Y no, no es de estudiar, o no sólo. Ojalá fuera sólo por eso.
Como muchos de los que os pasáis por aquí sabréis, aparte de ser profesora de primaria a tiempo completo estudio filología inglesa por la UNED. Esto significa que no voy a clase, sino que, cuando llego a casa después de un día entero explicando divisiones con decimales y las desinencias del verbo, abro mis libros y estudio materia completamente nueva para mí. Me encanta estudiar por mi cuenta, no me hace falta un profesor, el método a distancia me va que ni al pelo. Si tengo dudas, puedo llamar a mi tutor presencial en Vitoria (dos días a la semana, dos horas cada día) o, más sencillo todavía, puedo exponerlas en un foro de Internet. Normalmente echo mano de esta segunda opción. Hasta ahora, todo me ha ido de perlas.
Eso sí, de tanto leer mensajes de universitarios con canas, me duelen los ojos. Estoy hasta las mismísimas narices de leer cosas como "escojí", "xfaaaaaa¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡", "x k n m da tienpo" o bellezas similares. Estoy en un segundo de carrera en una universidad a la que no acude gente recién salida del instituto (¿cuál será la media de los alumnos de la UNED? ¿25? ¿30?), así que lo de "el nivel cada día es más bajo" no me vale. Son universitarios, ¡universitarios!, que escriben "nose lo que entra n l exámen" y que protestan cuando los profesores del foro les llaman la atención por las faltas de expresión, o se quejan porque les han suspendido el examen de lengua española por la ortografía.
Me duelen los ojos. Me duele el corazón. Me duele pensar que los que me rodean son precisamente la élite de la sociedad. Me duele no tener agallas para escudarme en el relativo anonimato que me concede el foro (aparece mi nombre, pero nadie me conoce) y decirles a los que utilizan las mayúsculas todo el rato que me están gritando, o pedirles que no usen más de cinco signos de exclamación en una frase (porque decirles que se limiten a uno, o ninguno, sería superior a sus fuerzas), o rogarles (de rodillas y con las manos juntas) que revisen la ortografía de sus mensajes y no vuelvan a escribir trabajo con uve.
Que me duele todo ya, hombre. A quinto de primaria los mandaba a todos echando leches.
Unleserlich
Yo debía ser una enana, porque recuerdo a mi tío enorme y hoy en día es sólo un poco más alto que yo. No sé por qué le acompañé, debió ser uno de esos días en los que quiso actuar de padrino y me llevó con él a hacer algún papeleo y a fardar de sobrina, porque aquí donde me veis yo era muy mona y muy formal. Por aquel entonces le tenía por erudito, por un hombre sabio que sabía un poco de todo y era capaz de tener conversaciones interesantísimas sobre cualquier tema. Luego me enteré de que eso se debía a que había empezado tres o cuatro carreras (todas de letras, o de humanidades, que se diría ahora) aunque nunca había conseguido terminar ninguna. Personalmente creo que es un filósofo frustrado.
La señorita de la ventanilla le pidió que firmara un papel. Él cogió el bolígrafo y le preguntó si la firma tenía que ser inteligible. Ella dijo que no importaba, y él firmó con su garabato de siempre. Y en ese momento yo aprendí que inteligible e ilegible no eran sinónimos, como yo creía, sino que significaban justamente lo contrario. De ahí lo de ininteligible, me dije. Es el único momento de mi vida que me recuerdo aprendiendo algo.
Hoy he visto la palabra unleserlich en alemán, ilegilbe, y me he acordado de mi tío. Curioso, como funciona el cerebro. Y curioso, también, que un momento de hace al menos 25 años esté tan grabado a fuego en mi memoria.
La señorita de la ventanilla le pidió que firmara un papel. Él cogió el bolígrafo y le preguntó si la firma tenía que ser inteligible. Ella dijo que no importaba, y él firmó con su garabato de siempre. Y en ese momento yo aprendí que inteligible e ilegible no eran sinónimos, como yo creía, sino que significaban justamente lo contrario. De ahí lo de ininteligible, me dije. Es el único momento de mi vida que me recuerdo aprendiendo algo.
Hoy he visto la palabra unleserlich en alemán, ilegilbe, y me he acordado de mi tío. Curioso, como funciona el cerebro. Y curioso, también, que un momento de hace al menos 25 años esté tan grabado a fuego en mi memoria.
Edgar Allan Poe

Poe es uno de mis autores favoritos. Es una de esas personas que te hacen pensar que no vale la pena escribir nada, porque nada va a ser superior a lo que él escribió, para qué molestarse. Leer sus relatos significa sumergirse en un mundo paralelo a este, donde el terror por el terror y la belleza por la belleza toman el lugar del didactismo y la enseñanza. Poe no daba lecciones de moral, le importaba tres pepinos la moral. Poe buscaba la belleza, y vaya si la encontró.
Hoy se cumplen doscientos años del nacimiento de este genio de la literatura. Doscientos años nos separan del descubrimiento del género de terror, del detectivesco y de la pseudo ciencia ficción. Yo, para celebrarlo y hacerle mi pequeño homenaje, les he pasado una historia suya a los críos, "La Muerte Roja", la misma que me tocó leer el año pasado en la universidad y que consiguió ponerme los pelos de punta. Los críos han sido capaces de seguirla con mi ayuda y algunos han sentido el mismo toque de pánico que sentí yo al leerla (a otros les ha parecido poco gore, querían más). No hace falta ser licenciado en literatura inglesa para apreciar una obra de arte, siempre y cuando se te ofrezcan muletas. He estado buscando el capítulo de Los Simpson en el que aparece la lectura de El Cuervo, pero soy incapaz de encontrarlo. Lo dejaremos para el año que viene.
