Ramalazo poético de un día extraño

Qué quieres ser

¿Qué quieres ser?, nos preguntaban de pequeñas.
Y nosotras contestábamos. 
Futbolista.
Actriz.
Cantante.
Maestra.
Electricista.
¿Qué quieres ser?, nos preguntaron de más mayores.
Y las respuestas cambiaron.
Millonaria.
Rica.
Empresaria.
Jefa.
¿Qué quieres ser?, nos preguntarán después.
Y diremos otras cosas. 
Quiero ser un buen recuerdo.
Quiero ser significante. 
Quiero ser un buen regusto. 
Quiero ser algo.
Quiero ser alguien.

Quiero ser.

De filosofías de la vida o verdades que no gustan

Leo en internet una frase que me para en seco unos segundos:

La leo, y mi primera reacción es negar con la cabeza y decirme a mí misma "qué cínico, vaya manera de ir por la vida", aunque últimamente me ha dado por pensar que no entiendo el significado de "cínico" y que la mayoría de las veces es una palabra que se usa tan mal como "demagogia". Miro en mi interior, y trato de pensar en alguna ocasión en la que esta frase haya descrito alguna de mis acciones. Miro, busco y rebusco, y no encuentro un momento en el que pueda decir "sí, ahí fui mala, ahí fui a hacer daño a posta, por venganza o por odio". Alguna mala respuesta, algún mal gesto, pero más por salvarme yo de un mal rato que por herir a los demás. Y luego recuerdo esos gestos de bondad que hice sin pensar, esos detalles que nadie me pidió y nadie me agradeció, esos momentos en los que quise ser buena persona y pasé desapercibida. O peor, recuerdo querer ser buena persona y recibir solo una hostia (figurada o no tan figurada) del otro lado, porque hay gente que entiende la bondad como debilidad y una brillante ocasión para aprovecharse de una. 

Así que, si he de ser sincera, sí, me he arrepentido de ser buena persona, pero creo que nunca podría ser una hija de puta (primero porque odio la expresión, tan rematadamente sexista como es). Hay una gran gama de grises entre estos dos extremos, y creo que la mayoría de las personas estamos en ese término medio. Rara vez me salgo de mi camino para ayudar a alguien que no me lo pide, y en determinadas ocasiones quizás eso sea ser una hija de puta (si pasas de largo cuando alguien se cae de bruces en la calle, por ejemplo). Pero creo que la mayoría del tiempo soy simplemente egocéntrica, demasiado preocupada por mi propia vida y mis propios problemas para ocuparme de los demás. Ni buena ni mala persona, simplemente una más. Alguien a quien quizás le gustaría ser mejor persona, preocuparse más de los demás, pero que ha recibido demasiados plantes en la vida como para ser buena persona con cualquiera. 

Al menos puedo decir que nunca le he puesto la zancadilla a nadie, metafórica o literalmente (bueno, literalmente alguna que otra cuando era cría). No todo el mundo puede decir eso. Y sí, seguro que hay más de uno que lee esta entrada y piensa "qué cínica, mírala, se cree mejor que los demás". Pero como ya ha quedado claro que no entiendo muy bien esa palabra y pensar mal es un derecho, una se queda tan tranquila siendo como es. Ahora que hagan otros la lectura interior. Más de uno y más de una se llevará un buen susto.

Nieve




No me gusta la nieve. La nieve significa frío, problemas en las carreteras, calles sucias cuando el manto blanco se convierte en negro por arte y gracia de la polución, niños y niñas insoportables porque la nieve les altera el carácter, charcos, patinazos, heladas. Sé que estoy sola en mi odio contra la nieve, pero qué le vamos a hacer. Mi padre olía la nieve. Yo la intuyo, y puedo decir el día anterior si al día siguiente va a nevar o no solo con mirar al cielo (aún así, hoy me han sorprendido los tejados blancos). No me gusta la nieve. La nieve altera el orden, y yo soy de piñón fijo y rutinas de acero.

Pero me gustan los días en los que nieva. Las nubes dejan paso al sol a intervalos más o menos largos, y es un sol que alumbra más por el contraste con las nubes que lo rodean y el blanco del suelo. Hace frío, pero es un frío limpio, de los que cura los catarros (o eso dice mi madre), un frío que aclara ideas. Año de nieves año de bienes, dice el refrán; yo digo que año de buen verano, porque si no nieva en invierno lo hará en primavera, y volverá a pasarnos como este año en el que el verano ha llegado en septiembre.

No me gusta la nieve, pero me gusta el cielo de nieve. Me gusta que un niño venga y me diga que es la primera vez que ve nevar (es del sur y el año pasado no cayó ni un copo). Me gusta ver a críos jugando a cazar copos con la lengua. La nieve es para los niños y las niñas, y yo hace tiempo que dejé de serlo (bueno, depende en qué sentido). No me gusta la nieve. Por suerte, al clima de Vitoria le trae al pairo lo que yo opine y aquí nieva cuando toca. Porque si no me hacen caso las criaturitas de cinco años, de qué me va a escuchar la nube que surcan el cielo.

2015


Empieza el año, y ya empieza mal. Lo que ha pasado en Francia nos ha hecho salir de las festividades y volver a la realidad de la vida de golpe y porrazo, sin medias tintas, como aquel que quita el esparadrapo de la herida de un tirón y sin avisar. Siempre empezamos enero con la esperanza de que el año que empieza vaya a ser mejor que el anterior, pero la vida pronto nos pone en nuestro sitio. Que nosotros y nosotras hayamos puesto una fecha en el calendario para que todo empiece de cero no significa que el Mundo nos vaya a hacer caso. Uno de enero o trece de abril, la vida sigue. Y la vida es muy perra.

Yo he empezado el año optimista. Lo empecé en el extranjero, viendo las doce en una pantalla gigante con la puerta de Brandemburgo de fondo (en la pantalla del pub del hotel, se entiende; hacía demasiado frío y me daba una pereza inmensa aventurarme entre el millón de personas que abarrotaban la puerta). He empezado el año conociendo gente estupenda, haciendo lo que puede que sean amistades nuevas si mantenemos el contacto y la ilusión por conocernos; he empezado con ganas de viajar, de conocer mundo, de ver por fin en vivo esos sitios que solo veo en fotografías y que están en mi interminable lista de "sitios por visitar antes de morir" (porque después iba a ser más difícil). En resumen, he empezado bien el año. Yo. Porque el mundo parece que se ha descarrilado un poco de la vía de la fraternidad y la armonía y nos va a costar volver al camino. Espero que no sea mucho. Espero que sea un caso aislado. Espero que para cuando acabe el mes todos y todas volvamos a ser lo más felices posible en la tranquilidad de nuestra vida común y corriente. Espero.

Feliz año a todos y a todas. Urte berri on.

