It's okay to be different


No sé por qué, pero estas fiestas me estoy acordando de este libro un montón. Es mi libro infantil favorito, con unas ilustraciones preciosas y un mensaje todavía más estupendo: está bien ser diferente. Entre las bellezas que se pueden encontrar, un par de páginas dedicadas a que está bien tener más de una mamá o más de un papá (recordemos que este libro es americano, y por tanto se refiere a padres divorciados que vuelven a casarse, pero se les puede explicar de otra manera a los críos), o que está bien tener amigos invisibles, o pasar vergüenza, o comer espagueti en la bañera.

Pero no tiene las hojas que yo necesito. Yo necesito un libro que me diga que "it's okay to wish for a different family" urgentemente. A poder ser, ya mismo.

Último día del año

Hoy se acaba el año, que ya era hora. Mandamos a la mierda al año que pasará a la historia por ser el último año de Bush y el primero de Obama, por ser el año en que mi padre cayó enfermo, porque murió Paul Newman y porque Raphael lleva 50 años en el escenario. No voy a echar de menos al 2008.

He decidido que este año no tengo propósitos nuevos, que me limitaré a cumplir los viejos que decidí a mitad del 2008, no en Nochevieja. Sólo le pido dos cosas al 2009: salud, porque sin ella cualquier propósito se va al garete (y el pedido se hace extensible a mis seres queridos y a todo el que me lea), y constancia, que es lo que me hace falta para llegar a todos los sitios a los que quiero llegar. Creo que con estos dos elementos me basto y me sobro para cumplir con todo lo que la vida me eche encima, haya o no crisis.

A los demás, sólo os deseo que vuestros sueños se cumplan (no necesariamente este año que entra, sino en el futuro cercano o a medio plazo) y que la salud os acompañe allá donde vayáis. Nos veremos el año que viene con nuevos logros, nuevos fracasos y nuevas alegrías, un poco de todo porque un año da para mucho. Que seáis felices, con o sin gordo de El Niño, y que no desaprovechéis ni el segundo extra que tendrá el último minuto del año.

Londres


Queridos y queridas visitantes, aquí la menda se va a visitar el Big Ben y a sacarse fotos con los autobuses de dos pisos, así que de aquí al treinta de diciembre no os leeré ni podréis leer nada nuevo por estos lares. Pasadlo bien, digerid bien las cenas varias y que os sean leves las fiestas. Yo estaré practicando el nuevo acento RP que tan encarecidamente me piden en la carrera y que tan poco se parece a mi General American (para una vez que tengo acento, no vale).

Recomendación

Cada vez que leo a este hombre, me digo a mí misma que tengo que hacer una entrada sobre él, pero siempre me enrollo con otras cosas y al final nunca llego a mi blog. Si os gusta la escritura y tenéis un buen nivel de inglés, os recomiendo a este hombre, J.A. Konrath, un escritor relativamente desconocido que se va abriendo paso en el mundo del thriller y que no duda en echar una mano a los demás explicando en su blog todo lo que hace y lo que le funciona para vender libros siendo un novel en el mundillo editorial. Todo aliñado con humor y estupendos consejos que inspiran y te provocan unas tremendas ganas de escribir. Completamente recomendable.

(Por cierto, feliz Navidad a todos.)

Vacaciones

Soy rara, lo admito. La gente suele dedicarse a dormir y descansar cuando está de vacaciones. Yo madrugo. No tanto como cuando tengo que ir a trabajar, pero pongo el despertador y me animo a levantarme a una hora que más de uno consideraría intempestiva cuando estás de vacaciones. No me gusta desaprovechar el tiempo libre. Dormir es agradable, sí, pero me entra cargo de conciencia si sólo me dedico a eso.

Me gusta escribir por las mañanas. Me imagino a mí misma viviendo de ello y levantándome para cumplir mis obligaciones de escritora, con un café flojito al lado y el gato sobre el regazo. Tecleo y por un momento pienso que sólo existe eso, sólo existe mi mundo imaginario, el café, el gato y yo. Imagino que es lo que paga las facturas, que es lo que me mantiene, que es lo único que hago, y que lo único que me exige es que me levante a mi hora y le dedique un poco de mi tiempo. Por la tarde no es lo mismo; la tarde es para los estudios, o para ver una película en la tele, o para leer, o para hacer el vago ante el ordenador. Pero las mañanas son sagradas. Las mañanas de los días de fiesta son las horas más productivas de mi semana.

