King City, California

Aquí os dejo un par de foticos del lugar que me acogió durante siete años, King City, en el condado de Monterey, California (no confundir con Monterrey, Méjico). Obviamente, no son muy modernas, pero las he elegido porque quería que viérais lo mismo que debió ver Steinbeck cuando escribió "Al este del Edén". Si habéis visto la película, habéis visto King City (James Dean se baja en la estación de tren del pueblo; curioso, hoy en día King City no tiene estación) y si habéis leído el libro (qué obra de arte, madre), habréis sentido el calor del valle de Salinas en la piel, y la inmensidad de las sierras que bordean el pueblo, y la sequedad de la tierra en los pies...
Espero poner fotos un poco más modernas a mi vuelta. Entre tanto, disfrutad de estas.

Esto es lo que Steinbeck veía cuando escribió su novela.



El instituto, de 1910, que aún se usa; declarado monumento histórico (creo que es el edificio más antiguo del pueblo, angelicos.

Que te vaya bonito



Se nos marcha. Después de años de estar "amenazando" con irse a la NBA, por fin llegó el día. Luis Scola, capitán de capitanes, campeón olímpico, gran persona y mejor jugador, se nos marcha a Houston. Snif. Ya no te veremos hacer filigranas en Vitoria, ni repartir leña a pivots que te sacan una cabeza.
Adiós, Luis. Y que te vaya bonito.

¡Guapo!


¡Pero qué guapo es mi monstruo, madre!
(Entrada debida al sentimiento de culpa por dejarle dos semanas al cuidado parcial de terceras personas. Pobre bicho, qué solo va a estar.)

Y la semana que viene...

A ver quién adivina dónde me voy la semana que viene...


(Gracias, Rhytmduel, por el tutorial)

Pecado mortal

-Padre, quiero confesarme. Creo que he pecado.
-¿Crees? Hija, pecar es como estar embarazada o pitar un penalti, se peca o no se peca. A ver, ¿qué has hecho?
-He leído a James Salter.
-Salter, Salter,… Sí, me suena. Pero no está en la lista de libros prohibidos, ¿no? Hasta donde yo sé, es un gran escritor.
-Ay, padre, que no me ha dejado usted acabar. He leído a James Salter… y no me ha gustado.
-¿Cómo que no…? Pero hija, eso es imposible, a todo el mundo le gusta Salter.
-A mí no. Y eso tiene que ser pecado, ¿no? He tenido que incumplir algún mandamiento.
-Ninguno de los diez mandamientos dice nada de amar a Salter por encima de todas las cosas, hija.
-Pues si usted lo dice será verdad. Yo soy atea, así que ni idea.
-Si eres atea, ¿por qué has venido a confesar algo que ni siquiera es pecado?
-Que sí que lo es, padre, que yo lo sé. Todo el mundo pone a Salter por las nubes, su gran dominio de la palabra, su agudeza a la hora de utilizar las expresiones justas, las imágenes perfectas, las descripciones exactas…
-Y tú no opinas lo mismo.
-No, si en eso estoy de acuerdo, pero es que…
-¿En qué quedamos? ¿Te ha gustado o no te ha gustado?
-Me han gustado sus descripciones, sí, y estoy de acuerdo en que nadie dice tanto en tan poco espacio, recrea unas imágenes tan vívidas que parece que tengas al personaje frente a ti, pero…
-¿Pero?
-Pues que me ha dejado tal como estaba cuando cogí el libro. No me he identificado con ningún personaje, no me ha hecho suspirar al final de cada historia, no he sentido nada especial con sus relatos. Y con la mitad de ellos me he perdido, padre.
-¿Cómo te puedes perder con un libro? ¿Es que te ha obligado a pecar? A pecar de verdad, digo.
-No, padre, no, que me he perdido, que no sabía de lo que me estaba hablando. Cambiaba de un punto de vista a otro sin explicaciones, mezclaba tiempos, hablaba al mismo tiempo de algo que estaba ocurriendo en el momento y de algo que había ocurrido años antes… Padre, que me he tenido que leer párrafos enteros dos veces para enterarme de lo que estaba leyendo. Que eso no me había pasado nunca.
-Bueno, hija, no creo que sea para tanto. Igual era demasiado para ti, deberías empezar leyendo cosas más sencillitas…
-Pero me leí Anna Karenina a los trece años, padre, y lo entendí. Con quince ya me había leído todas las obras universales que les regalaron a mis padres como regalo de bodas, y a los dieciocho podía recitar párrafos enteros de La Regenta y Crimen y Castigo. ¿Será que con los años me he vuelto un poco tonta? ¿Un poco vaga? Tanto Harry Potter y códigos secretos no pueden ser buenos…
-¡Cómo! ¿Has leído Harry Potter? ¿Y el Código DaVinci?
-Sí, padre, como todo el mundo.
-¡Pues eso sí que es pecado! ¿O no has visto como queman los estadounidenses los libros del puñetero mago ese?
-¿Usted puede decir puñetero?
-¡Yo puedo decir lo que quiera, que tengo línea directa con Dios para confesarme! Hala, reza tres ave marías y cuatro padre nuestros como penitencia.
-¿Por no gustarme Salter?
-No, por venir a dar el coñazo y hacer que la cola de la confesión llegue hasta la puerta de la iglesia.
-¿Padre?
-Qué, hija.
-Es que… Yo soy atea. ¿Le importa si hago la penitencia poniéndome a régimen?
-Haz lo que quieras, hija. Ve con Dios.
-Vale, padre, pero si no le importa, mejor me voy a la piscina