Mujeres en serie: Breaking Bad

Han pasado ya muchos meses desde la última entrada de Mujeres en Serie, pero me ha venido a la cabeza una serie en concreto que mucha gente ha visto y me ha apetecido comentarla. Se trata, cómo no, de la gran Breaking Bad, con la que disfruté como una enana cuando la vi por primera vez y con la que estoy disfrutando no poco con el segundo visionado. La puñetera tiene tantos matices que se te escapan detalles en cada capítulo.

A primera vista, Breaking Bad es una serie de "machos". Los protagonistas principales son hombres, todos los que lidian con ellos son hombres (bueno, casi todos), hay tiros, hay muertes, hay sangre, hay tacos, hay huevos. Una serie llena de testosterona, vaya. Pero resulta que el prota tiene familia, y familia heterosexual de las de toda la vida, con su mujer embarazada y que da a luz a una niña, su hijo adolescente y una familia política que da mucho juego a la serie. Incluso se podría decir que la trama, al principio, es hasta familiar: un hombre inteligentísimo pero con poca suerte en la vida se encuentra con que tiene cáncer y busca la manera de dejar a su familia en la mejor situación económica posible. Como es un genio en química y su cuñado es un policía experto en atrapar traficantes de meta-anfetaminas, no se le ocurre otra cosa que ponerse a fabricarla y a vendérsela a los capós de Nuevo Méjico (me encanta que la serie esté situada en Nuevo Méjico. ¿Por qué tiene que ser siempre California o Nueva York? ¡Hay cincuenta estados en el país!). Claro, un profesor de instituto en semejante percal se tiene que meter en líos sí o sí, es de esperar. Y ya tenemos una de las mejores series de la historia.

Walter White, el protagonista, es un personaje complejo y muy completo que va evolucionando con cada temporada, y pasa de ser profesor pardillo a un traficante y asesino sin complejos que lo único que quiere es vender su producto al mejor precio. Pero no es lo único genial de la serie. En mi opinión, la que no desmerece en absoluto es su mujer, Skyler, quien descubre de mala manera quién es en realidad su marido. Su personaje también evoluciona: desde el ama de casa que quiere mantener con vida a su marido cuando él se niega a seguir el tratamiento que le puede curar el cáncer, hasta la dura mujer de negocios que blanquea el dinero que su marido va trayendo a casa. Es atrevida, es valiente, resuelve conflictos y trata de salvar a la familia de la espiral de violencia en la que Walter les ha incluido. Por supuesto, en muchos foros de internet se la ha puesto a parir (una prueba sencilla: escribid Skyler White en Google y buscad imágenes). Dicen que siempre le está poniendo pegas a su marido, que no le deja vivir, que le quiere controlar. Que es fría. Que es castradora. ¿Os imagináis tener un cónyuge que trafica con drogas al más alto nivel? ¿Alguien que sabéis que ha matado, que ha traído a los sicarios a la puerta de casa, que ha (SPOILER, Y GORDO, NO SIGÁIS LEYENDO) sido el responsable de la muerte de un miembro de la familia? Cualquiera se divorciaría cortando por lo sano, sin querer saber nada de él y llevándose a los hijos bien lejos. Ella no. Ella no quiere que su hijo adolescente sepa en qué anda metido su padre porque lo idolatra y no quiere que su imagen de él cambie. No quiere denunciar a Walter porque su cuñado se vería en un buen lío, dado que es el hombre más buscado del estado. Skyler no solo no le deja, sino que le ayuda a "lavar" el dinero que luego utiliza para ayudar a su cuñado. Si de algo peca Skyler White es de estar obsesionada por proteger a su familia, hasta el punto de perderse a sí misma y terminar... ¿Cómo termina? Como tenía que haber estado desde que supo lo que hacía su marido: sola a cargo de sus dos hijos.

Soy la primera fan de Walter White. Quiero que las cosas le vayan bien, que no le pillen, que se salve. Defino a "los malos" como aquellos que van contra sus intereses, lo que ha veces incluye a Skyler. Pero seamos serios: Walter White es un criminal que, aunque empieza con las drogas por amor a su familia, termina convirtiéndose en un asesino sin escrúpulos a quien ya le da igual quién muera. Lo hace por el subidón de hacer algo ilegal, por el ego de saberse malo y criminal, no por necesidad. Y es en ese punto en el que me vuelco con Skyler y le grito al televisor que no, que Walter es un capullo, que Skyler tiene razón.

Hay más personajes femeninos en esta serie que merecerían su post aparte, por eso no las incluyo en éste. Marie y Jane, por ejemplo, podrían analizarse como contrapuntos de Skyler por motivos distintos. Pero lo dejo aquí, porque ya me ha quedado un post muy largo. Y, qué demonios, porque aún no me he terminado la quinta temporada y me muero de ganas de tirarme en el sofá con un capítulo nuevo.

PS: Después de escribir esto me encuentro con este post que lo dice todo mucho mejor que yo y tiene unas fotos muy saladas. Para muy fans.

Huellas

Ayer me dio por buscar información en Internet sobre un tema que me viene interesando mucho últimamente (tecnología en el aula, más concretamente en el área de lenguas) y me encontré con varios blogs muy interesantes. Algunos eran de escuelas, otros de fundaciones, pero el que me gustó en especial fue uno de un profesor de idiomas retirado al que el tema de la tecnología le fascinaba. Escribía muy bien y planteaba cuestiones muy interesantes, y me dije que sería un buen blog a seguir en el futuro. Iba a agregarlo a mi lista de blogs cuando me di cuenta de que la última entrada era de 2012. Era una entrada que no auguraba para nada que fuera a cerrar el blog, tan amena como otras que leí, llena de información. Y me dio por pensar que el hombre no había dejado el blog porque sí, porque ya no le apeteciera escribir, sino porque ya no podía hacerlo más. Que se había muerto, vaya.

Hace muchos años, un amigo de mi entonces compañera de piso sufrió un ataque al corazón y murió en su coche en una autopista americana. Era un hombre ya mayor con problemas cardíacos que tuvo el buen juicio de salirse al arcén en cuanto se sintió mal, pero la ambulancia no llegó a tiempo y cuando llegaron ya no había nada que hacer. Mi compañera se lo tomó muy mal, como es de imaginar. Lo peor fue cuando escuchamos los mensajes del contestador y nos encontramos con uno, antiguo ya, del hombre que acababa de morir. Ella tuvo un pequeño ataque de nervios y a punto estuvo de tirar el contestador contra la pared. No la culpo. Yo solo le vi un par de veces, no recuerdo su nombre y apenas su cara, pero sí recuerdo su voz, aquel anacrónico mensaje del contestador que parecía una llamada del más allá. Como en el capítulo de Breaking Bad en el que Jessee se pasa el día llamando al teléfono de su novia muerta porque el buzón de voz le contesta con la voz de Jane, hasta que un robot le dice que ya han desconectado el teléfono. Como eso, pero de verdad. La verdad siempre supera a la ficción.

