Mi pequeño homenaje

2016 no empieza bien, no señor. Enero no ha traído todavía las nieves que todo lo curan y que prometen año de bienes; no ha traído la tan ansiada lotería, no ha traído el moreno de ojos verdes que espero todos los años por Reyes, y de salud andamos más bien justas. Pero eso no es lo peor. Si 2016 no trajera nada, se lo podría perdonar. Lo que no le perdono es lo que se está llevando.

Mi pequeña tragedia empezó ayer (sí, ayer, 13 de enero, y no el diez con la muerte de Bowie; no le deseo mal a nadie, el hombre me caía bien, pero la verdad es que su música me la trae al pairo y su muerte no me ha afectado lo más mínimo). Como todos los miércoles me fui a clase de alemán por la tarde, y al salir me encontré con un montón de mensajes y llamadas perdidas de mi hermano. La perrita de la familia (y digo perrita por no decir "la perra de la familia", que parece que estoy insultando a alguien, pero el bicho pesaba cincuenta kilos y de "perrita" nada) estaba muy mal, no tenía cura y la veterinaria aconsejaba encarecidamente acabar con su sufrimiento. Para cuando pude llamar a mi hermano, Itzel, un pastor vasco de trece años, ya ni sufría ni padecía, y la familia había perdido a su miembro más cariñoso. Se me quedó cara de idiota, por más que la chucha no viviera conmigo, y hoy mis sueños han estado plagados de recuerdos de cuando era un cachorro y pesadillas sobre sus últimos meses. Tenía un tumor en el bazo que reventó ayer. Nosotros no lo sabíamos; pienso en cuánto dolor debió sufrir y en qué silencio se mantuvo, sin una queja ni un mal gesto, siempre contenta de vernos. No creo en dios ni en el cielo, y me da rabia, porque me gustaría pensar que Itzel está correteando entre nubes de algodón con toda una jauría de perros a su alrededor. Ya no sufre. Es poco consuelo, pero algo ayuda.

Hoy he ido con el humor torcido a trabajar, porque entre las pesadillas y el disgusto no he dormido bien. Tenía toda la intención de echarme una siesta al mediodía, antes de enfrentar las clases de la tarde, pero hoy no ha podido ser. Mientras comía con la compañía de la quincuagésima reposición de Anatomía de Grey en la pantalla del televisor, he cometido el grave error de echar un vistazo a Twitter en el móvil. Y ahí me he llevado el disgusto de mi vida, tanto que la comida me ha dado una vuelta en el estómago y he sentido el corazón en el cuello por un momento. He leído que se ha muerto. La Voz, así, con mayúsculas; el Actor, ese que está (estaba, ¡ay!, estaba) a diez mil millones de años luz de cualquier otro actor, ese cuya sola presencia da caché a una película o a una obra de teatro; él, el único, el incomparable, el gran actor secundario, Alan Rickman, ha dejado este mundo a los sesenta y nueve años víctima de un cáncer. Y a mí el mundo se me ha hecho un poco más pequeño, y he estado a punto de echarme a llorar, y si no lo he hecho ha sido por la vergüenza de llorar por alguien a quien nunca he conocido y cuya falta no me va a afectar en absoluto.

He corrido a Internet esperando que fuera un bulo, uno de esos que rondan la red de vez en cuando (¿cuántas veces al año muere Morgan Freeman?), pero en el fondo sabía que era verdad. Me he pasado media hora navegando sin ton ni son, releyendo la misma noticia una y otra vez (¿sabíais que se casó hace apenas tres años con la que ha sido su novia desde los dieciocho?, ¿que estaba promocionando una película?, ¿que era más cotizado como actor de teatro que de cine?; yo sí, pero hoy lo he vuelto a saber), hasta que al final he encontrado (reencontrado, mejor dicho) un vídeo de hace apenas seis meses donde se puede ver un atisbo de Alan Rickman el hombre, no el actor. Ya estaba enfermo, pero seguía promocionando la película. Meses y meses viajando de un lado a otro (hay fotos de Australia, Nueva York, Londres), y no puedo evitar preguntarme si sabía que estaba en las últimas. No he visto ninguna foto suya después del verano, creo. Ha escondido bien su enfermedad. Yo, que sigo sus noticias cual prepúber a Justin Bieber, no sabía que estaba enfermo. Quizás por eso su muerte me ha caído como un jarro de agua fría. Qué disgusto. Y qué tonta me siento.



Itzel y Alan, Alan e Itzel. Un perro y un actor lejano. Muchos dirán que me quejo por nada, que vaya pérdidas, que son tonterías. Yo también lo digo. Soy muy consciente de que podía haber sido peor, mucho, mucho peor. Pero lo digo con la boca pequeña, porque ahora mismo me arden los ojos al pensar que no voy a volver a ver a Itzel, y se me hace un nudo en la garganta porque Alan no va a cumplir una de las frases que más se han citado esta tarde: "When I'm 80 years old and sitting in my rocking chair, I'll be reading Harry Potter. And my family will say to me, 'After all this time?' And I will say 'Always'".

Y afuera llueve.

De propósitos de Año Nuevo o cómo todos los años se repite la misma historia

Ha empezado 2016, año par, año bisiesto. Yo lo he empezado fuera, porque hace unos años decidí que iba a pasar la Nochevieja fuera de casa y es una tradición que cumplo a rajatabla. He estado en Alemania, a cien metros de la estación esa que iban a volar en Nochevieja y donde al final no pasó nada, y me he acordado de que la que iba a ser mi compañera de viaje se echó atrás en el último momento por miedo a posibles atentados. No sé si será porque soy vasca y vivir aquí en los ochenta me ha curado de espanto, porque soy una incauta o porque soy muy pava, pero a lo último a lo que tengo miedo es a morir en un atentado. Desde luego, no voy a dejar de viajar por eso.

He estado en Alemania, digo, y me he traído un souvenir un poco extraño, uno que no compré, en forma de virus estomacal que me ha tenido en casa dos días extras y ha alargado mis vacaciones hasta el once, con lo que si los maestros ya vivimos bien, los maestros enfermos ya lo flipas. He paseado por Baviera y el Tirol, he visto de cerca la estación de los saltos de esquí esos que nos ponen todos los años en Año Nuevo (pero sin ponerme los esquíes, ¿eh?, que una vive sin miedo pero no está loca del todo), y he comprobado que los alemanes tienen una manía infinita a los españoles o cualquiera que hable en castellano. Creo que no me habían tratado tan mal en los restaurantes en la vida, y eso que dejábamos propina y pedíamos en inglés. Me pregunto qué moto les habrán vendido en las noticias, en los periódicos, etc. sobre los inmigrantes que buscan trabajo de ingenieros en Alemania y luego terminan de barrenderos. Supongo que tendrán tan mala imagen de nosotros como nosotros de ellos.

No quita para que me lo haya pasado en grande y haya vuelto con ganas de coger al toro por los cuernos, o a los niños y niñas por el pescuezo, que al final es lo mismo. Lo primero que he hecho ha sido imprimir mi lista de propósitos de Año Nuevo, que no sé por qué escribo una todos los años cuando podría hacerme una copia de años anteriores y me serviría igual (bueno, no exactamente, aunque muchos se repiten). Este año son diez mis buenas intenciones. El número ha sido casual, no lo he buscado, pero me ha hecho gracia que sea tan redondito. He impreso el papelito, por tanto, y lo he colocado en un sitio bien visible, porque este año tengo la intención de hacer algo todos los días encaminado a, por lo menos, uno de los propósitos de la lista. Uno de los objetivos es, cómo no, perder peso. Pero este año, ¡por fin!, no me he apuntado al gimnasio.

Sí, ya he aprendido la lección, después de cientos (si no miles) de euros derrochados en matrículas y mensualidades. He decidido que el ejercicio lo puedo hacer en casa y en la calle. Paseos de diez o quince kilómetros cuando tenga tiempo, vídeos de Youtube de cardio y musculatura entre semana (que es cuando no tengo tiempo). Aunque sea un cuarto de hora de yoga, la intención es hacer algo todos los días que me ayude a ponerme en forma. Hoy ya he empezado. He jurado en arameo, he llamado de todo a la profesora, he soltado unos gritos que han debido asustar a algún vecino, pero he terminado el vídeo de treinta minutos de cardio y abdominales. Se supone que tengo que hacerlo treinta días seguidos, pero yo ya voy buscando excusas. No tengo tiempo, el máster, alemán, vivir... Vamos, igualito que hacía con el gimnasio, sólo que esto es gratis y si lo dejo no me voy a sentir culpable (miento: me voy a sentir culpable, pero no se me resentirá la cartera).

