Gotas

Una gota, dos gotas, tres gotas.
La lluvia del exterior era lenta pero incesante. La humedad del día se colaba por las rendijas de las ventanas, por las paredes mal encaladas, por debajo de las puertas. Todo a su alrededor era agua.
Una gota, dos gotas, tres gotas.
La oscuridad le pesaba en los parpados, pero seguían abiertos. El sudor le impregnaba la cara. Aquellas tormentas de verano trataban sin éxito de aliviar el bochorno.
Una gota, dos gotas, tres gotas.
Tanta agua y la boca seca, paradojas de la vida. Y no podía beber. Aunque el agua estuviera tan cerca.
Una... Dos... Tres...
Las campanadas de la iglesia cercana dieron las tres de la madrugada cuando la última de las gotas de su sangre se deslizó por su muñeca hasta el agua de la bañera. Los párpados abiertos, la humedad del cuarto de baño, el sentido del oído el último en desvanecerse.
Una gota, dos gotas... Tres.

Religion, go home!

Una hora y media de religión todas las semanas. Hora y media que podíamos dedicar a explicar mejor el tema de matemáticas, a hacer experimentos de ciencias, a trabajar un poco las redacciones en cualquiera de los tres idiomas que hablamos. No. Hora y media de religión. Y luego viene el informe de marras y dice que hemos bajado en matemáticas. Que hay que quitar horas de gimnasia para dar más inglés, por muy gordos que estén nuestros alumnos. Que no se dan suficientes horas de ciencias y sociales. Que hay que ampliar el horario escolar porque no se llega. Que qué se les enseña a los niños y niñas en clase si no saben cuál es la capital de Francia.
Pues la historia de Moisés, oiga usté.
Y ojo, que a nadie se le ocurra hacer lectura con el ochenta por ciento de la clase que no va a religión -que es la media en la ikastola donde yo trabajo-, porque va el profe al director y te monta un pollo que lo flipas. No se puede dar carga lectiva en esas horas, tiene que se ética. Ya, pero es que nos hemos cansado de hablar del calentamiento global, de la violencia de género, del hambre en países subdesarrollados... Es que no sabemos lo que es un atributo, o la diferencia entre "hasi" y "hazi". Es que me gustaría utilizar las horas escolares para dar carga lectiva, caprichosa que es una. No sé, a mí cuando me contrataron lo hicieron para eso, creo.
Los que seáis de ciencias, haced los cálculos de cuántas horas al año son hora y media a la semana. Yo no lo he hecho, pero me da a mí que es una burrada.

¿Machismo implicito o feminismo extremo?


