Thank you, Mr Follet



Gracias, señor Follet. Primero y ante todo, por "Los pilares de la tierra", uno de mis libros favoritos y que he leído dos veces (y saboreado incluso más la segunda, porque la primera estaba demasiado picada por la curiosidad y quería llegar al final cuanto antes), pero sobretodo por "A world without end" o, como se dirá pronto, "Un mundo sin fin". No por todo el libro -aunque llegarán, no puedo juzgarlo todavía; de momento lo estoy saboreando con deleite y me está gustando tanto como el anterior-, sino por la última página. Las gracias a la catedral de Santa María. La mención de Vitoria-Gasteiz en un libro que leerán -que ya han leído- millones de personas.
Y, sobre todo, gracias por las visitas, por la presentación mundial de la traducción al español del libro en esta nuestra humilde casa, por sus amables palabras a nuestra pequeña joya (la catedral, aunque podría estar hablando de la ciudad, claro) y, aunque esto es sólo suposición, porque tiene usted una cara de majo que no puede con ella. Aparte de mis gracias, la ciudad también le regala un busto al lado de la que ya es su casa, Santa María. Espero que se le parezca o que, al menos, le saque guapo.
El día ocho de enero estaré con puntualidad británica a la salida del templo, con mi libro bajo el brazo para cazar un autógrafo que me haría más ilusión que el de Pablo Laso en su tiempo. Mi sueño: conseguir una invitación para el acto. O al menos verle de cerca y poder cruzar dos palabras con usted.
Queridos Reyes Magos...

Iker

Aquí llega Belén, lo sé antes de verla porque sus pasos son los que más retumban en los pasillos del centro. Hasta puedo adivinar de qué humor viene: pasos rápidos, incluso más fuertes que otros días... No falla, Iker ha vuelto a hacer una de las suyas y viene a quejarse, como siempre. Cara de póker, Alfredo, como si fuera la primera vez...
Abre la puerta sin llamar y entra con los brazos en jarra, sin molestarse en cerrar la puerta. No he levantado la vista del informe que finjo leer y ella ya está gritando. Dios, esta mujer necesita unas vacaciones.
-Este niño no puede quedarse aquí. Es insolente, maleducado, agresivo y peligroso. Tiene que irse.
Respiro profundamente, como todos los viernes por la tarde de los últimos cuatro años. Belén cree que soy Dios, no hay otra explicación. Cree que con mi mirada puedo fulminar a nuestros niños y mandarlos a una dimensión desconocida donde a ella no la molesten, o arreglar todos sus problemas con un toque de mi varita mágica e integrarlos en la sociedad. Mi suspiro la exaspera más.
-A ver, ¿qué excusa le vas a sacar ahora? ¿Sabes lo difícil que es hacer la terapia de grupo con ese salvaje pegando gritos y tirando todo lo que pilla a su paso? Me da igual lo que diga el informe, me da igual por lo que haya pasado. Este niño tiene que irse. O se va él, o me voy yo.
Belén, ay, Belén, tú y tu manía de hablar a voz en grito en un edificio antiguo de pasillos largos y techos altos donde reverbera hasta el vuelo de una mosca. Tú y tu manía de no cerrar nunca la puerta del despacho... Mierda.
Los ojos de Iker refulgen un segundo cuando me miran desde detrás de Belén. Hay ira, desprecio, insolencia, agresividad, pero también hay miedo, inseguridad, rabia, dolor. O quizás sólo esté en mi mente. Quizás sólo lo vea porque no quiero perder la esperanza de que existan.


No puedo más, esta vez me va a oír. Estoy hasta el gorro de sus excusas y sus teorías psicológicas, ese niño es un psicópata y aquí va a pasar algo gordo algún día. Si tanta pena le da, que lo trate él, yo no pienso cogerle más. ¿Pues no te jode, que me ha tirado el libro a la cabeza? Si no me agacho, me mata. Hala, él ahí, repantingadito en su mesa, haciendo que trabaja para no dar la cara, y luego va predicando vaya usted a saber qué chorradas sobre la paciencia y la comprensión y el cariño y no sé qué más soplapolleces. Hay niños a los que no se puede querer y punto. Y yo no quiero a Iker, ni quiero quererle, nunca. No le soporto. No aguanto más.
-Este niño no puede quedarse aquí. Es insolente, maleducado, agresivo y peligroso. Tiene que irse.
Suspirito, como todos los viernes. ¿Se creerá que así me va a callar? Belén, contrólate que te va a subir la tensión. Yo tenía que estar trabajando en un colegio, a poder ser privado, con niños normales y disciplinados, no con esta panda de cafres. ¡No lo soporto más!
-A ver, ¿qué excusa le vas a sacar ahora? ¿Sabes lo difícil que es hacer la terapia de grupo con ese salvaje pegando gritos y tirando todo lo que pilla a su paso? Me da igual lo que diga el informe, me da igual por lo que haya pasado. Este niño tiene que irse. O se va él, o me voy yo.
No me ha hecho falta ver la expresión de Alfredo para saber que estaba detrás de mí, he sentido su presencia, esa energía destructiva que transmite por donde pasa. Mira qué sonrisa, si es que da miedo hasta mirarle a la cara. Cualquier día trae una pistola y nos mata a todos. Cualquier día, ya verás...