Otro de los propósitos es escribir más en el blog. Ya que la escritura "real" (la de para mí, la de contar historias, la de tejer mundos) la dejé hace mucho tiempo, a ver si por lo menos encuentro una rutina y consigo comunicarme con el mundo un poco más a menudo, que lo tengo muy dejado. Por eso estoy escribiendo hoy, aunque en realidad no tenga mucho que contar más allá de que sigo viva. Dicen que escribir es como comer y rascar, todo es empezar; y como no me pica nada y comer no debería (por lo de perder peso, vaya), he pensado que igual mejor escribo. Para mandar un saludo, más que nada. Y decir que volveré, espero que con más inspiración, a daros la murga todo lo que me dejéis. Si me dejáis.

Y si no, nada. A contar historias, que también apetece.


La Navidad, ¿bien o en familia?

                               
Se acerca la Navidad, y con ella las tan temidas reuniones familiares. Me pregunto por qué insistimos en juntarnos todos por estas fechas cuando no nos vemos el resto del año. ¿No queda claro que no nos aguantamos y preferimos guardar las distancias? Pero no, son fechas para pasarlas en familia y "jartarte" a comer, aunque tu tía te caiga gorda y no te guste el marisco. Ayer una compañera de alemán lo resumió perfectamente: ¿cómo vas a pasar las fiestas, bien o en familia? Pues eso.

El peso de las fiestas suele recaer en las amas de casa, que son las que se pegan la pechada a cocinar y a limpiar la casa para que los cuñados y las cuñadas no tengan nada que reprocharle ni ángulo por el que criticar. Todavía tenemos la costumbre de ir donde nuestros padres y madres a comer, y no importa la edad que tengamos, no importa cuántos pañales hayamos cambiado o el número de deliciosos platos que hayamos conseguido poner en la mesa a lo largo del año, para ellos siempre seremos los niños y niñas a los que hay que atender. Hombre o mujer, es pasar el dintel de la puerta y encontrarte a tu madre trajinando en la cocina con las gambas a la plancha y el cordero al horno. Dependiendo de lo que aprendiste de pequeño/a, ayudarás o no, pero la carga es la del ama de casa. O al menos esa es la visión que tenemos.

El año pasado por estas fechas me compré un pequeño horno eléctrico. Como quería estrenarlo y durante el curso no tenía tiempo, se me antojó hacer una receta sencilla de galletas de mantequilla en Nochebuena, justo antes de darme cuenta de que no tenía ni harina ni mantequilla (viva yo). Bajé al supermercado de al lado, ese al que dejé de entrar hace años porque los precios se habían disparado, y me encontré con mi cajera favorita, una mujer que si se calla parece que se ahoga y no hace más que meter la pata con cada comentario que les hace a los clientes. Recuerdo uno en especial, donde un hombre mayor se había hecho un lío con el detergente que le había mandado comprar la mujer. "Es que no se puede dejar comprar a los hombres, no aciertan una", dijo ella, una vez que el abuelo se había ido, al siguiente cliente. Que resultó ser un hombre de mi edad que estaba haciendo una compra claramente familiar. Por supuesto, no se calló y le soltó algo así como "hombre, tampoco es eso, algunos ya hemos aprendido", a lo que la cajera contestó con una larga perorata sobre hombres de otra época, los de ahora ya han cambiado, blah, blah, blah. La Nochebuena pasada estaba ella en su puesto, digo, en un supermercado desierto a las tres de la tarde, cuando entró un cliente habitual (de nuevo, un hombre joven) que la saludó y le dijo algo así como "qué tranquilos estáis hoy". Ella saltó como un resorte. "Hombre, claro, porque ahora están todas las señoras preparando la comida, pero tú tranquilo, ¿no?, que como irás a mesa puesta..." Al chico le cambió la cara. De la sonrisa que había lucido un momento antes, su cara pasó a un gesto serio. "Y tú qué sabrás", le contestó, tan cortante que la cajera no tuvo réplica. Me cobró en silencio y se marchó sin un buenas tardes a reponer artículos en las baldas.

Todo cambia, supongo, aunque a veces más despacio de lo que nos gustaría. Hay gente que no lo ve, o que no quiere verlo, o que está tan centrada en sus ideas que no tiene intención de cambiarlas aunque todo apunte a que está equivocada. Seguimos con los clichés, hombres o mujeres. Pienso en la cajera, y llego a la conclusión de que, quizás, para ella estas fiestas sean una ocasión de sentirse importante, de cuidar de su familia, y probablemente no quiera perder ese trono. Es el lugar que se daba antes a las mujeres, el que en mayor parte siguen manteniendo. Algunas lo ven como terreno perdido porque los hombres empiezan a participar. Yo lo veo como terreno regalado, porque no creo que haya nada más desagradecido que cocina para trece personas y recoger tú sola, sin más aprecio que "qué rico el cordero". Pero igual soy yo, que soy bastante cínica con las fiestas.

En resumen: Felices Fiestas, Zorionak, Urte Berri On, y todo lo que se diga estos días. Pasadlo bien o en familia, pero pasadlas, que al otro lado del túnel siempre hay luz. Y pensad un poco en la persona que se ha dejado parte del alma para que disfrutéis de la cena y la comida, anda, que bien lo merecen.


                                 

Cuarenta

Hoy es mi cumpleaños feliz, que dice una amiga mía. Hoy cumplo cuarenta tacazos, como bien sabe Google, que no ha dudado en poner un doodle en mi honor en mi página de inicio (cosa que, por algún motivo que no llego a entender bien, me ha hecho mucha ilusión). Siendo viernes, el día pinta bien. Tengo dos bizcochos caseros en el frigorífico que voy a compartir con las dos clases de primaria que tengo hoy, y grandes planes para los peques de infantil (a quien también les hubiera hecho un bizcocho, pero mi arte culinario no llega a bizcochos veganos y, como hay una niña que no come ni huevo ni lácteos, no hay bizcocho para nadie). Viernes trece, como bien me ha apuntado algún alumno. Todo el colegio sabe que es mi cumpleaños, en parte porque tenemos un calendario que marca cuándo cumplen años todos los miembros de la escuela, en parte porque lo he anunciado a los cuatro vientos. Me encanta el día de mi cumpleaños, aunque soy famosa por no llevar bien eso de cumplirlos.

Esta semana me he descubierto una arruga nueva en la cara. En realidad es la única que tengo, si descontamos las de expresión que bajan de la nariz a la comisura de los labios y unas leves patas de gallo que sólo se me ven cuando sonrío (he heredado el cutis de la familia de mi padre, cuya madre murió a los noventa y tantos con la cara completamente lisa; eso y la mata de pelo, lo mejor que me han dado los genes). Una arruga, digo, en mitad de la mejilla, una marca que parece hecha con un instrumento de trabajar arcilla. Yo la llamo "la marca de la sonrisa que se desvanece", porque está causada por sonreír. Es una de esas pequeñas arrugas que nos marcan la cara al soltar una carcajada, pero cuando dejo de sonreír ya no desaparece. Apenas es perceptible, pero amenaza con ser una de esas marcas que dentro de unos años van a ser profundas. Mi primera arruga es causa de mis sonrisas. Sé de gente que mataría por tener arrugas de ese tipo.

Cuarenta años ya, arrugas en las mejillas, las rodillas más cascadas de lo que me gustaría y, como dice la canción de Ricardo Arjona, "esa grasa abdominal que los aeróbicos no saben quitar", pero yo sigo esperando la madurez. Cuando tenía veinte años imaginaba los cuarenta como una edad de cordura y sensatez, de objetivos cumplidos, de sueños realizados. No me daba cuenta, pero en realidad estaba marcando esa edad como el debacle de la vida, porque si ya lo tienes todo hecho, ¿para qué seguir viviendo? Quizás eso sea lo que provoca la crisis de los cuarenta. Yo miro la lista de mis sueños y la veo aún casi llena, y pienso que ahora estoy en mejor situación que nunca para ir cumplirlos todos (pero poco a poco). Madura aún no estoy, aunque el espejo me devuelva una imagen que cada vez se parece más a mi madre, pero no tengo prisa. Hay gente no madura nunca. Antes lo veía como algo malo, pero ahora casi me parece un piropo.

Cuatro décadas ya. Cuatro más por venir (espero). Hora de empezar a vivir sin miedo.


Aprender idiomas: ¿para qué?


