Domingo

¿Qué tienen los domingos que cuesta tanto levantarse? Esa pereza, ese saber que no hay nada que hacer, esa desgana por poner un pie fuera de la cama. El mundo ahí fuera parece estar de fiesta, como si la vida se detuviera una vez cada siete días. Las calles vacías, silencio hasta de coches, cielo nublado que amenaza lluvia. Los domingos deberían ser siempre lluviosos. Es para lo único que sirven.
Me gustan los domingos. Ese levantarse tarde, ese aprovechar el día para hacer las cosas que dan demasiada pereza entre semanas. Leer un domingo es mucho más agradable que leer un lunes. Saber que tienes horas muertas que no puedes gastar en el supermercado o en la tienda de turno. Tomar un café. Charlar con alguien. Domingo pausado, domingo de relax, de jugar con los gatos y ver las horas pasar.
Domingo. Día perfecto si no fuera por el dichoso lunes.

De multilingüismos y palabras que se pronuncian igual en distintas lenguas

A mis alumnos y alumnas les hablo en inglés la mayor parte del tiempo, menos cuando me enfado, que sale el genio de la lámpara y puedo hablar en cualquier idioma, hasta uno que yo no conozca. Les hablo con acento británico (o lo más parecido que yo puedo hacerlo), pero las expresiones que utilizo son más bien estadounidenses, porque siete años mandando callar en inglés a los críos de ese país han hecho estragos. Una que me gusta especialmente es "zip it", que significa, literalmente, cierra la cremallera, queriendo decir calla la boca. Cada vez que la usaba con los de sexto, los críos se reían y yo imaginaba que era por lo infantil de la expresión, porque hay que reconocer que eso de cerrar cremalleras está un poco antiguo, o quizás por el sonido silbante de la zeta, que a mí me gusta especialmente. Hasta que hoy, después de decir la dichosa palabrita y aguantar las risas, un crío me ha llamado aparte.
–¿Ya sabes lo que significa "zip" en árabe?
–No, claro.
–Pues es polla. Por eso nos reímos todos.
Toma ya. Y solo han esperado dos meses para decírmelo.
Lo que más gracia me ha hecho es que el niño que me lo ha dicho no es árabe, y parte de los que se reían en clase tampoco. Esto, como siempre, viene a probar mi teoría de que cada uno aprende lo que quiere y aquello que le interesa, porque estoy convencida de que ninguno de ellos sabe decir "Me llamo Ramón" en árabe.

Entrega de diplomas

Como los asiduos a este blog ya sabéis, a mí me va la marcha y los últimos años los he pasado estudiando una licenciatura, por más que ya tuviera una oposición y un trabajo fijo para el que no necesitaba mayor titulación. Pero una es un poco masoca, y por eso de que había vuelto con buen nivel de inglés de Estados Unidos se me ocurrió que sería buena idea meterme en filología inglesa, en el plan antiguo, de cuando eran cinco añitos. El trabajo no me permitía ir a clase en la universidad presencial, así que me matriculé por la UNED. En junio, tras siete años de estudios, conseguí titularme y quitarme por fin la espinita esa de tener una carrera que fuera algo más difícil que el chiste que resultó magisterio.

Ayer, en el centro asociado de Vitoria, nos hacían entrega de la insignia de la universidad y un papelajo que no vale más que para ocupar sitio, símbolo del fin de nuestros días como estudiantes. Yo engañé a mi familia para que me acompañara, porque el título es simbólico pero el momento de dar por finalizada la carrera vale mucho, y allí que me fui después de haber confirmado mi asistencia por email. A poco de empezar el acto me llevé la sorpresa de la tarde, porque unas amigas mías decidieron venir a darme apoyo moral y me las encontré allí sin yo esperarlo (me las hubiera comido a besos). Todo el que se haya licenciado –y aquí sois muchos– sabéis qué tipo de acto es uno como el de ayer; no voy a entrar en detalle porque quien más quien menos se ha visto en un brete parecido, solo diré que había tantas "personalidades" en la mesa que me aburrí de oír a cada participante empezar su perorata con "Ilustrísimo señor don Fulanito de Tal", "Excelentísimo vicerrector", etc. Una profesora que me resultaba conocida (y eso en la UNED es raro) dio una charla sobre el acento al aprender una lengua extranjera durante la cual mi madre estuvo a punto de echar una cabezada pero que a mí me encantó, y después llegó la hora de los diplomas. Y ahí se jodió la marrana.

Cosquilleo en la tripa, nervios, qué os voy a decir. Cuándo dirán mi nombre, tropezaré, le daré la mano al que no es, se me caerá algo en el camino. Todo para nada. El secretario empezó a llamar a la gente diciendo primero su carrera. Las dijo todas –todas, todas las que existen– menos la mía. De repente soltó un "y por último, Fulanita de Tal" que me dejó clavada a la silla. ¿Y yo?, dije para mí, pero nadie me oyó porque una de mis amigas dijo, en voz bien alta para que la oyera el tribunal, "Falta una". No faltaba una, faltaban cuatro. Cuatro personas que, aunque más tarde recogimos nuestra imitación de diploma serio y nuestra insignia de la UNED, nos quedamos sin ese momento de dar la mano a las autoridades y sentir que todo el mundo te aplaude por algo que te ha costado un gran esfuerzo alcanzar. Pero la directora parecía realmente avergonzada, nos pidió disculpas un millón de veces y, qué demonios, la culpa había sido del secretario que no se dignó a pedirnos perdón y que no había sido capaz de apuntar los nombres de los correos electrónicos en el papelito de marras.

Salí de allí más muerta de vergüenza que si me hubieran dado el diploma cuando me lo tenían que dar, pero con una sonrisa de oreja a oreja en la cara. Llevo meses siendo licenciada, pero ayer lo compartí con la gente más cercana a mí, y eso vale aún más. Acudió gente que no esperaba que acudiera, y no vinieron más porque tenían que trabajar. Me hizo ilusión. Hoy es día para digerir que sí, que soy licenciada (ni que fuera doctora o catedrática, oye, qué ilusión me hace), pero también para pensar que la cosa no para aquí. El día que yo dejé de estudiar es que me ha dado un ictus. De momento le daré a los idiomas, pero creo que no es la última ceremonia de licenciatura a la que asisto. A ver si la próxima me dan el título cuando me lo tienen que dar.






Sin fijarme

Voy por la calle sin fijarme nunca en nada. Aunque vaya mirando al frente, rara es la vez que distingo caras conocidas en la muchedumbre. La gente que conozco debe pensar que soy una borde, porque no saludo si no me saludan primero, a veces con algo de retintín en la voz, como queriendo decir “ya me he dado cuenta de que no querías saludar, pero te saludo yo, hala, chincha”. Pero no es eso, de verdad (o no siempre, al menos). Parece que miento, pero aunque tenga la vista clavada en el rostro de alguien, muchas veces no me doy cuenta de a quién estoy viendo. Es lo que tiene ser despistada y miope, que crea equívocos. 
No me fijo en nada porque voy en mi mundo, por más que sepa que eso no es bueno. La vida pasa ahí fuera, donde están los demás, y yo ando encerrada en un universo paralelo que solo tiene cabida en mi cerebro. Invento clases magistrales que luego no doy; pienso en cómo explicar un concepto que no se ha entendido; voy imaginando recetas que luego me da pereza cocinar, o pensando en cómo llegar del punto A al punto B sin perderme, sobre todo si tengo que coger el coche. Tengo la sensación de que mi cabeza no descansa nunca, que no me doy tiempo a observar lo que hay ahí fuera, donde la gente normal se dedica a mirar a la cara de aquellos con los que se cruza. Y ando, ando, ando, casi como un fantasma, pasando por las huellas que he pisado un millón de veces, sin ver más de lo necesario para llegar a casa sin perderme.
Me hace ilusión cuando alguien me para y me saluda. La gente va entendiendo cómo soy. Se dan cuenta de que soy el despiste personificado y no se ofenden. Todas y todos tenemos nuestras manías, ¿no? Supongo que esa es la mía. Pero quiero hacer un esfuerzo por salir al mundo, cruzar mi mirada con alguien y decir con los ojos “bonito día, ¿verdad?, que te vaya bien”, y sentirme así un poco más parte de la vida. 

