El fin de curso que nunca llega


Si echo la vista atrás en este blog, estoy convencida de que encontraré entradas muy parecidas a ésta por las mismas fechas todos los años. Y es que hoy es treinta de mayo, lo que significa que estamos a punto de entrar en junio, último mes de clase, y mis fuerzas, que he debido medir mal, ya no me dan. Sí, ya sé que no trabajo en la mina, que ni siquiera tengo que coger el coche para trabajar, que encima me gusta mi trabajo, pero... Estoy muerta. Muerta, moría, matá, que decía el chiste. Y aún quedan cuatro semanas, cuatro, con los peques (y un mes enterito para los profesores y profesoras, que sí, tenemos vacaciones para exportar, pero seguimos al pie del cañón cuando los peques ya están en casa).

Y es que a veces parece que no me conozco. Cuando llega junio yo ya no valgo ni para arrastrar los pies por casa, y llego justo a cumplir con mis obligaciones en el trabajo (que, por supuesto, se multiplican en estas fechas). Llego a casa soñando con el sofá, con los programas de encefalograma plano de Divinity (me encantan los gemelos que arreglan casas), quizás con el libro que me esté leyendo en ese momento, y ya. No escribo, no produzco, soy como una seta pegada al tronco de un árbol, preocupada solo de crecer (en mi caso, hacia lo ancho). Este año, además, por partida doble, o cuádruple, ya no lo sé, porque me ha dado por ponerme a dieta a final de curso. Sí, como lo oís: tengo que batir el cansancio con 1.200 calorías diarias, y, en teoría, con tres días de gimnasio a la semana. Huelga decir que si voy uno, contenta. Mi excusa es que tengo clases de alemán dos días a la semana; la excusa que uso para no ir a alemán es que tengo que ir al gimnasio. Y mientras ahí estoy, tirada en el sofá con Al este del Edén (bueno, East of Eden, que yo lo leo en inglés) y tomando infusiones de regaliz sin azúcar por eso de que los líquidos son buenos para quemar grasas.

Así que por aquí voy a utilizar la misma excusa. Veréis, es que estoy muy liada, esta semana es de locura, reunión del consejo escolar, poner notas, preparar clases, hacer memorias, reuniones de evaluación... Y luego encima tengo alemán, y GAP, y hora y media de musculación en la sección de máquinas. Sí, bueno, y ese libro que me he leído tres veces pero que no puedo dejar de leer, porque, aparte de que me encanta la historia, habla del valle de Salinas, que fue mi hogar durante siete años, y cada vez que menciona King City me da un vuelco el estómago y me hace sentir una extraña morriña que no coincide con mis recuerdos de allí, pero qué se le va a hacer. Que no voy a pasarme mucho por aquí, vaya, y excusas no me faltan. Así que mantenedme vivo el huerto, regad las plantas y echadme un poco de menos, anda, a ver si vuelvo con más fuerzas en cuanto empiece con las vitaminas con ginseng.


Penny Dreadful, o cómo influye el entorno en las historias


Este mes ha empezado por fin la tercera temporada de Penny Dreadful, una extraña serie de terror ambientada en el Londres del siglo diecinueve. No es que la esperara como agua de mayo, ni que sea una fan terrible del género, ni que se haya convertido en mi serie favorita, pero la verdad es que es entretenida y termina enganchando. Que haya pasado un año desde que terminó la segunda temporada a que empezara la tercera también me ha hecho esperarla con más ganas, para qué nos vamos a engañar.

Como digo, la serie está ambientada en el Londres del siglo diecinueve (finales, parece ser, porque acaba de morir Tennyson), y solo podría ser más oscura y lóbrega si estuviera grabada en blanco y negro. Utilizan el imaginario colectivo para pintar una ciudad triste, ruidosa, siempre oscura, con escenarios acordes con el clima (casas enormes donde no hay ni un ápice de luz, paredes pintadas de negro, todo gris, todo triste), y aprovechan semejante entorno para meter demonios, brujas y bichos varios que más de una vez me han hecho dar un brinco. Lo que más me engancha de la serie es el uso que hacen de los monstruos literarios de la época. Desde el principio hemos conocido a Dorian Gray, ese joven que no envejece ni muestra en su aspecto la más mínima pista sobre los pecados y atrocidades que comete; también está Victor Frankestein, con su monstruo, por supuesto (en la serie crea más de uno), y un hombre lobo americano que, la verdad, creo que solo está ahí puesto porque necesitaban un héroe muy masculino y porque, qué demonios, es Josh Hartnett. Esta temporada se han incorporado otros dos mitos: Drácula y el doctor Jekyll, al que caracterizan como un mulato de Calcuta. Solo con los nombres ya imaginas lo que va a pasar en el futuro, y eso le da un toque a la serie que no había visto en ninguna otra.

Y es que la época era propicia para crear monstruos, más aún en Inglaterra. Desde aquel verano que no hizo sol por culpa de una erupción volcánica hasta la contaminación de una ciudades más industrializadas del mundo, Inglaterra era oscura, era inhóspita, triste, con paredes empapadas de ceniza y cielos cubiertos por nubes artificiales, por no hablar de la constante lluvia y esa humedad que se cuela hasta en los huesos. La oscuridad llama a los monstruos, ¿cómo si no iban a aparecer tantos en tan poco tiempo? ¿O es que acaso el gótico salió de la nada? Yo creo que no, que el entorno inspiró a Wilde, Shelley, Stocker y Stevenson. Dicen que el monstruo de Frankenstein surgió de una reunión de amigos en aquel verano sin sol, y estoy convencida de que el resto de los monstruos salió de la desesperación de la oscuridad, del frío, del bajón emocional que nos trae el invierno a los que nos gusta el sol. Porque el entorno condiciona, igual que nos condicionan nuestras experiencias, pensamientos, creencias. Habrá quien consiga librarse de las influencias, por supuesto, pero son unos pocos. Ni los grandes autores y autoras lo consiguen a veces.

Lo dicho: si te gustan las historias en las que things go bump in the night, te recomiendo Penny Dreadful. Si eres de las personas a las que les da miedo el sonido de su propia respiración por la noche, igual mejor Anatomía de Grey. Estás advertida/o.

Vuelta a los orígenes


Últimamente estoy echando la vista atrás para ver de lejos esas metas que me puse en su día, esos sueños que quería cumplir a lo largo de mi vida, y evaluar de qué manera los he conseguido o cuántos se han quedado por el camino. Yo le echo la culpa a la crisis de los cuarenta (este año todo se lo achaco a ella, pero es que no me diréis que no es buena excusa), por eso de replantearte tu vida y centrarte en lo realmente importante. Lo bueno (y lo malo) que tiene que te guste escribir es que hay documentos escritos allí donde mires, ya sea en forma de diario o entradas en el blog, que te recuerdan en qué pensabas hace unos años, o qué querías tener hecho cuando llegaras a la edad que tienes ahora. No me ha hecho falta leer mucho para ver que me he descarriado.

Este blog empezó porque me gusta escribir. Lo abrí como un diario, un sitio donde descargar todas las ideas que me cruzan por la cabeza, y me ha servido de mucha ayuda. Aquí publiqué pequeños relatos, anécdotas de la escuela, tonterías varias que la gente agradecía más o menos. Nunca he tenido cientos de seguidores, nunca he sido popular, ni falta que hace. Pero últimamente he perdido el norte. Este blog se ha convertido en el saco donde todo cabe, y no era esa mi intención. Las últimas entradas hablan sobre el colesterol y maneras de aprender inglés. ¿Qué tiene eso que ver con contar historias, que es lo que a mí me gusta? Por eso he decidido volver a los orígenes. Volver a escribir, o a reescribir en muchos casos, volver a preocuparme por lo que pasa en el mundo (sobre todo de la literatura, pero habrá más cosas, porque soy curiosa), y centrarme en lo que debería haberme centrado: escribir, escribir y escribir. Con anécdotas, quizás, y chistes, sí, y tonterías, vale, pero sobre todo escritura. Porque es hora de perder la vergüenza ante la gente que me lee y que conozco en persona, que quizás no sepa muy bien de qué pie cojeo porque me da vergüenza decir que escribo, y decirles bien claro: ¿sabes qué? Mi anhelo más grande es publicar un libro y poder llamarme escritora, además de maestra. Ni siquiera quiero vivir de esto, solo ser leída. Y con esa excusa creé el blog, y con esa excusa (en busca de una popularidad mal entendida) el blog se descarrió.

Si todo va bien y no me puede la pereza, este blog migrará en los próximos meses. Mientras tanto, aspiro a escribir cosas que os sirvan, que os interesen, con enlaces que os puedan servir a todos aquellos y aquellas que os habéis pasado por aquí buscando historias. Los otros blogs (uno de educación y otro de reseñas de libros) migrarán también, me los llevo a los tres. No desaparecen, son temas que me gustan demasiado. Quizás aspire a mucho al mantener tres blogs, no lo sé. Peor que ahora no voy a estar.

Vuelta a los orígenes. Vuelta a cumplir metas. Vuelta a ser quien debería haber sido los últimos años.

10 maneras de aprender idiomas y mejorar tu fluidez (¡sin estudiar!)



Creedme cuando os digo que llevo toda mi vida aprendiendo idiomas. Técnicamente, todos llevamos desde que nacimos aprendiendo nuestro idioma materno, pero yo además tuve la suerte de tener unos padres muy modernos que decidieron que mi hermano y yo aprendiéramos euskera desde la cuna. Empecé en la ikastola antes de cumplir los dos años, y de ahí en adelante todos mis estudios los hice en euskera. A los nueve empecé con el inglés (sí, tardísimo comparado a lo que se hace ahora), y ya de adulta me ha dado por el alemán, idioma que me encanta pero en el que nunca tendré la facilidad que tengo para hablar en cualquiera de mis otros dos "segundos idiomas". Los beneficios de aprender idiomas son muy numerosos; no voy a enumerarlos todos aquí, pero baste decir que hay estudios que defienden que ser bilingüe ayuda a retrasar la demencia senil y el Alzheimer, y está más que probado que saber dos idiomas facilita la adquisición de un tercero (y un cuarto, y un quinto). 

