The best

La casa está a oscuras, ni una luz encendida, solo la claridad de la noche se cuela por el ventanal de la cocina. Ella enciende la radio y la voz de Tina Turner lo invade todo a su alrededor.

I call you when I need you my heart’s on fire
You come to me, come to me, wild and wild


Se mueve al son, lentamente, y poco a poco su pijama de franela se convierte en un vestido de fiesta, y el vaso de agua en un micrófono, y sus pies se enfundan unos zapatos de tacón de veinte centímetros,

You come to me, give me everything I need,
Give me a lifetime of promises and a world of dreams,



y poco a poco se convierte en otra, en una diva, o quizás menos, simplemente sea un karaoke, pero no está allí sola en la cocina de su casa con pijama de franela, sino rodeada de gente, amigos con suerte, y un foco que la busca.
Y entonces una luz se enciende allí, en su cocina, y ella se gira, y busca por la ventana el origen de la claridad. Y le ve. Al otro lado del patio de luces, le ve.

Speak a language of love like it knows what it means
And it can’t be wrong, take my heart and make it strong, baby.


Él se acerca a la ventana, ventanal enorme que abarca toda la fachada de su habitación, y se quita la camiseta. Ella da un paso atrás, sin dejar de mirar, temiendo ser vista. Él se desnuda lentamente, sin saber, o quizás sí, que está siendo observado. Y la radio de repente trona más fuerte, mientras ella mueve los labios y canta para nadie, o para todos, quién sabe quién la estará observando a ella allí, en la penumbra, con su pijama de franela.

You’re simply the best, better than all the rest,
Better than anyone, anyone I’ve ever met,


Y él también baila, y a ella le parece imposible pero quizás sí, quizás esté bailando para ella, la misma canción, los mismos movimientos (al fin y al cabo es Kiss FM), los mismos ojos, los mismos labios:

I’m stuck on your heart, I hang on every word you say,
Tear us apart, baby, I would rather be dead.


Pero entonces él tira de una cuerda y cae un pesado telón, la luz se apaga y ella se queda otra vez sola, en su cocina, sin foco, sin audiencia. O no. Quién sabe. Mientras haya música ella debe seguir cantando. Para sí misma. La audiencia llegará después. Si llega.

Uh, you’re the best, better than all the rest,
Better than anyone, anyone I’ve ever met.

Sábado preprimaveral

(Me he inventado una palabra, sí. Preprimaveral no existe. Creo. Estoy por patentarla. Aunque, si existe premenstrual, no sé por qué no iba a existir preprimaveral.)

Sábado. Día de fiesta. Sí, literalmente, día de fiesta porque los sábados son los únicos días que me obligo a no hacer nada. Tampoco es que pudiera si quisiera. No sé qué tienen los sábados, que son más cortos que un lunes, por poner un ejemplo, y para cuando te quieres poner a hacer algo ya es la hora de comer, o la hora de dar una vuelta, o la hora de tomar un pote por ahí. No da para nada, un sábado. Qué cosas. Podían hacer los sábados laborables y darnos el lunes festivo, digo yo.

Se me ha ocurrido pasar por aquí porque tengo el chiringuito algo abandonado y quería asegurarme de que no le habían salido hierbajos ni había una invasión de cucarachas (cucarachas, buaj; creo que hoy he soñado con cucarachas. Joder, hubiera preferido no acordarme. Qué asco). La verdad es que no tengo mucho que contar, literalmente hablando. Y entiéndase eso como el doble sentido que tiene: ni cuentos, ni historias, ni sueños (del de las cucarachas no me acuerdo, menos mal), ni nada interesante que pueda, eso, interesar. Pero me daba cosa no contaros nada. No es que piense que mi vida pueda interesarle a nadie, pero oye, quién sabe, lo mismo tengo un admirador secreto que no puede vivir sin mis escritos y ahora mismo está en la terraza a punto de saltar de un quinto porque hace dos semanas que no escribo nada.

[Modo realidad on]

Estos días estoy estudiando para oposiciones, lo que a cualquiera podría parecerle la peor penitencia del mundo pero que yo agradezco inmensamente. Viene bien repasar cosas que toda profesora debería saber. De hecho, debería ser obligatorio hacer un curso de reciclaje en métodos de enseñanza cada cierto tiempo, a ver si así lidiamos con las dinosaurias que todavía pueden encontrarse en las aulas. Fijaos si me gusta lo que estoy estudiando, que no hago más que darle vueltas al asunto de la educación y he creado mi propia reforma. Es una utopía, el sueño de una profesora a la que le encanta su trabajo; al gobierno no le gustaría porque supondría mucho dinero; a los sindicatos no les gustaría porque exigiría mucho de los profesores; a los profesores no les gustaría por lo mismo que a los sindicatos; y a las familias no les gustaría porque daría mucho poder a los profesores y exigiría mucho de las familias. Pero estoy segura de que los alumnos y alumnas estarían encantados y encantadas. Iban a aprender la hostia. Yo, aunque nadie me lo exija, ya me he puesto a trabajar como si mi reforma fuera ley. Algún día quizás os la cuente. Si me animo a ponerla por escrito.

Sigo con el régimen. He perdido casi cuatro kilos. Teniendo en cuenta que empecé con la historia hace casi dos meses, es una mierda de pérdida, pero algo es algo. Como mejor, hago más deporte, me siento mejor. Aunque me temo que ese "me siento mejor" se debe a muchas, muchas cosas que están pasando y que son demasiado personales para escribir aquí. Qué le vamos a hacer, amor secreto que te balanceas en la barandilla de un quinto, no todo puede contarse a los cuatro vientos.

Y la vida sigue, y la semana que viene anuncian nieve...

8 de marzo

Otro año más, otro ocho de marzo más, otro día de la mujer trabajadora más. Recuerdo comentarios, repetidos a lo largo de mi vida, sobre cómo era que las mujeres trabajadoras tenían un día y los hombres no. Hombre, también lo tienen las enfermedades contagiosas, el cáncer de mama y la paz en el mundo. La gente se acuerda de ellos ese día y luego se olvidan el resto del año. Poco menos pasa con la mujer trabajadora.

