Otras épocas

Cada vez estoy más convencida de que yo he nacido en la época, país, posición social y sexo equivocados. Yo tenía que haber sido un noble renacentista en la Inglaterra del siglo XVII, en lugar de una mujer feminista del siglo XXI. Ay, lo que me hubiera lucido a mí el pelo hace tres o cuatrocientos años. O doscientos, como mínimo.



Estoy convencida de que soy la reencarnación de Philip Sidney, un poeta anterior a Shakespeare recordado por sus sonetos de amor imposible que murió a los treinta años en una batalla contra los españoles, según creo recordar de mis estudios de literatura de primero. Vivía de las rentas, era culto, un caballero que conocía todas las artes de la corte, que supuestamente estaba enamorado de una mujer inalcanzable para él y a la que dedicaba sonetos que ya quisiera Shakespeare haber escrito. Mi favorito es el siguiente (y permitiréis que no cometa sacrilegio traduciéndolo; si no tenéis suficiente nivel de inglés, lo siento, confiad en mi palabra, es precioso):

Having this day my horse, my hand, my lance
Guided so well that I obtained the prize,
Both by the judgment of the English eyes
And of some sent from that sweet enemy France;
Horsemen my skill in horsemanship advance;
Townfolks my strength; a daintier Judie applies
His praise to sleight, which from good use doth rise;
Some lucky wits impulse it but to chance;
Others, because of both sides I do take
My blood from them who did excel in this,
Think Nature me a man of arms did make.
How far they shoot awry! The trae cause is,
Stella looked on, and from her heavenly face
Sent forth the beams which made so fair my race.


Pero no, Sidney no podría haber sido, porque yo de poesía poco, para qué nos vamos a engañar. Quizás mi época estuviera más cerca de lo que pienso, en el dieciocho o diecinueve, ahí, con el auge de la novela. Seguiría pidiéndome ser hombre, que las mujeres lo tenían muy difícil, pero escribiría con el estilo de Charlotte Brönte o, quién sabe, la mismísima Jane Austen. Y me meterían en la cárcel por homosexual, pero qué le vamos a hacer, una no lo puede tener todo.




Estos días me siento ñoña, no sé por qué. Llevo una semana viendo comedias románticas británicas, de ahí la neura. Creo que me las he visto todas, al menos todas las que me gustan. En cuestión de comedia romántica, soy muy básica, sólo me gustan aquellas en las que dos personas aparentemente incompatibles terminan juntas al final. Si además actúa Hugh Grant, mejor que mejor. Vamos, que creo que esta semana Bridget Jones es mi película favorita. Sí, qué pasa, probad a trabajar a jornada completa y luego estudiar cuatro o cinco horas seguidas, veréis dónde se os queda el espíritu crítico (no lo digo por ti, Hugh, que tú me gustas hasta cuando te vas de putas; y madre lo que ha ganado este chico con la edad, que parece mentira que pase de los cincuenta).

Lo dicho, soy de otra época. Una época donde todas las historias tienen final feliz, donde la chica siempre consigue al chico que le gusta por muy fea que sea ella y muy guapo que sea él, una época en la que todo es de color de rosa y no hay dolores ni penas por ningún lado, donde cuando te caes de culo nadie se ríe y se limitan a preguntarte si te has hecho daño, donde Colin Firth está como un camión. Una época que no es la mía.

(Ah, no, un momento, es que eso no es una época, sino un universo paralelo…)

Más cosas que me gustan

5. Los días soleados, aunque haga frío.

4. Niños que me aclaman al grito de "Ruth, txapeldun" cuando entro en su clase.

3. Un pincho de tortilla a las diez y media de la mañana.

2. Disfrazarme en carnavales.

1. Haber acabado los exámenes, por más que tema que uno de ellos está suspendido.

Mis libros favoritos

Si mi avión se estrellara y terminara en una isla desierta con comida y agua abundante y un solo libro… Me moriría del asco. Soy incapaz de elegir un libro, mi favorito, ese que has releído un millón de veces o que te ha dejado una huella imborrable. En lugar de eso, tengo una lista de favoritos sin orden particular, donde cada uno ha aportado algo a la lectora que soy, y me tengo por bien leída. Estos son solo algunos.

