Primer procesador de textos



Esto que veis aquí, que podría parecer un abanico un tanto extraño, es en realidad el primer procesador de textos de la historia, el que usaba, entre otros y otras, Jane Austen. El papel era caro y no podían permitirse el lujo de hacer un borrador para luego tirarlo a la basura, así que utilizaban estas tablas de marfil para organizar sus párrafos. Un párrafo, o una frase, en cada tablilla, y luego movían la tablilla a voluntad para ver dónde encajaba mejor en la historia. Cuando tenían claro cómo debía quedar, cuando habían hecho todas las correcciones que necesitaban, lo pasaban a papel, borraban las tablillas -con el dedo si era a lápiz, con un paño húmedo si era tinta- y vuelta a empezar. Ahora que me estoy leyendo Pride and Prejudice me pregunto si la breve extensión de los capítulos se debía a que a Austen se le acababa el espacio en las tablillas a la hora de escribir los capítulos. Cada vez estoy más convencida de que debe ser por eso.

Ahora lo tenemos todo. Tenemos unos ordenadores que nos alinean las palabras a gusto del consumidor, que lo guardan todo automáticamente, que nos permiten borrar, o imprimir, o incluir frases a medio folio. Antes no. Antes escribir era un arte, pero un arte afanoso, en el que quien quería escribir tenía que fabricarse hasta sus propias plumas, escribir a mano con mimo, sin tachones, sin borrones, con letra clara para que luego el editor fuera capaz de entenderla al pasarlo todo a la imprenta. Si lo pienso, me parece poco menos que un milagro que Cervantes escribiera El Quijote, o Rojas La Celestina. Si hoy en día hace falta pasión y constancia para sentarse ante el ordenador e intentar hilar dos frases con sentido, ¿qué se necesitaría entonces? ¿De qué pasta estaban hechos los grandes autores clásicos? Si hoy en día nos cuesta más de un año escribir una novela, ¿cuánto les costaría a ellos? Cuanto más lo pienso, más me maravillo.

Me pregunto si todavía quedan artistas como los de antes. Me pregunto.

Happy birthday, Mr. Rickman


De perfecto gentleman inglés.


De malo, malote.


De bellísimo ser humano.


De ñoño, ñoñísimo y hasta un poco cargante.


De cabrón encantador que consigue hacerse perdonar.


De personaje histórico.

Pero es que, claro, 63 años dan para esto y mucho más...

/k/ no es /g/

El sonido /k/ en inglés es un sonido sordo, velar y plosivo. El sonido /g/, sin embargo, es sonoro, aunque el resto de sus características sean iguales. Os daréis cuenta de que no es lo mismo decir "gato" que "cato"; a nuestros oídos, la diferencia es obvia.

Entonces, ¿por qué, oh, por qué, llega gente a este blog buscando a Alan RIGMAN? ¿Tan difícil es escribir bien su nombre? Hasta entendería que se confundieran o se les escapara el dedo y escribieran Ricman, o Rickman, aunque Riqman ya me parece un poco demasiado, ¿pero Rigman? Ya sé que que su nombre completo, Alan Sidney Patrick Rickman (y fijaos que he escrito Patrick, y no Patrig), no es algo del dominio público, pero algo tan sencillo como Rickman...

Un respeto, hombre, que con ciertos temas no se juega. Y con las cosas de comer (ñam, ñam) tampoco.

Febrero

Hoy M. coloreaba un dibujo y yo trataba de explicarle que debía pintar las hojas de los árboles de verde. "¿De qué color es esto, M.?", le decía, señalándole la página que tenía delante. "Azul. Amarillo. Naranja". "No, M., no, los árboles son... ¿De qué color son las hojas de los árboles? Mira, mira por la vent..."

Y entonces he visto las ramas desnudas de los árboles que pueblan el patio y, aunque el día era brillante y soleado y la clase estaba caldeada, he sentido un frío inmenso de repente, un frío de esos que no tienes muy claro de dónde ha venido pero que da la sensación de que lleva ahí mucho tiempo.

Qué largo se me está haciendo este mes, coño. Y lo que me queda.

Vuelta a la normalidad

Es curioso el vuelco que da tu vida cuando te acostumbras a hacer algo y de repente lo acabas. Estás satisfecha con el resultado, sí, y ya no hay más que hacer, pero de repente en tu día quedan un montón de horas por llenar y no consigues recordar qué hacías antes de embarcarte en tu proyecto. ¿Existía la vida antes del proyecto? ¿Era yo la misma que soy ahora o he evolucionado en el camino?