Hace unas semanas, mi madre y mi hermano me dijeron, no sé a cuento de qué, que yo tenía una habilidad especial para las segundas lecturas de los mensajes más simples, ya fuera en películas, en libros o incluso en anuncios. Yo me quedé un poco perpleja al principio, pero luego me lo tomé como un cumplido. Fíjate, oye, si al final voy a tener una habilidad especial para algo y todo. Tendría que ponerlo en mi currículo: habilidad especial para captar significados secretos. Seguro que me forro.
Pero esta supuesta habilidad mía tiene sus contrapartidas, y una de ellas, la más grande, es que no me deja disfrutar de los mensajes supuestamente simples que nos rodean. Mi mente, en gran medida orientada hacia el mundo femenino y muy sensible a todo lo que ataque a la mujer, capta siempre ataques velados a veces y no tan velados otras en prácticamente todos los ámbitos de mi vida. Como el comentario de un familiar mío que le dijo al médico, cuando éste le indicó que debería llevarse la comida de casa en lugar de comer fuera todos los días, que no iba a obligar a su mujer a levantarse todas las mañanas a las cinco para cocinarle a él. Como el bombardeo incesante de anuncios de detergentes que nos muestran a mujeres cuyo único incentivo en la vida es tener la ropa más blanca que la vecina. Como la rabia que me da que, cuando se anuncia algún nuevo invento adelgazante, sólo saquen a mujeres delgadísimas que supuestamente necesitan perder unos kilos para lucir palmito en la piscina.
Pero estos son los típicos y, aunque me molestan, me molestan mucho menos que el último anuncio de unas famosas gafas de sol, que encima va dirigido a la gente joven. En él se nos muestra a un montón de jóvenes super chachis, saltando alegremente con sus gafas de sol, ellas con minifaldita y vestidas de colegialas (que esto también daría para otro post, porque en ningún momento se ve a un jovenzuelo sin camisa, por poner un ejemplo), ellos super guays con su banda de roqueros que tocan que te cagas, o sea, tojuro. Y al final del anuncio -estéticamente muy bonito, en blanco y negro, a cámara lenta-, se ve a un tío super chachi guay que te cagas de la muerte, con sus gafas que le sientan como un guante, coger a la primera chavala que pasa y a la que no conoce de nada y plantarle un morreo así, porque sí, para después dejarla ahí plantada y marcharse con sonrisa de chulo putas mientras ella le mira embobada.
¿Soy yo, o esto ofende? ¿Me estoy pasando al pensar que, si esto le pasara a cualquier mujer con dos dedos de frente, el tío se quedaría con la marca de los cinco dedos de la mano en la mejilla y las gafas volarían de su nariz? ¿No incita esto a la objetivización de la mujer, desde donde el derecho a plantarle un sopapo, igual que le planto un beso sin pedir permiso, ya es vislumbrable? Yo, personalmente, al chiquito este, por muy bueno que esté, le monto un pollo que se caga y se le caen las gafas de vergüenza en mitad de la calle. ¿Quién se ha creído que es para ir dando morreos a diestro y siniestro? ¿Qué se cree esta marca de gafas que somos las mujeres, un adorno más, como los que antaño ponían en los coches para vender más? ¿Por qué se siguen haciendo anuncios en los que no se tiene muy claro si lo que se vende es un objeto o la mujer que sale en el spot? En serio, ¿nadie más lo ha visto? ¿Soy una exagerada?
Será que tengo la antena de los significados ocultos demasiado bien sintonizada...

El angel de los gatos


Me levanto, pongo la cafetera, enchufo el tostador y me dispongo a prepararme el desayuno. Mientras el agua borbotea, unto la tostada con mantequilla y veo con el rabillo del ojo cómo el gato salta a la parte de arriba del armario que tengo sobre la encimera, como hace todas las mañanas. Yo sigo a lo mío, sabiendo que el ojo de Sauron me observa desde las alturas, hasta que oigo un ruido. Un ruido que conozco bien: el de "el gato ha perdido el equilibrio y está a punto de caerse del armario".

Cierro los ojos y me preparo para el golpe -porque no puedo hacer nada, no puedo detenerle cuando ya está en caída libre-, pensando que, como siempre, va a a esquivarme con ese arte imposible de explicarse de los gatos. Y, de repente, siento un peso en mis brazos, abro los ojos y me encuentro con una masa de pelo gris y blanco sobre mi tostada y el cuchillo con el que estaba untando la mantequilla. Por suerte, el cuchillo estaba sobre la tostada, plano, y aparte de pringarse de mantequilla, no le ha hecho nada.

El gato salta sobre la mesa, me mira con mirada inescrutable y empieza a lavarse con parsimonia de gato. Al rato, cuando hemos terminado yo de desayunar y él de acicalarse, se me acerca y me mira fijamente, relamiéndose. Parece estar diciéndome: "venga, hagámoslo otra vez, ha sido divertido".

Yo de mayor quiero ser gato.

Irelande douze pointe

Debo estar fatal de lo mío, porque a mí me gusta esta canción. Tiene marcha, tiene ritmo, tiene gracia y el pavo lo hace mucho mejor que más de un cantamañanas "serio" de los que llevan al festival. Pena que no se haya clasificado; para mí que hubiera ganado.