-Al este del Edén, John Steinbeck: Un libro que lo tiene todo. Profundo, te llega a lo más hondo sin necesidad de hurgar, te marca, no lo olvidas nunca. Difícil seguir leyendo cualquier cosa después de acabarlo. A mí me costó meses volver a leer después de terminarlo porque sabía que no podía haber nada tan bueno como aquél.

-Las uvas de la ira, John Steinbeck: Este es más desgarrador que el anterior, una angustia continua que no te deja descansar ni en una sola página, que no termina con el libro. Triste, horroroso, maravilloso, inolvidable. Lectura obligatoria.

-Middlesex, Jeffrey Eugenides: La historia de un hermafrodita contada desde su segunda vida, la que empieza como hombre tras haber vivido toda su infancia como mujer. Preciosa historia dificilísima de contar que Eugenides hace que parezca fácil. Mucho mejor que Las vírgenes suicidas, del mismo autor. Ni punto de comparación.

-Tomates verdes fritos, Fannie Flagg: Ríes, lloras, te emocionas, saltas en el asiento y acabas con la boca abierta al final. Trata la homosexualidad femenina con tanta maña que no parece estar hablando de ello. Me gusta su manera de contar la historia, dando saltos en el tiempo sin respetar la temporalidad de la historia. La película, preciosa también; se nota que el guión lo escribió la misma Flagg.

-Wicked, Gregory Maguire: Porque está bien ver la historia de El Mago de Oz desde el punto de vista de la malvada bruja del Oeste. Al final, ni era tan bruja, ni era tan malvada, pobrecica. Digna lectura, no apta para niños.

-Marcas de nacimiento, Nancy Huston: La historia de una familia contada al revés, empezando por el pasado y viajando atrás en el tiempo. Preciosa de principio a fin.

-1984; Animal Farm, George Orwell: Ambas tenían que ser de obligada lectura en el último curso de bachillerato. Aunque no se esté de acuerdo con las ideas de Orwell, estos son de esos libros que es necesario leer para entender el mundo tal y como es hoy.

-La Regenta, Leopoldo Alas Clarín: ¿Qué hubiera sido de mi adolescencia sin este libro? ¿Cuántas veces he podido leerlo? Y ahora que su historia queda casi olvidada, siento que me llama, reclama mi atención desde su estantería, amarillo ya el tomo, desgastado tras veinte años en mi poder. Caerá pronto, porque hay libros que se deben releer tantas veces como te pida el cuerpo (y el mío pide Regenta a gritos).

Y tantos y tantos otros… Pero no habría tiempo ni espacio suficiente para anotarlos todos. ¿Cuáles son algunos de los tuyos?

Mi trabajo ideal

Desde que tengo uso de razón, he querido ser dos cosas: profesora y escritora. Lo de profesora fue fácil, sólo necesitas un título: hice magisterio, me saqué el EGA (título de euskera) y me puse a trabajar nada más terminar la carrera. Mi pasión era enseñar a leer a los niños, aunque todavía hoy no tengo muy claro cómo se hace eso y si las profesoras tienen algo que ver en el proceso. Cada vez estoy más convencida de que los niños aprenden a pesar de la profesora, no gracias a ella. Pero primer sueño cumplido.

Lo de ser escritora está siendo un poco más difícil. Me falta la energía requerida para lograrlo. Me falta la pasión, la concentración, el deseo. Me falta disciplina, lo que lo hace muy difícil. Debería ser capaz de sacrificar cualquier cosa por la escritura, y en lugar de eso me apunto a patchwork, o utilizo los estudios como excusa para no escribir. Pero sigo queriendo ser escritora. Sueño con ello. Y, como soñar es gratis y muy placentero, creo que es algo que voy a seguir haciendo por los restos.

Con la edad, sin embargo, los sueños cambian. Me gusta mi trabajo, pero es agotador. Sé que no voy a llegar a vieja lidiando con niños de menos de doce años, por mi bien y por el suyo. No quiero quemarme. Así que sueño despierta -otra vez- y me imagino un escenario en el que no tuviera que tratar con niños todos los días. Como ser traductora, por ejemplo. Manejar distintos idiomas, más aún de lo que ya lo hago ahora (en mi día a día, castellano; con los compañeros de trabajo, euskera; con los niños y en los estudios, inglés; tres horas a la semana, en alemán). O ser dueña de una librería y pasarme el día rodeada de libros. O de cuentacuentos en una biblioteca. Animadora a la lectura, profesora de teatro. Actriz de teatro (chúpate esa). Psicóloga. Escritora.

