Los niños ya se han ido de veraneo (o, como mucho, a las colonias de día que se organizan en los centros), pero las profesoras seguimos al pie del cañón hasta el viernes, día en el que se repartirán abrazos, adioses y hasta la vistas, y algún otro "anda y larga pa'llá que no quiero volver a verte el pelo mientras viva". Este curso de cambios me ha traído cosas buenas y malas, pero yo, que soy optimista por naturaleza, he decidido que solo me voy a quedar con las buenas (sin olvidar las malas, porque eso sería estupidez). Durante estos nueve meses he aprendido o certificado que:
Lo peor de mi trabajo son los padres (algunos, dejémoslo ahí), y lo mejor, con mucho, los niños y niñas. Por suerte, el noventa por ciento de mi tiempo lo paso con los y las peques, si no me volvería loca.
Se puede coger manía a un niño o niña, igual que se les puede tener pelota a otros y otras. Es ley de vida, no se puede evitar. Lo importante es darse cuenta y saber compensar, y que los dos se vayan, cuando menos, con la misma nota y el mismo trato (a ser posible, que a veces no lo es).
Hay gente que debería trabajar un par de meses en la mina para darse cuenta de la suerte que tiene al ser profesor de primaria. Hay gente que debería quedarse muda una temporada y dejar de dar la murga. Hay gente que debería dedicarse a otra cosa en lugar de ser maestra.
Ninguna maestra es perfecta, pero las hay buenas y malas. La única diferencia es que las buenas saben que no son perfectas y se esfuerzan en mejorar, y las malas, o bien se creen perfectas, o saben que no lo son pero les da igual y encima se sienten orgullosas de sus defectos.
No hay cosa peor que una maestra racista. Bueno, sí, una maestra racista que encima alardea de ello y se lo deja ver a sus alumnos y alumnas (sobre todo a los y las inmigrantes).
Guardar rencillas en el trabajo solo sirve para amargar el día al que las guarda. Aquel contra el que sientes enemistad seguro que no se entera de nada.
Igual que una sola persona puede amargar el ambiente, una sola persona también puede mejorarlo. No siempre se puede ser esa persona, pero hay que intentarlo.
Sigo teniendo el mejor trabajo del mundo. Sigo siendo afortunada. Sigo queriendo ser maestra para el resto de mi vida (aunque haya días que reniegue de ello, como todo el mundo).
La Rioja alavesa es mucho más bonita los fines de semana y en vacaciones que de lunes a viernes y por cuestión de trabajo. Esto es un hecho empíricamente comprobado.
Como dijo alguno por ahí, esto es así y no hay más. Quizás solo sea así para mí, pero ¿acaso importa lo que piensen los demás? En este caso, va a ser que no.
Y sale el sol, y se atisba el buen tiempo, y quizás tengamos el julio cálido que nos ha sido negado en junio y en mayo...
Últimamente me siento muy identificada con los obreros de la construcción, y no precisamente por cómo levantan sacos, preparan cemento o ponen ladrillos con este calor, sino por el público especializado que les rodea y les dice todo lo que están haciendo mal. El otro día pasé junto a una obra y oí a uno de los jubilados gritarle al peón que hacía cemento que estaba echando demasiada arena y que no le iba a coger bien la masa. El currante, que sudaba la gota gorda, ni se giró, pero frunció la cara entera en un gesto de “me voy a callar, abuelo, por que si no el que termina dentro del tanque eres tú” que expresó más que mil palabras. Igual el abuelo fue peón en sus tiempos, igual era jefe de obra, igual era arquitecto, pero me da a mí que solo era uno de esos miles de jubilados que ha logrado el título de ingeniería a los sesenta y cinco, cuando los días son largos y no hay más que hacer que sacar fallos.
Algo así me pasa a mí, o, más concretamente, a mis compañeras tutoras. Estos días de fin de curso se están reuniendo con los padres y madres para dar las últimas explicaciones sobre el curso, contarles cómo acaban sus angelitos y angelitas y qué pueden hacer para ayudarles durante el verano si es que necesitan un refuerzo. Conozco a profesoras que se han puesto enfermas y han venido a clase con pupas de fiebre por la presión que esto supone, y no estoy hablando de gente joven que lleve solo un par de años en esto. Una de ellas, después de hablar con una madre en concreto, se ha pasado tres días andando como Robocop por una contractura en la espalda que se ha convertido en una tortícolis bestiaja-animal. Sé de gente que apenas ha comido en una semana, y gente que te dice que necesita una manzanilla antes de entrar a la reunión. A alguien que no conozca el mundo de la educación, esto le puede parecer exagerado, pero os juro que no me invento nada. Las reuniones con los padres son lo más difícil de nuestro trabajo. Con diferencia.
¿Pero acaso no jugáis todos para el mismo equipo?, os preguntaréis muchos y muchas. Sí, pero ay, nosotras no tenemos a sus hijos e hijas como los dioses que sus padres y madres creen que son. De hecho, nosotras debemos tener problemas de visión, porque en nuestras clases sus peques se convierten en la antítesis de lo que son en casa y cuando hablas con mamá y papá parece que estéis hablando de dos personas distintas. ¿Que mi hijo habla mucho? Imposible, si en casa no dice una palabra (normal, piensa la tutora, porque tú no callas y seguro que no le das tiempo). ¿Pegar? No, no, ni hablar, mi hijo no ha pegado en su vida, me hijo es un ángel. Sí, ya sé que no ha hecho los deberes, pero es que se le ha perdido el estuche y le he dicho que no los haga hasta que no aparezca (???, pero verdad como la vida misma). Dejaos de tanta pizarra digital y hablad más de la inteligencia emocional. ¿No veis que un niño que se porta mal es porque no se gusta a sí mismo? Inteligencia emocional, es la respuesta (menos para su hijo, debe ser). ¿Repetir? No, no, esperamos dos años más. ¿Que ya esperamos en segundo y sigue igual? Pero dos años no es mucho tiempo, ¿no?, total, ya que acabe primaria. Y si no, lo cambio de colegio. No, no tengo matrícula hecha en ningún otro sitio, pero no lo van a dejar en casa, digo yo.
Pelea tras pelea tras pelea. Dar clase en estos días es casi una liberación. Si siempre he creído que lo mejor de mi trabajo son los niños, estos días estoy más convencida que nunca; sobre todo cuando, para celebrar que es la última clase del año, saco los globos al patio y me paso cuarenta minutos corriendo con los niños de cuatro años sin importarnos cómo se dice salón en inglés o si estamos cumpliendo con alguna competencia que no sea la social. Porque esa también cuenta, sobre todo cuando los días son cálidos y el cielo no amenaza lluvia.
