He votado (no me peguéis)


Acabo de volver de votar. Fuera llueve, pero aún así he bajado, con el carné de identidad en el bolsillo y el papelito del censo para saber qué mesa es la mía, que siempre me confundo, y he andado los veinte metros que me separan de mi colegio electoral sin paraguas, cual penitente tratando de expiar sus pecados. He votado. He cumplido.

Soy tan simple que aún creo que mi voto vale para algo. Tan inocente y tan pánfila que soy de las que piensa que cuando no te gusta el gobierno que tienes debes mostrarlo con tu voto. Ojo, que no estoy diciendo con eso que el que se abstiene no tiene derecho a opinar (si no te gusta nadie de los que se presentan, la abstención puede entenderse como un modo de protesta, aunque también de apatía o de "me da igual", he ahí la mala fama), ni que las manifestaciones y las expresiones de enfado en las calles no sean válidas, faltaría más. Pero yo (inocente, tonta, simple) soy de las que piensa que un papel en un sobre tiene más peso que una cacerolada. Y así me va.

He votado al partido que considero menos malo, que a ojos de otro seguro que es la representación del demonio. No he votado para que ganen, que sé que no van a ganar, sino para que hagan una oposición responsable. Hasta cinco minutos antes de bajar de casa, mientras me secaba el pelo y miraba por la ventana para ver si había mucha gente en la puerta del colegio electoral, he debatido conmigo misma si les debo votar a ellos o no. El problema era que no había ningún otro partido que me gustara lo suficiente como para darle mi papeleta. Y al final he votado con muchas dudas.

Habrá gente que diga que para eso mejor no votar, o mejor votar en blanco, o que total me podía haber quedado en casa. Puede. Quizás tengán razón. Pero qué queréis, soy una romántica, y a mí eso de votar me pone. Ha muerto mucha gente para que yo tenga derecho a votar, y cada vez que llegan las elecciones me acuerdo de eso. Es una chorrada, ¿verdad?, si no hay nadie que te guste para qué molestarte, parezco tonta. Quizás lo sea, pero me da igual. Yo voto. Y si el partido al que he votado miente, estafa o engaña (que lo hará), en las próximas elecciones perderá mi voto y el de mucha más gente, y en las siguientes elecciones cambiaré otra vez, como lo he hecho en las tres últimas. Sigo sintiendo que es la única arma que tengo para controlar a quien me manda.

Claro que qué sé yo. Por favor, si soy de las que lee "Juego de Tronos" esperando que Jaime Lannister se líe con Brienne, la doncella de Tarth. Una romántica, ilusa, pipiola, inocente empedernida, vamos... Y con derecho a voto.

Diario


(...) Me vuelven a asaltar dudas sobre lo que estoy haciendo; me digo que esta historia no es la mía y que estoy escribiendo un churro que no vale ni para sujetar la pata de una silla que cojea (sobre todo después de leer alguna de las maravillas que hay fuera, como el texto de ayer en The New Yorker, que ya podía darme a mí por leer a Ken Follet, leñe), y me planteo dejarlo y aprovechar esa hora para dormir. Pero luego recuerdo que escribo porque quiero, que el objetivo no es publicar ni ganarme la vida con esto, sino escribir lo que me gusta y no puedo leer porque a nadie más se le ha ocurrido y no me queda más remedio que escribirlo yo. Ya sé que la historia está mal, ya sé que es un churro sin personalidad, sin voz, sin estructura, sin personajes creíbles ni voces identificables, históricamente incorrecto y psicológicamente imposible. Pero sigo. Porque prefiero escribir mal a no escribir en absoluto. Porque no pasa nada si escribo un churro, no tiene por qué leerlo nadie y nadie está esperando a que se publique. Porque solo se aprende cometiendo errores, y ser capaz de verlos ya es un gran avance. Antes solo era capaz de decir "algo no funciona, está mal y no sé por qué". Ahora sí sé qué falla. Otra cosa es que sepa arreglarlo. (...)

Poesía como cura para el cansancio

(Me perdonaréis el silencio, pero estoy demasiado liada y demasiado cansada para escribir en el blog estos días. Prometo volver con ganas, porque el cansancio es producto de novedades y ajustes temporales, no de malos rollos o agotamiento mental. Mientras, os dejo una joyita para que practiquéis inglés; he sentido el impulso de traducirlo para los que no dominéis bien el idioma, pero si traducir un texto literario me parece difícil, en poesía ya es imposible, menos aún la de un genio como W. H.  Auden. Quedaos en lo superficial o id más allá: de cualquier manera, habréis ganado algo solo con leerla.)






THE MORE LOVING ONE

Looking up at the stars, I know quite well
That, for all they care, I can go to hell,
But on earth indifference is the least
We have to dread from man or beast.

How should we like it were stars to burn
With a passion for us we could not return?
If equal affection cannot be,
Let the more loving one be me.

Admirer as I think I am
Of stars that do not give a damn,
I cannot, now I see them, say
I missed one terribly all day.

Were all stars to disappear or die,
I should learn to look at an empty sky
And feel its total dark sublime,
Though this might take me a little time.


De caras conocidas que traen recuerdos o viajes al pasado involuntarios


Hoy he vuelto a casa dando un rodeo por el casco viejo para hacer un recado y me he cruzado con un profesor de inglés que tuve en el instituto. Me ha hecho gracia porque en veinte años creo que es la primera vez que lo veo, o quizás no tanto, pero lo parece. Le recuerdo como a un buen profesor, de los pocos que me han hablado en inglés en clase (hoy en día es impensable, pero en mis tiempos dábamos inglés en euskera). Hace poco, qué cosas, me acordé de él porque hice lo mismo que él nos hizo en clase una vez: dio por supuesto que nosotros/as, almas cándidas que llevábamos cuatro o cinco años dando inglés (y todos los años empezábamos por el to be y los colores), íbamos a saber diferenciar el acento americano del británico. Le miramos con cara de pez y el pobre desistió, pero a mí me quedó la curiosidad de si realmente era o no tan distinto. Hace unos meses lo hice con críos de segundo de primaria y ellos sí lo distinguieron. Me pregunto qué tipo de alumnado se encontrará él hoy en día.

Pero el recuerdo que me ha venido a la mente nada más verle y que me ha dejado sin aliento un instante no tenía que ver con él, sino con mi padre. Este profesor fue mi tutor en segundo de BUP y mis padres asistieron a la reunión de principio de curso con él. Cuando mi padre volvió a casa, lo primero que me dijo de él fue "Qué boca más pequeña tiene, ¿no?" Y es cierto, la tiene pequeña, o más que pequeña fruncida en un eterno beso; como, además, las tres sílabas de su apellido tienen una u, la sensación de boca diminuta es mucho más exagerada, y las coñas con su nombre en el instituto eran infinitas. Desde aquella reunión, cada vez que en mi casa se hablaba de él había que añadirle la coletilla "el de la boquita pequeña", hasta que el pobre hombre perdió su identidad y ya nos referíamos a él solo por ese rasgo. Las pocas ocasiones en las que le veo u oigo un nombre similar al suyo (el de pila es común aquí, el apellido no tanto), me acuerdo de mi padre y del profesor de la boquita pequeña. En ese orden.

La semana pasada hizo tres años que mi padre murió. Juraría que cuanto más tiempo pasa más anécdotas recuerdo, o más situaciones me lo recuerdan. Supongo que es normal, pero a veces asusta. En ocasiones tengo la sensación de que aún puedo coger el teléfono y llamarle y decirle "me acabo de cruzar con el de inglés, el de la boquita pequeña, y me he acordado de ti"...

Ola de calor


Cuarenta grados a la sombra de máxima en una ciudad en la que lo normal es que a estas alturas de agosto estemos sacando las chaquetas de otoño. Duermo con la ventana abierta, pero en mi cuarto no entra ni una pizca de brisa. Fuera, a las once de la noche, la gente pasea con la chaqueta en la mano a pesar de los veinticinco grados de temperatura. No importa, esto no deja de ser Vitoria. ¿Cómo conocer a alguien de mi tierra en una playa nudista? Es el que lleva el bañador al hombro por si refresca. Reíd, reíd, pero es verdad. Yo he llegado a ir a la piscina con el paraguas en la bolsa.

Otros años, el diez de agosto anuncia el fin de las fiestas y el día en el que la ciudad se convierte en poco más que un conglomerado de calles vacías y comercios cerrados. Suele ser fácil aparcar en cualquier lugar, y el que en agosto no haya que pagar por aparcar en el centro es un pequeño consuelo para los infelices que nos quedamos aquí. Últimamente, sin embargo, no es tan fácil dejar el coche en la puerta de casa porque la gente no se ha marchado, al menos no por mucho tiempo. La mayoría de los comercios y bares están abiertos; como mucho algunos tienen un cartel que anuncia vacaciones de diez miserables días cuando antes se cogían todo el mes. La crisis ha tocado a todos, supongo. Antes diferenciábamos a la clase alta de Vitoria porque iban a las piscinas del Estadio cuando los demás íbamos a Mendi o a Gamarra; ahora sabemos quién tiene "pa gastar" porque se va de vacaciones. Los turistas aumentan, y ahora ya no se quejan de que no hay nada abierto para poder comer un menú del día fuera del hotel. Todavía me llama la atención ver guiris en mi ciudad. Cada vez que veo a uno consultando el plano, me dan ganas de acercarme a ofrecerle mi ayuda y practicar el inglés con un nativo.