Me gusta madrugar los días de fiesta.

Estoy para que me encierren.

Sábado

Sábado, no llueve (para variar), estoy agotada, tengo agujetas, me duele el culo por haberme caído en la pista de patinaje. Quiero escribir un post, pero borro todo lo que escribo porque todo es demasiado personal, demasiado irrelevante. Tengo que estudiar y no me apetece. Debería limpiar la casa y no me apetece. Tengo que ir de compras y no me apetece. No estoy deprimida, ni de bajón, ni nada por el estilo, simplemente estoy cansada tras un trimestre de cuatro meses. Sí, ya parecemos estadounidenses, donde las docenas de donuts son de catorce. Allí todo más, todo más.

Al menos para escribir sí tengo ganas. El Monstruo duerme el sueño de los injustos y yo me valgo y me sobro para cortar y pegar lo que haga falta, sin que el bicho quiera comérselo todo. Por hoy ya he hecho bastante. Ahora, a estudiar. O a limpiar. O a jugar un rato en algún juego chorra en internet.

A descansar.

A que le tiro la silla...

Este mes me tocan las reuniones con los padres. A pesar de que solo dos de mis alumnos necesitarían que sus padres les leyeran la cartilla, me gusta juntarme con todos en el primer trimestre y dejar que las circunstancias digan si les tengo que llamar más o no. Normalmente, yo no hablo mucho y son ellos los que me cuentan vida y milagros de sus hijos. Me encantan estas charlas porque me ayudan a conocer mucho mejor a mis alumnos y a sus familias. Hoy hasta me he reído un poco.

Tengo un alumno algo inquieto, muy listo y que no estudia todo lo que debería. En una clase "normal", no sería un niño que llamara la atención, pero como mi grupo tiene un nivel muy alto, canta porque es el único que tiene una media de seis en los exámenes. Le he comentado a la madre que tiene que estudiar más. Ella me ha dicho que cómo se supone que tiene que hacer eso, cuando está todo el día detrás de sus cuatro hijos (¡cuatro!, ¡y un par de gemelos!) para que trabajen y le toman por el pito del sereno. La buena mujer está tan desesperada que acude a la escuela de padres, una reunión quincenal con un psicólogo que les ayuda con ciertas pautas de conducta con los niños.

-Que les castigue, dice -me cuenta-. ¿Qué se cree que hago? ¡Si hace un año que no ven la tele! No tienen consola, les obligo a estudiar al mediodía, se sientan conmigo a leer... Su padre y yo hemos decidido que ya no van a seguir yendo a fútbol, a no ser que mejoren las notas, y les voy a desapuntar de inglés porque se lo toman a cachondeo. Que no están motivados, dice... Casi le tiro la silla. La semana pasada ya ni fui. Estoy de recetas mágicas hasta el gorro.

Ese es el problema. Los educadores, los psicólogos, los profesores, nos dedicamos a dar recetas de talla única que deben servir para todos los niños. El psicólogo de la escuela llegó a decir que no existe ningún niño que se conforme con un aprobado pudiendo sacar más; yo no sé dónde ha estudiado ese psicólogo, porque podría mencionarle una lista interminable de nombres en mi corta vida profesional. Damos sentencias. Nos creemos con la verdad en la mano. Pero luego hay que estar ahí, día a día con el monstruo de turno, luchando porque se levante a su hora y se ponga la chaqueta cuando hace frío. Todo se ve muy bonito cuando el libro asegura tener razón.

Me temo que voy a seguir lidiando con este chaval el resto del curso. Con que deje de reírse de los compañeros que no se saben la lección -cuando él es el primero que no se la sabe nunca-, creo que me conformo. Aunque siga sacando seises todo el curso.

Euskaldun guztion aberria, Iban Zaldua


Ayer asistí a mi primera presentación de un libro. En Vitoria no hay muchas, y cuando las hay son de gente tan desconocida que hay que tener muchas ganas de conocer a autores noveles para ir; esta, sin embargo, era algo especial porque se trataba de un autor que ya había leído y encima era amigo de una amiga. Así que allí nos fuimos las dos, y tuve el gustazo de conocer a un escritor "de verdad" y cruzar un par de palabras con él.

