De expresiones que me encuentro por ahí o cómo sacarme de quicio

Para los seguidores y seguidoras asiduas de este blog no es novedad decirles que me gusta leer. Leo bastante, aunque no me atrevería a decir que leo mucho porque siempre hay alguien que lee más que yo (como dijo Jess en "Las chicas Gilmore", ¿qué es leer mucho?), pero sí lo suficiente para considerarme lectora habitual. Leo en los tres idiomas en los que el lenguaje y la gramática no me suponen un escollo a la hora de entender lo que leo (o sea, inglés, euskera y castellano), y a veces, dependiendo de la época del año en la que me encuentre y lo mucho que me apetezca o no hacer ejercicio, escucho audio libros o podcasts (en inglés en su mayor parte) mientras paseo por la ciudad. Me paso el día rodeada de lenguaje, de palabras, de expresiones. Y, como todo en esta vida, tengo mis favoritas y mis más odiadas. Aquí va una lista de cosas que hacen que me ardan los ojos (si estoy leyendo) o me piten los oídos (si lo estoy escuchando).


  • Pensé para mí mismo: Esta es una que no se da tanto en castellano como en inglés, idioma en el que parece haberse convertido en muletilla. "I thought to myself" es repetido varias veces en todos los podcasts que escucho, y más de una vez lo he encontrado escrito. En castellano no aparece tanto, y en euskera aún menos, demos gracias. Cada vez que lo escucho, el demonio gramatical que habita en el hemisferio izquierdo de mi cerebro sufre una apoplejía. ¡Por supuesto que pensaste para ti mismo, si no estarías hablando! Pensar es una actividad íntima, silenciosa, que pasa en tu cabeza. "Para uno mismo" es algo intrínseco en el verbo "pensar". Es como decir "la blanca nieve" (¡ay!, ¡otra!). ¿De qué color va a ser? Sí es interesante decir que "pensó en voz alta", o "hablaba como pensando en voz alta", porque ahí sí que me estás diciendo algo que no está unido al verbo, que se sale de la norma y hace falta describir (como decir "nieve negra" porque hay tanta contaminación que los copos son oscuros, o porque en lugar de nieve es ceniza). Los verbos encierran más significado dentro de ellos que el simple acto, deberíamos prestar un poco de atención. 
  • Bajar abajo y subir arriba: No voy a ser tan pedante como para no admitir que lo he dicho más de una vez, porque todo el mundo que habla castellano lo utiliza (ojo: castellano, no español; tuve una vez un alumno chileno que se meaba de risa cada vez que alguien lo usaba). Pero una cosa es decirlo y otra muy distinta escribirlo. Escribir supone recapacitar sobre lo que se está haciendo, tomarse su tiempo, ser exacto/a con las palabras. "Subió a por un jarrón" es información suficiente, no hace falta decir "subió arriba a por un jarrón". De nuevo, característica intrínseca que se nos escapa cuando hablamos (y es normal), pero no debe hacerlo cuando escribimos.
  • Ambos dos: ¡Ay! ¡Cuánto dolor! No voy a tentar a los dioses de la migraña diciendo que esta expresión me las provoca, pero casi. La he visto escrita en periódicos que van de serios y en algún libro muy mal corregido, y se la he oído decir en televisión a más de un periodista. Pero la que me dejó tirada en la silla, la que me mató un poco, fue "ambos tres". De nuevo, de boca de un periodista. A punto estuve de llamar a la cadena, o escribir un email, o hacerle el harakiri a un muñeco vudú con la cara del periodista. Creo que lloré un poco. Ambos es sinónimo de "los dos", así, con artículo y todo. Si no puedes poner "los dos" (o "las dos") en lugar de "ambos" (o "ambas"), lo estás usando mal. 
  • Me comí sendas galletas: No voy a poner "sendos" a la misma altura que las anteriores porque es una expresión que se usa menos y la gente no tiene muy claro por dónde le da el aire, pero no lo perdono ni en un libro ni en un periódico, y mucho menos a un/a periodista (y sería razón suficiente para dejar de seguir un blog). Sendos significa "uno cada uno". Puedes decir "mi amiga y yo nos comimos sendas galletas" y estás diciendo que os comisteis una galleta cada una, pero no puedes decir "yo me comí sendas galletas". No es sinónimo de dos. Tú sola no puedes usar "sendos". Y por supuesto, no puedes decir "un sendo gol", como alguna vez he oído. Sendos siempre va en plural. Haz la prueba, hasta el corrector te lo corrige. 
  • Poner comas entre el sujeto y el predicado: Esto puede conmigo. Vaya por delante que soy muy picajosa con las comas, porque para mí son una herramienta que ayuda enormemente a la comprensión, y por tanto también la impide. Acabo de terminarme un libro (una traducción) que usaba las comas sin ton ni son, hasta tal punto que más de una vez he tenido que volver atrás para entender lo que decía la frase. Las comas son algo muy personal y en parte dependen de la expresión de cada uno, pero hay algunas normas que son como lo de poner m antes de p o b, y no usar coma entre el sujeto y el predicado es la más importante de ellas. He dejado de visitar más de un blog por esta causa, y más de una vez he encontrado artículos en los que esta coma estaba mal puesta (y uno de ellos fue en El País, lo que me parece muy curioso, porque su libro de estilo deja bien claro que es un gran fallo). Cuando hablamos hacemos una pausa entre uno y otro, pero cuando escribimos no hace falta poner la coma, es una pausa que nos sale sola y no llega a ser tan grande como una coma. Por favor, aunque solo os llevéis este pequeño detalle de este post: no pongáis coma entre sujeto y predicado. Por favor. Por favor. 
Solo son cinco, pero tendríais que ver la de veces que me las encuentro. Puedo aceptarlo de un estudiante, de alguien que no se dedica a la escritura, de una conversación de bar, pero no puedo aceptarlo de un texto escrito. Y sí, los blogs son textos escritos, por ti y por mí, y tenemos la responsabilidad de escribir lo mejor que podamos y no promover fallos que empobrezcan la lengua. ¿Es una tontería? Puede. Pero una es maestra, filóloga y un poco cabezona, y ciertos fallos no se los perdono ni a mi madre. Mucho menos se lo voy a permitir a un blog, no digamos ya a un artículo a cambio del cual se ha pagado dinero. Serán cosas mías. O no, quién sabe. 

Remedios naturales contra el colesterol


Ya lo dice bien claro la cabecera de este blog: "De todo un poco y un poco de todo. Literalmente". Y, como últimamente estoy obsesionada con este tema, hoy me ha dado por escribir sobre todos los remedios naturales contra el colesterol que he ido encontrando estos días.

¿Y esto a qué viene ahora? Pues viene a que la semana pasada la médica me dio un susto de muerte cuando me dijo que tenía no solo el hierro bajo (de lo que suelo padecer, ¡qué bonito es ser mujer!), sino el colesterol por las nubes. Ella dijo "un poco alto", pero cuando vi la cifra me asusté, y comentándolo con gente que también ha sufrido del tema me dijeron que mis casi 250 de colesterol era como para acojonarse un poco. Me confesé ante la médica y le dije que últimamente estaba comiendo muy mal, con lo que la única receta que me dio fueron dos hojas con la dieta mediterránea detallada. "Confío en que la vas a seguir, así que no te receto nada". ¿Seguir? Se ha convertido en mi biblia.

No solo estoy siguiendo lo dicho a rajatabla (¿sabéis lo difícil que es ir de pintxos por Vitoria y encontrar alguno que no tenga ni jamón, ni huevo, ni morcilla?), sino que, además, he buscado en internet otras maneras de bajar esa espantosa cifra. Ya sé que lo que viene en la red no siempre es de fiar, pero entre lo que me han contado compañeras que consiguieron bajar el colesterol y lo que me ha dicho la médica, ya tenía un buen comienzo y una guía que me ayudara a encontrar más soluciones. Además, al ser todo natural, aunque termine no siendo bueno contra el colesterol estaré comiendo mejor, un poco de todo y a tope de vitaminas. Así que ahí va mi lista de remedios naturales, diciendo bien clarito de dónde me he sacado yo todo esto.


