La profa de dibujo me tiene mania


La profesora de dibujo me tiene manía. Y no lo disimula, encima.
Llego yo a clase, puntual como un reloj porque me emociona el pastel que hemos empezado esta semana, toda contenta y con diez dibujos más para copiar. Saco el Monet que empecé el otro día, llamo a la profa y le pido que me arregle el jetón que le hice el miércoles, que me ha quedado fatal. Ris-ras, en dos trazos expertos la mujer de azul tiene un rostro angelical. "Te ha quedado muy bien. Termínale el velo, dale el fijador y ya lo tienes".
Yo, toda contenta, lo termino y lo dejo sobre la mesa para que ella lo coja y lo ponga en la pared con los demás. Pasa por detrás de mí y no lo coge. No lo habrá visto. Me pongo a dibujar el Sorolla. El de al lado termina su cuadro (que, no es porque yo lo diga, pero está mucho peor que el mío). "¡Uy, qué mono! Trae, que lo cuelgo". Yo muevo el mío, no vaya a ser que no lo haya visto porque esté mal puesto (estaba a escasos centímetros del de mi compañero, pero oye, igual es corta de vista). Me pasa de largo y va hacia la que está a mi derecha. "Esto está fenomenal. Vamos a hacerle un hueco".

Ni lo pienses, Ruth, no importa que no le guste, tú sabes que está genial, no sólo para ser el primer trabajo a pastel que haces en tu vida, sino así, en general. La profa pasa un par de veces más por detrás de mí y yo me digo a mí misma que no me importa, que me concentre en el que estoy haciendo ahora, que me encanta el Sorolla que he encontrado (pintor que no conocía hasta hoy, por cierto, inculta que es una). Perfilo las figuras con el lápiz y anticipo el gustazo que me va a dar sacar todos los pliegues del vestido de la hermana mayor y las tonalidades del agua y del cielo. Me paso veinte minutos con la cara de la hermana pequeña, no es tan fácil como parece y quiero que quede perfecta. Cuando termino, llamo a la profa y le pido su visto bueno.
-A la niña pequeña la veo muy grande en comparación con la mayor.
Yo le digo que no, que he puesto mucho cuidado en no hacerla más alta que el codo de la hermana, que he medido bien las referencias, que si se fija en el original está todo proporcional. Ella pone cara rara.
-Pues entonces es que la has hecho más gordita. La cabeza es muy grande. Qué pena, la carica te había quedado muy bien.
Y ris-ras, en dos gomazos expertos me borra la cara, y yo contengo la respiración y todo de la impresión que me da. Huelga decir que en mi interior la estoy llamando de todo, que en ese momento la odio, que quiero ir a casa de mis padres y entrar llorando y gritando "amatxooooo, la andereño de dibujo me tiene maníaaaaaaa". Pero no. Sonrío y cojo otra vez el lápiz. Soy una profesional de la educación y sé que las manías... existen, pero soy adulta y no voy a dejar que puedan conmigo. Hoy, al menos.
Arreglo a la niña según sus parámetros, pero, por más que me esfuerzo, la cabeza no me sale. Termino haciéndola igual que antes y la vuelvo a llamar.
-No me sale más pequeña. Es imposible.
Y entonces coge el lápiz, mide las distancias, y me dice que tengo razón, que la medida está bien cogida. Al levantarse de mi sitio, ve el Monet.
-Uy, qué preciosidad. A la pared. Mira, si visto de lejos parece la muestra en vez del dibujo. Te ha quedado genial.

Qué maja es la de dibujo. Qué bien explica. Qué pedazo de artista.
Impresionista, digoooo, impresionante.

¿Que estoy haciendo con estos niños?

M. es una de mis alumnas favoritas, lo que es mucho decir porque tengo la clase llena de niños y niñas estupendos/as y es difícil elegir, pero ésta es especial. Tiene el toque justo de niña pizpireta, salada sin ser faltona, curiosa, respetuosa y atenta, y siempre tiene una sonrisa en los labios (tanto, que el día que no la tiene le pregunto si está bien; su respuesta es siempre: "hoy estoy un poco chof"). No es pelota, no quiere hacerse notar, no saca sobresaliente en todo -aunque es inteligentísima- y prefiere jugar a baloncesto con los chicos o bailar en la clase de música con el resto de las chicas que cuchichear en los rincones del patio. La niña que a mí me hubiera gustado ser, vamos.
A principio de curso cometí el "error" de decirle que me encantaba cómo se expresaba en general, ya fuera de forma escrita u oral, ya fuera en castellano o en euskera. En ese momento no noté yo que le hubiera causado un gran efecto -como buena prepúber, pasó de mí olímpicamente-, pero cuando le di las notas a su madre me dijo que había notado un gran cambio en su hija y que ahora se pasaba horas muertas leyendo y escribiendo historias que luego leía a su familia. Hoy me ha venido con tres libros en la mano para preguntarme mi opinión sobre ellos: uno era de Isabel Allende, el título infantil que nunca recuerdo ("lo acabo de empezar, pero de momento está muy bien") y el otro una colección de cuentos de Rudyard Kipling ("igual te parecen muy fáciles, pero dice mi madre que debería leérmelos"). Por supuesto, le he dicho que de esos dos autores se puede leer hasta su lista de la compra, si le apetece, y ella casi se mea de risa.
Y entonces me ha enseñado el último. Era una novela corta de Mark Twain, autor que les he nombrado en clase innumerables veces; sorprendida, le he preguntado si estaba planeando leérsela cuando terminara los otros dos (pedazo lista de deberes se impone la niña, oye), y me ha dicho que no, que ese era para mí. "Lo ha encontrado mi madre en su librería y dice que igual te gusta, porque cuando lo acabas te deja hecha polvo".
Y todo porque les dije que lloré con el último Harry Potter, que me emocioné con Mil Soles Espléndidos y que no puedo leer a Shakespeare sin que se me llenen los ojos de lágrimas... ¿Qué imagen de mí se están formando estos niños?