Ya está la vieja chocha quejándose de mí. Qué pena no haberle dado con el libro, con un poco de suerte la dejo tonta y se tiene que ir a una clínica y nos deja en paz de una puta vez. ¿A quién quiere engañar? "Confiad en mí, estoy aquí para ayudaros...". Y una mierda. Le gustaría vernos a todos ahogados, la muy perra.
Pero por lo menos ésta es sincera y no disimula. A ésta se le nota que preferiría estar en cualquier sitio menos con nosotros, que hace este trabajo porque ya es muy mayor para cambiar, aunque no tenga capacidad para querer ni a una mosca, mucho menos a nosotros, vieja amargada. Pero el otro... ¿De qué va Alfredo? A veces casi me creo su rollo, parece que va en serio con eso de que le importamos y que quiere ayudarnos. Pero será como todos los demás: te da la mano y, en cuanto te descuides, te suelta y el ostión es más grande porque no te lo esperabas. Como mi madre. Como mi padre. Como ese profesor tan majo al que le gustaba más mi polla que yo.
Y, sin embargo, hay algo en su mirada que parece leer mi mente...

Lucia

Los libros debían ser ordenados por tamaño y autor, pero ninguno había salido todavía de su lugar. El polvo se acumulaba sobre la mesa, sobre las baldas, entre los lomos de los libros, pero el plumero parecía estar en huelga de brazos cruzados, tumbado en una esquina del despacho, sin atisbo siquiera de movimiento. Se suponía que era día de limpieza pero, dos horas más tarde, el desorden de la habitación se había multiplicado por mil.
La culpa era de aquella estantería, se dijo Lucía, sentada en el suelo con las piernas cruzadas y una manta sobre los hombros; su estantería de escritura, donde se iba acumulando todo lo que, por un motivo u otro, no era capaz de escribir en el ordenador. Viendo el suelo de su despacho, cualquiera hubiera pensado que un terremoto de magnitud siete había atacado sólo al piso de Lucía; no quedaba ni un centímetro cuadrado libre, y si alguien hubiera querido entrar sin pisar papeles, habría tenido que volar.Se encontraba rodeada de cuadernos con historias empezadas -muy pocas acabadas, ninguna revisada-; páginas y páginas de ideas para guiones que Lucía imaginó, en su momento, merecedores de un Óscar; primeros capítulos de novelas que en manos de cualquiera se hubieran convertido en seguros premios Planeta (pero no en las suyas, nunca en las suyas, que siempre perdían gas a medida que se acercaba un clímax), y un sinfín de descripciones de personajes que tenían más vida que la mayoría de gente que conocía. Nada estaba terminado, nada estaba definido: miles de árboles muertos irremediablemente para que ella, Lucía, los emborronara con tinta y los convirtiera en basura.
Y entonces se dio cuenta de lo que era, y el mundo entero se le vino abajo, y una lágrima que le ardió en la cara cayó sobre el papel que sostenía con la enésima idea para una novela, una idea tan buena que le dio miedo escribir porque sabía que nunca le haría justicia, nunca la convertiría en todo lo que podría ser.
Lucía lo supo entonces: no era escritora. Era escribidora.
Y una muy mala, por cierto.

Cita

El otro día fui a dar un paseo y un chaval me tendió un pequeño panfleto. Leí el título antes de hacerlo una bola y tirarlo a la papelera más cercana:

"Tienes una cita con Jesús en la otra vida".

Curioso, en ésta no consigo una ni pagando, pero en la próxima ya hay cola...

13 y martes


Me tengo por una persona llena de contradicciones, aunque seguramente las mías palidezcan ante las de otros muchos. Una de ellas, posiblemente la más grande, es que me encanta el día de mi cumpleaños pero odio cumplir años. Acojo cada trece de noviembre con una mezcla de pavor y anhelo que no tienen ningún sentido, y cada año trato de convencerme a mí misma de que es un buen día, de que es bueno llegar a ser un año más vieja... Y aún así, según se va acercando la fecha, me echo a temblar ante la idea de añadir otra vela más a mi tarta.
Me he puesto a analizar, como buena aficionada a la psicología que soy, esta mezcla de sensaciones tan irracional. ¿Por qué me gusta el día de mi cumpleaños? Obviamente, como a casi todos, porque es el único día del año (o, al menos, el único asegurado, a no ser que ganes un Oscar, te quedes embarazada, te cases, escribas un libro, mates a alguien,...) en el que eres la principal protagonista; es tu día especial, ese en el que recibes llamadas de gente con la que hace tiempo que no hablas, o con la que te encanta hablar; el día en que recibes regalos que, te gusten o no te gusten, hacen una ilusión tremenda; el día en que puedes hacer poco menos lo que te dé la gana porque todo está justificado, es tu cumpleaños. Aunque todo esto tiene un pequeño matiz: los que hacen especial el día de tu cumpleaños son los demás. Sin amigos, sin familia, sin gente a tu alrededor, sería un día como otro cualquiera. Así que, si me gusta tanto mi cumpleaños, es porque tengo la seguridad de que toda la gente que me quiere se va a acordar de mí (hoy o mañana, o dentro de una semana, vamos) y me van a hacer sentir especial. Con lo que llego a la conclusión de que me gusta mi cumpleaños porque me recuerda toda la gente a la que le importo. Que es básicamente la esencia de la vida.
Pero, entonces, ¿por qué no me gusta cumplir años? Quizás sea porque hasta ahora he visto cada año como una cuenta atrás, otro año menos que me queda por vivir, en lugar de mirar hacia atrás y ver todo lo que he vivido. Quizás sea porque tengo la sensación de que me quedan muchas cosas por hacer y que no tengo tiempo material en los ¿40?, ¿50? años que me quedan por vivir. Pero luego miro hacia atrás y me doy cuenta de que no me cambiaría por ninguna de mis otras "yos" de años anteriores; que cada año que he vivido me ha mejorado, me ha convertido en lo que soy y me mejora cada día. Como dice la tarjeta que me han regalado mis niños (junto con un perro de peluche, un euro y medio "para ayudarme con la hipoteca" y una pelota anti estrés "que también puedes usar para tirársela a la cabeza al que no se calle"), estoy en la mejor edad: estoy muy lejos de los 40, aparento menos de 30 y puedo aprovecharme de la experiencia adquirida en los últimos 10. Sabios, mis niños.
Así que he decidido que, a partir de ahora, me va a gustar cumplir años -aunque debéis saber que cumpliré siempre 25- y voy a seguir disfrutando del día de mi cumpleaños como una enana. Porque de eso se trata, de tener un día especial al año en el que yo, y sólo yo (bueno, y José María García, y Whoopy Goldberg, creo) soy la protagonista.

