¿Habéis oído alguna vez el chiste ese de cuántos bilbainos se necesitan para cambiar una bombilla? (Depende del tamaño de los mismos, pero sobre cien: uno para que sujete la bombilla y los otros para que hagan girar la habitación.) Pues si cambiáis la palabra "bilbaino" por "Ruths", os haréis una idea aproximada de lo hábil que soy yo en estos menesteres.
Hace un mes me hicieron administradora de la escalera, cosa que me hizo mucha ilusión porque me hacía sentir la casa como algo más mío. El vecino que me pasó la administración me dijo que era un vecindario muy tranquilo, que no solía haber problemas -como prueba el hecho de que en tres años sólo haya habido dos reuniones de vecinos- y que de lo único que me iba a tener que preocupar era de cambiar las bombillas de la escalera.
-Si no quieres hacerlo, puedes contratar a alguien y se paga con el dinero de la comunidad -me dijo, muy serio. Yo, que todavía no le conozco como para saber si está de cachondeo o no, solté una carcajada que él no acompañó.
-Hombre, a cambiar bombillas ya llego -dije, un poco colorada. Él se encogió de hombros y puso gesto de "tú sabrás".
Qué sabio es el vecino.
Ayer por la noche me di cuenta de que la luz del primero estaba fundida. Pensé en cambiarla en ese mismo instante, pero algo me dijo que igual debería esperar a que hubiera luz natural, más que nada por no electrocutarme o matarme al caer de la escalera a las nueve de la noche. Esta mañana me he levantado y he cogido la bombilla que me había dejado el vecino como muestra de las que necesita la escalera. Por si acaso hacía falta más de una, he salido en busca de una tienda de electricidad, lo que me ha costado un rato porque nunca he comprado bombillas en mi barrio (compré de bajo consumo hace tres años y aún no he necesitado cambiarlas). Todo esto, por supuesto, aderezado con una lluvia insistente y unos zapatos que me acribillaban los pies.
Encuentro la tienda -al lado de casa, no sé cómo no me había dado cuenta antes-, me da las bombillas, le voy a pagar... Y no tengo un duro. Como son sólo tres euros, no me cobra con tarjeta, así que hala, a buscar una caja, sacar dinero y vuelta a la tienda. Insisto, todo cerca de casa, pero llovía -bastante- y me dolían los pies.
Ya tengo bombillas. Vuelvo a casa -os recuerdo que no tengo ascensor-, me cambio el calzado a unas zapatillas comodísimas y cojo la escalera. Coño, va a ser pequeña, no sé si va a llegar (casa vieja, techos altos, la lámpara a tomar por culo del suelo). Hago la prueba en mi piso y parece que sí, así que cargo con un par de bombillas, un destornillador -por si acaso- y la escalera, y bajo al primero. Y me subo.
¿He mencionado que tengo miedo a las alturas?
Por suerte, la escalera no se menea y puedo soltar la lámpara sin necesidad de destornillador. Pero en cuanto quito la bombilla me doy cuenta de que -¡horror!- no es como las que yo tengo. Jurando en vasco, como dice mi padre (cosa que no entiendo, porque en euskera los tacos son préstamos del castellano), vuelvo a casa, vuelvo a coger la cartera, vuelvo a bajar -en zapatillas, voy cómoda pero al instante tengo los pies empapados- y le llevo la bombilla a la señora.
-Uy, pero esta es de 125, yo de este voltaje no tengo. Prueba al final de esta calle que cruza...
Y allá que se va Ruth, en zapatillas, los pies empapados, una mala hostia que lo flipas, a buscar la condenada bombilla sorteando todas las obras que se están haciendo a quinientos metros a la redonda de mi casa (que son como siete). Barro, agua, obreros que pasean con trozos de andamio sobre los hombros y se creen que la calle es suya, coches aparcados en la acera porque no quiera dios que me moje la permanente andando cien metros... Por fin encuentro la tienda, me dan las bombilas -por supuesto, más caras que las anteriores, que devolveré en otro momento porque ahora no me apetece- y vuelvo a casa. Escalera, lámpara, bombilla y mala hostia y hala, para abajo primero y para arriba -de la escalera- después.
Y, de repente, me ha pasado como en el anuncio ese de las cosas buenas: he puesto la bombilla, he dado al botón de la luz y ¡¡¡ANDA!!!, ¡se enciende!
Menos mal.
Pero tenía razón el vecino: la próxima, contrato a un técnico.
Va de idolos

Si mañana me dieran la oportunidad de conocer a cualquier persona, sin ninguna duda elegiría J.K. Rowling. Sí, de verdad, no miento, incluso antes que a Alan Rickman o a Hugh Grant (a este último no pediría conocerle nunca, se me caería un ídolo) querría conocer a Joanne. Y no porque haya escrito uno de mis libros favoritos (como ella, yo considero toda la serie una unidad en la que voy descubriendo cosas nuevas con cada nueva lectura), sino por lo bellísima persona que es. Cuanto más leo sobre ella, mejor me cae. Sus opiniones sobre los fundamentalistas cristianos que piden la quema de sus libros sin haberlos leído, siendo ella creyente y habiendo bautizado a sus hijos; el puntazo de incluir un personaje gay y lograr que su sexualidad no le definiera (Sirius Black también podría haber sido gay, ¿no?; no se le menciona ninguna novia ni que le gustara nadie en la escuela); su lucha contra la depresión y el hecho de que no le avergüence hablar de ello; el que dedique un porcentaje de su fortuna a causas benéficas; que se moje a la hora de hablar de política, de anorexia, de problemas sociales... Me gusta esta mujer. Y el hecho de que sea una de las mayores fortunas del mundo, que tenga una casa que parece un castillo y que se compre zapatos de miles de libras a pares (ja, ja) no va a cambiar mi impresión.
Curioso, sin embargo, que el personaje de los libros que menos me gusta sea Harry, el único que, precisamente, tiene mucho de la autora. Los detalles del chaval que menos me gustan son los que ella misma ha dicho que la definen, con lo que, supongo, nunca podríamos llegar a ser íntimas amigas. Ni falta que hace, tampoco: me encantaría poder darle la mano, felicitarla por su trabajo y pedirle que ruegue a los guionistas de las películas que quedan que no las fusilen como fusilaron la tercera.
O, ya puestos, que me contraten a mí, que puedo recitar partes enteras de los libros y le haría una adaptación monísima. Lo único que la séptima se iba a llamar "Severus Snape and that highly annoying Potter boy". Detalles, vamos...
(Os iba a poner un link a su última entrevista, pero por algún motivo no funciona -seguro que el motivo es que lo estoy haciendo mal, pero bueno, qué le vamos a hacer, si con un encantamiento valiera seguro que lo hacía funcionar-. Si queréis leer alguna de sus entrevistas, www.mugglenet.com tiene muchas.)
Grafologia

Hace muchos, muchos años (en un reino junto al mar, habitó una señorita... ah, no, que eso es otra cosa) me apunté a un curso de grafología. De hecho, no debería decir "curso", porque era una titulación homologada de siete años de duración (cuatro horas a la semana, no penséis que iba todos los días), pero como al año siguiente me fui a California no pude continuar. Una pena, porque me encantaba; si me llego a quedar, hoy sería grafóloga. Ahora me da pereza volver.
A pesar de lo que pueda parecer, en un año no da mucho tiempo para profundizar mucho en esta área. Nos dieron una visión muy general sobre los aspectos más importantes de la escritura: distancia entre líneas, tamaño de la letra, márgenes, inclinación, dirección de la línea... Yo me pasaba el día buscando textos ajenos y sacándoles hasta las entrañas; descubrí que mi abuela era estreñida (qué "b" más mala, madre), que Pablo Laso lo estaba pasando fatal en Vitoria (había un punto en su firma que le delataba), que Richard Nixon se sentía una mierda, que Franco estuvo enamorado cuando era cabo... Vamos, que me lo pasaba pipa.