Admirador secreto

Hoy, como todos los días, he bajado a la perra de mis padres, una enorme pastor vasco de casi cuarenta kilos que tira como una endemoniada y se asusta de sus propios ladridos. Mientras sujetaba su correa con una mano y buscaba una papelera donde tirar el periódico lleno de mierda que sujetaba con la otra, me he imaginado esa misma escena observada por mi imaginario admirador secreto.
Y hasta en mi mente ha echado a correr como un poseso.

Frescura

El jueves les di a mis monstruos (=mis alumnos) los deberes de lengua para el fin de semana: tienen que colocar el personaje de un libro que hayan leído en otro libro, sin cambiar la personalidad de ese personaje y adaptándolo al nuevo mundo en el que lo han colocado. Les puse como ejemplo colocar a Momo en los libros de Harry Potter y estuvimos comentando todas las posibilidades que nos daría. "Cuando lo hagáis vosotros", les dije, "dedicad cinco minutos a pensar en lo que vais a escribir antes de coger siquiera el bolígrafo. Pensad antes de actuar, tened toda la idea en la cabeza, no vaya a ser que luego el boli os lleve por donde le dé la gana". También les expliqué que, como tenían muchos días para escribirla, quería que dejaran "macerar" la historia antes de pasarla a limpio. "Escribid el primer borrador, corregidlo, pero no lo paséis a limpio hasta el día siguiente. Tenéis que alejaros de lo que habéis escrito para poder ver vuestros fallos". Sé que los padres y madres van a querer estrangularme, son de los que les obligan a terminar los deberes en cuanto llegan de clase para no tener que andar peleando todo el fin de semana (cosa que les agradezco, la mayoría de las veces). "Haznos una nota, que no nos van a creer", me decían. "Que me llamen si no os creen". El lunes voy a estar pegada al teléfono.
Aprovechando que, una vez más, se me había "colgado" el ipod, volví a casa haciendo justo lo que les había dicho a los críos que hicieran e ideé toda una trama en la que Momo llegaba a Hogwarts y empezaba a interactuar con los personajes de la Rowling. Me emocioné de todo lo que se me ocurrió y estaba deseando llegar a casa para escribirlo y darles un ejemplo a los críos al día siguiente, pero entre pequeños recados, el gato y demás, no pude sentarme ante el ordenador hasta pasado un buen rato. Y, aunque mientras hacía mis tareas seguía pensando en la historia, la magia del principio ya se había ido. Escribí un esperpento de historia, obligándome a terminarla porque sabía que si lo dejaba nunca la acabaría, la imprimí y se la leí a los críos al día siguiente. Cinco páginas de historia, de las cuales sólo la primera tenía algún parecido con el fantástico mundo que había creado para Momo. Hasta los críos se dieron cuenta de que perdía fuelle al final (aunque, como son muy pelotas, me dijeron que estaba muy bien, y alguno hasta quiso comprármela -para entregármela el lunes, claro).
Y entonces me di cuenta de que quizás no les estoy dando buenos consejos. Quizás sea mejor ponerse delante del papel en blanco y dejar que fluya, que las palabras se vayan situando en la página sin ton ni son, sin saber a dónde nos llevan. Yo a veces funciono así, y otras tengo que tener el guión bien férreo en mi cabeza. Pero sí es cierto que, cuanto más claro lo tenga en mi mente, menos me apetece escribirlo, porque de alguna forma ya está ahí, ¿para qué escribirlo si ya sé cómo acaba? Escribo para mí, para deleitarme, para sorprenderme. ¿Qué sentido tiene saber todos los detalles? ¿No será mejor dejar que vayan apareciendo?
Mañana he reservado la segunda hora, esa en la que los niños van a música y yo tengo libre si ninguna compañera se pone enferma, para deleitarme con las historias de los peques. Ya os contaré si funcionó mi consejo o no. Creo que la mayoría van a tener como protagonista a Gollum...

Parecidos ¿razonables?



Según una página web que encuentra parecidos con famosos, estos cinco se parecen a mí (???). Hombre, me hace ilusión que me digan que puedo ser hermana de Tom Welling, con lo bueno que está el condenado, pero me da a mí que no nos van a confundir por la calle...