Amigas

Ana y Silvia se conocieron siendo apenas bebés y pasaron toda su vida juntas. Para ser dos personas que habían crecido como hermanas, no podían ser más distintas: Ana ansiaba saber, mientras que Silvia se alteraba con cada nuevo conocimiento, como si el cambio de sus esquemas mentales fuera demasiado traumático. Cuando una empezó la universidad, la otra hizo un módulo de FP, por hacer algo. Cuando Ana se sentía nerviosa, inquieta, asustada, leía un libro o se iba a dar un paseo; cuando Silvia no se encontraba bien, se iba de copas o de compras. Y, aún así, siempre encontraban un hueco en sus agendas para tomar un café. Se contaban las pequeñeces de su día. Se reían la una de la otra. Eran amigas.
Ana tuvo varios novios que terminó dejando porque al final le resultaban insulsos y poco interesantes. Cada vez que rompía con uno, se apuntaba a un curso nuevo o empezaba una carrera. Silvia tuvo tantas historias de amor que era imposible seguirle la cuenta. Se casó tres veces, sin tener hijos, que dan mucha guerra, y cada vez que un marido la abandonaba –como hacían todos sus maridos, novios, amantes-, se iba de vacaciones, o se emborrachaba, o se compraba un vestuario de temporada nuevo. Ana intentó convencerla de que se apuntara a clases de dibujo con ella. Silvia insistió en que a las dos les vendría bien irse de copas.
Cuando murieron, con una semana de diferencia, a los setenta y dos años, Ana dejó tras de sí cinco carreras, un doctorado, una docena de libros publicados y una biblioteca que competía con la municipal, a los fondos de la cual donó la suya. Silvia dejó un armario del tamaño de un piso pequeño lleno de ropa que cayó en manos de los menos afortunados de la ciudad. Fue la única vez que los pobres del lugar pudieron llevar blusas de Dolce & Gabana. Los usuarios de la biblioteca municipal apreciaron a Kafka.

Fuerte y Fuerto

Fuerte y Fuerto (los nombres han sido cambiados para proteger la identidad de los menores) son dos gemelos de sexto que podrían figurar en la enciclopedia como ejemplos de "bullies" un poco tontitos. Les sacan una cabeza a sus compañeros -cabeza física, se entiende, porque en inteligencia no es que anden muy sobrados- y su cintura tiene también un par de metros más de diámetro que la de cualquier chaval de su edad. En clase no dan ni golpe y a lo único que se dedican es a vacilar a la profesora y torear a sus compañeros. Menos mal que son pocos en clase y ninguno les aguanta.
La última semana de curso les comenté que íbamos a trabajar canciones que a ellos les gustaran. Podían traerlas ellos -con las letras- o decirme a mí cuál les gustaba y ya las conseguiría yo "de alguna manera". Todos levantaron la mano, incluso Fuerte y Fuerto (sorprendente, porque ellos siempre gritan su respuesta sin importarles si alguien les escucha o no). Yo les dejé para el final. Me imaginaba el tipo de música que me iban a pedir: Metallica, Incubus, Red Hot Chili Peppers... El resto de la clase pidio Shakira, High School Musical, Jesse Macartney... Los clásicos, vaya. No pude ignorarles más.
-A ver, ¿cuál queréis vosotros?
-Yo "To the beat of my heart", de Hillary Duff.
-¡Hala, qué maricón, te gusta Hillary Duff! Yo quiero la banda sonora de Hanna Montana, la de Disney Channel.
Valiente porquería de "bullies".
(Huelga decir que tuve que aguantarme la risa hasta que salí).

Feliz 4 de julio a todos


Hoy hace justo un año que volví de USA. Curiosamente, una de las dos mejores decisiones que he tomado en mi vida. La otra fue irme a vivir allí.
Feliz cuatro de julio a todos (y todas). Y recordad: odiad a su gobierno, no a su gente.

