He descubierto que soy single. No soltera, ni mucho menos solterona a mis recién cumplidos 33, sino single, que queda mucho más cool que decir que vivo sola. Ahora resulta que, tras toda una historia de miles de años en los que el objetivo de todos los seres humanos parecía ser casarse y formar una familia, la gente ha encontrado otra opción y los empresarios se han dado cuenta. Somos un nuevo sector a investigar. Somos un nuevo mercado a explotar. Ya pronto pondrán bandejas con un solo filete, o venderán los yogures de uno en uno, o te dejarán coger las patatas a granel en los supermercados en lugar de obligarte a comprar mallas de cuatro kilos. Somos singles. Vivimos solos, no tenemos cargas familiares y, en teoría, disfrutamos de mayor poder adquisitivo (será quien no tenga una hipoteca de piso de libre mercado, digo yo). Ser single ya no es un estadio entre parejas, sino una forma de vida definitiva. No estamos en pareja porque no nos da la gana, no porque tengamos verrugas en la cara o porque nos dejara el último novio. Somos singles por elección y vocación, no por obligación.
Se calcula que en los próximos años la población de singles se va a duplicar. En algunos puntos de Europa ya alcanza el 30 por ciento. En España ya han empezado a hacer ferias de singles, que no son lugares para conocer gente sino propuestas que lanzar a este grupo de personas. Poco a poco, empieza a ver en nosotros el filón que siempre hemos sido.
Cuidadín, sociedades modernas: llega la invasión de los singles. ¡Por fin tetra-briks de medio litro!
Diario
Noviembre sigue su curso, y pronto acabará. Mi competición personal, que empezó con el NaNoWriMo el día uno, continuará en diciembre. Estoy muy lejos de las cincuenta mil palabras, y ni falta que me hace. Mi objetivo es otro; mi objetivo es sentarme frene al ordenador y escribir lo más cercano a mil palabras al día que pueda darme mi agotado cerebro al final de la jornada. Unos días son quinientas, otros dos mil quinientas; otros días, como ayer, ni lo intento. Algunos días estoy muy contenta con lo que he escrito, otros no tanto. En líneas generales, creo que he acertado con el tema y que puedo haber encontrado una voz que encaja conmigo. Eso en los días buenos, claro, porque cuando una no está a lo que tiene que estar, lo que sale en pantalla es un churro de feria (hmm, qué ricos). Pero el objetivo no es que salga un primer borrador perfecto, sino que salga algo con lo que pueda trabajar más tarde. Aún no he visto barbaridades incorregibles -aún- y he encontrado un montón de aspectos que se pueden mejorar (y lo mejor es que sé cómo), pero no me voy a poner a ello antes de poner el punto y final (provisional) porque si no, sé que nunca acabaré.
Conozco a mucha gente que escribe. Hoy en día, parece que todo el mundo tiene un libro en la mesita de noche, como dice Doris Lessing. Eso es lo que me hace pensar que escribir no es tan especial, que cualquiera puede hacerlo. Mal o bien, es algo que todo el que me rodea es capaz de hacer. ¿Quién me dice a mí que yo soy especial? ¿Con qué ínfulas puedo ir por la vida diciendo que soy aspirante a escritora, cuando quien más o quien menos tiene un diario más o menos novelado? Son ese tipo de cosas las que hacen que me plantee que probablemente esté perdiendo el tiempo. Es lo que me hace pensar que para qué esforzarme, cuando debe haber millones ahí fuera que escriben mucho mejor que yo.
Pero aunque quiera dejarlo, no puedo. Es mi forma de desahogarme. Me entretiene más que cualquier Gran Hermano o entrevista a Julián Muñoz. Me digo, "voy a escribir sólo para mí, no importa que nadie lo lea jamás", pero sé que es mentira y que necesito la aprobación de otros. Así que empiezo de nuevo una novela, o un cuento que quizás vaya a un concurso en el que nadie lo lea, o escribo en esta pantalla en la que tenéis a bien fisgar de cuando en cuando... Y luego vuelvo a caer, y mis dudas vuelven a resurgir, y vuelve a aparecer alguien más joven, más hábil, más guapo, mejor dotado y, sobre todo, mejor escritor de lo que yo soy o seré jamás...
Conozco a mucha gente que escribe. Hoy en día, parece que todo el mundo tiene un libro en la mesita de noche, como dice Doris Lessing. Eso es lo que me hace pensar que escribir no es tan especial, que cualquiera puede hacerlo. Mal o bien, es algo que todo el que me rodea es capaz de hacer. ¿Quién me dice a mí que yo soy especial? ¿Con qué ínfulas puedo ir por la vida diciendo que soy aspirante a escritora, cuando quien más o quien menos tiene un diario más o menos novelado? Son ese tipo de cosas las que hacen que me plantee que probablemente esté perdiendo el tiempo. Es lo que me hace pensar que para qué esforzarme, cuando debe haber millones ahí fuera que escriben mucho mejor que yo.
Pero aunque quiera dejarlo, no puedo. Es mi forma de desahogarme. Me entretiene más que cualquier Gran Hermano o entrevista a Julián Muñoz. Me digo, "voy a escribir sólo para mí, no importa que nadie lo lea jamás", pero sé que es mentira y que necesito la aprobación de otros. Así que empiezo de nuevo una novela, o un cuento que quizás vaya a un concurso en el que nadie lo lea, o escribo en esta pantalla en la que tenéis a bien fisgar de cuando en cuando... Y luego vuelvo a caer, y mis dudas vuelven a resurgir, y vuelve a aparecer alguien más joven, más hábil, más guapo, mejor dotado y, sobre todo, mejor escritor de lo que yo soy o seré jamás...
Dejar reposar unos meses antes de consumir
El viernes que viene tengo fiesta (sí, venga, ahora empezad con lo de que los profesores vivimos de vicio, bla, bla, bla, pero es el primer día de fiesta desde que empecé el curso, así que no está mal). Como es el día del maestro, es uno de esos días en los que todo el mundo trabaja menos tú; todo está abierto, todas las oficinas funcionan a pleno rendimiento, y puedes aprovechar para hacer el papeleo que normalmente delegas en tu padre jubilado. Un día estupendo para hacer recados, vaya.
Yo voy a aprovechar para entregar en el ayuntamiento los cuentos que quiero que participen en un concurso local. Este fin de semana, por tanto, lo estoy dedicando a buscar en mi extensa carpeta de cuentos escritos y nunca más leídos algo que tenga arreglo y pueda entregar dentro de seis días. Cuál no habrá sido mi sorpresa cuando me he encontrado con un par de cosas que, no sólo no necesitan arreglos visibles (los miraré con lupa esta tarde, pero nada grita ¡arréglame!), sino que me han hecho descojonarme cuando los he releído (esa era la intención del texto, no penséis que me he reído de algo que pretendía ser un drama).
