Aquí sigo

El sol brilla con fuerza hoy, a diferencia de días pasados. Anochecerá tarde, aunque cada vez antes a este lado del día de San Juan. La luz no se cuela por mi ventana, no ahora, no por la tarde. Pero fuera hace calor y en casa se nota.
El gato persigue moscas, yo persigo fantasmas. Demasiado tiempo libre (¿demasiado?, ¡eso nunca!), muchas horas para pensar. No escribo. ¿Por qué no escribo? Porque no escribo. No es bloqueo. ¿Desidia? Quizás. Rendición, le llamo yo.
La gente pasa y se va. Algunos se quedan un rato, pero al final marchan. Yo también. Como decía algún poeta, nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos. Tengo que leer más poesía. No la entiendo. No sé disfrutarla. Una pena. Recomendadme algún poeta, anda.
Y aquí sigo, y, a pesar de lo que pueda parecer por el tono de la entrada, estoy feliz, o algo así. La felicidad va a ratos, pasa y se va, como la gente, como las cosas. Mis rutinas son fiables. No me puedo quejar.
Si algún día consiguiera volver a escribir -pero escribir de verdad, no esto-, sería feliz de verdad.

Necesidades

Antes escribir era una necesidad. O quizás no. Quizás yo quería creer que necesitaba escribir, cuando en realidad era sólo una manera de evadirme. Que también es una necesidad. Pero no es lo mismo.
Ya no siento esa necesidad. Ya no siento ese impulso, ese motor que me obliga a sentarme en el ordenador y escribir, lo que sea, como sea, pero escribir. No sé si es porque he pretendido tomármelo más en serio, y entonces ha dejado de ser divertido. No sé si es que estoy cansada. No sé por qué, pero ya no necesito escribir. Leer, sí. De momento, esa necesidad existe. Me da miedo agotarla y que de repente me encuentre sin necesidades, con un verano eterno ante mí y sin nada que me impulse a levantarme por las mañanas cuando el tiempo no acompañe. Será la falta de cosas que hacer. Será que he desacelerado tan de golpe que me he parado. No lo sé.
Espero que no sea que ya no lo necesito.

Ñoñerías de un domingo por la mañana

-Cásate conmigo –dice él, y ya es la octava vez que se lo pide-. Mañana mismo. Esta noche. Ahora.
-Te he dicho que no. O sea, que sí, pero no ahora, no mañana. No voy a casarme con nadie sin haber convivido con él primero.
-Vale, pues múdate a mi casa. Vamos, te ayudo a hacer las maletas.
-No. No quiero vivir en casa de nadie. Si nos vamos a vivir juntos, tenemos que encontrar un piso que sea de los dos. No quiero sentir que estoy en casa ajena.
Él se desespera, resopla, le coge las manos, las deja caer.
-Quiero casarme contigo ya, ¿no lo ves? Tengo cincuenta años, no soy ningún niño.
-Si has esperado todo este tiempo, ¿qué más te da un año más?
-¡¿Un año?! Dios, me vas a matar. Oye, si no quieres casarte conmigo, dímelo y punto.
Ella hace un mohín.
-No es que no quiera. Prefiero estar casada contigo a perderte.
-¿Pero…?
-No hay peros. Simplemente eso. Nunca me imaginé casada.
-Pero quieres casarte conmigo.
-Quiero pasar el resto de mi vida contigo. No sé si es lo mismo.
-Yo tampoco. Nadie lo sabe. Sólo sé que quiero casarme contigo.
-Chico, qué perra. ¿Qué más te da? Al fin y al cabo, los sentimientos son los mismos, las experiencias también.
-Exacto. ¿Qué más te da a ti?
-Hombre, casarse es una responsabilidad.
-¿Para quién? Ni siquiera crees en dios, no es como si creyeras que el matrimonio debe ser para toda la vida.
-Pero si sale mal…
-¿Qué es lo peor que puede pasar? Nos divorciamos y punto. Cada uno por su lado. Como si viviéramos juntos. Pero estaremos casados. Diremos al mundo que somos el uno del otro. Cásate conmigo. Es sólo un papel.
Ella titubea, le mira a los ojos, recuerda que está más enamorada de lo que nunca se hubiera propuesto estar. No de él, no de un hombre mayor, no de alguien que podría hacerle tanto daño como él. Pero no lo puede remediar.
-Vale.
-Vale, ¿qué?
-Que sí, que me caso contigo.
Él se inclina hacia atrás.
-¿En serio?
-Sí.
-Pero cuándo. No dentro de un año…
-Mañana, si quieres.
Él sonríe y desparecen sus patas de gallo, sus marcas de expresión, su ojeras de años atrás. Ella ríe y se deja abrazar. Aspira su olor y piensa que es lo único que quiere oler de ahí a la eternidad.
-Ahora mismo voy a buscar un juez.
-Date prisa. No tenemos todo el día –dice ella, y le besa como si se fueran a morir mañana.

