(No puedo evitarlo. Mis "monstruos" me dan material para escribir un post todos los días, pero he decidido controlarme un poco y acumular unos cuantos para no aburrir a aquellos a los que mis desventuras con los niños os importen tres pepinos. Pero es que hay cosas que no puedo evitar compartir.)
El primer día que entré a trabajar, ya me dijeron que la clase que me había tocado era muy buena, probablemente la mejor que ninguno de los profesores allí presentes -y había unos cuantos- había conocido nunca. Yo estaba encantada, porque me daba pavor dar sexto -muy mayores para alguien acostumbrada a peques de primero-, pero no podía imaginarme lo que me esperaba. Son unos santos. Unos benditos. Divertidos, traviesos en su justa medida, buenos niños, trabajadores, listos... Me quedo sin adjetivos. Como muestra, un par de botones.
La semana pasada les dije -y era cierto- que un par de profesoras me habían dicho que el comportamiento general de la clase había empeorado un pelín (habían bajado de un 10 a un 8, vamos). Como la única variable que había cambiado de un año a otro era yo (aparte de la edad, me dijo otra compañera; son los mayores, los que más poder tienen en el centro), imaginé que el problema era que yo era mucho menos estricta que las profesoras que habían tenido anteriormente, así que tuve una charla con ellos y les dije que, o se comportaban mejor, o iba a tener que sacar el látigo y nos íbamos a limitar a lo académico y se acabaron las charlas, coloquios y bromas que muchas veces ocurren en clase. Todos me prometieron que se iban a portar mejor, pero que por favor no dejara de reírme en clase y amenizar un poco la carga lectiva. "La profesora del año pasado sólo sonrió tres veces en todo el curso. Y sólo cuando nos dejábamos los deberes o se nos olvidaban los libros en casa".
Así que ellos mismos decidieron que había que poner una serie de reglas y consecuencias para el que las rompiera. Cuatro faltas por hablar fuera de turno, 20 divisiones de dos cifras o copiar cuarenta veces "no volveré a hablar cuando no me toca". Llegar tarde a clase, recuperar el tiempo perdido en el recreo. Pelearse o jugar a "pressing catch", pérdida del recreo y carta de disculpa a la otra persona o a la andereño si estaban jugando. Yo no dije ni mú, fueron ellos los que decidieron las prendas.
Y hoy me ha llegado un niño con una tabla, hecha a mano, para que empiece a poner las faltas de las que hablamos el viernes. "A mi madre le ha parecido una idea estupenda, así que me ha dicho que te haga esta tabla". Curiosamente, es el niño de la carta porno. El más bicho de clase. La madre sabe lo que tiene en casa.
Este fin de semana, les he mandado dos redacciones de deberes, una en castellano y otra en euskera. Tema y formato libres, que se explayen, tienen imaginación para dar y tomar.
Sólo me ha dado tiempo de corregir las de euskera; la mayoría eran cuentos, muchos de ellos usando como personajes a los reyes visigodos (mañana tenemos examen de conocimiento del medio) y princesas de los reinos cristianos. Pero una de las redacciones me ha dejado muerta (creo que hasta me he sonrojado cuando la he leído, menos mal que estaba sola). El niño explicaba lo que hacía en la ikastola todos los días, hablaba de sus asignaturas favoritas y de las que más le aburrían: "Tenemos de todo un poco; asignaturas divertidas, como conocimiento del medio o plástica, y asignaturas aburridas, como lengua, euskera o matemáticas. Antes "cono" era un rollo, pero con Ruth se ha convertido en la asignatura favorita de la clase y estamos deseando que llegue para que nos cuente batallitas". Sin palabras.
Mis alumnos tienen mi email y yo tengo el suyo. Este fin de semana he recibido varios preguntándome cosas sobre los deberes. Mi padre no entiende que niños de 11 años sepan usar el correo electrónico. Ya le vale.
Z: -Ruth, ¿qué es un indígena?
Ruth: -A ver, ¿quién puede decirle a Z. lo que es un indígena?
X: -Pues como E.T.
Ruth: -INDIgena, X., no ALIENÍgena.
En fin, que me emociona mi clase. Lo único que me apena es saber que éste es el último año que están juntos y que ya no volveré a tener una clase como esta en mi vida, porque es imposible. Intentaré disfrutarlos todo lo que pueda y reírme con ellos como me he reído hasta ahora. Cómo los voy a echar de menos, madre...
¡MECAGUEN LA %$#@ UNED!
Un mes, UN MES, llevo esperando los libros de nuestra maravillosa Universidad Nacional de Educación a Distancia. Un mes, UN MES, sin poder ponerme a estudiar, con los exámenes, como quien dice, a la vuelta de la esquina. Un mes, UN MES, llamando día sí y día también a la $% librería de la universidad para que me manden los dichosos libros y limitarme a escuchar a Lionel Richie cantar el "Say you, say me" durante tres minutos para que me corten la llamada. Un mes aguantando la vocecita que me repite "En estos momentos todos nuestros agentes están ocupados. Por favor, continúe en espera y su llamada será atendida en breves instantes". ¡ODIO A ESA MUJER! ¡SI OIGO SU VOZ POR LA CALLE, JURO QUE LA APALEO!
Ni una mala página web donde presentar quejas. Ni una dirección de internet a la que dirigirme. Y luego que hay que formar a la gente, que hay que dar una educación global y barata...
¡MECAGÜEN LA $&%# UNED!
Ni una mala página web donde presentar quejas. Ni una dirección de internet a la que dirigirme. Y luego que hay que formar a la gente, que hay que dar una educación global y barata...
¡MECAGÜEN LA $&%# UNED!
Publicada, al fin
La revista literaria "La Botica" ha tenido a bien publicar una de las historias que les mandé hace unos meses. Revista gratuita de tirada bastante decente en Vitoria, se suele publicar semestralmente (aunque el último número ha tardado un año) y está al alcance de cualquiera en las grandes librerías. ¡Qué ilu!
También tiene formato digital, para aquellos de vosotros que no tenéis la suerte de vivir en nuestra maravillosa ciudad. Lo malo es que no sé qué le pasa al archivo que no hay quien se lo descargue. A ver si lo arreglan prontito para poder hacerme vista.
Os dejo la dirección por si queréis pasaros.
La Botica
También tiene formato digital, para aquellos de vosotros que no tenéis la suerte de vivir en nuestra maravillosa ciudad. Lo malo es que no sé qué le pasa al archivo que no hay quien se lo descargue. A ver si lo arreglan prontito para poder hacerme vista.
Os dejo la dirección por si queréis pasaros.
La Botica
Etiquetas:
2007,
la botica,
primera publicación,
revistas literarias
A beautiful world
Me encanta esta canción. La escucho cuatro o cinco veces al día, y sé que voy a acabar cogiéndole manía de tanto escucharla, pero no puedo evitarlo. Me hace sentir, lo que para mí no es tan corriente con la música.
Cuando la oí por primera vez, me quedé con el título y el estribillo, y el ritmo de guitarra que caracteriza al cantante; me pareció una canción alegre, me levantaba el ánimo y me resultaba ideal para el paseíto de la mañana. Pero luego empecé a escuchar la letra y me di cuenta de que la canción tenía un toque melancólico y resignado que no se escucha la primera vez. Habla de una felicidad tranquila, quizás algo superficial, en la que siempre hay un vacío que no se sabe con qué llenar. "Quizás sea eso a todo lo que podamos aspirar". He llegado al punto de sentir un nudo en la garganta cada vez que escucho ciertas partes.
Y me ha inspirado una película. Sí, una película, y tengo hasta los actores en la cabeza, y ésta sería la canción ideal para el trágico final de una tragedia tan épica como posible. Llevo una semana dándole vueltas a la idea y creo que, por qué no, me voy a poner a escribirla (ya que la UNED no tiene a bien mandarme los libros y no me puedo poner a estudiar).
Disfrutad de la música. Escuchad la letra.
Cuando la oí por primera vez, me quedé con el título y el estribillo, y el ritmo de guitarra que caracteriza al cantante; me pareció una canción alegre, me levantaba el ánimo y me resultaba ideal para el paseíto de la mañana. Pero luego empecé a escuchar la letra y me di cuenta de que la canción tenía un toque melancólico y resignado que no se escucha la primera vez. Habla de una felicidad tranquila, quizás algo superficial, en la que siempre hay un vacío que no se sabe con qué llenar. "Quizás sea eso a todo lo que podamos aspirar". He llegado al punto de sentir un nudo en la garganta cada vez que escucho ciertas partes.
Y me ha inspirado una película. Sí, una película, y tengo hasta los actores en la cabeza, y ésta sería la canción ideal para el trágico final de una tragedia tan épica como posible. Llevo una semana dándole vueltas a la idea y creo que, por qué no, me voy a poner a escribirla (ya que la UNED no tiene a bien mandarme los libros y no me puedo poner a estudiar).
Disfrutad de la música. Escuchad la letra.
Obsesion