Leía en un blog, hace no mucho (perdón por no poner el link, pero es que no me acuerdo ni cuál era), que antes las mujeres tenían que ser buenas madres, buenas esposas, buenas hijas, pacientes, inteligentes para entender al marido pero no tanto como para sobrepasarlo, guapas, elegantes y modosas. Ahora, además de todo eso, también tienen que destacar en el trabajo. Ese es exactamente el problema. No quiero que se vea esto como un ataque a los hombres en particular, sino a la sociedad en general, pero es cierto que los hombres no terminan de ocupar el lugar que las mujeres han dejado vacante cuando se han integrado en el mundo laboral. El hogar, los hijos, mantener una familia, es invisible, no luce, no se puede fardar delante de los amigos diciendo "jo, qué bien me ha salido la comida de hoy, han rebañado el plato hasta sacarle brillo", o "vaya bien que se ha portado la chavala en la tienda cuando la he llevado a comprar las zapatillas". Los hombres se aburren de las conversaciones sobre niños, colegio, ropita y dentista. Yo me aburro con esas conversaciones, para qué nos vamos a engañar. Pero es un mundo que existe, y alguien tiene que hacerse cargo de él, porque es fundamental para el crecimiento de la sociedad. Ya estamos viendo el resultado de la integración de la mujer al trabajo: niños de cinco años que pasan más de ocho horas en el colegio porque no hay nadie que les cuide en casa, monstruos integrales porque nadie se hace responsable de sus actos, alcohol, drogas (bueno, esto siempre ha existido, pero ¿no os parece que ahora empiezan antes?). Yo siempre he dicho que la razón de todo esto es la incorporación de la mujer al mundo laboral. La mujer ha ido más rápido que la sociedad. Y digo sociedad, porque hay muchas mujeres que reclaman que el terreno del hogar es suyo, porque estamos acostumbradas a hacer tanto que, total, una cosa más no importa. Pero no damos más de sí. Los hombres tienen que ocupar los huecos que las mujeres vamos dejando. Es fundamental. Entre dos sí se puede, uno solo es imposible.

Así que, feliz día de la mujer trabajadora, a ellos y a ellas. Vivimos en un mundo mejor que hace cincuenta años, pero todavía queda mucho, mucho por hacer. El cambio está en nuestras manos. Lancémonos al futuro.

Eva y Ainhoa

Ainhoa salió de casa a las ocho y cuarto de la mañana. A las ocho y veinticinco, tarde como siempre, lo hizo Eva. A las ocho y media se cruzaron camino de sus trabajos, Ainhoa a ritmo de paseo y Eva acelerada. Ninguna de las dos se fijó en la otra. No había motivo, no se conocían.
Ainhoa trabajaba en un colegio al sur de la ciudad; Eva, en uno del oeste. Ainhoa enseñaba gimnasia en el segundo ciclo y daba clases de apoyo de matemáticas en tercero de primaria. Eva era tutora de sexto y odiaba a sus alumnos. Ninguna de las dos fumaba, ambas preferían la cerveza al vino, Eva tomaba el café solo y sin azúcar y Ainhoa con leche de soja. Ainhoa tenía una relación formal con un hombre dos años mayor; Eva acababa de romper con su novia de diez años. Una era optimista, la otra no; una era feliz, la otra a veces; las dos se conformaban con lo que tenían porque qué otra cosa podían hacer.
Eva salió de trabajar cinco minutos antes aquel día. Su clase tenía gimnasia y prefirió escaparse antes de que sonara el timbre y la marabunta de niños amenazara con hacerla caer por las escaleras. Fue al supermercado a coger algo para cenar. Recordó que no debía comprar mucha comida porque ya no cocinaba para dos, y aceleró el paso para no pensar en ello. Todo en el supermercado estaba envasado por docenas. Se volvió loca buscando una bandeja de pescado que no alimentara a una familia de nueve miembros. Cuando fue a pagar, sólo encontró a dos personas en la fila, pero el primero protestaba por algo con la cajera y no daba la impresión de ir a terminar pronto. Genial. Justo su suerte. Por una puta bandeja de pescado iba a llegar tarde al gimnasio.
Ainhoa, delante de Eva en la fila, observaba al hombre con recelo. Su agresividad no parecía tener nada que ver con la devolución que pretendía hacer. Tenía los ojos tan abiertos que parecía que iban a salírsele de las órbitas. Las pupilas estaban más dilatadas de lo que deberían.
-Estaba así cuando lo compré ayer –decía, airado-. ¡Mire! La caja está abierta, las galletas están resecas.
-Pues tendría que habérmelo traído ayer, y con el ticket. ¿Cómo sé yo que no ha abierto usted la caja? Aquí faltan galletas.
-¡Deme mi puto dinero de una vez, joder! ¿Sabe cuánto cuestan esas galletas? Cinco euros el paquete. ¡Cinco euros por galletas rancias!
-Le digo que sin ticket no puedo hacer nada. Y no estoy muy segura de que pudiera con ticket tampoco.
Todo pasó tan rápido que nadie tuvo tiempo de reaccionar. El hombre se abalanzó sobre la cajera y la sujetó por el cuello con una mano mientras en la otra aparecía, quién sabe de dónde, una enorme navaja. La cajera dio un grito al ver el arma, y Ainhoa un paso atrás. Eva dejó escapar el aire en un gemido ahogado cuando vio la navaja y sintió el pisotón.
-Dame los putos cinco euros ahora mismo –dijo el hombre, su cara pegada a la de la cajera, la navaja a meros milímetros de su mejilla. La mujer empezó a tocar las teclas de la caja registradora sin mirar, incapaz de abrirla. Ainhoa y Eva recularon aún más. Ninguna de las dos echó a correr. Ninguna de las dos dejó su compra en el suelo y salió volando del lugar.
La cajera consiguió abrir la caja. El hombre echó mano del dinero –Ainhoa observó que cogía mucho más de cinco euros- y salió corriendo, navaja en mano. La cajera se echó a llorar. El guarda de seguridad, que no se había enterado de nada, reaccionó solo cuando vio correr al hombre y salió tras él. El resto de las cajeras no había visto nada. Ainhoa dejó su cesta en la cinta móvil y echó a andar hacia la puerta, sin mirar a su alrededor, las piernas temblorosas. Sólo quería llegar a casa y abrazar a Iker, tan fuerte que doliera. Eva se quedó ahí quieta, los dos filetes de lubina en las manos, tratando de recuperar la respiración. Sólo quería pagar su cena, ir al gimnasio y correr cinco kilómetros en la cinta para olvidarse de todo aquello. Quería tener agujetas. Muchas. Que doliera.
Al día siguiente, Ainhoa salió a las ocho y cuarto de casa. A las ocho y veinticinco se cruzó con Eva, que volaba porque llegaba tarde a la reunión del claustro. Ainhoa llegó cinco minutos pronto, Eva diez tarde.
Ninguna de las dos se acercó por el supermercado.

Saliendo del armario.

