De revisiones y hábitos que no hacen al monje

He releído el primer borrador de la novela [aplausos, algún "hurra", algún "bieeeeen"] y, por primera vez en mi vida, no he querido esconderme de mí misma bajo el sofá, ni bajo la mesa, ni abrir la ventana y saltar [al andamio de enfrente], ni quemarme a lo bonzo, lo que ya de por sí es un gran avance. He sido capaz de identificar los fallos yo solita, pero a la vez que veía los fallos era capaz de ver la solución. He borrado párrafos enteros, pero también he subrayado muchas líneas que no me puedo creer que haya escrito yo. Y he encontrado un montón de clichés que no me había dado cuenta de que usaba y me han hecho reír a carcajadas (lo cual demuestra que me estoy tomando esto como lo que es: una aventura, un juego, una manera de aprender y pasármelo bien). Supongo que son malos hábitos que he ido cogiendo a lo largo de los años y que nunca he eliminado por la sencilla razón de que nunca he hecho una revisión. He aquí algunos:
  • Todos mis personajes hacen mohínes. Curioso, porque hace como tres siglos que no oigo ni leo esa palabra, pero he escrito "hizo un mohín" varias veces en cada escena. En una línea aparecía dos veces. Para el mismo personaje.
  • Otro personaje se muerde el labio inferior cuando está nervioso, o cuando sabe que no puede decir lo que piensa, incluso cuando algo le gusta mucho (me parece un gesto muy sexy, lo de morderse el labio inferior, ¿no os parece?). Lo que no sería malo si no se lo mordiera cada tres líneas. Cuando está hablando. Cuando ya se estaba mordiendo el labio inferior en la línea anterior. Incluso cuando le están dando un muerdo, él insiste en morderse su propio labio inferior.
  • Yo sé que no todos mis personajes tienen los ojos azules, pero debo tener algún trauma con ellos porque solo describo los ojos de aquellos que los tienen azules. Si no menciono los ojos, es que son marrones. O verdes. Pero no azules.
  • A un personaje le chispean los ojos. Para todo. Lo único que soy capaz de decir de su expresión es "sus ojos chispearon con malicia", "le chispeaban los ojos de alegría", "le miró con ojos chispeantes". Por supuesto, sus ojos son azules. Qué os creíais.
  • Todos, TODOS los personajes alzan las cejas, o suben las cejas, o elevan las cejas, para cualquier tipo de emoción. Sorpresa, odio, resentimiento... "Alzó las cejas y la miró con desdén", "sus cejas se elevaron casi hasta la raíz del pelo", "las cejas se perdieron bajo su flequillo"...
  • Mis protas siempre sonríen con una comisura. Nunca enseñan todos los dientes, solo sonríen con una comisura. Todo el rato.
  • Una cosa es que haya pretendido escribir una comedia y otra es que en todas las escenas alguien termine "riéndose a carcajadas", o "emitiendo un sonido que podía ser una risa ahogada". Hasta llorando ríen. Y, por supuesto, siempre acompaño la palabra "carcajada" con el adjetivo "sonora". Porque como todo el mundo sabe, las carcajadas son más bien silenciosas.
  • He estado a punto de contar cuántos ceños fruncidos había en la historia, pero mejor no. De esto culpo a "Los Hollister" y todo lo que me hicieron leer de pequeña. Y que la expresión tiene un sonido que me gusta mucho; probad a decirla en voz alta, "fruncir el ceño". Las ces y las erres me encantan.
  • Un personaje siempre lleva un "impoluto traje gris y una inmaculada camisa azul". Menos cuando va en "vaqueros y camiseta", así, sin más.
  • Cuanto mejor me cae un personaje, más alto es. Desde la primera escena a la última, Alan ha crecido veinte centímetros. Y viceversa, cuanto más asqueroso quiero hacer a un personaje, más bajo es. Teniendo en cuenta que yo soy un tapón, no sé qué dice esto de mí.
Ruth, sentada frente al ordenador en vaqueros y camiseta, leyó lo escrito con el ceño fruncido e hizo un mohín. "No sé si darle a guardar o a publicar", se dijo, y sonrió con una comisura. "A quién pretendo engañar..." Se mordió el labio inferior y pulsó "publicar entrada" con ojos chispeantes. Cuando el ordenador le devolvió un mensaje de "error", alzó las cejas y soltó una sonora carcajada.

En ocasiones creo gente


Echo de menos a Mike y Alan.

Les echo de menos con todo mi ser, como si fueran personajes reales a los que hace tiempo que no veo y con los que he perdido el contacto. Les echo tanto de menos que, cuando el fantasma de su recuerdo me acosa, tengo que hacer un esfuerzo casi físico por no pensar en ellos, no dejar que hablen en mi cabeza, huir de sus voces. “No”, me digo, “todavía es pronto, todavía no puedes volver a verlos”. Y los aparto de mi mente, pero su espíritu se queda en mi subconsciente, en esa parte que se despierta cuando el resto de mí se va a dormir, y pueblan mis sueños y mis momentos de ocio. Es imposible no pensar en ellos. Les echo tanto de menos que creo que me están dando ardor de estómago. O quizás sea el café, no sé.

Terminé el primer borrador de aquella historia en diciembre, lo leí una vez, hice algunos cambios y lo dejé macerar. Lee como lectora, no como escritora, dice todo el mundo, tienes que poner distancia para poder ver los fallos. Un mes, me dije, por lo menos un mes, y me puse a escribir otro proyecto que tomó el control de mi mente y mis horas de trabajo durante un tiempo. La historia era buena, más que digna, un culebrón digno de ser representado en una serie de televisión con actores y actrices de Hollywood de las más altas esferas, y me metí en ella de cabeza, convencida de que era mejor que la anterior. Desde diciembre hasta este mismo viernes he seguido con esa historia, viéndola crecer desproporcionadamente, escribiendo cualquier cosa que me viniera a la cabeza porque la intención era ponerlo todo por escrito y ordenarlo después. Ya haré la investigación más tarde, me decía, ya afilaré esta escena, arreglaré aquel diálogo, pensaré en cómo recomponer el desaguisado. Pero, por fin, me he rendido ante la evidencia: no es mi historia. Yo no puedo escribir esto. No es que sea una mala historia (estoy pensando seriamente en vender la idea, porque así, entre nos, ahora que no me oye nadie, es cojonuda), pero yo no soy la persona que debe contarla. No es mía. No basta con que me gustaría leerla, también hace falta ser la persona adecuada para escribirla, y yo no lo soy. Hay experiencias que necesitan ser vividas para ser entendidas. No es el caso.

Y el hecho de que Alan esté pegando gritos en la parte trasera de mi cerebro tampoco es que ayude mucho.

El viernes, digo, decidí dejar la historia nueva, pero no dejar de escribir. Ahora que le he hecho hueco a la escritura, que mi día empieza delante del ordenador y que todos —todos— los días escribo al menos una hora, no quiero dejarlo. Escribe cosas cortas, me dije, y el mismo viernes empecé. Mil palabras, un experimento. Me gusta. Seguiré por aquí. Cuaderno junto a mí todo el rato para poder apuntar ideas que se me ocurran. Mientras estudio, moleskine sobre la mesa, anoto ideas para pequeños artículos, cosas que poner en el blog. Y de repente me sorprendo pensando en una imaginaria conversación entre Alan y su suegro, algo que no se me había ocurrido nunca y que no entra en mis planes para la novela. La voz de Alan inunda mi cabeza de tal manera que hasta me giro para ver si ha entrado alguien en casa, de dónde sale esto, yo estaba leyendo sobre teoría queer en literatura y de repente aparece el profe gay del instituto, así, sin avisar, y es que el mundo se ha confabulado contra mí, yo no quería, pero no puedo evitarlo, las señales están ahí fuera, si no lo escribo me va a reventar la cabeza, qué diría Judith Buttler de todo esto…

Una no puede luchar contra las señales que le manda su propio cerebro, y si el universo (y el temario de Filología Inglesa) también las lanza, peor que peor. Alan y Mike van a tener que volver a mi vida porque el universo así lo demanda. Por más que yo quisiera esperar hasta fin de curso para poder dedicarles el tiempo y la atención que se merecen, creo que voy a empezar con la revisión (reescritura, más bien) antes de Semana Santa.

¿Cómo lo hace la gente para poner punto y final a sus historias? ¿Soy yo la única enferma mental que se enamora de sus personajes, incluso cuando son pareja y homosexuales? ¿Existe vida fuera de la ficción? ¿Para qué, si dentro se pasa tan bien?

Y los libros de la UNED siguen cogiendo polvo sobre la mesa de la cocina.