Le encontró por casualidad, en una de esas películas que no son buenas pero sí taquilleras, un domingo por la tarde en el que hubiera podido tragarse cualquier bodrio. Su personaje destacaba sobre los demás -malo, perverso, odioso-, pero no por mérito del guión, sino gracias al actor que le encarnaba. Su manera de andar, de moverse, esa mirada... Se sorprendió a sí misma siguiendo la acción de la película, absorbiendo cada escena en la que salía él y desechando el resto, impaciente por ver al alma de la película. ¿De dónde había salido aquel actor? ¿Cómo era posible no haberle visto antes, si ya tenía que tener más de cincuenta?
La segunda vez que le vio también fue por casualidad. Había ido al cine a ver una de miedo y se lo encontró de bueno esta vez; su angustia era tan real que ella quería cruzar la pantalla, abrazarle, consolarle. ¿Por qué tienen que pasarle cosas tan malas a este hombre que, salta a la vista, no se merece sufrir? Salió del cine con el corazón en un puño, furiosa con el asesino que le había robado más que la vida, y se supo capaz de matar por vengar su dolor, el de él. No, no podía ser fingido, una angustia así no se puede fingir. Aquel hombre era real. Su dolor era real.
Y entonces empezó a buscarle. Investigó en Internet y consiguió todas sus películas en orden inverso; primero las más recientes y después las de sus comienzos. Con cada fotograma, cada imagen, cada fotografía rescatada de números antiguos de revistas a las que ella jamás había prestado atención, se iba enganchando a él un poco más, sin darse cuenta de que el objeto de su obsesión cada vez tenía menos años en su mente, cada vez retrocedía más en el tiempo, cuando el de verdad estaba cerca de cumplir los sesenta. Encontró la página de su club de fans y consiguió hasta su dirección. Obvió el hecho de que estuviera casado. No quería nada con él, sólo adorarle, admirarle. Tenía que ir a buscarle.
Y lo hizo. Aprovechó un puente largo para plantarse en Inglaterra y se aposentó frente a la puerta de la que ella sabía era su casa, sin pasar siquiera por el hotel, aterrada de que un momento de descanso pudiera significar perderse su salida. Eran las cinco de la mañana; el frío era tan intenso que no sentía la cara, las manos se le habían helado dentro de los guantes de piel, pero ella no se movió. Al fin, a las ocho, la puerta se abrió y un labrador canela apareció tirando de un hombre mayor que su propio padre. El hombre se subió el cuello de un jersey marrón, se ajustó las gafas y echó a andar hacia donde ella estaba sentada, sin verla. El perro se le acercó, juguetón, y apoyó sus patas en sus rodillas. El hombre pegó un tirón de la correa y le pidió perdón. Ella vio sus ojos, esos ojos que tantas veces había observado en la pantalla, y sintió un tirón en el estómago; pero luego se fijó en las ojeras bajo ellos, en las mejillas caídas, en las arrugas que inundaban todo su rostro, y supo que no era él. Se había equivocado de casa. El club de fans tenía una dirección errónea.
Volvió a su ciudad en el vuelo siguiente. Y siguió buscando.
Aún lo hace.
Otra de niños
Me había prometido a mí misma no llenar este blog de anécdotas escolares e incluir más relatos y más temas relacionados con la escritura, que era para lo que fue ideado, pero es que no me puedo resistir. Permitidme este lápsus prevacacional.
Esta tarde, día previo a un puente, no tenía ganas de dar clase. Hemos intentado atacar el libro de euskera, pero tocaba gramática, y, si en todos los idiomas la gramática es un hueso, en euskera ni os cuento. Después de perderme dos veces y darme cuenta de que al menos cinco niños me miraban con ojos vidriosos y a mí se me caían los párpados, he decidido dejarlo, para gran alegría de la chavalería.
Ruth: En vez de seguir con el libro, me vais a escribir algo. Lo que sea. Tema completamente libre, la única condición es que sea en euskera.
J: ¿Puede ser una carta?
R: Te he dicho que sí, lo que sea.
I: ¿Una receta?
R: Que sí...
A (chaval con pendientes en las orejas que me trae música de Scorpions y Metallica a clase de plástica): ¿Y una carta porno?
R: ¿Una quééé?
A: Una carta porno.
Yo me quedo mirándole, sabiendo que es todo fachada, y le reto.
R: Vale. A ver si tienes valor.
Pero por el color de su cara, sé que no lo va a tener.
Una hora después, tras muchas risas y muchos "¡silencio, leñe, que aquí no hay quien se concentre!", todos han terminado y me piden leer los textos en clase. Van saliendo; escuchamos los cuentos típicos de los once años, una preciosa descripción de una amiga en un euskera impoluto que yo no tengo, un par de atentados contra la lengua que me hacen darme cuenta de que, me guste o no, tengo que dar esas clases de gramática, y una disertación algo cansina sobre la flora y la fauna de Euskadi que nos obliga a aplaudir ocultando un bostezo. La única mano que queda levantada es la de X., que me mira con cara de bueno. Lo que significa que está preparando alguna.
R: Vale, X., te toca.
X: Bueno, como has dicho que si nos atrevíamos podíamos hacerlo, yo he escrito una carta porno.
Carcajadas, caras rojas, ojos abiertos que miran en mi dirección. Yo mantengo rostro de póker, pensando en qué entenderá por porno un niño de once años. Asiento con la cabeza y X. empieza a leer. Sus compañeros y compañeras no pueden aguantar la risa -y todavía no ha empezado-, las lágrimas y la vergüenza. Todos están como tomates.
Querida Señorita Y:
Quiero hacer cosas eróticas contigo. ¿Cuánto cobras? ¿De qué sabores te gustan los condones? A mí de chocolate. Llámame y luego quedamos para hacer ñaca-ñaca. Tiene que ser más tarde de las siete, que tengo entrenamiento.
Sin más, se despide X.
Al César lo que es del César. Ha sido muy valiente leyendo la carta, pero le ha caído un puteo de narices por haberse pasado una hora para escribir cuatro líneas (tiene letra grande). Ahora, lo que me he reído con las caras de sus compañeros no se paga con dinero...
Ni qué decir tiene que ahora todos los críos quieren que los jueves sea día de escritura...
Esta tarde, día previo a un puente, no tenía ganas de dar clase. Hemos intentado atacar el libro de euskera, pero tocaba gramática, y, si en todos los idiomas la gramática es un hueso, en euskera ni os cuento. Después de perderme dos veces y darme cuenta de que al menos cinco niños me miraban con ojos vidriosos y a mí se me caían los párpados, he decidido dejarlo, para gran alegría de la chavalería.
Ruth: En vez de seguir con el libro, me vais a escribir algo. Lo que sea. Tema completamente libre, la única condición es que sea en euskera.
J: ¿Puede ser una carta?
R: Te he dicho que sí, lo que sea.
I: ¿Una receta?
R: Que sí...
A (chaval con pendientes en las orejas que me trae música de Scorpions y Metallica a clase de plástica): ¿Y una carta porno?
R: ¿Una quééé?
A: Una carta porno.
Yo me quedo mirándole, sabiendo que es todo fachada, y le reto.
R: Vale. A ver si tienes valor.
Pero por el color de su cara, sé que no lo va a tener.
Una hora después, tras muchas risas y muchos "¡silencio, leñe, que aquí no hay quien se concentre!", todos han terminado y me piden leer los textos en clase. Van saliendo; escuchamos los cuentos típicos de los once años, una preciosa descripción de una amiga en un euskera impoluto que yo no tengo, un par de atentados contra la lengua que me hacen darme cuenta de que, me guste o no, tengo que dar esas clases de gramática, y una disertación algo cansina sobre la flora y la fauna de Euskadi que nos obliga a aplaudir ocultando un bostezo. La única mano que queda levantada es la de X., que me mira con cara de bueno. Lo que significa que está preparando alguna.
R: Vale, X., te toca.
X: Bueno, como has dicho que si nos atrevíamos podíamos hacerlo, yo he escrito una carta porno.
Carcajadas, caras rojas, ojos abiertos que miran en mi dirección. Yo mantengo rostro de póker, pensando en qué entenderá por porno un niño de once años. Asiento con la cabeza y X. empieza a leer. Sus compañeros y compañeras no pueden aguantar la risa -y todavía no ha empezado-, las lágrimas y la vergüenza. Todos están como tomates.
Querida Señorita Y:
Quiero hacer cosas eróticas contigo. ¿Cuánto cobras? ¿De qué sabores te gustan los condones? A mí de chocolate. Llámame y luego quedamos para hacer ñaca-ñaca. Tiene que ser más tarde de las siete, que tengo entrenamiento.
Sin más, se despide X.
Al César lo que es del César. Ha sido muy valiente leyendo la carta, pero le ha caído un puteo de narices por haberse pasado una hora para escribir cuatro líneas (tiene letra grande). Ahora, lo que me he reído con las caras de sus compañeros no se paga con dinero...
Ni qué decir tiene que ahora todos los críos quieren que los jueves sea día de escritura...
Krhon
Siempre he querido ser delgada, algo que, por supuesto, me fue negado. Desde pequeña -tanto que no recuerdo la primera vez que sentí envidia por unos pómulos salientes- he despreciado mi aspecto, he deseado arrancarme los mofletes que todas mis tías pellizcaban con ansia, he soñado con librarme de los odiados michelines que sobresalían siempre por encima de los vaqueros de tiro bajo. Dieta tras dieta, régimen tras régimen, mi cuerpo nunca adquiría la forma que yo deseaba. Siempre había un cúmulo de grasa sobre mis muslos, una capa de piel fofa sobre mi vientre, hoyuelos en una cara demasiado ancha, demasiado gorda, demasiado asquerosa.
Hasta que cumplí los veintisiete y, como en los cuentos de hadas, mi deseo se vio cumplido. Me diagnosticaron la enfermedad de Krhon. Mi cuerpo empezó a no retener nada de lo que comía y poco a poco, la grasa que un metabolismo demasiado lento no había podido quemar empezó a desaparecer. Capa tras capa, rincón tras rincón, fui mermando hasta que incluso mis hoyuelos empequeñecieron. Por fin tenía los pómulos marcados. Por fin un vientre plano. Por fin unos muslos finos que no se rozaran al andar.
Y ahora me encuentro sentada en el sofá de mi casa, diez años después de aquel primer diagnóstico, demasiado débil para moverme. Y sólo puedo fijarme en las fotos de mi yo anterior, mi yo sano, y envidiar aquel rostro que sonreía con timidez, aquel cuerpo perfecto que escondía bajo camisas y jerseys demasiado anchos. Y vuelvo a desear, con todas mis fuerzas, aunque sé que mi hada madrina -o la malvada bruja del oeste- ya se ha ido y mis deseos no son escuchados: hazme gorda de nuevo. Hazme gorda de nuevo. Hazme gorda de nuevo...
Hasta que cumplí los veintisiete y, como en los cuentos de hadas, mi deseo se vio cumplido. Me diagnosticaron la enfermedad de Krhon. Mi cuerpo empezó a no retener nada de lo que comía y poco a poco, la grasa que un metabolismo demasiado lento no había podido quemar empezó a desaparecer. Capa tras capa, rincón tras rincón, fui mermando hasta que incluso mis hoyuelos empequeñecieron. Por fin tenía los pómulos marcados. Por fin un vientre plano. Por fin unos muslos finos que no se rozaran al andar.
Y ahora me encuentro sentada en el sofá de mi casa, diez años después de aquel primer diagnóstico, demasiado débil para moverme. Y sólo puedo fijarme en las fotos de mi yo anterior, mi yo sano, y envidiar aquel rostro que sonreía con timidez, aquel cuerpo perfecto que escondía bajo camisas y jerseys demasiado anchos. Y vuelvo a desear, con todas mis fuerzas, aunque sé que mi hada madrina -o la malvada bruja del oeste- ya se ha ido y mis deseos no son escuchados: hazme gorda de nuevo. Hazme gorda de nuevo. Hazme gorda de nuevo...