Pipa, sí, siempre y cuando estudiara la letra de los demás, porque cuando llegaba a la mía, me obsesionaba. No me gustaba mi M, que delataba un complejo de inferioridad, ni mi A, que era demasiado cerrada y sólo dejaba pasar a los más cercanos a mí. Mi G (todas letras mayúsculas, las minúsculas eran más difíciles de ver y cambiar) era un desastre y, siendo la letra de la sexualidad por excelencia, le tuve que añadir el bucle bajo para no parecer una estrecha. Y ya que cambiaba la G, había que cambiar también la Z, esta tanto en minúscula como en mayúscula. La de El Zorro, con su palito y todo, es pésima, nula imaginación sexual, así que le puse el bucle bajo y empecé a hacer la mayúscula como la minúscula, pero más grande. Las "q" minúsculas perdieron su palito -cualquier elemento que rompa la letra, ya sea el palito de la q, de la z o del siete, es malo- y empecé a unirlas por abajo, sin levantar el boli del papel; en teoría, esto me ha convertido en mejor persona, y la verdad es que duermo mucho mejor por las noches, bendita "qu". La mayúscula, sin embargo, me es imposible cambiar, no me sale. No recuerdo por qué era importante añadirle su parte baja, pero he desistido.
Sigo manteniendo aquellos cambios, y a veces me acuerdo de algún detalle de las clases y me pongo a observar mi letra, por si algún vicio hubiera vuelto a hacer aparición. Después de diez años es difícil recordar lo poco que nos dijeron, pero sí vigilo que mis líneas sean rectas, o, incluso mejor, que vayan un poco hacia arriba; que mis letras se inclinen un poco hacia la derecha; que mis "a" minúsculas no estén cerradas del todo, y que mis "o" no tengan pinchos hacia dentro. Mis "e" han mejorado una barbaridad, y mi "d" y mi "l" tienen lacito (a veces, sólo a veces; los bucles altos son signo de creatividad, y sólo me siento creativa a ratos). Lo que significa que soy abierta, optimista, con las ideas claras y buena persona. Toma ya. Y todo eso lo sé por mi letra. Pena que el resto del mundo no sepa grafología.
El cambio de la G, sin embargo, no me ha servido de mucho, aunque la letra me gusta mucho más ahora. La Z también la he mantenido (menos cuando les escribo notas a los críos en las redacciones, que lo de la imaginación sexual no parece calar muy bien con ellos y no me entienden la letra), por más que esté segura de que mi mente sigue siendo tan calenturienta como antes del cambio. Aunque últimamente me he dado cuenta de que mi "g" minúscula se está desomponiendo y que mi "f" no es la que era. A ver si va a ser eso...
En la radio

Teníamos apenas dieciocho años y una obsesión enfermiza con los jugadores del Baskonia. Pablo Laso y Ramón Rivas hacían el Triple de Oro en Radio Vitoria y nosotras nos pegábamos a la radio todos los jueves a las nueve de la noche, porque entonces no había liga europea y nadie nos podía separar de nuestros ídolos; cualquier vitoriana de mi generación que se precie se ha derretido ante Pablo Laso, por más que lo niegue ahora -que los años pasan para todos, por más que hayas sido jugador internacional y todo lo que te dé la gana-. A veces tenían invitados de lujo: Ken Bannister, Kenny Green y, sobre todo, Ferran López y, ay madre, Marcelo Nicola.
Y a veces, qué valor da la adolescencia tardía, nos armábamos de coraje y escribíamos cartas interminables a nuestros ídolos, esperando que ellos nos mencionaran por la radio (que lo hicieron, por cierto, diez intensos minutos en los que nos creímos las reinas del mundo). Una vez, incluso, nos atrevimos a ir hasta el estudio, y, oh, madre, entramos en la cabina con ellos y compartimos unos minutos con los hombres que deseábamos fuesen los padres de nuestros hijos/as. Nicola nos regaló por error unos petates de Converse, los patrocinadores, que aún guardo por casa, y nos fuimos más contentas que si nos hubieran tocado los euromillones. Aún hoy recuerdo la sensación de estar convencida de que Ferrán se había enamorado locamente de nosotras, hasta que le vimos del brazo con una rubia pechugona e ignorándonos brutalmente (probablemente porque no habíamos causado la menor impresión en él, mindunguis que éramos). Nicola tuvo un hijo al poco, y también al poco se divorció (pero nosotras no tuvimos nada que ver, lo juro). Pablo Laso se casó y se fue al Madrid (ay, lo que lloré), y Ramón Rivas dejó Vitoria. Crecimos a base de hostias.
Pero el fetichismo ha quedado intacto. No puedo oír ninguno de esos nombres (ni el de Pedro Rodríguez, o Rafa Talaverón, o Lucio Angulo, o Santi Abad) sin recordar aquellos tiempos en los que todo mi universo giraba en torno a hombres poco mayores que yo, que tomaban decisiones sin contar conmigo (¿cómo se atrevió Marcelo a irse a la Benneton, ¡cómo!?), que huían espantados en cuanto nos veían aparecer por la calle; sin derretirme un poquito al cruzármelos por la calle (el hipnotismo que Vitoria ejerce sobre todo el que la ha experimentado intacto en ellos), sin sonreir, aunque solo sea un poquito, cuando veo que Santi Abad guarda el coche en el garaje de justo en frente de mi casa...
El beso
Enrique se acercó a Elena, los ojos fijos en los de ella, apartándose de su mirada lo justo para no perder de vista esos labios que a punto estaba de besar. Iba a ser el mejor beso de su vida, mejor que el de cualquier película; ríete tú de Richard Gere, George Clooney o el mismísimo Alan Rickman, le iban a temblar hasta las rodillas, no iba a olvidarlo jamás, pasaría a su memoria como el mejor "besador" que había tenido nunca. Pues bueno era él cuando se ponía. Menuda técnica había desarrollado. Entre sus besos y sus miradas, ninguna podía resistirse.
Pero algo iba mal. En lugar de quedarse quieta esperándole, su cabeza (la de Elena, su Elena, su mejor amiga y la mujer que últimamente inundaba esos momentos entre el sueño y la vigilia) iba alejándose, más y más cada vez, hasta que tuvo que mover el pie para no caerse de espaldas. Enrique se apartó de ella.
-Perdona, Elena, no sé qué... Creí que te gustaba. Lo siento.
-No, no, si no es eso, me gustas. Pero no quiero que me beses.
Enrique frunció el ceño. Era la primera vez que le decían algo así.
-Entonces no... O sea, no te gusto, te caigo bien. Como amigos, ¿no?
-Supongo... Yo creía que me gustabas como algo más, pero has puesto esa cara y me ha dado repelusillo.
-¿Qué cara?
-Tu cara de... -Elena hizo un mohín de asco-. Tu cara de beso.
Enrique abrió la boca para decir algo, pero no pudo. ¿Cara de beso? Lo intentó de nuevo. No había manera. Se miraron en unos segundos eternos.
-Hombre... -consiguió decir al tercer intento- Iba a besarte, así que sí, supongo que... ¿Tan malo es eso?
-Es que a mí me gusta tu cara normal, no esa de galán de cine borracho que se cree guapo que pones cuando besas. Cuando es a otras, da la risa, pero ahora... -Nuevo mohín de asco.
Enrique dio un paso atrás y miró a su amiga (¿amiga?, vaya amiga) como si la viera por primera vez. Ni guapa ni fea, ni gorda ni delgada, nada llamativo en su aspecto. Y, sin embargo, tenía algo... ¿Su interior? No, él nunca había mirado tan lejos.
-Vaya. Galán de cine borracho, toma ya. Nunca me habían insultado tanto con tan pocas palabras.
Elena se encogió de homrbros y le miró con gesto apenado. No estaba arrepentida de haberlo dicho, sólo le dolía que le hubiera sentado mal.
-Quédate con lo de galán de cine y olvida lo de borracho. Qué, ¿tomamos algo?
Pero algo iba mal. En lugar de quedarse quieta esperándole, su cabeza (la de Elena, su Elena, su mejor amiga y la mujer que últimamente inundaba esos momentos entre el sueño y la vigilia) iba alejándose, más y más cada vez, hasta que tuvo que mover el pie para no caerse de espaldas. Enrique se apartó de ella.