Mi principe azul


Una borrachísima -y aún así encantadora, por supuesto- Sandra Bullock besaba a un sorprendido -y como siempre encantador, galán, pícaro, atractivo- Hugh Grant mientras yo babeaba ante la pantalla con un bocadillo de tomate y queso fresco espolvoreado con albahaca sobre las rodillas y me preguntaba a cuánta gente le había pasado algo así en la vida real y si dos personas con el físico de Hugh y Sandra iban a tener tantos remilgos a la hora de darse un homenaje, cuando alguien llamó en mi puerta (y digo en mi puerta porque tuvieron que usar los nudillos, porque no tengo timbre; la casa vino sin él y, sinceramente, ¿qué necesidad se tiene de uno?). Los efluvios de la comedia romántica me hicieron dar un salto: ¿sería aquel mi príncipe azúl? ¿Mi Hugh Grant (pero el de las pelis, no el de la vida real, que debe ser un borde)? ¿Mi joven Alan Rickman? Hasta con el Clark Kent de Smallville me hubiera "conformado", por más pinta de marine americano que tenga a veces. Salí al pasillo con el corazón en un puño, preparando una escena romántica que hubiera hecho palidecer a la mismísima Bridget Jones.
Y entonces me vi reflejada en el espejo del pasillo, y hasta a mí se me cayó la líbido por mí misma al suelo. Pijama de felpa atado hasta el cuello; pelo recién lavado recogido en un torpe moño para no manchármelo con el bocata; gafas que necesitan un ajuste manteniéndose precariamente en la punta de mi nariz. Por dios, que no sea mi príncipe azul. Si lo es, no pienso abrirle.
No era, por supuesto, ningún príncipe -ni conde, ni duque, ni lacayo siquiera-, sino el vecino de abajo con un papelillo que necesitaba que le firmara. Suspiré tranquila, le firmé lo que me pedía y me despedí con un buenas noches. Me fijé de nuevo en mi reflejo. Vaya pintas. Espero que mi príncipe azul me llame por teléfono con una horita de adelanto antes de venir.
Pero, de todas maneras, creo que me voy a comprar un camisón de seda muy sugerente y muy sexy (sobre el cual me pondré una bata de felpa que será la envidia de cualquier foca). Por si las moscas... o los príncipes azúles.

Conocimientos inutiles

Ya sé que no hay conocimientos inútiles, bien dice el refrán que el saber no ocupa lugar (aunque mi madre discrepe, ahora que está haciendo limpieza y hay varios cientos de libros con los que no sabe qué hacer), pero digamos que hay conocimientos más útiles que otros, saberes que nos llevan más lejos que otros. Quien estudia ingeniería tiene su mente puesta en avanzar, en crear, en innovar, igual que un arquitecto, o un informático, o un científico de la clase que sea. Ellos miran al futuro; analizan los datos presentes para formular nuevas teorías con los que encontrar datos nuevos.
Yo no soy de esas personas. A mí me van los conocimientos, digamos, menos útiles. Me gustan los datos que no van a ayudar a nadie a erradicar la pobreza, que no van a curar el SIDA o encontrar una vacuna contra el cáncer. Yo soy de LETRAS, con mayúscula, anclada en el pasado y en los hechos que explican por qué somos como somos ahora, sin una mirada ni de refilón al cómo seremos el año que viene.
¿De qué me sirve saber que la uve no se pronuncia en castellano, a diferencia de otros idiomas latinos, por influencia del euskera? ¿Qué me aporta el conocimiento de que la palabra Hispania viene del fenicio y significa "tierra de conejos"? ¿Me es realmente indispensable saber que, antes de que el latín se convirtiera en lengua única en la península, había varios idiomas muy parecidos al euskera en toda la cornisa cantábrica? ¿O que la palabra "vascón" viene de un idioma paracelta y significa "hombre de las montañas" o, en sentido figurado, "hombre altivo"?
Mucha gente dirá que algo así no sirve para nada (aunque, Maritormes, yo sé que tú me entiendes). Yo discrepo. Sirve para entender qué soy, por qué soy como soy, de dónde vengo -aunque no tenga ni idea de a dónde voy- y, sobre todo, por qué los demás son como son. Me sirve para respetar y admirar culturas a las que ahora miramos por encima del hombro (¿qué sería de nosotros sin aceite, almohadas, alfombras y alhajas, por no mencionar una lista interminable de descubrimientos que no tendríamos sin la cultura musulmana?), para entender culturas que quiero hacer mías (¿sabíais que el poema inglés equivalente al "Cantar del mío Cid" es en realidad danés?), para sentirme orgullosa de ser la amalgama de culturas que soy.
Y, entre otras cosas, para poder explicárselo a mis alumnos y contribuir a que abran un poco más sus mentecillas.

Los superdotados

(No puedo evitarlo. Mis "monstruos" me dan material para escribir un post todos los días, pero he decidido controlarme un poco y acumular unos cuantos para no aburrir a aquellos a los que mis desventuras con los niños os importen tres pepinos. Pero es que hay cosas que no puedo evitar compartir.)

El primer día que entré a trabajar, ya me dijeron que la clase que me había tocado era muy buena, probablemente la mejor que ninguno de los profesores allí presentes -y había unos cuantos- había conocido nunca. Yo estaba encantada, porque me daba pavor dar sexto -muy mayores para alguien acostumbrada a peques de primero-, pero no podía imaginarme lo que me esperaba. Son unos santos. Unos benditos. Divertidos, traviesos en su justa medida, buenos niños, trabajadores, listos... Me quedo sin adjetivos. Como muestra, un par de botones.