Retortijon
Llevaba sentado en aquel pupitre estrecho más de tres horas seguidas, con una pausa de diez minutos para ir al baño que no había podido aprovechar porque había demasiada gente para el número de servicios de la universidad. Me dolía el culo, por no hablar de las piernas, las rodillas, los codos y, por supuesto, la vegiga, que estaba a punto de estallarme. El profesor había dado por finalizada la clase, pero la gente seguía bombardeándole a preguntas y yo no me quería perder las respuestas. Era una clase interesante. Menos mal, pensé, porque si encima llega a ser un bodrio ni Rita aguanta diez horas en la universidad.
La gente se levantó al fin. Yo cogí mi mochila y salí corriendo, directo al baño, creyendo que me iba a mojar los pantalones antes de llegar. Mi autobús salía para Vitoria en diez minutos y tardaba cinco en llegar a la parada, así que tenía el tiempo justo. Pero fue ver el baño y sentí un tremendo retortijón que me envió directamente a uno de los cubículos a plantar un pino, con perdón; con lo estreñido que soy, prefiero perder el autobús a dejar escapar las ganas, así que traté de hacerlo deprisa. Oí pasos apresurados saliendo del baño al mismo tiempo que se me escapaba un pedo. Qué especialita es la gente, qué creerán que va uno a hacer al baño.
Fui rápido, lejos de mi cuarto de hora habitual. Sali corriendo al pasillo, subiéndome la bragueta y reajustándome la mochila sobre los hombros mientras andaba, y tardé unos segundos en darme cuenta de que el pasillo estaba demasiado oscuro. Todo el mundo había salido ya. Alguien había apagado las luces. El estómago me dio un vuelco (por un segundo creí que era otro retortijón, pero sólo eran nervios) y corrí hacia la salida. La puerta estaba cerrada con llave. De repente me vinieron a la mente cientos de escenas de las miles de películas de terror que había visto en mi vida, y me puse a sacudir la puerta como si así fuera a conseguir abrirla. Eran sólo las siete y media de la tarde, ¿cómo era posible que se cerrara una facultad tan pronto?
-Esto no me puede estar pasando a mí, esto no me puede estar pasando a mí... -casi grité.
Y entonces oí pasos a mi espalda, y el corazón me saltó a la garganta, y no supe si echar a correr o gritar pidiendo ayuda, o ponerme en guardia y darle un golpe con el libro de análisis de datos...
El bedel de la universidad se me quedó mirando como si nunca hubiera visto un alumno en su vida.
-¿Pero qué haces tú aquí todavía?
-Estaba cagando -gemí, temblando de pies a cabeza.
El bedel me miró, impávido, como si todos los días recibiera la misma respuesta a cualquiera de sus preguntas. Negó con la cabeza, soltó un suspiro y me abrió la puerta. Salí tan rápido que ni le di las gracias.
El chófer del autobús, el mismo que llevaba toda la semana llevándome de vuelta a casa, se había dado cuenta de que yo no había llegado y me había esperado cinco minutos. Llegué sin aliento ni para pedir el billete, pero él ya sabía mi recorrido. Me senté en el primer asiento que encontré y dejé escapar un gemido de alivio que hizo a la chica que iba a mi lado arrimarse más a la ventana.
Me quedé dormido antes de que el autobús saliera de Donostia.
Dedicado a ese al que siempre le pasan estas cosas. Historia verídica, por cierto
La gente se levantó al fin. Yo cogí mi mochila y salí corriendo, directo al baño, creyendo que me iba a mojar los pantalones antes de llegar. Mi autobús salía para Vitoria en diez minutos y tardaba cinco en llegar a la parada, así que tenía el tiempo justo. Pero fue ver el baño y sentí un tremendo retortijón que me envió directamente a uno de los cubículos a plantar un pino, con perdón; con lo estreñido que soy, prefiero perder el autobús a dejar escapar las ganas, así que traté de hacerlo deprisa. Oí pasos apresurados saliendo del baño al mismo tiempo que se me escapaba un pedo. Qué especialita es la gente, qué creerán que va uno a hacer al baño.
Fui rápido, lejos de mi cuarto de hora habitual. Sali corriendo al pasillo, subiéndome la bragueta y reajustándome la mochila sobre los hombros mientras andaba, y tardé unos segundos en darme cuenta de que el pasillo estaba demasiado oscuro. Todo el mundo había salido ya. Alguien había apagado las luces. El estómago me dio un vuelco (por un segundo creí que era otro retortijón, pero sólo eran nervios) y corrí hacia la salida. La puerta estaba cerrada con llave. De repente me vinieron a la mente cientos de escenas de las miles de películas de terror que había visto en mi vida, y me puse a sacudir la puerta como si así fuera a conseguir abrirla. Eran sólo las siete y media de la tarde, ¿cómo era posible que se cerrara una facultad tan pronto?
-Esto no me puede estar pasando a mí, esto no me puede estar pasando a mí... -casi grité.
Y entonces oí pasos a mi espalda, y el corazón me saltó a la garganta, y no supe si echar a correr o gritar pidiendo ayuda, o ponerme en guardia y darle un golpe con el libro de análisis de datos...
El bedel de la universidad se me quedó mirando como si nunca hubiera visto un alumno en su vida.
-¿Pero qué haces tú aquí todavía?
-Estaba cagando -gemí, temblando de pies a cabeza.
El bedel me miró, impávido, como si todos los días recibiera la misma respuesta a cualquiera de sus preguntas. Negó con la cabeza, soltó un suspiro y me abrió la puerta. Salí tan rápido que ni le di las gracias.
El chófer del autobús, el mismo que llevaba toda la semana llevándome de vuelta a casa, se había dado cuenta de que yo no había llegado y me había esperado cinco minutos. Llegué sin aliento ni para pedir el billete, pero él ya sabía mi recorrido. Me senté en el primer asiento que encontré y dejé escapar un gemido de alivio que hizo a la chica que iba a mi lado arrimarse más a la ventana.
Me quedé dormido antes de que el autobús saliera de Donostia.
Dedicado a ese al que siempre le pasan estas cosas. Historia verídica, por cierto
Todas las mañanas
Todas las mañanas amanece a la misma hora, o al menos lo hace para mí, porque qué me importa a mí que el sol salga antes de que yo me despierte si lo que a mí me interesa es no ir de noche a trabajar, y de momento puedo. A las ocho y diez en punto, mis pies tocan la calle y las caras de todos los días empiezan a desfilar ante mí. El grupito de púberes camino al instituto. La señora con el cuaderno debajo del brazo que parece ir a algún euskaltegi a desempolvar el euskera. El chaval con el que fui a la ikastola y a quien todavía hoy me niego a saludar por más que pase codo con codo a mi lado. Las señoras que limpian los portales. Las bicicletas. Los autobuses. La marabunta diaria de coches.
Pero hay una mujer que me llama la atención todas las mañanas, y todas las mañanas la sigo con la mirada, girando la cabeza ciento ochenta grados y arriesgándome a que un día se dé la vuelta y me diga algo. Es poco mayor que yo, andará lejos de los cuarenta; viste de punta en blanco, faldita pulcramente planchada y blusa cara, y unos zapatos con diez centímetros de tacón con los que apenas roza el metro sesenta. O quizás mida más, pero va tan encorvada que es difícil calcularlo. Anda siempre con la mirada fija en el suelo, el gesto vencido, los hombros caídos y la espalda completamente arqueada. El año pasado solía verla con gafas de sol a las ocho de la mañana en pleno invierno, cuando las farolas no daban luz suficiente para alumbrar la calle, aún oscura. Ahora al menos lleva la cara al descubierto. Y no puedo evitar pensar en qué tragedia asediará a una mujer tan joven para que se haya puesto, sin quizás darse cuenta, más de veinte años sobre los hombros y al menos cuarenta en la mirada.
Todas las mañanas la veo perderse entre las calles. Y todas las mañanas camino yo un poco más erguida, sonrisa en los labios y paso alegre
Pero hay una mujer que me llama la atención todas las mañanas, y todas las mañanas la sigo con la mirada, girando la cabeza ciento ochenta grados y arriesgándome a que un día se dé la vuelta y me diga algo. Es poco mayor que yo, andará lejos de los cuarenta; viste de punta en blanco, faldita pulcramente planchada y blusa cara, y unos zapatos con diez centímetros de tacón con los que apenas roza el metro sesenta. O quizás mida más, pero va tan encorvada que es difícil calcularlo. Anda siempre con la mirada fija en el suelo, el gesto vencido, los hombros caídos y la espalda completamente arqueada. El año pasado solía verla con gafas de sol a las ocho de la mañana en pleno invierno, cuando las farolas no daban luz suficiente para alumbrar la calle, aún oscura. Ahora al menos lleva la cara al descubierto. Y no puedo evitar pensar en qué tragedia asediará a una mujer tan joven para que se haya puesto, sin quizás darse cuenta, más de veinte años sobre los hombros y al menos cuarenta en la mirada.
Todas las mañanas la veo perderse entre las calles. Y todas las mañanas camino yo un poco más erguida, sonrisa en los labios y paso alegre
Primer dia
Mañana conozco a los que van a ser mis alumnos todo este curso. ¡Qué nervios madre! ¿Qué me voy a poner? Tendré que sacar la ropa esta noche, para no andar con hilos sueltos o arrugas inoportunas de última hora, que por no tener, no tengo ni plancha. ¿Me pongo los vaqueros de marca, para demostrarles que soy guay? ¿O unos viejos pero muy molones, para que vean que no me importan las apariencias? ¿Llevo el colgante de Tiffany's que me compré este verano? ¿O el collar de perlas de plástio de Promod? ¿Sonrío cuando entren? ¿Les miro con cara de perro, para que vean que soy un hueso duro de roer y en mi clase nadie me vacila?
¿Cómo contagiarles mi pasión por la lectura y la escritura sin que crean que estoy loca? ¿Cómo disimular mi aversión por las matemáticas? ¿Cómo conseguir que el libro de conocimiento del medio no se convierta en una piedra inmasticable para ellos y para mí? ¿Por qué no me he traído los libros a casa este fin de semana para empollarme todo el temario y poder contestar todas las preguntas que me puedan hacer? ¿Por qué estoy tan nerviosa, si llevo once años haciendo esto en dos continentes?
Mañana primer día... ¡Qué nervios, madre!
¿Cómo contagiarles mi pasión por la lectura y la escritura sin que crean que estoy loca? ¿Cómo disimular mi aversión por las matemáticas? ¿Cómo conseguir que el libro de conocimiento del medio no se convierta en una piedra inmasticable para ellos y para mí? ¿Por qué no me he traído los libros a casa este fin de semana para empollarme todo el temario y poder contestar todas las preguntas que me puedan hacer? ¿Por qué estoy tan nerviosa, si llevo once años haciendo esto en dos continentes?
Mañana primer día... ¡Qué nervios, madre!
¿Que he hecho yo para merecer esto?
Estoy que no quepo en mí de gozo, no sé cómo consigo estar sentada y escribiendo tranquilamente cuando debería estar pegando saltos de alegría y dándome besos a mí misma. No uno, sino dos, DOS premios he recibido esta semana, ¿qué más se puede pedir? La blogosfera debe estar escasita de gente, porque esto no es normal.