Mujeres en Serie VII: Private Practice (Sin cita previa)



Os he oído. A todos. Ese gruñido de "nooooooo, una serie de chicaaaaaaas" que habéis soltado todos los que leéis este blog me ha llegado hasta el despacho, se ha colado por la ventana herméticamente cerrada y ha asustado hasta al gato. Los hombres no ven "Sin Cita Previa", es una serie de mujeres, pensáis. Habla de sentimientos, están todo el día con sus novios para arriba y para abajo, todo el mundo se acuesta con todo el mundo, no hay sangre, no hay tiros, ni siquiera hay tías en pelotas. Solo hay decisiones difíciles, mujeres y hombres teniendo que tomar caminos éticamente más bien oscuros porque a veces no queda otra, que dejan a la espectadora (y en este caso mi femenino no es tan neutro como suelo pretender que sea, lo sé) pensando que no está bien, que es ilegal y cuando menos amoral, pero que ella hubiera hecho lo mismo en una situación similar. Vamos, totalmente de mujeres, porque qué hombre quiere pensar cuando se pone delante de un televisor [modo sarcasmo OFF].

"Sin Cita Previa" ("Private Practice", que en realidad se traduce mejor como "clínica privada") es, para los que no la conozcáis, un spin-off de "Anatomía de Grey", que ésa seguro que la conocéis. Uno de los personajes dejó Seatle para irse a vivir a Santa Mónica y trabajar con unos amigos en una clínica privada, y así la actriz Kate Walsh consiguió ser protagonista de su propia serie (al principio, al menos). Como suele pasar en todo lo que toca Shonda Rhimes, la serie enseguida tomó un aire mucho más coral, con distintos niveles de protagonismo para los personajes dependiendo de qué tema se tratara en cada momento. A mí, personalmente, el personaje de Addison Montgomery me parece el más prescindible de todo el elenco, por muy de protagonista que vaya. Al principio quizás tuviera su gracia y su sentido que Addi estuviera buscando su sitio en el mundo, después de un divorcio y de enterarse de que no puede tener hijos, pero ahora se ha convertido en una mujer de cuarenta y tantos años que lucha por conseguir lo que quiere, por muy imposible que parezca, y una vez que lo tiene cambia de opinión y busca otra cosa. Todo el día protestando, preguntándose por qué no la quieren, por qué no puede tener hijos, por qué yo, por qué a mí... Cada vez que sale una escena con ella, gruño, a no ser que salga con Taye Diggs, que por lo menos está bueno (madre, qué hombre). Addison es un poco cansa. Solo un poco.

Hay dos personajes femeninos en esta serie que me fascinan, y ambas por razones completamente opuestas: Violet Turner (Amy Brenneman) y Charlotte King (KaDee Strickland). Para mí, estos dos personajes dan sopas con honda a la pesada de Addison por mil y una razones, y después de leer un poco sobre las actrices que las interpretan y llevar meses siguiéndolas en Twitter, me gustan mucho más porque parece ser que ambas ponen mucho de sí mismas en sus personajes. Y eso es bueno, porque Violet y Charlotte molan mazo.



Empecemos con Violet. Su personaje empezó la serie como la mosquita muerta que siempre hay en todos los trabajos. La terapeuta de la consulta, entró a trabajar allí gracias a su amigo Cooper, que, como suele pasar en las series de chicas, estaba locamente enamorado de ella pero ella no quería nada con él. Lo que mejor define, para mí, a este personaje, es su actitud ante la vida, completamente contraria a la de Addison Montgomery: ella no pide nada, pero se adapta a lo que le ocurre y siempre termina sacando algún tipo de beneficio de los hechos. Harta de analizar las cosas, un día decidió que iba a dejar de pensar y se lió con dos compañeros de trabajo al mismo tiempo, sin que, por supuesto, ninguno de los otros dos se enterara. Nada de culpabilidad, nada de relaciones, se decía ella, solo sexo, y ella cumplió y no se enamoró de ninguno de los otros dos. Pero, como es una serie de chicas, los otros dos sí se enamoraron de ella. Hasta que se enteraron del doble juego y solo el más feo y aquel con la autoestima más baja (no lo digo yo, lo dijo él) decidió que a él le daba igual, que se quedaba si le aceptaba. Pero ella no le aceptó. Se había quedado embarazada y no sabía de quién era. Decidió seguir adelante con el embarazo, dejándoles bien claro que no les pediría nada a ninguno de los dos, pero ellos protestaron. Querían ser padres. Y al final, como es una serie de chicas, Violet escogió al más macizo de todos y cruzó los dedos para que el niño fuera suyo. Que lo era. Recordad: es una serie de chicas.



El nacimiento de su hijo, sin embargo, no fue nada sencillo. Una de las pacientes de Violet, con serios problemas mentales agravados por la pérdida del bebé que esperaba, la atacó en su casa y consiguió hacerle una cesárea para sacar al niño, al que le quedaban ya pocos días para salir. Violet estuvo a punto de morir desangrada, pero sobrevivió. Cuando volvió a su vida normal, sin embargo, el shock post-traumático la tenía paralizada y ni siquiera podía abrir la puerta de su casa sin esconderse en el armario. Decidió (a mi juicio, muy sabiamente) dejar a su hijo recién nacido con su padre y marcharse para recuperarse, pero cuando volvió se encontró con que todos se habían vuelto contra ella, la acusaban de haber abandonado a su familia y nadie entendía que hubiera podido irse de aquella manera. El único momento en el que Violet luchó -y no le sirvió de nada, porque perdió- fue para tratar de recuperar la custodia de su hijo, pero al final solo la buena voluntad del padre del niño le permitió hacerlo. Parece ser que ningún juez entiende que una mujer que tiene que vivir dentro de un armario (literalmente), paralizada por el miedo, pueda dejar a su hijo en las mejores manos posibles y tratar de recuperar su vida para poder volver a ser persona. Ya, es una serie de chicas. El juez era un hombre.



Charlotte King es el personaje más opuesto a Violet Turner que se pueda una encontrar en esta serie. La enemistad entre ambas (Charlotte termina casada con Cooper, el amigo de Violet, y a esta última no le gusta nada) se utiliza al principio de la serie como hilo conductor de más de un argumento, y es cierto que en la primera temporada yo odiaba a esta mujer con todas mis fuerzas. Cabezona, peleona, luchadora, no cede ni ante un tren en marcha aunque se tenga que llevar por delante incluso a quien más quiere por conseguir lo que se le antoja. Pero es uno de esos personajes que han ido evolucionando con la serie, y de ser odiosa y contraria a todo y a todos ha pasado a ser una mujer con carácter, pero no una víbora. De hecho, diría que se han pasado un pelo al aguarla, porque ha perdido un poco de su carácter sureño y guerrero, pero aún así sigue siendo, con creces, mi personaje favorito.



La escena más fuerte que vivió este personaje fue una violación en el despacho del hospital que ella dirige. Acostumbrada como estoy a escenas de violación en televisión (diría que se abusa no poco de ellas, ¿no os parece?), no me esperaba ver algo así en esta serie, y mucho menos ocurriéndole a Charlotte King. Chapó a la actriz, chapó al equipo de maquilladores que le dio ese aspecto de haber recibido una brutal paliza y chapó a los guionistas; cuando Cooper la está ayudando a salir del hospital (no quiere ver la cara de las enfermeras que la atienden, no quiere que nadie la mire con pena), ella les suelta a todos los que la miran un "¿no tenéis nada mejor que hacer?" que los espanta, a la vez que susurra a su marido "no me dejes caer, Coop" que me pone los pelos de punta (no soy capaz ni de volver a ver el vídeo que os he puesto aquí. Decir desagradable es quedarse corta). No quiere admitir que ha sido violada, no quiere ser víctima. Ni siquiera toma calmantes para el dolor porque fue adicta a esos medicamentos allá por el pleistoceno, pero sabe que es vulnerable a caer de nuevo. Yo, que creía haber visto a la mejor Charlotte cuando tuvo que desconectar a su padre del ventilador, la más sensible, la más humana, me quedé de piedra con este capítulo. A diferencia de Violet, ella no se marchó para curarse ni se escondió en armarios. Se enfrentó a todos sus miedos y ganó. Charlotte salió victoriosa, como todas sabíamos que lo haría, porque si no Shonda Rhimes nos habría engañado de mala manera. Y Shonda Rhimes engaña con muchas cosas, pero nunca deja morir a una mujer fuerte.

Hay más mujeres en esta serie, más historias, y cada una merecería su post individual, pero lo voy a dejar en Charlotte y Violet porque podría pasarme un mes hablando solo sobre esta serie. Los que sigáis pensando que no os merece la pena verla, allá vosotros; los que tengáis dos dedos de frente (o una pareja que os "obligue" a ver la serie), habréis podido disfrutar de un elenco de personajes complejos que evolucionan en cada capítulo. No seré yo quien juzgue a nadie. Vosotros os lo perdéis.