Sí. Lo reconozco. Lo admito. Salgo del armario al fin. Ya es hora.

Soy feminista. (¡Hala lo que ha dichooooo!) Que no es lo mismo que decir soy lesbiana, o que odio a los hombres, o que me gustaría tener pene, o que de pequeña tuve algún tipo de trauma y me siento insegura en un mundo dominado por lo masculino. Parece broma, pero me atrevería a decir que más de la mitad de la gente asocia la palabra feminismo con alguna de esas características. Qué coño, si hasta a mí misma me da algo de reparo decir que soy feminista, como si fuera un taco, como si fuera algo malo, como si fuera el equivalente a... No sé, no se me ocurre nada, a algo que hubiera que ocultar.

Soy feminista. No soy lesbiana, a mí me ponen los tíos, aunque no los de pelo en pecho y los que van de machos (tampoco los que pasan demasiado tiempo delante del espejo, dejémoslo en un término medio). No odio a los hombres. No tengo nada en contra de hombres individuales; tengo que rebañarme mucho los sesos buscando a uno que me ofendiera por algún acto o comentario, y lo cierto es que nada es reciente. Nunca he querido ser hombre. Siempre he querido tener la posibilidad de hacer lo que hacían los hombres, pero nunca he tenido envidia de pene. Simplemente soy un ser humano, del género femenino, que quiere poder hacer lo que le salga de las narices sin que su sexo biológico la limite.

Tengo que reconocer que la primera en ponerme límites he sido yo. Durante años he entendido el feminismo como una lucha por dejar lo femenino, por evitar que se nos juzgara como el sexo débil, y me he peleado con todo el mundo tratando de demostrar que no hay diferencias entre hombres y mujeres. Me negaba a vestir de rosa, a ser ñoña, a llorar con Nottinghill o a jugar con muñecas. Mi juguete favorito fue un mecano. Odiaba los vestidos y las faldas. Eso de ponerse mona no iba conmigo. Yo era bruta, un chicote, pero curiosamente, a su vez, tenía muchos problemas para relacionarme con los chicos. Supongo que dentro de mí todavía me veía distinta.

Porque lo era, obviamente, por razones de educación y sociales más que por características genéticas. Ahora entiendo el feminismo de otra manera. No busco la igualdad, sino el respeto y la apreciación. Paridad es la palabra que me viene a la mente. No somos iguales, pero ¿por qué tenemos que menospreciar los valores que clásicamente se han denominado femeninos y adquirir los masculinos? Me parece tan mal una mujer a la que se le priva de ser ingeniera por ser mujer como aquella a la que se le priva de ser ama de casa por no encasquetarse en su rol. Igual que me parece horrendo que un hombre que cuida de sus hijos sienta vergüenza porque su mujer lleva el sueldo a casa. Es terrible que el género nos condicione, tanto a unos como a otros. Si en vez de hombres y mujeres habláramos de blancos y negros, ¿no estaríamos hablando de racismo? Sin embargo, como se ha hecho toda la vida, lo vemos normal, es lo que se ha hecho siempre, la mujer tiene que cuidar de los niños y el hombre ganarse las habichuelas, los niños de azul y las niñas de rosa. Es ridículo. Está mal. Debemos cambiarlo.

Soy feminista. Estoy en contra de la violencia de género, de las violaciones, de la ablación genital, de la pornografía que objetiviza a las mujeres, de los anuncios machistas donde las niñas se ven limitadas a cambiar pañales, de la separación por sexos en los colegios concertados, del machismo en la iglesia (ay, la iglesia), de los despidos a mujeres embarazadas, y de tantas y tantas cosas que necesitaría un libro para escribirlo todo. Soy feminista. He salido del armario. Y me voy a quedar fuera y a gritarlo a los cuatro vientos.

Martes

Martes, sí, y no trece, sino quince. La fecha da igual, lo que importa es cómo estás. Yo estoy bien, creo, más o menos, lo normal, no voy a andar fardando ahora. He terminado los exámenes, de mala manera pero ya están hechos, y ahora la programación de oposiciones, que es lo que toca. Es martes, por si no os habíais dado cuenta. Martes. Que no es lunes, pero como si lo fuera. Cuando el despertador suena media hora antes de lo que debería y tú has dormido mal porque tienes catarro y no puedes respirar, un martes es casi tan malo como un lunes. O peor. No sé. Desde luego, no tan bueno como un viernes. Dios, lo que falta todavía para el viernes. Así me paso la vida, desechando cinco séptimos de mi semana porque sólo me interesan el sábado y el domingo; bueno, y el viernes a partir de las cinco de la tarde, que el zurito y el pinchito saben a gloria, y más ahora que no hay humo en los bares. Es martes, y llevo tres horas pegada al ordenador intentando poner por escrito lo que quiero que hagan mis niños de seis años en un mundo ficticio, porque jamás programaría quince unidades en un año. Es martes. ¿Martes ya, eh? Jo, cómo vuela el tiempo. Y cada día más viejos, oiga.

Lo que pasa cuando llevas mucho sin escribir.

Viernes tarde. No voy a estudiar. No voy a hacer recados, porque estoy agotada. Mañana madrugo, por cosa buena, pero madrugo. Me siento delante del ordenador y, por primera vez en tropecientos meses, abro el Word con intención de escribir algo que no tenga que ver con mis estudios o con mi trabajo. Desvarío. Me dejo llevar. Me acuerdo de todo lo que dicen de la escritura automática y miro la pantalla esperando ver alguna joya. Miro. Fijamente. La. Pantalla. Pero nada. Lo más espectacular que se me ocurre es que no parece que haya perdido pulsaciones y todavía escribo a toda hostia. En un pis pas tengo una hoja completa. A espacio sencillo, oiga. Y entonces llega.

Una línea. Un verso.

Y va saliendo. El segundo verso. Una historia. En forma de poema. Y lo escribo, y lo leo, y sonrío, porque es gracioso y porque yo no soy poeta. Pero me ha gustado la experiencia. Lo pongo aquí sin revisar, porque es tan malo que no aguantaría un repaso.

Érase que se era una niña bucanera,
que navegaba por los mares y tenía novios a pares.
Un día su madre la vio y en su cuarto la encerró;
le colocó un vestidito y la pintó un poquito.
Pero ella, guapa y habilidosa, se escurrió como una babosa
y en un periquete se había metido en un brete.
Un chico algo ladino la engañó con mucho tino
y prometiéndole fortuna la enchufó en una tuna.
Pero, ¡ay pesar de los pesares, que ya no verá más los mares!
De pequeña bucanera pasó la niña a tunera.
Harta ya de clavelitos, marchó a cometer delitos
en el mar Mediterráneo, con un loro siempre a su lado.
Lo último que sabemos es que la niña no fue a menos
y ahora, mujer hermosa, manda más que cualquier diosa.
Tiene la historia moraleja, así que ponga usted bien la oreja:
si la niña no es una sosa, no la ponga usted de rosa.