Me encanta Poe. Me encanta mi clase. Me encanta mi trabajo en aniversarios señalados como este.
En silencio, pero sigo
Empiezan los exámenes. Ya ha caído el primero, aunque poco tiene que ver con la licenciatura. Si estudio no escribo, y si escribo no estudio; opto por estudiar, por tanto me veréis muy poco por aquí. Basta que escriba esto para que me dé la inspiración y me ponga a escribir entradas como una loca. Lo dudo; la inspiración no falta, pero el tiempo es escaso.
Os sigo leyendo. Sigo ahí, pero muda. Pero sigo.
Os sigo leyendo. Sigo ahí, pero muda. Pero sigo.
Iñigo
El mejor amigo de Iñigo S. es Iñigo N. Son inseparables, amiguísimos desde los dos años, una pareja de hecho, uña y carne, pan y mantequilla; íntimos, vaya. Ayer, cuando bajaban a clase de música, uno le dice al otro:
-¿Sabes cuál es mi palabra favorita?
-¿Fútbol?
-No. Iñigo.
Qué pena que cuando sean mayores ya no se acordarán.
-¿Sabes cuál es mi palabra favorita?
-¿Fútbol?
-No. Iñigo.
Qué pena que cuando sean mayores ya no se acordarán.
Ya me estresaré mañana
La semana que viene tengo un examen que, de aprobarlo, significaría un título de traductora de inglés a castellano que me hace mucha ilusión tener. Los exámenes de la licenciatura se ven mucho más cerca desde este lado de las fiestas navideñas y aún no he terminado con el temario en todas las asignaturas. La casa necesita una limpieza a fondo, desinfección incluida. He vuelto al trabajo. Los niños han venido cargados de energía. Han empezado las rebajas.
Yo, por supuesto, me he ido de tiendas. Ya me estresaré mañana, me he dicho.
Pero no, me he estresado hoy.
Debería haberme dado cuenta hace mucho tiempo, y supongo que a nivel subconsciente ya lo sabía, pero no me gusta ir a comprar ropa. Sí, ya sé que soy un bicho raro -en tantas y tantas cosas-, pero no lo disfruto, menos aún cuando hace frío y no te apetece nada desnudarte en un cuartucho de un metro cuadrado en el que la cortina no te tapa del todo. Me gustaba ir de compras en California, pero ahí había menos factores a tener en cuenta a la hora de comprar: ganaba más dinero y no pagaba una hipoteca, así que el precio no era tan importante como lo es ahora; mi talla 42, que aquí equivale a la de una embarazada de ocho meses a juzgar por las únicas prendas que me entran, era de las más pequeñas allí; y no solo eso, aunque la talla fuera pequeña los diseñadores entendían que la mayoría de las mujeres lucen lorza fofa a la altura de la cinturilla y hacían la ropa acorde a los cuerpos de las mujeres, no al revés. Aquí no consigo encontrar nada que me guste (y que me pueda permitir, debería añadir) y termino estresada, con complejo de gorda, recordando el dineral que pago por mi casa y deseando haberme quedado estudiando, que ya es decir.
Así que hoy mi estrés se llama "mierda, no me he comprado nada y necesito un fondo nuevo de armario urgentemente porque la ropa que tengo ya está desgastada de tanto usarla"; el de mañana será "joder, tengo que terminar el esquema de este tema para poder repasar el vocabulario de alemán y mecagüen la profa que no me manda las redacciones corregidas". Pero eso será mañana, porque hoy pienso sentarme a ver Las Vegas con un té con limón en la mano y la manta sobre las rodillas, y meditaré tranquilamente sobre mi horario intensivo de estudio que me va a impedir escribir, pensar en nada que no sea la materia de estudio o hacer cualquier actividad que requiera mover el culo de la silla.
Señor, qué ganas de que llegue el 13 de febrero ya, leches.
Yo, por supuesto, me he ido de tiendas. Ya me estresaré mañana, me he dicho.
Pero no, me he estresado hoy.
Debería haberme dado cuenta hace mucho tiempo, y supongo que a nivel subconsciente ya lo sabía, pero no me gusta ir a comprar ropa. Sí, ya sé que soy un bicho raro -en tantas y tantas cosas-, pero no lo disfruto, menos aún cuando hace frío y no te apetece nada desnudarte en un cuartucho de un metro cuadrado en el que la cortina no te tapa del todo. Me gustaba ir de compras en California, pero ahí había menos factores a tener en cuenta a la hora de comprar: ganaba más dinero y no pagaba una hipoteca, así que el precio no era tan importante como lo es ahora; mi talla 42, que aquí equivale a la de una embarazada de ocho meses a juzgar por las únicas prendas que me entran, era de las más pequeñas allí; y no solo eso, aunque la talla fuera pequeña los diseñadores entendían que la mayoría de las mujeres lucen lorza fofa a la altura de la cinturilla y hacían la ropa acorde a los cuerpos de las mujeres, no al revés. Aquí no consigo encontrar nada que me guste (y que me pueda permitir, debería añadir) y termino estresada, con complejo de gorda, recordando el dineral que pago por mi casa y deseando haberme quedado estudiando, que ya es decir.
