La voz
Durante toda mi vida adulta he buscado una voz literaria con la que me sintiera cómoda. He dado por sentado que yo no tenía voz propia, que debía formarla y educarla, y tratar de crear una voz grandiosa, válida para contar historias épicas. La novela cuyo primer borrador terminé el año pasado era uno de esos proyectos épicos que no quería afrontar porque todavía no había encontrado mi voz. Era una historia contada en masculino, desde el punto de vista de varios hombres, en los que las mujeres solo aparecían a través de los ojos de los hombres. Tenía que ser así porque así lo marcaba la historia, pero ese fue mi primer error. No puedo contar una historia a través de ojos masculinos, porque no soy hombre. Y sí, se puede hacer, por supuesto que se puede, pero creo que es mucho más difícil y es más fácil aprender a gatear que a correr maratones. Así que, después de entregarme en cuerpo y alma a terminar el borrador, releerlo y odiarlo de principio a fin, decidí jugar un poco con algo más "sencillo".
Y me puse a escribir algo que entraría en la categoría de chic lit y que durante meses he tenido aparcado porque "yo valgo más que eso, por dios, qué vergüenza, si alguien supiera...". Ya sabéis el tipo de historia: treintañera soltera, con un trabajo estupendo pero muy exigente, que se ve envuelta en un proyecto que incluye a... -puntos suspensivos porque es un personaje famoso y no quiero desvelar más-. No hay historias de faldas, no hay lío romántico, pero sí se habla de tacones, y de maquillaje, y de problemas para entenderse en un entorno no familiar, y de complicaciones entre amigas, y de cosas de las que una mujer se da cuenta pero un hombre no. Escribí algo más de veinte páginas en abril y no he vuelto a tocarlo hasta esta mañana, cuando lo he releído. ¿Y sabéis qué? Me he encontrado. Me he reído. Me he imaginado todas las situaciones que describo sin recordar siquiera que las había escrito yo. Me he visto en las palabras, en las frases. He encontrado mi voz.
Y quizás no valga dos duros, ni me permita reescribir la novela que quiero arreglar -porque sí, me gusta mucho la idea original que tuve, pero es tan difícil...-, pero al menos me permite arrancar de un parón muy largo. Hoy he escrito más de mil palabras que espero no volver a releer en un mes, porque necesito la perspectiva que da el tiempo. Me he encontrado a gusto, lo he disfrutado, he desenquilosado los músculos -cerebrales y manuales- que llevaban enquistados varios meses. Y supongo que de eso se trata. Porque, pase lo que pase, si escribo tiene que ser para divertirme, para leerlo yo y que me guste, y luego ya vendrán los demás. Pero si no soy sincera conmigo misma, nadie me creerá nunca. Y la voz, a la hora de escribir, es lo que marca a una escritora. Y si no, que se lo pregunten a Virginia Woolf.
Lo que me hace feliz
Promesas
Prometo intentar cubrir temas que os puedan interesar, pero sobre todo prometo que me interesarán a mí.
Prometo hacer todo lo que me he prometido hacer estas últimas semanas y no he hecho por la excusa de estudiar.
Prometo retomar la novela que dejé acabada en formato borrador y tratar de arreglar algo.
Prometo hacer de la escritura parte de mi rutina diaria.
Prometo no obsesionarme con nada hasta el punto de abandonar todo lo demás.
Lo prometo. Y en vuestras manos queda llamarme al orden si no lo cumplo.
(Os dejo con una canción de esas de cantar en la ducha, que me ha acompañado esta semana.)
Debilidad
Lo admito.
Soy débil.
Tengo personalidad adictiva.
Cuando era adolescente, me dio por el baloncesto. Unos años más tarde, por Harry Potter.
(Sí, el mundo al revés, lo sé.)
Ahora me da por otras cosas. Pero no un poquito, sino mucho.
No puedo dejar las cosas a medias. Tengo que acabarlas. Sea un libro, una serie, o una colcha.
(Fíjate tú, que puedo dejar de escribir a la mitad de una novela. Eso, maldita sea, es lo único que puedo dejar a medias.)
Mañana por la mañana, me levantaré a las seis de la mañana. Dormida y con un café en la mano, encenderé el televisor. Y luego me iré a estudiar y a hacer un examen.