El experto

Una de las cosas que más recuerdo de mi temporada como profesora en Estados Unidos es la cantidad de cursos, seminarios, charlas y demás a las que tuve que asistir. Eran tiempos de bonanza económica; Schwarzenegger (he tenido que buscar su nombre en la Wikipedia, no sabía escribirlo) llevó al estado a la bancarrota cuando yo me fui, pero mientras yo estaba allí, California era la cuarta economía mundial (California, no EEUU), y eso se traducía en cursos pagados aparte para los profesores. El noventa por ciento de aquellos cursos eran insufribles; una serie de personas que se autodenominaban expertos porque así lo habían decidido ellos y ellas nos hablaban de las fantásticas metodologías que habían descubierto en sus siete largos años de experiencia como profesores en un colegio privado y altamente elitista. A nuestras preguntas de qué hacemos con los niños y niñas que nos llegan de México sin hablar una palabra de inglés y que se ven obligados a tomar los exámenes estatales a las dos semanas de llegar, ellos y ellas se nos salían por la tangente y nos hablaban de las virtudes del método de Houghton Mifflin, en el que todos los niños y niñas, en todas las clases, estaban en la misma página en cada momento del día, porque eso era lo que una buena profesora hace: tratar a sus alumnos y alumnas como ovejas idénticas.

Vamos, que no aprendí nada.

Solo una vez, en una charla sobre motivación o vaya usted a saber qué, oí algo que me llamó la atención. Nos contaron (o lo leímos, ya no recuerdo) cómo una profesora se llevó una sorpresa un día cuando una madre vino a darle las gracias por el cambio que había notado en su hijo. "Eres su profesora favorita", le dijo. "Nunca le había visto tan motivado, con tantas ganas de estudiar, con tanta energía. Se siente especial en tu clase". La mujer tuvo que hacer un esfuerzo del quince para acordarse siquiera de la cara de este chaval, y cuando por fin lo localizó, no se podía explicar el porqué del cambio. Analizó todos sus actos, todo lo que había dicho en clase que pudiera haberle afectado de alguna manera, y por fin dio con el momento. Durante una exposición oral, uno de sus alumnos había empezado a hablar para el cuello de su camisa y ella le llamó la atención. "Mira a Fulanito", le dijo, señalando al niño en cuestión, sentado en la última fila. "Él es el experto, le estás hablando a él. Te tiene que oír, habla más fuerte". No lo dijo porque Fulanito fuera el experto, sino porque era el que más lejos estaba sentado. Pero se sintió experto. Y actuó como tal.

Cuando oí la historia, pensé en todas las cosas que hacemos que afectan a los chavales y de las que no nos damos cuenta el noventa por ciento del tiempo. Cómo les marcamos sin querer, cómo les animamos o les hundimos con un simple gesto. Una intenta ser cuidadosa, pero siempre se escapa algo. Y estos días me he dado cuenta de que a mí también se me ha escapado algo.

Antes de Navidad llegó un niño nuevo a primero. El chico, P., es un bendito, pero el pobre no sabe hacer la O con un canuto (o no sabía, porque va espabilando). La profesora le sentó en la primera mesa que pilló, solo en una esquina, para poder sentarse junto a él y echarle una mano sin molestar a ningún compañero; a mí no me gusta que los chavales se sienten solos en la clase de inglés porque siempre hacemos trabajos por parejas y me gusta que se ayuden. Cuando entré, vi un sitio libre junto a R., un chaval majo pero completamente normal, que no despunta ni por arriba ni por abajo, que trabaja lo que trabaja cualquier niño de seis años y juega cuando los demás juegan. "P., en la clase de inglés quiero que te sientes al lado de R., para que te ayude", le dije. R. se creció. Cogió a P. bajo su ala y se esforzó en ayudarle lo más posible, lo que significa que primero tenía que prestar atención él para poder explicárselo después a su compañero. Su actitud, que nunca fue mala, ahora es maravillosa; su participación, del mil por cien; cualquier cosa que hagamos en clase, cualquier ayuda que pida, R. está ahí para mí. P. ya no se sienta a su lado, está con otro geniecillo, pero R. es el ayudante por excelencia, y lo hace de cine. No da respuestas, ayuda a conseguirlas, nunca traduce lo que yo digo pero señala pistas en el libro. Y sé (o quiero pensar, permitidme un pelín de ego) que todo fue por ayudar a P. Y el único motivo de que lo eligiera a él es que tenía un pupitre vacío junto a él.

Lo que me lleva a pensar lo de siempre: si tan fácil es subirlos al cielo, ¿cuán fácil es hacerlos caer?

Diario de una novela

(...) Estoy leyendo muchos libros y artículos sobre teoría de la literatura, crítica, metaliteratura, etc., lo que de momento me sirve para saber que, si un crítico cogiera cualquiera de los dos proyectos en los que estoy trabajando (uno está en barbecho, pero es parte del proceso), lo dejaría en la primera página para salir corriendo a vomitar. Y no me importa. Por primera vez en mi vida, estoy entendiendo el proceso de escritura como un proceso de aprendizaje, en el que el hecho de escribir algo "bueno" (lo que quiera que eso signifique) pasa a un segundo plano. Por supuesto que quiero escribir algo decente, pero ahora por fin (¡por fin!) entiendo que eso no ocurre de la noche a la mañana y que hay que currárselo. Es como decidir que se quiere correr una maratón de un día para otro: lo primero es que te guste correr, porque si no disfrutas con ese simple hecho, te va a ser muy difícil invertir los kilómetros de preparación que necesita una carrera de esa envergadura. Y, aunque consigas terminar una (y eso en sí ya es todo un logro digno de ser celebrado, como cuando terminas -de verdad- una novela), nadie te asegura que vayas a quedar entre las diez primeras. Ni siquiera las cien. De hecho, con terminar date por satisfecha.
(Me estoy dando cuenta de que el número de analogías entre la escritura y el atletismo es directamente proporcional al dolor en mi rodilla. No sé cómo entender esto.) (...)

Aloofness



Creo que uno de los mayores pecados que los adultos cometemos con los niños es que la mayor parte del tiempo olvidamos que los niños son niños y que tenemos que tratarlos como tal. A nadie se le ocurriría hablarle a una fontanera sobre física cuántica en términos técnicos, y sin embargo eso es lo que hacemos con los peques. Todo el día sentados, todo el día en silencio, escuchando, hablando solo cuando les damos permiso. Yo me acuso de utilizar el tan traído "silencio, que estoy hablando yo", absolutamente necesario cuando quieres hacerte oír por encima de las voces de veinte niños de seis años, pero también me acuso, y esto es más grave, de no escucharles cuando realmente necesitan ser escuchados. Y como yo, cientos de miles de adultos.

El otro día salí de trabajar al mismo tiempo que los poco menos de quinientos alumnos y alumnas del centro. Como todos los días, nos tocó esperar en el semáforo junto a la ikastola, uno de esos que da tres horas a los coches (o quizás sean dos minutos, no sé, pero parecen tres horas) y quince segundos a los peatones (cómo pueden programar un semáforo así junto a un colegio, se me escapa, pero en fin). Detrás de mí se colocó M., una niña de primero a la que doy clase por tercer año consecutivo. Es una niña que me llama la atención por su infinito aire de aloofness, que viene a ser algo así como "atontada, despistada, desinteresada", pero que suena mejor en inglés, o me lo parece a mí. Es ese tipo de niñas que parece que no te está haciendo ni puñetero caso -y a veces es cierto, no se entera de nada-, pero a quien de repente le preguntas y te da todas las respuestas correctas, o que se levanta mientras los demás están trabajando en el libro, va a la pizarra y te recita todas las palabras de vocabulario que tienes expuestas. Jamás la he visto llorar y rara vez cambia de expresión, y quizás por eso cuando sonríe valoro más su sonrisa que la de cualquier otro niño o niña. Nunca se queja, nunca protesta, y cuando la regañas te mira con la misma cara que te pondría un tiesto, al punto que te preguntas si realmente te está escuchando.

Allí, en el semáforo, a apenas dos pasos de mí, oí a una M. que no había escuchado nunca. Su padre estaba junto a ella, y ella quería que le diera la mano.

-Aita, pero dame la mano, te estoy intentando coger la mano y tú me la quitas, dame la mano, jopé -Por primera vez en tres años, vi a una M. a punto de llorar.

-Beno, neska, lasai, eh? (Bueno, chica, tranquila, ¿eh?) -contestó el padre, y le dio la mano.

M. no quería la mano para cruzar, ni por miedo a perderse, ni por comodidad. No lo dijo con voz de pito, con voz de mayor de tres hermanos que recibe la atención justa porque no hay más tiempo, como una niña cansada a las cinco de la tarde que quiere que la lleven en brazos y sentirse un poco más pequeña por unas horas. M. necesitaba la mano de su padre, necesitaba sentir el contacto de su mano, necesitaba agarrarse a alguien. Y una vez tuvo la mano de su padre entre la suya (más bien al revés, porque la cría es diminuta), se calmó y volvió a su aire de aloofness, boqueando todos los carteles que veía, tratando de leer todo lo que tuviera letras. Porque así es M. Más lista que el hambre.

Quién tuviera tiempo para escuchar a los niños de vez en cuando...