Por cierto, que mi procesador de textos no acepta la palabra bucanera (y el blog tampoco). Dice que sólo existe bucanero. Que se lo digan a Keira Knightly y a la Pé. Vamos, hombre.

De gorduras y grasas varias


Lo reconozco. Siempre he soñado con ser una talla 38 o menos. He soñado con tener un cuerpo escultural, sin una gota de grasa, con los abdominales bien marcados y el culito en pompa. Así que he dedicado gran parte de mi vida a escuchar lo que dicen las estrellas de Hollywood y las de Antequera, para imitarlas en todo. Ellas coinciden en sus dietas:

-Dieta, ¿yo? No, no, yo como de todo. Lo que pasa es que tengo un metabolismo rápido.

-El truco está en dormir mucho y hacer meditación tres veces a la semana.

-Me pongo hasta las cartolas de chocolate y dulce, ¡me pirran los donuts! (*Dicho, según creo, por la de la foto.)

-Pilates y yoga. Hacen maravillas.

Y yo, oiga usted, seguía sus consejos a pies juntillas: no hacía dieta, dormía mucho, meditaba -sobre todo cuando tenía que estar estudiando-, me "jinchaba" a dulces y... Y ya está, porque el yoga no me gusta y el pilates me hace daño en la espalda. Y total, de apuntarse a una moda es mejor apuntarse a lo divertido.

Esta semana, sospechando que mi dieta no estaba dando todo el buen resultado que yo deseaba, me he pesado (con mucho cuidado: un ojo abierto y el otro cerrado, cara de susto y rodillas flexionadas por si había que salir corriendo) y me he medido (con una cinta métrica de metro y medio; me he medido a lo ancho, pero también me podía haber medido a lo alto). Resulta que este año he engordado cinco kilitos del ala; sumados a los cinco que ya me sobran de serie, hacen un escalofriante recuento de (cinco más cinco y me llevo una y las decenas...) diez kilitos de más. Diez. Kilos. De más.

Hostia.

Luego ha llegado la medición. He leído en algún sitio que si tienes más de 75 centímetros de cintura, corres más riesgo de ataques al corazón, de que te deje el novio (ese no es un problema, pero habrá que ir planeando, no vaya a ser que este sea EL AÑO) y de que no te valgan los pantalones de la talla 38 (ergo, adiós al sueño). Yo, ilusa de mí, pensaba que eso de los setenta y cinco era en plan señora-que-va-todos-los-días-a-la-pastelería-y-se-pone-hasta-el-culo-de-dulces, pero ha resultado que no: mi cintura, esa cintura que yo sueño con ver pero que realmente nunca ha existido, mide -gulp- 90 pedazo de centímetros. Teniendo en cuenta que mi cadera son cien centímetros, significa que, si me pongo de perfil, ocupo tanto como vista de frente.

Escalofriante.

Así que me he empezado a pensar que, una de dos, o las actrices mienten o son extraterrestres. Como cualquiera de las dos teorías me es valida y me ratifica en la misma decisión, he pensado que solo voy a hacer caso a Marta Sánchez (que dice que no puede comer de nada porque enseguida engorda) y a Elizabeth Hurley (que, como caprichito en su dieta de mil calorías diarias, se permite una cucharadita de helado una vez a la semana; yo me como medio litro). Decidido esto, ayer mismo empecé a ir al gimnasio y he vaciado el frigorífico de precocinados y grasas varias. Si la Wii no miente, he perdido casi un kilo desde el sábado; supongo que será psicológico, pero yo ya noto los michelines más sueltos, como con más pellejo, así que ya puedo ir haciendo el pilates ese o una operación de estiramiento de piel. En cualquier caso, la tripita va a desaparecer como que me llamo Ruth (por si acaso, voy buscando nombres que me gusten para cambiármelo si se da el caso).

P.S: Si consigo perder los diez kilos, prometo foto en bañador. Vamos. Me va a ver en pelotas hasta el cura de la parroquia de al lado.

De sueños que prometen ser cochinos y al final no lo son



Hoy he soñado con Mathew Fox. Curioso, porque hace meses y meses que no me acuerdo de él. Y no es que no esté bueno, que lo está, o que no me guste, que me encanta, es que, simplemente, le tenía olvidado. Mi subconsciente me lo ha vuelto a recordar, y de una forma extraña.

Mat y yo (permitidme el diminutivo, es que después de la pechada de "Perdidos" que me pegué este verano es como de la casa) estábamos en la cama, pero ni desnudos ni solos. Era una cama tipo autobús, aquello estaba lleno de gente, y nosotros dos, que no éramos pareja (no me preguntéis cómo lo sé, simplemente lo sé) andábamos por ahí, charlando con los demás. En una de estas, yo me apoyé sobre un codo para hablar con ¿Josh Holloway (Sawyer)?, que estaba allí con su mujer, y Mat asomó por encima de mi hombro y me abrazó por la espalda mientras los cuatro hablábamos del último episodio de Perdidos y Mat y yo admitíamos haber llorado. Luego me llevaba en una moto extraña, en la que había que ir prácticamente tumbado, mientras seguíamos hablando de la serie. Y entonces me he despertado, con la cabeza llena de escenas de Perdidos y una sensación de absoluta paz conmigo misma. Lo más curioso es que todos hablaban castellano, y yo jamás he oído las voces dobladas de Josh y Mathew. Era su voz americana, pero hablando en castellano. Sin acento.

He llegado a varias conclusiones, algunas de ellas contradictorias.

1. Mis sueños eróticos son una mierda. De soñar con Mathew Fox, prefiero que sea algo que no pueda poner en el blog. Y al lado Josh Holloway, y yo hablando con su mujer.
2. Mi cerebro necesita un reajuste. Mi libido otro (léase 1.).
3. Mi subconsciente me está intentando decir algo, y no puede ser que me gusta Jack Shepard porque eso ya lo sabía.
4. Es un sueño premonitorio que me dice que voy a conocer a Mat aunque no va a haber rollito "entre nos".
5. Es un sueño realista que me indica que Josh Holloway está felizmente casado.
6. Mi subconsciente me está diciendo que quiero que Mathew Fox me achuche en una cama repleta de gente, a poder ser de sexo masculino y que estén igual (o mejor) de buenos que él.