Estoy perdida.
Están Perdidos.
Desvaríos varios de un viernes tardío.
W.H. Auden
Estaba yo buscando algo más de información sobre W.H. Auden, a quien me tengo que estudiar para el examen del día veintisiete, cuando me he encontrado con un vídeo de Youtube. Y hete aquí que, sin quererlo, me han resuelto una duda que hubiera resuelto de haber escuchado atentamente la película, pero que me ha hecho más ilusión encontrar así: el autor del poema que leen en el funeral de Cuatro bodas y un funeral, que siempre me ha encantado y nunca me había molestado en buscar.
Lo peor ha sido que, salvando las distancias (dado que es un poema romántico), ha reflejado muy bien lo que sentí el día que murió mi padre y se me ha hecho un agujero en la boca del estómago. Qué tendrá la pena que tiene que empeorar antes de mejorar.
STOP ALL THE CLOCKS
Stop all the clocks, cut off the telephone,
Prevent the dog from barking with the juicy bone.
Silence the pianos and, with muffled drum,
Bring out the coffin. Let the mourners come.
Let aeroplanes circle moaning overhead
Scribbling in the sky the message: “He is dead!”
Put crepe bows around the white necks of the public doves.
Let the traffic policemen wear black cotton gloves.
He was my north, my south, my east and west,
My working week and Sunday rest,
My noon, my midnight, my talk, my song.
I thought that love would last forever; I was wrong.
The stars are not wanted now; put out every one.
Pack up the moon and dismantle the sun.
Pour away the ocean and sweep up the wood.
For nothing now can come to any good.
No es país para zurdos.
Estas semanas he distinguido dos tipos de zurdos, y ya digo que no dispongo de datos empíricos, sino de simples impresiones. Los primeros son los niños con problemas escolares. En una determinada clase, todos los alumnos y alumnas con serios problemas son zurdos. No estoy diciendo que sean más cortos que los demás -nunca, jamás se oirá de mi boca semejante barbaridad-, pero es bien sabido que la mano que utilizamos para escribir -y usar las tijeras, que no veáis lo difícil que es para un zurdo de seis años cortar con tijeras de diestro- tiene efecto sobre un hemisferio cerebral concreto: la mano derecha sobre el izquierdo, la izquierda sobre el derecho. El hemisferio izquierdo es el del lenguaje, las matemáticas, las reglas en general. El derecho, el del arte, la creatividad, la imaginación. La música y la literatura surgen de una mezcla de ambos. ¿No sería posible que la escuela estuviera enfocada a las características del hemisferio izquierdo y dejara de lado las del derecho? Estos niños y niñas son hiperactivos y tienen un serio déficit de atención. También tienen compañeros diestros con estos problemas, pero los zurdos son mayoría. Repito, me baso en la observación no científica de una profesora con doscientos y pico alumnos, no tengo datos empíricos.
El otro grupo de zurdos es justo lo contrario. Metódicos, perfeccionistas, tienen la mejor letra de toda la clase, buenos dibujantes, formales, obedientes... Obviamente, estos me desestabilizan la teoría. No sé cuál de los dos grupos es el "normal", aunque en la ikastola se dan más de los del primer grupo que de los del segundo. Me ha parecido curioso.
¿Algún zurdo/a por ahí que quiera compartir experiencias? ¿A que no he acertado en nada?
Cuando otros lo dicen mejor que tú.
Necesidad de ficción
Me he enganchado a una serie de la que no puedo ver sólo un episodio y meterme a la cama (Flashforward, ríete tú de Perdidos, que también sigo). Y me he leído dos libros en una semana. Dos libros gordos, de los que no puedes llevar en el bolso porque pesan. En una semana. Una. Semana. También es cierto que estaba de vacaciones, pero eso no es excusa. Y no leo rápido. Es más, creo que soy bastante lenta (pero mi comprensión es perfecta, ¡ja!).