Pero aprender idiomas es duro. Todos y todas los que hemos aprendido un idioma de manera no natural (es decir, por inmersión) relacionamos el aprendizaje de lenguas con largas horas de clases, ejercicios de gramática, listenings imposibles que te provocan dolor de cabeza cuando acabas. No tiene por qué. Hay muchas maneras de mejorar un idioma sin asistir a clase, aunque, como siempre, lo que más importa es la motivación. Aquí os dejo diez maneras en las que no solo mejoraréis en fluidez, sino que lo pasaréis bien mientras lo hacéis. No están ordenadas en orden de importancia, ninguna de ellas funciona mejor que otra; elige la que más te guste y ponte con ello. Hoy mismo. 

Créme: necesitarás preguntar para entender esto. 
  • Viaja: Sí, parece de perogrullo, pero no veáis la de gente que no sale de casa porque dice no manejarse bien con el inglés. Viajar y ponerte en situaciones complicadas te ayuda a hacer uso de todo lo que sabes, incluidos signos y pantomimas. Mi consejo es que no viajes a un país donde el primer idioma sea el que estás aprendiendo. Si estás con el inglés, puede que no entiendas a un británico, pero no te será difícil entenderte con un alemán, o con un griego, o un italiano (aunque aquí te entienden mejor en castellano). Que no te asuste parar a la gente por la calle para pedir ayuda. Y cuando tus habilidades mejoren, ¡lánzate! Trata de entenderte con la recepcionista del hotel, pide comida en un restaurante fast-food. Lo mejor es que viajes solo o sola, o que seas quien mejor inglés tiene de tu grupo de amigos y amigas. Huye de viajes organizados, así no practicarás. Aprende a sacarte las castañas del fuego tú solo o sola. 
  • Pasa una temporada larga en otro país: Y no me refiero a "cógete un año sabático y vete a vivir a Italia", sino a "busca un trabajo y conviértete en uno de ellos". Parece difícil, pero créeme que no lo es. Moverse por Europa nunca ha sido tan fácil. Busca acuerdos entre gobiernos, suelen tener programas de intercambio que facilitan llegar al país con un contrato ya firmado. O hazlo por agencia, hay cientos en internet (cuidado con los timos, infórmate bien). Si eres profesor o profesora, por ejemplo, el MEC tiene un programa de visitantes que facilita a profesores españoles trabajar en Estados Unidos y Canadá. Aquí ya tienes que tener un nivel majo de inglés, pero lo que vas a aprender allí en un año no lo vas a aprender nunca quedándote en casa. Yo lo hice y fue la mejor experiencia de mi vida. 
  • Apúntate a clases, pero no de idiomas: ¿Has probado a hacer ganchillo en inglés? ¿Te gusta el dibujo y conoces a un artista nativo? ¿Por qué no le propones que te dé clases? Busca un grupo de amigos/as interesados/as en una actividad y buscad a alguien que pueda ofrecérosla. No tiene por qué ser nativo, basta con alguien que tenga buen nivel. ¿Pintura en alemán? ¿Guitarra en inglés? En la era de internet, nunca ha sido tan fácil encontrar a una hablante de chino mandarín experta en bisutería que esté dispuesta a ganar unas perrillas extras compartiendo lo que sabe. 
  • Habla con un nativo: Hoy en día, esta es una de las cosas más fáciles de hacer. Busca a alguien a quien le apetezca intercambiar idiomas, ya sea en tu ciudad o en internet. Italki, por ejemplo, es un buen sitio donde empezar; hay profesores de idiomas que dan clases por Skype previo pago, pero también hay mucha gente que ofrece hablar en su idioma nativo a cambio de que tú le hables en el tuyo (yo encontré a una alemana que vivía en Zaragoza que estaba aprendiendo euskera porque su marido era vasco, ¡cosas veredes, amigo Sancho!). También puedes acercarte a tu facultad de filología más cercana y encontrar anuncios de gente que se ofrece a dar clases de conversación. Seguro que encuentras a alguien en tu zona con quien charlar un par de días a la semana.
  • Lee cómics: Leer un libro en un idioma extranjero es difícil, por mucho que sean lecturas sencillas. Yo siempre recomiendo empezar por cómics, donde los dibujos y las onomatopeyas ayudan mucho a la comprensión. No te limites a súper héroes, hoy en día hay muchas novelas gráficas que merecen la pena. Aunque te cueste un esfuerzo, es lenguaje real (no escrito para aprendices de idiomas) y será mucho más útil que un libro escrito para, por ejemplo, estudiantes de A2. 
  • Ve películas y series en versión original: Espero que no seas de esas personas que dicen "o leo los subtítulos, o veo la película". No sabes lo que te pierdes cuando ves una serie doblada. Ya no es solo por la oportunidad de aprender el idioma, sino por la calidad de la actuación, de la que se pierde una barbaridad cuando lo ves en otro idioma. Eso sí, siempre con subtítulos, al menos al principio. Ahora, con la TDT y los canales de pago, ya no hay excusas para verlo todo en versión original. Cuando tengas un poco más de nivel, busca películas y series con subtítulos en el idioma original; seguirán siendo una gran ayuda, pero tu cerebro tendrá que trabajar un poco más. 
  • Escucha canciones mientras lees la letra: Soy dura de oído, a veces me cuesta descifrar lo que dicen las canciones incluso en castellano, y en inglés mucho más. No worries. Busca la letra de tu canción favorita en internet y escúchala mientras la lees. No te quedes en aprendértela de memoria, encuentra el significado de esa expresión que no terminas de entender. ¿Que tienes poco nivel en el idioma que estás estudiando? No es excusa. Las canciones pop son simples por definición. Busca una con estribillo facilón y ¡a cantar!
  • Júntate con gente que esté aprendiendo el mismo idioma: No hablo de nativos, hablo de estudiantes como tú. Seguro que en tu ciudad conoces a gente que está aprendiendo el mismo idioma que tú, con niveles distintos. Juntaos para charlar. La cosa es hablar, cometer errores, corregiros los unos a los otros. Este mismo grupo es con el que puedes organizar actividades más tarde, buscar un profesor nativo y dar una clase de cocina, por ejemplo. Intenta vivir en el idioma que has elegido. Haz amistades en ese idioma y siempre hablaréis en él. 
  • Lee blogs en el idioma que quieres aprender: No vas a entender todo, y no importa. Busca un tema que te guste, hazte con el vocabulario básico. Quédate con el significado general e intenta aprender una palabra o frase que no supieras antes de entrar en esa página. Es más barato que comprarte una revista y mucho más motivador. Si ese blog tiene vídeos donde explican cómo hacer algo, o fotografías mostrando el "paso a paso", mejor que mejor. No te haces una idea de lo que se aprende así. 
  • Enamórate en otro idioma: ¿Qué mejor lenguaje que aprender que el lenguaje del amor? Ni siquiera tiene que ser un nativo, sino alguien a quien le guste el idioma que estudias tanto como a ti. Podéis compartir experiencias, quizás te atrevas a viajar más cuando te ves acompañado de alguien que sabe tanto (o tan poco) como tú. Si encima tu pareja es nativa, ya ni te cuento. Tendrás que aprender por necesidad, que es la mejor manera de aprender. Pero el premio es la comunicación con la persona que quieres, ¿y qué mayor motivación puedes encontrar?


Recuerda que lo más importante a la hora de aprender un idioma es mantener la motivación. Ésta puede ser externa (por trabajo, por necesidad, porque tus suegros no hablan tu idioma) o interna (porque te gusta, porque sí), pero sea cual sea, lo primero es convertir el aprendizaje en algo divertido y a lo que no le cojas manía. Dicen que los seres humanos aprendemos por tres razones: porque es interesante, por que nos es útil o porque nos divierte. Elige tu razón (pueden ser las tres) y ponte a ello. Hoy mismo. No hay excusas. 

Las mejores series para ver en versión original

Soy de esas personas que siempre procura ver las series y las películas en versión original. No soporto los doblajes, por mucho que digan que están muy bien hechos y que España es el país de Europa donde mejor se dobla. No me gusta que las palabras no coincidan con los gestos de los labios; creo que se pierde un montón de información cuando se dobla, por no decir que nos perdemos una buena parte de la actuación del actor/actriz; no me es verosímil que gente que vive, por ejemplo, en Nueva York, hable castellano; y, si conozco la voz original del actor o actriz, ningún doblaje podrá igualarla. Aparte de todo esto, ver la televisión en inglés es una de las mejores maneras que conozco para no perder oído, que bastante estoy perdiendo ya desde que volví de Estados Unidos. Me mantiene alerta, me recuerda expresiones y he aprendido más de una que no conocía.

Por supuesto, ver la tele en versión original requiere cierto nivel de inglés, pero no tanto como algunos piensan. Hoy en día, con la TDT, las teles inteligentes, los paquetes de serie, etc., es más fácil que nunca poder cambiar el sonido a versión original, y de verdad os digo que la mejora en la comprensión se multiplica por mil si lo coges por costumbre. No digo que os lancéis sin paracaídas. Cualquier serie no vale para empezar a ver la tele sin la muleta que supone el doblaje, y tampoco os digo que lo veáis sin subtítulos. No hay nada malo en usar subtítulos, siempre que puedas comprender algo de lo que están diciendo en la pantalla, lo suficiente para no perderte. Si dependes exclusivamente de los subtítulos, no vas a aprender el idioma. Algunas series son más fáciles de comprender que otras, y aquí va una pequeña lista que espero que os sirva de ayuda a la hora de elegirlas.


