, estudiantes de A2. 
  • Ve películas y series en versión original: Espero que no seas de esas personas que dicen "o leo los subtítulos, o veo la película". No sabes lo que te pierdes cuando ves una serie doblada. Ya no es solo por la oportunidad de aprender el idioma, sino por la calidad de la actuación, de la que se pierde una barbaridad cuando lo ves en otro idioma. Eso sí, siempre con subtítulos, al menos al principio. Ahora, con la TDT y los canales de pago, ya no hay excusas para verlo todo en versión original. Cuando tengas un poco más de nivel, busca películas y series con subtítulos en el idioma original; seguirán siendo una gran ayuda, pero tu cerebro tendrá que trabajar un poco más. 
  • Escucha canciones mientras lees la letra: Soy dura de oído, a veces me cuesta descifrar lo que dicen las canciones incluso en castellano, y en inglés mucho más. No worries. Busca la letra de tu canción favorita en internet y escúchala mientras la lees. No te quedes en aprendértela de memoria, encuentra el significado de esa expresión que no terminas de entender. ¿Que tienes poco nivel en el idioma que estás estudiando? No es excusa. Las canciones pop son simples por definición. Busca una con estribillo facilón y ¡a cantar!
  • Júntate con gente que esté aprendiendo el mismo idioma: No hablo de nativos, hablo de estudiantes como tú. Seguro que en tu ciudad conoces a gente que está aprendiendo el mismo idioma que tú, con niveles distintos. Juntaos para charlar. La cosa es hablar, cometer errores, corregiros los unos a los otros. Este mismo grupo es con el que puedes organizar actividades más tarde, buscar un profesor nativo y dar una clase de cocina, por ejemplo. Intenta vivir en el idioma que has elegido. Haz amistades en ese idioma y siempre hablaréis en él. 
  • Lee blogs en el idioma que quieres aprender: No vas a entender todo, y no importa. Busca un tema que te guste, hazte con el vocabulario básico. Quédate con el significado general e intenta aprender una palabra o frase que no supieras antes de entrar en esa página. Es más barato que comprarte una revista y mucho más motivador. Si ese blog tiene vídeos donde explican cómo hacer algo, o fotografías mostrando el "paso a paso", mejor que mejor. No te haces una idea de lo que se aprende así. 
  • Enamórate en otro idioma: ¿Qué mejor lenguaje que aprender que el lenguaje del amor? Ni siquiera tiene que ser un nativo, sino alguien a quien le guste el idioma que estudias tanto como a ti. Podéis compartir experiencias, quizás te atrevas a viajar más cuando te ves acompañado de alguien que sabe tanto (o tan poco) como tú. Si encima tu pareja es nativa, ya ni te cuento. Tendrás que aprender por necesidad, que es la mejor manera de aprender. Pero el premio es la comunicación con la persona que quieres, ¿y qué mayor motivación puedes encontrar?


Recuerda que lo más importante a la hora de aprender un idioma es mantener la motivación. Ésta puede ser externa (por trabajo, por necesidad, porque tus suegros no hablan tu idioma) o interna (porque te gusta, porque sí), pero sea cual sea, lo primero es convertir el aprendizaje en algo divertido y a lo que no le cojas manía. Dicen que los seres humanos aprendemos por tres razones: porque es interesante, por que nos es útil o porque nos divierte. Elige tu razón (pueden ser las tres) y ponte a ello. Hoy mismo. No hay excusas. 

Las mejores series para ver en versión original

Soy de esas personas que siempre procura ver las series y las películas en versión original. No soporto los doblajes, por mucho que digan que están muy bien hechos y que España es el país de Europa donde mejor se dobla. No me gusta que las palabras no coincidan con los gestos de los labios; creo que se pierde un montón de información cuando se dobla, por no decir que nos perdemos una buena parte de la actuación del actor/actriz; no me es verosímil que gente que vive, por ejemplo, en Nueva York, hable castellano; y, si conozco la voz original del actor o actriz, ningún doblaje podrá igualarla. Aparte de todo esto, ver la televisión en inglés es una de las mejores maneras que conozco para no perder oído, que bastante estoy perdiendo ya desde que volví de Estados Unidos. Me mantiene alerta, me recuerda expresiones y he aprendido más de una que no conocía.