El otro día tuvimos reunión del OMR, el órgano de máxima representación del colegio. La dirección presentó a un grupo de familias y profesoras el calendario del año que viene, las cuentas y un número de proyectos para el curso próximo, y todas asentimos con la cabeza sin saber muy bien qué decir. Salí pensando que, aunque ir supone un esfuerzo y hay madres (y profesoras) que podrían meterse un calcetín en la boc
a para evitar hablar tanto y decir tanta tontería, me gustaría formar parte más activa en la vida del colegio. Quién sabe, me dije, igual el año que viene quede una plaza vacante en el equipo directivo y podría meterme de secretaria o jefa de estudios. Directora no, eso ni en broma, que ella es la que lidia con todo el pueblo y para eso no valgo. Pero secretaria… Redactar las actas, tomar notas, encargarme de atender a las familias y del papeleo, llevar el material… Un cambio de aires no me vendría mal. Y el trabajo de la jefa de estudios, aunque duro, me parece muy llamativo. Ver todo el sistema por dentro, organizar el claustro, encargarse de horarios y de los proyectos del centro, y ese millón de pequeñas cosas que caen en sus manos y que no se ven pero ahí están. Directora no, eso ni de coña, pero las otras dos pase. Yo papeles, eso sí, papeles y mucho movimiento. Subir y bajar, buscar a Fulana y Mengana, organizar reuniones y el plan de centro. Eso sí, eso me gusta.
Todo esto lo pensaba camino al coche, y cuando atravesé la plaza que da al parking en el que lo había dejado me encontré con un grupo de niños de las clases de cuatro y cinco años. Todos empezaron a gritar mi nombre y yo, que iba con prisa porque quería llegar a casa cuanto antes, les saludé con un rápido aspaviento y un “hello, hello, see you tomorrow”. Ellos se despidieron con un “Ruth, I’m fine, thank you” que me hizo sonreír, y después se acercaron a la barandilla que separa la plaza de las escaleras que bajan al aparcamiento y me cantaron la canción del perrito que protagoniza nuestro libro de texto. Llegué al coche con una sonrisa.
Quizás no sea tan buena idea, ni tan importante, conocer la escuela por dentro, me dije entonces. A veces, con saber que tu trabajo lo haces bien y la gente está a gusto es suficiente. Sobre todo si esa gente son pequeños monstruos de cuatro años que no distinguen una despedida de un saludo, pero con tal de hablar en inglés lo usan igual.
Estoy convencida de que, en un futuro no muy lejano, algunas aulas de secundaria y quizás tercer ciclo de primaria (o más pequeños aún) podrán ser manejadas solo con un ordenador. Una máquina que tenga la programación de todo el año será la encargada de la formación de nuestros niños y niñas a base de power-points, trabajos en la pizarra digital, exámenes de respuesta múltiple y demás, y la única persona adulta responsable de esos niños será el programador o programadora del dichoso ordenador, que ni siquiera tendrá que ser docente. La máquina estará preparada para dar la materia al nivel que cada niño o niña necesite, dando refuerzos allá donde donde fallen, graduando la materia dependiendo del resultado de la última prueba. Los y las que vayan bien irán muy bien y los y las que necesiten de ayuda extra la tendrán. Incluso se podrán hacer trabajos en equipo, estoy convencida.
Lo peor de esto es que no lo veo como algo malo. Como leí el otro día, aquel profesor o profesora que pueda ser sustituida por un ordenador merece serlo. Hay seres humanos en nuestras clases que son mucho peores que una máquina, porque se les presupone una humanidad de las que muchos y muchas carecen. Un ordenador, por ejemplo, no vendrá con ideas preconcebidas sobre los gitanos y “los moros” (así, en grupo grande, porque todos son iguales vengan de donde vengan y hablen el idioma que hablen), cosa que nosotros y nosotras hacemos a diario. La falta de toque personal ya está presente en muchas aulas; la profesora que dice que “si ya sale para ayudas con la PT, yo no tengo que hacer nada con ella en clase”, o el profesor que sale de su clase a grito de “¡son tontos, son todos tontos!” podrían ser sustituidos por un PC de los que tú y yo tenemos en casa y se notaría la diferencia, sí, pero a mejor. La formación académica de los y las alumnas mejoraría. Quizás muchos y muchas mejoraran sus relaciones interpersonales, a base de chats y juegos de rol, conferencias por Skype con otros lugares del mundo, trabajos que luego colgar en la red para que un programador o programadora pueda utilizar para la semana de la interculturalidad, cosas así. No, no sería malo que en algunas aulas el único a cargo de la educación de nuestro futuro fuera un ordenador. Se contratan monitores con conocimientos de artes marciales para cuidar el patio y listo, ya tenemos una escuela. Criaríamos seres que no saben lo que es ser queridos fuera de su casa, que no tendrían contacto con ninguna figura “de poder” fuera de su padre y de su madre, pero qué demonios, algunos ya lo están viviendo ahora.
De momento, y previendo el día en el que yo sea una de esas profesoras, voy aprendiendo todo lo que puedo de informática para el futuro, que una nunca sabe cuándo un PC (en mi caso será un Mac) te dará mil vueltas como ser humano, y tampoco es cuestión de quedarse en el paro. Voy a empezar con el power-point, para aprender a meter palizas en formato filmina que les haga saltar lágrimas de aburrimiento. Para algo soy maestra, leches, esto de desmotivar a los peques lo llevo en la sangre.
Una de las cosas que más me gusta hacer en Londres es comer en un restaurante indio. No me suele gustar ir a una de esas cadenas en las que cualquier parecido con un curry de verdad es pura coincidencia, pero esta última vez que he ido, qué cosas, terminé en un restaurante enorme que me da a mí que era franquicia (aunque había mucha gente de aspecto indio o pakistaní comiendo allí, lo que siempre es garantía de autenticidad, o eso me digo yo a mí misma). Entré sin mucha hambre, pero ya llevaba recorrida la calle Carnaby varias veces y no me apetecía tomar otro té; me dieron la carta y yo comprobé con horror que los nombres de los currys eran distintos a los del restaurante indio-irlandés (sí, indio-irlandés) que tanto me gustaba en San Francisco. Como siempre, los distintos niveles de picor venían marcados con dibujos de guindillas que yo interpreté a mi antojo: una guindilla, roza el umbral del dolor pero no llega; dos guindillas, solo apto si tienes el extintor a mano. Miré los platos que no tenían ni guindilla ni advertencia de ningún tipo. Las samosas estaban en este grupo, bien. Si hay algo que me gusta de la comida india, más que cualquier curry, es esa pasta similar al hojaldre con relleno de verduras por dentro, pero normalmente las ponen tan picantes que es difícil paladearlas. Pedí al camarero que me recomendara un curry que no picara y pedí las samosas como entrantes.
Con el primer mordisco supe que quien había escrito el menú tenía una mente muy retorcida. El picor no atacó de golpe, sino que se fue apoderando de mi boca lentamente, un “qué me está pasando que me arde la lengua” paulatino, de forma que antes de darme cuenta de que aquello picaba horrores ya me había comido media samosa. Intenté calmar el picor con la guarnición de garbancitos que había a un lado, pero aquello fue una mala idea, porque picaban más. Yo seguía comiendo, que una es vasca y no se va a dejar amedrentar (y aquello estaba riquísimo), y trataba de mitigar el dolor con tragos de cerveza Cobra (que también estaba buenísima). Cuando terminé la primera samosa, tenía lágrimas en los ojos. El camarero me vio de lejos y me preguntó con un gesto si todo estaba bien. Yo hice gesto de “joder cómo pica esto” (ese gesto internacional en el que te abanicas la cara y haces una O con los labios), y él, ojiplático, se acercó a mi mesa.
—¿Está muy picante? —me dijo.
—Mucho —contesté. Para qué mentirle, si me caía una lágrima por la mejilla—. Pero está muy rico. Muy rico.
Él soltó una carcajada que hizo que los comensales de alrededor miraran a mi mesa.