-Perdona, Elena, no sé qué... Creí que te gustaba. Lo siento.
-No, no, si no es eso, me gustas. Pero no quiero que me beses.
Enrique frunció el ceño. Era la primera vez que le decían algo así.
-Entonces no... O sea, no te gusto, te caigo bien. Como amigos, ¿no?
-Supongo... Yo creía que me gustabas como algo más, pero has puesto esa cara y me ha dado repelusillo.
-¿Qué cara?
-Tu cara de... -Elena hizo un mohín de asco-. Tu cara de beso.
Enrique abrió la boca para decir algo, pero no pudo. ¿Cara de beso? Lo intentó de nuevo. No había manera. Se miraron en unos segundos eternos.
-Hombre... -consiguió decir al tercer intento- Iba a besarte, así que sí, supongo que... ¿Tan malo es eso?
-Es que a mí me gusta tu cara normal, no esa de galán de cine borracho que se cree guapo que pones cuando besas. Cuando es a otras, da la risa, pero ahora... -Nuevo mohín de asco.
Enrique dio un paso atrás y miró a su amiga (¿amiga?, vaya amiga) como si la viera por primera vez. Ni guapa ni fea, ni gorda ni delgada, nada llamativo en su aspecto. Y, sin embargo, tenía algo... ¿Su interior? No, él nunca había mirado tan lejos.
-Vaya. Galán de cine borracho, toma ya. Nunca me habían insultado tanto con tan pocas palabras.
Elena se encogió de homrbros y le miró con gesto apenado. No estaba arrepentida de haberlo dicho, sólo le dolía que le hubiera sentado mal.
-Quédate con lo de galán de cine y olvida lo de borracho. Qué, ¿tomamos algo?
Tenia que pasar...
Y pasó.
Ahí estaba yo, doblada por la cintura (sí, ya sé que es mejor agacharse con las rodillas, pero a ver quién es el guapo que mantiene el equilibrio así cuando una bestia de cuarenta kilos insiste en ponerse en marcha en ese mismo momento), enseñando al mundo lo mejor de mí (el culo), el pelo sobre la cara, las piernas bien abiertas para no caerme encima de las deposiciones de mi querido animal y haciendo malabares para recoger una mierda del tamaño de un caniche cuando, al levantar la cabeza, me encuentro con una sonrisa de oreja a oreja bajo unos ojos de color caramelo que quitaban el sentido. Él sonríe, yo sonrío, nuestros respectivos perros se huelen el culo... Y yo corro a buscar una papelera para librarme del engorro que llevo en la mano y el sofocón, aunque de ese no me he deshecho tan fácilmente.
(Él también llevaba un papel de periódico en la mano. Pero el suyo aún estaba vacío.)
Ahí estaba yo, doblada por la cintura (sí, ya sé que es mejor agacharse con las rodillas, pero a ver quién es el guapo que mantiene el equilibrio así cuando una bestia de cuarenta kilos insiste en ponerse en marcha en ese mismo momento), enseñando al mundo lo mejor de mí (el culo), el pelo sobre la cara, las piernas bien abiertas para no caerme encima de las deposiciones de mi querido animal y haciendo malabares para recoger una mierda del tamaño de un caniche cuando, al levantar la cabeza, me encuentro con una sonrisa de oreja a oreja bajo unos ojos de color caramelo que quitaban el sentido. Él sonríe, yo sonrío, nuestros respectivos perros se huelen el culo... Y yo corro a buscar una papelera para librarme del engorro que llevo en la mano y el sofocón, aunque de ese no me he deshecho tan fácilmente.
(Él también llevaba un papel de periódico en la mano. Pero el suyo aún estaba vacío.)
Belleza

¿A alguien más le parece esto bello? ¿O soy realmente tan macabra, oscura, trágica como me dicen mis compañer@s de dibujo?
Veo este cuadro (de Cézanne, no de ningún mindunguis de por ahí) y pienso en Poe, en cuentos góticos, en tragedias épicas, en un sinfín de historias que han fundado la historia literaria universal. Hamlet no podría haber cogido un melón; la imagen de la muerte es una calavera porque es la esencia de nosotros mismos, lo único que no se desintegra a los pocos meses, lo que dejamos atrás.
Pero soy capaz de dibujar esto (con mucho más rojo, porque me recuerda a "La máscara de la Muerte Roja", de Poe, y necesita más rojo en el fondo negro) con música clásica de fondo, hablando de las últimas travesuras de mis niños o de la canción de Eurovisión. Soy capaz de ver una imagen así y recordar o imaginar una historia que le vendría al pelo; y, cuando leo una historia, pienso en qué imagen me gustaría que la acompañara. Imágenes y palabras empiezan a juntarse en mi mente, y eso nunca me había pasado. Me gusta. Evoluciono.
¿Soy macabra? ¿Perversa? ¿Diabólica?
¿Habrán pensado mis compañer@s que todos tenemos una calavera dentro de nosotros?
Aurora
Sesenta años pueden ser la mejor edad si se llega con salud y humor, y Aurora tenía ambos, así que se animó a hacerlo. Había criado a dos hijos estupendos, dos chavales de veintitantos que ya habían volado del nido, como decía su difunta y santa madre, y su marido llevaba ya tiempo haciendo una vida que poco tenía que ver con la suya, la de Aurora, acostumbrada a pasear, cocinar o charlar con las vecinas mientras su Paco se iba de chiquiteo por el barrio. También le gustaba leer, pero las cataratas había hecho de esa afición un suplicio. Así que, después de mucho informarse, decidió operarse, convencida de que aún le quedaban al menos veinte años y varios centenares de libros por leer, por no hablar de todas esas revistas y los catálogos de ropa de bebé que quería empezar a ojear "para cuando lleguen los nietos".
La llamaron del hospital para hacerle las pruebas del preoperatorio y Aurora se fue a la clínica -privada, porque no le apetecía cumplir los setenta en la lista de espera- sin decirle nada a Paco, que no iba a querer acompañarla de todas maneras y, para tenerlo de morros todo el día, mejor ir sola. Los médicos, eficientes y diligentes, le hicieron todo tipo de pruebas y le pidieron que esperara en una salita mucho más acogedora que la de los hospitales públicos, dónde va a parar. Aurora se entretuvo hojeando una revista de viajes en la que apenas podía distinguir las fotos e imaginando la nitidez con la que iba a ver todos aquellos colores en unos pocos días. Al poco rato, un médico con cara de pocos amigos la vino a buscar. Ella le siguió hasta su despacho y vio, un poco aprensiva, cómo se sentaba y la miraba con enfado.
-Podría habernos avisado, señora Aurora, nos habríamos ahorrado mucho tiempo.
-¿Avisarles de qué?
-¿No se le ha olvidado mencionar nada en su historial?
Aurora negó con la cabeza.
-¿Un pequeño detalle? ¿Como que es usted VIH positiva?
-¿Cómo? No, yo soy AB negativo. Se lo juro, he donado sangre muchas veces porque es muy rara. ¿Eso es un problema?
El rostro del médico cambió de enfado a estupor.
-¿No lo sabía?
-¿El qué?
-Es usted portadora del virus del SIDA.
Cuando Aurora se recuperó del desmayo, un psicólogo y el encargado de una asociación de enfermos de SIDA trataron de dilucidar el misterio. Le preguntaron por su historial quirúrgico (nunca la habían operado, ni siquiera le habían desvitalizado una muela), posibles diálisis (jamás, siempre había estado como una rosa), pinchazos fortuitos con agujas de jeringuillas desechadas (todo lo más con una concha en la playa), y, por último, sobre sus hábitos sexuales.
-¡Pero qué dice! Llevo treinta y cinco años casada y jamás he conocido a más hombre que mi marido. Y no, no usamos condón, nunca lo hemos hecho. ¡Por Dios! ¡Bueno es mi Paco!
Los dos hombres se miraron un segundo, asintieron casi imperceptiblemente y suspiraron al unísono, o eso le pareció a Aurora, que lo veía todo como en un mal sueño.
