Morritos Newman


Todo el mundo habla hoy de él, de sus ojos azules, de su gran calidad como actor. Yo no voy a hablar de él porque no le conocía, pero sí diré que más que sus ojos, a mí me gustaba su boca, y que así desde la lejanía me parecía una gran persona.

A beautiful day

its a beautiful day - u2

Hoy es un día perfecto.

Tengo un agujero en el suelo, la tubería al aire y goteras en las tuberías nuevas. El fontanero que me hizo la obra se hace el sueco y no parece estar por la labor de arreglar lo que hizo mal.

El vecino de al lado insiste en poner un buzón de publicidad cuando el resto de los vecinos no quiere. Le han arañado el papel que ha puesto en el buzón para que no le echen propaganda y me ha venido a montar un pollo.

He engordado.

No tengo ni un solo puente hasta diciembre. Mi horario es tan agobiante y me he propuesto meterles tanta caña a los críos que no llego con las pilas cargadas ni hasta el miércoles.

Pero todo esto da igual. Todo esto es indiferente. El escáner ha mostrado una reducción del tumor. Todo, metástasis incluida, es más pequeño.

It's a beautiful day!

Gente "Snape"

Desde que ha empezado el curso, he dejado una manía que había desarrollado los últimos años y he decidido olvidarme del ipod cuando voy a trabajar. No tengo nada en contra de la música (aunque escuchar todos los días las mismas canciones, aunque tengas más de mil, termina haciéndose pesado), pero es que ir con los cascos no me dejaba pensar con claridad. Cada canción tiene una historia, un momento, un recuerdo del que echar mano, y siempre me dejaba atrapar por esa magia y prácticamente dejaba la mente en blanco. Ahora que voy sin música medito, pienso, hago conexiones. Hoy, sin ir más lejos, me ha dado por hacer alegorías con el personaje de Severus Snape en Harry Potter.



(Aquí varias personas han dejado de leer porque ya he vuelto a las andadas con mis “fricadas” y sólo hay unos pocos que las aguanten. Gracias a los demás por darme el beneficio de la duda y esperar que no me ponga a hablar de pociones varias.)

Severus Snape tuvo una infancia horrible. Sus padres discutían, su madre era incapaz de mostrar afecto, su padre no se preocupaba por nada y encima el propio Severus era un bicho raro por sus dones y su forma de vestir. Sus circunstancias eran horribles. No había nadie que de pequeño le enseñara a apreciar a los demás, ni siquiera a sí mismo; nadie a excepción de una amiga, una persona en la que apoyarse. A pesar de ese apoyo, Severus eligió el camino que no debía, un camino que le separaría de la única persona que le había enseñado a sentir afecto. Esa ayuda, sin embargo, fue suficiente para que, cuando llegó el momento de la verdad y realmente tuvo que elegir entre echarse a perder del todo o volver a una senda más o menos recta, eligiera lo correcto. Y con ello le llegó un segundo apoyo que le mantuvo entero, aunque con una coraza de tal tamaño que nadie más pudo acercarse a él. Los que habéis leído el libro, espero que estéis de acuerdo en la definición; los que no, espero que os hayáis enterado de algo.

A pesar de ser un personaje de ficción, Snape es tan real para mí que a veces me da la sensación de que lo conozco. ¿Cuánta gente Snape conocéis? ¿Cuántas personas a las que se os hace imposible acercaros? Esa gente que no os cae bien, que siempre tiene una sonrisa irónica en la boca, solitaria y algo huraña. ¿Por qué son así? La gente antipática, borde, grosera, ¿nace o se hace? Tenemos tendencia a apartar a esa gente de nuestro lado. Irradian energía negativa, nunca tienen un comentario amable, te sueltan una puñalada en cuanto tienen la oportunidad. Es difícil quererlos, por no decir imposible, pero ¿os habéis parado a pensar que son la gente que más lo necesita? Están acostumbrados al rechazo, a no gustar, a que la gente les ignore en el mejor de los casos. Nada de lo que nosotros podamos sentir por ellos les causará el menor impacto. Nada, claro, excepto lo más difícil: afecto.

No seré yo quien abogue por un trato digno a las personas antipáticas, amargadas, bordes, algo hirientes, porque soy la primera que huye de ellos. Simplemente me ha dado por pensar, por hacer una reflexión más o menos profunda en los veinte minutos de paseo que me cuesta llegar al trabajo, en que quizás deberíamos dejar de juzgar superficialmente a la gente que nos trata mal y tratar de imaginarnos cómo han sido tratados ellos. Una reflexión inútil, probablemente, porque ya ves tú lo que va a solucionar que en vez de querer estamparle un palo de béisbol en la cabeza me dé pena el que me ha soltado una animalada, pero una reflexión, al fin y al cabo. Y ya que últimamente ando escasa de ideas, me apetecía plasmarla.