(Gracias, Juan Cosaco, por el link.)

En la biblioteca

Entro en la biblioteca todo lo silenciosamente que puedo y, como todos los días, la cremallera de mi abrigo golpea los estantes de metal, mi bolso hace temblar toda la hilera de sillas cuando lo dejo caer junto a mí y la cremallera del estuche parece un rugido de león en el silencio de la sala. Sólo hay dos personas más conmigo; los exámenes han acabado y nadie tiene ganas de empezar con el nuevo cuatrimestre, yo la que menos, pero si no lo hago me pillará el toro como siempre. Además, estudiar a Shakespeare no es estudiar, sino un placer.
Cuando por fin consigo sentarme sin que venga el encargado a echarme la bronca por ruidosa, me doy cuenta de que el chaval que tengo delante (¿se sigue siendo chaval pasados los treinta o tengo que empezar a decir hombre?) ha estado observándome y aparta la vista en cuanto yo levanto la mía. Me suena su cara, y por un segundo imagino que es de tanto verlo en la biblioteca. Pero no, no, no es que me suene, es que le conozco. Sé que he hablado con él, y en euskera además, lo que le sitúa en mi época tardía de instituto (cuando me empecé a dar cuenta de lo que significaba tener una lengua), pero no puedo ponerle un nombre. Da igual. Abro el libro y empiezo a leer lo que la crítica feminista opina de Richard II.
Pero no da igual, no puedo concentrarme hasta que no recuerde su nombre. Piensa, Ruth, piensa. Una anécdota, un sucedido, una frase. Y entonces viene a mí, como siempre vienen estas cosas, como si siempre hubieran estado en tu mente y sólo hubieran estado esperando que tú las reclamaras. Y le veo señalándome, riéndose de mí por el tamaño de mis gafas, lo pasado de moda de mi ropa, llamándome cosas que había olvidado que me llamaban, haciéndome burla desde el otro lado de la acera. Sigo sin recordar su nombre, pero le recuerdo a él. Vaya si le recuerdo.
Levanto de nuevo la vista. Él sigue con los ojos fijos en sus folios llenos de gráficos y números. Me muestra lo alto de la cabeza, todo inclinado sobre sus apuntes, y veo un repecho perfectamente redondo libre de pelo en plena coronilla. Sus entradas también son de juzgado de guardia, y no me extraña, vista la manera que tiene de tirarse de los pelos mientras estudia. Las gafas de culo de vaso, de pasta marrón y muy pasadas de moda (¿no son las mismas que llevaba hace casi veinte años?), no consiguen disimular ni las bolsas bajo los ojos ni la mirada cansada y algo desesperada. No me mira, pero sabe que yo le observo porque sus ojos no se mueven sobre el papel. Sonrío.
Recojo mi abrigo -de marca, comprado este año, aunque eso no importa-, me cuelgo el bolso al hombro -de marca también, y no lo compré en rebajas, aunque sigue sin importar-, cargo mis libros -de la carrera que estudio porque quiero, porque puedo, porque me gusta- y salgo de la sala con paso que sé elegante, tentada, pero que muy tentada, de darle una colleja en ese principio de calvicie en plena coronilla que le ha llegado antes de los treinta y cinco...


P.D: No me olvido. 21 de febrero:
-Bonito eclipse.
-Harry hablará castellano en apenas media hora.
-Happy birthday, Alan Rickman. I truly, madly, deeply hope you have a harry birthday and finish it off with a snowcake. Your die hard fan, Ruth.

¿Que significa?

(Kit-kat: ¿Alguien sabe por qué blogger no me deja poner tildes en el título? Que yo sólo quiero quitar las que no deben estar, no todas...)

¿Qué significa exactamente que España no reconozca Kosovo? Quiero decir, ¿en qué me afecta a mí y en qué les afecta a los kosovares? ¿Es que en España se va a enseñar Europa con un país menos? ¿Es que a los kosovares les importa?
Yo es que hay cosas que no entiendo, y por eso pregunto.

21 de febrero

Estoy deseando que llegue este día, es una bonita fecha:

-Sale a la venta en castellano "Harry Potter y las Reliquias de la Muerte".
-En la madrugada del 20 al 21 hay un eclipse lunar completo.
-Alan Rickman cumple sesenta y dos añazos.

Hasta la Luna se rige por el calendario potteriano...

C.A.P.A.T.O.