—Pues las samosas ni siquiera están marcadas como picantes en el menú.
—No, si ya —Quería añadir “so capullo”, pero me pareció poco apropiado porque en inglés suena muy fuerte. El hombre no dejaba de reírse, pero estaba un poco mortificado.
—Le voy a traer algo de yogur.
—No, deje, deje, si ya me las he comido. Oiga, ¿el curry es tan picante como esto?
El camarero alzó las cejas y me miró con cara de susto.
—Uy… Pues yo creo que no, pero ya no me atrevo a decirle nada. Deje que le traiga un poco de yogur, ande.
—No, de verdad, estoy bien.
Estaba de cine: me había acabado las samosas y tenía un par de minutos antes de que llegara el plato fuerte. Y cerveza.
El curry, en efecto, no picaba en absoluto, pero como veis en la foto podía haber alimentado a una familia de cuatro miembros y no me lo pude acabar. Una de las camareras se acercó a traerme el dichoso yogur, “que ya veo que lo está pasando mal”, cuando el problema no era ya el picor sino el llenazo inmundo que tenía. El curry, todo hay que decirlo, estaba buenísimo, y las dos cervezas que lo acompañaron también.
Eso sí, la noche que me dieron las putas samosas no se puede describir. Al día siguiente cené yogur con cereales comprados en el súper de al lado del hotel.
El otro día estábamos dando vocabulario sobre profesiones en sexto. Nuestro libro, que es un poco sexista, colocaba a las mujeres de enfermeras, secretarias y señoras de la limpieza, y a los hombres de médico, científico o ingeniero. Después de darles una maravillosa y muy educativa charla sobre lo que me gustaría hacer con el listo que ha separado las profesiones por géneros de esa manera en un libro para chavales y chavalas de once años, les pregunté a ellos y ellas qué querían ser de mayor (ya, no es la pregunta más original del mundo, pero con su nivel de inglés les costó horrores decirlo). Alguien me preguntó si para ser ingeniero había que estudiar mucho, y yo le dije que sí. “Ah, pues entonces no, entonces algo fácil”.
—¿Qué es para ti fácil? —pregunté, a sabiendas de por dónde me iba a salir. Odio el esnobismo laboral, la creencia de que unas profesiones son mejores que otras.
—Pues limpiar, por ejemplo.
—Ah, ¿sí? Imagínate limpiar los vómitos de un wáter público, o un bar entero después de una noche de juerga, o las palanganas de los hospitales. No hay trabajo fácil si no te gusta.
—Bueno, vale, fontanero.
—¿De verdad crees que ser fontanero es fácil? Hacen falta muchos años de experiencia para ser bueno en lo tuyo.
—¿Electricista? —El niño estaba ya desesperado.
—Esa, aparte de no ser fácil, es peligrosa. Si no sabes lo que haces te puedes quedar colgado de los cables de alta tensión cual jamón jabugo.
El crío más listo de la clase me miró con gesto serio.
—Ruth, ¿para ser profesor de inglés hace falta ir a la universidad?
—Sí —dije, y me callé, porque lo próximo que iba a salir de mi boca era un “pero no te agobies, que está chupado”, y no era plan. El niño me miró con los ojos tan abiertos que casi se le caen de las órbitas.
—¿Para qué? ¡Si todas las respuestas están al final del libro!
En mi mente el timbre sonó justo entonces, aunque sé que no es cierto; no encuentro otra razón para no haber muerto planchada ahí mismo.
Me encanta ver los dibujos que los niños y niñas hacen de sus familias, sobre todo los más pequeños. Siempre que tengo oportunidad les pido que me hagan uno en el que aparezcan ellos y ellas también, y luego les pido que me lo expliquen. La semana pasada, aprovechando que estaba dando la familia con los pitufines y pitufinas de cuatro años, les pedí un dibujo y pude ver con claridad el estado de su vida familiar.
Por ejemplo, Y. se olvidó de incluir a su madre y a su padre. Aunque solo hemos dado los miembros más cercanos de la familia, él me dibujó una retahíla de primos que llenaba la hoja y vino todo contento a enseñármela. Sé que es hijo único y sé que tienen problemas en casa; casi sin querer le pregunté dónde estaban mamá y papá, y me arrepentí enseguida: es su dibujo, él tiene el control absoluto, no tiene por qué moldearlo a lo que yo pido. Él cambió el gesto, volvió a su mesa y añadió a sus padres, uno a cada lado del dibujo, bien separados. Pero había más: sus figuras eran rojas cuando el resto eran negras, y al añadirlos había decidido añadir también bocas al resto, bocas rojas y muy serias. No hace falta ser psicóloga para entender por lo que está pasando este crío.
M. viene todos los días cogido de la mano de su hermana mayor, a quien yo creía que adoraba, pero al hacer el dibujo no la ha incluido porque dice que no cabe. C. tiene serios problemas para separarse de su madre cada vez que entra a clase y se pasa cinco minutos pidiéndole besos cuando vamos de camino al aula, pero en su dibujo ella aparece sola en el reverso del folio, bien alejada de sus padres y sus dos hermanos. Los niños y niñas que hacen a sus padres con la cara tachada me llaman más la atención que aquellos que no les incluyen. Hermanos y hermanas tienen posiciones muy significativas en el folio, cerca o lejos, grandes o pequeñas, bien definidas o no. Las profesoras, sobre todo las de infantil, suelen bromear diciendo que en la escuela una se entera de todo lo que pasa en casa, porque los críos lo cuentan todo. Fijarse en el dibujo de un niño o niña de cuatro años es casi como ver a la familia en acción por un agujero o una cámara indiscreta. Y a mí me gusta en la misma proporción que me da miedo.
Después de casi dos años, he terminado una colcha. Puede no parecer gran cosa así, a simple vista, pero estos pedazos de tela se han llevado más de mil horas de mi tiempo. Ayer traté de calcular cuánto dinero me pagarían por ella si quisiera venderla, y no me costó mucho darme cuenta de que lo más que podría conseguir por ella cubriría solo los materiales. Pero esta colcha es más, mucho más que mil horas de trabajo y una pequeña fortuna en telas.
Y no es porque sea una colcha difícil de hacer, porque la puede hacer cualquiera. Primero hay que coser una tira de tela de color a una tira de tela blanca, y luego cortar la pareja resultante en rectángulos bicolores. Se repite esta acción cuarenta veces con telas de colores distintos, y después se vuelven a unir formando tiras de colorines, unas veinte. Se unen las tiras, se cose un borde que de sensación de espacio a la colcha, se coloca la boata y la trasera y se unen las tres capas con puntadas diminutas, usando unas agujas tan finas y afiladas que pinchan igual por la parte de atrás y la de delante. Tras muchas horas, muchos pinchazos y perder la sensibilidad en la yema de los dedos, la colcha está lista para el biés. Después, quitar los hilvanes, lavar y poner en la cama. Mucho trabajo, sí, pero no son las puntadas las que le dan el valor, no para mí.