El primero es de Maritormes, que me otorga el Thinking Award. Nunca pensé que el mío fuera un blog que hiciera pensar, esto surgió como una manera de desahogar mi ego y publicar lo poco que escribo, aunque luego mi profesión fue ocupando el lugar lentamente, pero me alegro de que alguien pueda sacar algo de provecho de esto. Se supone que debo señalar a otros cinco que me hagan pensar a mí, pero siento decir que me es imposible: todos, absolutamente todos los blogs que visito, hasta los que me encuentro por casualidad, me hacen pensar, o reír, o llorar, y para el caso todo vale. Así que visitad cualquiera de los links que veréis a la derecha de la pantalla si queréis sufrir alguna de estas emociones; no están todos los que son, pero sí son todos los que están.

El segundo, el Premio solidario, me viene de Lludria, que me ha dejado clavada al asiento. ¿Solidaria, yo? ¡Si me paso el día sentada en el sofá sin mover un dedo por nadie! ¡Se me va la fuerza por la boca! De nuevo se me pide que elija siete blogs solidarios, y de nuevo me siento incapaz. Aparte, me parece un poco difícil decidir quién es solidario y quién no guiándome por lo que alguien ha escrito; yo, por ejemplo, en realidad tengo a tres chachas ilegales a las que pago una mierda trabajando para mí, sólo compro ropa hecha con pieles de animales en extinción y no puedo ver a un moro ni de lejos. Pero en el blog doy el pego, ¿a que sí?
Muchas gracias a todos y a todas. Un besazo.