Escritora.

La pescadilla que se muerde la cola.

Para que luego digan que las niñas pequeñas no saben lo que quieren.

Hacia delante

Hacia delante, siempre hacia delante. Vive, deja vivir, avanza, cambia, sueña. Mejora. Siempre a mejor.

O no.

La individua

Estoy esperando a que el semáforo se ponga en verde y me fijo en un coche que no ha salido disparado en cuanto el disco ha cambiado, con las luces de emergencia dadas y en mitad del carril. Dentro, una mujer con cara de agobio habla por teléfono mientras intenta arrancar el coche, que no obedece. Deja el teléfono, vuelve a intentarlo, pero nada. Coge una carpeta, saca varios papeles, trata de arrancar otra vez, vuelve a coger el móvil. A su alrededor, los coches pasan zumbando, pero nadie le pita. Está claro que es una avería.

Menos para el listo de sesentón que se pone a mi lado. Es ver a la mujer en el coche y empezar a despotricar a voz en grito, aunque va solo y no habla para nadie en particular.

-Mírala, hablando por el móvil, ahí parada. Pero será imbécil, hay que ser imbécil. Joder con la individua, la que está montando. Dios, qué asco, si es que...

Yo abro la boca, y a punto estoy de decir algo, pero en ese momento la mujer trata de arrancar otra vez y el hombre se da cuenta de que no lo ha hecho a posta. Aún así, el muy óngase adjetivo aquí] mueve la cabeza de un lado a otro y mira el coche con una expresión de "mujer tenías que ser, hay que ver" que me da náuseas.

Y entonces el semáforo cambia, y yo acelero para alejarme del individuo antes de soltarle lo que estoy pensando, porque uno de mis alumnos está a mi lado y tampoco es cuestión de pegarme con un jubilado por defender el honor de las mujeres al volante.

Quiero ser niña

Ane quiere irse a casa. No le apetece venir a clase hoy y llora, berrea, las lágrimas le caen por la cara como si surgieran del nacimiento del Nilo. No puedo calmarla, nada de lo que le digo surte efecto. Quiere irse a casa, y punto. Cantamos canciones, saltamos, jugamos, y poco a poco se va acordando de que el inglés también le gusta, y que luego vendrá el maisu con sus cuentos favoritos, y va dejando de llorar. Pero de repente se acuerda de su madre y empieza otra vez. Parará cuando ella quiera, nunca antes.

Yana no llora, pero se agarra a su madre con tanta fuerza que hacen falta dos profesoras para soltarla de ella. Es dura de pelar, la más alta de la clase, un poco abusona, pero cuando no quiere venir lo deja hacer saber. Naroa, mi Naroa, la buena estudiante, la que disfruta viniendo a clase, hoy está desconsolada y no entiendo por qué. El tutor me lo aclara: se queda en el comedor y hoy hay pescado. Son las nueve y media de la mañana y ya está desesperada porque no le gusta el menú.

Los niños lloran, se rebelan, luchan contra lo que no les gusta, te lo dicen bien a las claras. Los adultos intentamos calmarlos, pero nada de lo que hagamos vale una mierda. Son ellos los que se tienen que calmar, ellos los que dicen basta, hasta aquí, ya me siento mejor. Y entonces paran, y sonríen, y vuelven a ser los niños alegres que mis alumnos tienen la suerte de ser.

A veces quisiera ser niña para poder mostrar al mundo lo que siento en cada instante, en lugar de llevar una máscara las veinticuatro horas al día y fingir que todo va bien, o disimular todo lo que puedes cuando las cosas se tuercen y no hay manera de fingir del todo. Si todos hiciéramos lo mismo, el mundo estaría lleno de gente más feliz, más entera, menos falsa. Si todos hiciéramos lo mismo, el mundo estaría lleno de niños grandes.