Sacamantecas


El Sacamantecas fue el primer asesino en serie de la historia de España. Era un alavés, Juan Díaz de Garayo, que a finales del siglo XIX se dedicaba a asesinar a prostitutas después de intentar tener relaciones sexuales con ellas. La leyenda decía que luego les sacaba la grasa, ya que la grasa humana era, en teoría, lo mejor para engrasar las ruedas de las carretas. Parece ser que el hombre se "limitaba" a desgarrarlas brutalmente y dejarlas tiradas en cualquier parte, pero lo de Sacamantecas es, simplemente, un mote que le ha puesto la historia.
Álava también tiene, por supuesto, grandes nombres que se han colado en la historia por causas mucho menos escabrosas, pero me choca que nuestro persoanje más popular sea éste. Lo que viene a reforzar mi teoría de que es más fácil dar miedo, tocar la fibra morbosa, hacer llorar que, por ejemplo, hacer reír o provocar a la imaginación. Aunque, seamos sinceros, este hombre provoca a la imaginación, porque de repente me han entrado unas ganas terribles de crear mi propio asesino en serie sobre el papel.
Lo malo es que, comparado con este, cualquier intento quedará ridículo.

Cosas que me alegran el dia

1. Profesores-as que piden perdón a sus alumnos después de hacerles llorar.
2. Padres que quedan para una entrevista sólo para darme las gracias.
3. Una caja de bombones (aunque termine comiéndosela mi padre por eso de la operación bikini).
4. Sentir placer al sentarme a estudiar (lo que viene de perlas, porque tengo que hacerlo me plazca o no).
5. La primavera.

Cosas que me cabrean

1. Profesores-as que hacen llorar a sus alumnos-as cuando suspenden un examen.
2. Profesores-as que te devuelven el trabajo como corregido cuando está claro que ni se lo han leído, y el único comentario que son capaces de hacer es "la presentación habría sido mucho mejor si llegas a justificar los márgenes".
3. Profesores-as que no enseñan.
4. Alumnos universitarios que escriben en foros con faltas de ortografía.

Mi primer circuito electrico

Aquella pila estaba caliente, se pusiera como se pusiera el vendedor. La llevaba en el bolsillo -en el de la chaqueta, de lana, sin botones ni cremallera, sin una mala llave con la que hacer contacto siquiera- y estaba caliente. El vendedor me echó la culpa a mí.
-Algo le habrás hecho -insistía.
Mi madre se subía por las paredes.
-¿Pero qué se le puede hacer a una pila que aún tiene hasta el precinto de seguridad? Tóquela, oiga, que está ardiendo.
Era una pila de petaca, de esas grandes con dos barritas de metal en los polos que nos habían pedido en la ikastola para hacer un circuito eléctrico al día siguiente. Quemaba horrores, y, como bien decía mi madre, no le había quitado ni el precinto, no había salido de mi bolsillo en la escasa media hora que hacía que la había comprado. No pensaba usar aquella pila.
-Yo se la he vendido en buen estado, algo le habrá hecho la cría.
-Me da igual, una pila no tiene por qué calentarse. Cámbiemela, haga el favor.
La dependienta -él debía ser el jefe, por la manera en que ella se quedaba en un segundo plano y nos hacía gestos con la mirada- sugirió tímidamente que quizás tuviéramos razón, que no era muy normal que una pila se calentara así. El hombre se puso como una fiera.
-¿Pero no ves que es imposible, que si una pila no ha hecho contacto no tiene por qué descargar energía?
-Pero ésta sí que...
-A ver, ¿cuántas de vosotras habéis estudiado electricidad, eh? -Yo iba a decir que en ello estaba, aunque con aquella pila mal íbamos, pero sólo tenía doce años y aquel señor me daba miedito-. Tú -señaló a mi madre-, cero en electricidad, tú -señaló a la dependienta- cero en electricidad, tú -me señaló a mí- cero en electricidad, yo seis y medio. Así que a callar todas.
Yo tenía sólo doce años, pero incluso a esa edad me di cuenta de que aquella nota no era precisamente para ir haciendo callar a la gente. Aquel señor no conocía la mala leche que se gasta mi madre cuando le tocan la cartera o sus hijos -no en ese orden, pero os hacéis una idea- y, a pesar de su supuesto cero en electricidad (¿cómo sabía aquel señor que mi madre no era electricista, o ingeniera, o algo para lo que necesites un seis y medio en electricidad, como dependiente de una ferretería?), le sacó la pila nueva al final. Pues buena es ella.
Salimos de la tienda y no nos costó mucho echarnos a reír, porque es mucho más sano que enfadarse. No volví a ver a aquel hombre, y no hace falta deciros que tampoco volví a entrar en aquella ferretería; mi madre sí le ha visto, y recuerda cómo se cambiaba de acera para no cruzarse con ella antes de tener que cerrar por falta de clientela. Me pregunto por qué no entraba la gente.
Lo más curioso de todo es que aquel cascarrabias resultó tener algo de adivino, porque tres años después me cayó mi primer y único cero en un examen, precisamente en uno de electricidad. Aunque yo creo que más que adivino, fue un pájaro de mal agüero; claro, tanta historia para comprar una simple pila, al final le terminé cogiendo manía al tema. La ironía es que ahora la profe de electricidad sea yo y me dedique a tratar de hacer funcionar los circuitos de los críos.
Pero a ellos no se les calienta ninguna pila. Y si lo hiciera, les diría que fueran a cambiarla.