  • No comer grasas animales ni bollería industrial: Esto es de perogrullo, pero por si a alguien le cabía la duda, aquí va. La médica me advirtió, sobre todo, lo de la bollería industrial, y me ha prohibido todo tipo de embutidos (a excepción del pavo). De momento lo llevo bien, pero ya os diré dentro de una semanas cómo aguanto sin comer jamón del bueno. 
  • Añadir frutos secos a cada comida: Esto viene directamente de boca de mi médica. Me advirtió que los añadiera a la comida en lugar de picar a deshoras, que tampoco es cuestión de bajarse una bolsa de almendras mientras ves la tele. Una compañera que consiguió reducir el colesterol de cuajo me comentó que ella come nueces todos los días. También son buenas las almendras, las avellanas y los cacahuetes. Con lo que a mí me gustan los frutos secos, este ajuste no va a suponer un esfuerzo.
  • Aceite de oliva en cantidad: Que es bueno para todo. En la dieta que me dio también acepta el de girasol, pero para qué complicarse. 
  • Verdura y fruta, a saco: La fibra es muy importane en la lucha contra el colesterol, porque se lleva todo lo que no nos hace falta. Investigando un poco, las mejores verduras para bajar los niveles son la berenjena, la lechuga, la coliflor, el brócoli y las coles de Bruselas. Si no te gusta ninguna de estas da igual, come cualquier verdura en cantidad. 
  • Omega 3: De todos es sabido que el omega 3 es bueno para el corazón. Se encuentra en el pescado azul y en frutas como el aguacate, que está petado. Si tienes que elegir, mejor pescado que carne; en mi caso, como también tengo bajo el hierro, me tiro más hacia la carne y las lentejas, pero sin olvidarme de meter un poco de atún o salmón a la dieta. 
  • Añadir cítricos a la dieta: Esto ya entra en el saco del "me han dicho". Me lo comentó la misma compañera de las nueces, que ella toma un cítrico al día y es mano de santo. Me puse a rondar un poco por internet y encontré varias páginas que lo confirmaban. Sea o no sea cierto, como comer mandarinas y naranjas me encanta, no creo que me vaya a hacer daño. En muchas recomiendan tomar un zumo de limón al día, algo que yo no hacía porque tenía miedo a que facilitara la anemia. Parece ser que eso es un bulo, pero yo por si acaso limito el zumo de limón al pescado y a regar las mandarinas. Sí, sí: mandarinas con un poco de sal y zumo de limón, una merienda espectacular. Y si a eso le añades un aguacate y un puñado de nueces, tienes una bomba contra el colesterol y una estupenda ensalada de fruta con la que acompañar el pescado (pero no abuses si estás intentando perder peso, que el aguacate es pura grasa, aunque sea de la buena).
  • Té rojo: De nuevo, aquí entro en el mundo de la especulación, pero como el té rojo es bueno para muchas cosas, no creo que me vaya a hacer daño. Por lo que he leído, tres tes al día favorecen la bajada del colesterol. Yo no me veo tomando tres al día (bueno, quizás el fin de semana), pero uno al día sí que tomaré. No creo que vaya a ser muy significativo, aunque sumado al resto de los remedios... Quién sabe. 
  • Haz ejercicio: Otra vez: perogrullo. El colesterol es grasa, y para bajar la grasa hay que moverse. Sé que cuesta, sé que hace falta tiempo y tener ganas. Pero hay que hacerlo. Yo ya me he puesto como objetivo una media de 20.000 pasos al día (dicen que 10.000 son suficientes para mantener el colesterol a raya, pero digo yo que cuanto más mejor). También quiero hacer yoga y volver a retomar mis vídeos de ejercicios en Youtube. Ya os diré si lo cumplo.
  • Ajo: Hay varios estudios que demuestran que el ajo ayuda a mantener niveles saludables de colesterol, pero ojo, es a largo plazo. Es una buena manera de mantenerlo a raya cuando ya has hecho todo el trabajo previo y lo has bajado a niveles aceptables. Además, con lo bueno que está, es una de esas cosas que notaría mucho si me lo prohibieran. Mejor que sea bueno. 
Como veis, remedios para todos los gustos. No añado lo de los yogures esos especiales para bajar el colesterol, o las leches que defienden hacer lo mismo, porque para mí eso ya no es natural, está modificado para hacer una función. Lo ideal es comer sano, comer de todo y no abusar de nada, y moverse todo lo que sea posible. Tengo pensado volver a hacerme análisis en tres meses para ver si esto va a mejor (sobre todo lo del hierro, que me tiene agotada). Ya os contaré. Voy a ser la más sana del barrio, como que me llamo Ruth.

El hombre de la casa

Los niños y niñas de cinco años estaban pintando tranquilamente en su rincón, hablando entre ellos de lo humano y lo divino. Yo pululaba entre las mesas poniendo la oreja a sus conversaciones, porque me encanta escuchar qué dicen cuando no se dan cuenta de que un adulto les está oyendo. Oí, por ejemplo, la pequeña discusión que hubo entre uno que decía que "las vacaciones molan" y otro, hijo único, que le contestaba que "no te creas, no molan tanto" (cómo se debe aburrir este crío sin sus amigos, pensé). Y después oí una pequeña reyerta que contenía las inmortales palabras que todo niño o niña, por especial que se crea, ha dicho alguna vez: tú no mandas. Me acerqué a ver qué pasaba.

–Sí que mando, mi padre me ha dicho que yo soy el hombre de la casa –decía S., todo ofendido.

–Pues entonces manda tu madre, pero tú no mandas más que tu madre –le contestaba P., que suele tener respuestas muy maduras.

–Pero cuando mi padre no está, el que manda soy yo, porque soy el chico –insistía S.

Y no pude evitar meterme. Quizás no hubiera debido meter los morros donde no me llaman, pero es que no soporto que todo el trabajo que hacemos en la escuela sobre igualdad de género y demás se diluya por una frase inconsciente de un padre que no es consciente de lo que dice (o peor, es muy consciente y le da igual).

–Cuando papá no está, manda mamá, S., como bien te ha dicho P. En casa mandan los padres.

–No, en casa manda mi padre. Y cuando mi padre no está, yo, porque soy el hombre de la casa.

–Pero tú no eres un hombre, tú eres un niño. Cuando papá no está, manda mamá –insistí yo, cabezona.

–No soy un niño, ¡voy a cumplir seis años! ¡Soy el hombre de la casa!

Yo seguí dale que te pego, pero no había manera. S. no bajaba del burro y yo tampoco, así que me conformé con ver que el resto de los que estaban sentados a la mesa estaban de acuerdo conmigo. No podemos llegar a todos, supongo, y algunos mensajes calan hondo, sobre todo cuando vienen de una figura de respeto como la del padre, que en la cultura de S. se valora más que la de la madre. P. vino en seguida en mi ayuda con una frase que me encantó.

–Mi casa es mi casa, pero en mi casa mandan mis padres –dijo, todo tranquilo, y siguió pintando.

Y ahí dimos por zanjada la conversación, porque para qué seguir cuando se ha resumido tan bien.

No me voy a complicar la vida

El que sabe, enseña.
                       El que no, trabaja en algo más insignificante.                                    
Hoy, por ser viernes y porque ayer tuvimos examen, he dejado a los peques de tercero hacer un dibujo de la historia que hemos leído los últimos quince minutos de clase. Todos se han puesto a trabajar con más o menos tesón, pero al poco me ha venido un crío, muy ofendido, a quejarse de su vecino de mesa.

–A. me ha dicho que soy tonto porque he repetido curso –me ha dicho S., dolido.

Yo he llamado al susodicho A., que no es mal crío pero tiene la costumbre de decir todo lo que le pasa por la cabeza, y le he echado el discursito de siempre sobre no insultar, no decir a los demás lo que no quieres que te digan y, sobre todo, que repetir no es un pecado y que a veces viene bien. Mientras hablábamos, varios niños y niñas se han acercado a oír nuestra conversación.

–A veces hay que repetir porque no hemos entendido algo bien, o porque necesitamos más tiempo para aprender –les he dicho–. Y a veces tenemos algo dentro de nosotros que no nos deja concentrarnos en los estudios. Porque no estamos bien, porque nos preocupa algo, porque estamos tristes... Repetir no significa ser tonto. Mi hermano repitió tres veces antes de ir a la universidad, y luego sacó la carrera de psicología con matrícula de honor.

Que mi hermano repitió es cierto, pero creo que fueron dos veces, no tres, y lo de la matrícula de honor me lo he inventado porque la ocasión lo merecía, pero sí que es cierto que sacó la carrera con buenas notas. J., otro repetidor, se ha quedado boquiabierto.

–¿Psicología? ¡Si eso es super difícil!

–Ya lo sé. Es que mi hermano es muy listo. Como todos vosotros. Repetir no es de tontos.

–Ya, pero yo no me voy a complicar la vida –ha seguido J., todo seguro de sí mismo–. Yo voy a ser profesor o así. Algo sencillo, que no sea muy difícil.

En ese momento ha llegado la hora de recoger y me he quedado sin turno de réplica. Y menos mal, porque me ha dejado sin palabras.

El valor de las cosas, o por qué tenemos más de lo que necesitamos

Marzo ya va por buen camino, y mi aversión al invierno se va relajando. Aún hace frío, pero ya se ve el sol, y algunos días incluso podemos dejar el paraguas en casa. Hoy, por ejemplo, la tarde pide gafas oscuras; veremos en qué acaba este día de San Patricio que tan alegre ha empezado.

Termina el invierno, sí, pero yo sigo con mis cuitas minimalistas. Estos días me he enganchado al programa ese de las casas pequeñas. Gente que quiere simplificar su vida, que necesita un cambio de rumbo o, simplemente, vivir sin deudas está optando por vivir en espacios diminutos a cambio de llevar a cabo sus sueños. Claro que este es un programa americano, y como todo en Estados Unidos es a lo grande, lo que allí es pequeño aquí es un estudio de esos en los que todos hemos vivido alguna vez, y algunas "tiny houses" tienen el tamaño de mi piso en Vitoria (allí todo lo que baje de cien metros cuadrados es pequeño). Pero no deja de sorprenderme que la gente que quiere simplificar su vida se libre primero de sus posesiones. Es como si lo que nos rodea nos impidiera ver más allá de nuestras pertenencias, como si la obsesión por tener más, por tener lo último nos agobiara hasta no dejarnos apreciar lo realmente importante. Una pareja en el programa lo resumió muy bien: al tener menos espacio tenemos menos distracciones, y nos prestamos más atención la una a la otra. No les falta razón.

