Lo admito: soy muy picajosa con ciertas cosas. Me tengo por persona tolerante, pero la verdad es que cada vez me doy cuenta de que soy muy maniática, y algunas manías me sulfuran a más no poder. Por ejemplo, no soporto llegar tarde a los sitios y, aunque me voy calmando un poco con el tema (a la fuerza, porque si no me va a dar un mal), tampoco me gusta que me hagan esperar. Rechino los dientes cuando veo a alguien escribir en un libro con boli, no te digo ya subrayar con fluorescente, y me da mucha, mucha rabia, que no me devuelvan los bolis que presto, por mucho que no sean míos y solo tenga que ir a la sala de material a por más. Cierro los ojos como si me hubieran pegado cada vez que alguien dice "contestastes" o "si sería", y no soporto, NO SOPORTO, el olor a tabaco. Pero más que todo esto, por encima de cualquier otra cosa (incluso de fumar en los bares aun sabiendo que está prohibido, fíjate), no tolero algo que cada vez veo más: faltas de ortografía en documentos que han sido supuestamente corregidos.
Creo que no hay cosa que más me joda en el mundo que encontrarme una falta de ortografía en un libro editado por una editorial de las que se considera importantes (o no importantes, me da igual: todos los libros tienen que pasar una corrección, aunque lo publiques tú misma). Ya no me quedan dedos en la mano para contar las veces que me he encontrado con tildes mal puestas, comas entre sujeto y predicado o frases que, debido a la mala puntuación, no se entienden. Yo no sé si es cosa de que cada vez se gasta menos dinero en los correctores, o que yo cada vez sé más de ortografía y puntuación, pero juraría que los libros que se publicaban antes no tenían los errores que tienen hoy en día. Hablamos de cosas básicas, como no distinguir un "como lo oyes" de un "cómo lo oyes", que tienen significados y funciones distintas y exigen una respuesta muy diferente, vayan o no rodeadas de de signos de interrogación. Simplemente no me explico cómo la persona que corrige o la que lo ha escrito no es capaz de oír la diferencia. ¿Tanto dependemos ya del corrector automático que, si no nos lo marca, lo damos por bueno? ¿Hemos perdido ya la capacidad de corregir nuestros propios textos? ¿Tanto daño han hecho esas clases de lengua en las que nos enseñaron que las palabras "que", "como", "quien", "donde" y "cuando" siempre llevan tilde cuando van precedidas de un signo de interrogación? Si al final la culpa de todo va a ser de los maestros, como siempre.
Esa coma... ¡Esa coma!
Si me pasa eso con los libros, no te digo ya con los blogs. Hace ya años seguía a una escritora cuyo blog me gustaba mucho; publicó por su cuenta varios libros y sé que luego dio el salto a publicar con alguna editorial que la descubrió por los mundos de Amazon, pero no llegué a saberlo por su puño y letra. Dejé de leer su blog porque, aunque escribía muy bien, todas las frases que escribía, TODAS, tenían una coma entre el sujeto y el predicado (he llegado a tener su libro en la mano y no lo compré por ese recuerdo, aunque ni me molesté en mirar dentro). El otro día, en Twitter, una editorial escribió una supuesta cita de un famoso filósofo con coma entre sujeto y predicado, y el "dejar de seguir" por mi parte fue automático. Y es que esa es una falta que ya no es que me duela, sino que me molesta. He llegado a no entender frases porque tenían esa coma mal puesta. Si me tengo que parar y releer la frase para ver de qué demonios me estás hablando, no estás usando bien la puntuación. Lo mismo con las tildes que mencionaba antes. Que no es que me moleste, como me pueda molestar una uve en lugar de una be, es que no entiendo lo que leo. Las tildes, igual que las comas y la ortografía en general, no están hechas para suspender a los y las niñas en lengua, sino para entender lo escrito. No es lo mismo decir "¿como esta?" (= ¿igual que esta?) que "¿cómo esta?" (= ¿a qué te refieres con esta?, ¿no prefieres esta otra?) o "¿cómo está" (= ¿qué tal se encuentra?), pero a la gente parece que se la suda. Y a mí no. Yo confío en las tildes igual que creo en los intermitentes, y me estoy dando cuenta que la gente usa ambos como le da la gana (si los usa) y así no hay manera de entendernos. (Sí, algún día me va a pillar un coche, y culparé de ello a las tildes.)
Cuando compro un libro con faltas de ortografía suelo terminarlo, aunque me cueste, porque he pagado un dinero y yo vengo de una casa donde no se tira nada. Pero cuando leo un blog y encuentro una sola falta que impide la comprensión, dejo de leer y de seguir a esa persona automáticamente. Lo que ponemos en la red es un reflejo de nosotras y nosotros, y si nos las damos de gurús de la escritura, o de educación, o de hacer encaje de bolillos, o simplemente de alguien que tiene algo que compartir de forma escrita, tenemos que cuidar el medio. ¿Aceptaríamos a un fotógrafo que siempre sacara su dedo en las fotos, por muy bonito que fuera el contenido? Yo sé que solo miraría el dedo. Las faltas despistan y hacen que nos fijemos en algo que no tiene nada que ver con lo que estás diciendo. Por tu bien y por el mío, cuida lo que escribes. Aunque solo sea por no dejarme ciega, que bastante miope es una ya y me sangran los ojos cada vez que abro el Feedly.
Últimamente me está dando por pensar que la dichosa globalización solo nos ha traído cosas malas (a excepción de, quizás, estar más comunicados, aunque solo con gente que se nos parece o a quien nos queremos parecer). Doy una vuelta por mi ciudad y me cuesta horrores encontrar una tienda de lo que sea (ropa, zapatos, complementos, comida, muñecos) que no venda lo mismo que se vende en cualquier tienda de cualquier ciudad de cualquier país occidental. Las tiendas bohemias de toda la vida, el mismo mercado de Candem, tan vintage en su época, se han convertido en una amalgama de tiendas donde todo es "made in China" y es imposible encontrar algo realmente original que traer de recuerdo. Las cadenas de restaurantes son las mismas en Canadá y en Madrid, el Zara de Santa Mónica en California tiene hasta las mismas luces y la misma ambientación que el de Vitoria, y el día que encuentre en una tienda o un puesto callejero una manualidad realmente hecha a mano voy a llorar de alegría. Es como si todo estuviera hecho con un mismo molde que alguien ha mandado fabricar, no vaya a ser que alguien se individualice y se salga de madre y tengamos una revolución cultural o algo, válgame dios, porque qué haríamos hoy en día con tanto hippie.
Y lo mismo que pasa con los artículos y los objetos pasa con las ideas. Alguien dice algo que parece tener un poco de fondo (aunque luego arañes la superficie y te des cuenta de que tampoco mucho) y todo el mundo se pone a repetir esa idea, a ampliarla, a darle vueltas hasta marearla, sin preocuparse siquiera por pararse a pensar por sí mismos. "Si lo ha dicho Fulanito o Fulanita, que tanto saben de esto, será cierto", pensamos, y lo damos por bueno. Cuando llega la ocasión de lucirnos, soltamos ese pensamiento que ya está tan manido que ha perdido el sentido y a nuestro alrededor todo el mundo asiente, sí, ya te digo, a qué está llegando el mundo. Después lo hilamos con otra barrabasada que hemos oído o leído o imaginado oír o leer, y ya tenemos conversación en la que todos y todas estamos de acuerdo. O no, que siempre hay algún disidente que lleva la contraria porque sí, sin saber de qué habla, solo porque se aburre.
Una de esas ideas es Finlandia. Finlandia como concepto, Finlandia como término genérico que engloba todo lo que anhelamos y con el que nos comparamos constantemente, sobre todo en términos educativos. Esta semana se me han abierto las carnes con el puñado de artículos cuyo título he ojeado en las redes y que no he querido ni abrir porque ya sentía la presión de la sangre detrás de los ojos y temía que se me saltaran. Según los titulares, el sistema educativo de Finlandia es mucho mejor que el nuestro por dos simples motivos: no hay deberes y no hay reválidas. Fíjate. Tanto rompernos la cabeza y resulta que, con no mandar deberes a casa y no hacer reválidas, ya está. La simplificación del problema en su grado máximo.
Yo, que si algo no soy es simple, no he podido resistirme a hacer un análisis más profundo de las diferencias entre Finlandia y el resto del mundo (que ya no es solo por la LOMCE, en Estados Unidos se comen las tripas con el país del norte también). No pretende ser científico, y tampoco es muy profundo y seguro que mucha gente me puede acusar de simplista, pero os aseguro que va a tener mucho más fundamento que muchas de las cosas que leáis por ahí, aunque por supuesto me puedo equivocar y os permito que me tiréis alguna piedra (de cartón, por favor) si lo hago. Vayamos por partes. (Aclaro que estoy hablando de la educación primaria y secundaria, no la universitaria.)
En Finlandia llevan con la misma ley educativa más de veinte años.
Algo impensable en un país como el nuestro donde cada vez que cambiamos gobierno se cambia la ley de educación. Antes de que empecemos a ver los frutos que está dando, ya nos la han cambiado (de arriba abajo), sin darnos opción a arreglar lo que no está bien del todo y fortalecer lo que funciona. La educación no es un ordenador o un móvil, donde el modelo nuevo siempre es mejor; hablamos de niños y niñas, no de chips y procesadores. En Finlandia lo tienen en cuenta, y gobierne quien gobierne llegan a consensos por el bien de todos y todas.