Mañana de domingo


Me acerco a la ventana con el café en la mano. El gato, como siempre, salta al radiador y reclama mi atención con un par de maullidos que, seguro, han despertado a algún vecino. Le acaricio mientras observo los edificios de enfrente. La torre de la iglesia sobresale sobre los tejados de las casas; soy atea convencida, pero me gusta esa imagen, tiene algo de protector aunque sepa que sólo está hecha de piedra y cemento. Otra paradoja que añadir a mi personalidad.
Son las ocho de la mañana de un domingo. Las calles están desiertas y el silencio es acogedor. No tengo nada que hacer hoy, nada que me haya obligado a levantarme tan temprano un día en el que ni siquiera puedo ir de compras, pero me daba cargo de conciencia quedarme en la cama con semejante día ahí fuera. No tengo que hacer nada. Sólo lo que yo quiera.
El cristal de la ventana está sucio. Lo lavaré cuando salga un día nublado, que será pronto (al fin y al cabo, esto es Vitoria, y aquí el buen tiempo dura menos que la alegría en casa del pobre); no puedo desaprovechar un cielo tan azul. Dejo la taza vacía en la fregadera, cojo a Sauron en brazos y le acaricio mientras sonrío a la calle vacía. Es domingo. Es verano. Sauron ronronea de placer.
Yo también lo haría, si fuera gata.

Otra vez con la burra a brincos

Comentario de una profesora de educación infantil en un claustro de profesores, en mitad de una conversación sobre la diversidad cultural del centro.
-¡Pero cómo quieren que tengamos buenos resultados! Estoy mirando la lista para el año que viene y fíjate, ni uno, ¡ni uno bueno! Todo moros y encima cuatro gitanos. ¡Y todavía no he conocido un gitano bueno!
El claustro guarda silencio, todos nos miramos unos a otros. La profesora sonríe y mira a unos y a otros, como diciendo "atreveos a contradecidme, a mí, que he dicho lo que todos pensáis y no tenéis valor de decir". El director toma aire y contesta.
-Pues será que no pones mucha atención, porque, precisamente, la mejor alumna del colegio es gitana.
Y ella, en lugar de callarse, apostilla.
-Uy, mira tú qué suerte. Será la única gitana buena.
¿Dónde está el inspector de educación cuando se le necesita? ¿Sería sancionable un comentario de este tipo? Si no lo es, debería serlo. Despido automático. Sin compensaciones.

Un buen escritor (Una buena escritora)

Todo está escrito. Todo está ya dicho. Busco un tema sobre el que escribir y me doy cuenta de que sólo se me ocurren ideas antiguas, historias contadas millones de veces. Trato de leer los periódicos, ver las noticias, escuchar con disimulo las conversaciones de la gente por la calle, pero no hay nada original. Nada que no se haya oído antes.
Supongo que la magia de un escritor (una escritora) no se basa en contar algo tremendamente original, sino en cómo lo cuenta. Esa historia de amor que podría ser un bodrio en otras manos pero que en las de cierta gente te pone la carne de gallina y te hace llorar de emoción; esa conversación sobre el tiempo que a veces te habla del clima y otras de las tormentas internas de cada uno. Un buen escritor (una buena escritora) tiene que convertir lo cotidiano en extraordinario, lo trivial en sustancial, las sensaciones en emociones. Un buen escritor (una buena, una maravillosa escritora) tiene que conseguir que quien lea sus escritos retenga sus palabras, si no para siempre, sí al menos hasta mucho después de haber terminado de leer. Un buen escritor (una escritora sublime) siente con más de cinco sentidos, usa siempre la palabra exacta para cada imagen, no utiliza trucos ni artificios. El escritor nace. El buen escritor, estoy convencida, se hace.
Yo nací escritora porque no he podido dejar de escribir desde que aprendí a coger un lápiz. Pero nunca he destacado, siempre he sido mediocre -o mala, pero nadie tiene el valor de decírmelo, cosa que agradezco porque se me caería el mundo-, y ya estoy harta de ser, como mucho, mediocre: voy a ser una buena escritora. Voy a trabajar en serio para destacar en lo que más me gusta hacer, que me hace feliz, que me supone un esfuerzo pero me da mil satisfacciones. Me voy a convertir en lo que siempre quise ser: una de esas escritoras que dejan poso.
Aunque me cueste toda la vida conseguirlo.

El retorno II




M. es una niña ucraniana de nacimiento y vasca por derecho propio. Fue adoptada cuando tenía un año; apenas pesaba seis kilos entonces, y dice su madre que lo único que hace desde que llegó es comer, aunque todavía sigue siendo una pelusilla diminuta. Es la única de su clase que aún lleva pañal, uno de esos supermodernos que son como braguitas y le permiten ir al baño si se acuerda de que tiene que ir. Su cara está siempre iluminada por una enorme sonrisa, y los ojillos -azules, muy azules- le chipean detrás de unas gafas rosas que la hacen incluso más guapa. Es tan rubia que no puede salir al recreo sin gorra. Es tan pálida que te da la sensación de que se quemaría con la luz de una cerilla. No se le entiende demasiado cuando habla, aunque ella comprende todo lo que se le dice tanto en euskera como en castellano. El año que viene empezará con el inglés. Y espero que la sonrisa no se le borre nunca (ojalá pudiera enseñaros su cara para que supierais que no exagero, pero os tendréis que conformar con su -precioso- cogote).