En su momento, ambos escritos me parecieron salados, pero sin más. Los dejé aparcados porque tenía la sensación de que les faltaba algo, de que no eran perfectos. Ya tienen un año. El ordenador ha debido cambiarlos, o quizás yo sea otra persona, porque ahora me parecen estupendos, y los que me leéis a menudo sabéis lo activo que es mi Monstruo y lo difícil que me resulta estar a gusto con algo que yo he escrito. Al ser textos cómicos, no creo que ganen ningún concurso (tengo la teoría de que a los jurados les va lo trascendental, lo morboso, lo doloroso), pero yo estoy segura de que son dos de las mejores piezas que he escrito nunca. Curiosamente, nunca las he mandado a concurso.
Siempre he leído que lo mejor cuando alguien termina de escribir un texto es dejarlo macerar. Cuando lo vuelves a leer, desde la distancia que da el tiempo, te das cuenta de los defectos y virtudes del texto desde la lejanía de alguien que ha olvidado todos sus entresijos. Es como dar algo a leer a otra persona, que termina encontrando cosas en las que tú ni siquiera te habías fijado, que no sabías ni que estaban ahí. Como cuando los pintores se alejan unos pasos de sus cuadros para ver el efecto total de ese detalle que acaban de pintar. Como dejar subir la masa del pan después de echarle la levadura. La escritura también "sube". Es imposible juzgar algo que acabas de terminar.
Lo que me lleva a la última conclusión. La mayor virtud de un escritor: la paciencia. Paciencia para escribir el primer borrador palabra por palabra, paciencia para dejarlo crecer, paciencia para arreglarlo y volverlo a arreglar, paciencia (y una piel muy dura) para recibir las críticas que siempre tardan en llegar, paciencia para que la gente que por fin te lee (si te lee alguien) opine.
Así que, si me lo permitís, voy a ir corriendo a mi rincón a ser paciente y a hilar una palabra con otra, para poder esperar más tarde.
Yo voy a aprovechar para entregar en el ayuntamiento los cuentos que quiero que participen en un concurso local. Este fin de semana, por tanto, lo estoy dedicando a buscar en mi extensa carpeta de cuentos escritos y nunca más leídos algo que tenga arreglo y pueda entregar dentro de seis días. Cuál no habrá sido mi sorpresa cuando me he encontrado con un par de cosas que, no sólo no necesitan arreglos visibles (los miraré con lupa esta tarde, pero nada grita ¡arréglame!), sino que me han hecho descojonarme cuando los he releído (esa era la intención del texto, no penséis que me he reído de algo que pretendía ser un drama).
En su momento, ambos escritos me parecieron salados, pero sin más. Los dejé aparcados porque tenía la sensación de que les faltaba algo, de que no eran perfectos. Ya tienen un año. El ordenador ha debido cambiarlos, o quizás yo sea otra persona, porque ahora me parecen estupendos, y los que me leéis a menudo sabéis lo activo que es mi Monstruo y lo difícil que me resulta estar a gusto con algo que yo he escrito. Al ser textos cómicos, no creo que ganen ningún concurso (tengo la teoría de que a los jurados les va lo trascendental, lo morboso, lo doloroso), pero yo estoy segura de que son dos de las mejores piezas que he escrito nunca. Curiosamente, nunca las he mandado a concurso.
Siempre he leído que lo mejor cuando alguien termina de escribir un texto es dejarlo macerar. Cuando lo vuelves a leer, desde la distancia que da el tiempo, te das cuenta de los defectos y virtudes del texto desde la lejanía de alguien que ha olvidado todos sus entresijos. Es como dar algo a leer a otra persona, que termina encontrando cosas en las que tú ni siquiera te habías fijado, que no sabías ni que estaban ahí. Como cuando los pintores se alejan unos pasos de sus cuadros para ver el efecto total de ese detalle que acaban de pintar. Como dejar subir la masa del pan después de echarle la levadura. La escritura también "sube". Es imposible juzgar algo que acabas de terminar.
Lo que me lleva a la última conclusión. La mayor virtud de un escritor: la paciencia. Paciencia para escribir el primer borrador palabra por palabra, paciencia para dejarlo crecer, paciencia para arreglarlo y volverlo a arreglar, paciencia (y una piel muy dura) para recibir las críticas que siempre tardan en llegar, paciencia para que la gente que por fin te lee (si te lee alguien) opine.
Así que, si me lo permitís, voy a ir corriendo a mi rincón a ser paciente y a hilar una palabra con otra, para poder esperar más tarde.
Un poquito por favor. Por favor.
Conversación en el patio. Llovizna. Los niños no molestan demasiado.
Profesor A: Jo, estoy hecho polvo. A la madre de un amigo mío le han diagnosticado un cáncer y está muy mal.
Profesora B: Ay, pobre, ya lo siento.
Yo: Sí, se pasa mal, pero tranquilo, que hay tratamiento. A mi padre le diagnosticaron un cáncer en mayo, pero ahí está, aguantando.
Profesora B: Uy, pues a mí la semana pasada me dijeron que un vecino mío tenía cáncer. Qué susto, maja, no tienes ni idea de la impresión que te llevas.
No. Qué va. Ni la más mínima, vaya.
Profesor A: Jo, estoy hecho polvo. A la madre de un amigo mío le han diagnosticado un cáncer y está muy mal.
Profesora B: Ay, pobre, ya lo siento.
Yo: Sí, se pasa mal, pero tranquilo, que hay tratamiento. A mi padre le diagnosticaron un cáncer en mayo, pero ahí está, aguantando.
Profesora B: Uy, pues a mí la semana pasada me dijeron que un vecino mío tenía cáncer. Qué susto, maja, no tienes ni idea de la impresión que te llevas.
No. Qué va. Ni la más mínima, vaya.
Lo dejo
Lo dejo. Me voy. Abandono. Ya no puedo más.
No, no me refiero al blog, ni a la escritura. Me refiero al dibujo.
Me apunté a dibujo porque creía que iba a tener muchas horas libres y necesitaba algo que activara mi parte creativa. Aproveché que vivo al lado de la Escuela de Artes y Oficios para empezar de cero, con su curso más básico. Allí nos enseñaron a medir distancias, a proporcionar un dibujo, a captar algo vivo y real sobre el papel. Nos enseñaron a hacer copias de la naturaleza, con muy pocas referencias a cuadros ajenos. Y aun cuando nos pedían copiar un cuadro ajeno, éramos nosotros los que elegíamos el tema y la profa nos invitaba a hacer nuestra propia versión de él, aun a riesgo de que saliera un churro. Me lo pasaba pipa. Descubrí que nunca iba a ser famosa con el dibujo, pero que era lo suficientemente buena para tenerlo como hobby. Aunque el estudio exigiera más horas que las que le otorgaba, yo nunca sacrificaba dibujo. Me encantaba. No faltaba un solo día.