-Pídale a su marido que se haga las pruebas. Y tómese este válium.
El encargado de la asociación nos cuenta que los hijos de Aurora la ayudaron con todos los trámites del divorcio, que fue efectivo a los pocos meses. La mujer debe estar hecha polvo, pero no por la enfermedad, que está perfectamente controlada: no puede entender que su marido le fuera infiel. Los votos son sagrados, dicen que repite sin cesar. Si no hubiera sido por los hijos, quizás aún siguieran casados.
(Historia basada en hechos reales. Llevo toda la tarde pensando en cómo mataría yo a alguien que me hiciera algo así. Y no me refiero a "ja, ja, yo lo mato". No. Pienso en armas y en partes del cuerpo, en sangre, furia y rabia. Yo lo mato.)
La llamaron del hospital para hacerle las pruebas del preoperatorio y Aurora se fue a la clínica -privada, porque no le apetecía cumplir los setenta en la lista de espera- sin decirle nada a Paco, que no iba a querer acompañarla de todas maneras y, para tenerlo de morros todo el día, mejor ir sola. Los médicos, eficientes y diligentes, le hicieron todo tipo de pruebas y le pidieron que esperara en una salita mucho más acogedora que la de los hospitales públicos, dónde va a parar. Aurora se entretuvo hojeando una revista de viajes en la que apenas podía distinguir las fotos e imaginando la nitidez con la que iba a ver todos aquellos colores en unos pocos días. Al poco rato, un médico con cara de pocos amigos la vino a buscar. Ella le siguió hasta su despacho y vio, un poco aprensiva, cómo se sentaba y la miraba con enfado.
-Podría habernos avisado, señora Aurora, nos habríamos ahorrado mucho tiempo.
-¿Avisarles de qué?
-¿No se le ha olvidado mencionar nada en su historial?
Aurora negó con la cabeza.
-¿Un pequeño detalle? ¿Como que es usted VIH positiva?
-¿Cómo? No, yo soy AB negativo. Se lo juro, he donado sangre muchas veces porque es muy rara. ¿Eso es un problema?
El rostro del médico cambió de enfado a estupor.
-¿No lo sabía?
-¿El qué?
-Es usted portadora del virus del SIDA.
Cuando Aurora se recuperó del desmayo, un psicólogo y el encargado de una asociación de enfermos de SIDA trataron de dilucidar el misterio. Le preguntaron por su historial quirúrgico (nunca la habían operado, ni siquiera le habían desvitalizado una muela), posibles diálisis (jamás, siempre había estado como una rosa), pinchazos fortuitos con agujas de jeringuillas desechadas (todo lo más con una concha en la playa), y, por último, sobre sus hábitos sexuales.
-¡Pero qué dice! Llevo treinta y cinco años casada y jamás he conocido a más hombre que mi marido. Y no, no usamos condón, nunca lo hemos hecho. ¡Por Dios! ¡Bueno es mi Paco!
Los dos hombres se miraron un segundo, asintieron casi imperceptiblemente y suspiraron al unísono, o eso le pareció a Aurora, que lo veía todo como en un mal sueño.
-Pídale a su marido que se haga las pruebas. Y tómese este válium.
El encargado de la asociación nos cuenta que los hijos de Aurora la ayudaron con todos los trámites del divorcio, que fue efectivo a los pocos meses. La mujer debe estar hecha polvo, pero no por la enfermedad, que está perfectamente controlada: no puede entender que su marido le fuera infiel. Los votos son sagrados, dicen que repite sin cesar. Si no hubiera sido por los hijos, quizás aún siguieran casados.
(Historia basada en hechos reales. Llevo toda la tarde pensando en cómo mataría yo a alguien que me hiciera algo así. Y no me refiero a "ja, ja, yo lo mato". No. Pienso en armas y en partes del cuerpo, en sangre, furia y rabia. Yo lo mato.)
Porque hoy es hoy
Porque hoy es jueves a la tarde, que es como si fuera viernes.
Porque hace un día veraniego, aunque sé que debería estar nevando.
Porque hoy he visto llorar a dos niños por mi culpa y me he sentido como una piltrafa humana.
Porque las vacaciones están a la vuelta de la esquina.
Porque quiero dejar atrás temas que no me gustan.
Porque tengo la cabeza tan llena de las obras de otros que ya no recuerdo cómo escribir.
Porque hoy me han dicho que tengo un gran potencial.
Porque sé que tengo una buena vida y la mayoría del tiempo disfruto de ella.
Porque la séptima película de Harry Potter va a dividirse en dos, lo que significa que aún queda Harry Potter hasta el 2011.
Porque este blog es mío y escribo lo que me da la gana.
Por todo esto y mucho más, he aquí un post vacío.
Porque hace un día veraniego, aunque sé que debería estar nevando.
Porque hoy he visto llorar a dos niños por mi culpa y me he sentido como una piltrafa humana.
Porque las vacaciones están a la vuelta de la esquina.
Porque quiero dejar atrás temas que no me gustan.
Porque tengo la cabeza tan llena de las obras de otros que ya no recuerdo cómo escribir.
Porque hoy me han dicho que tengo un gran potencial.
Porque sé que tengo una buena vida y la mayoría del tiempo disfruto de ella.
Porque la séptima película de Harry Potter va a dividirse en dos, lo que significa que aún queda Harry Potter hasta el 2011.
Porque este blog es mío y escribo lo que me da la gana.
Por todo esto y mucho más, he aquí un post vacío.
¡Voto!
He salido de casa para ir a comer a la de mis padres (sí, qué pasa, como con mis padres todos los días, me ahorro una pasta y me aseguro de no morir por carencia de nutrientes) y, aprovechando que el Pisuerga pasa por Valladolid, que mi colegio electoral está justo enfrente de mi casa y que hacía sol cuando he salido -dato que para algunos parece ser muy importante pero que yo todavía no pillo-, he ido a votar. El colegio estaba petado de gente, lo cual es muy bueno siempre que no se paren a saludar a conocidos en medio de un estrecho pasillo o te toque la señora con andador delante (cosas ambas que me han ocurrido hoy). Yo iba con la notita que me habían mandado del censo, que no llevo mucho tiempo empadronada en mi casa y no quería confundirme de mesa; he llegado frente a mi clase y me he detenido en la mesa donde estaban las papeletas. No me gusta llevarlas de casa, tiene algo de romántico eso de elegirla en el mismo colegio. Llevarlas de casa es como llevarse la chuleta.
Intentaba no mirar a nadie, de verdad. Me decía "da igual a quién voten, Ruth, la cosa es que lo hagan, por más que a los que tú ya sabes no les entienda y nunca lo haré. No importa, tú concéntrate en lo tuyo, ¡concéntrate!, no vayas a coger por error la papeleta del PP o la de la Falange, o -Dios no lo quiera- la de Rosa Díez". Yo a lo mío, buscando ostensiblemente la papeleta del PSOE, mucho más pequeña que la última vez que voté (la del congreso, porque la del senado casi no cabía en el sobre). Mientras estaba yo marcando mis senadores, toda concentrada, sin mirar al matrimonio de al lado que no tenía muy claro a quién quería votar, llega un mozo de bastante buen ver por mi derecha. "Perdona", me ha dicho, y yo he sonreído brevemente y me he apartado un poco para dejarle coger lo que quisiera coger. "Joe, Ruth, tú que te quejas de que no ligas, a ver si vas a terminar pillando en el colegio electoral". Y entonces, sin poder evitarlo, porque no mirar su mano hubiera significado mirarle a la cara y eso era mucho más descarado, he visto cómo cogía la papeleta... del PP.
Y entonces he tenido que hacer un esfuerzo para no pisarle el juanete, no darle un codazo involuntario, no tirar sin querer todas las papeletas al suelo y patearlas para que fueran inservibles, no escupirle en el ojo por accidente...
Porque soy demócrata. Y el voto, como me ha dicho mi padre cuando le he contado la anécdota, es libre, y eso es lo mejor que tenemos.
P.D: Tras un segundo análisis, no era tan mono. Tenía granos. Y las manos demasiado grandes.