Y creo que sé por qué es. Necesito ficción a mi alrededor. Mi vida es demasiado anodina, demasiado rutinaria para llenar mi mente. Si me pasaran cosas excitantes todos los días (si trabajara en la NASA, vaya, o en el FBI, porque ya me dirás tú quién tiene movimiento todos los días), me encantaría llegar a casa y ponerme a leer un montón de datos sobre lexicografía y la confección de diccionarios. Si viviera al máximo mi tiempo, buscaría un remanso de paz en los libros. Pero, como mi vida es lo más soso que se ha descrito jamás, lo que busco es acción. En los libros, en la televisión, hasta en los periódicos. Vida. Otra que no sea la mía.
Ahora estoy con la biografía de Stephen Fry. Después llegará alguna novela negra, o quizás algo de chic lit para descansar la mente. Me esperan Paul Auster y una larga lista de clásicos que ahora no tengo cuerpo para leer. Luego... Luego llegará el verano, y las excursiones a la librería serán diarias. Que me conozco. Qué miedo me doy.
Dicen que leer es bueno y todo eso, pero creo que todo en exceso es malo. No sé cómo se mide el exceso, no sé cuántos libros representan haber leído "demasiado". Supongo que cuando dejas de hacer otras cosas para leer, es que se ha convertido en adicción. Yo todavía no he llegado a eso. Pero todo se andará.
Sensaciones o sexto sentido
Ridículo, creer que el universo me debe algo. Ridículo, creer que las cosas van a cambiar por arte de magia. No he hecho nada para merecerlo. Ni siquiera lo deseo. Bueno, eso igual sí. No sé. Quizás.
Joder, qué momento más extraño estoy pasando.
El retonno
Regreso a la rutina, al estudio, al trabajo, al gato.
Regreso a esa sensación de que yo pertenezco a otro lugar. Y a otro tiempo. Y a otro cuerpo.
Regreso, pero aún tengo la cabeza en las nubes. En lugar de refrescarme, este viaje me ha confundido más.
Pero estoy de vuelta. Al menos físicamente.
A vueltas con el runrún

Mi cabeza trabaja sin descanso (runrún, runrún, runrún), sopesando posibilidades, planeando pasos que dar. Tengo decisiones que tomar: seguir como hasta ahora o cambio radical. Tirarme a la piscina. Empezar de cero. Muchas cosas que hacer, mucho que pensar (runrún, runrún, runrún), ni siquiera duermo bien. No puedo echar la siesta y no es por el café, es porque tengo que decidirme. Sé que ya me he decidido, pero ahora, ¿qué? ¿Cuál es el siguiente paso? Mucho que hacer, poco tiempo, ¿saldrá bien? ¿Qué es lo peor que puede pasar? ¿Por qué siempre me pongo en lo peor? Mira que soy. Qué le vamos a hacer, esa soy yo.
Runrún, runrún, runrún, cerebro a toda máquina. Vacaciones. Cinco días en Londres para seguir pensando. Cinco días que sólo van a servir para convencerme aún más.
En Vitoria hay vida (va a ser que en Marte también)

Eduardo Mendoza dio ayer una charla en Vitoria, y por supuesto, hambrienta de eventos culturales que está una, allí que me fui con mi amiga Kina. No es que yo sea incondicional de Mendoza, ni mucho menos (nada comparable con Kina, que se ha leído todos sus libros); creo que me leí "El laberinto de las aceitunas" cuando vivía en King City y, aunque me gustó, no ha sido hasta varios años después que le he redescubierto con "El asombroso viaje de Pomponio Flato". Pero era Eduardo Mendoza, EDUARDO MENDOZA, en Vitoria, aquí, a cuatro pasos de casa, y tenía que ir. Tenía que ver a un escritor de verdad con mis propios ojos. Salí de casa con tanta prisa que hasta me dejé la cámara en casa, lo que al final creo que no importó porque no vi que nadie sacara fotos.
Y lo vi, vaya que si lo vi, y le oí, y le escuché, atentamente, como se debe escuchar a alguien que sabe y no sabe que sabe. Empezó advirtiéndonos de que no iba a hablar de literatura porque él no sabía nada de literatura, que iba a hablar de "su" literatura... para acto seguido colarnos nombres como Proust, o Samuel Beckett, o Jonathan Swift. Porque él, que nunca ha estudiado literatura de manera formal, ha aprendido literatura como se debe aprender: leyendo. Yendo al teatro. Disfrutando con las palabras en todas sus formas. Nada de escuchar lo que te cuentan otros, llega a tus propias conclusiones.