El gasto en educación va subiendo todos los años.
En Finlandia, en lugar de recortar, todos los años amplían el prepuesto de educación. Los profesores tienen un sueldo más que digno, están muy bien preparados, reciben formación que sirve de algo y están muy bien considerados en la sociedad. Todas las escuelas son públicas, no existen las privadas (y mucho menos las concertadas) y ninguna familia se pelea por entrar en una escuela o en otra porque todas son igual de buenas. No hay colegios con mal nombre porque todo el alumnado y el profesorado es idéntico en unos y otros.
También tienen auroras boreales. Igual ese
es el secreto de su éxito.
El inglés es la segunda lengua y todo el mundo es bilingüe.
Como me decía una chica rusa con la que hice un curso una vez, "en Finlandia se pasan con el inglés y van a terminar perdiendo su idioma" (no llegará la sangre al río, pensé yo), lo que hace que entendamos por qué les cuesta tan poco aprenderlo (y junto con él, dos o tres más). Cuando los críos llegan al colegio (por lo que tengo entendido, por más que no lo encuentro y no puedo probarlo, empiezan en primero, sin escuela infantil), ya saben inglés y ya saben leer y escribir, no empiezan de cero ni vienen de familias donde la frase más oída es "o veo la película o leo los subtítulos", que es lo que pasa en el noventa por ciento de las casas que conozco. Tampoco se doblan las películas, por ejemplo, y hay costumbre de estudiar un año fuera, como mínimo. Los intercambios en el instituto son muy comunes, algo que aquí solo hacen los niños de papá (y mamá).
Apenas hay inmigración.
Y no seré yo quien eche la culpa del estado de la educación a la inmigración, porque ya estaba jodida antes de la explosión migratoria de los últimos años, solo digo que es más fácil dar clase con un grupo cerrado donde todo el mundo habla el idioma a que te vengan niños y niñas a mitad de curso que no pueden comunicarse contigo (y a veces no han estado escolarizados en toda su vida). Ciertas zonas de las grandes ciudades tienen tendencia a atraer este tipo de alumnado, que a su vez convierte el colegio de la zona en uno con un gran número de inmigrantes, lo que suele gustar a las familias locales, que buscan subterfugios para no llevar a sus peques a esa escuela. Y el estado, en vez de echar una mano a estos colegios donde hay más necesidad, termina convirtiéndolos en ghettos, sus alumnos y alumnas no se integran y salen a la sociedad sin tener un solo amigo o amiga local. Luego nos sorprendemos cuando hay problemas de racismo y pensamos que qué estamos haciendo mal. Lógico.
La renta per capita es mucho más alta que en España.
La inteligencia no va de la mano del dinero, pero las experiencias que reciben los niños y niñas sí. Si tú tienes un alto poder adquisitivo, vas a poder llevar a tu familia de vacaciones al extranjero, les vas a comprar más libros, podrás ir al cine con ellos, les vas a poder dar la ayuda que necesitan en términos de profesores particulares, etc. El nivel sociocultural y socioeconómico está muy relacionado con los resultados académicos; en un país en el que el grueso de la clase trabajadora no llega a fin de mes, las posibilidades de enriquecimiento cultural son mucho menores. Y encima, en lugar de ayudar a esas familias y aumentar el número de becas, aquí se recortan y se da prioridad a los que ya tienen ayudas para conseguir las mejores notas. Súper lógico todo.
Finlandia tiene la tasa de suicidios más alta de Europa.
Así que quizás no queramos parecernos tanto a ellos, al menos no en todo. Digo yo.
Ojalá fuera tan fácil como quitar los deberes o librarnos de las reválidas. Ojalá en lugar de copiar modelos educativos que no funcionan (como el británico o el americano) copiáramos a los que lo hacen bien. Pero siempre es más fácil echar la culpa al otro, al que pone los deberes, al que hace las leyes. Porque claro, educar es una tontería que puede hacer cualquiera, basta con una carrera universitaria y algo de paciencia. No es algo que tengamos que hacer a nivel social, con cambios significativos, con una revolución a nivel básico. No, solo hace falta quitar los deberes.
Os dejo con un extracto de la nueva película de Michael Moore donde se explican algunas de las cosas que he escrito yo, y muchas otras que me dejo. La crisis en educación es global. Todos los países copiaron el mismo modelo y ahora todos están fracasando. Menos Finlandia, que supo salir del bache. Ya es hora de que en el resto del mundo nos pongamos las pilas, pero vale ya de ser simplistas y mentir directamente. Los deberes no tienen la culpa del fracaso escolar, y las reválidas tampoco (más que nada porque todavía no han empezado).
No sé qué tienen los lunes este año que me dejan literalmente para el arrastre. Quizás sean las cinco horas de clase, o las dos horas de formación que vienen después, o las compras que suelo tener que hacer siempre nada más salir del colegio porque nunca aprenderé a hacer la previsión de mi despensa bien y siempre me quedaré sin algo en casa antes del miércoles, que es cuando suelo hacer la compra tranquila. No lo sé; solo sé que este curso los lunes llego a casa sobre las siete y lo único que me mantiene despierta y en posición vertical es la promesa de una cena rica y quizás un par de capítulos del libro que me esté leyendo en ese momento. El año pasado, según salía de trabajar, llegaba a casa, cogía una manzana y los libros y me iba a una hora de alemán. Os juro que no me reconozco.
Esta soy yo con la pila de libros que debería estar leyendo.
Y es que empiezo a pensar que estoy haciendo algo mal, que estoy desaprendiendo lo que una vez supe, que no he adquirido ni una sola habilidad didáctica en los últimos veinte años, porque no es normal que mi lista de deseos de Amazon tenga más libros sobre educación que de ficción. Me estoy haciendo una interminable lista titulada "libros que leer antes de jubilarme para que me sirvan de algo" (no confundir con "libros que leer antes de quedarme ciega", que tiene mucho que ver con "libros que leer cuando empiece con el Alzheimer" y que probablemente, y al paso que vamos con lo de la jubilación, serán listas bastante parejas en el tiempo) que empieza a tomar proporciones bíblicas. Los libros que quiero leerme abarcan temas relacionados con (pero no limitados a):
La inteligencia emocional.
La creatividad en el aula.
La adquisición de lenguas en un entorno comunicativo.
El uso de las tecnologías en el aula.
El juego didáctico y su uso en el aula de Lengua Extranjera.
Cómo ser maestra y no morir en el intento.
Viendo la lista de títulos, no puedo evitar una profunda reflexión: ¿qué cojones aprendí yo en magisterio si a estas alturas de la película estoy así? La respuesta es inmediata: aprendí a hacer unidades didácticas, habilidad que solo me ha servido una vez en mi vida (aunque fue para aprobar unas oposiciones, no está mal) porque ya vienen hechas en el libro de inglés/lengua/conocimiento del medio/matemáticas/etc. Vale, sí, bien, me digo, pero llevas veinte años dando clase, la experiencia es un grado, que se dice siempre. ¿Qué he aprendido yo en veinte años soltando la chapa delante de una pizarra? Veamos:
Sé hacer fotocopias con prácticamente cualquier fotocopiadora del mercado (hoy me han puesto una nueva y me he lucido).
Sé plastificar y buscar imágenes en Google.
Consigo, más o menos, que ningún niño o niña se fugue de clase mientras están bajo mi tutela.
He aprendido a ser severa sin que mis alumnos y alumnas me odien (que no es moco de pavo).
Por fin he conseguido controlar mi mala leche (jajajajaja, no, esta es coña).
De todo lo demás empiezo a pensar que no tengo ni idea. Cada día que pasa, en lugar de sentirme más segura en mi trabajo, me surgen más dudas. No porque yo vea que mis alumnos y alumnas no aprenden (lo hacen a pesar del docente, como decía una compañera); no porque no vengan a clase motivados/as y con ganas de hacer lo que les digo; no porque el día a día con ellos y ellas me diga que me estoy equivocando. Dentro del aula soy la persona más segura de sí misma que existe. Tengo el don de atraer la atención de veinte niños y niñas de cuatro años, y de no perder en ensoñaciones a niños y niñas de doce. Puedo hacer que una cría que no habla ni inglés, ni castellano, ni euskera se interese por lo que estoy diciendo, y conseguir que una niña que no había dado inglés hasta cuarto alcance a sus compañeros y compañeras de clase (y supere a muchos) para cuando llegue a sexto. Pero ¡ay!, no sé nada de gamificación. No tengo blog de aula, no utilizo las TIC a todas horas, soy severa con ellos y ellas y exijo resultados; pongo malas notas a los que se las merecen (pero no mando deberes, así que los críos me adoran), levanto la voz en clase y pongo negativos si no entregan los trabajos a tiempo. "¡¿Qué dices, insensata?! ¿No has oído hablar de que no hay que frustrar a los niños? ¿No te ha dicho nadie que hay que dejarles escoger la tarea que ellos y ellas quieran hacer en cualquier momento? ¡Y no usas pizarra digital! ¡Y les "obligas" a hablar en inglés! ¡Y sigues un libro de texto! ¡Anatema! ¡Excomunión! ¡De vuelta a las trincheras, y que las dinosaurias como tú desaparezcan!"
He aquí las ruedas que pretendemos usar a veces para conducir el Formula 1 que debería ser la educación.