Frases de búsqueda

¡Alguien ha llegado hasta este blog buscando "historias eróticas maestra niños"! Hasta ahora la gran mayoría de despistados surferos llegaban aquí buscando información sobre grafología (debería aclarar, para el que haya llegado hasta esta entrada en concreto, que no tengo ni idea de grafología, no os puedo ayudar a hacer un análisis), hipocondrias varias o ejemplos de hipérboles. Pero lo de las fantasías erótico-festivas es nuevo. Fíjate tú, si ahora va a resultar que tengo un blog no apto para menores...

La vida

El otro día, no sé a cuento de qué, les pregunté a los críos si ellos eran optimistas o pesimistas (supongo que estaríamos trabajando el significado de las palabras) y, aunque la mayoría me contestaron sin pensar, hubo alguna respuesta que me llamó la atención. Una cría me dijo: "Yo me levanto muy optimista por las mañanas, pero es que luego... No sé... Empieza el día y se jode todo. Llega la vida, supongo". Que una niña de doce años sintiera el peso de la vida de semejante manera me dejó helada.
Y eso es un poco lo que me ha pasado a mí esta semana. Empecé el lunes con unas ganas terribles de hacer cosas; tenía las pilas cargadísimas, ganas de estudiar, de ver a mis alumnos, de probar con ellos un par de ideas nuevas de esas que se te ocurren cuando tienes la mente descargada, de escribir, de comentar el viaje en el blog... Y poco a poco me he ido descargando, hasta que hoy me he obligado, literalmente, a sentarme delante del ordenador y escribir algo (porque hoy es jueves, ¿os habéis fijado en que tengo una pauta involuntaria de escribir los jueves y los domingos?). Pero no voy a hablaros de Brighton, que seguro que todos conocéis o habéis oído hablar de él, ni de Canterbury (qué bonito, qué bonito), ni del castillo de Arundel (parecía una vulgar estadounidense, boquiabierta ante un castillo, pero es que ¡pedazo de castillo!), ni del hecho de que haya aprendido a cruzar la calle en Inglaterra (no, a conducir no, a cruzar la calle, que después de casi morir atropellada dos veces tiene mucho mérito).

Os voy a hablar de otra de mis obsesiones, esta ya antigua pero que amenaza con volver. Es este señor de la foto, Robert Downey Jr., por el que me dio casi tan fuerte (pero sólo casi) como me ha dado ahora por Alan Rickman cuando empezó a trabajar en Ally MacBeal. Me gustaba, como buen ser insustancial y superficial que soy, por lo guapo que me parecía con esa cara de niño travieso y esa sonrisita que hacía que todo se lo perdonaras, y luego me gustaba porque me daba la sensación de que él necesitaba que a mí me gustara (qué mal suena, pero es mucho más sencillo que un egocentrismo sumo), con todos sus problemones con las drogas y la cárcel y ese rostro de Calimero-nadie me quiere que me derretía. Aunque, la verdad, ya hay que ser tonto, coño, y tener muy mala suerte -permitidme que le llame mala suerte, aunque sé que se lo buscó él mismo- para que te pille la poli cuatro veces haciendo una de las tuyas, ¡que hasta se metió en casa de un vecino a dormir porque no encontraba su casa del pedo que llevaba!
Pero ahora está limpio, y lleva así mucho tiempo, parece ser que gracias a su segunda mujer, que lo tiene sujeto y bien sujeto y le ha dicho que a la mínima, puerta. Una pena que su hijo no fuera suficiente motivación para mantenerse sobrio, aunque ya se sabe que tiran más dos tetas que dos carretas, o que tu hijo, por más que lleve su nombre tatuado en el brazo y lo adore, por lo que dice (pero bien que lo dejó con la nanny para ir a pillar drogas). Y ahora, limpito cual patena, se nos planta en la pantalla haciendo de super héroe, el majetón de él. Y qué queréis que os diga, no creo que vaya a verla al cine, pero que me pillaré la peli lo tengo muy claro, porque aparte de guapo este señor me parece un actor estupendo (y me derrite su sonrisa, para qué nos vamos a engañar), y va a merecer la pena admirar los pectorales que se ha echado de tanto ejercitarse para la película.