Nos habló de sus comienzos, de cómo aprendió a leer con cuatro años ("y luego ya no aprendí nada más"), de la memoria, de que lo mal observador que era ("como todos los escritores", dijo, y yo respiré aliviada porque entonces quizás tenga alguna esperanza), de sus años como intérprete en las Naciones Unidas, de que hay que saber lo justo sobre escritura, saber casi nada, pero lo poco que se sabe saberlo muy bien. "He visto a muchas personas con talento echarse a perder porque sabían demasiado sobre escritura". (Con esas palabras, algo en mi cerebro hizo "clic". Pero esa es materia para otro post, no es el momento.)
Lo que más impresionada me dejó fue su teoría sobre la utilidad de la literatura. "La literatura te enseña a sentir. No es cierto que la vida te lo enseñe, la vida te hace pasar por ello y punto, pero la literatura te lo enseña". Me dejó de piedra. Una verdad tan sencilla y tan difícil de alcanzar. Una definición que he estado buscando años. Y estaba delante de mis narices. Solo que yo no soy Eduardo Mendoza, ni hablo un porrón de idiomas, ni he leído a Proust. Ni tengo su talento, claro está.
Dijo muchas más cosas. Habló de que tiene muy pocos libros en casa, que se deshace de ellos, que los libros deberían ser objetos de usar y tirar, como los periódicos. Dijo que está impaciente porque el mercado de libros digitales emerja de una vez, que no saca fotos cuando va de viaje porque ya se encargará la memoria de guardar lo que necesite y borrar lo supérfluo. Habló de cajas de vino vacías llenas de libros, de guardamuebles en Nueva York llenos de libros, de los siete libros diarios que las editoriales le mandan por si alguno le gusta y le hace publicidad... Y las docenas de personas que abarrotábamos la sala escuchábamos, en silencio, riendo de vez en cuando, sin que sonara un solo móvil en la hora y media que estuvimos allí reunidos.
Al final de la charla, varias personas se acercaron a que les firmara un libro. Yo me había traído el mío, pero estaba tan impresionada con sus palabras y su presencia que no me apetecía quedarme el cuarto de hora que, por lo menos, tendría que esperar, para una firma. Como él bien dijo, no necesito "fotos" que recuerden este momento, porque no creo que lo olvide nunca. Aunque quizás ahora me arrepienta un poco porque me encantaría tener un libro dedicado de Eduardo Mendoza.
Estoy viva
Hasta entonces, os dejo con Die Printzen, para que os desintoxiquéis de tanta canción en inglés y sepáis que en algunos sitios, besar está prohibido (o eso dicen ellos). Cuidadme el chiringuito y quitad las malas hierbas que puedan salir si a mí se me escapan, please.
Confesión
-Buenos días, hija, pero se dice Ave María Purísima.
-Ah, bueno, perdón. Ave María Purísima. Hace mucho que no me confieso.
-¿Cuánto?
-Treinta y cuatro años.
-Coño... Perdón. Virgen santa. ¿Y qué te trae hasta aquí hoy, hija?
-Pues es que tenía algo en mente y me he dicho "tira para la iglesia, que sale más barato que el psicólogo". Y aquí estoy.
-¿Y qué es eso que tienes en mente, hija?
-Oiga, no irá a meterme mano, ¿verdad?
-No, hija, no, me gustan más jóvenes.
-Coño, padre, mire que es usted guarro.
-Era una broma.
-Sí, claro. Pues verá, padre, es que creo que soy adicta.
-¿Adicta? ¿A qué? Coca, hachís, heroína...
-No, nada de eso. A los libros, me temo.
-¿Perdón?
-Soy adicta a los libros.
-Pero eso no es una adicción. Eso es... bueno, diría yo.
-Leer es bueno, padre, comprar libros compulsivamente no.
-Entonces eres adicta a las compras, no a los libros.
-No. Soy adicta a los libros. Me gusta su tacto, su olor, me gusta que sean míos, me gusta que se queden en mi casa una vez que los he leído. Soy adicta a los libros.
