Es domingo. Me encantan los domingos. Me encierro en mi casa y solo hago lo que yo quiero. No salgo, no veo a nadie, no me mandan horarios externos, solo los míos. Yo, mi, me, conmigo. Ojalá todos los días fueran domingo.
El viernes tuve un enfrentamiento con un niño de siete años. Me alegro mucho de que no dejen pegar a los maestros, porque si se me llega a escapar la mano, él está en el hospital y yo en la cárcel. Tuve que repetir varias veces "aquí mando yo". Su respuesta: tú a mí no me mandas. Y sé que tiene razón.
Ayer fui a ver una serie de performances de teatro experimental. No entendí absolutamente nada, pero me encantaron. Creo que, cuando se trata de teatro experimental, no es cuestión de entender, sino de sentir. Sentí arcadas -todavía hoy, cuando recuerdo cierta escena-, sentí miedo, sentí tensión. También indiferencia, pero alguien que iba conmigo se entusiasmó, así que no era necesariamente malo. Eso es el arte, supongo, que cada uno lo entienda de manera diferente.
Queda una semana para mi cumpleaños. Cumplo treinta y cinco. Estoy pasando una crisis, pero no sé si es la de los treinta tardía o los cuarenta temprana. Espero que esto signifique que me salto una crisis, porque si dentro de cinco años tengo que pasar por otra voy a hacer rica a mi psicóloga. Qué cosas, oye. Crisis. La palabra maldita.
Cambian las reglas ortográficas, pero yo a la "y" la voy a seguir llamando y griega, porque me gusta. Ye. Soy la chica y y. Je, je. En fin. Es domingo. He dormido demasiado. Ya no se tilda la o. Jon, ¿me oyes? Ya no se tilda la o. Nunca. Jamás.
Sigo escribiendo, y, aunque es malo, sé que tiene arreglo. Estoy creando tanto personaje despreciable que empiezo a pensar que hay algo de ellos dentro de mí, no es normal que salga tanta mierda de un sitio limpio. Uno de ellos tenía que dar pena; en lugar de eso, da asco. No sé si están tomando vida propia o es que no sé controlarlos. Un poco de todo, supongo.
Domingo. Hace frío en casa. La calefacción a tope y el gato en el radiador...
Cuenta atrás

El NaNoWriMo empieza mañana, pero seamos sinceras, yo ya he empezado. Lo de menos este año es conseguir las cincuenta mil palabras; lo de más, volver a la rutina de escribir en cada momento libre y tener una historia y unos personajes rondándome por la cabeza. No sé si será bueno, no sé si será "leíble". Será mío, como todo lo que escribo, y espero que algún día la constancia dé sus frutos y lo que escriba sea también de los demás.
De momento, llevo mil y pico palabras, cinco personajes bien definidos y un montón de perrerías que han de ocurrir. Qué malo es el mundo para algunas personas, madre.
Diario
Vitoria ha sido elegida como Capital Verde Europea de 2012. No sé lo que eso significa, porque Vitoria siempre ha sido capital, siempre ha sido verde y siempre ha sido europea, pero está bien que nos lo reconozcan, aunque no sea hasta el 2012. Los de la ETB parecen no haberse enterado, o les parece menos importante que el adoquín suelto junto al Gugenheim (es un decir; quien dice adoquín dice grava).
Un alcalde elegido democráticamente por hombres y mujeres, que encima es ginecólogo, se burla de manera soez de una mujer que ostenta un cargo de poder por encima del suyo y se va de rositas. Porque sí, le están poniendo a parir en todos los medios, pero sigue siendo alcalde y sigue siendo ginecólogo. Cosa que no me sorprende, no ahora, no en este país. Es un país machista, y me da igual que haya el mismo número de ministras que de ministros. Sigue siendo un país de pandereta.
El jueves me dijeron que era "digna". El contexto era muy específico y me sonó a piropo. Cuanto más pienso en esa palabra, más me la cuestiono. Me recuerda a "Lo que queda del día" y el concepto de dignidad que tiene el mayordomo protagonista. Es curioso, cómo todo en la vida está relacionado.
Hoy es sábado y esta es mi hora de escritura. Se supone que debería estar tecleando ideas para la historia que quiero escribir. Me he apuntado al NaNo, pero no tengo muy claro que lo vaya a seguir. Me limitaré a escribir a mi ritmo y leer los "pep-talks" que mandan una vez a la semana. Mi mente trabaja -poco, pero trabaja- aunque no escriba, y van surgiendo ideas. Tengo el principio y el final, y creo que tengo un posible momento climático que desencadena el final. Todo lo demás está por decidir. Debería ponerme en serio. Debería.
El gato, en mi regazo, me observa escribir. Creo que el movimiento de mis dedos sobre el teclado le acuna.
Un alcalde elegido democráticamente por hombres y mujeres, que encima es ginecólogo, se burla de manera soez de una mujer que ostenta un cargo de poder por encima del suyo y se va de rositas. Porque sí, le están poniendo a parir en todos los medios, pero sigue siendo alcalde y sigue siendo ginecólogo. Cosa que no me sorprende, no ahora, no en este país. Es un país machista, y me da igual que haya el mismo número de ministras que de ministros. Sigue siendo un país de pandereta.
El jueves me dijeron que era "digna". El contexto era muy específico y me sonó a piropo. Cuanto más pienso en esa palabra, más me la cuestiono. Me recuerda a "Lo que queda del día" y el concepto de dignidad que tiene el mayordomo protagonista. Es curioso, cómo todo en la vida está relacionado.
Hoy es sábado y esta es mi hora de escritura. Se supone que debería estar tecleando ideas para la historia que quiero escribir. Me he apuntado al NaNo, pero no tengo muy claro que lo vaya a seguir. Me limitaré a escribir a mi ritmo y leer los "pep-talks" que mandan una vez a la semana. Mi mente trabaja -poco, pero trabaja- aunque no escriba, y van surgiendo ideas. Tengo el principio y el final, y creo que tengo un posible momento climático que desencadena el final. Todo lo demás está por decidir. Debería ponerme en serio. Debería.
El gato, en mi regazo, me observa escribir. Creo que el movimiento de mis dedos sobre el teclado le acuna.
La SuperProfa

Voy a inventar un cacharro como lleva el VanDisel este para mi profesión. Me va a convertir en una SuperProfa, y, lo que más mola, en multimillonaria de la noche a la mañana, porque todas las profas van a querer ser SuperProfas. Sobre todo las de infantil.
Mi invento (el SuperProfa Maker, de momento -SPM para abreviar, no confundir con Su Puta Madre, o Síndrome Pre-Menstrual, aunque bien pensado también mola-) constaría, primero, de un cinturón similar al de la foto. Pero no llevaría biberones ni ositos de peluche, sino diferentes utensilios que esta semana he echado en falta cuando daba clase a los de cuatro y cinco años. A saber:
- Pañuelos de papel en cantidades industriales, o, en su defecto, rollos de papel de los de Scotex, por eso de que son más suaves para sus naricillas.
- Toallitas húmedas marca Eroski, que no estamos para derroches, para limpiar esos mocos que, a pesar de los pañuelos antes mencionados, tienen tendencia a quitarse con el dorso de la mano.
- Jabón desinfectante del que no necesita agua. No, no es para ellos, esto es para mí. Para todos aquellos que te cogen de la mano después de haberse quitado los mocos de la manera arriba mencionada.
- Caramelitos contra la tos. O, en su defecto, una mascarilla (de nuevo, para mí).
- Silbato llama-bedeles, para esos momentos en los que un niño te pota en clase y tu estómago amenaza con seguir el ejemplo si no lo limpian pronto.
Mola, ¿eh? Pero muchas estaréis diciendo, "vaya kit de los cojones, si eso es lo que llevo yo en el bolso desde que nació mi primer hijo, con eso no te forras ni ná". Claro. Pero es que en esto he pensado hoy cuando me he dado cuenta de que entre toses y estornudos, me han dejado ronca y con un catarro del quince. Mi SPM empieza ahora:
- Marioneta de fácil manejo con una sola mano que se pueda ajustar al cuerpo sin asfixiarte, y que hable inglés con el mismo acento que Hugh Grant.
- Dosel para apoyar el libro grande de Petete que siempre llevo conmigo y que es muy difícil manejar cuando con la otra mano estás manejando la marioneta antes mencionada. Anótese que la SuperProfa es itinerante, vamos, que no tiene clase propia y se lleva los cacharros de punta a punta de la ikastola (que, para más inri, consta de dos edificios separados por toda una manzana de casas y dos cruces que te cagas).