En todas las familias hay una oveja negra. Los Kennedy tienen a Swatchenagger (o como quiera que se escriba), los reyes al conde Lequio, los Pajares... Los Pajares son todos negros, pero no viene a cuento. En mi familia, la oveja negra es mi hermano.
Y no porque sea mala persona, que yo le quiero mucho y es un chaval muy majo y ahora es psicólogo y todo, pero es que no tiene ningún respeto por las normas ortográficas. Sí, ha quedado finalista en un concurso hace poco, pero aquí el muchacho se cree Juan Ramón Jiménez y no le da la gana escribir las cosas como mandan la RAE y el noventa y nueve por ciento de los hablantes del castellano-español. Si le corrijo una falta (que lo hago, y a menudo), él dice que no es una falta, que se está rebelando contra el sistema (no se lo voy a contar a mis alumnos porque la iba a llevar clara); igual que cuando le dices que lleva los cordones de la zapatilla sueltos. "No es que se me hayan soltado, es que no me los he atado". Porque no le da la gana. Es su manera de rebelarse (contra qué, no lo tengo tan claro).
Hoy le he dicho, por quincuagésima vez, que por favor deje de poner la tilde sobre la conjunción "o", que me duele solo verlo, que no puedo ni leer su blog porque me ataca cual daga toledana y me agujerea el iris de mala manera. Y él que no, que es su seña de identidad, que ninguna entidad le va a decir cómo tiene que escribir él si lleva toda la vida tildando la "o". Y ha creado una plataforma: P.A.T.Ó.: Plataforma de Apoyo a la Tilde en la Ó.
Así que yo he creado C.A.P.A.T.Ó: Campaña Anti Plataforma de Apoyo a la Tilde en la Ó. Os ruego que me apoyéis. Que le dejéis mensajes en el blog. Que le expliquéis que su hermana mayor, como siempre, tiene razón. Que "ambos dos" y "pienso de que" seguirán estando mal aunque lo digan miles de personas. Lo que está mal está mal. Por más campañas que hagas. Y punto.
Y por dios, Jon, átate las zapatillas de una PUTA vez...

Meme de San Valentin

Me endiña Maripuchi un meme de San Valentín, que consta de dos preguntas:

¿Qué te gustaría que te regalase tu pareja?

¿Qué le dirías al recibir este regalo?

Como mi pareja me conoce muy, pero que muy bien, si celebráramos este día me regalaría, seguro, material de dibujo, alguna novela o algún libro de poesía renacentista inglesa.
Y yo le diría, con esa voz aterciopelada y dulce que mis niños tan bien conocen: Muchas gracias, majo, ¡¡pero como te vuelvas a cagar fuera de la caja, voy a cambiar el guiso de conejo por gato a la cazuela!!

Ya sé que no se debe romper la cadena, pero hoy no paso el meme a nadie porque no me gusta esta fiesta y el día está ya casi acabado. Felicidades a todos aquellos que la celebráis.

Correo

Llegaba yo contenta a casa esta tarde, pero no tenía ni idea de lo que me estaba esperando. Viernes, final de exámenes -que encima me han salido bien-, Baskonia (txapeldun) en semifinales, parada en el supermercado para comprarme algún antojo de cena... El día perfecto, me decía, hoy por narices sólo pueden pasarme cosas buenas. Lo que no sabía yo era cuán buenas.
Llego al portal, miro el buzón y me encuentro con una carta de verdad, de esas con sello y dirección escrita a mano por una letra que reconozco como la de una de mis roommates/etxekide/compañera de piso (es que quería demostrar mi trilingüismo, del que algunos dudan) de King City. Qué será será, algún papel que ha llegado a mi nombre y necesita una rspuesta urgente, seguro. Abro el sobre mientras subo, y a la altura de la puerta del primer piso tengo que ahogar un grito porque me encuentro con esto:



Que, para el que no se haya dado cuenta, es un autógrafo de Hugh Grant, MI Hugh Grant, de su puño y letra y con la tinta un poco corrida (uy, el chiste completamente inapropiado que se me ocurre aquí). Corro escaleras arriba, abro la puerta como puedo, tiro todo lo que llevo en las manos y cojo una funda transparente, no vaya a ser que intoxique la foto con mi grasa corporal. Todo esto sin quitarme el abrigo, con la mochila a la espalda y el gato mirándome con el lomo arqueado. Hala, llega cualquier mindunguis de ojos azules y te olvidas de mí, parece decirme.
Y entonces me doy cuenta: Hugh Grant ha tocado esta foto. Dios mío, esta foto tiene su ADN. Seguro que si se lo llevo a uno de los del CSI son capaces de sacarme un rastro, por minúculo que sea, de Hugh Grant. Y entonces, si la ciencia adelanta un montón -pero que un montón, montón-, quizás en el futuro pueda fabricarme mi propio Hugh. Y, como éste será más joven, no tendrá patas de gallo, ni le partirán las arrugas la mejilla en dos cuando sonría, ni tendrá los ojos cada vez más caídos... Y, quién sabe, quizás a la copia no le ponga la reina de Inglaterra...
Lo he colgado en el corcho que tengo al lado del ordenador, lo que significa que poco voy a trabajar porque me estoy dedicando a babear como una tonta. Menos mal que he terminado los examenes...
(Dios, qué asco de teclado se me ha quedado.)

Bas-ko-nia!!



¡¡Traraláralaráralará!!



Empieza el espectáculo...