Espero que me permitáis la “fricada”. Ya sabéis que de vez en cuando tengo la edad mental de una niña de diez años.

(Nota al margen: con lo que me gusta Alan Rickman y lo que me gusta el personaje de Severus Snape, qué poco me gusta Rickman haciendo de Snape en las películas. ¿Cómo se lo han podido cargar de semejante manera?)

Otoño

Me gusta el otoño.

Ya sé que todavía estamos en verano, o eso dice el calendario, pero cada vez me doy más cuenta de que el otoño es mi estación favorita. Esta semana ha habido un par de días fríos de verdad, de esos en los que dudas si ponerte la cazadora vaquera o pasar directamente al chambergo de invierno; sientes el frío en la cara, las manos bien resguardadas bajo los brazos y el sol, que todavía calienta, tentándote a quitarte la chaqueta en las zonas soleadas. Las hojas todavía no han empezado a cambiar de color, pero pronto lo harán y me sentiré tentada, como siempre, a sacar la caja de óleos que me compré sin saber utilizar y ponerme delante de un árbol para tratar de copiarlo (sin éxito, porque ¿cómo se puede copiar algo tan vivo como un árbol?).

En casa aún no es tiempo de poner la calefacción, pero el frío ya se ha metido entre las cuatro paredes. Me pongo el chándal, que sólo utilizo para estar en casa, y me subo la cremallera de la chaquetilla hasta la barbilla. Me siento en el sofá con mis libros de literatura inglesa, o el de alemán, o Las uvas de la ira en versión original, y dejo que el gato se acurruque contra mí y me caliente las pantorrillas. A veces, incluso me echo una manta fina por encima, para estar lo más caliente posible y sentir esa modorra que anuncia la hora de la cena y de lectura en la cama.

Me gusta el otoño porque huele diferente, suena diferente. Tiene una paz que no tiene el verano, un frescor que no tiene ninguna otra estación. La gente, sorprendida por el frío quizás, no grita tanto como en verano, no alborota. Se ven caras serenas. Me hace sentir tranquila.

Me gusta el otoño. Estoy deseando que empiece.

Principio y fin

Mañana tengo un funeral. No voy a ir porque vienen los fontaneros a ponerme la casa patas arriba, así que voy a hacer acto de presencia en el tanatorio esta tarde. Mi tío ha venido desde Sevilla. Mi tía (política, pero más amiga que tía) viene desde Donostia aún a riesgo de encontrarse con el ex al que no puede ni ver. Mis tías de Bilbao ya están aquí. Todos mis primos, tíos y familiares cercanos se van a reunir por primera vez en muchos años. Va a ser mi primer encuentro con algunas personas en los últimos tres lustros. Que se dice pronto.

Odio la muerte. No, mejor dicho, la temo. Es el fin de todo, el acabose, el hasta aquí hemos llegado, el aquí ya no hay más. Es dejar un vació enorme en la vida de mucha gente. Es que todo el mundo se junte para llorarte, por más que no te celebraran en vida. Odio esa falsedad. Si no nos hacemos caso cuando estamos vivos, ¿a qué viene la parafernalia de después? La primera reunión familiar del siglo, por más que lo hayamos intentado otras veces.

Y, sobre todo, no dejo de pensar en lo terrible que debe ser tener que desenchufar a una madre.

Se han rajado

Para este nuevo curso, el Gobierno Vasco había planeado un arrinconamiento de la religión en la educación secundaria que a mí me encantaba. Se trataba de no obligar a aquellos que no escogieran religión a dar una asignatura "equivalente", con la pérdida de tiempo y de esfuerzo por parte de todos que una asignatura sin currículum conlleva. Querían poner la religión a primera o última hora, para que el resto de los alumnos no tuvieran una hora libre en medio del horario. Por supuesto, la iglesia se les ha echado encima. No se contentan con que se dé religión en horario escolar, se tiene que notar. "¿Qué adolescente va a querer dar una hora más de clase al día? ¿Quién va a querer tener una materia más que los demás?" Yo me debo estar volviendo loca, porque a mí eso me parecía religión: una asignatura para el que la quiera, no para los demás.

Pues el Gobierno Vasco se ha rajado. Al final ha incluido la asignatura dentro del horario, para disgusto de profesores y la mayoría de los padres. Todavía está por ver si va a conseguir el plan B, o sea, que en lugar de "ética" se den asignaturas de refuerzo para esos niños (la mayoría) que no van a religión. A esto la iglesia también se opone, porque no es justo (según ellos) que los demás tengan ayudas y a los de religión se les nieguen. No, si no se les niega, se les da a elegir. La educación pública no llega a tanto.

