Feliz 4 de julio a todos


Hoy hace justo un año que volví de USA. Curiosamente, una de las dos mejores decisiones que he tomado en mi vida. La otra fue irme a vivir allí.
Feliz cuatro de julio a todos (y todas). Y recordad: odiad a su gobierno, no a su gente.

Mañana de domingo


Me acerco a la ventana con el café en la mano. El gato, como siempre, salta al radiador y reclama mi atención con un par de maullidos que, seguro, han despertado a algún vecino. Le acaricio mientras observo los edificios de enfrente. La torre de la iglesia sobresale sobre los tejados de las casas; soy atea convencida, pero me gusta esa imagen, tiene algo de protector aunque sepa que sólo está hecha de piedra y cemento. Otra paradoja que añadir a mi personalidad.
Son las ocho de la mañana de un domingo. Las calles están desiertas y el silencio es acogedor. No tengo nada que hacer hoy, nada que me haya obligado a levantarme tan temprano un día en el que ni siquiera puedo ir de compras, pero me daba cargo de conciencia quedarme en la cama con semejante día ahí fuera. No tengo que hacer nada. Sólo lo que yo quiera.
El cristal de la ventana está sucio. Lo lavaré cuando salga un día nublado, que será pronto (al fin y al cabo, esto es Vitoria, y aquí el buen tiempo dura menos que la alegría en casa del pobre); no puedo desaprovechar un cielo tan azul. Dejo la taza vacía en la fregadera, cojo a Sauron en brazos y le acaricio mientras sonrío a la calle vacía. Es domingo. Es verano. Sauron ronronea de placer.
Yo también lo haría, si fuera gata.

Otra vez con la burra a brincos

Comentario de una profesora de educación infantil en un claustro de profesores, en mitad de una conversación sobre la diversidad cultural del centro.
-¡Pero cómo quieren que tengamos buenos resultados! Estoy mirando la lista para el año que viene y fíjate, ni uno, ¡ni uno bueno! Todo moros y encima cuatro gitanos. ¡Y todavía no he conocido un gitano bueno!
El claustro guarda silencio, todos nos miramos unos a otros. La profesora sonríe y mira a unos y a otros, como diciendo "atreveos a contradecidme, a mí, que he dicho lo que todos pensáis y no tenéis valor de decir". El director toma aire y contesta.
-Pues será que no pones mucha atención, porque, precisamente, la mejor alumna del colegio es gitana.
Y ella, en lugar de callarse, apostilla.
-Uy, mira tú qué suerte. Será la única gitana buena.
¿Dónde está el inspector de educación cuando se le necesita? ¿Sería sancionable un comentario de este tipo? Si no lo es, debería serlo. Despido automático. Sin compensaciones.

Un buen escritor (Una buena escritora)

Todo está escrito. Todo está ya dicho. Busco un tema sobre el que escribir y me doy cuenta de que sólo se me ocurren ideas antiguas, historias contadas millones de veces. Trato de leer los periódicos, ver las noticias, escuchar con disimulo las conversaciones de la gente por la calle, pero no hay nada original. Nada que no se haya oído antes.
Supongo que la magia de un escritor (una escritora) no se basa en contar algo tremendamente original, sino en cómo lo cuenta. Esa historia de amor que podría ser un bodrio en otras manos pero que en las de cierta gente te pone la carne de gallina y te hace llorar de emoción; esa conversación sobre el tiempo que a veces te habla del clima y otras de las tormentas internas de cada uno. Un buen escritor (una buena escritora) tiene que convertir lo cotidiano en extraordinario, lo trivial en sustancial, las sensaciones en emociones. Un buen escritor (una buena, una maravillosa escritora) tiene que conseguir que quien lea sus escritos retenga sus palabras, si no para siempre, sí al menos hasta mucho después de haber terminado de leer. Un buen escritor (una escritora sublime) siente con más de cinco sentidos, usa siempre la palabra exacta para cada imagen, no utiliza trucos ni artificios. El escritor nace. El buen escritor, estoy convencida, se hace.
Yo nací escritora porque no he podido dejar de escribir desde que aprendí a coger un lápiz. Pero nunca he destacado, siempre he sido mediocre -o mala, pero nadie tiene el valor de decírmelo, cosa que agradezco porque se me caería el mundo-, y ya estoy harta de ser, como mucho, mediocre: voy a ser una buena escritora. Voy a trabajar en serio para destacar en lo que más me gusta hacer, que me hace feliz, que me supone un esfuerzo pero me da mil satisfacciones. Me voy a convertir en lo que siempre quise ser: una de esas escritoras que dejan poso.
Aunque me cueste toda la vida conseguirlo.

El retorno II




M. es una niña ucraniana de nacimiento y vasca por derecho propio. Fue adoptada cuando tenía un año; apenas pesaba seis kilos entonces, y dice su madre que lo único que hace desde que llegó es comer, aunque todavía sigue siendo una pelusilla diminuta. Es la única de su clase que aún lleva pañal, uno de esos supermodernos que son como braguitas y le permiten ir al baño si se acuerda de que tiene que ir. Su cara está siempre iluminada por una enorme sonrisa, y los ojillos -azules, muy azules- le chipean detrás de unas gafas rosas que la hacen incluso más guapa. Es tan rubia que no puede salir al recreo sin gorra. Es tan pálida que te da la sensación de que se quemaría con la luz de una cerilla. No se le entiende demasiado cuando habla, aunque ella comprende todo lo que se le dice tanto en euskera como en castellano. El año que viene empezará con el inglés. Y espero que la sonrisa no se le borre nunca (ojalá pudiera enseñaros su cara para que supierais que no exagero, pero os tendréis que conformar con su -precioso- cogote).



En otro orden de cosas: ¿a que nunca habíais visto a setenta y cinco niños de tres años en una fila tan recta? Me he quedado alucinada de todo lo que pueden hacer a esa edad, ¡y yo que pensaba que hasta los doce los niños no eran independientes!
Por cierto, el título de esta entrada se debe a que esta semana estoy en la ikastola que -casi- me vio nacer. Me acabo de enterar de que cuando yo empecé era ilegal y nos firmaba las actas y los informes otra que era legal. Oye, lo que aprende una treinta años más tarde.

Viernes

Viernes tarde y no tengo plan para salir de casa. No pasa nada, ya me busco yo mis alicientes para esta noche: bocata de pan integral con tomate, aceite y sal, té verde, cuarto kilo pipas y partido de cuartos de final de la ACB. Quién necesita irse de cervezas por ahí cuando se está tan a gusto consigo misma (y con su gato).
He salido a dar una vuelta esta tarde -con intención de ir de compras, aunque, como siempre, he vuelto con las manos vacías- y se me ha llenado la cabeza de pensamientos que necesitaba compartir con alguien, así que he volado al ordenador y, tras varios intentos y juramentos para conectarme a internet (no sé qué le pasa hoy a la conexión), me he colado en el blog. Me ha hecho mucha gracia pasear por el centro de Vitoria el último día de elecciones, creo que nunca lo había hecho. Había gente con globos de todos los colores, los niños parecía que iban coleccionándolos; gente apostada en las esquinas repartiendo panfletos y asaltando a viandantes que huían a toda prisa; furgonetas con la megafonía a todo trapo tratando de convencer a los últimos indecisos; y la gente paseando sin prisa y recolectando de unos y otros. Una señora le decía a otra: "Los del PP deben estar en la Plaza de la Provincia porque la gente viene de ahí con los globos; los de los tiestos de rosas enanas vienen de la Plaza de España. Mejor vamos para allá, ¿no?". Los de las rosas eran del PNV, pero creo que a la señora le daba igual. ¿Habrá mucha gente que decida a quién votar por qué tipo de regalos den hoy? Igual es mejor basarse en eso que en sus promesas electorales, bien está eso que dicen de que más vale pajaro en mano que ciento volando. Por cierto, he pasado delante de los del PP y me han ignorado vilmente. Han debido darse cuenta de que iba cantando el Eusko Gudariak mentalmente (hecho curioso, porque no me lo sé, aunque me he pillado tatareando el estribillo ese de "gora, gora, Euskal Herria-a-a-a, que nada tiene que ver con la canción anterior).
En otro orden de cosas, hoy he sabido que en mi oposición tocamos a plaza por cada cinco opositores. No está nada mal, teniendo en cuenta que es para toda Euskadi. Pena no haberlo sabido antes, habría estudiado de verdad en vez de dedicarme a jugar en el ordenador. No importa, todavía estoy a tiempo. Y recordemos que este es mi año.
No estaría de más volver a escribir en serio. Lo echo de menos, mis dedos están pidiendo acción sobre el teclado.
Empieza el partido. Voy a por las pipas.

El retorno

Parece que este mes va de recorrer el camino ya andado.
Me han llamado para una nueva sustitución, esta vez en un primero de primaria (qué pequeños me parecen comparados con los gigantones de la ESO, madre). El viernes me dijeron el nombre del colegio y a mí casi se me cae el móvil de la impresión: estudié en la ikastola que está justo frente a él. "¿Sabes cómo llegar?", me preguntó la funcionaria que tan amablemente me aseguraba dos semanas más de paga. Sí, bastante bien. Tengo que hacer el camino que me aprendí de memoria hasta los trece años, pero girando a la izquierda en lugar de a la derecha.
Puedo ver mis antiguas clases por la ventana, aunque no consigo distinguir si hay gente dentro porque una hilera de frondosos árboles me tapa la vista. Cuando yo estudiaba, estos árboles eran apenas unos esmirriandos palotes que se doblaban con el viento y necesitaban una barra para sostenerse; ahora sirven de escudo visual entre las dos escuelas, cosa bastante poética porqure nunca se han llevado demasiado bien. El colegio en el que trabajo ahora era lo que antes se llamaba un colegio nacional, una escuela pública con un férreo modelo A del que los niños salían sin saber saludar siquiera en euskera y, peor, sin querer aprender a hacerlo. Mi ikastola comenzó siendo privada, hasta que el Gobierno Vasco las publificó todas y convirtió el euskera en un derecho de todos. Nunca nos mezclábamos. No hacíamos actividades juntos. Por no tener, creo que no teníamos ni el mismo horario. Nosotros les llamábamos "los nazis", por eso de ser un colegio nacional -o esa era nuestra excusa-, y ellos a nosotros "los etarras", por razones que a ellos les parecerían obvias pero a nosotros no tanto. Nunca tuve amigos de ese colegio (¿o debería decir "este", ahora que también es un poco mío?), claro que yo no era del barrio y el autobús me recogía directamente de la puerta de la ikastola para llevarme a mi casa; pero tampoco conocí a nadie que tuviera amigos de aquí/allí. Hasta la fachada, de un gris envejecido que contrastaba con el naranja nuevecito de nuestro edificio, nos resultaba poco amistosa. No nos hacían falta árboles para separarnos entonces.
Las cosas han cambiado, gracias a quien haya que dárselas. La ikastola ha tenido que ser ampliada; el barrio ha crecido una barbaridad y el centro tiene cierto buen nombre en la zona, aunque hay dos o tres ikastolas más a apenas unas manzanas de aquí. El colegio, sin embargo, tiene el mismo tamaño de hace veinte años y ahora la mayoría de los grupos son de modelo B, ya saben saludar -y algo más- en euskera. Supongo que aquellos niños que nunca aprendieron euskera son los padres de los que hoy cruzan el enorme parque que separa el barrio del resto de la ciudad, embutiditos en sus primorosos uniformes de escuela privada. Claro. El colegio ya no es lo que era. Hacen falta más que árboles para separarlos ahora. Menos mal.
Me pregunto si los niños de uno y otro centro se juntarán a jugar en el parque. Al menos ahora se pueden entender.