Este año me ha dado por estudiar alemán. No es la primera vez que lo intento, pero parece que mi vida, así en general, se ha confabulado contra este idioma y no hace más que poner impedimentos para que yo lo aprenda. Lo estudié por la UNED mientras hacía la carrera de filología inglesa y, aunque me encantó, terminé con tantas lagunas que decidí empezar otra vez de cero al año siguiente. Me apunté a una academia al lado de casa con una nativa alemana, pero éramos muy pocas en clase, casi no íbamos y no había manera de avanzar. Luego probé con la Escuela de Idiomas y, aunque me tocó una profesora estupenda y muy dinámica que hacía que las dos horas y cuarto de clase se pasaran en un suspiro, lo tuve que dejar por cuestiones laborales (que una no puede estar en dos sitios al mismo tiempo, vaya). Me di por vencida y estuve varios años sin tocarlo, aunque de vez en cuando me daba la neura y trataba de estudiar un poco por mi cuenta (sin mucho éxito). Este año me he vuelto a apuntar a una academia, con profesora nativa que encima me conoce y compañeros de clase a los que casi doblo la edad. En vez de empezar de cero, la profe me ha puesto en segundo y tengo que hacer un esfuerzo del quince por recordar lo que di hace tres o cuatro años, pero, curiosidades del aprendizaje, eso me motiva más que repasar cosas que ya sé. He hablado más alemán este último mes que en los tres años que me pasé estudiándolo anteriormente. Suena raro, pero me paso la semana deseando que llegue la hora de ir a clase (aunque ya he hecho alguna que otra pira, que el cuerpo tiene sus límites y no puedo con mi super horario de tareas extraescolares).

Pero como tres horas a la semana no son suficientes para aprender un idioma (os lo dice una profe de idiomas que pelea porque sus niños vean los dibujos en inglés o en euskera, un esfuercito por favor), he curioseado por internet hasta encontrar una página de intercambio de idiomas. En realidad es una página donde puedes contratar profesores a distancia, que cobran por horas y te dan la clase por Skype, pero también es un punto de encuentro para gente que quiera cartearse o hablar a distancia con gente en otros idiomas. Me apunté en junio y no le hice mucho más caso, pero esta semana he recibido un email que me ha encantado. Una mujer alemana que vive en Zaragoza se ha puesto en contacto conmigo para que le ayude a escribir y hablar en euskera, idioma que está aprendiendo dónde y en Zaragoza porque su novio o marido ("maite dudan gizona", el hombre al que quiero) es vasco. A cambio, ella me ayuda con el alemán, que además de ser su idioma materno es lo que enseña. Por supuesto, me ha faltado tiempo para decirle que sí, y le he escrito una carta emocionada en alemán que ella me ha devuelto corregida al dedillo y con una profesionalidad que no paga el dinero (todo rojo, anda que no me queda nada por aprender). Ahora me toca a mí corregir sus frases en euskera, e imagino que pronto quedaremos por Skype para charlar un rato en el idioma que nos dé la gana.

Lo que me lleva a la pregunta que ha motivado este post: ¿por qué aprende la gente idiomas? Supongo que cada uno tiene su propia respuesta, y es tan variada como aquellos que la dan, pero esa explicación simplista que esgrimen algunos sobre la comunicación se queda corta. Yo estudio alemán porque me gusta la lengua, pero no me preguntéis qué es exactamente lo que me gusta de ella. También porque, como profesora de idiomas, estudiar un idioma nuevo me ayuda a entender el proceso de aprendizaje por el que están pasando mis alumnos y alumnas, y ahora tengo mucho más en cuenta lo duro que es hacer un listening, o el grado de concentración que requiere escribir un texto, o lo difícil que es expresarte en una lengua que no dominas. La mujer de Zaragoza estudia euskera por amor, en una ciudad en la que nunca va a poder usarlo más que con sus compañeros de clase y con su pareja, en un mundo en el que el euskera está infravalorado por muchos vascos que se resisten a aprenderlo o a hablarlo (aunque sepan), un idioma que "no sirve para nada". Mis compañeros de clase estudian alemán porque son ingenieros y ven que su futuro laboral puede pasar por irse a vivir a Alemania. En mi academia hay una mujer de 72 años que lo estudia porque su hija se ha casado con un alemán y se ha ido con él a vivir, y se está preparando para poder hablar con sus futuros nietos.

No es solo comunicación. Si fuera por eso, todos hablaríamos inglés y nada más, y dile a un monolingüe que deje de hablar su idioma en favor de algo que entendamos todos. Aprender idiomas debería acercarnos, aunque a veces es precisamente lo que nos separa. El esperanto fue un experimento fallido por eso mismo, porque era un idioma que no representaba a nadie. Un idioma es como un libro de historia que aún se sigue escribiendo, donde se reflejan la cultura, las tradiciones, los modos de pensar. Y sí, sirve para comunicarse, pero al final es lo de menos. Si solo fuera para eso, toda Europa hablaría el mismo idioma. Y, obviamente, todavía no es así.

Todavía.

De días de otoño, o cómo odio el anochecer de las cinco


De un tiempo a esta parte me he dado cuenta de lo que me afectan el clima y las estaciones. Cada vez me doy más cuenta de que es cierto eso que dicen sobre que la gente del sur es más abierta y más feliz por las horas de sol que soportan, y que en el norte somos más serios porque las nubes y la falta de luz nos nublan el humor. No sé si será solo eso o algo que ver con las coordenadas terrestres, pero que la temperatura afecta es verdad. Y más que la temperatura, las horas de sol. Cómo voy a echar de menos los paseos vespertinos de este verano cuando llegue el cambio de hora y salga de trabajar ya casi de noche.

Pero el otoño cerrado y el frío invierno también tienen sus utilidades, sobre todo para una persona casera e introvertida como soy yo. En cuanto veo las nubes fuera y siento caer las primeras gotas de lluvia, me arrebujo en el sofá con la manta, los gatos y un buen libro e ignoro que, a pesar de las apariencias, el día aún depara temperaturas altas y se puede dar una vuelta muy a gusto sin apenas ropa de abrigo. Empieza la temporada de estudios. Me he apuntado a un máster porque sé que los inviernos en Vitoria son largos, que las tardes de domingo se hacen eternas y que, conociéndome, o estudio o me trago todo lo que mi nueva compañía televisiva tenga a bien ponerme en la caja tonta. También me he apuntado a alemán por sacarme la espinita que tengo con este idioma, al que no termino nunca de cogerle la vuelta, lo que me va a obligar a salir de casa al menos un par de días a la semana (y a aprovechar más si cabe la tarde de los domingos). Todo por evitar el tedio de los inviernos vitorianos, los días de nieve, las tardes de lluvia, y el largo lamento de una ciudad que ya de por sí tiene poco que ofrecer y que en invierno muere un poco más.

El otoño llega ya. Hoy la temperatura es buena, pero las nubes amenazan agua (ya empieza a caer) y el cuerpo no pide estar en la calle. Es lunes, los niños y las niñas han venido del fin de semana con ganas de verse, ganas de hablar, ganas de estar juntos. Hoy no toca aplicarse con los deberes, toca socializar. Y yo ya paso de desgañitarme, porque sé que los lunes de poco vale, y prefiero dejar que se relajen y charlen un poco entre ellos antes de ponerme firme y pedirles que reciten conmigo la parte de gramática que toca (qué antigua soy a veces).

Es lunes, sí, y lo tengo un poco tonto. Es lo que tiene que hoy sea cinco de octubre y que toque celebrar el cumpleaños de alguien que ya no está. Lunes, otoño y lluvia, el triunvirato perfecto. Para qué quieres más, Tomás.

Septiembre

Ay, septiembre, septiembre, por qué eres tú septiembre. Mes de regreso, mes de reencuentros, mes de planes nuevos, mes de preguntarse cuándo llega el puente del Pilar y planear una escapada cualquier fin de semana por eso de aprovechar el buen tiempo que aún queda. Para mí, sobre todo, mes de vuelta al cole y a la normalidad. Dos meses de vacaciones dan para mucho desconectar, y aquí me veis, retomando el blog tres meses después de la última entrada. Y es que al blog no se le puede llamar trabajo, pero he desconectado tanto de la realidad que no quería ni volver a escribir, no fuera que alguien me echara mal de ojo por la envidia de mis vacaciones de maestra y terminara con aún más achaques de los que he tenido este verano, que han sido muchos y variados.