Diario

Madrugo como todas las mañanas, aunque no voy a trabajar; el Gobierno Vasco ha tenido a bien darme cinco días de permiso para hacer mis exámenes y con eso el señor Ibarretxe se ha asegurado mi voto en las próximas elecciones. Desayuno, doy de comer al gato, cargo con la mochila y me voy a la biblioteca. En casa es imposible estudiar: entre el gato, Internet y el frigorífico, no doy palo al agua.
Entro en la biblioteca a la misma hora que los niños. Curiosamente, como está al lado de la ikastola, les veo ir a clase: uno corre para no llegar tarde, la otra se bambolea con ritmo caribeño sin ninguna gana de llegar a tiempo (todas las excusas que me ha dado hasta ahora se han desvanecido en un instante). Cuatro o cinco horas de estudio silencioso, de recogimiento absoluto. Me concentro tanto, lo disfruto de tal manera, que se va la mañana mucho más rápido que si hubiera estado trabajando. Voy a casa a comer y vuelta al centro. Llega la hora de la verdad.
El examen es fácil y lo bordo. Salgo con un humor excelente, llego a casa y poco hago, estoy demasiado contenta. Como la asignatura de mañana es sencilla, decido ir a dibujo a pelearme con la tinta china en vez de quedarme sumergida entre libros. La profesora dice que mis dibujos parecen cubistas; es una forma como otra cualquiera de decirme que son una mierda, pero no me importa. Me lo paso pipa manchando el papel con agua sucia, aunque luego tire el resultado a la basura. La semana que viene, esa en la que no pienso acercarme a menos de cien metros de un libro, practicaré un poco.
Vuelvo a casa y miro el correo. Una de mis alumnas me ha escrito un email. La semana pasada, la bertsolari Oihane Perea, que nos da clase de bertsolaritza (y digo nos porque yo estoy aprendiendo un montón), presentó unos bertsos de los chavales a un concurso, dejándoles bien claro que era muy difícil que quedaran finalistas. La del email lo ha hecho, y se acaba de enterar. Tres en toda Vitoria y ella es una de ellos. Quería decírmelo cuanto antes, porque no voy a estar esta semana y la entrega de premios es el sábado. Yo hasta me emociono, así que ella tiene que estar como una moto. Le da mucha vergüenza cantar en público, me dice. Y al final, como postdata, "con la andereño nueva bien, pero contigo mejor". ¿Me iré a echar a llorar?
Ceno, enciendo la tele, me río con el Wyoming y me dejo comer el coco por lo primero que emiten. Y luego a la cama, que mañana hay que madrugar. Dan buen tiempo. Hace falta que llueva, pero no me avergüenza decir que me gusta el sol.
Buen mes, éste, febrero...

Desapego

Llevo casi dos años viviendo ininterrumpidamente en mi casa, más dos o tres meses discontinuos el año anterior, y todavía no les he visto la cara a todos mis vecinos. Conozco -de vista, no sé cómo se llaman- a los de abajo, los de al lado y los de arriba; tengo ojeadas un par de niñas que gritan como posesas por las escaleras todas las tardes sobre las siete y hay un vecino que tiene un perro del tamaño de un caballo en un piso de setenta metros cuadrados, pero el resto son sólo caras que me cruzo en la escalera y que pueden ser vecinos, amigos, novios o cobradores del gas. No sé cuándo entran, cuándo salen, en qué trabajan, a qué se dedican en su tiempo libre, a qué hora bajan la basura, a qué colegio llevan a sus hijos. Y ellos no tienen ni idea de quién soy yo. Si me pasara algo, se enterarían mis padres cuando al día siguiente no fuera a comer, pero mis vecinos no.
En el portal de mis padres, después de tantos años viviendo allí, conozco a todos por sus apellidos y por el piso en el que viven, pero cuando hablo de ellos me refiero a los vecinos en otros términos. Está el marino, el de la Telefónica, la del cuarto, el cristalero, la abuela de ese al que le di yo clase... Y, por supuesto, la cotilla. Todos los portales tienen una cotilla (menos el mío, parece ser, aunque sospecho de la de arriba). La de mis padres es la típica mujer que sabe perfectamente dónde fuiste ayer, a qué hora, por qué, con quién y, si me apuras, hasta si volverás. Es la primera persona a la que le preguntas si sabe dónde están tus llaves -porque seguro que lo sabe, aunque te las hayas dejado en casa-, la que sabe si el vecino del sexto estará en casa a las siete para hablarle de la mancha de humedad que ella ya sabe que te ha salido en el baño, la que sube corriendo a decirte que tu hermano está saliendo por televisión. Es la mujer que, si no sabe algo, te pregunta directamente. "Hace mucho que no veo a tu padre, ¿qué tal anda?", "tú ya has vuelto de las Américas, ¿no? Y a comer en casa de tus padres, ¿eh?" Vamos, es la memoria histórica de la escalera.
Hace unos meses, al vecino de al lado, un hombre ya mayor, le ingresaron en el hospital. Su mujer les comentó a mis padres que estaba bastante pachucho y que de momento no le dejaban volver a casa, que ella se pasaba el día en el hospital. Semanas más tarde, mi padre se la encontró en el ascensor y le preguntó por su marido. "Murió hace un mes". Ni nos habíamos enterado.
Estas Navidades, mi madre me comentó que le daba pena la vecina, que no tenía familia y no sabía con quién iba a pasar las fiestas. El día antes de Nochebuena, subí a casa de mis padres por la escalera para ir quemando lo que sabía que iba a engullir en los próximos días y vi a "la cotilla" hablando con su nieto en la puerta de su casa, que llevaba una bandeja con lo que parecían pastas. "Es la puerta de la derecha. Dile que mañana sobre las nueve, y le das un beso". El crío subió pitando y ella se quedó en la puerta escuchando la conversación.
Ahora, el marino sigue siendo el marino, el de la Telefónica trabajará allí toda su vida aunque se jubile o cambie de trabajo, y el cristalero no puede tener otro nombre. Pero "la cotilla" ya no existe. Ahora decimos la del cuarto o la llamamos por su nombre. Y no nos importa pararnos y contarle nuestra vida en verso.