Este año hemos empezado el curso con tinta china y acuarela, probablemente las técnicas más difíciles que hay. Desde el primer día nos advirtió que no iba a haber dibujo, que todo iba a ser pintura; nos dio un esquema de un cuadro ajeno -ni siquiera nos dejó hacer nuestra propia versión del original- y nos invitó a que rellenáramos los huecos. Su teoría decía que la acuarela es una de las técnicas que menos habilidad requiere, un arte menor, una tontería, vaya. Yo no había hecho acuarela en mi vida y odiaba la tinta china a muerte. El primer dibujo fue un paisaje marino. Horror. Sus instrucciones se limitaban a "haz que no se noten las pinceladas", pero no te decía cómo, o "aquí te ha quedado muy soso, dale más vida". ¿Qué es dar más vida? ¿Le pinto unas maracas? "Este color no es igual que el del original". Es que nunca he mezclado colores. "Así no se coge el pincel". ¡Pues dime cómo! ¡Enséñame!
Si a esto le sumamos el hecho de que las asignaturas de segundo de carrera son más difíciles que las de primero y que este año tengo la presión añadida de una clase con un altísimo nivel, se entiende que no quiera derrochar el tiempo en algo que no me llena. Al menos yo quiero verlo así. Quiero entender este plante a todo como una priorización, no como un abandono. Estoy poniendo mis estudios y la escritura por delante de un hobby que ya no me aportaba nada. Estoy rescatando seis horas a la semana para mí. Seguiré haciendo retratos de Alan Rickman cuando tenga tiempo, aunque cada vez serán peores (y eso que nunca fueron buenos), pero lo haré porque me guste, no por obligación. Me queda la rabia de rendirme, y de haberlo dejado en un momento de bajón -de verdad, qué mal se me da la acuarela-, pero yo sé que no me voy por ser mala en ello, sino por estar física y mentalmente agotada. Que el sábado casi me quedo dormida sobre el plato de bacalao, hombre.
Hala, ya dejo de llorar. Otro día os cuento la odisea de ser administradora de la comunidad y tener goteras entre vecinos que no se llevan bien. Genial, vaya. Maravilloso. Fantástico.
No, no me refiero al blog, ni a la escritura. Me refiero al dibujo.
Me apunté a dibujo porque creía que iba a tener muchas horas libres y necesitaba algo que activara mi parte creativa. Aproveché que vivo al lado de la Escuela de Artes y Oficios para empezar de cero, con su curso más básico. Allí nos enseñaron a medir distancias, a proporcionar un dibujo, a captar algo vivo y real sobre el papel. Nos enseñaron a hacer copias de la naturaleza, con muy pocas referencias a cuadros ajenos. Y aun cuando nos pedían copiar un cuadro ajeno, éramos nosotros los que elegíamos el tema y la profa nos invitaba a hacer nuestra propia versión de él, aun a riesgo de que saliera un churro. Me lo pasaba pipa. Descubrí que nunca iba a ser famosa con el dibujo, pero que era lo suficientemente buena para tenerlo como hobby. Aunque el estudio exigiera más horas que las que le otorgaba, yo nunca sacrificaba dibujo. Me encantaba. No faltaba un solo día.
Este año hemos empezado el curso con tinta china y acuarela, probablemente las técnicas más difíciles que hay. Desde el primer día nos advirtió que no iba a haber dibujo, que todo iba a ser pintura; nos dio un esquema de un cuadro ajeno -ni siquiera nos dejó hacer nuestra propia versión del original- y nos invitó a que rellenáramos los huecos. Su teoría decía que la acuarela es una de las técnicas que menos habilidad requiere, un arte menor, una tontería, vaya. Yo no había hecho acuarela en mi vida y odiaba la tinta china a muerte. El primer dibujo fue un paisaje marino. Horror. Sus instrucciones se limitaban a "haz que no se noten las pinceladas", pero no te decía cómo, o "aquí te ha quedado muy soso, dale más vida". ¿Qué es dar más vida? ¿Le pinto unas maracas? "Este color no es igual que el del original". Es que nunca he mezclado colores. "Así no se coge el pincel". ¡Pues dime cómo! ¡Enséñame!
Si a esto le sumamos el hecho de que las asignaturas de segundo de carrera son más difíciles que las de primero y que este año tengo la presión añadida de una clase con un altísimo nivel, se entiende que no quiera derrochar el tiempo en algo que no me llena. Al menos yo quiero verlo así. Quiero entender este plante a todo como una priorización, no como un abandono. Estoy poniendo mis estudios y la escritura por delante de un hobby que ya no me aportaba nada. Estoy rescatando seis horas a la semana para mí. Seguiré haciendo retratos de Alan Rickman cuando tenga tiempo, aunque cada vez serán peores (y eso que nunca fueron buenos), pero lo haré porque me guste, no por obligación. Me queda la rabia de rendirme, y de haberlo dejado en un momento de bajón -de verdad, qué mal se me da la acuarela-, pero yo sé que no me voy por ser mala en ello, sino por estar física y mentalmente agotada. Que el sábado casi me quedo dormida sobre el plato de bacalao, hombre.
Hala, ya dejo de llorar. Otro día os cuento la odisea de ser administradora de la comunidad y tener goteras entre vecinos que no se llevan bien. Genial, vaya. Maravilloso. Fantástico.
Y dios creo el mundo.
Hoy hace 33 años que existe el mundo. Al menos para mí, claro. Y, como decía una tira de Mafalda, si existía antes, ¿para qué?
Cuando vivía en Estados Unidos, siempre aprovechaba que el día doce era fiesta nacional (el día de los veteranos) para cogerme el día de mi cumpleaños fiesta y hacer unos hermosos puentes. Tomé por costumbre irme a Las Vegas a celebrar mi cumpleaños; no iba sola, claro, vaya celebración de las narices, yo y mi caballo, sino que se apuntaba un número variable de amigos de allí. Cenábamos en el Paris, Paris, nos íbamos a bailar al Caesar's Palace o nos pasábamos las horas muertas jugando al black jack en las mesas de cinco dólares del Flamingo. Lo hice tres o cuatro años seguidos. Me lo pasaba en grande.
Ahora no puedo pedirme el día de mi cumpleaños libre porque el sistema de sustitutos no funciona como allí (allí teníamos diez días al año, acumulables, para lo que necesitáramos, que podíamos coger prácticamente cuando quisiéramos; eso sí, si se te acababan esos diez días y te tenían que operar de apendicitis, te quedabas sin paga). Hoy he ido a trabajar con chuches para los críos y un pastel para los profesores; he comido chuchitos en casa de mis padres y he abierto el regalo que mi hermano me ha dejado antes de salir para Sevilla a las cinco de la mañana. Tengo el móvil pegadito a mí porque suena cada poco. He recibido emails de mis antiguas alumnas y tengo una bolsa llena de tarjetas de felicitación escritas por mis actuales monstruos.
No voy a caer en el tópico y decir que no cambiaría esto por Las Vegas porque me lo pasaba muy bien allí, igual que me lo paso aquí. Simplemente, son etapas distintas que nos tocan vivir en momentos diferentes, ni mejor ni peor, solo distintas. Sería ridículo echar de menos Las Vegas, igual que era ridículo desear estar en casa cuando vivía en California. Hay que alegrarse de tener lo que se tiene y, sobre todo, de haber tenido lo que se ha tenido. Hay que saborear cada minuto, porque si nos pasamos la vida mirando a lo que fue, nunca tendremos la sensación de estar viviendo lo que nos merecemos.