Con esta colcha aprobé las oposiciones. Era el premio que me daba a mí misma cuando no quería seguir estudiando. “Venga, un tema más y coso un rato”, me decía, con la caja llena de pedacitos de tela a mi lado. Me ha ayudado a pasar dos inviernos vitorianos, de esos en los que afuera hace tan mal tiempo que lo último que te apetece es salir a dar una vuelta, y a dónde vas que esté cubierto y no suponga gastar dinero, y tengo que ahorrar para el coche, y ay cómo lo voy a hacer. Acolchando, he tomado decisiones sobre mi vida; he tenido conversaciones imaginarias con gente a la que luego no le he dicho nada a la cara porque ya no me hacía falta; he renegado del mundo, de mi trabajo, de mis malos ratos, y también he recordado los buenos; he hecho cuentas que luego han salido; he hecho planes que luego he cambiado. Mientras cosía veía (o, mejor dicho, escuchaba) una serie de televisión; al principio el patchwork era algo en que entretenerme mientras veía la tele, pero al final la tele se convirtió en el acompañante, no al revés. Si miro en puntos concretos de la colcha, puedo decir qué serie estaba viendo en ese momento, a veces incluso el capítulo exacto. La colcha, a ratos, me ha producido dolor de espalda, y a veces he tenido miedo de estar provocándome una malformación en las manos. La he odiado, a veces. He creído que estaba perdiendo el tiempo. Pero ahora, cuando la veo terminada y a dos minutos de meterla en la lavadora para quitar las marcas de tiza, rotulador de acolchado y el polvo que se ha acumulado en casi dos años, sé que no habría podido utilizar esas mil horas de manera más productiva.
La fórmula que he encontrado en internet para poner precio a una artesanía supone multiplicar por dos el precio de los materiales y sumarle las horas que has trabajado multiplicadas por el sueldo mínimo. Eso convierte esta colcha (tan humilde ella, tan colorida, tan campechana) en un artículo de lujo solo al alcance de unos pocos (solo con doblar el precio del material se vuelve prohibitiva). Pero lo vale. Al menos para mí. Porque cada vez que miro esta colcha no veo trozos de telas batik cosidas a una tela blanca, sino pedazos de mi vida que se han quedado tan impregnados a la tela con el hilo que la adorna. Y eso, no hace falta que lo diga, no tiene precio (para todo lo demás, bla, bla, bla).
A lo largo de los siglos de historia que recogen nuestra memoria y nuestros libros ha habido algo más de un puñado de gente válida que ha dejado su nombre grabado en el tiempo. Monarcas, gente de ciencias, aventureros, gente de letras, los hay de todas las ramas, pero por lo general la descripción de todas esas personas se puede generalizar con cuatro palabras: hombre blanco cristiano heterosexual. Hasta hace muy poco tiempo, cualquiera que se saliera de esa descripción era objeto de análisis, pero no el analista. Hay libros y libros escritos sobre África, pero ¿cuántos escritores africanos conocemos? El único que conocía yo, Chinua Achebe, murió el otro día, y no os hacéis una idea de lo que me avergüenza reconocer que la única razón de conocerle es que fue materia de estudio en una asignatura el año pasado. ¿Sois capaces de mencionar a un escritor asiático que escriba en una lengua no europea? (No digáis Salman Rushdie, que os conozco: ése escribe en inglés y lleva en el Reino Unido desde los catorce.) Ricemos el rizo: ¿sois capaces de mencionar una mujer asiática, africana u homosexual que escriba en lengua no europea? Yo, lo admito, no. Miro en mi biblioteca y lo más “indie” que tengo es Zadie Smith: británica, hetero y educada en Oxford, por muy negra que sea. Súper radical, vamos.
Dijo Samuel Jonson, allá por el siglo XVIII, que una mujer predicando es como un perro andando sobre dos patas traseras: no es que lo haga bien, pero el simple hecho de que lo haga ya merece admiración. Tras todo este tiempo, hay mucha gente que sigue con el mismo discurso, no solo en literatura sino en cualquier ámbito del conocimiento. Que una mujer destaque es novedad, pero aún así se sigue diciendo que no son justas las diferencias que se hacen para ayudarlas, que hay igualdad, que si no destacan es porque no quieren. Sí, pienso yo, porque miles de años de sumisión se borran con apenas un siglo de feminismo, así de buenas somos. Los hombres protestan por las subvenciones a mujeres para montar un negocio; claman al cielo cuando un premio literario recae en una mujer, eso es discriminación, ahora los que peor lo tienen son los hombres, pobres de nosotros, nos tienen machacados; todavía es noticia cuando una mujer recibe el Nobel en el área que sea porque siguen siendo casos aislados (a no ser que sea el de la paz: en eso de sacrificarse, parece que no tenemos parangón). Las niñas de hoy en día siguen teniendo pocos modelos que imitar fuera de las revistas de moda. Quieren seguir siendo guapas, que las llamen princesas, bailar y soñar. Y no digo digo yo que bailar y soñar sea algo malo, en absoluto, pero me gustaría que bailaran funky y soñaran con llegar a la luna, y no en bailar el vals con su príncipe azul.
No hay igualdad, y el que diga que sí tiene un problema serio de visión o mucha mala leche. Ni siquiera me refiero a las mujeres, sino a esta sociedad tan eurocentrista, tan blanca, tan heterosexual, en la que cualquier persona con acento extraño o un tono distinto de piel nos pone de los nervios, no digamos si lleva de la mano a una persona de su mismo sexo. Lo peor de todo es que no creo que llegue a haberla nunca: como dice Atxaga en uno de sus cuentos, todas las sociedades necesitan de “el otro”, alguien a quien culpar de todos sus males y frente al que compararse y verse con mejor luz. Nosotros (y nosotras) no somos una excepción. Siempre habrá otro u otra a quien temer o marginar. Solo nos cabe esperar que…
B. es una niña que tiene muy claro lo que quiere de la vida. Tiene casi doce años, está en sexto de primaria y ya sabe que lo suyo no es estudiar, que nunca va a ir a la universidad y que en cuanto la ley le deje va a ir a trabajar con sus padres y sus hermanos al mercado. Su sueño es ser camarera, o eso dice; pasa las tardes en “el culto”, sirviendo bebidas a su familia y a los miembros de su comunidad, y quiere repetir curso porque así se queda un año más en el cole con su amiga, que está en cuarto. Tiene una mirada altiva que rara vez enfoca a los ojos de un adulto y no responde bien ni a las críticas ni a los regaños, pero cuando hablas con ella (hablar de verdad, no mandar, no un “B, te he dicho que te sientes bien, B por qué no has estudiado, B así no puedes seguir”) sonríe y se le ilumina la cara. Es la niña más guapa del colegio, un bellezón de pecas, ojos miel y melena eterna que a veces viene maquillada porque el día anterior llegó tarde de “el culto” y no le dio tiempo a lavarse la cara. Si le preguntas por qué viene pintada, te mira con expresión de “y a ti que te importa”, o te suelta un “porque me da la gana” que te deja sin respuesta. Su tutora la pone siempre de ayudante porque es la única manera de que participe en clase. Si no es un juego o una canción, no le interesa. Si no hay que dar palmas, pasa.