No sé si yo podría vivir en veinte metros cuadrados, como muchos de los que salen en el programa, pero es verdad que me han hecho replantearme el espacio en el que vivo. Siempre me quejo de que mi casa es pequeña, de que no tengo sitio para las cosas. Igual lo que me pasa es que tengo demasiadas cosas para el espacio que tengo, y en lugar de cambiar de casa tengo que purgar todo lo innecesario. Y aprender a vivir más en contacto conmigo misma, en lugar de preocuparme por hacer limpieza de armarios o recoger la mesa del estudio. No sé, son cuitas de un invierno largo que empieza a terminar, supongo. O quizás no. Quizás el próximo día os diga que me he mudado a una caravana y voy a vivir en el parque de al lado de mi casa. Quién sabe. No sería la primera vez que se me pasa por la cabeza ser nómada.

8 de marzo


Hoy conmemoramos el día de ellas. Ellas, las que lucharon para que hoy tengamos derechos que damos por supuestos, pero que hace no tanto eran sueños inalcanzables (como tener derecho a voto, o a un sueldo por el trabajo hecho, o a poder viajar al extranjero sin la firma de tu padre o tu marido). Recordamos a las que murieron en una fábrica, a las que se dejaron las fuerzas levantando países cuando los hombres estaban haciendo la guerra, a las que, por su valentía, hicieron de éste un mundo mejor para las chicas, mujeres, señoras, en el que hay que seguir luchando, sí, pero con otra cara. Y también recuerdo a las que viajan solas aunque viajen acompañadas, a las que sí, señora jueza, cerraron bien las piernas, o quizás eligieron no hacerlo porque la muerte es siempre peor que una violación, y a las que día a día comparten cama con sus verdugos. Hoy es el día internacional de la mujer, del cincuenta por ciento de la población, que aún sigue teniendo un día al año, como si de una minoría se tratara. Hoy es el día de todas. Y, por suerte, se nos van a unir unos cuantos hombres en la celebración. Porque cada vez hay más hombres que entienden que el día de la mujer es el día de todas, y todos.

De por qué febrero tenía que ser festivo, o lo mucho que me afecta el frío

Leo de pasada (más correcto sería decir "paso la vista sobre") un titular en un periódico online que pregunta si los humanos deberíamos hibernar. Antes de que mi cerebro registre lo que ha leído, yo ya estoy asistiendo con la cabeza como si del otro lado de la pantalla me viera alguien, o los gatos me fueran a discutir. Ha llegado el invierno con la furia de la que parecía iba a carecer este año, y yo me quiero esconder debajo de la manta, con el libro más gordo que pille por casa y un té calentito a mi lado. No me apetece salir a la calle. Me siento agotada. Ríase usted de la astenia primaveral, a mí lo que me destroza es el frío polar que acecha en cuanto abres la puerta de la calle en febrero. Mañana empiezo con las vitaminas.
Mírala, qué alegre va ella. Pedazo de sonrisa.

Todavía hay en el mundo algún escéptico que discute el hecho de que el clima de una determinada región afecta al carácter. Yo, he de reconocerlo, lo he hecho durante mucho tiempo, pero solo porque estoy harta de que digan que los vascos (y las vascas) somos unos sosos, secos y desaboríos. Durante años he defendido que no hay que dar palmas en la calle para demostrar lo alegre que es una, que un poco de seriedad de vez en cuando, sobre todo en el trabajo, no significa que no nos sepamos divertir, que no se ríe mejor quien ríe más alto. Hasta que, volviendo de una comida con amigos un domingo invernal, con viento, lluvia y frío y la mano que sujetaba el paraguas sin enguantar, vi el reflejo de mi cara en un escaparate y me asusté de mi misma. De normal ya suelo ir seria por la calle, pero es que en ese momento parecía que quería partirle la cara a alguien. Cabeza baja, ceño fruncido porque me estaba dando el viento en los ojos, paraguas abierto, hombros subidos, barbilla hundida dentro del abrigo... Igualito que la madrastra malvada o la bruja del bosque de cualquier cuento de hadas. Si en este instante me sacaran una foto y se la mandaran a alguien del sur, ¿cómo no iban a pensar que todos los vascos (y las vascas) gastamos de una mala leche del quince? Pero es que claro, hay que estar aquí para entender que sonreír con este frío es muy difícil, a no ser que te cuenten un chiste justo antes de salir de casa y se te congele la sonrisa según sales a la calle. Que no sería la primera vez que me pasa.

Desde aquí reivindico la festividad de febrero, por lo menos para la gente del norte, que a los del sur no les hace falta. Un mes en el que podamos hibernar, recuperar energías, cargar las pilas, para luego poder volver a ser todo lo efectivos que se dice que somos (unos y unas más que otros y otras, como en todas partes). O mejor aún, haría un trueque: como decreto de ley obligaría a cambiar de residencia un mes al año a alguien del sur con alguien del norte, para que unos descansen del frío y otros entiendan que, cuando la nieve te golpea las mejillas y el aire es tan fuerte que apenas puedes respirar, en lo último que piensas es en dar palmas o tomar un rebujito. En todo caso un carajillo o uno de esos vinos calientes que se toman en el norte de Europa (y en Vitoria en Nochebuena).

Resumiendo: que hace frío, que lo llevo muy mal, que prefiero el sol y los días rasos. Y que ya he empezado a buscar destinos en los que jubilarme, porque a dios pongo por testigo que cuando no necesite trabajar más no volveré a sufrir un febrero en Vitoria. Aunque me tenga que mudar a Tailandia. Con los gatos en la mochila.

The Minimalists y la crisis de los cuarenta.



Este noviembre pasado cumplí cuarenta años, con lo que supongo que estoy en plena crisis de la mediana edad. Digo supongo, porque la verdad es que éste es el año que menos me ha costado cumplirlos, y eso que la cifra asusta. Yo creo que es porque llevo desde los treinta y ocho pensando en que pronto voy a hacer cuarenta, y claro, me he acostumbrado tanto a la cifra que cuando ha llegado creía que ya los tenía. Casi me ha hecho ilusión cumplir "solo" cuarenta.

Pero sí, debo estar en crisis, porque hay algo que me mantiene inquieta. Estos días le he estado dando vueltas y creo que he dado con el quiz del asunto, aunque decirlo en voz alta casi me da hasta vergüenza. Creo que mi problema es que ya "he llegado". He llegado a ese punto a donde se supone que la madurez te tiene que llevar. Tengo una vida equilibrada, no necesariamente la que soñé con veinte años (ya ni recuerdo qué soñé yo a los veinte), pero equilibrada. Tengo un trabajo fijo que me encanta, lo que me reporta un sueldo más que digno que me permite vivir con comodidad, aunque sin lujos; tengo un círculo estable de gente a mi alrededor con el que he conseguido evitar dramas a base de extirpar a todo ser tóxico de mi círculo cercano; tengo una casa propia que terminaré de pagar a los sesenta y cinco (¡ay!), que no es la casa de mis sueños pero puede llegar a serlo. Pareja no tengo, pero atrás quedaron los días en los que eso era un problema, porque he aprendido a estar sola y, la verdad, ahora me costaría mucho hacer hueco a otra persona. Material y socialmente hablando, se puede decir que lo tengo todo.

Y eso es lo que me agobia. No hago más que pensar en "y ahora ¿qué?" Si ya he llegado, ¿a dónde voy ahora? ¿Cuál es mi próximo objetivo? Hasta ahora tenía sueños materiales (y otros no tanto): arreglar la casa, o venderla y comprar otra más grande; cogerme un año sabático y viajar por el mundo (pero con qué dinero);... Y ahí se acaban mis planes. Como veis, bastante triste como proyecto vital. También está aprender alemán o volver a pintar, pero eso no son objetivos sino hobbies, entretenimiento mientras veo los años pasar. Ya he llegado, pero ¿es esto lo que quiero? ¿Qué hay ahí fuera que sea mejor? ¿Me atrevería a lanzarme a por ello?


Por causas completamente ajenas a estas cuitas, hace unos meses compré el libro de Marie Kondo sobre cómo ordenar tu casa de forma definitiva. Su teoría, y no le falta razón, es que en la mayoría de las casas guardamos muchas más cosas de las que realmente necesitamos. Lo primero que hay que hacer antes de ordenar es tirar todo lo superfluo. Ella define superfluo como aquello que no te da alegría; cada objeto que tengas debe hacerte feliz de alguna manera, y si no lo hace debes despedirte de ello (ella, japonesa y muy zen, le da las gracias a cada objeto por la felicidad que le ha traído y se despide de ellos; no veo yo haciendo algo así con un par de zapatos que me hicieron daño en una boda, qué queréis que os diga). Tengo el libro tan marcado y subrayado que creo que no ha quedado capítulo del que no haya sacado algo válido, con lo que doy el dinero que me costó el libro por muy bien invertido, aunque todavía no me he puesto a seguir sus instrucciones (pero tengo una fecha concreta marcada en el calendario y pienso hacerlo. De verdad). A cuenta de este libro, me puse a trastear en la red y encontré, de pura casualidad, a Joshua Fields y Ryan Nicodemus, más conocidos como The Minimalists. Esta pareja de amigos decidieron un día que no les gustaba su vida en el mundo corporativo, con sus sueldos de seis cifras y sus horarios de locura, y cortaron por lo sano con lo que les rodeaba. Se hicieron minimalistas, o sea, empezaron a vivir con menos. No solo menos objetos, sino menos de todo: menos estrés, menos horas en la carretera, menos deuda, menos gente tóxica a su alrededor. Se dedicaron a hacer lo que más les gusta, que en su caso es escribir, y les fue bien. Como sus necesidades se han reducido, el sueldo que necesitan para vivir también es menor. Ahora dicen ser felices y su vida ha cambiado como de la noche al día.

