California: Santa Cruz y San Luis Obispo


Los primeros días del viaje utilizamos King City como campamento base y visitamos los pueblos de la zona, algunos de los cuales merecen mucho la pena. El primero fue Santa Cruz, tierra de surfistas y capital de las lesbianas (aunque de los primeros he visto muchos, las segundas son más discretas y todavía estoy por ver una pareja cogida de la mano); paseamos por el centro, volamos unos cuantos dólares en las tiendas “superchupis” de la calle principal y subimos a ver el faro y la playa de los perros, donde a partir de cierta hora parece estar prohibido entrar si no llevas a tu mejor amigo contigo. El tiempo se confabuló contra nosotros, y no porque hiciera malo. En Santa Cruz siempre hace frío, un frío de esos que te hiela los huesos, pero aquel día nos achicharramos, con lo que mis roommates y yo quedamos como unos sucios mentirosos ante Marta y Javi. Incluso volvimos con sendas quemaduras en los hombros.

Al día siguiente fuimos a la ciudad universitaria por excelencia de la zona, San Luis Obispo, donde hicimos casi exactamente lo mismo que habíamos hecho en Santa Cruz con una parada muy especial: era 21 de julio y había que comprarse el séptimo de Harry Potter, por más que me hubiera propuesto no empezar a leerlo inmediatamente. Y, ya que había entrado, arramblé con unos pocos libros más (tenía que volver a leer a Steinbeck) y fuimos a la cafetería de enfrente a tomarnos un refrigerio. Sí, ya sé que los Starbucks son el epítome del capitalismo estadounidense, pero qué le vamos a hacer: a mí me encantan. Puede que sea lo que más me gusta de California, y sin un par de ellos al día (tall ice mocha with whip cream, please) no soy persona.
Aquella misma noche empecé a leer a Harry… No sé para qué trato de engañarme a mí misma.

California: King City

Después de tamaña odisea, llegar a San Francisco fue como llegar a Tierra Santa. No besamos el suelo porque, con lo raritos que son los estadounidenses, nos jugábamos una detención, pero yo no podía dejar de saltar de emoción por más cansada que estuviera. Pasamos nuestra primera noche en un hotel cercano al aeropuerto –la ciudad no la vimos ni de lejos, aunque se intuía bajo las nubes que prometían niebla en la ciudad del Golden Gate- y a la mañana siguiente volvimos al aeropuerto a recoger nuestro maravilloso todoterreno que nos convirtió en un auto más en aquella marabunta de tanques. Enfilamos el camino al sur por la 101. Increíble. Había pasado más de un año desde la última vez que condujera por aquella carretera, pero parecía que nunca me había ido.

Antes de ir a King City pasamos por Monterey (si habéis leído “Las uvas de la ira” os sonará) y Carmel (cuyo alcalde fue Clint Eastwood y donde el suelo huele a dólares), sitios de los cuales no saqué fotos en este viaje porque debo tener carretas y carretones de tantas veces que he ido.

A pesar de ser lugares muy turísticos, ambas ciudades parecían desiertas, quizás porque era un jueves de julio y los visitantes no llegarían hasta el fin de semana. Paseamos por las calles de Monterey, visitamos el dique con sus tiendas de souvenirs, vimos las focas que habitan allí –qué fría está el agua del pacífico, madre- y pisamos la arena de la playa de Carmel, un sendero blanco que se alarga hasta donde se pierde la vista y donde acuden los pintores de la zona (el pueblo está lleno de galerías de arte) a pintar los atardeceres. Por cierto, nunca había visto a nadie aplaudir a la puesta de sol. ¿Creerán los californianos que el atardecer del día siguiente será más bonito si sus aplausos son más cálidos?

Después de ver la misión de Carmel por fuera –han cerrado la puerta de la iglesia, pillines, se han dado cuenta de que la gente hacía el tour de la misión al revés, entrando por la salida y ahorrándose los cinco dólares que cuesta la entrada-, emprendimos la marcha hacia King City y vi algo que nunca había visto en aquella zona en mis siete años de vida allí: un atasco monumental que convirtió un trayecto de veinte minutos en una hora larga. Pero llegamos, y lo primero que hicimos nada más dejar las maletas en mi antigua casa y saludar a mis etxekides/roommates fue ir a tomar una cerveza al bar del pueblo, donde, sin comerlo ni beberlo, tuvimos un espectáculo digno de una película de Jodie Foster: un matrimonio discutía en una de las mesas, con él murmurando entre dientes “fuck you” a escasos milímetros de la cara de ella, los hijos viendo los dibujos en la barra del bar. De repente, ella se puso de pie sobre la banqueta y empezó a gritar: “¡ESCUCHAD TODOS! ¡LE HE PUESTO LOS CUERNOS A MI MARIDO! ¡LE FUI INFIEL CON UN MEJICANO HACE AÑO Y MEDIO!” El resto no lo oímos porque salimos pitando del lugar. Él medía casi dos metros y tenía la hechura de un levantador de pesas vasco, así que nos fuimos antes de que empezaran a volar las hostias.