Y hablando de actorazos y volviendo a mi obsesión de siempre, ¿os podéis creer que en Inglaterra no tienen, NO TIENEN, canal Alan Rickman? Yo pensaba que iba a estar la BBC, la ITV, la Qué Sé Yo y el Alan Rickman Channel, ese donde te ponen las tropecientas películas de este señor tan estupendo que tiene la edad de mi padre pero no su fachada, y le cambian los finales a Robin Hood y Jungla de Cristal para que por una vez no muera el malo, leñe, que ya les vale. Conseguí ver, eso sí, tres segundos de él en las noticias. Resulta que había ido a un funeral al que también asistió Jude Law y, no os lo perdáis, Jude Law leyó un poema. ¡En una sala en la que estaba Alan Rickman, leyó alguien que no era él! Qué poca vergüenza hay que tener. O qué ego. O qué gran autoestima. No, me quedo con poca vergüenza.
Si no fuera porque sé que Alan es republicano, le nominaba para Sir hoy mismo. Uy, no, que se me han adelantado...

He vuelto

Estoy de vuelta, pero demasiado cansada para empezar a colgar fotos y enseñaros las preciosidades que he visto esta semana, o compartir con vosotros algunas de las neuras que he conseguido poner por escrito (por primera vez, he llevado un diario de viaje; pensaba llenarlo de ideas para historias, pero de eso ha habido poco).

Después de pasar por vuestras casas y leerme cientos (y no exagero) de posts, os dejo con la que a mí siempre me parece la viñeta más tierna de El País, que hoy se ha salido y ha hecho un homenaje a mi querido Sorolla.

Que ustedes descansen bien. Yo sé que lo haré.



Y aquí el original, para que comparéis.

Atea si, pero solo lo justo


Que sí, que sí, que soy atea, y seré apóstata en cuanto termine el curso y tenga tiempo de concentrarme en cosas importantes y todo eso, pero, como toda hija de vecina, soy lo más religioso, católico y apostólico que se pueda echar uno a la cara cuando llegan fechas como éstas. Y los que seáis de fuera de Álava estaréis diciendo: "pero, ¿qué ladra esta tía, si la única fiesta que está cercana es la del trabajo, y ese no es ningún santo?" ¡Ah, pecadores! Lo que vosotros no sabéis, incultas almas cándidas, es que en Álava somos más listos que todo eso y tenemos un santo y una santa (santísimos ambos) justo antes del uno de mayo que nos permite hacernos unos acueductos majísimos.

Aquí, el tío Pruden y la tía Estitxu se nos unen todos los veintiocho de abril para darnos un respiro, comer caracoles y perretxikos (los que no sabéis de qué hablo, no sabéis lo que os estáis perdiendo) y viajar a precio de ganga porque somos los únicos de fiesta por estos lares. Así que, como todos los finales de abril (que coincide, además, con la devolución del IRPF, lo que pone azúcar al pastel), aquí la menda se echa al toquilla sobre la cabeza y grita aquello de: ¡Viva San Prudencio! (¡viva!) ¡Viva nuestra señora de Estibaliz! (¡viva!) Gora Prudentzio Deuna! (gora!) Gura gure Estibalizeko Ama! (gora!). Y me quedo tan ancha, oye, que el agua bendita que me echaron por la cabeza hace treinta y dos años me da derecho a ser hipócrita una vez al año y beneficiarme de tan ilustres personajes.
Hala, que ustedes lo pasen bien esta semana. Nos vemos el cuatro de mayo.