  • Una de mis series favoritas, por la trama y por el idioma, es Perdidos (Lost). Ya sé que esta serie es una cuestión de amor u odio, no hay término medio, pero si consigues engancharte (o ya lo estuviste), es una serie genial para ver en inglés. Hablan muy claro, vocalizan muy bien (menos Sawyer cuando murmura, a quien no entiendo nada) y tiene un montón de acentos que te ayudarán a ver cuál entiendes mejor (yo sigo diciendo que el americano es mucho más fácil que el británico; en esta serie tienes los dos, más australiano, más uno que se hace pasar por iraquí aunque el actor es británico). Cuando vocaliza y pronuncia bien, Sawyer tiene un lenguaje muy colorido, lleno de frases hechas típicamente americanas, y los diálogos más divertidos de toda la serie. No te agobies si no pillas el humor al principio, es lo más difícil de conseguir en un idioma nuevo. 

  • En general, las sitcom (comedias de situación que duran más o menos media hora) son más fáciles de entender que las series más largas. Una de ellas es The Big Bang Theory, que, de nuevo, es para gustos, pero también pronuncian muy bien y es fácil de seguir. Y, al ser más corta, el esfuerzo será menor. 

  • Mom es otra serie donde pronuncian bien y vocalizan mucho. El objetivo es hacer reír, y si no te entienden poca leche vas a conseguir. Dejé de seguirla porque me perdí varios capítulos y me daba pereza volver a encontrar mi sitio, pero la verdad es que es muy entretenida y tiene situaciones muy divertidas que se entienden bien. No te hace falta tener mucho conocimiento de la cultura americana para entenderla. 

  • Community, sin embargo, es una serie para la que quizás sí necesites saber algo más sobre la cultura americana. Es una serie algo más difícil que las anteriores a nivel de lenguaje, pero otra que se entiende bien. De nuevo, para gustos, es muy ridícula a veces y un poco surrealista, pero entretenida. 
De las series que he visto últimamente, solo recomiendo estas porque creo que son adecuadas para alguien con un nivel intermedio de inglés. Anatomía de Grey es muy entretenida, pero a mí me cuesta seguirla a veces, lo mismo que The West Wing, o los mismísimos Will and Grace, que hablan tan rápido que ni con subtítulos. ¿Alguien ha visto alguna de las que menciono? ¿Estáis de acuerdo? Ante todo, aseguraos de que os gusta lo que estáis viendo, porque por mucho que os diga que la serie es buenísima para aprender idiomas, como no os guste vais dados (y dadas). 

De expresiones que me encuentro por ahí o cómo sacarme de quicio

Para los seguidores y seguidoras asiduas de este blog no es novedad decirles que me gusta leer. Leo bastante, aunque no me atrevería a decir que leo mucho porque siempre hay alguien que lee más que yo (como dijo Jess en "Las chicas Gilmore", ¿qué es leer mucho?), pero sí lo suficiente para considerarme lectora habitual. Leo en los tres idiomas en los que el lenguaje y la gramática no me suponen un escollo a la hora de entender lo que leo (o sea, inglés, euskera y castellano), y a veces, dependiendo de la época del año en la que me encuentre y lo mucho que me apetezca o no hacer ejercicio, escucho audio libros o podcasts (en inglés en su mayor parte) mientras paseo por la ciudad. Me paso el día rodeada de lenguaje, de palabras, de expresiones. Y, como todo en esta vida, tengo mis favoritas y mis más odiadas. Aquí va una lista de cosas que hacen que me ardan los ojos (si estoy leyendo) o me piten los oídos (si lo estoy escuchando).


  • Pensé para mí mismo: Esta es una que no se da tanto en castellano como en inglés, idioma en el que parece haberse convertido en muletilla. "I thought to myself" es repetido varias veces en todos los podcasts que escucho, y más de una vez lo he encontrado escrito. En castellano no aparece tanto, y en euskera aún menos, demos gracias. Cada vez que lo escucho, el demonio gramatical que habita en el hemisferio izquierdo de mi cerebro sufre una apoplejía. ¡Por supuesto que pensaste para ti mismo, si no estarías hablando! Pensar es una actividad íntima, silenciosa, que pasa en tu cabeza. "Para uno mismo" es algo intrínseco en el verbo "pensar". Es como decir "la blanca nieve" (¡ay!, ¡otra!). ¿De qué color va a ser? Sí es interesante decir que "pensó en voz alta", o "hablaba como pensando en voz alta", porque ahí sí que me estás diciendo algo que no está unido al verbo, que se sale de la norma y hace falta describir (como decir "nieve negra" porque hay tanta contaminación que los copos son oscuros, o porque en lugar de nieve es ceniza). Los verbos encierran más significado dentro de ellos que el simple acto, deberíamos prestar un poco de atención. 
  • Bajar abajo y subir arriba: No voy a ser tan pedante como para no admitir que lo he dicho más de una vez, porque todo el mundo que habla castellano lo utiliza (ojo: castellano, no español; tuve una vez un alumno chileno que se meaba de risa cada vez que alguien lo usaba). Pero una cosa es decirlo y otra muy distinta escribirlo. Escribir supone recapacitar sobre lo que se está haciendo, tomarse su tiempo, ser exacto/a con las palabras. "Subió a por un jarrón" es información suficiente, no hace falta decir "subió arriba a por un jarrón". De nuevo, característica intrínseca que se nos escapa cuando hablamos (y es normal), pero no debe hacerlo cuando escribimos.
  • Ambos dos: ¡Ay! ¡Cuánto dolor! No voy a tentar a los dioses de la migraña diciendo que esta expresión me las provoca, pero casi. La he visto escrita en periódicos que van de serios y en algún libro muy mal corregido, y se la he oído decir en televisión a más de un periodista. Pero la que me dejó tirada en la silla, la que me mató un poco, fue "ambos tres". De nuevo, de boca de un periodista. A punto estuve de llamar a la cadena, o escribir un email, o hacerle el harakiri a un muñeco vudú con la cara del periodista. Creo que lloré un poco. Ambos es sinónimo de "los dos", así, con artículo y todo. Si no puedes poner "los dos" (o "las dos") en lugar de "ambos" (o "ambas"), lo estás usando mal. 
  • Me comí sendas galletas: No voy a poner "sendos" a la misma altura que las anteriores porque es una expresión que se usa menos y la gente no tiene muy claro por dónde le da el aire, pero no lo perdono ni en un libro ni en un periódico, y mucho menos a un/a periodista (y sería razón suficiente para dejar de seguir un blog). Sendos significa "uno cada uno". Puedes decir "mi amiga y yo nos comimos sendas galletas" y estás diciendo que os comisteis una galleta cada una, pero no puedes decir "yo me comí sendas galletas". No es sinónimo de dos. Tú sola no puedes usar "sendos". Y por supuesto, no puedes decir "un sendo gol", como alguna vez he oído. Sendos siempre va en plural. Haz la prueba, hasta el corrector te lo corrige. 
  • Poner comas entre el sujeto y el predicado: Esto puede conmigo. Vaya por delante que soy muy picajosa con las comas, porque para mí son una herramienta que ayuda enormemente a la comprensión, y por tanto también la impide. Acabo de terminarme un libro (una traducción) que usaba las comas sin ton ni son, hasta tal punto que más de una vez he tenido que volver atrás para entender lo que decía la frase. Las comas son algo muy personal y en parte dependen de la expresión de cada uno, pero hay algunas normas que son como lo de poner m antes de p o b, y no usar coma entre el sujeto y el predicado es la más importante de ellas. He dejado de visitar más de un blog por esta causa, y más de una vez he encontrado artículos en los que esta coma estaba mal puesta (y uno de ellos fue en El País, lo que me parece muy curioso, porque su libro de estilo deja bien claro que es un gran fallo). Cuando hablamos hacemos una pausa entre uno y otro, pero cuando escribimos no hace falta poner la coma, es una pausa que nos sale sola y no llega a ser tan grande como una coma. Por favor, aunque solo os llevéis este pequeño detalle de este post: no pongáis coma entre sujeto y predicado. Por favor. Por favor. 
Solo son cinco, pero tendríais que ver la de veces que me las encuentro. Puedo aceptarlo de un estudiante, de alguien que no se dedica a la escritura, de una conversación de bar, pero no puedo aceptarlo de un texto escrito. Y sí, los blogs son textos escritos, por ti y por mí, y tenemos la responsabilidad de escribir lo mejor que podamos y no promover fallos que empobrezcan la lengua. ¿Es una tontería? Puede. Pero una es maestra, filóloga y un poco cabezona, y ciertos fallos no se los perdono ni a mi madre. Mucho menos se lo voy a permitir a un blog, no digamos ya a un artículo a cambio del cual se ha pagado dinero. Serán cosas mías. O no, quién sabe. 

Remedios naturales contra el colesterol


Ya lo dice bien claro la cabecera de este blog: "De todo un poco y un poco de todo. Literalmente". Y, como últimamente estoy obsesionada con este tema, hoy me ha dado por escribir sobre todos los remedios naturales contra el colesterol que he ido encontrando estos días.

¿Y esto a qué viene ahora? Pues viene a que la semana pasada la médica me dio un susto de muerte cuando me dijo que tenía no solo el hierro bajo (de lo que suelo padecer, ¡qué bonito es ser mujer!), sino el colesterol por las nubes. Ella dijo "un poco alto", pero cuando vi la cifra me asusté, y comentándolo con gente que también ha sufrido del tema me dijeron que mis casi 250 de colesterol era como para acojonarse un poco. Me confesé ante la médica y le dije que últimamente estaba comiendo muy mal, con lo que la única receta que me dio fueron dos hojas con la dieta mediterránea detallada. "Confío en que la vas a seguir, así que no te receto nada". ¿Seguir? Se ha convertido en mi biblia.