-Sigo sin ver el problema.
-El problema, padre, es que tengo unos diez libros en casa por leer, pero llevo semanas luchando contra la necesidad imperiosa de atacar una librería y comprar todo lo que pille en edición de bolsillo (que no está la economía para bromas). Y lo peor no es eso...
-Vale, voy a picar. ¿Qué es lo peor?
-El tipo de libros que quiero comprar.
-¿Eróticos? ¿Pornográficos?
-Siempre pensando en lo mismo, ¿eh, padre? No, lo mío es más grave. Quiero comprar libros de Christopher Moore y Marian Keyes, o semejantes. Quiero comprar libros de encefalograma plano, de esos que puedes leer pensando en lo que vas a comer al día siguiente. Verá, yo es que soy un poco gafapasta, y este súbito arrebato supone un problema para mi reputación.
-¿Qué sueles leer normalmente? ¿Qué libros tienes ahora en casa?
-La trilogía de Nueva York, La soledad de los números primos, The Road, On the road, alguno de Dickens... Esos en inglés. Y luego tengo alguno de novela negra en castellano, y El diario de Ana Frank, y alguno más que ahora no recuerdo.
-Claro. Ese es tu problema.
-¿Cuál?
-Que el cuerpo te está pidiendo carbohidratos.
-Perdone, padre, pero estamos hablando de libros.
-Ya. Pero eres como una vegetariana estricta, que sólo lee lo que se supone que hay que leer. Te hace falta un poco de diversión, un buen trozo de pan con chocolate, un batido de fresas con nata. Aligera la cabeza, mujer.
-¿Qué diría James Joyce de todo esto?
-No lo sé, pero seguro que no le entenderíamos.
-También es verdad. O sea, ¿que lo mío no es pecado?
-No hay ningún mandamiento en contra de la gula literaria. Creo que estás a salvo del fuego del infierno.
-Bah, tampoco es que me importe mucho, porque yo soy atea.
-Jodía, digo... blasfema. Voy a empezar a cobrar por dar la confesión.
-Pues se iba a quedar usted solo, padre. ¿Ha visto cómo está la iglesia? Si hay eco.
-¿No habrás visto a ningún niño de ocho a once años por ahí?
-¡Padre!
-Es broma. Reza diez avemarías y un padre nuestro.
-Pero si me ha dicho que no era pecado...
-Perdona, hija, la costumbre. Puedes ir en paz.
Cosas que una recuerda
Es curioso lo que la mente recuerda, y por qué lo recuerda. Recuerdo la ronda que hicimos, y recuerdo lo atenta que yo estaba a las respuestas. Luis dijo que Aitor era su mejor amigo, y Aitor dijo Luis. Pero antes de eso, Andoni dijo Aitor y Unai dijo Luis, y a mí me dieron hasta pena, como quien ve a alguien intentando ligar con una que ya tiene novio. Luis y Aitor eran Pin y Pon, Zipi y Zape, Pepe Gotera y Otilio. A quién se le ocurre meterse en medio. Tenían que haberlo sabido.
Cuando llego mi turno, no dudé, dije Sonia sin mirar a nadie, pero nadie se extrañó, porque Sonia y yo éramos Pili y Mili, sal y pimienta, arroz con tomate. Pasaron varias personas más y le llegó el turno a Sonia, y me recuerdo pensando “por favor, que no diga Ainhoa, que no diga Ainhoa, que no diga Ainhoa”, en un ataque de celos injustificado porque Sonia dijo Ruth casi sin pensarlo, sin darle importancia, con un tono de “joder, vaya pregunta más tonta, si todo el mundo lo sabe ya”. Y yo me recuerdo dejando escapar el aire, respirando profundamente y sonriendo, porque nadie más había dicho Ruth pero sí había más gente que había dicho Sonia, pero Sonia había dicho Ruth. Y lo demás no importaba. Ni siquiera recuerdo si alguien dijo Nagore, con el asco que le tenía yo a esa chavala, pero sé que Nagore dijo Nélida, porque era muy guapa y les gustaba a todos los chicos (Nélida, no Nagore). No sé qué dijo Ainhoa. No sé qué dijo Maider. Yo estaba demasiado preocupada con lo mío.