La semana pasada les dije -y era cierto- que un par de profesoras me habían dicho que el comportamiento general de la clase había empeorado un pelín (habían bajado de un 10 a un 8, vamos). Como la única variable que había cambiado de un año a otro era yo (aparte de la edad, me dijo otra compañera; son los mayores, los que más poder tienen en el centro), imaginé que el problema era que yo era mucho menos estricta que las profesoras que habían tenido anteriormente, así que tuve una charla con ellos y les dije que, o se comportaban mejor, o iba a tener que sacar el látigo y nos íbamos a limitar a lo académico y se acabaron las charlas, coloquios y bromas que muchas veces ocurren en clase. Todos me prometieron que se iban a portar mejor, pero que por favor no dejara de reírme en clase y amenizar un poco la carga lectiva. "La profesora del año pasado sólo sonrió tres veces en todo el curso. Y sólo cuando nos dejábamos los deberes o se nos olvidaban los libros en casa".
Así que ellos mismos decidieron que había que poner una serie de reglas y consecuencias para el que las rompiera. Cuatro faltas por hablar fuera de turno, 20 divisiones de dos cifras o copiar cuarenta veces "no volveré a hablar cuando no me toca". Llegar tarde a clase, recuperar el tiempo perdido en el recreo. Pelearse o jugar a "pressing catch", pérdida del recreo y carta de disculpa a la otra persona o a la andereño si estaban jugando. Yo no dije ni mú, fueron ellos los que decidieron las prendas.
Y hoy me ha llegado un niño con una tabla, hecha a mano, para que empiece a poner las faltas de las que hablamos el viernes. "A mi madre le ha parecido una idea estupenda, así que me ha dicho que te haga esta tabla". Curiosamente, es el niño de la carta porno. El más bicho de clase. La madre sabe lo que tiene en casa.

Este fin de semana, les he mandado dos redacciones de deberes, una en castellano y otra en euskera. Tema y formato libres, que se explayen, tienen imaginación para dar y tomar.
Sólo me ha dado tiempo de corregir las de euskera; la mayoría eran cuentos, muchos de ellos usando como personajes a los reyes visigodos (mañana tenemos examen de conocimiento del medio) y princesas de los reinos cristianos. Pero una de las redacciones me ha dejado muerta (creo que hasta me he sonrojado cuando la he leído, menos mal que estaba sola). El niño explicaba lo que hacía en la ikastola todos los días, hablaba de sus asignaturas favoritas y de las que más le aburrían: "Tenemos de todo un poco; asignaturas divertidas, como conocimiento del medio o plástica, y asignaturas aburridas, como lengua, euskera o matemáticas. Antes "cono" era un rollo, pero con Ruth se ha convertido en la asignatura favorita de la clase y estamos deseando que llegue para que nos cuente batallitas". Sin palabras.

Mis alumnos tienen mi email y yo tengo el suyo. Este fin de semana he recibido varios preguntándome cosas sobre los deberes. Mi padre no entiende que niños de 11 años sepan usar el correo electrónico. Ya le vale.

Z: -Ruth, ¿qué es un indígena?
Ruth: -A ver, ¿quién puede decirle a Z. lo que es un indígena?
X: -Pues como E.T.
Ruth: -INDIgena, X., no ALIENÍgena.

En fin, que me emociona mi clase. Lo único que me apena es saber que éste es el último año que están juntos y que ya no volveré a tener una clase como esta en mi vida, porque es imposible. Intentaré disfrutarlos todo lo que pueda y reírme con ellos como me he reído hasta ahora. Cómo los voy a echar de menos, madre...

¡MECAGUEN LA %$#@ UNED!

Un mes, UN MES, llevo esperando los libros de nuestra maravillosa Universidad Nacional de Educación a Distancia. Un mes, UN MES, sin poder ponerme a estudiar, con los exámenes, como quien dice, a la vuelta de la esquina. Un mes, UN MES, llamando día sí y día también a la $%&# librería de la universidad para que me manden los dichosos libros y limitarme a escuchar a Lionel Richie cantar el "Say you, say me" durante tres minutos para que me corten la llamada. Un mes aguantando la vocecita que me repite "En estos momentos todos nuestros agentes están ocupados. Por favor, continúe en espera y su llamada será atendida en breves instantes". ¡ODIO A ESA MUJER! ¡SI OIGO SU VOZ POR LA CALLE, JURO QUE LA APALEO!
Ni una mala página web donde presentar quejas. Ni una dirección de internet a la que dirigirme. Y luego que hay que formar a la gente, que hay que dar una educación global y barata...
¡MECAGÜEN LA $&%# UNED!

Publicada, al fin

La revista literaria "La Botica" ha tenido a bien publicar una de las historias que les mandé hace unos meses. Revista gratuita de tirada bastante decente en Vitoria, se suele publicar semestralmente (aunque el último número ha tardado un año) y está al alcance de cualquiera en las grandes librerías. ¡Qué ilu!
También tiene formato digital, para aquellos de vosotros que no tenéis la suerte de vivir en nuestra maravillosa ciudad. Lo malo es que no sé qué le pasa al archivo que no hay quien se lo descargue. A ver si lo arreglan prontito para poder hacerme vista.
Os dejo la dirección por si queréis pasaros.