3 de marzo de 1976


No sé si los sucesos que ocurrieron en Vitoria el 3 de marzo del 76 importan a nadie aparte de a los vitorianos. No sé, porque hace mucho que no veo las noticias, si ayer hubo un especial en los informativos nacionales, y no sé (ni me importa) si Zapatero, Rajoy o el político residente en Madrid de turno se acordó de que ayer hizo treinta y seis años de uno de los días más negros de la tan traída y llevada Transición.

Hace treinta y seis años y un día, una jornada de huelga y manifestación terminó en catástrofe para cientos de obreros vitorianos, cinco de los cuales murieron. Trabajadores que luchaban por un salario y un horario dignos (¿os suena de algo?) salieron a manifestarse y terminaron huyendo de la policía, comandada entonces por un tal Manuel Fraga que estaba de parranda en Alemania aquel día (y que ha muerto sin pagar por ello). Asustados por la violencia policial, los obreros se ocultaron en una iglesia, pensando que la policía respetaría la santidad del lugar. Craso error: más de cien heridos, un tercio de ellos de bala, y cinco muertos. Que yo sepa, nadie de los de entonces ha pedido perdón por ello todavía. Este año ha sido el primero en el que el Gobierno Vasco ha tenido a bien rendir homenaje a las víctimas, y como siempre, tarde y mal.

Yo recuerdo la historia de otra manera, por boca de mi madre, y ella la recuerda a través de la experiencia de una madre primeriza con un bebé de pocos meses (yo) en casa. Su mayor terror era el no poder salir a la calle. La policía cargaba contra todo lo que se moviera aquel día, y no precisamente con pelotas de goma, como hoy. Ella solo tenía en mente que necesitaba leche de la farmacia, que yo tenía que comer, que en casa no había pan y a ver quién tenía huevos para bajar a comprarlo, con mi padre encerrado en el taller a kilómetros de casa (él no podía permitirse hacer huelga, con un miembro nuevo en la familia) y una huelga general sin servicios mínimos ni hostias. Mi abuelo, militar, más franquista que Franco, curtido en mil y una batallas (literalmente) la llamó y le preguntó qué necesitaba, y ni corto ni perezoso se plantó en mi casa con la leche (vaya usted a saber de qué farmacia la sacaría, o si era de vaca, de oveja o de cabra salvaje) y el pan que los soldados le habían traído del cuartel de Araca, que para algo fue su casa y para algo fue él su jefe durante muchos años. "A mí con estas", debió decirle cuando mi madre le pidió que tuviera cuidado, "esta gente no ha vivido una guerra". Ese día fuimos de las pocas familias que comió pan en Vitoria.

Todos los tres de marzo me acuerdo de mi abuelo, de la iglesia de San Francisco, de las imágenes en blanco y negro que he visto una y mil veces en televisión. Y ahora que soy mayor de lo que era mi madre cuando me tuvo a mí empiezo a entender el terror que tuvo que sentir aquel miércoles, sola en casa, con los tiros del barrio de Zaramaga retumbando en una lejanía demasiado cercana.

En defensa de la escuela pública, siempre



Trabajo en la escuela pública. Si todo va como debe y la crisis no nos conduce a un despido masivo de funcionarios, trabajaré en la escuela pública el resto de mi vida, ya sea como profesora o en cualquier otra función. Y, como empleada de una de las mayores empresas del país, creo en mi trabajo. Creo en lo que hago. Creo que la escuela pública cumple una función que nunca, nunca, podrá cumplir el sector privado. Tengo tantas razones como niños y niñas hay matriculados en las distintas escuelas, pero así, a bote pronto, se me ocurren unas cuantas que considero indispensables. Que conste que soy consciente de que hay muchas situaciones distintas, que las escuelas concretas dependen mucho de la suma de sus partes y a veces esas partes no son todo lo buenas que deberían ser, pero permitidme que hable en teoría y mencione las virtudes de la escuela pública.
  • La escuela pública es integradora. No hay ratios que valgan, no hay porcentajes de niños y niñas venidos de otros países. Sé que muchos de los que estén leyendo esto dirán "ya, y eso es precisamente lo peor de la pública". No. Suele decirse que la escuela es un reflejo de la sociedad, una versión en pequeño de lo que pasa ahí fuera. Yo diría más: la escuela es el lugar donde la sociedad empieza a formarse. Si los niños y niñas locales se acostumbran a convivir con niños y niñas extranjeros, cuando, una vez adultos, les toque trabajar con alguien de fuera no se van a sorprender. No van a mirar raro a nadie por llevar turbante, no van a hacer comentarios del tipo "yo no soy racista, pero todos los moros son unos vagos". Esto no se consigue en un año, ni en una década, quizás ni siquiera en una generación, pero se conseguirá gracias a la escuela pública.
  • La escuela pública es coeducadora. Niños y niñas mezclados, recibiendo la misma educación, sin diferenciarles en absoluto (esto sí que es solo teoría, pero vamos acercándonos). No hay uniformes obligatorios que hagan a las niñas llevar faldas y a los niños corbata. Todos son iguales. Todos tienen las mismas oportunidades.
  • La escuela pública es de todos y todas, lo que significa que tanto vosotros y vosotras como yo decidimos su futuro a través de nuestro voto. Toda la ciudadanía paga el sueldo de las maestras, las directoras, las jefas de estudio; también pagamos los sueldos de las trabajadoras de los colegios concertados, por cierto, pero ahí nuestro voto no decide nada. Ellos y ellas deciden el currículum, contratan el personal a dedo y eligen (¡eligen!) al alumnado que entra. ¿Un diez por ciento de inmigración para cubrir el cupo? Estupendo, todos chinos, que son muy trabajadores y aprenden echando pipa; aleja de mí a esos moros, y los gitanos... Venga, nos inventamos algo para que no entren.
  • La escuela pública es gratuita. Es un derecho. Es un deber. Es algo que tomamos por supuesto y que poco a poco nos van quitando, con pequeños (y no tan pequeños) recortes cada vez. Primero aumentar el número de niños y niñas por clase, así reducimos profesorado; luego vamos cortando programas de distintos tipos, como el pago de libros de texto, hasta que las condiciones sean tan ridículas que nadie quiera tomar parte y se extinga porque "los padres no mostraban interés". Se nos ofrecen programas cuya responsabilidad cae exclusivamente en un profesorado que ya está hasta el cuello de trabajo (cobrando menos que antes), pero no se nos da nada a cambio del trabajo extra. Y encima se vende hacia el exterior la idea de que todo el profesorado está compuesto por una panda de vagos. Cómo no.
Podría seguir así hasta mañana, pero me temo que al final la lista se convertiría en una gran queja contra los ataques que está sufriendo la escuela pública, y no era esa mi intención. Mi intención es dejar claro que el noventa por ciento del profesorado que trabaja en la educación pública cree en lo que hace y se merece un respeto que no está recibiendo. Ya sé que estamos en crisis, ya sé que hay que cortar por algún sitio, pero ¿de verdad tiene que pagarlo el servicio más importante que se da a la sociedad? Hay un millón de cosas que se podían cortar antes (por ejemplo, la monarquía, o las subvenciones a la iglesia -un, dos, tres, responda otra vez-), nunca, nunca deberíamos tocar la escuela pública. El catetismo se hereda y es muy contagioso. No podemos dejar que se extienda.

21 de febrero

Me he levantado yo hoy con cuerpo extraño, y mira que eso es raro teniendo como he tenido un puente de cuatro días. No era sueño, no era malestar de estómago, no era migraña, no eran ninguno de los males comunes que me acechan de vez en cuando. Era una sensación extraña, como de que hoy era un día importante, pero sin que fuera nada urgente.

He seguido con mis rutinas. La primera hora del día es siempre para la escritura, sea laboral o festivo, y si pueden ser dos horas mejor (menos los domingos, que no sé por qué no consigo sentarme a escribir; será que el cerebro necesita recargar baterías). Después he preparado materiales para un curso que estoy dando y he bajado a comprar con todas las marujas del barrio antes de comer (de lo que la cajera del súper, muy atenta ella, se ha coscado: "uy, qué raro, moza, tú aquí por la mañana". Me encanta lo de moza. Ahora ya todo el mundo me llama señora). Tras leer un buen rato y coser otro tanto, que para algo estoy de fiesta y es el último día de asueto hasta Semana Santa, me he dado cuenta de que mi malestar continuaba. ¿Qué será, será?

Y entonces me ha venido a la cabeza un malestar similar de no hace mucho. Un malestar que se tradujo en un "se me olvida algo importante" cuando me metí en la cama y un grito a las cuatro de la mañana cuando me di cuenta de que me había olvidado del cumpleaños de una amiga. Tate, va a ser eso: se me olvida un cumpleaños, me he dicho.

Un cumpleaños, un cumpleaños... EL CUMPLEAÑOS. El único, verdadero y... único (sí, me repito) cumpleaños.



Mi Snape, mi Alan, la Voz, el Hombre. Happy birthday, Mr. Rickman.

Poquito a poco


Las cosas están cambiando para todos y todas, menos mal. Poco a poco, pasito a pasito, pero esos pasitos cada vez se dan más rápido y llegan más lejos, y empiezan por donde tienen que empezar: los más pequeños.