Pa' mí que va a ser el seis...

Diario

El año ha empezado raro. Entre temas familiares y agobios personales, el uno de enero empezó como los cohetes que lo anunciaron, ruidoso y con mucha marcha. No tiene por qué ser malo. Pero los cambios siempre te desequilibran.

Ayer una niña de cuatro años me dijo: mi madre sabe más inglés que tú. Me sentó como una patada en el culo y le contesté que no. La niña se quedó planchada. Me tuve que concentrar muy mucho en el hecho de que la renacuaja sólo tiene cuatro años y sabe de inglés lo que yo de francés (Lulú, güi, se muá) y que para ella su madre es el centro del universo. Habrase visto, mi ego...

He leído un libro sobre cómo conseguir un millón de euros (legalmente, no a lo Correa y cía.). Habla de ahorrar un tanto por ciento de tu sueldo todos los meses y ponerlo a un interés del seis por ciento (que digo yo, dónde consigue este un interés asegurado del seis por ciento, porque a mí el banco sólo me da uno y medio). Habla de no gastar en cosas innecesarias y comprar ropa de segunda mano, compartir la conexión wifi con los vecinos y las suscripciones de las revistas con los amigos. Habla, en fin, de vivir para ahorrar y que, cuando ya no necesites el dinero porque te habrás convertido en la versión humana del tío Gilito, tengas un millón de euros en el banco y mueras la persona más rica del cementerio. Me ha chocado sobre todo una frase, en referencia a invertir el dinero: si tengo que elegir entre estar ansioso por mis ahorros y ser pobre, prefiero estar ansioso. Lo que me demuestra que yo no tengo alma de inversora, porque yo prefiero ser pobre.

Los exámenes están a la vuelta de la esquina y yo no he hecho nada en las fiestas de Navidad. Esta primera semana de vuelta al cole me ha dado el canguelo y me he encerrado en casa con los libros. El miércoles batí un récord de estudio entre semana: cuatro horas. Me encanta Shakespeare, pero me temo que voy a tener que tomarme un año sabático y leer sus obras con más tranquilidad, antes de que me dé un derrame cerebral. Hoy descanso; mañana, a estudiar, que, por si fuera poco, también se avecinan las oposiciones. Sarna con gusto no pica, pero jode y mortifica.

Hace sol y una temperatura no heladora. Me temo que lo vamos a pagar caro esta primavera, nevará en mayo. Tengo que ir de rebajas, pero no me apetece. Necesito zapatos para una boda y he fichado unos sin tacón, quince euros, una ganga. Me duele la cabeza de tanto dormir y me niego a tomar un analgésico porque mi cerebro es idiota, como dice el doctor Arturo Goicoechea, y dormir no representa ningún peligro para mis neuronas, si acaso lo contrario. Y la vida sigue, y son dos días, y mañana es domingo...

Adiós, 2010

Me hace gracia de la gente que habla de años "buenos" y años "malos" así, en general, como quien mira el horóscopo y dice "uy, año del tigre, qué chungo, caca para todos". Digo yo que el 2010 habrá sido malo para aquel a quien le hayan pasado malas cosas y bueno para aquel a quien le hayan pasado cosas buenas (mechones de pelo se me han caído tras tamaña conclusión, no os digo más). Pero, ¿y para los que ni fu ni fa? ¿Eso es bueno o es malo? ¿Cómo comparas los años si no hay cambios entre unos y otros?

Supongo que hay que saber conformarse, pero ahí también hay una gama tan alta que es difícil definir el "buen conformar". Aquellos que en el 2009 se embolsaron varios ciento de miles de millones y este año sólo se han embolsado uno o dos cientos, probablemente no estén conformes. Los ciudadanos de Méjico que han conseguido terminar el año vivos, sin embargo, estarán más contentos que unas pascuas. Hoy en día, el que tenga trabajo se puede estar dando con un canto en los dientes, y si encima acompaña la salud, es que ha sido, no ya un buen año, sino un año cojonudo.

Las malas lenguas dicen que en el 2011 no saldremos de la crisis. A mí me parece un caso de "self-fulfilling profecy", que le dicen los ingleses: como dicen que hay crisis, no te contrato por si acaso, y tú, que no tienes trabajo, no puedes comprar mi producto, entonces yo me arruino; ergo, hay crisis. Yo voto porque todos vivamos como si el mundo fuera a acabarse en el 2012, como dicen los mayas (que los mayas son muy listos, hombre) y hagamos de éste el mejor año de nuestra vida. Tengamos o no trabajo, tengamos o no dinero, debamos lo que le debamos al banco, amemos, pasémoslo bien, riamos, cojámonos de la mano y apaguemos la televisión camino a la "rave" de la lonja de abajo. Basta ya de gilipolleces, que la vida son dos días y ya ha pasado uno entero, y nadie nos puede asegurar que haya un mañana, y [añada aquí el cliché carpe diem que mejor se ajuste a su estado de ánimo], hombre ya. Todos a la calle, a mojarse con el agua de lluvia contaminada, a soltar piropos a los tíos buenos que pasan debajo de la obra llena de obreras en bikini en pleno diciembre. Basta ya, digo, BASTA YA de negatividad y malos rollos y aprovechemos que hoy somos más jóvenes de lo que vamos a ser nunca y que mañana... Mañana es nochevieja y es el último día en el que podrá fumarse en los bares. A dios gracias.

Desvarío.

(Y yo solo pasaba por aquí para desearos un muy feliz año nuevo, con el ferviente convencimiento de que el 2011 va a ser bueno para todos y todas.)

Navidad y libros

(Vaya por delante el feliz Navidad, feliz viernes, feliz Hannukah, feliz lo que quiera que celebréis o no celebréis. Que el Olentzero, Papá Noel y toda esa tribu se porte bien esta noche.)

He aquí la lista de mis libros leídos este año. No son tantos como me gustaría, porque no leo muy rápido y he tenido periodos en los que me era imposible coger un libro (como ahora), pero son unos cuantos. A ver si alguna/o coincide conmigo y me da su opinión.