Iban Zaldua es profesor de historia en la Universidad del País Vasco y compagina su trabajo como docente con una más que decente carrera literaria. Su especialidad son los cuentos, de los que tiene varias colecciones publicadas, y las novelas cortas tanto en euskera como en castellano. Ganador del Euskadi Saria en el 2006, Iban se define a sí mismo como un cuentista porque, según dijo ayer, "cualquiera puede escribir una novela, pero donde realmente se ve si un escritor vale algo es en el cuento". Para los que no habléis euskera, os recomiendo La isla de los antropólogos, Si Sabino viviría o Mentiras, mentiras, mentiras, todos ellos publicados con Lengua de Trapo, para que os hagáis una idea del humor punzante y sumamente inteligente de este autor.

Su última novela (o cuento largo, o novela corta, o lo que se os ocurra llamar a un libro de 120 hojas con letra grande) es, según sus propias palabras, un cuento que salió mal porque necesitaba ser novela. En castellano vendría a llamarse La nación de todos los vascos, y nos narra la vida de Joseba, un profesor de historia que, harto del tan traído y llevado conflicto vasco, decide irse a Alaska a dar unas clases de historia del País Vasco; una vez allí, ni corto ni perezoso, se inventa una historia vasca completamente nueva y describe el mundo que a él le hubiera gustado tener en lugar del que realmente existe.

Reconozco que aún no me he leído el libro, pero está entre los títulos que voy a leer en cuanto pueda pasarme un par de semanas sin estudiar. No sólo me gusta el tema, también me encantó el autor, que hizo una presentación divertidísima de su libro ante un escaso público repleto de caras conocidas por él. El hecho de que él sea historiador augura una lectura entretenida y, encima, de esas en las que puedes aprender algo (y encima saber que es verdad), y el conocerle añade un plus de interés a su lectura.

Estad al loro, que no tardará mucho en salir la traducción al castellano. Y como es el propio autor el que hace la traducción, podéis estar seguros de que la calidad será la misma que en euskera.

Para muestra, un botón.

Y para saber más sobre la presentación, pinchad aquí.

Neandertales


Y a mí que me da que todavía quedan muchos por ahí...

Si bebo, no conduzco, pero ¿cómo vuelvo?

Aunque vivo en el centro, donde está toda la movida y todo el ambiente vitoriano, a veces me apetece cambiar de aires e ir a tomar un par de cervezas a uno de los barrios más o menos jóvenes de la ciudad, uno que queda a sus buenos cuarenta y cinco minutos de paseo desde mi casa. Obviamente, un sábado por la noche no voy a ir andando por una zona completamente desangelada, lloviendo y con tacones, así que ayer, como siempre que voy un poco lejos, cogí el urbano, por eso de poder tomarme lo que me dé la gana sin pensar en las consecuencias. Para ir, ningún problema: puntualidad, buen servicio, parada frente a la puerta del bar en el que había quedado, todo perfecto. Pero para volver, ¡oh, sorpresa!, ayer era festivo y el servicio de línea regular terminó a las diez y veinte. ¡Y no había servicio nocturno!

No me puedo creer que en una capital de comunidad autónoma, con su buen cuarto de millón de habitantes y barrios cada vez más alejados del centro, se pueda dejar a toda la población sin servicio de autobuses desde las diez y media de la noche hasta las ocho de la mañana siguiente durante tres largos días. Me importa tres pepinos que ayer fuera festivo, ayer era sábado y, como tal, día de farra. Más farra aún, porque sabes que tienes todo el domingo para recuperarte y el lunes para hacer lo que normalmente haces los domingos, así que la gente saldría hasta tarde. No se pueden poner anuncios sobre seguridad vial, avisar a la población de los peligros de conducir bebido, y luego dejarles a su suerte y no darles un servicio asequible que pueda llevarlos de un lado a otro.

Por suerte para mí, mientras esperaba al autobús que nunca llegó me encontré con una chiquita que también iba para el centro, así que cogimos un taxi entre las dos (previa llamada, claro, porque Vitoria es la única ciudad del mundo en la que no puedes parar un taxi por la calle). Menos mal que nos dividimos la tarifa, porque la gracia nos hubiera salido por ocho eurazos del ala. Huelga decir que la próxima vez que vaya a dar una vuelta en festivo, no me quedará más remedio que llevar el coche porque mi sueldo no da para taxis a ese precio.