Son huellas. Dejamos huellas a través del tiempo, en el espacio, en los lugares más insospechados. Algunos lo hacen sobre soportes físicos o digitales, otros en nuestra memoria. Nadie se va sin dejar un poco de sí mismo detrás. Supongo que es ley de vida, quizás sea la forma en que el universo nos dice que todo pasa y aún así todo perdura, que somos algo más que carne sobre dos patas. No lo sé. Solo sé que ayer, al ver el blog, sentí el vacío de una persona a la que nunca conocí y de la que no sé nada más aparte de su antigua profesión y su último hobby. Y si eso se logra con un mísero blog, imaginaos con una vida plena.

Domingo

¿Qué tienen los domingos que cuesta tanto levantarse? Esa pereza, ese saber que no hay nada que hacer, esa desgana por poner un pie fuera de la cama. El mundo ahí fuera parece estar de fiesta, como si la vida se detuviera una vez cada siete días. Las calles vacías, silencio hasta de coches, cielo nublado que amenaza lluvia. Los domingos deberían ser siempre lluviosos. Es para lo único que sirven.
Me gustan los domingos. Ese levantarse tarde, ese aprovechar el día para hacer las cosas que dan demasiada pereza entre semanas. Leer un domingo es mucho más agradable que leer un lunes. Saber que tienes horas muertas que no puedes gastar en el supermercado o en la tienda de turno. Tomar un café. Charlar con alguien. Domingo pausado, domingo de relax, de jugar con los gatos y ver las horas pasar.
Domingo. Día perfecto si no fuera por el dichoso lunes.

De multilingüismos y palabras que se pronuncian igual en distintas lenguas

A mis alumnos y alumnas les hablo en inglés la mayor parte del tiempo, menos cuando me enfado, que sale el genio de la lámpara y puedo hablar en cualquier idioma, hasta uno que yo no conozca. Les hablo con acento británico (o lo más parecido que yo puedo hacerlo), pero las expresiones que utilizo son más bien estadounidenses, porque siete años mandando callar en inglés a los críos de ese país han hecho estragos. Una que me gusta especialmente es "zip it", que significa, literalmente, cierra la cremallera, queriendo decir calla la boca. Cada vez que la usaba con los de sexto, los críos se reían y yo imaginaba que era por lo infantil de la expresión, porque hay que reconocer que eso de cerrar cremalleras está un poco antiguo, o quizás por el sonido silbante de la zeta, que a mí me gusta especialmente. Hasta que hoy, después de decir la dichosa palabrita y aguantar las risas, un crío me ha llamado aparte.
–¿Ya sabes lo que significa "zip" en árabe?
–No, claro.
–Pues es polla. Por eso nos reímos todos.
Toma ya. Y solo han esperado dos meses para decírmelo.
Lo que más gracia me ha hecho es que el niño que me lo ha dicho no es árabe, y parte de los que se reían en clase tampoco. Esto, como siempre, viene a probar mi teoría de que cada uno aprende lo que quiere y aquello que le interesa, porque estoy convencida de que ninguno de ellos sabe decir "Me llamo Ramón" en árabe.

Entrega de diplomas

Como los asiduos a este blog ya sabéis, a mí me va la marcha y los últimos años los he pasado estudiando una licenciatura, por más que ya tuviera una oposición y un trabajo fijo para el que no necesitaba mayor titulación. Pero una es un poco masoca, y por eso de que había vuelto con buen nivel de inglés de Estados Unidos se me ocurrió que sería buena idea meterme en filología inglesa, en el plan antiguo, de cuando eran cinco añitos. El trabajo no me permitía ir a clase en la universidad presencial, así que me matriculé por la UNED. En junio, tras siete años de estudios, conseguí titularme y quitarme por fin la espinita esa de tener una carrera que fuera algo más difícil que el chiste que resultó magisterio.

Ayer, en el centro asociado de Vitoria, nos hacían entrega de la insignia de la universidad y un papelajo que no vale más que para ocupar sitio, símbolo del fin de nuestros días como estudiantes. Yo engañé a mi familia para que me acompañara, porque el título es simbólico pero el momento de dar por finalizada la carrera vale mucho, y allí que me fui después de haber confirmado mi asistencia por email. A poco de empezar el acto me llevé la sorpresa de la tarde, porque unas amigas mías decidieron venir a darme apoyo moral y me las encontré allí sin yo esperarlo (me las hubiera comido a besos). Todo el que se haya licenciado –y aquí sois muchos– sabéis qué tipo de acto es uno como el de ayer; no voy a entrar en detalle porque quien más quien menos se ha visto en un brete parecido, solo diré que había tantas "personalidades" en la mesa que me aburrí de oír a cada participante empezar su perorata con "Ilustrísimo señor don Fulanito de Tal", "Excelentísimo vicerrector", etc. Una profesora que me resultaba conocida (y eso en la UNED es raro) dio una charla sobre el acento al aprender una lengua extranjera durante la cual mi madre estuvo a punto de echar una cabezada pero que a mí me encantó, y después llegó la hora de los diplomas. Y ahí se jodió la marrana.

Cosquilleo en la tripa, nervios, qué os voy a decir. Cuándo dirán mi nombre, tropezaré, le daré la mano al que no es, se me caerá algo en el camino. Todo para nada. El secretario empezó a llamar a la gente diciendo primero su carrera. Las dijo todas –todas, todas las que existen– menos la mía. De repente soltó un "y por último, Fulanita de Tal" que me dejó clavada a la silla. ¿Y yo?, dije para mí, pero nadie me oyó porque una de mis amigas dijo, en voz bien alta para que la oyera el tribunal, "Falta una". No faltaba una, faltaban cuatro. Cuatro personas que, aunque más tarde recogimos nuestra imitación de diploma serio y nuestra insignia de la UNED, nos quedamos sin ese momento de dar la mano a las autoridades y sentir que todo el mundo te aplaude por algo que te ha costado un gran esfuerzo alcanzar. Pero la directora parecía realmente avergonzada, nos pidió disculpas un millón de veces y, qué demonios, la culpa había sido del secretario que no se dignó a pedirnos perdón y que no había sido capaz de apuntar los nombres de los correos electrónicos en el papelito de marras.

Salí de allí más muerta de vergüenza que si me hubieran dado el diploma cuando me lo tenían que dar, pero con una sonrisa de oreja a oreja en la cara. Llevo meses siendo licenciada, pero ayer lo compartí con la gente más cercana a mí, y eso vale aún más. Acudió gente que no esperaba que acudiera, y no vinieron más porque tenían que trabajar. Me hizo ilusión. Hoy es día para digerir que sí, que soy licenciada (ni que fuera doctora o catedrática, oye, qué ilusión me hace), pero también para pensar que la cosa no para aquí. El día que yo dejé de estudiar es que me ha dado un ictus. De momento le daré a los idiomas, pero creo que no es la última ceremonia de licenciatura a la que asisto. A ver si la próxima me dan el título cuando me lo tienen que dar.