The Minimalists tienen un blog y una serie de podcasts que he empezado a seguir (y que os recomiendo si vuestro nivel de inglés es alto). Hay varios conceptos que me han llamado la atención, y sobre todo me han ayudado a ver por qué me siento extraña sin objetivos. Mi frase favorita es "en el momento en el que dejas de aprender, dejas de crecer, y en cuanto dejas de crecer, empiezas a morir". Me parece brutal, y cierto como la luz del día. Yo añado que para aprender tienes que estar motivada, tienes que querer aprender algo que te apasiona, de la manera que sea, ya sea viajando o leyendo, o hablando con otras personas. Evitan el término "algún día", porque, dicen, es una de las frases más peligrosas del lenguaje (equivalente a "nunca", diría yo), y odian "por si acaso", en el sentido de guardar cosas por si acaso se necesitan algún día y encontrarnos con que la casa está llena de objetos que no hemos usado en diez años. (Su regla es la del 20/20: si te cuesta menos de veinte minutos ir a comprarlo y puedes hacerlo por menos de veinte dólares, puedes tirarlo. Me ha encantado.)

Hablan de muchas otras cosas, como el exceso de consumismo en la sociedad (sobre todo la estadounidense), la importancia de no tener deuda, el abuso de la tecnología, el identificarnos con nuestro trabajo, etc. Algunos de sus consejos son "radicales" en el sentido de que suponen dar una vuelta completa a toda tu vida, pero otras son cosas que podemos hacer hoy mismo. Por ejemplo, vaciar la casa de cosas superfluas, o dejar de comprar compulsivamente y dedicar ese dinero a quitarnos deuda. A mí me han hecho replantearme varias cosas, y he empezado a ponerme objetivos nuevos (que no comparto porque todavía están en proyecto). Lo malo es que tengo mi edad grabada a fuego en mi subconsciente, y me va a costar tiempo y esfuerzo convencerme de que aún no soy demasiado mayor para hacer lo que quiero. Lo de hacer puenting hace tiempo que quedó atrás, pero lo de cogerme la maleta y marcharme a ver mundo... Ya se verá. Os mandaré una postal desde Australia si alguna vez me decido.

Crisis de los cuarenta. Luego vendrá la de los cincuenta y me haré un piercing en el ombligo, o me daré de cabezazos contra la pared por no haber hecho a los cuarenta lo que será demasiado tarde empezar a hacer a los cincuenta. De momento vuelvo a mi lista de prioridades. Ya os iré contando el desarrollo.

Una de hospitales, o por qué la mala educación afecta a la salud.

No, si ya decía yo que este año no empezaba bien. Si ya me olía yo que 2016, siendo bisiesto, no iba a traer nada bueno en ese día extra (es más: el muy cabrón se ha saltado el sábado en el que debía caer mi cumpleaños y este año cumplo en domingo, así, por las buenas). Ahora ya no tiene que ver con animales de compañía o actores lejanos que no me tocan en nada, sino con un familiar cercano que se ha pasado dos semanas en el hospital y a quien me ha tocado cuidar y hacer compañía (todo bien, gracias, se quedó en un susto). Vaya añito llevamos. Yo desde ya le estoy poniendo velas a San Rickman para que me guarde de males mayores, que todavía estamos a quince de febrero y queda mucho año por delante.

Pero no vengo a hablar de desgracias, sino a quejarme de la mala educación de algunos y, en este caso concreto, algunas, que cuando se da en un hospital parece que tiene más peso. El primer ingreso (y es que hubo dos, con una semana de descanso en medio) fue en la planta sexta de un hospital de siete plantas. El baño de la habitación es solo para los enfermos de esa habitación, y yo, que sigo las normas siempre que puedo, usaba el baño de la sala de visitas sin problema. Ya el primer día me di cuenta de que olía a tabaco que apestaba, y me imaginé que los enfermos fumadores se escaparían al baño de vez en cuando a echar un cigarro. No es que me parezca bien, pero entiendo que la adicción es fuerte y a veces uno se esconde donde sea a cambio de poder fumar (aunque mi enferma, fumadora compulsiva, aguantó la semana entera sin fumarse un pitillo, así que si ella puede no veo por qué el resto no); eso sí, como no fumadora que tiene que usar un baño sin ventilación, el vicio ajeno se hace insoportable. Uno de los días debí entrar nada más salir la fumadora de turno y casi muero asfixiada. Tan desagradable se me hizo que salí a la zona del lavabo en bragas, incapaz de aguantar la respiración un segundo más, para atarme el pantalón en zona  de aire "limpio". Creo que ni tiré de la cadena.

Mi cabreo monumental vino cuando me di cuenta de que no eran los enfermos los que usaban el lavabo como fumadero. Salí del baño para encontrarme con una mujer vestida de calle, el abrigo puesto, el bolso al hombro, y con un cigarro en una mano y el encendedor en la otra que apartó la mirada cuando entró en el cubículo. Como soy una cobarde, no le dije nada; no creo que hubiera conseguido convencerla de que no le costaba nada bajar a la planta baja y echar el cigarro en la calle, y la mujer tenía una envergadura bastante más ancha que la mía y me dio miedito. Podía haber llamado a seguridad, podía haber hablado con las enfermeras, pero no dije nada. No hubiera servido de nada. La gente que es capaz de fumar en el baño de un hospital por no bajar seis plantas en el ascensor no se avergüenza porque le digan que no debe.

Nunca entenderé cosas así. Las faltas de respeto son algo que llevo muy mal, y algunos fumadores se llevan la palma. Parece que ya vamos entendiendo que fumar en los ascensores es desagradable, es malo para la salud, es una falta de respeto a la convivencia, pero lo del baño del hospital me dejó muerta. ¿Tan difícil es, cuando tienes el abrigo puesto y las piernas funcionales, bajar a fumar abajo? Un día vi a un enfermo con medio cuerpo fuera de la ventana echando el cigarro, sin que una gota de humo entrara en la sala de visita. A él le hubiera perdonado que fumara en el baño. ¿Tanto cuesta pensar un poco en el prójimo?

A la semana siguiente comprobé que, en la segunda y primera plantas, el baño olía bien. Será que la planta baja está más cerca y a la gente no le importa bajar, pero para la próxima ya sé qué baños voy a usar independientemente de dónde esté mi enferma. Solo espero que no me toque otra vez, que una ya ha cumplido con su mala suerte este año. Y a vosotras/os tampoco, que, fumadoras/es o no, me caéis bien. Eso sí, hacedme un favor y llevaos parches de nicotina en caso de que terminéis ingresadas/os, anda. Que no cuesta nada.

Mi pequeño homenaje

2016 no empieza bien, no señor. Enero no ha traído todavía las nieves que todo lo curan y que prometen año de bienes; no ha traído la tan ansiada lotería, no ha traído el moreno de ojos verdes que espero todos los años por Reyes, y de salud andamos más bien justas. Pero eso no es lo peor. Si 2016 no trajera nada, se lo podría perdonar. Lo que no le perdono es lo que se está llevando.

Mi pequeña tragedia empezó ayer (sí, ayer, 13 de enero, y no el diez con la muerte de Bowie; no le deseo mal a nadie, el hombre me caía bien, pero la verdad es que su música me la trae al pairo y su muerte no me ha afectado lo más mínimo). Como todos los miércoles me fui a clase de alemán por la tarde, y al salir me encontré con un montón de mensajes y llamadas perdidas de mi hermano. La perrita de la familia (y digo perrita por no decir "la perra de la familia", que parece que estoy insultando a alguien, pero el bicho pesaba cincuenta kilos y de "perrita" nada) estaba muy mal, no tenía cura y la veterinaria aconsejaba encarecidamente acabar con su sufrimiento. Para cuando pude llamar a mi hermano, Itzel, un pastor vasco de trece años, ya ni sufría ni padecía, y la familia había perdido a su miembro más cariñoso. Se me quedó cara de idiota, por más que la chucha no viviera conmigo, y hoy mis sueños han estado plagados de recuerdos de cuando era un cachorro y pesadillas sobre sus últimos meses. Tenía un tumor en el bazo que reventó ayer. Nosotros no lo sabíamos; pienso en cuánto dolor debió sufrir y en qué silencio se mantuvo, sin una queja ni un mal gesto, siempre contenta de vernos. No creo en dios ni en el cielo, y me da rabia, porque me gustaría pensar que Itzel está correteando entre nubes de algodón con toda una jauría de perros a su alrededor. Ya no sufre. Es poco consuelo, pero algo ayuda.

Hoy he ido con el humor torcido a trabajar, porque entre las pesadillas y el disgusto no he dormido bien. Tenía toda la intención de echarme una siesta al mediodía, antes de enfrentar las clases de la tarde, pero hoy no ha podido ser. Mientras comía con la compañía de la quincuagésima reposición de Anatomía de Grey en la pantalla del televisor, he cometido el grave error de echar un vistazo a Twitter en el móvil. Y ahí me he llevado el disgusto de mi vida, tanto que la comida me ha dado una vuelta en el estómago y he sentido el corazón en el cuello por un momento. He leído que se ha muerto. La Voz, así, con mayúsculas; el Actor, ese que está (estaba, ¡ay!, estaba) a diez mil millones de años luz de cualquier otro actor, ese cuya sola presencia da caché a una película o a una obra de teatro; él, el único, el incomparable, el gran actor secundario, Alan Rickman, ha dejado este mundo a los sesenta y nueve años víctima de un cáncer. Y a mí el mundo se me ha hecho un poco más pequeño, y he estado a punto de echarme a llorar, y si no lo he hecho ha sido por la vergüenza de llorar por alguien a quien nunca he conocido y cuya falta no me va a afectar en absoluto.