Así que hoy mi estrés se llama "mierda, no me he comprado nada y necesito un fondo nuevo de armario urgentemente porque la ropa que tengo ya está desgastada de tanto usarla"; el de mañana será "joder, tengo que terminar el esquema de este tema para poder repasar el vocabulario de alemán y mecagüen la profa que no me manda las redacciones corregidas". Pero eso será mañana, porque hoy pienso sentarme a ver Las Vegas con un té con limón en la mano y la manta sobre las rodillas, y meditaré tranquilamente sobre mi horario intensivo de estudio que me va a impedir escribir, pensar en nada que no sea la materia de estudio o hacer cualquier actividad que requiera mover el culo de la silla.
Señor, qué ganas de que llegue el 13 de febrero ya, leches.
Toy malita
Veo nevar desde el sofá, con la manta tapándome hasta las orejas y el gato ronroneándome en la barriga, como si cantara un mantra que me va a sanar. Los Reyes Majos no me han traído nada, pero el Olentzero se portó bien y no soy egoísta, con uno me vale, llevo todas las fiestas disfrutando de mis regalos. Mañana empiezan las clases y yo voy a ir con los restos de una gastroenteritis galopante a trabajar, ahí, como buena maestra no funcionaria que no quiere enmarronar a sus compañeras con más trabajo. Lo peor ya ha pasado, capearemos el temporal (estomacal; el de afuera también, faltaría más). Las tripas me rugen, pero no es hambre. De vez en cuando salgo corriendo al baño, cada vez menos. Pienso en madrugar mañana y me pongo peor.
Toy malita. Y me gusta quejarme.
Toy malita. Y me gusta quejarme.
It's okay to be different

No sé por qué, pero estas fiestas me estoy acordando de este libro un montón. Es mi libro infantil favorito, con unas ilustraciones preciosas y un mensaje todavía más estupendo: está bien ser diferente. Entre las bellezas que se pueden encontrar, un par de páginas dedicadas a que está bien tener más de una mamá o más de un papá (recordemos que este libro es americano, y por tanto se refiere a padres divorciados que vuelven a casarse, pero se les puede explicar de otra manera a los críos), o que está bien tener amigos invisibles, o pasar vergüenza, o comer espagueti en la bañera.
Pero no tiene las hojas que yo necesito. Yo necesito un libro que me diga que "it's okay to wish for a different family" urgentemente. A poder ser, ya mismo.
Último día del año
Hoy se acaba el año, que ya era hora. Mandamos a la mierda al año que pasará a la historia por ser el último año de Bush y el primero de Obama, por ser el año en que mi padre cayó enfermo, porque murió Paul Newman y porque Raphael lleva 50 años en el escenario. No voy a echar de menos al 2008.
He decidido que este año no tengo propósitos nuevos, que me limitaré a cumplir los viejos que decidí a mitad del 2008, no en Nochevieja. Sólo le pido dos cosas al 2009: salud, porque sin ella cualquier propósito se va al garete (y el pedido se hace extensible a mis seres queridos y a todo el que me lea), y constancia, que es lo que me hace falta para llegar a todos los sitios a los que quiero llegar. Creo que con estos dos elementos me basto y me sobro para cumplir con todo lo que la vida me eche encima, haya o no crisis.
A los demás, sólo os deseo que vuestros sueños se cumplan (no necesariamente este año que entra, sino en el futuro cercano o a medio plazo) y que la salud os acompañe allá donde vayáis. Nos veremos el año que viene con nuevos logros, nuevos fracasos y nuevas alegrías, un poco de todo porque un año da para mucho. Que seáis felices, con o sin gordo de El Niño, y que no desaprovechéis ni el segundo extra que tendrá el último minuto del año.
He decidido que este año no tengo propósitos nuevos, que me limitaré a cumplir los viejos que decidí a mitad del 2008, no en Nochevieja. Sólo le pido dos cosas al 2009: salud, porque sin ella cualquier propósito se va al garete (y el pedido se hace extensible a mis seres queridos y a todo el que me lea), y constancia, que es lo que me hace falta para llegar a todos los sitios a los que quiero llegar. Creo que con estos dos elementos me basto y me sobro para cumplir con todo lo que la vida me eche encima, haya o no crisis.
A los demás, sólo os deseo que vuestros sueños se cumplan (no necesariamente este año que entra, sino en el futuro cercano o a medio plazo) y que la salud os acompañe allá donde vayáis. Nos veremos el año que viene con nuevos logros, nuevos fracasos y nuevas alegrías, un poco de todo porque un año da para mucho. Que seáis felices, con o sin gordo de El Niño, y que no desaprovechéis ni el segundo extra que tendrá el último minuto del año.
Londres

Queridos y queridas visitantes, aquí la menda se va a visitar el Big Ben y a sacarse fotos con los autobuses de dos pisos, así que de aquí al treinta de diciembre no os leeré ni podréis leer nada nuevo por estos lares. Pasadlo bien, digerid bien las cenas varias y que os sean leves las fiestas. Yo estaré practicando el nuevo acento RP que tan encarecidamente me piden en la carrera y que tan poco se parece a mi General American (para una vez que tengo acento, no vale).