Sin fijarme

Voy por la calle sin fijarme nunca en nada. Aunque vaya mirando al frente, rara es la vez que distingo caras conocidas en la muchedumbre. La gente que conozco debe pensar que soy una borde, porque no saludo si no me saludan primero, a veces con algo de retintín en la voz, como queriendo decir “ya me he dado cuenta de que no querías saludar, pero te saludo yo, hala, chincha”. Pero no es eso, de verdad (o no siempre, al menos). Parece que miento, pero aunque tenga la vista clavada en el rostro de alguien, muchas veces no me doy cuenta de a quién estoy viendo. Es lo que tiene ser despistada y miope, que crea equívocos. 
No me fijo en nada porque voy en mi mundo, por más que sepa que eso no es bueno. La vida pasa ahí fuera, donde están los demás, y yo ando encerrada en un universo paralelo que solo tiene cabida en mi cerebro. Invento clases magistrales que luego no doy; pienso en cómo explicar un concepto que no se ha entendido; voy imaginando recetas que luego me da pereza cocinar, o pensando en cómo llegar del punto A al punto B sin perderme, sobre todo si tengo que coger el coche. Tengo la sensación de que mi cabeza no descansa nunca, que no me doy tiempo a observar lo que hay ahí fuera, donde la gente normal se dedica a mirar a la cara de aquellos con los que se cruza. Y ando, ando, ando, casi como un fantasma, pasando por las huellas que he pisado un millón de veces, sin ver más de lo necesario para llegar a casa sin perderme.
Me hace ilusión cuando alguien me para y me saluda. La gente va entendiendo cómo soy. Se dan cuenta de que soy el despiste personificado y no se ofenden. Todas y todos tenemos nuestras manías, ¿no? Supongo que esa es la mía. Pero quiero hacer un esfuerzo por salir al mundo, cruzar mi mirada con alguien y decir con los ojos “bonito día, ¿verdad?, que te vaya bien”, y sentirme así un poco más parte de la vida. 

Oui, ç'est moi


Esta semana he empezado en clase de francés. Lo que yo realmente quería era seguir con el alemán, pero por cuestión de horarios en la escuela de idiomas no he podido, así que empiezo con idioma nuevo. El primer día llegué todo contenta a clase, con mi cuaderno sin estrenar, mis libros nuevecitos, mi estuche con dos bolis de cada color por si uno falla y no pinta, y me senté en primera fila, al lado de la mesa de la profe porque soy dura de oído y no veo bien de lejos (y soy una puñetera empollona, sí, qué pasa). Ella nos saludó en la puerta con un “bonjour” que me sorprendió, porque ya eran las seis de la tarde y, aunque sé poco (nada) de francés, yo “sabía” que “bonjour” era para las mañanas. Una vez nos sentamos, ella empezó a hablarnos. En francés. A gran velocidad. Sin ninguna seña. Y solo paró cuando se dio cuenta de que la estábamos escuchando más con los ojos que con los oídos, porque la clase entera la miraba ojiplática, que parecía que se nos iban a escapar los ojos de las órbitas. Entonces pasó al castellano y nos explicó las normas de la escuela, la metodología, etc. Dimos poca clase el primer día, pero bastó para abrir boca. En el segundo apenas nos dio un respiro. Se acabó lo de hablar en castellano, fue todo en francés. Salí hasta mareada, pero pensando en francés (aunque la simpleza de mis pensamientos en esos momentos hubieran tumbado a cualquiera; solo sé decir “me llamo Ruth” y “cómo estás, yo bien, y tú”). Es lo que tiene la inmersión total.
Y entonces me vino un pensamiento (este ya en castellano, claro): ¿¡QUÉ LES ESTOY HACIENDO YO A MIS POBRES ALUMNOS Y ALUMNAS!? ¿Cómo no van a poner cara de susto cada vez que me dirijo a ellos y ellas en inglés? La sensación de impotencia, de no entender nada, de no ser capaz de valerte por ti misma en clase… ¿Eso es lo que sienten? ¿Es eso lo que transmito? Porque no es que vaya a cambiar mi metodología, un idioma se aprende mejor al ser oído y cuando te obligan a hablarlo, pero ¡ay, madre!, lo que cuesta y lo poco que nos damos cuenta. Es la primera vez en mi vida adulta que me enfrento a un idioma desconocido en una clase presencial (di mis primeros pinitos en alemán online, cuando fui a una clase presencial ya entendía lo más básico), y la experiencia, aunque muy positiva, me ha abierto los ojos. No es fácil manejarse en un idioma desconocido. Mi profesora es estupenda y se hace entender, igual que yo me hago entender en clase a base de dibujitos en la pizarra y hacer el pino puente con las orejas, pero se requiere un esfuerzo del que las profesoras de idiomas quizás no seamos conscientes. Aprender un idioma desde cero cuando el idioma de la clase es ese en el que te están hablando es muy difícil. Es la única manera de aprenderlo bien, sí, pero es muy difícil.
Espero que la ilusión con el francés no se evapore y me dé por seguir con el idioma (y encontrar la manera de no perder el alemán). Espero seguir aprendiendo, no solo para defenderme en francés sino para ser mejor profesora. Debería ser obligatorio aprender un idioma nuevo para las profesoras de lengua. Darnos cuenta de lo mucho que cuesta. La empatía siempre es importante, pero es difícil llegar a ella cuando ya se te ha olvidado lo que significa aprender algo nuevo. 

Otoño


Otoño ha llegado de golpe, con un cambio de tiempo que nos ha pillado a todos con el pie cambiado. Hay que cambiar la ropa, poner una manta más en la cama (finita, pero que abrigue), cerrar las ventanas por la noche, sacar el pañuelo para el cuello. Llevo una semana con catarro, aunque no sé si eso es por el cambio de tiempo o por los achuchones que me dan los niños, a quienes no puedo decir que no aunque me vengan con los mocos colgando. Septiembre es así, pasa todos los años. Parece que el mes promete un buen tiempo eterno, que va a hacer calor hasta diciembre, y de repente arremete el frío. Recuerdo a mi padre, cuando yo era pequeña, haciendo planes para celebrar su cumpleaños con un picnic en el pantano, pensando que el verano iba a llegar hasta octubre, creyendo que el buen tiempo era una promesa eterna. Todo acaba. El buen tiempo, en Vitoria, no puede ser una excepción. 
Mi padre murió a un mes de cumplir los sesenta y siete años, cuando todavía hacía calor. Mi hermano y yo estábamos pensando en qué regalarle por su cumpleaños, porque sabíamos que le quedaba poco tiempo y queríamos que fuera algo que le gustara especialmente. Él murió a menos de una semana de nuestra conversación sobre su regalo. Nadie te explica cuánto es “poco tiempo”, y lo que a nosotros nos parecía poco —dos, tres meses— era una utopía tan difícil de alcanzar como el buen tiempo en octubre. Todo tiene su final, hasta la enfermedad (sobre todo la enfermedad). Lo bueno es que lo malo también tiene fin. Nada dura eternamente. 
Todo se acaba y cada principio es un final. Las estaciones se suceden, el ciclo de la vida, bla, bla, bla. Yo solo sé que ahora empieza el otoño, que el frío durará hasta mayo y que ya, por mucho que cambie el tiempo con eso del calentamiento global, nunca podré celebrar el cumpleaños de mi padre con un picnic en el pantano. Todo lo más, con un ramo de flores mal puesto en un jarrón. Y sé que cada otoño será igual, y no habrá nadie que pueda cambiar eso. 