- Mano extra y extralarga para, según sujeta la marioneta y cuenta el cuento apuntando a cada personaje en el libro, poder poner el CD con la canción que viene a la mitad del cuento, teniendo en cuenta que el reproductor está en la otra punta de la clase porque al lado de la SuperProfa no hay enchufe.
- Dos pares de ojos de más -no, gafas no valen, ya lo he probado- para vigilar que todos los niños y niñas hagan la ficha, en lugar de dedicarse a pintarse la cara con las pinturas de dedo.
- Poderes mentales para detectar en qué momento determinado niño va a decidir que pinchar el dedo del compañero es mucho más divertido que terminar de cortar el círculo con el punzón.
Todo esto y mucho más iría en el SPM, pero, como comprenderéis, no lo voy a explicar todo porque algo tengo que guardarme para mí y que no me robéis el copyright. Cuando tenga el prototipo, me pondré en contacto con todas las profesoras de preescolar que visiten esta página interesadas en probarlo, a ver si he acertado con todas las necesidades que le puedan surgir a la profa moderna. Hasta entonces, seguiré trabajando en el proyecto.
Con mucho cariño, se despide de ustedes
La SuperProfa Maker Maker.
Diario
Empieza semana nueva. El lunes, por ser lunes, duro. Y si le añadimos domingo de resaca, más todavía.
Estamos dando los colores en clase de cinco años. Yo digo "touch something black", y el niño se levanta para tocarle la cabeza al niño de al lado, que es negro. Me reí, claro. A ningún adulto se le hubiera ocurrido hacerlo. Pero al mismo tiempo me pregunté quién le habría dicho que su compañero era negro, porque ellos lo ven marrón. Que es lo que es.
Escribo, pero poco. Esto es como ir al gimnasio, poco a poco. Intento buscar momentos sueltos en el día, pero no tengo. Quince minutos aquí, diez allá, en la ducha, de paseo. Porque todavía estoy en la fase de idealización de la historia, todavía no he escrito ni una palabra. Ya llegará. Si llega.
Aunque lea todos los minutos que me quedan libres el resto de mi vida, nunca conseguiré leer todo lo que quiero. Cada día aparece algo nuevo que añadir a la lista. Ya no tengo sitio en casa. Bueno, sitio siempre se puede hacer, pero no tengo fondos. Económicos, me refiero. Ni de armario.
Me he apuntado a teatro -porque siete asignaturas de filología inglesa no son suficientes-. Tenemos que aprendernos una poesía cortita. He elegido una de García Lorca que todavía no he memorizado. No quiero viciarla. Es bonita. Simple, sencilla, pero bonita. A ver qué nos mandan hacer con ella. Prefiero no preguntarme para qué es el corcho que nos han pedido que llevemos.
Hace frío. Dicen que hoy va a helar.
Estamos dando los colores en clase de cinco años. Yo digo "touch something black", y el niño se levanta para tocarle la cabeza al niño de al lado, que es negro. Me reí, claro. A ningún adulto se le hubiera ocurrido hacerlo. Pero al mismo tiempo me pregunté quién le habría dicho que su compañero era negro, porque ellos lo ven marrón. Que es lo que es.
Escribo, pero poco. Esto es como ir al gimnasio, poco a poco. Intento buscar momentos sueltos en el día, pero no tengo. Quince minutos aquí, diez allá, en la ducha, de paseo. Porque todavía estoy en la fase de idealización de la historia, todavía no he escrito ni una palabra. Ya llegará. Si llega.
Aunque lea todos los minutos que me quedan libres el resto de mi vida, nunca conseguiré leer todo lo que quiero. Cada día aparece algo nuevo que añadir a la lista. Ya no tengo sitio en casa. Bueno, sitio siempre se puede hacer, pero no tengo fondos. Económicos, me refiero. Ni de armario.
Me he apuntado a teatro -porque siete asignaturas de filología inglesa no son suficientes-. Tenemos que aprendernos una poesía cortita. He elegido una de García Lorca que todavía no he memorizado. No quiero viciarla. Es bonita. Simple, sencilla, pero bonita. A ver qué nos mandan hacer con ella. Prefiero no preguntarme para qué es el corcho que nos han pedido que llevemos.
Hace frío. Dicen que hoy va a helar.
¿Hora de volver?
Leo, leo, leo y leo. Me pierdo entre libros. Leo por placer a veces, por "obligación" otras y una mezcla de ambas de vez en cuando. Mi último descubrimiento ha sido White Teeth, de Zadie Smith, una autora nacida el mismo año que yo que escribió una obra de arte hace diez años. Y digo obra de arte, sí, no gran libro, no "algo entretenido", no una buena lectura. Una obra de arte que te hace reír, llorar (no tanto, solo si lees entre líneas) y sorprenderte a cada página. Uno de esos libros que lo cuenta todo sin aparentemente decir nada. Y es lectura obligatoria en una de mis asignaturas. Estoy agradecidísima a los profesores.
Octubre avanza, y noviembre se acerca. No iba a participar en el NaNoWriMo de este año, porque llevo casi diez meses sin escribir, pero estos días estoy notando que me falta algo. Me doy cuenta sobre todo los fines de semana, cuando me encuentro con horas y horas de tiempo libre que antes no tenía y me pregunto qué demonios hacía yo antes para estar siempre ocupada. Durante unas semanas las he llenado con el patchwork, pero no es lo mío, no es lo que siento que debería estar haciendo. El ordenador me sirve de pantalla de televisión, pero no lo uso para lo que debería; por favor, si ni siquiera actualizo el blog, y eso que me puse el escribir como excusa para hacer la inversión de un ordenador nuevo.
Debería volver a escribir. Debería. Sé por qué lo dejé, y no es un buen motivo. Si soy sincera conmigo misma, puedo encontrar el momento exacto. Alguien me dijo que escribir era un hobby bonito, pero claro, si no se tiene el talento innato que hace falta para ser escritor, el acto es baldío. Y como era una persona que tiene mucha influencia en mí (aunque nunca ha leído nada mío), me hizo pensar que tenía razón y que yo de talento, nada. Y dejé de escribir.
Soy débil. Escribir es lo único que me ha gustado desde que tengo memoria, pero me apoquino a la menor dificultad. No es justo. Se me da "bien". Lo suficientemente bien para sorprenderme a mí misma cuando leo algo escrito por mí al cabo de un tiempo. Y es una estupenda forma de escapismo, que es lo que necesito últimamente. Eso, o que me toque la lotería y poder cambiar de vida. Porque lo de echarle valor a la vida es más difícil.
Creo que lo he decidido. Voy a volver a escribir. El NaNo es la excusa perfecta, aunque no logre las cincuenta mil palabras, como el año pasado. Y este puente es tan bueno como cualquier otro momento para empezar.
Octubre avanza, y noviembre se acerca. No iba a participar en el NaNoWriMo de este año, porque llevo casi diez meses sin escribir, pero estos días estoy notando que me falta algo. Me doy cuenta sobre todo los fines de semana, cuando me encuentro con horas y horas de tiempo libre que antes no tenía y me pregunto qué demonios hacía yo antes para estar siempre ocupada. Durante unas semanas las he llenado con el patchwork, pero no es lo mío, no es lo que siento que debería estar haciendo. El ordenador me sirve de pantalla de televisión, pero no lo uso para lo que debería; por favor, si ni siquiera actualizo el blog, y eso que me puse el escribir como excusa para hacer la inversión de un ordenador nuevo.
Debería volver a escribir. Debería. Sé por qué lo dejé, y no es un buen motivo. Si soy sincera conmigo misma, puedo encontrar el momento exacto. Alguien me dijo que escribir era un hobby bonito, pero claro, si no se tiene el talento innato que hace falta para ser escritor, el acto es baldío. Y como era una persona que tiene mucha influencia en mí (aunque nunca ha leído nada mío), me hizo pensar que tenía razón y que yo de talento, nada. Y dejé de escribir.
Soy débil. Escribir es lo único que me ha gustado desde que tengo memoria, pero me apoquino a la menor dificultad. No es justo. Se me da "bien". Lo suficientemente bien para sorprenderme a mí misma cuando leo algo escrito por mí al cabo de un tiempo. Y es una estupenda forma de escapismo, que es lo que necesito últimamente. Eso, o que me toque la lotería y poder cambiar de vida. Porque lo de echarle valor a la vida es más difícil.