Reencuentros

Siempre he sido de las personas que piensan que la vida da muchas vueltas y que es mejor llevarse bien con todo el mundo (o, de llevarte mal, saber por qué y tener razón) porque nunca sabes si vas a volver a encontrártelos por el camino o si vas a necesitar algo de ellos. Este primer año de regreso me ha dado varios ejemplos; me he reencontrado con algunas compañeras que trabajaron conmigo antes de que me fuera a Estados Unidos, y supongo que el hecho de que nos reconociéramos mutuamente y pudiéramos tener una conversación amigable dice bastante de nuestra antigua relación. Es algo bonito, saber que tu paso por el mundo no pasa completamente desapercibido.
Pero esta semana me ha pasado algo mucho más bonito que eso. Me han llamado para hacer una sustitución en un instituto, primer ciclo de la ESO, en un pueblo de la Rioja Alavesa (uy, no sé si se escribe con mayúscula o no, lo he visto de las dos maneras, perdonen ustedes si he metido la pata). Hace diez años, recién salidita yo de magisterio y sin más idea de enseñar que la que pueda tener un fontanero, trabajé durante casi un curso entero en un pueblo cercano que no tiene enseñanza secundaria; una de mis clases, a la que más cariño cogí, era la de tres años. Hoy me he reencontrado con mis alumnos de la manera más tonta. "¿Tú eres de tal sitio? ¿Y te llamas tal? Coño, pues yo fui profesora tuya". Me ha hecho mucha más ilusión a mí que a ellos, pero qué se le va a hacer. Están en esa edad.
Lo más gracioso ha sido darme cuenta de lo poco que han cambiado realmente estos chavales. El payaso de la clase de entonces sigue siendo un payaso ahora; el que tenía una personalidad arrolladora, la tiene aún hoy en día. El tímido es más tímido todavía, el tonto -que nunca llegaba al baño y siempre terminaba pidiéndome que le limpiara el culo, con perdón- es tan tonto como antes y la que era lista entonces lo sigue siendo ahora. Sólo ella, que de pequeña era la mandona de clase, parece haber cambiado ahora y se ha convertido en una niña tranquila y atenta que trata de pasar desapercibida. El enamoradizo de la clase, que una vez le dijo a una compañera mientras jugaban a papás y a mamás debajo de la mesa "cuando sea mayor, me voy a casar contigo" y no recibió respuesta alguna, enseguida me ha recordado el nombre de su amada: "¿Y te acuerdas de Fulanita?" Por supuesto, me hubiera gustado decirles todo esto, y recordarles los besos y abrazos que me daban, y cuando se sentaban en mi regazo a oír el cuento de la tarde, y cuando me hablaban del coche de su papá nuevo (sí, lo he escrito bien, el papá era nuevo, el "viejo" se había muerto en un terrible accidente del que él fue testigo), y de lo contentos que se ponían cuando les cantaban el cumpleaños feliz (zorionak zuri, que era una ikastola) aunque no fuera su cumpleaños. Y quiero decirles que, diez años más tarde, aún guardo su foto enmarcada en mi cuarto, y que me he acordado mucho de ellos, y que muchas veces he pensado en qué sería de ellos, y que me alegro de haberles visto de nuevo...
Pero no puedo, porque tienen trece años y se les caería el mundo encima de la vergüenza que pasarían. Sólo puedo bromear con ellos (son una clase muy maja, adolescentes de los buenos, de los que todavía quedan) y comentar pequeñeces y detalles muy medidos que no vayan a herir su ego de púberes ni a ridiculizarles delante de la clase. Pero mañana les voy a llevar la foto y a recordar con ellos -por ellos- esos tiempos, diez años atrás, donde yo acababa de empezar y veía todo con la misma inocencia que ellos. Aquella época en la que todos teníamos tres años y lo más fácil del mundo era pedirle a tu mejor amiga que se casara contigo.

Funcionaria


Soy la persona más inconsistente que conozco. Dependiendo de qué humor me levante, qué película vea, qué libro lea, quiero que mi vida tome un rumbo u otro; me acabo de releer "Los pilares de la tierra" y llevo una semana soñando con construir mi propia catedral y vivir en la Inglaterra medieval, no os digo más. Por supuesto, lo de dedicarme todo el día a escribir y poder permitirme ser una autora fracasada que sólo vende libros a sus familiares es uno de mis mayores ideales y lo será siempre. Pero una cosa tengo clara: para poder hacer lo que a mí me dé la gana -y poder darme la vuelta si cambio de idea y dejarlo sin conseguir-, primero necesito tener un trabajo seguro con unos honorarios fijos. Y por eso estoy estudiando para oposiciones.
Llevo tres semanas empapándome de corrientes lingüísticas, metodologías de las lenguas, corrientes literarias... Y lo que te rondaré morena, porque cuando me sepa de memoria las 450 hojas del tocho (más toda la información adicional que encuentre, que algunos temas están cogidos con hilos), tendré que preparar una programación anual con quince unidades didácticas, y prepararme bien esas unidades para que el tribunal que me va a hacer el examen -en inglés- no me pille desprevenida. Y sólo tengo dos meses para todo ello, porque el examen es a principios de junio.
¿Y toda esta chapa a qué viene? Es mi elaborada manera de deciros que vais a ver muy poco de mí en el futuro; me pasaré muy poco por aquí y por vuestros blogs, e incluso cuando me pase será de manera fugaz, una visitilla para ver que todo sigue en pie y que el mundo sigue girando aunque yo no me entere. Intentaré encontrar huequecillos y dejar una pequeña huella de vez en cuando, pero serán breves, muy breves. Y lo que más me joroba es que tenga que ser en primavera. Cuando lo único que apetece es salir a pasear y dejar que el sol te dé en la cara.
Disfrutad del tiempo libre, bellacos, que sólo lo apreciamos cuando nos falta...

Mis alumnos

Conversación con dos de mis alumnos -un marroquí y un gitano- en clase de lengua, mientras hacíamos el sonido /j/ escrito con jota y con ge.
Gitanillo (JR): Profe, ¿por qué H. y tú decís la jota distinta que yo?
Profe: ¿Distinta? No sé, a mí me suena igual.
JR: No, no, yo la digo distinta.
Profe: Pues no sé... Hombre, H. es de fuera, él tiene algo de acento, pero tú y yo deberíamos decirla igual.
JR: No, no, la decimos distinta. Y mira que es raro, ¿eh?, porque nosotros decimos mucho "anda, jjjaaaa".

No hace falta decir que casi me meo de la risa...

Txotx!


Aunque soy vasca (y orgullosa de serlo), normalmente no ejerzo. No voy por la calle con el palestino al cuello –no tengo un palestino- ni llevo botas de militar; no bebo txakoli, no me gusta el kalimotxo y no asisto a manifestaciones de ninguna denominación (debo ser la única). Aunque hablo euskera desde los dos años, no suelo utilizarlo fuera del trabajo, y el único símbolo vasco que puede encontrarse en mi casa es una ikurriña que guardo en algún cajón y que sólo saco a pasear cuando voy a ver un partido de baloncesto fuera de Vitoria y un lauburu olvidado en mi joyero que me ponía mucho en California pero no aquí. Vamos, que soy un asco de vasca que cualquiera podría confundir con una españolita media de pro.
Pero el fin de semana pasado, qué pasa pues, fui a una sidrería por primera vez en mi vida, y creedme que no hay nada más vasco que una sidrería. Los únicos que hablábamos en castellano éramos nosotros, aunque una amiga y yo intentamos comunicarnos con los lugareños en euskera y la mujer se volvía loca porque no sabía a quién dirigirse en qué idioma. Pero lo más vasco de todo, lo que define la cultura de la sagardotegi, fue el menú de la sidrería. Insisto, yo nunca había estado en una, así que me pilló de sorpresa.
He aquí la lista del condumio:
Llegada: A la kupela, oye, a ponerse de sidra hasta las orejas antes de cenar.
Primer plato: Tortilla de bacalao (hostia, pues, empezamos ligerito). Nos levantamos a llenar los vasos de sidra, oye, que el bacalao reseca la garganta.
Segundo plato: Bacalao con pimientos (de la tierra, oye). Otro paseito a la kupela.
Tercer plato: Chuletón de buey (porque una cena sin carne, no es cena). ¿Y vamos a comerlo con agua? ¡No, señor! ¡A la kupela, kaben sotz!
Postre: Aunque el típico postre es queso con membrillo y nueces, yo quise ser más vasca que Arzallus y me comí un goxua (más que nada porque el membrillo no me gusta, lo que me quita puntos como vasca, contradictoria soy). Eso sí, el café con sacarina, que el azúcar engorda. Tuvimos que decir adiós a la kupela, la sidra no va bien con el café.
Sobremesa: hora y media de sentada, que luego había que pasar el puerto y no íbamos a echar la cena en el coche.
Vamos, que hoy soy otra persona. Hoy me siento más vasca, más mujer, más pletórica; y no lo digo porque probablemente haya recuperado los dos kilos que había perdido este mes y otro de propina, es que ir de sagardotegi es una experiencia que te cambia la vida. Se la recomiendo a cualquiera que quiera sentirse vasco por unas horas. Eso sí, no es mala idea ayunar un par de días antes y pedir un agua tónica de postre. Vamos, si no eres vasco: yo hasta merendé.

La oficina

Y la que hablamos de historias antiguas, he encontrado esta, que me ha arrancado una sonrisa. Es un poco larga, espero que tengáis paciencia para leerla.

Lucía titubeó un momento antes de verter el tercer sobre de azúcar en su café. Dieciséis calorías en cada terrón por tres, que eran casi cincuenta calorías, más luego la leche entera, porque nadie en su oficina aparte de ella parecía tener intención de ponerse a dieta, convertían su café de media mañana en un aperitivo de más de cien calorías. Y nunca tomaba menos de tres cafés al día, lo que convertía sus calorías líquidas en trescientas. Luego se sorprendía de que no conseguía perder peso. Entre los cafés y los donuts de los jueves, el milagro era que no tuviera el tamaño de una morsa pequeña. Revolvió su café, pensativa, mirando hacia abajo y viendo cómo el bulto que era su estómago crecía cada semana. Iba a tener que cortar por algún sitio.
Y, por supuesto, siempre había gente como Josefa, la de relaciones públicas que acababa de entrar en la sala del café. Se sirvió una taza entera de café, sin azúcar ni leche, y la sonrió de medio lado según sorbía con delicadeza. ¿Cuántos años tenía aquella mujer? Dios, por lo menos cincuenta. Y mírala, ni un gramo de grasa en ninguna parte de su cuerpo. Llevaba unos vestidos que Lucía no hubiera podido ponerse ni a los dieciocho años, con unos escotes quizás demasiado abiertos para la oficina y unas faldas tan cortas que era un milagro que no fuera enseñando la ropa interior a cada paso. Piernas eternas, cuerpo fino, pechos que colgaban lo justo para saberse naturales, ¿qué más se le podía pedir a la madre naturaleza? Lucía sorbió su café ruidosamente, mirando con azoro a su compañera. Genial. Además de gorda y poco estilosa, mal educada.
-Viernes por fin, ¿eh? –comentó Josefa. Lucía sonrió y miró al cielo, como dando gracias, aunque en realidad no podía importarle menos qué día de la semana fuera. No es que tuviera alocados planes que llevar a cabo- Pensaba que no llegaba nunca.
-Sí, ha sido una semana larga –De cinco días, para ser exactos. Bebió su café un poco más deprisa, escaldándose la lengua con el líquido caliente.
-Os ha llegado una cuenta nueva, ¿verdad? Vosotros estáis siempre hasta el cuello de trabajo, no sé cómo aguantáis.
-Sí, bueno, ya sabíamos en lo que nos metíamos cuando entramos –Pero Lucía sintió cómo, de manera inconsciente, su espalda se erguía más recta y su sonrisa se ampliaba ligeramente-. Tampoco es que vosotros os paséis el día sentados.
-Nosotros sólo damos la cara, vosotros nos hacéis quedar bien –Josefa sonrió sinceramente. Además de guapa era buena gente-. Da gusto trabajar con un equipo así.
-Gracias –murmuró Lucía, fingiendo beber cuando en realidad soplaba. No sabía qué contestar.
-¿Qué vas a hacer este fin de semana? ¿Alguna fiesta?
Ja. Ja, ja, ja.
-No, lo más seguro es que tenga que venir el sábado a terminar algo de trabajo atrasado. No doy abasto.
-Qué dedicada. Yo no sacrificaría mi fin de semana por nada.
Ni yo tampoco, si tuviera algo que hacer, pensó Lucía, pero se limitó a preguntar por su fin de semana. Josefa levantó una mano como si espantara moscas delante de su cara y dio a su voz un tono aburrido.
-La hermana de mi novio viene de visita desde Colombia y tenemos que enseñarle la ciudad. Alguien ha cometido el error de hablarle de la vida nocturna del país y quiere que la paseemos por todas las discotecas. Todavía es joven, pronto se cansará de ellas.
-¿Qué edad tiene?
-Como tú, más o menos, veinticinco o veintiséis. Está en esa edad.
Lucía se irguió más aún y sintió su rostro enrojecer.
-Hombre, muchas gracias, pero a mí ya se me ha pasado la edad de las discotecas. He cumplido treinta y dos este mes.
La mirada de asombro de Josefa pareció sincera. Cada vez le caía mejor aquella mujer, por más envidia que le tuviera.
-Chica, pues no lo habría dicho jamás, pareces una cría. Nunca te habría echado más de veintisiete años.
Lucía murmuró un gracias mientras bebía de su café, que todavía estaba lo suficientemente caliente para abrasarle la garganta. Alguien dijo su nombre en el pasillo y ella miró su reloj de pulsera. La reunión estaba a punto de empezar.
-Te dejo, me tengo que ir. Que te lo pases bien este fin de semana.
-Igualmente. No trabajes demasiado.
Ojala sí, pensó Lucía. Así al menos tendré algo más que hacer, aparte de ver el especial de Gran Hermano.