Huelga decir que Javi y Marta se llevaron una grata primera impresión del pueblo.

California: Philadelphia


Un consejo: si tenéis que viajar a California, hacedlo en vuelo directo desde Europa para no tener que hacer escala en una ciudad de Estados Unidos que no sea la de destino, y sobre todo, nunca, nunca, vayáis por Philadelphia. No hay cosa peor tras siete horas de vuelo que tener que coger las maletas, pasar la aduana, volver a dejar las maletas, pasar la inspección de agricultura, seguridad, embarque… Y nunca he visto gente más desagradable que los trabajadores de Philadelphia. Se salen.
Habíamos vuelto a facturar las maletas (alucinados ante el hecho de que las levantaran un metro sobre la cinta y las dejaran caer con toda su mala leche, si hacen eso delante de los dueños qué no harán cuando no haya nadie mirando) y nos dirigimos a la famosa ventanilla donde, supuestamente, Javi tenía que recoger su tarjeta de embarque. En la puerta de Madrid le habían hecho una manual asegurándole que no tendría problemas con ella; por supuesto, los tuvo, y gordos.
-No, no, tienes que ir a la ventanilla de United, esto es US Airways.
-Ya, pero es que la tarjeta me la ha hecho US Airways.
-No, no, ve por este pasillo hasta la terminal D.
Pero, oh, problema, para llegar a la terminal D había que pasar por un control, y en el control no le dejaban pasar con su tarjeta manual.
-No tiene fecha. Tienes que volver a que te pongan la fecha.
-¿Y si la ponemos nosotros? –comentó Marta de camino.
-A ver si vamos a meter la pata…
En la ventanilla nos miraron como las vacas al tren. ¿Una fecha? Sí, claro que te la pongo. ¿Qué día es hoy? Diecisiete. Ah, no, dieciocho (tachón en tarjeta de embarque). Vuelta atrás, pasamos el control con un ceño fruncido. Llegamos a seguridad. Marta pasa primero, yo me quedo la última por si le ponen pegas a Javi. Por supuesto, se las pusieron.
-No, no, con esto no puedes entrar. Quiero la blanca, como la que tiene ella.
-Y yo también, pero no me la dan. Me han dicho que con esto era bastante.
-Espera, que pregunto a un compañero.
Tres personas miran la tarjeta de embarque de Javi y fruncen el ceño.
-Tiene un tachón.
-Nos lo acaban de hacer al ponerle la fecha.
-Pues con este tachón no te puedo dejar entrar. Tienes que volver a la ventanilla.
-You have to be kidding, right?
Ceja levantada del negrazo con cara de pocos amigos. Me callo. Le indica a Javi que se ponga las zapatillas y le siga. Yo hago amago de ir con él para ayudarle con el inglés. El negro me para en seco.
-No necesita que vayas con él, sólo tiene que sacar la tarjeta de embarque.
Sin cinturón, pasaporte ni dinero, Javi desaparece, y Marta y yo nos quedamos con cara de tontas sin saber cómo ayudarle. Se me ocurre que quizás en la puerta de embarque puedan hacer algo, y dejo a Marta esperando a su novio mientras yo corro por los pasillos. Por supuesto, nuestra puerta es la más lejana. Quince minutos más tarde, un indio (de la India, no nativo americano) me dice que no puede hacer nada. Me doy la vuelta, jurando en arameo y segura de que vamos a perder el avión (queda media hora para embarcar), planeando llamar al consulado de Nueva York, a la abogada de Los Ángeles y a la CIA si hace falta, cuando me doy de bruces con Javi y Marta. Javi está sudando por todos los poros de su piel, está hasta pálido.
-¡Te han dejado pasar!
-Sí, previo pago.
-¿Cómo?
-Pues que el negro de la puerta me ha hecho así –se frota tres dedos de una mano- y le he tenido que dar treinta dólares para que me dejara pasar.
Dios mío. Habíamos llegado a una república bananera con ínfulas de democracia.

