Cosas que me quitan el sueño


Llevo unas semanas durmiendo fatal. Creo que hoy ha sido la primera noche en mucho tiempo que he conseguido dormir mis ocho horas seguidas sin despertarme ni a mear, y creedme que eso es raro de narices, porque tengo tendencia a despertarme a media noche, mirar el despertador, ver que aún me quedan cuatro horas hasta la hora de levantarme y volver a dormirme toda contenta (cada una es feliz con lo que le da la gana, qué pasa). Pero de un tiempo a esta parte no es ya que me despierte en mitad de la noche, sino que, simplemente, me dan las tres de la mañana y aún no me he dormido (y ahí ya no hace ni pizca de gracia mirar el reloj, qué queréis que os diga), y de tanto dar vueltas una termina más cansada de lo que estaba cuando se acostó. Me rodea mucha gente que es capaz de enfrentar el día durmiendo cuatro horas y sin siesta, y de verdad que los admiro, pero yo no soy persona con menos de siete. Y estos días está siendo imposible.

Primero fue una contractura que me tuvo prácticamente paralizada una semana (aunque al trabajo no falté ni un día, más que nada porque la peor postura era sentada o tumbada y para eso prefiero hacer algo útil). La médica me recetó diazepam, que en teoría debía haberme ayudado a dormir como un lirón, pero el dolor era tal y estar tumbada me era tan incómodo que atrapar el sueño era poco menos que imposible (eso sí, una vez que me dormía no me enteraba de nada). Luego recibí la visita esa que llega todos los meses, la de la señora de rojo que procura no perderse ninguno de tus viajes, que suele venir silenciosa y sin molestar mucho pero que este mes ha llegado con ganas de guerra y me mantuvo despierta un par de noches (sexo débil, los cojones: una regla mala, solo una en la vida, les deseo yo a todos esos machitos que se ríen de las mujeres cuando se quejan de dolores menstruales; nunca sabré cuánto duele una patada en los huevos, pero imaginaos eso durante dos o tres días, así, para haceros a la idea). Y, cuando ya parecía que todo volvía a la normalidad, empezaron las pesadillas. Nada de monstruos que me persiguen por los pasillos, o suelos que desaparecen de repente, o ladrones que entran en casa (bueno, esta sí, y fue tan vívida que me levanté de un brinco por la mañana a ver si me habían robado el ordenador). Mucho peor que eso: pesadillas sobre el trabajo. Pesadillas sobre niños y niñas que no me hacen caso, sobre padres que protestan, sobre tareas no hechas, sobre conversaciones imaginarias con compañeras que terminan en gritos. Cosas que no me han pasado nunca en este colegio, pero que obviamente temo, porque si no a qué viene esto. Si ya digo yo que trabajar es malo para la salud, y si no al tiempo, que ya vendrá la OMS a decirnos que lo evitemos en todo lo posible, y no la carne de cerdo, que vaya ocurrencia la suya.

Por suerte, también hay otra cosa que me quita un poco el sueño, y es la ilusión. Ilusión porque este sábado sale, ¡por fin!, Armarios y fulares, lo que significa que me convierto en escritora publicada. Mentiría si no dijera que estoy nerviosa, pero lo que realmente tengo son cosquillas de anticipación en el estómago (que sí, básicamente es la definición de "nerviosa", pero queda mucho más bonito decir "cosquillas de anticipación"). ¿Gustará? ¿No gustará? ¿Conseguiré que lo lea alguien más aparte de mis allegados? ¿Dejarán alguna reseña de cuatro o cinco estrellas en la página? ¿Tendría que haber cambiado algo, algún diálogo, alguna palabra, algún gesto? Completos desconocidos van a cotillear en algo que me es tan íntimo como un diario, por más que no hable de mí (o no lo a las claras, pero soy de las que cree que todos los libros hablan de quien los escribió). ¿Cómo me juzgarán? ¿Querrán seguir leyendo lo que escribo? ¿Se reirá alguien de mí en vez de conmigo? Todo a la vez y sin orden ni concierto en mi cabeza en ese espacio entre el sueño y la duermevela que cada día se está haciendo más largo.

Pero, qué queréis que os diga, si por esta última razón hay que perder sueño, bienvenidas las siestas. Media horita a la hora de comer y levantarse un poco tarde los fines de semana y listo, solucionado. Bueno, este fin de semana no creo que duerma mucho, porque me veo el sábado a las siete de la mañana delante del ordenador, pero sí, de verdad, pienso recuperar sueño. Cuando termine de escribir el siguiente libro, lo prometo. Quizás. Bueno, no sé.

Que vivan las siestas, sí.


Por qué escribo


Más de una vez me he parado a pensar por qué escribo. No es que lo haga a menudo, ni siquiera cuando estoy con una novela o una idea y no me sale y pienso en la de cosas que podría estar haciendo en lugar de mirar la pantalla en blanco y cagarme en todo lo que se menea, y para qué me levantaré yo a las seis y media de la mañana si podría estar durmiendo hasta las ocho, y quién me manda a mí hacer esto si a nadie le importa que yo escriba o no, si ya hay tantos libros que se necesitarán millones y millones de habitantes más en el mundo para que puedan leerse todos. No; simplemente de vez en cuando me da por pensar "¿y esto para qué?", sin realmente venir a cuento. Cada vez que me paro a pensar en ello, la respuesta es distinta. Unas veces es tan simple como "porque me gusta", otras "porque así espanto demonios", a veces "para conocerme mejor". Pero esta semana he descubierto la respuesta que las engloba todas.

Escribo porque me hace feliz. Y con eso me vale.

Soy una persona de temperamento introvertido, lo que significa que me gusta pasar tiempo conmigo misma y que recargo energía en soledad. Ojo, que esto no significa, necesariamente, que sea una persona tímida, porque no tengo problemas en entablar conversación con gente desconocida y últimamente he descubierto que hago amigos/as con relativa facilidad (todo lo fácil que es hacer amigos/as a partir de los cuarenta, vaya). Pero después de una comida con mucha gente, después de haberme codeado con desconocidos durante horas, después de un fin de semana por ahí con la familia o los amigos, para mí lo mejor del mundo es llegar a la soledad de mi casa y recargar pilas. Esto lo hago de dos maneras: en el sofá con un buen libro, o en el ordenador (o un cuaderno) descargando todo lo acumulado. Y todo lo acumulado pueden ser las sensaciones que me ha dejado el encuentro o volver a la historia que estaba escribiendo, hilar tramas, usar ese contacto que he tenido con el mundo real para hacer mi mundo imaginario más creíble. Y entonces me pierdo, me encierro de tal manera en mi cerebro que me cuesta distinguir lo que es real de lo que es ficticio, pierdo la noción del tiempo (pero del todo, hasta del calendario), olvido dónde estoy. Y cuando salgo de ese mundo que he creado, lo hago renovada, con el mismo subidón de endorfinas que si hubiera corrido una maratón (creo: nunca he corrido una maratón, pero afortunados y afortunadas todos y todas si sentís lo mismo que yo). Aunque me haya costado horrores escribir un párrafo o me haya atascado en un escenario imposible, no importa. Es como volver de una aventura en la que las condiciones las pones tú, aunque vuelvas sudorosa y con callos. Es mi cardio, que dirían los deportistas.

Ayer vi en un supermercado osos de peluche gigantes a la venta, y pensé: claro, se acerca San Valentín y ya están con el merchandising. Me costó diez minutos darme cuenta de que estamos en septiembre, que la que vive en febrero es la protagonista de la novela con la que me estoy peleando ahora. Solté una carcajada que asustó a la que estaba delante de mí en la fila del cajero y entré in the zone: bastó con eso para volver a hacerme pensar en la historia. Volví a casa sin ver ni los coches, no sé cómo no me atropellaron. No me senté a escribir, pero me pasé toda la tarde sumergida en la historia.

Para mí, el mejor antidepresivo del mundo. Y más barato no puede ser.

"¿De dónde sacas las ideas?", o de preguntas sin respuesta


Una vez, casi cuando acababa de empezar con el blog (y de eso hace ya diez años), una amiga me preguntó de dónde sacaba las ideas para los relatos y las pequeñas historias que escribía. "¿Cómo se te pueden ocurrir esas cosas?", me dijo, porque justo había publicado un instante en la vida de un niño y su madre que era un poco gore y no le cabía en la cabeza que yo pudiera ser tan macabra. No supe qué contestarle. ¿Cómo que de dónde salen las ideas? ¿Es que acaso no están a nuestro alrededor como las motas de polvo o el aire que respiramos? ¿No las ves tú? ¿No las ve todo el mundo?