Oui, ç'est moi


Esta semana he empezado en clase de francés. Lo que yo realmente quería era seguir con el alemán, pero por cuestión de horarios en la escuela de idiomas no he podido, así que empiezo con idioma nuevo. El primer día llegué todo contenta a clase, con mi cuaderno sin estrenar, mis libros nuevecitos, mi estuche con dos bolis de cada color por si uno falla y no pinta, y me senté en primera fila, al lado de la mesa de la profe porque soy dura de oído y no veo bien de lejos (y soy una puñetera empollona, sí, qué pasa). Ella nos saludó en la puerta con un “bonjour” que me sorprendió, porque ya eran las seis de la tarde y, aunque sé poco (nada) de francés, yo “sabía” que “bonjour” era para las mañanas. Una vez nos sentamos, ella empezó a hablarnos. En francés. A gran velocidad. Sin ninguna seña. Y solo paró cuando se dio cuenta de que la estábamos escuchando más con los ojos que con los oídos, porque la clase entera la miraba ojiplática, que parecía que se nos iban a escapar los ojos de las órbitas. Entonces pasó al castellano y nos explicó las normas de la escuela, la metodología, etc. Dimos poca clase el primer día, pero bastó para abrir boca. En el segundo apenas nos dio un respiro. Se acabó lo de hablar en castellano, fue todo en francés. Salí hasta mareada, pero pensando en francés (aunque la simpleza de mis pensamientos en esos momentos hubieran tumbado a cualquiera; solo sé decir “me llamo Ruth” y “cómo estás, yo bien, y tú”). Es lo que tiene la inmersión total.
Y entonces me vino un pensamiento (este ya en castellano, claro): ¿¡QUÉ LES ESTOY HACIENDO YO A MIS POBRES ALUMNOS Y ALUMNAS!? ¿Cómo no van a poner cara de susto cada vez que me dirijo a ellos y ellas en inglés? La sensación de impotencia, de no entender nada, de no ser capaz de valerte por ti misma en clase… ¿Eso es lo que sienten? ¿Es eso lo que transmito? Porque no es que vaya a cambiar mi metodología, un idioma se aprende mejor al ser oído y cuando te obligan a hablarlo, pero ¡ay, madre!, lo que cuesta y lo poco que nos damos cuenta. Es la primera vez en mi vida adulta que me enfrento a un idioma desconocido en una clase presencial (di mis primeros pinitos en alemán online, cuando fui a una clase presencial ya entendía lo más básico), y la experiencia, aunque muy positiva, me ha abierto los ojos. No es fácil manejarse en un idioma desconocido. Mi profesora es estupenda y se hace entender, igual que yo me hago entender en clase a base de dibujitos en la pizarra y hacer el pino puente con las orejas, pero se requiere un esfuerzo del que las profesoras de idiomas quizás no seamos conscientes. Aprender un idioma desde cero cuando el idioma de la clase es ese en el que te están hablando es muy difícil. Es la única manera de aprenderlo bien, sí, pero es muy difícil.
Espero que la ilusión con el francés no se evapore y me dé por seguir con el idioma (y encontrar la manera de no perder el alemán). Espero seguir aprendiendo, no solo para defenderme en francés sino para ser mejor profesora. Debería ser obligatorio aprender un idioma nuevo para las profesoras de lengua. Darnos cuenta de lo mucho que cuesta. La empatía siempre es importante, pero es difícil llegar a ella cuando ya se te ha olvidado lo que significa aprender algo nuevo. 

Otoño


Otoño ha llegado de golpe, con un cambio de tiempo que nos ha pillado a todos con el pie cambiado. Hay que cambiar la ropa, poner una manta más en la cama (finita, pero que abrigue), cerrar las ventanas por la noche, sacar el pañuelo para el cuello. Llevo una semana con catarro, aunque no sé si eso es por el cambio de tiempo o por los achuchones que me dan los niños, a quienes no puedo decir que no aunque me vengan con los mocos colgando. Septiembre es así, pasa todos los años. Parece que el mes promete un buen tiempo eterno, que va a hacer calor hasta diciembre, y de repente arremete el frío. Recuerdo a mi padre, cuando yo era pequeña, haciendo planes para celebrar su cumpleaños con un picnic en el pantano, pensando que el verano iba a llegar hasta octubre, creyendo que el buen tiempo era una promesa eterna. Todo acaba. El buen tiempo, en Vitoria, no puede ser una excepción. 
Mi padre murió a un mes de cumplir los sesenta y siete años, cuando todavía hacía calor. Mi hermano y yo estábamos pensando en qué regalarle por su cumpleaños, porque sabíamos que le quedaba poco tiempo y queríamos que fuera algo que le gustara especialmente. Él murió a menos de una semana de nuestra conversación sobre su regalo. Nadie te explica cuánto es “poco tiempo”, y lo que a nosotros nos parecía poco —dos, tres meses— era una utopía tan difícil de alcanzar como el buen tiempo en octubre. Todo tiene su final, hasta la enfermedad (sobre todo la enfermedad). Lo bueno es que lo malo también tiene fin. Nada dura eternamente. 
Todo se acaba y cada principio es un final. Las estaciones se suceden, el ciclo de la vida, bla, bla, bla. Yo solo sé que ahora empieza el otoño, que el frío durará hasta mayo y que ya, por mucho que cambie el tiempo con eso del calentamiento global, nunca podré celebrar el cumpleaños de mi padre con un picnic en el pantano. Todo lo más, con un ramo de flores mal puesto en un jarrón. Y sé que cada otoño será igual, y no habrá nadie que pueda cambiar eso. 