Josefa se quedó en la sala del café sorbiendo su bebida. Sabía a rayos. Si no tuviera un metabolismo tan exasperantemente lento, tomaría el café con nata y azúcar, como a ella le gustaba. Pero no. A su edad, un solo azucarillo podía costarle cuatro kilos. Qué envidia le daban las chicas como Lucía, a las que su peso les era completamente indiferente. Ahí iba ella, con un cómodo tres piezas que le quedaba holgado por todas partes, disimulando su michelín y adaptando la ropa a su cuerpo, no al revés, como hacía ella. Dios, qué malo era ser esclava de sus inseguridades.
Y ya que pensaba en inseguridades, tenía que llamar a Raúl otra vez, y si le contestaba otra voz de mujer le iba a decir todo lo que pensaba de él. Era difícil volver a tragarse el cuento de la compañera de estudios, o el de la chica de la limpieza, o la compatriota desorientada. No; si volvía a contestarle una mujer, iba a pasear a su hermana él solito. Como si no tuviera ella otra cosa mejor que hacer que pasear a veinteañeras de vacaciones. Aunque, a decir verdad, la alternativa de quedarse sola en casa con un buen libro le daba cierto pánico. Eso le daría tiempo a pensar en su relación con Raúl, en su madre enferma, en su carrera estancada desde hacía años... No, mejor no se quedaba en casa. Ojala pudiera venir a trabajar, como Lucía, y mantener la mente ocupada sin la fastidiosa compañía del gorrón de su novio.
Josefa suspiró y tiró el resto del café por la fregadera. Repasó mentalmente el número de Raúl y cruzó los dedos para que la criatura que contestara no volviera a gritar a través de la habitación que su madre estaba al teléfono.

Dia de limpieza

Hoy me ha dado por revisar la carpeta donde guardo las cosas que voy escribiendo y me he sorprendido al encontrar un par de docenas de historias. Había títulos que no recordaba haber escrito, y cuando las he leído me ha sorprendido el final, tan antiguas son. Ninguna de ellas tiene la calidad suficiente -creo yo- para ganar un concurso literario, visto el nivel que tienen algunas obras ganadoras que me han mandado en los sempiternos libritos conmemorativos que sólo los participantes leen, pero he pensado que igual alguna podría tener la calidad suficiente para una de las abundantes revistas literarias que se encuentran en internet. Así que me he decidido a mandar una, por primera vez en muchos meses, a ver si cuela. Supongo que la respuesta será no, pero si no lo hago, nunca lo sabré.
También me he dado cuenta de lo mucho que repito los temas. Parezco tener una pequeña obsesión por la mal llamada violencia doméstica -violencia machista sería más adecuado-, porque he encontrado unas cuatro o cinco historias que tratan del tema. Y yo que pensaba que era una escritora de misterio... Bueno, bien mirado, la razón por la que un hombre mata a la mujer que alguna vez amó no deja de ser un misterio, así que supongo que sigo con la etiqueta.
No sé si os habréis dado cuenta, pero Blogger me ha obligado a cambiarme a beta (sí, ya sé que me lo advertisteis), lo que me parece muy mal, muy injusto, muy poco democrático. No me gustan los cambios, sobre todo los informáticos. No es justo. Me cuesta adaptarme.
Empiezo a pensar que soy un poco autista.

The dawn

Every star in the night
promises the dawn

Ben Harper

Abrió los ojos lentamente, con la sensación de haber dormido más de lo debido pero demasiado somnoliento para estar despierto del todo. La habitación estaba en completa penumbra, aún no había amanecido. Curioso, pensó. Me da la impresión de haber dormido más de ocho horas.
Se dio media vuelta en la cama y cerró los ojos, pero el sueño no llegaba. Había algo extraño en su habitación, algo que no podía definir pero que le intranquilizaba. El silencio era total, como siempre lo era de madrugada. Se giró al otro lado, mirando a la ventana. Y entonces se dio cuenta de que la oscuridad era demasiado densa.
Las persianas estaban subidas, como siempre, porque le gustaba contar estrellas antes de dormir. Pero por el hueco de su ventana no se veía ni una. La luna no brillaba, y no porque hubiera nubes que taparan la noche, simplemente no estaba allí. El cielo era un manto negro impenetrable. Sólo la luz de las ventanas en las casas de enfrente rompían la densa oscuridad.
Se levantó y encendió la luz de la mesilla para ver el despertador. Marcaba las nueve y media. Miró su reloj de pulsera y comprobó que ninguno de los dos estaba parado. Corrió a ver el reloj de la sala, tropezándose con la mesilla de café en su carrera. Las nueve y media. ¿Había dormido todo un día y volvía a ser de noche? Pero en verano oscurecía mucho más tarde, a las nueve y media la oscuridad no sería tan densa. Oyó una ambulancia cruzar la calle con estruendo. Se asomó a la ventana. No había nadie en las aceras, no pasaba ningún coche.
Anduvo despacio hacia la cocina, el dolor de la espinilla recordándole los peligros de una casa a oscuras. Por la ventana podía ver las figuras de sus vecinos haciendo lo mismo que él acababa de hacer, asomarse a la ventana y buscar un rastro de vida, una explicación, un significado. Encendió la radio. La emisora de música que solía tener sintonizada no daba señal. Buscó las noticias. Una voz tan oscura como la noche que le rodeaba retumbó entre las paredes de su cocina.
-La tierra se ha salido de su órbita. Los astrólogos creen que hemos sido engullidos por un agujero negro desviado hacia nosotros por la explosión de una carga atómica lanzada desde el hemisferio norte. La vida en nuestro planeta como la conocíamos hasta ahora ha desaparecido. Ayer vimos nuestro último amanecer.
Apagó la radio y se sentó en una silla. Dejó que el pánico inundara todo su ser.

Meme

¡Ay, qué ilu, qué ilu! ¡Tanhäuser me ha invitado a contestar un meme! Hasta hace un mes ni sabía lo que era eso, y hoy, resacosa y con necesidad de dormir un par de horas más en este domingo de carnaval, me propongo responder a uno. A ver si consigo unir las tres neuronas que me quedan sobrias para poder dar algunas respuesta inteligente.
Helo aquí:
1. ¿Qué cosas tiene España que te animarían a irte a vivir a otro país si tuvieras oportunidad?
2. ¿Qué te resulta insoportable en la sociedad/sistea económico/política/cotidianidad española?
3. ¿De qué huirías de la cultura de este país?
En resumen, tres razones que te animarían a irte de España de tener la oportunidad.
1. El ruido y la mala educación. Echo de menos un "perdón" en lugar de un empujón cuando le estás cerrando el paso a alguien sin querer, un "buenos días" en la ventanilla, un "gracias" cuando alguien te hace un servicio. Creo que somos el país más maleducado de Europa, probablemente uno de los más maleducados del mundo, y el segundo más ruidoso. ¿Es realmente necesario hablar a gritos con la persona que tienes al lado? ¿Y llamar al niño a berridos?
2. Dos cosas que me hacen plantearme muy seriamente volver a marcharme son los programas de corazón y la oposición política. No soporto las tardes televisivas, no soporto la máquina de la verdad, el tomate, el cotilleo mordaz e hiriente. Nunca había leído tanto como desde que volví de Estados Unidos, cualquier cosa por no poner la tele hasta las nueve y ver los informativos; y, últimamente, eso tampoco, porque cada vez que sale Rajoy, Acebes o Aznar siento un revoltijo en el estómago que me obliga a cambiar de canal y poner Smallville. Qué guapo es Clark Kent.
3. Somos un país culto. Somos un país con historia y nos jactamos de ello, como deberían todos. Pero tenemos la manía de reclamar cada uno su historia, sin darnos cuenta de que España, como la conocemos hoy en día, es la suma de todas esas historias, una creación relativamente arbitraria fruto de matrimonios y acuerdos. Unos reclaman la defensa de su parte de historia, otros rechazan que tengan derecho a ella. Es ridículo. Deberíamos estar orgullosos de lo que cada uno aporta. A veces deberíamos fijarnos un poquito más en los amigos estadounidenses, que, aun siendo un país federalista que borda el independentismo, exprime su (escasa) historia sin fijarse si pertenece al este o al oeste.
Puff, a ver cuántos trolls me gano con esto. Yo no le paso el meme a nadie, que se moje quien quiera. Pero mojaos, ¿vale? Y avisadme.
Qué siesta me voy a echar ahora mismo...

Desde mi ventana


Hace semanas que no tengo cortinas en la sala porque Sauron les ha hecho un agujero del tamaño de Australia. No le he regañado demasiado, son cosas de gatos, y también me da la impresión de que es mejor así, el salón parece más grande y la escasa luz que da en esa habitación entra sin cortapisas. Me pongo de pie frente a la ventana. Sauron se acomoda en el radiador. Le acaricio mientras observo a la gente que pasa bajo mi ventana y me siento poderosa, una mujer sola en su casa acariciando a su gato y controlando la vida de la gente desde las alturas. Si lo analizo sé que es una tontería, pero ahora mismo no quiero hacerlo. Me gusta observar sin ser observada. Si tuviera poderes paranormales, les haría hacer cosas que ellos no quisieran. Pero no los tengo. Una pena.
Una señora pasa con el paraguas abierto a pesar de que ya no llueve. Va mirando para todos los lados, fijándose en la cara de la gente y en los escaparates. Aunque camina a buen ritmo, es obvio que no lleva prisa, o quizás la curiosidad por el mundo pueda con ella. Yo siempre ando como si me hubieran puesto orejeras, sólo miro hacia adelante y me obceco en mi destino, sin fijarme alrededor. A veces siento envidia de la gente que disfruta con el paseo.
Un grupo de adolescentes va hablando a grito pelado. Les oigo, a pesar de vivir en un segundo piso y tener la ventana cerrada. Una de ellas lleva un móvil pegado en la oreja y va gritando más que los demás. "Tía, qué fuerte, estaba ahí apoyado, ¿sabes?, y yo no sabía que decirle, y entonces, o sea, qué pasada, me dice hola y eso, qué tal, y yo, hostia, y digo, hola, pero no sabes, tía, qué pasada..." El resto del grupo la ignora, no sé si es una historia que ya se saben o que no les interesa. Me pregunto si yo en mis tiempos también hablaba así. Me alegro de haber pasado esa etapa sin secuelas graves.
Uno de los hombres más feos que he visto en mi vida se para en mitad de la calle y enciende su pipa. Lleva gafas, melena, perilla y unas patillas que hubieran enorgullecido a Curro Jimenez. Supongo que cuando eres así de feo tienes que ser estrafalario para que la gente no hable de "el feo", sino de "el de las patillas, el que fuma en pipa, el melenudo, el poeta". Sí, no lo lleva escrito encima, pero tiene toda la pinta. Con ese aspecto sólo puede ser filósofo o escritor.
Empieza a hacer frío. El goteo de gente es cada vez más escaso. Me aparto del radiador, Sauron salta detrás de mí. Voy a mi despacho, enciendo el ordenador y empiezo a escribir. Me gusta observar a la gente desde mi ventana. Me dan ideas. Me hacen sentir importante.
Sauron se ha dormido en mi regazo. No me puedo levantar.