Nuestros genios

Me da la sensación de que en épocas pasadas hubo más genios en literatura que en la época que nos ocupa. O puede que sea que sufro de vista cansada y soy de esas que no puede ver el genio más que cuando se aleja, ya sea en el tiempo o la distancia. Pienso en el por qué, y se me ocurre una opción que va a sonar escandalosa: la universalización de la educación.

Antes sólo sabían escribir unos pocos, y esos pocos, además, solían tener los medios para dedicarse a ello sin preocuparse de poner comida en el plato. También nacían rodeados de libros y de gente culta con conversaciones inteligentes y filosóficas que nunca arreglarían los males del mundo, pero tampoco les hacía falta. Había genios en las clases bajas, claro que sí, pero sin esos medios se disolvían y desaparecían y nadie volvía a saber de ellos. Hoy nos queda Keats y algún alma desdichada más, pero son los menos. La literatura, desgraciadamente, entiende de clases. Menos, quizás, en nuestros días. Pero me cuesta pensar un nombre que equiparar al de Keats, o a Calderón de la Barca.

Hoy todo el mundo escribe. Quien más quien menos lleva un diario. Algunos escriben cuentos, o cartas que luego queman. Todos hemos escrito poemas a los quince años. La escritura -que no la literatura- abunda, pero los genios escasean. ¿Será porque ahora lo tenemos demasiado fácil y no hay que luchar tanto por ello? ¿O será porque la educación que recibimos es la peor que se puede recibir para crear genios?

La educación gratuita y obligatoria ha conseguido que el analfabetismo se reduzca a números simbólicos. Ha conseguido que niños y niñas con pocas posibilidades de aprender nada por sí solos -por condiciones socioeconómicas, por problemas cognitivos, por un millón de razones- lleguen, cuando menos, a un mínimo. Pero también coarta el genio. La educación es una talla única, donde todos los niños y niñas tienen que estar en una zona determinada, con suerte no por debajo de ella, y por desgracia, tampoco por encima. Porque a veces no distinguimos el genio del descaro, el experimentar con el ser descuidado.

Ayer, unas niñas de cinco años decidieron pintar el dibujo que les había dado poniendo plana la pintura y pasándola por todo el dibujo; luego delinearon el contorno del oso que estaban coloreando y me lo enseñaron, orgullosas. Yo, sin pensar, les dije que era una chapuza -no con esas palabras, claro-, que se habían salido de la línea, que así no se pinta. Y ellas corrieron a borrar lo que habían hecho y a utilizar las pinturas como todos los demás. Me di cuenta demasiado tarde de que acababa de hacer lo que, como estudiante de magisterio, me juré que nunca haría. Pinta por dentro de la línea. Vamos, hombre, ¿de dónde ha salido eso? ¿Cuándo me he convertido en una de esas profesoras?

Es difícil ver el genio. Supongo que hay que estar al loro, que hay que estar buscándolo todo el rato: en las palabras sueltas que escribe una niña de cinco años, en las redacciones de una de doce, en los dibujos que parecen mal hechos pero en realidad son una forma de experimentación... Me gustaría decir que soy de esas profesoras que estimulan la creatividad, pero los hechos prueban que no lo soy. Prometo mejorar. No sé si de mis aulas saldrá alguna vez un genio, pero los pienso buscar con avidez. Todo se andará.