Me pregunto si nuestros profesores y profesoras tenían las mismas preocupaciones cuando nosotras éramos crías. Yo estudié en una escuela bilingüe en euskera en una época en la que el único ejemplo de bilingüismo venía de Quebec, pero no recuerdo que nadie experimentara conmigo. Ahora, sin embargo, tengo la sensación de que todo es ensayo y error, todo es deprisa y corriendo, todo es "deja de hacer eso y prueba esto otro, que seguro que sale mejor". No digo yo que tengamos que cerrarnos a las nuevas metodologías (estoy deseando trabajar por proyectos, dar al alumnado la opción de aprender a su propio ritmo, sin tener que estar todo el día sentados y escuchando a la chapas de turno), pero tampoco podemos pretender reinventar la rueda cada mes. Ya he perdido la cuenta de cuántas horas he metido en casa intentado empaparme de nuevas tecnologías que me sirvan en el aula (cuando ni siquiera tengo pizarra digital en la clase de inglés), de trucos y maneras de dar plástica en inglés, de cómo conseguir que mis alumnos y alumnas amplíen su vocabulario sin necesidad de mandarles deberes (no porque esté de moda no mandarlos, sino porque en muchas casas son inútiles y solo provocan discusiones). Y estamos en octubre, señoras y señores. Que como siga a este ritmo, yo no llego a Navidad. Y eso que me gusta mi trabajo y no me importa hacerlo gratis (si me pagaran las horas que meto en casa, sería millonaria), pero una tiene sus límites. Y sus obligaciones fuera del aula. Que más de un día me he ido de casa sin dar de comer a los pobres gatos por estar pensando en todas cosas, y los pobres mininos no tienen culpa de nada. Si hasta de alemán me he tenido que borrar porque no me da la vida, oigan.
Y claro, a todo esto, la casa sin barrer. ¿Qué voy a cenar hoy?
Cualquiera que tenga contacto con niños y niñas pequeñas sabe bien que su reacción ante el cansancio puede ser muy diferente dependiendo de la criatura. Hay niños que se tiran al suelo y berrean, o se niegan a hacer nada en clase; otros pelean, pegan patadas, muerden; y hay algún loco o loca a quien le da por correr y comportarse de forma similar a la niña del exorcista en sus momentos álgidos, antes de caer rendidos en una silla o apoyar la cabeza en la mesa y, directamente, quedarse dormidos (más de uno y más de dos se han quedado dormidos en mi clase. Me da qué pensar). A veces estas actitudes nos engañan y nos hacen creer que son hiperactivos, o tienen problemas de adaptación, o vaya usted a saber. No, simplemente están agotados. Pero hay que saber interpretar las señales.
Yo, como trabajo con criaturitas de cuatro a doce años, he aprendido de todos ellos y he creado mi propia escalera de color a lo que a cansancio se refiere. Tengo dos extremos: o arranco la cabeza al primero que se me cruza, o encuentro graciosísimo tonterías que otras veces no me arrancarían una sonrisa y acabo llorando y con dolor de tripa. Hoy me he levantado más cansada de lo que me acosté; lo primero que he hecho al salir de la cama ha sido contar las horas que me quedaban para volver a acostarme, para que os hagáis una idea. He encendido el teléfono y me he encontrado un vídeo que me han mandado a las doce de la noche, cuando yo ya llevaba dos horas durmiendo. Ha sido verlo y empezar con la risa floja, y tal ha sido la gracia que me ha hecho que he terminado enseñándoselo a mis alumnos. Mañana, o cuando se me pase el cansancio, analizaré el hecho de que un entrenador de fútbol puede trabajar en Australia con ese nivel de inglés pero al resto de los mortales nos piden un B2 hasta para comprar el pan en Londres, pero hoy me he reído a gusto.
Después de dejar reír a la clase de sexto un rato, uno de ellos me ha pedido que les pusiera otro vídeo. Tal era mi agotamiento mental y físico que, aunque en otras circunstancias me habría hasta enfadado porque a alguien le hiciera gracia este vídeo, hoy he terminado literalmente doblada y llorando apoyada en una mesa mientras la clase se tiraba por el suelo. Menos mal que no ha pasado la inspectora por allí en ese momento. Vamos, menos mal que no ha pasado nadie, porque me quitan la plaza "en el ipso-facto", que diría alguno.
Y es que, cuando la semana se te echa encima con la rabia y las ganas con las que se me ha echado esta, no puedes luchar contra ella. Solo te queda rendirte ante el hecho de que no puedes con todo y reírte, que es la mejor medicina. Y si encima con eso consigues ser la profa guay por un día, pues mejor que mejor, ¿no?
Ayer fue diecisiete de octubre, día de las escritoras, que no sé si es algo nuevo este año o es que yo no me había enterado. También, por lo que parece ser, octubre es el mes en el que la gente está leyendo a autoras con la intención de darles más visibilidad. Como siempre que a alguien se le ocurre reservar un día o un mes para algo, les ha faltado tiempo a algunos para salir diciendo que vaya tontería, que no hace falta, que las mujeres tienen su hueco en la literatura desde siempre y que para qué darles más bombo cuando copan el mercado y todo parece estar escrito para ellas, ¿pues no acaba Dolores Redondo de ganar el Planeta? (El premio literario, se entiende, no La Tierra. Es que no sería la primera vez que esta frase se me malinterpreta.) Sí, las mujeres leemos más que los hombres según la estadística, pero ¿hay más mujeres que hombres publicadas? Eso ya no está tan claro.
A mí la iniciativa me pareció simpática, pero desde el principio pensé que yo no iba a entrar en ella porque no me hacía falta. Sus defensores dicen que es una buena manera de darnos cuenta de hasta qué punto las autoras están relegadas a ciertos géneros y qué difícil es encontrar nombres femeninos en según qué secciones. Normalmente no nos fijamos en quién escribe lo que leemos, así que no estaba de más fijarnos durante un mes. Pero yo no, me dije, porque yo sí que me fijo, y trato de intercalar hombres y mujeres, igual que combino lecturas en castellano, euskera e inglés, o ir variando los géneros. Yo no necesito leer a mujeres en octubre porque la mayoría de mis lecturas están escritas por mujeres. Creo. Me parece. Juraría que.
Sí, a esta la conoce todo el mundo, pero no es suficiente.
Por suerte, soy de esas personas que guarda un registro de todo lo que lee, y no me ha sido difícil comprobarlo. En lo que va de año, he leído 27 libros, y de ellos solo 10 han sido escritos por mujeres. Diez. Ni la mitad. Yo, convencida de que leía más a mujeres que a hombres, me he llevado un zasca en toda la boca que me ha dejado patitiesa. "Será solo este año, yo estoy convencida de que las leo más a ellas". Veamos el registro. 2015: 34 libros leídos, 15 autoras; 2014: 33 libros leídos, 12 autoras; 2013: 36 libros leídos, 16 autoras. En ningún año me acerco siquiera a la mitad. Es más, si me fijo en los nombres veo autoras que se repiten todos los años: Zadie Smith, JK Rowling (y su versión masculina, Robert Galbraith, que he contado como mujer), Alice Munro, Virginia Wolf. Solo ellas suman tres cuartas partes de las autoras que leo, y muchos de sus libros los he leído varias veces (y apuntado cada vez). ¿Dónde está la superioridad numérica esa de la que tanto nos hablan? ¿No dicen que publican más mujeres que hombres? Sin embargo, si hacemos un pequeño análisis de lo que hay en venta en las librerías, como hizo ayer Iria G. Parente, nos damos cuenta de que no es verdad: de 782 libros que llegó a contar Iria (con un análisis detallado de cada género, como veréis en su hilo de Twitter), solo 251 estaban escritos por mujeres. A mí, cuando menos, me ha llamado la atención: me habían hecho creer algo muy distinto, y a la vista está que no es cierto.
Pensar que Zadie Smith tiene mi edad me deprime lo que no está escrito. ¡¿QUÉ ESTOY HACIENDO CON MI VIDA?!
El día de ayer me paré también a pensar en un detalle, y es que la mayoría de las autoras que son conocidas a nivel de calle (no todo el mundo conoce a Zadie Smith, aunque no entiendo por qué, debía ser lectura obligatoria para ser persona) son escritoras de literatura de género. Sí, Dolores Redondo, Patricia Highsmith, JK Rowling son conocidas, pero son de un género concreto y poca gente es capaz de nombrar escritoras que poner a la altura de un Julian Barnes o un García Marquez, por mentar a alguien en castellano (y no, Isabel Allende NO). A mí ahora, sin pensar demasiado y con el rabillo del ojo en mi biblioteca, se me ocurren Alice Munro, Toni Morrison, Margaret Atwood y Zadie Smith (SÍ, SMITH TAMBIÉN). ¿Joyce Carol Oates, quizás? (No he leído nada suyo, no la conozco.) ¿Y en español? ¿Ana María Matute? (No es una pregunta retórica: os agradecería la ayuda, porque siempre ando buscando autoras en español de un nivel un poco alto y solo encuentro históricas.)
A mí, de entrada, el 17 de octubre me ha servido para hacer una reflexión. Si, como he leído por ahí, las editoriales aún ponen pegas a libros firmados con nombre de mujer, será que quizás las cosas no son tan bonitas como nos las han hecho creer. Si nosotras leemos más, ¿no es de cajón pensar que también escribimos más? ¿Dónde están las mujeres? En mi biblioteca, desde luego, aún hay huecos libres.