Buenos propósitos


Dicen que el año nuevo empieza el uno de enero, pero yo estoy convencida de que no tardaremos mucho en empezar a celebrar la Noche Vieja el 31 de agosto. Ese es el día en el que los verdaderos propósitos de comienzo de año empiezan, incluidos el sempiterno “voy a dejar de fumar” y “este año me apunto al gimnasio”.
Yo no puedo dejar de fumar porque antes tendría que empezar, y casi que paso, pero lo del gimnasio lo he cumplido a rajatabla. El mismo uno de septiembre estaba en la instalación con mi bolsa de deporte, mis zapatillas ya gastadas y unas ganas locas de perder las dos arrobas que he ganado este año. En el gimnasio me saludaron como si me conocieran de toda la vida, algo normal teniendo en cuenta que he perdido ya la cuenta de los primeros de septiembre que he pasado en su seno, y me enseñaron la lista de clases dirigidas. Este año paso de máquinas y pesas, porque siempre termino aburriéndome y lo dejo a los dos meses. Quería ver si había alguna clase que me gustara a un horario que me viniera bien. El lunes había zumba, y me dije que debía probarlo. Y lo probé. 
¿Os acordáis de ese anuncio en el que salía una chica bailando muy bien y la voz en off decía algo como “así crees que bailas cuando estás bebida”, para luego mostrarla borracha y dando tumbos en la pista, con la voz en off diciendo “así bailas en realidad”? Pues esa fue mi experiencia el primer día. La monitora, una chica bajita y toda ella músculo, se movía como si no costara dar los pasos y las vueltas que daba en su pequeño podio, y yo intentaba seguirla con la misma gracia que un elefante con artrosis. La misma gracia, supongo, que tengo cuando bailo con mis amigas en un bar y creo que me estoy luciendo cosa mala con la música de Enrique Iglesias de fondo y una cerveza en la mano, pero esta vez con un espejo delante que me ha confirmado una terrible sospecha que acarreo desde la infancia: mi cadera está soldada al muslo y a la espalda. No hay otra explicación. Soy incapaz de mover el culo en los pasos de salsa. Y las raras veces que lo consigo pierdo el paso y a punto estoy de caerme, porque no puedo estar concentrada en dos partes del cuerpo al mismo tiempo. Me pasaba igual en aeróbic, que o movía los brazos o movía los pies, pero las dos cosas a un tiempo me era imposible. 
Pero no cejo en mi empeño. Mi objetivo de este año es conseguir seguir la coreografía de la monitora hasta el final, sin perderme. El viernes volví, tras una trágica experiencia con la clase de spinning (no pasó nada, solo que me dolía tanto el culo los días siguientes que he tenido problemas para sentarme toda la semana), y, aunque la cadera sigue bien sujeta, he de decir que fui capaz de imitar el paso con solo tres repeticiones, lo que para mí ya es un logro. Y un logro no menor es haber ido al gimnasio un viernes, me diréis que no. 
Así que al loro. Que igual termináis viéndome en el programa ese de baile con los famosos. Que le voy a coger el gustillo a esto de dar brincos en suelo de parqué con una botella de agua en lugar de un gintonic, para ir entrenando y dejar a la gente ojiplática la próxima vez que pongan una de Pitbull en el bar. Solo espero que el bar no tenga espejos. Y que la monitora no ande cerca, por eso de que las comparaciones son odiosas.

Modelitos para el trabajo

Esta semana tenía intención de ir de rebajas, a ver si lograba algún chollo de última hora con el que alegrar un poco mi armario, pero el último vistazo a mi cuenta corriente me ha desaconsejado cualquier aproximación a un escaparate. En lugar de ir de compras, por tanto, he revisado mis uniformes de trabajo y me he dado cuenta de que no necesito nada nuevo. Estoy servida para todo el año.

Tengo, por ejemplo, el modelito veraniego, azul como el cielo de Vitoria tres días al año, dos de ellos en septiembre (cuando ya no puedes disfrutarlos igual, porque claro, qué gracia tiene que haga bueno cuando no puedes ir a la piscina). Es el modelito que más nuevo tengo, por eso de que la ciudad tiene dos estaciones, la de invierno y la de trenes, pero ahí lo guardo, con la esperanza de usarlo un poco más cada año. Algunas compañeras usan tirantes en verano. Mi optimismo no llega a tanto. 
 Después viene mi modelito otoñal, en tonos rojizos por eso del cambio de color en las hojas. Este me lo calzo en octubre y me dura hasta Navidad, y cuando ya se tiene solo de la mierda que lleva cambio al de invierno. Es lo suficientemente grueso para recordarme que ya no es verano, pero no llega al agobio de la felpa que debería ponerme en invierno (pero no me pongo, soy de sangre templada por naturaleza, que una es vasca, leñe). Además, la gente dice que me sienta muy bien el rojo. No voy a dejar que las estaciones decidan por mí qué he de ponerme.
El modelo de invierno es, sin duda, el que más uso lleva. Hasta en la foto se puede ver lo desgastado que está ya, pero es como ese pantalón que te sigues poniendo aunque el dobladillo esté hecho un asco, no lo vas a tirar por un pequeño defecto. Este modelito tiene el cielo ganado por la paciencia y todas las manchas de pintura y bolígrafo que ha acarreado en sus años de trabajo. Fue el primero que me compré, hace ya una barbaridad de años, y como tengo la suerte de trabajar en algo que no entiende de modas, aún me lo pongo. Eso sí, lo reservo para los días de más frío, porque hay que ver cómo abriga el condenado.



Y por último llega el modelito de primavera, que es probablemente el que más me gusta porque últimamente me ha dado por el verde. Yo, optimista por naturaleza, lo calzo cuando El Corte Inglés da por empezada la primavera, que es allá por febrero, cuando caen las nevadas en la ciudad. Pero es que, igual que con el rojo, me puede el color, y aunque es, con creces, el modelo más fino que tengo, no me puedo resistir a pavonearme por el colegio con él, alardeando de cuerpo en proceso "operación bikini" bajo una capa que me tapa cualquier michelín. Ahora que lo pienso, creo que ninguno de mis alumnos y alumnas me ha visto nunca la cintura. No es a propósito, es por exigencias del trabajo.


Así que me he dicho que no necesito ir de compras. Voy sobrada con lo que tengo, no me hace falta más ropa. Igual que los hombres que trabajan en bancos y demás tienen tres o cuatro trajes para todo el año, yo tengo mis cuatro modelitos con los que me apaño muy bien. Para qué más. Si total, tengo la suerte de trabajar para el público menos exigente que hay: los niños. Aunque más de una vez me hayan preguntado dónde me he comprado las zapatillas y si tengo más pantalones que los tres que llevo siempre.