"Peaso" de educador

Para los que no lo sepáís ya, soy profesora sustituta, que se parece mucho a otra profesión que también termina por -tituta porque voy donde me manden y hago lo que me pidan a cambio de un sueldo a fin de mes. Normalmente doy inglés, y normalmente también, dado mi perfil lingüístico, en ikastolas -escuelas vascas- o colegios de modelos B o D (inciso: en Euskadi hay tres modelos educativos: A, donde sólo se da el euskera como asignatura y los niños acaban no aprendiendo nada, como pasa con el inglés; B, donde lengua y matemáticas se dan en castellano y dos o más del resto de asignaturas en euskera; y D, donde todo, excepto lengua, se da en euskera). Esta semana, como soy -tituta (añádase lo que se quiera), me ha tocado una sustitución en un colegio con modelo A al lado del casco viejo de la ciudad, "usease", donde viven todos los inmigrantes de la zona. Mi clase -porque se me ha acabado el chollo del inglés, ahora tengo que apechugar con ellos todas las horas, soy tutora- está compuesta de ecuatorianos, peruanos, colombianos, ucranianos, rumanos, argelinos y marroquíes, y los que son de aquí vienen de otras provincias de España, con lo que "conocimiento del medio" se ha convertido en una asignatura de lo más participativa. Los chiquillos son, por llamarlo de alguna manera, moviditos, y en el colegio se han ganado muy mala fama -tanto que los otros profesores me piden autógrafos por los pasillos por llevar aguantándoles una semana, estos no vieron mi clase en California-; claro que, vista la perspectiva educativa que tienen algunos, lo que me extraña es que no les hayan condenado a todos al exilio permanente o les hayan echado del colegio.
Reunión de ciclo. Comparamos los resultados de aprobados del colegio con los de la provincia y la comunidad autónoma. Las clases de modelo B bajan un poco de la media, pero más o menos se mantienen; las clases de modelo A rozan el ridículo. Alguien apunta que esos números no son válidos si no se explica la situación del colegio -niños que llegan sin haber sido escolarizados nunca a mitad de curso, etc.-, y empieza el debate que me pasé siete años escuchando en California sobre los inmigrantes y lo mucho que bajan la media. Yo callada como una muerta, mirando la mesa, analizando mis uñas... Hasta que uno suelta: "Y no son sólo los inmigrantes, que aquí tenemos muchos gitanos. Y cuando te llega un inmigrante, hay posibilidades de que te salga bueno o malo, pero cuando te llega un gitano, sabes que es un suspenso seguro. Si tienes veinte gitanos, veinte suspensos. Y no lo digo por racismo, ojo, pero es que es verdad, no tienen ningún interés por la educación y eso se nota".
Tela. Un profesor.
Y aquí lo dejo, porque no se me ocurre ninguna frase elocuente con la que cerrar el post, como no se me ocurrió en su momento para cerrarle la boca al que dijo semejante barbaridad.

El precio del saber

No es que no me guste decir mentiras -para qué nos vamos a engañar, de santa tengo poco-, pero a veces nunca está de más decir una verdad y encima poder probarla. Hace un par de entradas dije que este año iba a ser mi año por varias razones, y la primera ya se ha cumplido. He aprobado el examen de inglés que hice en diciembre, y con nota, así que ayer decidí hacerme un regalo y salí de compras.
Me fui de rebajas con una minilista de cosas que necesitaba comprar. Por supuesto, a estas alturas ya no quedan en las tiendas más que la talla treinta y cuatro y la cuarenta y ocho, con lo que, por más que busqué y me probé, no conseguí comprarme ni una mísera camiseta. Se iba adentrando la tarde y parecía que me iba a volver a casa con las manos vacías, hasta que delante de mí vi las luces de -¡oh, qué visión!- una librería. Allí que me metí. Todo el dinero que iba encaminado a ser gastado en ropa -no mucho, que la hipoteca se lleva tal mordisco de mi sueldo que no puedo comprar ni en rebajas- se convirtió en cuatro hermosos libros, edición de bolsillo, a los que no puedo esperar a echar el diente: uno de relatos cortos de Lucía Etxebarria (sí, ya sé que muchos le tenéis tirria, pero a mí me encanta), otro que me enganchó por el título, la sinópsis y un par de frases al azar que leí (Psiquiatras, psicólogos y otros enfermos, tiene pinta de ser muy divertido), Brooklyn Follies -en inglés- y uno de miedo que es la continuación de una serie que me gustaba leer en Estados Unidos, escrita por el binomio Preston-Child (también en inglés).
Y fue con este libro que me di cuenta de algo. La edición es exactamente la misma que yo compraba en Estados Unidos, tan barata que nunca salía de la librería con menos de cinco volúmenes bajo el brazo. Allí cuesta $7,99; aquí me ha costado €10,60. Teniendo en cuenta que el dólar está por los suelos, eso es casi el doble de lo que cuesta allí. Si encima pensamos que el nivel de vida de Estados Unidos es más alto que el de aquí, al ciudadano medio le sale mucho, pero mucho más barato leer allí que aquí.
Y muchos pensaréis: Ya, claro, pero es que el libro es de importación. Y yo contestó: Se publica en Nueva York. Si hablamos en kilómetros, hay casi la misma distancia de NY a San Francisco que de NY a Vitoria. ¿Tan caro les sale pasar la aduana? Yo he llegado a la conclusión que aquí nos engañan. Que, como somos menos habitantes y los que leemos somos aún menos, quieren sacar tajada de nosotros y se aprovechan, porque saben que algunos no podemos tirar de tarjetas de biblioteca y necesitamos saber que el libro que manoseamos es nuestro, tenga el precio que tenga. Con las ediciones de tapa dura pasa otro tanto; allí, cuando sale un libro "importante", las grandes superficies hacen una oferta de lanzamiento del cuarenta por ciento. Yo aquí nunca he visto rebajas en libros.
Es injusto. Lo único que sienta bien después de Navidad, por mucho que hayas engordado, es un buen libro. Y me revienta sobremanera que sólo rebajen aquellos volúmenes que no han leído ni los familiares de los escritores. Esta es una de las pocas cosas que se podían copiar de los estadounidenses.

Entierro


Era su presentación en la familia de su novia, hecho que en sí mismo ya hubiera puesto nervioso a cualquiera. Para más inri, era con ocasión del funeral altamente religioso de la monja de clausura de la familia, con lo que sabía que iba a tener que pasar la inspección de absolutamente toda la familia y la mayoría de los habitantes del pueblo. Manuel sentía las miradas de las que suponía tías de Ainara, quizá vecinas; hizo un esfuerzo por ignorarlas y seguir los pasos de su novia hacia la multitud que esperaba a las puertas de la iglesia donde se iba a oficiar el funeral. Al llegar, un hombre se acercó a ellos y habló en un rápido euskera a Ainara, aunque mirando a Manuel, que sonrió amablemente por más que no entendiera una sola palabra. Ainara se giró a él.
-Dice que no hay bastantes mozos para que levanten el féretro y lo lleven hasta el convento –le dijo, con cara de espanto-. Que si no te importa ayudarles.
-No pesa mucho, era una monja con voto de pobreza –apuntó el hombre, diciendo la erre de “pobreza” con tanta fuerza que la palabra se hacía casi incomprensible-. Estaba tan flaca que cabía por los barrotes.
Manuel miró a Ainara, que le observaba entre divertida y horrorizada, suspiró y se encogió de hombros, asintiendo con la cabeza; el hombre le dio una palmadita en el hombro que por poco lo tira al suelo. Ainara le cogió del brazo.
-Jo, Manuel, ya lo siento. Es que todos los hombres de la familia son demasiado mayores para cargar con el peso. Creo que por debajo de cuarenta sólo estáis mi hermano y tú.
-Ya. ¿Qué es, una tradición? ¿Cargar con el muerto al recién llegado?
Los dos rieron. Las señoras vestidas de luto que iban delante de ellos les miraron con cara de reproche.
La misa –de cuerpo presente, por supuesto- se le hizo eterna. Fue en euskera, como ya se imaginaba, y, aunque desde que salía con Ainara su euskera había mejorado un doscientos por cien, aquél dialecto le era completamente incomprensible. Se entretuvo mirando la iglesia, donde nunca había estado. Era bonita, aunque simple. Había leído en algún sitio que databa del siglo XI, con las típicas incorporaciones hechas más adelante; él no entendía nada de arquitectura, menos aún religiosa, así que no sabía muy bien lo que estaba viendo. Pasó la mirada por las filas de bancos. Toda la gente que estaba en su línea o más atrás había apartado la mirada del cura y le observaban a él. Manuel miró rápidamente al frente.
-Ainara –susurró-. Me están mirando.
-Claro –dijo ella-. No te conocen.
-Ah. ¿Les dan el mismo repaso a todos los de fuera?
-A todos. Sobre todo en los funerales.
La misa terminó al fin. El hombre que le había pedido que les ayudara le hizo un gesto y Manuel se acercó al altar, dejando a Ainara con sus padres y sintiéndose desvalido sin ella. Los encargados de cargar con el féretro eran seis: Aitor, el hermano de Ainara, que medía por lo menos diez centímetros más que el propio Manuel; dos señores que no llegarían al uno sesenta con cara de haberse pasado la vida levantando piedras por deporte; un hombre espigado, algo más alto que él, que parecía a punto de partirse bajo el peso de sus propios hombros, no digamos ya con un féretro sobre ellos; y un hombre de espaldas anchas que le llegaba a Manuel por el sobaco, aunque parecía capaz de llevar el féretro él solo si los demás se arrepentían en el último momento.
Uno de los levantadores de piedras le señaló la esquina donde debía ponerse y Manuel se preparó a levantar el féretro, poniendo las manos por debajo de la caja y dándose cuenta por primera vez de la carga que iba a llevar. Era la primera vez que estaba tan cerca de un cadáver.
El mismo hombre empezó a contar:
-Bat, bi, hiru… Gora!
Manuel levantó su lado, sorprendiéndose al tener que hacer un esfuerzo mucho más grande del que se esperaba. Se colocó la caja sobre el hombro, la madera clavándosele en la clavícula, y esperó a que los que estaban delante de él empezaran a andar. Enseguida se dio cuenta de que no se habían colocado bien: los hombres más altos estaban en un lado y los más bajos en otro. Pero él no era nadie en aquel entierro –aunque, técnicamente, le habían dado vela, se dijo, y sonrió estúpidamente un momento- y no pensaba decir ni Pamplona.
Echaron a andar. El féretro pesaba mucho más de lo que Manuel se había esperado, por mucha monja anoréxica que llevaran dentro. Para cuando salieron de la iglesia, ya estaba sudando copiosamente a pesar de ser un día otoñal más bien frío. El convento donde la mujer había pasado toda su vida y pasaría su eternidad estaba a la vista, quizás un poco más lejos de lo que a Manuel le hubiera gustado, pero a una distancia asequible si todo iba bien. Atravesaron la multitud que esperaba fuera de la iglesia. Vio la cara de Ainara un segundo, los labios hacia dentro en un gesto que podía indicar que estaba mortificada o aguantándose las ganas de reír. Sintió cómo la gente se incorporaba al cortejo, aunque no podía girar la cabeza a riesgo de dejar caer la caja. Se imaginó el espectáculo si eso pasara. Volvió a sonreír y se alegró de que nadie pudiera verle la cara.
A los cinco minutos de camino, Manuel ya creía morir de cansancio y dolor en el hombro. El cuerpo de la monja iba tambaleándose dentro de la caja y de vez en cuando sonaba un clonk, clonk que Manuel esperaba que los asistentes no pudieran oír y que estaba empezando a alterarle los nervios. De repente, el féretro se inclinó peligrosamente hacia atrás y tuvo que hacer un esfuerzo extra para que no se cayera. Estaban subiendo una cuesta. Lo que faltaba, pensó, respirando tan hondo como pudo y calculando visualmente lo que le faltaba para llegar. Tenía la cabeza de Aitor delante y sólo podía ver la parte de arriba del convento. Bien, ya faltaba poco.
El hombre que iba delante de Aitor dijo algo que sonó como una orden pero que Manuel no entendió. Resoplando como un toro bravo, le pregunto a Aitor.
-¿Qué ha dicho?
-Escaleras. Ya estamos llegando.
¿Escaleras? ¿Pero qué clase de convento era aquel, subido en una colina y encima con escaleras? Manuel, que sujetaba la esquina trasera de la caja, se asió con más fuerza a la madera cuando notó que la parte de delante empezaba a subir. Sintió cómo un juramento se le subía a los labios, pero recordó dónde estaba y se limitó a pensar la maldición. Un peldaño, dos, tres… Quién le había mandado meterse en aquello. Y por qué nadie le había avisado del recorrido que había que hacer. Dios, cómo pesaba aquella muerta.
-Joder –susurró, sin poder evitarlo, y Aitor dejó escapar una suave risa.
De repente, el cortejo se detuvo. Manuel cerró los ojos unos segundos, sintiendo que la madera se clavaba más en su hombro. No entendía qué hacían ahí parados, si faltaba tan poco…
El cura que había oficiado la misa pasó corriendo junto a él, en dirección al convento. Intercambió unas palabras con los porteadores de delante; el féretro empezó a bajar.
-¿Qué pasa ahora? –gimió Manuel, la caja más ladeada que nunca hacia el otro lado, donde la sujetaban los más bajos.
-Tenemos que agacharnos, no cabemos por la puerta –susurró Aitor, flexionando las rodillas según hablaba. Manuel dejó escapar un “no me jodas” antes de hacer lo propio. Volvieron a ponerse en marcha. Avanzaban muy despacio por lo complicado de su postura. Cuando pasaron por la puerta, Manuel tuvo que agacharse aún más para que el ataúd no golpeara el dintel. Ya estaban dentro. Ya no podía faltar mucho.
-Ahora hay que ir al patio –le informó Aitor, y Manuel sintió algo de consuelo al oír que él también se estaba quedando sin aliento.
Sólo quedaban cien metros hasta el destino final. Manuel calculó sus fuerzas y decidió que podía llegar, aunque no sería capaz de dar un paso más con aquel peso encima, así que más les valía no tener ningún imprevisto. Cincuenta metros más, se decía, sintiendo que nunca volvería a recuperar la sensación en su hombro anestesiado de dolor. Cuarenta. Treinta. Ya casi estaba allí.
Se detuvieron de nuevo, el agujero en donde debían bajar el ataúd junto a ellos. Dos hombres colocaron cuerdas bajo el féretro y le tendieron un extremo a Manuel; a duras penas y echando mano de su último aliento, Manuel consiguió bajar la caja y columpiarla en las cuerdas sobre el agujero en la tierra. Empezaron a bajarla. De repente, Manuel sintió que la cuerda se le resbalaba y el extremo del ataúd que él sujetaba golpeó el suelo con más fuerza de la debida. La tapa se movió. Soltó la cuerda y se apartó del panteón de un salto, soltando un juramento en voz tan baja que nadie le oyó. ¿No se suponía que iban clavadas? Sólo le faltaba ver la cara de la muerta.
Nadie pareció darse cuenta. El cura empezó a leer un fragmento de la Biblia y los porteadores se apartaron, dejando que los enterradores hicieran su trabajo. El padre de Ainara se acercó a él.
-No se tira la cuerda dentro, Manuel.
Manuel dejó escapar un resoplido por la nariz.
-Lo siento. Si quieres bajo a buscarla.
-No, hombre, no. Es para que lo sepas para la próxima vez.
Manuel se acercó a Ainara y sintió la mano de ella esconderse en la suya. La próxima vez. La próxima vez. No habría una próxima vez.
-Pobrecito Manuel. Ya lo siento –le dijo ella, apoyando la cabeza en su hombro sano.
Aunque quizás sí la hubiera. Y no estaba de más saber esas cosas.