Todo el mundo sabe que la sinceridad de los niños y niñas no conoce límites. Algunos desarrollan el sentido de la ironía y el sarcasmo desde jovencitos, otros aprenden a mentir con gran facilidad, pero lo normal es que te suelten lo primero que les pasa por la cabeza, y nunca es algo que diría un adulto. Si a esto le sumamos su peculiar visión del mundo y su percepción del tiempo, comprenderéis que raro es el día que no sonrío o peor, suelto una carcajada delante de toda la clase, lo que suele llevar al caos absoluto y a mi completa desesperación.
Como soy muy consciente de que tengo uno de los mejores trabajos del mundo (por más que me queje constantemente), he pensado que sería buena idea abrir en el blog una sección con frases de niños y niñas, porque la verdad es que tengo para escribir un libro y, como no las apunte, se me van a olvidar. Luego si eso haré una sobre frases de padres y madres, que esas son también de mear y no echar gota.
Os dejo hoy con unas pocas perlas que he acumulado este año (estamos a trece de octubre, que no se os olvide). Como sigamos así, saco un libro antes de Navidad.
Primera clase de inglés en el aula de cuatro años. Les leo un cuento en inglés y cambio al euskera para explicarles que, a partir de ahora, siempre que me vean vamos a hacer inglés, y que después del cuento vamos a ir al rincón de plástica.
--Vamos a dibujar, a hacer manualidades, a pintar... Todo en inglés, porque cuando esté yo es en inglés. ¿De acuerdo?
Todos gritan de alegría y allá nos vamos, al rincón de plástica, donde el niño más formal de la clase coge un papel, coge las pinturas, se sienta y me mira, expectante. El resto se ha puesto ya a hacer un dibujo y él no se mueve.
--Txiki, ¿qué pasa? ¿No sabes qué dibujar?
--Es que yo no sé dibujar en inglés.
La madre, el tutor y yo nos llevamos riendo un mes.
Clase de plástica con los de cuarto. Dibujo libre. Un grupo discute sobre algo y me llaman para aclarar una duda.
--Ruth, tú que eres una mujer del pasado, ¿cómo se llaman esos coches que tienen una estrella?
--Eh... ¿Mercedes?
--Sí, eso, los coches antiguos esos.
Mismo niño de la anécdota anterior (es que es genial). Estoy con un grupo pequeño de niños y niñas comentando qué quieren ser de mayores, qué van a estudiar. Hablamos de ser psicólogo, de ser abogada, médica, etc. Él sacude la cabeza.
--Yo no me voy a complicar, que todo eso es muy difícil. Yo algo sencillo. Maestro o así, me gusta vivir tranquilo.
Pues vas dado, querido.
Y luego me sorprendo de tener arrugas en la cara. ¡Si son de reír!
Veo muchas series. Quizás no muchas en el sentido de mucha cantidad ("¿y qué otro sentido hay, Ruth, so lista de las narices?"), sino en que siempre ando viendo alguna serie. Algunas las he visto varias veces (Lost y Six Feet Under, media docena cada una). Hago maratones. Ahora mismo, por ejemplo, me ha dado por Castle, serie que no terminé de ver porque me empalagaba la pareja protagonista y que he empezado desde el principio (qué buenas son las primeras cuatro temporadas, cuando el rollito entre ellos todavía es creíble). Hay diálogos que me sé de memoria ("we have to go back, Kate!"), y a veces me doy cuenta de que los represento en clase. Por ejemplo, estos días, en los que ha coincidido que hemos llegado a la página siete del libro en varias clases.
--Open your books at page seven.
--¿Qué?
--Open your books at page seven.
--¿Qué página ha dicho?
--Seven. Page seven.
--One, two, three, four, five... Eso es ocho, ¿no?
--Seven --escribo el número en la pizarra--. Page seven. Seven.
--Five?
--Seven. SEVEN. ¡SEVEN! --Ruth levanta siete dedos y la clase, por fin, abre el libro.
Y entonces me echo a reír. La clase me mira raro, pero yo no puedo evitarlo. Y es que cada vez que les pido que hagan algo con el número siete, me acuerdo de esta escena y no puedo evitar la carcajada.
Escribo esta entrada con recelo, porque cuanto más leo sobre lo que ha pasado estos últimos días con la campaña publicitaria de El Corte Inglés y la petición del grupo Hazte Oír de retirarla, más a chamusquina me huele este asunto. Y es que hay que ser muy gilipollas para hacer un anuncio donde una familia con dos padres forra los libros del chiquillo tan plácidamente y anularla a las primeras de cambio porque 20.000 orangutanes retrógrados se han sentido ofendidos. En los tiempos que corren, estas cosas solo se hacen para llamar la atención, y la verdad es que la propaganda que le estamos haciendo entre todos a la cadena del triangulito verde no se paga con dinero. Bien es cierto que es propaganda de la mala, de la que les pone a parir, de la que amenaza con boicots, pero ya decía aquel que no hay propaganda mala, y que mejor quince minutos en el candelero por algo malo que cincuenta años en la sombra con tus buenas obras. Organizar una campaña lleva tiempo y dinero, y cancelarla de la noche a la mañana digo yo que supondrá una pasta. ¿No se olían que no a todo el mundo le iba a gustar? Cuando haces algo así, ¿qué otra razón tienes si no pisar callos y juanetes y destacarte como "progre" y "moderno"? ¿Y lo cancelas por cuatro tontos del haba? Aquí huele a mierda, señores.
Lo peor es que no se me ocurre cuál ha podido ser la intención de la marca para hacer caso a lo más rancio del populacho. Popularidad no es que se esté llevando, porque la gran mayoría hemos amenazado con no comprar allí. Hacerse oír, sí (vaya ironía, ¿no?), pero ¿les sale a cuenta? Quizás hayan querido posicionarse entre las familias "de toda la vida" con "valores tradicionales" (o sea, a los votantes de VOX y La Falange, porque ya ni en el PP, que Alfonso Alonso se casó con Rajoy de invitado), pero no sé, me da a mí que por ganar cuatro están perdiendo cuatrocientos. ¿Puede ser que los dirigentes hayan puesto sus creencias homófobas por encima del suculento beneficio que hubiera supuesto ser gay friendly? ¿Se pueden tener "valores" tan férreos cuando te arriesgas a perder millones? No lo sé. No entiendo nada. Solo sé que me choca muchísimo que una megaempresa como El Corte Inglés la haya cagado de semejante manera. Algo hay detrás.
Yo, de momento, he firmado la petición para la que vuelva la campaña, aunque dudo mucho que sirva de algo. Me da a mí que es como hacer un Change.org para que la COPE eche a Los Santos. También me he propuesto no volver a comprar nada allí, y mira que me jode, porque lo tengo bien cerca de casa y me es muy cómodo tenerlo todo en el mismo sitio, pero me creo que les va a joder más que una funcionaria soltera y sin cargas familiares con poder adquisitivo por encima de la media deje de ser su cliente que una triste firma electrónica. Aunque llevo años boicoteando a Nestlé y no se han enterado, así que supongo que algo debo estar haciendo mal. No será por no intentarlo.
Llevo muchos años con un blog abierto (creo que este hace diez este año, o los ha hecho ya, vamos) y bastantes en las redes sociales, aunque no fui de las primeras en meterme en ninguna de las dos cosas. Estos días me estoy dando cuenta de que he tenido una suerte tremenda, porque rara vez me he encontrado con un troll o un anónimo de esos que te machacan la cuenta de Twitter o te inundan el blog con comentarios negativos; creo que una vez tuve uno, que no llegaba ni a troll, a quien espanté poniendo el control de los comentarios en marcha. Si alguien me toca las narices en Twitter, lo bloqueo o dejo de seguir, porque no me gusta crear polémica con tonterías. Insisto, rara vez me ha pasado. He tenido suerte.
Yo creo que es porque mi interacción en la red es la que espero de los demás, o sea, una relación de beneficio mutuo. Si lo que escribes me interesa y me parece que añade valor a mi vida y a la de los demás, voy a compartirlo siempre que pueda; si puedo hacerte un favor con un solo clic, cómo decirte que no. Eso de que "siembra y recogerás" se percibe también en las redes sociales o en los blogs, donde prestas más atención a esa persona que, sin conocerte de nada, ha compartido algo que tú has dicho, o ha comentado, o ha indicado que era interesante de alguna manera. No es favor por favor, o al menos yo no lo entiendo así. No es un "me sigues y te sigo", es un "te sigo porque me interesas y quizás yo también te interese, porque tenemos formas de pensar muy parecidas". Y así vas haciendo una pequeña familia, y llega un momento en el que te das cuenta de lo maravilloso que es tener esa pequeña familia en Internet.
Ese momento ha llegado para mí estos últimos días. El viernes, la estupendísima Dsdmona, a quien "conozco" virtualmente desde que abrí el blog, tuvo a bien escribir una reseña sobre Armarios y fulares en su blog. Me hizo una ilusión especial porque tenemos unos gustos muy parecidos en lo que a libros se refiere y coincidimos en muchos otros temas (ergo, nos seguimos mutuamente, claro). Además era la primera vez que alguien compartía su opinión del libro en la web, y no tuve que correr a esconderme bajo ninguna piedra. No estoy acostumbrada a que la gente me diga lo que piensa de mis escritos, pero con Dsdmona la experiencia fue genial. Cómo no quererla.