A casa


Solo tengo que llegar a casa desde el aparcamiento. Diez minutos me separan del portal, diez minutos andando por una calle que conozco bien, está bien iluminada y a plena luz del día suele estar llena de gente (pero no ahora; ahora es más de medianoche de un miércoles de agosto, cuando la ciudad está desierta y ni las tiendas abren). Con la maleta en una mano (grande, demasiado grande) y una bolsa de plástico en la otra que, pienso, me puede servir de arma llegado el caso de lo mucho que pesa, me dirijo a casa a paso rápido, sintiendo el bolso que siempre llevo cruzado en bandolera sobre el muslo. Todo es silencio, aparte de algún coche que atraviesa la ciudad a más velocidad de la permitida. Me pregunto si pararían si yo de repente pidiera auxilio. Me contesto que seguramente no. Solo los vecinos me oirían, y quién sabe cuántos de ellos se darían la vuelta en la cama sin hacer a mis gritos más caso que al maullido de un gato callejero. 
¿Y por qué habría de pedir auxilio? No me va a pasar nada, me digo, y me lo creo. Avanzo por la plaza, ahora desierta, y veo a tres figuras acercarse en dirección contraria. Estoy cansada y mi miopía no me deja ver bien de noche, pero soy capaz de hacer un rápido reconocimiento. Son adolescentes, poco más que niños, dos chicos y una chica, y su andar rápido delata que tienen tanta prisa como yo por llegar a casa (o a donde quiera que vayan). En ningún momento me han parecido amenazadoras sus figuras, y sigo adelante, me cruzo con ellos, no intercambiamos miradas. Cruzo de calle para acercarme más a la mía. Un hombre se acerca a lo lejos. Me ve, mira al suelo, se aparta de mi camino todo lo que puede en la estrecha acera. No hay peligro, me está diciendo, no me temas. Le doy las gracias mentalmente y pienso que, quizás, tenga hermanas pequeñas a las que acompañaba de noche cuando eran más jóvenes. 
Oigo el motor de un coche detrás de mí. Me da la sensación de que frena según se acerca , y por un segundo el corazón me late un poco más fuerte. Giro la cabeza para ver el coche, quedarme con la matrícula por si acaso, lo que sea, me siento inútil, y me sonrío cuando veo el monovolúmen conducido por un hombre de mediana edad, su mujer al lado y sus hijos detrás. Hay una curva pronunciada junto a mí, por eso está frenando. Para y me deja cruzar por el paso de cebra. Entro en la zona peatonal. Aquí no hay coches ni bares, y no sé si eso es bueno o malo. Tres mujeres mayores que yo se cruzan conmigo, sin mirarme. Bajo a mi calle. Está más oscura que la anterior. Casi sin darme cuenta, acelero el paso todo lo que puedo. No se oye un alma, solo el persistente zumbido de las ruedas de mi maleta sobre la acera, que parecen retumbar en el silencio de la noche. Llego a mi portal. Tengo las llaves preparadas en la mano varios metros antes de llegar, el móvil a mano en el bolsillo trasero del pantalón. Abro el portal. Entro en el ascensor. 
Y entonces pienso en cómo habría hecho el mismo camino un hombre, y me digo que seguramente hubiera ido silbando, sin pensar en más cosas que en la cama que le espera después de un largo viaje en coche. Estoy convencida de que no se hubiera quedado con las caras de nadie, que no se habría dado cuenta de con quién se cruzaba o del ruido de los coches. Que no habría respirado un poco más a gusto (sin miedo, nunca miedo, pero sí inquietud) al ver la puerta del ascensor cerrarse frente a él y saberse, por fin, seguro en una casa sin cortinas a la que llega sin necesidad de llevar un silbato encima. 

De lecturas veraniegas o confesiones lectoras.



En verano no se leen los mismos libros que se leen a lo largo del curso, o al menos yo no lo hago. El buen tiempo y el cuerpo festivo no me permiten concentrarme en lecturas que disfrutaría como una enana en invierno, cuando el temporal azota las ventanas y no te queda otra que quedarte en casa un domingo, con un té calentito al lado, los gatos en el regazo y ese tomo de buena literatura que te deja atada al sofá durante horas. La buena literatura (lo que quiera que eso signifique) es para disfrutarla despacio y con mucho tiempo de lectura; dos horas seguidas leyendo en silencio, sin más sonido que el de la lluvia afuera, los cinco sentidos puestos en lo que estás leyendo. Bajar el libro, pensar en una frase que acabas de leer y soltar un “ostrás” de admiración. Eso en verano no me sale. 
En verano leo libros que yo considero de encefalograma plano. Libros que, digámoslo abiertamente, me daría vergüenza que alguien me viera leer en público (benditos libros electrónicos, por qué no los habrán inventado antes). Tienen que ser lecturas que me permitan levantar la cabeza del libro, mirar a la cuadrilla de adolescentes que pavonean con las plumas bien extendidas al pasar delante de la terraza del bar, sonreír con nostalgia y volver a la lectura sin la sensación de haberme perdido nada; lecturas que me permitan hacer planes mientras leo (¿voy esta tarde a la piscina o llamo a las amigas?) o pensar en lo que me voy a poner de cena que esté rico y no engorde, y aún así poder seguir el hilo de lo que estoy leyendo. Lo mejor son las lecturas de playa, esas que puedes dejar a media frase para ir al chiringuito y luego retomar dos frases más adelante o más atrás como si no hubiera pasado nada. Eso no lo puedes hacer con algo profundo. 
Este verano llevo leídos una docena de libros, aunque la cifra es engañosa porque algunos tenían más de ochocientas páginas y deberían contar como dos. No todo ha sido lectura veraniega (los libros “fáciles” son como los chuches, llegas a empacharte), también he leído a Irene Nermirovsky, a Ana María Matute (¡por fin!) y hasta me dio por leer a Nietzche (lo empecé justo antes de que me dieran las vacaciones y después de los exámenes, cuando todavía estaba en modo empollón), pero el resto han sido tan de pasar el rato que no sería capaz de decir de qué iban. Ahora estoy con uno de Stephen King, a quien no había leído nunca y me está sorprendiendo porque, superventas o no, el tío sabe escribir (y enganchar; cómo si no iba a poder permitirse libros de mil páginas). Cuando lo acabe… Quién sabe. Ahí me esperan Ulysses en su versión original en inglés, Crimen y castigo, Guerra y paz, A tale of two cities y un librito pequeño con un cuento de Virginia Wolf, entre otros. También tengo toda la bibliografía de Stephen King en el libro electrónico, así que vaya usted a saber. 
Se va acercando septiembre, el tiempo en Vitoria es un asco y mis neuronas me piden ya platos finos. He hecho acopio de tés variados, tengo ya la manta preparada y, lo que es mejor, no tengo que preocuparme por las asignaturas de filología inglesa que vaya a coger este año. Sí, creo que cuando termine lo que estoy leyendo voy a coger, por fin, un libro físico y a sacarlo a pasear, o mejor, aprovechar los últimos días de asueto para poder encerrarme con él y dar buena cuenta de sus páginas. Aunque, como haga bueno, algún otro “chuche” caerá. Que Dostoievsky no mezcla bien con los grupitos de adolescentes disfrutando los últimos días de verano. 

De fiestas de Vitoria, o la paz después de la tempestad


Las fiestas de Vitoria empiezan el día cuatro de agosto con la bajada de un muñeco desde la torre de una iglesia y la travesía inhumana de un ser humano a través de una plaza abarrotada con treinta mil personas que intenta quitarle la gorra o tocar al personaje porque dice la leyenda que así se liga en fiestas (y todo sabemos que, o tocas a Celedón, o en Vitoria no te comes un rosco). Sigue con la elección de pañuelo, azul y a cuadros o rojo festivo, y la continúan los blusas (hombres y niños de todas las edades vestido como los vascos de antes) y las neskas (mujeres y niñas vestidas como las vascas de antes), con alguna arrantzale (pescadora) que se cuela entre nos y que como no vaya a pescar al pantano de aquí al lado no sé de dónde ha sacado el traje. Durante cinco días es casi obligatorio salir, por lo menos a ver los fuegos, o los conciertos (este año ha venido Auryn y alguna niña casi se desmaya por haber hecho doce horas de guardia para coger sitio en una plaza desierta), y sobre todo, es obligatorio el bocata de lomo con pimientos. Porque no hay fiesta vasca que se precie sin bocata de lomo, con o sin pimientos, con o sin queso. Las toneladas de bocatas de lomo que se comen en Euskadi cuando llega el verano podrían formar parte del libro Guinness (como la tortilla de patata más grande del mundo que se cocinó a quinientos metros de mi casa hace un par de semanas; cultura gastronómica a tope).