He corrido a Internet esperando que fuera un bulo, uno de esos que rondan la red de vez en cuando (¿cuántas veces al año muere Morgan Freeman?), pero en el fondo sabía que era verdad. Me he pasado media hora navegando sin ton ni son, releyendo la misma noticia una y otra vez (¿sabíais que se casó hace apenas tres años con la que ha sido su novia desde los dieciocho?, ¿que estaba promocionando una película?, ¿que era más cotizado como actor de teatro que de cine?; yo sí, pero hoy lo he vuelto a saber), hasta que al final he encontrado (reencontrado, mejor dicho) un vídeo de hace apenas seis meses donde se puede ver un atisbo de Alan Rickman el hombre, no el actor. Ya estaba enfermo, pero seguía promocionando la película. Meses y meses viajando de un lado a otro (hay fotos de Australia, Nueva York, Londres), y no puedo evitar preguntarme si sabía que estaba en las últimas. No he visto ninguna foto suya después del verano, creo. Ha escondido bien su enfermedad. Yo, que sigo sus noticias cual prepúber a Justin Bieber, no sabía que estaba enfermo. Quizás por eso su muerte me ha caído como un jarro de agua fría. Qué disgusto. Y qué tonta me siento.



Itzel y Alan, Alan e Itzel. Un perro y un actor lejano. Muchos dirán que me quejo por nada, que vaya pérdidas, que son tonterías. Yo también lo digo. Soy muy consciente de que podía haber sido peor, mucho, mucho peor. Pero lo digo con la boca pequeña, porque ahora mismo me arden los ojos al pensar que no voy a volver a ver a Itzel, y se me hace un nudo en la garganta porque Alan no va a cumplir una de las frases que más se han citado esta tarde: "When I'm 80 years old and sitting in my rocking chair, I'll be reading Harry Potter. And my family will say to me, 'After all this time?' And I will say 'Always'".

Y afuera llueve.

De propósitos de Año Nuevo o cómo todos los años se repite la misma historia

Ha empezado 2016, año par, año bisiesto. Yo lo he empezado fuera, porque hace unos años decidí que iba a pasar la Nochevieja fuera de casa y es una tradición que cumplo a rajatabla. He estado en Alemania, a cien metros de la estación esa que iban a volar en Nochevieja y donde al final no pasó nada, y me he acordado de que la que iba a ser mi compañera de viaje se echó atrás en el último momento por miedo a posibles atentados. No sé si será porque soy vasca y vivir aquí en los ochenta me ha curado de espanto, porque soy una incauta o porque soy muy pava, pero a lo último a lo que tengo miedo es a morir en un atentado. Desde luego, no voy a dejar de viajar por eso.

He estado en Alemania, digo, y me he traído un souvenir un poco extraño, uno que no compré, en forma de virus estomacal que me ha tenido en casa dos días extras y ha alargado mis vacaciones hasta el once, con lo que si los maestros ya vivimos bien, los maestros enfermos ya lo flipas. He paseado por Baviera y el Tirol, he visto de cerca la estación de los saltos de esquí esos que nos ponen todos los años en Año Nuevo (pero sin ponerme los esquíes, ¿eh?, que una vive sin miedo pero no está loca del todo), y he comprobado que los alemanes tienen una manía infinita a los españoles o cualquiera que hable en castellano. Creo que no me habían tratado tan mal en los restaurantes en la vida, y eso que dejábamos propina y pedíamos en inglés. Me pregunto qué moto les habrán vendido en las noticias, en los periódicos, etc. sobre los inmigrantes que buscan trabajo de ingenieros en Alemania y luego terminan de barrenderos. Supongo que tendrán tan mala imagen de nosotros como nosotros de ellos.

No quita para que me lo haya pasado en grande y haya vuelto con ganas de coger al toro por los cuernos, o a los niños y niñas por el pescuezo, que al final es lo mismo. Lo primero que he hecho ha sido imprimir mi lista de propósitos de Año Nuevo, que no sé por qué escribo una todos los años cuando podría hacerme una copia de años anteriores y me serviría igual (bueno, no exactamente, aunque muchos se repiten). Este año son diez mis buenas intenciones. El número ha sido casual, no lo he buscado, pero me ha hecho gracia que sea tan redondito. He impreso el papelito, por tanto, y lo he colocado en un sitio bien visible, porque este año tengo la intención de hacer algo todos los días encaminado a, por lo menos, uno de los propósitos de la lista. Uno de los objetivos es, cómo no, perder peso. Pero este año, ¡por fin!, no me he apuntado al gimnasio.

Sí, ya he aprendido la lección, después de cientos (si no miles) de euros derrochados en matrículas y mensualidades. He decidido que el ejercicio lo puedo hacer en casa y en la calle. Paseos de diez o quince kilómetros cuando tenga tiempo, vídeos de Youtube de cardio y musculatura entre semana (que es cuando no tengo tiempo). Aunque sea un cuarto de hora de yoga, la intención es hacer algo todos los días que me ayude a ponerme en forma. Hoy ya he empezado. He jurado en arameo, he llamado de todo a la profesora, he soltado unos gritos que han debido asustar a algún vecino, pero he terminado el vídeo de treinta minutos de cardio y abdominales. Se supone que tengo que hacerlo treinta días seguidos, pero yo ya voy buscando excusas. No tengo tiempo, el máster, alemán, vivir... Vamos, igualito que hacía con el gimnasio, sólo que esto es gratis y si lo dejo no me voy a sentir culpable (miento: me voy a sentir culpable, pero no se me resentirá la cartera).

Otro de los propósitos es escribir más en el blog. Ya que la escritura "real" (la de para mí, la de contar historias, la de tejer mundos) la dejé hace mucho tiempo, a ver si por lo menos encuentro una rutina y consigo comunicarme con el mundo un poco más a menudo, que lo tengo muy dejado. Por eso estoy escribiendo hoy, aunque en realidad no tenga mucho que contar más allá de que sigo viva. Dicen que escribir es como comer y rascar, todo es empezar; y como no me pica nada y comer no debería (por lo de perder peso, vaya), he pensado que igual mejor escribo. Para mandar un saludo, más que nada. Y decir que volveré, espero que con más inspiración, a daros la murga todo lo que me dejéis. Si me dejáis.

Y si no, nada. A contar historias, que también apetece.


La Navidad, ¿bien o en familia?

                               
Se acerca la Navidad, y con ella las tan temidas reuniones familiares. Me pregunto por qué insistimos en juntarnos todos por estas fechas cuando no nos vemos el resto del año. ¿No queda claro que no nos aguantamos y preferimos guardar las distancias? Pero no, son fechas para pasarlas en familia y "jartarte" a comer, aunque tu tía te caiga gorda y no te guste el marisco. Ayer una compañera de alemán lo resumió perfectamente: ¿cómo vas a pasar las fiestas, bien o en familia? Pues eso.

El peso de las fiestas suele recaer en las amas de casa, que son las que se pegan la pechada a cocinar y a limpiar la casa para que los cuñados y las cuñadas no tengan nada que reprocharle ni ángulo por el que criticar. Todavía tenemos la costumbre de ir donde nuestros padres y madres a comer, y no importa la edad que tengamos, no importa cuántos pañales hayamos cambiado o el número de deliciosos platos que hayamos conseguido poner en la mesa a lo largo del año, para ellos siempre seremos los niños y niñas a los que hay que atender. Hombre o mujer, es pasar el dintel de la puerta y encontrarte a tu madre trajinando en la cocina con las gambas a la plancha y el cordero al horno. Dependiendo de lo que aprendiste de pequeño/a, ayudarás o no, pero la carga es la del ama de casa. O al menos esa es la visión que tenemos.

El año pasado por estas fechas me compré un pequeño horno eléctrico. Como quería estrenarlo y durante el curso no tenía tiempo, se me antojó hacer una receta sencilla de galletas de mantequilla en Nochebuena, justo antes de darme cuenta de que no tenía ni harina ni mantequilla (viva yo). Bajé al supermercado de al lado, ese al que dejé de entrar hace años porque los precios se habían disparado, y me encontré con mi cajera favorita, una mujer que si se calla parece que se ahoga y no hace más que meter la pata con cada comentario que les hace a los clientes. Recuerdo uno en especial, donde un hombre mayor se había hecho un lío con el detergente que le había mandado comprar la mujer. "Es que no se puede dejar comprar a los hombres, no aciertan una", dijo ella, una vez que el abuelo se había ido, al siguiente cliente. Que resultó ser un hombre de mi edad que estaba haciendo una compra claramente familiar. Por supuesto, no se calló y le soltó algo así como "hombre, tampoco es eso, algunos ya hemos aprendido", a lo que la cajera contestó con una larga perorata sobre hombres de otra época, los de ahora ya han cambiado, blah, blah, blah. La Nochebuena pasada estaba ella en su puesto, digo, en un supermercado desierto a las tres de la tarde, cuando entró un cliente habitual (de nuevo, un hombre joven) que la saludó y le dijo algo así como "qué tranquilos estáis hoy". Ella saltó como un resorte. "Hombre, claro, porque ahora están todas las señoras preparando la comida, pero tú tranquilo, ¿no?, que como irás a mesa puesta..." Al chico le cambió la cara. De la sonrisa que había lucido un momento antes, su cara pasó a un gesto serio. "Y tú qué sabrás", le contestó, tan cortante que la cajera no tuvo réplica. Me cobró en silencio y se marchó sin un buenas tardes a reponer artículos en las baldas.