23 de abril de 1616



Qué día más triste tuvo que ser, ¿no?

Radioactivo

En conocimiento del medio estamos dando las fuentes de energía. Yo digo:
-...Algunos elementos son radioactivos y se pueden convertir en fuente de energía eléctrica.
J. levanta la mano, emocionado.
-¡Mi hermano es eso! ¡Es radioactivo!
-¿¡Cómo!? ¿Estás seguro?
-Sí... Ah, no, espera. ¡Es HIPERactivo!

Y me pagan por estos ratos, señoras y señores...

Contando


Me paso el día contando. Contando, sí, pero no historias, que parecía que de eso se trataba cuando me convertí en bloguera. Últimamente lo cuento todo: las horas de las que dispongo para estudiar; los temas que me quedan por estudiar; los días que me quedan hasta los exámenes (¿notáis algún tema recurrente?); los temas que me quedan por dar en clase antes de que mis monstruos (estos en minúscula) pasen a la ESO; niños y niñas (cada vez que salgo de excursión los cuento varias veces, no vaya a ser que me deje alguno); los minutos que puedo permitirme arañar al estudio y al dibujo para sentarme a escribir; y, como me parecía poco, ahora he empezado a contar calorías, que empiezo a parecerme al primo de Harry Potter, pero en chica. Y no veáis la de ellas (calorías, no primas) que tiene un puñado de galletas maría.
Pero sobre todo cuento tiempo. Debería escribir Tiempo, con la misma mayúscula que le doy al Monstruo, porque es algo que me obsesiona. Tengo la impresión, como ya dije en noviembre, de que empieza a quedar menos tiempo por delante del que queda por detrás. Vale, sí, soy una exagerada, quizás todavía no, pero no habéis visto la lista de cosas que me quedan por hacer, y, dado que he empezado muy tarde (porque hasta hace poco no sabía quién era yo, de qué voy a saber lo que quería ser de mayor), me da a mí que voy a andar justa de tiempo. Ah, que no os hacéis una idea. Pues tengo tela.
Mi objetivo así, general e insustancial, es ser millonaria. No a lo Paris Hilton, no nos pasemos, simplemente que llegar a fin de mes no sea un agobio, que mis criados me mantengan limpia la mansión en Armentia -los que no sois de por aquí cerca, ignorad la localización-, que el Ferrari y el Mercedes estén siempre en perfecto estado para poder llevar al gato al veterinario... Ese tipo de pequeñeces, vamos. Y, como soy así de tonta, quiero hacerlo de manera honrada (¿a que sí?, ¿a que estoy pirada?), y a poder ser aprovechando mis capacidades mentales en lugar de mi cuerpo (aclaro que considero la prostitución honrada, aunque no a algunos de sus clientes). Mis objetivos, ordenados según me llegan a la mente, son los de ser doctora en literatura inglesa (primer cuatrimestre, cinco de cinco parciales aprobados), traductora a inglés y euskera (y alemán y francés cuando los aprenda; porque, ¿os he dicho que también quiero ser políglota?), dibujante (no aspiro a artista) y, ah, sí, escritora. Vamos, que quiero escribir una obra en la que las influencias de Jane Austen y Henry James sean patentes -pero visiblemente original-, traducirla yo misma a cuantos idiomas me sea posible y, por supuesto, diseñar la portada. Todo esto en mi cuerpazo de talla treinta y ocho y con una piel morena que grite "fíjate qué bien escribo y qué poco me cuesta, que hasta vacaciones y todo he tenido".
¿Entendéis ahora mis prisas? ¡Que tengo treinta y dos años y estoy en primero de todo! ¡Que me gustaría recibir el Cervantes, el Planeta y el James Joyce antes de que alguien me tenga que quitar la baba cuando suba al escenario a recoger el premio! Que sí, que ya sé que soy muy ambiciosa, pero si me quedo a medio camino y sólo consigo ser doctora, o escribir una novela, o convertirme en una traductora decente, o dibujar un poco más decentemente aún, ya habré llegado más lejos de lo que estoy ahora. Y de eso se trata, de avanzar. ¿O no?
Uy, madre, mira qué hora es.
Adiós, que no llego.