Intentaba no mirar a nadie, de verdad. Me decía "da igual a quién voten, Ruth, la cosa es que lo hagan, por más que a los que tú ya sabes no les entienda y nunca lo haré. No importa, tú concéntrate en lo tuyo, ¡concéntrate!, no vayas a coger por error la papeleta del PP o la de la Falange, o -Dios no lo quiera- la de Rosa Díez". Yo a lo mío, buscando ostensiblemente la papeleta del PSOE, mucho más pequeña que la última vez que voté (la del congreso, porque la del senado casi no cabía en el sobre). Mientras estaba yo marcando mis senadores, toda concentrada, sin mirar al matrimonio de al lado que no tenía muy claro a quién quería votar, llega un mozo de bastante buen ver por mi derecha. "Perdona", me ha dicho, y yo he sonreído brevemente y me he apartado un poco para dejarle coger lo que quisiera coger. "Joe, Ruth, tú que te quejas de que no ligas, a ver si vas a terminar pillando en el colegio electoral". Y entonces, sin poder evitarlo, porque no mirar su mano hubiera significado mirarle a la cara y eso era mucho más descarado, he visto cómo cogía la papeleta... del PP.
Y entonces he tenido que hacer un esfuerzo para no pisarle el juanete, no darle un codazo involuntario, no tirar sin querer todas las papeletas al suelo y patearlas para que fueran inservibles, no escupirle en el ojo por accidente...
Porque soy demócrata. Y el voto, como me ha dicho mi padre cuando le he contado la anécdota, es libre, y eso es lo mejor que tenemos.
P.D: Tras un segundo análisis, no era tan mono. Tenía granos. Y las manos demasiado grandes.
Encuesta
Hoy me cuenta mi madre la anécdota de una conocida que tenía por costumbre cortar las esquinas de los filetes antes de freírlos en la sartén. Un día, el marido (seguramente más acojonado por el derroche de carne que sorprendido por la costumbre) le preguntó por qué lo hacía. "Porque salen más tiernos. Mi madre lo ha hecho siempre". Poco contento con la respuesta, el buen hombre se lo preguntó a la suegra, que se echó a reír. "Pues porque tenía una sartén muy pequeña y no me cabían enteros".
La de carne que podría haberse ahorrado en casa de la hija si le llega a explicar eso mismo.
¿A cuántos de vosotr@s os dijeron en el colegio que no siguierais la lectura con el dedo? Me refiero a cursos un poco altos, no en primero o segundo, donde se anima a seguir con el dedo para que no te pierdas. ¿A cuántos os amenazaron, como a mis alumnos, con bajaros la nota? ¿Os dieron alguna vez una razón para no hacerlo? ¿No sería, quizás, que a ellas también se lo prohibieron y supusieron que era la manera correcta de hacer las cosas?
Algunos de mis alumnos se pierden al leer, pero mantienen las manos debajo de la mesa porque está feo seguir con el dedo. Otros se traban, o se atascan, o se cansan porque el contraste de negro sobre blanco les resulta agotador. Seguir la lectura con el dedo no es malo, igual que no lo es no hacerlo. Si lees bien sin dedo, ¿para qué lo vas a poner? Si necesitas el dedo, ponlo. Mejor si señalas la línea que lees por la parte de arriba en lugar de por abajo, porque el cerebro "ve" más allá que el ojo y, a un nivel inconsciente, estás viendo la continuación de la frase, sus comas, sus puntos, y eso te ayuda a entonar mejor. Pero si te pierdes por no poner el dedo, por mucho que veas... Mal vamos.
Si en vez de prohibir "porque aquí mando yo y sé más que tú" razonáramos un poco, nos iría mucho mejor.
(Por fin es viernes.)
La de carne que podría haberse ahorrado en casa de la hija si le llega a explicar eso mismo.
¿A cuántos de vosotr@s os dijeron en el colegio que no siguierais la lectura con el dedo? Me refiero a cursos un poco altos, no en primero o segundo, donde se anima a seguir con el dedo para que no te pierdas. ¿A cuántos os amenazaron, como a mis alumnos, con bajaros la nota? ¿Os dieron alguna vez una razón para no hacerlo? ¿No sería, quizás, que a ellas también se lo prohibieron y supusieron que era la manera correcta de hacer las cosas?
Algunos de mis alumnos se pierden al leer, pero mantienen las manos debajo de la mesa porque está feo seguir con el dedo. Otros se traban, o se atascan, o se cansan porque el contraste de negro sobre blanco les resulta agotador. Seguir la lectura con el dedo no es malo, igual que no lo es no hacerlo. Si lees bien sin dedo, ¿para qué lo vas a poner? Si necesitas el dedo, ponlo. Mejor si señalas la línea que lees por la parte de arriba en lugar de por abajo, porque el cerebro "ve" más allá que el ojo y, a un nivel inconsciente, estás viendo la continuación de la frase, sus comas, sus puntos, y eso te ayuda a entonar mejor. Pero si te pierdes por no poner el dedo, por mucho que veas... Mal vamos.
Si en vez de prohibir "porque aquí mando yo y sé más que tú" razonáramos un poco, nos iría mucho mejor.
(Por fin es viernes.)
Gracias por nada, guiñoles
Pongo hoy la tele y me encuentro con los guiñoles de la cuatro, la versión resumida de lo que echan luego en Eva Hache, que es a donde os mando con el link. Parodia de Sweeney Todd, el barbero de la calle Fleet (o algo así), con mi queridísimo Jhonny Depp y mi no menos querido Alan Rickman.
Y ahí me empieza a dar.
En el papel de Jhonny... Gallardón.
(El corazón me palpita más rápido. Tengo sudoraciones. Me tiemblan las manos.)
En el papel de Alan...
(¡¡¡¡ARGH!!!! ¡¡OXÍGENO!! ¡¡EPINEFRINA!! ¡¡DEFRIBILADOR!! ¡¡ME MUEROOOOOOO!!)
Mariano Rajoy.
piiii, piiii, piiii, piiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiii
RIP
Y ahí me empieza a dar.
En el papel de Jhonny... Gallardón.
(El corazón me palpita más rápido. Tengo sudoraciones. Me tiemblan las manos.)
En el papel de Alan...
(¡¡¡¡ARGH!!!! ¡¡OXÍGENO!! ¡¡EPINEFRINA!! ¡¡DEFRIBILADOR!! ¡¡ME MUEROOOOOOO!!)
Mariano Rajoy.
piiii, piiii, piiii, piiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiii
RIP
8:30
Un miércoles cualquiera del calendario escolar.
8:30: Las profesoras de sexto nos juntamos para terminar un proyecto que nos aburre y nos trae locas. Antes de empezar, comentamos pequeñas vicisitudes de clase. Una de nosotras necesita desahogarse y las demás escuchamos y mostramos apoyo.
8:40: El apoyo moral es claramente insuficiente. La profesora, obviamente, necesita más que un desahogo; uno de sus alumnos golpea al resto sistemáticamente y la ha amenazado a ella en más de una ocasión (e intentado agredir, pero profesora ágil que esquiva zapatillas y sillas). La terapeuta pedagógica que se le ha asignado no da abasto. Impotencia. Encima, con la nieve, ha tenido que dormir fuera de casa vistas las malas caras del día anterior por llegar diez minutos tarde.
9:00: Imposible seguir con el proyecto. Caso particular de niño de 13 años demasiado gordo para poder pensar en otra cosa. Tratamos de buscar soluciones, pero poco puede hacer una tutora aparte de prometer firmar cualquier papel que apoye a la compañera.
9:25: Suena el timbre, sube el primer niño. Llora desconsolado porque niño de 13 años le acaba de pegar una paliza de padre y muy señor mío porque le apetecía y su primer objetivo ha corrido más rápido que él.
9:35: -A ver, niños, abrid el libro por la página 35...
Me da a mí que este año no terminamos el proyecto.
8:30: Las profesoras de sexto nos juntamos para terminar un proyecto que nos aburre y nos trae locas. Antes de empezar, comentamos pequeñas vicisitudes de clase. Una de nosotras necesita desahogarse y las demás escuchamos y mostramos apoyo.