Los vitorianos y vitorianas tenemos una especial predilección por quejarnos por todo. Nos quejamos de los inviernos largos, de la nieve y las heladas; nos quejamos cuando llueve, y más aún cuando no llueve; nos quejamos cuando el termómetro marca cuarenta grados en verano y casi lloramos cuando al día siguiente baja a quince. Y eso si hablamos solo del tiempo, porque no entremos ya con la dichosa intermodal o el soterramiento del tren. ¿Y el tranvía? ¡Ay, el tranvía! Tanto quejarse y ahora va lleno. Pero hay que protestar. Eso y la chaqueta en la mano es lo que nos hace vitorianos. Qué le vamos a hacer.

Ensalada fresquita, café con hielo y agua, mucha agua. Qué calor, madre, qué calor, así no se puede estar, esto es inhumano. Si es que aquí, o nos pasamos o no llegamos, no hay quien salga de casa, prefiero el frío a este calor húmedo y pegajoso, vaya verano más horroroso...

La semana que viene os hablaré del frío que hace.

En busca del coche perfecto



Me he comprado un coche.

Así dicho parece uno de esos comentarios que la gente anuncia en Facebook o en twitter, y que una lee con cara de "¿y a mí qué me importa?", pero permitidme que elabore: me he comprado el coche yo sola. Mujer, soltera, treinta y seis años, comprando coche.

Aquí se esconde una historia. La oléis, ¿verdad?

Durante dos meses he conocido a todo tipo de vendedores y vendedoras, y he llegado a la conclusión de que para vender coches antes tienes que haber vendido tu alma. El que no me hablaba de lo bonita e imprescindible que era la equipación más cara, lo guay que era tener bluetooth y qué cómodo el volante de cuero (pasando por encima la información sobre nimiedades, como el gasto de gasolina o que ese modelo en concreto no tenía garantía, y lo de los CV a quién le importa), intentaba colarme una financiación que ni que yo fuera una Koplovitz, o venderme un coche de dos años a precio de nuevo y decirme que era "un chollo, un chollo, no vas a encontrar algo así en ningún sitio". Todos, por supuesto, se dedicaron a meterme prisas porque "esta oferta se acaba en junio y luego sube el IVA y vas a tener que empeñar a tu primer hijo para poder pagarte el coche, y verás tú luego". A la semana de empezar, ya estaba agotada.

La "mejor" vendedora, sin embargo, fue la del coche que más me gustaba y que al final no compré por culpa suya, por gilipollas y por intentar engañarme. Era una chica joven, o al menos se las daba de ello, y en cuanto me vio empezó a tratarme como si yo fuera coleguilla suya en lugar de una clienta, lo que ya me dio mal rollo. Me estaba haciendo el presupuesto cuando en una de estas se gira hacia mí y me suelta, con toda la naturalidad del mundo:

--Buf, es que no veas, esta mañana he estado en el ginecólogo y me ha dejado hecha polvo.

Yo, que tengo problemas de oído, me incliné hacia delante pensando que no la había oído bien. Era imposible que la hubiera oído bien.

--¿Perdón?

--Que he ido al ginecólogo y me ha dejado hecha polvo. Tengo confianza con él y eso, pero es que madre mía, qué cosas me hace. Uy, mira, ya está aquí el coche, vamos a probarlo.

En este punto, como comprenderéis, yo quería huir como la cobarde que soy, pero al final me monté con ella en el coche y escuché la vida y milagros de su hermana, que había conocido a un chico a los cuarenta pasados y estaba encoñadísima (palabras textuales de la chati) y era muy divertido verlos juntos. Me habló del chico, de las tierras que tenía, del braguetazo que había dado su hermana. Y después de aparcar el coche vino el intento de colarme el de dos años, asegurándome que era el mismo modelo que el que acababa de probar (ni de coña, como vi más tarde) y tratando de convencerme de que "con 110 CV no vas a ninguna parte, cógete el 130, mucho mejor, dónde vas a parar".

Salí corriendo de allí como alma que lleva el diablo.

Al final le compré el coche al único vendedor que escuchó lo que le estaba pidiendo desde el principio: quiero un coche ajustado de precio. Él fue directo al ordenador y ni me preguntó qué equipamiento quería; me hizo el presupuesto con el interior más sencillo y en blanco, que era el más barato. Tras probar el coche, prácticamente le dije que le quitara la etiqueta, que me lo llevaba puesto. Creo que el pobre no ha vendido un coche tan rápido en su vida, y sé que podía haber arañado más el precio, pero ya estaba hasta las narices. Al hombre le alegré la tarde.

Aquel mismo día recibí ocho llamadas que no contesté y un email de la chica del otro concesionario para ver si quería ir a probar el coche de dos años. No sé si todavía me estará esperando, preguntándose qué ha hecho mal con alguien a quien tenía en la palma de la mano y que le hubiera comprado el último modelo si le llega a rebajar mil euros.

Diario de una novela, o confesiones de una escritora bipolar en ciernes




Día 0: Principios de octubre. Se me ocurre una idea para una novela. Es la mejor idea desde la invención de las persianas, va a revolucionar el mundo literario y toda la humanidad va a hablar de mí durante décadas. Empiezo a pensar en cómo me voy a quitar a las editoriales de encima. Quizás debería ir pensando en hacer el guión cinematográfico al mismo tiempo que la novela. Me hago una lista de actores buenorros para que la protagonicen.

Día 1: Empiezo a escribir. No he escrito ni guión ni diario de personajes, no he delineado la novela, no he hecho ningún trabajo previo. Solo escribo. Me levanto una hora y media antes de ir a trabajar y me juro a mí misma que éste va a ser mi horario de escritura, pase lo que pase, y que no lo voy a usar para nada más. Tengo sueño. 

Día 5: Empiezo a pensar en mí misma como escritora porque he escrito todos los días. Me imagino yendo a conferencias y participando en tertulias sobre cuyos temas no tengo ni idea, pero a las que me invitan por mi condición de escritora. Empiezo a andar más erguida por la calle. Miro a los demás con superioridad porque soy escritora y ellos no, ja, ja, ja. Me doy cuenta de que escribir por la mañana me pone de mejor humor y voy a trabajar más contenta. Si antes la historia me parecía buena, ahora es cojonuda.

Día 17: La hora y media de escritura por la mañana se ha reducido un pelín. La culpa es del despertador, que le das y vuelve a sonar a los diez minutos. La historia va, pero más bien psé. Empiezo a tener dudas.

Día 31: La historia es una mierda, yo no valgo para esto, no sé en qué estaba pensando, mejor estaba durmiendo. Pero no duermo. Mi cuerpo se ha habituado al horario y me tengo que levantar, y ya que estoy levantada, pues escribo. Mi dosis de café diaria ha subido de cuatro a siete tazas. Leo un estudio que dice que el café es bueno. Menos mal.

Día 45: Odio mi vida. Odio mi ordenador. Odio mi idea. Odio a los personajes. Todo es una mierda. A ver si el mundo explota ya de una bendita vez y no tengo que terminar el churro que a pesar de todo insisto en seguir escribiendo. 

Día 62: Me pregunto qué hacía yo antes de ponerme a escribir esta historia. Me pregunto qué hace por las mañanas la gente que no escribe. Me pregunto qué es eso que llaman dormir. Mi hora y media de las mañanas se ha convertido en una hora, pero ahí sigue. Vuelve a engancharme la idea, al menos la mayor parte del tiempo.

Día 84: Estoy terminando el primer borrador. Estoy tan emocionada que mi hora de escritura al día se ha vuelto a convertir en hora y media por las mañanas y otros cuarenta minutos a la hora de comer. Los personajes han tomado vida en mi cabeza y el mundo de fuera me parece banal y aburrido. Empiezo a pensar que tengo una úlcera por comer tan rápido y beber tanto café.

Día 95: He terminado el primer borrador. Lo leo y no quiero saltar por la ventana ni liarme a martillazos con el ordenador. Paso una semana retocándolo y tomando apuntes de cosas que quiero cambiar. Hago tres copias de seguridad. Decido que es lo mejor que he escrito nunca, aunque eso no signifique mucho porque mi tolerancia es muy baja. Salto un poco por casa. Quizás haya bailado a ritmo de Britney Spears, pero no hay testigos y nunca podréis probarlo.