Y el lunes (el día que escribo esta entrada) llegó la reseña de Hedwig Kudo para Bloggerizados, un blog de reseñas que os recomiendo si estáis buscando nuevas lecturas (igual que el de Dsdmona, claro). Les escribí pidiéndoles el favor de reseñar la novela sin que me conocieran de nada, ni nos seguíamos ni habíamos intercambiado nunca ningún mensaje (aunque yo ya tenía fichado el blog desde hacía meses), y Hedwig me hizo el favor no solo de leerse el libro y darme su opinión (algo muy valioso cuando no has tenido una editorial que te diga que sí, que tu libro tiene calidad suficiente para ser publicado), sino de publicarla en el blog. Y encima es una señora reseña que me ha hecho una ilusión tremenda, porque, al igual que Dsdmona, ha captado cosas que yo ni siquiera era consciente de estar escribiendo.
Por supuesto, la gente que me conoce personalmente también me está dando su opinión, igualmente válida aunque no sea pública porque lo que yo busco ahora es saber si he hecho las cosas bien, pero el hecho de que gente que no me conoce, que no me debe nada, que no sabe de mí más que mi nombre haya hecho un esfuerzo por ayudarme significa mucho para mí. Y desde aquí quiero mandarles un beso a las dos, y a todas aquellas personas (como la compañera de trabajo esta mañana, que me ha hecho subir las escaleras a saltitos) que me está diciendo lo mucho que les gusta y lo están disfrutando. De verdad, no os hacéis una idea de la ilusión que me hace.
Eskerrik asko guztioi! ¡Gracias! Thank you! Gràcies!
Llevo unas semanas durmiendo fatal. Creo que hoy ha sido la primera noche en mucho tiempo que he conseguido dormir mis ocho horas seguidas sin despertarme ni a mear, y creedme que eso es raro de narices, porque tengo tendencia a despertarme a media noche, mirar el despertador, ver que aún me quedan cuatro horas hasta la hora de levantarme y volver a dormirme toda contenta (cada una es feliz con lo que le da la gana, qué pasa). Pero de un tiempo a esta parte no es ya que me despierte en mitad de la noche, sino que, simplemente, me dan las tres de la mañana y aún no me he dormido (y ahí ya no hace ni pizca de gracia mirar el reloj, qué queréis que os diga), y de tanto dar vueltas una termina más cansada de lo que estaba cuando se acostó. Me rodea mucha gente que es capaz de enfrentar el día durmiendo cuatro horas y sin siesta, y de verdad que los admiro, pero yo no soy persona con menos de siete. Y estos días está siendo imposible.
Primero fue una contractura que me tuvo prácticamente paralizada una semana (aunque al trabajo no falté ni un día, más que nada porque la peor postura era sentada o tumbada y para eso prefiero hacer algo útil). La médica me recetó diazepam, que en teoría debía haberme ayudado a dormir como un lirón, pero el dolor era tal y estar tumbada me era tan incómodo que atrapar el sueño era poco menos que imposible (eso sí, una vez que me dormía no me enteraba de nada). Luego recibí la visita esa que llega todos los meses, la de la señora de rojo que procura no perderse ninguno de tus viajes, que suele venir silenciosa y sin molestar mucho pero que este mes ha llegado con ganas de guerra y me mantuvo despierta un par de noches (sexo débil, los cojones: una regla mala, solo una en la vida, les deseo yo a todos esos machitos que se ríen de las mujeres cuando se quejan de dolores menstruales; nunca sabré cuánto duele una patada en los huevos, pero imaginaos eso durante dos o tres días, así, para haceros a la idea). Y, cuando ya parecía que todo volvía a la normalidad, empezaron las pesadillas. Nada de monstruos que me persiguen por los pasillos, o suelos que desaparecen de repente, o ladrones que entran en casa (bueno, esta sí, y fue tan vívida que me levanté de un brinco por la mañana a ver si me habían robado el ordenador). Mucho peor que eso: pesadillas sobre el trabajo. Pesadillas sobre niños y niñas que no me hacen caso, sobre padres que protestan, sobre tareas no hechas, sobre conversaciones imaginarias con compañeras que terminan en gritos. Cosas que no me han pasado nunca en este colegio, pero que obviamente temo, porque si no a qué viene esto. Si ya digo yo que trabajar es malo para la salud, y si no al tiempo, que ya vendrá la OMS a decirnos que lo evitemos en todo lo posible, y no la carne de cerdo, que vaya ocurrencia la suya.
Por suerte, también hay otra cosa que me quita un poco el sueño, y es la ilusión. Ilusión porque este sábado sale, ¡por fin!, Armarios y fulares, lo que significa que me convierto en escritora publicada. Mentiría si no dijera que estoy nerviosa, pero lo que realmente tengo son cosquillas de anticipación en el estómago (que sí, básicamente es la definición de "nerviosa", pero queda mucho más bonito decir "cosquillas de anticipación"). ¿Gustará? ¿No gustará? ¿Conseguiré que lo lea alguien más aparte de mis allegados? ¿Dejarán alguna reseña de cuatro o cinco estrellas en la página? ¿Tendría que haber cambiado algo, algún diálogo, alguna palabra, algún gesto? Completos desconocidos van a cotillear en algo que me es tan íntimo como un diario, por más que no hable de mí (o no lo a las claras, pero soy de las que cree que todos los libros hablan de quien los escribió). ¿Cómo me juzgarán? ¿Querrán seguir leyendo lo que escribo? ¿Se reirá alguien de mí en vez de conmigo? Todo a la vez y sin orden ni concierto en mi cabeza en ese espacio entre el sueño y la duermevela que cada día se está haciendo más largo.
Pero, qué queréis que os diga, si por esta última razón hay que perder sueño, bienvenidas las siestas. Media horita a la hora de comer y levantarse un poco tarde los fines de semana y listo, solucionado. Bueno, este fin de semana no creo que duerma mucho, porque me veo el sábado a las siete de la mañana delante del ordenador, pero sí, de verdad, pienso recuperar sueño. Cuando termine de escribir el siguiente libro, lo prometo. Quizás. Bueno, no sé.
Más de una vez me he parado a pensar por qué escribo. No es que lo haga a menudo, ni siquiera cuando estoy con una novela o una idea y no me sale y pienso en la de cosas que podría estar haciendo en lugar de mirar la pantalla en blanco y cagarme en todo lo que se menea, y para qué me levantaré yo a las seis y media de la mañana si podría estar durmiendo hasta las ocho, y quién me manda a mí hacer esto si a nadie le importa que yo escriba o no, si ya hay tantos libros que se necesitarán millones y millones de habitantes más en el mundo para que puedan leerse todos. No; simplemente de vez en cuando me da por pensar "¿y esto para qué?", sin realmente venir a cuento. Cada vez que me paro a pensar en ello, la respuesta es distinta. Unas veces es tan simple como "porque me gusta", otras "porque así espanto demonios", a veces "para conocerme mejor". Pero esta semana he descubierto la respuesta que las engloba todas.
Escribo porque me hace feliz. Y con eso me vale.
Soy una persona de temperamento introvertido, lo que significa que me gusta pasar tiempo conmigo misma y que recargo energía en soledad. Ojo, que esto no significa, necesariamente, que sea una persona tímida, porque no tengo problemas en entablar conversación con gente desconocida y últimamente he descubierto que hago amigos/as con relativa facilidad (todo lo fácil que es hacer amigos/as a partir de los cuarenta, vaya). Pero después de una comida con mucha gente, después de haberme codeado con desconocidos durante horas, después de un fin de semana por ahí con la familia o los amigos, para mí lo mejor del mundo es llegar a la soledad de mi casa y recargar pilas. Esto lo hago de dos maneras: en el sofá con un buen libro, o en el ordenador (o un cuaderno) descargando todo lo acumulado. Y todo lo acumulado pueden ser las sensaciones que me ha dejado el encuentro o volver a la historia que estaba escribiendo, hilar tramas, usar ese contacto que he tenido con el mundo real para hacer mi mundo imaginario más creíble. Y entonces me pierdo, me encierro de tal manera en mi cerebro que me cuesta distinguir lo que es real de lo que es ficticio, pierdo la noción del tiempo (pero del todo, hasta del calendario), olvido dónde estoy. Y cuando salgo de ese mundo que he creado, lo hago renovada, con el mismo subidón de endorfinas que si hubiera corrido una maratón (creo: nunca he corrido una maratón, pero afortunados y afortunadas todos y todas si sentís lo mismo que yo). Aunque me haya costado horrores escribir un párrafo o me haya atascado en un escenario imposible, no importa. Es como volver de una aventura en la que las condiciones las pones tú, aunque vuelvas sudorosa y con callos. Es mi cardio, que dirían los deportistas.
Ayer vi en un supermercado osos de peluche gigantes a la venta, y pensé: claro, se acerca San Valentín y ya están con el merchandising. Me costó diez minutos darme cuenta de que estamos en septiembre, que la que vive en febrero es la protagonista de la novela con la que me estoy peleando ahora. Solté una carcajada que asustó a la que estaba delante de mí en la fila del cajero y entré in the zone: bastó con eso para volver a hacerme pensar en la historia. Volví a casa sin ver ni los coches, no sé cómo no me atropellaron. No me senté a escribir, pero me pasé toda la tarde sumergida en la historia.
Para mí, el mejor antidepresivo del mundo. Y más barato no puede ser.