Por supuesto, ver la tele en versión original requiere cierto nivel de inglés, pero no tanto como algunos piensan. Hoy en día, con la TDT, las teles inteligentes, los paquetes de serie, etc., es más fácil que nunca poder cambiar el sonido a versión original, y de verdad os digo que la mejora en la comprensión se multiplica por mil si lo coges por costumbre. No digo que os lancéis sin paracaídas. Cualquier serie no vale para empezar a ver la tele sin la muleta que supone el doblaje, y tampoco os digo que lo veáis sin subtítulos. No hay nada malo en usar subtítulos, siempre que puedas comprender algo de lo que están diciendo en la pantalla, lo suficiente para no perderte. Si dependes exclusivamente de los subtítulos, no vas a aprender el idioma. Algunas series son más fáciles de comprender que otras, y aquí va una pequeña lista que espero que os sirva de ayuda a la hora de elegirlas.


  • Una de mis series favoritas, por la trama y por el idioma, es Perdidos (Lost). Ya sé que esta serie es una cuestión de amor u odio, no hay término medio, pero si consigues engancharte (o ya lo estuviste), es una serie genial para ver en inglés. Hablan muy claro, vocalizan muy bien (menos Sawyer cuando murmura, a quien no entiendo nada) y tiene un montón de acentos que te ayudarán a ver cuál entiendes mejor (yo sigo diciendo que el americano es mucho más fácil que el británico; en esta serie tienes los dos, más australiano, más uno que se hace pasar por iraquí aunque el actor es británico). Cuando vocaliza y pronuncia bien, Sawyer tiene un lenguaje muy colorido, lleno de frases hechas típicamente americanas, y los diálogos más divertidos de toda la serie. No te agobies si no pillas el humor al principio, es lo más difícil de conseguir en un idioma nuevo. 

  • En general, las sitcom (comedias de situación que duran más o menos media hora) son más fáciles de entender que las series más largas. Una de ellas es The Big Bang Theory, que, de nuevo, es para gustos, pero también pronuncian muy bien y es fácil de seguir. Y, al ser más corta, el esfuerzo será menor. 

  • Mom es otra serie donde pronuncian bien y vocalizan mucho. El objetivo es hacer reír, y si no te entienden poca leche vas a conseguir. Dejé de seguirla porque me perdí varios capítulos y me daba pereza volver a encontrar mi sitio, pero la verdad es que es muy entretenida y tiene situaciones muy divertidas que se entienden bien. No te hace falta tener mucho conocimiento de la cultura americana para entenderla. 

  • Community, sin embargo, es una serie para la que quizás sí necesites saber algo más sobre la cultura americana. Es una serie algo más difícil que las anteriores a nivel de lenguaje, pero otra que se entiende bien. De nuevo, para gustos, es muy ridícula a veces y un poco surrealista, pero entretenida. 
De las series que he visto últimamente, solo recomiendo estas porque creo que son adecuadas para alguien con un nivel intermedio de inglés. Anatomía de Grey es muy entretenida, pero a mí me cuesta seguirla a veces, lo mismo que The West Wing, o los mismísimos Will and Grace, que hablan tan rápido que ni con subtítulos. ¿Alguien ha visto alguna de las que menciono? ¿Estáis de acuerdo? Ante todo, aseguraos de que os gusta lo que estáis viendo, porque por mucho que os diga que la serie es buenísima para aprender idiomas, como no os guste vais dados (y dadas). 

De expresiones que me encuentro por ahí o cómo sacarme de quicio

Para los seguidores y seguidoras asiduas de este blog no es novedad decirles que me gusta leer. Leo bastante, aunque no me atrevería a decir que leo mucho porque siempre hay alguien que lee más que yo (como dijo Jess en "Las chicas Gilmore", ¿qué es leer mucho?), pero sí lo suficiente para considerarme lectora habitual. Leo en los tres idiomas en los que el lenguaje y la gramática no me suponen un escollo a la hora de entender lo que leo (o sea, inglés, euskera y castellano), y a veces, dependiendo de la época del año en la que me encuentre y lo mucho que me apetezca o no hacer ejercicio, escucho audio libros o podcasts (en inglés en su mayor parte) mientras paseo por la ciudad. Me paso el día rodeada de lenguaje, de palabras, de expresiones. Y, como todo en esta vida, tengo mis favoritas y mis más odiadas. Aquí va una lista de cosas que hacen que me ardan los ojos (si estoy leyendo) o me piten los oídos (si lo estoy escuchando).