En otro orden de cosas: ¿a que nunca habíais visto a setenta y cinco niños de tres años en una fila tan recta? Me he quedado alucinada de todo lo que pueden hacer a esa edad, ¡y yo que pensaba que hasta los doce los niños no eran independientes!
Por cierto, el título de esta entrada se debe a que esta semana estoy en la ikastola que -casi- me vio nacer. Me acabo de enterar de que cuando yo empecé era ilegal y nos firmaba las actas y los informes otra que era legal. Oye, lo que aprende una treinta años más tarde.

Viernes

Viernes tarde y no tengo plan para salir de casa. No pasa nada, ya me busco yo mis alicientes para esta noche: bocata de pan integral con tomate, aceite y sal, té verde, cuarto kilo pipas y partido de cuartos de final de la ACB. Quién necesita irse de cervezas por ahí cuando se está tan a gusto consigo misma (y con su gato).
He salido a dar una vuelta esta tarde -con intención de ir de compras, aunque, como siempre, he vuelto con las manos vacías- y se me ha llenado la cabeza de pensamientos que necesitaba compartir con alguien, así que he volado al ordenador y, tras varios intentos y juramentos para conectarme a internet (no sé qué le pasa hoy a la conexión), me he colado en el blog. Me ha hecho mucha gracia pasear por el centro de Vitoria el último día de elecciones, creo que nunca lo había hecho. Había gente con globos de todos los colores, los niños parecía que iban coleccionándolos; gente apostada en las esquinas repartiendo panfletos y asaltando a viandantes que huían a toda prisa; furgonetas con la megafonía a todo trapo tratando de convencer a los últimos indecisos; y la gente paseando sin prisa y recolectando de unos y otros. Una señora le decía a otra: "Los del PP deben estar en la Plaza de la Provincia porque la gente viene de ahí con los globos; los de los tiestos de rosas enanas vienen de la Plaza de España. Mejor vamos para allá, ¿no?". Los de las rosas eran del PNV, pero creo que a la señora le daba igual. ¿Habrá mucha gente que decida a quién votar por qué tipo de regalos den hoy? Igual es mejor basarse en eso que en sus promesas electorales, bien está eso que dicen de que más vale pajaro en mano que ciento volando. Por cierto, he pasado delante de los del PP y me han ignorado vilmente. Han debido darse cuenta de que iba cantando el Eusko Gudariak mentalmente (hecho curioso, porque no me lo sé, aunque me he pillado tatareando el estribillo ese de "gora, gora, Euskal Herria-a-a-a, que nada tiene que ver con la canción anterior).
En otro orden de cosas, hoy he sabido que en mi oposición tocamos a plaza por cada cinco opositores. No está nada mal, teniendo en cuenta que es para toda Euskadi. Pena no haberlo sabido antes, habría estudiado de verdad en vez de dedicarme a jugar en el ordenador. No importa, todavía estoy a tiempo. Y recordemos que este es mi año.
No estaría de más volver a escribir en serio. Lo echo de menos, mis dedos están pidiendo acción sobre el teclado.
Empieza el partido. Voy a por las pipas.