Ayer llevé a clase una edición ilustrada que tengo en casa de "Un cuento de Navidad", de Dickens, por eso del 200 aniversario. En Navidad les puse la película de Disney, con el tío Gilito, el Pato Donald y compañía, así que más o menos conocen la historia, pero quería que entendieran que esa historia no tiene nada que ver con Mickey Mouse. Según les enseñaba los dibujos, les explicaba, en euskera, los puntos más importantes de la historia, para ver si se acordaban de lo que habíamos visto. "Y el primer espíritu le enseñó las Navidades pasadas, esas en las que era muy feliz y era muy querido, y tenía novia". Una niña -primero de primaria, seis años- miró el libro con curiosidad. "¿Tenía novia o novio? Porque los chicos también pueden tener novios". Yo le dije que por supuesto, que tenía toda la razón del mundo, pero que en este caso el señor Scrooge tenía novia. Nadie en clase se rió. Nadie puso un mal gesto. Nadie dijo "qué dices, loca". Completa y absoluta normalidad.

Me había pasado antes, cuando una niña me explicó algo sobre una tía suya ("bueno, no es mi tía, es la novia de mi tía, es que es lesbiana"), pero eran más mayores, estaban en sexto. Aquel día tampoco rió nadie, ni hubo miradas extrañas ni comentarios tontos. Lo vamos normalizando. Poco a poco. Esta semana, la Proposición 8 que prohibió el matrimonio homosexual en California ha sido declarada inconstitucional, y se han aprobado uniones del mismo sexo en Washington. Ya sé que está lejos, ya sé que debería darme igual, pero por desgracia el mundo mira a EEUU y le hace la ola, y si allí se aprueba, quizás se extienda. Me hace ilusión pensar que la historia de Alan y Mike es, esta semana, un poco menos ficción que cuando terminé el primer borrador hace un par de meses.

Poquito a poco, justicia e igualdad para todo el mundo. Pasito a paso.

Gracias

Enciendo la tele (lo menos que puedo) y me enfurezco al ver anuncios de detergente en los que parece que la única preocupación de una mujer es que sus niños y su marido vayan con la ropa sin manchas. Frases como "el queso en lonchas hace los bocadillos más fáciles para mí y más sabrosos para ellos" me erizan los pelos, por no hablar ya de los anuncios de coches en los que la hombría parece medirse por el número de caballos que uno conduce. Veo gestos sexistas por todas partes, en las series de televisión, en los carteles de las calles, en el lenguaje de la gente (y en el mío, que es peor). Oigo comentarios como "pobre crío, es tan tranquilo y sensible que solo juega con las chicas, me tiene preocupada" que me asustan no sabéis bien cómo (¿no deberías preocuparte por los alcornoques que tienes en clase, no por el niño tranquilo?), y me paso el día prácticamente en tensión constante, hasta el punto de que he decidido no hablar del tema con nadie, ni mencionarlo siquiera, porque estoy harta de defenderme constantemente. Mi mayor problema es que me defiendo bien escribiendo, pero cuando me atacan verbalmente se me traban los argumentos y termino diciendo cosas que no pienso o que no puedo defender, así que, ya perdonaréis, me desahogo aquí.

Últimamente me ha dado por leer libros de no ficción, y, aunque tengo la casa llena de ellos, he empezado por los feministas. He hecho bien, porque me han dado la perspectiva que necesitaba: queda mucho por hacer, el feminismo tiene que seguir estando de moda, tenemos que seguir luchando y eliminando barreras... pero hemos avanzado una barbaridad. En apenas cien años se han logrado cosas que han cambiado la sociedad de cabo a rabo, quizás no tanto como las feministas de principios del siglo veinte hubieran querido, pero mucho. Son cambios lentos, no hay revoluciones y sí muchos parones y algún que otro paso atrás (¿habéis visto la nueva línea que Lego quiere sacar para las chicas?), pero estamos mejor que hace cien años, mejor que hace cuarenta años. Y se lo debemos a todas esas personas que lucharon por conseguir derechos tan mínimos como el control sobre nuestro propio cuerpo (ese que el "progre" de Gallardón nos quiere quitar otra vez), el derecho a voto, el derecho al control de nuestro salario; el derecho, al fin y al cabo, a ser seres libres y no las esclavas que éramos hasta principios del siglo veinte (y en España hasta hace dos días). Gracias a todas las mujeres que arriesgaron su forma de vida por darnos a nosotras otra mejor. Gracias a todos esos hombres que cedieron su poder a las mujeres y lucharon en su nombre. Gracias a todas aquellas personas que se dieron cuenta de que la mujer era mucho más que una posesión y algo bonito para adornar el brazo al salir de paseo.

Todavía queda trabajo por hacer, basado sobre todo en la educación, pero lo más gordo ya está hecho. Gracias. Gracias, gracias, gracias.

Quiero vivir en los mundos de Yupi



Quiero vivir en los mundos de Yupi.

Quiero encender el televisor y que no me afecte lo que veo por tener las sensación de que no va conmigo. Que me importe tres pimientos lo que le pase a Garzón, o los millones que se ha llevado Urdangarín, o el último atentado en alguna parte del mundo. Quiero creer que cada día hay menos mujeres asesinadas, que las estadísticas tienen que estar mal, que tiene que haber un error. Quiero creerme a pies juntillas lo que dicen en las noticias sin pensar que el noventa por ciento de lo que ocurre en el mundo no me llegará nunca.

Quiero creer que mi voto vale algo. Que los políticos están ahí para llevar mi voz y la de los que me rodean a donde haya que llevarla. Que están ahí por convicción, no porque no saben hacer otra cosa.

Quiero creer que los culpables pagan por sus crímenes y que ningún estado democrático mantiene a asesinos en el poder hasta que mueren de puro viejos para luego darles un funeral de estado. Quiero creer que los países miran atrás, curan heridas y resarcen a los heridos, en lugar de dar carta blanca y pedir a la gente que olviden.

Quiero pensar que todo el mundo lee por lo menos (¡qué menos!) un libro al mes. Que todo el mundo sabe quién es Herman Miller, o Virginia Woolf, o Gabriel García Márquez, aunque no hayan leído nada suyo. Quiero que las librerías y las bibliotecas tengan tal afluencia de gente que sea tan difícil entrar en ellas como en Zara en rebajas.

Quiero creer que la humanidad se divide entre los muy buenos y los muy malos, y que yo, por supuesto, pertenezco al primer grupo. Que todo el mundo tiene un alto grado de sentido común y pueden diferenciar el bien del mal y actuar en consecuencia, y que si alguna vez se equivocan es eso, una equivocación.

En suma: quiero ser tonta. Pero sin saberlo, porque si no eso también me crearía angustia.

De la belleza en bote, o cómo confundir azul con morado

Yo nunca he sido mucho de darme cremitas, más que nada porque me falta constancia y siempre se me olvida. Una vez, comentando con una compañera de trabajo el hecho de que no me daba nada, la mujer -que ronda los sesenta- me miró con espanto. "¿Ni una hidratante? ¿Ni una de noche? Mira que lo más importante es prevenir, porque una vez que salen los defectos ya no se pueden borrar". La mujer me lo dijo con tal seriedad y en un tono de tal autoridad, que aquel mismo día fui a If y me gasté una buena parte del sueldo en tres cremas distintas para distintos momentos del día. Y oye, que las he usado. No sé si funcionan o sirven para algo, pero yo confío en el efecto placebo. Además, huelen muy bien.

Y las he usado tanto que dos de ellas se me han acabado, así que ayer fui a comprar otro par de frascos nada más salir del trabajo. Había pensado en coger los frascos vacíos y llevarlos conmigo para decir "quiero ésta", porque ya se sabe que esto de las cremas necesita un máster por lo menos, pero fui así, a pelo, toda valiente yo. Entré en la tienda y me acerqué a una amable dependienta a quien no creo que nadie consiguiera reconocer sin maquillaje. Le expliqué lo que buscaba.



-Se me ha acabado la crema de noche. Es de Esteé Lauder.

-¿Y para qué es?

-Para... la... ¿cara?

-No, no, me refiero a qué hace.

-El... bote... es... ¿morado?

La mujer sonrió con los labios más gruesos y más rojos que yo había visto en mi vida y empezó a hablarme muy despacio.

-¿Qué tipo de tratamiento es? Hidratación, primeros signos de la edad, reparadora...

-Huele a lavanda.

Ella, toda campeona, me lleva a la sección de Estée Lauder y empieza a enseñarme botes. Los hay lilas, los hay azul clarito, los hay con tapa dorada... Pero ninguno tiene la tapa blanca.

-Creo que la que tú dices es de esta línea pero la de tratamiento hidratante, que no me queda. ¿Te la apunto?

-No, deja -digo yo, porque todos los botes tienen la tapa dorada y eso me mosquea un poco; empiezo a sospechar que me estoy equivocando-, ya buscaré.

-De todas formas, no sé si a ti te conviene esta crema, con esos granitos que tienes. ¿Con qué te lavas la cara?