Es el momento de plantearse una nueva etapa. Se cierra una carpeta, objetivo cumplido, y ahora hay que buscar cosas nuevas. Metas nuevas. Yo, la experta en ponerse metas, podría llenar hojas y hojas de buenos propósitos, pero el problema, como siempre, es el tiempo. Tanto que hacer y tan pocas horas libres al día. Sigo pensando que si fuera millonaria aprovecharía mis horas de asueto mejor que nadie. Qué gran rica con ideas se ha perdido el mundo.

Los exámenes bien, gracias (al menos aquellos que contenían preguntas que entraban en el temario). Ahora vuelve la rutina, que tras la rutina del estudio será bienvenida. Hay que trabajar.

Bajo presión

Es curioso, y ridículo y cabreante a la vez, que cuanto más ocupada estoy más cosas me apetece hacer. Justo cuando no puedo, justo cuando necesito mantener la concentración, hay un millón de distracciones que me invaden y me animan a unirme a ellas, tratando de hacerme olvidar todo lo que me he prometido que voy a lograr. ¿Y si adapto una obrilla de teatro para trabajar con los críos? ¿Y si reviso ese cuento que tengo guardado y lo mando al concurso que acabo de encontrar? ¿Y si ordeno la casa, que ya va siendo hora?

Pero no. No, porque cuando me matriculé me hice la firme promesa de que haría todo lo posible por sacarme la carrera en el menor tiempo posible (y aún así será mucho tiempo). Lo hago por placer, y sé que nunca debo perder la perspectiva de que no necesito una licenciatura, pero ya que estoy en ello me gustaría llegar hasta el final. Y sé que es mi mente, mi tremendamente voluble mente, la que me juega malas pasadas y me incita a pegarme al ordenador y escribir cuatro chorradas en lugar de sentarme con los formalistas rusos y ver qué tenía Aristóteles que decir sobre ellos (o viceversa, porque a estas alturas solo sé que no sé nada). Es la misma mente que siempre me dice que no soy lo suficientemente buena escribiendo, la que empieza una novela con ganas y luego la deja a la mitad, la que no tiene constancia más que para reprocharme las cosas que no hago bien.

Y me niego. Esta vez voy a ganar yo. Voy a apuntar todas las cosas que podría estar haciendo en lugar de estudiar y a atacarlas el mismo viernes, cuando ponga el punto y final al examen de fonética. Entonces seguro que mi mente entrará en modo descanso (también llamado "ahora para qué, ya puedes hacer el vago todo lo que te dé la gana") y toda mi energía me abandonará, pero confío en que algo quede que me permita hacer por lo menos la mitad de las cosas que me apetece hacer ahora mismo. El viernes. El viernes empiezo a vivir otra vez.

Pero hasta entonces, nada. Hasta entonces:

Llaves



Son sólo tres llaves, ¿por qué nunca aciertas?

Una es pequeña, y la sabes del buzón. La del portal y la de la puerta de arriba son tan distintas como una gota de agua y un copo de nieve, no deberías confundirlas. Y aún así insistes, y te confundes, y te esfuerzas en abrir el buzón con una llave de puerta blindada, y el portal con la del buzón, y la de arriba la dejas por imposible y te limitas a llamar al timbre. Llaves. Sólo tres llaves.

Son sólo tres llaves, ¿por qué nunca aciertas?

Me duelen los ojos

Y no, no es de estudiar, o no sólo. Ojalá fuera sólo por eso.

Como muchos de los que os pasáis por aquí sabréis, aparte de ser profesora de primaria a tiempo completo estudio filología inglesa por la UNED. Esto significa que no voy a clase, sino que, cuando llego a casa después de un día entero explicando divisiones con decimales y las desinencias del verbo, abro mis libros y estudio materia completamente nueva para mí. Me encanta estudiar por mi cuenta, no me hace falta un profesor, el método a distancia me va que ni al pelo. Si tengo dudas, puedo llamar a mi tutor presencial en Vitoria (dos días a la semana, dos horas cada día) o, más sencillo todavía, puedo exponerlas en un foro de Internet. Normalmente echo mano de esta segunda opción. Hasta ahora, todo me ha ido de perlas.

Eso sí, de tanto leer mensajes de universitarios con canas, me duelen los ojos. Estoy hasta las mismísimas narices de leer cosas como "escojí", "xfaaaaaa¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡", "x k n m da tienpo" o bellezas similares. Estoy en un segundo de carrera en una universidad a la que no acude gente recién salida del instituto (¿cuál será la media de los alumnos de la UNED? ¿25? ¿30?), así que lo de "el nivel cada día es más bajo" no me vale. Son universitarios, ¡universitarios!, que escriben "nose lo que entra n l exámen" y que protestan cuando los profesores del foro les llaman la atención por las faltas de expresión, o se quejan porque les han suspendido el examen de lengua española por la ortografía.