Pero ya estoy de vuelta, con intención de ser un poco más constante que este curso pasado. Es curioso cómo funciona el cerebro humano (o quizás sea solo el mío, que a veces pienso que es un poco extraterrestre), pero cuanto más tiempo tengo para hacer algo, menos hago, más tiempo desaprovecho, más hago el vago. Este curso promete ser ajetreado, con un máster a la vista (porque me va la marcha) y varios proyectos personales que veré si llevo a buen puerto, así que seguramente encontraré un hueco para dedicarme a alguno de mis muchos hobbies y estoy convencida de que voy a conseguir mantener los tres blogs que tengo (¡tres!) con más asiduidad de la que han tenido hasta ahora. Hoy la normalidad es ya total, con horario completo de mañana y tarde, y de momento ya le he encontrado un hueco al mediodía para sentarme delante del ordenador y hablar con vosotros y vosotras. Me hacía falta desahogarme.

Y tengo tanto sobre lo que desahogarme... Quiero hablar de la crisis de refugiados, de periodistas poco responsables, de feminismo (claro), de la escuela, de leyes injustas, de gente tóxica, de días de otoño con sol y color en los árboles, de viajes y hasta de fantasmas. No he llevado un diario este verano, aunque el cuaderno donde suelo escribir cuando voy de viaje ha viajado conmigo (y ha venido como se fue, sin una sola entrada), pero he escrito en el aire, en el fondo de mi cerebro, y espero acordarme de alguna de las ideas que se me ocurrieron en su momento. Y si no, da igual, porque se me ocurrirán nuevas; escribir es como correr, cuanto más lo practicas con más facilidad te sale. Vamos, me lo han dicho, porque yo lo de correr como que no, que bien me conocéis los asiduos y sabéis que cuanto menos me mueva, mejor.

Septiembre. Final del verano, principio de todo. Veremos hasta dónde nos llegan las energías. Yo, de momento, ya he empezado a tomar vitaminas.

De faltas de ortografía en periódicos o el dolor de ojos que conllevan

En mi cuadrilla (léase "grupo de amigos/as" para todos aquellos/as de fuera de Euskadi) me conocen como la talibán de la ortografía del grupo. Siempre ando corrigiendo los correos electrónicos que me mandan (cada vez menos, ya ni eso nos molestamos en escribir) y los watsapps del grupo, donde, gracias al corrector del teléfono, ya no hay excusa para saltarse las haches con eso de que hay que ahorrar velocidad y espacio (que digo yo, ¿qué hace la gente con todo ese tiempo que se ahorra no poniendo una hache, o escribiendo ke en lugar de que?). Últimamente, sin embargo, estoy mucho más comedida, por un lado porque sé que no es agradable que alguien te eche en cara que tienes faltas de ortografía y por otro porque, seamos sinceras, me he dado por vencida. Si después de cinco veces de corregirte "haber si nos vemos" todavía no te has dado cuenta de la diferencia entre el verbo haber y la expresión "a ver", ya no tengo mucho que hacer. Me hace gracia que ahora son ellos y ellas los que pillan las faltas, y la corrección siempre va con un "Ruth, no me puedo creer que se te haya escapado esto". Siembra y recogerás, parece ser; todavía no hemos conseguido que el watsapp sea zona sin faltas, pero ahí andamos.

Y es que, visto lo visto, lo de las faltas de ortografía se está convirtiendo en algo endémico, ya no solo en los watsapps de mi cuadrilla, sino en cualquier expresión escrita de las que tanto abundan últimamente. No hace mucho vi en un blog una frase que me hizo dejar de seguirlo de forma automática. La frase era algo así:
Estar atentos al blog las próximas semanas, porque van a ver muchas novedades. 
Esta frase me la encuentro en una redacción de mis niños y niñas de sexto y les cae un choteo tremendo sobre el imperativo y el verbo "haber" (que pronto dejará de ser impersonal, porque todo el mundo lo usa ya en plural y me pone malita), pero a la persona que escribió esta frase no le dije nada (y eso que era un blog sobre libros; ¿es que a la gente no se le pega nada cuando lee?). No soy quién, supongo, para andar corrigiendo a extraños. ¿O sí? A veces pienso que la ortografía se corrige a base de avergonzar al personal, pero no es algo fácil de hacer. Cuando es un desconocido o desconocida quien te corrige, siempre puedes pensar "¿quién coño se cree?", o "¿qué sabrá ella?", ofenderte y ofuscarte y agarrarte a tus faltas como si de tu seña de identidad se tratara. Si es un conocido de hace poco, no te atreves a corregirlos por no ir de pedante, aunque cada vez que abren la boca o ves algo escrito quieras morirte un poco. Cuando hay confianza... La confianza da asco, dicen con razón, y, visto lo visto, algo funciona.

¿De qué camionero estamos
hablando?
Ayer, sin embargo, me encontré faltas de ortografía en un periódico local, y eso sí que no. Si hay alguien que tiene que dar la cara y dar ejemplo son los periodistas. No se puede permitir que alguien que escribe para el público y recibe un sueldo a cambio (por bajo que sea, que ya sé que están muy puteados) confunda el verbo "haber" con la preposición "a". No se puede permitir que no sepa algo tan básico como que no se pone coma entre el sujeto y el predicado (hay excepciones, pero el autor o autora del artículo no dio con ellas; de hecho, la forma en que lo ha escrito lleva a confusión, y me volví loca buscando en el artículo una mención del camionero ese que menciona entre comas y que solo se podría escribir así si se hubiera mencionado antes). No, no se puede permitir a un periodista escribir con faltas de ortografía, sobre todo unas tan básicas. Huelga decir que dejé de leer el periódico. No lo dejo para siempre, pero en ese momento no pude seguir. Solo tuve fuerzas para sacarle un par de fotos que mandar a mi cuadrilla (y recibir el choteo de siempre: ¿para qué sirve la hache, si es muda?, a lo que otro contestó: para que el agua sea agua, y no oxígeno. Me hizo mucha gracia).
¿En serio? ¿EN SERIO?

Nunca dejaremos de escribir con faltas, pero quizás llegue algún día en el que los correctores de libros (donde he encontrado más de una falta), los periodistas y, por qué no, los blogueros y blogueras tomen conciencia de lo mucho que importa escribir de cara al público y la forma en la que ellos y ellas moldean el lenguaje y dan ejemplo. La ortografía importa porque es la única forma que tenemos de asegurar la comprensión de un mensaje. Las haches distinguen entre un "hecho" y un "echo", la "y" y la "ll" son todavía dos fonemas distintos que conllevan una gran carga de significado (no es lo mismo "el gato se calló y murió" que "el gato se cayó y murió"), y, mal que nos pese, la v y la b tienen todavía una gran carga de significado (pero a los que pronuncian la uve quiero darles con una guitarra en la cabeza). Quizás algún día todas estas diferencias desaparezcan, pero de momento importan. Y los que escriben (escribimos) de cara al público tienen (tenemos) la responsabilidad de hacerlo bien.

En la pelu (otra vez)

                         