Buenos propósitos


Dicen que el año nuevo empieza el uno de enero, pero yo estoy convencida de que no tardaremos mucho en empezar a celebrar la Noche Vieja el 31 de agosto. Ese es el día en el que los verdaderos propósitos de comienzo de año empiezan, incluidos el sempiterno “voy a dejar de fumar” y “este año me apunto al gimnasio”.
Yo no puedo dejar de fumar porque antes tendría que empezar, y casi que paso, pero lo del gimnasio lo he cumplido a rajatabla. El mismo uno de septiembre estaba en la instalación con mi bolsa de deporte, mis zapatillas ya gastadas y unas ganas locas de perder las dos arrobas que he ganado este año. En el gimnasio me saludaron como si me conocieran de toda la vida, algo normal teniendo en cuenta que he perdido ya la cuenta de los primeros de septiembre que he pasado en su seno, y me enseñaron la lista de clases dirigidas. Este año paso de máquinas y pesas, porque siempre termino aburriéndome y lo dejo a los dos meses. Quería ver si había alguna clase que me gustara a un horario que me viniera bien. El lunes había zumba, y me dije que debía probarlo. Y lo probé. 
¿Os acordáis de ese anuncio en el que salía una chica bailando muy bien y la voz en off decía algo como “así crees que bailas cuando estás bebida”, para luego mostrarla borracha y dando tumbos en la pista, con la voz en off diciendo “así bailas en realidad”? Pues esa fue mi experiencia el primer día. La monitora, una chica bajita y toda ella músculo, se movía como si no costara dar los pasos y las vueltas que daba en su pequeño podio, y yo intentaba seguirla con la misma gracia que un elefante con artrosis. La misma gracia, supongo, que tengo cuando bailo con mis amigas en un bar y creo que me estoy luciendo cosa mala con la música de Enrique Iglesias de fondo y una cerveza en la mano, pero esta vez con un espejo delante que me ha confirmado una terrible sospecha que acarreo desde la infancia: mi cadera está soldada al muslo y a la espalda. No hay otra explicación. Soy incapaz de mover el culo en los pasos de salsa. Y las raras veces que lo consigo pierdo el paso y a punto estoy de caerme, porque no puedo estar concentrada en dos partes del cuerpo al mismo tiempo. Me pasaba igual en aeróbic, que o movía los brazos o movía los pies, pero las dos cosas a un tiempo me era imposible. 
Pero no cejo en mi empeño. Mi objetivo de este año es conseguir seguir la coreografía de la monitora hasta el final, sin perderme. El viernes volví, tras una trágica experiencia con la clase de spinning (no pasó nada, solo que me dolía tanto el culo los días siguientes que he tenido problemas para sentarme toda la semana), y, aunque la cadera sigue bien sujeta, he de decir que fui capaz de imitar el paso con solo tres repeticiones, lo que para mí ya es un logro. Y un logro no menor es haber ido al gimnasio un viernes, me diréis que no. 
Así que al loro. Que igual termináis viéndome en el programa ese de baile con los famosos. Que le voy a coger el gustillo a esto de dar brincos en suelo de parqué con una botella de agua en lugar de un gintonic, para ir entrenando y dejar a la gente ojiplática la próxima vez que pongan una de Pitbull en el bar. Solo espero que el bar no tenga espejos. Y que la monitora no ande cerca, por eso de que las comparaciones son odiosas.

Modelitos para el trabajo

Esta semana tenía intención de ir de rebajas, a ver si lograba algún chollo de última hora con el que alegrar un poco mi armario, pero el último vistazo a mi cuenta corriente me ha desaconsejado cualquier aproximación a un escaparate. En lugar de ir de compras, por tanto, he revisado mis uniformes de trabajo y me he dado cuenta de que no necesito nada nuevo. Estoy servida para todo el año.

Tengo, por ejemplo, el modelito veraniego, azul como el cielo de Vitoria tres días al año, dos de ellos en septiembre (cuando ya no puedes disfrutarlos igual, porque claro, qué gracia tiene que haga bueno cuando no puedes ir a la piscina). Es el modelito que más nuevo tengo, por eso de que la ciudad tiene dos estaciones, la de invierno y la de trenes, pero ahí lo guardo, con la esperanza de usarlo un poco más cada año. Algunas compañeras usan tirantes en verano. Mi optimismo no llega a tanto. 
 Después viene mi modelito otoñal, en tonos rojizos por eso del cambio de color en las hojas. Este me lo calzo en octubre y me dura hasta Navidad, y cuando ya se tiene solo de la mierda que lleva cambio al de invierno. Es lo suficientemente grueso para recordarme que ya no es verano, pero no llega al agobio de la felpa que debería ponerme en invierno (pero no me pongo, soy de sangre templada por naturaleza, que una es vasca, leñe). Además, la gente dice que me sienta muy bien el rojo. No voy a dejar que las estaciones decidan por mí qué he de ponerme.
El modelo de invierno es, sin duda, el que más uso lleva. Hasta en la foto se puede ver lo desgastado que está ya, pero es como ese pantalón que te sigues poniendo aunque el dobladillo esté hecho un asco, no lo vas a tirar por un pequeño defecto. Este modelito tiene el cielo ganado por la paciencia y todas las manchas de pintura y bolígrafo que ha acarreado en sus años de trabajo. Fue el primero que me compré, hace ya una barbaridad de años, y como tengo la suerte de trabajar en algo que no entiende de modas, aún me lo pongo. Eso sí, lo reservo para los días de más frío, porque hay que ver cómo abriga el condenado.



Y por último llega el modelito de primavera, que es probablemente el que más me gusta porque últimamente me ha dado por el verde. Yo, optimista por naturaleza, lo calzo cuando El Corte Inglés da por empezada la primavera, que es allá por febrero, cuando caen las nevadas en la ciudad. Pero es que, igual que con el rojo, me puede el color, y aunque es, con creces, el modelo más fino que tengo, no me puedo resistir a pavonearme por el colegio con él, alardeando de cuerpo en proceso "operación bikini" bajo una capa que me tapa cualquier michelín. Ahora que lo pienso, creo que ninguno de mis alumnos y alumnas me ha visto nunca la cintura. No es a propósito, es por exigencias del trabajo.


Así que me he dicho que no necesito ir de compras. Voy sobrada con lo que tengo, no me hace falta más ropa. Igual que los hombres que trabajan en bancos y demás tienen tres o cuatro trajes para todo el año, yo tengo mis cuatro modelitos con los que me apaño muy bien. Para qué más. Si total, tengo la suerte de trabajar para el público menos exigente que hay: los niños. Aunque más de una vez me hayan preguntado dónde me he comprado las zapatillas y si tengo más pantalones que los tres que llevo siempre.