  • Pensé para mí mismo: Esta es una que no se da tanto en castellano como en inglés, idioma en el que parece haberse convertido en muletilla. "I thought to myself" es repetido varias veces en todos los podcasts que escucho, y más de una vez lo he encontrado escrito. En castellano no aparece tanto, y en euskera aún menos, demos gracias. Cada vez que lo escucho, el demonio gramatical que habita en el hemisferio izquierdo de mi cerebro sufre una apoplejía. ¡Por supuesto que pensaste para ti mismo, si no estarías hablando! Pensar es una actividad íntima, silenciosa, que pasa en tu cabeza. "Para uno mismo" es algo intrínseco en el verbo "pensar". Es como decir "la blanca nieve" (¡ay!, ¡otra!). ¿De qué color va a ser? Sí es interesante decir que "pensó en voz alta", o "hablaba como pensando en voz alta", porque ahí sí que me estás diciendo algo que no está unido al verbo, que se sale de la norma y hace falta describir (como decir "nieve negra" porque hay tanta contaminación que los copos son oscuros, o porque en lugar de nieve es ceniza). Los verbos encierran más significado dentro de ellos que el simple acto, deberíamos prestar un poco de atención. 
  • Bajar abajo y subir arriba: No voy a ser tan pedante como para no admitir que lo he dicho más de una vez, porque todo el mundo que habla castellano lo utiliza (ojo: castellano, no español; tuve una vez un alumno chileno que se meaba de risa cada vez que alguien lo usaba). Pero una cosa es decirlo y otra muy distinta escribirlo. Escribir supone recapacitar sobre lo que se está haciendo, tomarse su tiempo, ser exacto/a con las palabras. "Subió a por un jarrón" es información suficiente, no hace falta decir "subió arriba a por un jarrón". De nuevo, característica intrínseca que se nos escapa cuando hablamos (y es normal), pero no debe hacerlo cuando escribimos.
  • Ambos dos: ¡Ay! ¡Cuánto dolor! No voy a tentar a los dioses de la migraña diciendo que esta expresión me las provoca, pero casi. La he visto escrita en periódicos que van de serios y en algún libro muy mal corregido, y se la he oído decir en televisión a más de un periodista. Pero la que me dejó tirada en la silla, la que me mató un poco, fue "ambos tres". De nuevo, de boca de un periodista. A punto estuve de llamar a la cadena, o escribir un email, o hacerle el harakiri a un muñeco vudú con la cara del periodista. Creo que lloré un poco. Ambos es sinónimo de "los dos", así, con artículo y todo. Si no puedes poner "los dos" (o "las dos") en lugar de "ambos" (o "ambas"), lo estás usando mal. 
  • Me comí sendas galletas: No voy a poner "sendos" a la misma altura que las anteriores porque es una expresión que se usa menos y la gente no tiene muy claro por dónde le da el aire, pero no lo perdono ni en un libro ni en un periódico, y mucho menos a un/a periodista (y sería razón suficiente para dejar de seguir un blog). Sendos significa "uno cada uno". Puedes decir "mi amiga y yo nos comimos sendas galletas" y estás diciendo que os comisteis una galleta cada una, pero no puedes decir "yo me comí sendas galletas". No es sinónimo de dos. Tú sola no puedes usar "sendos". Y por supuesto, no puedes decir "un sendo gol", como alguna vez he oído. Sendos siempre va en plural. Haz la prueba, hasta el corrector te lo corrige. 
  • Poner comas entre el sujeto y el predicado: Esto puede conmigo. Vaya por delante que soy muy picajosa con las comas, porque para mí son una herramienta que ayuda enormemente a la comprensión, y por tanto también la impide. Acabo de terminarme un libro (una traducción) que usaba las comas sin ton ni son, hasta tal punto que más de una vez he tenido que volver atrás para entender lo que decía la frase. Las comas son algo muy personal y en parte dependen de la expresión de cada uno, pero hay algunas normas que son como lo de poner m antes de p o b, y no usar coma entre el sujeto y el predicado es la más importante de ellas. He dejado de visitar más de un blog por esta causa, y más de una vez he encontrado artículos en los que esta coma estaba mal puesta (y uno de ellos fue en El País, lo que me parece muy curioso, porque su libro de estilo deja bien claro que es un gran fallo). Cuando hablamos hacemos una pausa entre uno y otro, pero cuando escribimos no hace falta poner la coma, es una pausa que nos sale sola y no llega a ser tan grande como una coma. Por favor, aunque solo os llevéis este pequeño detalle de este post: no pongáis coma entre sujeto y predicado. Por favor. Por favor. 
Solo son cinco, pero tendríais que ver la de veces que me las encuentro. Puedo aceptarlo de un estudiante, de alguien que no se dedica a la escritura, de una conversación de bar, pero no puedo aceptarlo de un texto escrito. Y sí, los blogs son textos escritos, por ti y por mí, y tenemos la responsabilidad de escribir lo mejor que podamos y no promover fallos que empobrezcan la lengua. ¿Es una tontería? Puede. Pero una es maestra, filóloga y un poco cabezona, y ciertos fallos no se los perdono ni a mi madre. Mucho menos se lo voy a permitir a un blog, no digamos ya a un artículo a cambio del cual se ha pagado dinero. Serán cosas mías. O no, quién sabe. 