  1. El mapa del tiempo, Félix J. Palma: Para gustos los colores. A mí no me gustó, pero sé de gente a quien le encantó. Para mí, uno de los peores libros que he leído nunca.
  2. Pero sigo siendo el rey, Carlos Sálem: Entretenido, divertido y ameno. Siempre es gracioso ver al rey de personaje. Sin más, para pasar el rato.
  3. Camino de ida, Carlos Salem: Como el anterior. Sin pretensiones.
  4. Great expectations, Charles Dickens: Fuera espinita clavada, ya he leído a Dickens. Muy denso, para días en los que tienes la cabeza en el libro, no en las lentejas.
  5. Mrs Dalloway, Virginia Woolf: Maravilloso, fantástico, estupendo... Todo aprecio es poco. Leído por obligación y disfrutado porque me dio la gana. Tengo que volver a hincarle el diente a esta joya.
  6. A Room of One's Own, Virginia Woolf: Me lo he leído tres veces, y no importa cuántas veces lo haga, siempre encuentro algo nuevo. Todo lo bueno que se pueda decir de esta autora y su obra es poco.
  7. A Portrait of the Artist as a Young Man, James Joyce: No me gusta James Joyce. Con eso lo digo todo.
  8. Por los pelos, Marian Keyes: Literatura de entretenimiento, encefalograma plano, carbohidratos. Lo necesito de vez en cuando. Suficientemente entretenido como para acabarlo, sin más.
  9. Animal Farm, George Orwell: Maravillosa. Debería ser lectura obligatoria en el último curso de bachillerato.
  10. El asombroso viaje de Pomponio Flato, Eduardo Mendoza: Sé que me gustó, pero ahora mismo no recuerdo ni de qué iba. De esos libros amenos que no dejan huella.
  11. This Body of Death, Elizabeth George: Mi querida George va perdiendo facultades. No es su mejor libro, aunque recupera a Barbara Havers. Aún así, mereció la pena leerlo.
  12. On the Road, Jack Kerouac: Me resultó pesado. Me da a mí que la beat generation no es para mí.
  13. Moab is my Washpot, Stephen Fry: Me reí mucho con este primer volumen de su autobiografía. Habrá que pedir el segundo tomo para reyes.
  14. El diablo viste de Prada, Lauren Weisberger: Malo hasta dentro de su género. Pero me lo acabé porque no podía ser más fuerte que yo.
  15. Asesinos sin rostro, Henning Mankell: No me gusta Henning Mankell.
  16. Mi vida como hombre, Philip Roth: No entrará dentro de mis favoritos. Ni siquiera recuerdo de qué iba.
  17. Cemetery Dance, L. Child & D. Preston: Pasar un poco de miedito nunca viene mal.
  18. Fever Dream, L. Child & D. Preston: Porque no podía dejar de leerlo tras acabar el anterior.
  19. El Club de los Viernes, Kate Jackobs: A veces viene bien leer algo ñoño que ataque tu lágrima fácil. No pienso ver la película.
  20. The New York Trilogy, Paul Auster: Me he empachado de este hombre. No me gustó. Creo que se lo ha creído demasiado.
  21. Más allá, a la derecha, Fred Vargas: Grande la Vargas. Personajes inolvidables y sensaciones encontradas. El descubrimiento del año.
  22. Revancha, Willy Uribe: Extraño. No puedo decir que me gustara.
  23. El humo en la botella, Juan Ramón Biedma: Más extraño aún que el anterior. Pero este me gustó un poco más.
  24. Drácula, Bram Stoker: Por fin un libro de vampiros como dios manda. Meyer, lee un poco antes de ponerte a escribir.
  25. White Teeth, Zadie Smith: El mejor libro de este año. Si tuviera que quedarme sólo con uno, me quedaría con ella. Veintitrés añitos tenía la niña cuando escribió esta joya. Es de mi edad. La envidio un poco, la verdad.
  26. The Remains of the Day, Kazuo Ishiguro: Maravillosa. Segundo mejor libro de mi lista de este año. De obligada lectura.
  27. Possession, A.S. Byatt: Me costó un mes terminar este libro, y sólo lo hice porque era lectura de la carrera. El final merece la pena, pero llegar hasta él no tanto. Un poco coñazo, la verdad.
  28. Hamlet, Shakespeare: Lo que entendí, me gustó. Es curioso ver cuánto ha tomado prestado la gente de esta obra.
  29. Macbeth, Shakespeare: Leer entrada anterior.

Este ha sido mi año. Ahora descansan sobre mi mesilla de noche dos libros de poesía y uno de Simone de Beavuoir que me está costando la vida terminar. En la sala descansan veinticinco libros que esperan ser leídos, más los que -seguro- caerán estas navidades en forma de regalos (aunque he pedido explícitamente que no me regalen libros; estoy empachada). Al año que viene le pido buena lectura, salud y... Qué leches, que me quede como estoy, que este año no ha sido tan malo. A ver si la nieve el día de Nochebuena es un símbolo de buena suerte (si es así, va a ser el mejor año de mi vida, porque qué manera de nevar, madre).

¿Algún libro que compartir?

¿Fin?

Estoy pensando en cerrar el blog. Ya no escribo, que fue la chispa que me incitó a abrirlo, ya no estoy en ese mundillo que compartía con tantos y tantas que os pasáis por aquí. No tengo tiempo (miento, no hago tiempo) para colgar entradas que me puedan parecer interesantes, algo que pueda compartir con vosotros. No sé si es la rutina o que mi infame frase de "trabajo mejor bajo presión" me ha llevado a estar a punto de estallar (en lo que a tiempo se refiere, nada más). No lo sé. Antes era una vía de escape, ahora he encontrado otras. Puede que sea el frío. Puede que sea yo. Pero lo que sí sé es que no me gusta ver este blog tan parado como lo ha estado estas últimas semanas.

Seguiré aquí de momento, aunque no sé por cuánto tiempo. Espero volver a la sana costumbre de sentarme a escribir, aunque solo sea media hora al día, para poder contaros lo que se me pasa por la cabeza. Quizás esta sea la entrada que me lance a escribir todos los días. Quién sabe.

No me esperéis.

Viernes con sabor a sábado.

Hoy mi ikastola celebra el día del maestro (que debería llamarse "de la maestra", dado que el noventa por ciento somos mujeres) y yo tengo fiesta. Había planeado mil cosas para hacer en uno de esos días en los que para mí es festivo y para los demás no, pero al final me ha vencido el sueño y todos mis planes se van al garete. Soy persona de mañana (traducción literal de "a morning person", ya me vale), las tardes me gustan para sentarme a leer y ver no-nevar por la ventana. Los recados, antes de comer. La tarde, descanso del descanso.