Creo que lo he decidido. Voy a volver a escribir. El NaNo es la excusa perfecta, aunque no logre las cincuenta mil palabras, como el año pasado. Y este puente es tan bueno como cualquier otro momento para empezar.
Otoño
Ya hace frío por las mañanas, ya veo mi respiración otra vez. Las hojas apenan han empezado a caer, pero alguna puede distinguirse en el suelo. Pronto los árboles cambiarán de color, mi paleta favorita: verdes, rojos, marrones, amarillos, naranjas. Mi casa está pintada con esos colores. Es mi estación. Té calentito por las tardes, manta en el sofá. Leer, acariciar al gato, ver anochecer a las siete de la tarde. Vitaminas para el cansancio, pensar en puentes en el calendario. Y en cumpleaños, algunos tristes y otros alegres. Nací en noviembre, soy de otoño. Chaquetas de lana y pijama de felpa. El cuello del jersey bien subido hasta la barbilla.
Y respirar.
Y respirar.
Ni que una estuviera depre, oye
He estado echando un vistazo a post pasados y me he deprimido. Yo sola. Leyendo lo que yo misma había escrito. Que no, leches, que no estoy deprimida, ni cerca de estarlo, sino muy llena de vida y con muchas ganas de enfrentarme a lo que venga. Lo que pasa es que, últimamente, siempre que me pongo a escribir es un poco desahogo, porque no escribo para nada más. No sé si es permanente o solo una fase, pero de momento no encuentro la necesidad de escribir. Ni siquiera en este blog. Y mira que os tengo aprecio, ¿eh?, pero es que no tengo nada que contar.
Podría contaros mi vida, pero se resumiría en un "hoy he ido a trabajar, he comido, he vuelto a trabajar y me he ido a casa". Ya tá. No me pasa nada emocionante. Lo que no tiene porque ser necesariamente malo, porque el año pasado por estas fechas estaba la mar de ajetreada y no era nada bueno. Así que virgencita, virgencita, que me quede como estoy.
Podría hablaros de mis niños, pero me da la sensación de que estáis hasta el moño de ellos porque no hablo de otra cosa (y eso que no soy madre; ay si fuera madre). Podría hablaros de J., mi niña con síndrome de Down, la más guapa y la más lista de su clase, que me da la mano para ir a la clase de inglés porque su psicomotricidad no es muy buena y le cuesta subir a escaleras. Podría hablaros de mis gemelos de cuatro años, que cantan y recitan en inglés como si llevaran haciéndolo toda la vida, cuando han empezado este año. Podría hablaros de mis monstruos del año pasado, que me saludan con un "hello, how are you" cuando me ven por los pasillos y me hacen sonreír. Podría hablaros de tantos niños que acabaríais hasta el moño de mí.
O podría comentar los libros que leo. Podríamos hacer unas lecturas dialógicas la mar de entretenidas (por fin, algo en educación con lo que comulgo, qué ganas tenía de ir a una charla que me llenara la cabeza de ideas). Ahora mismo es White Teeth, de Zadie Smith, y me está gustando tanto que no sé a cuánta gente le he recomendado el libro. Lo único que me deprime un poco es que la autora tiene mi edad y ya está dentro del currículum de filología inglesa. Pero si no lo estoy yo es porque no me da la gana. Y, seamos sinceros, porque ni en un millón de años podría escribir como ella.
Tantas y tantas cosas... No, si al final va a resultar que no voy a tener hueco en el blog para hablar de todo lo que quiero. Ahora solo hace falta encontrar las ganas. Y el tiempo. Y un momento del día que dedicarle al digno arte de dar a la tecla.
Pero que por aquí todo bien, ¿eh? Por aquí, todo perfecto.
Podría contaros mi vida, pero se resumiría en un "hoy he ido a trabajar, he comido, he vuelto a trabajar y me he ido a casa". Ya tá. No me pasa nada emocionante. Lo que no tiene porque ser necesariamente malo, porque el año pasado por estas fechas estaba la mar de ajetreada y no era nada bueno. Así que virgencita, virgencita, que me quede como estoy.
Podría hablaros de mis niños, pero me da la sensación de que estáis hasta el moño de ellos porque no hablo de otra cosa (y eso que no soy madre; ay si fuera madre). Podría hablaros de J., mi niña con síndrome de Down, la más guapa y la más lista de su clase, que me da la mano para ir a la clase de inglés porque su psicomotricidad no es muy buena y le cuesta subir a escaleras. Podría hablaros de mis gemelos de cuatro años, que cantan y recitan en inglés como si llevaran haciéndolo toda la vida, cuando han empezado este año. Podría hablaros de mis monstruos del año pasado, que me saludan con un "hello, how are you" cuando me ven por los pasillos y me hacen sonreír. Podría hablaros de tantos niños que acabaríais hasta el moño de mí.
O podría comentar los libros que leo. Podríamos hacer unas lecturas dialógicas la mar de entretenidas (por fin, algo en educación con lo que comulgo, qué ganas tenía de ir a una charla que me llenara la cabeza de ideas). Ahora mismo es White Teeth, de Zadie Smith, y me está gustando tanto que no sé a cuánta gente le he recomendado el libro. Lo único que me deprime un poco es que la autora tiene mi edad y ya está dentro del currículum de filología inglesa. Pero si no lo estoy yo es porque no me da la gana. Y, seamos sinceros, porque ni en un millón de años podría escribir como ella.
Tantas y tantas cosas... No, si al final va a resultar que no voy a tener hueco en el blog para hablar de todo lo que quiero. Ahora solo hace falta encontrar las ganas. Y el tiempo. Y un momento del día que dedicarle al digno arte de dar a la tecla.
Pero que por aquí todo bien, ¿eh? Por aquí, todo perfecto.
Diario
Este curso que empieza, los niños de cuatro años son mucho más formales que los de cinco, y los de primero son unos benditos. Los de segundo también, pero esos no cuentan, a mí me ha tocado la clase buena. Voy a tener un buen año académico, pero voy a terminar muy cansada. Muchas horas -para una maestra, nada comparado a un minero- y muchas responsabilidades -para una maestra, nada comparado con una alcaldesa. O quizás sí-.
He ido a la delegación de educación para rellenar el Anexo I. Nadie sabe qué es eso, por mucho que me llamaran ellos por teléfono el quince de julio y yo oyera el mensaje este lunes. Mañana me llamarán al móvil. Espero. Si no, me quedo sin trienios.
De camino a casa, he oído a un chaval de unos diez años tratar de explicar a su abuela lo que era una peonza. La señora le ha cortado de cuajo: "Sí, sí, pero ¿quién era ese chico con el que estabas jugando?" Amistades peligrosas. Todo lo que se puede hacer con una peonza, madre.
Ya estoy estudiando. Tenía ganas de empezar, aunque las asignaturas de este año no son tan fantásticas como me esperaba. Novela inglesa contemporánea es mi asignatura favorita (de momento). Shakespeare está bien. Traducción, también. Literatura irlandesa en castellano con examen en inglés, no tiene sentido. Y mi libro de "Computer Assisted Language Learning" fue publicado en el '97. Creo que está un poco obsoleto. Me da a mí.
Y mañana dicen que empeora el tiempo, y yo sin ropa de temporada...
He ido a la delegación de educación para rellenar el Anexo I. Nadie sabe qué es eso, por mucho que me llamaran ellos por teléfono el quince de julio y yo oyera el mensaje este lunes. Mañana me llamarán al móvil. Espero. Si no, me quedo sin trienios.
De camino a casa, he oído a un chaval de unos diez años tratar de explicar a su abuela lo que era una peonza. La señora le ha cortado de cuajo: "Sí, sí, pero ¿quién era ese chico con el que estabas jugando?" Amistades peligrosas. Todo lo que se puede hacer con una peonza, madre.
Ya estoy estudiando. Tenía ganas de empezar, aunque las asignaturas de este año no son tan fantásticas como me esperaba. Novela inglesa contemporánea es mi asignatura favorita (de momento). Shakespeare está bien. Traducción, también. Literatura irlandesa en castellano con examen en inglés, no tiene sentido. Y mi libro de "Computer Assisted Language Learning" fue publicado en el '97. Creo que está un poco obsoleto. Me da a mí.