Más tarde me di cuenta de que no, no todo el mundo las ve. Las ideas están ahí, sí, pero hay que saber verlas, y para ello necesitas saber cómo mirar. O quizás no sea tanto mirar como dejar que vengan a ti, dejar que te atrapen (a poder ser delante del ordenador, trabajando, o delante de un lienzo, o por lo menos un mal papel donde apuntarla), pero para eso tienes que estar abierta a esas ideas. Y normalmente no lo estamos. Normalmente pensamos que hay que concentrarse mucho para que se te ocurra una idea, dedicarte solo a eso durante un tiempo, cual pensador en el trono (léase "trono" como "wáter", el mejor lugar del mundo para tener ocurrencias), hasta que algo en tu cerebro fabrique esa idea brillante que llevar a cabo. En mi experiencia, nunca funciona así. Las ideas se me ocurren cuando me fijo en pequeños detalles de mi alrededor, cosas que parecen insignificantes pero que cambiadas de contexto pueden ser verdaderas joyas. Hay una técnica de escritura en la que tienes que utilizar dos conceptos que no tengan nada que ver entre ellos para crear una historia (Bernardo Atxaga tiene un cuento estupendo en Obabakoak, os recomiendo buscarlo, está por la red), y creo que ese es el germen que provoca la explosión que luego se convierte en un cuadro, en un cuento, en una novela. A veces no te das cuenta de dónde ha salido, parece que ha sido espontáneo, como si lo tuvieras guardado dentro y no lo hubieras sacado hasta entonces. Pero, en cuanto te pones a hurgar un poco, te das cuenta de que el origen no es otro que aquella tontería que pensaste hace tres años y la frase que dijo tu amiga del alma el otro día, o la escena de tu serie favorita que te hizo pensar en tu profe de lengua de primaria sumado a haber visto al chico que te gustaba cuando tenías quince años. Detalles, imágenes, chispazos. La suma de naranjas y coches teledirigidos.

A mí, personalmente, las ideas se me ocurren a docenas cuando me pongo a escribir. Es poner dedo sobre tecla y venir a mí cien historias que prometen ser mucho mejores que la que estoy escribiendo. La tentación de dejar lo que estoy haciendo es casi incontrolable; la atracción de una historia nueva, algo que promete ser fácil porque todavía no está trabajada, es tan sugerente que te apetece mandarlo todo a la porra y empezar de cero. Curiosamente, en las temporadas en las que estás en barbecho y no escribes, esto no pasa: ¡anda que no cuesta encontrar sobre qué escribir cuando llevas un tiempo sin hacerlo! Las buenas ideas se atraen unas a otras, como las hormigas exploradoras que luego vuelven a avisar a sus compañeras. "¡Eh, chatas, una que escribe! ¡Vamos a atacarla, a ver si se despista y conseguimos que no termine!" Es la ley de Murphy, supongo. No hay nada que hacer.

Ideas. Cuando tienes demasiadas, malo. Si no tienes, peor. Y distinguir una buena de una mala... Eso ya es tema para otro blog. O para ir al psicólogo directamente, que, por cierto, suele ser muy buena idea.

Cinco libros que no quiero que nadie me encuentre leyendo (pero que leo igual)

Leer libros "malos" es como comer fresas con chocolate:
al menos estás comiendo fruta, ¿no?
Lo reconozco: soy un poco elitista en lo que a literatura se refiere. Juzgo a la gente por sus lecturas, y, aunque me avergüenza reconocerlo, me río de aquellos y aquellas que tienen por favorito un autor o autora que a mí me parece malo. Una vez una compañera de trabajo me dijo que se había leído todo lo de Federico Moccia, que le encantaba, que releía sus libros y no podía esperar a que saliera uno nuevo; a punto estuve de dejar de hablarle, aunque me caía genial y es una mujer inteligentísima que vale un potosí. Huelga decir que nunca he leído a Moccia, y no creo que lo haga por dos sencillas razones: 1) no creo que me vaya a gustar, y sobre todo 2) si termina gustándome, me voy a querer un poco menos. Sé que son prejuicios, sé que está mal, sé que no es justo. Pero no puedo evitarlo. Soy una petarda.

Por supuesto, no soy yo quién para lapidar a nadie cuando tengo mi buena sarta de lecturas de "placer culpable", esas que leo cuando tengo la cabeza demasiado cansada o me apetece algo ligero para evadirme de la realidad. Algunas veces intento engañarme diciéndome que no son tan "lights" porque las leo en inglés, y al menos así practico el idioma, pero reconozco que sí, yo también leo basurilla literaria, por más que la definición de "buena" y "mala" literatura nunca me haya quedado del todo clara. Ojo, que no hablo de libros mal escritos o con una mala trama, sino de libros que quizás no muevan almas y levanten pasiones, ni nos hagan querer ser mejores personas. Mi excusa es que siempre será mejor leer un libro "malo" que enchufarme a ver cualquier porquería en la tele. Mejor Marian Keyes que el Sálvame, eso lo tengo claro.

He aquí alguna de mis vergüenzas:

El código DaVinci, Dan Brown



Sí, lo he leído. Sí, me encantó. Es más, me leí todas las obras que Brown tenía hasta entonces, que eran thrillers de lo peorcito, y no me arrepiento. En aquella época yo era joven e inconsciente y leía todo lo que caía en mi mano. Buscaba lecturas entretenidas, nada de rollos infumables. No lo he releído, porque creo que me sacaría los colores pensar que me podía gustar algo así. Curiosamente, recuerdo lo mal que me sentaba cuando la gente que no lo había leído lo criticaba y trataba de idiotas a los que nos había gustado. En mi defensa diré que la trama está muy bien hilada, aunque el final esté cogido con pinzas. Es el equivalente literario de ver CSI. No creo que una cosa tenga menos valor que la otra. 


El diablo se viste de Prada, Lauren Weisberg

Sufrí leyéndolo, pero me lo acabé. Por qué leí yo algo así es algo que todavía no entiendo, pero era verano, hacía calor, no quería pensar. Ya te digo yo que no había que pensar. Equivalente literario del Corazón, corazón, supongo. Malo, muy malo. Como comerte una rosquilla de anís, que en realidad no te gusta pero ya que te has puesto la acabas. 



The Fault in our Stars (Bajo la misma estrella), John Green

Meto este libro aquí porque sí, leer literatura juvenil a los cuarenta es placer culpable, pero la verdad es que el libro está genial. Aunque a primera vista parece que sea una historia de amor, el argumento va mucho más allá y trata la vida de adolescentes con cáncer. Lloré como una bellaca, me emocionó mucho. Curiosamente, lo leí porque descubrí uno de los canales de Youtube de Green, en el que hace vídeos de historia y demás para adolescentes, y me pareció tan majo que decidí leerle, pensando que era un completo desconocido. Cuando vi que salía la película basada en el libro, flipé. Desde luego, muy recomendable. 


Carrie, Stephen King

Durante años fui una acérrima enemiga de King. Sin haber leído nada suyo, me reía de la gente que leía a King, como si ser superventas fuera sinónimo de ser mal escritor (sigo teniendo ese vicio, pero me estoy quitando, de verdad). Después de leer On Writing empecé a leer sus libros de ficción, y me encantó. Este verano ha caído por fin Carrie, y la he gozado. Me ha gustado la estructura, la historia, la forma de contarlo, todo. No sé si entra en la categoría de "libros que no quiero que nadie me encuentre leyendo", pero admito que es algo que mi yo de hace unos años se hubiera avergonzado de leer. Hoy no; de hecho, han caído media docena de libros de King, y lo que te rondaré morena. 


Los pilares de la tierra, Ken Follet


No es que el libro sea malo, o que la historia no lo merezca, pero es que le he cogido tal manía al pobre Follet que ahora mismo no puedo ver un libro suyo ni en pintura. Al hombre se le ocurrió documentarse en la catedral de Vitoria para escribir Un mundo sin fin (que a punto estuve de tirar contra la pared de lo malo que me pareció) y ahora tenemos una estatua suya a tamaño natural en el centro de la ciudad. Durante meses no se habló más que de Follet y de que iba a poner a Vitoria en el mapa; al final lo único que hizo fue agradecer a la fundación que se ha encargado de la restauración de la catedral al final del libro. Que el libro me gustó en su momento, sí, pero luego te das cuenta de que es un hombre con un esquema concreto y una trama que repite sin cesar en cada libro, y ya no. No me pillarán otra vez, no. Este, para mí, sí que es un superventas de calidad cuestionable. 