Qué cosas vienen a la mente de vez en cuando. Qué cosas.
28 de marzo de 1941

Un día como hoy, hace 69 años, Virginia Woolf se llenó los bolsillos de su ropa de piedras y se ahogó en el río que pasaba cerca de su casa, en Sussex. Sus restos se encontraron semanas más tarde, el 21 de abril, y sus cenizas se esparcieron en el jardín de su casa. Virginia dejó una nota para su marido que incluyo en inglés, con mi torpe traducción debajo:
Dearest, I feel certain I am going mad again. I feel we can't go through another of those terrible times. And I shan't recover this time. I begin to hear voices, and I can't concentrate. So I am doing what seems the best thing to do. You have given me the greatest possible happiness. You have been in every way all that anyone could be. I don't think two people could have been happier till this terrible disease came. I can't fight any longer. I know that I am spoiling your life, that without me you could work. And you will I know. You see I can't even write this properly. I can't read. What I want to say is I owe all the happiness of my life to you. You have been entirely patient with me and incredibly good. I want to say that - everybody knows it. If anybody could have saved me it would have been you. Everything has gone from me but the certainty of your goodness. I can't go on spoiling your life any longer.I don't think two people could have been happier than we have been.
V.'
Querido:Estoy segura de que me estoy volviendo loca otra vez. Siento que no podemos volver a pasar por uno de esos terribles momentos. Y no me recuperaré esta vez. Empiezo a oír voces, y no me puedo concentrar. Así que hago lo que creo que es mejor. Me has dado la mayor felicidad posible. Has sido en todos los aspectos más de lo que nadie podría haber sido. No creo que dos personas pudieran haber sido más felices hasta que llegó esta terrible enfermedad. No puedo luchar más. Sé que estoy arruinando tu vida, que sin mí podrías trabajar. Y lo harás, lo sé. Ves, ni siquiera puedo escribir esto bien. No puedo leer. Lo que quiero decir es que te debo toda la felicidad de mi vida. Has sido absolutamente paciente conmigo e increíblemente bueno. Quiero decir que todo el mundo lo sabe. Si alguien pudiera haberme salvado, habrías sido tú. Todo se ha ido de mí, menos la certeza de tu bondad. No puedo seguir arruinando tu vida por más tiempo.
No creo que dos personas pudieran haber sido más felices que nosotros.
V.
Virginia Woolf sufría de lo que hoy llamamos transtorno bipolar, o eso se cree tras analizar sus diarios y sus cartas personales. Lo más seguro es que nunca sepamos qué le pasaba realmente, por qué sufría esos ataques de euforia y después de depresión, porque los mal llamados psicólogos de la época se limitaban a recetarle "curas de reposo": meterla en un sanatorio mental, aislarla de todo y todos y obligarla a comer como un cerdo. Ella, admiradora de Freud y del psicoanálisis, no se fiaba de la nueva técnica, que, paradojas de la vida, podría haberla salvado. Está probado que sufrió abusos sexuales por parte de su medio hermano, que su padre era un tirano y que su madre murió cuando sólo era una niña. Hoy en día, su enfermedad se habría podido tratar y no habría sucumbido a la locura, como ella dice en su carta.
Según varios escritores de su época, Virginia era el alma de la sociedad literata en el Londres de finales del XIX, principios del XX. Todo el que quería ser alguien, el que aspiraba a escribir, tenía que pasar por su casa de Bloomsbury y conocerla, a ella y al resto de increíbles genios que se juntaban en la casa de la familia Stephen. No me puedo imaginar lo que debían ser aquellos coloquios que duraban hasta bien entrada la madrugada, con T.S. Elliot, James Joyce y compañía tratando de aclarar qué era el arte, qué era la literatura. Con razón se convirtió Virginia en lo que se convirtió. Absorbió todo lo que su entorno pudo darle y se transformó ella misma en artista.