Y mañana dicen que empeora el tiempo, y yo sin ropa de temporada...
Septiembre
Llega septiembre, y con él el comienzo de todo. Empieza el curso, empiezan los nuevos propósitos, empieza la vorágine. Tengo ganas. Este verano he cargado pilas. Las vacaciones son necesarias.
Mi año escolar no empieza de verdad hasta la semana que viene, pero esta que entra ya viene cargada. Luego llegarán los libros de filología, con mis siete asignaturas -tres de ellas de literatura-, y tendré que empezar a plantearme lo de las oposiciones. Y teatro. Y patchwork, que no lo dejo. Para diciembre estaré agotada, pero con la conciencia tranquila de no estar derrochando ni un minuto en juegos tontos de ordenador. Trabajo mejor bajo presión. No quiero derrochar mi tiempo.
He empezado a leer poesía. Poco, un poema al día. Empecé con Auden, una cucharadita todos los días, cuando estaba leyendo el tostón de Oricalco, pero ahora estoy con Drácula y ese libro me chupa más que la sangre, no tengo energía para nada más. En los Estados Juntitos me compré varios libros de poesía. De momento estoy con una de esas antologías para tontos, un libro con un poema para cada día de autores muy distintos entre sí, y he encontrado alguna joya. Os dejo una. Quizás, quién sabe, termine siendo lectora de poesía, y quizás, quién sabe, empiece algún día a leerlas en castellano. Qué cosas, no saber apreciar algo en tu lengua materna. Qué cosas, no saber saborear la música.
Mi año escolar no empieza de verdad hasta la semana que viene, pero esta que entra ya viene cargada. Luego llegarán los libros de filología, con mis siete asignaturas -tres de ellas de literatura-, y tendré que empezar a plantearme lo de las oposiciones. Y teatro. Y patchwork, que no lo dejo. Para diciembre estaré agotada, pero con la conciencia tranquila de no estar derrochando ni un minuto en juegos tontos de ordenador. Trabajo mejor bajo presión. No quiero derrochar mi tiempo.
He empezado a leer poesía. Poco, un poema al día. Empecé con Auden, una cucharadita todos los días, cuando estaba leyendo el tostón de Oricalco, pero ahora estoy con Drácula y ese libro me chupa más que la sangre, no tengo energía para nada más. En los Estados Juntitos me compré varios libros de poesía. De momento estoy con una de esas antologías para tontos, un libro con un poema para cada día de autores muy distintos entre sí, y he encontrado alguna joya. Os dejo una. Quizás, quién sabe, termine siendo lectora de poesía, y quizás, quién sabe, empiece algún día a leerlas en castellano. Qué cosas, no saber apreciar algo en tu lengua materna. Qué cosas, no saber saborear la música.
FALL
So it's today, and in the chokecherry this year:
the first leaves turn ochre, there, by the open gate.
I grab the sweater you left on a chair, wrap it
around my shoulders, and -as I did for days last year
until I couldn't keep with the season- I pick
every single rusting leaf, each fading flower
and hide them in my apron pocket: their crush
clandestine against my belly. It's a simple gift
for you -for us- such an easy thing to do
for a few more days of summer.
Laure-Anne Bosselaar
Primer día
Aún no he dado inglés. Para un año que tengo ganas de empezar, el comienzo se dilata hasta el infinito. No sé a quién engaño, la verdad es que todos los años tengo ganas de empezar. Este igual un poco más. No sé por qué. Llevo dos días ayudando en las clases de preescolar y estoy deseando empezar con los míos.
Diez de la mañana del martes, 7 de septiembre. Padres y madres agolpados en la puerta con los niños y niñas de tres años en distintos estados de emoción. Avistamos las primeras cámaras de televisión. Hay fotógrafos. Las profesoras empezamos a coger a los niños, de uno en uno o de dos en dos, y a llevarlos a sus clases. Cuando ven que papá y mamá no les siguen, empiezan a llorar. Algunos berrean. Otros simplemente sollozan y se dejan acompañar. La mayoría dejará de llorar en breve; unos pocos se pasarán toda la mañana en un mar de lágrimas.
Hoy voy a la ikastola y me doy cuenta de que no tengo dinero suelto para el café. Me paro en un kiosco para comprar algo y cambiar, y de paso ojeo los periódicos. Mi vista se detiene en El Diario de Noticias de Álava, porque viene una foto de la ikastola en primer plano. Llego a clase. Alguien ha comprado El Correo (edición Álava, por supuesto), y me encuentro con una bata que me suena mucho en la portada, junto a un niño desconsolado. No hay duda, la andereño que da la mano soy yo. Aunque no salga mi cabeza.
Hoy he sido portada en el periódico. Por desgracia, sólo lo sabemos yo y mis compañeras.
Diez de la mañana del martes, 7 de septiembre. Padres y madres agolpados en la puerta con los niños y niñas de tres años en distintos estados de emoción. Avistamos las primeras cámaras de televisión. Hay fotógrafos. Las profesoras empezamos a coger a los niños, de uno en uno o de dos en dos, y a llevarlos a sus clases. Cuando ven que papá y mamá no les siguen, empiezan a llorar. Algunos berrean. Otros simplemente sollozan y se dejan acompañar. La mayoría dejará de llorar en breve; unos pocos se pasarán toda la mañana en un mar de lágrimas.
Hoy voy a la ikastola y me doy cuenta de que no tengo dinero suelto para el café. Me paro en un kiosco para comprar algo y cambiar, y de paso ojeo los periódicos. Mi vista se detiene en El Diario de Noticias de Álava, porque viene una foto de la ikastola en primer plano. Llego a clase. Alguien ha comprado El Correo (edición Álava, por supuesto), y me encuentro con una bata que me suena mucho en la portada, junto a un niño desconsolado. No hay duda, la andereño que da la mano soy yo. Aunque no salga mi cabeza.
Hoy he sido portada en el periódico. Por desgracia, sólo lo sabemos yo y mis compañeras.
3 de septiembre
Ayer fue tres de septiembre.
Ayer debería haber escrito una entrada, pero sencillamente, no me dio la gana. No me gusta que el calendario me diga cómo he de sentirme.
Ayer hizo un año que murió mi padre. No fui a visitarle al cementerio. Celebraré el día de su cumpleaños, no el de su muerte. Le llevaré flores. Le gustaban las flores.
Dicen que el tiempo lo cura todo. Aún no he conseguido que nadie me diga cuánto tiempo, exactamente, hace falta para recuperarse de la muerte de un padre. Yo creo que, en vez de curarse, la herida se abre un poco más cada día, porque cada día ocurren cosas que no puedo compartir con él. Como cuando La Roja ganó el mundial. Qué feliz hubiera sido mi padre, con lo que le gustaba el deporte, ese día. Me lo imagino hablando sin cesar de los goles de Villa, y de lo grande que es ese chaval, con la cara de padre orgulloso que se le ponía cuando hablaba de un deportista joven -en cualquier deporte- que apuntara maneras. O cuando el Baskonia ganó la liga, un tres cero contra el Barcelona que nadie se esperaba. O, simplemente, las fotos de las vacaciones, que ya tiene más que vistas pero que siempre comentaba como si fuera la primera vez que las veía. Todo. Todo lo que me rodea quiero hablarlo con él, porque era de esas personas que se sentían felices con la felicidad de otros, y era fácil contagiarle lo que sentías.
Me emociono. Se me están llenando los ojos de lágrimas, y eso que he empezado esta entrada la mar de tranquila. Apenas hablo de mi padre. Hablo de su enfermedad, o lo menciono de pasada en alguna anécdota en la que participó, pero nunca hablo de él, de cómo era, porque todavía duele. Creo que dolerá siempre. No merecía morir, no tan joven. El mes que viene hubiera cumplido 68 años. No es justo.
Me he enterado de que Michael Douglas tiene cáncer de garganta. Está en estadio IV, pero sin metástasis. No han especificado en qué parte de la garganta lo tiene. Me recuerda mucho al cáncer de mi padre, sólo que al actor le están dando quimio para acabar con el cáncer y a mi padre se la dieron para alargarle un poco la vida que se le iba. Nunca lucharon por él, pero esto lo supimos luego, cuando ya era tarde y la oncóloga nos dijo que la quimio había sido paliativa. Mi padre no quería quimio paliativa. Hubiera luchado lo que hiciera falta. Si Michael Douglas se salva, le voy a odiar toda la vida. Ya sé que no es culpa suya, pero sí lo es. No merece vivir más de lo que lo merecía mi padre. Y punto.