     Ayer estuve en la peluquería, lo que en sí no es noticia porque no soy reina de ningún reino ni persona de alta alcurnia o mucho morro cuyos caprichos importen más allá del mero detalle, y por eso tampoco puse fotos ni en Twitter, ni en Facebook ni en Instagram, ni cambié mi estatus en el Whatsapp, porque quien quiera ver mi nuevo corte de pelo que me llame y quedamos, ¿no?, mejor con una cerveza. Estuve en la peluquería, digo, y para matar los largos minutos de espera que una tiene que aguantar siempre cuando “va a hacer cosas con la cabeza”, como decía Rociíto, leí un par de las revistas que tenía a mano. Mejor dicho, las ojeé (u hojeé, porque la verdad es que no había mucho donde posar el ojo más allá de fotos de modelos anoréxicas que miraban a la cámara con cara de mala hostia). No me preguntéis de qué iban los artículos, si es que se les puede llamar así, porque no me fijé en ninguno.
     Y es que no sé qué tienen las peluquerías que nos tratan como tontas (y tontos, porque ayer había más hombres que mujeres) y solo nos ponen revistas de moda y, ay madre, tendencias. No sé qué mal les haría poner un Muy Interesante de hace dos años, como en el dentista, o una de esas revistas de historia que tanto abundan últimamente. Incluso algo de decoración, o un catálogo de muebles, o, fíjate qué esfuerzo, algún periódico con las revistas que vienen en ellos los domingos. Tampoco es decir que quiten todas las revistas de moda, pero ¿por qué todas tienen que ser iguales? ¿Por qué tengo que leer sobre cómo complacer a mi hombre, o las últimas tendencias en la pasarela de Milán, o en qué se pone Sara Carbonero cuando se va a dormir? Y es que vaya revistas… Por favor, si hasta la Interviú tiene artículos interesantes entre las fotos de tías en pelotas, y me han dicho que hay también mucha miga en la Playboy (eso decían en Friends, por lo menos, habrá que creérselo). Que sí, que entrevistan a mujeres importantes e “importantes” en un amago de feminismo que no se cree ni Rita, pero es que luego me acompañan el artículo con una foto y un pie de página detallando lo que lleva puesto y de qué marca es que le quita toda la (poca) credibilidad. Porque no nos engañemos, todas las mujeres que salen en las revistas de moda (hasta Melinda Gates y compañía) se reducen a meros maniquíes con la sola intención de mostrar la última moda o lo que una no debería nunca, nunca ponerse. 
     Desde aquí hago un llamamiento a todas las peluquerías del mundo (bueno, dejémoslo en las de Vitoria, que quien mucho abarca poco aprieta): pongan ustedes algo más de variedad en su material de lectura, hagan el favor. Piensen que, para muchas, el ratito de la pelu es el único momento que tienen para leer algo sin que el jefe, el marido o los hijos las molesten, y a veces apetece leer un artículo sobre la teoría de las cuerdas, aunque no se entienda nada. Que el tinte tarda mucho en “coger”, y como encima estén peinando a otra mientras me atienden a mí, ya ni te cuento. Y, la verdad, diecisiete revistas sobre las tendencias y los colores más de moda de esta temporada me parecen un poco demasiado. Y creo que, aquí, la única rara no soy yo. 

Agotada

Llega esa época del año en la que ya no puedo más. Me pasa todos los años, pero quizás me haya pasado con más fuerza este. Las semanas se me hacen eternas, las horas laborables interminables. Yo, que soy de no parar y estar siempre haciendo algo, me encuentro con que solo me apetece estar tirada en el sofá, leyendo o viendo algo simple en la tele, nada de forzar la mente. No soporto a mis alumnos, y no es porque sean insoportables, que no lo son, sino porque la insoportable soy yo. Es la época del año en la que empiezo a pensar qué haría yo si no fuera profesora de primaria, a qué me podría dedicar que no supusiera lidiar con gente con distintos humores y personalidades. Sobre todo, dónde haría mi agotamiento menos daño. Un trabajo de oficina, gritarle a un ordenador inanimado. En junio, lo firmaría.

Estoy cansada a un nivel más que físico. Quizás sea porque este año he empezado en un cole nuevo en el que estoy muy a gusto y he querido darlo todo, y me he pasado. Quizás sea el calor. Quizás sea que estoy acostumbrada a llegar a casa y tener algo que hacer, y este año no lo he tenido (nada que estudiar, ninguna obligación a partir de las cuatro y media). No lo sé. Solo sé que el treinta de junio está aún muy lejos, y el veintitrés (cuando los niños y niñas cogen vacaciones) no promete lo suficiente. Quiero descansar, y a la vez quiero llenar mis horas con algo que no tenga nada que ver con la enseñanza. No estoy quemada, estoy agotada. Y lo peor es que los que me tienen que aguantar también lo están.

Dos semanas más de clase. Espero no tener nada que lamentar cuando me den las vacaciones.

Bendito Madrid


Vaya por delante que odio el fútbol con un odio intenso y casi esquizofrénico, casi tanto como odio los programas del pelo de Supervivientes o Gran Hermano. Lo odio, no por el deporte en sí, sino por todo lo que acarrea, el analfabetismo que le rodea, el desfase económico que supone y la injusticia representada en un montón de jugadores que no saben hacer la o con un canuto pero saben dar patadas a un balón, con lo que ganan más que el PIB de algunos países no tan tercermundistas. Estoy hablando, por supuesto, de la primera división, aquella en la que Ronaldos y Messis acaparan portadas y se llenan carteras, evitan pagar impuestos y alardean de ser los más guapos y los más majos; no tengo nada en contra del fútbol como deporte, once contra once, donde prima (o debería primar) el trabajo en equipo y que hace mucho bien a los niños y niñas que lo practican, como cualquier otro deporte. Pero el fútbol de élite... Ay, el fútbol de élite...

Los niños de mi escuela están, por supuesto, obsesionados con el fútbol, y una gran cantidad de ellos son del Madrid y del Barça. Alguno hay del Atletic, y algún otro despistado del Alavés, e incluso tenemos a alguna niña que de vez en cuando viene con su camiseta deportiva, pero en general son los niños y son los dos equipos grandes (a las niñas les va más el baloncesto; el colegio ha hecho una muy buena campaña para impulsar el deporte femenino y a todas les gusta el baloncesto y son del Baskonia). El otro día, en la clase de cinco años, los niños y niñas empezaron a hablar de colores, y uno de ellos dijo la sempiterna frase de que el rosa es color de niñas. "Pues no", le contestó otro, todo digno, "porque la segunda equipación del Madrid es rosa, y ellos son chicos. Así que el rosa también es de chicos". Punto para el Madrid, pensé, por fin puedo decir que el fútbol ha ayudado algo en la lucha de sexos. Pero es que hoy E., una niña de esa clase, ha venido de los pies a la cabeza con la segunda equipación del Madrid, y había que ver a todos los niños envidiosos porque qué guay, E. es del Madrid y tiene la equipación, y al resto de las niñas mirándola con el rabillo del ojo porque no entendían muy bien que pudiera venir de rosa y aún así estuvieran hablando de fútbol. K., un niño de su clase, ha venido con la camiseta del Barça y los dos han comparado colores y se han declarado mutuos admiradores de sus respectivos equipos, pero sin rivalidad, y a la hora del patio E. se ha puesto de portera (como Casillas, digo yo) y K. y otro grupo de chicos han jugado a fútbol con ella. No ha habido protestas porque dejara colar los goles, precisamente.

Y a mí me ha dado por pensar un momento en que igual el rosa no es un color tan malo, ni tan de chicas, ni tan "blando". Igual el rosa es de hombres duros y mujeres peleonas, de futbolistas de élite y escaladoras intrépidas, o de niños y niñas que juegan al fútbol en el patio sin más altercados que un raspón en la rodilla. Claro que he tenido que obviar a otra niña que ha venido toda de rosa, sí, pero con un vestido de princesa que se ha empeñado en vestir, o la que me ha traído un vestido de faralaes sin ser feria de abril ni nada. Quizás las cosas estén cambiando o quizás no, pero al menos un grupo de chicos de la clase de cinco años se van a poner camisetas rosas que no sean de fútbol y no se van a sentir extraños. Algo, creo, sí hemos avanzado, aunque el tren vaya tan despacio que a veces parezca que esté parado.

¿Y tú qué a qué te dedicas?

El otro día me dio por entrar en una de esas páginas de Internet que tanto abundan últimamente con consejos de todo tipo. Esta en particular era "consejos para ser feliz", y, aunque una no está lo que se dice depre en este momento, terminé leyéndola para ver si estaba haciendo las cosas bien (léase con ironía) o tenían algún consejo de esos que te encuentras en el lugar menos insospechado y te hace decir "ostrás" (léase sin tanta ironía). He de reconocer que, de los diez consejos que daba, solo me acuerdo de dos: haz ejercicio (eso ya lo sabía, pero de la teoría a la práctica va un mundo) y, cuando te describas, no te identifiques con tu trabajo. "Eres más que tu trabajo", decía el artículo. Y ahí me paré en seco.

Hace ya meses que lo leí, pero ayer, viendo un capítulo antiguo de una serie que me encanta, lo volví a oír. La protagonista de turno le decía a su marido que ella era psiquiatra, que era lo que le definía, y él le contestaba que no, que era también madre y esposa. Ella insistía y al final los dos se iban enfadados, y yo le gritaba a la tele que ella tenía razón. No porque piense que definirse como madre y esposa sea algo malo (aunque son calificativos que dependen de otra persona, y definirte en referencia a tus relaciones no me parece muy positivo), sino porque yo pienso igual que ella: si hay algo que me defina, es mi trabajo. Soy profesora. Cuando alguien me pregunta "¿y tú qué haces?", no le doy una lista de mis muchos hobbies, o le digo que soy hija, hermana y amiga. Les digo que soy profesora, y enseguida empiezo a dar detalles de mi asignatura, de mi colegio, de mis obligaciones y pasiones. El artículo decía que no era buena idea definirse por el trabajo, pero ¿qué otra cosa habla tanto de mí como lo que hago?