Cambios


He aquí mi primer intento de retrato a pastel. No sé cuántas horas pringándome los dedos con colorines varios, borrando y borrando errores, cagándome en lo que no ha sido parido todavía porque había manchado la hoja con el color equivocado (pero ojo, pasándomelo de cine) para que al final, cuando por fin me llevé mi obra a casa (orgullosísima que estaba yo, madre), el Monstruo no pudiera encontrarle más que fallos. Que si los ojos están mal puestos, que si a la boca le falta algo, que si los dientes tendrían que ser más blancos, que qué es esa cosa azul donde debería haber vestido rojo... En fin, lo de siempre, solo que el jodido ser nunca había aparecido en mi faceta pictórica y ha sido una sorpresa encontrarlo aquí también. Menos mal que mi conciencia está tranquila porque sé que es el primer retrato y sólo puedo mejorar...
Para el que no se haya dado cuenta -que seréis todos, porque aparte de Kina nadie me conoce en persona-, esa soy yo, y el de al lado, mi hermano. Mientras estaba trabajando en el "cuadro", toda la gente que pasaba cerca de mí y veía la foto sobre la que estaba trabajando, me decía "qué pasada, estás igual, no has cambiado nada", y yo sonreía porque creía que sólo estaban siendo amables, o simpáticos, o no se les ocurría nada que decir (o necesitaban gafas de aumento). Pero no, tenían razón: todos los rasgos que tengo hoy en día, a mis treinta y dos añazos, son los mismos que tenía entonces, a los seis. La arruguilla en el rabillo del ojo, la ligera papada -por delgada que estuviera-, las ojeras -que voy a dejar de llamar así, ahora son "marcas de expresión"-, el remolino en la coronilla y la manera en que se me parte el flequillo en la frente, todo está ahí. Todo, hasta la manera de sonreír y la forma de las cejas, aunque ahora me las depile y trate de darles otra, es idéntico a mi yo de hoy.
Lo que me ha hecho llegar a la conclusión de que todo intento por cambiar mi físico es inútil, porque no es que me vaya "estropeando" con la edad, es que vengo así de fábrica. Por una parte, me ha alegrado ver las arruguillas -no es la edad, soy así-, las ojeras, perdón, marcas de expresión -no es cansancio, soy así- y, sobre todo, la papada -no estoy gorda, soy así-, porque eso significa que mi aspecto no perfecto -que no imperfecto- no es culpa mía, sino otra cosa que echarles en cara a mis padres cuando me decida ir a un psicoanalista (o sea, nunca). Y, para qué engañarnos, darme cuenta a estas alturas, aunque sea un poco tarde, me va a suponer un ahorro considerable en cremas y anticelulíticos varios (porque, aunque eso no sale en la foto, seguro que también venía de serie).
Vamos, que a pesar de lo que diga el Monstruo yo estoy encantada con mi dibujo. Ahora debería hacerme un autorretrato actual para hacerme un lifting, quitarme papada, alargarme las pestanas y peinarme como dios manda, y así me iba a ahorrar una pasta en futuras terapias.
Todo se andará.

¡Tonta!

En la hora de euskera, los críos tenían que unir cualidades humanas con los animales que más comunmente asociamos con semejantes adjetivos. No parecían estar pillándolo (sí, vale, un cocodrilo será peligroso, pero cuando decimos que eres muy malo no hablamos de él), así que les he puesto ejemplos del castellano, su lengua materna, para ver si así lo pillaban. Lo único que iba en castellano era la frase del ejemplo, lo que quedaba mucho más curioso y cosmopolita por el uso de los dos idiomas alternos, pero para facilitar la comprensión a mis "lectores del extranjero" (permítaseme la coñita sin más intención que la de ser graciosa), os lo pongo todo en castellano.
-Por ejemplo, cuando hacéis algo mal alguien os dice: ¡Mira que eres...!
Y toda la clase me ha contestado, cual Fuenteovejuna:
-¡TONTA!