Me duelen los ojos. Me duele el corazón. Me duele pensar que los que me rodean son precisamente la élite de la sociedad. Me duele no tener agallas para escudarme en el relativo anonimato que me concede el foro (aparece mi nombre, pero nadie me conoce) y decirles a los que utilizan las mayúsculas todo el rato que me están gritando, o pedirles que no usen más de cinco signos de exclamación en una frase (porque decirles que se limiten a uno, o ninguno, sería superior a sus fuerzas), o rogarles (de rodillas y con las manos juntas) que revisen la ortografía de sus mensajes y no vuelvan a escribir trabajo con uve.

Que me duele todo ya, hombre. A quinto de primaria los mandaba a todos echando leches.

Unleserlich

Yo debía ser una enana, porque recuerdo a mi tío enorme y hoy en día es sólo un poco más alto que yo. No sé por qué le acompañé, debió ser uno de esos días en los que quiso actuar de padrino y me llevó con él a hacer algún papeleo y a fardar de sobrina, porque aquí donde me veis yo era muy mona y muy formal. Por aquel entonces le tenía por erudito, por un hombre sabio que sabía un poco de todo y era capaz de tener conversaciones interesantísimas sobre cualquier tema. Luego me enteré de que eso se debía a que había empezado tres o cuatro carreras (todas de letras, o de humanidades, que se diría ahora) aunque nunca había conseguido terminar ninguna. Personalmente creo que es un filósofo frustrado.

La señorita de la ventanilla le pidió que firmara un papel. Él cogió el bolígrafo y le preguntó si la firma tenía que ser inteligible. Ella dijo que no importaba, y él firmó con su garabato de siempre. Y en ese momento yo aprendí que inteligible e ilegible no eran sinónimos, como yo creía, sino que significaban justamente lo contrario. De ahí lo de ininteligible, me dije. Es el único momento de mi vida que me recuerdo aprendiendo algo.

Hoy he visto la palabra unleserlich en alemán, ilegilbe, y me he acordado de mi tío. Curioso, como funciona el cerebro. Y curioso, también, que un momento de hace al menos 25 años esté tan grabado a fuego en mi memoria.

Edgar Allan Poe



Poe es uno de mis autores favoritos. Es una de esas personas que te hacen pensar que no vale la pena escribir nada, porque nada va a ser superior a lo que él escribió, para qué molestarse. Leer sus relatos significa sumergirse en un mundo paralelo a este, donde el terror por el terror y la belleza por la belleza toman el lugar del didactismo y la enseñanza. Poe no daba lecciones de moral, le importaba tres pepinos la moral. Poe buscaba la belleza, y vaya si la encontró.

Hoy se cumplen doscientos años del nacimiento de este genio de la literatura. Doscientos años nos separan del descubrimiento del género de terror, del detectivesco y de la pseudo ciencia ficción. Yo, para celebrarlo y hacerle mi pequeño homenaje, les he pasado una historia suya a los críos, "La Muerte Roja", la misma que me tocó leer el año pasado en la universidad y que consiguió ponerme los pelos de punta. Los críos han sido capaces de seguirla con mi ayuda y algunos han sentido el mismo toque de pánico que sentí yo al leerla (a otros les ha parecido poco gore, querían más). No hace falta ser licenciado en literatura inglesa para apreciar una obra de arte, siempre y cuando se te ofrezcan muletas. He estado buscando el capítulo de Los Simpson en el que aparece la lectura de El Cuervo, pero soy incapaz de encontrarlo. Lo dejaremos para el año que viene.

Me encanta Poe. Me encanta mi clase. Me encanta mi trabajo en aniversarios señalados como este.

En silencio, pero sigo

Empiezan los exámenes. Ya ha caído el primero, aunque poco tiene que ver con la licenciatura. Si estudio no escribo, y si escribo no estudio; opto por estudiar, por tanto me veréis muy poco por aquí. Basta que escriba esto para que me dé la inspiración y me ponga a escribir entradas como una loca. Lo dudo; la inspiración no falta, pero el tiempo es escaso.
Os sigo leyendo. Sigo ahí, pero muda. Pero sigo.

Iñigo

El mejor amigo de Iñigo S. es Iñigo N. Son inseparables, amiguísimos desde los dos años, una pareja de hecho, uña y carne, pan y mantequilla; íntimos, vaya. Ayer, cuando bajaban a clase de música, uno le dice al otro:
-¿Sabes cuál es mi palabra favorita?
-¿Fútbol?
-No. Iñigo.