De Virginia Woolf se han dicho muchas cosas, algunas falsas, otras con fundado conocimiento. Tras leer la nota de suicidio, a mí no me queda ninguna duda de que quería mucho a su marido, pero todavía hay voces que la tachan de lesbiana. Teniendo en cuenta que todas las feministas de la época tenían que ser lesbianas sí o sí (patriarcado británico dixit), no es extraño que el rumor se extendiera entonces, pero parece raro que aún se mantenga. No creo que su sexualidad importe lo más mínimo, todo sea dicho. Ella era un genio, una artista, quisiera a quien quisiera. Su A Room of One's Own se ha convertido en el único ensayo que he leído dos veces; Mrs Dalloway, aunque obviamente influenciada por James Joyce, abre la mente a nuevas maneras de contar las cosas, a nuevas formas de ver la vida. No todo el mundo puede hacer algo así. Sólo los grandes pueden.
Hoy hace 69 años que el mundo perdió una de sus estrellas más brillantes. El 28 de marzo queda, pues, grabado en mi mente como uno de los días más tristes de la historia de la humanidad.
Momentos
Una niña de seis años se acerca a mí para que le corrija el ejercicio del libro de inglés. Le dibujo su carita sonriente en el libro -nunca menospreciéis el valor de un garabato- y ella sonríe, pero no se va. Abre la boca, duda un momento, y al final me dice con un tono de voz apenas audible: "¿Sabes? Hoy es el cumpleaños de mi aita". Sonrío y le digo que le dé un tirón de orejas de mi parte. Toda contenta, vuelve a su silla. Sé que le he alegrado el día, pero no tengo muy claro cómo.
Llueve y hace viento. Mi paraguas comprado en un bazar chino se desintegra por momentos. Se suelta la tela de una varilla, la otra se dobla para el lado que no es, y de repente me encuentro haciendo malabares para poder utilizar el trocito de paraguas que aún queda intacto. De frente viene un chico algo más joven que yo. Su paraguas tiene incluso peor aspecto que el mío. Me mira, sonríe y se encoge de hombros. Yo sonrío también, es más, suelto una pequeña carcajada. Y, sin saber cómo, ese pequeño gesto me ha dejado sonriendo toda la tarde.
Son momentos, son instantes, son tonterías, pero animo a cualquiera a seguir adelante sin ellos. No se puede. Es imposible.
Cosas de cine y un sábado tranquilo.

Creo que me van a quitar el carné de gafapasta: he visto Blade Runner y no me ha gustado. Aparte de que sabía cómo iba a acabar en el minuto diez de la película, no podía dejar de reírme por la visión futurista de la historia. Sí, mucho coche volador y mucha cabina telefónica con videoconferencia, pero no fueron capaces de "inventar" el móvil, internet o los periódicos digitales. Y parece ser que en 2019, Los Ángeles va a estar lleno de chinos. Qué cosas, oye.

Sandra Bullock se ha separado de su marido. Mecachis... Con lo que me gusta a mí esta chica y lo majo que me parecía su Jesse James (no me digáis que no es el nombre ideal para un mecánico de coches, por muy televisivo que sea). Pues ahora resulta que el tonto del culo se ha liado con una modelo, o eso dicen. Y la Bullock, como cabía esperar, le ha mandado a la mierda; bueno, más bien se ha ido ella. Ya me pareció a mí raro que no diera un morreo a su maridín cuando recogió el Oscar, con lo enamoradísima que estaba al principio. Yo de mayor quiero ser Sandra Bullock. Monísima, majísima y graciosísima. Estupendísima de la muerte.

Hay como cinco nuevas películas de Alan Rickman que todavía no he visto. Si a esas les sumamos todas las viejas que no consigo encontrar porque son demasiado raras, podría pasarme un mes viendo una película suya al día. Ay. Suspiro.

No he visto la última de Hugh Grant. No me gusta cuando participa en comedias americanas, prefiero las inglesas, aunque Sarah Jessica Parker me es simpática. Intenté verle una vez en una de Woody Allen y la tuve que quitar. "Two weeks notice" sí mola, pero ahí el mérito es de Sandra. Si es que ya digo yo, que la Bullock es mucha Bullock. Que sí, que sí, que merece la pena. De hecho, creo que me la voy a volver a ver esta tarde. Eso, o estudio alemán.
(saltad al minuto 4:38 para mi escena favorita)
Vamos, que voy a ver una película.