Todo cambia, supongo, aunque a veces más despacio de lo que nos gustaría. Hay gente que no lo ve, o que no quiere verlo, o que está tan centrada en sus ideas que no tiene intención de cambiarlas aunque todo apunte a que está equivocada. Seguimos con los clichés, hombres o mujeres. Pienso en la cajera, y llego a la conclusión de que, quizás, para ella estas fiestas sean una ocasión de sentirse importante, de cuidar de su familia, y probablemente no quiera perder ese trono. Es el lugar que se daba antes a las mujeres, el que en mayor parte siguen manteniendo. Algunas lo ven como terreno perdido porque los hombres empiezan a participar. Yo lo veo como terreno regalado, porque no creo que haya nada más desagradecido que cocina para trece personas y recoger tú sola, sin más aprecio que "qué rico el cordero". Pero igual soy yo, que soy bastante cínica con las fiestas.

En resumen: Felices Fiestas, Zorionak, Urte Berri On, y todo lo que se diga estos días. Pasadlo bien o en familia, pero pasadlas, que al otro lado del túnel siempre hay luz. Y pensad un poco en la persona que se ha dejado parte del alma para que disfrutéis de la cena y la comida, anda, que bien lo merecen.


                                 

Cuarenta

Hoy es mi cumpleaños feliz, que dice una amiga mía. Hoy cumplo cuarenta tacazos, como bien sabe Google, que no ha dudado en poner un doodle en mi honor en mi página de inicio (cosa que, por algún motivo que no llego a entender bien, me ha hecho mucha ilusión). Siendo viernes, el día pinta bien. Tengo dos bizcochos caseros en el frigorífico que voy a compartir con las dos clases de primaria que tengo hoy, y grandes planes para los peques de infantil (a quien también les hubiera hecho un bizcocho, pero mi arte culinario no llega a bizcochos veganos y, como hay una niña que no come ni huevo ni lácteos, no hay bizcocho para nadie). Viernes trece, como bien me ha apuntado algún alumno. Todo el colegio sabe que es mi cumpleaños, en parte porque tenemos un calendario que marca cuándo cumplen años todos los miembros de la escuela, en parte porque lo he anunciado a los cuatro vientos. Me encanta el día de mi cumpleaños, aunque soy famosa por no llevar bien eso de cumplirlos.

Esta semana me he descubierto una arruga nueva en la cara. En realidad es la única que tengo, si descontamos las de expresión que bajan de la nariz a la comisura de los labios y unas leves patas de gallo que sólo se me ven cuando sonrío (he heredado el cutis de la familia de mi padre, cuya madre murió a los noventa y tantos con la cara completamente lisa; eso y la mata de pelo, lo mejor que me han dado los genes). Una arruga, digo, en mitad de la mejilla, una marca que parece hecha con un instrumento de trabajar arcilla. Yo la llamo "la marca de la sonrisa que se desvanece", porque está causada por sonreír. Es una de esas pequeñas arrugas que nos marcan la cara al soltar una carcajada, pero cuando dejo de sonreír ya no desaparece. Apenas es perceptible, pero amenaza con ser una de esas marcas que dentro de unos años van a ser profundas. Mi primera arruga es causa de mis sonrisas. Sé de gente que mataría por tener arrugas de ese tipo.

Cuarenta años ya, arrugas en las mejillas, las rodillas más cascadas de lo que me gustaría y, como dice la canción de Ricardo Arjona, "esa grasa abdominal que los aeróbicos no saben quitar", pero yo sigo esperando la madurez. Cuando tenía veinte años imaginaba los cuarenta como una edad de cordura y sensatez, de objetivos cumplidos, de sueños realizados. No me daba cuenta, pero en realidad estaba marcando esa edad como el debacle de la vida, porque si ya lo tienes todo hecho, ¿para qué seguir viviendo? Quizás eso sea lo que provoca la crisis de los cuarenta. Yo miro la lista de mis sueños y la veo aún casi llena, y pienso que ahora estoy en mejor situación que nunca para ir cumplirlos todos (pero poco a poco). Madura aún no estoy, aunque el espejo me devuelva una imagen que cada vez se parece más a mi madre, pero no tengo prisa. Hay gente no madura nunca. Antes lo veía como algo malo, pero ahora casi me parece un piropo.

Cuatro décadas ya. Cuatro más por venir (espero). Hora de empezar a vivir sin miedo.


Aprender idiomas: ¿para qué?


Este año me ha dado por estudiar alemán. No es la primera vez que lo intento, pero parece que mi vida, así en general, se ha confabulado contra este idioma y no hace más que poner impedimentos para que yo lo aprenda. Lo estudié por la UNED mientras hacía la carrera de filología inglesa y, aunque me encantó, terminé con tantas lagunas que decidí empezar otra vez de cero al año siguiente. Me apunté a una academia al lado de casa con una nativa alemana, pero éramos muy pocas en clase, casi no íbamos y no había manera de avanzar. Luego probé con la Escuela de Idiomas y, aunque me tocó una profesora estupenda y muy dinámica que hacía que las dos horas y cuarto de clase se pasaran en un suspiro, lo tuve que dejar por cuestiones laborales (que una no puede estar en dos sitios al mismo tiempo, vaya). Me di por vencida y estuve varios años sin tocarlo, aunque de vez en cuando me daba la neura y trataba de estudiar un poco por mi cuenta (sin mucho éxito). Este año me he vuelto a apuntar a una academia, con profesora nativa que encima me conoce y compañeros de clase a los que casi doblo la edad. En vez de empezar de cero, la profe me ha puesto en segundo y tengo que hacer un esfuerzo del quince por recordar lo que di hace tres o cuatro años, pero, curiosidades del aprendizaje, eso me motiva más que repasar cosas que ya sé. He hablado más alemán este último mes que en los tres años que me pasé estudiándolo anteriormente. Suena raro, pero me paso la semana deseando que llegue la hora de ir a clase (aunque ya he hecho alguna que otra pira, que el cuerpo tiene sus límites y no puedo con mi super horario de tareas extraescolares).

Pero como tres horas a la semana no son suficientes para aprender un idioma (os lo dice una profe de idiomas que pelea porque sus niños vean los dibujos en inglés o en euskera, un esfuercito por favor), he curioseado por internet hasta encontrar una página de intercambio de idiomas. En realidad es una página donde puedes contratar profesores a distancia, que cobran por horas y te dan la clase por Skype, pero también es un punto de encuentro para gente que quiera cartearse o hablar a distancia con gente en otros idiomas. Me apunté en junio y no le hice mucho más caso, pero esta semana he recibido un email que me ha encantado. Una mujer alemana que vive en Zaragoza se ha puesto en contacto conmigo para que le ayude a escribir y hablar en euskera, idioma que está aprendiendo dónde y en Zaragoza porque su novio o marido ("maite dudan gizona", el hombre al que quiero) es vasco. A cambio, ella me ayuda con el alemán, que además de ser su idioma materno es lo que enseña. Por supuesto, me ha faltado tiempo para decirle que sí, y le he escrito una carta emocionada en alemán que ella me ha devuelto corregida al dedillo y con una profesionalidad que no paga el dinero (todo rojo, anda que no me queda nada por aprender). Ahora me toca a mí corregir sus frases en euskera, e imagino que pronto quedaremos por Skype para charlar un rato en el idioma que nos dé la gana.

Lo que me lleva a la pregunta que ha motivado este post: ¿por qué aprende la gente idiomas? Supongo que cada uno tiene su propia respuesta, y es tan variada como aquellos que la dan, pero esa explicación simplista que esgrimen algunos sobre la comunicación se queda corta. Yo estudio alemán porque me gusta la lengua, pero no me preguntéis qué es exactamente lo que me gusta de ella. También porque, como profesora de idiomas, estudiar un idioma nuevo me ayuda a entender el proceso de aprendizaje por el que están pasando mis alumnos y alumnas, y ahora tengo mucho más en cuenta lo duro que es hacer un listening, o el grado de concentración que requiere escribir un texto, o lo difícil que es expresarte en una lengua que no dominas. La mujer de Zaragoza estudia euskera por amor, en una ciudad en la que nunca va a poder usarlo más que con sus compañeros de clase y con su pareja, en un mundo en el que el euskera está infravalorado por muchos vascos que se resisten a aprenderlo o a hablarlo (aunque sepan), un idioma que "no sirve para nada". Mis compañeros de clase estudian alemán porque son ingenieros y ven que su futuro laboral puede pasar por irse a vivir a Alemania. En mi academia hay una mujer de 72 años que lo estudia porque su hija se ha casado con un alemán y se ha ido con él a vivir, y se está preparando para poder hablar con sus futuros nietos.

No es solo comunicación. Si fuera por eso, todos hablaríamos inglés y nada más, y dile a un monolingüe que deje de hablar su idioma en favor de algo que entendamos todos. Aprender idiomas debería acercarnos, aunque a veces es precisamente lo que nos separa. El esperanto fue un experimento fallido por eso mismo, porque era un idioma que no representaba a nadie. Un idioma es como un libro de historia que aún se sigue escribiendo, donde se reflejan la cultura, las tradiciones, los modos de pensar. Y sí, sirve para comunicarse, pero al final es lo de menos. Si solo fuera para eso, toda Europa hablaría el mismo idioma. Y, obviamente, todavía no es así.