Recomendación
Cada vez que leo a este hombre, me digo a mí misma que tengo que hacer una entrada sobre él, pero siempre me enrollo con otras cosas y al final nunca llego a mi blog. Si os gusta la escritura y tenéis un buen nivel de inglés, os recomiendo a este hombre, J.A. Konrath, un escritor relativamente desconocido que se va abriendo paso en el mundo del thriller y que no duda en echar una mano a los demás explicando en su blog todo lo que hace y lo que le funciona para vender libros siendo un novel en el mundillo editorial. Todo aliñado con humor y estupendos consejos que inspiran y te provocan unas tremendas ganas de escribir. Completamente recomendable.
(Por cierto, feliz Navidad a todos.)
(Por cierto, feliz Navidad a todos.)
Vacaciones
Soy rara, lo admito. La gente suele dedicarse a dormir y descansar cuando está de vacaciones. Yo madrugo. No tanto como cuando tengo que ir a trabajar, pero pongo el despertador y me animo a levantarme a una hora que más de uno consideraría intempestiva cuando estás de vacaciones. No me gusta desaprovechar el tiempo libre. Dormir es agradable, sí, pero me entra cargo de conciencia si sólo me dedico a eso.
Me gusta escribir por las mañanas. Me imagino a mí misma viviendo de ello y levantándome para cumplir mis obligaciones de escritora, con un café flojito al lado y el gato sobre el regazo. Tecleo y por un momento pienso que sólo existe eso, sólo existe mi mundo imaginario, el café, el gato y yo. Imagino que es lo que paga las facturas, que es lo que me mantiene, que es lo único que hago, y que lo único que me exige es que me levante a mi hora y le dedique un poco de mi tiempo. Por la tarde no es lo mismo; la tarde es para los estudios, o para ver una película en la tele, o para leer, o para hacer el vago ante el ordenador. Pero las mañanas son sagradas. Las mañanas de los días de fiesta son las horas más productivas de mi semana.
Me gusta madrugar los días de fiesta.
Estoy para que me encierren.
Me gusta escribir por las mañanas. Me imagino a mí misma viviendo de ello y levantándome para cumplir mis obligaciones de escritora, con un café flojito al lado y el gato sobre el regazo. Tecleo y por un momento pienso que sólo existe eso, sólo existe mi mundo imaginario, el café, el gato y yo. Imagino que es lo que paga las facturas, que es lo que me mantiene, que es lo único que hago, y que lo único que me exige es que me levante a mi hora y le dedique un poco de mi tiempo. Por la tarde no es lo mismo; la tarde es para los estudios, o para ver una película en la tele, o para leer, o para hacer el vago ante el ordenador. Pero las mañanas son sagradas. Las mañanas de los días de fiesta son las horas más productivas de mi semana.
Me gusta madrugar los días de fiesta.
Estoy para que me encierren.
Sábado
Sábado, no llueve (para variar), estoy agotada, tengo agujetas, me duele el culo por haberme caído en la pista de patinaje. Quiero escribir un post, pero borro todo lo que escribo porque todo es demasiado personal, demasiado irrelevante. Tengo que estudiar y no me apetece. Debería limpiar la casa y no me apetece. Tengo que ir de compras y no me apetece. No estoy deprimida, ni de bajón, ni nada por el estilo, simplemente estoy cansada tras un trimestre de cuatro meses. Sí, ya parecemos estadounidenses, donde las docenas de donuts son de catorce. Allí todo más, todo más.
Al menos para escribir sí tengo ganas. El Monstruo duerme el sueño de los injustos y yo me valgo y me sobro para cortar y pegar lo que haga falta, sin que el bicho quiera comérselo todo. Por hoy ya he hecho bastante. Ahora, a estudiar. O a limpiar. O a jugar un rato en algún juego chorra en internet.
A descansar.
Al menos para escribir sí tengo ganas. El Monstruo duerme el sueño de los injustos y yo me valgo y me sobro para cortar y pegar lo que haga falta, sin que el bicho quiera comérselo todo. Por hoy ya he hecho bastante. Ahora, a estudiar. O a limpiar. O a jugar un rato en algún juego chorra en internet.
A descansar.
A que le tiro la silla...
Este mes me tocan las reuniones con los padres. A pesar de que solo dos de mis alumnos necesitarían que sus padres les leyeran la cartilla, me gusta juntarme con todos en el primer trimestre y dejar que las circunstancias digan si les tengo que llamar más o no. Normalmente, yo no hablo mucho y son ellos los que me cuentan vida y milagros de sus hijos. Me encantan estas charlas porque me ayudan a conocer mucho mejor a mis alumnos y a sus familias. Hoy hasta me he reído un poco.
Tengo un alumno algo inquieto, muy listo y que no estudia todo lo que debería. En una clase "normal", no sería un niño que llamara la atención, pero como mi grupo tiene un nivel muy alto, canta porque es el único que tiene una media de seis en los exámenes. Le he comentado a la madre que tiene que estudiar más. Ella me ha dicho que cómo se supone que tiene que hacer eso, cuando está todo el día detrás de sus cuatro hijos (¡cuatro!, ¡y un par de gemelos!) para que trabajen y le toman por el pito del sereno. La buena mujer está tan desesperada que acude a la escuela de padres, una reunión quincenal con un psicólogo que les ayuda con ciertas pautas de conducta con los niños.