Día 102: Empiezo a escribir otro proyecto y dejo el anterior macerando, a ver si en el disco duro coge solera. Decido que esta nueva novela va a ser mucho, pero que mucho mejor que la anterior. No veo película, veo serie. De hecho, no voy a poder escribir un solo libro, calculo por lo menos tres o cuatro. Es la mejor idea desde la última buena idea que tuvo nadie. Soy genial. Soy maravillosa. Soy la hostia.

Día 112: Reservo un montón de libros sobre el tema que estoy tratando en Amazon, pero no le doy a comprar.

Día 130: Empiezo a sospechar que esta historia es mucho para mí.

Día 153: Decido mandar el nuevo proyecto a la porra y volver con el antiguo. Echo de menos a los personajes. Releo el primer borrador y vuelvo a pensar que qué bello es vivir.

Día 175: Fin de curso y exámenes de la UNED. Mi agotamiento y mi ánimo son inversamente proporcionales. La historia es una mierda que no hay quien salve. Me rindo. No valgo para esto. La hora de escritura ahora son treinta minutos que empleo en leer los periódicos digitales antes de ir a trabajar. 



Día 210: Vuelvo de un curso en el extranjero con las pilas cargadas. Retomo la historia poco a poco. Escribo una precuela, saco una historia corta de ella. Releo mis notas y decido que los cambios no son para tanto.

Día 230: Primeros de agosto. Termino el segundo borrador. Lo releo y cambio un par de detalles. Decido que es una obra maestra, que va a vender millones y que tengo el Planeta en el bolsillo (y con eso me refiero tanto al premio como a la Tierra). Empiezo a pensar en actores que interpreten a los personajes. Me pregunto si el señor de la foto tendrá libre el calendario del próximo año y cuánto cobrará, por si puedo pagarle de mis emolumentos como escritora de grandes ventas. Decido que igual le mando un mensaje vía twitter; total, ya debe pensar que estoy loca de atar después de todos los que le he enviado.

Esta es la cara que veo cuando me imagino
a uno de mis personajes. Ya, sí,  la motivación
tiene que venir de la historia, bla, bla, bla.
Y una leche. 

Día 230, dos horas más tarde: Me tiro de los pelos y decido que he escrito un churro, que no valgo para esto, que mejor le doy a borrar y empezamos de nuevo. Mando otro tuit al chato de la foto y le digo que mejor lo dejamos.

Día 230, por la noche: Vuelvo a estar convencida de que el dinero y la fama están a punto de llamar a mi puerta, pero que ya puede ir llegando que tengo que pagar el coche nuevo. Decido dejar el borrador macerando y darle un repaso dentro de uno o dos meses. La idea de dejar que alguien lo lea me produce dolor de tripa, aunque quizás sea la úlcera. Cambio de nombre en twitter, no vaya a ser que conteste el otro.

Día 231: Empiezo un nuevo proyecto. Este sí que va a dejar a todo el mundo con la boca abierta. Pienso en el diseño de la portada y en que quizás Sandra Bullock quiera protagonizar la película. Será cuestión de ir buscando el teléfono de su agente para ver qué fechas le vienen bien.

Tesoro

Ella es joven, jovencísima, quizás no tanto en términos absolutos pero sí para sostener a una niña de unos dos años en brazos. Se para a mirar unas cortinas, las toca, se interesa, y al tiempo que deja a la niña en el suelo llama a alguien que se le ha adelantado por el pasillo del Leroy Merlín.

--Tesoro, ven un momento.

Yo me quedo quieta, pensando que no puede ser, que no puede tener otro hijo, menos aún uno lo suficientemente mayor para adelantarse por su cuenta y obedecer a la primera a aquella llamada tan dulce, sin alzar la voz. Me doy la vuelta para mirarla con disimulo mientras finjo interés en unas sábanas que no necesito, y entonces aparece Tesoro, que resulta ser un tiarrón con tatuajes en ambos brazos y cara de partirle la cara a cualquiera que le llame tesoro, a excepción de la mujer que le ha llamado. Él se acerca, y escucha a la mujer/niña, y comenta sus preferencias por las cortinas de al lado, las que ha visto con un solo ojo porque el otro está pendiente de la cría de dos años que corretea entre taladros. Y yo me alejo, porque ya he visto bastante y he vuelto a cometer el error de juzgar a la gente al primer vistazo.

Y entonces pienso en todas esas veces que ponemos motes a la gente sin darnos cuenta del daño que hacen, y en esas pocas veces en que acertamos de pleno con los apelativos. Y me pregunto, mientras busco las sierras de calar que usa el de Bricomanía en todos sus programas, cómo llamará Tesoro a la que ha sabido ver la joya que él esconde dentro, y para qué demonios quiero yo una sierra de calar si ni siquiera sé lo que es "calar".

Irlanda, o el clima que produce moho entre los dedos de los pies.

Cliffs of Moher
Llevo años queriendo ir a Irlanda, y hablo tanto de ello que hay personas que creen que he estado allí varias veces. No sé si es porque es de las pocas comunidades anglófonas que habitan en Vitoria (en formato bar irlandés, se entiende), o por eso de que soy vasca y hay buen rollito entre nos, o porque este año me ha tocado estudiar toda su historia y me tenía por experta (aunque más tarde descubriera que no tenía ni pajolera idea). Sea como sea, lo importante es que por fin he podido ir, y lo que es aún mejor: he ido gratis. Bueno, gratis no, porque en realidad me ha costado la paga extra de diciembre, pero me lo ha pagado el Gobierno Vasco porque he ido para un curso de formación del profesorado. Que si llego a saber que me iba a costar la paga, exijo ir en primera clase y en vuelo directo, y no con una escala en París que nos tuvo todo un día viajando. Pero no nos quejemos demasiado.
Kinsale, pueblecito de postal dirigido a los turistas.

El hecho de que fuera un curso puso la guinda al pastel. No solo he conseguido ir a Irlanda, sino que he ido con un grupo de gente que tenía un nivelazo de inglés y en el que ha habido buen ambiente desde el primer día hasta el último; he tenido profesoras nativas que me han hablado de la cultura irlandesa de verdad, no de lo que enseñan los libros y la wikipedia; y encima he vuelto con la maleta llena de ideas para el curso que viene (que va a ser todo un reto por cuestiones que no vienen al caso). Y todas estas variables, aunque parezca que no hay relación, han dado como resultado que me haya puesto de cerveza hasta las orejas.

El mayor monumento de Cork:
Rebel Red Pale Ale
Juro que no ha sido culpa mía. Yo quería ver paisajes, pero la profesora nos ponía de deberes que habláramos con los lugareños, que escucháramos música tradicional en directo, que viéramos bailes típicos... Y claro, eso allí se hace en los pubs, y nosotras, que somos muy buenas estudiantes porque somos muy buenas profesoras, obedecimos al instante. Que sí, que también vimos Cobh, y estuvimos en el museo del Titanic, y en Kinsale, y besé la dichosa piedra de Blarney, que dicen que da el don de la elocuencia, pero la experiencia me dice que para hablar inglés con corrección lo mejor es una pinta de medio litro después de otra pinta de medio litro. Que hasta conseguía entender a los lugareños el último día, y eso, como os puede asegurar cualquiera que haya estado en Cork o alrededores, es todo un logro, que hasta los mismos irlandeses se ríen de su acento (creo; aunque sean de Dublín, siguen siendo incomprensibles).

Ah, sí, también había piedras con Oghams,
un antiguo modo de escritura.
¿Quién fue el lumbreras que llegó a la conclusión
de que las rayitas que se ven en la piedra
eran letras?
Eso sí: que alguien regule el termostato sobre la isla, por favor. De quince días, tuvimos dos de buen tiempo: el sábado que vimos Cobh y el día que nos marchamos. Incluso ese día que pasamos un poco de calor (énfasis en "un poco"), llovió. Cayó algo de lluvia todos, todos los días que estuvimos allí. Solo os diré que en algunas tiendas vendían musgo irlandés como recuerdo. No miento.


Universidad de Cork. Ríete tú de Oxford.

Pero a pesar del moho detrás de las orejas, ha valido la pena. Habrá que ahorrar para ir otra vez; quizás con la paga extra de Navid...

Uy, no, espera. Nada. Que muy bonito, Irlanda.

El retonno


Entrada tonta para decir que he vuelto, que he estado fuera pero no he querido anunciarlo a los cuatro vientos (como he hecho otras veces) por si los cacos y eso, y que vuelvo más cansada de lo que me fui. Que sí, que Irlanda es muy bonito, pero cuando tienes que asistir a clase cinco horas al día, como que no ves todo lo que deberías. Aun así vuelvo con ganas, con las pilas (mentales, creativas) cargadas, aunque con ganas de descansar. Piscina, libros y tes irlandeses con leche y azúcar para los días de lluvia. Y escribir, eso siempre.

Espero volver pronto con algo que contar.