Nieve


Nieva en Vitoria. Como todos los años.

La nieve no es novedad, la falta de ella sí lo sería. Vitoria sin nieve es como un jardín sin flores, si no cae una buena nevada al menos una vez al año nos falta algo. Muchos años nos ha faltado algo, y no salimos en las noticias. Pero siempre que nieva, aparecemos en el telediario. La no-novedad es noticia.

Este año, la nevada ha sido quizás más copiosa que otras veces, aunque yo todavía recuerdo las que caían cuando yo era pequeña -y no tan pequeña- y soy incapaz de compararlas. Mi ikastola estaba al lado de un parque, así que, cuando nevaba, a veces nos llevaban al parque y nos pasábamos la hora del recreo haciendo ángeles en la nieve. Yo era una mocosa, tendría seis o siete años, y recuerdo que la nieve me llegaba por las rodillas. Ahora he crecido, mis rodillas están más altas. Quizás sea eso por lo que no me parece que ahora nieve tanto. Pero no, no es eso. Cuando hacía prácticas en la misma ikastola, intenté cruzar el parque después de una buena nevada. No pude. Me llegaba a mitad del muslo. Y desde entonces no he crecido más, así que sí, antes nevaba más que ahora.

Cuando nieva, me acuerdo de mi padre. Él siempre renegaba de la nieve. Decía que qué había de bonito en un paisaje completamente blanco, dónde estaba la gracia. El otoño sí que es espectacular, con su gama de colores, decía él, pero un paisaje todo blanco... Vamos, hombre, vaya porquería. Luego se ponía a enumerar los problemas que causaba la nieve, y mi hermano y yo le tachábamos de exagerado. Con lo divertido que es, le decíamos, mira cómo se lo pasan los críos.


Ahora he crecido, y creo que un poco del espíritu de mi padre habita en mí. Me gusta ver caer los copos desde la ventana de mi casa, con la calefacción a tope y la manta sobre el regazo, pero odio tener que salir a la calle. Me siento torpe andando con botas de monte, me patino por muy buen calzado que lleve, paso frío, me mojo... Me acuerdo del otoño, con el colorido de las hojas de los árboles, y deseo con todas mis fuerzas que acabe el maldito temporal. Quiero que deje de nevar. Quiero poder andar por la calle sin sentirme idiota.

Hoy he oído en televisión que un hombre que limpiaba la acera se ha resbalado y se ha matado con el golpe. Pienso en su familia, en el cuerpo que se te tiene que quedar cuando quien quiera que dé ese tipo de noticias se te plante en casa. "No, oiga, debe usted estar equivocado, mi marido está limpiando la acera". Estaba, oiga, estaba.

Nieva. Hace frío. El suelo reluce como si fuera de mentira. La noche es más clara cuando hay nieve.

10 cosas que no me gustan de las fiestas de Navidad


10. Ponerte hasta el culo de comida aunque no tengas hambre, aunque no hayas tenido hambre la última semana, aunque tengas la sensación de que nunca jamás volverás a tener hambre después de todo lo que tu madre/suegra te ha hecho comer estos días.

9. Que Baltasar siga siendo un blanco con la cara pintada de negro. ¿Pero es que no hay bastantes negros alrededor para que dejemos esta estúpida tradición del betún? ¿O somos tan racistas que solo soportamos a los negros de mentira?

8. Que los huevos fritos no estén en el menú navideño.

7. Los villancicos clásicos en castellano. En euskera y en inglés no me importan, pero en castellano no los soporto. Esto es a raíz de un trauma personal que tengo después de aguantar X Navidades los cánticos de mis tíos y mis padres, todos ciegos como piojos y peleando por ver quién desafinaba más.

6. Las aglomeraciones navideñas. Eso de que a todo el mundo le dé por hacer compras de última hora y no te dejen a ti, que realmente no has tenido tiempo hasta el último minuto, campar a tus anchas por El Corte Inglés.

5. El Corte Inglés. Se creen que las Navidades las han inventado ellos.

4. Los anuncios de colonias. A cada cual más repulsivo, sexista y repetitivo.

3. El anuncio de Euskaltel del "llámala, din-don, llámala, din-din-don". A todas horas, en todos los canales (menos en TVE), después y antes de todos los programas.