Tengo la grandísima suerte de trabajar en lo que me gusta desde los diez años, cuando enseñé a leer a mi hermano. No todos los días me doy cuenta de esto, pero en cuanto hablo con gente que está a disgusto en el trabajo me doy cuenta de lo afortunada que soy. Estoy a gusto en el colegio en el que trabajo, y eso lo estoy notando en mi nivel de energía: no me importa meter más horas, no me importa preparar cosas en casa, no me importa llegar veinte minutos antes un lunes por la mañana. Busco maneras de ser mejor en lo mío todos los días. Los ojos se me van a los artículos de educación, a las charlas de expertos pedagogos, a los vídeos de Youtube en los que sale Ken Robinson (grande, muy grande). No soy maestra seis horas al día, lo soy siempre. Tengo grandísimas amigas que me aguantan las chapas que les suelto cuando algo me ha salido bien o mal, cuando tengo un mal día o uno excepcionalmente bueno. Ser maestra me define, como me define el saber inglés a un nivel alto o haber vivido parte de mi vida en extranjero. Y todo esto está relacionado con mi trabajo. No hablaría inglés como lo hablo si no me hubiera ido fuera a mejorarlo, y jamás habría tenido la oportunidad de hacerlo si no llego a ser maestra de inglés. Cuando me preguntan "¿qué eres?", mi primera respuesta es siempre maestra. Podría decir mujer, podría decir filóloga. No. Digo maestra. Porque es lo que me define.

No sé si el artículo tiene razón con más gente, pero desde luego conmigo no. A mí mi trabajo me hace feliz. Son incontables los días que he llegado a casa pensando que he disfrutado tanto en clase que lo hubiera hecho gratis (también son muchos, aunque no tantos, los días que pienso que igual en la mina de carbón se sufre menos, así que lo comido por lo servido). Hoy, sábado después del día del trabajo, estoy más convencida que nunca de que la única opción por la que cambiaría mi profesión sería por la de millonaria, y a ver quién es el guapo o la guapa que me dice que no. Eso sí, me escaparía de vez en cuando al cole (lo tengo aquí al lado) para preparar algún proyecto o un teatro con los pequeños, porque la alegría que me dan los niños (cuando están majos) no creo que me la vayan a dar los millones que voy a ganar en la lotería. O igual sí, vaya usted a saber. Os mantendré informadas/os. Cuando me toque.

Volviendo a casa

Ayer bajé del tranvía e hice mi recorrido habitual de camino a casa. Me separan unos quinientos metros de la parada y un puñado de calles bastante concurridas, con bares con terrazas abarrotadas de clientes en las noches no demasiado frías, como la de ayer. Fue delante del más grande donde vi el gentío, todos con la copa en la mano mirando hacia la misma dirección. Al principio pensé que era simplemente la clientela del bar tomando el aire, pero entonces seguí sus miradas y vi la furgoneta de la Ertzaintza. Habían acordonado la entrada a un portal, y otra furgoneta, blanca y sin ninguna identificación, tapaba por completo la entrada a la casa, las puertas de atrás abiertas, para que quien saliera del portal no tuviera más remedio que entrar en la furgoneta, sin ninguna otra salida. A un lado, fotógrafos profesionales y alguna enorme cámara de televisión sacaban fotos e imágenes de no sé qué, porque no se veía nada. Entre los curiosos también había gente con el móvil en la mano, sacando fotografías. Un detenido, pensé. O un desahucio que no quieren que nadie boicotee. Las caras de la gente eran de curiosidad, no de pena ni de circunstancia. Allí donde hay carnaza hay público. Como cuando no puedes dejar de mirar el accidente de la carretera.

No me paré a mirar, no me gusta el morbo. Supe lo que era cuando llegué a casa. Me dio por mirar el periódico local en Internet, por si salía ya la noticia, que es la ventaja que tiene la información hoy en día. Salía, vaya que si salía. Pero no era un desahucio, ni una detención. Lo que acababa de presenciar era el levantamiento del cadáver de una mujer de 29 años apuñalada por su pareja. Y no digo "presuntamente", porque el atacante fue de su propio pie, cubierto en sangre, a buscar al policía más cercano y decir que había apuñalado a su novia. A plena luz del día y sin miramientos.

Me quedé helada. Me entraron unas ganas terribles de llorar, y eso que es la quinta o sexta víctima de violencia de género de esta semana (qué triste, ya he perdido la cuenta, y qué triste también que no haya llorado por las demás, tan normal es ya). Ninguna, sin embargo, me ha tocado tan de cerca, a apenas unos metros de mi casa, y ninguna me ha dejado nunca la imagen tan gráfica de la furgoneta blanca sin marcas con las puertas traseras abiertas tapando el portal. Hoy saldrá en las noticias, convertida ya en estadística, un número más, un dato a apuntar. La primera víctima de violencia machista en Euskadi de este año es vitoriana, vaya honor. A quinientos metros de mi casa. Con los clientes del bar comentando, entre trago y trago, que vaya tela, la gente está loca, qué movida, ¿pedimos otro pintxo de tortilla?

Me pregunto qué hicieron los curiosos con las fotos que sacaron con el móvil. Casi estoy esperando a que me empiecen a llegar por watsapp. No me extrañaría lo más mínimo. Porque la vida sigue, y, nos guste o no, el mundo está lleno de carroñeros a los que la carnaza les pone más que un chute de la coca más pura.

De camino a Santiago


Este fin de semana, como en estos lares nos han dado dos días extras de fiesta por el día de San José tengas o no tengas padre, me he ido a hacer el camino de Santiago. Salí el jueves por la mañanita, con la ropa justa por eso del peso, que ya se sabe que una debe llevar solo un diez por ciento de su peso corporal (en mi caso da para llevar el equipaje de varias personas, pero en fin), y una bolsa con avituallamiento por si me daba una pájara por el camino. Dejé atrás un tiempo muy malo, frío polar y un cielo nublado que no auguraba nada bueno, pero según me fui acercando a mi destino vi salir el sol. Elegí el camino de la costa, porque me gusta lo verde y porque, no os voy a engañar, sé qué ciudad viene después de cada una y corría menos peligro de perderme (que no me hagan nunca un examen de geografía, por favor, porque no tengo ni idea de las ciudades castellanas que hay de aquí a Santiago). A eso de las siete de la tarde, agotada y casi deshidratada (y con unas ganas locas de mear), llegué por fin a Santiago. Aparqué el coche en un parking, cogí mi maleta con ruedas y tiré para el hotelillo que había reservado hasta el domingo. Que digo yo, habiendo las carreteras que hay, ¿cómo es que la gente va andando? ¿Están todos locos?
Llegué, digo, a un hotelillo con mucho encanto, en el que me dieron a elegir hasta la habitación. Ese mismo día salí a localizar la catedral para ir a verla el viernes, y cuál no sería mi sorpresa cuando, a eso de las ocho de la tarde, me di cuenta de que todavía era de día. Ya había oído hablar de que anochece más tarde por estar más al oeste, pero coño, ¿una hora? Yo, feliz, me di una vuelta por el casco viejo, comí una tapa de salpicón de marisco y luego terminé cenando con caldo gallego y tarta Santiago (que no falte; me he puesto morada). No os voy a aburrir con todo lo que he comido porque ha sido mucho, pero creo que hasta he perdido peso por todo lo que he andado y lo sano que era todo el pescado que me he metido entre pecho y espalda. Y es que el camino da un hambre…
Al día siguiente fui a ver la catedral. Tan concentrada estaba en lo que me decía la audio guía que no me di ni cuenta de que afuera la luna se estaba poniendo entre la tierra y el sol y todo el mundo andaba con gafas de sol en la plaza del Obradoiro viendo el eclipse. Yo estaba traumatizada viendo a la gente abrazando al santo, que a punto estuve de llamar al de seguridad para decirle que estaban tocando la escultura, hombreporfavoresqueestosnosabenqueesonosetoca, hasta que la audioguía, muy maja ella, me explicó que era tradición y que habían tenido que cambiar el manto de plata porque estaba desgastado de tanto abrazo (y digo yo, que mejor desgastado que no desaparecido, porque en cualquier otro sitio se lo hubieran llevado). Vi el botafumeiro colgando (que me disculpen los gallegos y gallegas si lo he escrito mal), pero no ondeando porque no fui a misa, y pasé de ver las reliquias del santo por porque una es atea y me parecía una blasfemia. Eso sí, fui al museo vi todas las piedras y me fijé en que la mayoría de las piezas más importantes no estaban allí porque habían sido cedidas a otro museo. Qué mala suerte, hombre. Ley de Murphy. 
De lo que sí he visto  mucho este fin de semana ha sido peregrinos. Gente con mochila que no tenía cara de cansancio, sino que paseaban por ahí como si lo más normal del mundo fuera llevar un palo con punta en la mano y una enorme mochila a la espalda. Varios me preguntaron que dónde estaba la catedral, y yo, que me pierdo en Vitoria, no intenté siquiera guiarlos en la dirección aproximada y les dije a todos que era de fuera (me creyeron, ¿será el acento?). Hubo un momento en el que me dieron envidia y me planteé en serio lo de hacer el camino andando, pero entonces me di cuenta de que llevaba ya una hora de paseo y me fui a descansar con una caña y una tapa. Me da a mí que yo para eso no valgo.
La vuelta la he hecho igual que fui, pero en sentido contrario. Si llego a hacer caso al GPS todavía estaba en Palencia, pero he sido aventurera y he tratado de llegar a Vitoria yo solita sin ayuda, ahí, a la aventura (bueno, un ratito sí que he puesto el cacharro, lo suficiente para pillar la autovía del cantábrico, que andaba despistada). Porque, después de todo, ¿qué es el camino a Santiago (que no “de Santiago”) sino una aventura? La próxima vez, quién sabe, lo mismo voy por León y os sorprendo a todos. Solo una preguntita: ¿a Santiago se va por León? Digo, por si me dejo el GPS. No la vayamos a liar. 