-Que les castigue, dice -me cuenta-. ¿Qué se cree que hago? ¡Si hace un año que no ven la tele! No tienen consola, les obligo a estudiar al mediodía, se sientan conmigo a leer... Su padre y yo hemos decidido que ya no van a seguir yendo a fútbol, a no ser que mejoren las notas, y les voy a desapuntar de inglés porque se lo toman a cachondeo. Que no están motivados, dice... Casi le tiro la silla. La semana pasada ya ni fui. Estoy de recetas mágicas hasta el gorro.
Ese es el problema. Los educadores, los psicólogos, los profesores, nos dedicamos a dar recetas de talla única que deben servir para todos los niños. El psicólogo de la escuela llegó a decir que no existe ningún niño que se conforme con un aprobado pudiendo sacar más; yo no sé dónde ha estudiado ese psicólogo, porque podría mencionarle una lista interminable de nombres en mi corta vida profesional. Damos sentencias. Nos creemos con la verdad en la mano. Pero luego hay que estar ahí, día a día con el monstruo de turno, luchando porque se levante a su hora y se ponga la chaqueta cuando hace frío. Todo se ve muy bonito cuando el libro asegura tener razón.
Me temo que voy a seguir lidiando con este chaval el resto del curso. Con que deje de reírse de los compañeros que no se saben la lección -cuando él es el primero que no se la sabe nunca-, creo que me conformo. Aunque siga sacando seises todo el curso.
Tengo un alumno algo inquieto, muy listo y que no estudia todo lo que debería. En una clase "normal", no sería un niño que llamara la atención, pero como mi grupo tiene un nivel muy alto, canta porque es el único que tiene una media de seis en los exámenes. Le he comentado a la madre que tiene que estudiar más. Ella me ha dicho que cómo se supone que tiene que hacer eso, cuando está todo el día detrás de sus cuatro hijos (¡cuatro!, ¡y un par de gemelos!) para que trabajen y le toman por el pito del sereno. La buena mujer está tan desesperada que acude a la escuela de padres, una reunión quincenal con un psicólogo que les ayuda con ciertas pautas de conducta con los niños.
-Que les castigue, dice -me cuenta-. ¿Qué se cree que hago? ¡Si hace un año que no ven la tele! No tienen consola, les obligo a estudiar al mediodía, se sientan conmigo a leer... Su padre y yo hemos decidido que ya no van a seguir yendo a fútbol, a no ser que mejoren las notas, y les voy a desapuntar de inglés porque se lo toman a cachondeo. Que no están motivados, dice... Casi le tiro la silla. La semana pasada ya ni fui. Estoy de recetas mágicas hasta el gorro.
Ese es el problema. Los educadores, los psicólogos, los profesores, nos dedicamos a dar recetas de talla única que deben servir para todos los niños. El psicólogo de la escuela llegó a decir que no existe ningún niño que se conforme con un aprobado pudiendo sacar más; yo no sé dónde ha estudiado ese psicólogo, porque podría mencionarle una lista interminable de nombres en mi corta vida profesional. Damos sentencias. Nos creemos con la verdad en la mano. Pero luego hay que estar ahí, día a día con el monstruo de turno, luchando porque se levante a su hora y se ponga la chaqueta cuando hace frío. Todo se ve muy bonito cuando el libro asegura tener razón.
Me temo que voy a seguir lidiando con este chaval el resto del curso. Con que deje de reírse de los compañeros que no se saben la lección -cuando él es el primero que no se la sabe nunca-, creo que me conformo. Aunque siga sacando seises todo el curso.
Euskaldun guztion aberria, Iban Zaldua

Ayer asistí a mi primera presentación de un libro. En Vitoria no hay muchas, y cuando las hay son de gente tan desconocida que hay que tener muchas ganas de conocer a autores noveles para ir; esta, sin embargo, era algo especial porque se trataba de un autor que ya había leído y encima era amigo de una amiga. Así que allí nos fuimos las dos, y tuve el gustazo de conocer a un escritor "de verdad" y cruzar un par de palabras con él.
Iban Zaldua es profesor de historia en la Universidad del País Vasco y compagina su trabajo como docente con una más que decente carrera literaria. Su especialidad son los cuentos, de los que tiene varias colecciones publicadas, y las novelas cortas tanto en euskera como en castellano. Ganador del Euskadi Saria en el 2006, Iban se define a sí mismo como un cuentista porque, según dijo ayer, "cualquiera puede escribir una novela, pero donde realmente se ve si un escritor vale algo es en el cuento". Para los que no habléis euskera, os recomiendo La isla de los antropólogos, Si Sabino viviría o Mentiras, mentiras, mentiras, todos ellos publicados con Lengua de Trapo, para que os hagáis una idea del humor punzante y sumamente inteligente de este autor.
Su última novela (o cuento largo, o novela corta, o lo que se os ocurra llamar a un libro de 120 hojas con letra grande) es, según sus propias palabras, un cuento que salió mal porque necesitaba ser novela. En castellano vendría a llamarse La nación de todos los vascos, y nos narra la vida de Joseba, un profesor de historia que, harto del tan traído y llevado conflicto vasco, decide irse a Alaska a dar unas clases de historia del País Vasco; una vez allí, ni corto ni perezoso, se inventa una historia vasca completamente nueva y describe el mundo que a él le hubiera gustado tener en lugar del que realmente existe.