El primero es de Maritormes, que me otorga el Thinking Award. Nunca pensé que el mío fuera un blog que hiciera pensar, esto surgió como una manera de desahogar mi ego y publicar lo poco que escribo, aunque luego mi profesión fue ocupando el lugar lentamente, pero me alegro de que alguien pueda sacar algo de provecho de esto. Se supone que debo señalar a otros cinco que me hagan pensar a mí, pero siento decir que me es imposible: todos, absolutamente todos los blogs que visito, hasta los que me encuentro por casualidad, me hacen pensar, o reír, o llorar, y para el caso todo vale. Así que visitad cualquiera de los links que veréis a la derecha de la pantalla si queréis sufrir alguna de estas emociones; no están todos los que son, pero sí son todos los que están.

El segundo, el Premio solidario, me viene de Lludria, que me ha dejado clavada al asiento. ¿Solidaria, yo? ¡Si me paso el día sentada en el sofá sin mover un dedo por nadie! ¡Se me va la fuerza por la boca! De nuevo se me pide que elija siete blogs solidarios, y de nuevo me siento incapaz. Aparte, me parece un poco difícil decidir quién es solidario y quién no guiándome por lo que alguien ha escrito; yo, por ejemplo, en realidad tengo a tres chachas ilegales a las que pago una mierda trabajando para mí, sólo compro ropa hecha con pieles de animales en extinción y no puedo ver a un moro ni de lejos. Pero en el blog doy el pego, ¿a que sí?
Muchas gracias a todos y a todas. Un besazo.
Sociedades machistas