Micromachismos

El otro día fui a tomar algo con unos amigos, como suelo hacer los fines de semana. El día era cálido, la tarde animaba a pasear y nosotros nos fuimos de pintxos porque una es vasca y sus amigos (y amigas) también, y es lo que hay. No era tarde, apenas había anochecido, pero en uno de los bares nos encontramos a dos chicos tan borrachos que apenas podían guardar el equilibrio. Apoyaban todo su peso en la barra, se miraban con ojos entrecerrados, no parecían capaces de enfocar la mirada.  De vez en cuando nos caía algún empujón que devolvíamos sin cuidado (y sin que el borracho se diera cuenta, porque qué más da un poco más de movimiento cuando no puedes mantenerte en pie), pero  no se metían con nadie. 
Hasta que hicieron la gracia de tirar una torre de pintxos. Cuando digo torre me refiero a esas estructuras de metal que logran levantar un par de platos por encima de los demás para que haya más sitio en la barra. Con un ligero empujón, ¡crash!, tiraron todos los platos al interior de la barra, dando a todo el mundo un buen susto. Las camareras dieron un brinco, soltaron una carcajada y se pusieron a limpiar el desastre con risita nerviosa. Los chicos se echaron a reír mirando al suelo (no por vergüenza, sino porque en el estado en que iban no se les sujetaba la cabeza) y siguieron con su cerveza en la mano, viendo a las chicas barrer. 
Y entonces mi amiga comentó: esto es cosa de género. Y tenía razón. Porque si detrás de la barra llega a haber dos hombres en lugar de las dos mujeres que había (que encima eran empleadas, no las dueñas, y les puede importar bien poco que se rompan un par de platos), los borrachos no se hubieran atrevido a tirar la torre. Porque habrían sabido que, cuando menos, se les hubiera recriminado el acto con una mirada, sino con un “ya está bien, ¿no?”, o la petición de que salieran del bar. Rectifico: quizás lo hubieran hecho igual (iban muy pasados), pero estoy convencida de que no se habrían quedado a terminar la cerveza tranquilamente mientras los de detrás de la barra limpiaban. Habrían disimulado más su risa y se habrían ido a reírse a la calle. Y los de detrás de la barra no habrían recibido el golpe con risita nerviosa. Pero eran chicas, y jóvenes, y bastante nuevas. No hubo consecuencias a sus actos. No hubo reacción.
No sé si esto entra dentro de la definición de micromachismo, pero yo lo encajo allí. Para mí, micromachismo es cualquier pequeña acción que no se daría si los papeles estuvieran cambiados. ¿Qué hubiera pasado si los de la barra llegan a ser hombres y las dos borrachas chicas? No creo que lo hubieran tirado, o de haberlo hecho habrían salido corriendo con risita bobalicona a contarlo a sus amigas. No se habrían quedado tan anchas a terminar su trago. ¿Y si las cuatro llegan a ser chicas? ¿Les habrían llamado la atención las camareras? Quizás. Cuando digo que el problema es de género no me refiero solo a que la actitud de los hombres tenga que cambiar: nosotras tenemos que aprender a “empoderarnos” y comernos el mundo más de lo que nos lo hemos comido hasta ahora. Que no nos dé miedo llamarles la atención a dos borrachos cuando nos están rompiendo platos en un bar. 
Quizás sea porque estoy en un entorno muy concienciado con los roles de género, quizás porque yo soy así. Sólo sé que cada día veo más cosas a mi alrededor, pequeños detalles, que no me gustan y me gustaría cambiar, pero aún no sé cómo. Por suerte soy maestra y quizás tenga algo de influencia sobre mis alumnos y alumnas. Habrá que ejercerla. Aunque en su caso me limite a insistir en que “pegar como una chica” no tiene por qué ser algo malo. 

Hobbies

Estas últimas semanas me ha dado por añadir un hobby a mi armario de "cosas que hacer mientras veo la tele". Desde hace años he tenido el patchwork, que tiene su momento relax en lo de acolchar las partes de arriba terminadas con la guata y la tela de abajo, pero con la última colcha me he atascado porque no me gustan ni el patrón ni el hilo que he escogido y he tenido que buscarme otro entretenimiento que mantenga las manos ocupadas para no comer compulsivamente en los ratos tontos (sí, en lugar de deshacer lo hecho y buscar otro patrón y otro hilo que me guste más; es difícil ser yo, qué le vamos a hacer). Ahora me ha dado por el ganchillo, que relaja mucho, es muy agradecido y te deja ver cómo está tu nivel de estrés por lo fuerte que haces los puntos en la labor (a juzgar por el chal que acabo de terminar, estoy muy estresada; digo yo que sería porque era la primera vez que hacía ganchillo y me estaba poniendo nerviosa tanto deshacer, porque si no no me lo explico).

Ganchillo y patchwork, hobbies tremendamente "femeninos" para una feminista que defiende que las mujeres pueden ser bomberas si les da la gana, ¿no? Me podía haber dado por arreglar motores diesel, o por hacer un curso de talla de madera en la escuela-taller que tengo al lado de mi casa. No, me ha dado por dos cosas muy ligadas al mundo tradicional de las mujeres. Y entonces me he puesto a pensar qué hay de malo en ello. Son dos pasatiempos que tienen su misterio, y que trabajan algo más que la dexteridad manual. Con el patchwork he aprendido más de geometría que todo lo que aprendí en la escuela. Una tiene que tener muy en cuenta qué fórmulas se necesitan para hacer un círculo de determinado tamaño, o sumar bien el perímetro de una forma concreta para poder calcular cuánta tela vas a necesitar para el borde. Me he encontrado en internet más de una vez para buscar cómo se hace un hexágono con compás, o ideando mil maneras de sacar todos los triángulos posibles de una tela malgastando lo menos posible. Yo, que en matemáticas he sido siempre una nulidad, me he encontrado haciendo cálculos antes de cortar y coser dos piezas juntas. Y con el ganchillo me paso el rato contando y calculando cuántas repeticiones necesito para llegar al final con un determinado patrón, y fijándome bien en el dibujo para ver si he hecho bien los aumentos. Lo de hacer mis propios patrones llegará (espero) más adelante.

El feminismo no se trata solo de lograr un sitio en primera fila en un mundo en el que las mujeres han ocupado (y ocupan) un segundo plano, sino en hacer que el mundo que tradicionalmente ha sido el femenino cobre importancia, y se valoren las tareas que las mujeres han hecho durante años y la sociedad ha despreciado por ser inútiles. Como las tareas de casa, o el cuidado de los niños, o de personas mayores. Son tareas necesarias que normalmente han hecho las mujeres, se ha dado por hecho que era su labor, y ahora que nos hemos cansado de quedarnos en la sombra haciendo lo que nadie más quiere hacer nos encontramos con que hay un vacío que los hombres no han querido llenar. No hay nada denigrante en cambiar el pañal a un abuelo, no hay nada humillante en quedarse en casa con los niños mientras la mujer va a trabajar. Pero durante siglos se nos ha hecho creer que eran tareas menores, y a ver quién es el guapo que cubre el hueco de los trabajos ingratos. A nadie le gusta que su tarea quede sin recompensa, solo que las mujeres ya se han acostumbrado a ello.