No solo estoy siguiendo lo dicho a rajatabla (¿sabéis lo difícil que es ir de pintxos por Vitoria y encontrar alguno que no tenga ni jamón, ni huevo, ni morcilla?), sino que, además, he buscado en internet otras maneras de bajar esa espantosa cifra. Ya sé que lo que viene en la red no siempre es de fiar, pero entre lo que me han contado compañeras que consiguieron bajar el colesterol y lo que me ha dicho la médica, ya tenía un buen comienzo y una guía que me ayudara a encontrar más soluciones. Además, al ser todo natural, aunque termine no siendo bueno contra el colesterol estaré comiendo mejor, un poco de todo y a tope de vitaminas. Así que ahí va mi lista de remedios naturales, diciendo bien clarito de dónde me he sacado yo todo esto.


  • No comer grasas animales ni bollería industrial: Esto es de perogrullo, pero por si a alguien le cabía la duda, aquí va. La médica me advirtió, sobre todo, lo de la bollería industrial, y me ha prohibido todo tipo de embutidos (a excepción del pavo). De momento lo llevo bien, pero ya os diré dentro de una semanas cómo aguanto sin comer jamón del bueno. 
  • Añadir frutos secos a cada comida: Esto viene directamente de boca de mi médica. Me advirtió que los añadiera a la comida en lugar de picar a deshoras, que tampoco es cuestión de bajarse una bolsa de almendras mientras ves la tele. Una compañera que consiguió reducir el colesterol de cuajo me comentó que ella come nueces todos los días. También son buenas las almendras, las avellanas y los cacahuetes. Con lo que a mí me gustan los frutos secos, este ajuste no va a suponer un esfuerzo.
  • Aceite de oliva en cantidad: Que es bueno para todo. En la dieta que me dio también acepta el de girasol, pero para qué complicarse. 
  • Verdura y fruta, a saco: La fibra es muy importane en la lucha contra el colesterol, porque se lleva todo lo que no nos hace falta. Investigando un poco, las mejores verduras para bajar los niveles son la berenjena, la lechuga, la coliflor, el brócoli y las coles de Bruselas. Si no te gusta ninguna de estas da igual, come cualquier verdura en cantidad. 
  • Omega 3: De todos es sabido que el omega 3 es bueno para el corazón. Se encuentra en el pescado azul y en frutas como el aguacate, que está petado. Si tienes que elegir, mejor pescado que carne; en mi caso, como también tengo bajo el hierro, me tiro más hacia la carne y las lentejas, pero sin olvidarme de meter un poco de atún o salmón a la dieta. 
  • Añadir cítricos a la dieta: Esto ya entra en el saco del "me han dicho". Me lo comentó la misma compañera de las nueces, que ella toma un cítrico al día y es mano de santo. Me puse a rondar un poco por internet y encontré varias páginas que lo confirmaban. Sea o no sea cierto, como comer mandarinas y naranjas me encanta, no creo que me vaya a hacer daño. En muchas recomiendan tomar un zumo de limón al día, algo que yo no hacía porque tenía miedo a que facilitara la anemia. Parece ser que eso es un bulo, pero yo por si acaso limito el zumo de limón al pescado y a regar las mandarinas. Sí, sí: mandarinas con un poco de sal y zumo de limón, una merienda espectacular. Y si a eso le añades un aguacate y un puñado de nueces, tienes una bomba contra el colesterol y una estupenda ensalada de fruta con la que acompañar el pescado (pero no abuses si estás intentando perder peso, que el aguacate es pura grasa, aunque sea de la buena).
  • Té rojo: De nuevo, aquí entro en el mundo de la especulación, pero como el té rojo es bueno para muchas cosas, no creo que me vaya a hacer daño. Por lo que he leído, tres tes al día favorecen la bajada del colesterol. Yo no me veo tomando tres al día (bueno, quizás el fin de semana), pero uno al día sí que tomaré. No creo que vaya a ser muy significativo, aunque sumado al resto de los remedios... Quién sabe. 
  • Haz ejercicio: Otra vez: perogrullo. El colesterol es grasa, y para bajar la grasa hay que moverse. Sé que cuesta, sé que hace falta tiempo y tener ganas. Pero hay que hacerlo. Yo ya me he puesto como objetivo una media de 20.000 pasos al día (dicen que 10.000 son suficientes para mantener el colesterol a raya, pero digo yo que cuanto más mejor). También quiero hacer yoga y volver a retomar mis vídeos de ejercicios en Youtube. Ya os diré si lo cumplo.
  • Ajo: Hay varios estudios que demuestran que el ajo ayuda a mantener niveles saludables de colesterol, pero ojo, es a largo plazo. Es una buena manera de mantenerlo a raya cuando ya has hecho todo el trabajo previo y lo has bajado a niveles aceptables. Además, con lo bueno que está, es una de esas cosas que notaría mucho si me lo prohibieran. Mejor que sea bueno. 
Como veis, remedios para todos los gustos. No añado lo de los yogures esos especiales para bajar el colesterol, o las leches que defienden hacer lo mismo, porque para mí eso ya no es natural, está modificado para hacer una función. Lo ideal es comer sano, comer de todo y no abusar de nada, y moverse todo lo que sea posible. Tengo pensado volver a hacerme análisis en tres meses para ver si esto va a mejor (sobre todo lo del hierro, que me tiene agotada). Ya os contaré. Voy a ser la más sana del barrio, como que me llamo Ruth.

El hombre de la casa

Los niños y niñas de cinco años estaban pintando tranquilamente en su rincón, hablando entre ellos de lo humano y lo divino. Yo pululaba entre las mesas poniendo la oreja a sus conversaciones, porque me encanta escuchar qué dicen cuando no se dan cuenta de que un adulto les está oyendo. Oí, por ejemplo, la pequeña discusión que hubo entre uno que decía que "las vacaciones molan" y otro, hijo único, que le contestaba que "no te creas, no molan tanto" (cómo se debe aburrir este crío sin sus amigos, pensé). Y después oí una pequeña reyerta que contenía las inmortales palabras que todo niño o niña, por especial que se crea, ha dicho alguna vez: tú no mandas. Me acerqué a ver qué pasaba.

–Sí que mando, mi padre me ha dicho que yo soy el hombre de la casa –decía S., todo ofendido.

–Pues entonces manda tu madre, pero tú no mandas más que tu madre –le contestaba P., que suele tener respuestas muy maduras.

–Pero cuando mi padre no está, el que manda soy yo, porque soy el chico –insistía S.

Y no pude evitar meterme. Quizás no hubiera debido meter los morros donde no me llaman, pero es que no soporto que todo el trabajo que hacemos en la escuela sobre igualdad de género y demás se diluya por una frase inconsciente de un padre que no es consciente de lo que dice (o peor, es muy consciente y le da igual).

–Cuando papá no está, manda mamá, S., como bien te ha dicho P. En casa mandan los padres.

–No, en casa manda mi padre. Y cuando mi padre no está, yo, porque soy el hombre de la casa.

–Pero tú no eres un hombre, tú eres un niño. Cuando papá no está, manda mamá –insistí yo, cabezona.

–No soy un niño, ¡voy a cumplir seis años! ¡Soy el hombre de la casa!

Yo seguí dale que te pego, pero no había manera. S. no bajaba del burro y yo tampoco, así que me conformé con ver que el resto de los que estaban sentados a la mesa estaban de acuerdo conmigo. No podemos llegar a todos, supongo, y algunos mensajes calan hondo, sobre todo cuando vienen de una figura de respeto como la del padre, que en la cultura de S. se valora más que la de la madre. P. vino en seguida en mi ayuda con una frase que me encantó.

–Mi casa es mi casa, pero en mi casa mandan mis padres –dijo, todo tranquilo, y siguió pintando.

Y ahí dimos por zanjada la conversación, porque para qué seguir cuando se ha resumido tan bien.

No me voy a complicar la vida

El que sabe, enseña.
                       El que no, trabaja en algo más insignificante.                                    
Hoy, por ser viernes y porque ayer tuvimos examen, he dejado a los peques de tercero hacer un dibujo de la historia que hemos leído los últimos quince minutos de clase. Todos se han puesto a trabajar con más o menos tesón, pero al poco me ha venido un crío, muy ofendido, a quejarse de su vecino de mesa.

–A. me ha dicho que soy tonto porque he repetido curso –me ha dicho S., dolido.

Yo he llamado al susodicho A., que no es mal crío pero tiene la costumbre de decir todo lo que le pasa por la cabeza, y le he echado el discursito de siempre sobre no insultar, no decir a los demás lo que no quieres que te digan y, sobre todo, que repetir no es un pecado y que a veces viene bien. Mientras hablábamos, varios niños y niñas se han acercado a oír nuestra conversación.

–A veces hay que repetir porque no hemos entendido algo bien, o porque necesitamos más tiempo para aprender –les he dicho–. Y a veces tenemos algo dentro de nosotros que no nos deja concentrarnos en los estudios. Porque no estamos bien, porque nos preocupa algo, porque estamos tristes... Repetir no significa ser tonto. Mi hermano repitió tres veces antes de ir a la universidad, y luego sacó la carrera de psicología con matrícula de honor.

Que mi hermano repitió es cierto, pero creo que fueron dos veces, no tres, y lo de la matrícula de honor me lo he inventado porque la ocasión lo merecía, pero sí que es cierto que sacó la carrera con buenas notas. J., otro repetidor, se ha quedado boquiabierto.

–¿Psicología? ¡Si eso es super difícil!

–Ya lo sé. Es que mi hermano es muy listo. Como todos vosotros. Repetir no es de tontos.

–Ya, pero yo no me voy a complicar la vida –ha seguido J., todo seguro de sí mismo–. Yo voy a ser profesor o así. Algo sencillo, que no sea muy difícil.

En ese momento ha llegado la hora de recoger y me he quedado sin turno de réplica. Y menos mal, porque me ha dejado sin palabras.