8:40: El apoyo moral es claramente insuficiente. La profesora, obviamente, necesita más que un desahogo; uno de sus alumnos golpea al resto sistemáticamente y la ha amenazado a ella en más de una ocasión (e intentado agredir, pero profesora ágil que esquiva zapatillas y sillas). La terapeuta pedagógica que se le ha asignado no da abasto. Impotencia. Encima, con la nieve, ha tenido que dormir fuera de casa vistas las malas caras del día anterior por llegar diez minutos tarde.
9:00: Imposible seguir con el proyecto. Caso particular de niño de 13 años demasiado gordo para poder pensar en otra cosa. Tratamos de buscar soluciones, pero poco puede hacer una tutora aparte de prometer firmar cualquier papel que apoye a la compañera.
9:25: Suena el timbre, sube el primer niño. Llora desconsolado porque niño de 13 años le acaba de pegar una paliza de padre y muy señor mío porque le apetecía y su primer objetivo ha corrido más rápido que él.
9:35: -A ver, niños, abrid el libro por la página 35...
Me da a mí que este año no terminamos el proyecto.
La profa de dibujo me tiene mania

La profesora de dibujo me tiene manía. Y no lo disimula, encima.
Llego yo a clase, puntual como un reloj porque me emociona el pastel que hemos empezado esta semana, toda contenta y con diez dibujos más para copiar. Saco el Monet que empecé el otro día, llamo a la profa y le pido que me arregle el jetón que le hice el miércoles, que me ha quedado fatal. Ris-ras, en dos trazos expertos la mujer de azul tiene un rostro angelical. "Te ha quedado muy bien. Termínale el velo, dale el fijador y ya lo tienes".
Yo, toda contenta, lo termino y lo dejo sobre la mesa para que ella lo coja y lo ponga en la pared con los demás. Pasa por detrás de mí y no lo coge. No lo habrá visto. Me pongo a dibujar el Sorolla. El de al lado termina su cuadro (que, no es porque yo lo diga, pero está mucho peor que el mío). "¡Uy, qué mono! Trae, que lo cuelgo". Yo muevo el mío, no vaya a ser que no lo haya visto porque esté mal puesto (estaba a escasos centímetros del de mi compañero, pero oye, igual es corta de vista). Me pasa de largo y va hacia la que está a mi derecha. "Esto está fenomenal. Vamos a hacerle un hueco".

Ni lo pienses, Ruth, no importa que no le guste, tú sabes que está genial, no sólo para ser el primer trabajo a pastel que haces en tu vida, sino así, en general. La profa pasa un par de veces más por detrás de mí y yo me digo a mí misma que no me importa, que me concentre en el que estoy haciendo ahora, que me encanta el Sorolla que he encontrado (pintor que no conocía hasta hoy, por cierto, inculta que es una). Perfilo las figuras con el lápiz y anticipo el gustazo que me va a dar sacar todos los pliegues del vestido de la hermana mayor y las tonalidades del agua y del cielo. Me paso veinte minutos con la cara de la hermana pequeña, no es tan fácil como parece y quiero que quede perfecta. Cuando termino, llamo a la profa y le pido su visto bueno.
-A la niña pequeña la veo muy grande en comparación con la mayor.
Yo le digo que no, que he puesto mucho cuidado en no hacerla más alta que el codo de la hermana, que he medido bien las referencias, que si se fija en el original está todo proporcional. Ella pone cara rara.
-Pues entonces es que la has hecho más gordita. La cabeza es muy grande. Qué pena, la carica te había quedado muy bien.
Y ris-ras, en dos gomazos expertos me borra la cara, y yo contengo la respiración y todo de la impresión que me da. Huelga decir que en mi interior la estoy llamando de todo, que en ese momento la odio, que quiero ir a casa de mis padres y entrar llorando y gritando "amatxooooo, la andereño de dibujo me tiene maníaaaaaaa". Pero no. Sonrío y cojo otra vez el lápiz. Soy una profesional de la educación y sé que las manías... existen, pero soy adulta y no voy a dejar que puedan conmigo. Hoy, al menos.
Arreglo a la niña según sus parámetros, pero, por más que me esfuerzo, la cabeza no me sale. Termino haciéndola igual que antes y la vuelvo a llamar.
-No me sale más pequeña. Es imposible.
Y entonces coge el lápiz, mide las distancias, y me dice que tengo razón, que la medida está bien cogida. Al levantarse de mi sitio, ve el Monet.
-Uy, qué preciosidad. A la pared. Mira, si visto de lejos parece la muestra en vez del dibujo. Te ha quedado genial.
Qué maja es la de dibujo. Qué bien explica. Qué pedazo de artista.
Impresionista, digoooo, impresionante.
¿Que estoy haciendo con estos niños?
M. es una de mis alumnas favoritas, lo que es mucho decir porque tengo la clase llena de niños y niñas estupendos/as y es difícil elegir, pero ésta es especial. Tiene el toque justo de niña pizpireta, salada sin ser faltona, curiosa, respetuosa y atenta, y siempre tiene una sonrisa en los labios (tanto, que el día que no la tiene le pregunto si está bien; su respuesta es siempre: "hoy estoy un poco chof"). No es pelota, no quiere hacerse notar, no saca sobresaliente en todo -aunque es inteligentísima- y prefiere jugar a baloncesto con los chicos o bailar en la clase de música con el resto de las chicas que cuchichear en los rincones del patio. La niña que a mí me hubiera gustado ser, vamos.
A principio de curso cometí el "error" de decirle que me encantaba cómo se expresaba en general, ya fuera de forma escrita u oral, ya fuera en castellano o en euskera. En ese momento no noté yo que le hubiera causado un gran efecto -como buena prepúber, pasó de mí olímpicamente-, pero cuando le di las notas a su madre me dijo que había notado un gran cambio en su hija y que ahora se pasaba horas muertas leyendo y escribiendo historias que luego leía a su familia. Hoy me ha venido con tres libros en la mano para preguntarme mi opinión sobre ellos: uno era de Isabel Allende, el título infantil que nunca recuerdo ("lo acabo de empezar, pero de momento está muy bien") y el otro una colección de cuentos de Rudyard Kipling ("igual te parecen muy fáciles, pero dice mi madre que debería leérmelos"). Por supuesto, le he dicho que de esos dos autores se puede leer hasta su lista de la compra, si le apetece, y ella casi se mea de risa.
Y entonces me ha enseñado el último. Era una novela corta de Mark Twain, autor que les he nombrado en clase innumerables veces; sorprendida, le he preguntado si estaba planeando leérsela cuando terminara los otros dos (pedazo lista de deberes se impone la niña, oye), y me ha dicho que no, que ese era para mí. "Lo ha encontrado mi madre en su librería y dice que igual te gusta, porque cuando lo acabas te deja hecha polvo".
Y todo porque les dije que lloré con el último Harry Potter, que me emocioné con Mil Soles Espléndidos y que no puedo leer a Shakespeare sin que se me llenen los ojos de lágrimas... ¿Qué imagen de mí se están formando estos niños?
A principio de curso cometí el "error" de decirle que me encantaba cómo se expresaba en general, ya fuera de forma escrita u oral, ya fuera en castellano o en euskera. En ese momento no noté yo que le hubiera causado un gran efecto -como buena prepúber, pasó de mí olímpicamente-, pero cuando le di las notas a su madre me dijo que había notado un gran cambio en su hija y que ahora se pasaba horas muertas leyendo y escribiendo historias que luego leía a su familia. Hoy me ha venido con tres libros en la mano para preguntarme mi opinión sobre ellos: uno era de Isabel Allende, el título infantil que nunca recuerdo ("lo acabo de empezar, pero de momento está muy bien") y el otro una colección de cuentos de Rudyard Kipling ("igual te parecen muy fáciles, pero dice mi madre que debería leérmelos"). Por supuesto, le he dicho que de esos dos autores se puede leer hasta su lista de la compra, si le apetece, y ella casi se mea de risa.