Veremos cómo termina esto. Yo este año tengo dos niñas, entre veintiún alumnos, que van a religión, y por ellas tengo que hacer encaje de bolillos e inventarme algo para tenerles entretenidos una hora y media. No puede ser académico, ni lectura, ni refuerzo,... No sé, les enseñaré calceta, o veremos películas de Disney con finales felices, o hablaremos de fútbol y de Nadal. Al final, esa hora y media que podría utilizar para hacer actividades extras con un excelente grupo que iba a dar mucho de sí se queda en nada.

Seguiré quejándome de la religión en las escuelas en entradas sucesivas, no os quepa duda. Algún día conseguiremos una escuela laica de verdad.

Karma

Me gusta mi trabajo. Lo hago a gusto. Lo disfruto casi todos los días y hago lo posible porque se note (porque se nota). Trato de facilitar el trabajo de los que pululan a mi alrededor; soy flexible, no impongo mi santa voluntad, no me molesta hacer favores, me amoldo a lo que me den. Entiendo que mi clase no es mi castillo, sino propiedad del centro y por tanto susceptible de ser utilizada por otras personas. Entiendo que somos una mini sociedad y que no podemos ponernos la zancadilla los unos a los otros o dejar de ayudarnos cuando otros lo necesitan, porque arrieritos somos y en el camino nos encontraremos. No me niego a nada que entienda que entra dentro de mis capacidades como profesora, siempre que no abusen y que no tenga una razón de peso para no hacerlo (hasta ahora nunca he tenido ninguna). Y eso, al final, trae su recompensa.

Este año, además de mi tutoría en quinto, voy a tener dos horas de inglés a la semana en segundo. La directora me ha preguntado una y otra vez si no me molesta, azoradita perdida, y yo le he asegurado que no, que sé cómo de petado tiene el horario la chica que tendría que hacerlo en mi lugar y sé que yo iba a librar dos horas más que mis compañeras de curso porque no tengo desdobles (no habría sido la que más librara del centro, pero sí de mi curso). Me he dado cuenta de que ha venido a mí como último recurso, porque estaba intentando dejarme esas dos horas extras libres, pero al final le ha sido imposible. A cambio, los viernes me ha dejado un horario que da gloria verlo, con la última hora del día libre (que se agradece mucho). Cuando me he dado cuenta y lo he dicho en voz alta, ella me ha dicho "hombre, alguna pelotilla tendremos que tener, ¿no?"

Karma. Se llama karma. Si tú te esfuerzas por no molestar y ayudar en lo que puedas al prójimo -que, la verdad, la mayor parte de las veces no cuesta tanto-, te pasan cosas buenas. Y sé que es una nimiedad, que en el gran esquema de las cosas es un átomo insignificante, pero a mí me ha hecho sentir apreciada y querer seguir como hasta ahora. Y eso vale su peso en oro.

Nuevo curso

Nuevo curso (pero no nueva ikastola, menos mal), nuevo grado, nuevo grupo. Aún me estoy familiarizando con los nombres sin cara, hablando con su profesora del segundo ciclo y oyendo maravillas de ellos, colocando tarjetitas con sus nombres en las mesas, recibiendo a mis antiguos alumnos que me vienen a visitar. Luego vendrá el papeleo, los horarios, la burocracia, pero de momento me pierdo en libros nuevos, planificaciones de nuevas excursiones y emociones varias.

Todo esto aliñado con una avería de fontanería en casa que tiene a mi vecina de abajo con el suelo encharcado y a mí sin agua para tratar de no inundar su casa. Y el fontanero, avisado desde el viernes, que no viene. Me va a oír el seguro.

Septiembre. Adelante con la cuesta.

Bofetadas

Vale, sí, lo admito, soy feminista, y a veces un poco más radical de lo que a la gente le gustaría. Abogo por un lenguaje que no discrimine, veo ataques machistas en todas partes, me siento marginada cuando en un grupo de seis en el que hay un solo hombre se nos saluda con un "hola a todos". Soy así, qué le vamos a hacer. También tengo acné y lo llevo lo mejor que puedo.

Pero tengo que aclarar que mi feminismo no es un machismo llevado al otro extremo. Yo no creo que los hombres sean inferiores a las mujeres, que se les deba mermar sus derechos en favor de los nuestros o que nos deban algo. No quiero que nadie me regale nada, simplemente que no se me trate con condescendencia y no se me quite nada que merezco, igual que no quiero que me den nada que no merezca. Claro que habrá gente que opine que yo creo que las mujeres merecen mucho más de lo que en realidad merecemos, y ahí empezarán nuestras diferencias y nuestras discusiones sobre lo que es "ser justo" y lo que es "pedir demasiado". Una de las coletillas que más me revientan es "con las cosas que pasan en el mundo, ¿a quién le importa que se diga médico o médica?" Pues a mí, oiga. También hay miles de personas muriéndose de hambre en el mundo, pero cada uno se preocupa por su hipoteca. ¿O no?