A casa


Solo tengo que llegar a casa desde el aparcamiento. Diez minutos me separan del portal, diez minutos andando por una calle que conozco bien, está bien iluminada y a plena luz del día suele estar llena de gente (pero no ahora; ahora es más de medianoche de un miércoles de agosto, cuando la ciudad está desierta y ni las tiendas abren). Con la maleta en una mano (grande, demasiado grande) y una bolsa de plástico en la otra que, pienso, me puede servir de arma llegado el caso de lo mucho que pesa, me dirijo a casa a paso rápido, sintiendo el bolso que siempre llevo cruzado en bandolera sobre el muslo. Todo es silencio, aparte de algún coche que atraviesa la ciudad a más velocidad de la permitida. Me pregunto si pararían si yo de repente pidiera auxilio. Me contesto que seguramente no. Solo los vecinos me oirían, y quién sabe cuántos de ellos se darían la vuelta en la cama sin hacer a mis gritos más caso que al maullido de un gato callejero. 
¿Y por qué habría de pedir auxilio? No me va a pasar nada, me digo, y me lo creo. Avanzo por la plaza, ahora desierta, y veo a tres figuras acercarse en dirección contraria. Estoy cansada y mi miopía no me deja ver bien de noche, pero soy capaz de hacer un rápido reconocimiento. Son adolescentes, poco más que niños, dos chicos y una chica, y su andar rápido delata que tienen tanta prisa como yo por llegar a casa (o a donde quiera que vayan). En ningún momento me han parecido amenazadoras sus figuras, y sigo adelante, me cruzo con ellos, no intercambiamos miradas. Cruzo de calle para acercarme más a la mía. Un hombre se acerca a lo lejos. Me ve, mira al suelo, se aparta de mi camino todo lo que puede en la estrecha acera. No hay peligro, me está diciendo, no me temas. Le doy las gracias mentalmente y pienso que, quizás, tenga hermanas pequeñas a las que acompañaba de noche cuando eran más jóvenes. 
Oigo el motor de un coche detrás de mí. Me da la sensación de que frena según se acerca , y por un segundo el corazón me late un poco más fuerte. Giro la cabeza para ver el coche, quedarme con la matrícula por si acaso, lo que sea, me siento inútil, y me sonrío cuando veo el monovolúmen conducido por un hombre de mediana edad, su mujer al lado y sus hijos detrás. Hay una curva pronunciada junto a mí, por eso está frenando. Para y me deja cruzar por el paso de cebra. Entro en la zona peatonal. Aquí no hay coches ni bares, y no sé si eso es bueno o malo. Tres mujeres mayores que yo se cruzan conmigo, sin mirarme. Bajo a mi calle. Está más oscura que la anterior. Casi sin darme cuenta, acelero el paso todo lo que puedo. No se oye un alma, solo el persistente zumbido de las ruedas de mi maleta sobre la acera, que parecen retumbar en el silencio de la noche. Llego a mi portal. Tengo las llaves preparadas en la mano varios metros antes de llegar, el móvil a mano en el bolsillo trasero del pantalón. Abro el portal. Entro en el ascensor. 
Y entonces pienso en cómo habría hecho el mismo camino un hombre, y me digo que seguramente hubiera ido silbando, sin pensar en más cosas que en la cama que le espera después de un largo viaje en coche. Estoy convencida de que no se hubiera quedado con las caras de nadie, que no se habría dado cuenta de con quién se cruzaba o del ruido de los coches. Que no habría respirado un poco más a gusto (sin miedo, nunca miedo, pero sí inquietud) al ver la puerta del ascensor cerrarse frente a él y saberse, por fin, seguro en una casa sin cortinas a la que llega sin necesidad de llevar un silbato encima. 

De lecturas veraniegas o confesiones lectoras.



En verano no se leen los mismos libros que se leen a lo largo del curso, o al menos yo no lo hago. El buen tiempo y el cuerpo festivo no me permiten concentrarme en lecturas que disfrutaría como una enana en invierno, cuando el temporal azota las ventanas y no te queda otra que quedarte en casa un domingo, con un té calentito al lado, los gatos en el regazo y ese tomo de buena literatura que te deja atada al sofá durante horas. La buena literatura (lo que quiera que eso signifique) es para disfrutarla despacio y con mucho tiempo de lectura; dos horas seguidas leyendo en silencio, sin más sonido que el de la lluvia afuera, los cinco sentidos puestos en lo que estás leyendo. Bajar el libro, pensar en una frase que acabas de leer y soltar un “ostrás” de admiración. Eso en verano no me sale. 
En verano leo libros que yo considero de encefalograma plano. Libros que, digámoslo abiertamente, me daría vergüenza que alguien me viera leer en público (benditos libros electrónicos, por qué no los habrán inventado antes). Tienen que ser lecturas que me permitan levantar la cabeza del libro, mirar a la cuadrilla de adolescentes que pavonean con las plumas bien extendidas al pasar delante de la terraza del bar, sonreír con nostalgia y volver a la lectura sin la sensación de haberme perdido nada; lecturas que me permitan hacer planes mientras leo (¿voy esta tarde a la piscina o llamo a las amigas?) o pensar en lo que me voy a poner de cena que esté rico y no engorde, y aún así poder seguir el hilo de lo que estoy leyendo. Lo mejor son las lecturas de playa, esas que puedes dejar a media frase para ir al chiringuito y luego retomar dos frases más adelante o más atrás como si no hubiera pasado nada. Eso no lo puedes hacer con algo profundo. 
Este verano llevo leídos una docena de libros, aunque la cifra es engañosa porque algunos tenían más de ochocientas páginas y deberían contar como dos. No todo ha sido lectura veraniega (los libros “fáciles” son como los chuches, llegas a empacharte), también he leído a Irene Nermirovsky, a Ana María Matute (¡por fin!) y hasta me dio por leer a Nietzche (lo empecé justo antes de que me dieran las vacaciones y después de los exámenes, cuando todavía estaba en modo empollón), pero el resto han sido tan de pasar el rato que no sería capaz de decir de qué iban. Ahora estoy con uno de Stephen King, a quien no había leído nunca y me está sorprendiendo porque, superventas o no, el tío sabe escribir (y enganchar; cómo si no iba a poder permitirse libros de mil páginas). Cuando lo acabe… Quién sabe. Ahí me esperan Ulysses en su versión original en inglés, Crimen y castigo, Guerra y paz, A tale of two cities y un librito pequeño con un cuento de Virginia Wolf, entre otros. También tengo toda la bibliografía de Stephen King en el libro electrónico, así que vaya usted a saber. 
Se va acercando septiembre, el tiempo en Vitoria es un asco y mis neuronas me piden ya platos finos. He hecho acopio de tés variados, tengo ya la manta preparada y, lo que es mejor, no tengo que preocuparme por las asignaturas de filología inglesa que vaya a coger este año. Sí, creo que cuando termine lo que estoy leyendo voy a coger, por fin, un libro físico y a sacarlo a pasear, o mejor, aprovechar los últimos días de asueto para poder encerrarme con él y dar buena cuenta de sus páginas. Aunque, como haga bueno, algún otro “chuche” caerá. Que Dostoievsky no mezcla bien con los grupitos de adolescentes disfrutando los últimos días de verano. 