La vida sigue. Empieza un nuevo curso, más tranquilo que el año pasado porque no estamos encerrados en hospitales, ni preparando funerales, pero es un poco extraño. Supongo que a partir de ahora todos los comienzos de curso serán extraños. Es lo que tiene, septiembre.
Y afuera el verano sigue.
Ayer debería haber escrito una entrada, pero sencillamente, no me dio la gana. No me gusta que el calendario me diga cómo he de sentirme.
Ayer hizo un año que murió mi padre. No fui a visitarle al cementerio. Celebraré el día de su cumpleaños, no el de su muerte. Le llevaré flores. Le gustaban las flores.
Dicen que el tiempo lo cura todo. Aún no he conseguido que nadie me diga cuánto tiempo, exactamente, hace falta para recuperarse de la muerte de un padre. Yo creo que, en vez de curarse, la herida se abre un poco más cada día, porque cada día ocurren cosas que no puedo compartir con él. Como cuando La Roja ganó el mundial. Qué feliz hubiera sido mi padre, con lo que le gustaba el deporte, ese día. Me lo imagino hablando sin cesar de los goles de Villa, y de lo grande que es ese chaval, con la cara de padre orgulloso que se le ponía cuando hablaba de un deportista joven -en cualquier deporte- que apuntara maneras. O cuando el Baskonia ganó la liga, un tres cero contra el Barcelona que nadie se esperaba. O, simplemente, las fotos de las vacaciones, que ya tiene más que vistas pero que siempre comentaba como si fuera la primera vez que las veía. Todo. Todo lo que me rodea quiero hablarlo con él, porque era de esas personas que se sentían felices con la felicidad de otros, y era fácil contagiarle lo que sentías.
Me emociono. Se me están llenando los ojos de lágrimas, y eso que he empezado esta entrada la mar de tranquila. Apenas hablo de mi padre. Hablo de su enfermedad, o lo menciono de pasada en alguna anécdota en la que participó, pero nunca hablo de él, de cómo era, porque todavía duele. Creo que dolerá siempre. No merecía morir, no tan joven. El mes que viene hubiera cumplido 68 años. No es justo.
Me he enterado de que Michael Douglas tiene cáncer de garganta. Está en estadio IV, pero sin metástasis. No han especificado en qué parte de la garganta lo tiene. Me recuerda mucho al cáncer de mi padre, sólo que al actor le están dando quimio para acabar con el cáncer y a mi padre se la dieron para alargarle un poco la vida que se le iba. Nunca lucharon por él, pero esto lo supimos luego, cuando ya era tarde y la oncóloga nos dijo que la quimio había sido paliativa. Mi padre no quería quimio paliativa. Hubiera luchado lo que hiciera falta. Si Michael Douglas se salva, le voy a odiar toda la vida. Ya sé que no es culpa suya, pero sí lo es. No merece vivir más de lo que lo merecía mi padre. Y punto.
La vida sigue. Empieza un nuevo curso, más tranquilo que el año pasado porque no estamos encerrados en hospitales, ni preparando funerales, pero es un poco extraño. Supongo que a partir de ahora todos los comienzos de curso serán extraños. Es lo que tiene, septiembre.
Y afuera el verano sigue.
Resumiendo
Mi intención al volver del viaje era poner algunas fotos para enseñaros por dónde hemos estado (y, para qué engañarnos, daros envidia), pero el verano ha sido largo, la vuelta al cole dura y no me apetece ná, pero que ná de ná, haceros una descripción detallada. Así que os voy a poner los momentos estelares de las vacaciones, que, aunque han sido muchos y variados, se resumen en una palabra (bueno, dos): Las Vegas.

Porque, ¿quién no ha dicho alguna vez "me gustaría visitar Las Vegas alguna vez antes de morir"? Bueno, sí, supongo que habrá mucha gente a la que nunca se le haya pasado por la cabeza, pero renozcámoslo, a todos nos gustan las luces y los letreros con letras brillantes. Y eso que lo que veis en la foto no es más que uno solo de los casinos, el New York New York, que, como alguno habrá podido adivinar, reproduce el skyline de Nueva York bastante fielmente -aunque con todos los edificios amontonados unos con otros-.

Claro que hay muchas maneras de visitar la ciudad. Puedes ir en coche alquilado y pelearte con el horrendo tráfico de Las Vegas. Puedes ir en taxi, o en autobús, como el noventa por ciento de los mortales. O, por un precio más que asequible, puedes ir en limusina, con botella de champán incluida, porque a una boda no se puede ir de cualquier manera. Y menos si la oficia Elvis.

Elvis, cuyas primeras palabras (después del "Love me tender") fueron "I'm Elvis and I'm alive". Un Elvis que quería gritar a los cuatro vientos que Mr y Mrs (introduzca apellido del novio aquí) se habían casado, hasta que la fotógrafa le explicó que la novia prefería conservar su identidad, thank you very much. Un Elvis que estaba atareadísimo con tanta ceremonia, porque las novias se le acumulaban en la entrada y no daba abasto el pobre.

Y luego vino el regreso, con una gran alegría en el cuerpo, y la cena en París (en el casino París, a ver si os vais a creer que cogimos un avión aquella noche para venirnos para aquí), y mesas de blackjack, y tragaperras de un céntimo que no hacían más que escupir premios, y calor, mucho, mucho calor. Más tarde el Gran Cañón, antes Santa Mónica, Santa Cruz, Santa Barbara (se nota que los españoles metieron mano a la costa, ¿eh?), San Luis Obispo y, sobre todo, San Francisco. California. Y Nevada. Y Arizona.
Y jet lag. Pero esa es otra historia.
Porque, ¿quién no ha dicho alguna vez "me gustaría visitar Las Vegas alguna vez antes de morir"? Bueno, sí, supongo que habrá mucha gente a la que nunca se le haya pasado por la cabeza, pero renozcámoslo, a todos nos gustan las luces y los letreros con letras brillantes. Y eso que lo que veis en la foto no es más que uno solo de los casinos, el New York New York, que, como alguno habrá podido adivinar, reproduce el skyline de Nueva York bastante fielmente -aunque con todos los edificios amontonados unos con otros-.
Claro que hay muchas maneras de visitar la ciudad. Puedes ir en coche alquilado y pelearte con el horrendo tráfico de Las Vegas. Puedes ir en taxi, o en autobús, como el noventa por ciento de los mortales. O, por un precio más que asequible, puedes ir en limusina, con botella de champán incluida, porque a una boda no se puede ir de cualquier manera. Y menos si la oficia Elvis.
Elvis, cuyas primeras palabras (después del "Love me tender") fueron "I'm Elvis and I'm alive". Un Elvis que quería gritar a los cuatro vientos que Mr y Mrs (introduzca apellido del novio aquí) se habían casado, hasta que la fotógrafa le explicó que la novia prefería conservar su identidad, thank you very much. Un Elvis que estaba atareadísimo con tanta ceremonia, porque las novias se le acumulaban en la entrada y no daba abasto el pobre.
Y luego vino el regreso, con una gran alegría en el cuerpo, y la cena en París (en el casino París, a ver si os vais a creer que cogimos un avión aquella noche para venirnos para aquí), y mesas de blackjack, y tragaperras de un céntimo que no hacían más que escupir premios, y calor, mucho, mucho calor. Más tarde el Gran Cañón, antes Santa Mónica, Santa Cruz, Santa Barbara (se nota que los españoles metieron mano a la costa, ¿eh?), San Luis Obispo y, sobre todo, San Francisco. California. Y Nevada. Y Arizona.
Y jet lag. Pero esa es otra historia.
San Francisco
Mark Twain tenía más razón que un santo.
Llegamos a Frisco y nos tuvimos que poner los pantalones largos, los calcetines, el jersey, la cazadora y la bufanda, y aún así hacía frío, porque por mucho que te abrigues la humedad del Pacífico te entra en los huesos y la niebla te nubla el termostato. Tratamos de encontrar un sitio donde cenar ligero después de las mini raciones del avión y terminamos sentados delante de un plato de rost beef bien cortado, con su puré de patatas y su acompañamiento de salsa grasosa, como mandan los cánones. Aquella noche dormimos como reyes en una cama que no desmerecía a la de un hotel de cinco estrellas, aunque estoy convencida de que habríamos dormido igual en una tabla rasa.