Androginia

Acabados los exámenes, estos días me da tiempo hasta para pensar. Pienso en quién es el vecino cabrón que me ha abierto la nómina y la ha vuelto a dejar, abierta, en mi buzón (que tiene la cerradura rota). Pienso en cuándo voy a pedir el presupuesto de las ventanas nuevas que quiero que me pongan antes de que suba el IVA. Pienso en qué fruta veraniega voy a comer hoy y en cuántas calorías tiene un kiwi. Y pienso también, por qué no, en literatura.

Estoy leyendo a Henning Mankell (sí, ese "perverso terrorista musulmán" que ahora está en la cárcel en Israel), autor que me recomendó una amiga que disfruta tanto de la novela negra como yo. He empezado con ganas de descubrir a un nuevo autor, a poder ser alguien a quien meter en mi lista de "favoritos", pero me estoy dando cuenta de que no me engancha. Al principio no tenía muy claro por qué era, pero creo que he encontrado el problema: es demasiado masculino.

("Ya está aquí la feminazi dando el coñazo otra vez. Anda, enchufa el "reader" y vámonos a otra parte.")

El problema es que no sé cómo definir esa forma de escribir, ni si estoy dando realmente en el clavo con esa palabra. Tengo que ser sincera y admitir que, cuando leo una novela negra, lo último que suele importarme es el misterio y si acierto o no con el asesino. Lo que a mí me gusta del género es su forma de retratar a la sociedad, de cómo se relacionan los personajes, de qué ocurre en la vida de cada una de las víctimas. Mankell no me deja con las ganas en ese aspecto, no me oculta datos. Pero lo único que me da es eso, datos. Me pinta un cuadro detallado, pero en blanco y negro. Y yo, ávida lectora de Elizabeth George y demás artistas del género, quiero colorines. No me vale con saber que el muerto tenía una amante: quiero saber lo que la amante siente y si el hombre la quería más a ella que a su mujer, y si todo eso me lo dices en una escena en la que el hijo de ambos llora en la lejanía, mejor que mejor.

Virginia Woolf hablaba de androginia en un escritor, y yo estoy completamente de acuerdo con ella. Para que un libro me llene, tiene que describir la realidad (¿pero qué es la realidad?, eso da para una tesis) desde un punto de vista que a mí me llegue, y yo, siendo mujer, me identifico más con el punto de vista de una mujer. Pero no exclusivamente. Middlesex y Al este del Edén siguen siendo mis libros favoritos, esos que esperan en mi estantería ser leídos otra vez, y Cien años de soledad me dejó incapaz de leer nada durante meses para no quitarme el regusto. No me hace falta que sea una mujer la que escribe, pero sí necesito alguien que describa las cosas de manera que a mí me guste. Y creo que me gusta un lado femenino, lo que quiera que eso signifique.

¿Qué pensáis vosotros y vosotras? ¿Os ha pasado eso alguna vez? ¿Me estoy pasando en mi análisis gafapastil? Por dios, sacadme de dudas, que me van a bajar el sueldo y no me llega para el terapeuta.

La voz

Cuando digo por ahí que me gusta escribir, lo primero que te preguntan siempre es "¿y qué escribes?" Me resulta una pregunta muy difícil de contestar, porque depende del día, del mes y del ánimo con el que me encuentre, por no hablar del tiempo disponible. Lo mismo es un misterio que un bildungsroman que una comedia romántica. Yo no soy de las que tienen un género y sólo se mueven en ese. Será porque todavía no he encontrado la voz. No estoy hablando de LA voz, esa es la de Alan Rickman, sino de mi voz. Eso tan difícil de conseguir y que sólo alguien que ha intentado escribir alguna vez sabe lo mucho que cuesta encontrar.