Seguiré haciendo hobbies de los llamados femeninos porque me gusta sacar provecho de mi tiempo libre. El dueño de la tienda de lanas ya me ha dicho que no corra tanto, que disfrute con la tarea. Me lo ha dicho bajando sus agujas de punto (estaba haciendo unos puños perfectos, yo quiero aprender a hacer eso) y observando con delicadeza la tarea que yo estaba haciendo. El jersey que está tejiendo es para su mujer, a la que no le va mucho eso de las lanas. El manitas de la casa es él. No tienen hijos, pero me los imagino corriendo en la tienda entre las señoras entregadas a la labor y comiendo las galletas que nos pone de merienda.

Doy la cara


Odio este anuncio. Sé cuál es su intención, el de mostrar apoyo a las mujeres en general y en especial a las que sufren violencia de género, pero aun así lo odio. "Doy la cara por las mujeres valientes", dice la periodista de turno. "Por las que se atreven, por las que dan un paso adelante". No. Esas no necesitan que des la cara por ellas. Las que necesitan que den la cara por ellas son, precisamente, las cobardes, las olvidadas, las que no se atreven, las que se esconden, las que no se ven, las que tienen miedo. Las que aguantan porque no tienen otro sitio donde ir. Las que no saben lo que valen. Las que no pueden. Porque las mujeres valientes, igual que los hombres valientes, saben sacarse las castañas del fuego ellas mismas y no hace falta que nadie dé la cara por ellas. Y viniendo de un entramado como el de Mediaset, que no es precisamente el adalid de la igualdad de género (no olvidemos que fueron los que trajeron a las Mamachicho), más sospechoso me parece.

Yo doy la cara por todas. Porque todas (y todos) hemos necesitado alguna vez que den la cara por nosotras.

De santas y abuelas

Mi abuela nació el cinco de febrero de 1899, lo que significa que hoy cumpliría 116 años. Cuando era pequeña me gustaba calcular su edad porque siempre era uno más que el año en el que vivíamos, y eso me hacía sentir importante. El otro día se lo conté a mis alumnos y se quedaron horrorizados al pensar que alguien que ellos conocían podía haber tenido una abuela nacida en el siglo diecinueve. A mí me sigue encantando calcular su edad y sumarle uno al siglo. 
Cuando tenía cuarenta y tres años, cinco hijas y un único hijo, mi abuela empezó a tener síntomas que encajaban con la menopausia. Al menos eso pensaba todo el mundo, porque ella tuvo claro que aquello de menopausia nada, lo que llegaba era un nuevo embarazo. Acertó, y por primera vez en su vida dio a luz en un hospital al segundo varón de la casa, el pequeño, el que sería mi padre treinta y tres años  más tarde. Al poco sería abuela, y mi padre fue una de las pocas personas que, después de casarse, se iría de vacaciones con su sobrina y su marido, los mejores amigos de mi padre y mi madre. Esa sobrina, mi prima, es mi madrina, y sus hijos tienen la misma edad que yo y mi hermano. Lo que significa que cuando mi abuela tuvo el último nieto, a los ochenta y dos años, ya llevaba un lustro siendo bisabuela. Para entonces ya había perdido la cabeza y llevaba tiempo en una residencia. Yo la vi en contadas ocasiones, porque a mis padres no les parecía que aquel fuera un sitio adecuado para una niña y a mí no me hacía ninguna ilusión ir a visitar a una señora que no sabía quien era yo. Dice la leyenda que, cuando yo nací, peleó porque me llamaran Rufina en vez de Ruth, que qué nombre era ese para una niña. En una de las visitas que le hice le llevé una flor, y cuando me fui me la devolvió. Otra vez la vi dormida, la inmensa mata de pelo blanco azulado apoyada en la almohada, murmurando en sueños (siempre me acuerdo de ese pelo, y de la suerte que he tenido al heredarlo; no hay nadie calvo en ese lado de la familia). Murió a los noventa y tantos, habiendo enterrado a su marido, a un hijo y a unos cuantos yernos y nietos. Su hija mayor tiene casi noventa y está en perfecta salud mental y física, y el resto de las hijas resiste el embate del tiempo; por contra, ninguno de sus dos hijos varones llegó a los setenta. 
Nació el cinco de febrero, día de Santa Águeda, y por supuesto se llamó Águeda. Aquí, la víspera es día de romería, o por lo menos lo era, cuando los hombres que estaban a punto de ir a la “mili” paseaban por la calle cantando y pidiendo para una última noche de juerga (al menos ese creo que es el origen de la tradición). Hoy en día la costumbre casi se ha perdido en las ciudades, aunque en los colegios se siga manteniendo y sigamos cantando la canción y saliendo con los chavales y chavalas por el barrio (si el tiempo lo permite). Por eso me acuerdo siempre de su cumpleaños, porque coincide con la santa más festejada en Euskadi. Y en esos días me entra morriña, y veo la nieve caer, y pienso en todo lo que vivió la mujer de pelo blanco apoyado sobre la almohada que hoy cumpliría ciento dieciséis años. 

Ramalazo poético de un día extraño

Qué quieres ser

¿Qué quieres ser?, nos preguntaban de pequeñas.
Y nosotras contestábamos. 
Futbolista.
Actriz.
Cantante.
Maestra.
Electricista.
¿Qué quieres ser?, nos preguntaron de más mayores.
Y las respuestas cambiaron.
Millonaria.
Rica.
Empresaria.
Jefa.
¿Qué quieres ser?, nos preguntarán después.
Y diremos otras cosas. 
Quiero ser un buen recuerdo.
Quiero ser significante. 
Quiero ser un buen regusto. 
Quiero ser algo.
Quiero ser alguien.

Quiero ser.

De filosofías de la vida o verdades que no gustan

Leo en internet una frase que me para en seco unos segundos:

La leo, y mi primera reacción es negar con la cabeza y decirme a mí misma "qué cínico, vaya manera de ir por la vida", aunque últimamente me ha dado por pensar que no entiendo el significado de "cínico" y que la mayoría de las veces es una palabra que se usa tan mal como "demagogia". Miro en mi interior, y trato de pensar en alguna ocasión en la que esta frase haya descrito alguna de mis acciones. Miro, busco y rebusco, y no encuentro un momento en el que pueda decir "sí, ahí fui mala, ahí fui a hacer daño a posta, por venganza o por odio". Alguna mala respuesta, algún mal gesto, pero más por salvarme yo de un mal rato que por herir a los demás. Y luego recuerdo esos gestos de bondad que hice sin pensar, esos detalles que nadie me pidió y nadie me agradeció, esos momentos en los que quise ser buena persona y pasé desapercibida. O peor, recuerdo querer ser buena persona y recibir solo una hostia (figurada o no tan figurada) del otro lado, porque hay gente que entiende la bondad como debilidad y una brillante ocasión para aprovecharse de una. 

Así que, si he de ser sincera, sí, me he arrepentido de ser buena persona, pero creo que nunca podría ser una hija de puta (primero porque odio la expresión, tan rematadamente sexista como es). Hay una gran gama de grises entre estos dos extremos, y creo que la mayoría de las personas estamos en ese término medio. Rara vez me salgo de mi camino para ayudar a alguien que no me lo pide, y en determinadas ocasiones quizás eso sea ser una hija de puta (si pasas de largo cuando alguien se cae de bruces en la calle, por ejemplo). Pero creo que la mayoría del tiempo soy simplemente egocéntrica, demasiado preocupada por mi propia vida y mis propios problemas para ocuparme de los demás. Ni buena ni mala persona, simplemente una más. Alguien a quien quizás le gustaría ser mejor persona, preocuparse más de los demás, pero que ha recibido demasiados plantes en la vida como para ser buena persona con cualquiera. 

Al menos puedo decir que nunca le he puesto la zancadilla a nadie, metafórica o literalmente (bueno, literalmente alguna que otra cuando era cría). No todo el mundo puede decir eso. Y sí, seguro que hay más de uno que lee esta entrada y piensa "qué cínica, mírala, se cree mejor que los demás". Pero como ya ha quedado claro que no entiendo muy bien esa palabra y pensar mal es un derecho, una se queda tan tranquila siendo como es. Ahora que hagan otros la lectura interior. Más de uno y más de una se llevará un buen susto.