Qué pena que cuando sean mayores ya no se acordarán.

Ya me estresaré mañana

La semana que viene tengo un examen que, de aprobarlo, significaría un título de traductora de inglés a castellano que me hace mucha ilusión tener. Los exámenes de la licenciatura se ven mucho más cerca desde este lado de las fiestas navideñas y aún no he terminado con el temario en todas las asignaturas. La casa necesita una limpieza a fondo, desinfección incluida. He vuelto al trabajo. Los niños han venido cargados de energía. Han empezado las rebajas.

Yo, por supuesto, me he ido de tiendas. Ya me estresaré mañana, me he dicho.

Pero no, me he estresado hoy.

Debería haberme dado cuenta hace mucho tiempo, y supongo que a nivel subconsciente ya lo sabía, pero no me gusta ir a comprar ropa. Sí, ya sé que soy un bicho raro -en tantas y tantas cosas-, pero no lo disfruto, menos aún cuando hace frío y no te apetece nada desnudarte en un cuartucho de un metro cuadrado en el que la cortina no te tapa del todo. Me gustaba ir de compras en California, pero ahí había menos factores a tener en cuenta a la hora de comprar: ganaba más dinero y no pagaba una hipoteca, así que el precio no era tan importante como lo es ahora; mi talla 42, que aquí equivale a la de una embarazada de ocho meses a juzgar por las únicas prendas que me entran, era de las más pequeñas allí; y no solo eso, aunque la talla fuera pequeña los diseñadores entendían que la mayoría de las mujeres lucen lorza fofa a la altura de la cinturilla y hacían la ropa acorde a los cuerpos de las mujeres, no al revés. Aquí no consigo encontrar nada que me guste (y que me pueda permitir, debería añadir) y termino estresada, con complejo de gorda, recordando el dineral que pago por mi casa y deseando haberme quedado estudiando, que ya es decir.

Así que hoy mi estrés se llama "mierda, no me he comprado nada y necesito un fondo nuevo de armario urgentemente porque la ropa que tengo ya está desgastada de tanto usarla"; el de mañana será "joder, tengo que terminar el esquema de este tema para poder repasar el vocabulario de alemán y mecagüen la profa que no me manda las redacciones corregidas". Pero eso será mañana, porque hoy pienso sentarme a ver Las Vegas con un té con limón en la mano y la manta sobre las rodillas, y meditaré tranquilamente sobre mi horario intensivo de estudio que me va a impedir escribir, pensar en nada que no sea la materia de estudio o hacer cualquier actividad que requiera mover el culo de la silla.

Señor, qué ganas de que llegue el 13 de febrero ya, leches.

Toy malita

Veo nevar desde el sofá, con la manta tapándome hasta las orejas y el gato ronroneándome en la barriga, como si cantara un mantra que me va a sanar. Los Reyes Majos no me han traído nada, pero el Olentzero se portó bien y no soy egoísta, con uno me vale, llevo todas las fiestas disfrutando de mis regalos. Mañana empiezan las clases y yo voy a ir con los restos de una gastroenteritis galopante a trabajar, ahí, como buena maestra no funcionaria que no quiere enmarronar a sus compañeras con más trabajo. Lo peor ya ha pasado, capearemos el temporal (estomacal; el de afuera también, faltaría más). Las tripas me rugen, pero no es hambre. De vez en cuando salgo corriendo al baño, cada vez menos. Pienso en madrugar mañana y me pongo peor.

Toy malita. Y me gusta quejarme.

It's okay to be different


No sé por qué, pero estas fiestas me estoy acordando de este libro un montón. Es mi libro infantil favorito, con unas ilustraciones preciosas y un mensaje todavía más estupendo: está bien ser diferente. Entre las bellezas que se pueden encontrar, un par de páginas dedicadas a que está bien tener más de una mamá o más de un papá (recordemos que este libro es americano, y por tanto se refiere a padres divorciados que vuelven a casarse, pero se les puede explicar de otra manera a los críos), o que está bien tener amigos invisibles, o pasar vergüenza, o comer espagueti en la bañera.

Pero no tiene las hojas que yo necesito. Yo necesito un libro que me diga que "it's okay to wish for a different family" urgentemente. A poder ser, ya mismo.

Último día del año

Hoy se acaba el año, que ya era hora. Mandamos a la mierda al año que pasará a la historia por ser el último año de Bush y el primero de Obama, por ser el año en que mi padre cayó enfermo, porque murió Paul Newman y porque Raphael lleva 50 años en el escenario. No voy a echar de menos al 2008.