Todavía.

De días de otoño, o cómo odio el anochecer de las cinco


De un tiempo a esta parte me he dado cuenta de lo que me afectan el clima y las estaciones. Cada vez me doy más cuenta de que es cierto eso que dicen sobre que la gente del sur es más abierta y más feliz por las horas de sol que soportan, y que en el norte somos más serios porque las nubes y la falta de luz nos nublan el humor. No sé si será solo eso o algo que ver con las coordenadas terrestres, pero que la temperatura afecta es verdad. Y más que la temperatura, las horas de sol. Cómo voy a echar de menos los paseos vespertinos de este verano cuando llegue el cambio de hora y salga de trabajar ya casi de noche.

Pero el otoño cerrado y el frío invierno también tienen sus utilidades, sobre todo para una persona casera e introvertida como soy yo. En cuanto veo las nubes fuera y siento caer las primeras gotas de lluvia, me arrebujo en el sofá con la manta, los gatos y un buen libro e ignoro que, a pesar de las apariencias, el día aún depara temperaturas altas y se puede dar una vuelta muy a gusto sin apenas ropa de abrigo. Empieza la temporada de estudios. Me he apuntado a un máster porque sé que los inviernos en Vitoria son largos, que las tardes de domingo se hacen eternas y que, conociéndome, o estudio o me trago todo lo que mi nueva compañía televisiva tenga a bien ponerme en la caja tonta. También me he apuntado a alemán por sacarme la espinita que tengo con este idioma, al que no termino nunca de cogerle la vuelta, lo que me va a obligar a salir de casa al menos un par de días a la semana (y a aprovechar más si cabe la tarde de los domingos). Todo por evitar el tedio de los inviernos vitorianos, los días de nieve, las tardes de lluvia, y el largo lamento de una ciudad que ya de por sí tiene poco que ofrecer y que en invierno muere un poco más.

El otoño llega ya. Hoy la temperatura es buena, pero las nubes amenazan agua (ya empieza a caer) y el cuerpo no pide estar en la calle. Es lunes, los niños y las niñas han venido del fin de semana con ganas de verse, ganas de hablar, ganas de estar juntos. Hoy no toca aplicarse con los deberes, toca socializar. Y yo ya paso de desgañitarme, porque sé que los lunes de poco vale, y prefiero dejar que se relajen y charlen un poco entre ellos antes de ponerme firme y pedirles que reciten conmigo la parte de gramática que toca (qué antigua soy a veces).

Es lunes, sí, y lo tengo un poco tonto. Es lo que tiene que hoy sea cinco de octubre y que toque celebrar el cumpleaños de alguien que ya no está. Lunes, otoño y lluvia, el triunvirato perfecto. Para qué quieres más, Tomás.

Septiembre

Ay, septiembre, septiembre, por qué eres tú septiembre. Mes de regreso, mes de reencuentros, mes de planes nuevos, mes de preguntarse cuándo llega el puente del Pilar y planear una escapada cualquier fin de semana por eso de aprovechar el buen tiempo que aún queda. Para mí, sobre todo, mes de vuelta al cole y a la normalidad. Dos meses de vacaciones dan para mucho desconectar, y aquí me veis, retomando el blog tres meses después de la última entrada. Y es que al blog no se le puede llamar trabajo, pero he desconectado tanto de la realidad que no quería ni volver a escribir, no fuera que alguien me echara mal de ojo por la envidia de mis vacaciones de maestra y terminara con aún más achaques de los que he tenido este verano, que han sido muchos y variados.

Pero ya estoy de vuelta, con intención de ser un poco más constante que este curso pasado. Es curioso cómo funciona el cerebro humano (o quizás sea solo el mío, que a veces pienso que es un poco extraterrestre), pero cuanto más tiempo tengo para hacer algo, menos hago, más tiempo desaprovecho, más hago el vago. Este curso promete ser ajetreado, con un máster a la vista (porque me va la marcha) y varios proyectos personales que veré si llevo a buen puerto, así que seguramente encontraré un hueco para dedicarme a alguno de mis muchos hobbies y estoy convencida de que voy a conseguir mantener los tres blogs que tengo (¡tres!) con más asiduidad de la que han tenido hasta ahora. Hoy la normalidad es ya total, con horario completo de mañana y tarde, y de momento ya le he encontrado un hueco al mediodía para sentarme delante del ordenador y hablar con vosotros y vosotras. Me hacía falta desahogarme.

Y tengo tanto sobre lo que desahogarme... Quiero hablar de la crisis de refugiados, de periodistas poco responsables, de feminismo (claro), de la escuela, de leyes injustas, de gente tóxica, de días de otoño con sol y color en los árboles, de viajes y hasta de fantasmas. No he llevado un diario este verano, aunque el cuaderno donde suelo escribir cuando voy de viaje ha viajado conmigo (y ha venido como se fue, sin una sola entrada), pero he escrito en el aire, en el fondo de mi cerebro, y espero acordarme de alguna de las ideas que se me ocurrieron en su momento. Y si no, da igual, porque se me ocurrirán nuevas; escribir es como correr, cuanto más lo practicas con más facilidad te sale. Vamos, me lo han dicho, porque yo lo de correr como que no, que bien me conocéis los asiduos y sabéis que cuanto menos me mueva, mejor.

Septiembre. Final del verano, principio de todo. Veremos hasta dónde nos llegan las energías. Yo, de momento, ya he empezado a tomar vitaminas.

De faltas de ortografía en periódicos o el dolor de ojos que conllevan

En mi cuadrilla (léase "grupo de amigos/as" para todos aquellos/as de fuera de Euskadi) me conocen como la talibán de la ortografía del grupo. Siempre ando corrigiendo los correos electrónicos que me mandan (cada vez menos, ya ni eso nos molestamos en escribir) y los watsapps del grupo, donde, gracias al corrector del teléfono, ya no hay excusa para saltarse las haches con eso de que hay que ahorrar velocidad y espacio (que digo yo, ¿qué hace la gente con todo ese tiempo que se ahorra no poniendo una hache, o escribiendo ke en lugar de que?). Últimamente, sin embargo, estoy mucho más comedida, por un lado porque sé que no es agradable que alguien te eche en cara que tienes faltas de ortografía y por otro porque, seamos sinceras, me he dado por vencida. Si después de cinco veces de corregirte "haber si nos vemos" todavía no te has dado cuenta de la diferencia entre el verbo haber y la expresión "a ver", ya no tengo mucho que hacer. Me hace gracia que ahora son ellos y ellas los que pillan las faltas, y la corrección siempre va con un "Ruth, no me puedo creer que se te haya escapado esto". Siembra y recogerás, parece ser; todavía no hemos conseguido que el watsapp sea zona sin faltas, pero ahí andamos.

Y es que, visto lo visto, lo de las faltas de ortografía se está convirtiendo en algo endémico, ya no solo en los watsapps de mi cuadrilla, sino en cualquier expresión escrita de las que tanto abundan últimamente. No hace mucho vi en un blog una frase que me hizo dejar de seguirlo de forma automática. La frase era algo así:
Estar atentos al blog las próximas semanas, porque van a ver muchas novedades. 
Esta frase me la encuentro en una redacción de mis niños y niñas de sexto y les cae un choteo tremendo sobre el imperativo y el verbo "haber" (que pronto dejará de ser impersonal, porque todo el mundo lo usa ya en plural y me pone malita), pero a la persona que escribió esta frase no le dije nada (y eso que era un blog sobre libros; ¿es que a la gente no se le pega nada cuando lee?). No soy quién, supongo, para andar corrigiendo a extraños. ¿O sí? A veces pienso que la ortografía se corrige a base de avergonzar al personal, pero no es algo fácil de hacer. Cuando es un desconocido o desconocida quien te corrige, siempre puedes pensar "¿quién coño se cree?", o "¿qué sabrá ella?", ofenderte y ofuscarte y agarrarte a tus faltas como si de tu seña de identidad se tratara. Si es un conocido de hace poco, no te atreves a corregirlos por no ir de pedante, aunque cada vez que abren la boca o ves algo escrito quieras morirte un poco. Cuando hay confianza... La confianza da asco, dicen con razón, y, visto lo visto, algo funciona.

¿De qué camionero estamos
hablando?
Ayer, sin embargo, me encontré faltas de ortografía en un periódico local, y eso sí que no. Si hay alguien que tiene que dar la cara y dar ejemplo son los periodistas. No se puede permitir que alguien que escribe para el público y recibe un sueldo a cambio (por bajo que sea, que ya sé que están muy puteados) confunda el verbo "haber" con la preposición "a". No se puede permitir que no sepa algo tan básico como que no se pone coma entre el sujeto y el predicado (hay excepciones, pero el autor o autora del artículo no dio con ellas; de hecho, la forma en que lo ha escrito lleva a confusión, y me volví loca buscando en el artículo una mención del camionero ese que menciona entre comas y que solo se podría escribir así si se hubiera mencionado antes). No, no se puede permitir a un periodista escribir con faltas de ortografía, sobre todo unas tan básicas. Huelga decir que dejé de leer el periódico. No lo dejo para siempre, pero en ese momento no pude seguir. Solo tuve fuerzas para sacarle un par de fotos que mandar a mi cuadrilla (y recibir el choteo de siempre: ¿para qué sirve la hache, si es muda?, a lo que otro contestó: para que el agua sea agua, y no oxígeno. Me hizo mucha gracia).
¿En serio? ¿EN SERIO?