El valor de las cosas, o por qué tenemos más de lo que necesitamos

Marzo ya va por buen camino, y mi aversión al invierno se va relajando. Aún hace frío, pero ya se ve el sol, y algunos días incluso podemos dejar el paraguas en casa. Hoy, por ejemplo, la tarde pide gafas oscuras; veremos en qué acaba este día de San Patricio que tan alegre ha empezado.

Termina el invierno, sí, pero yo sigo con mis cuitas minimalistas. Estos días me he enganchado al programa ese de las casas pequeñas. Gente que quiere simplificar su vida, que necesita un cambio de rumbo o, simplemente, vivir sin deudas está optando por vivir en espacios diminutos a cambio de llevar a cabo sus sueños. Claro que este es un programa americano, y como todo en Estados Unidos es a lo grande, lo que allí es pequeño aquí es un estudio de esos en los que todos hemos vivido alguna vez, y algunas "tiny houses" tienen el tamaño de mi piso en Vitoria (allí todo lo que baje de cien metros cuadrados es pequeño). Pero no deja de sorprenderme que la gente que quiere simplificar su vida se libre primero de sus posesiones. Es como si lo que nos rodea nos impidiera ver más allá de nuestras pertenencias, como si la obsesión por tener más, por tener lo último nos agobiara hasta no dejarnos apreciar lo realmente importante. Una pareja en el programa lo resumió muy bien: al tener menos espacio tenemos menos distracciones, y nos prestamos más atención la una a la otra. No les falta razón.

No sé si yo podría vivir en veinte metros cuadrados, como muchos de los que salen en el programa, pero es verdad que me han hecho replantearme el espacio en el que vivo. Siempre me quejo de que mi casa es pequeña, de que no tengo sitio para las cosas. Igual lo que me pasa es que tengo demasiadas cosas para el espacio que tengo, y en lugar de cambiar de casa tengo que purgar todo lo innecesario. Y aprender a vivir más en contacto conmigo misma, en lugar de preocuparme por hacer limpieza de armarios o recoger la mesa del estudio. No sé, son cuitas de un invierno largo que empieza a terminar, supongo. O quizás no. Quizás el próximo día os diga que me he mudado a una caravana y voy a vivir en el parque de al lado de mi casa. Quién sabe. No sería la primera vez que se me pasa por la cabeza ser nómada.

8 de marzo


Hoy conmemoramos el día de ellas. Ellas, las que lucharon para que hoy tengamos derechos que damos por supuestos, pero que hace no tanto eran sueños inalcanzables (como tener derecho a voto, o a un sueldo por el trabajo hecho, o a poder viajar al extranjero sin la firma de tu padre o tu marido). Recordamos a las que murieron en una fábrica, a las que se dejaron las fuerzas levantando países cuando los hombres estaban haciendo la guerra, a las que, por su valentía, hicieron de éste un mundo mejor para las chicas, mujeres, señoras, en el que hay que seguir luchando, sí, pero con otra cara. Y también recuerdo a las que viajan solas aunque viajen acompañadas, a las que sí, señora jueza, cerraron bien las piernas, o quizás eligieron no hacerlo porque la muerte es siempre peor que una violación, y a las que día a día comparten cama con sus verdugos. Hoy es el día internacional de la mujer, del cincuenta por ciento de la población, que aún sigue teniendo un día al año, como si de una minoría se tratara. Hoy es el día de todas. Y, por suerte, se nos van a unir unos cuantos hombres en la celebración. Porque cada vez hay más hombres que entienden que el día de la mujer es el día de todas, y todos.

De por qué febrero tenía que ser festivo, o lo mucho que me afecta el frío

Leo de pasada (más correcto sería decir "paso la vista sobre") un titular en un periódico online que pregunta si los humanos deberíamos hibernar. Antes de que mi cerebro registre lo que ha leído, yo ya estoy asistiendo con la cabeza como si del otro lado de la pantalla me viera alguien, o los gatos me fueran a discutir. Ha llegado el invierno con la furia de la que parecía iba a carecer este año, y yo me quiero esconder debajo de la manta, con el libro más gordo que pille por casa y un té calentito a mi lado. No me apetece salir a la calle. Me siento agotada. Ríase usted de la astenia primaveral, a mí lo que me destroza es el frío polar que acecha en cuanto abres la puerta de la calle en febrero. Mañana empiezo con las vitaminas.
Mírala, qué alegre va ella. Pedazo de sonrisa.

Todavía hay en el mundo algún escéptico que discute el hecho de que el clima de una determinada región afecta al carácter. Yo, he de reconocerlo, lo he hecho durante mucho tiempo, pero solo porque estoy harta de que digan que los vascos (y las vascas) somos unos sosos, secos y desaboríos. Durante años he defendido que no hay que dar palmas en la calle para demostrar lo alegre que es una, que un poco de seriedad de vez en cuando, sobre todo en el trabajo, no significa que no nos sepamos divertir, que no se ríe mejor quien ríe más alto. Hasta que, volviendo de una comida con amigos un domingo invernal, con viento, lluvia y frío y la mano que sujetaba el paraguas sin enguantar, vi el reflejo de mi cara en un escaparate y me asusté de mi misma. De normal ya suelo ir seria por la calle, pero es que en ese momento parecía que quería partirle la cara a alguien. Cabeza baja, ceño fruncido porque me estaba dando el viento en los ojos, paraguas abierto, hombros subidos, barbilla hundida dentro del abrigo... Igualito que la madrastra malvada o la bruja del bosque de cualquier cuento de hadas. Si en este instante me sacaran una foto y se la mandaran a alguien del sur, ¿cómo no iban a pensar que todos los vascos (y las vascas) gastamos de una mala leche del quince? Pero es que claro, hay que estar aquí para entender que sonreír con este frío es muy difícil, a no ser que te cuenten un chiste justo antes de salir de casa y se te congele la sonrisa según sales a la calle. Que no sería la primera vez que me pasa.

Desde aquí reivindico la festividad de febrero, por lo menos para la gente del norte, que a los del sur no les hace falta. Un mes en el que podamos hibernar, recuperar energías, cargar las pilas, para luego poder volver a ser todo lo efectivos que se dice que somos (unos y unas más que otros y otras, como en todas partes). O mejor aún, haría un trueque: como decreto de ley obligaría a cambiar de residencia un mes al año a alguien del sur con alguien del norte, para que unos descansen del frío y otros entiendan que, cuando la nieve te golpea las mejillas y el aire es tan fuerte que apenas puedes respirar, en lo último que piensas es en dar palmas o tomar un rebujito. En todo caso un carajillo o uno de esos vinos calientes que se toman en el norte de Europa (y en Vitoria en Nochebuena).

Resumiendo: que hace frío, que lo llevo muy mal, que prefiero el sol y los días rasos. Y que ya he empezado a buscar destinos en los que jubilarme, porque a dios pongo por testigo que cuando no necesite trabajar más no volveré a sufrir un febrero en Vitoria. Aunque me tenga que mudar a Tailandia. Con los gatos en la mochila.

The Minimalists y la crisis de los cuarenta.



Este noviembre pasado cumplí cuarenta años, con lo que supongo que estoy en plena crisis de la mediana edad. Digo supongo, porque la verdad es que éste es el año que menos me ha costado cumplirlos, y eso que la cifra asusta. Yo creo que es porque llevo desde los treinta y ocho pensando en que pronto voy a hacer cuarenta, y claro, me he acostumbrado tanto a la cifra que cuando ha llegado creía que ya los tenía. Casi me ha hecho ilusión cumplir "solo" cuarenta.

Pero sí, debo estar en crisis, porque hay algo que me mantiene inquieta. Estos días le he estado dando vueltas y creo que he dado con el quiz del asunto, aunque decirlo en voz alta casi me da hasta vergüenza. Creo que mi problema es que ya "he llegado". He llegado a ese punto a donde se supone que la madurez te tiene que llevar. Tengo una vida equilibrada, no necesariamente la que soñé con veinte años (ya ni recuerdo qué soñé yo a los veinte), pero equilibrada. Tengo un trabajo fijo que me encanta, lo que me reporta un sueldo más que digno que me permite vivir con comodidad, aunque sin lujos; tengo un círculo estable de gente a mi alrededor con el que he conseguido evitar dramas a base de extirpar a todo ser tóxico de mi círculo cercano; tengo una casa propia que terminaré de pagar a los sesenta y cinco (¡ay!), que no es la casa de mis sueños pero puede llegar a serlo. Pareja no tengo, pero atrás quedaron los días en los que eso era un problema, porque he aprendido a estar sola y, la verdad, ahora me costaría mucho hacer hueco a otra persona. Material y socialmente hablando, se puede decir que lo tengo todo.

Y eso es lo que me agobia. No hago más que pensar en "y ahora ¿qué?" Si ya he llegado, ¿a dónde voy ahora? ¿Cuál es mi próximo objetivo? Hasta ahora tenía sueños materiales (y otros no tanto): arreglar la casa, o venderla y comprar otra más grande; cogerme un año sabático y viajar por el mundo (pero con qué dinero);... Y ahí se acaban mis planes. Como veis, bastante triste como proyecto vital. También está aprender alemán o volver a pintar, pero eso no son objetivos sino hobbies, entretenimiento mientras veo los años pasar. Ya he llegado, pero ¿es esto lo que quiero? ¿Qué hay ahí fuera que sea mejor? ¿Me atrevería a lanzarme a por ello?