Señor alcalde, mucho tranvía y mucho niño muerto, pero como todos los servicios de transporte público tengan los mismos horarios, muchos bares de según qué zonas de Vitoria van a tener que cerrar (daba pena ver en el que estábamos, que suele estar lleno, vacío a las diez y media de la noche porque todo el mundo se había tenido que volver al centro). Por no hablar, claro, de los accidentes por conducir borracho o los problemas de aparcamiento en el centro. Los días festivos también se sale, sobre todo si es un puente, y si es sábado más aún. Seamos por fin la ciudad que queremos ser y dejemos de hacer las cosas a medias, por favor. Que no me extraña que nos tomen por tontos en Bilbao.

Sociograma

Hoy hemos hecho un sociograma en clase. Para el que no lo sepa, se trata de dar a los chavales una tanda de cuatro preguntas sobre sus relaciones con los demás compañeros, del tipo de "con quién te gustaría sentarte en clase y con quien no", "a quién elegirías para trabajar en grupo en clase y a quién no", "con quién formarías equipo en gimnasia y con quién no", etc. Los resultados sirven para hacerse una idea de quién es el alumno que está marginado en clase -si es que hay alguno-, quién es el más popular, a quién consideran los demás un buen estudiante, etc. Una manera estupenda de entender las dinámicas de clase y poder trabajar para mejorarla (¡por fin he encontrado algo que hacer en la optativa a religión!).

Como siempre, la sinceridad de los chavales la deja a una anonadada. He confirmado que uno de mis alumnos es impopular (seamos políticamente correctos), pero también he descubierto una oveja negra de la cual no tenía conocimiento. Una niña ha elegido en el equipo de gimnasia a nuestra alumna de educación especial porque "nadie la elige por ser diferente". Los chicos prefieren jugar con los chicos porque las chicas no saben jugar a fútbol o no se esfuerzan lo suficiente, y las chicas no quieren jugar con los chicos porque se pican con facilidad y siempre les están gritando y diciendo lo que tienen que hacer. A un chico le cae mal la mitad de la clase, y, por supuesto, él también cae mal a esa misma mitad. Un niño ha tenido serios problemas a la hora de elegir aquellos con los que no le gustaría trabajar, y se ha esmerado en especificar razones técnicas (tiene mala letra), apuntillando entre paréntesis que "es muy majo y me cae muy bien". Casualmente, es el niño al que todos quieren en sus equipos y con quien todos quieren sentarse. Pero la mejor ha sido una de las niñas más populares de la clase (según el sociograma y a ojos vista): no me sentaría con x porque estuve sentada con él el año pasado y pega mocos debajo de la mesa.

Nunca había hecho un sociograma, y la verdad es que me ha encantado la experiencia. Estoy deseando ver los resultados "oficiales" para poder ponerme a trabajar en ello. Una de las cosas que más ilusión me ha hecho: el niño que siempre juega con las niñas, el más afeminado y el más sentido es uno de los mejor aceptados en la clase (menos en deporte, que es "muy malo jugando al fútbol y no se esfuerza lo suficiente").

Me gusta mi clase de este año, sí señor.

Soy single

He descubierto que soy single. No soltera, ni mucho menos solterona a mis recién cumplidos 33, sino single, que queda mucho más cool que decir que vivo sola. Ahora resulta que, tras toda una historia de miles de años en los que el objetivo de todos los seres humanos parecía ser casarse y formar una familia, la gente ha encontrado otra opción y los empresarios se han dado cuenta. Somos un nuevo sector a investigar. Somos un nuevo mercado a explotar. Ya pronto pondrán bandejas con un solo filete, o venderán los yogures de uno en uno, o te dejarán coger las patatas a granel en los supermercados en lugar de obligarte a comprar mallas de cuatro kilos. Somos singles. Vivimos solos, no tenemos cargas familiares y, en teoría, disfrutamos de mayor poder adquisitivo (será quien no tenga una hipoteca de piso de libre mercado, digo yo). Ser single ya no es un estadio entre parejas, sino una forma de vida definitiva. No estamos en pareja porque no nos da la gana, no porque tengamos verrugas en la cara o porque nos dejara el último novio. Somos singles por elección y vocación, no por obligación.