Hoy es mi cumpleaños. Y me encanta.
Cuando vivía en Estados Unidos, siempre aprovechaba que el día doce era fiesta nacional (el día de los veteranos) para cogerme el día de mi cumpleaños fiesta y hacer unos hermosos puentes. Tomé por costumbre irme a Las Vegas a celebrar mi cumpleaños; no iba sola, claro, vaya celebración de las narices, yo y mi caballo, sino que se apuntaba un número variable de amigos de allí. Cenábamos en el Paris, Paris, nos íbamos a bailar al Caesar's Palace o nos pasábamos las horas muertas jugando al black jack en las mesas de cinco dólares del Flamingo. Lo hice tres o cuatro años seguidos. Me lo pasaba en grande.
Ahora no puedo pedirme el día de mi cumpleaños libre porque el sistema de sustitutos no funciona como allí (allí teníamos diez días al año, acumulables, para lo que necesitáramos, que podíamos coger prácticamente cuando quisiéramos; eso sí, si se te acababan esos diez días y te tenían que operar de apendicitis, te quedabas sin paga). Hoy he ido a trabajar con chuches para los críos y un pastel para los profesores; he comido chuchitos en casa de mis padres y he abierto el regalo que mi hermano me ha dejado antes de salir para Sevilla a las cinco de la mañana. Tengo el móvil pegadito a mí porque suena cada poco. He recibido emails de mis antiguas alumnas y tengo una bolsa llena de tarjetas de felicitación escritas por mis actuales monstruos.
No voy a caer en el tópico y decir que no cambiaría esto por Las Vegas porque me lo pasaba muy bien allí, igual que me lo paso aquí. Simplemente, son etapas distintas que nos tocan vivir en momentos diferentes, ni mejor ni peor, solo distintas. Sería ridículo echar de menos Las Vegas, igual que era ridículo desear estar en casa cuando vivía en California. Hay que alegrarse de tener lo que se tiene y, sobre todo, de haber tenido lo que se ha tenido. Hay que saborear cada minuto, porque si nos pasamos la vida mirando a lo que fue, nunca tendremos la sensación de estar viviendo lo que nos merecemos.
Hoy es mi cumpleaños. Y me encanta.
Regalos
Metas
Estos últimos meses (quizás debería decir el último año) he estado aprendiendo a ponerme metas. Antes creía que sabía hacerlo, que era lo más fácil del mundo, pero no hace mucho tiempo me di cuenta de que no tenía ni idea. Yo podía decir algo así como "quiero ser escritora", y después sentarme a imaginar cómo debe ser eso de ser escritora, sólo los lados positivos, claro, y sólo el punto de vista de los super ventas. Me veía como una Stephen King, firmando autógrafos nada más salir de casa. Pero no me ponía a escribir, a hacer algo por conseguir esa meta.
Ahora mis metas son en sí mismas pequeños pasos para alcanzar una meta más grande. Ya no pienso "quiero ser escritora", sino que pienso "quiero escribir". Así dicho parece lo más fácil del mundo, pero luego llega la vida, como dijo una alumna mía el año pasado, y todo se tuerce. Hay que trabajar. Hay que estudiar (porque otra de mis metas es ser licenciada, o de ahí para arriba). Hay que dibujar (porque tanto ejercitar el lado lógico del cerebro no es bueno). Y luego, si sobra tiempo y el sueño y el cansancio lo permiten, hay que escribir. Porque sí, hay que escribir. Si me he puesto esa meta, tengo que cumplirla. Se acabó lo de pensar en "me gustaría..." y luego cambiar de opinión a la semana siguiente. Una meta es una promesa que me hago a mí misma, y esas son las que no hay que romper.
El segundo paso, o segunda meta, será la revisión de eso que he escrito, que sé que va a ser mucho más difícil que el primer paso porque no sé hacerlo. Pero la revisión es fundamental, es lo que da forma al escrito, lo que le da sentido. Tengo que hacerlo. Es otra meta. Y para llegar a ella, tengo que estudiar cómo se hace. Buscar en internet, en libros, preguntar... Tengo que lograr pulir mi diamante en bruto. Tengo que formarme como escritora.
El siguiente paso, o la siguiente meta: dejar que alguien lo lea. Eso ya me convertiría, de por sí, en escritora. Nunca he dejado que alguien lea algo largo mío, más que nada porque nunca me ha gustado nada de lo que he escrito. Pero cuando esté pulido, barnizado y abrillantado, tengo que dar el salto, darle un mamporro al Monstruo y sacar la copia en papel del ordenador. O mandarla por correo a alguien de confianza. O poner extractos en el blog (con lo peligroso que es eso). Pero, de alguna manera, necesito saber que gusta.
Y después de pulido, leído y vuelto a pulir, sacarlo a que le dé el aire. Buscar a alguien que lo quiera publicar.
Y empezar a recoger cartas de rechazo.
Os parecerá una locura, pero sueño con el día en que reciba la primera carta de rechazo. Eso significará que todas mis anteriores metas se han cumplido, que estoy en el último paso, que ya no depende de mí. Eso significará que, a efectos morales, seré escritora. Y esa, esa y no otra, es la meta que representa la suma de todas las otras metas. La suma de todas mis luchas. Y si encima alguna vez publico algo, ya será la leche. Pero con la carta de rechazo me conformo.
Mientras llega la carta, por supuesto, habrá que seguir escribiendo. Que es lo que a una la hace escritora.
Estoy aprendiendo a ir paso a paso. Todavía estoy en la primera etapa, y la estoy disfrutando como una enana, porque sé que es la más fácil. El calvario vendrá después. Lo difícil viene luego.
Pero mi meta está clara. Y los pasos que he de dar para llegar a ella, también.
Por fin.
Ahora mis metas son en sí mismas pequeños pasos para alcanzar una meta más grande. Ya no pienso "quiero ser escritora", sino que pienso "quiero escribir". Así dicho parece lo más fácil del mundo, pero luego llega la vida, como dijo una alumna mía el año pasado, y todo se tuerce. Hay que trabajar. Hay que estudiar (porque otra de mis metas es ser licenciada, o de ahí para arriba). Hay que dibujar (porque tanto ejercitar el lado lógico del cerebro no es bueno). Y luego, si sobra tiempo y el sueño y el cansancio lo permiten, hay que escribir. Porque sí, hay que escribir. Si me he puesto esa meta, tengo que cumplirla. Se acabó lo de pensar en "me gustaría..." y luego cambiar de opinión a la semana siguiente. Una meta es una promesa que me hago a mí misma, y esas son las que no hay que romper.
El segundo paso, o segunda meta, será la revisión de eso que he escrito, que sé que va a ser mucho más difícil que el primer paso porque no sé hacerlo. Pero la revisión es fundamental, es lo que da forma al escrito, lo que le da sentido. Tengo que hacerlo. Es otra meta. Y para llegar a ella, tengo que estudiar cómo se hace. Buscar en internet, en libros, preguntar... Tengo que lograr pulir mi diamante en bruto. Tengo que formarme como escritora.