2. Que no te respondan a las felicitaciones de Navidad. Ya no pido que manden un "christmas", con un mensaje de teléfono o uno en el Facebook me conformo.

1. El siete de enero.

¿Y tú? Venga, no me vengas con el espíritu navideño, que seguro que algo hay.

Personalidades ocultas


Algunos dicen que una debe escribir sobre lo que conoce. Tiene su lógica, claro, lo que conoces es lo que más fielmente puedes retratar. Puedes echar mano de tus sensaciones, de tus conocimientos, y crear un escrito personal y realista, fiel a la realidad. El problema es adaptar eso que uno conoce y conseguir crear una historia de ficción a raíz de eso. Quieras que no, tendrás que incluir aspectos desconocidos, asuntos que no manejas de primera mano.

Yo prefiero escribir sobre aspectos que no conozco. No me refiero en la historia en sí. Puedo escribir sobre un profesor de primaria que se enfrenta a una clase de niños por primera vez, por ejemplo, pero ese profesor de primaria estaría muy alejado de cómo soy yo. Me obsesiona la psique humana. Me obsesiona ponerme en el lugar de un asesino, por ejemplo, o un violador. ¿Qué se le pasa por la cabeza a alguien que mata por placer? ¿Se puede llegar a entender a un psicópata? ¿Me convierte ello en un ser peligroso? Mi profesor, seguramente, sería pederasta, y la historia incluiría la terrible escena en la que abusa de un niño. Jamás he conocido a un pederasta. No entiendo qué se le puede pasar por la cabeza a una persona así. Pero me gustaría entrar en su mente y averiguarlo.

A veces, cuando escribo, me gusta dejarme llevar por esa parte de mí que no me pertenece, esa parte que no es yo. Me pongo en el papel de otra persona y actúo -sobre el teclado del ordenador- sin principios ni valores, o al menos no los míos. Me gusta crear personajes enrevesados, peligrosos, con un pasado doloroso que les convierte en lo que son. El otro día describí una violación desde el punto de vista del agresor. Fue fácil. Imaginé mi peor pesadilla y la expuse sobre el papel, pero cambiando los roles. Fue divertido. Es lo más cerca que estaré nunca de cometer una agresión sexual, porque me parece la peor de las agresiones. Peor incluso que el asesinato. Pero esos son mis valores, no los de mi personaje.

Cuando escribes puedes matar, acuchillar, violar, mentir, prevaricar... Y todo queda en casa. Te conviertes en la antítesis de lo que realmente eres, vas en contra de todos tus valores, reniegas de tu educación. Y no pasa nada. Es más, si lo haces bien incluso puedes ganar dinero con ello, aunque nadie te librará de las críticas sobre lo terriblemente realista que es tu ficción y el asco que les ha dado leer tanto detalle en una violación/asesinato/robo a mano armada. ¿Me convierte eso en criminal? En absoluto. Porque cuando me despego del ordenador entiendo que solo era un juego, tan inofensivo -o más- como jugar con pistolas de agua. Es divertido, pero no es real. Y la diferencia entre esos dos mundos es lo que hace que escribir merezca la pena.

2010

Nunca puedes decir "este año solo puede ser mejor que el anterior", porque la vida es muy puñetera y puede demostrarte lo equivocadísima que estás. No me atrevería a gritar a los cuatro vientos que por fin se ha acabado un año horrible, horrible, horrible y que espero con avidez todo lo bueno que me va a traer el 2010, porque me he vuelto cauta y aquella resolución de "este va a ser el mejor año de mi vida" ha desparecido. No sé si tengo un mejor año en mi vida, todos han tenido sus cosas buenas y malas. Pero el 2009 pasará a la historia como el año de la pesadilla. En el 2009 murió mi padre, y todo lo bueno o regular que pasara el resto de los 364 días ha quedado en el olvido.

Este año lo termino con una migraña y lo empiezo con una gastritis. Si fuera supersticiosa, diría que no es muy buen augurio; como las supersticiones dan mala suerte, he decidido que empiezo el año enferma para quitarlo de mi lista de quehaceres y poder pasar el resto del año fresca cual lechuguita. El gato tiene un ojo rosa que apenas puede abrir, él también empieza el año regular. Los demás, como siempre, más o menos afortunados. Que empiece un año nuevo no significa que tenga que haber muchos cambios. Desgraciadamente. Cambiaría tantas cosas en mi vida... Lo malo es que todas escapan a mi control.