Mujeres en serie: Suits



Cuando los angloparlantes inventaron el concepto de "guilty pleasure" (así, en inglés, porque lo de "placer culpable" como que no queda igual), estoy segura de que estaban hablando de esta serie. Encefalograma más profundo que plano, tíos buenos como única excusa válida para engancharse a la serie y diálogos servidos a la misma velocidad que los de Las Chicas Gilmore, con la diferencia de que a mí me ponen más Mike Ross (Patrick J. Adams) y Harvey Specter (Gabriel Macht), con todo lo que me gustan Lorelay y Rori. Tramas facilonas, líos de faldas, problemas de conciencia y casos más o menos interesantes como excusa para llevar adelante el capítulo. ¿Os suena? Sí, es Ally McBeal con más testosterona. Demos gracias.



Harvey Specter es un abogado al que le gusta saltarse las normas, inteligente y -por supuesto- guapo y elegante, a quien no le asusta arriesgar su pellejo ya no por el rédito económico, sino solo por la aventura. Su jefa, Jessica Pearson (Gina Torres y la razón por la que empecé a ver la serie), le dice un día que tiene que encargarse de contratar a un nuevo fichaje; su firma solo contrata licenciados en Harvard y allá que se va Harvey a aguantar a los pesados que se plantan en su despacho. Pero en una de estas aparece Mike Ross, un veinteañero con una maleta llena de marihuana que iba a hacer un "recado" para un amigo y a quien están a punto de pillar. Se esconde en la oficina de Harvey, a quien inmediatamente cae bien. Hablan, y Mike le explica que es un genio con memoria fotográfica, que ha pasado el examen del BAR varias veces (por encargo y bajo pago; vamos, que es un estafador de primera), y que la única razón por la que no tiene un título es porque su abuela, que lo crió, no tenía manera de llevarlo a la universidad. El flechazo es instantáneo y Harvey, cómo no, contrata a este chico sin título que se sabe la ley mejor que él. Ya tenemos bromance. 


Las historias giran normalmente alrededor de estos dos personajes principales, pero también hay una serie de secundarios que, casualidad, suelen ser mujeres (a excepción de Louis, probablemente el mejor actor del reparto y el más feo de toda la televisión estadounidense). Jessica es la jefa, la máxima autoridad de la empresa y uno de los personajes femeninos que más me gusta ahora mismo en la televisión. Con su metro ochenta de altura, Gina Torres está condenada a interpretar siempre a mujeres fuertes y de carácter (de nuevo, demos gracias) e incluso he leído por ahí que estarían pensando en ella para hacer de Wonder Woman (lo de amazona le va que ni pintado, la verdad). En este caso, Jessica es una jefa comprensiva que lleva a los suyos con mano férrea pero no inflexible, sumamente inteligente y que, atención, no usa su físico para salirse con la suya. De hecho, ni siquiera hay tensión sexual entre ella y ninguno de sus subordinados; los guionistas han creado un personaje que consigue ser complementario de Harvey, pero a su vez tan alejado de él que es imposible imaginarlos juntos en una relación. Si hay algo que me encanta de esta actriz es esa habilidad que ya demostró en Firefly para participar en unos diálogos cargados de dobles sentidos y hacer que te quedes con cara de "espera, eso era una broma, ¿no?" y nunca termines de estar segura. Mi frase favorita hasta ahora fue la que dio fin a una pequeña discusión con Harvey: "But the really important thing is that I'm taller than you". Y tiene razón, claro.

(Ni un maldito vídeo he encontrado en el que se pueda oír un diálogo entre Jessica y Harvey. Parece ser que a la única a la que le parece que no hay tensión sexual es a mí, porque todos los shippers están intentando liarlos con cancioncitas ñoñas.)

Harvey tiene otra gran mujer cubriéndole las espaldas, su secretaria Donna Paulsen (Sarah Rafferty), una mujer con el mismo humor que su jefe, divertidísima, muy inteligente y que conoce a Harvey mejor que él mismo (por algo lleva décadas trabajando junto a él). Este personaje estaría a la misma altura que el de Jessica Pearson si no fuera por el detalle de que ella sí usa su sexualidad y su físico para conseguir lo que quiere. Aunque de momento no ha saltado la chispa entre ella y Harvey, me temo que en este caso sí la van a provocar; en un capítulo, alguien le pregunta por qué no se ha acostado nunca con él y ella contesta "porque cambiaría las cosas". No porque no le guste, no porque no quiera. O sea, rollito a la vista. Esperemos que tarde, porque lo que más me gusta de ella es su picardía y esa conexión platónica con su jefe que hace que te mueras de risa con una sola mirada.
























Eso en lo que respecta a las "mujeres de Harvey", porque cuando pasamos a las de Mike Ross, la serie ya se va a tomar por culo en lo que a personajes femeninos complejos y con tramas elaboradas se refiere. Que sí, que Mike está muy bueno, que tiene un aire de niño despistado que hace que una quiera achucharle y enseñarle dónde está el váter, que tiene un corazón de oro y la única razón de que haya cogido el trabajo es para que su abuela esté bien atendida, pero lo de ponerle a una morena y una rubia detrás para provocar una innecesaria tensión romántica me parece demasiado. Una es la novia de su mejor amigo (que para tener amigos como ese, mejor no), a quien pintan tan tonta y tan sosa que te da hasta pena y ya la quieres con Mike porque qué va a hacer la pobre si no; la otra es una compañera de trabajo con la que el flirteo dura la primera temporada entera y con quien está claro desde el principio que va a acabar, porque la chica, admitámoslo, es mucho más mona, más lista, más compleja y cae mucho mejor que la rubia (y si no, ved la cantidad de vídeos ñoños que han hecho con ambos). Lo único bueno que se puede decir de este triángulo es que ninguna de las dos se echa al cuello de la otra y las dos terminan culpando a Mike por jugar con ellas. Por supuesto, la historia está escrita de tal manera para que digas "sí, jo, pero pobre Mike, con lo bueno y majete que es", porque no olvidemos que el prota es él, pero lo cierto es que se marca un perro del hortelano que da gusto verle.

Como digo, una serie facilona, de una sola temporada y trece capítulos (ya ha empezado la segunda, habrá que ver cómo sigue), perfecta para esos días tontos que no sabes qué ver. Chapó a los guionistas por los diálogos rápidos, chapó a Patrick J. Adams por su frescura y su puntito diferente (para mí el descubrimiento de la temporada) y suspenso bajo al que se le ocurrió lo del triángulo amoroso. En resumen: cuándo llega el jueves para ver el siguiente capítulo.

P.D: Parece que el buen rollito entre los personajes se debe al buen ambiente entre los actores y actrices, porque anda que no se lo pasan bien los condenados.

Mujeres en serie: House of Lies


Llega el verano, llega el sol y la jornada de mañana, llega la sequía imaginativa y el cansancio de fin de curso, y yo me pongo delante de la tele con el cerebro en off y las manos doloridas de tanto coser (por tenerlas ocupadas mientras veo la tele, así no como compulsivamente) y me trago series enteras desde el primer capítulo. Por suerte (o desgracia, depende), las de este año están siendo cortitas porque solo tienen una o dos temporadas, y encima no sé qué he hecho que he elegido las que solo tienen trece capítulos por temporada. No veáis lo que me ha dolido terminar alguna de ellas.

Una de las que mayor mono me ha causado ha sido House of Lies. Empecé a verla porque, cómo no, mi queridísima Veronica Mars estaba en ella, pero ya en el primer capítulo me di cuenta de que esta serie poco tenía que ver con aquella detective adolescente, por más que Kristen Bell no haya cambiado un ápice. Esta serie habla de un equipo de consultores cuyo trabajo consiste en hacer que las empresas que les contraten aumenten beneficios. Ellos analizan sus necesidades y les dicen qué tienen que cambiar para conseguir mejorar, en un mundo en el que el perro grande se come al chico y el que más dinero gana es el más cabrón de todos. El sexo juega un importante papel en todas las negociaciones, hasta el punto de ser una moneda de cambio más y que muchas de las transacciones dependan de quién ata a quién en la cama. O sea, una serie corporativa de cable americano más.



Pero quien hace grande a esta serie es su personaje principal, Marty Kaan, personificado por un Don Cheadle al que servidora nunca había prestado mucha atención pero que ahora se ha convertido en uno de mis actores favoritos. Marty no tiene escrúpulos, es un negociador nato, vendería a su padre y a su hijo por un buen trato (o eso parece), se acuesta con todo lo que se menea (y no precisamente porque su trabajo se lo exija), se lleva por delante todo lo que se ponga entre él y su objetivo. Por supuesto, es el personaje del que te enamoras desde el primer capítulo, porque qué gracia tendría la serie si no te gustara el protagonista. Su hijo de doce años consigue mostrar su lado más humano y familiar (el mejor actor de toda la serie, mundial el niño, impresionante), y su padre, terapeuta, trata de ayudar en lo que puede y que el suicidio de su mujer cuando Marty era pequeño no afecte a su hijo como sabe que le afecta. Junto a Marty, Clyde y Doug son el alivio cómico de un equipo que pasa más horas trabajando que con sus familias. Y luego está Jeanie (Kristen Bell), la mujer simbólica, el contrapunto de Marty. O no.