Me estoy yendo por las ramas. A lo que venía yo hoy era a hacer un análisis de las imágenes que estoy viendo cada vez más últimamente, las bofetadas de mujeres a hombres. Hoy en día nadie se atrevería a poner una bofetada como esas que le daban a Greta Garbo en una película, faltaría más, pero al revés parece que sí se puede. Ahí estaba yo, viendo una película de lo más soso e inocente, cuando de repente una chica menudita y muy poquita cosa le suelta un guantazo a un tío que le sacaba tres cabezas porque sí, sin venir a cuento. El chico, por supuesto, no respondió. La mayoría de esas escenas terminan con la chica marchándose muy digna y con la cabeza muy alta, y con el chico acariciándose la mejilla con cara de qué habré hecho yo para merecer semejante guarrazo. Os suenan, ¿no? Aquí suele venir el comentario colectivo que sueltan muchas de ellas, un "qué bien le está" o similar.

Pues me llamaréis exagerada, pero a mí esto me parece un signo de machismo implícito. Y lo más triste es que viene de nosotras mismas.

Nos siguen poniendo como el sexo débil. Nos siguen retratando como la mujer que puede abofetear a alguien mucho más fuerte que ella porque sabe que él no le va a devolver el sopapo, porque sabe que él piensa que pegar a una chica está mal. Soy más débil, soy más indefensa, por eso estarías abusando. ¿Y no está ella abusando de su debilidad? Una chica jamás pegaría a otra chica si sabe que ésta es más fuerte que ella. ¿Por qué? Porque le va a devolver la bofetada y la va a dejar en el sitio. Pero se puede pegar a un hombre de metro ochenta y saber que no te va a tocar un pelo. Por una vez, aquí el héroe es él y la machista ella. Si le devolviera el golpe, él sería un cobarde, pero como sólo lo recibe se queda en sufridor de una educación machista.

Que un hombre pegue a una mujer es tan cobarde como que una mujer pegue a un hombre. No hay dobles lecturas, no hay doble moral. Las bofetadas tan peliculeras que nos cuelan en las comedias románticas de los sábados por la tarde son violencia, punto. Lo que no quieres para ti, no lo quieras para los demás.

A veces me da la sensación de que hilo demasiado fino y veo ataques donde otros sólo sueltan una carcajada. ¿Me estaré volviendo una exagerada? (Yo sigo pensando que no.)

Ni Phelps, ni Bolt: Cid


Comentaba Maripuchi hace unos días que no era justo decir que Phelps era el mejor olímpico de la historia porque no se pueden conseguir tantas medallas como en natación en ninguna otra disciplina. No es justo decir que es mejor que un atleta que compite en cuatro pruebas, o que un tenista que sólo puede ganar una o dos medallas. Todos tienen su mérito independientemente de la cantidad de metales que acumule su cuerpo.

Un ejemplo, la guapísima, elegantísima, estupendísima y vitorianísima Almudena Cid, que a sus 28 añazos se ha colado en su cuarta final olímpica en gimnasia rítmica, nada menos, una disciplina donde a los 20 ya se es una vieja. Ahí la tenemos, haciendo historia, dejando el pabellón vitoriano bien alto e iluminando Pekín con esa sonrisa que ocupa más que ella. Las medallas quedan muy lejos, son territorio exclusivo de las deportistas de los países del este, pero ser una presencia constante en una final olímpica desde los dieciséis años ya vale un oro.

Almudena, Vitoria está contigo. Quedes primera, segunda o décima, ya has hecho historia y has vuelto a ganarte el cariño de todos y todas. Volverás con la cabeza bien alta, con el orgullo intacto y con el objetivo cumplido. Zorionak berriro, Almudena!

Barajas



Sin palabras.

Michael Phelps y su profesora de lengua

Me acabo de enterar de que Michael Phelps se ha acordado "cariñosamente" de una profesora de lengua de la secundaria que le dijo que nunca llegaría a nada en la vida. Se lució, la señora.

Esto me vuelve a demostrar, como ya he sabido siempre, que hay gente a la que no se le puede dar posiciones de poder. Un docente tiene una posición de poder; tiene el control de mentes en formación y, nos guste o no, los críos se suelen tomar a pies juntillas lo que decimos, aunque estemos equivocados. El gran error es creérnoslo nosotros también.