El siguiente paso, o la siguiente meta: dejar que alguien lo lea. Eso ya me convertiría, de por sí, en escritora. Nunca he dejado que alguien lea algo largo mío, más que nada porque nunca me ha gustado nada de lo que he escrito. Pero cuando esté pulido, barnizado y abrillantado, tengo que dar el salto, darle un mamporro al Monstruo y sacar la copia en papel del ordenador. O mandarla por correo a alguien de confianza. O poner extractos en el blog (con lo peligroso que es eso). Pero, de alguna manera, necesito saber que gusta.
Y después de pulido, leído y vuelto a pulir, sacarlo a que le dé el aire. Buscar a alguien que lo quiera publicar.
Y empezar a recoger cartas de rechazo.
Os parecerá una locura, pero sueño con el día en que reciba la primera carta de rechazo. Eso significará que todas mis anteriores metas se han cumplido, que estoy en el último paso, que ya no depende de mí. Eso significará que, a efectos morales, seré escritora. Y esa, esa y no otra, es la meta que representa la suma de todas las otras metas. La suma de todas mis luchas. Y si encima alguna vez publico algo, ya será la leche. Pero con la carta de rechazo me conformo.
Mientras llega la carta, por supuesto, habrá que seguir escribiendo. Que es lo que a una la hace escritora.
Estoy aprendiendo a ir paso a paso. Todavía estoy en la primera etapa, y la estoy disfrutando como una enana, porque sé que es la más fácil. El calvario vendrá después. Lo difícil viene luego.
Pero mi meta está clara. Y los pasos que he de dar para llegar a ella, también.
Por fin.
NaNoWriMo, again
Pues sí, ya llegó noviembre, ya llegó el frío, y por supuesto llegó el NaNoWriMo (usease, el National November Writing Month, o noviembre, mes nacional de la escritura). Algún loco hay por ahí (y no miro a nadie, así que el que se sienta aludido por algo será) que se ha propuesto, como todos los años, escribir cincuenta mil palabras en un solo mes para ganar una apuesta que se ha hecho consigo mismo y de lo que no va a sacar ni un euro. Pero ojo, cincuenta mil palabras con sentido, con orden y concierto, que cuenten una historia, no como las que escribiría, por poner un ejemplo, Jiménez Los Santos (¿será hoy su santo?, y el de toda su familia, supongo, por eso de Todos los Santos), que podría escribir cincuenta mil veces el mismo insulto y se quedaría tan ancho. No. Repito, tiene que tener sentido.
Yo lo intenté una vez. Por supuesto, yo por aquel entonces era una kamikaze que lo hacía todo a lo bestia, y me lancé a escribir sin tener una idea clara de lo que quería hacer. A las diez mil palabras, y viendo que no iba a acabar con cincuenta mil ni de coña, me rendí. Además, sigo convencida de que los que ponían en la web que escribían cinco mil palabras al día mentían por los poros, para fardar. Yo, si llegaba a las dos mil, me sentía triunfante. Me pasó un día; no dormí de la emoción (o del café que me tomé para celebrarlo). No volvió a suceder (ni lo de tomarme un café a las ocho de la tarde, ni lo de las dos mil palabras).
Este año no lo voy a intentar. Tengo una idea que me ronda la cabeza, pero estamos como en aquel infame año 2005, cuando sabía cómo iba a empezar la novela pero no lo que iba a pasar hasta el final (que tampoco estaba muy atado). Ahora mismo tengo una premisa, tres personajes y muchas ideas en la cabeza, pero ¿es suficiente? Creo que podría aguantar tres o cuatro capítulos con lo que tengo hasta ahora. Sé el final, que ya es más de lo que sabía en 2005 (con la otra novela, claro, de esta no sabía nada todavía, prácticamente acabamos de conocernos, ni siquiera sé cómo se llama); sé el nombre de dos personajes y sé que va a ser de humor, porque me apetece probar algo nuevo. Me apetece hacerme reír, mejor dicho, porque lo estoy necesitando. Pero ni siquiera sé si estará contada en presente o en pasado, o en primera o tercera persona. Son decisiones que hay que tomar antes de lanzarse al vacío, y hoy ya es uno de noviembre. Y tengo cinco asignaturas que estudiar, y trabajo a jornada completa, y tengo una niña de educación especial que me exige cierta investigación sobre su caso, con lo que le puedo dedicar a la novela, con suerte, un par de mañanas y alguna noche de insomnio, pero no mucho más. No, no puedo participar en el NaNoWriMo. Ahora no. ¿Pero y si...? Que no, que no.
¿Cuándo se le ocurrirá a algún castellanoparlante hacer un NaNoWriMo a la española, o sea, un MeNoEsNa (mes de noviembre de la escritura nacional)? ¿Cuándo una de esas fantásticas páginas que "regalan" los del NaNo en castellano, para que gente que de hecho habla tu idioma pueda leer lo que estás escribiendo y darte su opinión? Lanzo la petición para el/la que se anime, que necesitamos un poco de creatividad en cristiano en la red. No todos los bestsellers van a estar escritos en inglés, digo yo. Lo único que, conociéndonos, igual un NaNo a la española bajaba el límite a 20 000, o proponía botellón para celebrar llegar a la meta... Peligrosillo, madre.
(¿Y si me marco yo mis propias bases y me conformo con diez mil palabras este mes y un principio bien pulidito para echarme yo misma unas risas en momentos de bajón? No sé, no sé... Qué coño. ¿Qué mejor cosa que hacer un sábado por la tarde con un frío que pela en la calle? A escribir se ha dicho.)
Yo lo intenté una vez. Por supuesto, yo por aquel entonces era una kamikaze que lo hacía todo a lo bestia, y me lancé a escribir sin tener una idea clara de lo que quería hacer. A las diez mil palabras, y viendo que no iba a acabar con cincuenta mil ni de coña, me rendí. Además, sigo convencida de que los que ponían en la web que escribían cinco mil palabras al día mentían por los poros, para fardar. Yo, si llegaba a las dos mil, me sentía triunfante. Me pasó un día; no dormí de la emoción (o del café que me tomé para celebrarlo). No volvió a suceder (ni lo de tomarme un café a las ocho de la tarde, ni lo de las dos mil palabras).
Este año no lo voy a intentar. Tengo una idea que me ronda la cabeza, pero estamos como en aquel infame año 2005, cuando sabía cómo iba a empezar la novela pero no lo que iba a pasar hasta el final (que tampoco estaba muy atado). Ahora mismo tengo una premisa, tres personajes y muchas ideas en la cabeza, pero ¿es suficiente? Creo que podría aguantar tres o cuatro capítulos con lo que tengo hasta ahora. Sé el final, que ya es más de lo que sabía en 2005 (con la otra novela, claro, de esta no sabía nada todavía, prácticamente acabamos de conocernos, ni siquiera sé cómo se llama); sé el nombre de dos personajes y sé que va a ser de humor, porque me apetece probar algo nuevo. Me apetece hacerme reír, mejor dicho, porque lo estoy necesitando. Pero ni siquiera sé si estará contada en presente o en pasado, o en primera o tercera persona. Son decisiones que hay que tomar antes de lanzarse al vacío, y hoy ya es uno de noviembre. Y tengo cinco asignaturas que estudiar, y trabajo a jornada completa, y tengo una niña de educación especial que me exige cierta investigación sobre su caso, con lo que le puedo dedicar a la novela, con suerte, un par de mañanas y alguna noche de insomnio, pero no mucho más. No, no puedo participar en el NaNoWriMo. Ahora no. ¿Pero y si...? Que no, que no.