He decidido que este año no tengo propósitos nuevos, que me limitaré a cumplir los viejos que decidí a mitad del 2008, no en Nochevieja. Sólo le pido dos cosas al 2009: salud, porque sin ella cualquier propósito se va al garete (y el pedido se hace extensible a mis seres queridos y a todo el que me lea), y constancia, que es lo que me hace falta para llegar a todos los sitios a los que quiero llegar. Creo que con estos dos elementos me basto y me sobro para cumplir con todo lo que la vida me eche encima, haya o no crisis.

A los demás, sólo os deseo que vuestros sueños se cumplan (no necesariamente este año que entra, sino en el futuro cercano o a medio plazo) y que la salud os acompañe allá donde vayáis. Nos veremos el año que viene con nuevos logros, nuevos fracasos y nuevas alegrías, un poco de todo porque un año da para mucho. Que seáis felices, con o sin gordo de El Niño, y que no desaprovechéis ni el segundo extra que tendrá el último minuto del año.

Londres


Queridos y queridas visitantes, aquí la menda se va a visitar el Big Ben y a sacarse fotos con los autobuses de dos pisos, así que de aquí al treinta de diciembre no os leeré ni podréis leer nada nuevo por estos lares. Pasadlo bien, digerid bien las cenas varias y que os sean leves las fiestas. Yo estaré practicando el nuevo acento RP que tan encarecidamente me piden en la carrera y que tan poco se parece a mi General American (para una vez que tengo acento, no vale).

Recomendación

Cada vez que leo a este hombre, me digo a mí misma que tengo que hacer una entrada sobre él, pero siempre me enrollo con otras cosas y al final nunca llego a mi blog. Si os gusta la escritura y tenéis un buen nivel de inglés, os recomiendo a este hombre, J.A. Konrath, un escritor relativamente desconocido que se va abriendo paso en el mundo del thriller y que no duda en echar una mano a los demás explicando en su blog todo lo que hace y lo que le funciona para vender libros siendo un novel en el mundillo editorial. Todo aliñado con humor y estupendos consejos que inspiran y te provocan unas tremendas ganas de escribir. Completamente recomendable.

(Por cierto, feliz Navidad a todos.)

Vacaciones

Soy rara, lo admito. La gente suele dedicarse a dormir y descansar cuando está de vacaciones. Yo madrugo. No tanto como cuando tengo que ir a trabajar, pero pongo el despertador y me animo a levantarme a una hora que más de uno consideraría intempestiva cuando estás de vacaciones. No me gusta desaprovechar el tiempo libre. Dormir es agradable, sí, pero me entra cargo de conciencia si sólo me dedico a eso.

Me gusta escribir por las mañanas. Me imagino a mí misma viviendo de ello y levantándome para cumplir mis obligaciones de escritora, con un café flojito al lado y el gato sobre el regazo. Tecleo y por un momento pienso que sólo existe eso, sólo existe mi mundo imaginario, el café, el gato y yo. Imagino que es lo que paga las facturas, que es lo que me mantiene, que es lo único que hago, y que lo único que me exige es que me levante a mi hora y le dedique un poco de mi tiempo. Por la tarde no es lo mismo; la tarde es para los estudios, o para ver una película en la tele, o para leer, o para hacer el vago ante el ordenador. Pero las mañanas son sagradas. Las mañanas de los días de fiesta son las horas más productivas de mi semana.

Me gusta madrugar los días de fiesta.

Estoy para que me encierren.

Sábado

Sábado, no llueve (para variar), estoy agotada, tengo agujetas, me duele el culo por haberme caído en la pista de patinaje. Quiero escribir un post, pero borro todo lo que escribo porque todo es demasiado personal, demasiado irrelevante. Tengo que estudiar y no me apetece. Debería limpiar la casa y no me apetece. Tengo que ir de compras y no me apetece. No estoy deprimida, ni de bajón, ni nada por el estilo, simplemente estoy cansada tras un trimestre de cuatro meses. Sí, ya parecemos estadounidenses, donde las docenas de donuts son de catorce. Allí todo más, todo más.

Al menos para escribir sí tengo ganas. El Monstruo duerme el sueño de los injustos y yo me valgo y me sobro para cortar y pegar lo que haga falta, sin que el bicho quiera comérselo todo. Por hoy ya he hecho bastante. Ahora, a estudiar. O a limpiar. O a jugar un rato en algún juego chorra en internet.

A descansar.