Una vez, casi cuando acababa de empezar con el blog (y de eso hace ya diez años), una amiga me preguntó de dónde sacaba las ideas para los relatos y las pequeñas historias que escribía. "¿Cómo se te pueden ocurrir esas cosas?", me dijo, porque justo había publicado un instante en la vida de un niño y su madre que era un poco gore y no le cabía en la cabeza que yo pudiera ser tan macabra. No supe qué contestarle. ¿Cómo que de dónde salen las ideas? ¿Es que acaso no están a nuestro alrededor como las motas de polvo o el aire que respiramos? ¿No las ves tú? ¿No las ve todo el mundo?
Más tarde me di cuenta de que no, no todo el mundo las ve. Las ideas están ahí, sí, pero hay que saber verlas, y para ello necesitas saber cómo mirar. O quizás no sea tanto mirar como dejar que vengan a ti, dejar que te atrapen (a poder ser delante del ordenador, trabajando, o delante de un lienzo, o por lo menos un mal papel donde apuntarla), pero para eso tienes que estar abierta a esas ideas. Y normalmente no lo estamos. Normalmente pensamos que hay que concentrarse mucho para que se te ocurra una idea, dedicarte solo a eso durante un tiempo, cual pensador en el trono (léase "trono" como "wáter", el mejor lugar del mundo para tener ocurrencias), hasta que algo en tu cerebro fabrique esa idea brillante que llevar a cabo. En mi experiencia, nunca funciona así. Las ideas se me ocurren cuando me fijo en pequeños detalles de mi alrededor, cosas que parecen insignificantes pero que cambiadas de contexto pueden ser verdaderas joyas. Hay una técnica de escritura en la que tienes que utilizar dos conceptos que no tengan nada que ver entre ellos para crear una historia (Bernardo Atxaga tiene un cuento estupendo en Obabakoak, os recomiendo buscarlo, está por la red), y creo que ese es el germen que provoca la explosión que luego se convierte en un cuadro, en un cuento, en una novela. A veces no te das cuenta de dónde ha salido, parece que ha sido espontáneo, como si lo tuvieras guardado dentro y no lo hubieras sacado hasta entonces. Pero, en cuanto te pones a hurgar un poco, te das cuenta de que el origen no es otro que aquella tontería que pensaste hace tres años y la frase que dijo tu amiga del alma el otro día, o la escena de tu serie favorita que te hizo pensar en tu profe de lengua de primaria sumado a haber visto al chico que te gustaba cuando tenías quince años. Detalles, imágenes, chispazos. La suma de naranjas y coches teledirigidos.
A mí, personalmente, las ideas se me ocurren a docenas cuando me pongo a escribir. Es poner dedo sobre tecla y venir a mí cien historias que prometen ser mucho mejores que la que estoy escribiendo. La tentación de dejar lo que estoy haciendo es casi incontrolable; la atracción de una historia nueva, algo que promete ser fácil porque todavía no está trabajada, es tan sugerente que te apetece mandarlo todo a la porra y empezar de cero. Curiosamente, en las temporadas en las que estás en barbecho y no escribes, esto no pasa: ¡anda que no cuesta encontrar sobre qué escribir cuando llevas un tiempo sin hacerlo! Las buenas ideas se atraen unas a otras, como las hormigas exploradoras que luego vuelven a avisar a sus compañeras. "¡Eh, chatas, una que escribe! ¡Vamos a atacarla, a ver si se despista y conseguimos que no termine!" Es la ley de Murphy, supongo. No hay nada que hacer.
Ideas. Cuando tienes demasiadas, malo. Si no tienes, peor. Y distinguir una buena de una mala... Eso ya es tema para otro blog. O para ir al psicólogo directamente, que, por cierto, suele ser muy buena idea.
Leer libros "malos" es como comer fresas con chocolate:
al menos estás comiendo fruta, ¿no?
Lo reconozco: soy un poco elitista en lo que a literatura se refiere. Juzgo a la gente por sus lecturas, y, aunque me avergüenza reconocerlo, me río de aquellos y aquellas que tienen por favorito un autor o autora que a mí me parece malo. Una vez una compañera de trabajo me dijo que se había leído todo lo de Federico Moccia, que le encantaba, que releía sus libros y no podía esperar a que saliera uno nuevo; a punto estuve de dejar de hablarle, aunque me caía genial y es una mujer inteligentísima que vale un potosí. Huelga decir que nunca he leído a Moccia, y no creo que lo haga por dos sencillas razones: 1) no creo que me vaya a gustar, y sobre todo 2) si termina gustándome, me voy a querer un poco menos. Sé que son prejuicios, sé que está mal, sé que no es justo. Pero no puedo evitarlo. Soy una petarda.
Por supuesto, no soy yo quién para lapidar a nadie cuando tengo mi buena sarta de lecturas de "placer culpable", esas que leo cuando tengo la cabeza demasiado cansada o me apetece algo ligero para evadirme de la realidad. Algunas veces intento engañarme diciéndome que no son tan "lights" porque las leo en inglés, y al menos así practico el idioma, pero reconozco que sí, yo también leo basurilla literaria, por más que la definición de "buena" y "mala" literatura nunca me haya quedado del todo clara. Ojo, que no hablo de libros mal escritos o con una mala trama, sino de libros que quizás no muevan almas y levanten pasiones, ni nos hagan querer ser mejores personas. Mi excusa es que siempre será mejor leer un libro "malo" que enchufarme a ver cualquier porquería en la tele. Mejor Marian Keyes que el Sálvame, eso lo tengo claro.
He aquí alguna de mis vergüenzas:
El código DaVinci, Dan Brown
Sí, lo he leído. Sí, me encantó. Es más, me leí todas las obras que Brown tenía hasta entonces, que eran thrillers de lo peorcito, y no me arrepiento. En aquella época yo era joven e inconsciente y leía todo lo que caía en mi mano. Buscaba lecturas entretenidas, nada de rollos infumables. No lo he releído, porque creo que me sacaría los colores pensar que me podía gustar algo así. Curiosamente, recuerdo lo mal que me sentaba cuando la gente que no lo había leído lo criticaba y trataba de idiotas a los que nos había gustado. En mi defensa diré que la trama está muy bien hilada, aunque el final esté cogido con pinzas. Es el equivalente literario de ver CSI. No creo que una cosa tenga menos valor que la otra.
El diablo se viste de Prada, Lauren Weisberg
Sufrí leyéndolo, pero me lo acabé. Por qué leí yo algo así es algo que todavía no entiendo, pero era verano, hacía calor, no quería pensar. Ya te digo yo que no había que pensar. Equivalente literario del Corazón, corazón, supongo. Malo, muy malo. Como comerte una rosquilla de anís, que en realidad no te gusta pero ya que te has puesto la acabas.
The Fault in our Stars (Bajo la misma estrella), John Green
Meto este libro aquí porque sí, leer literatura juvenil a los cuarenta es placer culpable, pero la verdad es que el libro está genial. Aunque a primera vista parece que sea una historia de amor, el argumento va mucho más allá y trata la vida de adolescentes con cáncer. Lloré como una bellaca, me emocionó mucho. Curiosamente, lo leí porque descubrí uno de los canales de Youtube de Green, en el que hace vídeos de historia y demás para adolescentes, y me pareció tan majo que decidí leerle, pensando que era un completo desconocido. Cuando vi que salía la película basada en el libro, flipé. Desde luego, muy recomendable.
Carrie, Stephen King
Durante años fui una acérrima enemiga de King. Sin haber leído nada suyo, me reía de la gente que leía a King, como si ser superventas fuera sinónimo de ser mal escritor (sigo teniendo ese vicio, pero me estoy quitando, de verdad). Después de leer On Writing empecé a leer sus libros de ficción, y me encantó. Este verano ha caído por fin Carrie, y la he gozado. Me ha gustado la estructura, la historia, la forma de contarlo, todo. No sé si entra en la categoría de "libros que no quiero que nadie me encuentre leyendo", pero admito que es algo que mi yo de hace unos años se hubiera avergonzado de leer. Hoy no; de hecho, han caído media docena de libros de King, y lo que te rondaré morena.
Los pilares de la tierra, Ken Follet
No es que el libro sea malo, o que la historia no lo merezca, pero es que le he cogido tal manía al pobre Follet que ahora mismo no puedo ver un libro suyo ni en pintura. Al hombre se le ocurrió documentarse en la catedral de Vitoria para escribir Un mundo sin fin (que a punto estuve de tirar contra la pared de lo malo que me pareció) y ahora tenemos una estatua suya a tamaño natural en el centro de la ciudad. Durante meses no se habló más que de Follet y de que iba a poner a Vitoria en el mapa; al final lo único que hizo fue agradecer a la fundación que se ha encargado de la restauración de la catedral al final del libro. Que el libro me gustó en su momento, sí, pero luego te das cuenta de que es un hombre con un esquema concreto y una trama que repite sin cesar en cada libro, y ya no. No me pillarán otra vez, no. Este, para mí, sí que es un superventas de calidad cuestionable.
Lo que más gracia me hace es que yo, siendo tan pija, haya terminado escribiendo un libro que no es más que eso, un pasatiempo que a más de uno le daría vergüenza dejarse ver leyendo en público. Desde luego no va a ocupar sitio en la librería de los elitistas como yo, aunque quizás lo escondan en algún cajón apartado. Y, como está en formato digital, nadie tiene por qué enterarse de lo que estás leyendo. Benditos readers, que nos han salvado de hacer el ridículo en más de una ocasión. Cuántas copias piratas de Cincuenta sombras de Grey han tenido que caer, y qué poca gente lo ha admitido, seguro. ¿Tenéis vosotras y vosotros un placer culpable? ¡Confesad, no voy a ser yo la única que quede mal!