Yo jamás he juzgado a ninguno de mis alumnos en clase. Es más, sé que tienen más posibilidades de triunfo esos niños y niñas que nunca prestan atención, que están más preocupados por actividades extraescolares o que pasan olímpicamente de lo que su profesora o su madre puedan decirle. Demuestran una seguridad en sí mismos que no poseen los alumnos más aplicados de clase, esos que siempre se preocupan por la nota del último examen, aunque me cuido muy mucho de decírselo a unos y a otros, claro. Además, con las vueltas que da la vida y todas las características de un ser humano, ¿cómo puede la profesora de una sola asignatura decir si un chaval va a triunfar o no? Yo era pésima en física, y no me ha ido nada mal. Si mi profe de física me llega a decir que iba a fracasar en la vida (ganas no le faltaron, cómo se reía de mí cada vez que suspendía, qué cabrón era el tío), quizás me hubiera hundido y me hubiera apartado de mi vocación, la enseñanza. O, quién sabe, quizás hubiera sido campeona olímpica y ahora sería la mejor nadadora de todos los tiempos (eso va a ser que no: la de gimnasia nunca me lo dijo porque era una bellísima persona, pero ella sí que podía haberme dicho "maja, no te dediques a esto").

Imaginaos lo que le tuvieron que escocer a Phelps las palabras de su profesora para acordarse de ella en un momento como el que está viviendo. Me gustaría ver la cara de ella, que seguro que lo ha oído y se ha reconocido en sus palabras.

Sin nada que decir

Verano, nada que decir, mucho tiempo libre... Y a una le da por mirar viejas páginas de You Tube.

Ya sé que dije que no iba a odiar más, pero ahora mismo a esta mujer le tengo algo de manía. No sé por qué será.



Por cierto, yo así también bailo: el tío se queda quieto y deja que la otra gire a su alrededor. No te jode... (aunque supongo que bastante hace a sus sesenta y cuatro, el pobre).

Que lo despidan, ya

Estoy viendo las noticias de La Cuatro cuando veo el siguiente titular:

LAPORTA COJE AIRE

Dice mi hermano que los titulares los escriben los becarios. Pues QUE ECHEN AL BECARIO, POR FAVOR.

(Lo mejor, lo de mi hermano: "Sí, ya sé que coger es con g, pero en mayúscula es con jota, ¿no?)

¿Es esto racista?



¿Es esta imagen racista, como afirman británicos y estadounidenses? (No sé si veis bien la foto, es la selección de baloncesto rasgándose los ojos; podéis verla en El País.) Mi primer impulso es decir que no, pero como no soy china no sé si me ofendería.

Así que he cambiado el gesto. Imaginemos por un momento que las olimpiadas se celebraran en Euskadi y un grupo saliera vestidos todos con boinas. O con tripas falsas fingiendo ponerse hasta el culo de bacalao al pil-pil. O vestidos de levantadores de piedras, de vascos de caserío o de pescadores. Nada de eso me ofendería; es más, me moriría de la risa. Ahora, si alguno saliera fingiendo ser un etarra, le ponía un pleito, directamente. Pero creo que lo de la foto se puede comparar sin miedo a lo de la txapela. Los chinos tienen los ojos rasgados, es un hecho. ¿Es racista imitar el gesto? No se están riendo de ellos. ¿O sí?

No lo sé. Me confunde. Igual que yo veo ataques misóginos por todas partes, otros ven ataques racistas. No sé si yo soy corta de miras o que a los demás les sobran aumentos.

Verano

Debería haber aprovechado el verano para meterle algo de caña al blog, pero me ha dado pereza. Todos los días, a eso de las cuatro y media de la tarde, la modorrilla de la siesta me trae mil ideas a la cabeza que podía haber convertido en entradas más o menos entretenidas, pero al despertar se han ido o han perdido su interés. Estoy cambiando; antes escribía guiada por las musas, por momentos de inspiración. Ahora sólo escribo tras meditar bien lo que voy a escribir, con el culo bien pegado a la silla delante del ordenador y el reloj marcándome los minutos que tengo que estar -por narices, porque lo digo yo- "trabajando". No sé si es mejor o peor. Más productivo sí que es, desde luego, porque no he conocido cosa más inestable que la inspiración.

Ayer abrí la caja donde guardo varios primeros borradores de cuentos que en su momento me parecieron una auténtica porquería y me he encontrado con que, oh milagro, algunos de ellos han pasado de ser carbón a ser diamante. Es verdad lo que todo el mundo dice -incluso yo a mis alumnos-, que hay que dejar macerar las obras un tiempo para poder verlas luego desde la distancia, como si las hubiera escrito otro, y poder juzgarlas más objetivamente. Hoy le voy a dar un premio al Monstruo, encerrado en su oscura mazmorra desde que empezó el verano, y voy a pedirle que use un boli rojo para tallar esos diamantes brutos. Con un poco de suerte, antes de que acabe el verano habré participado en alguno de los cientos de concursos literarios que abundan por ahí.