Yo este año he salido poco. He voluntariado en una txozna (nuestro equivalente a las casetas andaluzas) sirviendo cañas y kalimotxos y preparando pintxos de chorizo para las masas hambrientas, pero salir he salido dos o tres días. Recuerdo cuando era casi una cría, la obsesión que teníamos por las fiestas, cómo las esperábamos casi desde mayo porque era la única vez durante el año que veíamos amanecer en la calle. Ese chocolate con churros, ese volver a casa oliendo a tabaco y a cerveza derramada a las ocho de la mañana, completamente sobria porque yo no bebía, con la tripa revuelta por haber comido demasiadas porquerías, las zapatillas llenas de mierda porque por aquel entonces la gente era mucho más sucia y los bares no tenían vasos de plástico duro de los que valen un euro y guardas para toda la noche. Escuchábamos los conciertos de la plaza de España, nos íbamos a bailar a la verbena de la plaza del Arca (este año no ha habido, malditos recortes) o simplemente nos sentábamos en una escalera a ver a la gente pasar o a contarnos nuestras cosas. Ahora la fiesta ha cambiado. Ahora las zapatillas llegan limpias porque ya no hay mierda en el suelo (aunque se sigue meando en los cantones del casco viejo), la ropa no me huele a tabaco porque poca gente fuma en los bares (sí, poca, pero siguen fumando) y ya no veo amanecer porque el cuerpo no me da (y la cantidad de alcohol que llevo en la sangre no me dejaría disfrutar del chocolate con churros, de todas formas). Ahora es otra cosa.

La fiesta de ahí fuera es la misma, pero la que yo vivo es distinta. Con la edad llegan cambios. Se gasta más dinero, se gasta más energía. Se come mejor, se bebe peor (directamente, se bebe más), se disfruta de otra manera. Pero las fiestas siempre serán fiestas. Y por mucho que algunos se empeñen en desprestigiarlas y decir que son fiestas de aldea, de pueblo raso, de paletos, a mí me gustan. Son mías. Las he vivido siempre y creo que las seguiré disfrutando, hasta cuando tenga edad de salir con los grupos de veteranos. Quizás entonces recupere la fuerza y pueda volver a ver amanecer en un parque, con el estómago en su sitio y ganas de desayunar un buen chocolate con churros. Que ya se sabe que no hay energía como la de un jubilado. Mucho mayor, dónde va a parar, que la de una treintañera.

Del couchsurfing, o el arte de invitar perfectos desconocidos a tu casa y poder contarlo

Regalitos de Corea. Mola.

Mi hermano me ha dicho de siempre que estoy un poco loca (nada peligroso ni clínico, pero sí un pequeño toque, siendo psicólogo algo de eso sabe), y he de reconocer que, últimamente, empiezo a pensar que tiene razón. Mi última pedrada, por eso de salir de la rutina y conocer a gente nueva, ha sido apuntarme a una página llamada Couchsurfing, que viene a ser una red que pone en contacto a gente que necesita un sitio para pasar la noche con gente que ofrece sitio. Vale todo: un sofá, una superficie lisa donde poner el saco de dormir, o, si tienes mucha suerte, la habitación de invitados, pero la idea es que puedas quedarte en casa de un completo desconocido o que ofrezcas tu casa a cualquiera que te lo pida. Si no tienes una casa que ofrecer, puede que ofrezcas tu tiempo y tus ganas de conocer gente y te animes a hacer de embajadora de tu ciudad para los que te pidan un paseo. Yo me apunté con esa intención. Me pareció una buena idea pasar una tarde en compañía de un recién llegado, llevarlos por la ciudad y tomar unas cervezas, hacer amigos nuevos. Hasta que un día le di al "sí" en la casilla que preguntaba si ofrecía sofá. Y ahí empezó la aventura.

Hoy se ha marchado un chico iraní residente en Corea del Sur que ha pasado cinco noches y seis días en mi casa. Huelga decir que no le conocía de nada, y que lo mismo podía haberme salido un violador o un asesino en serie, pero ha habido suerte y no he llenado las páginas de sucesos del periódico local. Ha venido a una conferencia y se ha pasado el día ocupado, pero por las tardes íbamos de pintxos y cervezas por la ciudad, más turismo gastronómico que otra cosa. Él ha quedado encantado con la ciudad, y yo me he quedado encantada con la vida que tengo oyéndole cómo se vive en Corea y el nivel de estrés que soporta allí la gente. Esta mañana le he dejado en un autobús que le llevaba al aeropuerto de Madrid camino a Berlín, donde dormirá en otro sofá (y será el tercero en el tercer país que visita en las últimas dos semanas). Antes de que viniera y mientras él estaba aquí he recibido siete peticiones más de gente que va rondando por el mundo de sofá en sofá. No es por ahorrar dinero (aunque supongo que también, para qué engañarnos), sino por la experiencia. Como mi invitado decía: ¿cómo iba a saber yo qué era un pintxo si no me lo llegas a explicar tú? ¿Os imagináis, venir a Euskadi y no probarlos? Pecado mortal.

La experiencia ha estado bien, pero creo que me voy a tomar un tiempo antes de invitar a otro desconocido o desconocida a mi casa. No por razones metafísicas, ni porque el tío que ha venido haya sido un raro y me dé miedo repetir, sino por algo mucho más mundano: mi piso es diminuto y el baño muy pequeño (que parece una chorrada pero no lo es), y la tensión de tener a una persona que depende de ti para todo durante el día me ha agotado. Aún así, repetiré. La próxima vez, eso sí, serán menos días, porque dedicar una semana entera de tus vacaciones a atender a otra persona se me ha hecho un poco duro.

¿Algún valiente más se anima? ¡Participar es gratis y la experiencia no tiene precio! Y no voy a ser yo la única loca que se meta en estos berenjenales, ¿no? ¡Decidme que no estoy sola! A ver si por una vez convenzo a mi hermano de que hay gente más tarada que yo...

De gatos literarios, o cómo complicarse la vida con un inquilino nuevo.


Dartañán llegó a mí a mediados de mayo, una bolita naranja recién destetada al que elegí de una camada de tres hermanos y dos primos. La culpa fue de una compañera de trabajo, que me dijo que acababa de tener un montón de gatos y me enseñó fotos de los recién nacidos. Yo, blanda como nadie, le dije que sí, venga, vale, le voy a llevar a Sauron un amiguito para que no esté tan solo. Elegí un gato blanco con cara de pillo, pero cuando fui a buscarlo y vi el naranja... Fue amor a primera vista. El blanco se ha quedado con su madre y sus hermanos en la casa de campo y se ha convertido en un cazador de primera. Dartañán se vino conmigo y vive una vida de lujo como gato casero.

Lo cierto es que me daba un poco de miedo meter otro gato en casa. ¿Cómo lo iba a llevar Sauron? ¿Se iban a pelear por la comida? ¿Llegarían en algún momento a ser amigos? ¿Y si no se llevaban bien? Dartañán llegó a casa un viernes. Ese día, Sauron le bufó de tal manera que me asusté; se le desfiguró la cara, se convirtió en el gato del demonio, él, que es la viva imagen de la tranquilidad. Aparté al recién llegado de él y pasó la noche encerrado en la sala, con un Sauron que no quería saber nada del nuevo inquilino, ni siquiera mirarlo por la vitrina de la puerta. Pero al día siguiente empezó a asomarse para mirarle. Le abrí la puerta y entró a olerle. Dartañán buscaba una figura que le recordara a todas las gatas que le habían criado y a sus hermanos, e iba detrás de Sauron como loco. A Sauron le costó horas encariñarse con Dartañán. Para el sábado por la noche, le dio el primer lametón. El domingo por la tarde ya dormían juntos. Y a partir de ahí se han hecho inseparables.