Lo que más gracia me hace es que yo, siendo tan pija, haya terminado escribiendo un libro que no es más que eso, un pasatiempo que a más de uno le daría vergüenza dejarse ver leyendo en público. Desde luego no va a ocupar sitio en la librería de los elitistas como yo, aunque quizás lo escondan en algún cajón apartado. Y, como está en formato digital, nadie tiene por qué enterarse de lo que estás leyendo. Benditos readers, que nos han salvado de hacer el ridículo en más de una ocasión. Cuántas copias piratas de Cincuenta sombras de Grey han tenido que caer, y qué poca gente lo ha admitido, seguro. ¿Tenéis vosotras y vosotros un placer culpable? ¡Confesad, no voy a ser yo la única que quede mal!

Cuadernofilia




Hoy me ha dado por contar los cuadernos que tengo en casa. No solo los que tengo en la librería del despacho, que ya son unos cuantos, sino todos los que andan sueltos en distintos rincones del resto de las habitaciones. Los únicos que no he contado son los de dibujo, porque su labor es otra distinta a la de anotar cosas. Pero el resto los he contado. Y me ha costado un rato.

Tengo setenta cuadernos. Setenta. Cuadernos.

Algunos están escritos de cabo a rabo, pero son los menos. La mayoría son grandes, tamaño DIN-A4, pero también los hay pequeños, de media cuartilla, e incluso uno diminuto que llevo en el bolso por si acaso (aunque últimamente todo lo apunto en el móvil). Tengo cuadernos listados, cuadriculados y, sobre todo, lisos; milimetrados no, nunca me han gustado, e intento no usarlos tampoco con mis alumnos y alumnas. Tengo cuadernos idénticos porque a veces los uso para apuntar detalles de una historia, y me gusta que todos los que uso sean iguales, pero como tengo tendencia a escribir cien principios y no acabar ni la décima parte de lo que escribo no me fío de mí misma y no quiero empezar a escribir en la colección de cuadernos todavía, así que están intactos. Algunos son regalos (estoy viendo uno que tiene más de diez años), otros son de la carrera. Algunos contienen cosas que no quiero releer, otros no sé ni lo que tienen. Uno de ellos lo uso como diario cuando me apetece escribir a mano, porque ya hasta el diario lo escribo en el ordenador; otro es mi bitácora de libros leídos, donde apunto las impresiones que me dejan los libros que leo. Tres son los que usé revisando Armarios y fulares. Uno es un cuaderno de viaje. Tengo uno que me hace de diccionario de alemán y más de media docena llenos de apuntes de la universidad que no me atrevo a tirar. Guardo uno siempre al lado de la cama por si se me ocurre una idea brillante a media noche y quiero apuntarla. Al lado del ordenador hay tres.

Dicen las técnicas de minimalismo que, para que la casa esté en paz y tu feng-shui pueda fluir por los rincones sin obstáculos, lo ideal es librarse de cuadernos y papeles y digitalizarlo todo. Esta gente, obviamente, no me conoce, porque antes me mudo a una casa más grande que tirar los cuadernos que tengo. La gente habla de las fotos, de los álbumes como recuerdo, pero gran parte de mis recuerdos están de forma escrita. Ni con la llegada del ordenador, los procesadores de texto y Scrivener he conseguido librarme de mi amor por los cuadernos. Y es que no es lo mismo dejar volar los dedos sobre el ordenador que sentarte tranquilamente delante de un cuaderno y pensar, con un boli que te guste, qué es lo siguiente que vas a escribir.

(Y al igual que la gente que siente hambre cuando ve fotos de comida, a mí ahora me han entrado ganas de comprar un cuaderno bueno. ¿Me resistiré? Lo dudo.)


Cosas que la gente dice de Armarios y Fulares


No, no te has despistado, Armarios y fulares no está accesible al público en general todavía (aunque lo puedes ir reservando para recibirlo el uno de octubre, sábado, y leértelo de un tirón ese mismo fin de semana, porque no vas a poder dejarlo). Mis lectoras son unas pocas afortunadas que me han hecho el grandísimo favor de leerlo y darme su opinión antes de que salga a la venta. Para mi estupefacción, todas han sido positivas sin pasarse de rosca ni hacerme la pelota descaradamente, y he pensado que igual os apetecía haceros una idea de lo que la gente va diciendo por ahí. La verdad es que me he reído mucho con algunos comentarios:
La trama me ha enganchado tanto que se me olvidaba apuntar y tenía que volver atrás. 
Esto me lo dijo la persona a la que contraté para hacer la revisión del libro. Teniendo en cuenta que es una profesional del gremio y ha leído novelas para aburrir, me lo tomé como el gran piropo que es y me hizo mucha ilusión.
Parece escrito por una profesional.
Eh... Gracias, de eso se trata. Aunque es la primera novela que publico, tengo cinco guardadas en el cajón (esta es la única que merece la pena), algo de esto sé. Viniendo de quien vino sé que el comentario llega con todo el cariño del mundo. Me hizo mucha gracia.
He leído libros [publicados por editoriales] mucho peores que el tuyo.
Yo también. Por eso sé que es digno de ser publicado.
Me he reído a carcajadas. No solo sonreír, sino reír a carcajadas.
Eso es lo que buscaba. Objetivo conseguido.
A pesar de no ser el tipo de libro que hubiera leído a priori me he divertido, me ha gustado y lo he disfrutado mucho, aunque me he quedado con ganas de más. 
¿Qué más se puede pedir? Justo la reacción que buscaba.
Alan eres tú, ¿no?
Jijijiji... Sí, un poco. Más bien quien me gustaría ser. ¿Tanto se me nota?
Me lo he leído en dos sentadas, y a mí normalmente me cuesta mucho leer.
¿Qué mayor piropo se puede esperar?
Alan se llama así por Alan Rickman, ¿a que sí?
No. Pero al principio también estuvo inspirado por un actor de cuyo nombre no quiero acordarme.
Me han encantado los personajes, tienes algunos a los que amar y otros totalmente insufribles listos para ser el foco de todos los odios. 
¡Bien! Nada de ambigüedades, o los adoras o los odias, no hay término medio.
Tienes frases que parecen escritas por una escritora de verdad.
Sí, ya sé que me repito, pero es que me lo han dicho dos personas distintas y me ha hecho mucha ilusión.
Me encanta la portada.
Bueno, eso no es mérito mío, sino de Artkanna, pero gracias. A mí también.

Van llegando opiniones, y por suerte son exactamente lo que esperaba: un libro entretenido, fácil de leer y que te arranca una sonrisa. No va a ganar premios, no va a ser un superventas, no va a batir récords de ningún tipo (quizás de "veces que Ruth comprueba cuántas copias se han reservado"), pero es mi niño y a mí me gusta. Me cae bien, me es simpático, y he pensado que este curso podía hacer amigos nuevos. Por eso os lo he presentado, para ver si a vosotros/as también os gusta. Cuando empiecen a caer opiniones de gente que no me conoce, voy a querer esconderme debajo de alguna piedra y arrancarme los pelos a tirones, pero de momento así da gusto. (Por cierto: gracias a todas. Sabéis quiénes sois.)

Armarios y Fulares. De venta en Amazon. Ya estás tardando en hacer la reserva.

Cuando el trabajo ideal y el de tus sueños no coinciden

Te falta el sujeto y has
hecho una doble negación.
Yes, you do!
Lo reconozco: me he pasado el verano soñando despierta (y dormida, porque he dormido lo que no está escrito). No quiero decir que me lo haya pasado tumbada en el sofá con la mirada fija en el techo y pensando en qué haría yo si me tocara la lotería, que también, sino que me he encargado de los últimos pasos de la publicación de un libro y he soñado con la posibilidad de, algún día, dejar de trabajar en lo que me da de comer y poder dedicarme solo a escribir. El treinta y uno de agosto tenía tal bajón anímico porque se acababa mi simulacro de vida como escritora (solo han sido dos meses, pero la he gozado) que pensaba que iba a enfermar. Y de hecho lo hice, pero no lo suficiente como para no ir a trabajar al día siguiente. Maldita gastritis veraniega que no es capaz ni de darme un poquito de fiebre para alargar las vacaciones.