California: Primera etapa


El viaje empezó mal, aunque no tanto como para vaticinar lo que nos pasaría más tarde. No habíamos salido de Vitoria cuando surgió el primer contratiempo: Javi se había traído el pasaporte viejo en lugar del nuevo, caducado y sin la banda magnética que piden para entrar en Estados Unidos. Yo me eché a reír con ganas, Marta corrió a cambiar los billetes del autobús y Javi se dio de cabezazos contra la pared de la estación, para delirio mío. Eran las cuatro de la tarde, nuestro avión no salía hasta la una de la tarde del día siguiente, había otro autobús en apenas dos horas, el mal era menor; además, no había sido yo la del despiste, así que me divertí de lo lindo con la anécdota. Creo que alguien comentó “ojalá sea esto lo peor que nos pase”. Vaya manera de gafar un viaje.
Cogimos el autobús de las seis menos cuarto, el interpueblos, qué ancha es Castilla, madre. Cinco horas más tarde y con “Brooklyn Follies” casi terminado nos encontrábamos en Madrid, y una hora después habíamos conseguido localizar el hotel (¡escaleras mecánicas en el metro ya!). Dormimos a pierna suelta, relajados y confiados, pensando en llegar con tiempo al aeropuerto al día siguiente. Lo hicimos, para las nueve y media ya estábamos allí, y, aunque el avión no salía hasta la una, nos pasamos nuestra hora larga en la cola. Cuando llegamos al mostrador, Javi demostró que no se puede viajar con él: a Marta y a mí nos dieron nuestras dos tarjetas de embarque, a él sólo la primera, hasta Philadelphia.
-Perdona, a mí sólo me has dado una y a ellas dos –le comenta a la azafata.
-Es que el ordenador no me deja, tenéis reservas distintas.
-¿Cómo que distintas, si compramos los tres billetes por Internet al mismo tiempo?
-Pues el ordenador no me deja darte el segundo billete. Pero no te preocupes, en Philadelphia vas a la ventanilla de United y te la dan al momento.
Con la mosca detrás de la oreja y tras preguntar en la oficina de US Airways y recibir la misma respuesta, embarcamos en el avión y cogimos nuestros maravillosos asientos de salida de emergencia (Javi y yo fuimos con las piernas bien estiradas; Marta cedió su asiento, qué buena es ella, a una señora con tromboflebitis que no le dio ni las gracias). Echamos unas cabezadas, leímos, vimos un par de películas en las pantallitas individuales y llegamos a Philadelphia antes de que nos doliera el culo, lo que supuso un gran alivio. Primera etapa conseguida, sólo quedaba la peor parte (para mí) del viaje: pasar la aduana. En mi último año de trabajo en California había tenido ciertos problemillas con el visado y temía que me pusieran pegas para entrar, aunque había preguntado a una abogada, investigado en internet y leído bien todos los papeles de visados anteriores que tenía y no parecía que fuera a haber problemas. Aún así, fui ligeramente temblorosa a la ventanilla. Entregué mi pasaporte y mis papeles, respiré hondo… y vi cómo el agente sellaba mi visado de turista sin hacer más preguntas que “what’s the purpose of your visit?” Me dejé tomar las huellas y sonreí a la cámara con la mayor de las alegrías.
Marta tampoco tuvo problemas con los papeles (aunque hubo un momento de descojone por mi parte otra vez, cuando le hicieron poner la huella dactilar del índice derecho, en el que le falta la primera falange), pero cuando le llegó el turno a Javi… Hay que ser gafe, coño. El agente de la aduana cogió sus papeles y empezó a hacer rayas con el fluorescente, indicándole que tenía que coger sus maletas e ir a la sala de inspección secundaria. Muerta de risa, le acompañé para ayudarle con el inglés, aunque resultó que no le hacía falta. El agente que nos tocó debía estar más harto que nosotros y ni siquiera le abrió la maleta. Pasamos la inspección agrícola y seguimos adelante.
Ya sólo nos quedaba conseguir la segunda tarjeta de embarque de Javi y cruzar seguridad. Coser y cantar, según nos habían dicho en Madrid.
Como pille a la azafata que nos atendió en Barajas...

De vuelta

Se acabaron mis dos semanas de vacaciones americanas, aunque aún me queda mi estupendo mes casi entero para disfrutar de mis libros (me he traído una docena), mis revistas y el sol de aquí, mucho más benigno que el californiano. He vuelto con un montón de fotos que os iré enseñando y explicando cuando se me pase el jet lag y la resaca del cuatro de agosto -txupinazo de las fiestas de Vitoria y bajada de Celedón, imprescindible pillársela histórica-, y con un dedo del pie morado -posible esguince o rotura, a ver qué me dicen esta tarde- por una patada involuntaria a una maleta. Estoy agotada, pero encantada con mi super excursión. Ya os iré mostrando los lugares de lujo en los que estuve poco a poco.
En otro orden de cosas, y recordando un antiguo post en el que hablaba de todas las cosas buenas que me podían pasar este año, mientras estaba de vacaciones han ocurrido dos (bueno, una y media): he aprobado las oposiciones (7,75, gran sorpresa porque me esperaba un tres siendo generosa, pero no tengo plaza porque no tengo méritos suficientes) y ya me he leído el último de Harry Potter (sobre el que, seguramente, haré un post aparte porque se lo merece; snif, se acabó una era). Ya sólo me queda aprobar el examen de traducción, que será en enero y que supondrá que el 2008 también será mi año.
Hasta pronto. Qué gusto da estar en casa, madre.