Remedios naturales contra el colesterol


Ya lo dice bien claro la cabecera de este blog: "De todo un poco y un poco de todo. Literalmente". Y, como últimamente estoy obsesionada con este tema, hoy me ha dado por escribir sobre todos los remedios naturales contra el colesterol que he ido encontrando estos días.

¿Y esto a qué viene ahora? Pues viene a que la semana pasada la médica me dio un susto de muerte cuando me dijo que tenía no solo el hierro bajo (de lo que suelo padecer, ¡qué bonito es ser mujer!), sino el colesterol por las nubes. Ella dijo "un poco alto", pero cuando vi la cifra me asusté, y comentándolo con gente que también ha sufrido del tema me dijeron que mis casi 250 de colesterol era como para acojonarse un poco. Me confesé ante la médica y le dije que últimamente estaba comiendo muy mal, con lo que la única receta que me dio fueron dos hojas con la dieta mediterránea detallada. "Confío en que la vas a seguir, así que no te receto nada". ¿Seguir? Se ha convertido en mi biblia.

No solo estoy siguiendo lo dicho a rajatabla (¿sabéis lo difícil que es ir de pintxos por Vitoria y encontrar alguno que no tenga ni jamón, ni huevo, ni morcilla?), sino que, además, he buscado en internet otras maneras de bajar esa espantosa cifra. Ya sé que lo que viene en la red no siempre es de fiar, pero entre lo que me han contado compañeras que consiguieron bajar el colesterol y lo que me ha dicho la médica, ya tenía un buen comienzo y una guía que me ayudara a encontrar más soluciones. Además, al ser todo natural, aunque termine no siendo bueno contra el colesterol estaré comiendo mejor, un poco de todo y a tope de vitaminas. Así que ahí va mi lista de remedios naturales, diciendo bien clarito de dónde me he sacado yo todo esto.