Reconozco que aún no me he leído el libro, pero está entre los títulos que voy a leer en cuanto pueda pasarme un par de semanas sin estudiar. No sólo me gusta el tema, también me encantó el autor, que hizo una presentación divertidísima de su libro ante un escaso público repleto de caras conocidas por él. El hecho de que él sea historiador augura una lectura entretenida y, encima, de esas en las que puedes aprender algo (y encima saber que es verdad), y el conocerle añade un plus de interés a su lectura.
Estad al loro, que no tardará mucho en salir la traducción al castellano. Y como es el propio autor el que hace la traducción, podéis estar seguros de que la calidad será la misma que en euskera.
Para muestra, un botón.
Y para saber más sobre la presentación, pinchad aquí.
Si bebo, no conduzco, pero ¿cómo vuelvo?
Aunque vivo en el centro, donde está toda la movida y todo el ambiente vitoriano, a veces me apetece cambiar de aires e ir a tomar un par de cervezas a uno de los barrios más o menos jóvenes de la ciudad, uno que queda a sus buenos cuarenta y cinco minutos de paseo desde mi casa. Obviamente, un sábado por la noche no voy a ir andando por una zona completamente desangelada, lloviendo y con tacones, así que ayer, como siempre que voy un poco lejos, cogí el urbano, por eso de poder tomarme lo que me dé la gana sin pensar en las consecuencias. Para ir, ningún problema: puntualidad, buen servicio, parada frente a la puerta del bar en el que había quedado, todo perfecto. Pero para volver, ¡oh, sorpresa!, ayer era festivo y el servicio de línea regular terminó a las diez y veinte. ¡Y no había servicio nocturno!
No me puedo creer que en una capital de comunidad autónoma, con su buen cuarto de millón de habitantes y barrios cada vez más alejados del centro, se pueda dejar a toda la población sin servicio de autobuses desde las diez y media de la noche hasta las ocho de la mañana siguiente durante tres largos días. Me importa tres pepinos que ayer fuera festivo, ayer era sábado y, como tal, día de farra. Más farra aún, porque sabes que tienes todo el domingo para recuperarte y el lunes para hacer lo que normalmente haces los domingos, así que la gente saldría hasta tarde. No se pueden poner anuncios sobre seguridad vial, avisar a la población de los peligros de conducir bebido, y luego dejarles a su suerte y no darles un servicio asequible que pueda llevarlos de un lado a otro.
Por suerte para mí, mientras esperaba al autobús que nunca llegó me encontré con una chiquita que también iba para el centro, así que cogimos un taxi entre las dos (previa llamada, claro, porque Vitoria es la única ciudad del mundo en la que no puedes parar un taxi por la calle). Menos mal que nos dividimos la tarifa, porque la gracia nos hubiera salido por ocho eurazos del ala. Huelga decir que la próxima vez que vaya a dar una vuelta en festivo, no me quedará más remedio que llevar el coche porque mi sueldo no da para taxis a ese precio.
Señor alcalde, mucho tranvía y mucho niño muerto, pero como todos los servicios de transporte público tengan los mismos horarios, muchos bares de según qué zonas de Vitoria van a tener que cerrar (daba pena ver en el que estábamos, que suele estar lleno, vacío a las diez y media de la noche porque todo el mundo se había tenido que volver al centro). Por no hablar, claro, de los accidentes por conducir borracho o los problemas de aparcamiento en el centro. Los días festivos también se sale, sobre todo si es un puente, y si es sábado más aún. Seamos por fin la ciudad que queremos ser y dejemos de hacer las cosas a medias, por favor. Que no me extraña que nos tomen por tontos en Bilbao.
No me puedo creer que en una capital de comunidad autónoma, con su buen cuarto de millón de habitantes y barrios cada vez más alejados del centro, se pueda dejar a toda la población sin servicio de autobuses desde las diez y media de la noche hasta las ocho de la mañana siguiente durante tres largos días. Me importa tres pepinos que ayer fuera festivo, ayer era sábado y, como tal, día de farra. Más farra aún, porque sabes que tienes todo el domingo para recuperarte y el lunes para hacer lo que normalmente haces los domingos, así que la gente saldría hasta tarde. No se pueden poner anuncios sobre seguridad vial, avisar a la población de los peligros de conducir bebido, y luego dejarles a su suerte y no darles un servicio asequible que pueda llevarlos de un lado a otro.
Por suerte para mí, mientras esperaba al autobús que nunca llegó me encontré con una chiquita que también iba para el centro, así que cogimos un taxi entre las dos (previa llamada, claro, porque Vitoria es la única ciudad del mundo en la que no puedes parar un taxi por la calle). Menos mal que nos dividimos la tarifa, porque la gracia nos hubiera salido por ocho eurazos del ala. Huelga decir que la próxima vez que vaya a dar una vuelta en festivo, no me quedará más remedio que llevar el coche porque mi sueldo no da para taxis a ese precio.