Me da vergüenza decirle "con el agua de la ducha", así que le menciono un jabón de farmacia que uso cuando me acuerdo.

-¿Y qué tónico usas?

-Eh... No.

-¿No usas tónico? -Los ojos, negros, más grandes aún que la boca, están a punto de saltársele de las órbitas. Mientras habla, está llenando un botecito de muestra con una crema que cuesta casi cien euros. La mujer me explica que el tónico es necesario para hidratar la piel y que luego absorba mejor la crema, bla, bla, bla, y que igual esa que tiene ella entre manos me va mejor porque bla, bla, bla-. Te lleno el tarro para que la uses de día y de noche, ya me dirás -Traducido: te lleno el tarro para que te la des con la espátula de escayola, que vaya cara traes. Pero le doy las gracias igualmente.

-También quería un contorno de ojos, de Clinique.

-¿Qué hace?

Suspiro.

-El bote es pequeño. Yo qué sé. Es así -Junto los dedos para mostrar un bote, eso, pequeño. Ella me mira con resignación y me lleva al estante de Clinique. Y ahí me doy cuenta-. Uy, que no, que el contorno no es de Clinique, es como la crema de noche. Pero... Oye, espera, ¿no hay otra marca que empiece por E? Y el bote no es morado, es azul. Sí, azul con tapa blanca.

La chica me mira sin sonreír. No sé si piensa que le estoy tomando el pelo, que hay una cámara oculta o que soy gilipollas. Yo quiero desaparecer. Al rato reacciona: no quería matarme, estaba pensando.

-¿Te refieres a Elizabeth Arden?


-¡Sí! ¡Sí! ¡Elizabeth Arden, sí!

-Ay, pues ya lo siento, esa aquí no la trabajamos. Tienes que ir a (me dice dos establecimientos de la misma casa que están en la otra punta de Vitoria).

-Ah, vale, pues muchas gracias, y ya siento haberte vuelto loca.

-Nada, mujer, tranquila.

Tranquila se queda ella cuando me ve salir por la puerta. Esta tarde voy a meter los frascos en el bolso y ya, leñe.

(Me avegüenza mucho decir que esta escena es verídica al cien por cien. Os juro que no me he inventado nada: soy así de torda sin condimentos.)

(Otro) Nuevo proyecto

Alabama, 1856, en las inmediaciones de lo que más tarde sería Birmingham

Richard Holyfield adoraba Alabama con cada partícula de su ser. Adoraba el cielo, azul, limpio, rara vez tormentoso y a la vez benigno con las cosechas; adoraba aquella tierra fértil, la mejor dentro de las mejores en aquella la mejor nación del mundo; y adoraba todo lo que había entre aquel cielo y aquella tierra, donde podía verse la eterna bondad de Dios, que había hecho América a semejanza del Cielo y que, de tener que elegir una nacionalidad, seguro que se declararía estadounidense. Hasta el calor sofocante de los veranos sureños le parecían una bendición, sobre todo cuando oía historias de los pobres neoyorquinos y sus nevadas de varios metros. Él no había visto nunca la nieve, pero se la imaginaba como barro blanco y la sola idea de estar cubierto de fango hasta la rodilla durante dos o tres meses al año le daba repelús. ¿Cómo araban las tierras por allí? ¿Podía crecer algo dentro de la nieve? Holyfield nunca pensaba en aquellos misterios más de lo necesario, porque cuando lo hacía le dolía la cabeza. La gente decía que el viento del sur le daba jaquecas. Paparruchas. A él se las provocaban los yanquis.

(...)

Indefensión aprendida

Una de las cosas más importantes que una persona que se dedica a la educación tiene que tener en cuenta es la autoestima de los y las alumnas que tiene delante. Ya sean niños, adultos o adolescentes, creer en uno mismo marca muchas veces la diferencia entre el fracaso y el éxito y, aunque la vida da muchas vueltas y no todo está bajo nuestro control, hay muchas maneras de ayudar a aquellos y aquellas que tenemos en clase.

Os dejo un vídeo que he encontrado por ahí que demuestra claramente qué poco cuesta hundir a un grupo de personas. Sencillo y claro, y por eso mismo muy efectivo.

Cosiendo historias

Es curioso cómo, cuando estás obsesionada con algo, todo parece tener relación con ello. Ahora mismo vuelvo a estar obsesionada con la escritura (y con otras muchas cosas, pero la escritura en primer lugar), y cualquier cosa que hago, veo o escucho me hace pensar en escribir, ya sea porque me da una idea para incluir en la historia, o porque me recuerda al acto en sí de escribir. Un libro o una película son fáciles de relacionar con la escritura, pero hay otras que guardan una relación mucho más subconsciente. Como el patchwork. Aunque parezcan cosas completamente ajenas, tienen mucho más en común de lo que podría pensarse.



Por ejemplo, como cuando terminas una colcha que tú sabes llena de defectos y aún así te gusta. Cuando la estás cosiendo te das cuenta de que hay uniones débiles, que si tiras un poco de la costura se puede romper y desmontar entera, que cuando la estabas acolchando te saltaste un trozo, o se escaparon los puntos, o varias piezas no terminan de encajar del todo. Pero la terminas, le pones el biés y la observas de lejos, y te das cuenta de que esos fallos que viste cuando la estabas haciendo se disimulan al mirarla en conjunto, y que oye, no está para regalar a nadie, mucho menos para venderla, pero tú sabes cuánto cariño le has puesto y las horas que has invertido en ella. Y la has hecho para aprender, porque aún eres una novata y habrá que ir experimentando con formas nuevas y nuevas costuras, un poquito más difíciles cada vez. Porque oye, para ser la primera no está nada mal, más quisieran muchas personas que haber hecho semejante manta, aunque nadie entiende el trabajo que cuesta y tienes que ver las miradas poco impresionadas que parecen decir "pues vaya, para eso tanto esfuerzo, y anda que no lleva meses alardeando de su colcha, más le hubiera valido comprarse una en el Zara Home". Sustitúyase la palabra "colcha" por "novela" y Zara Home por Casa del Libro y se habrá definido lo que he tenido la suerte de sentir estos últimos meses delante del teclado. Llegar a ese punto me ha costado años.



Luego están esos proyectos (y aquí se puede leer "colcha" o "novela") que haces pensando que van a gustar a los demás. Coges telas/ideas que no son de tu agrado, solo porque crees que es lo que los demás quieren ver/leer, y te pones manos a la obra. Y te sale algo que bueno, vale, pase, pero no te apasiona, no es parte de ti. Y al final ni lo terminas, ni lo regalas, ni mucho menos lo vendes, sino que lo dejas en una esquina de la casa/disco duro y te olvidas de ello, o lo terminas de cualquier manera y la usas de manta para el gato o lienzo de pruebas para cosas nuevas.



Lo que más diferencia una colcha de una novela es que escribir es gratis y está hecha de componentes etéreos, y la colcha no. Cuando se te ocurre una idea para una historia y te pones a desarrollarla, poco a poco ves si funciona o no y tienes la posibilidad de ir hacia atrás y hacia delante, de borrar lo escrito y empezar de cero. Con una colcha, tienes que elegir el diseño y las telas, cortarlo todo y empezar a coser. Y una vez que tienes las telas cortadas, no te puedes echar atrás porque el gasto ya está hecho, y qué vas a hacer con toda esa tela que ya tienes preparada para esa colcha que de repente ya no te gusta, tendrás que terminarla sí o sí. Y lo haces, lo mejor que puedes, porque todo es una experiencia y te vale para aprender, y al final terminas con una colcha técnicamente perfecta, de medidas exactas, donde no sobra una puntada. Pero no te gusta. Y cuando llega el momento de acolcharla, la vas dejando, porque no te llama terminarla, porque total para qué si no la vas a usar. Eso nunca pasa con una historia. Si no te gusta, no la acabas. Así de simple.



Y luego están esas historias/colchas que siempre me había negado a hacer y con las que he vuelto a encontrar el placer de coser/escribir. Diseño simple a más no poder, fácil hasta decir basta, lo único que necesitan es mucho tiempo y buen gusto a la hora de elegir los colores/elementos de la historia. Puede que el resultado no sea artístico, puede que haya millones de colchas/historias mejores que ellas en el mundo y que la gente se burle de su simplicidad, pero a mí me gusta. Y la he hecho yo. Y solo yo sé el esfuerzo que me ha costado, y el cariño que he cogido a cada centímetro cuadrado de esta tela/personajes de la historia, al punto de que sería una de las primeras cosas que salvara en un incendio. Y no tiene ni un ápice de talento, pero tiene todo el cariño del mundo y una pasión que no sabía que yo poseía.