  • No comer grasas animales ni bollería industrial: Esto es de perogrullo, pero por si a alguien le cabía la duda, aquí va. La médica me advirtió, sobre todo, lo de la bollería industrial, y me ha prohibido todo tipo de embutidos (a excepción del pavo). De momento lo llevo bien, pero ya os diré dentro de una semanas cómo aguanto sin comer jamón del bueno. 
  • Añadir frutos secos a cada comida: Esto viene directamente de boca de mi médica. Me advirtió que los añadiera a la comida en lugar de picar a deshoras, que tampoco es cuestión de bajarse una bolsa de almendras mientras ves la tele. Una compañera que consiguió reducir el colesterol de cuajo me comentó que ella come nueces todos los días. También son buenas las almendras, las avellanas y los cacahuetes. Con lo que a mí me gustan los frutos secos, este ajuste no va a suponer un esfuerzo.
  • Aceite de oliva en cantidad: Que es bueno para todo. En la dieta que me dio también acepta el de girasol, pero para qué complicarse. 
  • Verdura y fruta, a saco: La fibra es muy importane en la lucha contra el colesterol, porque se lleva todo lo que no nos hace falta. Investigando un poco, las mejores verduras para bajar los niveles son la berenjena, la lechuga, la coliflor, el brócoli y las coles de Bruselas. Si no te gusta ninguna de estas da igual, come cualquier verdura en cantidad. 
  • Omega 3: De todos es sabido que el omega 3 es bueno para el corazón. Se encuentra en el pescado azul y en frutas como el aguacate, que está petado. Si tienes que elegir, mejor pescado que carne; en mi caso, como también tengo bajo el hierro, me tiro más hacia la carne y las lentejas, pero sin olvidarme de meter un poco de atún o salmón a la dieta. 
  • Añadir cítricos a la dieta: Esto ya entra en el saco del "me han dicho". Me lo comentó la misma compañera de las nueces, que ella toma un cítrico al día y es mano de santo. Me puse a rondar un poco por internet y encontré varias páginas que lo confirmaban. Sea o no sea cierto, como comer mandarinas y naranjas me encanta, no creo que me vaya a hacer daño. En muchas recomiendan tomar un zumo de limón al día, algo que yo no hacía porque tenía miedo a que facilitara la anemia. Parece ser que eso es un bulo, pero yo por si acaso limito el zumo de limón al pescado y a regar las mandarinas. Sí, sí: mandarinas con un poco de sal y zumo de limón, una merienda espectacular. Y si a eso le añades un aguacate y un puñado de nueces, tienes una bomba contra el colesterol y una estupenda ensalada de fruta con la que acompañar el pescado (pero no abuses si estás intentando perder peso, que el aguacate es pura grasa, aunque sea de la buena).
  • Té rojo: De nuevo, aquí entro en el mundo de la especulación, pero como el té rojo es bueno para muchas cosas, no creo que me vaya a hacer daño. Por lo que he leído, tres tes al día favorecen la bajada del colesterol. Yo no me veo tomando tres al día (bueno, quizás el fin de semana), pero uno al día sí que tomaré. No creo que vaya a ser muy significativo, aunque sumado al resto de los remedios... Quién sabe. 
  • Haz ejercicio: Otra vez: perogrullo. El colesterol es grasa, y para bajar la grasa hay que moverse. Sé que cuesta, sé que hace falta tiempo y tener ganas. Pero hay que hacerlo. Yo ya me he puesto como objetivo una media de 20.000 pasos al día (dicen que 10.000 son suficientes para mantener el colesterol a raya, pero digo yo que cuanto más mejor). También quiero hacer yoga y volver a retomar mis vídeos de ejercicios en Youtube. Ya os diré si lo cumplo.
  • Ajo: Hay varios estudios que demuestran que el ajo ayuda a mantener niveles saludables de colesterol, pero ojo, es a largo plazo. Es una buena manera de mantenerlo a raya cuando ya has hecho todo el trabajo previo y lo has bajado a niveles aceptables. Además, con lo bueno que está, es una de esas cosas que notaría mucho si me lo prohibieran. Mejor que sea bueno. 
Como veis, remedios para todos los gustos. No añado lo de los yogures esos especiales para bajar el colesterol, o las leches que defienden hacer lo mismo, porque para mí eso ya no es natural, está modificado para hacer una función. Lo ideal es comer sano, comer de todo y no abusar de nada, y moverse todo lo que sea posible. Tengo pensado volver a hacerme análisis en tres meses para ver si esto va a mejor (sobre todo lo del hierro, que me tiene agotada). Ya os contaré. Voy a ser la más sana del barrio, como que me llamo Ruth.