Señor alcalde, mucho tranvía y mucho niño muerto, pero como todos los servicios de transporte público tengan los mismos horarios, muchos bares de según qué zonas de Vitoria van a tener que cerrar (daba pena ver en el que estábamos, que suele estar lleno, vacío a las diez y media de la noche porque todo el mundo se había tenido que volver al centro). Por no hablar, claro, de los accidentes por conducir borracho o los problemas de aparcamiento en el centro. Los días festivos también se sale, sobre todo si es un puente, y si es sábado más aún. Seamos por fin la ciudad que queremos ser y dejemos de hacer las cosas a medias, por favor. Que no me extraña que nos tomen por tontos en Bilbao.
Sociograma
Hoy hemos hecho un sociograma en clase. Para el que no lo sepa, se trata de dar a los chavales una tanda de cuatro preguntas sobre sus relaciones con los demás compañeros, del tipo de "con quién te gustaría sentarte en clase y con quien no", "a quién elegirías para trabajar en grupo en clase y a quién no", "con quién formarías equipo en gimnasia y con quién no", etc. Los resultados sirven para hacerse una idea de quién es el alumno que está marginado en clase -si es que hay alguno-, quién es el más popular, a quién consideran los demás un buen estudiante, etc. Una manera estupenda de entender las dinámicas de clase y poder trabajar para mejorarla (¡por fin he encontrado algo que hacer en la optativa a religión!).
Como siempre, la sinceridad de los chavales la deja a una anonadada. He confirmado que uno de mis alumnos es impopular (seamos políticamente correctos), pero también he descubierto una oveja negra de la cual no tenía conocimiento. Una niña ha elegido en el equipo de gimnasia a nuestra alumna de educación especial porque "nadie la elige por ser diferente". Los chicos prefieren jugar con los chicos porque las chicas no saben jugar a fútbol o no se esfuerzan lo suficiente, y las chicas no quieren jugar con los chicos porque se pican con facilidad y siempre les están gritando y diciendo lo que tienen que hacer. A un chico le cae mal la mitad de la clase, y, por supuesto, él también cae mal a esa misma mitad. Un niño ha tenido serios problemas a la hora de elegir aquellos con los que no le gustaría trabajar, y se ha esmerado en especificar razones técnicas (tiene mala letra), apuntillando entre paréntesis que "es muy majo y me cae muy bien". Casualmente, es el niño al que todos quieren en sus equipos y con quien todos quieren sentarse. Pero la mejor ha sido una de las niñas más populares de la clase (según el sociograma y a ojos vista): no me sentaría con x porque estuve sentada con él el año pasado y pega mocos debajo de la mesa.
Nunca había hecho un sociograma, y la verdad es que me ha encantado la experiencia. Estoy deseando ver los resultados "oficiales" para poder ponerme a trabajar en ello. Una de las cosas que más ilusión me ha hecho: el niño que siempre juega con las niñas, el más afeminado y el más sentido es uno de los mejor aceptados en la clase (menos en deporte, que es "muy malo jugando al fútbol y no se esfuerza lo suficiente").
Me gusta mi clase de este año, sí señor.
Como siempre, la sinceridad de los chavales la deja a una anonadada. He confirmado que uno de mis alumnos es impopular (seamos políticamente correctos), pero también he descubierto una oveja negra de la cual no tenía conocimiento. Una niña ha elegido en el equipo de gimnasia a nuestra alumna de educación especial porque "nadie la elige por ser diferente". Los chicos prefieren jugar con los chicos porque las chicas no saben jugar a fútbol o no se esfuerzan lo suficiente, y las chicas no quieren jugar con los chicos porque se pican con facilidad y siempre les están gritando y diciendo lo que tienen que hacer. A un chico le cae mal la mitad de la clase, y, por supuesto, él también cae mal a esa misma mitad. Un niño ha tenido serios problemas a la hora de elegir aquellos con los que no le gustaría trabajar, y se ha esmerado en especificar razones técnicas (tiene mala letra), apuntillando entre paréntesis que "es muy majo y me cae muy bien". Casualmente, es el niño al que todos quieren en sus equipos y con quien todos quieren sentarse. Pero la mejor ha sido una de las niñas más populares de la clase (según el sociograma y a ojos vista): no me sentaría con x porque estuve sentada con él el año pasado y pega mocos debajo de la mesa.
Nunca había hecho un sociograma, y la verdad es que me ha encantado la experiencia. Estoy deseando ver los resultados "oficiales" para poder ponerme a trabajar en ello. Una de las cosas que más ilusión me ha hecho: el niño que siempre juega con las niñas, el más afeminado y el más sentido es uno de los mejor aceptados en la clase (menos en deporte, que es "muy malo jugando al fútbol y no se esfuerza lo suficiente").
Me gusta mi clase de este año, sí señor.
Soy single
He descubierto que soy single. No soltera, ni mucho menos solterona a mis recién cumplidos 33, sino single, que queda mucho más cool que decir que vivo sola. Ahora resulta que, tras toda una historia de miles de años en los que el objetivo de todos los seres humanos parecía ser casarse y formar una familia, la gente ha encontrado otra opción y los empresarios se han dado cuenta. Somos un nuevo sector a investigar. Somos un nuevo mercado a explotar. Ya pronto pondrán bandejas con un solo filete, o venderán los yogures de uno en uno, o te dejarán coger las patatas a granel en los supermercados en lugar de obligarte a comprar mallas de cuatro kilos. Somos singles. Vivimos solos, no tenemos cargas familiares y, en teoría, disfrutamos de mayor poder adquisitivo (será quien no tenga una hipoteca de piso de libre mercado, digo yo). Ser single ya no es un estadio entre parejas, sino una forma de vida definitiva. No estamos en pareja porque no nos da la gana, no porque tengamos verrugas en la cara o porque nos dejara el último novio. Somos singles por elección y vocación, no por obligación.