(Mi escena favorita. Impresionante.)

Cuando empecé a ver la serie, como ya he dicho, mi flechazo con Marty fue instantáneo. Su exmujer me parecía una zorra inhumana, mala pécora y putón berbenero, y todo aquel que fuera contra Marty merecía lo peor que los guionistas pudieran idear para él o ella. Marty se pasa la serie haciendo daño a diestro y siniestro, incluida a una novia a quien su hijo adora y el espectador no menos, pero "es porque no puede evitarlo", "su trabajo se lo exige", "sí, podría prestar un poco más de atención a su hijo, pero él es un profesional y su carrera es importante", "parece malo pero en el fondo tiene un corazón de oro, si ella hubiera esperado, si le hubiera escuchado, si hubiera sido paciente..." Y entonces me di cuenta del golazo que me habían metido. El cliché más antiguo del mundo de nuevo en acción y yo picando como una pichona: el chico malo al que todas queremos cambiar y que esperamos que nos diga lo mucho que nos quiere. Ruth 0, guionistas 1.



Junto a él, Jeanie va a aprendiendo de su mentor. Guarda su relación con un poderoso heredero en secreto para que sus compañeros no lo asusten, incluso después de haber aceptado casarse con él. Tiene líos de una noche para parar un tren y termina acostándose con su jefe, quien le promete el oro y el moro (igualito que las poderosas que se acuestan con Marty le prometen a él). Y aquí la menda, en su infinita estulticia, pensó: qué pendón, la Jeanie, ya le vale, mira que acostarse con todos, pobre novio, vaya fresca, a ver si sienta la cabeza... Hasta que me di cuenta de que Jeanie era exactamente igual que Marty en versión femenina y que me habían vuelto a colar otro golazo: el doble rasero. Ruth 0, guionistas 2. Y no solo con Jeanie, sino con la ex de Marty, a quien una odia desde el principio por ser egoísta, ególatra, agresiva, drogadicta, competitiva... Exactamente igual que Marty. Ruth 0, guionistas 3. Goleada.



House of Lies se convirtió en una de mis series favoritas casi desde el primer capítulo, y no solo por unos personajes muy bien delineados, sino por la estética y la producción de cada capítulo. Los planos en los que todo está quieto menos Marty hablando a la cámara son una pequeña obra de arte (¿cómo coño lo hacen?) y, no nos engañemos, el hecho de que el culo desnudo de Don Cheadle aparezca en casi cada capítulo también ayuda. Ha conseguido sacarme los colores y darme cuenta de que incluso yo, que voy de feminista y de igualdad entre géneros y bla, bla, reblá, también caigo como una tonta cuando me venden la moto del hombre poderoso con el corazón escondido. Y no tengo a nadie a quien culpar, más que a mí misma.

De misóginos y otras cuitas

Anita Sarkeesian es una feminista que mantiene un blog (quizás sería mejor decir "vlog") donde habla sobre la misoginia en la cultura popular, ya sea en películas, series de televisión, libros, video juegos y demás. Suele hacer unos vídeos estupendos sobre clichés que se dan en televisión, o denuncia determinadas tendencias en películas contemporáneas, no solo sobre el papel de la mujer sino también en cuestión de estereotipos raciales; su vídeo sobre el papel de las mujeres en las películas galardonadas con un Óscar es de, ejém, Óscar. Yo la encontré por casualidad porque alguien puso un vídeo suyo en Facebook y en seguida me enganché. El noventa por ciento de las veces estoy de acuerdo con ella, aunque también ha habido veces en las que creo que su mirada anglo-centrista la ha traicionado (yo también creo que usamos el lenguaje de forma machista, pero cuando se refiere a la palabra "humanity" como machista porque tiene la raíz "man" en ella, quiero gritar). Aún así, Anita siempre razona sus respuestas, hace una gran labor de investigación y, lo que es más raro todavía, lo hace completamente gratis. Por amor al arte, que se dice.

(Los subtítulos al castellano de este vídeo son míos, ji, ji, ji.)

Estos días, Anita ha cometido el "grave error" de meterse con los estereotipos sexistas en el mundo de los videojuegos, que a ella le encantan. De hecho, ni siquiera ha empezado todavía a hacer el vídeo de denuncia, sino que ha puesto una petición en Kickstarter (una de esas cuentas en las que la gente dona dinero para tus proyectos) para poder hacerlo. Decir que se le han echado al cuello es poco. Los ataques que está recibiendo son tan bestiales y desproporcionados, tan exagerados, tan violentos, que cualquiera diría que, no sé, ha amenazado el orden mundial con sus ideas. No entiendo de dónde viene tanto odio. No entiendo cómo una mujer sin ningún poder en absoluto puede crear un resentimiento tan fuerte. En ningún momento, en ninguno de sus vídeos, ha insultado Anita a nadie, así que los insultos que ella recibe chocan aún más por su sin sentido. Y lo de que la gente le siga en Youtube o en su blog solo para insultarla es algo que se me escapa. Si no te gusta lo que estás leyendo, ¿por qué lo haces? Si no estás de acuerdo con ella y te violentan sus opiniones (siendo como son inofensivas, porque, repito, esta mujer no tiene ningún poder, no es Oprah), ¿por qué te quedas? ¿Por qué escuchas? ¿Por qué insultas escondido en la penumbra del anonimato que da Internet? Sé valiente y haz tú un vídeo revocando (con argumentos) lo que ella dice, y entonces quizás tu opinión valga un céntimo.

Sé, o quiero pensar, que el número de ataques que ha sufrido Anita no es ni mucho menos una muestra del tipo de gente que hay ahí fuera; sé que los que destilan tanto odio tienen algún tipo de problema (no ya con las mujeres, sino así, en general), y que el anonimato de la red facilita las faltas de respeto. Aún así, me da mucha rabia, pena y una terrible impotencia que alguien que no hace más que dar su opinión reciba semejante paliza virtual, y algunos de los comentarios que he leído me dan verdadero pavor. Os dejo un par de joyas traducidas, para que os hagáis una idea:

"Espero que cojas un cáncer".

"Que os follen, jodidas feministas, ya tenéis igualdad. De hecho, lo tenéis mejor que la mayoría de los hombres, alégrate de lo que tienes, zorra. Y si quieres igualdad, así hablamos a los hombres también, así que que te jodan, maricón... digo lesbiana."

"Vuelve a la cocina y si no te gusta, haz tus propios video juegos".

Uno de mis favoritos (y más peligrosos):

"Esta mujer tiene ascendencia judía. Mis bases: fenotipo facial, especialmente ojos y boca, la nariz es secundaria. Curioso, Rosa Luxemburgo también era judía, Emma G. también, todas feministas. La crítica teórica fomenta la destrucción de la cultura occidental (también se ha extendido a Japón, Africa del Norte y partes del oeste asiático). Es una enemiga de Occidente, una traidora al país en el que vive".

Podría seguir, pero me hierve la sangre.

Espero que el post sirva para ayuda a Anita y darla a conocer, aunque solo sea a una persona. A mí personalmente me encanta, y aunque no fuera así tampoco me gustaría que se metieran con ella de la forma en que lo hacen. Si tienes una opinión distinta, exponla, pero no insultes. Y si el dueño o dueña del blog insulta u ofende, denuncia. Así de fácil.

PD: No veáis lo difícil que se me ha hecho escribir este post sin insultar a nadie...

De trabajos ideales y porque soñar es gratis

Con eso de los recortes y lo de que cuando veas las barbas de tu vecino cortar (nunca mejor dicho) pongas las tuyas a remojar, y a pesar de que -en teoría- tengo el trabajo asegurado para el resto de mi vida, estos días me he puesto a pensar en qué me gustaría ser si por cualquier cosa no pudiera ser profesora. Y, ya puestos a pedir, me he puesto a pensar en qué línea de trabajo de esos que se gana un porrón y medio me gustaría especializarme.


Por ejemplo, podría ser abogada. Pero no de esas de oficio ni de las que defienden a las aseguradoras de coches, sino una de esas que gana una pasta gansa, como los de Suits, que me puse a ver la serie porque salía Zöe Washburne, digooooo, Gina Torres, y resulta que ahora quiero ser parte del mundillo de los abogados de alta gama. No sé si será porque todos los abogados están buenos, porque la jefa mola un huevo (para eso era la segunda de a bordo de Serenity, no te jode) o porque hablan de fianzas de millones de dólares y se apuestan diez mil dólares a ver quién se come antes un perrito caliente con la misma facilidad que yo apuesto media pela en situaciones arriesgadas. Pero luego me he puesto a pensar que qué pereza, empezar una carrera de cero (y tendría que ser en Harvard, que no vas a hacerla por la UNED si tienes intención de ganar millones, con el frío que hace por allí, quita, quita), y qué coñazo, lo de "protesto, señoría", todo el rato buscando antecedentes, con tacón y minifalda y quitándote a los moscones de encima... No sé, no termina de convencerme, aunque tengo que reconocer que el pisito de Harvey mola mazo.