El retorno

Parece que este mes va de recorrer el camino ya andado.
Me han llamado para una nueva sustitución, esta vez en un primero de primaria (qué pequeños me parecen comparados con los gigantones de la ESO, madre). El viernes me dijeron el nombre del colegio y a mí casi se me cae el móvil de la impresión: estudié en la ikastola que está justo frente a él. "¿Sabes cómo llegar?", me preguntó la funcionaria que tan amablemente me aseguraba dos semanas más de paga. Sí, bastante bien. Tengo que hacer el camino que me aprendí de memoria hasta los trece años, pero girando a la izquierda en lugar de a la derecha.
Puedo ver mis antiguas clases por la ventana, aunque no consigo distinguir si hay gente dentro porque una hilera de frondosos árboles me tapa la vista. Cuando yo estudiaba, estos árboles eran apenas unos esmirriandos palotes que se doblaban con el viento y necesitaban una barra para sostenerse; ahora sirven de escudo visual entre las dos escuelas, cosa bastante poética porqure nunca se han llevado demasiado bien. El colegio en el que trabajo ahora era lo que antes se llamaba un colegio nacional, una escuela pública con un férreo modelo A del que los niños salían sin saber saludar siquiera en euskera y, peor, sin querer aprender a hacerlo. Mi ikastola comenzó siendo privada, hasta que el Gobierno Vasco las publificó todas y convirtió el euskera en un derecho de todos. Nunca nos mezclábamos. No hacíamos actividades juntos. Por no tener, creo que no teníamos ni el mismo horario. Nosotros les llamábamos "los nazis", por eso de ser un colegio nacional -o esa era nuestra excusa-, y ellos a nosotros "los etarras", por razones que a ellos les parecerían obvias pero a nosotros no tanto. Nunca tuve amigos de ese colegio (¿o debería decir "este", ahora que también es un poco mío?), claro que yo no era del barrio y el autobús me recogía directamente de la puerta de la ikastola para llevarme a mi casa; pero tampoco conocí a nadie que tuviera amigos de aquí/allí. Hasta la fachada, de un gris envejecido que contrastaba con el naranja nuevecito de nuestro edificio, nos resultaba poco amistosa. No nos hacían falta árboles para separarnos entonces.
Las cosas han cambiado, gracias a quien haya que dárselas. La ikastola ha tenido que ser ampliada; el barrio ha crecido una barbaridad y el centro tiene cierto buen nombre en la zona, aunque hay dos o tres ikastolas más a apenas unas manzanas de aquí. El colegio, sin embargo, tiene el mismo tamaño de hace veinte años y ahora la mayoría de los grupos son de modelo B, ya saben saludar -y algo más- en euskera. Supongo que aquellos niños que nunca aprendieron euskera son los padres de los que hoy cruzan el enorme parque que separa el barrio del resto de la ciudad, embutiditos en sus primorosos uniformes de escuela privada. Claro. El colegio ya no es lo que era. Hacen falta más que árboles para separarlos ahora. Menos mal.
Me pregunto si los niños de uno y otro centro se juntarán a jugar en el parque. Al menos ahora se pueden entender.

Reencuentros

Siempre he sido de las personas que piensan que la vida da muchas vueltas y que es mejor llevarse bien con todo el mundo (o, de llevarte mal, saber por qué y tener razón) porque nunca sabes si vas a volver a encontrártelos por el camino o si vas a necesitar algo de ellos. Este primer año de regreso me ha dado varios ejemplos; me he reencontrado con algunas compañeras que trabajaron conmigo antes de que me fuera a Estados Unidos, y supongo que el hecho de que nos reconociéramos mutuamente y pudiéramos tener una conversación amigable dice bastante de nuestra antigua relación. Es algo bonito, saber que tu paso por el mundo no pasa completamente desapercibido.
Pero esta semana me ha pasado algo mucho más bonito que eso. Me han llamado para hacer una sustitución en un instituto, primer ciclo de la ESO, en un pueblo de la Rioja Alavesa (uy, no sé si se escribe con mayúscula o no, lo he visto de las dos maneras, perdonen ustedes si he metido la pata). Hace diez años, recién salidita yo de magisterio y sin más idea de enseñar que la que pueda tener un fontanero, trabajé durante casi un curso entero en un pueblo cercano que no tiene enseñanza secundaria; una de mis clases, a la que más cariño cogí, era la de tres años. Hoy me he reencontrado con mis alumnos de la manera más tonta. "¿Tú eres de tal sitio? ¿Y te llamas tal? Coño, pues yo fui profesora tuya". Me ha hecho mucha más ilusión a mí que a ellos, pero qué se le va a hacer. Están en esa edad.
Lo más gracioso ha sido darme cuenta de lo poco que han cambiado realmente estos chavales. El payaso de la clase de entonces sigue siendo un payaso ahora; el que tenía una personalidad arrolladora, la tiene aún hoy en día. El tímido es más tímido todavía, el tonto -que nunca llegaba al baño y siempre terminaba pidiéndome que le limpiara el culo, con perdón- es tan tonto como antes y la que era lista entonces lo sigue siendo ahora. Sólo ella, que de pequeña era la mandona de clase, parece haber cambiado ahora y se ha convertido en una niña tranquila y atenta que trata de pasar desapercibida. El enamoradizo de la clase, que una vez le dijo a una compañera mientras jugaban a papás y a mamás debajo de la mesa "cuando sea mayor, me voy a casar contigo" y no recibió respuesta alguna, enseguida me ha recordado el nombre de su amada: "¿Y te acuerdas de Fulanita?" Por supuesto, me hubiera gustado decirles todo esto, y recordarles los besos y abrazos que me daban, y cuando se sentaban en mi regazo a oír el cuento de la tarde, y cuando me hablaban del coche de su papá nuevo (sí, lo he escrito bien, el papá era nuevo, el "viejo" se había muerto en un terrible accidente del que él fue testigo), y de lo contentos que se ponían cuando les cantaban el cumpleaños feliz (zorionak zuri, que era una ikastola) aunque no fuera su cumpleaños. Y quiero decirles que, diez años más tarde, aún guardo su foto enmarcada en mi cuarto, y que me he acordado mucho de ellos, y que muchas veces he pensado en qué sería de ellos, y que me alegro de haberles visto de nuevo...
Pero no puedo, porque tienen trece años y se les caería el mundo encima de la vergüenza que pasarían. Sólo puedo bromear con ellos (son una clase muy maja, adolescentes de los buenos, de los que todavía quedan) y comentar pequeñeces y detalles muy medidos que no vayan a herir su ego de púberes ni a ridiculizarles delante de la clase. Pero mañana les voy a llevar la foto y a recordar con ellos -por ellos- esos tiempos, diez años atrás, donde yo acababa de empezar y veía todo con la misma inocencia que ellos. Aquella época en la que todos teníamos tres años y lo más fácil del mundo era pedirle a tu mejor amiga que se casara contigo.