Hoy me ha dado por contar los cuadernos que tengo en casa. No solo los que tengo en la librería del despacho, que ya son unos cuantos, sino todos los que andan sueltos en distintos rincones del resto de las habitaciones. Los únicos que no he contado son los de dibujo, porque su labor es otra distinta a la de anotar cosas. Pero el resto los he contado. Y me ha costado un rato.
Tengo setenta cuadernos. Setenta. Cuadernos.
Algunos están escritos de cabo a rabo, pero son los menos. La mayoría son grandes, tamaño DIN-A4, pero también los hay pequeños, de media cuartilla, e incluso uno diminuto que llevo en el bolso por si acaso (aunque últimamente todo lo apunto en el móvil). Tengo cuadernos listados, cuadriculados y, sobre todo, lisos; milimetrados no, nunca me han gustado, e intento no usarlos tampoco con mis alumnos y alumnas. Tengo cuadernos idénticos porque a veces los uso para apuntar detalles de una historia, y me gusta que todos los que uso sean iguales, pero como tengo tendencia a escribir cien principios y no acabar ni la décima parte de lo que escribo no me fío de mí misma y no quiero empezar a escribir en la colección de cuadernos todavía, así que están intactos. Algunos son regalos (estoy viendo uno que tiene más de diez años), otros son de la carrera. Algunos contienen cosas que no quiero releer, otros no sé ni lo que tienen. Uno de ellos lo uso como diario cuando me apetece escribir a mano, porque ya hasta el diario lo escribo en el ordenador; otro es mi bitácora de libros leídos, donde apunto las impresiones que me dejan los libros que leo. Tres son los que usé revisando Armarios y fulares. Uno es un cuaderno de viaje. Tengo uno que me hace de diccionario de alemán y más de media docena llenos de apuntes de la universidad que no me atrevo a tirar. Guardo uno siempre al lado de la cama por si se me ocurre una idea brillante a media noche y quiero apuntarla. Al lado del ordenador hay tres.
Dicen las técnicas de minimalismo que, para que la casa esté en paz y tu feng-shui pueda fluir por los rincones sin obstáculos, lo ideal es librarse de cuadernos y papeles y digitalizarlo todo. Esta gente, obviamente, no me conoce, porque antes me mudo a una casa más grande que tirar los cuadernos que tengo. La gente habla de las fotos, de los álbumes como recuerdo, pero gran parte de mis recuerdos están de forma escrita. Ni con la llegada del ordenador, los procesadores de texto y Scrivener he conseguido librarme de mi amor por los cuadernos. Y es que no es lo mismo dejar volar los dedos sobre el ordenador que sentarte tranquilamente delante de un cuaderno y pensar, con un boli que te guste, qué es lo siguiente que vas a escribir.
(Y al igual que la gente que siente hambre cuando ve fotos de comida, a mí ahora me han entrado ganas de comprar un cuaderno bueno. ¿Me resistiré? Lo dudo.)
No, no te has despistado, Armarios y fulares no está accesible al público en general todavía (aunque lo puedes ir reservando para recibirlo el uno de octubre, sábado, y leértelo de un tirón ese mismo fin de semana, porque no vas a poder dejarlo). Mis lectoras son unas pocas afortunadas que me han hecho el grandísimo favor de leerlo y darme su opinión antes de que salga a la venta. Para mi estupefacción, todas han sido positivas sin pasarse de rosca ni hacerme la pelota descaradamente, y he pensado que igual os apetecía haceros una idea de lo que la gente va diciendo por ahí. La verdad es que me he reído mucho con algunos comentarios:
La trama me ha enganchado tanto que se me olvidaba apuntar y tenía que volver atrás.
Esto me lo dijo la persona a la que contraté para hacer la revisión del libro. Teniendo en cuenta que es una profesional del gremio y ha leído novelas para aburrir, me lo tomé como el gran piropo que es y me hizo mucha ilusión.
Parece escrito por una profesional.
Eh... Gracias, de eso se trata. Aunque es la primera novela que publico, tengo cinco guardadas en el cajón (esta es la única que merece la pena), algo de esto sé. Viniendo de quien vino sé que el comentario llega con todo el cariño del mundo. Me hizo mucha gracia.
He leído libros [publicados por editoriales] mucho peores que el tuyo.
Yo también. Por eso sé que es digno de ser publicado.
Me he reído a carcajadas. No solo sonreír, sino reír a carcajadas.
Eso es lo que buscaba. Objetivo conseguido.
A pesar de no ser el tipo de libro que hubiera leído a priori me he divertido, me ha gustado y lo he disfrutado mucho, aunque me he quedado con ganas de más.
¿Qué más se puede pedir? Justo la reacción que buscaba.
Alan eres tú, ¿no?
Jijijiji... Sí, un poco. Más bien quien me gustaría ser. ¿Tanto se me nota?
Me lo he leído en dos sentadas, y a mí normalmente me cuesta mucho leer.
¿Qué mayor piropo se puede esperar?
Alan se llama así por Alan Rickman, ¿a que sí?
No. Pero al principio también estuvo inspirado por un actor de cuyo nombre no quiero acordarme.
Me han encantado los personajes, tienes algunos a los que amar y otros totalmente insufribles listos para ser el foco de todos los odios.
¡Bien! Nada de ambigüedades, o los adoras o los odias, no hay término medio.
Tienes frases que parecen escritas por una escritora de verdad.
Sí, ya sé que me repito, pero es que me lo han dicho dos personas distintas y me ha hecho mucha ilusión.
Me encanta la portada.
Bueno, eso no es mérito mío, sino de Artkanna, pero gracias. A mí también.
Van llegando opiniones, y por suerte son exactamente lo que esperaba: un libro entretenido, fácil de leer y que te arranca una sonrisa. No va a ganar premios, no va a ser un superventas, no va a batir récords de ningún tipo (quizás de "veces que Ruth comprueba cuántas copias se han reservado"), pero es mi niño y a mí me gusta. Me cae bien, me es simpático, y he pensado que este curso podía hacer amigos nuevos. Por eso os lo he presentado, para ver si a vosotros/as también os gusta. Cuando empiecen a caer opiniones de gente que no me conoce, voy a querer esconderme debajo de alguna piedra y arrancarme los pelos a tirones, pero de momento así da gusto. (Por cierto: gracias a todas. Sabéis quiénes sois.)
Armarios y Fulares. De venta en Amazon. Ya estás tardando en hacer la reserva.
Te falta el sujeto y has
hecho una doble negación.
Yes, you do!
Lo reconozco: me he pasado el verano soñando despierta (y dormida, porque he dormido lo que no está escrito). No quiero decir que me lo haya pasado tumbada en el sofá con la mirada fija en el techo y pensando en qué haría yo si me tocara la lotería, que también, sino que me he encargado de los últimos pasos de la publicación de un libro y he soñado con la posibilidad de, algún día, dejar de trabajar en lo que me da de comer y poder dedicarme solo a escribir. El treinta y uno de agosto tenía tal bajón anímico porque se acababa mi simulacro de vida como escritora (solo han sido dos meses, pero la he gozado) que pensaba que iba a enfermar. Y de hecho lo hice, pero no lo suficiente como para no ir a trabajar al día siguiente. Maldita gastritis veraniega que no es capaz ni de darme un poquito de fiebre para alargar las vacaciones.
Sí, este ha sido un año en el que la idea de volver a clase me aterraba. De repente, mi deseo de ser escritora era tan fuerte que me ha hecho replantearme la convicción que he tenido siempre, la de que yo soy maestra porque me gusta, porque he nacido para ello. Llevo veinte años dando clase, sí, pero es que llevo treinta y cinco escribiendo, y por primera vez en mi vida he dado a leer algo que he escrito y, fíjate tú, está gustando. ¿Volver a la rutina? ¿Volver a ver a mis alumnos y alumnas, esos bichejos y bichejas que me dejaron sin voz, esos pequeños monstruos que acabaron con mi paciencia en junio? ¡Con lo bien que estoy yo delante del ordenador haciendo la promoción de Armarios y fulares y tomando una cervecita con la cuadrilla por la tarde! Pero no, el uno de septiembre no perdona (bueno, en realidad no perdona el hambre que iba a pasar si no llego a ir al curro, y pobres gatos, quién les iba a comprar su pienso de gama alta) y no ha quedado otro remedio que ir a trabajar. Saludar a las compañeras. Ponerme a preparar las clases. Pensar en qué voy a hacer este año que supere lo que hice el año pasado.
Y fíjate tú que, de repente, las ganas de pasarme el día escribiendo se han quedado en un segundo plano. Me he acordado de golpe de por qué me metí en la enseñanza; me he acordado de los buenos ratos, de las evaluaciones que me hicieron los monstruos al terminar el curso, de las risas, del subidón que sientes cuando una clase aplaude al verte entrar por la puerta porque toca inglés (o porque se acaban las matemáticas, todo hay que decirlo). He recordado las promesas que me hice el año pasado (más plástica, menos gramática) y a los alumnos y alumnas que no me hacen la vida imposible (o sea, el 99 por ciento del colegio). Y me he dado cuenta, por desgracia, de que nunca tendré la motivación necesaria para ser escritora primero y maestra después. Por mucho que a mi yo escritora le duela reconocerlo, yo nací para ser docente, al menos la mayor parte del tiempo. Es mi profesión, mi vocación, lo que me ha mantenido cuerda estos últimos años. Que sí, que vivir escribiendo es un sueño, pero ¿de dónde iba yo a sacar la inspiración para crear personajes como Alan Peterson si no fuera por mi trabajo?