La reencarnacion del diablo


Este es Sauron, mi gato, adoptado en un momento de soledad hace tres meses. En cuanto lo vi, decidí que tenía cara de malo, de ahí el nombre, pero aún así me ganó su mirada felina y sus maullidos cariñosos. Me lo llevé a casa para que me hiciera compañía. Y compañía me hace, pero a qué precio.
A simple vista, es un bendito. Se queja un poco cuando le llevo a la veterinaria, pero una vez en la clínica no dice ni miau, se deja hacer cualquier cosa y ni siquiera protesta cuando le ponen las vacunas. Cuando estoy con él en casa, se sienta en mi regazo y ve conmigo la tele, o duerme mientras leo un libro; a veces araña un poco el sofá -pero qué gato no lo hace-, juega con las bolitas del árbol de navidad o intenta tirarme el móvil al suelo. Cosas de michinos.
Lo malo es cuando no le hago caso, ya sea porque no estoy o porque estoy haciendo algo que me aleja de él -como escribir-. Su venganza es tan simple y animal como efectiva: se mea por todas las esquinas. En las cortinas que me traje de California, en la mantita que le hice para que no pasara frío por la noche, en el rascador que le compré para que dejara en paz el sofá, en la bandeja que guardo en lo más alto de la cocina, y, sobre todo, en las bolsas de plástico. Yo me creía muy lista guardándolas bajo la fregadera, pero el muy sinvergüenza ha encontrado un recoveco por el que colarse y ayer encontré la razón de que las piedras de su caja estuvieran tan limpias: debía llevar semanas usando mi cajón de los productos de limpieza como baño.
La razón por la que encontré su guarida no fue otra que la de andar buscando un plástico para cubrir la caldera. Ahora al minino le ha dado por subirse encima, y el jueves dejó de funcionar. Llamé al técnico, que investigó por la parte de arriba de la caldera y me miró sorprendido. "¿Ha andado alguien por aquí?", me preguntó. "Sí, el gato". "Pues ten cuidado, porque te ha sacado el cable del contacto y mordido el resto". Lo que faltaba. Sin agua caliente ni calefacción por culpa del bicho.
Y lo peor es que ya es demasiado tarde para mandarlo a la protectora de animales , que es donde a punto estuve de mandarlo ayer. Le he cogido cariño; echaría de menos hasta sus llantos a las cinco de la mañana rogándome que le deje entrar en mi cuarto -para que me pueda mear las cortinas cuando yo no miro-, y me moriría de angustia pensando que ninguna familia lo fuese a querer adoptar. Pero no entiendo por qué me ha tenido que tocar a mí el gato más guarro de la historia de los gatos. Yo quería un animalito que me hiciera compañía y me entretuviera mientras veía los bodrios que ponen en televisión, no un bicho que me pusiera nerviosa e hiciera que mi casa oliera a orín de gato. Cada uno tiene lo que se merece. Supongo.
Si alguien sabe algún remedio para hacerle volver a la caja con sus piedras, por favor, que me lo explique. Podréis decir orgullosos que habéis salvado la vida de un animal (casi) inocente.

He decidido que el 2007 va a ser mi año

Nunca había decidido que un año iba a ser mío. Siempre tenía ilusiones, a ver si este año pasa esto o lo otro, pero nunca había decidido que todo el año fuera a ser positivo. Con este lo he hecho. Y, aunque sólo estemos a día ocho, creo que he acertado.
El chiste es que no me ha pasado nada bueno de momento, de hecho no tengo ni trabajo todavía (aquí estoy, con el móvil al lado, esperando a que me llamen de la delegación de educación para salir corriendo a algún colegio perdido por la llanura alavesa), pero hay tantas cosas buenas que me pueden pasar este año que sería ridículo no tener ilusiones. Ennumero:
1. El mes que viene sabré si he aprobado el examen para conseguir el título de inglés. Mis posibilidades son buenas, y de no aprobar, siempre me puedo presentar otra vez. Pero yo me lo saco como que me llamo Ruth.
2. Voy a tener un diploma acreditativo de mi curso de traducción por Internet, lo que significará otra posibilidad de ingresos, aunque muy mínima -soy realista-. Y en diciembre haré el examen que me dará el título (y lo pasaré, porque éste es mi año).
3. Hay oposiciones en julio. Si empollo bien y mucho, puedo tener plaza fija para el resto de mi vida.
3. Sale el último libro de Harry Potter. No sé si esto es bueno o malo, porque significa que ya no habrá más, pero tengo unas ganas terribles de ver cómo acaba.
4. Me va a tocar la lotería. Técnicamente, ya me ha tocado -el reintegro del Niño y nueve euros del euromillones, que me hicieron tanta ilusión que, si llega a ser el gordo, no sé cómo hubiera reaccionado-, pero estoy convencida de que me va a tocar más. No mucho, lo suficiente para poner la cocina y el baño.
Y, en general, que me gusta el número siete, por mágico, por impar, porque sí. Y estoy convencida de que va a ser un buen año, y no voy a dejar que me lo amargue nadie. Si es necesario, no pienso ver la tele ni leer los periódicos para que los de siempre no me chafen el día. A ver si se pega un poco de mi año a la humanidad y arreglamos entre todos tanto desbarajuste.

P.D: No espero ganar un concurso literario porque eso no depende de mí, y lo único que puedo controlar es lo que depende de mí (bueno, vale, la lotería es una ilusión). Sólo sé que este año voy a escribir mucho, como siempre, porque es lo que me gusta y es lo que hago. Y voy a mandar cuentos a concurso, porque también tienen algo de lotería, y si alguna vez me ha de tocar será este año.
Porque lo digo yo.

Reciclando

Como últimamente estoy inmersa en una pequeña sequía de la que voy saliendo lentamente, voy a reciclar una historia que he encontrado en el baúl de los recuerdos y de la que estoy muy orgullosa a pesar de no haberse comido un rosco en los varios concursos a los que la he mandado. Espero que os guste -a mí me encanta, sobre todo el final- y si tenéis alguna sugerencia para mejorarla, soy todo oídos.