¿Cuándo se le ocurrirá a algún castellanoparlante hacer un NaNoWriMo a la española, o sea, un MeNoEsNa (mes de noviembre de la escritura nacional)? ¿Cuándo una de esas fantásticas páginas que "regalan" los del NaNo en castellano, para que gente que de hecho habla tu idioma pueda leer lo que estás escribiendo y darte su opinión? Lanzo la petición para el/la que se anime, que necesitamos un poco de creatividad en cristiano en la red. No todos los bestsellers van a estar escritos en inglés, digo yo. Lo único que, conociéndonos, igual un NaNo a la española bajaba el límite a 20 000, o proponía botellón para celebrar llegar a la meta... Peligrosillo, madre.
(¿Y si me marco yo mis propias bases y me conformo con diez mil palabras este mes y un principio bien pulidito para echarme yo misma unas risas en momentos de bajón? No sé, no sé... Qué coño. ¿Qué mejor cosa que hacer un sábado por la tarde con un frío que pela en la calle? A escribir se ha dicho.)
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¿Y qué vino en 1975?
Estamos dando historia en sociales. Hemos empezado el libro por detrás para que nos dé tiempo a dar los temas que suelen ser un poco más rollo, y no dejarlos para el final del curso. Estos días hemos mencionado mucho la dictadura, Franco y demás historias. Yo les he comentado a los chavales que nací el mismo año que murió Franco, una semana antes, para ser exactos. Les he asegurado que si recuerdan que en 1975 se acabó la dictadura y nació la mejor profesora del mundo mundial, les subo la nota en el examen.
Hoy estábamos haciendo una línea temporal de repaso. Yo soltaba la chapa en la pizarra y los niños coreaban, con más o menos acierto, las respuestas.
-A ver, ¿qué hubo en 1931?
-La repúúúúública.
-¿Y en 1936?
-La guerra civiiiiiiiil.
-¿Y en el 39?
-La dictaduuuuura.
-¿Y qué llegó en el 75?
Yo esperaba que todos contestaran "la democracia", pero la clase ha gritado:
-¡Ruth!
Del ataque de risa que me ha dado, no he podido seguir con la clase. Eso les pasa por escucharme.
Hoy estábamos haciendo una línea temporal de repaso. Yo soltaba la chapa en la pizarra y los niños coreaban, con más o menos acierto, las respuestas.
-A ver, ¿qué hubo en 1931?
-La repúúúúública.
-¿Y en 1936?
-La guerra civiiiiiiiil.
-¿Y en el 39?
-La dictaduuuuura.
-¿Y qué llegó en el 75?
Yo esperaba que todos contestaran "la democracia", pero la clase ha gritado:
-¡Ruth!
Del ataque de risa que me ha dado, no he podido seguir con la clase. Eso les pasa por escucharme.
Se acerca...
¡Ay, qué ganas tengo de ver esta peli, madre! Aunque la hayan retrasado, aunque no se parezca en nada al libro, parece que han mantenido la única, ÚNICA escena que yo considero fundamental...
Ahora solo espero que el "fight back, you coward!" se lo esté diciendo a Snape, porque sino va a ir a ver la peli Rita la Cantaora...
Ahora solo espero que el "fight back, you coward!" se lo esté diciendo a Snape, porque sino va a ir a ver la peli Rita la Cantaora...
¿Crisis? ¿Qué crisis?
El que deja de hacer cosas por falta de dinero, es porque quiere.
Tengo dos amigos (llamémoslos Elvis y Priscilla, por respeto a su anonimato) cuyo sueño ha sido siempre casarse en Las Vegas. Pero claro, la gracia de una boda en Las Vegas es poder llevarte a tus amigos para que lo celebren contigo, y estando las cosas como están eso era poco menos que imposible. Parecía que la unión pecaminosa y libidinosa que habían mantenido durante los último diez años iba a continuar por lo menos otros diez; la crisis, el dólar, el euribor y la santa madre iglesia no hacían más que poner trabas. El viaje a Las Vegas era imposible. ¿Cuál podía ser la solución?
Por supuesto, traer Las Vegas a Vitoria. Más exactamente, al salón de su propia casa.

Así que ahí tenéis a la feliz pareja, rodeados de sus más allegados en una íntima ceremonia en la que aquí la menda (atea a ultranza) se plantó el alzacuellos para casarles como dios manda, en inglés y con subtítulos, que tampoco era cuestión de perder a los invitados. Como en cualquier boda que se precie, hubo banquete, champán, lanzamiento de ramo e intercambio de pelucas, y sobre todo ciego impresionante y resaca de campeonato al día siguiente (dos kilos perdí, ¡dos!). Pero el objetivo está cumplido: Elvis y Priscilla son marido y mujer ante los ojos de su gato y en nombre de La Pasionaria. Ya no van al infierno. Ya pueden pedir pensión de viudedad. Ya pueden lucir el anillo (uno lo lleva en el dedo índice y la otra en el corazón, no hay manera) y decir que es una alianza símbolo de su amor eterno.
Que ya están casados, vamos.
Tengo dos amigos (llamémoslos Elvis y Priscilla, por respeto a su anonimato) cuyo sueño ha sido siempre casarse en Las Vegas. Pero claro, la gracia de una boda en Las Vegas es poder llevarte a tus amigos para que lo celebren contigo, y estando las cosas como están eso era poco menos que imposible. Parecía que la unión pecaminosa y libidinosa que habían mantenido durante los último diez años iba a continuar por lo menos otros diez; la crisis, el dólar, el euribor y la santa madre iglesia no hacían más que poner trabas. El viaje a Las Vegas era imposible. ¿Cuál podía ser la solución?
Por supuesto, traer Las Vegas a Vitoria. Más exactamente, al salón de su propia casa.

Así que ahí tenéis a la feliz pareja, rodeados de sus más allegados en una íntima ceremonia en la que aquí la menda (atea a ultranza) se plantó el alzacuellos para casarles como dios manda, en inglés y con subtítulos, que tampoco era cuestión de perder a los invitados. Como en cualquier boda que se precie, hubo banquete, champán, lanzamiento de ramo e intercambio de pelucas, y sobre todo ciego impresionante y resaca de campeonato al día siguiente (dos kilos perdí, ¡dos!). Pero el objetivo está cumplido: Elvis y Priscilla son marido y mujer ante los ojos de su gato y en nombre de La Pasionaria. Ya no van al infierno. Ya pueden pedir pensión de viudedad. Ya pueden lucir el anillo (uno lo lleva en el dedo índice y la otra en el corazón, no hay manera) y decir que es una alianza símbolo de su amor eterno.