Qué seria me he puesto. Yo solo pasaba por aquí para desearos un feliz 2010, y que todo lo que deseéis se cumpla o al menos no se vaya al garete de forma estrepitosa. Sed todo lo felices que podáis hoy, que el mañana nunca está asegurado. No esperéis al 2011, este año es tan bueno como otro cualquiera. Dicen. Espero.

Pues eso, que feliz año.

Cambios

En el día de hoy anuncio que:
1. Voy a dejar de escribir. Estoy hasta el moño de pelearme conmigo misma todos los días. Ya no me gusta. Me rindo. A partir de ahora dedicaré mis horas libres a hacer calceta y punto de cruz.
2. Reniego de Alan Rickman. Me parece un viejo insoportable que ha llegado a donde está sólo porque de niño se le atascó la mandíbula y aprendió a hablar sin mover los labios. A partir de ahora sólo veré películas americanas con mucha violencia, mucho sexo y final feliz.
3. Soy de derechas y españolista. De mayor quiero ser como Esperanza Aguirre. Me pone Rajoy. Si fuera hombre, me dejaría un bigotillo como el de Aznar (como no lo soy, me lo quito con láser).
4. Como soy una débil mujer, voy a buscarme un marido que me cuide y me quite de trabajar para no ocupar un puesto laboral que le corresponde a un hombre. He decidido que voy a tener al menos cinco hijos y voy a dedicar el resto de mis días a cuidar y mimar de mi familia, sin más aliciente que los quince días en Benidorm en agosto.
5. Pienso que la homosexualidad es una enfermedad, el aborto una aberración y el divorcio contra natura, que Rouco Varela debería ser santificado en vida y que el papa es el hombre más divino del mundo. Creo en Jesús y a partir de ahora voy a ir a misa todos los días. A todas las misas.
6. Creo que tienes mucho tiempo libre y deberías estar haciendo cosas más interesantes que leer la mierda que escribo aquí de vez en cuando.

(ay, inocente, inocente...)

A esto le llamo yo una buena decoración


No, no es un hombre a quien se le ha escapado la escalera y se ha quedado colgando. Es un muñeco que el ingenioso dueño de la casa puso como decoración de Navidad y tuvo que quitar a los dos días porque a punto estuvo de causar accidentes frente a su casa. Según cuenta en su blog (si tuviera más tiempo pondría un link, siento haber olvidado cómo se hace, tendría que ponerme a rebuscar y no me apetece), una señora de 55 años llegó a levantar una escalera de casi cuarenta kilos y subió por ella antes de darse cuenta de que no era de verdad. La policía le recomendó que lo quitara porque incluso ellos habían estado a punto de pegársela cuando frenaron bruscamente con la intención de ayudar.

Duraría poco, pero seguro que dio que hablar a todo el vecindario...

Bloqueo del escritor y otros mitos

No creo en el bloqueo del escritor. No creo en el síndrome de la página en blanco, en que las musas te abandonen. Creo en que se pueden tener días más o menos inspirados, y que algunas veces las cosas te salen mejor que otras, pero no creo en la imposibilidad física de escribir. Sé que no existe porque lo he comprobado. Para el resto del mundo, esos que no escriben (también los hay, ¿os lo podéis creer?), el bloqueo se llama vagancia.

El pasado mes de noviembre conseguí crearme una férrea rutina. Me sentaba todos los días a escribir a la misma hora y trataba de escribir la misma cantidad de palabras, que de lunes a viernes eran alrededor de 1500 y los fines de semana algo más. Algunos días estaba cansada después de un día eterno, pero me sentaba igualmente; al fin y al cabo, no se trataba de mover piedras de molino con los dientes, algo podríamos hacer. Y avanzaba. Vale, no era Shakespeare, pero nada de lo que yo haga nunca lo será, y mi objetivo era perderle el miedo a escribir. Y lo conseguí. Incluso logré algún párrafo del que sentirme orgullosa (y muchos que negaré haber escrito yo cuando gane el Cervantes y me den la cátedra), pero eso era lo de menos. Ya vendría la revisión.