Se calcula que en los próximos años la población de singles se va a duplicar. En algunos puntos de Europa ya alcanza el 30 por ciento. En España ya han empezado a hacer ferias de singles, que no son lugares para conocer gente sino propuestas que lanzar a este grupo de personas. Poco a poco, empieza a ver en nosotros el filón que siempre hemos sido.

Cuidadín, sociedades modernas: llega la invasión de los singles. ¡Por fin tetra-briks de medio litro!

Diario

Noviembre sigue su curso, y pronto acabará. Mi competición personal, que empezó con el NaNoWriMo el día uno, continuará en diciembre. Estoy muy lejos de las cincuenta mil palabras, y ni falta que me hace. Mi objetivo es otro; mi objetivo es sentarme frene al ordenador y escribir lo más cercano a mil palabras al día que pueda darme mi agotado cerebro al final de la jornada. Unos días son quinientas, otros dos mil quinientas; otros días, como ayer, ni lo intento. Algunos días estoy muy contenta con lo que he escrito, otros no tanto. En líneas generales, creo que he acertado con el tema y que puedo haber encontrado una voz que encaja conmigo. Eso en los días buenos, claro, porque cuando una no está a lo que tiene que estar, lo que sale en pantalla es un churro de feria (hmm, qué ricos). Pero el objetivo no es que salga un primer borrador perfecto, sino que salga algo con lo que pueda trabajar más tarde. Aún no he visto barbaridades incorregibles -aún- y he encontrado un montón de aspectos que se pueden mejorar (y lo mejor es que sé cómo), pero no me voy a poner a ello antes de poner el punto y final (provisional) porque si no, sé que nunca acabaré.

Conozco a mucha gente que escribe. Hoy en día, parece que todo el mundo tiene un libro en la mesita de noche, como dice Doris Lessing. Eso es lo que me hace pensar que escribir no es tan especial, que cualquiera puede hacerlo. Mal o bien, es algo que todo el que me rodea es capaz de hacer. ¿Quién me dice a mí que yo soy especial? ¿Con qué ínfulas puedo ir por la vida diciendo que soy aspirante a escritora, cuando quien más o quien menos tiene un diario más o menos novelado? Son ese tipo de cosas las que hacen que me plantee que probablemente esté perdiendo el tiempo. Es lo que me hace pensar que para qué esforzarme, cuando debe haber millones ahí fuera que escriben mucho mejor que yo.

Pero aunque quiera dejarlo, no puedo. Es mi forma de desahogarme. Me entretiene más que cualquier Gran Hermano o entrevista a Julián Muñoz. Me digo, "voy a escribir sólo para mí, no importa que nadie lo lea jamás", pero sé que es mentira y que necesito la aprobación de otros. Así que empiezo de nuevo una novela, o un cuento que quizás vaya a un concurso en el que nadie lo lea, o escribo en esta pantalla en la que tenéis a bien fisgar de cuando en cuando... Y luego vuelvo a caer, y mis dudas vuelven a resurgir, y vuelve a aparecer alguien más joven, más hábil, más guapo, mejor dotado y, sobre todo, mejor escritor de lo que yo soy o seré jamás...

Dejar reposar unos meses antes de consumir

El viernes que viene tengo fiesta (sí, venga, ahora empezad con lo de que los profesores vivimos de vicio, bla, bla, bla, pero es el primer día de fiesta desde que empecé el curso, así que no está mal). Como es el día del maestro, es uno de esos días en los que todo el mundo trabaja menos tú; todo está abierto, todas las oficinas funcionan a pleno rendimiento, y puedes aprovechar para hacer el papeleo que normalmente delegas en tu padre jubilado. Un día estupendo para hacer recados, vaya.

Yo voy a aprovechar para entregar en el ayuntamiento los cuentos que quiero que participen en un concurso local. Este fin de semana, por tanto, lo estoy dedicando a buscar en mi extensa carpeta de cuentos escritos y nunca más leídos algo que tenga arreglo y pueda entregar dentro de seis días. Cuál no habrá sido mi sorpresa cuando me he encontrado con un par de cosas que, no sólo no necesitan arreglos visibles (los miraré con lupa esta tarde, pero nada grita ¡arréglame!), sino que me han hecho descojonarme cuando los he releído (esa era la intención del texto, no penséis que me he reído de algo que pretendía ser un drama).