Por causas completamente ajenas a estas cuitas, hace unos meses compré el libro de Marie Kondo sobre cómo ordenar tu casa de forma definitiva. Su teoría, y no le falta razón, es que en la mayoría de las casas guardamos muchas más cosas de las que realmente necesitamos. Lo primero que hay que hacer antes de ordenar es tirar todo lo superfluo. Ella define superfluo como aquello que no te da alegría; cada objeto que tengas debe hacerte feliz de alguna manera, y si no lo hace debes despedirte de ello (ella, japonesa y muy zen, le da las gracias a cada objeto por la felicidad que le ha traído y se despide de ellos; no veo yo haciendo algo así con un par de zapatos que me hicieron daño en una boda, qué queréis que os diga). Tengo el libro tan marcado y subrayado que creo que no ha quedado capítulo del que no haya sacado algo válido, con lo que doy el dinero que me costó el libro por muy bien invertido, aunque todavía no me he puesto a seguir sus instrucciones (pero tengo una fecha concreta marcada en el calendario y pienso hacerlo. De verdad). A cuenta de este libro, me puse a trastear en la red y encontré, de pura casualidad, a Joshua Fields y Ryan Nicodemus, más conocidos como The Minimalists. Esta pareja de amigos decidieron un día que no les gustaba su vida en el mundo corporativo, con sus sueldos de seis cifras y sus horarios de locura, y cortaron por lo sano con lo que les rodeaba. Se hicieron minimalistas, o sea, empezaron a vivir con menos. No solo menos objetos, sino menos de todo: menos estrés, menos horas en la carretera, menos deuda, menos gente tóxica a su alrededor. Se dedicaron a hacer lo que más les gusta, que en su caso es escribir, y les fue bien. Como sus necesidades se han reducido, el sueldo que necesitan para vivir también es menor. Ahora dicen ser felices y su vida ha cambiado como de la noche al día.

The Minimalists tienen un blog y una serie de podcasts que he empezado a seguir (y que os recomiendo si vuestro nivel de inglés es alto). Hay varios conceptos que me han llamado la atención, y sobre todo me han ayudado a ver por qué me siento extraña sin objetivos. Mi frase favorita es "en el momento en el que dejas de aprender, dejas de crecer, y en cuanto dejas de crecer, empiezas a morir". Me parece brutal, y cierto como la luz del día. Yo añado que para aprender tienes que estar motivada, tienes que querer aprender algo que te apasiona, de la manera que sea, ya sea viajando o leyendo, o hablando con otras personas. Evitan el término "algún día", porque, dicen, es una de las frases más peligrosas del lenguaje (equivalente a "nunca", diría yo), y odian "por si acaso", en el sentido de guardar cosas por si acaso se necesitan algún día y encontrarnos con que la casa está llena de objetos que no hemos usado en diez años. (Su regla es la del 20/20: si te cuesta menos de veinte minutos ir a comprarlo y puedes hacerlo por menos de veinte dólares, puedes tirarlo. Me ha encantado.)

Hablan de muchas otras cosas, como el exceso de consumismo en la sociedad (sobre todo la estadounidense), la importancia de no tener deuda, el abuso de la tecnología, el identificarnos con nuestro trabajo, etc. Algunos de sus consejos son "radicales" en el sentido de que suponen dar una vuelta completa a toda tu vida, pero otras son cosas que podemos hacer hoy mismo. Por ejemplo, vaciar la casa de cosas superfluas, o dejar de comprar compulsivamente y dedicar ese dinero a quitarnos deuda. A mí me han hecho replantearme varias cosas, y he empezado a ponerme objetivos nuevos (que no comparto porque todavía están en proyecto). Lo malo es que tengo mi edad grabada a fuego en mi subconsciente, y me va a costar tiempo y esfuerzo convencerme de que aún no soy demasiado mayor para hacer lo que quiero. Lo de hacer puenting hace tiempo que quedó atrás, pero lo de cogerme la maleta y marcharme a ver mundo... Ya se verá. Os mandaré una postal desde Australia si alguna vez me decido.

Crisis de los cuarenta. Luego vendrá la de los cincuenta y me haré un piercing en el ombligo, o me daré de cabezazos contra la pared por no haber hecho a los cuarenta lo que será demasiado tarde empezar a hacer a los cincuenta. De momento vuelvo a mi lista de prioridades. Ya os iré contando el desarrollo.

Una de hospitales, o por qué la mala educación afecta a la salud.

No, si ya decía yo que este año no empezaba bien. Si ya me olía yo que 2016, siendo bisiesto, no iba a traer nada bueno en ese día extra (es más: el muy cabrón se ha saltado el sábado en el que debía caer mi cumpleaños y este año cumplo en domingo, así, por las buenas). Ahora ya no tiene que ver con animales de compañía o actores lejanos que no me tocan en nada, sino con un familiar cercano que se ha pasado dos semanas en el hospital y a quien me ha tocado cuidar y hacer compañía (todo bien, gracias, se quedó en un susto). Vaya añito llevamos. Yo desde ya le estoy poniendo velas a San Rickman para que me guarde de males mayores, que todavía estamos a quince de febrero y queda mucho año por delante.

Pero no vengo a hablar de desgracias, sino a quejarme de la mala educación de algunos y, en este caso concreto, algunas, que cuando se da en un hospital parece que tiene más peso. El primer ingreso (y es que hubo dos, con una semana de descanso en medio) fue en la planta sexta de un hospital de siete plantas. El baño de la habitación es solo para los enfermos de esa habitación, y yo, que sigo las normas siempre que puedo, usaba el baño de la sala de visitas sin problema. Ya el primer día me di cuenta de que olía a tabaco que apestaba, y me imaginé que los enfermos fumadores se escaparían al baño de vez en cuando a echar un cigarro. No es que me parezca bien, pero entiendo que la adicción es fuerte y a veces uno se esconde donde sea a cambio de poder fumar (aunque mi enferma, fumadora compulsiva, aguantó la semana entera sin fumarse un pitillo, así que si ella puede no veo por qué el resto no); eso sí, como no fumadora que tiene que usar un baño sin ventilación, el vicio ajeno se hace insoportable. Uno de los días debí entrar nada más salir la fumadora de turno y casi muero asfixiada. Tan desagradable se me hizo que salí a la zona del lavabo en bragas, incapaz de aguantar la respiración un segundo más, para atarme el pantalón en zona  de aire "limpio". Creo que ni tiré de la cadena.

Mi cabreo monumental vino cuando me di cuenta de que no eran los enfermos los que usaban el lavabo como fumadero. Salí del baño para encontrarme con una mujer vestida de calle, el abrigo puesto, el bolso al hombro, y con un cigarro en una mano y el encendedor en la otra que apartó la mirada cuando entró en el cubículo. Como soy una cobarde, no le dije nada; no creo que hubiera conseguido convencerla de que no le costaba nada bajar a la planta baja y echar el cigarro en la calle, y la mujer tenía una envergadura bastante más ancha que la mía y me dio miedito. Podía haber llamado a seguridad, podía haber hablado con las enfermeras, pero no dije nada. No hubiera servido de nada. La gente que es capaz de fumar en el baño de un hospital por no bajar seis plantas en el ascensor no se avergüenza porque le digan que no debe.

Nunca entenderé cosas así. Las faltas de respeto son algo que llevo muy mal, y algunos fumadores se llevan la palma. Parece que ya vamos entendiendo que fumar en los ascensores es desagradable, es malo para la salud, es una falta de respeto a la convivencia, pero lo del baño del hospital me dejó muerta. ¿Tan difícil es, cuando tienes el abrigo puesto y las piernas funcionales, bajar a fumar abajo? Un día vi a un enfermo con medio cuerpo fuera de la ventana echando el cigarro, sin que una gota de humo entrara en la sala de visita. A él le hubiera perdonado que fumara en el baño. ¿Tanto cuesta pensar un poco en el prójimo?

A la semana siguiente comprobé que, en la segunda y primera plantas, el baño olía bien. Será que la planta baja está más cerca y a la gente no le importa bajar, pero para la próxima ya sé qué baños voy a usar independientemente de dónde esté mi enferma. Solo espero que no me toque otra vez, que una ya ha cumplido con su mala suerte este año. Y a vosotras/os tampoco, que, fumadoras/es o no, me caéis bien. Eso sí, hacedme un favor y llevaos parches de nicotina en caso de que terminéis ingresadas/os, anda. Que no cuesta nada.

Mi pequeño homenaje

2016 no empieza bien, no señor. Enero no ha traído todavía las nieves que todo lo curan y que prometen año de bienes; no ha traído la tan ansiada lotería, no ha traído el moreno de ojos verdes que espero todos los años por Reyes, y de salud andamos más bien justas. Pero eso no es lo peor. Si 2016 no trajera nada, se lo podría perdonar. Lo que no le perdono es lo que se está llevando.

Mi pequeña tragedia empezó ayer (sí, ayer, 13 de enero, y no el diez con la muerte de Bowie; no le deseo mal a nadie, el hombre me caía bien, pero la verdad es que su música me la trae al pairo y su muerte no me ha afectado lo más mínimo). Como todos los miércoles me fui a clase de alemán por la tarde, y al salir me encontré con un montón de mensajes y llamadas perdidas de mi hermano. La perrita de la familia (y digo perrita por no decir "la perra de la familia", que parece que estoy insultando a alguien, pero el bicho pesaba cincuenta kilos y de "perrita" nada) estaba muy mal, no tenía cura y la veterinaria aconsejaba encarecidamente acabar con su sufrimiento. Para cuando pude llamar a mi hermano, Itzel, un pastor vasco de trece años, ya ni sufría ni padecía, y la familia había perdido a su miembro más cariñoso. Se me quedó cara de idiota, por más que la chucha no viviera conmigo, y hoy mis sueños han estado plagados de recuerdos de cuando era un cachorro y pesadillas sobre sus últimos meses. Tenía un tumor en el bazo que reventó ayer. Nosotros no lo sabíamos; pienso en cuánto dolor debió sufrir y en qué silencio se mantuvo, sin una queja ni un mal gesto, siempre contenta de vernos. No creo en dios ni en el cielo, y me da rabia, porque me gustaría pensar que Itzel está correteando entre nubes de algodón con toda una jauría de perros a su alrededor. Ya no sufre. Es poco consuelo, pero algo ayuda.