Durante toda mi vida adulta he buscado una voz literaria con la que me sintiera cómoda. He dado por sentado que yo no tenía voz propia, que debía formarla y educarla, y tratar de crear una voz grandiosa, válida para contar historias épicas. La novela cuyo primer borrador terminé el año pasado era uno de esos proyectos épicos que no quería afrontar porque todavía no había encontrado mi voz. Era una historia contada en masculino, desde el punto de vista de varios hombres, en los que las mujeres solo aparecían a través de los ojos de los hombres. Tenía que ser así porque así lo marcaba la historia, pero ese fue mi primer error. No puedo contar una historia a través de ojos masculinos, porque no soy hombre. Y sí, se puede hacer, por supuesto que se puede, pero creo que es mucho más difícil y es más fácil aprender a gatear que a correr maratones. Así que, después de entregarme en cuerpo y alma a terminar el borrador, releerlo y odiarlo de principio a fin, decidí jugar un poco con algo más "sencillo".

Y me puse a escribir algo que entraría en la categoría de chic lit y que durante meses he tenido aparcado porque "yo valgo más que eso, por dios, qué vergüenza, si alguien supiera...". Ya sabéis el tipo de historia: treintañera soltera, con un trabajo estupendo pero muy exigente, que se ve envuelta en un proyecto que incluye a... -puntos suspensivos porque es un personaje famoso y no quiero desvelar más-. No hay historias de faldas, no hay lío romántico, pero sí se habla de tacones, y de maquillaje, y de problemas para entenderse en un entorno no familiar, y de complicaciones entre amigas, y de cosas de las que una mujer se da cuenta pero un hombre no. Escribí algo más de veinte páginas en abril y no he vuelto a tocarlo hasta esta mañana, cuando lo he releído. ¿Y sabéis qué? Me he encontrado. Me he reído. Me he imaginado todas las situaciones que describo sin recordar siquiera que las había escrito yo. Me he visto en las palabras, en las frases. He encontrado mi voz.

Y quizás no valga dos duros, ni me permita reescribir la novela que quiero arreglar -porque sí, me gusta mucho la idea original que tuve, pero es tan difícil...-, pero al menos me permite arrancar de un parón muy largo. Hoy he escrito más de mil palabras que espero no volver a releer en un mes, porque necesito la perspectiva que da el tiempo. Me he encontrado a gusto, lo he disfrutado, he desenquilosado los músculos -cerebrales y manuales- que llevaban enquistados varios meses. Y supongo que de eso se trata. Porque, pase lo que pase, si escribo tiene que ser para divertirme, para leerlo yo y que me guste, y luego ya vendrán los demás. Pero si no soy sincera conmigo misma, nadie me creerá nunca. Y la voz, a la hora de escribir, es lo que marca a una escritora. Y si no, que se lo pregunten a Virginia Woolf.

Lo que me hace feliz

  • Leer hasta las tantas de la noche, sabiendo que no tienes que madrugar al día siguiente y que puedes terminar el libro si te apetece.


  • Pasear sin prisa, sin importar el destino, en una tarde soleada no muy calurosa.


  • Ojear libros en una librería y no luchar contra la tentación de llevarte tres o cuatro.


  • Escuchar música que nunca antes habías escuchado y descubrir grupos nuevos que colar en el ipod.


  • Guardar silencio con las amigas y no sentirte incómoda.


  • Saber que tienes tres meses sin obligaciones delante de ti.


  • Ir a la peluquería a disfrutar del proceso de ver a la gente, hablar con las peluqueras y leer revistas que nunca compraría, y encima salir contenta con tu aspecto.


  • Virginia Woolf.


  • Elizabeth George.


  • Estar aquí y ahora, siendo como soy.
  • Promesas

    Prometo actualizar el blog más a menudo a partir de ahora y, por lo menos, hasta septiembre.

    Prometo intentar cubrir temas que os puedan interesar, pero sobre todo prometo que me interesarán a mí.

    Prometo hacer todo lo que me he prometido hacer estas últimas semanas y no he hecho por la excusa de estudiar.

    Prometo retomar la novela que dejé acabada en formato borrador y tratar de arreglar algo.

    Prometo hacer de la escritura parte de mi rutina diaria.

    Prometo no obsesionarme con nada hasta el punto de abandonar todo lo demás.

    Lo prometo. Y en vuestras manos queda llamarme al orden si no lo cumplo.

    (Os dejo con una canción de esas de cantar en la ducha, que me ha acompañado esta semana.)

    Debilidad

    Sí.

    Lo admito.

    Soy débil.