Que ya están casados, vamos.
Best sellers
La literatura que más se vende parece llevar siempre el sanbenito de mala. Todo aquel libro que venda más de X copias es acusado de seguir un patrón, un "one size fits all" que a muchos les parece denigrante y nocivo para la literatura. Se acusa a la mayoría de la gente de no tener gusto leyendo, de elegir libros facilones, libros que yo llamo de "encefalograma plano". Pero, ¿hasta qué punto tiene la culpa el consumidor?
Para empezar, los libros no son baratos. Cuando una persona con presupuesto ajustado va a comprar un libro, se basa en las experiencias de otros que hayan leído ese libro, porque no se va a lanzar a la aventura y gastarse veinte eurazos en un completo desconocido. Si hay mucha gente que lo ha comprado y de esa gente un pequeño porcentaje le da buenas críticas, adquirir ese libro parece una inversión segura. Quizás no sea una obra de arte, pero con que no nos obligue a cerrarlo por la mitad nos conformamos; es como ir al cine y quedarte dormido viendo una película muda japonesa con la que te atreves por probar algo nuevo (aquí la menda, que se las da de friki pero no lo es tanto), en lugar de tragarte una comedia romántica que no te convierte en un lumbrera pero te entretiene un rato. Porque para eso leemos (o, al menos, para eso leo yo), para entretenernos, aunque supongo que alguno habrá que lea para poder decir que ha descubierto a tal o cual autor, al que conocen solo en su pueblo a la hora de comer pero que nos hace quedar muy bien.
Y luego está la distribución de esos libros. Yo, lo confieso, me dejo llevar por las portadas, los títulos y la síntesis de las contraportadas, pero sobre todo me llama la atención la colocación del libro. Si tengo que girar el cuello para buscar un título en una estantería repleta de volúmenes tan ajustados que es difícil sacar uno sin tirar tres, seguramente no lo compre. Si me lo presentan en una mesa, con un cartel bien grande que llame mi atención, sin envoltura que valga y con una pegatina que proclama "20% de descuento" (aunque sea mentira), hay más posibilidades de que lo adquiera. Qué le vamos a hacer, me gusta ojear en las librerías, pero ando justa de tiempo y no me gusta cansarme. Soy vaga. Me va lo fácil. Y como yo, cientos de miles de personas.
Las editoriales con poder adquisitivo colocan sus libros en las mesas y las que no lo tienen, en las estanterías. El rico se hace más rico y el pobre se queda como estaba. Los bestsellers venden más porque se ven más, no necesariamente porque la gente no sepa distinguir entre lo bueno y lo malo. La distribución lo es todo. Saber vender lo es todo. Y yo, lo siento mucho, seguiré leyendo bestsellers y colando algún experimento -que, por cierto, suelen salirme rana-, porque si el próximo libro que me compro se parece lo más mínimo a Mil Soles espléndidos o Middlesex, me merecerá la pena. Que alguno hay también que se escapa y nos alegra el día a los lectores más remolones.
Para empezar, los libros no son baratos. Cuando una persona con presupuesto ajustado va a comprar un libro, se basa en las experiencias de otros que hayan leído ese libro, porque no se va a lanzar a la aventura y gastarse veinte eurazos en un completo desconocido. Si hay mucha gente que lo ha comprado y de esa gente un pequeño porcentaje le da buenas críticas, adquirir ese libro parece una inversión segura. Quizás no sea una obra de arte, pero con que no nos obligue a cerrarlo por la mitad nos conformamos; es como ir al cine y quedarte dormido viendo una película muda japonesa con la que te atreves por probar algo nuevo (aquí la menda, que se las da de friki pero no lo es tanto), en lugar de tragarte una comedia romántica que no te convierte en un lumbrera pero te entretiene un rato. Porque para eso leemos (o, al menos, para eso leo yo), para entretenernos, aunque supongo que alguno habrá que lea para poder decir que ha descubierto a tal o cual autor, al que conocen solo en su pueblo a la hora de comer pero que nos hace quedar muy bien.
Y luego está la distribución de esos libros. Yo, lo confieso, me dejo llevar por las portadas, los títulos y la síntesis de las contraportadas, pero sobre todo me llama la atención la colocación del libro. Si tengo que girar el cuello para buscar un título en una estantería repleta de volúmenes tan ajustados que es difícil sacar uno sin tirar tres, seguramente no lo compre. Si me lo presentan en una mesa, con un cartel bien grande que llame mi atención, sin envoltura que valga y con una pegatina que proclama "20% de descuento" (aunque sea mentira), hay más posibilidades de que lo adquiera. Qué le vamos a hacer, me gusta ojear en las librerías, pero ando justa de tiempo y no me gusta cansarme. Soy vaga. Me va lo fácil. Y como yo, cientos de miles de personas.
Las editoriales con poder adquisitivo colocan sus libros en las mesas y las que no lo tienen, en las estanterías. El rico se hace más rico y el pobre se queda como estaba. Los bestsellers venden más porque se ven más, no necesariamente porque la gente no sepa distinguir entre lo bueno y lo malo. La distribución lo es todo. Saber vender lo es todo. Y yo, lo siento mucho, seguiré leyendo bestsellers y colando algún experimento -que, por cierto, suelen salirme rana-, porque si el próximo libro que me compro se parece lo más mínimo a Mil Soles espléndidos o Middlesex, me merecerá la pena. Que alguno hay también que se escapa y nos alegra el día a los lectores más remolones.
Chupópteros
¿Hay algo más desalentador que una compañera de trabajo a la que no le guste su trabajo? ¿Hay algo peor que llevar treinta años haciendo algo que elegiste sólo porque tus amigas estudiaban esa carrera y decidiste que no querías estudiar sola? ¿Hay algo que chupe más energías que hablar con una persona que todo lo ve negro, para lo que todo es negativo y que no quiere aventurarse en nada nuevo porque ya ve la jubilación cerca?
Odio los chupópteros. Me dejan sin energías.
Odio los chupópteros. Me dejan sin energías.
Memorias
Mi bisabuelo era jefe de estación, lo que significaba que la familia se movía siempre de un lado para otro. Eran tres hermanos, dos chicas y un chico, y la menor, mi tía abuela, tenía obsesión por los gatos. No valían de nada las protestas de su padre, las amenazas de su madre o las envidias de sus hermanos, siempre se las arreglaba para encontrar un gatito nuevo que llevarse a casa en cuanto llegaban a su nuevo hogar. Me pregunto qué haría con ellos cuando tuvieran que mudarse. Conociéndola, seguro que los dejaba en familias con muy buenas referencias.