Cameron Diaz y una ultima voluntad


Vaya por delante que esta chica no me cae demasiado bien. Me da la impresión de que tiene la cabeza llena de pájaros y que es más tonta en persona que los personajes que suele encarnar. Pero ayer leí una noticia que hizo que se me cayera la boca hasta el suelo y no puedo menos que sentirme mal por ella.
Un niño enfermo de leucemia que sabe que morirá pronto ha pedido una mamada de la actriz como última voluntad. Cameron se ha negado y los padres la están poniendo, irónicamente, de puta para arriba. Que no piden tanto. Que es una creída y una desalmada. Que no le cuesta nada.
¿Soy yo la única que piensa que los padres están equivocados? ¿A alguien más le parece una barrabasada que se pida algo así? Además, si al niño le va a dar igual que se la haga Cameron Díaz que una prostituta de pago, ¡si no le va a ver la cara! Porque estoy segura de que si le llega a pedir una cena romántica o ir a visitarla a un set de rodaje, ella habría dicho que sí. ¿¡Pero una mamada!? ¿Acaso mi corazón está atrofiado por sentirme mal por Cameron Diaz?
Y la cosa es que miro la foto del chaval y le veo tal cara de vicioso asqueroso, que hasta por un momento se me olvida lo que está pasando el pobre...

Sociedad cambiante

Llevo sintiéndome pesimista un par de semanas. Poner la tele me aterra; oír despotricar a los curas me deprime; que un hombre que mató a un chaval tenga los santos cojones de pedir dinero a la familia del crío, me cabrea. Y, sobre todo, me acojona sobre manera que el PP pueda ganar las elecciones. Porque, por más que las encuestas digan lo contrario, tal y como está la sociedad de revuelta veo la posiblidad. Y yo no quiero que Rajoy me mande.
Hoy hemos hecho la fiesta de carnavales en la ikastola, y me he animado un poco. No porque haya sido especialmente divertida -que lo ha sido, pero más agotadora que otra cosa-, sino porque he visto un par de luces de esperanza en los disfraces y la temática de las obras de los chavales. De primero a cuarto, los temas han sido los típicos: payasos, piratas, gatos y demonios, muy salados, bailando con sus andereños. Los de quinto y sexto tenían temática propia, currada por ellos, con las profesoras a un margen (menos yo, que tengo que ser siempre la prota de todos los saraos; es que yo iba para actriz, pero como no daba el físico me metí maestra).
Unos han hecho de gamberros que ensucian la calle y la policía que les persigue. Otros, el choque cultural entre unos grafiteros y unos abuelos saliendo de misa que se enfrentan a ellos hasta que se dan cuenta de que el grafiti era una preciosa pintada sobre la naturaleza. Por supuesto, no han faltado los estereotipos, como los jugadores de hockey -todos chicos- y sus animadoras -todas chicas-, o el desfile de modelos en el que, al menos, las que mejor lo hacían eran las feas (porque me lo han dicho ellas, que yo no las he distinguido). Después de la banda de roqueros de la que no he visto nada, hemos ido nosotros. Y hemos sido los mejores, por supuesto.
Un grupo de varios matrimonios se reúne en una taberna del Gasteiz del siglo doce. El monje, borracho perdido, bendice a todos (ego te absolvo in nomine pater, et fili, et... cétera), los borrachos piden más vino y los hombres coquetean y alardean de su bravura con las camareras, que pasan de ellos por ridículos y prefieren atender a sus mujeres, que les miran de lejos y discuten sobre cuál de ellos es más tonto. Una banda de ladrones y ladronas ataca la taberna y roba el dinero de todos. Intentan secuestrar a las mujeres, pero ellas se defienden estilo Mátrix y terminan llevándose a los hombres, que lloran como niños pequeños. Las mujeres, acompañadas por las camareras, van a recuperar su dinero y, de paso y de mala gana, a rescatar a sus maridos (los borrachos y el monje se ofrecen a ir, pero después de acabarse la última jarra de cerveza). Al volver a la taberna, los hombres se dedican a limpiar y las mujeres a beber y celebrar su hazaña. El monje... El monje grita un amén coreado por todos y cae rendido al suelo.
Jamás habría podido hacer algo así en Estados Unidos, es demasiado políticamente incorrecta. ¿Fomentar el alcoholismo? ¿Meterse con la religión? ¿Violencia? No, no, no... Baile casto y puro, con una canción que no diga tacos y sin mover mucho el culo, gracias. Todos los padres que han ido a ver la obra han dicho lo estupenda y fantástica que ha sido y lo mucho que se han reído. Y entonces me he dado cuenta de que es imposible que gane Rajoy, y que, aunque ganara, no podría cambiar todo lo que algunos estamos avanzando, mal que les pese a otros.