Sí, este ha sido un año en el que la idea de volver a clase me aterraba. De repente, mi deseo de ser escritora era tan fuerte que me ha hecho replantearme la convicción que he tenido siempre, la de que yo soy maestra porque me gusta, porque he nacido para ello. Llevo veinte años dando clase, sí, pero es que llevo treinta y cinco escribiendo, y por primera vez en mi vida he dado a leer algo que he escrito y, fíjate tú, está gustando. ¿Volver a la rutina? ¿Volver a ver a mis alumnos y alumnas, esos bichejos y bichejas que me dejaron sin voz, esos pequeños monstruos que acabaron con mi paciencia en junio? ¡Con lo bien que estoy yo delante del ordenador haciendo la promoción de Armarios y fulares y tomando una cervecita con la cuadrilla por la tarde! Pero no, el uno de septiembre no perdona (bueno, en realidad no perdona el hambre que iba a pasar si no llego a ir al curro, y pobres gatos, quién les iba a comprar su pienso de gama alta) y no ha quedado otro remedio que ir a trabajar. Saludar a las compañeras. Ponerme a preparar las clases. Pensar en qué voy a hacer este año que supere lo que hice el año pasado.

Y fíjate tú que, de repente, las ganas de pasarme el día escribiendo se han quedado en un segundo plano. Me he acordado de golpe de por qué me metí en la enseñanza; me he acordado de los buenos ratos, de las evaluaciones que me hicieron los monstruos al terminar el curso, de las risas, del subidón que sientes cuando una clase aplaude al verte entrar por la puerta porque toca inglés (o porque se acaban las matemáticas, todo hay que decirlo). He recordado las promesas que me hice el año pasado (más plástica, menos gramática) y a los alumnos y alumnas que no me hacen la vida imposible (o sea, el 99 por ciento del colegio). Y me he dado cuenta, por desgracia, de que nunca tendré la motivación necesaria para ser escritora primero y maestra después. Por mucho que a mi yo escritora le duela reconocerlo, yo nací para ser docente, al menos la mayor parte del tiempo. Es mi profesión, mi vocación, lo que me ha mantenido cuerda estos últimos años. Que sí, que vivir escribiendo es un sueño, pero ¿de dónde iba yo a sacar la inspiración para crear personajes como Alan Peterson si no fuera por mi trabajo?

Hay gente que se pasa la vida buscando una pasión. Yo tengo dos. Puede parecer algo bueno, pero lo cierto es que no lo es tanto. No se puede dar el cien por cien a dos sueños, no se puede ser buena en dos cosas. ¿O sí? Esta primera semana de trabajo ya he comprobado que lo de escribir (una nueva historia y el blog), hacer la promoción del libro, preparar las clases y montar un curso online que me han encargado (no preguntéis, soy masoca) es la definición gráfica de multi-tasking, y no llego a todo. De momento sufre el blog y la promoción del libro. Creo que es lo justo; de otra forma sufrirían mis alumnos y alumnas, y ellos y ellas sí que no tienen culpa.

Alguien dijo una vez que si trabajas en lo que te gusta no tendrás que trabajar un solo día en tu vida. No es verdad: trabajar es trabajo, no placer. Pero sí es cierto que ayuda que te guste. Y yo he venido a restregaros en la cara que tengo la suerte de ser feliz en mi profesión. Aunque ello impida, de alguna manera, que cumpla mis sueños.

O eso dicen. Ya veremos.

Vuelta al cole. Y van 20.


Sí, ya sé que todos y todas sabéis que mañana es uno de septiembre, que no soy yo la única que curra. Ya sé que no utilizáis este blog como calendario, porque si no mal andaríais, porque aquí solo se menciona la vuelta al cole, mi cumpleaños, Noche Vieja y el cumpleaños de Alan Rickman (bueno, y este año el 1 de octubre, fecha del lanzamiento de Armarios y fulares, que está en reserva y podéis adquirir cómodamente en el enlace de la barra de la derecha, o aquí si os da pereza buscarlo). Me imagino que este día estará grabado en la mente de muchos y muchas como el día más odiado del año, el de la vuelta al trabajo, y que todos y todas os levantaréis con las mismas ganas que yo de ir a currar (o sea, ninguna), haciendo ya planes para el verano que viene (ahora mismo Cancún suena que te cagas). Ay, esa lotería que tiene que tocar y no llega, cuánto se está haciendo de rogar.

Yo tengo la suerte de empezar solo a medias. Tengo que ir a trabajar, sí, pero como mi materia prima tiene vacaciones hasta el día siete y dar clase a pupitres vacíos no es tan emocionante como cuando están llenos (aunque en algunas clases no noto la diferencia, sobre todo los lunes a primera hora), dispongo de cuatro días para organizar un poco mi mente y decidir qué voy a hacer este curso para dejar a mis alumnos patidifusos y que aprendan, a poder ser, un poquito más que el año pasado. He empezado a hacerme una lista mental de las cosas que quiero hacer, que incluye cosas como estas:

  • Engalanar la clase de inglés para que les sea atractiva a los pitufos y pitufas y a mí no me dé sensación de estar trabajando en un sanatorio mental. 
  • Ordenar todos los materiales que no ordené en junio porque me vencieron las fuerzas.
  • Preparar un cuaderno de evaluación continua tan completo y sistemático que no me haga falta hacerles exámenes de gramática en todo el curso. Odio los exámenes más que ellos, pero no se lo digáis.
  • Buscar ideas para plástica, algo divertido y que al mismo tiempo me dé la oportunidad de enseñarles nuevas construcciones lingüísticas en inglés. 
  • Preparar libros y CDs con canciones y cuentos para infantil. 
  • Diseñar por lo menos una actividad en la pantalla digital para cada clase, algo que les enganche de tal manera que quieran aprender inglés hasta en el recreo. 
Y unas dos docenas más de cosas con las que no os voy a aburrir, porque he llegado a la conclusión de que mis ideas solo me emocionan a mí. O a otro maestro o  maestra de inglés pero, curiosamente, muy pocos visitan este blog. Oh, well. 

Esto, claro está, es la teoría, pero veinte años en el aula (sí, este septiembre hace veinte años que soy maestra, cómo pasa el tiempo) me han enseñado que cuatro días no dan para mucho más que para: 
  • Acudir a reuniones y recordar cosas que creías saber pero tenías olvidadas. 
  • Aprenderte los nombres de tus nuevas compañeras. Ayudarles a encontrar el baño y la sala de profesores, y explicarles bien la locura de horario de las primeras semanas. 
  • Pelearte con la jefa de estudios porque no te gusta tu horario y te niegas a dar tres horas de inglés a la misma clase el mismo día. Pero con buen rollito.
  • Esperar a que te pasen las listas con los alumnos y alumnas nuevos, para poder organizarte y saber cuántos alumnos/as tienes por aula. Llegar al día siete y no tenerla aún.
  • Vaciar las cajas de la mudanza que no vaciaste el año pasado porque te dio pereza. 
  • Pedir el material que necesitas para tu primera clase de plástica y darte cuenta de que, si realmente lo quieres para el día siete, vas a tener que ir a la tienda a comprarlo tú misma porque TODAS las escuelas de Vitoria están haciendo pedidos y no te lo van a mandar ni de coña. 
  • Poner nombre a los libros nuevos, si los tienes. Lo más seguro es que termines llamando a la editorial y tengas que esperar hasta octubre a que te lleguen.
  • Morirte de nervios porque ha llegado el día siete y tú no tienes ni pajolera idea de qué vas a hacer con los de la primera hora. ¡Se te ha olvidado programar la semana! 
Veinte años ya y todavía no he conseguido utilizar ese manojo de días para organizarme. Y es que, si os soy sincera, a mí lo de preparar cosas me gusta en teoría, porque es muy bonito eso de tener ideas e imaginarte la clase perfecta donde todos los niños y niñas se pelean por darte la respuesta correcta y corean tu nombre al unísono cuando entras por la puerta porque saben que se lo van a pasar bien. Pero en realidad lo que a mí me gusta es tenerlos delante y llevar a cabo la programación, sí, pero al son que ellos y ellas me marquen, no al que les marque yo. Lo divertido de mi trabajo es, precisamente, la materia prima, y sin ella no tiene mucho sentido preparar. Así que mañana empezaré relajada, contaré mis vacaciones, me tomaré un café y conoceré gente nueva, y con un poco de suerte arreglaré el aula, que falta le hace. ¿El resto? Ya irá cayendo. Que más sabe el diablo por viejo que por diablo y veinte años dan para mucho. Os lo dice una experta. 