De fiestas de Vitoria, o la paz después de la tempestad


Las fiestas de Vitoria empiezan el día cuatro de agosto con la bajada de un muñeco desde la torre de una iglesia y la travesía inhumana de un ser humano a través de una plaza abarrotada con treinta mil personas que intenta quitarle la gorra o tocar al personaje porque dice la leyenda que así se liga en fiestas (y todo sabemos que, o tocas a Celedón, o en Vitoria no te comes un rosco). Sigue con la elección de pañuelo, azul y a cuadros o rojo festivo, y la continúan los blusas (hombres y niños de todas las edades vestido como los vascos de antes) y las neskas (mujeres y niñas vestidas como las vascas de antes), con alguna arrantzale (pescadora) que se cuela entre nos y que como no vaya a pescar al pantano de aquí al lado no sé de dónde ha sacado el traje. Durante cinco días es casi obligatorio salir, por lo menos a ver los fuegos, o los conciertos (este año ha venido Auryn y alguna niña casi se desmaya por haber hecho doce horas de guardia para coger sitio en una plaza desierta), y sobre todo, es obligatorio el bocata de lomo con pimientos. Porque no hay fiesta vasca que se precie sin bocata de lomo, con o sin pimientos, con o sin queso. Las toneladas de bocatas de lomo que se comen en Euskadi cuando llega el verano podrían formar parte del libro Guinness (como la tortilla de patata más grande del mundo que se cocinó a quinientos metros de mi casa hace un par de semanas; cultura gastronómica a tope).

Yo este año he salido poco. He voluntariado en una txozna (nuestro equivalente a las casetas andaluzas) sirviendo cañas y kalimotxos y preparando pintxos de chorizo para las masas hambrientas, pero salir he salido dos o tres días. Recuerdo cuando era casi una cría, la obsesión que teníamos por las fiestas, cómo las esperábamos casi desde mayo porque era la única vez durante el año que veíamos amanecer en la calle. Ese chocolate con churros, ese volver a casa oliendo a tabaco y a cerveza derramada a las ocho de la mañana, completamente sobria porque yo no bebía, con la tripa revuelta por haber comido demasiadas porquerías, las zapatillas llenas de mierda porque por aquel entonces la gente era mucho más sucia y los bares no tenían vasos de plástico duro de los que valen un euro y guardas para toda la noche. Escuchábamos los conciertos de la plaza de España, nos íbamos a bailar a la verbena de la plaza del Arca (este año no ha habido, malditos recortes) o simplemente nos sentábamos en una escalera a ver a la gente pasar o a contarnos nuestras cosas. Ahora la fiesta ha cambiado. Ahora las zapatillas llegan limpias porque ya no hay mierda en el suelo (aunque se sigue meando en los cantones del casco viejo), la ropa no me huele a tabaco porque poca gente fuma en los bares (sí, poca, pero siguen fumando) y ya no veo amanecer porque el cuerpo no me da (y la cantidad de alcohol que llevo en la sangre no me dejaría disfrutar del chocolate con churros, de todas formas). Ahora es otra cosa.

La fiesta de ahí fuera es la misma, pero la que yo vivo es distinta. Con la edad llegan cambios. Se gasta más dinero, se gasta más energía. Se come mejor, se bebe peor (directamente, se bebe más), se disfruta de otra manera. Pero las fiestas siempre serán fiestas. Y por mucho que algunos se empeñen en desprestigiarlas y decir que son fiestas de aldea, de pueblo raso, de paletos, a mí me gustan. Son mías. Las he vivido siempre y creo que las seguiré disfrutando, hasta cuando tenga edad de salir con los grupos de veteranos. Quizás entonces recupere la fuerza y pueda volver a ver amanecer en un parque, con el estómago en su sitio y ganas de desayunar un buen chocolate con churros. Que ya se sabe que no hay energía como la de un jubilado. Mucho mayor, dónde va a parar, que la de una treintañera.

Del couchsurfing, o el arte de invitar perfectos desconocidos a tu casa y poder contarlo

Regalitos de Corea. Mola.

Mi hermano me ha dicho de siempre que estoy un poco loca (nada peligroso ni clínico, pero sí un pequeño toque, siendo psicólogo algo de eso sabe), y he de reconocer que, últimamente, empiezo a pensar que tiene razón. Mi última pedrada, por eso de salir de la rutina y conocer a gente nueva, ha sido apuntarme a una página llamada Couchsurfing, que viene a ser una red que pone en contacto a gente que necesita un sitio para pasar la noche con gente que ofrece sitio. Vale todo: un sofá, una superficie lisa donde poner el saco de dormir, o, si tienes mucha suerte, la habitación de invitados, pero la idea es que puedas quedarte en casa de un completo desconocido o que ofrezcas tu casa a cualquiera que te lo pida. Si no tienes una casa que ofrecer, puede que ofrezcas tu tiempo y tus ganas de conocer gente y te animes a hacer de embajadora de tu ciudad para los que te pidan un paseo. Yo me apunté con esa intención. Me pareció una buena idea pasar una tarde en compañía de un recién llegado, llevarlos por la ciudad y tomar unas cervezas, hacer amigos nuevos. Hasta que un día le di al "sí" en la casilla que preguntaba si ofrecía sofá. Y ahí empezó la aventura.

Hoy se ha marchado un chico iraní residente en Corea del Sur que ha pasado cinco noches y seis días en mi casa. Huelga decir que no le conocía de nada, y que lo mismo podía haberme salido un violador o un asesino en serie, pero ha habido suerte y no he llenado las páginas de sucesos del periódico local. Ha venido a una conferencia y se ha pasado el día ocupado, pero por las tardes íbamos de pintxos y cervezas por la ciudad, más turismo gastronómico que otra cosa. Él ha quedado encantado con la ciudad, y yo me he quedado encantada con la vida que tengo oyéndole cómo se vive en Corea y el nivel de estrés que soporta allí la gente. Esta mañana le he dejado en un autobús que le llevaba al aeropuerto de Madrid camino a Berlín, donde dormirá en otro sofá (y será el tercero en el tercer país que visita en las últimas dos semanas). Antes de que viniera y mientras él estaba aquí he recibido siete peticiones más de gente que va rondando por el mundo de sofá en sofá. No es por ahorrar dinero (aunque supongo que también, para qué engañarnos), sino por la experiencia. Como mi invitado decía: ¿cómo iba a saber yo qué era un pintxo si no me lo llegas a explicar tú? ¿Os imagináis, venir a Euskadi y no probarlos? Pecado mortal.