Hoy he ido con el humor torcido a trabajar, porque entre las pesadillas y el disgusto no he dormido bien. Tenía toda la intención de echarme una siesta al mediodía, antes de enfrentar las clases de la tarde, pero hoy no ha podido ser. Mientras comía con la compañía de la quincuagésima reposición de Anatomía de Grey en la pantalla del televisor, he cometido el grave error de echar un vistazo a Twitter en el móvil. Y ahí me he llevado el disgusto de mi vida, tanto que la comida me ha dado una vuelta en el estómago y he sentido el corazón en el cuello por un momento. He leído que se ha muerto. La Voz, así, con mayúsculas; el Actor, ese que está (estaba, ¡ay!, estaba) a diez mil millones de años luz de cualquier otro actor, ese cuya sola presencia da caché a una película o a una obra de teatro; él, el único, el incomparable, el gran actor secundario, Alan Rickman, ha dejado este mundo a los sesenta y nueve años víctima de un cáncer. Y a mí el mundo se me ha hecho un poco más pequeño, y he estado a punto de echarme a llorar, y si no lo he hecho ha sido por la vergüenza de llorar por alguien a quien nunca he conocido y cuya falta no me va a afectar en absoluto.

He corrido a Internet esperando que fuera un bulo, uno de esos que rondan la red de vez en cuando (¿cuántas veces al año muere Morgan Freeman?), pero en el fondo sabía que era verdad. Me he pasado media hora navegando sin ton ni son, releyendo la misma noticia una y otra vez (¿sabíais que se casó hace apenas tres años con la que ha sido su novia desde los dieciocho?, ¿que estaba promocionando una película?, ¿que era más cotizado como actor de teatro que de cine?; yo sí, pero hoy lo he vuelto a saber), hasta que al final he encontrado (reencontrado, mejor dicho) un vídeo de hace apenas seis meses donde se puede ver un atisbo de Alan Rickman el hombre, no el actor. Ya estaba enfermo, pero seguía promocionando la película. Meses y meses viajando de un lado a otro (hay fotos de Australia, Nueva York, Londres), y no puedo evitar preguntarme si sabía que estaba en las últimas. No he visto ninguna foto suya después del verano, creo. Ha escondido bien su enfermedad. Yo, que sigo sus noticias cual prepúber a Justin Bieber, no sabía que estaba enfermo. Quizás por eso su muerte me ha caído como un jarro de agua fría. Qué disgusto. Y qué tonta me siento.



Itzel y Alan, Alan e Itzel. Un perro y un actor lejano. Muchos dirán que me quejo por nada, que vaya pérdidas, que son tonterías. Yo también lo digo. Soy muy consciente de que podía haber sido peor, mucho, mucho peor. Pero lo digo con la boca pequeña, porque ahora mismo me arden los ojos al pensar que no voy a volver a ver a Itzel, y se me hace un nudo en la garganta porque Alan no va a cumplir una de las frases que más se han citado esta tarde: "When I'm 80 years old and sitting in my rocking chair, I'll be reading Harry Potter. And my family will say to me, 'After all this time?' And I will say 'Always'".

Y afuera llueve.

De propósitos de Año Nuevo o cómo todos los años se repite la misma historia

Ha empezado 2016, año par, año bisiesto. Yo lo he empezado fuera, porque hace unos años decidí que iba a pasar la Nochevieja fuera de casa y es una tradición que cumplo a rajatabla. He estado en Alemania, a cien metros de la estación esa que iban a volar en Nochevieja y donde al final no pasó nada, y me he acordado de que la que iba a ser mi compañera de viaje se echó atrás en el último momento por miedo a posibles atentados. No sé si será porque soy vasca y vivir aquí en los ochenta me ha curado de espanto, porque soy una incauta o porque soy muy pava, pero a lo último a lo que tengo miedo es a morir en un atentado. Desde luego, no voy a dejar de viajar por eso.

He estado en Alemania, digo, y me he traído un souvenir un poco extraño, uno que no compré, en forma de virus estomacal que me ha tenido en casa dos días extras y ha alargado mis vacaciones hasta el once, con lo que si los maestros ya vivimos bien, los maestros enfermos ya lo flipas. He paseado por Baviera y el Tirol, he visto de cerca la estación de los saltos de esquí esos que nos ponen todos los años en Año Nuevo (pero sin ponerme los esquíes, ¿eh?, que una vive sin miedo pero no está loca del todo), y he comprobado que los alemanes tienen una manía infinita a los españoles o cualquiera que hable en castellano. Creo que no me habían tratado tan mal en los restaurantes en la vida, y eso que dejábamos propina y pedíamos en inglés. Me pregunto qué moto les habrán vendido en las noticias, en los periódicos, etc. sobre los inmigrantes que buscan trabajo de ingenieros en Alemania y luego terminan de barrenderos. Supongo que tendrán tan mala imagen de nosotros como nosotros de ellos.

No quita para que me lo haya pasado en grande y haya vuelto con ganas de coger al toro por los cuernos, o a los niños y niñas por el pescuezo, que al final es lo mismo. Lo primero que he hecho ha sido imprimir mi lista de propósitos de Año Nuevo, que no sé por qué escribo una todos los años cuando podría hacerme una copia de años anteriores y me serviría igual (bueno, no exactamente, aunque muchos se repiten). Este año son diez mis buenas intenciones. El número ha sido casual, no lo he buscado, pero me ha hecho gracia que sea tan redondito. He impreso el papelito, por tanto, y lo he colocado en un sitio bien visible, porque este año tengo la intención de hacer algo todos los días encaminado a, por lo menos, uno de los propósitos de la lista. Uno de los objetivos es, cómo no, perder peso. Pero este año, ¡por fin!, no me he apuntado al gimnasio.

Sí, ya he aprendido la lección, después de cientos (si no miles) de euros derrochados en matrículas y mensualidades. He decidido que el ejercicio lo puedo hacer en casa y en la calle. Paseos de diez o quince kilómetros cuando tenga tiempo, vídeos de Youtube de cardio y musculatura entre semana (que es cuando no tengo tiempo). Aunque sea un cuarto de hora de yoga, la intención es hacer algo todos los días que me ayude a ponerme en forma. Hoy ya he empezado. He jurado en arameo, he llamado de todo a la profesora, he soltado unos gritos que han debido asustar a algún vecino, pero he terminado el vídeo de treinta minutos de cardio y abdominales. Se supone que tengo que hacerlo treinta días seguidos, pero yo ya voy buscando excusas. No tengo tiempo, el máster, alemán, vivir... Vamos, igualito que hacía con el gimnasio, sólo que esto es gratis y si lo dejo no me voy a sentir culpable (miento: me voy a sentir culpable, pero no se me resentirá la cartera).

Otro de los propósitos es escribir más en el blog. Ya que la escritura "real" (la de para mí, la de contar historias, la de tejer mundos) la dejé hace mucho tiempo, a ver si por lo menos encuentro una rutina y consigo comunicarme con el mundo un poco más a menudo, que lo tengo muy dejado. Por eso estoy escribiendo hoy, aunque en realidad no tenga mucho que contar más allá de que sigo viva. Dicen que escribir es como comer y rascar, todo es empezar; y como no me pica nada y comer no debería (por lo de perder peso, vaya), he pensado que igual mejor escribo. Para mandar un saludo, más que nada. Y decir que volveré, espero que con más inspiración, a daros la murga todo lo que me dejéis. Si me dejáis.

Y si no, nada. A contar historias, que también apetece.


La Navidad, ¿bien o en familia?

                               
Se acerca la Navidad, y con ella las tan temidas reuniones familiares. Me pregunto por qué insistimos en juntarnos todos por estas fechas cuando no nos vemos el resto del año. ¿No queda claro que no nos aguantamos y preferimos guardar las distancias? Pero no, son fechas para pasarlas en familia y "jartarte" a comer, aunque tu tía te caiga gorda y no te guste el marisco. Ayer una compañera de alemán lo resumió perfectamente: ¿cómo vas a pasar las fiestas, bien o en familia? Pues eso.

El peso de las fiestas suele recaer en las amas de casa, que son las que se pegan la pechada a cocinar y a limpiar la casa para que los cuñados y las cuñadas no tengan nada que reprocharle ni ángulo por el que criticar. Todavía tenemos la costumbre de ir donde nuestros padres y madres a comer, y no importa la edad que tengamos, no importa cuántos pañales hayamos cambiado o el número de deliciosos platos que hayamos conseguido poner en la mesa a lo largo del año, para ellos siempre seremos los niños y niñas a los que hay que atender. Hombre o mujer, es pasar el dintel de la puerta y encontrarte a tu madre trajinando en la cocina con las gambas a la plancha y el cordero al horno. Dependiendo de lo que aprendiste de pequeño/a, ayudarás o no, pero la carga es la del ama de casa. O al menos esa es la visión que tenemos.

El año pasado por estas fechas me compré un pequeño horno eléctrico. Como quería estrenarlo y durante el curso no tenía tiempo, se me antojó hacer una receta sencilla de galletas de mantequilla en Nochebuena, justo antes de darme cuenta de que no tenía ni harina ni mantequilla (viva yo). Bajé al supermercado de al lado, ese al que dejé de entrar hace años porque los precios se habían disparado, y me encontré con mi cajera favorita, una mujer que si se calla parece que se ahoga y no hace más que meter la pata con cada comentario que les hace a los clientes. Recuerdo uno en especial, donde un hombre mayor se había hecho un lío con el detergente que le había mandado comprar la mujer. "Es que no se puede dejar comprar a los hombres, no aciertan una", dijo ella, una vez que el abuelo se había ido, al siguiente cliente. Que resultó ser un hombre de mi edad que estaba haciendo una compra claramente familiar. Por supuesto, no se calló y le soltó algo así como "hombre, tampoco es eso, algunos ya hemos aprendido", a lo que la cajera contestó con una larga perorata sobre hombres de otra época, los de ahora ya han cambiado, blah, blah, blah. La Nochebuena pasada estaba ella en su puesto, digo, en un supermercado desierto a las tres de la tarde, cuando entró un cliente habitual (de nuevo, un hombre joven) que la saludó y le dijo algo así como "qué tranquilos estáis hoy". Ella saltó como un resorte. "Hombre, claro, porque ahora están todas las señoras preparando la comida, pero tú tranquilo, ¿no?, que como irás a mesa puesta..." Al chico le cambió la cara. De la sonrisa que había lucido un momento antes, su cara pasó a un gesto serio. "Y tú qué sabrás", le contestó, tan cortante que la cajera no tuvo réplica. Me cobró en silencio y se marchó sin un buenas tardes a reponer artículos en las baldas.