El otro día tuve que anunciar los ganadores de la adivinanza semanal que hacemos en el colegio. Ponemos una a la semana, alternando el euskera y el inglés en un intento de que los chavales se piquen con dos idiomas que no son suyos. Yo saqué los papeles del buzón y traté de coger uno al azar, pero es difícil ser profesora y hacer nada al azar. La primera respuesta que cogí era incorrecta y no pude darle el premio; la segunda, aunque correcta, era de un niño que lo tiene todo y que todo lo hace bien, y no me apeteció que ganara también esto, ya lo siento. La tercera respuesta era de B. Anuncié su nombre por megafonía y le dije que bajara a dirección para recibir su premio, todo en inglés. La vi venir, bajando las escaleras despacio y mirando a uno y a otro lado, una amiga a su lado. La vi parar a un profesor y preguntar qué tenía que hacer para recoger su premio. Y, por primera vez desde que la conozco, la vi insegura cuando llegó a mí, azorada, nerviosa. Me di cuenta de que era la primera vez en su vida que B ganaba algo. Quizás era la primera vez en su vida que participaba en algo. El premio (ridículo, infantil, tonto) fue lo de menos. Había ganado ella.
B no ha cambiado su forma de ser, ni es mejor estudiante, ni tiene más sueños que el de poder repetir para quedarse en el colegio con la gente que conoce, pero sé que al menos ese día fue feliz, aunque fuera por un rato. Y a veces con eso basta, porque la vida no deja de ser una suma de momentos, algunos malos y otros buenos. Ciertas personas tienen tal suma de momentos malos que uno bueno, por pequeño que sea, les puede alegrar un mes entero.
Dicen que la tele es una caja tonta, pero qué va, la tele enseña mucho, mucho, mucho. Y no hablo sólo de Pepa Pig o de Barrio Sésamo, que también, sino de esos pequeños documentales que nos muestran la vida tal y como es en cada pausa publicitaria: los anuncios. Teniendo en cuenta que al cabo del día una persona que ve la tele ve más anuncios que cualquier otro programa, los mensajes que nos dan en esos veinte minutos terminan quedándose en nuestro subconsciente más que cualquiera de los rollos que tienen los de Anatomía de Grey, así que me ha dado por hacer una pequeña lista de las cosas que he ido aprendiendo con los años:
—Los hombres nunca se estriñen. Las únicas personas que compran yogures con fibra, cereales con fibra o cualquier cosa que les ayude a ir al baño son mujeres. Los hombres no. Tampoco sufren de hemorroides, por lo que parece.
–No existen los hombres gordos. Las mujeres gordas tampoco, pero ellas, por muy delgadas que estén, siempre quieren adelgazar. Ellos no, ellos nunca; ellos se limitan a verte pasar después de haber hecho una dieta a base de comer solo cereales y sonríen, pero adelgazar no, ellos nunca.
—Si eres madre y tienes un hijo (un chico, se entiende), prepárate para que el nene te venga hasta las cejas de barro, sangre, pintura y sustancias sospechosas en la ropa. Para eliminarlas necesitarás de la ayuda de un extraño ser del futuro que vendrá con las cejas teñidas de blanco, o quizás el consejo de tu suegra. Si lo que tienes es una hija, tranquila: cuando llegues a casa, ella y su padre te habrán hecho la cena (de sobre, eso sí). O, en su defecto, ella jugará contigo en la cocina para hacer postres de Helly Kitty. Pero tranquila por las manchas de grasa, que las chicas ni ensucian ni se ensucian.
—Las colonias para hombres convierten a las mujeres en objetos, a veces incluso las pintan de color dorado. Cuanto más cara sea la colonia en cuestión, más buenorra estará la tía que te pilles, que caerá rendida a tus pies en cuanto chasquees los dedos. Estará al lado del coche deportivo, busca bien.
—La mayor preocupación de una mujer, muy por encima del bienestar de sus hijos, la crisis, su carrera o cualquier otro tema que agobia a los hombres, es que su familia vaya limpia y que sus hijos coman calcio. “Ellos se alimentan bien y yo estoy tranquila”. Porque, como todo el mundo sabe, las madres no comen.
—Las lavadoras y los lavavajillas son máquinas tan complejas y misteriosas que ninguno de los hombres que salen de “atrezzo” en los anuncios saben usarlos. A no ser que el anuncio tenga por protagonista a un hombre soltero; entonces vendrá su madre a explicarle cómo funciona la lavadora y qué detergente usaba ella para quitarle las manchas esas con las que venía siempre cubierto.
—Las mujeres son incapaces de conducir un coche más grande que un Corsa. En caso de que el coche sea de una marca alemana de cierto tamaño, el único capaz de manejar semejante bestia es el hombre. Siempre y cuando no sea un monovolumen para llevar a los niños al colegio, porque entonces sí, entonces nosotras también podemos.
—Eso de que la mujer trabaja fuera de casa es un bulo creado por machorras feministas. Si algo me han enseñado los anuncios es que todas las mujeres son amas de casa y están obsesionadas por cagar, limpiar la ropa de su familia y la casa, adelgazar y dejar en feo a su suegra (o a su nuera, esto depende del anuncio). Y, por lo que parece, tienen toda la intención de que sus hijas sigan el mismo camino que ellas.
Jo, para que luego digan que la tele no instruye. Anda que no he aprendido yo en el cuarto de hora que he sacado boli y cuaderno para tomar apuntes con los que nutrir esta entrada...
Javi de Ríos lanzó el otro día en Twitter la idea de escribir un post sobre cinco libros que nos gustaría que nuestros hijos e hijas leyeran, y la idea me hizo gracia. Después de aclarar que lo de los hijos era circunstancial y que lo importante eran los libros, me puse a pensar qué libros de literatura infantil y juvenil me marcaron a mí en mi más tierna infancia, y terminé con una lista tan grande que tuve que comprarme un hacha. Reducirla a cinco me costó un esfuerzo, y no tengo muy claro que haya logrado el objetivo porque la mayoría de ellos no son literatura juvenil como tal, sino clásicos adecuados a los críos, pero allá va mi lista.
El primero no es un libro, sino una serie, pero creo que ninguna infancia en los ochenta se escapó de la lectura de Los Cinco, de Enid Blyton. Leí pocos, porque yo era más de la competencia americana (la serie que menciono más abajo), pero he de reconocer que los valores y las aventuras sanas de esta pandilla eran de lo mejor que había publicado en nuestro tiempo. Niñas que se comportan como chicos porque no les gusta ser ñoñas (faltaba un chico amanerado, supongo, pero no pidamos milagros), amor por la naturaleza y contar al perro como uno más de la pandilla, cómo no iba a atraer a los millones de niños y niñas que atrajo. No he vuelto a releerlos de adulta y me pregunto si todavía mantiene el gancho que tenía en nuestro tiempo. El otro día un niño de quinto estaba leyendo uno de ellos y me entró una morriña tremenda.
Los que devoraba uno tras otro sin cesar eran los libros de Los Hollister, la familia perfecta americana en la que todos eran guapos, formales, maravillosos, se iban a la cama a su hora y comían palomitas de maíz con melaza. Los cinco hermanos Hollister me acompañaron durante toda mi infancia, al punto de que mis amigos imaginarios se llamaban Pete, Pam, Ricky y Holly dependiendo de mi humor (Sue no, Sue era muy pequeña y no me hacía mucha gracia); yo estaba convencida de que era la única que leía aquellos libros y me llevé un disgusto del quince cuando oí a una librera recomendarlos a una señora que buscaba libros para su sobrino porque “estos gustan mucho, se venden muy bien”. Con los Hollister aprendí el valor de la amistad, la diferencia entre ser travieso y ser malo (o sea, un Ricky Hollister o un Joey Brill), que a una casa abandonada nunca hay que entrar solo y que en Estados Unidos se cambian el tenedor de mano cuando cortan el filete para llevárselo a la boca con la derecha. También que las madres abrazan a sus hijos y los padres solo les dan palmaditas en los hombros, y que las chicas no pueden ir solas a hacer recados de noche y siempre tienen que ir con su hermano mayor. Aún así, los recomendaría a cualquier niño o niña de nueve o diez años a quien le gusten los misterios sin toque de terror. Estoy convencida de que mi afición a la novela negra viene de ahí.