Llegó diciembre y me prometí seguir así, pero ya la presión no era la misma, la novela había llegado a su punto medio y, aunque sabía lo que venía después, me daba pereza seguir. Cometí el error de darme días libres. Perdí el impulso, la inercia que me tenía pegada a la silla todos los días a la misma hora. Recuperar la costumbre fue muy difícil. Todavía no lo he hecho. Cualquier excusa es buena para no escribir.

Y no es un bloqueo. No es que no sepa como seguir, que sí lo sé (solo que ahora es más difícil, porque vienen los "macgufins", como dice una amiga, los momentos de tensión que justifican todo lo escrito hasta ahora), pero me da pereza. Me da miedo. Ya empiezo otra vez con el "¿y si no lo hago bien?", solo que ahora es mucho más ridículo porque todo lo anterior es cualquier cosa menos bueno. Más de sesenta mil palabras, el final aún no se atisba, y me pongo a dudar. No es bloqueo de escritor, no es miedo a la página en blanco porque no hay ya nada blanco. Es miedo a secas.O pereza. O entumecimiento. Pero bloqueo no.

El bloqueo se vence escribiendo. Hoy he conseguido pegar el culo a la silla y escribir mil palabras. Son pésimas, y creo que me estoy desviando, pero al menos ya sé por qué camino no me apetece ir. Mañana me sentaré otra vez. Y estas vacaciones pienso dedicar algún que otro día solo a escribir (bueno, y a comer y a dormir, pero a nada más), como ya hice en noviembre, cuando conseguí cascarme 6000 palabras en un día. Es cuestión de ponerse. De vencer a la pereza.

Y a mí a cabezona no me gana nadie.

Sábado, día de escritura

Nueve y media de la mañana de un sábado. El despertador no suena, pero yo ya estoy despierta y dispuesta a empezar el día. Hoy tengo que escribir, me digo, tengo que sentarme al ordenador y usarlo para lo que lo compré, que no está la economía como para tirar el dinero. Hoy escribo.

Pero primero tengo que desayunar. Un desayuno lento y sin prisa, con música de fondo, relajado. El gato husmea la tostada, él también quiere. Quito la taza de café con leche antes de que meta el morro, anda que no es fino el tío. Me tomo otro café. Sólo he dormido diez horas, aún tengo sueño.

La casa está hecha un asco. No me puedo concentrar con pelusas por doquier. Paso la escoba y me pongo. Bueno, ya que he sacado la escoba, saco el Ajax Pino y le pego una fregadita al suelo. Y a la encimera de la cocina. Y ya puestos, limpio el baño.

Ya, ya está todo limpio, ya me puedo poner a escribir. Vamos a echar un vistazo a internet y ahora me pongo.

Media hora más tarde, me doy cuenta de que el reloj de pared del despacho está parado. Hay que cambiarle la pila. Es un momento, lo hago en un pis-pas.

¿Dónde coño he metido yo las pilas? Diez minutos buscándolas para encontrarlas en el cajón de las pilas. Qué cosas.

Anda, no he planchado los cuadritos de patchwork (estoy haciendo un cojín, más mono...) y quiero pasarme la tarde cosiendo en casa de mi madre, así que mejor los plancho ahora y así, mientras escribo, se enfría la plancha y puedo guardarla antes de irme, no vaya ser que el gato se queme el hocico. Un momentito, es un momentito.

Ya está. Me siento. Abro el documento. Escribo cien palabras. Miro el reloj.

Coño, es la hora de ir a comer a casa de mi madre. Apago el ordenador y me visto a toda prisa, que tengo que comprar el pan.

De mañana no pasa, mañana escribo.

Que sí, de verdad.

¡Me importa tres pepinos!

Enciendo el ordenador. Después de pasear por el correo, voy con toda tranquilidad a los dos periódicos digitales que leo siempre, ¿y qué me encuentro en portada (en pequeñito, pero en portada)? La foto en exclusiva del nuevo aspecto tras la operación de cirugía estética de cierta persona a la que no pienso nombrar para que nadie pueda llegar aquí tecleando su nombre.