Funcionaria


Soy la persona más inconsistente que conozco. Dependiendo de qué humor me levante, qué película vea, qué libro lea, quiero que mi vida tome un rumbo u otro; me acabo de releer "Los pilares de la tierra" y llevo una semana soñando con construir mi propia catedral y vivir en la Inglaterra medieval, no os digo más. Por supuesto, lo de dedicarme todo el día a escribir y poder permitirme ser una autora fracasada que sólo vende libros a sus familiares es uno de mis mayores ideales y lo será siempre. Pero una cosa tengo clara: para poder hacer lo que a mí me dé la gana -y poder darme la vuelta si cambio de idea y dejarlo sin conseguir-, primero necesito tener un trabajo seguro con unos honorarios fijos. Y por eso estoy estudiando para oposiciones.
Llevo tres semanas empapándome de corrientes lingüísticas, metodologías de las lenguas, corrientes literarias... Y lo que te rondaré morena, porque cuando me sepa de memoria las 450 hojas del tocho (más toda la información adicional que encuentre, que algunos temas están cogidos con hilos), tendré que preparar una programación anual con quince unidades didácticas, y prepararme bien esas unidades para que el tribunal que me va a hacer el examen -en inglés- no me pille desprevenida. Y sólo tengo dos meses para todo ello, porque el examen es a principios de junio.
¿Y toda esta chapa a qué viene? Es mi elaborada manera de deciros que vais a ver muy poco de mí en el futuro; me pasaré muy poco por aquí y por vuestros blogs, e incluso cuando me pase será de manera fugaz, una visitilla para ver que todo sigue en pie y que el mundo sigue girando aunque yo no me entere. Intentaré encontrar huequecillos y dejar una pequeña huella de vez en cuando, pero serán breves, muy breves. Y lo que más me joroba es que tenga que ser en primavera. Cuando lo único que apetece es salir a pasear y dejar que el sol te dé en la cara.
Disfrutad del tiempo libre, bellacos, que sólo lo apreciamos cuando nos falta...

Mis alumnos

Conversación con dos de mis alumnos -un marroquí y un gitano- en clase de lengua, mientras hacíamos el sonido /j/ escrito con jota y con ge.
Gitanillo (JR): Profe, ¿por qué H. y tú decís la jota distinta que yo?
Profe: ¿Distinta? No sé, a mí me suena igual.
JR: No, no, yo la digo distinta.
Profe: Pues no sé... Hombre, H. es de fuera, él tiene algo de acento, pero tú y yo deberíamos decirla igual.
JR: No, no, la decimos distinta. Y mira que es raro, ¿eh?, porque nosotros decimos mucho "anda, jjjaaaa".

No hace falta decir que casi me meo de la risa...

Txotx!