Sueño con el día en que todos mis días tengan sabor a sábado. El día que me toque la lotería, por ejemplo -pero un euromillones, porque con la de Navidad no vamos lejos-, o el día que me jubile, aunque queda lejos. Por un lado estoy deseando no volver a tener que madrugar; por otro, el trabajo nos hace ¿libres?, ¿humanos?, ¿útiles?, y ¿dignifica?, no me imagino de vacaciones eternas. Buscaría quehaceres. Me dedicaría a estudiar, o al voluntariado, y entonces volvería a madrugar y a protestar porque no me gusta madrugar. Pero me gusta hacer cosas. No soy patata de sofá (otro anglicismo, permitídmelo, por favor), no soy persona que se contente con estar sentada todo el día. Quiero aprovechar mi tiempo y trabajo mejor bajo presión. Aunque es cierto que ando escasa de tiempo y me gustaría que el día tuviera veinticuatro horas a partir de que me despierto, no contando las de sueño.

Estoy más tranquila últimamente. Me he convencido de que todavía soy joven, que tengo mucha vida por delante y que no hay nada, NADA, que me impida llevar a cabo mis sueños, excepto yo misma, claro. Me resigno a mis bajones -porque soy persona de bajones, aunque de naturaleza optimista-, pero voy buscando armas para luchar contra ellos. Ahora solo queda encontrar esos sueños. Saber hacia dónde me dirijo y qué es lo que quiero. Y hacer lo posible por llegar.

Viernes con sabor a sábado. Fin de semana largo. Harry Potter en cines. Y función de teatro. Todo está a mi favor. Ahora solo falta saber aprovecharlo.

Risa

La risa adelgaza. ¿La risa adelgaza? No me refiero a esa medio sonrisa y ese sonido indefinido que nos sale de vez en cuando, sino a esas carcajadas que te doblan por la mitad, te hacen llorar y te dejan el cuerpo dolorido un par de días. Ese dolor son agujetas, ¿no? Por tanto la risa es el equivalente natural de hacer abdominales. No sé cuántas calorías se gastan por cada treinta segundos de risa, pero desde luego te dejan más cansada que media hora corriendo. Quizás no tanto como cuarenta abdominales, pero no sé, por ahí andará.

A ver si alguien lo descubre de una maldita vez y consigue un método para perder peso basado en la carcajada. Estaría todo el mundo más delgado que un pirulí.

13 de noviembre

Hoy cumplo treinta y cinco años. Mi plan para hoy era levantarme pronto -las nueve, o así- para alargar MI día. Pero han llegado las nueve, y las diez, y las diez y media, y a mí no me ha dado la gana de levantarme. Por fin, a las once y después de muchas horas de sueño, he sacado los pies de la cama. El día ahí fuera es precioso, ni una nube. Dicen que hoy vamos a tener hasta veinte grados, pero no quiero ilusionarme. Llevaré el abrigo de invierno, ya me lo quitaré si calienta.

El plan del día empezaba con limpiar la casa, pero como me he levantado tarde me ha dado pereza y he pensado que mejor mañana. La casa es un desastre, no podré invitar a nadie a pastas hoy. Luego pasaré por Goya y cogeré una tarta pequeña para mí y para mi madre, porque mi hermano no está. Mi madre es diabética, así que la tarta tendrá que ser muy pequeña si no quiero ponerme del tamaño de un cachalote. Pero antes debería ponerme a escribir.

Y ahí está el problema.

No sé si es porque estoy en un momento extraño en mi vida (me están pesando mucho los treinta y cinco, y eso que no llevo ni una hora despierta con ellos), porque ya había perdido la costumbre de escribir o porque la presión de escribir porque sí ya no me gusta y prefiero tomarme mi tiempo para hacerlo "bien". No sé qué es, pero sé que le estoy cogiendo manía a mi historia, y no es mala -no necesariamente-, pero yo sí. Ya lo he dicho. No valgo para escribir esta historia. No valgo, porque a todos los personajes les pasan cosas, y a mí no me pasa nada. Me lo puedo inventar, sí, pero nunca sabré cómo se siente una mujer maltratada (que encima no sabe que lo es), o una divorciada que ha perdido un hijo y ahora se enfrenta a un cáncer de útero, o un homosexual que no ha salido del armario ni para sí mismo. No digamos ya lo de mostrar cómo se relacionan entre ellos, o explicar de mala manera por qué cada uno es como es. He apuntado demasiado alto y demasiado amplio. Debería centrarme en uno solo de esos personajes. Pero no, porque lo que quiero mostrar es una familia aparentemente perfecta donde todos están completamente destrozados por dentro. Y todo por culpa del padre. Sociedad patriarcal llevada al extremo.

He desvelado demasiado, pero me da igual. Total, guardar el secreto de la obra nunca me ha servido para terminarla. Esta irá al cajón virtual de lo no acabado con su diez mil escasas palabras. Y qué. El mundo no necesita otra novela, necesita paz mundial. Y la autodeterminación del Sahara, pero otra novela no.

Treinta y cinco. Qué mal me han caído, por dios.

Diario

Es domingo. Me encantan los domingos. Me encierro en mi casa y solo hago lo que yo quiero. No salgo, no veo a nadie, no me mandan horarios externos, solo los míos. Yo, mi, me, conmigo. Ojalá todos los días fueran domingo.

El viernes tuve un enfrentamiento con un niño de siete años. Me alegro mucho de que no dejen pegar a los maestros, porque si se me llega a escapar la mano, él está en el hospital y yo en la cárcel. Tuve que repetir varias veces "aquí mando yo". Su respuesta: tú a mí no me mandas. Y sé que tiene razón.

Ayer fui a ver una serie de performances de teatro experimental. No entendí absolutamente nada, pero me encantaron. Creo que, cuando se trata de teatro experimental, no es cuestión de entender, sino de sentir. Sentí arcadas -todavía hoy, cuando recuerdo cierta escena-, sentí miedo, sentí tensión. También indiferencia, pero alguien que iba conmigo se entusiasmó, así que no era necesariamente malo. Eso es el arte, supongo, que cada uno lo entienda de manera diferente.

Queda una semana para mi cumpleaños. Cumplo treinta y cinco. Estoy pasando una crisis, pero no sé si es la de los treinta tardía o los cuarenta temprana. Espero que esto signifique que me salto una crisis, porque si dentro de cinco años tengo que pasar por otra voy a hacer rica a mi psicóloga. Qué cosas, oye. Crisis. La palabra maldita.

Cambian las reglas ortográficas, pero yo a la "y" la voy a seguir llamando y griega, porque me gusta. Ye. Soy la chica y y. Je, je. En fin. Es domingo. He dormido demasiado. Ya no se tilda la o. Jon, ¿me oyes? Ya no se tilda la o. Nunca. Jamás.