Si no quiero volver a la universidad a empezar de cero, siempre puedo subir un peldaño en lo mío. Por ejemplo, meterme consultora, como Don Cheadle y mi queridísima Kristen Bell en House of Lies. La rama iba a ser distinta, porque trabajaría en educación (haberlos haylos, los he visto, existen, "consultan" en colegios para intentar mejorar los resultados de los chavales) y, aunque no es lo mismo, también ganan una pasta queloséyo. Pero luego me he acordado de cómo odiábamos a los nuestros en King City y de cómo los poníamos a parir por la espalda, y qué queréis que os diga, yo quiero un trabajo donde al menos una parte no me odie. Así que fuera, consultora tampoco.

¿Y escritora? Algunos escritores son millonarios, ¿no? Mira Castle, o mejor, mira a los escritores invitados que han llevado a Castle. Porrochocientos millones gana el Patterson, creo que se llama, o puede que me esté confundiendo. Dejémoslo en King. J.K. Rowling. Qué coño, me conformo con ser Elizabeth George, que millonaria no sé si será pero lleva casi treinta años en esto, así que mal no le irá. Y esa era profesora antes de ser escritora. Pero me da a mí que convertirme en un King o en una Rowling iba a ser casi más difícil que colarse en Harvard a los treinta y seis y conseguir trabajo en una firma de alcurnia.

Siempre puedo seguir con filología inglesa, que ya la tengo casi hecha, y hacer algún máster en adquisición de lenguas, o un doctorado, o un postgrado. Eso te tiene que hacer millonaria fijo, como a ese que... Cómo se llama... El que salía en aquella que... No, ese no era, uno que... O no, su hermano. Bueno, da igual. Que me quedo de maestra, vaya.

Anglicismos o de cómo no entenderse cuando hablamos en inglés.


Hablaba un día con unas amigas de cosas de chicas, ya sabéis, cómo cambiar una rueda del coche, dónde guardar la llave inglesa para que el marido no la encuentre y la use de martillo, esas cosas, y en una de estas empezamos a comparar reproductores de MP3 y a comentar dudas informáticas sobre los programas que usábamos para pasar los archivos. Una de ellas me preguntó algo sobre un programa que yo no conocía.

 -Yo es que uso iTunes -le dije, pronunciándolo /aitiuns/.

 -¿Lo qué? -dijo ella.

 -iTunes, ya sabes, lo de los Mac, lo de Apple -pronunciado /apol/, por supuesto.

 -¡Ah, el Itunes, lo de los Ápel! Joder, tía, es que con esa pronunsieision cualquiera te entiende... 

Vale. Captado.

Unas semanas más tarde, conversación similar en el trabajo. Escarmentada, y para ahorrarme malentendidos, le hablé a mi compañera del Itunes (/itunes/), y uno me soltó una carcajada.

 -¡Joder con la profa de inglés, vaya acento! Será iTunes, ¿no?

 Bien. Vale. Bueno.

La última ha sido hace poco, cuando el foniatra que nos da el curso para proteger la voz nos recomendó que compráramos un "Respirator" para hacer vahos, palabro que él pronunció como el anuncio de "Rastreator". Yo, obediente, fui a la farmacia y pedí un Respirator (/respireitor/).

 -¿Un qué?

 Suspiro.

 -Un cacharro de esos de plástico para hacer vahos de manzanilla.

 -Ah, sí, el Respirator -contesta el farmacéutico, poniendo mucha énfasis en la pronunciación del cacharro como /respirator/.

Cogí el chisme y salí de allí pensando en que tenía la forma perfecta para metérsela por el /ashoul/.

Dear Diary: El PAC



Llego al hospital sin tener una clara idea de hacia dónde tengo que ir.

Es festivo, los ambulatorios están cerrados y mi dolor de garganta no puede esperar los cuatro días de fiesta que me separan de mi médica (a quien, todo hay que decirlo, no guardo especial cariño de todas formas). La chica de información me indica que suba a la tercera planta con toda la amabilidad del mundo, y yo pienso en cómo ha cambiado el personal que atiende al público desde que yo era pequeña y acompañaba a mi madre a hacer este tipo de cosas. Ahora son agradables, no te tratan como si fueras estúpida por no saber lo que todo el mundo debería saber a estas alturas, hombre ya, cómo no puedes encontrar la planta de atención primaria tú solita, sin carteles ni ayudas ni nada de nada, acaso no eres mujer, usa tu sexto sentido. No. Ahora te guían. Se agradece. Lo malo es que llegas a pensar que todo el mundo es así, y ni de coña.

La sala está atestada de gente, una veintena de personas, si no más. Me siento en unos bancos aparte, en un pequeño pasillo con tres puertas tras las cuales, imagino, estarán los médicos y médicas. Me he traído un libro, una nunca sabe cuánto la van a hacer esperar en estas cosas, pero la acción de alrededor me mantiene entretenida. A mi lado hay un hombre con dos niños de tres o cuatro años a los que habla en árabe que espera pacientemente y controla a los críos mucho mejor que varias de las madres de la sala, cuyos churumbeles corretean por doquier. Nadie parece necesitar atención urgente, nadie está a un paso de la muerte, ni vomitando, ni con un ojo colgando. Esto no es urgencias, me digo, y se nota. Las puertas de las consultas se abren y se cierran a una velocidad pasmosa; en cuanto un paciente sale, una voz dice el nombre del siguiente desde dentro, sin asomarse. Yo, sentada junto a las puertas, apenas les oigo, y estoy a punto de decirles “habla más alto, que no creo te hayan oído” más de una vez, pero estoy equivocada. Los pacientes les oyen, vaya que si les oyen. Están atentos a su nombre, y en cuanto lo escuchan saltan como si alguien hubiera accionado un resorte y corren (literalmente, corren) hacia la puerta desde donde les han llamado. La mayoría está fuera en menos de cinco minutos. No hay tiempo que perder. Hay mucha gente esperando.

El hombre junto a mí llama a una de las puertas con toda educación y muestra un objeto cubierto con papel que lleva en la mano. La médica de dentro le indica que allí no es, que tiene que ir a la puerta grande a entregarlo; el hombre obedece, seguido por los dos chiquillos, y al rato vuelve a sentarse donde estaba. Una médica pasa junto a él y le pregunta algo, a lo que él responde gritando: “LLEVO DOS HORAS ESPERANDO, VALE YA, ESTO ES UNA MIERDA, QUÉ PASA”. Ella, riendo —riendo—, le dice que no es culpa suya, pero él insiste en que “NO ES CULPA MÍA, PERO TUYA SÍ, VUESTRA, YO NO TENGO CULPA, QUÉ PASA”. La mujer desaparece en la consulta y el hombre murmura por lo bajo, con los dos niños mirándole en completo silencio. Yo intento hacerme pequeña en mi silla, desaparecer, o en su defecto convertirme en invisible, pero no tengo ese poder. La mujer asoma la cabeza por la puerta y le hace pasar. La puerta se cierra, pero a los tres minutos se vuelve a abrir, no del todo, lo suficiente para que se oigan las voces de dentro. “NO ESTOY GRITANDO, ESTOY HABLANDO, QUÉ PASA, POR QUÉ DICES QUE TE GRITO”, a lo que una voz femenina responde en voz tan baja que no se entiende lo que dice. Justo entonces se abre la puerta junto a mí. “RUTH”, gritan, ahora que no les hace falta. Doy un respingo idéntico al que han dado todos los demás. Me levanto con la misma velocidad con la que se han levantado los demás. Entro en la consulta haciendo casi una reverencia. Me falta llamar “señoría” al médico.

“Dime”, me dice el doctor, que no lleva bata y va en vaqueros y no me mira a la cara. Le cuento que he tenido fiebre, que me duele la garganta, que… “¿Cuánta fiebre?”, me corta. Treinta y ocho el martes, pero ha bajado, ahora solo treinta y siete. Me mira la garganta (pero no a los ojos), me mira los oídos, me dice que “está roja” (supongo que se refiere a la garganta, no a la oreja). “¿Qué estás tomando?”, pregunta. Tentada estoy de decirle que nada, que no hay que automedicarse, que para eso he venido, pero no me gusta mentir a los médicos y le digo que naproxeno. “Pues sigue con eso”, dice, tecleando en su ordenador. Silencio. “Ya, pero es que no me hace nada. A mí me viene mejor el ibuprofeno”. “Dame la tarjeta”. Me hace la receta a mano —sin mirarme ni una sola vez—, y me la entrega. “Pues ya está”. Le doy las gracias y me voy. Ya fuera me doy cuenta de que me he auto-recetado las pastillas yo misma. He sido médica sin serlo.