King City, California

Aquí os dejo un par de foticos del lugar que me acogió durante siete años, King City, en el condado de Monterey, California (no confundir con Monterrey, Méjico). Obviamente, no son muy modernas, pero las he elegido porque quería que viérais lo mismo que debió ver Steinbeck cuando escribió "Al este del Edén". Si habéis visto la película, habéis visto King City (James Dean se baja en la estación de tren del pueblo; curioso, hoy en día King City no tiene estación) y si habéis leído el libro (qué obra de arte, madre), habréis sentido el calor del valle de Salinas en la piel, y la inmensidad de las sierras que bordean el pueblo, y la sequedad de la tierra en los pies...
Espero poner fotos un poco más modernas a mi vuelta. Entre tanto, disfrutad de estas.

Esto es lo que Steinbeck veía cuando escribió su novela.



El instituto, de 1910, que aún se usa; declarado monumento histórico (creo que es el edificio más antiguo del pueblo, angelicos.

Que te vaya bonito



Se nos marcha. Después de años de estar "amenazando" con irse a la NBA, por fin llegó el día. Luis Scola, capitán de capitanes, campeón olímpico, gran persona y mejor jugador, se nos marcha a Houston. Snif. Ya no te veremos hacer filigranas en Vitoria, ni repartir leña a pivots que te sacan una cabeza.
Adiós, Luis. Y que te vaya bonito.

¡Guapo!


¡Pero qué guapo es mi monstruo, madre!
(Entrada debida al sentimiento de culpa por dejarle dos semanas al cuidado parcial de terceras personas. Pobre bicho, qué solo va a estar.)

Y la semana que viene...

A ver quién adivina dónde me voy la semana que viene...


(Gracias, Rhytmduel, por el tutorial)

Pecado mortal

-Padre, quiero confesarme. Creo que he pecado.
-¿Crees? Hija, pecar es como estar embarazada o pitar un penalti, se peca o no se peca. A ver, ¿qué has hecho?
-He leído a James Salter.
-Salter, Salter,… Sí, me suena. Pero no está en la lista de libros prohibidos, ¿no? Hasta donde yo sé, es un gran escritor.
-Ay, padre, que no me ha dejado usted acabar. He leído a James Salter… y no me ha gustado.
-¿Cómo que no…? Pero hija, eso es imposible, a todo el mundo le gusta Salter.
-A mí no. Y eso tiene que ser pecado, ¿no? He tenido que incumplir algún mandamiento.
-Ninguno de los diez mandamientos dice nada de amar a Salter por encima de todas las cosas, hija.
-Pues si usted lo dice será verdad. Yo soy atea, así que ni idea.
-Si eres atea, ¿por qué has venido a confesar algo que ni siquiera es pecado?
-Que sí que lo es, padre, que yo lo sé. Todo el mundo pone a Salter por las nubes, su gran dominio de la palabra, su agudeza a la hora de utilizar las expresiones justas, las imágenes perfectas, las descripciones exactas…
-Y tú no opinas lo mismo.
-No, si en eso estoy de acuerdo, pero es que…
-¿En qué quedamos? ¿Te ha gustado o no te ha gustado?
-Me han gustado sus descripciones, sí, y estoy de acuerdo en que nadie dice tanto en tan poco espacio, recrea unas imágenes tan vívidas que parece que tengas al personaje frente a ti, pero…
-¿Pero?
-Pues que me ha dejado tal como estaba cuando cogí el libro. No me he identificado con ningún personaje, no me ha hecho suspirar al final de cada historia, no he sentido nada especial con sus relatos. Y con la mitad de ellos me he perdido, padre.
-¿Cómo te puedes perder con un libro? ¿Es que te ha obligado a pecar? A pecar de verdad, digo.
-No, padre, no, que me he perdido, que no sabía de lo que me estaba hablando. Cambiaba de un punto de vista a otro sin explicaciones, mezclaba tiempos, hablaba al mismo tiempo de algo que estaba ocurriendo en el momento y de algo que había ocurrido años antes… Padre, que me he tenido que leer párrafos enteros dos veces para enterarme de lo que estaba leyendo. Que eso no me había pasado nunca.
-Bueno, hija, no creo que sea para tanto. Igual era demasiado para ti, deberías empezar leyendo cosas más sencillitas…
-Pero me leí Anna Karenina a los trece años, padre, y lo entendí. Con quince ya me había leído todas las obras universales que les regalaron a mis padres como regalo de bodas, y a los dieciocho podía recitar párrafos enteros de La Regenta y Crimen y Castigo. ¿Será que con los años me he vuelto un poco tonta? ¿Un poco vaga? Tanto Harry Potter y códigos secretos no pueden ser buenos…
-¡Cómo! ¿Has leído Harry Potter? ¿Y el Código DaVinci?
-Sí, padre, como todo el mundo.
-¡Pues eso sí que es pecado! ¿O no has visto como queman los estadounidenses los libros del puñetero mago ese?
-¿Usted puede decir puñetero?
-¡Yo puedo decir lo que quiera, que tengo línea directa con Dios para confesarme! Hala, reza tres ave marías y cuatro padre nuestros como penitencia.
-¿Por no gustarme Salter?
-No, por venir a dar el coñazo y hacer que la cola de la confesión llegue hasta la puerta de la iglesia.
-¿Padre?
-Qué, hija.
-Es que… Yo soy atea. ¿Le importa si hago la penitencia poniéndome a régimen?
-Haz lo que quieras, hija. Ve con Dios.
-Vale, padre, pero si no le importa, mejor me voy a la piscina