Hay gente que se pasa la vida buscando una pasión. Yo tengo dos. Puede parecer algo bueno, pero lo cierto es que no lo es tanto. No se puede dar el cien por cien a dos sueños, no se puede ser buena en dos cosas. ¿O sí? Esta primera semana de trabajo ya he comprobado que lo de escribir (una nueva historia y el blog), hacer la promoción del libro, preparar las clases y montar un curso online que me han encargado (no preguntéis, soy masoca) es la definición gráfica de multi-tasking, y no llego a todo. De momento sufre el blog y la promoción del libro. Creo que es lo justo; de otra forma sufrirían mis alumnos y alumnas, y ellos y ellas sí que no tienen culpa.
Alguien dijo una vez que si trabajas en lo que te gusta no tendrás que trabajar un solo día en tu vida. No es verdad: trabajar es trabajo, no placer. Pero sí es cierto que ayuda que te guste. Y yo he venido a restregaros en la cara que tengo la suerte de ser feliz en mi profesión. Aunque ello impida, de alguna manera, que cumpla mis sueños.
Sí, ya sé que todos y todas sabéis que mañana es uno de septiembre, que no soy yo la única que curra. Ya sé que no utilizáis este blog como calendario, porque si no mal andaríais, porque aquí solo se menciona la vuelta al cole, mi cumpleaños, Noche Vieja y el cumpleaños de Alan Rickman (bueno, y este año el 1 de octubre, fecha del lanzamiento de Armarios y fulares, que está en reserva y podéis adquirir cómodamente en el enlace de la barra de la derecha, o aquí si os da pereza buscarlo). Me imagino que este día estará grabado en la mente de muchos y muchas como el día más odiado del año, el de la vuelta al trabajo, y que todos y todas os levantaréis con las mismas ganas que yo de ir a currar (o sea, ninguna), haciendo ya planes para el verano que viene (ahora mismo Cancún suena que te cagas). Ay, esa lotería que tiene que tocar y no llega, cuánto se está haciendo de rogar.
Yo tengo la suerte de empezar solo a medias. Tengo que ir a trabajar, sí, pero como mi materia prima tiene vacaciones hasta el día siete y dar clase a pupitres vacíos no es tan emocionante como cuando están llenos (aunque en algunas clases no noto la diferencia, sobre todo los lunes a primera hora), dispongo de cuatro días para organizar un poco mi mente y decidir qué voy a hacer este curso para dejar a mis alumnos patidifusos y que aprendan, a poder ser, un poquito más que el año pasado. He empezado a hacerme una lista mental de las cosas que quiero hacer, que incluye cosas como estas:
Engalanar la clase de inglés para que les sea atractiva a los pitufos y pitufas y a mí no me dé sensación de estar trabajando en un sanatorio mental.
Ordenar todos los materiales que no ordené en junio porque me vencieron las fuerzas.
Preparar un cuaderno de evaluación continua tan completo y sistemático que no me haga falta hacerles exámenes de gramática en todo el curso. Odio los exámenes más que ellos, pero no se lo digáis.
Buscar ideas para plástica, algo divertido y que al mismo tiempo me dé la oportunidad de enseñarles nuevas construcciones lingüísticas en inglés.
Preparar libros y CDs con canciones y cuentos para infantil.
Diseñar por lo menos una actividad en la pantalla digital para cada clase, algo que les enganche de tal manera que quieran aprender inglés hasta en el recreo.
Y unas dos docenas más de cosas con las que no os voy a aburrir, porque he llegado a la conclusión de que mis ideas solo me emocionan a mí. O a otro maestro o maestra de inglés pero, curiosamente, muy pocos visitan este blog. Oh, well.
Esto, claro está, es la teoría, pero veinte años en el aula (sí, este septiembre hace veinte años que soy maestra, cómo pasa el tiempo) me han enseñado que cuatro días no dan para mucho más que para:
Acudir a reuniones y recordar cosas que creías saber pero tenías olvidadas.
Aprenderte los nombres de tus nuevas compañeras. Ayudarles a encontrar el baño y la sala de profesores, y explicarles bien la locura de horario de las primeras semanas.
Pelearte con la jefa de estudios porque no te gusta tu horario y te niegas a dar tres horas de inglés a la misma clase el mismo día. Pero con buen rollito.
Esperar a que te pasen las listas con los alumnos y alumnas nuevos, para poder organizarte y saber cuántos alumnos/as tienes por aula. Llegar al día siete y no tenerla aún.
Vaciar las cajas de la mudanza que no vaciaste el año pasado porque te dio pereza.
Pedir el material que necesitas para tu primera clase de plástica y darte cuenta de que, si realmente lo quieres para el día siete, vas a tener que ir a la tienda a comprarlo tú misma porque TODAS las escuelas de Vitoria están haciendo pedidos y no te lo van a mandar ni de coña.
Poner nombre a los libros nuevos, si los tienes. Lo más seguro es que termines llamando a la editorial y tengas que esperar hasta octubre a que te lleguen.
Morirte de nervios porque ha llegado el día siete y tú no tienes ni pajolera idea de qué vas a hacer con los de la primera hora. ¡Se te ha olvidado programar la semana!
Veinte años ya y todavía no he conseguido utilizar ese manojo de días para organizarme. Y es que, si os soy sincera, a mí lo de preparar cosas me gusta en teoría, porque es muy bonito eso de tener ideas e imaginarte la clase perfecta donde todos los niños y niñas se pelean por darte la respuesta correcta y corean tu nombre al unísono cuando entras por la puerta porque saben que se lo van a pasar bien. Pero en realidad lo que a mí me gusta es tenerlos delante y llevar a cabo la programación, sí, pero al son que ellos y ellas me marquen, no al que les marque yo. Lo divertido de mi trabajo es, precisamente, la materia prima, y sin ella no tiene mucho sentido preparar. Así que mañana empezaré relajada, contaré mis vacaciones, me tomaré un café y conoceré gente nueva, y con un poco de suerte arreglaré el aula, que falta le hace. ¿El resto? Ya irá cayendo. Que más sabe el diablo por viejo que por diablo y veinte años dan para mucho. Os lo dice una experta.
Hace unos años, cuando mi padre estaba enfermo, se me metió en la cabeza que quería convertirme en donante. Mi mente racional decía que era una manera de dar a los demás, un gesto altruista que no me costaba nada y que podía salvar vidas; mi mente no racional, esa que cree un poco en la magia, que me hace comprar cartas del Tarot y lee artículos sobre percepción extrasensorial, lo hacía por interés. Todo el que me conoce sabe que no creo en dios, que soy atea convencida y, en cuanto junte las ganas y el interés necesario para ello, apóstata, pero creo firmemente en el karma. Karma is a bitch, que se dice en inglés, y yo quiero tenerlo siempre de mi lado. Por si acaso. En aquel momento, cuando mi padre enfermó, no pude donar porque estaba tomando una medicación extraña que no conocían y me recomendaron que esperara a acabar el tratamiento. Luego mi padre murió y a mí se me pasó el impulso, aunque siempre me quedó tras la oreja el "tengo que hacerme donante". Pero ya sabéis cómo es la vida: siempre hay algo más importante, más divertido o más urgente que hacer.
Siete años han pasado ya desde aquel primer impulso, y hoy por fin me he acercado al hospital y esta vez me han sacado mi medio litro de sangre. Me ha costado menos de media hora de mi tiempo, y me ha servido de fenómena excusa para meterme dos desayunos en el cuerpo (y saltarme la dieta, y permitirme tomar todo el zumo que me dé la gana, que es importante beber líquidos). Cuando alguien de nuestro entorno tiene un problema de salud, lo primero que sale por nuestra boca es un "si puedo ayudar en algo, no dudes en pedírmelo" que a veces va de corazón y otras se convierte en fórmula (nunca olvidaré cuando nos lo dijo la cajera del supermercado el día que enterramos a mi padre; no me han dicho algo tan falso en la vida). Pero la verdad es que, la mayoría de las veces, no podemos hacer nada, al menos no por esa persona, no en ese momento. Aunque queramos. Simplemente, si no eres médico no puedes echar una mano.
Pero sí puedes ayudar a otras personas (o a esa, de rebote). Gente anónima de quien nunca sabrás nada y a quien habrás hecho un servicio completamente altruista que puede hasta salvarles la vida. Pensar que la bolsa que me han extraído hoy pueda ayudar a alguien me infla un poco, y os parecerá una tontería, pero estoy más contenta que otros días. Me siento bien conmigo misma. He añadido puntos a mi cuenta del karma. Vamos, estoy tan positiva que me falta nada para salir a la calle a rescatar gatitos. Bueno, para eso me falta poco ya de normal, así que hoy ni te cuento.
Y aunque el karma me ignore, me da igual. He donado sangre, he donado vida. Me siento bien (ni siquiera me he mareado un poquito), he dejado mi marca en el mundo. Y si escribiendo este post consigo que alguno de vosotros/as tome ejemplo, ya lo flipas. Voy a tener la cuenta de puntos kármicos a tope.