Buen karma


Hace unos años, cuando mi padre estaba enfermo, se me metió en la cabeza que quería convertirme en donante. Mi mente racional decía que era una manera de dar a los demás, un gesto altruista que no me costaba nada y que podía salvar vidas; mi mente no racional, esa que cree un poco en la magia, que me hace comprar cartas del Tarot y lee artículos sobre percepción extrasensorial, lo hacía por interés. Todo el que me conoce sabe que no creo en dios, que soy atea convencida y, en cuanto junte las ganas y el interés necesario para ello, apóstata, pero creo firmemente en el karma. Karma is a bitch, que se dice en inglés, y yo quiero tenerlo siempre de mi lado. Por si acaso. En aquel momento, cuando mi padre enfermó, no pude donar porque estaba tomando una medicación extraña que no conocían y me recomendaron que esperara a acabar el tratamiento. Luego mi padre murió y a mí se me pasó el impulso, aunque siempre me quedó tras la oreja el "tengo que hacerme donante". Pero ya sabéis cómo es la vida: siempre hay algo más importante, más divertido o más urgente que hacer. 

Siete años han pasado ya desde aquel primer impulso, y hoy por fin me he acercado al hospital y esta vez me han sacado mi medio litro de sangre. Me ha costado menos de media hora de mi tiempo, y me ha servido de fenómena excusa para meterme dos desayunos en el cuerpo (y saltarme la dieta, y permitirme tomar todo el zumo que me dé la gana, que es importante beber líquidos). Cuando alguien de nuestro entorno tiene un problema de salud, lo primero que sale por nuestra boca es un "si puedo ayudar en algo, no dudes en pedírmelo" que a veces va de corazón y otras se convierte en fórmula (nunca olvidaré cuando nos lo dijo la cajera del supermercado el día que enterramos a mi padre; no me han dicho algo tan falso en la vida). Pero la verdad es que, la mayoría de las veces, no podemos hacer nada, al menos no por esa persona, no en ese momento. Aunque queramos. Simplemente, si no eres médico no puedes echar una mano.

Pero sí puedes ayudar a otras personas (o a esa, de rebote). Gente anónima de quien nunca sabrás nada y a quien habrás hecho un servicio completamente altruista que puede hasta salvarles la vida. Pensar que la bolsa que me han extraído hoy pueda ayudar a alguien me infla un poco, y os parecerá una tontería, pero estoy más contenta que otros días. Me siento bien conmigo misma. He añadido puntos a mi cuenta del karma. Vamos, estoy tan positiva que me falta nada para salir a la calle a rescatar gatitos. Bueno, para eso me falta poco ya de normal, así que hoy ni te cuento. 

Y aunque el karma me ignore, me da igual. He donado sangre, he donado vida. Me siento bien (ni siquiera me he mareado un poquito), he dejado mi marca en el mundo. Y si escribiendo este post consigo que alguno de vosotros/as tome ejemplo, ya lo flipas. Voy a tener la cuenta de puntos kármicos a tope. 

Dona sangre, anda. Dona vida. Merece la pena. 

De admirar y ser admirado

Me encantan las redes sociales. Me gustan más de lo que deberían, la verdad, porque a veces me doy cuenta de que estoy un poco enganchada y vivo pegada al móvil, lo reconozco. He llegado al punto de enterarme de las noticias primero por Twitter y Facebook, aunque luego corro a medios más serios y las corroboro (si es que a los periódicos de hoy en día se les puede llamar "serios", porque tengo la sensación de que cada día nos engañan más). Las redes sociales hacen que las noticias vuelen, que nos enteremos de todo inmediatamente (quizás demasiado, sin información suficiente, a veces engañando, pero rápido, siempre rápido). También sirven, y esto me gusta especialmente, para sentirme más cerca de gente con la que de otra manera no tendría contacto. No hablo solo de amigos y amigas del otro lado del charco con los que no tendría la relación que tengo ahora si no estuviéramos conectados a través de Facebook, sino de esas personas que nunca jamás en la vida vas a conocer en persona (o quizás sí, que la vida da muchas vueltas). Las hace sentir un poco más cercanas, e incluso te llega a dar la sensación de que las conoces, de que están a un solo click, de que puedes dirigirles la palabra cuando quieras. Y puedes, claro, aunque otra cosa es que te vean.

Y algunas veces, como esta semana, te das cuenta de que a ellos y ellas les pasa lo mismo que a ti. Que también siguen a sus ídolos por Twitter, que también son "fans". El otro día, por ejemplo, me encontré con este tuit de uno de los grandes, Stephen King:



Ya solo con esto me emocioné, porque The Underground Railroad es un libro que tengo fichado desde hace unas semanas, el primero en mi lista de "libros a comprar en cuanto cobre". Sigo a Colson Whitehead desde hace poco, y de momento me parece un hombre muy interesante que comparte cosas que merecen ser leídas. Que King, un superventas con chorropocientos seguidores en Twitter, recomiende a alguien es garantía de que muchos de esos seguidores van a terminar comprando el libro de Whitehead, lo que seguro que al otro le viene de perlas. En esas estaba yo cuando leí este otro tuit: 


¡Toma ya! "Leer Carrie en séptimo me hizo querer escribir ficción, así que gracias, amable señor". O sea, que Colson Whitehead es admirador de Stephen King, y ahora Stephen King alaba su obra. ¿Se puede llegar a mayor éxito como escritor? Que alguien a quien tú tienes por maestro (porque le hizo querer escribir ficción, supongo que sería porque le gustó) llegue a decir públicamente que tu novela es tremenda tiene que ser la cumbre de tu carrera de escritor. No me puedo imaginar mayor halago, ni de la crítica ni del público, que recibir una palmada en la espalda de quien te inspiró a escribir. De admirar a ser admirado. De seguirle en Twitter a que te siga él a ti. (Bueno, esto puede que sea una chorrada, pero es que yo estoy todavía en esa fase. Ganar un seguidor hace que me crea alguien.)

Por cosas como esta me gustan las redes sociales. Conversaciones entre escritores, bromas entre actores (hace unos años fui testigo de una conversación divertidísima entre Steve Martin y Stephen Fry) y zascas apoteósicos a racistas y misóginos (aquí JK Rowling se lleva la palma) hacen que merezca la pena ser un poquito adicta a las RRSS. Qué le vamos a hacer, cada una se entretiene como quiere. Al menos yo no soy de las que cuenta con detalle lo que ha desayunado o qué tal ha ido la evacuación del día (con foto). Ya veréis, ya, que pronto se convertirá en deporte olímpico. Espero, porque será la única manera de que yo me lleve una medalla. 



Armarios y fulares: cumpliendo un sueño

Este blog empezó porque me gusta escribir. Me ha gustado siempre, desde que era una niña pequeña y escribía historias con mis compañeros de clase que luego la "andereño" leía en voz alta; creo que en casa de mi madre todavía hay cuadernos llenos de historias escritas a lápiz sobre objetos que se movían cuando los dueños de la casa no miraban, o de niñas que derrotaban fantasmas. Siempre he dicho que escribo para mí, pero la verdad es que me gusta que la gente lea lo que escribo. Abrí el blog para compartir lo que pienso y alguna historia corta que me parecía digna de ser leída. Sé que los que me leéis sois pocos, pero a mí me basta. O me bastaba.

Llega un momento en que lo que escribes te quema dentro. Quieres hacerlo bien, escribir lo mejor que sepas, revisar hasta que ya no se te ocurra qué más revisar, pero ¿para qué molestarte si luego se va a quedar en las entrañas de tu ordenador? ¿Para qué aprender todo lo que puedes sobre el arte de escribir, pasarte horas imaginando personajes y poniéndolos en acción si luego no lo va a leer nadie? Y entonces te pones a buscar maneras de que tu novela (me da hasta vergüenza llamarla novela) vea la luz, y la mandas a editoriales, pero te das cuenta de que no encaja en ningún género establecido, que no te conoce ni Rita y que de qué se la van a jugar contigo. Y ves a gente que se ha autopublicado y les va bien, y dices ¿y yo por qué no? Te tragas la vergüenza, empiezas a mover la historia, la das a leer a conocidos... Y descubres que tienes algo que merece la pena publicar, aunque sea por tu cuenta, aunque sea por poder decir que eres escritora. Que ya lo eras, pero ¿se es realmente escritora si no te lee nadie?