Amigas

Ana y Silvia se conocieron siendo apenas bebés y pasaron toda su vida juntas. Para ser dos personas que habían crecido como hermanas, no podían ser más distintas: Ana ansiaba saber, mientras que Silvia se alteraba con cada nuevo conocimiento, como si el cambio de sus esquemas mentales fuera demasiado traumático. Cuando una empezó la universidad, la otra hizo un módulo de FP, por hacer algo. Cuando Ana se sentía nerviosa, inquieta, asustada, leía un libro o se iba a dar un paseo; cuando Silvia no se encontraba bien, se iba de copas o de compras. Y, aún así, siempre encontraban un hueco en sus agendas para tomar un café. Se contaban las pequeñeces de su día. Se reían la una de la otra. Eran amigas.
Ana tuvo varios novios que terminó dejando porque al final le resultaban insulsos y poco interesantes. Cada vez que rompía con uno, se apuntaba a un curso nuevo o empezaba una carrera. Silvia tuvo tantas historias de amor que era imposible seguirle la cuenta. Se casó tres veces, sin tener hijos, que dan mucha guerra, y cada vez que un marido la abandonaba –como hacían todos sus maridos, novios, amantes-, se iba de vacaciones, o se emborrachaba, o se compraba un vestuario de temporada nuevo. Ana intentó convencerla de que se apuntara a clases de dibujo con ella. Silvia insistió en que a las dos les vendría bien irse de copas.
Cuando murieron, con una semana de diferencia, a los setenta y dos años, Ana dejó tras de sí cinco carreras, un doctorado, una docena de libros publicados y una biblioteca que competía con la municipal, a los fondos de la cual donó la suya. Silvia dejó un armario del tamaño de un piso pequeño lleno de ropa que cayó en manos de los menos afortunados de la ciudad. Fue la única vez que los pobres del lugar pudieron llevar blusas de Dolce & Gabana. Los usuarios de la biblioteca municipal apreciaron a Kafka.

Fuerte y Fuerto

Fuerte y Fuerto (los nombres han sido cambiados para proteger la identidad de los menores) son dos gemelos de sexto que podrían figurar en la enciclopedia como ejemplos de "bullies" un poco tontitos. Les sacan una cabeza a sus compañeros -cabeza física, se entiende, porque en inteligencia no es que anden muy sobrados- y su cintura tiene también un par de metros más de diámetro que la de cualquier chaval de su edad. En clase no dan ni golpe y a lo único que se dedican es a vacilar a la profesora y torear a sus compañeros. Menos mal que son pocos en clase y ninguno les aguanta.
La última semana de curso les comenté que íbamos a trabajar canciones que a ellos les gustaran. Podían traerlas ellos -con las letras- o decirme a mí cuál les gustaba y ya las conseguiría yo "de alguna manera". Todos levantaron la mano, incluso Fuerte y Fuerto (sorprendente, porque ellos siempre gritan su respuesta sin importarles si alguien les escucha o no). Yo les dejé para el final. Me imaginaba el tipo de música que me iban a pedir: Metallica, Incubus, Red Hot Chili Peppers... El resto de la clase pidio Shakira, High School Musical, Jesse Macartney... Los clásicos, vaya. No pude ignorarles más.
-A ver, ¿cuál queréis vosotros?
-Yo "To the beat of my heart", de Hillary Duff.
-¡Hala, qué maricón, te gusta Hillary Duff! Yo quiero la banda sonora de Hanna Montana, la de Disney Channel.
Valiente porquería de "bullies".
(Huelga decir que tuve que aguantarme la risa hasta que salí).

Feliz 4 de julio a todos


Hoy hace justo un año que volví de USA. Curiosamente, una de las dos mejores decisiones que he tomado en mi vida. La otra fue irme a vivir allí.
Feliz cuatro de julio a todos (y todas). Y recordad: odiad a su gobierno, no a su gente.

Mañana de domingo


Me acerco a la ventana con el café en la mano. El gato, como siempre, salta al radiador y reclama mi atención con un par de maullidos que, seguro, han despertado a algún vecino. Le acaricio mientras observo los edificios de enfrente. La torre de la iglesia sobresale sobre los tejados de las casas; soy atea convencida, pero me gusta esa imagen, tiene algo de protector aunque sepa que sólo está hecha de piedra y cemento. Otra paradoja que añadir a mi personalidad.
Son las ocho de la mañana de un domingo. Las calles están desiertas y el silencio es acogedor. No tengo nada que hacer hoy, nada que me haya obligado a levantarme tan temprano un día en el que ni siquiera puedo ir de compras, pero me daba cargo de conciencia quedarme en la cama con semejante día ahí fuera. No tengo que hacer nada. Sólo lo que yo quiera.
El cristal de la ventana está sucio. Lo lavaré cuando salga un día nublado, que será pronto (al fin y al cabo, esto es Vitoria, y aquí el buen tiempo dura menos que la alegría en casa del pobre); no puedo desaprovechar un cielo tan azul. Dejo la taza vacía en la fregadera, cojo a Sauron en brazos y le acaricio mientras sonrío a la calle vacía. Es domingo. Es verano. Sauron ronronea de placer.
Yo también lo haría, si fuera gata.