Fuera ya de la literatura escrita con niños y niñas en mente, un libro que aún recuerdo (aunque no lo leí entero porque nos daban capítulos sueltos en clase y nunca tuve el libro completo en la mano) es El Camino, de Miguel Delibes. Todavía puedo citar frases enteras, quizás porque después, como profesora, he encontrado fragmentos en los libros de lengua, y me parece una pequeña joya literaria asequible que cualquier prepúber con afición a la lectura puede entender y disfrutar sin problemas. A mí me gustaba sobre todo el vocabulario que tenía, porque los personajes utilizaban palabras que yo había oído usar a mis abuelos pero nunca a la gente de mi alrededor. Si hay un clásico de la literatura castellana que se adapte bien a la infancia es éste.
Y otros dos clásicos que pueden hacer las delicias de los adolescentes (siempre y cuando se les venda bien, y no como me los vendieron a mí, “leed esto para el mes que viene y haced un trabajo de X páginas, y no se os ocurra ver la película”) son El guardián entre el centeno y El señor de las moscas. El primero, para mí, es la definición perfecta de la adolescencia, de ese momento de tu vida en el que no tienes ni idea de lo que estás sintiendo ni cómo explicarlo, y me gusta tanto que estoy dispuesta hasta a ignorar el toque misógino que destila a ratos. La historia de un crío que huye de todo, que quiere afecto y no sabe dónde encontrarlo, que tiene una familia pero no se siente comprendido, que aún es un niño pero niega serlo. No sé si está en el currículum de secundaria, y si así es yo lo sacaría de él. Éste es un libro que tener por casa, que ver ahí presente, siempre, al alcance de la mano para cuando a uno le apetezca leerlo, que puede ser a los quince o a los treinta y cinco. Mi copia tiene tantos párrafos subrayados y páginas marcadas que dudo que sea legible. Con cada lectura descubro algo nuevo.
El señor de las moscas, por su parte, es el libro de aventuras perfecto. Nada de Robinson Crusoe y su mejor amigo Viernes, nada de idílicos paisajes, sino un grupo de adolescentes solos en una isla desierta luchando por sobrevivir y sacando sus verdaderos colores al poco de llegar. Otro de esos libros que no fue escrito para adolescentes y que tiene una lectura mucho más profunda que la de una aventura en una isla desierta, y que no por ello deja de enganchar a un nivel superficial. La lucha entre el bien y el mal, la muerte de inocentes, la maldad en su versión más salvaje. ¿A qué adolescente no le gustan las aventuras? Eso sí, que nadie les haga hacer uno de esos trabajos de “dime el tema del libro y resúmelo en veinte líneas”, por favor. Cuánto daño se ha hecho a los grandes libros en la clase de literatura, madre.
Hasta aquí mis cinco, que ya digo que podrían ser muchos más pero se trataba de elegir cinco. Yo disfruté como una enana con La Regenta a mis tiernos quince años, pero reconozcámoslo, no es muy normal y no es un libro que recomendaría a un adolescente. Me dejo uno de mis favoritos en literatura infantil-juvenil por ser demasiado obvio y porque cualquiera de los que visita este blog o me conoce sabe que sería el primero en recomendar. Los libros de Harry Potter pasarán a la historia por haber revitalizado la literatura juvenil y por haber animado a muchos niños y niñas a coger un libro cuando lo que ellos preferían hacer era ver la tele o jugar con la Wii, aunque solo fuera por leer lo que todo el mundo estaba leyendo y no quedarse fuera de onda. JK Rowling devolvió la magia a la literatura y consiguió que miles de chavales dejaran al niño mago y cogieran otros libros que jamás hubieran tocado de no haber empezado con Harry. Solo por eso, ya merece mención aparte.
Mientras escribo esto, la nieve cae al otro lado de la ventana por quinto día consecutivo. Afuera es de noche, pero aún así se ven los copos, finos y puntiagudos, de esos que cuajan casi antes de tocar el suelo. Las aceras llevan blancas desde el viernes. Apenas se ha visto gente en la calle este fin de semana. El ayuntamiento ha colocado palas y sacos de sal por todas las esquinas. La ciudad hiberna.
Creo que nunca me ha gustado la nieve, ni cuando era pequeña. Sí, como a todo el mundo me gustaba verlo todo blanco, aunque ahora no tengo muy claro por qué a la gente le gusta tanto un paisaje monocromo que hace daño a los ojos hasta de noche, pero lo que es la nieve, el tacto, el frío, no me ha gustado nunca. Odiaba las bolas que acechaban tras cada esquina, esas bolas prietas que hacían más daño que una piedra, o los dedos helados si intentaba devolver el golpe, por muy gruesos que fueran mis guantes. De muy pequeña hacía ángeles en el parque como todos mis compañeros, pero la gracia pasó pronto, en cuanto tuve edad para darme cuenta de que llevar el pelo mojado todo el día no merecía el buen rato. Admito que disfruto como todo el mundo a la hora de pisar nieve virgen y que el crujir bajo las botas de la primera nevada tiene algo de exótico, pero a los cinco minutos de andar sobre nieve estoy ya helada, de mal humor, con las muescas de las botas tan llenas de nieve que patinan. Por no decir muerta de frío, y con la cara helada, y con dolor de pies, y agujetas en las piernas por el esfuerzo extra que supone andar sobre la nieve.
Mucha gente dice que la nieve les sugiere paz. Yo veo caos. En los niños, en la carretera, en señoras que se caen cruzando la acera porque todavía no han inventado un paso de cebra que no resbale. Veo nevar por la ventana con la taza de té y el gato en el regazo, el libro apartado un segundo para calcular cuánto más ha de caer, y entonces quizás sienta algo de ese silencio que dicen que trae la nieve, o huela ese aire puro que se supone que provoca. Pero dura poco. Dura lo que me cuesta recordar que tengo que salir a la carretera y que el viaje más sencillo es una trampa mortal si no vas con los cinco sentidos en la carretera, lo que me cuesta darme cuenta de cómo están los niños cuando nieva y de que tengo ciento veinte alumnos que van a estar poco menos que insoportables aunque no caiga un copo. Los niños huelen la nieve, igual que los perros el miedo. Llevan vaticinando la nevada una semana. Intentar dar clase así es poco menos que imposible.
Nieva afuera. No tiene aspecto de parar. Y yo solo puedo pensar en cuánto, cuantísimo, odio la nieve.
Hoy es el cumpleaños de Toni Morrison, la única mujer negra en ganar el Premio Nobel de Literatura (que yo sepa). Cumple 83 años, ahí donde la veis, y hace nada que ha sacado un nuevo libro. Yo la conocí por Beloved, que me cautivó, y después leí sus dos primeras obras; da gusto ver que ni siquiera la autora de semejante obra de arte nació sabiendo escribir, porque The Bluest Eye y Salomon no tienen nada que ver en términos de calidad a la última, por más que sean estupendas novelas. He tenido Home (su último libro) en mis manos más de una vez, pero me da miedo leerlo por no llevarme otro chasco. No se puede decir que Morrison llegara al cenit de su carrera siendo una niña, pero creo que su obra maestra ya está escrita y no podrá escribir nunca nada tan bueno como Beloved. Quién tuviera semejante carga sobre sus espaldas.