En lo que más se parecen el patchwork y la escritura, sin embargo, es en los preparativos previos a la escritura/costura. Hay gente que, antes de hacer una colcha, se pasa días, semanas, meses con el diseño, buscando las telas perfectas, las combinaciones exactas, midiendo hasta la extenuación. Yo planeo, mido, busco telas, pero siempre con un margen de sorpresa. Sí, por supuesto que sé lo que quiero hacer antes de empezar, pero es un diseño basto, básico, que puede variar dependiendo de lo que encuentre en la tienda o lo que yo tenga por casa. Igual que con una historia, cuando partes de una idea básica pero te das cuenta, al escribirlo, de que hay mucho más detrás de esa primera premisa, y que si hurgas un poco puedes encontrar un tesoro que, quién sabe, consiga que termines una historia digna de que la lea otra persona, igual que esa colcha puede que termine siendo un regalo para alguien. Siempre y cuando ese alguien aprecie el regalo, claro. Porque si te la van a comparar con una colcha de La Cortina, apaga y vámonos.

Examen de historia

Este año tengo como asignatura la historia del Reino Unido e Irlanda en el primer cuatrimestre y de la República de los Estados Unidos en el segundo. Como veo que voy a andar justa de tiempo y que no voy poder memorizar fechas, nombres y datos, he decidido aprenderme unos cuantos conceptos y palabras claves y cruzar los dedos para que el profesor en cuestión esté de buen humor cuando corrija el examen. Por ejemplo:

Prehistoria en las islas británicas: Primero hacía frío y no vivía nadie, luego fueron unos hasta que refrescó y se volvieron a marchar, y así un par de veces más hasta que se desheló el Canal de la Mancha y ya no pudieron volver. Ah, sí, y hierro, y bronce, y eso. Y Stonehedge.

Romanos: Vini, vidi, vincit. Un señor que se llamaba Severus, que no sé qué hacía pero me he quedado con el nombre (¿por qué será?). Civilizaron a los celtas (¡je!). Sabían latín. La vida de Brian. Nacieron los Monty Python.

Hasta el año 1066, más o menos: Primero llegaron los alemanes, luego se fueron y llegaron los vikingos, luego volvieron los alemanes. La gente hablaba por señas porque no había manera de entenderse. Los irlandeses inventaron el día de San Patricio. No sé qué de un dragón. Los reyes tenían nombres raros, sonaban al ruido que una hace cuando se aguanta un estornudo.



1066 - 1400: Normandos. La batalla de Hastings. Reyes que se llamaban Edward, Henry o Richard que siempre se peleaban con un rey francés que se llamaba Louis pero nunca era el mismo. Guerra de los Cien Años que parece que duró cuatrocientos, que bien mirado lo hizo. Cuatro siglos peleándose unos con otros, por favor, qué agotamiento. Nacimiento de algo que ya parece el idioma inglés, aunque no mucho. Mecagüen Chaucer.



Siglos XV a XVII, más o menos: Retahíla interminable de reyes que se llamaban Henry. Aparece la Iglesia Anglicana para que Enrique VIII tenga libertad de divorciarse, aunque luego se da cuenta de que cortar cabezas es más fácil. Isabel I, madre de la actual Isabel II. Shakespeare. El hijo puta de Cromwell. Genocidio irlandés. El inglés ya se entiende (más o menos).



Siglos XVIII - XIX: Revolución industrial. Revolución agraria. Reformas. Tren. Reina Victoria. Imperio británico mundial. Sufragio cuasi-universal masculino. Todo el mundo se va de vacaciones a la playa. Los irlandeses empiezan a dar por culo en serio (que ya era hora).

Siglo XX: Todavía no lo he estudiado, pero ya me lo sé: Margaret Thacher. Downton Abbey. Doctor Who. Michael Collins. Alan Rickman.

Yo creo que voy a bordar el examen, oye.

Quiero tener más.



Al año 2012 que acaba de empezar le pido lo más básico que una mujer de clase media de un país del primer mundo puede pedir: tener más.

Quiero tener más confianza en mí misma.

Quiero tener más valor para hacer y decir todas las cosas que quiero.

Quiero tener más amigos y más tiempo para dedicarles.

Quiero tener más contacto con todas las personas maravillosas que hay en mi vida con las que, por cualquier motivo, no tengo mucho roce.

Quiero tener más ilusión por las pequeñas cosas.

Quiero tener más paciencia con aquellos que se merecen mi paciencia.

Quiero tener más mala leche con aquellos que se merecen mi mala leche.

Quiero tener más energía.

Quiero tener más lectores en este blog.

Dice una canción -que, por cierto, escuché en Noche Vieja tras meses sin oírla- algo así como "este año le pido al cielo la salud del anterior, no necesito dinero, voy sobrao en el... " Bueno, mejor lo dejamos ahí, que el final del verso no viene a cuento.

Feliz año, gente.

Diatribas vacacionales de una fan obsesa con demasiado tiempo libre

Estos días me estoy dando cuenta, más que nunca, de que la realidad que nos rodea está muy condicionada por la forma en que la miramos, y cada persona la mira de forma distinta dependiendo de sus circunstancias y sus intereses personales. En mi caso, por ejemplo, mi visión está condicionada por una fuerte convicción feminista que refuerzo cada día y que, aunque suene a contradicción, se va calmando en el sentido de que ya no me tiro al cuello de nadie que no piense como yo. He aprendido a que cada uno y cada una tiene que llegar a sus propias conclusiones, y si no coinciden con las mías, allá ellos, ya encontrarán el camino correcto algún día (je, je). Para mí, todo lo que pasa ante mis ojos tiene dos lecturas, una superficial y otra feminista. Y cuando digo todo, quiero decir todo: no puedo ver un simple programa de televisión sin analizarlo.
Lo que me lleva a la nueva ida de tarro de hoy.
Aprovechando que tengo fiesta y que mis series favoritas están en parón navideño, me he puesto a ver Firefly de nuevo. Siempre he pensado, como ya he expuesto aquí antes, que esta es una serie genial y digna de llamarse feminista, pero la segunda revisión me ha confirmado aún más esta sensación. Ayer vi la escena que pongo a continuación, y entonces me di cuenta de que uno de los personajes más infravalorados de la serie es, quizás, el más valioso en términos de reforzar lo femenino:



Curioso que sea en esta escena, en la que dos tíos se disputan a una "acompañante" profesional (Mal Reynolds, supuestamente, respeta a Inara como persona, pero no hace más que llamarla puta cada vez que encuentra la ocasión, y el otro es simplemente asqueroso). Kaylee es la mecánica de la nave, poco más que una niña pero con un gran conocimiento sobre naves espaciales gracias a ayudar a su padre en el taller. Es como una florecilla silvestre, le encantan los vestidos con volantes y la idea del amor romántico, y es tan positiva y tan feliz que a veces se hace hasta empalagosa. En este capítulo, el capitán Reynolds necesita ir a un baile de gala por cuestiones de trapicheos varios y decide llevar a Kaylee para congraciarse con ella, tras haberla ofendido antes. Kaylee está encantada porque tiene la oportunidad de ver algo bonito y ponerse guapa, como cualquier adolescente, pero con un matiz: no se pone guapa para nadie, sino para ella misma. Aprecia la belleza en las otras mujeres, le encanta su vestido porque ella se ve guapa, y solo se le cae la cara cuando otra mujer se mofa de ella (minuto 2:00, más o menos), no cuando un chico le da la espalda. Pero la parte que más me gusta de esta escena es cuando se ve rodeada de hombres (minuto 7:00), no por guapa o por lo bien que baila, sino por lo que dice. Es una experta en su campo, sabe más de motores que cualquier hombre, y todos quieren escucharla. Cuando un chico intenta cortejarla y sacarla a bailar, otro hombre le dice: "¡calla, chico, no ves que está hablando!" Me encanta. Sencillamente, me encanta. Por no hablar de que Kaylee comiendo fresas resulta mucho más sensual que cualquier truco de la profesional Inara con sus clientes.
Kaylee se valora a sí misma. Está orgullosa de su trabajo, orgullosa de sus amigos y amigas, orgullosa de su cuerpo. Me llevé una sorpresa tremenda cuando vi fotografías de la actriz que la interpretaba, Jewel Staite, porque la verdad es que es una preciosidad y en la serie no parece gran cosa; incluso tuvo que engordar para acceder al personaje de Kaylee, lo que me parece un acierto (cómo estaría Jewel, madre, porque si Kaylee está gorda... En fin). Y ahí es precisamente donde está la grandeza de esta serie: ninguno de los personajes femeninos (a excepción de Inara, que va más pintada que una puerta pero porque lo pide el personaje) va de guapa. Son guerreras, son mecánicas, son adolescentes maltratadas. No son modelos.
Zoe mola mazo y será siempre mi personaje favorito, pero Kaylee ha subido un par de puestos. Quién sabe, quizás al ritmo que va termine desbancando a los mismísimos Wash o River; de momento, muy por encima del capitán, dónde vamos a parar.