A veces creo que soy una exagerada y que le busco cinco patas al gato, por eso la mayoría de las veces me guardo lo que pienso y sólo lo comparto con gente muy cercana a mí, o lo escribo en un diario para desahogarme y lo dejo pasar. Pero hay algo a lo que llevo dando vueltas ya no días, sino más bien años, y es el machismo implícito y explícito de las sociedades modernas. Lo veo en el lenguaje, en los actos de la gente, en las cosas que se dan por hecho, pero sobre todo, en los medios de comunicación. Y últimamente es más exagerado que nunca, cuando tendría que ser al revés: cuanto más avanza la sociedad, menos machismo. ¿No?
Pues no. El último ejemplo lo he tenido con una de esas colecciones por fascículos que se anuncian tanto por televisión. Es un libro de cocina para peques, lo cual no me parece una mala idea porque no está mal saber cocinar (he aquí una que no lo ha hecho nunca y así le va, emancipada pero comiendo en casa de amatxo porque no me sé freír un huevo) y a ciertas edades no es más que un juego. Lo que me revienta, y no sabéis hasta qué punto, es la voz en off: "Aprende a cocinar como mamá e invita a todas tus amiguitas". Y se ve un grupo de niñas, con la madre de fondo, pasándoselo pipa amasando lo que parece una tarta.
Fijaos lo que ha dicho en una sola frase: "Ya sabemos que en tu casa cocina tu madre, porque, trabaje o no trabaje, no va a ser tu padre el que se ponga el delantal. Sabemos que tú quieres ser igual que tu madre y convertirte en ama de casa, independientemente de que vayas a tener una carrera universitaria del copón y medio y dirijas una empresa. Es más, sabemos que, por ser niña, te gusta cocinar, y a todas tus amigas también, y sabemos que no hay ni un sólo chico al que le guste". Vamos, al anuncio de marras sólo le falta decir: "Aprende a cocinar para pescar un buen partido que te mantega y perpetuar así la imagen de la mujer que no sale de la cocina". Y yo me pregunto: ¿anuncios así no deberían estar prohibidos?
Y no es sólo ése, sino los mil millones de anuncios de detergentes en los que el único objetivo de las mujeres que aparecen en ellos es tener la ropa más blanca que la vecina, o esos en los que las mujeres son las responsables de dar el yogur adecuado a sus hijos, o comprar las patatas perfectas para la fiesta mientras el marido ve el partido en la tele,... Parece que alguien no se ha enterado de lo de la liberación de la mujer, o quizás es que no estamos tan liberadas como creemos, al menos no las madres trabajadoras; se han incorporado al trabajo sin dejar ninguna de sus otras obligaciones, y ese no era el trato, creo yo.
En otro post, si tengo ganas y no me caliento demasiado, hablaré del machismo implícito (y explícito) del lenguaje. Luego me llaman feminista -algunos con retintín, como si fuera un insulto, ¡qué tordos!-, pero es que hay cosas que claman al cielo, leñe. ¿Historia del hombre? ¿Qué pasa, que las mujeres tenemos una distinta?
Como perder seis horas y que te paguen por ello
Vuelta al trabajo. Primer día en una ikastola nueva. He aquí mi horario de hoy:
7:50: No tengo muy claro a qué hora entro, pero no será antes de las ocho. Yo, puntual como siempre, estoy allí algo antes, pero las únicas que ya han llegado son las señoras de la limpieza. Muy amablemente, me indican dónde está la sala de profesores para que espere tomándome un café. El horario, me dicen, es de 8:30 a 14:00.
8:30: Aparecen el director, la jefa de estudios y las otras cuatro profesoras nuevas de este año. Hablan de las plazas libres que hay en primaria y comentan que tendremos que mirarlo "luego".
9:00: No ha llegado ni un cuarto del profesorado. Las que llegan charlan, bromean y pasan el rato en la entrada.
9:20: Nos vamos a tomar un café al bar de enfrente.
9:45: Volvemos. Nadie se ha movido de la entrada. La mitad de las profesoras están fuera del edificio, charlando al pie de la escalera. Un grupo entra, el otro se va al bar del que acabamos de volver. Yo pululo por los grupos que se van formando e intento no aburrirme demasiado.
10:20: La jefa de estudios comenta que nos va a juntar a las tres nuevas profesoras de primaria para decirnos qué curso nos toca a cada una. Se va a buscar a las otras dos.
11:00: Por fin nos sentamos todas. Nos reparten los cursos, me toca sexto (¡yupi!). Me dicen que me ponga de acuerdo con las otras de sexto para ver qué clase es la mía, porque las suelen repartir. "¿Y dónde están?" "Tomando un café". Subo y dejo mis cosas en la primera clase de sexto que encuentro para mirar un poco los libros, bajando a ver si han llegado mis compañeras cada media hora. Qué cachas se me están quedando, madre.
12:20: Las de sexto están en la sala de profesores, y el resto del claustro también. Uno de los profesores que ha aprobado las oposiciones lo está celebrando con una pequeña merendola que incluye vino y champán. A comer se ha dicho.
13:10: Subimos a repartir las clases. La que al final me toca está cerrada con llave. Bajamos a buscar la llave.
13:40: Entro en mi clase. Miro un poco alrededor, charlo un rato con mi compañera sobre algún tema del curso, hojeo un par de libros.
14:00: Me voy a mi casa. No hacer nada da un hambre voraz.
Espero que mañana sea algo más productivo, aunque tengo muy claro que no voy a llegar ni un minuto antes de las ocho y media...
7:50: No tengo muy claro a qué hora entro, pero no será antes de las ocho. Yo, puntual como siempre, estoy allí algo antes, pero las únicas que ya han llegado son las señoras de la limpieza. Muy amablemente, me indican dónde está la sala de profesores para que espere tomándome un café. El horario, me dicen, es de 8:30 a 14:00.
8:30: Aparecen el director, la jefa de estudios y las otras cuatro profesoras nuevas de este año. Hablan de las plazas libres que hay en primaria y comentan que tendremos que mirarlo "luego".
9:00: No ha llegado ni un cuarto del profesorado. Las que llegan charlan, bromean y pasan el rato en la entrada.
9:20: Nos vamos a tomar un café al bar de enfrente.
9:45: Volvemos. Nadie se ha movido de la entrada. La mitad de las profesoras están fuera del edificio, charlando al pie de la escalera. Un grupo entra, el otro se va al bar del que acabamos de volver. Yo pululo por los grupos que se van formando e intento no aburrirme demasiado.
10:20: La jefa de estudios comenta que nos va a juntar a las tres nuevas profesoras de primaria para decirnos qué curso nos toca a cada una. Se va a buscar a las otras dos.
11:00: Por fin nos sentamos todas. Nos reparten los cursos, me toca sexto (¡yupi!). Me dicen que me ponga de acuerdo con las otras de sexto para ver qué clase es la mía, porque las suelen repartir. "¿Y dónde están?" "Tomando un café". Subo y dejo mis cosas en la primera clase de sexto que encuentro para mirar un poco los libros, bajando a ver si han llegado mis compañeras cada media hora. Qué cachas se me están quedando, madre.
12:20: Las de sexto están en la sala de profesores, y el resto del claustro también. Uno de los profesores que ha aprobado las oposiciones lo está celebrando con una pequeña merendola que incluye vino y champán. A comer se ha dicho.
13:10: Subimos a repartir las clases. La que al final me toca está cerrada con llave. Bajamos a buscar la llave.
13:40: Entro en mi clase. Miro un poco alrededor, charlo un rato con mi compañera sobre algún tema del curso, hojeo un par de libros.
14:00: Me voy a mi casa. No hacer nada da un hambre voraz.
Espero que mañana sea algo más productivo, aunque tengo muy claro que no voy a llegar ni un minuto antes de las ocho y media...
Año nuevo, cole nuevo
Qué pronto se pasan dos meses y medio cuando estás de vacaciones, oyes. Con lo que cuesta pasarlos cuando tienes que currar... Ya estoy pensando en el uno de noviembre, qué vida más triste esta.
Ayer tuve que ir a Bilbao a las adjudicaciones de principios de año. Los muy listos todavía no han quitado de las listas a los que han conseguido sacar plaza en la oposición, así que, en vez de llamar grupos a intervalos de diez puntos como todos los años, nos llamaron a intervalos de veinte para avanzar más rápido, ya que muchos de los convocados no iban a estar. Traducido: unas seiscientas personas apelotonadas en el salón de actos de una universidad, con treinta grados en el exterior y sin aire acondicionado. Nadie se desvaneció por el calor, será que aquello estaba lleno de bilbaínos y parecen hechos de otra pasta. A mí casi me da un pampurrio.
Después de tres horas oyendo pasar lista y escuchando nombres del pelo de Miren Jasone Iruretagoiena Urrutikoetxea o Koldobika Agirregomezkorta Iturriagaetxeberria (casi muero de vergüenza cuando dijeron el mío, qué poco vasca soy, ni una erre en mis apellidos), por fin me llegó el turno y pude coger plaza en el primero de los colegios que había seleccionado (todo el mundo quería Vizcaya y Guipuzcoa; de 25 colegios que había subrayado como apetecibles, tenía para elegir 22 después de que quinientas personas cogieran plaza antes que yo. A veces no está tan mal que desprecien tanto a los alaveses). Mi criterio de selección: que fuera una ikastola (todo en euskera) y que estuviera lo sufcientemente cerca de casa para poder ir andando pero no tanto como para encontrarme a mis alumnos cuando bajo a tomar la cerveza en el bar de abajo. Curso y asignatura, indiferentes.
Así que ya tengo trabajo para todo el año. Veinte minutitos de paseo tranquilo en línea recta que me ayudaran a despejarme por la mañana y a desconectar por la tarde. No sé qué curso -soy tutora, pero no sé más- ni qué horario tengo, pero me da igual. Voy a dejar de pegar saltos de aquí para allá y de estar pendiente del teléfono.
Estoy deseando que llegue el lunes para empezar. ¿Me estaré volviendo loca?
Ayer tuve que ir a Bilbao a las adjudicaciones de principios de año. Los muy listos todavía no han quitado de las listas a los que han conseguido sacar plaza en la oposición, así que, en vez de llamar grupos a intervalos de diez puntos como todos los años, nos llamaron a intervalos de veinte para avanzar más rápido, ya que muchos de los convocados no iban a estar. Traducido: unas seiscientas personas apelotonadas en el salón de actos de una universidad, con treinta grados en el exterior y sin aire acondicionado. Nadie se desvaneció por el calor, será que aquello estaba lleno de bilbaínos y parecen hechos de otra pasta. A mí casi me da un pampurrio.
Después de tres horas oyendo pasar lista y escuchando nombres del pelo de Miren Jasone Iruretagoiena Urrutikoetxea o Koldobika Agirregomezkorta Iturriagaetxeberria (casi muero de vergüenza cuando dijeron el mío, qué poco vasca soy, ni una erre en mis apellidos), por fin me llegó el turno y pude coger plaza en el primero de los colegios que había seleccionado (todo el mundo quería Vizcaya y Guipuzcoa; de 25 colegios que había subrayado como apetecibles, tenía para elegir 22 después de que quinientas personas cogieran plaza antes que yo. A veces no está tan mal que desprecien tanto a los alaveses). Mi criterio de selección: que fuera una ikastola (todo en euskera) y que estuviera lo sufcientemente cerca de casa para poder ir andando pero no tanto como para encontrarme a mis alumnos cuando bajo a tomar la cerveza en el bar de abajo. Curso y asignatura, indiferentes.
Así que ya tengo trabajo para todo el año. Veinte minutitos de paseo tranquilo en línea recta que me ayudaran a despejarme por la mañana y a desconectar por la tarde. No sé qué curso -soy tutora, pero no sé más- ni qué horario tengo, pero me da igual. Voy a dejar de pegar saltos de aquí para allá y de estar pendiente del teléfono.
Estoy deseando que llegue el lunes para empezar. ¿Me estaré volviendo loca?
Humor (muy) negro
Ayer dijeron en las noticias que el etarra que puso la furgoneta bomba en Durango se olvidó de accionar el detonador y tuvo que volver a hacerlo. Me imagino la conversación con el tipo que conducía el coche que fue a recogerle:
-¿Has aparcado bien pegado a los coches?
-Sí.
-¿Has echado el freno de mano?
-Sí.
-¿Has accionado el detonador?
-¡Ostia!
Y luego la bronca que le echaría la madre en casa -si es que tiene, porque seres así igual nacieron de un huevo-:
-¡Pero mira que eres despistao, Patxi! ¡Lo único que tenías que hacer era aparcar el coche y encender el detonador! Ay, hijo, si es que un día te dejas la cabeza. La mochila, los donuts, el detonador... ¿Ya has meao?
(Siento tomarme algo tan serio tan a la ligera, pero es que clama al cielo. No sólo son una pandilla de cobardes asesinos, sino que encima son gilipollas.)
-¿Has aparcado bien pegado a los coches?
-Sí.
-¿Has echado el freno de mano?
-Sí.
-¿Has accionado el detonador?
-¡Ostia!
Y luego la bronca que le echaría la madre en casa -si es que tiene, porque seres así igual nacieron de un huevo-:
-¡Pero mira que eres despistao, Patxi! ¡Lo único que tenías que hacer era aparcar el coche y encender el detonador! Ay, hijo, si es que un día te dejas la cabeza. La mochila, los donuts, el detonador... ¿Ya has meao?
(Siento tomarme algo tan serio tan a la ligera, pero es que clama al cielo. No sólo son una pandilla de cobardes asesinos, sino que encima son gilipollas.)
El infierno de los castradores