Hace no mucho supe que había una calle con su nombre en Vitoria, y aún no he encontrado el graffiti que se muestra en Wikipedia y que, dicen, está en mi ciudad. Gasteiz ya la ha homenajeado, y yo lo hago aquí, en mi tímido rincón del mundo, para decirle que muchas gracias, que siga escribiendo, que cumpla muchos más y que le vaya a usted bonito. El año que viene espero poder volver a felicitarla, y muchos venideros. No sé si escribirá algo más. No importa. Su legado ya está entregado.
Si de canciones poperas machaconas vamos a hablar, qué mejores exponentes que estos dos solistas que os traigo hoy. Tanto uno como otro son productos de su tiempo, enlatados y preparados para el consumo masivo. Uno es británico, el otro canadiense; uno ya tendrá edad para ser abuelo, el otro podría ser hijo mío. Aún así, para mí la mayor diferencia entre ellos es física, y no me refiero al físico de los cantantes, sino a mi propia reacción física cuando oigo a uno u otro o, peor, los veo: con uno sonrío y me acuerdo de otros tiempos; el otro me da, literalmente, dolor de estómago y deseos de suicidarme cortándome las venas con un folio.
Rick Astley fue el terror de las nenas allá por los ochenta, y lo de éste fue sin disimulo ninguno. El chico era monín (para ser británico, vamos) y tenía ese toquecito de chico bueno que no ha roto un plato en su vida, con sonrisilla tímida y mirada de buena persona que venía de perlas para hacerle canciones sobre el guaperas que siempre se queda con la chica más normalita de la fiesta y te canta que eres la más guapa del mundo mundial. Era un producto de masas, a un hombre que estaba ahí porque gustaba, y lo de menos era su voz, aunque no me negaréis que el chico, lo que se dice voz, tenía un rato. Recuerdo una tarde que tenía puesta una balada suya y mi padre asomó la cabeza en mi habitación para preguntarme quién era el negro ese que cantaba tan bien; acto seguido pusieron la de “Never gonna give you up” y mi padre salió por patas, pero en fin, qué sabría él de música.
Si analizar las letras de los NKOTB podía producir un aneurisma, analizar las del pobre Rick también da un poco de miedito, pero vamos a intentarlo. Su canción más famosa, gracias a una marca de dentífrico, fue la que menciono arriba, también conocida como “la canción de closeúp” en mis círculos más cercanos. Decía algo así (atención al pedazo de baile que se marca en el vídeo):
No somos extraños al amor,
Tú te sabes las normas y yo también.
Estoy pensando en un compromiso completo,
No conseguirías esto de ningún otro tío.
Solo quiero decirte cómo me siento,
Tengo que hacerte entender.
Nunca voy a renunciar a ti, nunca voy a defraudarte,
Nunca voy a corretear y abandonarte.
Nunca voy a hacerte llorar, nunca voy a decirte adiós,
Nunca voy a decirte una mentira y herirte.
O sea, chico guapetón que encima es un cielo, tiene sentimientos y, atención, ¡quiere un compromiso! ¡Contigo! ¡Y promete no herirte! Tu madre estaría muy orgullosa si te liaras con un chico como éste, y tú más.
Mi canción favorita del bueno de Ricky, sin embargo, no es suya (bueno, técnicamente ninguna es suya, porque él solo las cantaba), sino la versión de un clásico que en su voz me parece una pasada y que muestra realmente lo que valía este chico. De nuevo, letra melosona que dice que cuando se enamore lo hará para siempre, y por supuesto se enamorará de ti. Pero a quién le importa, con lo bonita que es.
El equivalente actual del buen hombre este es, para desgracia del mundo occidental y resto de la galaxia, Justin Bieber. Rick podía gustarte o no, pero no creo que fuera del tipo de cantante que producía rechazo físico. Seguro que más de un novio se rió de su chica porque le gustaba Rick Astley, o que más de una madre o padre le dijo a la hija que dejara de poner la cinta vuelta y vuelta, pero nada más. La prueba de que este hombre nunca ha caído mal es la moda del “rickroll” que se ha dado últimamente en internet, en la que te mandan un enlace supuestamente para algo chulo y terminas en Youtube viendo un vídeo de Ricky. Los comentarios de los vídeos son salados, “vaya, me han engañado, ja, ja, ja, qué recuerdos”, pero me imagino qué pasaría si lo hicieran con el Bieber. Yo, de entrada, los denuncio por violencia psicológica. No es coña.
El jovencito es el mismo producto que era Rick Astley, pero multiplicado por mil. Éste quiere tener cara de malote, pero no puede porque para ser malote tienes que ser capaz de producir vello facial y el prepúber este aún no puede. Eso sí, sus letras (creo) son del pelo del anterior, mucho nena, nena, nena, nena, te querré siempre, eres el amor de mi vida, y mucho gallo y mucho wooooooooooo, que un día van a llegar los bomberos pensando que es una alarma anti incendios, vaya.
No conozco ninguna canción de este hombre (por llamarlo de alguna manera), así que traduzco la única que he oído alguna vez en la radio; que sepáis que lo hago con tapones en los oídos y tratando de pensar en unicornios y cosas bonitas por no verle la cara a este tío. Ay, creo que estoy perdiendo años de vida…
Oh woooah, oh woooooah, oh wooooah, oh.
Sabes que me quieres, sé que te importo,
Grita cuando quieras y yo estaré allí.
Eres mi amor, eres mi corazón
Y nunca, nunca, nunca estaremos separados.
¿Somos pareja? Chica, deja de jugar,
Somos solo amigos, qué estás diciendo.
Dime que hay otro, mírame a los ojos,
Mi primer amor me rompió el corazón por primera vez
Y yo estaba en plan,
[Chorus] Baby, baby, baby oooooh, en plan, baby, baby, baby noooooooo, en plan, baby, baby, baby, ooooh. Creí que siempre serías mía.
Claro, la mala es ella, porque él es un cielote. Su primer amor le ha roto el corazón por primera vez. Fíjate. Si llega a rompérselo por segunda, supongo que lo suyo sería vicio. O no.
(Tengo el folio sobre las muñecas. Estoy a punto de cometer una barbaridad. Llamadlo enajenación mental transitoria.)
Con eso de intentar hacer las clases más amenas y tratar de introducir lenguaje real en el aula que los niños y niñas vean útil, estos últimos días he empezado mi propia humilde investigación en el mundo de la música pop adolescente en busca de canciones que poder utilizar en clase. Tras analizar un par de docenas de canciones de moda entre los prepúberes y los adolescentes de hoy en día, me ha dado también por recordar las canciones de cuando yo tenía su edad (vale, seamos sinceros, yo era bastante más mayor: no tuve un radiocasette que llamar mío hasta los trece, y la primera minicadena en mi cuarto llegó casi a los dieciséis). He llegado a dos conclusiones:
1)No importa la época, la música “teen” siempre será machacona, pegadiza e insoportable;
One Direction
2) Hoy igual que ayer, las canciones pop están dirigidas a las chicas. No tengo ni idea de qué escuchan los chicos de hoy en día (igual que no tengo ni idea de qué escuchaban los chicos en mi época).