    Tengo personalidad adictiva.

    Cuando era adolescente, me dio por el baloncesto. Unos años más tarde, por Harry Potter.

    (Sí, el mundo al revés, lo sé.)

    Ahora me da por otras cosas. Pero no un poquito, sino mucho.

    No puedo dejar las cosas a medias. Tengo que acabarlas. Sea un libro, una serie, o una colcha.

    (Fíjate tú, que puedo dejar de escribir a la mitad de una novela. Eso, maldita sea, es lo único que puedo dejar a medias.)

    Mañana por la mañana, me levantaré a las seis de la mañana. Dormida y con un café en la mano, encenderé el televisor. Y luego me iré a estudiar y a hacer un examen.

    Estoy perdida.

    Están Perdidos.

    Desvaríos varios de un viernes tardío.

  • Hoy un niño de cuatro años ha estado a punto de hacerle un agujero nuevo a otro niño de cuatro años con un punzón. Por suerte, solo le ha hecho un rasguño. No quiero ni pensar qué hubiera pasado sin en vez de al dedo llega a apuntar al ojo. Y el niño es bueno, nunca había hecho algo así. No sé que se le ha pasado por la cabeza. Será el estrés. Serán las voces que sólo oye él.


  • No escribo, y como no escribo, no escribo. Es la pescadilla que se muerde la cola. Mi excusa: estoy de exámenes. Pero lo cierto es que empiezan el lunes, y yo llevo dos meses de página en blanco, y no me han impedido verme todas mis series favoritas en el ordenador. Podría haber dedicado una hora a escribir todos los días, pero simplemente no me ha dado la gana. No sé si es porque estoy cansada a secas o porque estoy cansada de escribir. Para qué. No sé dónde leí el otro día, que si no vas a escribir algo bueno, para qué molestarte. Pues eso.


  • Zapatero me va a bajar el sueldo. El acuerdo de educación de Euskadi recorta empleos. Los sustitutos, a la puta calle. Yo soy interina. No soy ni una cosa ni otra, pero me afecta todo. El año que viene, tendré trabajo. ¿Tendré trabajo? Sí, creo que tendré trabajo. Espero que de profesora, porque no sé hacer otra cosa. Me pregunto por qué todo el mundo odia a los funcionarios. ¿Será la sombra de la que habla Jung? Todo el mundo les odia porque todos quieren ser funcionarios. Será eso.


  • Cuando termine los exámenes -qué gran excusa, me vale para todo-, empiezo con la operación bikini. He engordado porque como compulsivamente. Cómo como, madre, cómo como. Es lo que tiene estudiar, que es muy sedentario. Y mi hobby es hacer patchwork, así que ya ni te cuento. Tenía que tener por hobby algún deporte de riesgo, pero el único peligro que corro es pincharme con un alfiler. Así somos y así nos va.


  • Me gusta Kate Nash. Ayer me quedé hasta las tantas buscando vídeos de ella en Youtube. He encontrado una joya. Me gustan sus letras, aunque mucha gente diga que son simplonas. A veces, para decir un par de verdades, no hay que esforzarse en buscar palabras grandilocuentes, las de toda la vida funcionan igual. Y ella es cantante, no poeta. Aunque sea inglesa. No todos van a ser Shakespeare.





  • W.H. Auden

    Con qué joyitas se encuentra una de vez en cuando, madre.

    Estaba yo buscando algo más de información sobre W.H. Auden, a quien me tengo que estudiar para el examen del día veintisiete, cuando me he encontrado con un vídeo de Youtube. Y hete aquí que, sin quererlo, me han resuelto una duda que hubiera resuelto de haber escuchado atentamente la película, pero que me ha hecho más ilusión encontrar así: el autor del poema que leen en el funeral de Cuatro bodas y un funeral, que siempre me ha encantado y nunca me había molestado en buscar.

    Lo peor ha sido que, salvando las distancias (dado que es un poema romántico), ha reflejado muy bien lo que sentí el día que murió mi padre y se me ha hecho un agujero en la boca del estómago. Qué tendrá la pena que tiene que empeorar antes de mejorar.