La Botica

A beautiful world

Me encanta esta canción. La escucho cuatro o cinco veces al día, y sé que voy a acabar cogiéndole manía de tanto escucharla, pero no puedo evitarlo. Me hace sentir, lo que para mí no es tan corriente con la música.
Cuando la oí por primera vez, me quedé con el título y el estribillo, y el ritmo de guitarra que caracteriza al cantante; me pareció una canción alegre, me levantaba el ánimo y me resultaba ideal para el paseíto de la mañana. Pero luego empecé a escuchar la letra y me di cuenta de que la canción tenía un toque melancólico y resignado que no se escucha la primera vez. Habla de una felicidad tranquila, quizás algo superficial, en la que siempre hay un vacío que no se sabe con qué llenar. "Quizás sea eso a todo lo que podamos aspirar". He llegado al punto de sentir un nudo en la garganta cada vez que escucho ciertas partes.
Y me ha inspirado una película. Sí, una película, y tengo hasta los actores en la cabeza, y ésta sería la canción ideal para el trágico final de una tragedia tan épica como posible. Llevo una semana dándole vueltas a la idea y creo que, por qué no, me voy a poner a escribirla (ya que la UNED no tiene a bien mandarme los libros y no me puedo poner a estudiar).
Disfrutad de la música. Escuchad la letra.

Obsesion



Le encontró por casualidad, en una de esas películas que no son buenas pero sí taquilleras, un domingo por la tarde en el que hubiera podido tragarse cualquier bodrio. Su personaje destacaba sobre los demás -malo, perverso, odioso-, pero no por mérito del guión, sino gracias al actor que le encarnaba. Su manera de andar, de moverse, esa mirada... Se sorprendió a sí misma siguiendo la acción de la película, absorbiendo cada escena en la que salía él y desechando el resto, impaciente por ver al alma de la película. ¿De dónde había salido aquel actor? ¿Cómo era posible no haberle visto antes, si ya tenía que tener más de cincuenta?
La segunda vez que le vio también fue por casualidad. Había ido al cine a ver una de miedo y se lo encontró de bueno esta vez; su angustia era tan real que ella quería cruzar la pantalla, abrazarle, consolarle. ¿Por qué tienen que pasarle cosas tan malas a este hombre que, salta a la vista, no se merece sufrir? Salió del cine con el corazón en un puño, furiosa con el asesino que le había robado más que la vida, y se supo capaz de matar por vengar su dolor, el de él. No, no podía ser fingido, una angustia así no se puede fingir. Aquel hombre era real. Su dolor era real.
Y entonces empezó a buscarle. Investigó en Internet y consiguió todas sus películas en orden inverso; primero las más recientes y después las de sus comienzos. Con cada fotograma, cada imagen, cada fotografía rescatada de números antiguos de revistas a las que ella jamás había prestado atención, se iba enganchando a él un poco más, sin darse cuenta de que el objeto de su obsesión cada vez tenía menos años en su mente, cada vez retrocedía más en el tiempo, cuando el de verdad estaba cerca de cumplir los sesenta. Encontró la página de su club de fans y consiguió hasta su dirección. Obvió el hecho de que estuviera casado. No quería nada con él, sólo adorarle, admirarle. Tenía que ir a buscarle.
Y lo hizo. Aprovechó un puente largo para plantarse en Inglaterra y se aposentó frente a la puerta de la que ella sabía era su casa, sin pasar siquiera por el hotel, aterrada de que un momento de descanso pudiera significar perderse su salida. Eran las cinco de la mañana; el frío era tan intenso que no sentía la cara, las manos se le habían helado dentro de los guantes de piel, pero ella no se movió. Al fin, a las ocho, la puerta se abrió y un labrador canela apareció tirando de un hombre mayor que su propio padre. El hombre se subió el cuello de un jersey marrón, se ajustó las gafas y echó a andar hacia donde ella estaba sentada, sin verla. El perro se le acercó, juguetón, y apoyó sus patas en sus rodillas. El hombre pegó un tirón de la correa y le pidió perdón. Ella vio sus ojos, esos ojos que tantas veces había observado en la pantalla, y sintió un tirón en el estómago; pero luego se fijó en las ojeras bajo ellos, en las mejillas caídas, en las arrugas que inundaban todo su rostro, y supo que no era él. Se había equivocado de casa. El club de fans tenía una dirección errónea.
Volvió a su ciudad en el vuelo siguiente. Y siguió buscando.
Aún lo hace.

Otra de niños

Me había prometido a mí misma no llenar este blog de anécdotas escolares e incluir más relatos y más temas relacionados con la escritura, que era para lo que fue ideado, pero es que no me puedo resistir. Permitidme este lápsus prevacacional.

Esta tarde, día previo a un puente, no tenía ganas de dar clase. Hemos intentado atacar el libro de euskera, pero tocaba gramática, y, si en todos los idiomas la gramática es un hueso, en euskera ni os cuento. Después de perderme dos veces y darme cuenta de que al menos cinco niños me miraban con ojos vidriosos y a mí se me caían los párpados, he decidido dejarlo, para gran alegría de la chavalería.
Ruth: En vez de seguir con el libro, me vais a escribir algo. Lo que sea. Tema completamente libre, la única condición es que sea en euskera.
J: ¿Puede ser una carta?
R: Te he dicho que sí, lo que sea.
I: ¿Una receta?
R: Que sí...
A (chaval con pendientes en las orejas que me trae música de Scorpions y Metallica a clase de plástica): ¿Y una carta porno?
R: ¿Una quééé?
A: Una carta porno.
Yo me quedo mirándole, sabiendo que es todo fachada, y le reto.
R: Vale. A ver si tienes valor.
Pero por el color de su cara, sé que no lo va a tener.
Una hora después, tras muchas risas y muchos "¡silencio, leñe, que aquí no hay quien se concentre!", todos han terminado y me piden leer los textos en clase. Van saliendo; escuchamos los cuentos típicos de los once años, una preciosa descripción de una amiga en un euskera impoluto que yo no tengo, un par de atentados contra la lengua que me hacen darme cuenta de que, me guste o no, tengo que dar esas clases de gramática, y una disertación algo cansina sobre la flora y la fauna de Euskadi que nos obliga a aplaudir ocultando un bostezo. La única mano que queda levantada es la de X., que me mira con cara de bueno. Lo que significa que está preparando alguna.
R: Vale, X., te toca.
X: Bueno, como has dicho que si nos atrevíamos podíamos hacerlo, yo he escrito una carta porno.
Carcajadas, caras rojas, ojos abiertos que miran en mi dirección. Yo mantengo rostro de póker, pensando en qué entenderá por porno un niño de once años. Asiento con la cabeza y X. empieza a leer. Sus compañeros y compañeras no pueden aguantar la risa -y todavía no ha empezado-, las lágrimas y la vergüenza. Todos están como tomates.