Aunque soy vasca (y orgullosa de serlo), normalmente no ejerzo. No voy por la calle con el palestino al cuello –no tengo un palestino- ni llevo botas de militar; no bebo txakoli, no me gusta el kalimotxo y no asisto a manifestaciones de ninguna denominación (debo ser la única). Aunque hablo euskera desde los dos años, no suelo utilizarlo fuera del trabajo, y el único símbolo vasco que puede encontrarse en mi casa es una ikurriña que guardo en algún cajón y que sólo saco a pasear cuando voy a ver un partido de baloncesto fuera de Vitoria y un lauburu olvidado en mi joyero que me ponía mucho en California pero no aquí. Vamos, que soy un asco de vasca que cualquiera podría confundir con una españolita media de pro.
Pero el fin de semana pasado, qué pasa pues, fui a una sidrería por primera vez en mi vida, y creedme que no hay nada más vasco que una sidrería. Los únicos que hablábamos en castellano éramos nosotros, aunque una amiga y yo intentamos comunicarnos con los lugareños en euskera y la mujer se volvía loca porque no sabía a quién dirigirse en qué idioma. Pero lo más vasco de todo, lo que define la cultura de la sagardotegi, fue el menú de la sidrería. Insisto, yo nunca había estado en una, así que me pilló de sorpresa.
He aquí la lista del condumio:
Llegada: A la kupela, oye, a ponerse de sidra hasta las orejas antes de cenar.
Primer plato: Tortilla de bacalao (hostia, pues, empezamos ligerito). Nos levantamos a llenar los vasos de sidra, oye, que el bacalao reseca la garganta.
Segundo plato: Bacalao con pimientos (de la tierra, oye). Otro paseito a la kupela.
Tercer plato: Chuletón de buey (porque una cena sin carne, no es cena). ¿Y vamos a comerlo con agua? ¡No, señor! ¡A la kupela, kaben sotz!
Postre: Aunque el típico postre es queso con membrillo y nueces, yo quise ser más vasca que Arzallus y me comí un goxua (más que nada porque el membrillo no me gusta, lo que me quita puntos como vasca, contradictoria soy). Eso sí, el café con sacarina, que el azúcar engorda. Tuvimos que decir adiós a la kupela, la sidra no va bien con el café.
Sobremesa: hora y media de sentada, que luego había que pasar el puerto y no íbamos a echar la cena en el coche.
Vamos, que hoy soy otra persona. Hoy me siento más vasca, más mujer, más pletórica; y no lo digo porque probablemente haya recuperado los dos kilos que había perdido este mes y otro de propina, es que ir de sagardotegi es una experiencia que te cambia la vida. Se la recomiendo a cualquiera que quiera sentirse vasco por unas horas. Eso sí, no es mala idea ayunar un par de días antes y pedir un agua tónica de postre. Vamos, si no eres vasco: yo hasta merendé.

La oficina

Y la que hablamos de historias antiguas, he encontrado esta, que me ha arrancado una sonrisa. Es un poco larga, espero que tengáis paciencia para leerla.

Lucía titubeó un momento antes de verter el tercer sobre de azúcar en su café. Dieciséis calorías en cada terrón por tres, que eran casi cincuenta calorías, más luego la leche entera, porque nadie en su oficina aparte de ella parecía tener intención de ponerse a dieta, convertían su café de media mañana en un aperitivo de más de cien calorías. Y nunca tomaba menos de tres cafés al día, lo que convertía sus calorías líquidas en trescientas. Luego se sorprendía de que no conseguía perder peso. Entre los cafés y los donuts de los jueves, el milagro era que no tuviera el tamaño de una morsa pequeña. Revolvió su café, pensativa, mirando hacia abajo y viendo cómo el bulto que era su estómago crecía cada semana. Iba a tener que cortar por algún sitio.
Y, por supuesto, siempre había gente como Josefa, la de relaciones públicas que acababa de entrar en la sala del café. Se sirvió una taza entera de café, sin azúcar ni leche, y la sonrió de medio lado según sorbía con delicadeza. ¿Cuántos años tenía aquella mujer? Dios, por lo menos cincuenta. Y mírala, ni un gramo de grasa en ninguna parte de su cuerpo. Llevaba unos vestidos que Lucía no hubiera podido ponerse ni a los dieciocho años, con unos escotes quizás demasiado abiertos para la oficina y unas faldas tan cortas que era un milagro que no fuera enseñando la ropa interior a cada paso. Piernas eternas, cuerpo fino, pechos que colgaban lo justo para saberse naturales, ¿qué más se le podía pedir a la madre naturaleza? Lucía sorbió su café ruidosamente, mirando con azoro a su compañera. Genial. Además de gorda y poco estilosa, mal educada.
-Viernes por fin, ¿eh? –comentó Josefa. Lucía sonrió y miró al cielo, como dando gracias, aunque en realidad no podía importarle menos qué día de la semana fuera. No es que tuviera alocados planes que llevar a cabo- Pensaba que no llegaba nunca.
-Sí, ha sido una semana larga –De cinco días, para ser exactos. Bebió su café un poco más deprisa, escaldándose la lengua con el líquido caliente.
-Os ha llegado una cuenta nueva, ¿verdad? Vosotros estáis siempre hasta el cuello de trabajo, no sé cómo aguantáis.
-Sí, bueno, ya sabíamos en lo que nos metíamos cuando entramos –Pero Lucía sintió cómo, de manera inconsciente, su espalda se erguía más recta y su sonrisa se ampliaba ligeramente-. Tampoco es que vosotros os paséis el día sentados.
-Nosotros sólo damos la cara, vosotros nos hacéis quedar bien –Josefa sonrió sinceramente. Además de guapa era buena gente-. Da gusto trabajar con un equipo así.
-Gracias –murmuró Lucía, fingiendo beber cuando en realidad soplaba. No sabía qué contestar.
-¿Qué vas a hacer este fin de semana? ¿Alguna fiesta?
Ja. Ja, ja, ja.
-No, lo más seguro es que tenga que venir el sábado a terminar algo de trabajo atrasado. No doy abasto.
-Qué dedicada. Yo no sacrificaría mi fin de semana por nada.
Ni yo tampoco, si tuviera algo que hacer, pensó Lucía, pero se limitó a preguntar por su fin de semana. Josefa levantó una mano como si espantara moscas delante de su cara y dio a su voz un tono aburrido.
-La hermana de mi novio viene de visita desde Colombia y tenemos que enseñarle la ciudad. Alguien ha cometido el error de hablarle de la vida nocturna del país y quiere que la paseemos por todas las discotecas. Todavía es joven, pronto se cansará de ellas.
-¿Qué edad tiene?
-Como tú, más o menos, veinticinco o veintiséis. Está en esa edad.
Lucía se irguió más aún y sintió su rostro enrojecer.
-Hombre, muchas gracias, pero a mí ya se me ha pasado la edad de las discotecas. He cumplido treinta y dos este mes.
La mirada de asombro de Josefa pareció sincera. Cada vez le caía mejor aquella mujer, por más envidia que le tuviera.
-Chica, pues no lo habría dicho jamás, pareces una cría. Nunca te habría echado más de veintisiete años.
Lucía murmuró un gracias mientras bebía de su café, que todavía estaba lo suficientemente caliente para abrasarle la garganta. Alguien dijo su nombre en el pasillo y ella miró su reloj de pulsera. La reunión estaba a punto de empezar.
-Te dejo, me tengo que ir. Que te lo pases bien este fin de semana.
-Igualmente. No trabajes demasiado.
Ojala sí, pensó Lucía. Así al menos tendré algo más que hacer, aparte de ver el especial de Gran Hermano.