    STOP ALL THE CLOCKS

    Stop all the clocks, cut off the telephone,
    Prevent the dog from barking with the juicy bone.
    Silence the pianos and, with muffled drum,
    Bring out the coffin. Let the mourners come.

    Let aeroplanes circle moaning overhead
    Scribbling in the sky the message: “He is dead!”
    Put crepe bows around the white necks of the public doves.
    Let the traffic policemen wear black cotton gloves.

    He was my north, my south, my east and west,
    My working week and Sunday rest,
    My noon, my midnight, my talk, my song.
    I thought that love would last forever; I was wrong.

    The stars are not wanted now; put out every one.
    Pack up the moon and dismantle the sun.
    Pour away the ocean and sweep up the wood.
    For nothing now can come to any good.

    No es país para zurdos.

    Llevo un tiempo fijándome en los alumnos zurdos que tengo en mis clases, que son bastantes. No tengo datos fiables, sólo memoria y muy mala, pero me da la sensación de que ahora hay más niños zurdos que antes. En la época de nuestros padres se les obligaba a escribir con la derecha, pero ya hace tiempo que no se ve nada malo en ser zurdo. Simplemente, son distintos. Y más que en la manera de escribir.

    Estas semanas he distinguido dos tipos de zurdos, y ya digo que no dispongo de datos empíricos, sino de simples impresiones. Los primeros son los niños con problemas escolares. En una determinada clase, todos los alumnos y alumnas con serios problemas son zurdos. No estoy diciendo que sean más cortos que los demás -nunca, jamás se oirá de mi boca semejante barbaridad-, pero es bien sabido que la mano que utilizamos para escribir -y usar las tijeras, que no veáis lo difícil que es para un zurdo de seis años cortar con tijeras de diestro- tiene efecto sobre un hemisferio cerebral concreto: la mano derecha sobre el izquierdo, la izquierda sobre el derecho. El hemisferio izquierdo es el del lenguaje, las matemáticas, las reglas en general. El derecho, el del arte, la creatividad, la imaginación. La música y la literatura surgen de una mezcla de ambos. ¿No sería posible que la escuela estuviera enfocada a las características del hemisferio izquierdo y dejara de lado las del derecho? Estos niños y niñas son hiperactivos y tienen un serio déficit de atención. También tienen compañeros diestros con estos problemas, pero los zurdos son mayoría. Repito, me baso en la observación no científica de una profesora con doscientos y pico alumnos, no tengo datos empíricos.

    El otro grupo de zurdos es justo lo contrario. Metódicos, perfeccionistas, tienen la mejor letra de toda la clase, buenos dibujantes, formales, obedientes... Obviamente, estos me desestabilizan la teoría. No sé cuál de los dos grupos es el "normal", aunque en la ikastola se dan más de los del primer grupo que de los del segundo. Me ha parecido curioso.

    ¿Algún zurdo/a por ahí que quiera compartir experiencias? ¿A que no he acertado en nada?

    Cuando otros lo dicen mejor que tú.

    Vengo del blog de Maritormes y, como muchas otras veces, me he quedado sin palabras. Hoy, quizás, de una manera más especial aún, porque me ha presentado a alguien que no conocía y que no me perdono no conocer. ¿Quién? Ah. Id y ved. No saldréis decepcionadas.

    Necesidad de ficción

    Me quedan dos semanas para los exámenes. Dos semanas que deberían estar dedicadas exclusivamente al estudio -sobre todo de vocabulario de alemán- y en las que no debería pensar en otra cosa que en George Orwell, James Joyce y Virginia Woolf. Por supuesto, estoy haciendo de todo menos estudiar. Bueno, estudiar también, pero sólo la mitad de las horas que podría dedicarle. Mi excusa es que estoy cansada y aunque me ponga con los libros, no me aprovecha. Yo sé que la verdad es otra.

    Me he enganchado a una serie de la que no puedo ver sólo un episodio y meterme a la cama (Flashforward, ríete tú de Perdidos, que también sigo). Y me he leído dos libros en una semana. Dos libros gordos, de los que no puedes llevar en el bolso porque pesan. En una semana. Una. Semana. También es cierto que estaba de vacaciones, pero eso no es excusa. Y no leo rápido. Es más, creo que soy bastante lenta (pero mi comprensión es perfecta, ¡ja!).