Y entonces me ha enseñado el último. Era una novela corta de Mark Twain, autor que les he nombrado en clase innumerables veces; sorprendida, le he preguntado si estaba planeando leérsela cuando terminara los otros dos (pedazo lista de deberes se impone la niña, oye), y me ha dicho que no, que ese era para mí. "Lo ha encontrado mi madre en su librería y dice que igual te gusta, porque cuando lo acabas te deja hecha polvo".
Y todo porque les dije que lloré con el último Harry Potter, que me emocioné con Mil Soles Espléndidos y que no puedo leer a Shakespeare sin que se me llenen los ojos de lágrimas... ¿Qué imagen de mí se están formando estos niños?
Admirador secreto
Hoy, como todos los días, he bajado a la perra de mis padres, una enorme pastor vasco de casi cuarenta kilos que tira como una endemoniada y se asusta de sus propios ladridos. Mientras sujetaba su correa con una mano y buscaba una papelera donde tirar el periódico lleno de mierda que sujetaba con la otra, me he imaginado esa misma escena observada por mi imaginario admirador secreto.
Y hasta en mi mente ha echado a correr como un poseso.
Y hasta en mi mente ha echado a correr como un poseso.
Frescura
El jueves les di a mis monstruos (=mis alumnos) los deberes de lengua para el fin de semana: tienen que colocar el personaje de un libro que hayan leído en otro libro, sin cambiar la personalidad de ese personaje y adaptándolo al nuevo mundo en el que lo han colocado. Les puse como ejemplo colocar a Momo en los libros de Harry Potter y estuvimos comentando todas las posibilidades que nos daría. "Cuando lo hagáis vosotros", les dije, "dedicad cinco minutos a pensar en lo que vais a escribir antes de coger siquiera el bolígrafo. Pensad antes de actuar, tened toda la idea en la cabeza, no vaya a ser que luego el boli os lleve por donde le dé la gana". También les expliqué que, como tenían muchos días para escribirla, quería que dejaran "macerar" la historia antes de pasarla a limpio. "Escribid el primer borrador, corregidlo, pero no lo paséis a limpio hasta el día siguiente. Tenéis que alejaros de lo que habéis escrito para poder ver vuestros fallos". Sé que los padres y madres van a querer estrangularme, son de los que les obligan a terminar los deberes en cuanto llegan de clase para no tener que andar peleando todo el fin de semana (cosa que les agradezco, la mayoría de las veces). "Haznos una nota, que no nos van a creer", me decían. "Que me llamen si no os creen". El lunes voy a estar pegada al teléfono.
Aprovechando que, una vez más, se me había "colgado" el ipod, volví a casa haciendo justo lo que les había dicho a los críos que hicieran e ideé toda una trama en la que Momo llegaba a Hogwarts y empezaba a interactuar con los personajes de la Rowling. Me emocioné de todo lo que se me ocurrió y estaba deseando llegar a casa para escribirlo y darles un ejemplo a los críos al día siguiente, pero entre pequeños recados, el gato y demás, no pude sentarme ante el ordenador hasta pasado un buen rato. Y, aunque mientras hacía mis tareas seguía pensando en la historia, la magia del principio ya se había ido. Escribí un esperpento de historia, obligándome a terminarla porque sabía que si lo dejaba nunca la acabaría, la imprimí y se la leí a los críos al día siguiente. Cinco páginas de historia, de las cuales sólo la primera tenía algún parecido con el fantástico mundo que había creado para Momo. Hasta los críos se dieron cuenta de que perdía fuelle al final (aunque, como son muy pelotas, me dijeron que estaba muy bien, y alguno hasta quiso comprármela -para entregármela el lunes, claro).
Y entonces me di cuenta de que quizás no les estoy dando buenos consejos. Quizás sea mejor ponerse delante del papel en blanco y dejar que fluya, que las palabras se vayan situando en la página sin ton ni son, sin saber a dónde nos llevan. Yo a veces funciono así, y otras tengo que tener el guión bien férreo en mi cabeza. Pero sí es cierto que, cuanto más claro lo tenga en mi mente, menos me apetece escribirlo, porque de alguna forma ya está ahí, ¿para qué escribirlo si ya sé cómo acaba? Escribo para mí, para deleitarme, para sorprenderme. ¿Qué sentido tiene saber todos los detalles? ¿No será mejor dejar que vayan apareciendo?
Mañana he reservado la segunda hora, esa en la que los niños van a música y yo tengo libre si ninguna compañera se pone enferma, para deleitarme con las historias de los peques. Ya os contaré si funcionó mi consejo o no. Creo que la mayoría van a tener como protagonista a Gollum...
Aprovechando que, una vez más, se me había "colgado" el ipod, volví a casa haciendo justo lo que les había dicho a los críos que hicieran e ideé toda una trama en la que Momo llegaba a Hogwarts y empezaba a interactuar con los personajes de la Rowling. Me emocioné de todo lo que se me ocurrió y estaba deseando llegar a casa para escribirlo y darles un ejemplo a los críos al día siguiente, pero entre pequeños recados, el gato y demás, no pude sentarme ante el ordenador hasta pasado un buen rato. Y, aunque mientras hacía mis tareas seguía pensando en la historia, la magia del principio ya se había ido. Escribí un esperpento de historia, obligándome a terminarla porque sabía que si lo dejaba nunca la acabaría, la imprimí y se la leí a los críos al día siguiente. Cinco páginas de historia, de las cuales sólo la primera tenía algún parecido con el fantástico mundo que había creado para Momo. Hasta los críos se dieron cuenta de que perdía fuelle al final (aunque, como son muy pelotas, me dijeron que estaba muy bien, y alguno hasta quiso comprármela -para entregármela el lunes, claro).
Y entonces me di cuenta de que quizás no les estoy dando buenos consejos. Quizás sea mejor ponerse delante del papel en blanco y dejar que fluya, que las palabras se vayan situando en la página sin ton ni son, sin saber a dónde nos llevan. Yo a veces funciono así, y otras tengo que tener el guión bien férreo en mi cabeza. Pero sí es cierto que, cuanto más claro lo tenga en mi mente, menos me apetece escribirlo, porque de alguna forma ya está ahí, ¿para qué escribirlo si ya sé cómo acaba? Escribo para mí, para deleitarme, para sorprenderme. ¿Qué sentido tiene saber todos los detalles? ¿No será mejor dejar que vayan apareciendo?
Mañana he reservado la segunda hora, esa en la que los niños van a música y yo tengo libre si ninguna compañera se pone enferma, para deleitarme con las historias de los peques. Ya os contaré si funcionó mi consejo o no. Creo que la mayoría van a tener como protagonista a Gollum...
Parecidos ¿razonables?
En la biblioteca
Entro en la biblioteca todo lo silenciosamente que puedo y, como todos los días, la cremallera de mi abrigo golpea los estantes de metal, mi bolso hace temblar toda la hilera de sillas cuando lo dejo caer junto a mí y la cremallera del estuche parece un rugido de león en el silencio de la sala. Sólo hay dos personas más conmigo; los exámenes han acabado y nadie tiene ganas de empezar con el nuevo cuatrimestre, yo la que menos, pero si no lo hago me pillará el toro como siempre. Además, estudiar a Shakespeare no es estudiar, sino un placer.
Cuando por fin consigo sentarme sin que venga el encargado a echarme la bronca por ruidosa, me doy cuenta de que el chaval que tengo delante (¿se sigue siendo chaval pasados los treinta o tengo que empezar a decir hombre?) ha estado observándome y aparta la vista en cuanto yo levanto la mía. Me suena su cara, y por un segundo imagino que es de tanto verlo en la biblioteca. Pero no, no, no es que me suene, es que le conozco. Sé que he hablado con él, y en euskera además, lo que le sitúa en mi época tardía de instituto (cuando me empecé a dar cuenta de lo que significaba tener una lengua), pero no puedo ponerle un nombre. Da igual. Abro el libro y empiezo a leer lo que la crítica feminista opina de Richard II.