El "educa-gatitos"
Lo que no significa que el puñetero gato nuevo no esté siendo un dolor, claro. El muy puñetero me tiene el sofá destrozado, y no hay manera de que se limite a la zona protegida por la manta del sofá. Ni el "educa-gatitos" funciona con él, aunque parece que ya le va cogiendo miedo y ya identifica el cacharro con "Dartañán, no" (que es su nombre completo; a veces varía con "no, Dartañán" o "Dartañán, para ya, coño"). El pobre Sauron ha estado tan estresado que ha pillado una conjuntivitis bastante severa (si porque la trajo el pequeño o porque el estrés le ha despertado un virus que él ya tenía, no han sabido decirme), y eso de tirarme en el sofá a leer con tranquilidad ha pasado a la historia, a menos que el pequeñajo esté dormido.

Eso sí, de la compañía que me hace el bicho no me quejo. Sauron ya es mayor, pasa de mí y prefiere dormir en su cuna, pero Dartañán me busca, se pasa el día pegado a mí, jugando en mis pies o en mi regazo, y no sabe dormir durante el día si no es en contacto con mi piel. Y yo, que soy más blanda que el chocolate  en verano, me deshago un poquito cada vez que maúlla y en su voz oigo "dónde estás y por qué no estás conmigo"... O quizás esté diciendo "tengo calor, dame agua", pero yo prefiero entender lo que me da la gana.




El principio empieza al final.

La vida de una profesora en la escuela pública es una vida de incertidumbres. Cuando no tienes aprobada una oposición, tu futuro depende de una lista en la que el que más puntos tiene consigue el mejor puesto vacante en tu ciudad, y el que menos es condenado a algún lugar en el culo del mundo o, peor, a vagar por los colegios en intervalos de dos días o una semana. Cuando tu número de puntos se va acercando a un número que te permitirá tener siempre plaza cerca de casa (pero no siempre la misma plaza), una vocecilla en tu interior te dice que con semejante puntuación lo mejor es presentarse a la oposición y asegurar un trabajo para toda la vida, y tú lo haces, claro, porque quién no quiere un sueldo para toda la vida (que se lo pregunten a los de Nescafé si no). Apruebas, lo celebras, saltas de alegría... hasta que ves que tu destino definitivo (si tienes suerte y te lo dan pronto, porque si no estás tan provisional como cuando eras interina) está en el punto más lejano que pueden darte de tu casa sin salirte de la provincia, a dos puertos de montaña y una hora de coche que se convierte en hora y media o dos cuando nieva. Haces tu penitencia y te juegas la vida en la carretera todos los días; compras un coche que consume poco para que la cartera no se resienta, compartes coche con compañeras, te las apañas para hacer algún curso en horario lectivo que te permita librarte de los peores meses de nieve... Y así pasan los dos años que por ley tienes que pasar en el exilio, y mientras sueñas con ese colegio que tienes al lado de casa, y qué se sentirá al comer en casa en lugar de comer de "táper", o qué es tener las tardes libres y ver la luz del día fuera de la escuela en las tardes de invierno en las que anochece tan pronto.

Y entonces ocurre. Entonces pides plaza cerca de casa y, lo que son las cosas, te la dan. Un colegio a cientos de metros de tu casa, no kilómetros, con la promesa de la comodidad y un buen horario. Es tu plaza, te dicen, no te la puede quitar nadie si tú no quieres. Estabilidad, bendita palabra. No más coche. No más sustos en la carretera. No más quedarse en clase con la luz apagada cuando te pega una migraña y te es imposible ir a casa porque compartes coche y, qué leches, cualquiera conduce en ese estado. Una semana más en el exilio y se acabó, te dicen, a partir de ahora llegarás a trabajar en diez minutos. Andando. No hay dinero que pague algo así.

Hoy es el último día con los niños en el colegio en el que he cumplido mis dos años de exilio. Me da miedo ponerme a llorar como una tonta. Les he cogido cariño. Los niños son niños aquí y en Pekín, y no importa dónde estés, siempre terminas queriéndolos. El año que viene no los veré. Les he dejado mi email, espero que me escriban (no lo harán). Y en septiembre empezaré la aventura que, con suerte, ha de durarme toda la vida, porque ya he visto suficientes colegios para cansar a cualquiera.

El principio empieza al final. No se puede tener una vida nueva sin librarse de la antigua.

Veremos.

Veinticinco años.

Me parece increíble, pero he llegado a una edad en la que ya puedo hablar de cosas que ocurrieron hace más de veinticinco años. Puedo decir, por ejemplo, que hace veinticinco años terminé octavo de EGB y dejé la ikastola donde había entrado con dos años (de eso hace ya treinta y seis, pero no puedo hablar de ello porque no tengo recuerdos de tan pequeña). Igual que yo, gente que me rodea tiene recuerdos tan antiguos que las fotos que los reflejan están desgastadas por el tiempo, o se han perdido, o se han estropeado con el pegamento de aquellas páginas de álbum en los que nuestras madres pegaban todas (porque siempre eran las madres, ¿verdad? ¿Qué tienen los recuerdos que son cosas de mujeres?). Nos vemos todos los días y nos da la sensación de que por nosotras no pasa el tiempo, pero vaya que si pasa, como por todas las demás. Y luego llega el día en que te juntas con las antiguas compañeras y piensas, ¿así de mayor estoy yo también? Sí. Por supuesto.
Este fin de semana nos hemos juntado siete antiguas compañeras de clase (también había un compañero, pero ya me conocéis, somos mayoría y hablo en femenino). Teníamos que haber sido más, pero una serie de desafortunadas circunstancias han llevado a la gente a cancelar la asistencia y al final nos juntamos unas pocas, pero suficientes para recordar anécdotas que mi subconsciente había alejado a los rincones más apartados de mi mente. No sé por qué no recuerdo la mitad de las cosas que se comentaron en la comida, porque tampoco son traumáticas ni algo que mi subconsciente debiera olvidar, pero la verdad es que a veces tenía la sensación de que estaban hablando de otra clase y de otra Ruth. Me gustó oírlas hablar con la tranquilidad que da el tiempo pasado, con una sinceridad que nos hubiera sido imposible incluso hace quince años. Me gustó saber que no fui yo la única que lo pasaba mal en clase con algunas personas, o que otras se sentían igual de inseguras que yo en lo académico. Me sorprendió saber que alguien a quien yo tenía por buena estudiante se sentía tonta y frustrada en clase. Pensé en cuántos traumas vivimos, cada una por su lado, en una clase de diecisiete personas en la que los chicos y las chicas no se juntaban nunca. Pensé en cómo hubiera cambiado la reunión si se hubieran animado a venir las “bullies” de aquella época. No mucho. Se lo hubiéramos dicho todo entre risas, porque ya hace veinticinco años de todo aquello y no merece la pena guardar rencores inútiles.
Hace veinticinco años que terminé octavo de EGB. Hace diecisiete que soy profesora. Hace ya ocho años que volví de Estados Unidos. Hace tres que me saqué la oposición. Y la vida va sumando en años y experiencias, y siempre es más y nunca menos, y al final del todo no seremos más que un saco de vivencias y una máquina de recordar. Si tenemos suerte. 