Querida Señorita Y:
Quiero hacer cosas eróticas contigo. ¿Cuánto cobras? ¿De qué sabores te gustan los condones? A mí de chocolate. Llámame y luego quedamos para hacer ñaca-ñaca. Tiene que ser más tarde de las siete, que tengo entrenamiento.
Sin más, se despide X.


Al César lo que es del César. Ha sido muy valiente leyendo la carta, pero le ha caído un puteo de narices por haberse pasado una hora para escribir cuatro líneas (tiene letra grande). Ahora, lo que me he reído con las caras de sus compañeros no se paga con dinero...

Ni qué decir tiene que ahora todos los críos quieren que los jueves sea día de escritura...

Krhon

Siempre he querido ser delgada, algo que, por supuesto, me fue negado. Desde pequeña -tanto que no recuerdo la primera vez que sentí envidia por unos pómulos salientes- he despreciado mi aspecto, he deseado arrancarme los mofletes que todas mis tías pellizcaban con ansia, he soñado con librarme de los odiados michelines que sobresalían siempre por encima de los vaqueros de tiro bajo. Dieta tras dieta, régimen tras régimen, mi cuerpo nunca adquiría la forma que yo deseaba. Siempre había un cúmulo de grasa sobre mis muslos, una capa de piel fofa sobre mi vientre, hoyuelos en una cara demasiado ancha, demasiado gorda, demasiado asquerosa.
Hasta que cumplí los veintisiete y, como en los cuentos de hadas, mi deseo se vio cumplido. Me diagnosticaron la enfermedad de Krhon. Mi cuerpo empezó a no retener nada de lo que comía y poco a poco, la grasa que un metabolismo demasiado lento no había podido quemar empezó a desaparecer. Capa tras capa, rincón tras rincón, fui mermando hasta que incluso mis hoyuelos empequeñecieron. Por fin tenía los pómulos marcados. Por fin un vientre plano. Por fin unos muslos finos que no se rozaran al andar.
Y ahora me encuentro sentada en el sofá de mi casa, diez años después de aquel primer diagnóstico, demasiado débil para moverme. Y sólo puedo fijarme en las fotos de mi yo anterior, mi yo sano, y envidiar aquel rostro que sonreía con timidez, aquel cuerpo perfecto que escondía bajo camisas y jerseys demasiado anchos. Y vuelvo a desear, con todas mis fuerzas, aunque sé que mi hada madrina -o la malvada bruja del oeste- ya se ha ido y mis deseos no son escuchados: hazme gorda de nuevo. Hazme gorda de nuevo. Hazme gorda de nuevo...

Retortijon

Llevaba sentado en aquel pupitre estrecho más de tres horas seguidas, con una pausa de diez minutos para ir al baño que no había podido aprovechar porque había demasiada gente para el número de servicios de la universidad. Me dolía el culo, por no hablar de las piernas, las rodillas, los codos y, por supuesto, la vegiga, que estaba a punto de estallarme. El profesor había dado por finalizada la clase, pero la gente seguía bombardeándole a preguntas y yo no me quería perder las respuestas. Era una clase interesante. Menos mal, pensé, porque si encima llega a ser un bodrio ni Rita aguanta diez horas en la universidad.
La gente se levantó al fin. Yo cogí mi mochila y salí corriendo, directo al baño, creyendo que me iba a mojar los pantalones antes de llegar. Mi autobús salía para Vitoria en diez minutos y tardaba cinco en llegar a la parada, así que tenía el tiempo justo. Pero fue ver el baño y sentí un tremendo retortijón que me envió directamente a uno de los cubículos a plantar un pino, con perdón; con lo estreñido que soy, prefiero perder el autobús a dejar escapar las ganas, así que traté de hacerlo deprisa. Oí pasos apresurados saliendo del baño al mismo tiempo que se me escapaba un pedo. Qué especialita es la gente, qué creerán que va uno a hacer al baño.
Fui rápido, lejos de mi cuarto de hora habitual. Sali corriendo al pasillo, subiéndome la bragueta y reajustándome la mochila sobre los hombros mientras andaba, y tardé unos segundos en darme cuenta de que el pasillo estaba demasiado oscuro. Todo el mundo había salido ya. Alguien había apagado las luces. El estómago me dio un vuelco (por un segundo creí que era otro retortijón, pero sólo eran nervios) y corrí hacia la salida. La puerta estaba cerrada con llave. De repente me vinieron a la mente cientos de escenas de las miles de películas de terror que había visto en mi vida, y me puse a sacudir la puerta como si así fuera a conseguir abrirla. Eran sólo las siete y media de la tarde, ¿cómo era posible que se cerrara una facultad tan pronto?
-Esto no me puede estar pasando a mí, esto no me puede estar pasando a mí... -casi grité.
Y entonces oí pasos a mi espalda, y el corazón me saltó a la garganta, y no supe si echar a correr o gritar pidiendo ayuda, o ponerme en guardia y darle un golpe con el libro de análisis de datos...
El bedel de la universidad se me quedó mirando como si nunca hubiera visto un alumno en su vida.
-¿Pero qué haces tú aquí todavía?
-Estaba cagando -gemí, temblando de pies a cabeza.
El bedel me miró, impávido, como si todos los días recibiera la misma respuesta a cualquiera de sus preguntas. Negó con la cabeza, soltó un suspiro y me abrió la puerta. Salí tan rápido que ni le di las gracias.
El chófer del autobús, el mismo que llevaba toda la semana llevándome de vuelta a casa, se había dado cuenta de que yo no había llegado y me había esperado cinco minutos. Llegué sin aliento ni para pedir el billete, pero él ya sabía mi recorrido. Me senté en el primer asiento que encontré y dejé escapar un gemido de alivio que hizo a la chica que iba a mi lado arrimarse más a la ventana.
Me quedé dormido antes de que el autobús saliera de Donostia.