Todo cambia, supongo, aunque a veces más despacio de lo que nos gustaría. Hay gente que no lo ve, o que no quiere verlo, o que está tan centrada en sus ideas que no tiene intención de cambiarlas aunque todo apunte a que está equivocada. Seguimos con los clichés, hombres o mujeres. Pienso en la cajera, y llego a la conclusión de que, quizás, para ella estas fiestas sean una ocasión de sentirse importante, de cuidar de su familia, y probablemente no quiera perder ese trono. Es el lugar que se daba antes a las mujeres, el que en mayor parte siguen manteniendo. Algunas lo ven como terreno perdido porque los hombres empiezan a participar. Yo lo veo como terreno regalado, porque no creo que haya nada más desagradecido que cocina para trece personas y recoger tú sola, sin más aprecio que "qué rico el cordero". Pero igual soy yo, que soy bastante cínica con las fiestas.

En resumen: Felices Fiestas, Zorionak, Urte Berri On, y todo lo que se diga estos días. Pasadlo bien o en familia, pero pasadlas, que al otro lado del túnel siempre hay luz. Y pensad un poco en la persona que se ha dejado parte del alma para que disfrutéis de la cena y la comida, anda, que bien lo merecen.


                                 

Cuarenta

Hoy es mi cumpleaños feliz, que dice una amiga mía. Hoy cumplo cuarenta tacazos, como bien sabe Google, que no ha dudado en poner un doodle en mi honor en mi página de inicio (cosa que, por algún motivo que no llego a entender bien, me ha hecho mucha ilusión). Siendo viernes, el día pinta bien. Tengo dos bizcochos caseros en el frigorífico que voy a compartir con las dos clases de primaria que tengo hoy, y grandes planes para los peques de infantil (a quien también les hubiera hecho un bizcocho, pero mi arte culinario no llega a bizcochos veganos y, como hay una niña que no come ni huevo ni lácteos, no hay bizcocho para nadie). Viernes trece, como bien me ha apuntado algún alumno. Todo el colegio sabe que es mi cumpleaños, en parte porque tenemos un calendario que marca cuándo cumplen años todos los miembros de la escuela, en parte porque lo he anunciado a los cuatro vientos. Me encanta el día de mi cumpleaños, aunque soy famosa por no llevar bien eso de cumplirlos.

Esta semana me he descubierto una arruga nueva en la cara. En realidad es la única que tengo, si descontamos las de expresión que bajan de la nariz a la comisura de los labios y unas leves patas de gallo que sólo se me ven cuando sonrío (he heredado el cutis de la familia de mi padre, cuya madre murió a los noventa y tantos con la cara completamente lisa; eso y la mata de pelo, lo mejor que me han dado los genes). Una arruga, digo, en mitad de la mejilla, una marca que parece hecha con un instrumento de trabajar arcilla. Yo la llamo "la marca de la sonrisa que se desvanece", porque está causada por sonreír. Es una de esas pequeñas arrugas que nos marcan la cara al soltar una carcajada, pero cuando dejo de sonreír ya no desaparece. Apenas es perceptible, pero amenaza con ser una de esas marcas que dentro de unos años van a ser profundas. Mi primera arruga es causa de mis sonrisas. Sé de gente que mataría por tener arrugas de ese tipo.

Cuarenta años ya, arrugas en las mejillas, las rodillas más cascadas de lo que me gustaría y, como dice la canción de Ricardo Arjona, "esa grasa abdominal que los aeróbicos no saben quitar", pero yo sigo esperando la madurez. Cuando tenía veinte años imaginaba los cuarenta como una edad de cordura y sensatez, de objetivos cumplidos, de sueños realizados. No me daba cuenta, pero en realidad estaba marcando esa edad como el debacle de la vida, porque si ya lo tienes todo hecho, ¿para qué seguir viviendo? Quizás eso sea lo que provoca la crisis de los cuarenta. Yo miro la lista de mis sueños y la veo aún casi llena, y pienso que ahora estoy en mejor situación que nunca para ir cumplirlos todos (pero poco a poco). Madura aún no estoy, aunque el espejo me devuelva una imagen que cada vez se parece más a mi madre, pero no tengo prisa. Hay gente no madura nunca. Antes lo veía como algo malo, pero ahora casi me parece un piropo.

Cuatro décadas ya. Cuatro más por venir (espero). Hora de empezar a vivir sin miedo.


Aprender idiomas: ¿para qué?


Este año me ha dado por estudiar alemán. No es la primera vez que lo intento, pero parece que mi vida, así en general, se ha confabulado contra este idioma y no hace más que poner impedimentos para que yo lo aprenda. Lo estudié por la UNED mientras hacía la carrera de filología inglesa y, aunque me encantó, terminé con tantas lagunas que decidí empezar otra vez de cero al año siguiente. Me apunté a una academia al lado de casa con una nativa alemana, pero éramos muy pocas en clase, casi no íbamos y no había manera de avanzar. Luego probé con la Escuela de Idiomas y, aunque me tocó una profesora estupenda y muy dinámica que hacía que las dos horas y cuarto de clase se pasaran en un suspiro, lo tuve que dejar por cuestiones laborales (que una no puede estar en dos sitios al mismo tiempo, vaya). Me di por vencida y estuve varios años sin tocarlo, aunque de vez en cuando me daba la neura y trataba de estudiar un poco por mi cuenta (sin mucho éxito). Este año me he vuelto a apuntar a una academia, con profesora nativa que encima me conoce y compañeros de clase a los que casi doblo la edad. En vez de empezar de cero, la profe me ha puesto en segundo y tengo que hacer un esfuerzo del quince por recordar lo que di hace tres o cuatro años, pero, curiosidades del aprendizaje, eso me motiva más que repasar cosas que ya sé. He hablado más alemán este último mes que en los tres años que me pasé estudiándolo anteriormente. Suena raro, pero me paso la semana deseando que llegue la hora de ir a clase (aunque ya he hecho alguna que otra pira, que el cuerpo tiene sus límites y no puedo con mi super horario de tareas extraescolares).

Pero como tres horas a la semana no son suficientes para aprender un idioma (os lo dice una profe de idiomas que pelea porque sus niños vean los dibujos en inglés o en euskera, un esfuercito por favor), he curioseado por internet hasta encontrar una página de intercambio de idiomas. En realidad es una página donde puedes contratar profesores a distancia, que cobran por horas y te dan la clase por Skype, pero también es un punto de encuentro para gente que quiera cartearse o hablar a distancia con gente en otros idiomas. Me apunté en junio y no le hice mucho más caso, pero esta semana he recibido un email que me ha encantado. Una mujer alemana que vive en Zaragoza se ha puesto en contacto conmigo para que le ayude a escribir y hablar en euskera, idioma que está aprendiendo dónde y en Zaragoza porque su novio o marido ("maite dudan gizona", el hombre al que quiero) es vasco. A cambio, ella me ayuda con el alemán, que además de ser su idioma materno es lo que enseña. Por supuesto, me ha faltado tiempo para decirle que sí, y le he escrito una carta emocionada en alemán que ella me ha devuelto corregida al dedillo y con una profesionalidad que no paga el dinero (todo rojo, anda que no me queda nada por aprender). Ahora me toca a mí corregir sus frases en euskera, e imagino que pronto quedaremos por Skype para charlar un rato en el idioma que nos dé la gana.

Lo que me lleva a la pregunta que ha motivado este post: ¿por qué aprende la gente idiomas? Supongo que cada uno tiene su propia respuesta, y es tan variada como aquellos que la dan, pero esa explicación simplista que esgrimen algunos sobre la comunicación se queda corta. Yo estudio alemán porque me gusta la lengua, pero no me preguntéis qué es exactamente lo que me gusta de ella. También porque, como profesora de idiomas, estudiar un idioma nuevo me ayuda a entender el proceso de aprendizaje por el que están pasando mis alumnos y alumnas, y ahora tengo mucho más en cuenta lo duro que es hacer un listening, o el grado de concentración que requiere escribir un texto, o lo difícil que es expresarte en una lengua que no dominas. La mujer de Zaragoza estudia euskera por amor, en una ciudad en la que nunca va a poder usarlo más que con sus compañeros de clase y con su pareja, en un mundo en el que el euskera está infravalorado por muchos vascos que se resisten a aprenderlo o a hablarlo (aunque sepan), un idioma que "no sirve para nada". Mis compañeros de clase estudian alemán porque son ingenieros y ven que su futuro laboral puede pasar por irse a vivir a Alemania. En mi academia hay una mujer de 72 años que lo estudia porque su hija se ha casado con un alemán y se ha ido con él a vivir, y se está preparando para poder hablar con sus futuros nietos.

No es solo comunicación. Si fuera por eso, todos hablaríamos inglés y nada más, y dile a un monolingüe que deje de hablar su idioma en favor de algo que entendamos todos. Aprender idiomas debería acercarnos, aunque a veces es precisamente lo que nos separa. El esperanto fue un experimento fallido por eso mismo, porque era un idioma que no representaba a nadie. Un idioma es como un libro de historia que aún se sigue escribiendo, donde se reflejan la cultura, las tradiciones, los modos de pensar. Y sí, sirve para comunicarse, pero al final es lo de menos. Si solo fuera para eso, toda Europa hablaría el mismo idioma. Y, obviamente, todavía no es así.

Todavía.