Josefa se quedó en la sala del café sorbiendo su bebida. Sabía a rayos. Si no tuviera un metabolismo tan exasperantemente lento, tomaría el café con nata y azúcar, como a ella le gustaba. Pero no. A su edad, un solo azucarillo podía costarle cuatro kilos. Qué envidia le daban las chicas como Lucía, a las que su peso les era completamente indiferente. Ahí iba ella, con un cómodo tres piezas que le quedaba holgado por todas partes, disimulando su michelín y adaptando la ropa a su cuerpo, no al revés, como hacía ella. Dios, qué malo era ser esclava de sus inseguridades.
Y ya que pensaba en inseguridades, tenía que llamar a Raúl otra vez, y si le contestaba otra voz de mujer le iba a decir todo lo que pensaba de él. Era difícil volver a tragarse el cuento de la compañera de estudios, o el de la chica de la limpieza, o la compatriota desorientada. No; si volvía a contestarle una mujer, iba a pasear a su hermana él solito. Como si no tuviera ella otra cosa mejor que hacer que pasear a veinteañeras de vacaciones. Aunque, a decir verdad, la alternativa de quedarse sola en casa con un buen libro le daba cierto pánico. Eso le daría tiempo a pensar en su relación con Raúl, en su madre enferma, en su carrera estancada desde hacía años... No, mejor no se quedaba en casa. Ojala pudiera venir a trabajar, como Lucía, y mantener la mente ocupada sin la fastidiosa compañía del gorrón de su novio.
Josefa suspiró y tiró el resto del café por la fregadera. Repasó mentalmente el número de Raúl y cruzó los dedos para que la criatura que contestara no volviera a gritar a través de la habitación que su madre estaba al teléfono.

Dia de limpieza

Hoy me ha dado por revisar la carpeta donde guardo las cosas que voy escribiendo y me he sorprendido al encontrar un par de docenas de historias. Había títulos que no recordaba haber escrito, y cuando las he leído me ha sorprendido el final, tan antiguas son. Ninguna de ellas tiene la calidad suficiente -creo yo- para ganar un concurso literario, visto el nivel que tienen algunas obras ganadoras que me han mandado en los sempiternos libritos conmemorativos que sólo los participantes leen, pero he pensado que igual alguna podría tener la calidad suficiente para una de las abundantes revistas literarias que se encuentran en internet. Así que me he decidido a mandar una, por primera vez en muchos meses, a ver si cuela. Supongo que la respuesta será no, pero si no lo hago, nunca lo sabré.
También me he dado cuenta de lo mucho que repito los temas. Parezco tener una pequeña obsesión por la mal llamada violencia doméstica -violencia machista sería más adecuado-, porque he encontrado unas cuatro o cinco historias que tratan del tema. Y yo que pensaba que era una escritora de misterio... Bueno, bien mirado, la razón por la que un hombre mata a la mujer que alguna vez amó no deja de ser un misterio, así que supongo que sigo con la etiqueta.
No sé si os habréis dado cuenta, pero Blogger me ha obligado a cambiarme a beta (sí, ya sé que me lo advertisteis), lo que me parece muy mal, muy injusto, muy poco democrático. No me gustan los cambios, sobre todo los informáticos. No es justo. Me cuesta adaptarme.
Empiezo a pensar que soy un poco autista.