También encontré, oh terror, el comienzo de dos novelas que en su momento dejé por poco originales, porque no se me ocurría cómo seguir o porque la vida se me echó encima y recortó mi tiempo de escritura. Y ahora me da una rabia tremenda haberlas dejado a medias, porque me gustan esas primeras veinte o treinta páginas que escribí, y me enfurezco conmigo misma por no haber sido constante. Eso sí he aprendido este verano: constancia. Todos los días a la misma hora y durante cada vez más tiempo delante del ordenador para acabar lo que empiezo. Este verano me he sentido escritora.

El uno de septiembre vuelvo a la realidad a lo bestia y sin anestesia. El mismo uno empiezo a trabajar, la universidad y un cursillo de traducción por Internet. En octubre le sumaré las clases de dibujo. Mi vida ataca de nuevo, y mi yo escritora se va a ver relegada a las noches en las que no echen House, Anatomía de Grey, o Medium en la tele. Por eso quiero aprovechar al máximo el tiempo que tengo, por eso me gustaría tener la fuerza mental suficiente para pasarme cuatro o cinco horas escribiendo todos los días. Pero me tengo que conformar con dos -y gracias-, y con un Monstruo dormido.

Me siento toda una profesional. Aunque no publique una sola letra en toda mi vida, este verano he sido escritora. Y me ha encantado la sensación.

The Uski's

Para el que no lo sepa, Vitoria está de fiesta. Desde el cuatro de agosto hasta el nueve, las calles del centro se llenan de conciertos, actuaciones y actividades varias que consiguen gustar a todo el mundo, como en todas las fiestas de cualquier lugar. Hay conciertos "serios" en la Plaza de los Fueros (Chenoa, La quinta estación, Barricada, Rosendo, Ruper Ordorika), verbenillas en todas las plazas (con la siempre segura actuación de los sempiternos Joselu Anayak, a los que van a tener en los Fueros pronto porque no cabía un alfiler en la Plaza del Arka) y "txokos" euskaldunes repartidos por un par de puntos de Vitoria. Al que le gusten las danzas vascas, la trikitixa, el txistu, al Machete; si lo que te gusta es más político (qué cansos, madre), están las txoznas, que este año están más limpias que nunca con el invento del alquiler del vaso.

Yo tengo la suerte de tener una cuadrilla a la que le gusta de todo. Nos paseamos por distintos puntos de la ciudad, escuchamos un poco de aquello, un poco de lo otro y bailamos hasta que se nos canse el cuerpo (o se nos tuerza el tobillo, como es mi caso este año). Las txoznas están bien para comer un bocadillo tranquilos y tomar un pote sin tener que pelearte por llegar a la barra; el otro día los conciertos del centro eran tan malos que no nos movimos de las txoznas, y como hay que tomar un pote en cada una, llegamos a casa más bien intoxicados. Ayer, sin embargo, los conciertos merecían la pena y allí que nos fuimos; subimos a la Plaza del Machete un rato y luego bajamos a Fueros a escuchar a La quinta estación -justo los bises, o sea, las que nos sabíamos-. Una pena que se juntaran dos conciertos buenos.

Porque en el Machete estaban The Uski's, un grupo vizcaíno que toca música surfera en euskera y que suenan estupendamente bien en directo (para que os hagáis una idea, visitad www.theuskis.com). Música surfera, digo, con lo que ello supone en cuestión de letras: me ha dejado, qué chica más guapa, te echo de menos, vete a tomar vientos, todo lo que necesito para vivir es mar, playa, cerveza y marihuana, y otras lindezas tan triviales como esas. Trivialidades, al fin y al cabo, que es lo que uno está buscando en una noche de fiestas, sin letras cargadas de mensajes políticos, con unos chicos majísimos vestidos con vaqueros y camisas blancas libres de eslóganes que pegaban unos saltos dignos de ver en el escenario. Intercalaron alguna que otra canción en castellano que no tienen en sus discos (genial la de "Yo soy Armónica Levinski), encandilaron hasta a la amiga que iba con nosotras que no les conocía y ni siquiera habla euskera y nos dejaron a sus fans con ganas de seguir escuchando hasta que se acabara la noche. Pero todo se acaba y The Uski's (para los que nos sepáis euskera, es un juego de palabras entre Eguzki -sol- y Uski -ano-) tuvieron que poner también su punto final.