De vacaciones



Este año he tenido la gran suerte de poder ahorrar un dinero y ser capaz de perderme en una isla unos días, casi de manera literal (no estaba desierta, precisamente, pero aceptamos barco). He ido a la playa, he disfrutado de un clima tropical que no conocía, me he bañado en la piscina, me he puesto morena y he comido lo suficiente para ponerme a régimen según puse un pie fuera del avión que me trajo de vuelta. El paquete con el que fui no era un “todo incluido” de esos de pulserita azul mágica que te da derecho a todo, sino una media pensión que incluía el desayuno y la cena, por si me daba por hacer excursiones y comer fuera. Excursiones ni una, pero comer fuera sí. De lo que me alegro, y mucho. 
Encontré una terraza con camareros muy agradables ya desde el primer día, y aparte del segundo, en el que me fui a investigar si había sitios más monos por esa zona (la respuesta fue que no), volví todos los días que estuve a comer tapas de pescado y paella para una. Como viajaba sola, los camareros hablaban conmigo mientras mantenían un ojo en el resto de las mesas, y la sobremesa de café y chupito de melocotón cortesía de la casa se me hacían muy amenas, justo lo que necesitaba antes de reposar la comida en la hamaca junto a la piscina. Uno de los camareros era un argentino que llevaba veinticinco años en la isla, aunque su plan original era quedarse dos. Me contó que antes de la crisis era capaz de ir todos los veranos a su Argentina natal  y pasar allí un mes de vacaciones, pero que desde que entró el euro lo tiene peor y ahora mismo le alcanza lo justo para vivir. Él tenía una teoría para realzar el trabajo y el turismo de la zona que me pareció muy interesante, y no era el primero que me lo comentaba. Decía que los paquetes del “todo incluido” habían echado por tierra la economía de la zona. La gente ya no salía, no iba ni a tomarse una cerveza porque en el hotel lo tenían todo gratis, no comían fuera. Terrazas que antes estaban llenas de gente, con media docena de camareros, se arreglaban ahora con uno o dos, y el ochenta por ciento del paro de la zona era del sector servicios. “¿No sería mejor —me dijo— prohibir los paquetes esos y crear trabajo en la isla? Tanto decir que quieren crear empleo, y la solución está al alcance de la mano”. Tenía toda la razón del mundo, por supuesto. La gente va con el dinero justo, la cartera casi vacía porque el hotel se lo da todo; y el hotel no gana más dinero con el menú porque le da igual dar de comer a quinientos que a mil en esos súper buffets para los que no tienen que contratar más camareros, y hasta los taxistas pasan hambre porque el paquete incluye el transporte al aeropuerto. Sí, le dije, tiene usted toda la razón. Y me sentí un poco culpable porque ya tenía la cena incluida en el hotel. 

Recuerdo las vacaciones cuando era niña, y lo mucho que les costaba a mis padres ahorrar para poder permitirnos quince días fuera de la rutina. También recuerdo las propinas que dejaba mi padre, porque “estamos de vacaciones”, y ese puntito de no mirar el dinero cuando salíamos fuera. Yo soy un poco así también. Si no tengo para gastar sin preocuparme (dentro de unos límites, se entiende), prefiero no ir. Me gusta comer fuera, me gusta una cerveza a mitad del paseo, me gusta tomar una tapa a media tarde. Pero la gente ya no viaja así. La gente va con una mano en la cartera, contando cada euro que sale de ella. Me pregunto si merece la pena. Me pregunto si al final los comercios a la orilla del mar se resentirán y tendrán que cerrar, y luego nos quejaremos de que no hay una mala terraza donde tomar una cerveza para librarnos del calor de la playa. Yo, de momento, prometo seguir tomando cervezas a la orilla del mar y disfrutar de la charla de los camareros simpáticos. Ya tengo ganas de volver, y si las cosas van bien iré solo con el desayuno incluido. Cada gota cuenta, digo yo. Será cuestión de dar ejemplo. 

La visita

Hace unos meses, por un proyecto en un curso de euskera, me encontré casi de casualidad con el blog de Anne Marie Chiramberro, una chica de San Francisco. Me interesó en seguida por lo divertida que era escribiendo, y además tenía algo que nos servía para nuestro trabajo sobre la diáspora vasca en Estados Unidos: su padre era vasco-francés y su blog hablaba solo de lo que significa ser vasco-americana. Entablé contacto con ella y le pedí ayuda para nuestro proyecto, a lo que ella aceptó de buena gana. Nos contó la historia de su padre, y cómo vive ella lo de ser descendiente de un vasco en una ciudad como San Francisco, que, creía yo, tiene más bien poco de vasca. Resulta que por todo California se hacen picnics en los que los vascos se reúnen, que tiene colonias en euskera (udalekus les llama ella, su nombre en euskera), que les enseñan el idioma a todo el que quiere aprenderlo (aunque no el dialecto de su padre, sino el "batua", nuestro particular "received pronunciation" que se ha tenido que crear para enseñar en las escuelas), que todos se conocen y todos se ayudan entre sí. Me habló de tantas cosas que me dio una rabia tremenda no haberme puesto en contacto con la Euskal Etxea de San Francisco cuando viví allí, o haberme pasado por Chino o Bakersfield para comer algo en uno de sus decenas de restaurantes vascos. Anne Marie me abrió un mundo nuevo en una California que creía conocer. Ahora tengo unas ganas locas de ir allí de nuevo a ver algo de lo que me perdí.
Este año, la californiana ha decidido dejar su trabajo y viajar para conocer mundo (qué cosa más americana, ¿no?), y una de sus paradas más largas ha sido, por supuesto, el caserío de su familia en Iparralde (País Vasco-Francés). Como a lo que venía ella era a conocer mundo y el baserri de su familia ya se lo conoce bastante bien, decidió darse una vuelta por Hegoalde (Euskadi y Navarra) y ponerse en contacto con todas las personas que ha conocido a través del blog. Yo era una de ellas, y me hizo una ilusión tremenda que me mandara un email. Quedamos en el centro de la ciudad, dimos una vuelta para que quitarle el mal gusto que el viaje en autobús le había dejado (Vitoria le pareció horrible desde la ventanilla, pero el centro le encantó) y comimos algo con una amiga suya que está en Euskadi aprendiendo euskera antes de volver a EEUU y empezar la universidad en Boise. Fueron solo unas horas, pero tuve la oportunidad de conocer a alguien a quien nunca hubiera conocido de no haber sido por Internet y el fortuito trabajo del primer trimestre.
Supongo que siempre ha habido oportunidad de conocer gente de otros países, solo que ahora, con Internet, es mucho más fácil. Antes existían los amigos por carta, esos que ponían su dirección en una revista y esperaban a que alguien les escribiera (nunca me atreví a hacerlo, pero siempre tuve curiosidad por conocer a alguien de esa manera); ahora ya no hace falta esperar días, semanas, a que llegue una carta, porque los mensajes electrónicos están al alcance de la mano y en un solo clic mandas la respuesta. Estoy convencida de que nunca hubiera conocido a Anne Marie de no haber sido por su blog, y me hubiera perdido una experiencia muy interesante. Ahora me han entrado ganas de hacer funcionar mi cuenta de Couch-Surfing y empezar a visitar a gente de otras partes del mundo. Ya veremos dónde acabo (si es que lo hago).