Otra vez con la burra a brincos

Comentario de una profesora de educación infantil en un claustro de profesores, en mitad de una conversación sobre la diversidad cultural del centro.
-¡Pero cómo quieren que tengamos buenos resultados! Estoy mirando la lista para el año que viene y fíjate, ni uno, ¡ni uno bueno! Todo moros y encima cuatro gitanos. ¡Y todavía no he conocido un gitano bueno!
El claustro guarda silencio, todos nos miramos unos a otros. La profesora sonríe y mira a unos y a otros, como diciendo "atreveos a contradecidme, a mí, que he dicho lo que todos pensáis y no tenéis valor de decir". El director toma aire y contesta.
-Pues será que no pones mucha atención, porque, precisamente, la mejor alumna del colegio es gitana.
Y ella, en lugar de callarse, apostilla.
-Uy, mira tú qué suerte. Será la única gitana buena.
¿Dónde está el inspector de educación cuando se le necesita? ¿Sería sancionable un comentario de este tipo? Si no lo es, debería serlo. Despido automático. Sin compensaciones.

Un buen escritor (Una buena escritora)

Todo está escrito. Todo está ya dicho. Busco un tema sobre el que escribir y me doy cuenta de que sólo se me ocurren ideas antiguas, historias contadas millones de veces. Trato de leer los periódicos, ver las noticias, escuchar con disimulo las conversaciones de la gente por la calle, pero no hay nada original. Nada que no se haya oído antes.
Supongo que la magia de un escritor (una escritora) no se basa en contar algo tremendamente original, sino en cómo lo cuenta. Esa historia de amor que podría ser un bodrio en otras manos pero que en las de cierta gente te pone la carne de gallina y te hace llorar de emoción; esa conversación sobre el tiempo que a veces te habla del clima y otras de las tormentas internas de cada uno. Un buen escritor (una buena escritora) tiene que convertir lo cotidiano en extraordinario, lo trivial en sustancial, las sensaciones en emociones. Un buen escritor (una buena, una maravillosa escritora) tiene que conseguir que quien lea sus escritos retenga sus palabras, si no para siempre, sí al menos hasta mucho después de haber terminado de leer. Un buen escritor (una escritora sublime) siente con más de cinco sentidos, usa siempre la palabra exacta para cada imagen, no utiliza trucos ni artificios. El escritor nace. El buen escritor, estoy convencida, se hace.
Yo nací escritora porque no he podido dejar de escribir desde que aprendí a coger un lápiz. Pero nunca he destacado, siempre he sido mediocre -o mala, pero nadie tiene el valor de decírmelo, cosa que agradezco porque se me caería el mundo-, y ya estoy harta de ser, como mucho, mediocre: voy a ser una buena escritora. Voy a trabajar en serio para destacar en lo que más me gusta hacer, que me hace feliz, que me supone un esfuerzo pero me da mil satisfacciones. Me voy a convertir en lo que siempre quise ser: una de esas escritoras que dejan poso.
Aunque me cueste toda la vida conseguirlo.

El retorno II




M. es una niña ucraniana de nacimiento y vasca por derecho propio. Fue adoptada cuando tenía un año; apenas pesaba seis kilos entonces, y dice su madre que lo único que hace desde que llegó es comer, aunque todavía sigue siendo una pelusilla diminuta. Es la única de su clase que aún lleva pañal, uno de esos supermodernos que son como braguitas y le permiten ir al baño si se acuerda de que tiene que ir. Su cara está siempre iluminada por una enorme sonrisa, y los ojillos -azules, muy azules- le chipean detrás de unas gafas rosas que la hacen incluso más guapa. Es tan rubia que no puede salir al recreo sin gorra. Es tan pálida que te da la sensación de que se quemaría con la luz de una cerilla. No se le entiende demasiado cuando habla, aunque ella comprende todo lo que se le dice tanto en euskera como en castellano. El año que viene empezará con el inglés. Y espero que la sonrisa no se le borre nunca (ojalá pudiera enseñaros su cara para que supierais que no exagero, pero os tendréis que conformar con su -precioso- cogote).