(El año que viene voy a vestirlos a la mitad de la clase de Rajoy, Zaplana, Esperanza Aguirre y Acebes; la otra mitad será del PSOE y les dará pal pelo. Me da a mí que esa obra no iba a gustar tanto...)

2. Castilla, islote linguistico

La portada de mi libro "Lengua española para filología inglesa" dirá lo que quiera, pero yo creo que hay capítulos escritos por el mismísimo Rajoy. Para muestra, un botón.

En la libertad nació la lengua, era el lema de la celebración del milenario de la lengua española, y es que el castellano era y es una koiné, una lengua de todos y de nadie cuyo empleo no implicaba ni implica adscripción nacional alguna ni antes ni ahora; ni en España ni más tarde en el continente americano donde los hablantes son conscientes de su mestizaje y de que comparten una lengua común, nunca impuesta por los colonizadores.

Y al lado, cual glosa emilianense, mi nota: ja, ja, ja...

La culpa es del euribor

La subida del euribor está cambiando el estilo de vida de muchas personas. Yo empecé a cambiarla con cosas pequeñas; primero fueron las bombillas de bajo consumo, aunque eso fue más por el calentamiento global que por la factura de la luz (antes, claro; ahora me arrimo a la bombilla de la lámpara de la sala para leer, que es la que menos consume, y veo la tele a oscuras); luego empecé a reducir el consumo de calefacción (chándal de felpa y mantita por los hombros, y duchas rápidas con el radiador al mínimo, que no hay que derrochar); y, por último, he tenido que sacrificar ancho de banda. He reducido la velocidad de Internet.
No es que me ahorre mucho, apenas son diez euros al mes (los muy capullos lo han hecho de forma que no puedas renunciar al teléfono sin renunciar a la tele, y yo sin House no sé vivir), pero me animo pensando que son ciento veinte euros al año que puedo gastar en un curso de macramé o material de dibujo, aunque seguramente terminarán yendo a la hipoteca, si sigue subiendo a este ritmo. Llamé a la compañía la semana pasada. "En 72 horas, desconecte el router y vuélvalo a encender". Por supuesto, no me acordé hasta ayer.
Estaba yo leyendo "Los cuentos de Canterbury" en inglés moderno en una página de Internet cuando me acordé. Sábado por la noche y se me ocurre desconectar el bicho. Por supuesto, cuando fui a ponerlo otra vez, no funcionaba. Reinicio el ordenador, le doy mil vueltas al airport, pongo velas alrededor del portátil... Nada, no tira. La única solución es llamar al teléfono de averías de la compañía telefónica, pero si no me cogen el teléfono un miércoles por la tarde, dudo yo que me lo vayan a coger un sábado por la noche. Para mi sorpresa, en veinte segundos -sí, segundos, no minutos- tenía un operador en línea.
-A ver, dígame por favor qué tipo de router tiene.
El ordenador y yo estamos en la sala, el router en el despacho. Voy corriendo a la otra habitación y se lo digo.
-¿Tiene usted el ordenador encendido? Apáguelo, por favor.
Carrerita por el breve pasillo hasta la sala. El gato, encantado con el nuevo juego, corriendo detrás de mí.
-Ahora desconecte los cables del router en el orden que yo le voy indicando.
Nueva carrerita, porque el tío habla a velocidad de relámpago. Desconecto todo lo que me dice.
-Y ahora encienda de nuevo el equipo.
Otra vez para la sala. Y, según salgo del despacho como alma que lleva el diablo, el gato se me cuela entre los pies y ¡¡¡PATAPÚÚÚÚÚM!!! El teléfono sale volando, yo me encuentro con los dos pies fuera del contacto con el suelo a la vez y termino en el ídem cuan larga soy, rozando mientras caigo la pared de gotelé del pasillo con toda la parte izquierda de mi cuerpo. Increíblemente, de mi boca no sale ni un "ay", el teléfono no se ha roto y el operador no se ha enterado de nada.
-... y cuando tenga usted el ordenador encendido, vuelva a conectar...
-Un momento, por favor -logro articular, mientras me pongo de pie y arrastro mi rodilla herida y veo brotar la sangre de mi codo izquierdo a través de la chaqueta del chándal. El gato, todos los pelos del cuerpo en alto y la cola tres veces más ancha de lo normal, me mira con las uñas fuera. Enciendo el ordenador -portátil, os recuerdo-, lo cojo como puedo y lo llevo al despacho. Lo que tenía que haber hecho desde el principio, ya.
Dos minutos más tarde tengo Internet. Es colgar al tío de Euskaltel y ponerme a soltar redioses y "sauroncomotepillemevoyahacerunpardecalcetinescontupellejo". Busco al gato y lo encuentro en una esquina del pasillo, acojonado pero ileso, tembloroso y cagadito de miedo. Y entonces me doy cuenta de que, si no llega a tener sus reflejos felinos y me llego a caer encima de él, hoy no tendría gato. Y el brazo me duele un poco menos.
Mecagüen el banco central europeo.