Libros de 2011

Iba a esperar unos días para poner la lista de los libros leídos este año, pero dudo mucho que en tres días termine ninguno más, teniendo en cuenta que estoy con un par que no desmerecen a la Biblia. Este año ha sido un poco extraño en lo que a lecturas se refiere. De enero a junio he leído mucho menos que otros años, por eso de preparar oposiciones y acabar el día demasiado cansada para hacer nada; de junio a diciembre, sin embargo, recuperé la sana costumbre con ansia, así que al final he leído la misma cantidad de libros que en otros años, pero más concentrados. También me ha dado por ampliar un poco los géneros y los idiomas; al castellano y el inglés les he unido este año el euskera, idioma en el que no leía porque me costaba mucho por falta de práctica y al que ya le he cogido el tranquillo. Aparte de novela he leído otro tipo de libros, algunos de no-ficción (algo muy raro en mí). Y cómics, también han caído cómics. Vamos, que ocupada he estado un rato.

Ahí va mi lista; mejor dicho, listas, que va por géneros.

No ficción:

  • Migraña: una pesadilla cerebral, Arturo Goicoechea: Parecerá una tontería (y probablemente lo sea), pero después de leer este libro dejé el tratamiento de la migraña y no he vuelto a tener ninguna de la categoría de las que tenía antes. No sé si será el efecto placebo, y me da igual. A mí me ha funcionado.


  • Tu primer millón, Pedro Queiroga: Ahorra todo lo que puedas (hasta el punto de reducir tus necesidades a lo mínimo), inviértelo en bolsa y muérdete las uñas esperando a que crezca sin perderlo. Vamos, una pérdida de tiempo y dinero. Más me hubiera valido invertir los veinte euros que me costó en, no sé, pipas.


  • Cambia tu cerebro, cambia tu cuerpo, Daniel G. Amen: En mi defensa diré que estaba pasando por una etapa de bajo ánimo cuando compré el libro. Una sarta de perogrulladas que no hacían más que contradecirse unas a otras y que terminaron de ponerme de mala leche. Otra pérdida de tiempo y dinero.


  • Telesailak, Varios autores: Un entretenidísimo estudio sobre algunas de las series de televisión americanas más conocidas desde el punto de vista de distintos escritores. Muy ameno. Recomendable a todo el que sepa euskera, porque me temo que no hay traducción.


  • Ficción:

  • Poem a Day, Anthology: Antología de poemas entre las que descubrí algunas joyas. Mi único acercamiento a la poesía de este año, aunque me esperan obras de Emily Dickinson y Keats entre los libros por leer. A ver si caen.


  • The Reader, Berhard Schlink: Preciosa, conmovedora, sorprendente. Recomendadísima. En mi completa estulticia, lo compré en inglés sin saber que el original estaba en alemán.


  • The Road, Cormac McCarthy: Otra maravilla. Historia depresiva y nihilista como las haya, me hizo pasar hambre, frío y angustia, pero de eso se trataba, ¿no?


  • ¡Chúpate esa!, Christopher Moore: Último libro que leo de este hombre. Supongo que él siempre ha escrito así, que la que ha cambiado he sido yo, pero me pareció tan horrible que hasta le grité. Al libro. Y a él un poco, por Twitter.


  • Pasio hutsa, Annie Ernaux (no sé cuál es el título original): Me lo pasó una amiga. Fácil de leer, tengo buen recuerdo aunque ni siquiera recuerdo la historia (lo que no es muy buena señal). Mi primer acercamiento a lecturas en euskera.



  • To the Lighthouse, Virginia Woolf: Me costó mucho terminar este libro. Difícil, complejo, pero satisfactorio, no sé cómo explicarlo. Creo que tengo que releerlo, a ver si me quedo con algo más.


  • Dubliners, James Joyce: El libro que me ha hecho hacer las paces con Joyce. No, más aún: el libro que ha convertido a Joyce en uno de mis escritores favoritos. Tengo imágenes de estos cuentos grabados en la memoria, tan visuales son. Nadie como él para describir una calle de noche. De obligada lectura para quien quiera conocer un poco a Joyce y no se atreva con el Ulyses (con el que no me atrevo ni yo).


  • El último Dickens, Mathew Pearl: Creí que me iba a gustar este libro porque me había leído La sombra de Poe y El club Dante, pero, o no recordaba bien aquellos títulos, o yo he cambiado, o este libro ha empeorado, porque no me gustó nada, nada, nada.


  • Fikzioaren izterrak, Ur Apalategi: Primer escritor euskaldun que leo en años, más aún en euskera. Preciosa colección de relatos que ha ganado varios premios. Me encantó. No creo que esté traducido, y creo que será muy difícil reflejar ciertos aspectos que cuenta, pero merece la pena leerlo.


  • El amor en los tiempos del cólera, Gabriel García Marquez: ¿Qué decir de este libro que no se haya dicho ya? Mi pregunta es: después de nacer este hombre, ¿por qué siguió escribiendo la gente? ¿Para qué?



  • The Fry Chronicles, Stephen Fry (audiobook): Ir muerta de la risa por la calle y que todo el mundo se vuelva a mirarte pensando que estás loca. Esa es la sensación que recuerdo. Hats off to you, Mr. Fry.


  • La Regenta, Clarín: Leí este libro media docena de veces cuando era adolescente, pero era la primera vez que lo leía de adulta. Impresionante. Me he dado cuenta de que no había entendido ni la mitad de las cosas que se cuentan en el libro, que tiene una profundidad de kilómetros. Obra maestra donde las haya.


  • Lolita, V. Nabokov: No era lo que me esperaba, sino mucho mejor. Lo leí por ver de qué demonios hablaba todo el mundo y terminé enamorada de la historia, pero sobre todo del lenguaje. Precioso.


  • Las niñas perdidas, Cristina Fallarás: Esta mujer no defrauda. Novela negra, negrísima, muy bien escrita y con algunas escenas que te hacen querer vomitar. Final doloroso donde los haya. Genial.


  • Persuasion, Jane Austen: No voy a ser capaz de decir nada que no se haya dicho ya, así que me limitaré a decir que me encantó. Como todas las de Jane Austen.


  • Ana Karenina, L. Tolstoi: Emocionada por el éxito con La Regenta, me animé a leer otra de mis obras de juventud. Con esta, sin embargo, me llevé un chasco. Mi yo feminista se rebeló contra muchos aspectos: solo un hombre podría crear una mujer tan volátil e irreal como Ana.


  • The Catcher in the Rye, J.D. Salinger: Eterna. Universal. Genial. Grandiosa. Todo lo que se diga de esta novela es poco. Uno de esos libros que guardo para releer de vez en cuando.


  • Mea Culpa, Uxue Apaolaza: Libro difícil de leer, intraducible, de los que dejan poso agradable por más que crea que no me enteré de la mitad. Necesito una relectura.


  • King Lear, W. Shakespeare: Cada vez que releo esta obra, salen significados nuevos. Sobre todo ahora, que lo conozco más y sé distinguir sus insultos. Genial, Guillermito.


  • La metamorfosis, Kafka: Nota a mí misma: no leer historias de bichos gigantes antes de comer. Por cierto, ¿alguien me puede explicar el significado de la historia? Estaba demasiado concentrada en no vomitar.


  • Ogi hutsa, Mohamed Xukri (no conozco el título en castellano): Obra fácil de leer, difícil de digerir. Te hace valorar mucho más lo que tienes y darte cuenta, entre otras cosas, de que los europeos somos unos cabrones.


  • Lo verdadero es un momento de lo falso, Lucía Etxebarria: Hace unos días amenazó con dejar de escribir. Espero que cumpla su amenaza, pero si no lo hace, me da igual, porque éste es el último libro suyo que leo. Palabra.



  • Maitea (Beloved), Toni Morrison: ¿Dónde he vivido yo todos estos años? ¿Por qué no había leído yo nunca nada de esta mujer? ¿En qué universo paralelo me he criado? Mi nueva escritora favorita, cuyas obras espero vayan cayendo poco a poco. Aunque dudo que ninguna pueda ser tan buena como esta. Os juro que aún cierro los ojos y siento la angustia de Sethe y Baby Suggs.


  • The Bluest Eye, Toni Morrison: Muy buen libro, pero ni de lejos tan bueno como el anterior. Aún así, buena lectura (y mucho más fácil que Beloved).

    Cómics:

  • Julia, Volúmenes 1 y 2: La historia de una criminóloga con un terrible suceso en su pasado. Entretenida. Si encontrara los número siguientes, probablemente los comprara.


  • Poison: Una policía de incógnito en el mundo de la prostitución. Traducido: la excusa perfecta para dibujar tías en pelotas. Una porquería, vaya.


  • Dublinés, Alfonso Zapico: La vida de James Joyce en versión cómic. Precioso libro, fidedigno. Un lujo.



  • Firefly: Those Left Behind (3 vol); Better Days (3 vol); The Other Half; Float Out; Downtime; The Shepherd's Tale, Joss Whedon: Porque una es así de friki, qué le vamos a hacer. Una temporada supo a poco, y algunos de estos cómics cierran historias, como el del Pastor Book (el mejor cómic de todos). Para incondicionales de la serie. Saltaos el de "Float Out", que se supone que es un homenaje a Wash pero no usa a los personajes de la serie y tiene unos dibujos pésimos.