Pero, ¡horror!, a las cinco del día siguiente ya estábamos despiertos, y a falta de tiendas abiertas hicimos lo siguiente mejor: irnos a desayunar un desayuno típicamente americano. Que nos pasáramos las vacaciones metiéndonos tremendos desayunos de este pelo puede que explique el hecho de que no me valga la ropa que dejé en Vitoria, pero eso es harina de otro costal y no vale la pena elucubrar.

Y luego llegó el barrio chino, y el italiano, y el Golden Gate a lo lejos, y el Bay Bridge, que es aún más bonito que el primero pero no tan famoso, aunque no sé por qué. Y, por si hubiera hambre, nos fuimos a comer a un indio-irlandés donde las pintas estaban a seis dólares y pico y el plato de curry a cinco, para equilibrar la cuenta. El resto de la tarde la pasamos haciendo la digestión. Y paseando. Y pensando en lo cansados que estábamos a pesar de ser las siete de la tarde.

Pero qué bien se duerme en el Kensington Park, madre.
Llegamos a Frisco y nos tuvimos que poner los pantalones largos, los calcetines, el jersey, la cazadora y la bufanda, y aún así hacía frío, porque por mucho que te abrigues la humedad del Pacífico te entra en los huesos y la niebla te nubla el termostato. Tratamos de encontrar un sitio donde cenar ligero después de las mini raciones del avión y terminamos sentados delante de un plato de rost beef bien cortado, con su puré de patatas y su acompañamiento de salsa grasosa, como mandan los cánones. Aquella noche dormimos como reyes en una cama que no desmerecía a la de un hotel de cinco estrellas, aunque estoy convencida de que habríamos dormido igual en una tabla rasa.
Pero, ¡horror!, a las cinco del día siguiente ya estábamos despiertos, y a falta de tiendas abiertas hicimos lo siguiente mejor: irnos a desayunar un desayuno típicamente americano. Que nos pasáramos las vacaciones metiéndonos tremendos desayunos de este pelo puede que explique el hecho de que no me valga la ropa que dejé en Vitoria, pero eso es harina de otro costal y no vale la pena elucubrar.
Y luego llegó el barrio chino, y el italiano, y el Golden Gate a lo lejos, y el Bay Bridge, que es aún más bonito que el primero pero no tan famoso, aunque no sé por qué. Y, por si hubiera hambre, nos fuimos a comer a un indio-irlandés donde las pintas estaban a seis dólares y pico y el plato de curry a cinco, para equilibrar la cuenta. El resto de la tarde la pasamos haciendo la digestión. Y paseando. Y pensando en lo cansados que estábamos a pesar de ser las siete de la tarde.
Pero qué bien se duerme en el Kensington Park, madre.
Aduana
Y es que pasar la aduana de Estados Unidos no es nada fácil, al menos para los hombres, y si ya eres un poco moreno, ni te cuento. Hace tres años sufrimos un ataque de ansiedad por culpa de una tía torda que nos dio una tarjeta de embarque hecha a mano, con la que no nos dejaban pasar en Philadelphia. Este año, un nombre y apellidos demasiado comunes nos dieron lata en San Francisco.
-¿Ha estado usted alguna vez en Estados Unidos?
-No.
-¿Ha pedido alguna vez un visado para trabajar aquí?
-No.
-¿Ha venido usted antes a este país?
-No.
-Tendrá que pasar por inspección secundaria. Seguro que es un error, pero me sale alguien con su mismo nombre que ha pedido visado.
Fueron amables, y nosotros íbamos tranquilos porque sabíamos que no habíamos hecho nada y ellos sabían que era un error. "There must be a lot of tocayos out there", nos dijo el hispano que no hablaba español en la inspección secundaria. Y así fue. Después de preguntar lo mismo media docena de veces, media hora eterna tras un vuelo de doce horas, nos dejaron salir con un "enjoy your trip" al frío de San Francisco. Nos acordamos de la frase de Mark Twain: "El invierno más frío que pasé fue un verano en San Francisco". La madre que parió al pacífico y su brisa.
-¿Ha estado usted alguna vez en Estados Unidos?
-No.
-¿Ha pedido alguna vez un visado para trabajar aquí?
-No.
-¿Ha venido usted antes a este país?
-No.
-Tendrá que pasar por inspección secundaria. Seguro que es un error, pero me sale alguien con su mismo nombre que ha pedido visado.
Fueron amables, y nosotros íbamos tranquilos porque sabíamos que no habíamos hecho nada y ellos sabían que era un error. "There must be a lot of tocayos out there", nos dijo el hispano que no hablaba español en la inspección secundaria. Y así fue. Después de preguntar lo mismo media docena de veces, media hora eterna tras un vuelo de doce horas, nos dejaron salir con un "enjoy your trip" al frío de San Francisco. Nos acordamos de la frase de Mark Twain: "El invierno más frío que pasé fue un verano en San Francisco". La madre que parió al pacífico y su brisa.
Regreso
¿Cómo puede una volver sin haber dicho antes que se iba? Pues sí, así soy yo, una "malqueda", que decía alguien de mi pasado (no recuerdo quién). Me he ido quince días a repetir las vacaciones de hace tres años, a ver a viejos amigos y a asistir a una boda oficiada por Elvis (que sigue vivo). Fotos y comentarios en próximos posts.
Los viajes largos te recuerdan, por si te habías olvidado, que los años no pasan en balde. Antes hacía este viaje tres veces al año, y tan tranquila, oiga. Hoy me he levantado a las dos de la tarde -tras 23 horas de viaje y llegar a casa a las cinco de la mañana- y todavía no sé si debo desayunar, comer, merendar o meterme otra vez a la cama. Aparte de que tengo los tobillos como botas y me duele hasta respirar. Qué duro es hacerse mayor.
El gato bien, gracias.
Los viajes largos te recuerdan, por si te habías olvidado, que los años no pasan en balde. Antes hacía este viaje tres veces al año, y tan tranquila, oiga. Hoy me he levantado a las dos de la tarde -tras 23 horas de viaje y llegar a casa a las cinco de la mañana- y todavía no sé si debo desayunar, comer, merendar o meterme otra vez a la cama. Aparte de que tengo los tobillos como botas y me duele hasta respirar. Qué duro es hacerse mayor.
El gato bien, gracias.
Nuevo feminismo
El feminismo, como todo, ha ido evolucionando a través de la historia. Al principio, el objetivo primordial de las mujeres era salir de la cárcel en la que se hallaban y colarse en el mundo masculino. Para ello pidieron para sí los roles que se les había asignado siempre a los hombres: poder trabajar, llevar dinero a casa, soportar la carga económica de una familia, llevar pantalones. Pasaron del ámbito privado al público, de un mundo "femenino" (permitid que use las comillas cuando un término no sea literal o no se ajuste del todo a lo que quiero decir) a un mundo "masculino". Adoptaron maneras de hombres: fumar en público, beber, andar en bicicleta... Y poco a poco la mujer se fue colando en rincones que antes les estaban vetados. Todo lo que antes se denominaba "femenino" (coser, cuidar de los hijos, atender la casa) fue menospreciado y minusvalorado. Las feministas se negaban a encadenarse en casa como sus madres y sus abuelas, y la lucha con el resto de mujeres empezó. Los hombres se sintieron amenazados. Se extendió la imagen de la feminista "machorra", lesbiana o asexual, que odiaba a los hombres y que soñaba con tener pene. La mujer tomó el terreno del hombre, pero el que hasta entonces había sido el terreno de la mujer quedó vacío.
Luego llegó una nueva tendencia. Las feministas reivindicaron su derecho a ser mujer desde lo femenino. Querían tener los mismos derechos que los hombres, pero también querían quedarse en casa con sus hijos. Querían que cuidar de los demás fuera visto como algo tan importante como traer dinero a casa, que parir fuera enaltecido como el trabajo más importante de la sociedad. Esas mujeres miraban (miran) mal a las que deciden no tener hijos, a las que no quieren quedarse en casa, a las que prefieren trabajar fuera a cuidar de los suyos. Huelga decir que entre el primer y el segundo grupo surgieron tiranteces. A todas se las llama feministas, pero no creo que existan dos grupos de mujeres más enfrentados en la historia.