En otro orden de cosas: ¿a que nunca habíais visto a setenta y cinco niños de tres años en una fila tan recta? Me he quedado alucinada de todo lo que pueden hacer a esa edad, ¡y yo que pensaba que hasta los doce los niños no eran independientes!
Por cierto, el título de esta entrada se debe a que esta semana estoy en la ikastola que -casi- me vio nacer. Me acabo de enterar de que cuando yo empecé era ilegal y nos firmaba las actas y los informes otra que era legal. Oye, lo que aprende una treinta años más tarde.

Viernes

Viernes tarde y no tengo plan para salir de casa. No pasa nada, ya me busco yo mis alicientes para esta noche: bocata de pan integral con tomate, aceite y sal, té verde, cuarto kilo pipas y partido de cuartos de final de la ACB. Quién necesita irse de cervezas por ahí cuando se está tan a gusto consigo misma (y con su gato).
He salido a dar una vuelta esta tarde -con intención de ir de compras, aunque, como siempre, he vuelto con las manos vacías- y se me ha llenado la cabeza de pensamientos que necesitaba compartir con alguien, así que he volado al ordenador y, tras varios intentos y juramentos para conectarme a internet (no sé qué le pasa hoy a la conexión), me he colado en el blog. Me ha hecho mucha gracia pasear por el centro de Vitoria el último día de elecciones, creo que nunca lo había hecho. Había gente con globos de todos los colores, los niños parecía que iban coleccionándolos; gente apostada en las esquinas repartiendo panfletos y asaltando a viandantes que huían a toda prisa; furgonetas con la megafonía a todo trapo tratando de convencer a los últimos indecisos; y la gente paseando sin prisa y recolectando de unos y otros. Una señora le decía a otra: "Los del PP deben estar en la Plaza de la Provincia porque la gente viene de ahí con los globos; los de los tiestos de rosas enanas vienen de la Plaza de España. Mejor vamos para allá, ¿no?". Los de las rosas eran del PNV, pero creo que a la señora le daba igual. ¿Habrá mucha gente que decida a quién votar por qué tipo de regalos den hoy? Igual es mejor basarse en eso que en sus promesas electorales, bien está eso que dicen de que más vale pajaro en mano que ciento volando. Por cierto, he pasado delante de los del PP y me han ignorado vilmente. Han debido darse cuenta de que iba cantando el Eusko Gudariak mentalmente (hecho curioso, porque no me lo sé, aunque me he pillado tatareando el estribillo ese de "gora, gora, Euskal Herria-a-a-a, que nada tiene que ver con la canción anterior).
En otro orden de cosas, hoy he sabido que en mi oposición tocamos a plaza por cada cinco opositores. No está nada mal, teniendo en cuenta que es para toda Euskadi. Pena no haberlo sabido antes, habría estudiado de verdad en vez de dedicarme a jugar en el ordenador. No importa, todavía estoy a tiempo. Y recordemos que este es mi año.
No estaría de más volver a escribir en serio. Lo echo de menos, mis dedos están pidiendo acción sobre el teclado.
Empieza el partido. Voy a por las pipas.

El retorno

Parece que este mes va de recorrer el camino ya andado.
Me han llamado para una nueva sustitución, esta vez en un primero de primaria (qué pequeños me parecen comparados con los gigantones de la ESO, madre). El viernes me dijeron el nombre del colegio y a mí casi se me cae el móvil de la impresión: estudié en la ikastola que está justo frente a él. "¿Sabes cómo llegar?", me preguntó la funcionaria que tan amablemente me aseguraba dos semanas más de paga. Sí, bastante bien. Tengo que hacer el camino que me aprendí de memoria hasta los trece años, pero girando a la izquierda en lugar de a la derecha.
Puedo ver mis antiguas clases por la ventana, aunque no consigo distinguir si hay gente dentro porque una hilera de frondosos árboles me tapa la vista. Cuando yo estudiaba, estos árboles eran apenas unos esmirriandos palotes que se doblaban con el viento y necesitaban una barra para sostenerse; ahora sirven de escudo visual entre las dos escuelas, cosa bastante poética porqure nunca se han llevado demasiado bien. El colegio en el que trabajo ahora era lo que antes se llamaba un colegio nacional, una escuela pública con un férreo modelo A del que los niños salían sin saber saludar siquiera en euskera y, peor, sin querer aprender a hacerlo. Mi ikastola comenzó siendo privada, hasta que el Gobierno Vasco las publificó todas y convirtió el euskera en un derecho de todos. Nunca nos mezclábamos. No hacíamos actividades juntos. Por no tener, creo que no teníamos ni el mismo horario. Nosotros les llamábamos "los nazis", por eso de ser un colegio nacional -o esa era nuestra excusa-, y ellos a nosotros "los etarras", por razones que a ellos les parecerían obvias pero a nosotros no tanto. Nunca tuve amigos de ese colegio (¿o debería decir "este", ahora que también es un poco mío?), claro que yo no era del barrio y el autobús me recogía directamente de la puerta de la ikastola para llevarme a mi casa; pero tampoco conocí a nadie que tuviera amigos de aquí/allí. Hasta la fachada, de un gris envejecido que contrastaba con el naranja nuevecito de nuestro edificio, nos resultaba poco amistosa. No nos hacían falta árboles para separarnos entonces.
Las cosas han cambiado, gracias a quien haya que dárselas. La ikastola ha tenido que ser ampliada; el barrio ha crecido una barbaridad y el centro tiene cierto buen nombre en la zona, aunque hay dos o tres ikastolas más a apenas unas manzanas de aquí. El colegio, sin embargo, tiene el mismo tamaño de hace veinte años y ahora la mayoría de los grupos son de modelo B, ya saben saludar -y algo más- en euskera. Supongo que aquellos niños que nunca aprendieron euskera son los padres de los que hoy cruzan el enorme parque que separa el barrio del resto de la ciudad, embutiditos en sus primorosos uniformes de escuela privada. Claro. El colegio ya no es lo que era. Hacen falta más que árboles para separarlos ahora. Menos mal.
Me pregunto si los niños de uno y otro centro se juntarán a jugar en el parque. Al menos ahora se pueden entender.

Reencuentros

Siempre he sido de las personas que piensan que la vida da muchas vueltas y que es mejor llevarse bien con todo el mundo (o, de llevarte mal, saber por qué y tener razón) porque nunca sabes si vas a volver a encontrártelos por el camino o si vas a necesitar algo de ellos. Este primer año de regreso me ha dado varios ejemplos; me he reencontrado con algunas compañeras que trabajaron conmigo antes de que me fuera a Estados Unidos, y supongo que el hecho de que nos reconociéramos mutuamente y pudiéramos tener una conversación amigable dice bastante de nuestra antigua relación. Es algo bonito, saber que tu paso por el mundo no pasa completamente desapercibido.
Pero esta semana me ha pasado algo mucho más bonito que eso. Me han llamado para hacer una sustitución en un instituto, primer ciclo de la ESO, en un pueblo de la Rioja Alavesa (uy, no sé si se escribe con mayúscula o no, lo he visto de las dos maneras, perdonen ustedes si he metido la pata). Hace diez años, recién salidita yo de magisterio y sin más idea de enseñar que la que pueda tener un fontanero, trabajé durante casi un curso entero en un pueblo cercano que no tiene enseñanza secundaria; una de mis clases, a la que más cariño cogí, era la de tres años. Hoy me he reencontrado con mis alumnos de la manera más tonta. "¿Tú eres de tal sitio? ¿Y te llamas tal? Coño, pues yo fui profesora tuya". Me ha hecho mucha más ilusión a mí que a ellos, pero qué se le va a hacer. Están en esa edad.
Lo más gracioso ha sido darme cuenta de lo poco que han cambiado realmente estos chavales. El payaso de la clase de entonces sigue siendo un payaso ahora; el que tenía una personalidad arrolladora, la tiene aún hoy en día. El tímido es más tímido todavía, el tonto -que nunca llegaba al baño y siempre terminaba pidiéndome que le limpiara el culo, con perdón- es tan tonto como antes y la que era lista entonces lo sigue siendo ahora. Sólo ella, que de pequeña era la mandona de clase, parece haber cambiado ahora y se ha convertido en una niña tranquila y atenta que trata de pasar desapercibida. El enamoradizo de la clase, que una vez le dijo a una compañera mientras jugaban a papás y a mamás debajo de la mesa "cuando sea mayor, me voy a casar contigo" y no recibió respuesta alguna, enseguida me ha recordado el nombre de su amada: "¿Y te acuerdas de Fulanita?" Por supuesto, me hubiera gustado decirles todo esto, y recordarles los besos y abrazos que me daban, y cuando se sentaban en mi regazo a oír el cuento de la tarde, y cuando me hablaban del coche de su papá nuevo (sí, lo he escrito bien, el papá era nuevo, el "viejo" se había muerto en un terrible accidente del que él fue testigo), y de lo contentos que se ponían cuando les cantaban el cumpleaños feliz (zorionak zuri, que era una ikastola) aunque no fuera su cumpleaños. Y quiero decirles que, diez años más tarde, aún guardo su foto enmarcada en mi cuarto, y que me he acordado mucho de ellos, y que muchas veces he pensado en qué sería de ellos, y que me alegro de haberles visto de nuevo...
Pero no puedo, porque tienen trece años y se les caería el mundo encima de la vergüenza que pasarían. Sólo puedo bromear con ellos (son una clase muy maja, adolescentes de los buenos, de los que todavía quedan) y comentar pequeñeces y detalles muy medidos que no vayan a herir su ego de púberes ni a ridiculizarles delante de la clase. Pero mañana les voy a llevar la foto y a recordar con ellos -por ellos- esos tiempos, diez años atrás, donde yo acababa de empezar y veía todo con la misma inocencia que ellos. Aquella época en la que todos teníamos tres años y lo más fácil del mundo era pedirle a tu mejor amiga que se casara contigo.