Pues eso, que he escrito una novela (bueno, he escrito varias, pero ésta es la que más me gusta) y la he publicado. Los fieles al blog recordaréis, quizás, algún extracto que puse hace mil años sobre dos personajes llamados Mike y Alan; cuatro años me ha costado revisarla hasta el punto de no querer morir de vergüenza si alguien la leía, cuatro años juntando el valor para lanzarla al público. Ya está hecho, ya está en Amazon (en reserva, pero está), ya está a la mano de cualquiera. Y, aunque me hace una ilusión tremenda tener un libro publicado, estoy tan nerviosa como no lo he estado nunca. Nunca había pensado que se pudiera estar muerta de miedo y de ilusión al mismo tiempo, pero fíjate, se puede. Jamás me he sentido tan expuesta. Es como estar desnuda en plena calle. Es la sensación más extraña que he sentido nunca. Pero me encanta.

Armarios y fulares sale a la venta el uno de octubre, pero ya podéis hacer la reserva en el link que os dejo abajo; el día uno se descargará automáticamente en vuestro dispositivo Kindle (los que hayáis comprado antes ebooks en Amazon sabéis que, si no tenéis un Kindle, Amazon os deja descargar la app para vuestra tablet completamente gratis y en pocos segundos; esto es algo que voy a tener que explicarle a mi madre, jeje). Más adelante, si las ventas me animan, quizás lo saque en papel, pero de momento solo hay copia digital. Mi mayor esperanza es que os guste y os arranque una carcajada, o al menos una sonrisa de vez en cuando. Y si ya tenéis a bien dejar un comentario sobre el libro en la página de Amazon, os adoraré siempre.

Gracias por estar ahí. Gracias por leerme aquí. Gracias por haberme convertido en escritora.


Para reservar Armarios y fulares y recibirlo el día 1 de octubre, haz click aquí y llegarás a la página de Amazon.

Lidia Valentín y la importancia de modelos como ella


He vuelto a volver de vacaciones. Sí, es lo que tiene ser maestra (no me odiéis), que el verano da para irte dos veces, o tres, si contamos la escapada que hice antes de que me dieran las vacaciones oficialmente. He vuelto, digo, con los sempiternos kilos de más y un moreno que los disimula (moreno en la piel, no agarrado del brazo, que según lo he escrito parece que me he echado novio), y la cabeza más descansada que cuando me fui. Iba a decir que he vuelto con ganas, pero la verdad, me queda una semana de vacaciones y todavía me da una pereza inmensa pensar en el regreso. Y eso que me gusta mi trabajo. ¿Cómo lo harán los y las que lo odian?

Estos diez días de vacaciones los he pasado durmiendo, leyendo y viendo las olimpiadas. Dormir y leer son cosas que hago a menudo, pero lo de ver deporte es algo muy novedoso y que solo ha ocurrido porque he coincidido con una persona a la que le gustan los deportes y ha terminado picándome. Me he tragado hasta la clasificación de la natación sincronizada, y eso que no me gusta especialmente; seguí la competición de baloncesto de chicos para animar a Argentina (lo siento, pero ninguno de los jugadores de la selección española me cae especialmente bien, y no pienso animar a aquellos a quienes pongo a parir cuando juegan contra el Baskonia) y animé a las chicas en la final contra Estados Unidos, que por un momento (o un cuarto) parecía que podían llegar a ganar. Y, fíjate lo que son las cosas, seguí la final de bádminton, hasta tal punto que he decidido que va a ser el deporte por el que me presente en las olimpiadas de 2020. A no ser que me vuelva a resbalar en la cocina y vuelva a marcarme el espagar fantástico que casi da con mis huesos en el hospital y que me ha tenido amoratada los diez días de playa.

Pero sobre todo, sobre todo, he vibrado con la halterofilia femenina. La imagen de Lidia Valentín levantando 141 kilos todavía me persigue en sueños. Creo que ha sido la primera vez que he conseguido ver a un levantador (o levantadora) terminar su actuación, porque siempre me da miedo que se hagan daño en la espalda o en las rodillas, que es lo que me pasa a mí cada vez que tengo que traer las bolsas de la compra desde el supermercado. No suelen gustarme los deportes en los que no se ve claramente quién va ganando (en una carrera ves quién va primera, pero en halterofilia, gimnasia, salto y demás tienes que hacer cuentas), pero lo de esta mujer no tiene nombre. Y lo de la coreana que ganó, tampoco; a Valentín se la ve grande, fuerte, pero a la coreana se la veía tan poca cosa que aún no me puedo creer que levantara más de 150 kilos. Y su forma de saludar, haciendo una reverencia al público... La puta ama, dicho en castizo.

Lo mejor, para mí, fue la manera de saludar de Valentín. El corazón con las manos tras flexionar los brazos en ese gesto de "que te reviento, ¿eh?", esa sonrisa de felicidad que reflejó realmente lo joven que es, la alegría sin tapujos. Si yo hubiera sido niña al verla, habría querido ser levantadora de pesas. ¿Quién dijo que la feminidad está reñida con la fuerza? ¿Se puede ser más "cuqui", con sus muñequeras rosas y sus ojos pintados, mientras levantas 141 kilos así, a pelo? Dios mío, solo de pensarlo me está doliendo la espalda. Hablaban de que la medalla de plata del baloncesto femenino iba a favorecer a este deporte, pero no me extrañaría nada si se llenaran los gimnasios de chicas con ganas de empezar a ponerse cachas. Qué demonios, si hasta a mí me han entrado ganas; ayer levanté tres kilos, uno y medio en cada mano. Por algo se empieza.

Y sí, la plata de rítmica muy bonita y bien merecida, y olé Gemma Mengual y Ona Carbonell, y sobre todo aupa Maialen y Carolina Marín. Que este año ha sido el de las chicas, y a ver si cunde el ejemplo y nos damos cuenta de que hay vida después del fútbol, aunque como ya ha empezado la liga dudo mucho que vuelva a hablarse de los y las medallistas en el futuro, a no ser en su casa o en su pueblo. Pero es lo bonito de las olimpiadas, que cada cuatro años descubrimos deportes nuevos y a una le entran ganas de apuntarse al gimnasio y empezar a hacer algo con su vida. Aunque sea, una carrera de esas de cinco kilómetros en los que la mitad son andando.

Los diez libros más sobados de mi biblioteca

Soy de las que relee libros. No todos, por supuesto, pero sí los que más me han gustado, los que más cosas me han dicho. Hay libros que necesitan ser releídos para captar todo lo que nos están diciendo, porque no se puede pillar todo a la primera, no siempre al menos, no cuando un libro dice mucho. Otras veces es simplemente que me gusta la historia y quiero volver a sumergirme en ella, aun a riesgo de darme cuenta de que ya no me gusta tanto. Por lo general, en cuanto termino un libro tengo muy claro si alguna vez lo volveré a leer o no. En caso afirmativo lo guardo; si no, lo regalo o intento donarlo (pero como la mayoría de mis lecturas son en inglés, me es dificilísimo encontrar a alguien que los quiera y así está mi casa, llena de libros no tan buenos).

Creo sinceramente que los clásicos aguantan mejor una relectura que los bestsellers, aunque, si la historia es buena, a veces también lo merecen, sobre todo si hace ya tiempo que lo leíste y solo recuerdas que te gustó, pero no la trama. Esta es mi lista de libros más sobados; el orden es aleatorio, pero una se suele acordar sobre todo de los que más le gustaron, así que creo que me ha podido el subconsciente al hacer la lista:

1. Harry Potter (la serie entera), JK Rowling


No podía faltar, por supuesto. No sé cuántas veces me los he leído, pero debe andar por la docena. La razón es que, cada vez que salía libro nuevo, quería acordarme de todo lo que había pasado anteriormente, así que me leía todos los libros que habían salido hasta entonces. Aunque leer, lo que se dice leer, no hacía mucho: aproveché para comprarme las cintas (¡sí!, ¡cintas de cassette!) y las escuchaba por la noche. Eso sí: el sexto y séptimo libro me los leí tan rápido (un fin de semana cada uno) que, en cuanto los acabé, volví a releerlos para saborear cada escena y fijarme bien en qué demonios había pasado para llegar al final al que llegaron, porque del ansia no me había enterado de la mitad.