Yo abogo, aquí como en todo, por el camino del medio. Mi feminismo viene guiado por la teoría de género, y va dirigido tanto a hombres como mujeres. Según mi hermano, soy lo que algunas de las mujeres y muchos hombres llaman "feminazi"; como él mismo ha dicho, me siento halagada cada vez que se dirigen a mí con este epíteto porque siento que algo estoy haciendo bien. Mi feminismo no diferencia hombre de mujer, femenino o masculino. Me gustaría vivir en una sociedad en la que el hecho de mear de pie o sentada no marcara tu destino. Un mundo en el que los hombres puedan tocarse, abrazarse y besarse como hacemos las mujeres sin que se les tache de maricones (y no digamos un mundo en el que la palabra maricón desaparezca). Un mundo en el que no se trate de distinta manera a una niña o a un niño, en el que los niños, si les da la gana, puedan ponerse un vestido rosa para ir a clase y nadie piense nada raro. Luchamos contra el racismo, y somos conscientes de que juzgar a alguien por el color de su piel está mal, pero aún seguimos juzgando todo a nuestro alrededor dependiendo de lo que cuelga o no entre las piernas, como si eso importara lo más mínimo.
En mi mundo ideal, los hombres se quedan en casa cuidando a sus hijos (o no) y el resto del mundo no les llama mantenido, vividor o aprovechado. Las mujeres tienen la opción de ser madre o no dependiendo de sus gustos y sus circunstancias. Aquellas a las que les guste quedarse en casa no reciben miradas acusatorias de sus compañeras, y las niñas que son hábiles y fuertes no van vestidas con vestiditos blancos llenos de florecitas con sus madres gritando que no se manchen. Los niños son delicados (o no), las mujeres son fuertes (o no), y todos y todas hacemos y somos lo que nos da la gana porque somos distintos y es imposible ser iguales, seamos hombres o mujeres. Lo único que podemos hacer las mujeres que a los hombres les está vetado es quedarnos embarazadas. En el resto de cosas, deberíamos tener todas las puertas abiertas.
Os dejo un vídeo precioso que nos pusieron en un curso de coeducación. Si tenéis un cuarto de hora, disfrutarlo, merece la pena. Ya me diréis que os parece. Y si no podéis verlo ahora y queréis buscarlo en youtube, poned "vestido nuevo" e ignorad el comentario que dice que habla de la homosexualidad en el colegio.
Luego llegó una nueva tendencia. Las feministas reivindicaron su derecho a ser mujer desde lo femenino. Querían tener los mismos derechos que los hombres, pero también querían quedarse en casa con sus hijos. Querían que cuidar de los demás fuera visto como algo tan importante como traer dinero a casa, que parir fuera enaltecido como el trabajo más importante de la sociedad. Esas mujeres miraban (miran) mal a las que deciden no tener hijos, a las que no quieren quedarse en casa, a las que prefieren trabajar fuera a cuidar de los suyos. Huelga decir que entre el primer y el segundo grupo surgieron tiranteces. A todas se las llama feministas, pero no creo que existan dos grupos de mujeres más enfrentados en la historia.
Yo abogo, aquí como en todo, por el camino del medio. Mi feminismo viene guiado por la teoría de género, y va dirigido tanto a hombres como mujeres. Según mi hermano, soy lo que algunas de las mujeres y muchos hombres llaman "feminazi"; como él mismo ha dicho, me siento halagada cada vez que se dirigen a mí con este epíteto porque siento que algo estoy haciendo bien. Mi feminismo no diferencia hombre de mujer, femenino o masculino. Me gustaría vivir en una sociedad en la que el hecho de mear de pie o sentada no marcara tu destino. Un mundo en el que los hombres puedan tocarse, abrazarse y besarse como hacemos las mujeres sin que se les tache de maricones (y no digamos un mundo en el que la palabra maricón desaparezca). Un mundo en el que no se trate de distinta manera a una niña o a un niño, en el que los niños, si les da la gana, puedan ponerse un vestido rosa para ir a clase y nadie piense nada raro. Luchamos contra el racismo, y somos conscientes de que juzgar a alguien por el color de su piel está mal, pero aún seguimos juzgando todo a nuestro alrededor dependiendo de lo que cuelga o no entre las piernas, como si eso importara lo más mínimo.
En mi mundo ideal, los hombres se quedan en casa cuidando a sus hijos (o no) y el resto del mundo no les llama mantenido, vividor o aprovechado. Las mujeres tienen la opción de ser madre o no dependiendo de sus gustos y sus circunstancias. Aquellas a las que les guste quedarse en casa no reciben miradas acusatorias de sus compañeras, y las niñas que son hábiles y fuertes no van vestidas con vestiditos blancos llenos de florecitas con sus madres gritando que no se manchen. Los niños son delicados (o no), las mujeres son fuertes (o no), y todos y todas hacemos y somos lo que nos da la gana porque somos distintos y es imposible ser iguales, seamos hombres o mujeres. Lo único que podemos hacer las mujeres que a los hombres les está vetado es quedarnos embarazadas. En el resto de cosas, deberíamos tener todas las puertas abiertas.
Os dejo un vídeo precioso que nos pusieron en un curso de coeducación. Si tenéis un cuarto de hora, disfrutarlo, merece la pena. Ya me diréis que os parece. Y si no podéis verlo ahora y queréis buscarlo en youtube, poned "vestido nuevo" e ignorad el comentario que dice que habla de la homosexualidad en el colegio.
Semana Negra de Gijón 2010
¡Qué bonito que ye Asturias, madre!
Ya estoy de vuelta. Ah, que no sabíais que me había ido. Pues sí, me fui y ya volví. Cuatro días de viaje, pero doce horas de tren entre la ida y la vuelta, así que en realidad solo fueron dos días enteros, que saben a poco pero te dejan con ganas de volver el año siguiente, que de eso se trata. Curioso, llevé el diario de viaje que llevo siempre conmigo y, al leer la entrada de Gijón del año pasado, me encontré casi con esas mismas palabras: el año que viene tengo que venir más días. Pero no he hecho caso a mi yo del pasado. La cosa es no escuchar a mis mayores.
Este año he estado entre Gijón y Oviedo, visitando a los que fueron mis roommates en los USA antes de que se vuelvan para allá. Durante el día, playa (qué frío, madre), paseo, comida abundante y grata compañía. Y por la tarde, poco antes de la puesta de sol, Semana Negra. Ay. Suspiro. Qué gozada, madre.
He andado entre libros, libreros, autores y admiradores (y gente a la que las carpas de los escritores parecían molestarles, porque no era un tío vivo en el que montarse). En uno de los puestos de libros, el de la librería Negra y Criminal, se me ocurrió pedirle al librero que me recomendara algo para leer. "Con una condición", me dijo, "que no te sientas obligada a comprar nada de lo que te diga". Pero cómo no comprarlos, con la pasión con la que hablaba. Por dios, si se pasó media hora recomendándome libros que ni siquiera tenía; vamos, que no lo hacía por vender. Tuve la sensación de haber muerto y estar en el cielo, y aquel hombre era mi dios. Yo, que no creo en nada, encontré el paraíso en la Tierra, y se llama Negra y Criminal. Los que vivís en Barcelona, no sabéis lo afortunados que sois. Seis libros le compré a aquel librero tan majo del que no sé el nombre. Casi me pidió perdón.
También atendí a un par de presentaciones, y me perdí otras tantas que me hubiera gustado escuchar. Juan Ramón Biedma se llevó el premio del director y me firmó su libro, El humo en la botella, que tiene una pinta estupenda, y a Julio Murillo tuve que comprarle dos ejemplares de su thriller histórico Oricalco, porque me gustó tanto la presentación que hizo y el artículo suyo que leí que, aunque huele a Código DaVinci o similar (pero con más rigor histórico, seguro), tuve que comprar uno para mí y otro para una amiga. También compré uno de Willy Uribe, que andaba por la feria, pero no tuve paciencia para buscarlo y hacer que me lo firmara. El año que viene, que ese es un fijo.
Y lo mejor: igual que me ocurrió el año pasado, he vuelto con unas ganas locas de escribir. Hoy he madrugado (¡en vacaciones!) y me he pasado dos horas delante del ordenador, escribiendo. Hacía tanto tiempo que no lo hacía que no encontraba ni las letras. Sigo divirtiéndome con un proyecto que no verá la luz pero espero lean algunos, y sobre todo voy entrenando el músculo. Vuelvo a ser yo. Qué ganas, madre.
Necesito ferias de novela (negra, blanca o amarilla). Necesito el ambiente que allí se respira. Necesito libros. Aparte de los veintidós que tengo en casa aún por leer.