Dedicado a ese al que siempre le pasan estas cosas. Historia verídica, por cierto

Todas las mañanas

Todas las mañanas amanece a la misma hora, o al menos lo hace para mí, porque qué me importa a mí que el sol salga antes de que yo me despierte si lo que a mí me interesa es no ir de noche a trabajar, y de momento puedo. A las ocho y diez en punto, mis pies tocan la calle y las caras de todos los días empiezan a desfilar ante mí. El grupito de púberes camino al instituto. La señora con el cuaderno debajo del brazo que parece ir a algún euskaltegi a desempolvar el euskera. El chaval con el que fui a la ikastola y a quien todavía hoy me niego a saludar por más que pase codo con codo a mi lado. Las señoras que limpian los portales. Las bicicletas. Los autobuses. La marabunta diaria de coches.
Pero hay una mujer que me llama la atención todas las mañanas, y todas las mañanas la sigo con la mirada, girando la cabeza ciento ochenta grados y arriesgándome a que un día se dé la vuelta y me diga algo. Es poco mayor que yo, andará lejos de los cuarenta; viste de punta en blanco, faldita pulcramente planchada y blusa cara, y unos zapatos con diez centímetros de tacón con los que apenas roza el metro sesenta. O quizás mida más, pero va tan encorvada que es difícil calcularlo. Anda siempre con la mirada fija en el suelo, el gesto vencido, los hombros caídos y la espalda completamente arqueada. El año pasado solía verla con gafas de sol a las ocho de la mañana en pleno invierno, cuando las farolas no daban luz suficiente para alumbrar la calle, aún oscura. Ahora al menos lleva la cara al descubierto. Y no puedo evitar pensar en qué tragedia asediará a una mujer tan joven para que se haya puesto, sin quizás darse cuenta, más de veinte años sobre los hombros y al menos cuarenta en la mirada.
Todas las mañanas la veo perderse entre las calles. Y todas las mañanas camino yo un poco más erguida, sonrisa en los labios y paso alegre

Primer dia

Mañana conozco a los que van a ser mis alumnos todo este curso. ¡Qué nervios madre! ¿Qué me voy a poner? Tendré que sacar la ropa esta noche, para no andar con hilos sueltos o arrugas inoportunas de última hora, que por no tener, no tengo ni plancha. ¿Me pongo los vaqueros de marca, para demostrarles que soy guay? ¿O unos viejos pero muy molones, para que vean que no me importan las apariencias? ¿Llevo el colgante de Tiffany's que me compré este verano? ¿O el collar de perlas de plástio de Promod? ¿Sonrío cuando entren? ¿Les miro con cara de perro, para que vean que soy un hueso duro de roer y en mi clase nadie me vacila?
¿Cómo contagiarles mi pasión por la lectura y la escritura sin que crean que estoy loca? ¿Cómo disimular mi aversión por las matemáticas? ¿Cómo conseguir que el libro de conocimiento del medio no se convierta en una piedra inmasticable para ellos y para mí? ¿Por qué no me he traído los libros a casa este fin de semana para empollarme todo el temario y poder contestar todas las preguntas que me puedan hacer? ¿Por qué estoy tan nerviosa, si llevo once años haciendo esto en dos continentes?
Mañana primer día... ¡Qué nervios, madre!

¿Que he hecho yo para merecer esto?

Estoy que no quepo en mí de gozo, no sé cómo consigo estar sentada y escribiendo tranquilamente cuando debería estar pegando saltos de alegría y dándome besos a mí misma. No uno, sino dos, DOS premios he recibido esta semana, ¿qué más se puede pedir? La blogosfera debe estar escasita de gente, porque esto no es normal.



El primero es de Maritormes, que me otorga el Thinking Award. Nunca pensé que el mío fuera un blog que hiciera pensar, esto surgió como una manera de desahogar mi ego y publicar lo poco que escribo, aunque luego mi profesión fue ocupando el lugar lentamente, pero me alegro de que alguien pueda sacar algo de provecho de esto. Se supone que debo señalar a otros cinco que me hagan pensar a mí, pero siento decir que me es imposible: todos, absolutamente todos los blogs que visito, hasta los que me encuentro por casualidad, me hacen pensar, o reír, o llorar, y para el caso todo vale. Así que visitad cualquiera de los links que veréis a la derecha de la pantalla si queréis sufrir alguna de estas emociones; no están todos los que son, pero sí son todos los que están.



El segundo, el Premio solidario, me viene de Lludria, que me ha dejado clavada al asiento. ¿Solidaria, yo? ¡Si me paso el día sentada en el sofá sin mover un dedo por nadie! ¡Se me va la fuerza por la boca! De nuevo se me pide que elija siete blogs solidarios, y de nuevo me siento incapaz. Aparte, me parece un poco difícil decidir quién es solidario y quién no guiándome por lo que alguien ha escrito; yo, por ejemplo, en realidad tengo a tres chachas ilegales a las que pago una mierda trabajando para mí, sólo compro ropa hecha con pieles de animales en extinción y no puedo ver a un moro ni de lejos. Pero en el blog doy el pego, ¿a que sí?