Se calcula que en los próximos años la población de singles se va a duplicar. En algunos puntos de Europa ya alcanza el 30 por ciento. En España ya han empezado a hacer ferias de singles, que no son lugares para conocer gente sino propuestas que lanzar a este grupo de personas. Poco a poco, empieza a ver en nosotros el filón que siempre hemos sido.
Cuidadín, sociedades modernas: llega la invasión de los singles. ¡Por fin tetra-briks de medio litro!
Se calcula que en los próximos años la población de singles se va a duplicar. En algunos puntos de Europa ya alcanza el 30 por ciento. En España ya han empezado a hacer ferias de singles, que no son lugares para conocer gente sino propuestas que lanzar a este grupo de personas. Poco a poco, empieza a ver en nosotros el filón que siempre hemos sido.
Cuidadín, sociedades modernas: llega la invasión de los singles. ¡Por fin tetra-briks de medio litro!
Diario
Noviembre sigue su curso, y pronto acabará. Mi competición personal, que empezó con el NaNoWriMo el día uno, continuará en diciembre. Estoy muy lejos de las cincuenta mil palabras, y ni falta que me hace. Mi objetivo es otro; mi objetivo es sentarme frene al ordenador y escribir lo más cercano a mil palabras al día que pueda darme mi agotado cerebro al final de la jornada. Unos días son quinientas, otros dos mil quinientas; otros días, como ayer, ni lo intento. Algunos días estoy muy contenta con lo que he escrito, otros no tanto. En líneas generales, creo que he acertado con el tema y que puedo haber encontrado una voz que encaja conmigo. Eso en los días buenos, claro, porque cuando una no está a lo que tiene que estar, lo que sale en pantalla es un churro de feria (hmm, qué ricos). Pero el objetivo no es que salga un primer borrador perfecto, sino que salga algo con lo que pueda trabajar más tarde. Aún no he visto barbaridades incorregibles -aún- y he encontrado un montón de aspectos que se pueden mejorar (y lo mejor es que sé cómo), pero no me voy a poner a ello antes de poner el punto y final (provisional) porque si no, sé que nunca acabaré.
Conozco a mucha gente que escribe. Hoy en día, parece que todo el mundo tiene un libro en la mesita de noche, como dice Doris Lessing. Eso es lo que me hace pensar que escribir no es tan especial, que cualquiera puede hacerlo. Mal o bien, es algo que todo el que me rodea es capaz de hacer. ¿Quién me dice a mí que yo soy especial? ¿Con qué ínfulas puedo ir por la vida diciendo que soy aspirante a escritora, cuando quien más o quien menos tiene un diario más o menos novelado? Son ese tipo de cosas las que hacen que me plantee que probablemente esté perdiendo el tiempo. Es lo que me hace pensar que para qué esforzarme, cuando debe haber millones ahí fuera que escriben mucho mejor que yo.
Pero aunque quiera dejarlo, no puedo. Es mi forma de desahogarme. Me entretiene más que cualquier Gran Hermano o entrevista a Julián Muñoz. Me digo, "voy a escribir sólo para mí, no importa que nadie lo lea jamás", pero sé que es mentira y que necesito la aprobación de otros. Así que empiezo de nuevo una novela, o un cuento que quizás vaya a un concurso en el que nadie lo lea, o escribo en esta pantalla en la que tenéis a bien fisgar de cuando en cuando... Y luego vuelvo a caer, y mis dudas vuelven a resurgir, y vuelve a aparecer alguien más joven, más hábil, más guapo, mejor dotado y, sobre todo, mejor escritor de lo que yo soy o seré jamás...
Conozco a mucha gente que escribe. Hoy en día, parece que todo el mundo tiene un libro en la mesita de noche, como dice Doris Lessing. Eso es lo que me hace pensar que escribir no es tan especial, que cualquiera puede hacerlo. Mal o bien, es algo que todo el que me rodea es capaz de hacer. ¿Quién me dice a mí que yo soy especial? ¿Con qué ínfulas puedo ir por la vida diciendo que soy aspirante a escritora, cuando quien más o quien menos tiene un diario más o menos novelado? Son ese tipo de cosas las que hacen que me plantee que probablemente esté perdiendo el tiempo. Es lo que me hace pensar que para qué esforzarme, cuando debe haber millones ahí fuera que escriben mucho mejor que yo.
Pero aunque quiera dejarlo, no puedo. Es mi forma de desahogarme. Me entretiene más que cualquier Gran Hermano o entrevista a Julián Muñoz. Me digo, "voy a escribir sólo para mí, no importa que nadie lo lea jamás", pero sé que es mentira y que necesito la aprobación de otros. Así que empiezo de nuevo una novela, o un cuento que quizás vaya a un concurso en el que nadie lo lea, o escribo en esta pantalla en la que tenéis a bien fisgar de cuando en cuando... Y luego vuelvo a caer, y mis dudas vuelven a resurgir, y vuelve a aparecer alguien más joven, más hábil, más guapo, mejor dotado y, sobre todo, mejor escritor de lo que yo soy o seré jamás...
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