Pausa

Hace mucho que no escribo. Ni aquí ni en ninguna otra parte (miento, colaboro con un magazine online en euskera una vez al mes), simplemente no tengo nada que contar. No sé si ha sido el cambio de rutinas, que este año estoy muy cansada, que ya no me levanto la media hora antes que el año pasado conseguía arañarle a la mañana, que no tengo ninguna idea para una historia larga y nunca me ha motivado escribir cortas. La cosa es que no escribo. Y escribo tan poco que a punto he estado de cerrar el blog. Tenerlo parado es como tener un cuaderno abierto sobre la mesa en el que no escribes y lo único que acumulas es polvo y manchas de comida, siempre ahí para recordarte que hay algo que no estás haciendo.
Tampoco leo, no al ritmo que suelo leer. Un libro un poco grueso me cuesta un mes, cuando antes en dos semanas me sobraba tiempo. ¿La astenia primaveral afecta a la lectura? No sé. Hoy es el primer día de primavera y ya le estoy echando la culpa. Últimamente solo me apetece dormir. Podría escribir sobre los sueños que tengo, que ríete tú del surrealismo. Pero no. No escribo.
Dejaré el cuaderno abierto en la mesa, porque me conozco y sé que esto va por rachas. Poco a poco iré volviendo, espero, cuando el cuerpo lo pida o cuando me permita el madrugón. Quizás en verano. No sé. Quién sabe. Siento que me falta algo. Escribir y leer siempre han sido parte de mí. Ahora mismo no soy yo. Creo. Solo sé que no sé nada.
No escribo. Y no me gusta no escribir.

De letras y dibujos.

Se puede saber mucho de un niño o una niña a través de los trabajos en clase, y no me refiero a si han estudiado o saben poner la ese de la tercera persona en inglés. Se ven muchos pequeños datos en un dibujo de la familia (¿cuántos dibujos de la familia habré mandado hacer en mi vida?) en el que falta el hermano pequeño “porque está en casa”, cuando el dibujante en cuestión lleva meses actuando de manera extraña en clase por los celos que le causa el hermanito nuevo. Los dibujos dicen mucho. Figuras con cuerpo incompleto en una edad en la que tienen madurez para hacer la anatomía correcta hablan de faltas, de inseguridades, de carencias afectivas simbólicas y no tan simbólicas. Niños que no hacen bocas, o que cuando las hacen están siempre tristes. Niñas que dibujan en negro y hacen los rasgos de la cara en rojo, gestos enfadados en los adultos que les rodean. Pequeños y pequeñas que no dibujan brazos, signo de la comunicación. ¿Qué es más visual que el movimiento de una mano cuando hablamos? Dejarse las manos dice mucho. Igual que no poner bocas. 
Con los mayores me fijo en la letra. Algunos clavan el lápiz como si el papel fuera el culpable de algo, casi hasta romper la página. Su letra es gruesa, sucia, apenas legible, igual que su comportamiento brusco, respondón, agresivo, orgulloso. Otros, otras, hacen una letra tan perfecta que da casi pena corregirles. No hay ni un rasgo que se salga de su sitio, todo es correcto, todo está limpio. Una sola marca roja en el papel desfigura un dibujo perfecto si no fuera por esa ese que falta, esa coma que se han dejado. Y se hunden. Porque su mundo es de perfección, como su letra, y no aceptan el error, la falta. He visto llorar a niños y niñas con esta letra por una nota baja en música. Su umbral de fracaso es cero. Su nivel de aceptación del error es inferior a cero. Si no pueden llegar a la perfección, mejor no hacerlo.
En clase todo suma y ningún detalle pasa desapercibido. El comportamiento, las notas de los exámenes, las charlas con los padres y madres son solo una parte de la información que recibimos. Se sabe mucho con los trabajos de los niños y niñas. No tanto, quizás, como hablando con ellos, pero se sabe mucho. Casi tanto como viéndoles jugar en el patio. 

De exámenes, o cómo perder la cabeza cuatro veces por trimestre.


Todos los años por estas fechas, y ya van siete, me estreso. A mis treinta y ocho años, con todas mis obligaciones académicas cumplidas y todos los títulos necesarios para ejercer mi profesión, estoy de exámenes. Como una adolescente. Solo a mí se me ocurre meterme a estudiar una carrera y dedicarme a ello en cuerpo y alma, así, a lo bestia, sin darme tregua y con la intención de sacar todas las asignaturas de las que me matriculo. Que podía matricularme de una o dos, pero no: cinco en un año. Y claro, llegan los exámenes y me estreso.

Algunos salen bien casi sin esfuerzo. Si la asignatura es literatura y he tenido que leer varias novelas u obras cortas para sacarla, el examen suele ser sencillo porque puedes aplicar la teoría a lo que has leído. Lo malo viene cuando tienes que aprenderte todo de memoria, sin textos a los que aplicarlos. No me gusta estudiar de memoria, la tengo muy mala. Se me olvida lo que me dicen de un minuto a otro. Se me olvida hasta lo que estaba escribiendo si me salgo un poco del tema, lo mío con la memoria es horrible, es un milagro que recuerde mi dirección y mi teléfono (que me costó años aprender, por cierto; el número de teléfono, no la dirección. Por suerte, nunca me he olvidado de dónde vivo. ¿Te imaginas? Sería unas risas. "Oiga, agente, me he perdido, se me ha olvidado mi dirección. Sé que empezaba por 'calle', pero del resto no me acuerdo. Llame a mi madre, haga el favor").

¿De qué hablaba? Ah, sí, los exámenes. Ayer me examiné de uno de esos que requieren mucha memoria. Literatura clásica griega, para más señas. Nos han hecho leer dos obras cortas, una de ellas escrita por un hombre que vivió mucho más tarde de la época que hemos estudiado, y nos hemos tenido que aprender la vida y milagros de al menos una veintena de autores. Es lo que pasa cuando estudias una filología, sí, pero lo malo no es eso. Lo malo eran los nombres. Desde Hecateo de Mileto hasta Aristófanes, pasando por Alcmán o Tucídides, no había forma humana de quedarme con los nombres de todos. ¿Cómo voy a aprender nada de su estilo si confundo a Heródoto con Hecateo? ¿No podían llamarse Pepe, Juan y Manolo? O, en su defecto, Mike, Charlie y Preston, que esto es filología inglesa. Lo peor es que sé que tengo que agradecer a mi libro que los nombres no vinieran en griego original. Y tengo que agradecer a los profesores que las preguntas no versaran sobre los dioses del Olimpo, que vaya cacao me hago con Afrodita, Venus y Apolo (estos son los guapos, ¿no?). El libro, todo hay que decirlo, no estaba mal del todo, estaba bien organizado y se estudiaba bien. Bueno, no digamos tanto, porque se pasa trescientas páginas hablando de la "historia de los hombres" y el "destino de los hombres", que parece que en Grecia no había mujeres ni personas a secas, y utiliza la palabra "empero" (que no había visto utilizada nunca en un texto que no fuera de Martes y Trece) casi en cada página.

Lo importante es que creo que he aprobado. Ahora solo me quedan dos exámenes (más los de junio, pero quién los cuenta), uno de los cuales es sobre la historia de la lengua inglesa. Que digo yo, por qué le llaman inglés cuando quieren decir alemán, pero bueno, supongo que es una manera de legitimizar que el inglés es una de las lenguas modernas más antiguas de Europa, y ya sabemos que en cuestión de poderío todo vale. Así que allá voy, a estudiarme las declinaciones y el orden de las familias germánicas, a ver si consigo ser licenciada en junio en lugar de tener que esperar a septiembre, como parece ser que ocurre con esta asignatura. Me despediría en inglés antiguo, pero el examen es la semana que viene y, como buena estudiante, lo voy dejando todo para el final y no tengo muy claro ni de qué va la asignatura.

God be with you.