2. La Regenta, Leopoldo Alas Clarín 


La primera vez que lo leí fue por obligación, más o menos. Nuestra profesora de literatura en el instituto nos dio a elegir las lecturas del trimestre; era una mujer enfadada con el mundo que odiaba a sus alumnos (o esa sensación daba, aunque era una gran profesora), y cuando llegó a La Regenta nos soltó un "ya sé que nadie va a elegir este libro porque es el más largo y el más difícil, pero bueno, os lo tengo que dar también". Yo lo escogí sin dudar, y se convirtió en mi libro favorito durante décadas. Ese año me lo leí unas cuatro veces (cada vez que mi madre entraba en la habitación y me veía leyéndolo otra vez se desesperaba, no entiendo por qué. Ni que me hubiera pillado con una revista pornográfica o algo); cada poco tiempo lo rescato, y me alegra decir que no ha perdido ni un ápice de su encanto. Ahora me doy cuenta de que a los quince años no fui capaz de entender la mayoría de las cosas que se explican en el libro, pero lo poco que me llegó me hipnotizó. Sigue siendo uno de mis libros favoritos. 

3. Beloved, Toni Morrison


¿Cómo no querer este libro? Lo descubrí por el club de lectura en euskera al que asisto una vez al mes, con lo que la primera vez que lo leí fue en euskera, no en su idioma original. Poco me costó encontrar el ebook y devorarlo otra vez en inglés (y con él toda la bibliografía de Morrison, que por desgracia no es muy extensa). Este verano me voy a regalar la copia en papel del libro, porque merece ser leído, marcado y machacado. Aparte de mi obsesión por el tema de la esclavitud en Estados Unidos, es un maravilloso libro que debería ser de obligada lectura para todos los amantes de la literatura. 

4. El guardián entre el centeno, JD Salinger


Curiosamente, cuando lo leí de adolescente no me quedé con gran cosa. Quizás porque yo tuve una adolescencia muy tardía (creo que todavía no la he superado del todo), quizás porque es un libro muy americano y no conseguí identificarme con el protagonista; quizás porque es la historia de un chico, muy distinta a la que sería la historia de una chica. Hace unos años lo volví a leer, esta vez en inglés, y me enamoré del libro. Han caído dos lecturas más, y creo que caerán otras cuantas en breve. Me encantaría tener a un adolescente en mi círculo cercano para poder recomendarle este libro que tanto me emociona. 

5. Al este del Edén, John Steinbeck


Es pensar en este libro y emocionarme. Ya no solo por la historia que cuenta (que es bestial, universal, eterna, maravillosa), sino porque el libro ocurre en la zona de California que fue mi hogar durante siete años. Cada vez que veo el nombre de King City en la página se me nublan los ojos (lo cual no deja de ser irónico, porque cuando vivía allí me parecía un agujero en el mapa, y ahora mismo es el lugar más peligroso de toda California); cuando mencionan Greenfield, Salinas, Lompock, yo salto un poco en el sofá y le digo a la página ¡ahí he estado yo!, ¡ahí se nos paró el coche!, ¡ahí me invitaron a  una fiesta!, como si alguien pudiera oírme. Es el libro que retomo cuando me siento melancólica, y el libro al que recurro después de haber leído algo muy malo, como quien se quita el mal sabor de una almendra amarga con un trago de buen café. Está tan marcado que reconocería mi copia en cualquier lugar del mundo si me la robaran. Es el libro que nunca, nunca saldrá de mi casa (a no ser para ir a un parque y leer tranquilamente a la sombra de un árbol una tarde de verano). Por cierto: qué mala es la película. De lo peor que he visto.

6. Las uvas de la ira, John Steinbeck


A diferencia del anterior, este libro me produce tal desazón que tengo que tener mucho cuidado con cuándo lo leo, porque me afecta mucho. La última vez que lo releí lo tuve que dejar a medias en la mesa, casi a mitad de una frase, durante un par de días, porque sabía lo que venía y no tenía fuerzas para leerlo. Es crudo, es gráfico, es bestial, y lo peor de todo, está basado en hechos reales. Parece mentira que un libro escrito a principios del siglo veinte sea tan actual como este. A más de uno se lo daría yo a leer. 

7. Middlesex, Jeffrey Eugenides



Este libro me lo regaló una amiga y estuvo en mi pila de libros por leer durante años. Cuando al final me animé a leerlo, no podía creerme que algo tan maravilloso hubiera estado delante de mis narices tanto tiempo y que yo no lo hubiera visto. Me encanta Eugenides y su arte de contar una historia desde el final hacia el principio, yendo atrás en el tiempo para explicar por qué el protagonista de la historia es como es. Maravilloso. De hecho, creo que le voy a echar otro vistazo antes de que acabe agosto. También digno de mención es Las vírgenes suicidas, que solo he leído una vez pero que me dejó helada por su manera de manejar un punto de vista múltiple. 

8. Dientes blancos, Zadie Smith


Mi amor por esta mujer no tiene límites, y mi envidia tampoco. Con veintipocos años escribió una de las obras más importantes de la literatura contemporánea británica, y se ha convertido en una de las voces más escuchadas, ya sea en literatura, política o encaje de bolillos. He leído todos los libros que ha publicado, incluso uno de no ficción, y espero con ansia que siga escribiendo. Dientes blancos es, para mí, lo mejor que ha escrito, aunque cualquier cosa de esta mujer hace que me derrita de gusto.

9. Ana Karenina, Lev N. Tolstói


Incluyo este libro que me he leído varias veces, aunque estoy convencida de que no volveré a releerlo jamás. Cayó en mis manos cuando era una cría porque estaba entre la colección de premios Nobel que mis padres tenían en el salón. Mi profesor de octavo de EGB se quedó de piedra cuando le dije que lo estaba leyendo, y le dijo a mi madre que estaba bien que leyera cosas de esas, pero que no iba a entender nada. Efectivamente, tenía razón. Hace unos meses volví a leerlo y aprecié la grandeza de Tolstói, pero también me di cuenta de que no me gustan los realistas rusos. Si a esto le añadimos que me he leído Guerra y Paz también este año, apaga y vámonos. 

10. On Writing, Stephen King


No había leído nada de King hasta que leí este libro, mitad autobiografía mitad manual de escritura.  A partir de ahí le cogí cierto cariño y empecé a respetarle mucho más. Lo he leído un par de veces, y la verdad es que guarda unas pequeñas joyas en su interior que merecen la pena ser leídas de vez en cuando. Ahí lo guardo, para cuando me dé el bajón y necesite que alguien me anime. O para reírme un rato, que también ayuda. 


No son los mejores libros que existen, pero a mí me dicen algo. Son importantes para mí por un motivo u otro (menos Ana Karenina, claro), y sé que volverán a mis manos más pronto que tarde. De hecho, escribiendo esta lista he descubierto alguna que otra joya en mi estantería que lleva años sin ser leída. Si sumamos a estas relecturas la lista de libros que me estoy haciendo este verano y la que caerá en cuanto eche un vistazo a las novedades de 2017, creo que tengo lecturas para rato. Y feliz, oye. 

De hacer deporte en verano, o a quién se le ocurre correr con la calor que hace




Cualquiera que pase por el blog con asiduidad sabe una cosa de mí (bueno, sabe muchas, pero aparte de mi pasión por Alan Rickman, la más gorda es esta): odio hacer ejercicio. Lo odio con pasión, con las mismas ganas que odio las habas, por mucho jamón que les pongas, o los caracoles, pero de ahí por lo menos aprovechas la salsa. Iba a decir que lo odio tanto como a Trump, pero no, porque el ejercicio al menos es bueno para la salud y Trump no.