El hombre y los dos niños ya se han ido, o al menos la puerta de la consulta está cerrada y no se oyen voces. La sala sigue llena, pero ya no veo ninguna de las caras que vi al entrar. Miro el reloj: diez minutos esperando y uno de consulta. Un minuto, del cual treinta segundos han sido para escribir la receta que yo le he dictado.

Tengo hambre. Solo a mí se me antoja pan en Viernes Santo.

Más de Alan y Mike

(Tras leer el primer borrador, me temo que la gran mayoría va a ir a la basura y voy a reescribirlo todo desde el principio -y yo encantada, oiga-, pero he encontrado alguna escena que me ha hecho reír lo suficiente para darle al menos sus cinco segundos de gloria. Igual mantengo alguna, pero lo dudo.)



(...)
—Oh, sí, matemáticas en el último curso a chavales que aún no saben sumar. Emocionantísimo.

—Qué exagerada eres.

—¿Exagerada? Tengo tres, ¡tres! chavales en clase que aún no se saben la tabla del ocho, con diecisiete años. ¿Cómo van a aprender estadística sin no saben multiplicar?

—¿Tienen dedos? —preguntó Mike.

Elle le miró, confusa.

—Sí, claro, mancos no tengo. Todavía.

—Pues entonces, ¿para qué quieren saberse las tablas? Sacan el teléfono y hacen la operación en un santiamén. Lo único que tienen que saber es qué operación necesitan hacer, que es más difícil, ¿no?

Jane, Anne y Alan pusieron toda su concentración en sus respectivos platos, incapaces, al parecer, de manejar los palillos a no ser que pusieran los cinco sentidos en ellos. Elle frunció el ceño y sacudió la cabeza.

—Eso no es… No significa que… ¿Y si se quedan sin batería? ¿Y si les urge hacer una multiplicación y no tienen ningún cacharro al lado?

—¿Una multiplicación de emergencia, quieres decir? ¿En un caso de vida o muerte?

—Sí, exacto.

Alan y Jane no pudieron evitar dejar de escapar una risa ahogada. Anne hacía ya rato que se estaba riendo tras la servilleta, roja como un pimiento, fingiendo haberse atragantado. Mike, serio, asintió.

—Vale, Elle, ahí te doy la razón. En caso de una emergencia matemática, cuando hay vidas en peligro, hay que saberse las tablas de multiplicar. Aunque supongo que sumar repetidas veces el mismo número, bastaría.

—Pero es mucho más rápido si…

—Cómete un rollito, Elle, haz el favor.

(...)

Dear diary: Las chicas de la cafetería



Miércoles, cuatro de la tarde, uno de esos días de invierno que me gustaría que no existieran, aunque sé que es necesario. Me siento en la cafetería con mi libro, uno de Margaret Atwood. Es demasiado tarde para el café de sobremesa y demasiado temprano para el de media tarde, hay muy poca gente en el recinto. De todas las cafeterías de Vitoria he ido a elegir precisamente ésta, oculta, sin terraza, en el interior de los cines, donde ni siquiera sé si sigue lloviendo. Tengo los pies empapados. Si retorciera mis calcetines, caerían chorros de agua.

El libro es apasionante. Trescientas páginas, lo empecé hace dos días y estoy a punto de terminarlo. Pido un café —mucho más caro que afuera, que ya es decir, y no mejor— y me recuesto en la silla, tengo varias horas que matar. Pienso que nunca he leído descripciones como éstas, que más parecen escenas de acción que el lánguido paseo de una mujer por una avenida desierta. Quién pudiera escribir así, me digo, y sacudo la cabeza. Para qué torturarme. A estas alturas debería tener claro ya que yo nunca seré Margaret Atwood. Ni Zadie Smith. Ni Elizabeth George. Sonrío al imaginarme qué diría un purista literario ante esta mezcla de autoras. Seguro que a más de uno le da un síncope.

Ellas llegan tranquilas, sin el escándalo que he venido a asociar con la adolescencia. Son seis, en esa franja de edad que va de los trece a los dieciocho y que tan difícil se me hace especificar. Edad de instituto, no puedo decir más. Se sientan en la mesa que tengo enfrente y yo maldigo, porque son adolescentes y por definición ruidosas, por más que éstas todavía no hayan alzado la voz ni una sola vez. Llega el camarero y les dice que es autoservicio, que tienen que ir a pedir a la barra. No todas quieren algo. Si se parecen a mí a aquella edad, un café les durará cuatro horas. Hay que entenderlas, llueve, hace frío, su paga es limitada. Yo estoy haciendo lo mismo, solo que a mí ahora me da vergüenza ocupar mesa sin consumir y cuando acabe el café pediré un té. Si no fuera por eso y porque tengo veinte años más que ellas, se me podría confundir por una de su grupo, ja, ja, ja. Me sonrío. Cualquiera que me vea sonreír tanto va a pensar que estoy leyendo un libro de humor. Bendita coartada.

Las chicas hablan en tono comedido y una cada vez. No me llega lo que dicen, aunque están a dos metros escasos; las viejas de la otra punta, sin embargo, hablan a grito pelado y en un tono tan agudo que no entiendo una palabra, pero molestan igual. Consigo eliminar el ruido de mi cabeza y me concentro en el libro. The Handmaid’s Tale, se llama, y me está haciendo sufrir y gozar en igual medida. Sufrir, porque la historia que cuenta es tremendamente dura (una especie de 1984 orwelliano femenino), y gozar porque está tan bien escrita que no quiero terminar la historia, aunque quiero saber cómo acaba (pero sé que no acaba bien, no puede acabar bien, si acabara bien sería una decepción). Tendré que leerlo otra vez cuando lo termine y avanzar más despacio, fijarme más en los detalles. Recuerdo que lo estoy leyendo como lectura obligada en una asignatura. Tengo que dar las gracias a la profesora, me digo.

Las chicas de enfrente están siendo víctimas de un ataque de risa colectivo, pero comedido. Levanto la cabeza y las observo, me resultan muy interesantes. De las seis, solo una va pintada, la que se ha sentado en la cabecera de la mesa y parece ser la que más habla. Todas son guapísimas, como lo son todas las chavalas a esa edad, pero de una belleza tranquila, esa que no te obliga a mirar dos veces y pensar joder, tendría que ser actriz de cine, qué ojos. Normales, sin artificios, pero guapas. Van vestidas a la moda, ropa comprada en Zara o Mango o cualquiera de esas tiendas que venden uniformes disfrazándolas de prendas de moda, pero en la elección del vestuario se da una cuenta de que no son idiotas. Manga larga, jerseys, cuellos vueltos, hace frío, esto es Vitoria, tres grados esta mañana. Aún así, monísimas, y sin enseñar un trozo de carne. Me fijo en que su risa suena sincera y me pregunto si se ríen así siempre o el tono cambia cuando hay chicos alrededor. El mío lo hacía, para qué engañarnos. Me caen bien. Y eso en mí es raro. Odio la adolescencia, quizás porque odié tanto la mía.

Las horas pasan y la cafetería se va llenando. El café ha sido sustituido por un té rojo con naranja y limón que amarga un poco al primer trago pero luego sabe rico. Cuando vuelva a casa, tengo que pasar por la tienda de tes y comprar un poco, me digo, pero se me olvidará. Hay más ruido y me cuesta concentrarme en el libro. Madres con bebés inundan los pasillos entre las mesas, se encuentran con conocidos que les dicen lo preciosos que son sus nenes o nenas, ocupan el espacio de cuatro personas con el puto carro, la gente da rodeos para poder llegar al final de la sala porque han creado un tapón en pleno pasillo, y ellas lo saben y les da igual. Una golpea la silla junto a mí, que me golpea la pierna. Ni un perdón, ni una mirada, sigue para adelante, y yo pienso que su niño no es tan guapo, tiene las orejas muy grandes y pelo pincho y aunque fuera guapo no te lo diría porque bastante creído te lo tienes, que me has hecho daño, jodía. El ruido ya es insoportable. Las adolescentes han levantado la voz y me llegan fragmentos sobre “si ese tío te da morbo, adelante, date el gustazo”. Al final no son tan distintas, ruidosas y salidas como todas, me digo, pero sé que no es justo, que no es culpa suya, que tienen todo el derecho a estar salidas y que la única razón por la que son ruidosas es porque aquí ya no te oyes ni pensar. Recojo el libro y salgo, esquivando carros, madres, padres y mujeres con muletas. Es la cafetería de moda para los menos guays de la ciudad y yo no me había enterado. Solo quería un sitio tranquilo para leer.