En su momento, ambos escritos me parecieron salados, pero sin más. Los dejé aparcados porque tenía la sensación de que les faltaba algo, de que no eran perfectos. Ya tienen un año. El ordenador ha debido cambiarlos, o quizás yo sea otra persona, porque ahora me parecen estupendos, y los que me leéis a menudo sabéis lo activo que es mi Monstruo y lo difícil que me resulta estar a gusto con algo que yo he escrito. Al ser textos cómicos, no creo que ganen ningún concurso (tengo la teoría de que a los jurados les va lo trascendental, lo morboso, lo doloroso), pero yo estoy segura de que son dos de las mejores piezas que he escrito nunca. Curiosamente, nunca las he mandado a concurso.

Siempre he leído que lo mejor cuando alguien termina de escribir un texto es dejarlo macerar. Cuando lo vuelves a leer, desde la distancia que da el tiempo, te das cuenta de los defectos y virtudes del texto desde la lejanía de alguien que ha olvidado todos sus entresijos. Es como dar algo a leer a otra persona, que termina encontrando cosas en las que tú ni siquiera te habías fijado, que no sabías ni que estaban ahí. Como cuando los pintores se alejan unos pasos de sus cuadros para ver el efecto total de ese detalle que acaban de pintar. Como dejar subir la masa del pan después de echarle la levadura. La escritura también "sube". Es imposible juzgar algo que acabas de terminar.

Lo que me lleva a la última conclusión. La mayor virtud de un escritor: la paciencia. Paciencia para escribir el primer borrador palabra por palabra, paciencia para dejarlo crecer, paciencia para arreglarlo y volverlo a arreglar, paciencia (y una piel muy dura) para recibir las críticas que siempre tardan en llegar, paciencia para que la gente que por fin te lee (si te lee alguien) opine.

Así que, si me lo permitís, voy a ir corriendo a mi rincón a ser paciente y a hilar una palabra con otra, para poder esperar más tarde.

Un poquito por favor. Por favor.

Conversación en el patio. Llovizna. Los niños no molestan demasiado.

Profesor A: Jo, estoy hecho polvo. A la madre de un amigo mío le han diagnosticado un cáncer y está muy mal.
Profesora B: Ay, pobre, ya lo siento.
Yo: Sí, se pasa mal, pero tranquilo, que hay tratamiento. A mi padre le diagnosticaron un cáncer en mayo, pero ahí está, aguantando.
Profesora B: Uy, pues a mí la semana pasada me dijeron que un vecino mío tenía cáncer. Qué susto, maja, no tienes ni idea de la impresión que te llevas.

No. Qué va. Ni la más mínima, vaya.

Verdades como puños



Visto en www.elpais.com

Lo dejo

Lo dejo. Me voy. Abandono. Ya no puedo más.

No, no me refiero al blog, ni a la escritura. Me refiero al dibujo.

Me apunté a dibujo porque creía que iba a tener muchas horas libres y necesitaba algo que activara mi parte creativa. Aproveché que vivo al lado de la Escuela de Artes y Oficios para empezar de cero, con su curso más básico. Allí nos enseñaron a medir distancias, a proporcionar un dibujo, a captar algo vivo y real sobre el papel. Nos enseñaron a hacer copias de la naturaleza, con muy pocas referencias a cuadros ajenos. Y aun cuando nos pedían copiar un cuadro ajeno, éramos nosotros los que elegíamos el tema y la profa nos invitaba a hacer nuestra propia versión de él, aun a riesgo de que saliera un churro. Me lo pasaba pipa. Descubrí que nunca iba a ser famosa con el dibujo, pero que era lo suficientemente buena para tenerlo como hobby. Aunque el estudio exigiera más horas que las que le otorgaba, yo nunca sacrificaba dibujo. Me encantaba. No faltaba un solo día.