También he visto algún que otro contraste que me ha parecido interesante, así que se me ha ocurrido hacer una serie de posts sobre la música de ayer y de hoy, cual melómana consagrada que no tiene ni puñetera idea de lo que habla, aunque creo que es mi deber avisar a quien tenga un mínimo de gusto musical que las canciones que voy a poner aquí pueden causar aneurismas al más pintado. Huid ahora, por tanto, o ateneos a las consecuencias. Mientras llevaba a cabo la investigación sentí cómo parte de mi cerebro moría a más velocidad de la que los neurólogos dicen que es la normal, así que corred. La que avisa no es traidora.
Empiezo la serie con el que fuera mi grupo favorito allá por el pleistoceno, los New Kids On The Block (a partir de ahora, NKOTB). Eran ellos cinco chavales de Boston que un buen día se pusieron a cantar y poco menos que crearon el fenómeno de los “boy band”, aunque ya sé que antes que ellos hubo algún otro, pero ninguno con tanta pegada. Yo tenía todos sus discos, todos sus pósters, todas las Súper Pops que hablaban de ellos y traían pósters suyos. Aprendí inglés a través de sus canciones, porque quería saber lo que cantaban, e incluso a la tierna edad de quince años me di cuenta de que a veces es mejor no entender lo que cantan. Nos parecían guapos (ay) y una amiga y yo estábamos locamente enamoradas de Joe y vimos la peli “El Sexto Sentido” porque el tío que le aparece en el baño al principio de la película era Donnie Walberg, hermano de Mark Walberg, que luego se hizo famoso pero al principio era conocido como “Markie Mark” y por ser el hermano pequeño del de los NKOTB. Sí, así fue mi adolescencia.
Éste era Joe entonces.
Qué mono
Éste es Joe ahora. Suspiro.
Pero a lo que iba: la música. Su canción más famosa y uno de los temas más machacones de la historia del pop es “Step by Step”. En su día, aquí la menda ponía la radio en cuanto daban las horas pares para escuchar la dichosa canción porque estuvieron de número uno en Los 40 y era el único momento del día en el que sabía con seguridad que podía escucharla (entended que no había mp3, ni iTunes, ni tenía yo un mal cassette donde grabarla de la radio). Todavía hoy recuerdo la letra, principio de la cual os traduzco aquí (de memoria, toma ya):
Paso a paso, oh, nena,
Voy a llegar hasta ti.
Paso a paso, oh, nena,
Te necesito de verdad en mi mundo.
Paso,
Hey, chica, en tus ojos veo una foto de mí todo el tiempo
Paso,
Y chica, cuando sonríes,
Tienes que saber que me vuelves loco.
Paso a paso,
Siempre estás en mi cabeza,
Paso a paso,
De verdad creo que es solo cuestión de tiempo.
Leo esto a mis treinta y siete años y os juro que me da miedo. “Paso a paso voy a llegar hasta a ti”. Eh… ¿Perdón? ¿Me estás siguiendo o algo? “En tus ojos veo una foto de mí todo el tiempo”. ¿En serio? ¿Qué quieres decir con eso, que cuando me miras te ves a ti mismo y por eso te gusto, porque en realidad quien te gusta es tú mismo? Me imagino a Derrida deconstruyendo esta canción y partiéndose de risa. Por no hablar del “siempre estás en mi cabeza” y “es solo cuestión de tiempo”, que, qué queréis que os diga, me suena a “te sigo por la calle y en cuanto te descuides te voy a secuestrar y lo vas a flipar”. Pero no sé, igual soy yo, que le doy demasiadas vueltas a las cosas. Y hay que reconocer que el vídeo está genial y la canción todavía retiene la marcha que tuvo entonces.
Este es Danny, el feo
que todo grupo debe tener.
El equivalente a los NKOTB de hoy en día, aunque con diez años menos de media entre sus miembros, se me antojan los One Direction (dejémoslo en 1D). La primera gran diferencia es que estos son británicos, y la segunda que ninguno tiene la mayoría de edad (creo; me han pillado un poco mayor para comprar la Súper Pop y no me sé ni los nombres). Estos también están ahí por su cara bonita, incluso más que los NKOTB (porque nadie podría decir que Danny es guapo), pero mientras los anteriores irrumpieron en el mundo de la canción como una novedad, un algo nuevo que hacía gritar a las chicas, los 1D se limitan a sonreír, sacudir el pelo y pestañear mucho, y luego, ah sí, cantan. Tengo que admitir, sin embargo, que tienen dos canciones que no me canso de escuchar: una por la letra, porque me parece muy sana y saludable para las chavalas que la escuchen, y la otra porque… Vale, me gusta, qué pasa. Me gusta una canción de los 1D. Sí, lo he dicho, ya podéis excomulgarme. Sigamos.
Quiero ponerles esta canción a los chavales y chavalas, pero no he encontrado ninguna clase que la conozca y si no les llama, no le van a prestar la atención que quiero que le presten. La letra dice algo así:
Eres insegura, no sé por qué
Haces que se giren las cabezas cuando entras por la puerta
No necesitas maquillaje para taparte
Ser como tú eres es suficiente.
Todos los demás en la sala pueden verlo,
Todos los demás excepto tú.
Nena, nadie más ilumina mi mundo como tú,
La forma de echarte el pelo hacia atrás puede conmigo
Pero cuando sonríes al suelo no es difícil darse cuenta,
No sabes que eres preciosa.
Si tan solo pudieras ver lo que yo veo
Entenderías por qué te deseo con tanta desesperación
Ahora mismo te estoy mirando y no me puedo creer
Que no sepas que eres preciosa.
Eso es lo que te hace preciosa.
Igual es porque yo era una adolescente mega tímida que nunca miraba a los ojos de la gente. Igual es porque todavía tengo muy presente aquella sensación de “ay, si la gente supiera cómo soy realmente” de toda cría que no se atreve ni a decir hola en un grupo grande, pero qué queréis que os diga, a mí esta letra me encanta. Y ya sé que las chiquitas no se ponen a escuchar las letras, o que es lo de menos para una cría de catorce o quince años, pero igual no. Igual hay alguna como yo, que quiere entender lo que canta y lo que dicen sus ídolos, y cuando escucha esto se siente mejor. No lo sé. Insisto, igual soy yo.
Puntuación:
Aunque me encanta la letra de la última canción y aunque he de reconocer que la primera, tras analizarla, da mucho, mucho miedito, creo que el “Step by Step” le da un par de millones de vueltas al “What makes you beautiful”, aunque solo sea porque ha conseguido superar la prueba del tiempo y todavía hay gente (bueno, igual solo somos dos) que la recuerda y se sabe la letra de memoria (ejém). A marchosa y a buen vídeo no le gana nadie, tenéis que reconocerlo, aunque lo que es por guapos, los 1D se llevan la palma (menos con Joe, que ese hasta ha envejecido bien).
Eso sí, los 1D pueden tener el orgullo de darle mil, dos mil, un millón de vueltas a estos chicos que buscaron en un diccionario palabras que rimaran y se cascaron esta canción que hace que las letras de Alejandro Sanz parezcan profundas: