Mujeres en serie: Suits



Cuando los angloparlantes inventaron el concepto de "guilty pleasure" (así, en inglés, porque lo de "placer culpable" como que no queda igual), estoy segura de que estaban hablando de esta serie. Encefalograma más profundo que plano, tíos buenos como única excusa válida para engancharse a la serie y diálogos servidos a la misma velocidad que los de Las Chicas Gilmore, con la diferencia de que a mí me ponen más Mike Ross (Patrick J. Adams) y Harvey Specter (Gabriel Macht), con todo lo que me gustan Lorelay y Rori. Tramas facilonas, líos de faldas, problemas de conciencia y casos más o menos interesantes como excusa para llevar adelante el capítulo. ¿Os suena? Sí, es Ally McBeal con más testosterona. Demos gracias.



Harvey Specter es un abogado al que le gusta saltarse las normas, inteligente y -por supuesto- guapo y elegante, a quien no le asusta arriesgar su pellejo ya no por el rédito económico, sino solo por la aventura. Su jefa, Jessica Pearson (Gina Torres y la razón por la que empecé a ver la serie), le dice un día que tiene que encargarse de contratar a un nuevo fichaje; su firma solo contrata licenciados en Harvard y allá que se va Harvey a aguantar a los pesados que se plantan en su despacho. Pero en una de estas aparece Mike Ross, un veinteañero con una maleta llena de marihuana que iba a hacer un "recado" para un amigo y a quien están a punto de pillar. Se esconde en la oficina de Harvey, a quien inmediatamente cae bien. Hablan, y Mike le explica que es un genio con memoria fotográfica, que ha pasado el examen del BAR varias veces (por encargo y bajo pago; vamos, que es un estafador de primera), y que la única razón por la que no tiene un título es porque su abuela, que lo crió, no tenía manera de llevarlo a la universidad. El flechazo es instantáneo y Harvey, cómo no, contrata a este chico sin título que se sabe la ley mejor que él. Ya tenemos bromance. 


Las historias giran normalmente alrededor de estos dos personajes principales, pero también hay una serie de secundarios que, casualidad, suelen ser mujeres (a excepción de Louis, probablemente el mejor actor del reparto y el más feo de toda la televisión estadounidense). Jessica es la jefa, la máxima autoridad de la empresa y uno de los personajes femeninos que más me gusta ahora mismo en la televisión. Con su metro ochenta de altura, Gina Torres está condenada a interpretar siempre a mujeres fuertes y de carácter (de nuevo, demos gracias) e incluso he leído por ahí que estarían pensando en ella para hacer de Wonder Woman (lo de amazona le va que ni pintado, la verdad). En este caso, Jessica es una jefa comprensiva que lleva a los suyos con mano férrea pero no inflexible, sumamente inteligente y que, atención, no usa su físico para salirse con la suya. De hecho, ni siquiera hay tensión sexual entre ella y ninguno de sus subordinados; los guionistas han creado un personaje que consigue ser complementario de Harvey, pero a su vez tan alejado de él que es imposible imaginarlos juntos en una relación. Si hay algo que me encanta de esta actriz es esa habilidad que ya demostró en Firefly para participar en unos diálogos cargados de dobles sentidos y hacer que te quedes con cara de "espera, eso era una broma, ¿no?" y nunca termines de estar segura. Mi frase favorita hasta ahora fue la que dio fin a una pequeña discusión con Harvey: "But the really important thing is that I'm taller than you". Y tiene razón, claro.

(Ni un maldito vídeo he encontrado en el que se pueda oír un diálogo entre Jessica y Harvey. Parece ser que a la única a la que le parece que no hay tensión sexual es a mí, porque todos los shippers están intentando liarlos con cancioncitas ñoñas.)

Harvey tiene otra gran mujer cubriéndole las espaldas, su secretaria Donna Paulsen (Sarah Rafferty), una mujer con el mismo humor que su jefe, divertidísima, muy inteligente y que conoce a Harvey mejor que él mismo (por algo lleva décadas trabajando junto a él). Este personaje estaría a la misma altura que el de Jessica Pearson si no fuera por el detalle de que ella sí usa su sexualidad y su físico para conseguir lo que quiere. Aunque de momento no ha saltado la chispa entre ella y Harvey, me temo que en este caso sí la van a provocar; en un capítulo, alguien le pregunta por qué no se ha acostado nunca con él y ella contesta "porque cambiaría las cosas". No porque no le guste, no porque no quiera. O sea, rollito a la vista. Esperemos que tarde, porque lo que más me gusta de ella es su picardía y esa conexión platónica con su jefe que hace que te mueras de risa con una sola mirada.
























Eso en lo que respecta a las "mujeres de Harvey", porque cuando pasamos a las de Mike Ross, la serie ya se va a tomar por culo en lo que a personajes femeninos complejos y con tramas elaboradas se refiere. Que sí, que Mike está muy bueno, que tiene un aire de niño despistado que hace que una quiera achucharle y enseñarle dónde está el váter, que tiene un corazón de oro y la única razón de que haya cogido el trabajo es para que su abuela esté bien atendida, pero lo de ponerle a una morena y una rubia detrás para provocar una innecesaria tensión romántica me parece demasiado. Una es la novia de su mejor amigo (que para tener amigos como ese, mejor no), a quien pintan tan tonta y tan sosa que te da hasta pena y ya la quieres con Mike porque qué va a hacer la pobre si no; la otra es una compañera de trabajo con la que el flirteo dura la primera temporada entera y con quien está claro desde el principio que va a acabar, porque la chica, admitámoslo, es mucho más mona, más lista, más compleja y cae mucho mejor que la rubia (y si no, ved la cantidad de vídeos ñoños que han hecho con ambos). Lo único bueno que se puede decir de este triángulo es que ninguna de las dos se echa al cuello de la otra y las dos terminan culpando a Mike por jugar con ellas. Por supuesto, la historia está escrita de tal manera para que digas "sí, jo, pero pobre Mike, con lo bueno y majete que es", porque no olvidemos que el prota es él, pero lo cierto es que se marca un perro del hortelano que da gusto verle.

Como digo, una serie facilona, de una sola temporada y trece capítulos (ya ha empezado la segunda, habrá que ver cómo sigue), perfecta para esos días tontos que no sabes qué ver. Chapó a los guionistas por los diálogos rápidos, chapó a Patrick J. Adams por su frescura y su puntito diferente (para mí el descubrimiento de la temporada) y suspenso bajo al que se le ocurrió lo del triángulo amoroso. En resumen: cuándo llega el jueves para ver el siguiente capítulo.

P.D: Parece que el buen rollito entre los personajes se debe al buen ambiente entre los actores y actrices, porque anda que no se lo pasan bien los condenados.

Mujeres en serie: House of Lies


Llega el verano, llega el sol y la jornada de mañana, llega la sequía imaginativa y el cansancio de fin de curso, y yo me pongo delante de la tele con el cerebro en off y las manos doloridas de tanto coser (por tenerlas ocupadas mientras veo la tele, así no como compulsivamente) y me trago series enteras desde el primer capítulo. Por suerte (o desgracia, depende), las de este año están siendo cortitas porque solo tienen una o dos temporadas, y encima no sé qué he hecho que he elegido las que solo tienen trece capítulos por temporada. No veáis lo que me ha dolido terminar alguna de ellas.

Una de las que mayor mono me ha causado ha sido House of Lies. Empecé a verla porque, cómo no, mi queridísima Veronica Mars estaba en ella, pero ya en el primer capítulo me di cuenta de que esta serie poco tenía que ver con aquella detective adolescente, por más que Kristen Bell no haya cambiado un ápice. Esta serie habla de un equipo de consultores cuyo trabajo consiste en hacer que las empresas que les contraten aumenten beneficios. Ellos analizan sus necesidades y les dicen qué tienen que cambiar para conseguir mejorar, en un mundo en el que el perro grande se come al chico y el que más dinero gana es el más cabrón de todos. El sexo juega un importante papel en todas las negociaciones, hasta el punto de ser una moneda de cambio más y que muchas de las transacciones dependan de quién ata a quién en la cama. O sea, una serie corporativa de cable americano más.



Pero quien hace grande a esta serie es su personaje principal, Marty Kaan, personificado por un Don Cheadle al que servidora nunca había prestado mucha atención pero que ahora se ha convertido en uno de mis actores favoritos. Marty no tiene escrúpulos, es un negociador nato, vendería a su padre y a su hijo por un buen trato (o eso parece), se acuesta con todo lo que se menea (y no precisamente porque su trabajo se lo exija), se lleva por delante todo lo que se ponga entre él y su objetivo. Por supuesto, es el personaje del que te enamoras desde el primer capítulo, porque qué gracia tendría la serie si no te gustara el protagonista. Su hijo de doce años consigue mostrar su lado más humano y familiar (el mejor actor de toda la serie, mundial el niño, impresionante), y su padre, terapeuta, trata de ayudar en lo que puede y que el suicidio de su mujer cuando Marty era pequeño no afecte a su hijo como sabe que le afecta. Junto a Marty, Clyde y Doug son el alivio cómico de un equipo que pasa más horas trabajando que con sus familias. Y luego está Jeanie (Kristen Bell), la mujer simbólica, el contrapunto de Marty. O no.

(Mi escena favorita. Impresionante.)

Cuando empecé a ver la serie, como ya he dicho, mi flechazo con Marty fue instantáneo. Su exmujer me parecía una zorra inhumana, mala pécora y putón berbenero, y todo aquel que fuera contra Marty merecía lo peor que los guionistas pudieran idear para él o ella. Marty se pasa la serie haciendo daño a diestro y siniestro, incluida a una novia a quien su hijo adora y el espectador no menos, pero "es porque no puede evitarlo", "su trabajo se lo exige", "sí, podría prestar un poco más de atención a su hijo, pero él es un profesional y su carrera es importante", "parece malo pero en el fondo tiene un corazón de oro, si ella hubiera esperado, si le hubiera escuchado, si hubiera sido paciente..." Y entonces me di cuenta del golazo que me habían metido. El cliché más antiguo del mundo de nuevo en acción y yo picando como una pichona: el chico malo al que todas queremos cambiar y que esperamos que nos diga lo mucho que nos quiere. Ruth 0, guionistas 1.



Junto a él, Jeanie va a aprendiendo de su mentor. Guarda su relación con un poderoso heredero en secreto para que sus compañeros no lo asusten, incluso después de haber aceptado casarse con él. Tiene líos de una noche para parar un tren y termina acostándose con su jefe, quien le promete el oro y el moro (igualito que las poderosas que se acuestan con Marty le prometen a él). Y aquí la menda, en su infinita estulticia, pensó: qué pendón, la Jeanie, ya le vale, mira que acostarse con todos, pobre novio, vaya fresca, a ver si sienta la cabeza... Hasta que me di cuenta de que Jeanie era exactamente igual que Marty en versión femenina y que me habían vuelto a colar otro golazo: el doble rasero. Ruth 0, guionistas 2. Y no solo con Jeanie, sino con la ex de Marty, a quien una odia desde el principio por ser egoísta, ególatra, agresiva, drogadicta, competitiva... Exactamente igual que Marty. Ruth 0, guionistas 3. Goleada.



House of Lies se convirtió en una de mis series favoritas casi desde el primer capítulo, y no solo por unos personajes muy bien delineados, sino por la estética y la producción de cada capítulo. Los planos en los que todo está quieto menos Marty hablando a la cámara son una pequeña obra de arte (¿cómo coño lo hacen?) y, no nos engañemos, el hecho de que el culo desnudo de Don Cheadle aparezca en casi cada capítulo también ayuda. Ha conseguido sacarme los colores y darme cuenta de que incluso yo, que voy de feminista y de igualdad entre géneros y bla, bla, reblá, también caigo como una tonta cuando me venden la moto del hombre poderoso con el corazón escondido. Y no tengo a nadie a quien culpar, más que a mí misma.

De misóginos y otras cuitas

Anita Sarkeesian es una feminista que mantiene un blog (quizás sería mejor decir "vlog") donde habla sobre la misoginia en la cultura popular, ya sea en películas, series de televisión, libros, video juegos y demás. Suele hacer unos vídeos estupendos sobre clichés que se dan en televisión, o denuncia determinadas tendencias en películas contemporáneas, no solo sobre el papel de la mujer sino también en cuestión de estereotipos raciales; su vídeo sobre el papel de las mujeres en las películas galardonadas con un Óscar es de, ejém, Óscar. Yo la encontré por casualidad porque alguien puso un vídeo suyo en Facebook y en seguida me enganché. El noventa por ciento de las veces estoy de acuerdo con ella, aunque también ha habido veces en las que creo que su mirada anglo-centrista la ha traicionado (yo también creo que usamos el lenguaje de forma machista, pero cuando se refiere a la palabra "humanity" como machista porque tiene la raíz "man" en ella, quiero gritar). Aún así, Anita siempre razona sus respuestas, hace una gran labor de investigación y, lo que es más raro todavía, lo hace completamente gratis. Por amor al arte, que se dice.

(Los subtítulos al castellano de este vídeo son míos, ji, ji, ji.)

Estos días, Anita ha cometido el "grave error" de meterse con los estereotipos sexistas en el mundo de los videojuegos, que a ella le encantan. De hecho, ni siquiera ha empezado todavía a hacer el vídeo de denuncia, sino que ha puesto una petición en Kickstarter (una de esas cuentas en las que la gente dona dinero para tus proyectos) para poder hacerlo. Decir que se le han echado al cuello es poco. Los ataques que está recibiendo son tan bestiales y desproporcionados, tan exagerados, tan violentos, que cualquiera diría que, no sé, ha amenazado el orden mundial con sus ideas. No entiendo de dónde viene tanto odio. No entiendo cómo una mujer sin ningún poder en absoluto puede crear un resentimiento tan fuerte. En ningún momento, en ninguno de sus vídeos, ha insultado Anita a nadie, así que los insultos que ella recibe chocan aún más por su sin sentido. Y lo de que la gente le siga en Youtube o en su blog solo para insultarla es algo que se me escapa. Si no te gusta lo que estás leyendo, ¿por qué lo haces? Si no estás de acuerdo con ella y te violentan sus opiniones (siendo como son inofensivas, porque, repito, esta mujer no tiene ningún poder, no es Oprah), ¿por qué te quedas? ¿Por qué escuchas? ¿Por qué insultas escondido en la penumbra del anonimato que da Internet? Sé valiente y haz tú un vídeo revocando (con argumentos) lo que ella dice, y entonces quizás tu opinión valga un céntimo.

Sé, o quiero pensar, que el número de ataques que ha sufrido Anita no es ni mucho menos una muestra del tipo de gente que hay ahí fuera; sé que los que destilan tanto odio tienen algún tipo de problema (no ya con las mujeres, sino así, en general), y que el anonimato de la red facilita las faltas de respeto. Aún así, me da mucha rabia, pena y una terrible impotencia que alguien que no hace más que dar su opinión reciba semejante paliza virtual, y algunos de los comentarios que he leído me dan verdadero pavor. Os dejo un par de joyas traducidas, para que os hagáis una idea:

"Espero que cojas un cáncer".

"Que os follen, jodidas feministas, ya tenéis igualdad. De hecho, lo tenéis mejor que la mayoría de los hombres, alégrate de lo que tienes, zorra. Y si quieres igualdad, así hablamos a los hombres también, así que que te jodan, maricón... digo lesbiana."

"Vuelve a la cocina y si no te gusta, haz tus propios video juegos".

Uno de mis favoritos (y más peligrosos):

"Esta mujer tiene ascendencia judía. Mis bases: fenotipo facial, especialmente ojos y boca, la nariz es secundaria. Curioso, Rosa Luxemburgo también era judía, Emma G. también, todas feministas. La crítica teórica fomenta la destrucción de la cultura occidental (también se ha extendido a Japón, Africa del Norte y partes del oeste asiático). Es una enemiga de Occidente, una traidora al país en el que vive".

Podría seguir, pero me hierve la sangre.

Espero que el post sirva para ayuda a Anita y darla a conocer, aunque solo sea a una persona. A mí personalmente me encanta, y aunque no fuera así tampoco me gustaría que se metieran con ella de la forma en que lo hacen. Si tienes una opinión distinta, exponla, pero no insultes. Y si el dueño o dueña del blog insulta u ofende, denuncia. Así de fácil.

PD: No veáis lo difícil que se me ha hecho escribir este post sin insultar a nadie...

De trabajos ideales y porque soñar es gratis

Con eso de los recortes y lo de que cuando veas las barbas de tu vecino cortar (nunca mejor dicho) pongas las tuyas a remojar, y a pesar de que -en teoría- tengo el trabajo asegurado para el resto de mi vida, estos días me he puesto a pensar en qué me gustaría ser si por cualquier cosa no pudiera ser profesora. Y, ya puestos a pedir, me he puesto a pensar en qué línea de trabajo de esos que se gana un porrón y medio me gustaría especializarme.


Por ejemplo, podría ser abogada. Pero no de esas de oficio ni de las que defienden a las aseguradoras de coches, sino una de esas que gana una pasta gansa, como los de Suits, que me puse a ver la serie porque salía Zöe Washburne, digooooo, Gina Torres, y resulta que ahora quiero ser parte del mundillo de los abogados de alta gama. No sé si será porque todos los abogados están buenos, porque la jefa mola un huevo (para eso era la segunda de a bordo de Serenity, no te jode) o porque hablan de fianzas de millones de dólares y se apuestan diez mil dólares a ver quién se come antes un perrito caliente con la misma facilidad que yo apuesto media pela en situaciones arriesgadas. Pero luego me he puesto a pensar que qué pereza, empezar una carrera de cero (y tendría que ser en Harvard, que no vas a hacerla por la UNED si tienes intención de ganar millones, con el frío que hace por allí, quita, quita), y qué coñazo, lo de "protesto, señoría", todo el rato buscando antecedentes, con tacón y minifalda y quitándote a los moscones de encima... No sé, no termina de convencerme, aunque tengo que reconocer que el pisito de Harvey mola mazo.


Si no quiero volver a la universidad a empezar de cero, siempre puedo subir un peldaño en lo mío. Por ejemplo, meterme consultora, como Don Cheadle y mi queridísima Kristen Bell en House of Lies. La rama iba a ser distinta, porque trabajaría en educación (haberlos haylos, los he visto, existen, "consultan" en colegios para intentar mejorar los resultados de los chavales) y, aunque no es lo mismo, también ganan una pasta queloséyo. Pero luego me he acordado de cómo odiábamos a los nuestros en King City y de cómo los poníamos a parir por la espalda, y qué queréis que os diga, yo quiero un trabajo donde al menos una parte no me odie. Así que fuera, consultora tampoco.

¿Y escritora? Algunos escritores son millonarios, ¿no? Mira Castle, o mejor, mira a los escritores invitados que han llevado a Castle. Porrochocientos millones gana el Patterson, creo que se llama, o puede que me esté confundiendo. Dejémoslo en King. J.K. Rowling. Qué coño, me conformo con ser Elizabeth George, que millonaria no sé si será pero lleva casi treinta años en esto, así que mal no le irá. Y esa era profesora antes de ser escritora. Pero me da a mí que convertirme en un King o en una Rowling iba a ser casi más difícil que colarse en Harvard a los treinta y seis y conseguir trabajo en una firma de alcurnia.

Siempre puedo seguir con filología inglesa, que ya la tengo casi hecha, y hacer algún máster en adquisición de lenguas, o un doctorado, o un postgrado. Eso te tiene que hacer millonaria fijo, como a ese que... Cómo se llama... El que salía en aquella que... No, ese no era, uno que... O no, su hermano. Bueno, da igual. Que me quedo de maestra, vaya.

Anglicismos o de cómo no entenderse cuando hablamos en inglés.


Hablaba un día con unas amigas de cosas de chicas, ya sabéis, cómo cambiar una rueda del coche, dónde guardar la llave inglesa para que el marido no la encuentre y la use de martillo, esas cosas, y en una de estas empezamos a comparar reproductores de MP3 y a comentar dudas informáticas sobre los programas que usábamos para pasar los archivos. Una de ellas me preguntó algo sobre un programa que yo no conocía.

 -Yo es que uso iTunes -le dije, pronunciándolo /aitiuns/.

 -¿Lo qué? -dijo ella.

 -iTunes, ya sabes, lo de los Mac, lo de Apple -pronunciado /apol/, por supuesto.

 -¡Ah, el Itunes, lo de los Ápel! Joder, tía, es que con esa pronunsieision cualquiera te entiende... 

Vale. Captado.

Unas semanas más tarde, conversación similar en el trabajo. Escarmentada, y para ahorrarme malentendidos, le hablé a mi compañera del Itunes (/itunes/), y uno me soltó una carcajada.

 -¡Joder con la profa de inglés, vaya acento! Será iTunes, ¿no?

 Bien. Vale. Bueno.

La última ha sido hace poco, cuando el foniatra que nos da el curso para proteger la voz nos recomendó que compráramos un "Respirator" para hacer vahos, palabro que él pronunció como el anuncio de "Rastreator". Yo, obediente, fui a la farmacia y pedí un Respirator (/respireitor/).

 -¿Un qué?

 Suspiro.

 -Un cacharro de esos de plástico para hacer vahos de manzanilla.

 -Ah, sí, el Respirator -contesta el farmacéutico, poniendo mucha énfasis en la pronunciación del cacharro como /respirator/.

Cogí el chisme y salí de allí pensando en que tenía la forma perfecta para metérsela por el /ashoul/.

Dear Diary: El PAC



Llego al hospital sin tener una clara idea de hacia dónde tengo que ir.

Es festivo, los ambulatorios están cerrados y mi dolor de garganta no puede esperar los cuatro días de fiesta que me separan de mi médica (a quien, todo hay que decirlo, no guardo especial cariño de todas formas). La chica de información me indica que suba a la tercera planta con toda la amabilidad del mundo, y yo pienso en cómo ha cambiado el personal que atiende al público desde que yo era pequeña y acompañaba a mi madre a hacer este tipo de cosas. Ahora son agradables, no te tratan como si fueras estúpida por no saber lo que todo el mundo debería saber a estas alturas, hombre ya, cómo no puedes encontrar la planta de atención primaria tú solita, sin carteles ni ayudas ni nada de nada, acaso no eres mujer, usa tu sexto sentido. No. Ahora te guían. Se agradece. Lo malo es que llegas a pensar que todo el mundo es así, y ni de coña.

La sala está atestada de gente, una veintena de personas, si no más. Me siento en unos bancos aparte, en un pequeño pasillo con tres puertas tras las cuales, imagino, estarán los médicos y médicas. Me he traído un libro, una nunca sabe cuánto la van a hacer esperar en estas cosas, pero la acción de alrededor me mantiene entretenida. A mi lado hay un hombre con dos niños de tres o cuatro años a los que habla en árabe que espera pacientemente y controla a los críos mucho mejor que varias de las madres de la sala, cuyos churumbeles corretean por doquier. Nadie parece necesitar atención urgente, nadie está a un paso de la muerte, ni vomitando, ni con un ojo colgando. Esto no es urgencias, me digo, y se nota. Las puertas de las consultas se abren y se cierran a una velocidad pasmosa; en cuanto un paciente sale, una voz dice el nombre del siguiente desde dentro, sin asomarse. Yo, sentada junto a las puertas, apenas les oigo, y estoy a punto de decirles “habla más alto, que no creo te hayan oído” más de una vez, pero estoy equivocada. Los pacientes les oyen, vaya que si les oyen. Están atentos a su nombre, y en cuanto lo escuchan saltan como si alguien hubiera accionado un resorte y corren (literalmente, corren) hacia la puerta desde donde les han llamado. La mayoría está fuera en menos de cinco minutos. No hay tiempo que perder. Hay mucha gente esperando.

El hombre junto a mí llama a una de las puertas con toda educación y muestra un objeto cubierto con papel que lleva en la mano. La médica de dentro le indica que allí no es, que tiene que ir a la puerta grande a entregarlo; el hombre obedece, seguido por los dos chiquillos, y al rato vuelve a sentarse donde estaba. Una médica pasa junto a él y le pregunta algo, a lo que él responde gritando: “LLEVO DOS HORAS ESPERANDO, VALE YA, ESTO ES UNA MIERDA, QUÉ PASA”. Ella, riendo —riendo—, le dice que no es culpa suya, pero él insiste en que “NO ES CULPA MÍA, PERO TUYA SÍ, VUESTRA, YO NO TENGO CULPA, QUÉ PASA”. La mujer desaparece en la consulta y el hombre murmura por lo bajo, con los dos niños mirándole en completo silencio. Yo intento hacerme pequeña en mi silla, desaparecer, o en su defecto convertirme en invisible, pero no tengo ese poder. La mujer asoma la cabeza por la puerta y le hace pasar. La puerta se cierra, pero a los tres minutos se vuelve a abrir, no del todo, lo suficiente para que se oigan las voces de dentro. “NO ESTOY GRITANDO, ESTOY HABLANDO, QUÉ PASA, POR QUÉ DICES QUE TE GRITO”, a lo que una voz femenina responde en voz tan baja que no se entiende lo que dice. Justo entonces se abre la puerta junto a mí. “RUTH”, gritan, ahora que no les hace falta. Doy un respingo idéntico al que han dado todos los demás. Me levanto con la misma velocidad con la que se han levantado los demás. Entro en la consulta haciendo casi una reverencia. Me falta llamar “señoría” al médico.

“Dime”, me dice el doctor, que no lleva bata y va en vaqueros y no me mira a la cara. Le cuento que he tenido fiebre, que me duele la garganta, que… “¿Cuánta fiebre?”, me corta. Treinta y ocho el martes, pero ha bajado, ahora solo treinta y siete. Me mira la garganta (pero no a los ojos), me mira los oídos, me dice que “está roja” (supongo que se refiere a la garganta, no a la oreja). “¿Qué estás tomando?”, pregunta. Tentada estoy de decirle que nada, que no hay que automedicarse, que para eso he venido, pero no me gusta mentir a los médicos y le digo que naproxeno. “Pues sigue con eso”, dice, tecleando en su ordenador. Silencio. “Ya, pero es que no me hace nada. A mí me viene mejor el ibuprofeno”. “Dame la tarjeta”. Me hace la receta a mano —sin mirarme ni una sola vez—, y me la entrega. “Pues ya está”. Le doy las gracias y me voy. Ya fuera me doy cuenta de que me he auto-recetado las pastillas yo misma. He sido médica sin serlo.

El hombre y los dos niños ya se han ido, o al menos la puerta de la consulta está cerrada y no se oyen voces. La sala sigue llena, pero ya no veo ninguna de las caras que vi al entrar. Miro el reloj: diez minutos esperando y uno de consulta. Un minuto, del cual treinta segundos han sido para escribir la receta que yo le he dictado.

Tengo hambre. Solo a mí se me antoja pan en Viernes Santo.

Más de Alan y Mike

(Tras leer el primer borrador, me temo que la gran mayoría va a ir a la basura y voy a reescribirlo todo desde el principio -y yo encantada, oiga-, pero he encontrado alguna escena que me ha hecho reír lo suficiente para darle al menos sus cinco segundos de gloria. Igual mantengo alguna, pero lo dudo.)



(...)
—Oh, sí, matemáticas en el último curso a chavales que aún no saben sumar. Emocionantísimo.

—Qué exagerada eres.

—¿Exagerada? Tengo tres, ¡tres! chavales en clase que aún no se saben la tabla del ocho, con diecisiete años. ¿Cómo van a aprender estadística sin no saben multiplicar?

—¿Tienen dedos? —preguntó Mike.

Elle le miró, confusa.

—Sí, claro, mancos no tengo. Todavía.

—Pues entonces, ¿para qué quieren saberse las tablas? Sacan el teléfono y hacen la operación en un santiamén. Lo único que tienen que saber es qué operación necesitan hacer, que es más difícil, ¿no?

Jane, Anne y Alan pusieron toda su concentración en sus respectivos platos, incapaces, al parecer, de manejar los palillos a no ser que pusieran los cinco sentidos en ellos. Elle frunció el ceño y sacudió la cabeza.

—Eso no es… No significa que… ¿Y si se quedan sin batería? ¿Y si les urge hacer una multiplicación y no tienen ningún cacharro al lado?

—¿Una multiplicación de emergencia, quieres decir? ¿En un caso de vida o muerte?

—Sí, exacto.

Alan y Jane no pudieron evitar dejar de escapar una risa ahogada. Anne hacía ya rato que se estaba riendo tras la servilleta, roja como un pimiento, fingiendo haberse atragantado. Mike, serio, asintió.

—Vale, Elle, ahí te doy la razón. En caso de una emergencia matemática, cuando hay vidas en peligro, hay que saberse las tablas de multiplicar. Aunque supongo que sumar repetidas veces el mismo número, bastaría.

—Pero es mucho más rápido si…

—Cómete un rollito, Elle, haz el favor.

(...)

Dear diary: Las chicas de la cafetería



Miércoles, cuatro de la tarde, uno de esos días de invierno que me gustaría que no existieran, aunque sé que es necesario. Me siento en la cafetería con mi libro, uno de Margaret Atwood. Es demasiado tarde para el café de sobremesa y demasiado temprano para el de media tarde, hay muy poca gente en el recinto. De todas las cafeterías de Vitoria he ido a elegir precisamente ésta, oculta, sin terraza, en el interior de los cines, donde ni siquiera sé si sigue lloviendo. Tengo los pies empapados. Si retorciera mis calcetines, caerían chorros de agua.

El libro es apasionante. Trescientas páginas, lo empecé hace dos días y estoy a punto de terminarlo. Pido un café —mucho más caro que afuera, que ya es decir, y no mejor— y me recuesto en la silla, tengo varias horas que matar. Pienso que nunca he leído descripciones como éstas, que más parecen escenas de acción que el lánguido paseo de una mujer por una avenida desierta. Quién pudiera escribir así, me digo, y sacudo la cabeza. Para qué torturarme. A estas alturas debería tener claro ya que yo nunca seré Margaret Atwood. Ni Zadie Smith. Ni Elizabeth George. Sonrío al imaginarme qué diría un purista literario ante esta mezcla de autoras. Seguro que a más de uno le da un síncope.

Ellas llegan tranquilas, sin el escándalo que he venido a asociar con la adolescencia. Son seis, en esa franja de edad que va de los trece a los dieciocho y que tan difícil se me hace especificar. Edad de instituto, no puedo decir más. Se sientan en la mesa que tengo enfrente y yo maldigo, porque son adolescentes y por definición ruidosas, por más que éstas todavía no hayan alzado la voz ni una sola vez. Llega el camarero y les dice que es autoservicio, que tienen que ir a pedir a la barra. No todas quieren algo. Si se parecen a mí a aquella edad, un café les durará cuatro horas. Hay que entenderlas, llueve, hace frío, su paga es limitada. Yo estoy haciendo lo mismo, solo que a mí ahora me da vergüenza ocupar mesa sin consumir y cuando acabe el café pediré un té. Si no fuera por eso y porque tengo veinte años más que ellas, se me podría confundir por una de su grupo, ja, ja, ja. Me sonrío. Cualquiera que me vea sonreír tanto va a pensar que estoy leyendo un libro de humor. Bendita coartada.

Las chicas hablan en tono comedido y una cada vez. No me llega lo que dicen, aunque están a dos metros escasos; las viejas de la otra punta, sin embargo, hablan a grito pelado y en un tono tan agudo que no entiendo una palabra, pero molestan igual. Consigo eliminar el ruido de mi cabeza y me concentro en el libro. The Handmaid’s Tale, se llama, y me está haciendo sufrir y gozar en igual medida. Sufrir, porque la historia que cuenta es tremendamente dura (una especie de 1984 orwelliano femenino), y gozar porque está tan bien escrita que no quiero terminar la historia, aunque quiero saber cómo acaba (pero sé que no acaba bien, no puede acabar bien, si acabara bien sería una decepción). Tendré que leerlo otra vez cuando lo termine y avanzar más despacio, fijarme más en los detalles. Recuerdo que lo estoy leyendo como lectura obligada en una asignatura. Tengo que dar las gracias a la profesora, me digo.

Las chicas de enfrente están siendo víctimas de un ataque de risa colectivo, pero comedido. Levanto la cabeza y las observo, me resultan muy interesantes. De las seis, solo una va pintada, la que se ha sentado en la cabecera de la mesa y parece ser la que más habla. Todas son guapísimas, como lo son todas las chavalas a esa edad, pero de una belleza tranquila, esa que no te obliga a mirar dos veces y pensar joder, tendría que ser actriz de cine, qué ojos. Normales, sin artificios, pero guapas. Van vestidas a la moda, ropa comprada en Zara o Mango o cualquiera de esas tiendas que venden uniformes disfrazándolas de prendas de moda, pero en la elección del vestuario se da una cuenta de que no son idiotas. Manga larga, jerseys, cuellos vueltos, hace frío, esto es Vitoria, tres grados esta mañana. Aún así, monísimas, y sin enseñar un trozo de carne. Me fijo en que su risa suena sincera y me pregunto si se ríen así siempre o el tono cambia cuando hay chicos alrededor. El mío lo hacía, para qué engañarnos. Me caen bien. Y eso en mí es raro. Odio la adolescencia, quizás porque odié tanto la mía.

Las horas pasan y la cafetería se va llenando. El café ha sido sustituido por un té rojo con naranja y limón que amarga un poco al primer trago pero luego sabe rico. Cuando vuelva a casa, tengo que pasar por la tienda de tes y comprar un poco, me digo, pero se me olvidará. Hay más ruido y me cuesta concentrarme en el libro. Madres con bebés inundan los pasillos entre las mesas, se encuentran con conocidos que les dicen lo preciosos que son sus nenes o nenas, ocupan el espacio de cuatro personas con el puto carro, la gente da rodeos para poder llegar al final de la sala porque han creado un tapón en pleno pasillo, y ellas lo saben y les da igual. Una golpea la silla junto a mí, que me golpea la pierna. Ni un perdón, ni una mirada, sigue para adelante, y yo pienso que su niño no es tan guapo, tiene las orejas muy grandes y pelo pincho y aunque fuera guapo no te lo diría porque bastante creído te lo tienes, que me has hecho daño, jodía. El ruido ya es insoportable. Las adolescentes han levantado la voz y me llegan fragmentos sobre “si ese tío te da morbo, adelante, date el gustazo”. Al final no son tan distintas, ruidosas y salidas como todas, me digo, pero sé que no es justo, que no es culpa suya, que tienen todo el derecho a estar salidas y que la única razón por la que son ruidosas es porque aquí ya no te oyes ni pensar. Recojo el libro y salgo, esquivando carros, madres, padres y mujeres con muletas. Es la cafetería de moda para los menos guays de la ciudad y yo no me había enterado. Solo quería un sitio tranquilo para leer.

Fuera ya no llueve. Mis pies siguen empapados y hace frío. No puedo ir a casa todavía, los obreros nos han pedido que esperemos hasta las siete. Son las seis. Me meto en una librería y ojeo libros. Tengo demasiados en casa para comprar ninguno, pero no hago daño a nadie por mirar.

Dan las siete y vuelvo a casa con un libro nuevo bajo el brazo.

Chispea.

De revisiones y hábitos que no hacen al monje

He releído el primer borrador de la novela [aplausos, algún "hurra", algún "bieeeeen"] y, por primera vez en mi vida, no he querido esconderme de mí misma bajo el sofá, ni bajo la mesa, ni abrir la ventana y saltar [al andamio de enfrente], ni quemarme a lo bonzo, lo que ya de por sí es un gran avance. He sido capaz de identificar los fallos yo solita, pero a la vez que veía los fallos era capaz de ver la solución. He borrado párrafos enteros, pero también he subrayado muchas líneas que no me puedo creer que haya escrito yo. Y he encontrado un montón de clichés que no me había dado cuenta de que usaba y me han hecho reír a carcajadas (lo cual demuestra que me estoy tomando esto como lo que es: una aventura, un juego, una manera de aprender y pasármelo bien). Supongo que son malos hábitos que he ido cogiendo a lo largo de los años y que nunca he eliminado por la sencilla razón de que nunca he hecho una revisión. He aquí algunos:
  • Todos mis personajes hacen mohínes. Curioso, porque hace como tres siglos que no oigo ni leo esa palabra, pero he escrito "hizo un mohín" varias veces en cada escena. En una línea aparecía dos veces. Para el mismo personaje.
  • Otro personaje se muerde el labio inferior cuando está nervioso, o cuando sabe que no puede decir lo que piensa, incluso cuando algo le gusta mucho (me parece un gesto muy sexy, lo de morderse el labio inferior, ¿no os parece?). Lo que no sería malo si no se lo mordiera cada tres líneas. Cuando está hablando. Cuando ya se estaba mordiendo el labio inferior en la línea anterior. Incluso cuando le están dando un muerdo, él insiste en morderse su propio labio inferior.
  • Yo sé que no todos mis personajes tienen los ojos azules, pero debo tener algún trauma con ellos porque solo describo los ojos de aquellos que los tienen azules. Si no menciono los ojos, es que son marrones. O verdes. Pero no azules.
  • A un personaje le chispean los ojos. Para todo. Lo único que soy capaz de decir de su expresión es "sus ojos chispearon con malicia", "le chispeaban los ojos de alegría", "le miró con ojos chispeantes". Por supuesto, sus ojos son azules. Qué os creíais.
  • Todos, TODOS los personajes alzan las cejas, o suben las cejas, o elevan las cejas, para cualquier tipo de emoción. Sorpresa, odio, resentimiento... "Alzó las cejas y la miró con desdén", "sus cejas se elevaron casi hasta la raíz del pelo", "las cejas se perdieron bajo su flequillo"...
  • Mis protas siempre sonríen con una comisura. Nunca enseñan todos los dientes, solo sonríen con una comisura. Todo el rato.
  • Una cosa es que haya pretendido escribir una comedia y otra es que en todas las escenas alguien termine "riéndose a carcajadas", o "emitiendo un sonido que podía ser una risa ahogada". Hasta llorando ríen. Y, por supuesto, siempre acompaño la palabra "carcajada" con el adjetivo "sonora". Porque como todo el mundo sabe, las carcajadas son más bien silenciosas.
  • He estado a punto de contar cuántos ceños fruncidos había en la historia, pero mejor no. De esto culpo a "Los Hollister" y todo lo que me hicieron leer de pequeña. Y que la expresión tiene un sonido que me gusta mucho; probad a decirla en voz alta, "fruncir el ceño". Las ces y las erres me encantan.
  • Un personaje siempre lleva un "impoluto traje gris y una inmaculada camisa azul". Menos cuando va en "vaqueros y camiseta", así, sin más.
  • Cuanto mejor me cae un personaje, más alto es. Desde la primera escena a la última, Alan ha crecido veinte centímetros. Y viceversa, cuanto más asqueroso quiero hacer a un personaje, más bajo es. Teniendo en cuenta que yo soy un tapón, no sé qué dice esto de mí.
Ruth, sentada frente al ordenador en vaqueros y camiseta, leyó lo escrito con el ceño fruncido e hizo un mohín. "No sé si darle a guardar o a publicar", se dijo, y sonrió con una comisura. "A quién pretendo engañar..." Se mordió el labio inferior y pulsó "publicar entrada" con ojos chispeantes. Cuando el ordenador le devolvió un mensaje de "error", alzó las cejas y soltó una sonora carcajada.

En ocasiones creo gente


Echo de menos a Mike y Alan.

Les echo de menos con todo mi ser, como si fueran personajes reales a los que hace tiempo que no veo y con los que he perdido el contacto. Les echo tanto de menos que, cuando el fantasma de su recuerdo me acosa, tengo que hacer un esfuerzo casi físico por no pensar en ellos, no dejar que hablen en mi cabeza, huir de sus voces. “No”, me digo, “todavía es pronto, todavía no puedes volver a verlos”. Y los aparto de mi mente, pero su espíritu se queda en mi subconsciente, en esa parte que se despierta cuando el resto de mí se va a dormir, y pueblan mis sueños y mis momentos de ocio. Es imposible no pensar en ellos. Les echo tanto de menos que creo que me están dando ardor de estómago. O quizás sea el café, no sé.

Terminé el primer borrador de aquella historia en diciembre, lo leí una vez, hice algunos cambios y lo dejé macerar. Lee como lectora, no como escritora, dice todo el mundo, tienes que poner distancia para poder ver los fallos. Un mes, me dije, por lo menos un mes, y me puse a escribir otro proyecto que tomó el control de mi mente y mis horas de trabajo durante un tiempo. La historia era buena, más que digna, un culebrón digno de ser representado en una serie de televisión con actores y actrices de Hollywood de las más altas esferas, y me metí en ella de cabeza, convencida de que era mejor que la anterior. Desde diciembre hasta este mismo viernes he seguido con esa historia, viéndola crecer desproporcionadamente, escribiendo cualquier cosa que me viniera a la cabeza porque la intención era ponerlo todo por escrito y ordenarlo después. Ya haré la investigación más tarde, me decía, ya afilaré esta escena, arreglaré aquel diálogo, pensaré en cómo recomponer el desaguisado. Pero, por fin, me he rendido ante la evidencia: no es mi historia. Yo no puedo escribir esto. No es que sea una mala historia (estoy pensando seriamente en vender la idea, porque así, entre nos, ahora que no me oye nadie, es cojonuda), pero yo no soy la persona que debe contarla. No es mía. No basta con que me gustaría leerla, también hace falta ser la persona adecuada para escribirla, y yo no lo soy. Hay experiencias que necesitan ser vividas para ser entendidas. No es el caso.

Y el hecho de que Alan esté pegando gritos en la parte trasera de mi cerebro tampoco es que ayude mucho.

El viernes, digo, decidí dejar la historia nueva, pero no dejar de escribir. Ahora que le he hecho hueco a la escritura, que mi día empieza delante del ordenador y que todos —todos— los días escribo al menos una hora, no quiero dejarlo. Escribe cosas cortas, me dije, y el mismo viernes empecé. Mil palabras, un experimento. Me gusta. Seguiré por aquí. Cuaderno junto a mí todo el rato para poder apuntar ideas que se me ocurran. Mientras estudio, moleskine sobre la mesa, anoto ideas para pequeños artículos, cosas que poner en el blog. Y de repente me sorprendo pensando en una imaginaria conversación entre Alan y su suegro, algo que no se me había ocurrido nunca y que no entra en mis planes para la novela. La voz de Alan inunda mi cabeza de tal manera que hasta me giro para ver si ha entrado alguien en casa, de dónde sale esto, yo estaba leyendo sobre teoría queer en literatura y de repente aparece el profe gay del instituto, así, sin avisar, y es que el mundo se ha confabulado contra mí, yo no quería, pero no puedo evitarlo, las señales están ahí fuera, si no lo escribo me va a reventar la cabeza, qué diría Judith Buttler de todo esto…

Una no puede luchar contra las señales que le manda su propio cerebro, y si el universo (y el temario de Filología Inglesa) también las lanza, peor que peor. Alan y Mike van a tener que volver a mi vida porque el universo así lo demanda. Por más que yo quisiera esperar hasta fin de curso para poder dedicarles el tiempo y la atención que se merecen, creo que voy a empezar con la revisión (reescritura, más bien) antes de Semana Santa.

¿Cómo lo hace la gente para poner punto y final a sus historias? ¿Soy yo la única enferma mental que se enamora de sus personajes, incluso cuando son pareja y homosexuales? ¿Existe vida fuera de la ficción? ¿Para qué, si dentro se pasa tan bien?

Y los libros de la UNED siguen cogiendo polvo sobre la mesa de la cocina.

Mujeres en Serie VII: Private Practice (Sin cita previa)



Os he oído. A todos. Ese gruñido de "nooooooo, una serie de chicaaaaaaas" que habéis soltado todos los que leéis este blog me ha llegado hasta el despacho, se ha colado por la ventana herméticamente cerrada y ha asustado hasta al gato. Los hombres no ven "Sin Cita Previa", es una serie de mujeres, pensáis. Habla de sentimientos, están todo el día con sus novios para arriba y para abajo, todo el mundo se acuesta con todo el mundo, no hay sangre, no hay tiros, ni siquiera hay tías en pelotas. Solo hay decisiones difíciles, mujeres y hombres teniendo que tomar caminos éticamente más bien oscuros porque a veces no queda otra, que dejan a la espectadora (y en este caso mi femenino no es tan neutro como suelo pretender que sea, lo sé) pensando que no está bien, que es ilegal y cuando menos amoral, pero que ella hubiera hecho lo mismo en una situación similar. Vamos, totalmente de mujeres, porque qué hombre quiere pensar cuando se pone delante de un televisor [modo sarcasmo OFF].

"Sin Cita Previa" ("Private Practice", que en realidad se traduce mejor como "clínica privada") es, para los que no la conozcáis, un spin-off de "Anatomía de Grey", que ésa seguro que la conocéis. Uno de los personajes dejó Seatle para irse a vivir a Santa Mónica y trabajar con unos amigos en una clínica privada, y así la actriz Kate Walsh consiguió ser protagonista de su propia serie (al principio, al menos). Como suele pasar en todo lo que toca Shonda Rhimes, la serie enseguida tomó un aire mucho más coral, con distintos niveles de protagonismo para los personajes dependiendo de qué tema se tratara en cada momento. A mí, personalmente, el personaje de Addison Montgomery me parece el más prescindible de todo el elenco, por muy de protagonista que vaya. Al principio quizás tuviera su gracia y su sentido que Addi estuviera buscando su sitio en el mundo, después de un divorcio y de enterarse de que no puede tener hijos, pero ahora se ha convertido en una mujer de cuarenta y tantos años que lucha por conseguir lo que quiere, por muy imposible que parezca, y una vez que lo tiene cambia de opinión y busca otra cosa. Todo el día protestando, preguntándose por qué no la quieren, por qué no puede tener hijos, por qué yo, por qué a mí... Cada vez que sale una escena con ella, gruño, a no ser que salga con Taye Diggs, que por lo menos está bueno (madre, qué hombre). Addison es un poco cansa. Solo un poco.

Hay dos personajes femeninos en esta serie que me fascinan, y ambas por razones completamente opuestas: Violet Turner (Amy Brenneman) y Charlotte King (KaDee Strickland). Para mí, estos dos personajes dan sopas con honda a la pesada de Addison por mil y una razones, y después de leer un poco sobre las actrices que las interpretan y llevar meses siguiéndolas en Twitter, me gustan mucho más porque parece ser que ambas ponen mucho de sí mismas en sus personajes. Y eso es bueno, porque Violet y Charlotte molan mazo.



Empecemos con Violet. Su personaje empezó la serie como la mosquita muerta que siempre hay en todos los trabajos. La terapeuta de la consulta, entró a trabajar allí gracias a su amigo Cooper, que, como suele pasar en las series de chicas, estaba locamente enamorado de ella pero ella no quería nada con él. Lo que mejor define, para mí, a este personaje, es su actitud ante la vida, completamente contraria a la de Addison Montgomery: ella no pide nada, pero se adapta a lo que le ocurre y siempre termina sacando algún tipo de beneficio de los hechos. Harta de analizar las cosas, un día decidió que iba a dejar de pensar y se lió con dos compañeros de trabajo al mismo tiempo, sin que, por supuesto, ninguno de los otros dos se enterara. Nada de culpabilidad, nada de relaciones, se decía ella, solo sexo, y ella cumplió y no se enamoró de ninguno de los otros dos. Pero, como es una serie de chicas, los otros dos sí se enamoraron de ella. Hasta que se enteraron del doble juego y solo el más feo y aquel con la autoestima más baja (no lo digo yo, lo dijo él) decidió que a él le daba igual, que se quedaba si le aceptaba. Pero ella no le aceptó. Se había quedado embarazada y no sabía de quién era. Decidió seguir adelante con el embarazo, dejándoles bien claro que no les pediría nada a ninguno de los dos, pero ellos protestaron. Querían ser padres. Y al final, como es una serie de chicas, Violet escogió al más macizo de todos y cruzó los dedos para que el niño fuera suyo. Que lo era. Recordad: es una serie de chicas.



El nacimiento de su hijo, sin embargo, no fue nada sencillo. Una de las pacientes de Violet, con serios problemas mentales agravados por la pérdida del bebé que esperaba, la atacó en su casa y consiguió hacerle una cesárea para sacar al niño, al que le quedaban ya pocos días para salir. Violet estuvo a punto de morir desangrada, pero sobrevivió. Cuando volvió a su vida normal, sin embargo, el shock post-traumático la tenía paralizada y ni siquiera podía abrir la puerta de su casa sin esconderse en el armario. Decidió (a mi juicio, muy sabiamente) dejar a su hijo recién nacido con su padre y marcharse para recuperarse, pero cuando volvió se encontró con que todos se habían vuelto contra ella, la acusaban de haber abandonado a su familia y nadie entendía que hubiera podido irse de aquella manera. El único momento en el que Violet luchó -y no le sirvió de nada, porque perdió- fue para tratar de recuperar la custodia de su hijo, pero al final solo la buena voluntad del padre del niño le permitió hacerlo. Parece ser que ningún juez entiende que una mujer que tiene que vivir dentro de un armario (literalmente), paralizada por el miedo, pueda dejar a su hijo en las mejores manos posibles y tratar de recuperar su vida para poder volver a ser persona. Ya, es una serie de chicas. El juez era un hombre.



Charlotte King es el personaje más opuesto a Violet Turner que se pueda una encontrar en esta serie. La enemistad entre ambas (Charlotte termina casada con Cooper, el amigo de Violet, y a esta última no le gusta nada) se utiliza al principio de la serie como hilo conductor de más de un argumento, y es cierto que en la primera temporada yo odiaba a esta mujer con todas mis fuerzas. Cabezona, peleona, luchadora, no cede ni ante un tren en marcha aunque se tenga que llevar por delante incluso a quien más quiere por conseguir lo que se le antoja. Pero es uno de esos personajes que han ido evolucionando con la serie, y de ser odiosa y contraria a todo y a todos ha pasado a ser una mujer con carácter, pero no una víbora. De hecho, diría que se han pasado un pelo al aguarla, porque ha perdido un poco de su carácter sureño y guerrero, pero aún así sigue siendo, con creces, mi personaje favorito.



La escena más fuerte que vivió este personaje fue una violación en el despacho del hospital que ella dirige. Acostumbrada como estoy a escenas de violación en televisión (diría que se abusa no poco de ellas, ¿no os parece?), no me esperaba ver algo así en esta serie, y mucho menos ocurriéndole a Charlotte King. Chapó a la actriz, chapó al equipo de maquilladores que le dio ese aspecto de haber recibido una brutal paliza y chapó a los guionistas; cuando Cooper la está ayudando a salir del hospital (no quiere ver la cara de las enfermeras que la atienden, no quiere que nadie la mire con pena), ella les suelta a todos los que la miran un "¿no tenéis nada mejor que hacer?" que los espanta, a la vez que susurra a su marido "no me dejes caer, Coop" que me pone los pelos de punta (no soy capaz ni de volver a ver el vídeo que os he puesto aquí. Decir desagradable es quedarse corta). No quiere admitir que ha sido violada, no quiere ser víctima. Ni siquiera toma calmantes para el dolor porque fue adicta a esos medicamentos allá por el pleistoceno, pero sabe que es vulnerable a caer de nuevo. Yo, que creía haber visto a la mejor Charlotte cuando tuvo que desconectar a su padre del ventilador, la más sensible, la más humana, me quedé de piedra con este capítulo. A diferencia de Violet, ella no se marchó para curarse ni se escondió en armarios. Se enfrentó a todos sus miedos y ganó. Charlotte salió victoriosa, como todas sabíamos que lo haría, porque si no Shonda Rhimes nos habría engañado de mala manera. Y Shonda Rhimes engaña con muchas cosas, pero nunca deja morir a una mujer fuerte.

Hay más mujeres en esta serie, más historias, y cada una merecería su post individual, pero lo voy a dejar en Charlotte y Violet porque podría pasarme un mes hablando solo sobre esta serie. Los que sigáis pensando que no os merece la pena verla, allá vosotros; los que tengáis dos dedos de frente (o una pareja que os "obligue" a ver la serie), habréis podido disfrutar de un elenco de personajes complejos que evolucionan en cada capítulo. No seré yo quien juzgue a nadie. Vosotros os lo perdéis.

El experto

Una de las cosas que más recuerdo de mi temporada como profesora en Estados Unidos es la cantidad de cursos, seminarios, charlas y demás a las que tuve que asistir. Eran tiempos de bonanza económica; Schwarzenegger (he tenido que buscar su nombre en la Wikipedia, no sabía escribirlo) llevó al estado a la bancarrota cuando yo me fui, pero mientras yo estaba allí, California era la cuarta economía mundial (California, no EEUU), y eso se traducía en cursos pagados aparte para los profesores. El noventa por ciento de aquellos cursos eran insufribles; una serie de personas que se autodenominaban expertos porque así lo habían decidido ellos y ellas nos hablaban de las fantásticas metodologías que habían descubierto en sus siete largos años de experiencia como profesores en un colegio privado y altamente elitista. A nuestras preguntas de qué hacemos con los niños y niñas que nos llegan de México sin hablar una palabra de inglés y que se ven obligados a tomar los exámenes estatales a las dos semanas de llegar, ellos y ellas se nos salían por la tangente y nos hablaban de las virtudes del método de Houghton Mifflin, en el que todos los niños y niñas, en todas las clases, estaban en la misma página en cada momento del día, porque eso era lo que una buena profesora hace: tratar a sus alumnos y alumnas como ovejas idénticas.

Vamos, que no aprendí nada.

Solo una vez, en una charla sobre motivación o vaya usted a saber qué, oí algo que me llamó la atención. Nos contaron (o lo leímos, ya no recuerdo) cómo una profesora se llevó una sorpresa un día cuando una madre vino a darle las gracias por el cambio que había notado en su hijo. "Eres su profesora favorita", le dijo. "Nunca le había visto tan motivado, con tantas ganas de estudiar, con tanta energía. Se siente especial en tu clase". La mujer tuvo que hacer un esfuerzo del quince para acordarse siquiera de la cara de este chaval, y cuando por fin lo localizó, no se podía explicar el porqué del cambio. Analizó todos sus actos, todo lo que había dicho en clase que pudiera haberle afectado de alguna manera, y por fin dio con el momento. Durante una exposición oral, uno de sus alumnos había empezado a hablar para el cuello de su camisa y ella le llamó la atención. "Mira a Fulanito", le dijo, señalando al niño en cuestión, sentado en la última fila. "Él es el experto, le estás hablando a él. Te tiene que oír, habla más fuerte". No lo dijo porque Fulanito fuera el experto, sino porque era el que más lejos estaba sentado. Pero se sintió experto. Y actuó como tal.

Cuando oí la historia, pensé en todas las cosas que hacemos que afectan a los chavales y de las que no nos damos cuenta el noventa por ciento del tiempo. Cómo les marcamos sin querer, cómo les animamos o les hundimos con un simple gesto. Una intenta ser cuidadosa, pero siempre se escapa algo. Y estos días me he dado cuenta de que a mí también se me ha escapado algo.

Antes de Navidad llegó un niño nuevo a primero. El chico, P., es un bendito, pero el pobre no sabe hacer la O con un canuto (o no sabía, porque va espabilando). La profesora le sentó en la primera mesa que pilló, solo en una esquina, para poder sentarse junto a él y echarle una mano sin molestar a ningún compañero; a mí no me gusta que los chavales se sienten solos en la clase de inglés porque siempre hacemos trabajos por parejas y me gusta que se ayuden. Cuando entré, vi un sitio libre junto a R., un chaval majo pero completamente normal, que no despunta ni por arriba ni por abajo, que trabaja lo que trabaja cualquier niño de seis años y juega cuando los demás juegan. "P., en la clase de inglés quiero que te sientes al lado de R., para que te ayude", le dije. R. se creció. Cogió a P. bajo su ala y se esforzó en ayudarle lo más posible, lo que significa que primero tenía que prestar atención él para poder explicárselo después a su compañero. Su actitud, que nunca fue mala, ahora es maravillosa; su participación, del mil por cien; cualquier cosa que hagamos en clase, cualquier ayuda que pida, R. está ahí para mí. P. ya no se sienta a su lado, está con otro geniecillo, pero R. es el ayudante por excelencia, y lo hace de cine. No da respuestas, ayuda a conseguirlas, nunca traduce lo que yo digo pero señala pistas en el libro. Y sé (o quiero pensar, permitidme un pelín de ego) que todo fue por ayudar a P. Y el único motivo de que lo eligiera a él es que tenía un pupitre vacío junto a él.

Lo que me lleva a pensar lo de siempre: si tan fácil es subirlos al cielo, ¿cuán fácil es hacerlos caer?

Diario de una novela

(...) Estoy leyendo muchos libros y artículos sobre teoría de la literatura, crítica, metaliteratura, etc., lo que de momento me sirve para saber que, si un crítico cogiera cualquiera de los dos proyectos en los que estoy trabajando (uno está en barbecho, pero es parte del proceso), lo dejaría en la primera página para salir corriendo a vomitar. Y no me importa. Por primera vez en mi vida, estoy entendiendo el proceso de escritura como un proceso de aprendizaje, en el que el hecho de escribir algo "bueno" (lo que quiera que eso signifique) pasa a un segundo plano. Por supuesto que quiero escribir algo decente, pero ahora por fin (¡por fin!) entiendo que eso no ocurre de la noche a la mañana y que hay que currárselo. Es como decidir que se quiere correr una maratón de un día para otro: lo primero es que te guste correr, porque si no disfrutas con ese simple hecho, te va a ser muy difícil invertir los kilómetros de preparación que necesita una carrera de esa envergadura. Y, aunque consigas terminar una (y eso en sí ya es todo un logro digno de ser celebrado, como cuando terminas -de verdad- una novela), nadie te asegura que vayas a quedar entre las diez primeras. Ni siquiera las cien. De hecho, con terminar date por satisfecha.
(Me estoy dando cuenta de que el número de analogías entre la escritura y el atletismo es directamente proporcional al dolor en mi rodilla. No sé cómo entender esto.) (...)

Aloofness



Creo que uno de los mayores pecados que los adultos cometemos con los niños es que la mayor parte del tiempo olvidamos que los niños son niños y que tenemos que tratarlos como tal. A nadie se le ocurriría hablarle a una fontanera sobre física cuántica en términos técnicos, y sin embargo eso es lo que hacemos con los peques. Todo el día sentados, todo el día en silencio, escuchando, hablando solo cuando les damos permiso. Yo me acuso de utilizar el tan traído "silencio, que estoy hablando yo", absolutamente necesario cuando quieres hacerte oír por encima de las voces de veinte niños de seis años, pero también me acuso, y esto es más grave, de no escucharles cuando realmente necesitan ser escuchados. Y como yo, cientos de miles de adultos.

El otro día salí de trabajar al mismo tiempo que los poco menos de quinientos alumnos y alumnas del centro. Como todos los días, nos tocó esperar en el semáforo junto a la ikastola, uno de esos que da tres horas a los coches (o quizás sean dos minutos, no sé, pero parecen tres horas) y quince segundos a los peatones (cómo pueden programar un semáforo así junto a un colegio, se me escapa, pero en fin). Detrás de mí se colocó M., una niña de primero a la que doy clase por tercer año consecutivo. Es una niña que me llama la atención por su infinito aire de aloofness, que viene a ser algo así como "atontada, despistada, desinteresada", pero que suena mejor en inglés, o me lo parece a mí. Es ese tipo de niñas que parece que no te está haciendo ni puñetero caso -y a veces es cierto, no se entera de nada-, pero a quien de repente le preguntas y te da todas las respuestas correctas, o que se levanta mientras los demás están trabajando en el libro, va a la pizarra y te recita todas las palabras de vocabulario que tienes expuestas. Jamás la he visto llorar y rara vez cambia de expresión, y quizás por eso cuando sonríe valoro más su sonrisa que la de cualquier otro niño o niña. Nunca se queja, nunca protesta, y cuando la regañas te mira con la misma cara que te pondría un tiesto, al punto que te preguntas si realmente te está escuchando.

Allí, en el semáforo, a apenas dos pasos de mí, oí a una M. que no había escuchado nunca. Su padre estaba junto a ella, y ella quería que le diera la mano.

-Aita, pero dame la mano, te estoy intentando coger la mano y tú me la quitas, dame la mano, jopé -Por primera vez en tres años, vi a una M. a punto de llorar.

-Beno, neska, lasai, eh? (Bueno, chica, tranquila, ¿eh?) -contestó el padre, y le dio la mano.

M. no quería la mano para cruzar, ni por miedo a perderse, ni por comodidad. No lo dijo con voz de pito, con voz de mayor de tres hermanos que recibe la atención justa porque no hay más tiempo, como una niña cansada a las cinco de la tarde que quiere que la lleven en brazos y sentirse un poco más pequeña por unas horas. M. necesitaba la mano de su padre, necesitaba sentir el contacto de su mano, necesitaba agarrarse a alguien. Y una vez tuvo la mano de su padre entre la suya (más bien al revés, porque la cría es diminuta), se calmó y volvió a su aire de aloofness, boqueando todos los carteles que veía, tratando de leer todo lo que tuviera letras. Porque así es M. Más lista que el hambre.

Quién tuviera tiempo para escuchar a los niños de vez en cuando...

3 de marzo de 1976


No sé si los sucesos que ocurrieron en Vitoria el 3 de marzo del 76 importan a nadie aparte de a los vitorianos. No sé, porque hace mucho que no veo las noticias, si ayer hubo un especial en los informativos nacionales, y no sé (ni me importa) si Zapatero, Rajoy o el político residente en Madrid de turno se acordó de que ayer hizo treinta y seis años de uno de los días más negros de la tan traída y llevada Transición.

Hace treinta y seis años y un día, una jornada de huelga y manifestación terminó en catástrofe para cientos de obreros vitorianos, cinco de los cuales murieron. Trabajadores que luchaban por un salario y un horario dignos (¿os suena de algo?) salieron a manifestarse y terminaron huyendo de la policía, comandada entonces por un tal Manuel Fraga que estaba de parranda en Alemania aquel día (y que ha muerto sin pagar por ello). Asustados por la violencia policial, los obreros se ocultaron en una iglesia, pensando que la policía respetaría la santidad del lugar. Craso error: más de cien heridos, un tercio de ellos de bala, y cinco muertos. Que yo sepa, nadie de los de entonces ha pedido perdón por ello todavía. Este año ha sido el primero en el que el Gobierno Vasco ha tenido a bien rendir homenaje a las víctimas, y como siempre, tarde y mal.

Yo recuerdo la historia de otra manera, por boca de mi madre, y ella la recuerda a través de la experiencia de una madre primeriza con un bebé de pocos meses (yo) en casa. Su mayor terror era el no poder salir a la calle. La policía cargaba contra todo lo que se moviera aquel día, y no precisamente con pelotas de goma, como hoy. Ella solo tenía en mente que necesitaba leche de la farmacia, que yo tenía que comer, que en casa no había pan y a ver quién tenía huevos para bajar a comprarlo, con mi padre encerrado en el taller a kilómetros de casa (él no podía permitirse hacer huelga, con un miembro nuevo en la familia) y una huelga general sin servicios mínimos ni hostias. Mi abuelo, militar, más franquista que Franco, curtido en mil y una batallas (literalmente) la llamó y le preguntó qué necesitaba, y ni corto ni perezoso se plantó en mi casa con la leche (vaya usted a saber de qué farmacia la sacaría, o si era de vaca, de oveja o de cabra salvaje) y el pan que los soldados le habían traído del cuartel de Araca, que para algo fue su casa y para algo fue él su jefe durante muchos años. "A mí con estas", debió decirle cuando mi madre le pidió que tuviera cuidado, "esta gente no ha vivido una guerra". Ese día fuimos de las pocas familias que comió pan en Vitoria.

Todos los tres de marzo me acuerdo de mi abuelo, de la iglesia de San Francisco, de las imágenes en blanco y negro que he visto una y mil veces en televisión. Y ahora que soy mayor de lo que era mi madre cuando me tuvo a mí empiezo a entender el terror que tuvo que sentir aquel miércoles, sola en casa, con los tiros del barrio de Zaramaga retumbando en una lejanía demasiado cercana.

En defensa de la escuela pública, siempre



Trabajo en la escuela pública. Si todo va como debe y la crisis no nos conduce a un despido masivo de funcionarios, trabajaré en la escuela pública el resto de mi vida, ya sea como profesora o en cualquier otra función. Y, como empleada de una de las mayores empresas del país, creo en mi trabajo. Creo en lo que hago. Creo que la escuela pública cumple una función que nunca, nunca, podrá cumplir el sector privado. Tengo tantas razones como niños y niñas hay matriculados en las distintas escuelas, pero así, a bote pronto, se me ocurren unas cuantas que considero indispensables. Que conste que soy consciente de que hay muchas situaciones distintas, que las escuelas concretas dependen mucho de la suma de sus partes y a veces esas partes no son todo lo buenas que deberían ser, pero permitidme que hable en teoría y mencione las virtudes de la escuela pública.
  • La escuela pública es integradora. No hay ratios que valgan, no hay porcentajes de niños y niñas venidos de otros países. Sé que muchos de los que estén leyendo esto dirán "ya, y eso es precisamente lo peor de la pública". No. Suele decirse que la escuela es un reflejo de la sociedad, una versión en pequeño de lo que pasa ahí fuera. Yo diría más: la escuela es el lugar donde la sociedad empieza a formarse. Si los niños y niñas locales se acostumbran a convivir con niños y niñas extranjeros, cuando, una vez adultos, les toque trabajar con alguien de fuera no se van a sorprender. No van a mirar raro a nadie por llevar turbante, no van a hacer comentarios del tipo "yo no soy racista, pero todos los moros son unos vagos". Esto no se consigue en un año, ni en una década, quizás ni siquiera en una generación, pero se conseguirá gracias a la escuela pública.
  • La escuela pública es coeducadora. Niños y niñas mezclados, recibiendo la misma educación, sin diferenciarles en absoluto (esto sí que es solo teoría, pero vamos acercándonos). No hay uniformes obligatorios que hagan a las niñas llevar faldas y a los niños corbata. Todos son iguales. Todos tienen las mismas oportunidades.
  • La escuela pública es de todos y todas, lo que significa que tanto vosotros y vosotras como yo decidimos su futuro a través de nuestro voto. Toda la ciudadanía paga el sueldo de las maestras, las directoras, las jefas de estudio; también pagamos los sueldos de las trabajadoras de los colegios concertados, por cierto, pero ahí nuestro voto no decide nada. Ellos y ellas deciden el currículum, contratan el personal a dedo y eligen (¡eligen!) al alumnado que entra. ¿Un diez por ciento de inmigración para cubrir el cupo? Estupendo, todos chinos, que son muy trabajadores y aprenden echando pipa; aleja de mí a esos moros, y los gitanos... Venga, nos inventamos algo para que no entren.
  • La escuela pública es gratuita. Es un derecho. Es un deber. Es algo que tomamos por supuesto y que poco a poco nos van quitando, con pequeños (y no tan pequeños) recortes cada vez. Primero aumentar el número de niños y niñas por clase, así reducimos profesorado; luego vamos cortando programas de distintos tipos, como el pago de libros de texto, hasta que las condiciones sean tan ridículas que nadie quiera tomar parte y se extinga porque "los padres no mostraban interés". Se nos ofrecen programas cuya responsabilidad cae exclusivamente en un profesorado que ya está hasta el cuello de trabajo (cobrando menos que antes), pero no se nos da nada a cambio del trabajo extra. Y encima se vende hacia el exterior la idea de que todo el profesorado está compuesto por una panda de vagos. Cómo no.
Podría seguir así hasta mañana, pero me temo que al final la lista se convertiría en una gran queja contra los ataques que está sufriendo la escuela pública, y no era esa mi intención. Mi intención es dejar claro que el noventa por ciento del profesorado que trabaja en la educación pública cree en lo que hace y se merece un respeto que no está recibiendo. Ya sé que estamos en crisis, ya sé que hay que cortar por algún sitio, pero ¿de verdad tiene que pagarlo el servicio más importante que se da a la sociedad? Hay un millón de cosas que se podían cortar antes (por ejemplo, la monarquía, o las subvenciones a la iglesia -un, dos, tres, responda otra vez-), nunca, nunca deberíamos tocar la escuela pública. El catetismo se hereda y es muy contagioso. No podemos dejar que se extienda.

21 de febrero

Me he levantado yo hoy con cuerpo extraño, y mira que eso es raro teniendo como he tenido un puente de cuatro días. No era sueño, no era malestar de estómago, no era migraña, no eran ninguno de los males comunes que me acechan de vez en cuando. Era una sensación extraña, como de que hoy era un día importante, pero sin que fuera nada urgente.

He seguido con mis rutinas. La primera hora del día es siempre para la escritura, sea laboral o festivo, y si pueden ser dos horas mejor (menos los domingos, que no sé por qué no consigo sentarme a escribir; será que el cerebro necesita recargar baterías). Después he preparado materiales para un curso que estoy dando y he bajado a comprar con todas las marujas del barrio antes de comer (de lo que la cajera del súper, muy atenta ella, se ha coscado: "uy, qué raro, moza, tú aquí por la mañana". Me encanta lo de moza. Ahora ya todo el mundo me llama señora). Tras leer un buen rato y coser otro tanto, que para algo estoy de fiesta y es el último día de asueto hasta Semana Santa, me he dado cuenta de que mi malestar continuaba. ¿Qué será, será?

Y entonces me ha venido a la cabeza un malestar similar de no hace mucho. Un malestar que se tradujo en un "se me olvida algo importante" cuando me metí en la cama y un grito a las cuatro de la mañana cuando me di cuenta de que me había olvidado del cumpleaños de una amiga. Tate, va a ser eso: se me olvida un cumpleaños, me he dicho.

Un cumpleaños, un cumpleaños... EL CUMPLEAÑOS. El único, verdadero y... único (sí, me repito) cumpleaños.



Mi Snape, mi Alan, la Voz, el Hombre. Happy birthday, Mr. Rickman.

Poquito a poco


Las cosas están cambiando para todos y todas, menos mal. Poco a poco, pasito a pasito, pero esos pasitos cada vez se dan más rápido y llegan más lejos, y empiezan por donde tienen que empezar: los más pequeños.

Ayer llevé a clase una edición ilustrada que tengo en casa de "Un cuento de Navidad", de Dickens, por eso del 200 aniversario. En Navidad les puse la película de Disney, con el tío Gilito, el Pato Donald y compañía, así que más o menos conocen la historia, pero quería que entendieran que esa historia no tiene nada que ver con Mickey Mouse. Según les enseñaba los dibujos, les explicaba, en euskera, los puntos más importantes de la historia, para ver si se acordaban de lo que habíamos visto. "Y el primer espíritu le enseñó las Navidades pasadas, esas en las que era muy feliz y era muy querido, y tenía novia". Una niña -primero de primaria, seis años- miró el libro con curiosidad. "¿Tenía novia o novio? Porque los chicos también pueden tener novios". Yo le dije que por supuesto, que tenía toda la razón del mundo, pero que en este caso el señor Scrooge tenía novia. Nadie en clase se rió. Nadie puso un mal gesto. Nadie dijo "qué dices, loca". Completa y absoluta normalidad.

Me había pasado antes, cuando una niña me explicó algo sobre una tía suya ("bueno, no es mi tía, es la novia de mi tía, es que es lesbiana"), pero eran más mayores, estaban en sexto. Aquel día tampoco rió nadie, ni hubo miradas extrañas ni comentarios tontos. Lo vamos normalizando. Poco a poco. Esta semana, la Proposición 8 que prohibió el matrimonio homosexual en California ha sido declarada inconstitucional, y se han aprobado uniones del mismo sexo en Washington. Ya sé que está lejos, ya sé que debería darme igual, pero por desgracia el mundo mira a EEUU y le hace la ola, y si allí se aprueba, quizás se extienda. Me hace ilusión pensar que la historia de Alan y Mike es, esta semana, un poco menos ficción que cuando terminé el primer borrador hace un par de meses.

Poquito a poco, justicia e igualdad para todo el mundo. Pasito a paso.

Gracias

Enciendo la tele (lo menos que puedo) y me enfurezco al ver anuncios de detergente en los que parece que la única preocupación de una mujer es que sus niños y su marido vayan con la ropa sin manchas. Frases como "el queso en lonchas hace los bocadillos más fáciles para mí y más sabrosos para ellos" me erizan los pelos, por no hablar ya de los anuncios de coches en los que la hombría parece medirse por el número de caballos que uno conduce. Veo gestos sexistas por todas partes, en las series de televisión, en los carteles de las calles, en el lenguaje de la gente (y en el mío, que es peor). Oigo comentarios como "pobre crío, es tan tranquilo y sensible que solo juega con las chicas, me tiene preocupada" que me asustan no sabéis bien cómo (¿no deberías preocuparte por los alcornoques que tienes en clase, no por el niño tranquilo?), y me paso el día prácticamente en tensión constante, hasta el punto de que he decidido no hablar del tema con nadie, ni mencionarlo siquiera, porque estoy harta de defenderme constantemente. Mi mayor problema es que me defiendo bien escribiendo, pero cuando me atacan verbalmente se me traban los argumentos y termino diciendo cosas que no pienso o que no puedo defender, así que, ya perdonaréis, me desahogo aquí.

Últimamente me ha dado por leer libros de no ficción, y, aunque tengo la casa llena de ellos, he empezado por los feministas. He hecho bien, porque me han dado la perspectiva que necesitaba: queda mucho por hacer, el feminismo tiene que seguir estando de moda, tenemos que seguir luchando y eliminando barreras... pero hemos avanzado una barbaridad. En apenas cien años se han logrado cosas que han cambiado la sociedad de cabo a rabo, quizás no tanto como las feministas de principios del siglo veinte hubieran querido, pero mucho. Son cambios lentos, no hay revoluciones y sí muchos parones y algún que otro paso atrás (¿habéis visto la nueva línea que Lego quiere sacar para las chicas?), pero estamos mejor que hace cien años, mejor que hace cuarenta años. Y se lo debemos a todas esas personas que lucharon por conseguir derechos tan mínimos como el control sobre nuestro propio cuerpo (ese que el "progre" de Gallardón nos quiere quitar otra vez), el derecho a voto, el derecho al control de nuestro salario; el derecho, al fin y al cabo, a ser seres libres y no las esclavas que éramos hasta principios del siglo veinte (y en España hasta hace dos días). Gracias a todas las mujeres que arriesgaron su forma de vida por darnos a nosotras otra mejor. Gracias a todos esos hombres que cedieron su poder a las mujeres y lucharon en su nombre. Gracias a todas aquellas personas que se dieron cuenta de que la mujer era mucho más que una posesión y algo bonito para adornar el brazo al salir de paseo.

Todavía queda trabajo por hacer, basado sobre todo en la educación, pero lo más gordo ya está hecho. Gracias. Gracias, gracias, gracias.

Quiero vivir en los mundos de Yupi



Quiero vivir en los mundos de Yupi.

Quiero encender el televisor y que no me afecte lo que veo por tener las sensación de que no va conmigo. Que me importe tres pimientos lo que le pase a Garzón, o los millones que se ha llevado Urdangarín, o el último atentado en alguna parte del mundo. Quiero creer que cada día hay menos mujeres asesinadas, que las estadísticas tienen que estar mal, que tiene que haber un error. Quiero creerme a pies juntillas lo que dicen en las noticias sin pensar que el noventa por ciento de lo que ocurre en el mundo no me llegará nunca.

Quiero creer que mi voto vale algo. Que los políticos están ahí para llevar mi voz y la de los que me rodean a donde haya que llevarla. Que están ahí por convicción, no porque no saben hacer otra cosa.

Quiero creer que los culpables pagan por sus crímenes y que ningún estado democrático mantiene a asesinos en el poder hasta que mueren de puro viejos para luego darles un funeral de estado. Quiero creer que los países miran atrás, curan heridas y resarcen a los heridos, en lugar de dar carta blanca y pedir a la gente que olviden.

Quiero pensar que todo el mundo lee por lo menos (¡qué menos!) un libro al mes. Que todo el mundo sabe quién es Herman Miller, o Virginia Woolf, o Gabriel García Márquez, aunque no hayan leído nada suyo. Quiero que las librerías y las bibliotecas tengan tal afluencia de gente que sea tan difícil entrar en ellas como en Zara en rebajas.

Quiero creer que la humanidad se divide entre los muy buenos y los muy malos, y que yo, por supuesto, pertenezco al primer grupo. Que todo el mundo tiene un alto grado de sentido común y pueden diferenciar el bien del mal y actuar en consecuencia, y que si alguna vez se equivocan es eso, una equivocación.

En suma: quiero ser tonta. Pero sin saberlo, porque si no eso también me crearía angustia.