Este año hemos empezado el curso con tinta china y acuarela, probablemente las técnicas más difíciles que hay. Desde el primer día nos advirtió que no iba a haber dibujo, que todo iba a ser pintura; nos dio un esquema de un cuadro ajeno -ni siquiera nos dejó hacer nuestra propia versión del original- y nos invitó a que rellenáramos los huecos. Su teoría decía que la acuarela es una de las técnicas que menos habilidad requiere, un arte menor, una tontería, vaya. Yo no había hecho acuarela en mi vida y odiaba la tinta china a muerte. El primer dibujo fue un paisaje marino. Horror. Sus instrucciones se limitaban a "haz que no se noten las pinceladas", pero no te decía cómo, o "aquí te ha quedado muy soso, dale más vida". ¿Qué es dar más vida? ¿Le pinto unas maracas? "Este color no es igual que el del original". Es que nunca he mezclado colores. "Así no se coge el pincel". ¡Pues dime cómo! ¡Enséñame!

Si a esto le sumamos el hecho de que las asignaturas de segundo de carrera son más difíciles que las de primero y que este año tengo la presión añadida de una clase con un altísimo nivel, se entiende que no quiera derrochar el tiempo en algo que no me llena. Al menos yo quiero verlo así. Quiero entender este plante a todo como una priorización, no como un abandono. Estoy poniendo mis estudios y la escritura por delante de un hobby que ya no me aportaba nada. Estoy rescatando seis horas a la semana para mí. Seguiré haciendo retratos de Alan Rickman cuando tenga tiempo, aunque cada vez serán peores (y eso que nunca fueron buenos), pero lo haré porque me guste, no por obligación. Me queda la rabia de rendirme, y de haberlo dejado en un momento de bajón -de verdad, qué mal se me da la acuarela-, pero yo sé que no me voy por ser mala en ello, sino por estar física y mentalmente agotada. Que el sábado casi me quedo dormida sobre el plato de bacalao, hombre.

Hala, ya dejo de llorar. Otro día os cuento la odisea de ser administradora de la comunidad y tener goteras entre vecinos que no se llevan bien. Genial, vaya. Maravilloso. Fantástico.

Y dios creo el mundo.

Hoy hace 33 años que existe el mundo. Al menos para mí, claro. Y, como decía una tira de Mafalda, si existía antes, ¿para qué?

Cuando vivía en Estados Unidos, siempre aprovechaba que el día doce era fiesta nacional (el día de los veteranos) para cogerme el día de mi cumpleaños fiesta y hacer unos hermosos puentes. Tomé por costumbre irme a Las Vegas a celebrar mi cumpleaños; no iba sola, claro, vaya celebración de las narices, yo y mi caballo, sino que se apuntaba un número variable de amigos de allí. Cenábamos en el Paris, Paris, nos íbamos a bailar al Caesar's Palace o nos pasábamos las horas muertas jugando al black jack en las mesas de cinco dólares del Flamingo. Lo hice tres o cuatro años seguidos. Me lo pasaba en grande.

Ahora no puedo pedirme el día de mi cumpleaños libre porque el sistema de sustitutos no funciona como allí (allí teníamos diez días al año, acumulables, para lo que necesitáramos, que podíamos coger prácticamente cuando quisiéramos; eso sí, si se te acababan esos diez días y te tenían que operar de apendicitis, te quedabas sin paga). Hoy he ido a trabajar con chuches para los críos y un pastel para los profesores; he comido chuchitos en casa de mis padres y he abierto el regalo que mi hermano me ha dejado antes de salir para Sevilla a las cinco de la mañana. Tengo el móvil pegadito a mí porque suena cada poco. He recibido emails de mis antiguas alumnas y tengo una bolsa llena de tarjetas de felicitación escritas por mis actuales monstruos.

No voy a caer en el tópico y decir que no cambiaría esto por Las Vegas porque me lo pasaba muy bien allí, igual que me lo paso aquí. Simplemente, son etapas distintas que nos tocan vivir en momentos diferentes, ni mejor ni peor, solo distintas. Sería ridículo echar de menos Las Vegas, igual que era ridículo desear estar en casa cuando vivía en California. Hay que alegrarse de tener lo que se tiene y, sobre todo, de haber tenido lo que se ha tenido. Hay que saborear cada minuto, porque si nos pasamos la vida mirando a lo que fue, nunca tendremos la sensación de estar viviendo lo que nos merecemos.

Hoy es mi cumpleaños. Y me encanta.

Regalos

Llego de trabajar y me encuentro con esto:



Así da gusto volver a casa.
(Mi cumple es dentro de un par de días. Sabía que iba a haber un paquete esperándome, y sabía lo que había dentro, pero no me esperaba que estuviera envuelto en papel de regalo. ¡Qué ilu, madre!)