    Y creo que sé por qué es. Necesito ficción a mi alrededor. Mi vida es demasiado anodina, demasiado rutinaria para llenar mi mente. Si me pasaran cosas excitantes todos los días (si trabajara en la NASA, vaya, o en el FBI, porque ya me dirás tú quién tiene movimiento todos los días), me encantaría llegar a casa y ponerme a leer un montón de datos sobre lexicografía y la confección de diccionarios. Si viviera al máximo mi tiempo, buscaría un remanso de paz en los libros. Pero, como mi vida es lo más soso que se ha descrito jamás, lo que busco es acción. En los libros, en la televisión, hasta en los periódicos. Vida. Otra que no sea la mía.

    Ahora estoy con la biografía de Stephen Fry. Después llegará alguna novela negra, o quizás algo de chic lit para descansar la mente. Me esperan Paul Auster y una larga lista de clásicos que ahora no tengo cuerpo para leer. Luego... Luego llegará el verano, y las excursiones a la librería serán diarias. Que me conozco. Qué miedo me doy.

    Dicen que leer es bueno y todo eso, pero creo que todo en exceso es malo. No sé cómo se mide el exceso, no sé cuántos libros representan haber leído "demasiado". Supongo que cuando dejas de hacer otras cosas para leer, es que se ha convertido en adicción. Yo todavía no he llegado a eso. Pero todo se andará.

    Sensaciones o sexto sentido

    ¿Por qué esa sensación extraña de "ahora llega"? ¿Por qué ese latido extraño, como que presagia algo -no sé si bueno o malo-, pero algo que no termina de llegar? ¿Por qué tendría que llegar? ¿Qué tendría que llegar?

    Ridículo, creer que el universo me debe algo. Ridículo, creer que las cosas van a cambiar por arte de magia. No he hecho nada para merecerlo. Ni siquiera lo deseo. Bueno, eso igual sí. No sé. Quizás.

    Joder, qué momento más extraño estoy pasando.

    El retonno

    He vuelto.

    Regreso a la rutina, al estudio, al trabajo, al gato.

    Regreso a esa sensación de que yo pertenezco a otro lugar. Y a otro tiempo. Y a otro cuerpo.

    Regreso, pero aún tengo la cabeza en las nubes. En lugar de refrescarme, este viaje me ha confundido más.

    Pero estoy de vuelta. Al menos físicamente.

    A vueltas con el runrún


    Mi cabeza trabaja sin descanso (runrún, runrún, runrún), sopesando posibilidades, planeando pasos que dar. Tengo decisiones que tomar: seguir como hasta ahora o cambio radical. Tirarme a la piscina. Empezar de cero. Muchas cosas que hacer, mucho que pensar (runrún, runrún, runrún), ni siquiera duermo bien. No puedo echar la siesta y no es por el café, es porque tengo que decidirme. Sé que ya me he decidido, pero ahora, ¿qué? ¿Cuál es el siguiente paso? Mucho que hacer, poco tiempo, ¿saldrá bien? ¿Qué es lo peor que puede pasar? ¿Por qué siempre me pongo en lo peor? Mira que soy. Qué le vamos a hacer, esa soy yo.

    Runrún, runrún, runrún, cerebro a toda máquina. Vacaciones. Cinco días en Londres para seguir pensando. Cinco días que sólo van a servir para convencerme aún más.

    En Vitoria hay vida (va a ser que en Marte también)


    Eduardo Mendoza dio ayer una charla en Vitoria, y por supuesto, hambrienta de eventos culturales que está una, allí que me fui con mi amiga Kina. No es que yo sea incondicional de Mendoza, ni mucho menos (nada comparable con Kina, que se ha leído todos sus libros); creo que me leí "El laberinto de las aceitunas" cuando vivía en King City y, aunque me gustó, no ha sido hasta varios años después que le he redescubierto con "El asombroso viaje de Pomponio Flato". Pero era Eduardo Mendoza, EDUARDO MENDOZA, en Vitoria, aquí, a cuatro pasos de casa, y tenía que ir. Tenía que ver a un escritor de verdad con mis propios ojos. Salí de casa con tanta prisa que hasta me dejé la cámara en casa, lo que al final creo que no importó porque no vi que nadie sacara fotos.