Sigo escribiendo, y, aunque es malo, sé que tiene arreglo. Estoy creando tanto personaje despreciable que empiezo a pensar que hay algo de ellos dentro de mí, no es normal que salga tanta mierda de un sitio limpio. Uno de ellos tenía que dar pena; en lugar de eso, da asco. No sé si están tomando vida propia o es que no sé controlarlos. Un poco de todo, supongo.

Domingo. Hace frío en casa. La calefacción a tope y el gato en el radiador...

Cuenta atrás



El NaNoWriMo empieza mañana, pero seamos sinceras, yo ya he empezado. Lo de menos este año es conseguir las cincuenta mil palabras; lo de más, volver a la rutina de escribir en cada momento libre y tener una historia y unos personajes rondándome por la cabeza. No sé si será bueno, no sé si será "leíble". Será mío, como todo lo que escribo, y espero que algún día la constancia dé sus frutos y lo que escriba sea también de los demás.

De momento, llevo mil y pico palabras, cinco personajes bien definidos y un montón de perrerías que han de ocurrir. Qué malo es el mundo para algunas personas, madre.

Diario

Vitoria ha sido elegida como Capital Verde Europea de 2012. No sé lo que eso significa, porque Vitoria siempre ha sido capital, siempre ha sido verde y siempre ha sido europea, pero está bien que nos lo reconozcan, aunque no sea hasta el 2012. Los de la ETB parecen no haberse enterado, o les parece menos importante que el adoquín suelto junto al Gugenheim (es un decir; quien dice adoquín dice grava).

Un alcalde elegido democráticamente por hombres y mujeres, que encima es ginecólogo, se burla de manera soez de una mujer que ostenta un cargo de poder por encima del suyo y se va de rositas. Porque sí, le están poniendo a parir en todos los medios, pero sigue siendo alcalde y sigue siendo ginecólogo. Cosa que no me sorprende, no ahora, no en este país. Es un país machista, y me da igual que haya el mismo número de ministras que de ministros. Sigue siendo un país de pandereta.

El jueves me dijeron que era "digna". El contexto era muy específico y me sonó a piropo. Cuanto más pienso en esa palabra, más me la cuestiono. Me recuerda a "Lo que queda del día" y el concepto de dignidad que tiene el mayordomo protagonista. Es curioso, cómo todo en la vida está relacionado.

Hoy es sábado y esta es mi hora de escritura. Se supone que debería estar tecleando ideas para la historia que quiero escribir. Me he apuntado al NaNo, pero no tengo muy claro que lo vaya a seguir. Me limitaré a escribir a mi ritmo y leer los "pep-talks" que mandan una vez a la semana. Mi mente trabaja -poco, pero trabaja- aunque no escriba, y van surgiendo ideas. Tengo el principio y el final, y creo que tengo un posible momento climático que desencadena el final. Todo lo demás está por decidir. Debería ponerme en serio. Debería.

El gato, en mi regazo, me observa escribir. Creo que el movimiento de mis dedos sobre el teclado le acuna.

La SuperProfa




Voy a inventar un cacharro como lleva el VanDisel este para mi profesión. Me va a convertir en una SuperProfa, y, lo que más mola, en multimillonaria de la noche a la mañana, porque todas las profas van a querer ser SuperProfas. Sobre todo las de infantil.

Mi invento (el SuperProfa Maker, de momento -SPM para abreviar, no confundir con Su Puta Madre, o Síndrome Pre-Menstrual, aunque bien pensado también mola-) constaría, primero, de un cinturón similar al de la foto. Pero no llevaría biberones ni ositos de peluche, sino diferentes utensilios que esta semana he echado en falta cuando daba clase a los de cuatro y cinco años. A saber:

  • Pañuelos de papel en cantidades industriales, o, en su defecto, rollos de papel de los de Scotex, por eso de que son más suaves para sus naricillas.
  • Toallitas húmedas marca Eroski, que no estamos para derroches, para limpiar esos mocos que, a pesar de los pañuelos antes mencionados, tienen tendencia a quitarse con el dorso de la mano.
  • Jabón desinfectante del que no necesita agua. No, no es para ellos, esto es para mí. Para todos aquellos que te cogen de la mano después de haberse quitado los mocos de la manera arriba mencionada.
  • Caramelitos contra la tos. O, en su defecto, una mascarilla (de nuevo, para mí).
  • Silbato llama-bedeles, para esos momentos en los que un niño te pota en clase y tu estómago amenaza con seguir el ejemplo si no lo limpian pronto.
Mola, ¿eh? Pero muchas estaréis diciendo, "vaya kit de los cojones, si eso es lo que llevo yo en el bolso desde que nació mi primer hijo, con eso no te forras ni ná". Claro. Pero es que en esto he pensado hoy cuando me he dado cuenta de que entre toses y estornudos, me han dejado ronca y con un catarro del quince. Mi SPM empieza ahora:
  • Marioneta de fácil manejo con una sola mano que se pueda ajustar al cuerpo sin asfixiarte, y que hable inglés con el mismo acento que Hugh Grant.
  • Dosel para apoyar el libro grande de Petete que siempre llevo conmigo y que es muy difícil manejar cuando con la otra mano estás manejando la marioneta antes mencionada. Anótese que la SuperProfa es itinerante, vamos, que no tiene clase propia y se lleva los cacharros de punta a punta de la ikastola (que, para más inri, consta de dos edificios separados por toda una manzana de casas y dos cruces que te cagas).
  • Mano extra y extralarga para, según sujeta la marioneta y cuenta el cuento apuntando a cada personaje en el libro, poder poner el CD con la canción que viene a la mitad del cuento, teniendo en cuenta que el reproductor está en la otra punta de la clase porque al lado de la SuperProfa no hay enchufe.
  • Dos pares de ojos de más -no, gafas no valen, ya lo he probado- para vigilar que todos los niños y niñas hagan la ficha, en lugar de dedicarse a pintarse la cara con las pinturas de dedo.
  • Poderes mentales para detectar en qué momento determinado niño va a decidir que pinchar el dedo del compañero es mucho más divertido que terminar de cortar el círculo con el punzón.
Todo esto y mucho más iría en el SPM, pero, como comprenderéis, no lo voy a explicar todo porque algo tengo que guardarme para mí y que no me robéis el copyright. Cuando tenga el prototipo, me pondré en contacto con todas las profesoras de preescolar que visiten esta página interesadas en probarlo, a ver si he acertado con todas las necesidades que le puedan surgir a la profa moderna. Hasta entonces, seguiré trabajando en el proyecto.

Con mucho cariño, se despide de ustedes

La SuperProfa Maker Maker.