Fuera ya no llueve. Mis pies siguen empapados y hace frío. No puedo ir a casa todavía, los obreros nos han pedido que esperemos hasta las siete. Son las seis. Me meto en una librería y ojeo libros. Tengo demasiados en casa para comprar ninguno, pero no hago daño a nadie por mirar.

Dan las siete y vuelvo a casa con un libro nuevo bajo el brazo.

Chispea.

De revisiones y hábitos que no hacen al monje

He releído el primer borrador de la novela [aplausos, algún "hurra", algún "bieeeeen"] y, por primera vez en mi vida, no he querido esconderme de mí misma bajo el sofá, ni bajo la mesa, ni abrir la ventana y saltar [al andamio de enfrente], ni quemarme a lo bonzo, lo que ya de por sí es un gran avance. He sido capaz de identificar los fallos yo solita, pero a la vez que veía los fallos era capaz de ver la solución. He borrado párrafos enteros, pero también he subrayado muchas líneas que no me puedo creer que haya escrito yo. Y he encontrado un montón de clichés que no me había dado cuenta de que usaba y me han hecho reír a carcajadas (lo cual demuestra que me estoy tomando esto como lo que es: una aventura, un juego, una manera de aprender y pasármelo bien). Supongo que son malos hábitos que he ido cogiendo a lo largo de los años y que nunca he eliminado por la sencilla razón de que nunca he hecho una revisión. He aquí algunos:
  • Todos mis personajes hacen mohínes. Curioso, porque hace como tres siglos que no oigo ni leo esa palabra, pero he escrito "hizo un mohín" varias veces en cada escena. En una línea aparecía dos veces. Para el mismo personaje.
  • Otro personaje se muerde el labio inferior cuando está nervioso, o cuando sabe que no puede decir lo que piensa, incluso cuando algo le gusta mucho (me parece un gesto muy sexy, lo de morderse el labio inferior, ¿no os parece?). Lo que no sería malo si no se lo mordiera cada tres líneas. Cuando está hablando. Cuando ya se estaba mordiendo el labio inferior en la línea anterior. Incluso cuando le están dando un muerdo, él insiste en morderse su propio labio inferior.
  • Yo sé que no todos mis personajes tienen los ojos azules, pero debo tener algún trauma con ellos porque solo describo los ojos de aquellos que los tienen azules. Si no menciono los ojos, es que son marrones. O verdes. Pero no azules.
  • A un personaje le chispean los ojos. Para todo. Lo único que soy capaz de decir de su expresión es "sus ojos chispearon con malicia", "le chispeaban los ojos de alegría", "le miró con ojos chispeantes". Por supuesto, sus ojos son azules. Qué os creíais.
  • Todos, TODOS los personajes alzan las cejas, o suben las cejas, o elevan las cejas, para cualquier tipo de emoción. Sorpresa, odio, resentimiento... "Alzó las cejas y la miró con desdén", "sus cejas se elevaron casi hasta la raíz del pelo", "las cejas se perdieron bajo su flequillo"...
  • Mis protas siempre sonríen con una comisura. Nunca enseñan todos los dientes, solo sonríen con una comisura. Todo el rato.
  • Una cosa es que haya pretendido escribir una comedia y otra es que en todas las escenas alguien termine "riéndose a carcajadas", o "emitiendo un sonido que podía ser una risa ahogada". Hasta llorando ríen. Y, por supuesto, siempre acompaño la palabra "carcajada" con el adjetivo "sonora". Porque como todo el mundo sabe, las carcajadas son más bien silenciosas.
  • He estado a punto de contar cuántos ceños fruncidos había en la historia, pero mejor no. De esto culpo a "Los Hollister" y todo lo que me hicieron leer de pequeña. Y que la expresión tiene un sonido que me gusta mucho; probad a decirla en voz alta, "fruncir el ceño". Las ces y las erres me encantan.
  • Un personaje siempre lleva un "impoluto traje gris y una inmaculada camisa azul". Menos cuando va en "vaqueros y camiseta", así, sin más.
  • Cuanto mejor me cae un personaje, más alto es. Desde la primera escena a la última, Alan ha crecido veinte centímetros. Y viceversa, cuanto más asqueroso quiero hacer a un personaje, más bajo es. Teniendo en cuenta que yo soy un tapón, no sé qué dice esto de mí.
Ruth, sentada frente al ordenador en vaqueros y camiseta, leyó lo escrito con el ceño fruncido e hizo un mohín. "No sé si darle a guardar o a publicar", se dijo, y sonrió con una comisura. "A quién pretendo engañar..." Se mordió el labio inferior y pulsó "publicar entrada" con ojos chispeantes. Cuando el ordenador le devolvió un mensaje de "error", alzó las cejas y soltó una sonora carcajada.

En ocasiones creo gente


Echo de menos a Mike y Alan.

Les echo de menos con todo mi ser, como si fueran personajes reales a los que hace tiempo que no veo y con los que he perdido el contacto. Les echo tanto de menos que, cuando el fantasma de su recuerdo me acosa, tengo que hacer un esfuerzo casi físico por no pensar en ellos, no dejar que hablen en mi cabeza, huir de sus voces. “No”, me digo, “todavía es pronto, todavía no puedes volver a verlos”. Y los aparto de mi mente, pero su espíritu se queda en mi subconsciente, en esa parte que se despierta cuando el resto de mí se va a dormir, y pueblan mis sueños y mis momentos de ocio. Es imposible no pensar en ellos. Les echo tanto de menos que creo que me están dando ardor de estómago. O quizás sea el café, no sé.

Terminé el primer borrador de aquella historia en diciembre, lo leí una vez, hice algunos cambios y lo dejé macerar. Lee como lectora, no como escritora, dice todo el mundo, tienes que poner distancia para poder ver los fallos. Un mes, me dije, por lo menos un mes, y me puse a escribir otro proyecto que tomó el control de mi mente y mis horas de trabajo durante un tiempo. La historia era buena, más que digna, un culebrón digno de ser representado en una serie de televisión con actores y actrices de Hollywood de las más altas esferas, y me metí en ella de cabeza, convencida de que era mejor que la anterior. Desde diciembre hasta este mismo viernes he seguido con esa historia, viéndola crecer desproporcionadamente, escribiendo cualquier cosa que me viniera a la cabeza porque la intención era ponerlo todo por escrito y ordenarlo después. Ya haré la investigación más tarde, me decía, ya afilaré esta escena, arreglaré aquel diálogo, pensaré en cómo recomponer el desaguisado. Pero, por fin, me he rendido ante la evidencia: no es mi historia. Yo no puedo escribir esto. No es que sea una mala historia (estoy pensando seriamente en vender la idea, porque así, entre nos, ahora que no me oye nadie, es cojonuda), pero yo no soy la persona que debe contarla. No es mía. No basta con que me gustaría leerla, también hace falta ser la persona adecuada para escribirla, y yo no lo soy. Hay experiencias que necesitan ser vividas para ser entendidas. No es el caso.

Y el hecho de que Alan esté pegando gritos en la parte trasera de mi cerebro tampoco es que ayude mucho.

El viernes, digo, decidí dejar la historia nueva, pero no dejar de escribir. Ahora que le he hecho hueco a la escritura, que mi día empieza delante del ordenador y que todos —todos— los días escribo al menos una hora, no quiero dejarlo. Escribe cosas cortas, me dije, y el mismo viernes empecé. Mil palabras, un experimento. Me gusta. Seguiré por aquí. Cuaderno junto a mí todo el rato para poder apuntar ideas que se me ocurran. Mientras estudio, moleskine sobre la mesa, anoto ideas para pequeños artículos, cosas que poner en el blog. Y de repente me sorprendo pensando en una imaginaria conversación entre Alan y su suegro, algo que no se me había ocurrido nunca y que no entra en mis planes para la novela. La voz de Alan inunda mi cabeza de tal manera que hasta me giro para ver si ha entrado alguien en casa, de dónde sale esto, yo estaba leyendo sobre teoría queer en literatura y de repente aparece el profe gay del instituto, así, sin avisar, y es que el mundo se ha confabulado contra mí, yo no quería, pero no puedo evitarlo, las señales están ahí fuera, si no lo escribo me va a reventar la cabeza, qué diría Judith Buttler de todo esto…

Una no puede luchar contra las señales que le manda su propio cerebro, y si el universo (y el temario de Filología Inglesa) también las lanza, peor que peor. Alan y Mike van a tener que volver a mi vida porque el universo así lo demanda. Por más que yo quisiera esperar hasta fin de curso para poder dedicarles el tiempo y la atención que se merecen, creo que voy a empezar con la revisión (reescritura, más bien) antes de Semana Santa.

¿Cómo lo hace la gente para poner punto y final a sus historias? ¿Soy yo la única enferma mental que se enamora de sus personajes, incluso cuando son pareja y homosexuales? ¿Existe vida fuera de la ficción? ¿Para qué, si dentro se pasa tan bien?

Y los libros de la UNED siguen cogiendo polvo sobre la mesa de la cocina.