Soy atea, pero de esta voy al infierno como que hay dios, que diría mi madre...
Sauron ha perdido su virilidad. El viernes por la mañana pasó por el quirófano con anestesia general y me lo devolvieron sin cojoncillos, desorientado y con un collar isabelino -manda narices el nombrecito- para que no se lamiera la herida. Estaba completamente dopado, los ojos rojos, el cuerpo rígido, todo torpón, y al pobre no se le ocurrió otra cosa que pasearse por toda la casa, histérico porque se sentía extraño, y darse con todas las esquinas. Al final encontró la manera de andar sin darse golpes con el collarín: ir de culo. Yo creía que me moría de la risa, el gato andando de espaldas a todas partes. Le corto los huevos y encima me río de él. Lo que digo: al infierno de cabeza.
Hoy parece que está mejor y ya me siento menos culpable. El llevar dos días limpiando los marcajes antiguosdel bicho también ayuda, para qué nos vamos a engañar. Dice la veterinaria que puede que siga marcando esta semana. Espero que sólo sea una semana, o en vez de los huevos le saco los ojos esta vez.
Hay que ver, qué pronto se me ha pasado el disgusto.
Otros mundos...
¡Ay, lo que me he podido reír! ¡Cómo se aburre la gente (y cómo me lo paso yo buscando chorradas de estas)! A ver si consigo poner un vídeo que he encontrado, que es la primera vez que lo hago.
Y este ya se sale...
Y este ya se sale...
Harry Potter: La historia

AVISO: Probablemente me cargue la historia, así que, si no habéis leído alguno de los libros y tenéis intención de hacerlo, no seguiría. No digáis luego que no os he avisado...
Harry Potter no es una historia original. J.K. Rowling no ha tenido que inventar un tema que no existiera; la serie cuenta, simplemente, la eterna lucha entre el bien y el mal que ha inundado páginas y páginas de la literatura universal. Las comparaciones con El Señor de los Anillos (Dumbledore y Gandalf podrían ser gemelos, y Voldemort es poco más que un ojo hasta el sexto libro), La Guerra de las Galaxias (hasta usa terminología parecida, como lo del lado oscuro) y la leyenda del rey Arturo (los Weasleys tienen nombres directamente relacionados con ella: Arturo, Ginebra, Percival,...) son obvias, pero son sólo unas pocas de las que se pueden hacer: el síndrome Bambi, con toda figura paternal muriendo (a excepción de Arthur Weasley, que, en palabras de la autora, se salvó porque le cogió cariño pero iba a caer en el quinto); el niño huérfano, el castillo de cuento de hadas, los malos malísimos y los buenos buenísimos... Hasta las criaturas que pueblan las páginas del libro han sido sacadas de la mitología universal. ¿A qué viene tanto entusiasmo con el libro, entonces?
Que hasta ahora, sólo una autora ha sabido poner decenas de historias contadas mil y una vez en una sola y lograr que su historia fluya con una fluidez que la convierte en nueva. Y sólo Rowling ha sabido acertar con la universalidad de esos temas, escogiendo los que más tocan la fibra sensible de los lectores, logrando que, de una u otra manera, todo el que lea el libro se sienta identificado en algún punto. Y lo ha hecho sin que se note, convenciéndonos de que es un libro nuevo cuando en realidad es algo que llevamos leyendo toda nuestra vida.
Me considero una "potteróloga" de primer orden, rozando incluso la obsesión -sobre todo en épocas estivales, como ahora, donde las horas muertas abundan-. Admito que, como mucha gente, ignoré la serie durante un tiempo por considerarla una mera historia para niños. Mis compañeros de piso en King City insistían en que me iba a gustar y terminé accediendo a ver la primera película. El enganche fue instantáneo y absoluto; me leí los tres libros que habían salido hasta entonces en poco más de un mes y empecé a comprarme los audiobooks (una forma estupenda de practicar listening en inglés, por cierto). Cada vez que salía un libro nuevo, lo leía una vez con ansiedad y una segunda con tranquilidad, y después escuchaba todos los libros anteriores y me maravillaba ante la habilidad de Rowling de plantar pistas y personajes en los primeros libros que eran de gran importancia en los siguientes, haciéndote chasquear los dedos con un "¡claro, qué tonta, cómo no me di cuenta!". Lo mejor de todo era el enigma, el qué habrá querido decir con eso, el de qué parte estará realmente Snape, el qué pasa con la tía Petunia... Ahora ya no hay más enigmas, aunque leer una entrevista con Jo significa seguir encontrando matices nuevos a información que ya tenías, cosa que me encanta (por ejemplo, ¿alguien sabe qué era el ser que lloraba mientras Harry hablaba con Dumbledore cuando estaba "muerto"? Era el trozo de alma de Voldemort que habitaba en Harry).
Las mayores virtudes de esta historia, en mi opinión, son dos: haber utilizado temas universales de manera magistral y haber sabido dosificar la información de manera que sólo se crearan más preguntas, en lugar de responder las antiguas. Incluso hoy, después de haberme leído el séptimo dos veces y haber escuchado el primer y segundo libro (¡he encontrado un gazapo!, en el segundo libro se dice que los ojos de Ginny son verdes y en el séptimo marrones), todavía me quedan preguntas que me encantaría hacer a la autora.
Sobre todo una: ¿por qué tuviste que matar a Snape y a Sirius? ¡Mala, mala, mala!
Escribiendo

Mis dos semanas de vacaciones parecen algo de otro tiempo. Tenía intención de colgar alguna que otra foto del Gran Cañón, de un pueblecito estupendo que visitamos en la Ruta 66, de Las Vegas... Pero no me apetece. He vuelto a escribir. Por desgracia, lo estoy haciendo a mano, porque por alguna extraña razón de las musas, cada vez que me siento al ordenador me bloqueo.
Lo bueno de escribir a mano es que me da tiempo a pensar. Tengo trescientas pulsaciones por minuto, así que, si escribo en el ordenador, el proceso de traspasar una idea a la pantalla es casi inmediato, lo que significa que escribo la primera chorrada que se me ocurre. Haciéndolo a mano es más lento, pero me da tiempo a buscar las palabras exactas, a pensar en la siguiente frase mientras escribo una, a madurar el argumento. No estoy escribiendo un premio Nobel, es una historia de misterio que va a necesitar mucho trabajo una vez que la termine -tengo el cuaderno lleno de notas "a mejorar cuando lo pase al ordenador"-, pero la estoy disfrutando, y eso hacía mucho que no me pasaba. Hasta he madrugado para ponerme a escribir, ¡en vacaciones!
Os advierto, eso sí, que las fotos terminarán encontrando su camino hasta el blog, más tarde o más temprano. Y que tengo pendiente un monográfico de Harry Potter que estoy cociendo, porque tengo unas ganas de dedicarle un post a esa pedazo de obra... (sí, 31 años y enganchadísima -ísima, ísima- a un libro infantil. Qué le vamos a hacer, otros les dan a las drogas duras).
California: El sur
El sur de California no tiene personalidad. Es bonito, como puede ser bonito uno de esos cuadros que se hacen para los turistas en las zonas costeras y de los que encuentras doscientos en cada tienda de souvenirs, pero no tiene el encanto que tiene el norte, al menos no para mí. Por eso, el post de hoy no va a tener mucha historia y sí muchas fotos, porque sería ridículo tratar de usar palabras para describir una acuarela de las de a dos euros la docena.