Si es que a veces creo que son más listos que yo...

Y van cuatro


Cuatro... Cuatro finales europeas seguidas.
Emocionada y todo, estoy. Y no he visto ni el partido porque me sube la tensión.
Lagrimilla. Moción, madre.

El "Mounstro"

Tengo un Monstruo en mi cabeza, o, como escriben mis niños, un "Mounstro". Durante la mayor parte del día está callado y formalito y es como si no lo tuviera; no me acosa en el trabajo, ni cuando estudio, ni cuando duermo. Pero en el momento en que me siento a escribir... ¡Ay, madre! Entonces sale de su guarida y ataca sin piedad, y es tan fiero que me acojona de mala manera y suelo terminar apagando el ordenador, o entrando en Internet para engancharme a algún juego inútil que tiene la pantalla táctil que me hace de ratón en el portátil desgastada.
Yo le llamo Monstruo, así, con mayúscula porque es un nombre propio, pero sé que otros le llaman el Censor, el Crítico Interno, el Grandísimo Hijo de Puta Que No Me Deja Escribir Una Frase Sin Pensar Que Es Una Puta Mierda. No nací con él (mejor dicho, no nació él conmigo), salió como sale un herpes, así, sin avisar. Desde pequeñita me han dicho siempre que escribo bien, tanto mis padres como mis profesores; con cada elogio, yo me animaba y escribía aún más, y de tanto escribir el músculo escritor se desarrolló y mejoró. El Monstruo no existía entonces, y empecé a mandar mis historias a concursos. En los dos primeros -locales, muy locales- conseguí pequeños premios, y decidí tirar la casa por la ventana y participar en uno nacional.
Lo único que saqué de aquel fue una carta dándome las gracias por participar. Y un Monstruo. Porque entonces dejé de permitir que la gente leyera lo que yo escribía -la adolescencia no ayudó- y yo me convertí en mi única crítica.
Bien dice Enrique Paez en su Manual de técnicas narrativas que la parte crítica de un escritor tiene que estar presente para que lo que escribimos valga un duro (y si no, preguntadle a Maritormes, que ya veréis lo bien que os lo explica), pero tiene que mantenerse al margen hasta que terminemos de escribir y empiece el proceso de revisión. Yo me lo propongo siempre que escribo. Le digo al Monstruo "chato, o te quedas en tu jaula o me marco una lobotomía que te cagas y te quedas ahí, en el hemisferio izquierdo, y das por culo a mi lado matemático, que tampoco lo uso tanto, pero a mí déjame en paz". Y durante dos, tres días, incluso una semana entera, el Monstruo se mantiene formalito y no asoma, y parece que lo he conseguido, y llego a la página veinte, termino un capítulo, doy a guardar y sonrío.
Y entonces el Monstruo, o el Grandísimo Mamón Que No Tiene Otra Cosa Que Hacer Que Joderme La Existencia, se despierta y sale con energía renovada. Pues vaya una mierda que has escrito, así no vas a ninguna parte. ¿Para qué vas a seguir, si el tema no le va a interesar a nadie? ¿Te das cuenta de que esto mismo lo han escrito millones antes que tú, y mucho mejor por cierto? ¿A esto le llamas un personaje tridimensional? Anda, busca otro cliché, que lo estás bordando.
Y lo dejo. Y me rindo. Y lo guardo en la carpeta de proyectos abandonados, que, como sólo ocupa espacio en un disco duro, no parece que abulte tanto, pero si fuera papel tendría que plantar varios cientos de árboles para estar en paz con la naturaleza.
Desde que he vuelto a empezar a escribir, el Monstruo parece tranquilo, aunque el hecho de que lleve media hora sentada aquí, escribiendo esto en lugar de seguir con lo que había empezado el otro día (mira que me he dicho, "esta mañana no estudio, sólo escribo") es un síntoma de que el Monstruo está desperezándose. No sé cuánto tardará en mandarme a la más honda miseria, pero voy a tener que aprovechar mientras dure la paz.
Me pongo un café, miro el correo y vuestros blogs, limpio un poco la cocina y me pongo a escribir, venga.
Que sí. Que voy.