    Y lo vi, vaya que si lo vi, y le oí, y le escuché, atentamente, como se debe escuchar a alguien que sabe y no sabe que sabe. Empezó advirtiéndonos de que no iba a hablar de literatura porque él no sabía nada de literatura, que iba a hablar de "su" literatura... para acto seguido colarnos nombres como Proust, o Samuel Beckett, o Jonathan Swift. Porque él, que nunca ha estudiado literatura de manera formal, ha aprendido literatura como se debe aprender: leyendo. Yendo al teatro. Disfrutando con las palabras en todas sus formas. Nada de escuchar lo que te cuentan otros, llega a tus propias conclusiones.

    Nos habló de sus comienzos, de cómo aprendió a leer con cuatro años ("y luego ya no aprendí nada más"), de la memoria, de que lo mal observador que era ("como todos los escritores", dijo, y yo respiré aliviada porque entonces quizás tenga alguna esperanza), de sus años como intérprete en las Naciones Unidas, de que hay que saber lo justo sobre escritura, saber casi nada, pero lo poco que se sabe saberlo muy bien. "He visto a muchas personas con talento echarse a perder porque sabían demasiado sobre escritura". (Con esas palabras, algo en mi cerebro hizo "clic". Pero esa es materia para otro post, no es el momento.)

    Lo que más impresionada me dejó fue su teoría sobre la utilidad de la literatura. "La literatura te enseña a sentir. No es cierto que la vida te lo enseñe, la vida te hace pasar por ello y punto, pero la literatura te lo enseña". Me dejó de piedra. Una verdad tan sencilla y tan difícil de alcanzar. Una definición que he estado buscando años. Y estaba delante de mis narices. Solo que yo no soy Eduardo Mendoza, ni hablo un porrón de idiomas, ni he leído a Proust. Ni tengo su talento, claro está.

    Dijo muchas más cosas. Habló de que tiene muy pocos libros en casa, que se deshace de ellos, que los libros deberían ser objetos de usar y tirar, como los periódicos. Dijo que está impaciente porque el mercado de libros digitales emerja de una vez, que no saca fotos cuando va de viaje porque ya se encargará la memoria de guardar lo que necesite y borrar lo supérfluo. Habló de cajas de vino vacías llenas de libros, de guardamuebles en Nueva York llenos de libros, de los siete libros diarios que las editoriales le mandan por si alguno le gusta y le hace publicidad... Y las docenas de personas que abarrotábamos la sala escuchábamos, en silencio, riendo de vez en cuando, sin que sonara un solo móvil en la hora y media que estuvimos allí reunidos.

    Al final de la charla, varias personas se acercaron a que les firmara un libro. Yo me había traído el mío, pero estaba tan impresionada con sus palabras y su presencia que no me apetecía quedarme el cuarto de hora que, por lo menos, tendría que esperar, para una firma. Como él bien dijo, no necesito "fotos" que recuerden este momento, porque no creo que lo olvide nunca. Aunque quizás ahora me arrepienta un poco porque me encantaría tener un libro dedicado de Eduardo Mendoza.

    Estoy viva

    Estoy viva, sigo aquí, no me he ido de vacaciones (están planeadas, pero mecagüen el volcán, a ver si salen) y no he cerrado el blog. Pero no estoy inspirada. No se me ocurre nada. Busco, como diría James Joyce, un momento de epifanía, un instante de verdad absoluta, de decir "así que en esto se resume la vida", y no lo encuentro. Pero Joyce era un pringao ininteligible, como bien sabemos Fer y yo. Las epifanías existen, lo sé porque he vivido alguna, pero ahora mismo no aparecen. Algún día.

    Hasta entonces, os dejo con Die Printzen, para que os desintoxiquéis de tanta canción en inglés y sepáis que en algunos sitios, besar está prohibido (o eso dicen ellos). Cuidadme el chiringuito y quitad las malas hierbas que puedan salir si a mí se me escapan, please.