¡Señores, qué hace esa tía abriendo periódicos! Como ella misma dijo, ¡ni que fuera Bin Laden, leches!

A veces me gustaría ser idiota para dejarme comer la cabeza por tonterías sin importancia...

Aborta, que algo queda.

Los obispos dicen que abortar es delito.

Se nota que ni son mujeres, ni trabajan con ellas, ni están casados, ni tienen hijas o nietas.

O sí.

En defensa de la escuela pública

Trabajo en una escuela pública. Una ikastola pública, para más señas, un centro que empezó siendo de la diputación alavesa para luego pasar a manos del Gobierno Vasco cuando las ikastolas lograron la completa legalización. Está en un barrio de los llamados "bien" de la ciudad, de clase media alta y con un pírrico porcentaje de inmigrantes. No hay problemas de disciplina. Las clases son todo lo homogéneas que se puede esperar en una clase de veintipico niños y niñas.

El año pasado, los alumnos de cuarto tuvieron que hacer el examen diagnóstico, una prueba que el Gobierno Vasco (no sé si es estatal) utiliza para gradar los centros que se toma en cuarto de primaria y segundo de ESO. Se medían las competencias en castellano, euskera y matemáticas, y este año también conocimiento del medio (aunque esta última va a cambiar todos los años). Nos han llegado los resultados. Dado el nivel socieconómico del barrio y de los alumnos, la comparación entre centros (todos anónimos) se ha hecho teniendo en cuenta ese dato. Al tener nuestras familias un nivel socioeconómico muy alto, la comparación se ha hecho contrastando nuestros resultados con colegios privados y concertados de la comunidad, modelos A, B y D.

¿Los resultados? Les damos a todos sopas con honda.

La media del resto de colegios no es mala, en la gráfica quedaban a la mitad del nivel medio, pero nuestra ikastola pasaba con creces ese punto y entraba en la zona de "avanzados". La nota más baja, aunque aún muy por encima de la media, era en matemáticas, y hasta en conocimiento del medio han (hemos) arrasado. Tened en cuenta que estos niños son castellano parlantes e hicieron el examen en su lengua de acogida, no la materna. Había dudas, se creyó que lo harían mal. No hemos hecho trampa y hemos arrasado.

¿Qué conclusión saco? No, no es que el modelo D funciona (que lo defiendo a capa y espada, pero no es lo que respaldan estos datos); no, no es que los niños de ikastola son más listos, o que los profesores que hablan euskera están más preparados. La conclusión a la que llego, a pesar del título de la entrada, es que la escuela, pública o privada, es solo una mínima parte del cuadro, que poco podemos hacer nosotros (los profesores) en la educación de los niños a la hora de la verdad. La mayoría de nuestros alumnos tienen padres universitarios, algunos profesores, la mayoría bien educados. No tenemos ningún grupo marginal, ningún problema serio de disciplina, podemos emplear todo nuestro tiempo en enseñar. ¿Por qué otros colegios de la ciudad, a pesar de tener los mismos profesores (todos sacados de la misma lista, todos con la misma formación) se han quedado en la zona baja del gráfico? Porque no tienen nuestras familias, no tienen nuestra educación. Y sin esa materia prima, poco podemos hacer los profesores, ya sea en público o en privado.

Así que, padres y madres, andad al loro de lo que hacen vuestros hijos. Participad todo lo que podáis, enviad a los chavales bien educados, formales y respetuosos, que de las sumas y las restas ya nos encargamos nosotros. Y zorionak a todas las familias de los chavales de cuarto (este año quinto) de mi centro, porque nos han puesto a los profesores el ego por las nubes.

Oh, Christmas tree

Estos días, en clase de los pitufos de 4 y 5 años, estoy trabajando villancicos, ya sean reales (oh, Christmas tree, oh, Christmas tree, how lovely are your branches) o inventados (I'm a little snowman, short and fat). Después de trabajar el del árbol de Navidad, me viene un pitufo y me dice: "Ruth, Ruth, hoy he puesto el ohchristmastree (así, todo seguido y sin respirar) en mi casa".

Si es que hay que tener un cuidado con lo que se dice en clase...