Nuestro lento descenso hacia el sur nos hizo pasar el día en Santa Bárbara, ciudad pija donde las haya. Todo está diseñado para la foto, hasta las palmeras hacen los dibujos exactos contra el cielo de la ciudad. Es un lugar ñoño, no encuentro otra palabra para definirlo, y hasta la gente que pasea por sus calles parece demasiado perfecta para ser verdad (exceptuando los turistas, claro).

Pero hasta Santa Bárbara es California, y California es, probablemente, el estado más de izquierdas de todo Estados Unidos, lo que no es decir mucho pero algo es algo (sí, ya sé que tienen a Swatzchenegger de gobernador -¿aprenderé a escribir su nombre algún día?-, pero si a vosotros os dieran a elegir entre una actriz porno, el enano de Webster o Terminator, ¿a quién elegiríais?). Ahí, en mitad de la playa, a vista de todo el que paseaba por el dique de las tiendas y los bares, había una impactante protesta contra la guerra, un cementerio en miniatura con todos los soldados caídos en la guerra de Irak. Quizás esta ciudad no sea tan de cuento de hadas, después de todo.

Lo mejor de bajar al sur es coger la Highway 1 (Pacific Coast Highway, se menciona en muchas canciones) e ir despacito, disfrutando de las vistas de los acantilados. Yo conducía y no pude mirar mucho, pero aún así lo gocé: era como si el rabillo de mis ojos supiera exactamente dónde mirar, y sabía cuándo iban Marta y Javi a soltar una expresión de admiración. Se nos cayó la baba viendo las casitas de Malibú -e imaginando cómo serían esas que no podíamos ver- y paramos a tomar la obligatoria foto de la caseta de los vigilantes de la playa, aunque primero tuvimos que ponernos las chaquetas porque hacía un frío del carajo. California. Ven a pasar calor.

Pasamos la noche en Santa Mónica, a donde llegamos ya tarde y de la que sólo disfrutamos la calle tercera, que, para mí, es lo único que merece la pena de toda esa ciudad/barrio dormitorio de Los Ángeles. A Marta y a mí nos encantaron las tiendas -cerradas, una pena, pero volvimos al día siguiente-, el ambiente, los grupos tocando en la calle, la gente bailando salsa y tango... A Javi le gustó algo bien distinto, algo que no había visto en su vida: ¡HOOTERS!

Marta y yo salimos con complejo de todo de aquel bar (y yo con el susto en el cuerpo porque me di cuenta, al sacar el pasaporte para demostrar mi mayoría de edad y poder trincarme una jarra de cerveza, que había perdido la tarjetita de inmigración que me habían dado en la aduana), pero hasta a nosotras nos gustó. Si alguna vez tenéis la oportunidad de ir a uno, seáis hombre o mujer, os lo recomiendo. Muy americano, merece la pena.

Y, por fin, para dar por finalizada nuestra gira al sur de California y antes de emprender el camino hacia Las Vegas (ya temblaba la visa en la cartera, sabiendo la paliza que le iba a dar), hicimos la obligatoria parada en Hollywood y Rodeo Drive. Para los que no hayáis estado nunca, os diré que Hollywood es el lugar más cutre sobre la faz de la tierra, con vagabundos por todas las esquinas, las calles sucias, sexshops y tienduchas de souvenirs peleando por un hueco de acera frente al teatro chino... Javi y Marta pusieron la misma cara que debí poner yo cuando lo vi por primera vez, por más que fueran avisados.
Como veis, les impactó tanto mi llegada que me pusieron una estrella (el apellido estaba mal escrito, pero ya se sabe, a estos americanos les das una eñe y se pierden) y me llevé la sorpresa del viaje y la foto que hizo merecer aún más la pena la excursión: nos estábamos yendo ya cuando Marta se adentró en un corro de gente que sacaba fotos como si se les fuera a escapar a cierta colección de huellas. Los actores de Harry Potter habían estado allí hacía apenas un mes, y yo, YO, conseguí mi foto con ellos.

Y digo yo: ¿Para cuándo las huellas del VERDADERO Harry?
Nuestro lento descenso hacia el sur nos hizo pasar el día en Santa Bárbara, ciudad pija donde las haya. Todo está diseñado para la foto, hasta las palmeras hacen los dibujos exactos contra el cielo de la ciudad. Es un lugar ñoño, no encuentro otra palabra para definirlo, y hasta la gente que pasea por sus calles parece demasiado perfecta para ser verdad (exceptuando los turistas, claro).
Pero hasta Santa Bárbara es California, y California es, probablemente, el estado más de izquierdas de todo Estados Unidos, lo que no es decir mucho pero algo es algo (sí, ya sé que tienen a Swatzchenegger de gobernador -¿aprenderé a escribir su nombre algún día?-, pero si a vosotros os dieran a elegir entre una actriz porno, el enano de Webster o Terminator, ¿a quién elegiríais?). Ahí, en mitad de la playa, a vista de todo el que paseaba por el dique de las tiendas y los bares, había una impactante protesta contra la guerra, un cementerio en miniatura con todos los soldados caídos en la guerra de Irak. Quizás esta ciudad no sea tan de cuento de hadas, después de todo.
Lo mejor de bajar al sur es coger la Highway 1 (Pacific Coast Highway, se menciona en muchas canciones) e ir despacito, disfrutando de las vistas de los acantilados. Yo conducía y no pude mirar mucho, pero aún así lo gocé: era como si el rabillo de mis ojos supiera exactamente dónde mirar, y sabía cuándo iban Marta y Javi a soltar una expresión de admiración. Se nos cayó la baba viendo las casitas de Malibú -e imaginando cómo serían esas que no podíamos ver- y paramos a tomar la obligatoria foto de la caseta de los vigilantes de la playa, aunque primero tuvimos que ponernos las chaquetas porque hacía un frío del carajo. California. Ven a pasar calor.
Pasamos la noche en Santa Mónica, a donde llegamos ya tarde y de la que sólo disfrutamos la calle tercera, que, para mí, es lo único que merece la pena de toda esa ciudad/barrio dormitorio de Los Ángeles. A Marta y a mí nos encantaron las tiendas -cerradas, una pena, pero volvimos al día siguiente-, el ambiente, los grupos tocando en la calle, la gente bailando salsa y tango... A Javi le gustó algo bien distinto, algo que no había visto en su vida: ¡HOOTERS!
Marta y yo salimos con complejo de todo de aquel bar (y yo con el susto en el cuerpo porque me di cuenta, al sacar el pasaporte para demostrar mi mayoría de edad y poder trincarme una jarra de cerveza, que había perdido la tarjetita de inmigración que me habían dado en la aduana), pero hasta a nosotras nos gustó. Si alguna vez tenéis la oportunidad de ir a uno, seáis hombre o mujer, os lo recomiendo. Muy americano, merece la pena.
Y, por fin, para dar por finalizada nuestra gira al sur de California y antes de emprender el camino hacia Las Vegas (ya temblaba la visa en la cartera, sabiendo la paliza que le iba a dar), hicimos la obligatoria parada en Hollywood y Rodeo Drive. Para los que no hayáis estado nunca, os diré que Hollywood es el lugar más cutre sobre la faz de la tierra, con vagabundos por todas las esquinas, las calles sucias, sexshops y tienduchas de souvenirs peleando por un hueco de acera frente al teatro chino... Javi y Marta pusieron la misma cara que debí poner yo cuando lo vi por primera vez, por más que fueran avisados.
Como veis, les impactó tanto mi llegada que me pusieron una estrella (el apellido estaba mal escrito, pero ya se sabe, a estos americanos les das una eñe y se pierden) y me llevé la sorpresa del viaje y la foto que hizo merecer aún más la pena la excursión: nos estábamos yendo ya cuando Marta se adentró en un corro de gente que sacaba fotos como si se les fuera a escapar a cierta colección de huellas. Los actores de Harry Potter habían estado allí hacía apenas un mes, y yo, YO, conseguí mi foto con ellos.
Y digo yo: ¿Para cuándo las huellas del VERDADERO Harry?
Suscribirse a:
Entradas (Atom)