La Ventana

Buenas tardes, agente, pase, pase. Sí, ya me imagino que tiene que preguntarme algo, les estaba esperando. Aunque no sé si voy a poder ayudar mucho, mire que yo apenas salgo de casa, pero usted pregunte, pregunte, que ya veré lo que sé. ¿Quiere tomar algo? Un café, una copita… Vamos, hombre, que yo no voy a decir nada, anímese con un orujito… Bueno, como usted quiera.
Sí, los vi pelearse aquella tarde, claro que lo hice, como lo he hecho docenas de veces antes, por eso no les presté demasiada atención. Aquí todas las parejas se pelean de vez en cuando, no es ninguna sorpresa, tarde o temprano pasan debajo de la ventana hablando más o menos alto, pero ya nadie se fija en esas cosas. Todo el mundo tiene sus trapos sucios, aunque algunos los airean más que otros, ¿no le parece?
Primero aparecieron los chavales del portal de la esquina, los hijos de Marcela y su vecina, Susana creo que se llama, que vaya pinta llevan, yo no sé cómo les dejan salir así de su casa. Vaya usted a saber lo que andarían haciendo, porque iban hablando muy bajito, con las cabezas muy juntas y mirando para atrás todo el rato, como vigilando que nadie les viera, seguro que estaban haciendo algo que no deberían. Quizás debiera usted investigarlos, agente, poruqe no me parecen a mí trigo muy limpio, con tanto pendiente y tanto trapo colgando, que parece que no les hayan lavado la ropa en una eternidad. Si es que hay mujeres a las que no debería dejárseles tener hijos, oiga, para que los críen así…
Sí, sí, ya le he dicho que los vi pelear el viernes por la tarde, que no me ha dejado llegar todavía. Iban detrás de los chavales, juntos, que rara es la vez que se les ve separados. Debe ser el amor que se tienen, que no saben vivir el uno sin el otro, aunque mire que llevan años juntos, que normalmente los arrumacos son el primer mes y después de la boda si te he visto no me acuerdo, más que los sábados por la noche para… Bueno, usted ya me entiende. Vamos, sí, las parejas de hoy en día hacen de todo y un poco más antes de pasar por la vicaría, pero esa persecución, ese no poder quitarse las manos de encima… Yo, la verdad, no me puedo quejar, porque vivo muy feliz con mi José, que tampoco me deja ni a sol ni a sombra. Mi José es muy cariñoso, sabe usted, y todo un caballero, no como estos chicos de hoy en día, que van de modernos porque saben cocinar pero no son capaces de abrirles la puerta a una dama. Mi José me trata como a una reina, porque sabe que sin mí no podría vivir.
Qué impaciente es usted, oiga. ¿De verdad que no quiere ese orujo? ¿Pacharán? Vale, vale, ya sigo.
Iban como siempre, qué quiere que le diga, hablando más que discutiendo según empezaron a aparecer por la calle, o al menos desde donde yo podía verles por la ventana, aunque se fueron acalorando y los gritos se oían desde el cuarto piso cuando llegaron al portal. Gritos de los dos, no se crea, que él tiene carácter pero ella también gasta una mala leche que para qué le voy a contar. Que si no te quiero volver a ver con esa ropa, que si pareces una ya-sabe-usted-qué, que tú a mí no me dices lo que me puedo poner, que no me hables con ese tono… No, no, yo no le vi pegarla, aunque qué quiere que le diga, no me hubiera extrañado. La culpa la tiene la tele, con tantas historias de malos tratos y cosas de esas, que parece que todo el que pega a su mujer va a terminar matándola, y tampoco es eso. Y ojo, que no estoy diciendo que esté bien pegar, pero tiene que reconocer que esto es como con los niños, un sopapo a tiempo ahorra muchos disgustos y educa más que un sermón. Fíjese mi José y yo qué bien nos llevamos, y puedo contar con los dedos de las manos las veces que me ha dado. Ni una pelea en los últimos dos meses, oiga, y es que una no es tonta, y es que hay que aprender a callarse…
Sí, cuando subieron a casa se les oía gritar desde las escalera, sobre todo a ella. Creo que ahí le cayó el primer bofetón, porque se oyó el ruido, supongo que sería para calmarle la histeria. Pero no pareció funcionar, oiga, que los gritos siguieron toda la tarde. Sí, viven justo aquí debajo, el escándalo que montaron fue insoportable. Sobre todo por ella, porque con la voz de pito que tiene retumbaban hasta las paredes. A él se le oía poco, aunque muy fuerte; creo que era el que andaba rompiendo cosas por toda la casa, sólo se oían los crujidos de platos al partirse y a ella gritando. Pena de vajilla, sonaba cara. Cristal o porcelana.
El último grito lo dio él. Ella pegó un alarido muy fuerte y después hubo un silencio. Supongo que fue cuando él le pegó la cuchillada y ella se cayó al suelo, se oyó un golpe de algo pesado cayendo, y tuvo que ser ella porque estaba gordísima últimamente, se cuidaba muy poco, y no sería por lo mucho que cocinaba, que ya le gritaba él que no sabía ni freír un huevo. Yo me quedé escuchando unos segundos, por si acaso tenía que llamar a la ambulancia otra vez, pero de repente sonó un grito, un alarido como de guerra, como esos de los indios en las películas del oeste, y entonces el que gritó, y cómo gritó, fue él. Al ratito la oí a ella llorar muy quedo y luego me pareció que hablaba con alguien, aunque no estoy segura porque lo hizo muy bajito. Y luego aparecieron las ambulancias y la policía, y se llevaron el cuerpo de él en una y a ella esposada en la otra.
Mi marido está en el bar de la esquina, agente, si quiere usted hablar con él es el del final de la barra, no tiene pérdida. Verá usted, el difunto y él eran buenos amigos, les gustaba tomarse unos vinillos juntos por las tardes, y esto ha sido un mazazo para él. A mí, la verdad, ella nunca me gustó demasiado, para qué le voy a engañar. Sí, muy calladita, muy maja las pocas veces que hablaba, siempre dando pena con su moretón en el ojo, que vaya torpeza la suya para darse tantos golpes con el armario de la cocina, pero a mí siempre hubo algo que no me gustó de ella. Y mire usted si tenía yo razón. Diez cuchilladas, ¡a su propio marido! Qué no le hubiera hecho esa a un desconocido, imagínese si llegan a tener niños. Suerte que tuvimos que no nos acuchillara a ninguno al cruzarse con nosotros en la escalera.
No hay de qué, agente, para eso estamos. Si me quiere para algo más, ya sabe dónde encontrarme. Oiga, por cierto, que no le decía en broma lo de los hijos de Marcela y Susana, que cualquier día nos van a dar un disgusto. A ver si puede usted investigar un poco, ya verá como están metidos en algún tipo de trapicheo, esos niños no son trigo limpio, se lo digo yo.
¿Seguro que no quiere ese orujito para el camino? Bueno, ande, pues nada, encantada y buena suerte.
De nada, de nada, a usted.
Hasta la próxima.

Escasez de entradas

Ya sé que ando un poco escasa de entradas últimamente, pero lo cierto es que no he escrito nada digno de publicarse, ni en un blog ni en ninguna parte, en mucho tiempo. Ni digno de publicarse ni de ningún otro tipo. No he escrito nada. Siempre busco excusas para no acercarme al teclado, o para limitarme a leer lo que escriben otros. Me digo que estoy muy ocupada, pero no sé hasta qué punto eso es cierto. No sé qué me pasa, si tengo un vacío de temas o es que ya no me hace ilusión. Sé que la ilusión volverá, siempre vuelve, pero esta vez parece que está tardando.
He abierto otro blog, para el que quiera practicar inglés. El tema de la historia sobre mis experiencias en EEUU me ha hecho pensar que no estaría mal hablar del cambio tan radical que ha supuesto mi vuelta. Supongo que solo tiene sentido si se conoce el sistema americano, pero quizás alguien suelte un par de carcajadas con las salidas de los niños. Espero que os guste. Sólo tenéis que ir a ver mi perfil y elegir el otro blog.
Voy a seguir con mis excusas para no escribir.

El mejor regalo de cumpleaños

Ayer me llegó el mejor regalo de cumpleaños (me caen 31 el lunes, cumpleaños capicúa) que me podían haber hecho, y del lugar menos esperado. Recibí un email de la agregaduría de educación de Los Ángeles, los que eran responsables de mi bienestar cuando yo estaba en los EEUU. El título era: ¿Quieres publicar? No sé por qué me lo han mandado a mí, pero era un emial personalizado ofreciéndome escribir un breve artículo-ensayo-llamémosle equis para un libro que van a hacer conmemorando el 20 aniversario del acuerdo de colaboración entre España y EEUU. Me decía que tenía que tenerlo antes del lunes. Como os podréis imaginar, nada más llegar a casa me puse a escribir. Ya lo he mandado, porque si no le voy a dar tantas vuelta que va a terminar no gustándome nada de lo que escribo.

Así que, en principio, ya lo he conseguido: me van a publicar en un libro de tapas duras. No en una revista, como me pasó con quince años, no en el "magazine" de la escuela de primaria. En un libro de tapas duras. Que va a tener presentación oficial y todo, seguro.

Aquí os va lo que le he mandado (no dice nada sobre que tenga que ser inédito, así que supongo que lo puedo poner en el blog). A ver si os gusta y os parece digno de una publicación.



King City Connection

Nunca me he considerado una persona valiente y para mí, en el año noventa y nueve, todo aquel que se embarcara en la aventura de ir a vivir a un país extranjero lo era, y mucho. Nunca había salido del país. Mi inglés, de un nivel medio, era puramente teórico, y los únicos momentos en los que lo utilizaba era para corregir los ejercicios de mis alumnos en un pueblo perdido de Álava, o en la misma Vitoria si tenía suerte y había plazas de sustitutos abiertas.
Un día, por pura casualidad, encontré en la escuela donde trabajaba un periódico del que nunca he vuelto a ver un ejemplar –ni siquiera recuerdo el título, pero era una publicación para escuelas-. Allí se mencionaba el programa de profesores visitantes; yo tenía una amiga muy interesada en irse al extranjero, así que recorté la noticia y se la pasé. Pero ella no tenía el CAP, requisito indispensable, y, sin saber muy bien cómo, me encontré rellenando yo la solicitud. Primero hice los papeles para Louisiana, pero no me cogieron (visto lo visto, menos mal) y al año siguiente, con los tres años de experiencia justitos que requería el estado, me presenté para California. Para mi sorpresa, pasé las pruebas y me encontré haciendo la entrevista para el distrito de King City. Me cogieron. Y ahí empecé a darme cuenta del “embolao” en el que me había metido.
Nunca había montado en un avión, la primera vez que lo hice fue para volar a San Francisco. El primer recuerdo de California que tengo es ir montada en un taxi, atontada por el viaje y el cambio de hora pero incapaz de cerrar la boca de asombro ante una ciudad que me impactó (todavía hoy, siete años más tarde, me impresiona). Lo primero por lo que pasé fue el curso de adaptación, al que probablemente le deba el hecho de no haberme vuelto el primer año. La frase que se me quedó grabada de los tres días de cursillo (del resto ya no me acuerdo, he pasado tanto tiempo allí que lo he normalizado todo, aunque en el momento estaba aterrada ante tanta novedad): nunca les digáis a vuestros compañeros americanos lo que ganáis. Ellos creen que ganáis menos. Qué razón tenían.
Vinieron a buscarme dos profesores de King City: la que sería mi mentora (King City tenía un excelente programa para nuevos profesores, antes de los recortes presupuestarios), que gracias al cielo hablaba español muy bien, y otro profesor al que me costó varios años entender, con un acento tan cerrado que no tenía muy claro si estaba hablando inglés o algún otro idioma (pero cuando conseguí entenderle, supe que había dominado el inglés). Mi primera sorpresa al llegar al pueblo fue encontrarme con el rechazo de algunos profesores, que no entendían por qué habían tenido que traer a gente de tan lejos habiendo profesores bilingües en la zona. La segunda, que aquel año sería el último en el que se iban a dar las clases en español. Muchos esperaban que yo me fuera entonces, pero para su sorpresa me quedé. Tengo que decir que alguno se alegró, pero la mayoría no me entendió.
Así que, de los siete años que pasé en King City, sólo el primero pude dar lectura en español. Después me metieron con los recién llegados en un programa de inmersión al inglés –a mí, a quien la mitad de los profesores no entendían cuando hablaba- y ahí me quedé hasta que me fui. Me cambié de escuela, de Santa Lucía con su calendario tradicional y sus ocho clases de primero a Del Rey, con diferentes vías y sólo un compañero con quien ponerte de acuerdo, donde me enamoré del calendario “year round”, que consiste en trabajar tres meses y descansar uno. Iba a Vitoria tres veces al año, viajaba por el país todos los fines de semana, vivía en una casa con piscina y podía ir andando a trabajar. Me hice adicta a los Starbucks. Soné con comprarme una casa en la bella San Francisco, los suficientemente cercana para poder pasar casi todos nuestros fines de semana allí, pero nunca me atreví a pedir el cambio de distrito y dejar a mis adorados alumnos. Los niños (todos de origen hispano, los míos al menos) eran respetuosos con los profesores; trabajaban para mí más de lo que cualquier alumno en Vitoria lo había hecho nunca; tenían unos padres que, lejos de enfrentarse al profesor, te daban permiso por escrito para que les pegaras si no prestaban atención, y te traían regalos el día de San Valentín y Navidad. Sé que mi experiencia no tiene nada que ver con la de los profesores de secundaria, que todo el mundo se queja de la disciplina y los problemas que tienen en clase, pero yo no cambiaría a mis alumnos de King City por nada del mundo. Ahora, dando inglés a la clase media vitoriana, les echo más de menos que nunca.
Me fui por mil motivos, el más importante que sentía que, después de siete años, necesitaba una etapa nueva en mi vida, nunca porque dejara de gustarme mi profesión o lo que estaba haciendo en la escuela. Me llevé de allí grandes amigos (la mayoría españoles, aunque algún americano también cayó), la experiencia de haber sobrevivido en una tierra que no era la mía y un montón de lecciones que me dieron mis alumnos sobre humildad y aprender a aprovechar lo que tenemos hoy, que puede que no esté ahí mañana. Crecí mucho más de siete años y, sobre todo, le quité el miedo a probar cosas nuevas. Llevo en Vitoria desde junio y sé que, en cuanto se me ofrezca una oportunidad, me iré a cualquier otro país de habla inglesa, en principio para un año, como me pasó con la aventura americana, pero luego ya se verá.
Se supone que debo dar algún consejo a los nuevos profesores o todos aquellos que se estén planteando viajar a California. El único que se me ocurre es no convertirse en americanos. No os concentréis en el trabajo tanto que os haga olvidar que estáis viviendo una experiencia irrepetible, que hay un millón de cosas a vuestro alrededor por descubrir. Algunos compañeros americanos iban a trabajar los fines de semana, y yo les imité dos veces. Me agarré tal depresión esos dos días que me juré no volver a hacerlo nunca más. Aprovechad para viajar y recordad que, por mucho que pretendáis quedaros, nunca sabéis cuál será vuestro último año. A mí me pilló mi marcha con muchas cosas pendientes por hacer. No dejéis que eso os pase a vosotros.
Si volviera atrás en el tiempo y me encontrara de nuevo aquel periódico, ni siquiera me molestaría en ofrecérselo a una amiga. Evitaría directamente Louisiana para apuntarme a California y ganar un año. Y, quién sabe, quizás me quedara aún más tiempo.