Una gozada, en resumen, poder escuchar un concierto en euskera sin tener que aguantar los mensajes velados (y no tan velados) que la mayoría de los grupos insertan en sus canciones. Esto sí que es promocionar la cultura vasca, acercarla a los nuevos tiempos, convertirla en algo cercano que los padres puedan comprar para sus hijos sin tener que preocuparse de qué les pueden estar inculcando en las letras.

Una gozada, vaya. A ver si vuelven.

Darwinismo frente al Diseño Inteligente


Cuando trabajaba en Estados Unidos, uno de mis directores resultó ser un pastor de no sé qué religión cristiana (una de esas denominaciones protestantes de las que al final acabé perdiendo la cuenta) que se había metido a director de escuela porque los pastores no tenían jubilación y se ganaba más en la enseñanza. No era un hombre mayor, rondaría los cincuenta o menos, y era un cachondo mental con muy poca seriedad en su trabajo que no te daba problema ninguno, pero tampoco te los solucionaba. A pesar de su aparente "campechaneidad", permítaseme el palabro, no nos hizo falta mucho tiempo para darnos cuenta de que dentro de él se escondían varios "ismos" que a los españoles que trabajábamos con él no nos gustaron nada: racismo, machismo y creacionismo, entre otros. También era republicano, pero bueno, muchos otros lo eran y no tenían por qué ser malas personas.

Teniendo en cuenta que trabajaba en un pueblo con una población mayoritariamente inmigrante y en una profesión en la que se veía rodeado de mujeres, entenderéis que los dos primeros "ismos" no eran de tomarse a broma. Sin embargo, la anécdota que me ha venido hoy a la cabeza por un artículo sobre Darwin que he leído esta mañana en el periódico tiene que ver con el creacionismo.

Era costumbre en las escuelas de King City que los directores editaran un pequeño panfleto, una especie de carta, con las actividades de la semana que comenzaba, al que añadían también un pequeño artículo personal que trataba, normalmente, sobre algún tema que había ocurrido en la escuela. Eran artículos que animaban al profesorado, que les decían lo maravillosos que eran todos y lo bien que hacían su trabajo; en definitiva, eran la versión adulta de una "cheerleader" para los profesores, en vez de para los jugadores de fútbol. Nuestro director, sin embargo, tenía la puñetera costumbre de escribir artículos que a veces no tenían mucho que ver con lo que estaba ocurriendo en el colegio y sí con lo que anunciaban los telediarios, dando su punto de vista completamente parcial sobre el tema y dejándonos a todos con cara de gilipollas porque no teníamos manera de replicar. Una vez habló de que teníamos que apoyar a las tropas americanas en Irak. Otra, en defensa de los profesores europeos que trabajábamos allí, porque no había que confundírsenos con los mejicanos (le montamos un buen pollo y le dijimos que nos daba lo mismo con quién nos compararan, que no lo tomábamos como un insulto, y no lo entendió). Pero el que a mí más daño me hizo fue uno en el que se metió con el equivalente al ministro de educación de California.

Este hombre (el ministro), en un valiente intento de acallar polémicas, prohibió la equiparación de la enseñanza del Génesis con la de la teoría de la evolución de Darwin en las escuelas, defendiendo que una cosa eran las creencias y otra la ciencia. Nuestro querido director le puso a caldo, diciendo en el artículo de marras que este hombre no era un educador, no era nadie para venir a decirnos a los profesores lo que teníamos que enseñar o no. Que él creía más en el diseño inteligente que en Darwin (lo equiparó, si señor) y que el ministro no iba a obligarle a cambiar sus creencias, porque eran eso, creencias, ya que Darwin no tenía ninguna prueba de que su teoría fuera cierta. Muchos nos subimos por las paredes. Fui a hablar con él. Le dije que me había ofendido, y él siguió en sus trece de que no había pruebas para decir de dónde venimos y a dónde vamos. Mi queja le entró por un oído y le salió por el otro.

Este hombre ha sido despedido por su incapacidad como director. No ha sido por este artículo, aunque ha ayudado, y mucho, en su declive, y me alegro de que ya no esté en una posición de poder.

No tengo ningún problema con la Biblia, con el Génesis y con cualquier otro libro religioso. Me parece una preciosa colección de historias que me permiten ver cómo la gente de hace miles de años se explicaba lo que ocurría a su alrededor. No me molestan los creyentes, cada uno es libre de creer en lo que sea si le ayuda. Pero cerrar el camino a la ciencia porque contradice una creencia es volver a los siglos más oscuros de nuestra historia, y tenemos que evitarlo de cualquier manera. Por suerte, vivimos en un continente donde directores como el que yo tuve no sobrevivirían a una inspección de educación, pero todavía hay mucho trabajo que hacer en el mundo. Y que uno de los lugares que necesita más ayuda sea el país más fuerte del mundo, me aterra.