Nunca dejaremos de escribir con faltas, pero quizás llegue algún día en el que los correctores de libros (donde he encontrado más de una falta), los periodistas y, por qué no, los blogueros y blogueras tomen conciencia de lo mucho que importa escribir de cara al público y la forma en la que ellos y ellas moldean el lenguaje y dan ejemplo. La ortografía importa porque es la única forma que tenemos de asegurar la comprensión de un mensaje. Las haches distinguen entre un "hecho" y un "echo", la "y" y la "ll" son todavía dos fonemas distintos que conllevan una gran carga de significado (no es lo mismo "el gato se calló y murió" que "el gato se cayó y murió"), y, mal que nos pese, la v y la b tienen todavía una gran carga de significado (pero a los que pronuncian la uve quiero darles con una guitarra en la cabeza). Quizás algún día todas estas diferencias desaparezcan, pero de momento importan. Y los que escriben (escribimos) de cara al público tienen (tenemos) la responsabilidad de hacerlo bien.

En la pelu (otra vez)

                         

     Ayer estuve en la peluquería, lo que en sí no es noticia porque no soy reina de ningún reino ni persona de alta alcurnia o mucho morro cuyos caprichos importen más allá del mero detalle, y por eso tampoco puse fotos ni en Twitter, ni en Facebook ni en Instagram, ni cambié mi estatus en el Whatsapp, porque quien quiera ver mi nuevo corte de pelo que me llame y quedamos, ¿no?, mejor con una cerveza. Estuve en la peluquería, digo, y para matar los largos minutos de espera que una tiene que aguantar siempre cuando “va a hacer cosas con la cabeza”, como decía Rociíto, leí un par de las revistas que tenía a mano. Mejor dicho, las ojeé (u hojeé, porque la verdad es que no había mucho donde posar el ojo más allá de fotos de modelos anoréxicas que miraban a la cámara con cara de mala hostia). No me preguntéis de qué iban los artículos, si es que se les puede llamar así, porque no me fijé en ninguno.
     Y es que no sé qué tienen las peluquerías que nos tratan como tontas (y tontos, porque ayer había más hombres que mujeres) y solo nos ponen revistas de moda y, ay madre, tendencias. No sé qué mal les haría poner un Muy Interesante de hace dos años, como en el dentista, o una de esas revistas de historia que tanto abundan últimamente. Incluso algo de decoración, o un catálogo de muebles, o, fíjate qué esfuerzo, algún periódico con las revistas que vienen en ellos los domingos. Tampoco es decir que quiten todas las revistas de moda, pero ¿por qué todas tienen que ser iguales? ¿Por qué tengo que leer sobre cómo complacer a mi hombre, o las últimas tendencias en la pasarela de Milán, o en qué se pone Sara Carbonero cuando se va a dormir? Y es que vaya revistas… Por favor, si hasta la Interviú tiene artículos interesantes entre las fotos de tías en pelotas, y me han dicho que hay también mucha miga en la Playboy (eso decían en Friends, por lo menos, habrá que creérselo). Que sí, que entrevistan a mujeres importantes e “importantes” en un amago de feminismo que no se cree ni Rita, pero es que luego me acompañan el artículo con una foto y un pie de página detallando lo que lleva puesto y de qué marca es que le quita toda la (poca) credibilidad. Porque no nos engañemos, todas las mujeres que salen en las revistas de moda (hasta Melinda Gates y compañía) se reducen a meros maniquíes con la sola intención de mostrar la última moda o lo que una no debería nunca, nunca ponerse. 
     Desde aquí hago un llamamiento a todas las peluquerías del mundo (bueno, dejémoslo en las de Vitoria, que quien mucho abarca poco aprieta): pongan ustedes algo más de variedad en su material de lectura, hagan el favor. Piensen que, para muchas, el ratito de la pelu es el único momento que tienen para leer algo sin que el jefe, el marido o los hijos las molesten, y a veces apetece leer un artículo sobre la teoría de las cuerdas, aunque no se entienda nada. Que el tinte tarda mucho en “coger”, y como encima estén peinando a otra mientras me atienden a mí, ya ni te cuento. Y, la verdad, diecisiete revistas sobre las tendencias y los colores más de moda de esta temporada me parecen un poco demasiado. Y creo que, aquí, la única rara no soy yo. 

Agotada

Llega esa época del año en la que ya no puedo más. Me pasa todos los años, pero quizás me haya pasado con más fuerza este. Las semanas se me hacen eternas, las horas laborables interminables. Yo, que soy de no parar y estar siempre haciendo algo, me encuentro con que solo me apetece estar tirada en el sofá, leyendo o viendo algo simple en la tele, nada de forzar la mente. No soporto a mis alumnos, y no es porque sean insoportables, que no lo son, sino porque la insoportable soy yo. Es la época del año en la que empiezo a pensar qué haría yo si no fuera profesora de primaria, a qué me podría dedicar que no supusiera lidiar con gente con distintos humores y personalidades. Sobre todo, dónde haría mi agotamiento menos daño. Un trabajo de oficina, gritarle a un ordenador inanimado. En junio, lo firmaría.

Estoy cansada a un nivel más que físico. Quizás sea porque este año he empezado en un cole nuevo en el que estoy muy a gusto y he querido darlo todo, y me he pasado. Quizás sea el calor. Quizás sea que estoy acostumbrada a llegar a casa y tener algo que hacer, y este año no lo he tenido (nada que estudiar, ninguna obligación a partir de las cuatro y media). No lo sé. Solo sé que el treinta de junio está aún muy lejos, y el veintitrés (cuando los niños y niñas cogen vacaciones) no promete lo suficiente. Quiero descansar, y a la vez quiero llenar mis horas con algo que no tenga nada que ver con la enseñanza. No estoy quemada, estoy agotada. Y lo peor es que los que me tienen que aguantar también lo están.

Dos semanas más de clase. Espero no tener nada que lamentar cuando me den las vacaciones.

Bendito Madrid


Vaya por delante que odio el fútbol con un odio intenso y casi esquizofrénico, casi tanto como odio los programas del pelo de Supervivientes o Gran Hermano. Lo odio, no por el deporte en sí, sino por todo lo que acarrea, el analfabetismo que le rodea, el desfase económico que supone y la injusticia representada en un montón de jugadores que no saben hacer la o con un canuto pero saben dar patadas a un balón, con lo que ganan más que el PIB de algunos países no tan tercermundistas. Estoy hablando, por supuesto, de la primera división, aquella en la que Ronaldos y Messis acaparan portadas y se llenan carteras, evitan pagar impuestos y alardean de ser los más guapos y los más majos; no tengo nada en contra del fútbol como deporte, once contra once, donde prima (o debería primar) el trabajo en equipo y que hace mucho bien a los niños y niñas que lo practican, como cualquier otro deporte. Pero el fútbol de élite... Ay, el fútbol de élite...

Los niños de mi escuela están, por supuesto, obsesionados con el fútbol, y una gran cantidad de ellos son del Madrid y del Barça. Alguno hay del Atletic, y algún otro despistado del Alavés, e incluso tenemos a alguna niña que de vez en cuando viene con su camiseta deportiva, pero en general son los niños y son los dos equipos grandes (a las niñas les va más el baloncesto; el colegio ha hecho una muy buena campaña para impulsar el deporte femenino y a todas les gusta el baloncesto y son del Baskonia). El otro día, en la clase de cinco años, los niños y niñas empezaron a hablar de colores, y uno de ellos dijo la sempiterna frase de que el rosa es color de niñas. "Pues no", le contestó otro, todo digno, "porque la segunda equipación del Madrid es rosa, y ellos son chicos. Así que el rosa también es de chicos". Punto para el Madrid, pensé, por fin puedo decir que el fútbol ha ayudado algo en la lucha de sexos. Pero es que hoy E., una niña de esa clase, ha venido de los pies a la cabeza con la segunda equipación del Madrid, y había que ver a todos los niños envidiosos porque qué guay, E. es del Madrid y tiene la equipación, y al resto de las niñas mirándola con el rabillo del ojo porque no entendían muy bien que pudiera venir de rosa y aún así estuvieran hablando de fútbol. K., un niño de su clase, ha venido con la camiseta del Barça y los dos han comparado colores y se han declarado mutuos admiradores de sus respectivos equipos, pero sin rivalidad, y a la hora del patio E. se ha puesto de portera (como Casillas, digo yo) y K. y otro grupo de chicos han jugado a fútbol con ella. No ha habido protestas porque dejara colar los goles, precisamente.

Y a mí me ha dado por pensar un momento en que igual el rosa no es un color tan malo, ni tan de chicas, ni tan "blando". Igual el rosa es de hombres duros y mujeres peleonas, de futbolistas de élite y escaladoras intrépidas, o de niños y niñas que juegan al fútbol en el patio sin más altercados que un raspón en la rodilla. Claro que he tenido que obviar a otra niña que ha venido toda de rosa, sí, pero con un vestido de princesa que se ha empeñado en vestir, o la que me ha traído un vestido de faralaes sin ser feria de abril ni nada. Quizás las cosas estén cambiando o quizás no, pero al menos un grupo de chicos de la clase de cinco años se van a poner camisetas rosas que no sean de fútbol y no se van a sentir extraños. Algo, creo, sí hemos avanzado, aunque el tren vaya tan despacio que a veces parezca que esté parado.