NaNoWriMo

Últimamente apenas escribo, y lo que escribo es demasiado personal para ponerlo en el blog. Tampoco es que sean mis memorias ni nada parecido, pero es un proyecto que tengo entre manos desde hace años y que nunca me convence, nunca creo hacerlo bien. Escribo, reescribo, borro y por fin lo dejo, siempre sin terminar, rendida ante el hecho de que nunca voy a poder expresar lo que quiero de la manera que yo quiero.
Pero eso se acabo. Noviembre es el mes de "escribe una novela en treinta días". Si os pasáis por la página www.nanowrimo.org, veréis una curiosa iniciativa de algunos escritores estadounidenses que se van a olvidar por un mes de la perfección para lograr cantidad. Cualquiera puede inscribirse y creo que también está en castellano. A partir del uno de noviembre (o sea, hoy, siento el corto aviso pero yo me enteré ayer), cada participante debe intentar escribir 50.000 palabras (unas 175 páginas) antes de la medianoche del 30 de noviembre. Lo mejor: que nadie tiene por qué leerlo -aunque se puede subir la novela y dejar que otros participantes la lean- y que no pasa nada si no se consigue.
Yo me he apuntado. No creo que vaya a escribir 175 páginas en treinta días cuando llevo meses sin pasar de diez, pero, aunque consiga escribir la mitad y sólo pueda aprovechar una cuarta parte de ellas, ya habré avanzado algo. Y me habré entrentenido con lo que más me gusta.
Animaos, puede ser divertido.

La sombra

No entraba ni un rayo de luna por la ventana con las persianas bajadas y las cortinas firmemente cerradas. Ana tanteó en la oscuridad de la habitación, buscando desesperadamente el interruptor de la luz. Su mano tropezó con la cama, los pies, a juzgar por la forma en la que el edredón estaba entremetido bajo el colchón; si seguía el contorno de la cama, llegaría hasta la mesita de noche y sólo tendría que encontrar el cordón de la lámpara para iluminarse. Un acto mucho más fácil de planear que de ser llevado a cabo.
Tomó aire y se tragó las lágrimas que inundaban su cara. La mano derecha en la herida del costado y la izquierda sujetando el esqueleto de la cama, Ana se arrastró por el suelo hasta donde ella creía que estaba la luz. Cada movimiento arrancaba de su boca un gemido de dolor que ella trataba de ahogar mordiéndose los labios; no quería llamar la atención de la sombra que había irrumpido la tranquilidad de su casa y todavía podía estar acechando al amparo de la oscuridad. ¿La había oído marcharse? Quizás hubiera perdido el conocimiento unos segundos, los suficientes para que la sombra tuviera tiempo de huir, salir de su casa, dejarles en paz. Ana se arrastró unos centímetros más y sintió que su costado se abría con un leve crujido de carne rajada. Tenía que llegar a la luz y encontrar su teléfono. Necesitaba pedir ayuda.
Le costó dos interminables minutos recorrer los escasos metros que la separaban de la mesilla de noche. Sin soltarse de la cama, temiendo que si dejaba su soporte se hundiría sin remedio y no podría volver a alzarse, Ana buscó el cable de la lámpara y lo siguió hasta encontrar el interruptor. Lo accionó. Nada. La oscuridad siguió siendo inexpugnable.
Temblando de pies a cabeza, Ana deslizó su mano por el cable de nuevo, rogando que estuviera desenchufado, rogando que la solución fuera tan sencilla como aquella. Pero, por supuesto, no lo era. La sombra había cortado la luz de toda la casa y Ana no podía encontrar el teléfono móvil que le había arrancado de las manos y lanzado a través de la habitación. Soltó un gemido mezcla de dolor y llanto. Una risa débil, tan cercana que sintió su aliento, la sobresaltó.
-¿Qué vas a hacer ahora, Anita?
No había motivos para ahogar su llanto. Gimiendo, enloquecida de miedo y de dolor, Ana se arrastró por el suelo de la habitación, tratando de ignorar la humedad cálida que sentía bajo sus dedos al pasar las manos por el suelo, al restregarse por todos los rincones de la estancia buscando un teléfono que podía ser inservible, que podía estar roto o en manos de la sombra. La risa no cesaba. Era débil, sutil, irreverente. Ana sintió furia mezclada con su terror. Si no hubiera estado tan segura de desmayarse por el esfuerzo, se habría tirado a ella y le habría sacado los ojos con sus propias manos. En su situación, su única esperanza era encontrar su teléfono. Su mano dio con algo cálido y su llanto se recrudeció. Miguel.
-Ya le has encontrado. ¿Era eso lo que buscabas? ¿A tu amado esposo?
Ana acarició la mano que aún tenía pulso, subió por el brazo, rozó el hombro y llegó a su cara. Tenía los ojos cerrados. Aún respiraba, aunque muy débilmente. Ana acercó la cara a la suya. Una carcajada cargada de furia llegó hasta ella.
-¡Qué bonito! ¡Qué tierno! Se me caen las lágrimas de la emoción. ¿Todavía le quieres? ¿Después de todo lo que te he demostrado esta noche?
Ana no contestó. Había perdido demasiada sangre. Se sentía débil, a punto de desmayarse, y una parte de ella insistía en que era mejor dejarse llevar, acabar con todo, rendirse. La voz de la sombra le llegaba desde muy lejos.
-Te creía distinta, Ana. Miguel hablaba tan bien de ti que te imaginaba otro tipo de mujer, más fuerte. La Ana que yo había imaginado nunca se arrastraría hacia su marido después de todo lo que ha pasado esta noche. No, la Ana que yo imaginaba le dejaría morir, porque es lo que se merece. ¿No te parece? ¿No crees que se merece morir?
-No –se oyó decir, sorprendiéndose a sí misma al darse cuenta de que aún podía hablar-. Sólo ha cometido un error. Nadie merece morir por eso.
La carcajada fue hiriente. Ana sintió su conciencia alejándose de ella.
-¿Un error? ¿Lo llamas error? Qué buena eres, Ana, te admiro. Mira, en eso tenía razón Miguel. No debe haber nadie tan bueno como tú sobre la faz de la tierra.
Su parte más fuerte, aquella que pensaba que la había abandonado, tomo control de su ser una vez más y Ana pudo oír los pasos de la sombra acercándose hacia ella. Ni siquiera veía su contorno, tan profunda era la oscuridad, pero podía sentir su presencia, su calor. Su ira.
-Miguel tenía unos ojos muy bonitos. Creo que es lo primero que me gustó de él.
El cuerpo de Miguel se sacudió bajo la patada de la sombra. Ana le abrazó, llorando, sintiendo cómo su respiración se iba debilitando cada vez más. Necesitaba su teléfono, pero ya no tenía fuerzas para buscarlo. Miguel iba a morir primero, y después lo haría ella, escuchando la voz de la sombra hablar en pasado de su marido.
-Cuando tomábamos café juntos sólo hablaba de ti. Al principio, claro, porque luego, cuando empezó lo nuestro, ya no te mencionaba. Se sentía culpable, supongo, engañándote. Yo también me hubiera sentido culpable, pero habría sido sincera. Yo te habría contado que estaba teniendo un lío con mi secretaria. Te habría dicho que quería dejarte, que me iba a ir con ella. Él no fue valiente. Su sentido de culpabilidad pudo más que él y al final se echó atrás.
-Nunca pretendió dejarme –susurró Ana, sin importarle si la sombra la oía o no-. Mi marido nunca dejó de quererme.
-Sí, creo que ese fue el problema. Yo le dije que tenía que elegir, tú o yo. Y él eligió mal. Tonto.
Otra patada, pero esta vez falló y golpeó también la mano de Ana, que abrazaba a Miguel con las pocas fuerzas que le quedaban. Ana se sentía al borde de la pérdida de conciencia. Un zumbido lejano empezó a inundar sus oídos.
-Se lo advertí. Le dije, “yo no puedo ser la otra, Miguel, yo tengo que ser la primera. No soy segundo plato de nadie, si quieres seguir conmigo tendrás que dejar a Ana”. Y él me contestó que entonces no podría seguir conmigo. Fue un cobarde. Pero pensaba que tú eras lista y que te ibas a dar cuenta de qué pasta estaba hecho. Ahí me equivoqué yo. Nunca pensé que te pondrías entre él y la pistola para salvarle la vida.
-Es mi marido… Le quiero…
-Yo también. Le quise, supongo, porque sólo se puede querer a alguien hasta que dejan de serte fieles. ¿No? ¿No te pasa a ti?
El zumbido iba creciendo, y Ana se dio cuenta de que no estaba dentro de su cabeza. Era la alarma de un coche de policía. Los vecinos debían haber oído el disparo.
-No vas a morir, Ana, tu vida nunca estuvo en peligro –Otra patada hizo temblar el cuerpo de Miguel, que ya no respiraba-. La suya sí, por cobarde, pero tú no tienes la culpa de que tu marido no sea digno de ti. Ni de mí.
Un chasquido de metal sobre metal cortó el aire, y Ana, sin saber por qué, hundió la cabeza en el cuello inerte de Miguel, apartando la cara de una imagen que no podía ver. La explosión de la pistola retumbó en la estancia vacía. Ana perdió el conocimiento.
La policía siguió el ruido del disparo y encontró tres cuerpos, un hombre y dos mujeres. Él tenía una bala en el corazón, una de las mujeres un disparo en el costado y la otra se había volado los sesos. Un agente se agachó junto al cuerpo de la mujer que abrazaba al hombre.
-Está viva. Llama a una ambulancia.

El sociopata

Primero fue el niño con la pelota. Un bote aquí, un bote allá, la lanzo contra la pared, le pego una patada, a punto estoy de darle en la cabeza a un transeúnte, vuelvo a lanzarla contra la pared y casi rompo un escaparate. Alfonso le miraba desde su mesa de la terraza, sintiendo cómo su humor se agriaba por momentos, sabiendo que aquel niño, con aquella dichosa pelotita, iba a hacerle estallar en breves segundos. Pero no hizo nada. Se controló. Se sintió orgulloso de sí mismo al no levantarse y retorcerle el pescuezo a la pequeña sabandija.
Luego llegó la mujer con el cubo del agua sucia. Ni siquiera se acercó al bordillo de la acera, la tiró en medio de la calle y empapó unos buenos metros cuadrados de cara vía pública con el agua que ella no quería en su casa por pestilente y sucia. Una mujer la miró con el ceño fruncido al pasar, pero nadie le dijo nada. Alfonso quería gritarle, llamarla cerda, incívica, darle de bofetadas por guarra, y esta vez se tuvo que agarrar al borde de su silla para no saltar y causarle el daño que su interior estaba rogando que le infringiera.
Pero la gota que colmó el vaso fue el grupito de adolescentes que pasó por la avenida en bicicleta y a punto estuvieron de atropellar a una señora que movía con dificultad sus cerca de ochenta años con la ayuda de un taca-taca y que no cayó al suelo cuando ellos pasaron rozándola porque tuvo el buen juicio de aferrarse a su andador con todas sus fuerzas. Les insultó, les increpó, pero los jóvenes, lejos de pararse a ver si a la señora le había pasado algo, soltaron una carcajada y siguieron corriendo con sus bicicletas sin importarles que la avenida estuviera llena de gente paseando un domingo por la tarde. La gente se apartó a su paso, pero lo único que hicieron fue gruñir un reproche por lo bajo. Nadie hacía nada. Nadie decía nada.
Alfonso no pudo más. Con manos temblorosas, echó mano a su bolsa de deporte y la puso sobre su regazo. El calor de la escopeta de caza que guardaba en ella le tranquilizó de inmediato y sus manos dejaron de temblar. Sacó su arma, la cargó con parsimonia sin que ninguno de los que compartían terraza con él se inmutaran y se levantó. Primero apuntó al niño con el balón, quien no había dejado de molestar a todos los que disfrutaban de los últimos rayos de sol de aquel final de verano en aquella terraza otrora tranquila. Le voló la cabeza con un tiro certero y una puntería envidiable. Detrás de él fueron sus padres, los culpables de que aquel monstruo se hubiera llegado a convertir en la réplica exacta de los adolescentes que acababan de escapar y que no tuvieron el buen juicio de tirarse al suelo, sino que fueron al auxilio de su hijo. Luego le llegó el turno a la dueña del bar, la del agua sucia, que salió a ver qué eran esos petardazos. Alfonso sintió una extraña satisfacción al verla caer en el charco de agua mugrienta que ella misma había creado. Y por fin le llegó el turno a la mujer del taca-taca, que hacía todo lo posible por escapar de allí tan rápido como sus cortos pasos le permitían. Alfonso no tenía claro por qué la mataba a ella también, pero supuso que tenía que terminar lo que había empezado. Y, qué demonios, aquella señora tenía cara de haber tirado el agua de la fregona a la calle más de una vez.
Alfonso guardó su arma en la bolsa de deporte, esquivó a los cadáveres poniendo buen cuidado de no pisar la sangre que se esparcía a su alrededor y echó una última mirada a la escena. Estaba mejorando su puntería. Todos aquellos a los que había disparado habían muerto en el acto, sin sufrir, y no había herido a nadie que no mereciera morir. Muy bien, Alfonso, estás mejorando, se dijo. Tenía que decírselo al psiquiatra.
Estaría orgulloso de él.