Milagros, en Lourdes


Magisterio es una carrera demasiado fácil. Cualquiera con un nivel medio de lectura puede aprobarla, sin ir a clase y sin esforzarse en absoluto. Da igual que te guste la enseñanza, que se te den bien los niños, que sepas lo que estás haciendo: si eres capaz de estudiarte veinte páginas por asignatura, eres capaz de sacarte la carrera. Al menos, así era en mi tiempo. ¿Ingeniería? Para listos. ¿Magisterio? Para tontos. Cualquiera puede enseñar.
Por supuesto, luego una llega al aula con amplios conocimientos de las matemáticas de primaria, pero sin saber enseñarlas. Cuando yo era niña, con un maniquí que dijera "abrid el libro por la página 35, leed y haced los ejercicios", probablemente bastaba (por suerte, a mí no me tocó ninguno de esos, yo fui a una ikastola ilegal donde los profes que estaban allí lo estaban por convencimiento), pero hoy en día no vale. ¿Qué se hace con el inmigrante que no habla el idioma de la clase? ¿Qué se hace con los hijos de las familias desestructuradas que no se pueden concentrar en clase porque no saben en casa de quién van a dormir esa noche? ¿Qué se hace con un niño violento que ha atacado a cuatro profesoras y sólo tiene visos de ir a peor?
A los maestros y maestras de hoy en día (debería decir sólo maestras, que somos mayoría aplastante) nos faltan estrategias para lidiar con los cambios sociológicos que se están dando a nuestro alrededor. No sabemos educar a la nueva remesa de alumnos que nos llegan, no sabemos enfrentarnos a sus problemas. De poco me sirve a mí saberme el currículum, o qué es un contenido procedimental o un actitudinal, si no puedo mantener la atención de mis alumnos o si todo lo que digo les importa un pimiento. Ya no vale aquello de "como te portes mal, voy a llamar a tus padres", porque para padres que no ven a sus hijos/as más que un par de horas al día (con suerte), sus hijos son unos santos. O, en el mejor de los casos, quieren ayudarte pero no tienen ni tiempo ni medios. También les faltan estrategias. Y quieren que las maestras les digan qué hacer con sus hijos. Soy buena, oiga, pero no tanto.
Si yo mandara, cuántas cosas cambiaría (si yo tuviera una escoba...). Obligaría a todos los profesores a hacer cursos de reciclaje, a ponerse al día en nuevas tecnologías, a asistir a seminarios de todo tipo y color (aquí se ofertan cursos muy buenos, completamente gratuitos, que no suelen salir por falta de interés de los participantes). Educación afectivo-sexual, culturas extranjeras, mediación ante conflictos, psicología... Alargaría la carrera de magisterio y la convertiría en la gemela de la carrera de medicina, con años de prácticas (pagadas, claro) con un mentor (profesora con cierto prestigio, escogida por la administración) que te vaya guiando los primeros años. Obligaría a la jubilación anticipada con reducción de sueldo a todo carcamal que no quisiera reciclarse. Incentivaría a aquellos que se formaran por su cuenta. Si yo mandara... ¡Ay, si yo mandara!

(Y, por supuesto, también daría tirones de orejas a aquellos padres y madres que dejaran bajo la responsabilidad de la maestra el formar a sus hijos/as como ciudadanos/as. Collejas a aquellos que no vinieran a las reuniones de padres, que no alimentaran a sus hijos/as como es debido, que maltrataran, que hicieran de los chavales el centro de sus iras. Y a la administración que permite que un chaval esté en un ambiente envenenado a pesar de los ruegos del centro de que se saque a ese crío de su casa, que tiene que escuchar que un alumno ha sido llevado al hospital con un ataque de nervios para abrir una investigación a pesar de todas las peticiones del centro, que espera a que haya una agresión física para mandar a una ayudante...)

Saber escuchar

Estábamos leyendo un texto en lengua sobre cómo enriquecer un debate. Una niña se echa a reír y me dice:
-Ruth, cada vez que veo lo de enriquecer, me acuerdo del anuncio del Avecrém.
Y otro le salta:
-Pues yo, de mi primo Enrique.
Yo, que siempre pienso en voz alta, comento que quién sabe, quizás alguna vez los dos vocablos tuvieron algo que ver, que igual están etimológicamente unidos (pero sin usar semejante palabro, que si no los pierdo). Y A., que se sienta atrás y que tiene las salidas más cachondas del mundo, nos mira con cara de incredulidad y suelta:
-¿Cómo? ¿Que Enrique viene de Avecrém?