Happy Birthday!



Y feliz San Ignacio a vizcaínos y giputxis. Y a todos los Ignacios, claro.

Hoy es el primer día del resto de tu vida

No vale de nada hacerse propósitos de Año Nuevo. No digo que no valga de nada hacerse propósitos, sino que es inútil hacerlos en una fecha determinada. Los propósitos llegan a nosotros cuando tienen que llegar, no forzados. Uno no deja de fumar porque sea 31 de diciembre, sino porque le jode toser por las mañanas y un día decide dejarlo, así, sin más. Ni menos, que no es moco de pavo.

Yo nunca hago propósitos de Año Nuevo, pero me hago nuevos propósitos todo el año. No todos de golpe, ojo. He aprendido, a costa de ganarme fama de inconstante en mi familia, que si una intenta hacer demasiadas cosas a un tiempo probablemente no consiga ninguna. Hace un par de años me dije "quiero hacer un curso de traducción a distancia". Para eso necesitaba unas pocas horas de trabajo constante todas las semanas, algo completamente accesible con mi horario, así que no fue difícil hacerme a la rutina. Ya que estaba con el curso, inmersa en el inglés, decidí que era un buen momento para estudiar un poco y sacarme el Proficiency. Conseguí una A. Después de eso, mientras continuaba con mi curso de traducción, anunciaron las oposiciones y, como no tenía absolutamente nada que perder, decidí estudiar a ver si sonaba la flauta. Sonó, casi un ocho, pero no conseguí plaza porque me faltaban puntos. Pero yo me había probado que podía.

Viendo que todo lo que me había propuesto durante el año había dado buenos resultados, me animé con más. Me apunté a filología inglesa. Mi madre soltó una risilla y dijo "a ver cuanto duras", comparando mi constancia con el estudio con mi constancia con el gimnasio, que es menos que nula. He terminado el curso con dos matrículas de honor y tres notables. Como no todo en la vida es estudiar, me apunté a dibujo para conocer gente y matar alguna hora a la semana, y mi madre de nuevo miró al cielo y se acordó de todos los días que faltaba a aeróbic. Aparte de un par de viernes donde el estrés del trabajo y del estudio exigían una cerveza fresquita, y la semana de exámenes que coincidía en horario con las clases, fui a todas. Nunca seré Sorolla, pero tengo una afición nueva y he aprendido un montón. Seguiré el año que viene.

Este verano, con todo el tiempo del mundo para pensar, he sentido la necesidad de hacerme otro propósito. Este no tiene nada que ver con los estudios (que voy a continuar), con escribir (que hago todos los días, era mi propósito para el verano y vaya si lo estoy cumpliendo) o con el trabajo (sigo donde estaba, y muy contenta además), sino con mi salud mental y mi trato con los demás, que en este caso va unido. Me explico.

Soy una persona históricamente rencorosa. Es fácil herirme. Tengo una piel muy fina, como dicen en inglés. Cuando alguien me hace daño, lo guardo, no olvido, y sólo perdono si me piden perdón o si veo un cambio notable en esa persona, cosa harto difícil cuando todo lo que yo hago es lanzarle miradas de odio cuando me la cruzo por la calle. He decidido no hacerlo más. He decidido que mi paz mental bien merece dejar atrás antiguos piques y ofensas, que bastante tengo con lo de mi padre para encima acordarme de que tengo que odiar a esa que pasa por ahí porque a los trece años se juntó con otras dos para darme una paliza. No me merece la pena. Ojo, que no estoy diciendo que esté olvidando ni perdonando (¿cómo se perdona a alguien que no tiene conciencia de haber hecho algo malo?, ¿para qué sirve?), sino que voy a dejarlo pasar. Sin olvidarlo. Sin empezar de cero. Sin convertir ahora a esas enemigas históricas que todas tenemos en amigas de alma. Pero voy a intentar, al menos, saludarles al pasar, quizás incluso dedicarles una sonrisa (si me sale, tampoco es cuestión de forzar las cosas), quizás, si estoy de muy buen humor, incluso pararme a hablar con ellas (bueno, igual esto es pasarse, pero quién sabe). Porque no me merece la pena odiar. No es sano. No adelantas nada, no te hace mejor persona, no te hace más fuerte. Y provoca úlceras (esto no sé si está probado científicamente, pero ya os digo yo que sí). Fijaos si estoy empecinada en dejar de odiar que estoy convencida de que sería capaz de hacerles un favor que a mí no me costara mucho (hace un año, mi mayor placer hubiera sido negarles hasta el aire que respiran). Creo que eso significa que estoy madurando. Estoy pasando página.

Así que hoy es el primer día del resto de mi vida. Hoy dejo de odiar. Es definitivo.