El hipocondriaco

Soy hipocondríaco. Lo reconozco, vivo pendiente de todas las señales que me da mi cuerpo y siempre creo tener la última enfermedad que descubre el doctor House en su programa. Si me sale un grano, pienso que es cáncer. La barriguita que nos sale a todos en septiembre después de un verano de excesos, para mí es un tumor del tamaño de una sandia. O un embarazo, y eso que soy hombre. Soy hipocondríaco. Y no es nada fácil vivir con esta condición.
Todos los médicos de mi ciudad me conocen. En urgencias, cuando me ven llegar, levantan la vista al cielo y sueltan una oración en busca de paciencia mientras me indican dónde está la sala de espera –como si no lo supiera ya- y me tienen ahí encerrado un par de horas para ver si se me pasa el susto. Pero a mí nunca se me pasa. Verás, yo me conozco bien y sé que soy un exagerado, por eso no voy a urgencias al primer síntoma. Antes sí, antes lo hacía, pero el día en que un médico me llevó directamente a la consulta del psiquiatra cuando quise que me desinfectara un grano para que no se gangrenara y me comiera la piel, empecé a pensar que igual tenía que tomarme las cosas con un poco más de calma. Por eso ahora espero unas horas, a veces hasta un día entero, antes de acudir llorando al médico que esté de guardia, pero una vez que estoy allí quiero ser atendido. Si me he pasado veinticuatro horas viendo y sufriendo los cambios de mi cuerpo, no me importa esperar un par de horas más para que alguien me salve la vida.
La semana pasada fui a urgencias por una mancha que me había salido en la mano. No quise ser alarmista y pensé que quizás me había dado un golpe sin darme cuenta y que aquello no era más que el moratón que sale después, pero me extrañaba que no me doliera al tocarme. Esperé unas horas, de la mañana a la noche, y después de cenar ya no pude más y me dirigí al hospital. Cuando entré por la puerta corrediza, me recibió una enfermera a la que nunca había visto antes, una sustituta que cubría el puesto que la enfermera fija había dejado al irse de vacaciones. Me miró la mano, frunció el ceño y, en vez de hacerme pasar a la sala de espera, me indicó que esperara allí mismo mientras ella llamaba al doctor. Mi ciudad no es turista y en verano hasta los hospitales están vacíos; por primera vez en mi largo historial médico, no iba a tener que esperar a que me atendieran.
El médico llegó volando, y cual sería mi alegría al darme cuenta de que éste también era nuevo, un sustituto que no me conocía y al que, por tanto, me podía quejar todo lo que quisiera sin temor a ver de nuevo al psiquiatra. Me miró la mano ahí mismo, frunció el ceño y me llevó a una sala de reconocimientos. Yo estaba preparado para desnudarme y tumbarme en una camilla, pero él se limitó a hacerme sentar y analizarme con detenimiento la mano. Me raspó con un instrumento metálico –le pregunté si estaba bien esterilizado, no la fuéramos a liar-, volvió a fruncir el ceño y me informó de que tenían que hacerme una biopsia.
-¿Es grave, doctor? –pregunté, muerto de miedo y de orgullo por no estar llorando.
-No lo sé. No quiero mentirle, podría ser leucemia. ¿Cuánto tiempo hace que tiene usted la mancha?
-Unas horas. Ha aparecido esta mañana, creo.
Me miró con gesto de sorpresa. Encima era un caso digno de estudio clínico.
-¿Tan grande? Entonces tenemos que darnos prisa. Si se ha desarrollado a esa velocidad, puede ser un cáncer muy agresivo. ¿Quiere tumbarse?
Pensé que me iba a reconocer, pero luego me di cuenta de que lo hacía porque me había quedado tan pálido que tuvo miedo a que me cayera de la camilla. Llamó a las enfermeras, les indicó que me llevaran a hacer análisis de sangre y que me ingresaran en urgencias. Yo sólo pensaba en llamar a mis padres, pero estaba tan nervioso que sabía que no iba a poder marcar ni el número. El médico me dio algo para calmarme después de que las enfermeras me sacaran sangre. Me quedé dormido en seguida.
Cuando me desperté, la cara del médico me sonrió y me dijo que había habido suerte, que el quirófano estaba libre y que iban a poder hacerme la biopsia en ese mismo instante. Yo temblaba de pies a cabeza mientras me preparaban para la operación. Me dijeron que era un procedimiento rutinario, que no me iba a doler nada, que la epidural era mano de santo e iba a poder estar despierto mientras me lo hacían. Por un lado me alegré, no quería que me pusieran anestesia general, la de gente que se muere en un quirófano cuando lo anestesian del todo, pero por otro me daba mucho respeto ver lo que me hacían, tenía la completa seguridad de que me iba a marcar un Castro e iba a empezar a corregir a los médicos en la mitad de la operación. Tragué saliva y sentí la boca seca. Mi hipocondría me iba a salvar la vida, al fin y al cabo.
Es una sensación extraña, la epidural. Me habían dado un montón más de calmantes, así que sentía la cabeza ligera mientras nos deslizábamos por los pasillos hasta el quirófano. No sentía para nada la mano derecha, era como si mi cuerpo terminara a la altura del hombro. Miré a las enfermeras que iban a mi lado y les sonreí, bobalicón. Ninguna de ellas era conocida.
Por fin me pusieron en la camilla del quirófano. Sacaron toda la parafernalia para la operación y taparon la mano con una sábana azul colocada a modo de telón para que yo no pudiera ver lo que hacían. Mejor, pensé, tampoco es cuestión de tener pesadillas. Gracias a las drogas que me habían dado, era capaz de pensar en cómo iba a cambiar mi vida cuando me dijeran que tenía leucemia y no salir corriendo de pánico. Vi a una enfermera pasarle una esponja empapada en un líquido rojizo al médico y supe que me estaban desinfectando la mano. Sonreí al doctor, que no me miraba. Frunció el ceño de nuevo. Algo iba mal y todavía no me habían cortado.
-¿Pero qué es esto?
Yo intenté levantar la cabeza para mirar por encima de la sábana, pero alguien me sujetó y me dejó pegado a la camilla. El médico siguió trapicheando con mi mano, su gesto cada vez más ceñudo. Cuando terminó lo que estuviera haciendo –era cierto, no había sentido nada, los milagros de la medicina-, se giró hacia mí, arrancó la sábana y me mostró mi mano. Estaba limpia.
-¡Doctor! ¡Me ha curado!
Nadie sonreía, nadie lloraba de emoción al ver semejante milagro, nadie gritaba “aleluya”. Todo el mundo me miraba con gesto que adivinaba serio tras las mascarillas del quirófano, algunos negando con la cabeza.
-Ha sido una broma de muy mal gusto, señor –masculló el médico.
-¿Qué quiere decir? ¿No es leucemia?
-No. Era tinta. Se le ha explotado un bolígrafo en la mano.

Soy hipocondríaco. Y no veas lo difícil que es serlo en un mundo donde todo el mundo se cree sano.

Depresión vacacional

Llevo demasiado tiempo de vacaciones, tanto que ya no sé lo que es trabajar. Por no hacer, ni siquiera he escrito dos líneas desde hace ni sé cuánto tiempo. Hoy estoy escribiendo sólo porque acabo de fregar la cocina y no tengo acceso al puzzle de dos mil piezas que me he comprado para matar el aburrimiento.
Ni escribir me motiva ya. Supongo que un escritor que se tome su "trabajo" en serio habría aprovechado los dos meses de asueto para escribir por lo menos la mitad de la próxima gran novela, pero yo no he tocado tecla. Lo que significa, supongo, que no soy escritora, y que estoy a mucha distancia de serlo. Qué le vamos a hacer, cada cual con sus miserias.
Nunca pensé que diría esto: tengo ganas de empezar a trabajar y volver a una rutina. Y de terminar mi puzzle de dos mil piezas, que sólo a mí se me ocurre comprar un puzzle abstracto.

Reflexion

El otro día me dio por pensar (qué gran esfuerzo el mío) en lo ridícula que es nuestra sociedad. Ya, ya sé que no hace falta ser un premio Nobel para darse cuenta, pero es que a veces me río yo sola de lo patas arriba que está todo.
Me refiero, en este caso, al mundo del entretenimiento. ¿Quienes son los que ganan más dinero en el mundo? Los actores y actrices, los cantantes, los presentadores de televisión. ¿Y a qué se dedican? A entretenernos. Nuestra sociedad podría, perfectamente, seguir adelante sin ellos. No los necesitamos para ir a trabajar, para curar enfermedades, para salvar a los niños de Etiopía. Sin embargo, es a los que más pagamos. Y ya no me meto con los del Gran Hermano, Operación Triunfo y similares, porque entonces en vez de reír, lloro de rabia.
¿Y quienes son los únicos "entretenedores" que no están bien pagados? Los escritores. La profesión que más mérito tiene dentro de esta gama de entretenimiento, la que más trabajo conlleva, la que más enseña (al menos de vez en cuando) es la que peor considerada está. Conozco gente que hace paralelismos entre vagos, escritores y lectores. Para ellos, es mejor tirarse a ver el "Tomate" que sentarse en el sofá con un libro, por increíble que parezca. Estamos mal vistos. Ser escritor es perder el tiempo. La gente cada vez lee menos, y cuando lo hacen prefieren las revistas del corazón. Es vergonzoso. Vivimos en una sociedad que da vergüenza.
Más mérito a los mineros, los recoge basuras, los peones, los limpia tuberías. Sin ellos sí que nos iríamos al garete. Podríamos vivir sin Brad Pitt y Angelina Jolie, pero a ver quién es el guapo que sobrevive con basura en la calle o sin un mal fontanero que le arregle el lavabo.
He dicho.

En el cuartel

El hombre entró en el cuartel con la mirada perdida de alguien que no sabe muy bien cómo ha llegado hasta donde está. Manuel levantó la mirada del informe y esperó a que hablara. Parecía estar borracho.
-¿Puedo ayudarle en algo?
El hombre le miró y parpadeó dos veces, como si quisiera convencerse de que el guardia civil era real y no un efecto de su borrachera. Manuel esperó, paciente. Mientras no le atacara o se pusiera violento, no le molestaba.
-¿Se encuentra usted bien? ¿Puedo ayudarle en algo?
Se acercó al mostrador y puso las manos sobre el, con las palmas hacia arriba.
-Vengo a que me detenga.
Manuel levantó las cejas y sonrió.
-A ver, ¿qué ha hecho usted?
-Todavía nada.
-Pues entonces no puedo detenerle. Venga cuando haya hecho algo.
-Es que quiero matar a mi mujer. Y luego había pensado entregarme. Así que he pensado que mejor me entregaba primero.
Manuel le miró a los ojos, esos ojos que un segundo antes habían estado perdidos y semi ocultos en un mar de párpados caídos, pero que ahora brillaban con tanta vida que le dieron miedo. Dejó el informe sobre el mostrador, salió de detrás de él y esposó al hombre con las manos a la espalda. No opuso ninguna resistencia.
-Muchas gracias por venir. Venga, pase por aquí que le hacemos la ficha.