No soy yo, pero podría serlo.
La cara de dolor nos une.
Y es que el deporte, el ejercicio en general, está mal diseñado. Me van a perdonar los forofos del deporte, esos locos y locas que salen a correr maratones con treinta y seis grados a la sombra, o que se meten un triatlón entre pecho y espalda y al día siguiente van a entrenar para quitar las agujetas, pero una actividad que te hace sufrir antes de darte todos los beneficios que da el deporte sufre de un gran defecto. Pensad, como dijo una amiga, en el alcohol. Todos y todas sabemos que el alcohol es malo, que te fastidia el hígado, que te nubla la razón... Pero cuando te tomas un par de cubatas se te olvida hasta tu nombre; la mayoría de las veces te lo pasas en grande (a no ser que te dé llorona), y en plena borrachera llegas a pensar que qué hay de malo en estar borracho todo el día, si es lo más grande, la única manera de vivir la vida. Hasta que llega el día siguiente, claro, y la resaca te deja arrodillado/a frente al dios Roca, echando hasta la primera papilla y dándote cuenta de que el alcohol sabe mucho mejor al entrar que al salir. Si encima eres como yo, que tengo un problema con el dichoso esfínter que une el esófago con el estómago, puedes llegar a pasarte hasta quince horas vomitando (o dos días; os juro que no exagero). Entonces es cuando dices "nunca más, no vuelvo a beber en mi vida, tenían que imponer la ley seca, esto debería ser ilegal". Pero cuando vuelve a llegar el momento de correrte una juerga, ¿de qué te acuerdas? ¿De lo bien que te lo pasaste o de la resaca? Poca gente conozco que haya dejado de beber por una mala resaca. (Exactamente cero. Al final siempre recaemos.)

20 qué, ¿kilos?
Sí, claro, esa sonrisa iba a
tener yo.
El deporte, sin embargo, funciona al revés. Primero sufres; te esfuerzas por llevar a cabo el ejercicio en cuestión, ya sea corriendo en la calle, en las máquinas del gimnasio o en una de esas clases que inventó algún masoca con la excusa de ponerte en forma (no incluyo los deportes de equipo, que suelen ser más divertidos. En mi caso son una tortura porque, como soy tan mala, la gente termina riéndose de mí o medio cabreada porque no hago más que parar el juego). Sudas. Te duele. Los primeros quince minutos te esfuerzas al máximo por eso de sacar el mayor rendimiento posible a lo que estás haciendo. Miras el reloj. Te das cuenta de que a la puta clase de GAP le queda todavía más de media hora y tú ya no puedes más. Aguantas otros quince minutos como puedes, pensando que los últimos quince serán para estiramientos. El cabrón del monitor solo necesita cinco porque claro, él está acostumbrado y no necesita estirar. Sientes cómo se te sube la bola en la tripa, algo que no creías posible (¿ahí hay músculo?). Reniegas de la clase y te juras que no vas a volver más. Te pasas una semana con agujetas. Eso sí, esa noche duermes del tirón, acunada por las endorfinas que has creado. Si consigues ir dos o tres veces a clase (o a las máquinas) te das cuenta de que estás más ágil, de que aguantas mejor el día, de que duermes mejor. Pero ¿de qué te acuerdas cuando piensas "tengo que ir al gimnasio"? De lo que sudaste, de lo que sufriste, de lo que dolió. Porque, insisto, los beneficios del deporte están mal colocados. Si sintieras lo que sientes después mientras lo estás haciendo, otro gallo cantaría. Los gimnasios estarían mucho más llenos de lo que ya están (algo que no entiendo. Cómo nos gusta sufrir).

Lo peor de todo esto, para mí, es que me gustaría ser deportista. Veo cómo disfruta la gente a la que le gusta hacer deporte y pienso "joder, por qué yo no". Les veo correr, poner su cuerpo al límite, participar en carreras que a mí me parecen inhumanas, y me dan una envidia mortal. Daría cualquier cosa por ser una de esas personas que se levantan una hora antes para poder correr cinco kilómetros antes de ir a trabajar, o meterse una clase de spinning antes del desayuno. Cada vez que salgo de la ducha después de una hora de ejercicio, con todos los beneficios aún frescos, pienso "tengo que hacer esto más a menudo. Tengo que convertirlo en costumbre". Y al día siguiente llega la hora de ir al gimnasio y pienso "quita, quita, con lo bien que se está en el sofá. Luego si eso voy a cazar Pokémones y me doy una vuelta".

Que sí, que me dan envidia. Aunque estos no tiene precisamente
cara de estar pasándolo bien. 

Dicen que no se puede enseñar trucos nuevos a un perro viejo, y yo, ejem, ya estoy en esa edad en la que cambiar de hábitos es difícil. Pero yo insisto; mi plan de hoy es ir al gimnasio, no sé si a una clase o a meterme cinco kilómetros en la cinta (o las dos, depende de cómo me pille de humor). Que no es que vaya a apuntarme al próximo triatlón, pero no veáis la ilusión que me haría participar en una carrera popular y no llegar la última. ¿Lo verán mis ojos? Si eso, os lo cuento.

Vacaciones de una anglófila, o la mala suerte de no haber nacido con acento británico.


Lo confieso: me encanta el Reino Unido. Digo Reino Unido como si hubiera estado en algún otro sitio que no sea Inglaterra, pero es que queda mucho mejor porque así se nota que sabes la diferencia entre una y otra. Porque yo lo que quiero decir no es que me gusta Inglaterra, sino que me gusta todo el Reino Unido. Aunque solo conozca parte. Pero me gusta todo. Por anglófila, que no es una enfermedad diagnosticada (todavía), sino el amor hacia todo lo que suene al idioma de Shakespeare.

Recuerdo que una vez, hablando de acentos, alguien me dijo que podría enamorarse de alguien solo con oírle hablar con acento argentino; a mí me pasa eso con el acento inglés (y aquí sí que quiero decir inglés, que el irlandés me parece divertido pero no romántico, y el escocés no lo entiendo; el galés no lo conozco, sorry), aunque reconozco que los hombres británicos no me parecen, ni con mucho, los más apuestos del mundo. Pero es que oigo un "toss it in the bin, luv" y me derrito, por más que traducido al castellano no sea más que "tíralo a la basura, cielo", que ya ves tú qué romántico y qué especial. Una semana he pasado en Bath y teníais que verme andando por la calle, poniendo la oreja para escuchar conversaciones que no me incumbían y practicando las expresiones que más gracia me hacían (para lo que era necesario ir hablando sola por la calle y aguantar las miradas de más de un guiri preocupado por mi salud mental; es lo que tiene viajar sola, qué le vamos a hacer).

Las vistas desde mi ventana. Quaint, isn't it?
Avon river. Lo que viene a querer decir
el río Río.
Bah, nada, el jardín trasero
de mi nueva casa

Y luego están los paisajes. ¡Qué paisajes! Siendo del norte, parece mentira que me derrita ante una campiña verde y casitas de piedra y madera, pero ¡ay!, lo que me gusta a mí un paisaje "quintessentially English". Los techos de paja, los pedruscos enormes en medio de pueblos perdidos por ahí, los pubs, la calle donde se rodó "Pride and Prejudice", la casa de los padres de Harry Potter en la primera película. Porque sí, por supuesto, ya que una va a visitar monumentos, cómo va a olvidarse de buscar los decorados de la película, al menos los del mundo real, que a los del estudio ya nos explicó Ana cómo ir (mi próximo objetivo, qué os pensabais). Y es que cada vez estoy más convencida de que yo tenía que haber nacido inglesa, o británica, o como mucho escocesa (por más que no les entienda), aunque a veces también opino que en mí habita una octogenaria de Arkansas. Pero con acento británico.

Aquí murieron James y Lily. Sniff. 

Como no podía ser menos, al viaje me llevé varios libros, y volví con más. En el avión de ida (y el tren a Londres, y el tren a Bath) casi devoré (de nuevo) NW, de Zadie Smith, una de mis escritoras favoritas. Y en Bath le eché mano (¡por fin!) a England, England, de Julian Barnes, libro que disfruté como una enana. Tiene mucha gracia leerlo después del Brexit, qué queréis que os diga (si se os da bien el inglés, he escrito una reseña aquí). Tuve tiempo de sobra para leer, porque Bath no es una ciudad (¿pueblo?) donde haya demasiado que ver, aparte de ser cara de narices y estar llena de turistas. Pero es muy bonita, y el bed & breakfast donde me quedé también mereció la pena. Otro rincón típicamente inglés.

El chalet a medio construir de un bilbaíno
que decidió a última hora mudarse a Laredo.
Menos mal que la climatología de mi querida región no me deja echar mucho de menos aquello. Desde que he vuelto, no ha asomado el sol aquí ni para dar los buenos días. ¿Veis? Si en realidad solo me falta el acento británico (inglés), lo demás ya lo tengo. Incluido el mal tiempo.