Mi tía abuela fue funcionaria, franquista, extremadamente religiosa y soltera hasta su buen medio siglo. No tuvo hijos, pero quiso a sus sobrinos como si lo fueran y se convirtió en la tía molona que se los llevaba de veraneo y los presentaba en los círculos de gente bien que conocía. Nunca faltaron gatos en su casa, ni una criada (como ella las llamaba, porque no era muy dada a los eufemismos banales). Cuando cumplió cincuenta, se casó. Todos creyeron que lo hacía por no estar sola, por tener a alguien que cuidara de ella. Murió a los setenta y tantos; tres meses después se fue su marido. Quizás sí fuera amor, después de todo. El gato se lo quedó Anastasia, la criada de noventa años que había acompañado a mi tía los últimos veinte. Aunque ella insistía en llamarla criada, nosotros sabíamos que era más amiga que empleada. ¿Lo sabrían ellas también?
Mi tía abuela fue funcionaria, franquista, extremadamente religiosa y soltera hasta su buen medio siglo. No tuvo hijos, pero quiso a sus sobrinos como si lo fueran y se convirtió en la tía molona que se los llevaba de veraneo y los presentaba en los círculos de gente bien que conocía. Nunca faltaron gatos en su casa, ni una criada (como ella las llamaba, porque no era muy dada a los eufemismos banales). Cuando cumplió cincuenta, se casó. Todos creyeron que lo hacía por no estar sola, por tener a alguien que cuidara de ella. Murió a los setenta y tantos; tres meses después se fue su marido. Quizás sí fuera amor, después de todo. El gato se lo quedó Anastasia, la criada de noventa años que había acompañado a mi tía los últimos veinte. Aunque ella insistía en llamarla criada, nosotros sabíamos que era más amiga que empleada. ¿Lo sabrían ellas también?
Teoría de la literatura
Mi única asignatura en castellano este año es Teoría de la Literatura, y es, paradójicamente, la más incomprensible de las cinco que he cogido este curso. Los libros son dificilísimos de entender, utilizan un metalenguaje muy por encima de mis posibilidades y me cuesta una barbaridad leer y entender cada página del libro. Aún así, cuando por fin consigo entender lo que se me intenta explicar, me gusta.
El último capítulo que he trabajado hablaba, en parte, de la función de la literatura, basándose en la dicotomía de lo didáctico y lo placentero. ¿Debe la literatura enseñarnos, como decía Horacio (creo), o debe su fin ser el de proporcionar placer al lector, como decía Aristóteles (o viceversa)? Y, lo que yo me pregunto, ¿son mutuamente excluyentes ambas opciones? ¿Por qué no se puede aprender con una literatura que además te entretiene?
Hoy les he preguntado a los niños para qué creen que existe la poesía, y sus dos primeras respuestas han sido tanto la una como la otra: para enseñarnos cosas y para disfrutar leyendo. Es algo que está metido en nuestro bagaje cultural, que llevamos escrito a fuego en nuestro inconsciente colectivo. Una u otra, o quizás las dos, pero está claro que esas son las principales funciones y fines de la literatura. Me ha llamado mucho la atención que a los críos les saliera una respuesta tan pronta y que encaja tan bien con lo poco que he entendido de la asignatura. He llegado incluso a pensar que lo que estoy estudiando puede que sirva para algo. Puede. Quizás.
¿Cuál es el fin último de la literatura, pregunto? Y, sobre todo, ¿elegir uno desestima el otro? ¿Se os ocurre alguna obra que fuera tan entretenida como didáctica? ¿Existe algo así?
El último capítulo que he trabajado hablaba, en parte, de la función de la literatura, basándose en la dicotomía de lo didáctico y lo placentero. ¿Debe la literatura enseñarnos, como decía Horacio (creo), o debe su fin ser el de proporcionar placer al lector, como decía Aristóteles (o viceversa)? Y, lo que yo me pregunto, ¿son mutuamente excluyentes ambas opciones? ¿Por qué no se puede aprender con una literatura que además te entretiene?
Hoy les he preguntado a los niños para qué creen que existe la poesía, y sus dos primeras respuestas han sido tanto la una como la otra: para enseñarnos cosas y para disfrutar leyendo. Es algo que está metido en nuestro bagaje cultural, que llevamos escrito a fuego en nuestro inconsciente colectivo. Una u otra, o quizás las dos, pero está claro que esas son las principales funciones y fines de la literatura. Me ha llamado mucho la atención que a los críos les saliera una respuesta tan pronta y que encaja tan bien con lo poco que he entendido de la asignatura. He llegado incluso a pensar que lo que estoy estudiando puede que sirva para algo. Puede. Quizás.
¿Cuál es el fin último de la literatura, pregunto? Y, sobre todo, ¿elegir uno desestima el otro? ¿Se os ocurre alguna obra que fuera tan entretenida como didáctica? ¿Existe algo así?
Baja preventiva
No he leído mi horóscopo estos días, pero seguro que debe poner algo como "serás propensa a los accidentes, guarda una tirita en el bolsillo por si acaso". El lunes me caí por las escaleras y me golpeé la espalda con seis peldaños. Ayer fui a cortar un trozo de chocolate negro y casi me cerceno el dedo. Esta mañana, al venir andando a trabajar con mis botas nuevas con un poquito de tacón, me he torcido el tobillo en una grieta de la acera.
No sé si ir pidiéndome la baja ya, para adelantar los trámites.
No sé si ir pidiéndome la baja ya, para adelantar los trámites.
Tiempo

Últimamente ando metida en un millón de cosas, y como siempre que esto pasa me da la sensación de que no llego a nada. Aún no es estrés, pero sí noto que lo será pronto a este ritmo. La cabeza me bulle con ideas que quiero poner en práctica y, por una vez, no estoy saboteándome a mí misma diciéndome que no voy a ser capaz, con lo que las pocas horas libres que tenía (ese ratito de después de cenar) se han convertido en momentos productivos, por no hablar del camino al trabajo o el momento antes de dormirme. Cuando no hago, pienso en hacer y después lo hago. Es un buen cambio, pero no voy a llegar a diciembre si sigo así.
Ayer, saliendo de clase de dibujo (esa clase a la que voy para relajarme, que este año me está estresando más que nunca porque estamos haciendo técnicas de agua y no me sale nada bien), me patiné en las escaleras y bajé media docena de peldaños de culo. Tengo el orgullo por los suelos y los riñones amoratados, aparte de unas décimas de fiebre que no tienen nada que ver con la caída pero que me vienen siempre en esta época del año. Mañana iré al médico, con lo que perderé ¿qué?, sí, tiempo, un tiempo precioso que podría dedicar a leer el libro que me toca en literatura inglesa o a estudiar alemán, que ya se me ha olvidado lo poco que sabía del tiempo que hace que no lo toco. Y después iré a dibujo, y saldré asqueada con mi acuarela, y me sentaré delante de la tele y terminaré yéndome a la cama pronto porque no hay nada que ver, qué asco madre.
Debería escribir, así me desahogaría. Pero no tengo tiempo. No, miento, no tengo ganas. Porque si quisiera haría tiempo, como he hecho siempre. Pero aquí la menda siempre echa mano de excusas vacuas para sabotearse en algún campo...
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