La experiencia ha estado bien, pero creo que me voy a tomar un tiempo antes de invitar a otro desconocido o desconocida a mi casa. No por razones metafísicas, ni porque el tío que ha venido haya sido un raro y me dé miedo repetir, sino por algo mucho más mundano: mi piso es diminuto y el baño muy pequeño (que parece una chorrada pero no lo es), y la tensión de tener a una persona que depende de ti para todo durante el día me ha agotado. Aún así, repetiré. La próxima vez, eso sí, serán menos días, porque dedicar una semana entera de tus vacaciones a atender a otra persona se me ha hecho un poco duro.

¿Algún valiente más se anima? ¡Participar es gratis y la experiencia no tiene precio! Y no voy a ser yo la única loca que se meta en estos berenjenales, ¿no? ¡Decidme que no estoy sola! A ver si por una vez convenzo a mi hermano de que hay gente más tarada que yo...

De gatos literarios, o cómo complicarse la vida con un inquilino nuevo.


Dartañán llegó a mí a mediados de mayo, una bolita naranja recién destetada al que elegí de una camada de tres hermanos y dos primos. La culpa fue de una compañera de trabajo, que me dijo que acababa de tener un montón de gatos y me enseñó fotos de los recién nacidos. Yo, blanda como nadie, le dije que sí, venga, vale, le voy a llevar a Sauron un amiguito para que no esté tan solo. Elegí un gato blanco con cara de pillo, pero cuando fui a buscarlo y vi el naranja... Fue amor a primera vista. El blanco se ha quedado con su madre y sus hermanos en la casa de campo y se ha convertido en un cazador de primera. Dartañán se vino conmigo y vive una vida de lujo como gato casero.

Lo cierto es que me daba un poco de miedo meter otro gato en casa. ¿Cómo lo iba a llevar Sauron? ¿Se iban a pelear por la comida? ¿Llegarían en algún momento a ser amigos? ¿Y si no se llevaban bien? Dartañán llegó a casa un viernes. Ese día, Sauron le bufó de tal manera que me asusté; se le desfiguró la cara, se convirtió en el gato del demonio, él, que es la viva imagen de la tranquilidad. Aparté al recién llegado de él y pasó la noche encerrado en la sala, con un Sauron que no quería saber nada del nuevo inquilino, ni siquiera mirarlo por la vitrina de la puerta. Pero al día siguiente empezó a asomarse para mirarle. Le abrí la puerta y entró a olerle. Dartañán buscaba una figura que le recordara a todas las gatas que le habían criado y a sus hermanos, e iba detrás de Sauron como loco. A Sauron le costó horas encariñarse con Dartañán. Para el sábado por la noche, le dio el primer lametón. El domingo por la tarde ya dormían juntos. Y a partir de ahí se han hecho inseparables.

El "educa-gatitos"
Lo que no significa que el puñetero gato nuevo no esté siendo un dolor, claro. El muy puñetero me tiene el sofá destrozado, y no hay manera de que se limite a la zona protegida por la manta del sofá. Ni el "educa-gatitos" funciona con él, aunque parece que ya le va cogiendo miedo y ya identifica el cacharro con "Dartañán, no" (que es su nombre completo; a veces varía con "no, Dartañán" o "Dartañán, para ya, coño"). El pobre Sauron ha estado tan estresado que ha pillado una conjuntivitis bastante severa (si porque la trajo el pequeño o porque el estrés le ha despertado un virus que él ya tenía, no han sabido decirme), y eso de tirarme en el sofá a leer con tranquilidad ha pasado a la historia, a menos que el pequeñajo esté dormido.

Eso sí, de la compañía que me hace el bicho no me quejo. Sauron ya es mayor, pasa de mí y prefiere dormir en su cuna, pero Dartañán me busca, se pasa el día pegado a mí, jugando en mis pies o en mi regazo, y no sabe dormir durante el día si no es en contacto con mi piel. Y yo, que soy más blanda que el chocolate  en verano, me deshago un poquito cada vez que maúlla y en su voz oigo "dónde estás y por qué no estás conmigo"... O quizás esté diciendo "tengo calor, dame agua", pero yo prefiero entender lo que me da la gana.




El principio empieza al final.

La vida de una profesora en la escuela pública es una vida de incertidumbres. Cuando no tienes aprobada una oposición, tu futuro depende de una lista en la que el que más puntos tiene consigue el mejor puesto vacante en tu ciudad, y el que menos es condenado a algún lugar en el culo del mundo o, peor, a vagar por los colegios en intervalos de dos días o una semana. Cuando tu número de puntos se va acercando a un número que te permitirá tener siempre plaza cerca de casa (pero no siempre la misma plaza), una vocecilla en tu interior te dice que con semejante puntuación lo mejor es presentarse a la oposición y asegurar un trabajo para toda la vida, y tú lo haces, claro, porque quién no quiere un sueldo para toda la vida (que se lo pregunten a los de Nescafé si no). Apruebas, lo celebras, saltas de alegría... hasta que ves que tu destino definitivo (si tienes suerte y te lo dan pronto, porque si no estás tan provisional como cuando eras interina) está en el punto más lejano que pueden darte de tu casa sin salirte de la provincia, a dos puertos de montaña y una hora de coche que se convierte en hora y media o dos cuando nieva. Haces tu penitencia y te juegas la vida en la carretera todos los días; compras un coche que consume poco para que la cartera no se resienta, compartes coche con compañeras, te las apañas para hacer algún curso en horario lectivo que te permita librarte de los peores meses de nieve... Y así pasan los dos años que por ley tienes que pasar en el exilio, y mientras sueñas con ese colegio que tienes al lado de casa, y qué se sentirá al comer en casa en lugar de comer de "táper", o qué es tener las tardes libres y ver la luz del día fuera de la escuela en las tardes de invierno en las que anochece tan pronto.

Y entonces ocurre. Entonces pides plaza cerca de casa y, lo que son las cosas, te la dan. Un colegio a cientos de metros de tu casa, no kilómetros, con la promesa de la comodidad y un buen horario. Es tu plaza, te dicen, no te la puede quitar nadie si tú no quieres. Estabilidad, bendita palabra. No más coche. No más sustos en la carretera. No más quedarse en clase con la luz apagada cuando te pega una migraña y te es imposible ir a casa porque compartes coche y, qué leches, cualquiera conduce en ese estado. Una semana más en el exilio y se acabó, te dicen, a partir de ahora llegarás a trabajar en diez minutos. Andando. No hay dinero que pague algo así.

Hoy es el último día con los niños en el colegio en el que he cumplido mis dos años de exilio. Me da miedo ponerme a llorar como una tonta. Les he cogido cariño. Los niños son niños aquí y en Pekín, y no importa dónde estés, siempre terminas queriéndolos. El año que viene no los veré. Les he dejado mi email, espero que me escriban (no lo harán). Y en septiembre empezaré la aventura que, con suerte, ha de durarme toda la vida, porque ya he visto suficientes colegios para cansar a cualquiera.

El principio empieza al final. No se puede tener una vida nueva sin librarse de la antigua.

Veremos.