Ya estoy de vuelta. Ah, que no sabíais que me había ido. Pues sí, me fui y ya volví. Cuatro días de viaje, pero doce horas de tren entre la ida y la vuelta, así que en realidad solo fueron dos días enteros, que saben a poco pero te dejan con ganas de volver el año siguiente, que de eso se trata. Curioso, llevé el diario de viaje que llevo siempre conmigo y, al leer la entrada de Gijón del año pasado, me encontré casi con esas mismas palabras: el año que viene tengo que venir más días. Pero no he hecho caso a mi yo del pasado. La cosa es no escuchar a mis mayores.
Este año he estado entre Gijón y Oviedo, visitando a los que fueron mis roommates en los USA antes de que se vuelvan para allá. Durante el día, playa (qué frío, madre), paseo, comida abundante y grata compañía. Y por la tarde, poco antes de la puesta de sol, Semana Negra. Ay. Suspiro. Qué gozada, madre.
He andado entre libros, libreros, autores y admiradores (y gente a la que las carpas de los escritores parecían molestarles, porque no era un tío vivo en el que montarse). En uno de los puestos de libros, el de la librería Negra y Criminal, se me ocurrió pedirle al librero que me recomendara algo para leer. "Con una condición", me dijo, "que no te sientas obligada a comprar nada de lo que te diga". Pero cómo no comprarlos, con la pasión con la que hablaba. Por dios, si se pasó media hora recomendándome libros que ni siquiera tenía; vamos, que no lo hacía por vender. Tuve la sensación de haber muerto y estar en el cielo, y aquel hombre era mi dios. Yo, que no creo en nada, encontré el paraíso en la Tierra, y se llama Negra y Criminal. Los que vivís en Barcelona, no sabéis lo afortunados que sois. Seis libros le compré a aquel librero tan majo del que no sé el nombre. Casi me pidió perdón.
También atendí a un par de presentaciones, y me perdí otras tantas que me hubiera gustado escuchar. Juan Ramón Biedma se llevó el premio del director y me firmó su libro, El humo en la botella, que tiene una pinta estupenda, y a Julio Murillo tuve que comprarle dos ejemplares de su thriller histórico Oricalco, porque me gustó tanto la presentación que hizo y el artículo suyo que leí que, aunque huele a Código DaVinci o similar (pero con más rigor histórico, seguro), tuve que comprar uno para mí y otro para una amiga. También compré uno de Willy Uribe, que andaba por la feria, pero no tuve paciencia para buscarlo y hacer que me lo firmara. El año que viene, que ese es un fijo.
Y lo mejor: igual que me ocurrió el año pasado, he vuelto con unas ganas locas de escribir. Hoy he madrugado (¡en vacaciones!) y me he pasado dos horas delante del ordenador, escribiendo. Hacía tanto tiempo que no lo hacía que no encontraba ni las letras. Sigo divirtiéndome con un proyecto que no verá la luz pero espero lean algunos, y sobre todo voy entrenando el músculo. Vuelvo a ser yo. Qué ganas, madre.
Necesito ferias de novela (negra, blanca o amarilla). Necesito el ambiente que allí se respira. Necesito libros. Aparte de los veintidós que tengo en casa aún por leer.
Diario
Todas las decisiones que tomamos afectan a los demás. Todas. Algunas veces nos damos cuenta; otras, no somos conscientes. Cada vez que nos movemos en una dirección, cambiamos el curso de otra vida. No vivimos en una burbuja. Hoy, donde antes había muerte, hay vida. Antes había dolor, hoy hay esperanza. Sólo una mujer puede ser el centro del universo. Todo a su debido tiempo. Yo no lo seré. No lo soy. Quizás lo sea. Más bien no. El mundo no gira a mi alrededor. Lo prefiero así.
El chantaje emocional es la más peligrosa de las armas. Usada debidamente, puede destruir decenas de vidas a lo largo del tiempo. Hay que ser muy hábil para esquivar las balas. Aprenderé alguna vez. Tengo que hacerlo, porque me están volviendo loca. Dice una amiga que acaba de descubrir su poder para cambiar las cosas que están mal en su vida. El problema viene cuando lo que está mal en tu vida son las personas. A ellas no se las puede cambiar si ellas no quieren. Tendré que cambiar yo.
Hace calor y siento que todos los poros de mi cuerpo sudan...
El chantaje emocional es la más peligrosa de las armas. Usada debidamente, puede destruir decenas de vidas a lo largo del tiempo. Hay que ser muy hábil para esquivar las balas. Aprenderé alguna vez. Tengo que hacerlo, porque me están volviendo loca. Dice una amiga que acaba de descubrir su poder para cambiar las cosas que están mal en su vida. El problema viene cuando lo que está mal en tu vida son las personas. A ellas no se las puede cambiar si ellas no quieren. Tendré que cambiar yo.
Hace calor y siento que todos los poros de mi cuerpo sudan...
4 de julio
Hoy es cuatro de julio en Estados Unidos. Sí, ya sé que es cuatro de julio en todo el mundo, pero aquí nos la trae al pairo, a no ser que sea el día que te coges las vacaciones (que no creo, siendo domingo), tu cumpleaños o el de tus hijos. Fíjate, que después de siete años allende los mares debería habérseme quedado algo de orgullo patrio en este día, pero no. Claro que tampoco celebro el doce de octubre, ni ese día que ha elegido Patxi como día de todos los vascos, que no sé ni en qué mes cae, cómo lo voy a celebrar. Pero en los USA es 4 de julio, y desde aquí les saludo. Un poquito, al menos.
No recuerdo ningún cuatro de julio especial. Un motivo para ello es que, en los primeros años, para esas fechas yo ya estaba de vacaciones en Vitoria. Cuando empecé a trabajar en el calendario circular (tres meses de trabajo y uno de vacaciones, en lugar de todas las vacaciones al mismo tiempo), sí que me tocó estar allí durante las celebraciones. Pero aún así, no hay ninguna imagen que me asalte, que relacione con este día. Hacíamos barbacoas, sí. Y había fuegos artificiales. Pero como al día siguiente había que trabajar, tampoco se podían hacer estragos.
Aún así, este es el día que elegí para volver, para no olvidar nunca la fecha de mi regreso. Hoy hace cuatro años que dije adiós a esas tierras. Bueno, mejor dicho un hasta luego, porque no fueron en absoluto malos ratos y King City se convirtió en mi segunda casa. Soy un poco americana, me temo (un poco; solo un poco), y mal que me pese, siempre me importará lo que pase al otro lado del océano. Por eso hoy me acuerdo de ellos. No hondeo banderas, no soy de esas, pero me encantaría tener una pequeña barbacoa que llevarme a la boca, con ese sol californiano calentándome la cara y sabiendo que ahí al lado tengo la piscina para cuando me acalore demasiado. Las cosas buenas se echan de menos.
No recuerdo ningún cuatro de julio especial. Un motivo para ello es que, en los primeros años, para esas fechas yo ya estaba de vacaciones en Vitoria. Cuando empecé a trabajar en el calendario circular (tres meses de trabajo y uno de vacaciones, en lugar de todas las vacaciones al mismo tiempo), sí que me tocó estar allí durante las celebraciones. Pero aún así, no hay ninguna imagen que me asalte, que relacione con este día. Hacíamos barbacoas, sí. Y había fuegos artificiales. Pero como al día siguiente había que trabajar, tampoco se podían hacer estragos.
Aún así, este es el día que elegí para volver, para no olvidar nunca la fecha de mi regreso. Hoy hace cuatro años que dije adiós a esas tierras. Bueno, mejor dicho un hasta luego, porque no fueron en absoluto malos ratos y King City se convirtió en mi segunda casa. Soy un poco americana, me temo (un poco; solo un poco), y mal que me pese, siempre me importará lo que pase al otro lado del océano. Por eso hoy me acuerdo de ellos. No hondeo banderas, no soy de esas, pero me encantaría tener una pequeña barbacoa que llevarme a la boca, con ese sol californiano calentándome la cara y sabiendo que ahí al lado tengo la piscina para cuando me acalore demasiado. Las cosas buenas se echan de menos.
To the States
To the States or any one of them, or any city of the States,
Resist much, obey little,
Once unquestioning obedience, once fully enslaved,
Once fully enslaved, no nation, state, city of this earth, ever
afterward resumes its liberty.
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