Muchas gracias a todos y a todas. Un besazo.

Sociedades machistas


A veces creo que soy una exagerada y que le busco cinco patas al gato, por eso la mayoría de las veces me guardo lo que pienso y sólo lo comparto con gente muy cercana a mí, o lo escribo en un diario para desahogarme y lo dejo pasar. Pero hay algo a lo que llevo dando vueltas ya no días, sino más bien años, y es el machismo implícito y explícito de las sociedades modernas. Lo veo en el lenguaje, en los actos de la gente, en las cosas que se dan por hecho, pero sobre todo, en los medios de comunicación. Y últimamente es más exagerado que nunca, cuando tendría que ser al revés: cuanto más avanza la sociedad, menos machismo. ¿No?
Pues no. El último ejemplo lo he tenido con una de esas colecciones por fascículos que se anuncian tanto por televisión. Es un libro de cocina para peques, lo cual no me parece una mala idea porque no está mal saber cocinar (he aquí una que no lo ha hecho nunca y así le va, emancipada pero comiendo en casa de amatxo porque no me sé freír un huevo) y a ciertas edades no es más que un juego. Lo que me revienta, y no sabéis hasta qué punto, es la voz en off: "Aprende a cocinar como mamá e invita a todas tus amiguitas". Y se ve un grupo de niñas, con la madre de fondo, pasándoselo pipa amasando lo que parece una tarta.
Fijaos lo que ha dicho en una sola frase: "Ya sabemos que en tu casa cocina tu madre, porque, trabaje o no trabaje, no va a ser tu padre el que se ponga el delantal. Sabemos que tú quieres ser igual que tu madre y convertirte en ama de casa, independientemente de que vayas a tener una carrera universitaria del copón y medio y dirijas una empresa. Es más, sabemos que, por ser niña, te gusta cocinar, y a todas tus amigas también, y sabemos que no hay ni un sólo chico al que le guste". Vamos, al anuncio de marras sólo le falta decir: "Aprende a cocinar para pescar un buen partido que te mantega y perpetuar así la imagen de la mujer que no sale de la cocina". Y yo me pregunto: ¿anuncios así no deberían estar prohibidos?
Y no es sólo ése, sino los mil millones de anuncios de detergentes en los que el único objetivo de las mujeres que aparecen en ellos es tener la ropa más blanca que la vecina, o esos en los que las mujeres son las responsables de dar el yogur adecuado a sus hijos, o comprar las patatas perfectas para la fiesta mientras el marido ve el partido en la tele,... Parece que alguien no se ha enterado de lo de la liberación de la mujer, o quizás es que no estamos tan liberadas como creemos, al menos no las madres trabajadoras; se han incorporado al trabajo sin dejar ninguna de sus otras obligaciones, y ese no era el trato, creo yo.
En otro post, si tengo ganas y no me caliento demasiado, hablaré del machismo implícito (y explícito) del lenguaje. Luego me llaman feminista -algunos con retintín, como si fuera un insulto, ¡qué tordos!-, pero es que hay cosas que claman al cielo, leñe. ¿Historia del hombre? ¿Qué pasa, que las mujeres tenemos una distinta?

Como perder seis horas y que te paguen por ello

Vuelta al trabajo. Primer día en una ikastola nueva. He aquí mi horario de hoy:
7:50: No tengo muy claro a qué hora entro, pero no será antes de las ocho. Yo, puntual como siempre, estoy allí algo antes, pero las únicas que ya han llegado son las señoras de la limpieza. Muy amablemente, me indican dónde está la sala de profesores para que espere tomándome un café. El horario, me dicen, es de 8:30 a 14:00.
8:30: Aparecen el director, la jefa de estudios y las otras cuatro profesoras nuevas de este año. Hablan de las plazas libres que hay en primaria y comentan que tendremos que mirarlo "luego".
9:00: No ha llegado ni un cuarto del profesorado. Las que llegan charlan, bromean y pasan el rato en la entrada.
9:20: Nos vamos a tomar un café al bar de enfrente.
9:45: Volvemos. Nadie se ha movido de la entrada. La mitad de las profesoras están fuera del edificio, charlando al pie de la escalera. Un grupo entra, el otro se va al bar del que acabamos de volver. Yo pululo por los grupos que se van formando e intento no aburrirme demasiado.
10:20: La jefa de estudios comenta que nos va a juntar a las tres nuevas profesoras de primaria para decirnos qué curso nos toca a cada una. Se va a buscar a las otras dos.
11:00: Por fin nos sentamos todas. Nos reparten los cursos, me toca sexto (¡yupi!). Me dicen que me ponga de acuerdo con las otras de sexto para ver qué clase es la mía, porque las suelen repartir. "¿Y dónde están?" "Tomando un café". Subo y dejo mis cosas en la primera clase de sexto que encuentro para mirar un poco los libros, bajando a ver si han llegado mis compañeras cada media hora. Qué cachas se me están quedando, madre.
12:20: Las de sexto están en la sala de profesores, y el resto del claustro también. Uno de los profesores que ha aprobado las oposiciones lo está celebrando con una pequeña merendola que incluye vino y champán. A comer se ha dicho.
13:10: Subimos a repartir las clases. La que al final me toca está cerrada con llave. Bajamos a buscar la llave.
13:40: Entro en mi clase. Miro un poco alrededor, charlo un rato con mi compañera sobre algún tema del curso, hojeo un par de libros.
14:00: Me voy a mi casa. No hacer nada da un hambre voraz.

Espero que mañana sea algo más productivo, aunque tengo muy claro que no voy a llegar ni un minuto antes de las ocho y media...