Pero no da igual, no puedo concentrarme hasta que no recuerde su nombre. Piensa, Ruth, piensa. Una anécdota, un sucedido, una frase. Y entonces viene a mí, como siempre vienen estas cosas, como si siempre hubieran estado en tu mente y sólo hubieran estado esperando que tú las reclamaras. Y le veo señalándome, riéndose de mí por el tamaño de mis gafas, lo pasado de moda de mi ropa, llamándome cosas que había olvidado que me llamaban, haciéndome burla desde el otro lado de la acera. Sigo sin recordar su nombre, pero le recuerdo a él. Vaya si le recuerdo.
Levanto de nuevo la vista. Él sigue con los ojos fijos en sus folios llenos de gráficos y números. Me muestra lo alto de la cabeza, todo inclinado sobre sus apuntes, y veo un repecho perfectamente redondo libre de pelo en plena coronilla. Sus entradas también son de juzgado de guardia, y no me extraña, vista la manera que tiene de tirarse de los pelos mientras estudia. Las gafas de culo de vaso, de pasta marrón y muy pasadas de moda (¿no son las mismas que llevaba hace casi veinte años?), no consiguen disimular ni las bolsas bajo los ojos ni la mirada cansada y algo desesperada. No me mira, pero sabe que yo le observo porque sus ojos no se mueven sobre el papel. Sonrío.
Recojo mi abrigo -de marca, comprado este año, aunque eso no importa-, me cuelgo el bolso al hombro -de marca también, y no lo compré en rebajas, aunque sigue sin importar-, cargo mis libros -de la carrera que estudio porque quiero, porque puedo, porque me gusta- y salgo de la sala con paso que sé elegante, tentada, pero que muy tentada, de darle una colleja en ese principio de calvicie en plena coronilla que le ha llegado antes de los treinta y cinco...
P.D: No me olvido. 21 de febrero:
-Bonito eclipse.
-Harry hablará castellano en apenas media hora.
-Happy birthday, Alan Rickman. I truly, madly, deeply hope you have a harry birthday and finish it off with a snowcake. Your die hard fan, Ruth.
Cuando por fin consigo sentarme sin que venga el encargado a echarme la bronca por ruidosa, me doy cuenta de que el chaval que tengo delante (¿se sigue siendo chaval pasados los treinta o tengo que empezar a decir hombre?) ha estado observándome y aparta la vista en cuanto yo levanto la mía. Me suena su cara, y por un segundo imagino que es de tanto verlo en la biblioteca. Pero no, no, no es que me suene, es que le conozco. Sé que he hablado con él, y en euskera además, lo que le sitúa en mi época tardía de instituto (cuando me empecé a dar cuenta de lo que significaba tener una lengua), pero no puedo ponerle un nombre. Da igual. Abro el libro y empiezo a leer lo que la crítica feminista opina de Richard II.
Pero no da igual, no puedo concentrarme hasta que no recuerde su nombre. Piensa, Ruth, piensa. Una anécdota, un sucedido, una frase. Y entonces viene a mí, como siempre vienen estas cosas, como si siempre hubieran estado en tu mente y sólo hubieran estado esperando que tú las reclamaras. Y le veo señalándome, riéndose de mí por el tamaño de mis gafas, lo pasado de moda de mi ropa, llamándome cosas que había olvidado que me llamaban, haciéndome burla desde el otro lado de la acera. Sigo sin recordar su nombre, pero le recuerdo a él. Vaya si le recuerdo.
Levanto de nuevo la vista. Él sigue con los ojos fijos en sus folios llenos de gráficos y números. Me muestra lo alto de la cabeza, todo inclinado sobre sus apuntes, y veo un repecho perfectamente redondo libre de pelo en plena coronilla. Sus entradas también son de juzgado de guardia, y no me extraña, vista la manera que tiene de tirarse de los pelos mientras estudia. Las gafas de culo de vaso, de pasta marrón y muy pasadas de moda (¿no son las mismas que llevaba hace casi veinte años?), no consiguen disimular ni las bolsas bajo los ojos ni la mirada cansada y algo desesperada. No me mira, pero sabe que yo le observo porque sus ojos no se mueven sobre el papel. Sonrío.
Recojo mi abrigo -de marca, comprado este año, aunque eso no importa-, me cuelgo el bolso al hombro -de marca también, y no lo compré en rebajas, aunque sigue sin importar-, cargo mis libros -de la carrera que estudio porque quiero, porque puedo, porque me gusta- y salgo de la sala con paso que sé elegante, tentada, pero que muy tentada, de darle una colleja en ese principio de calvicie en plena coronilla que le ha llegado antes de los treinta y cinco...
P.D: No me olvido. 21 de febrero:
-Bonito eclipse.
-Harry hablará castellano en apenas media hora.
-Happy birthday, Alan Rickman. I truly, madly, deeply hope you have a harry birthday and finish it off with a snowcake. Your die hard fan, Ruth.
¿Que significa?
(Kit-kat: ¿Alguien sabe por qué blogger no me deja poner tildes en el título? Que yo sólo quiero quitar las que no deben estar, no todas...)
¿Qué significa exactamente que España no reconozca Kosovo? Quiero decir, ¿en qué me afecta a mí y en qué les afecta a los kosovares? ¿Es que en España se va a enseñar Europa con un país menos? ¿Es que a los kosovares les importa?
Yo es que hay cosas que no entiendo, y por eso pregunto.
¿Qué significa exactamente que España no reconozca Kosovo? Quiero decir, ¿en qué me afecta a mí y en qué les afecta a los kosovares? ¿Es que en España se va a enseñar Europa con un país menos? ¿Es que a los kosovares les importa?
Yo es que hay cosas que no entiendo, y por eso pregunto.
21 de febrero
Estoy deseando que llegue este día, es una bonita fecha:
-Sale a la venta en castellano "Harry Potter y las Reliquias de la Muerte".
-En la madrugada del 20 al 21 hay un eclipse lunar completo.
-Alan Rickman cumple sesenta y dos añazos.
Hasta la Luna se rige por el calendario potteriano...
-Sale a la venta en castellano "Harry Potter y las Reliquias de la Muerte".
-En la madrugada del 20 al 21 hay un eclipse lunar completo.
-Alan Rickman cumple sesenta y dos añazos.
Hasta la Luna se rige por el calendario potteriano...
C.A.P.A.T.O.

En todas las familias hay una oveja negra. Los Kennedy tienen a Swatchenagger (o como quiera que se escriba), los reyes al conde Lequio, los Pajares... Los Pajares son todos negros, pero no viene a cuento. En mi familia, la oveja negra es mi hermano.
Y no porque sea mala persona, que yo le quiero mucho y es un chaval muy majo y ahora es psicólogo y todo, pero es que no tiene ningún respeto por las normas ortográficas. Sí, ha quedado finalista en un concurso hace poco, pero aquí el muchacho se cree Juan Ramón Jiménez y no le da la gana escribir las cosas como mandan la RAE y el noventa y nueve por ciento de los hablantes del castellano-español. Si le corrijo una falta (que lo hago, y a menudo), él dice que no es una falta, que se está rebelando contra el sistema (no se lo voy a contar a mis alumnos porque la iba a llevar clara); igual que cuando le dices que lleva los cordones de la zapatilla sueltos. "No es que se me hayan soltado, es que no me los he atado". Porque no le da la gana. Es su manera de rebelarse (contra qué, no lo tengo tan claro).
Hoy le he dicho, por quincuagésima vez, que por favor deje de poner la tilde sobre la conjunción "o", que me duele solo verlo, que no puedo ni leer su blog porque me ataca cual daga toledana y me agujerea el iris de mala manera. Y él que no, que es su seña de identidad, que ninguna entidad le va a decir cómo tiene que escribir él si lleva toda la vida tildando la "o". Y ha creado una plataforma: P.A.T.Ó.: Plataforma de Apoyo a la Tilde en la Ó.
Así que yo he creado C.A.P.A.T.Ó: Campaña Anti Plataforma de Apoyo a la Tilde en la Ó. Os ruego que me apoyéis. Que le dejéis mensajes en el blog. Que le expliquéis que su hermana mayor, como siempre, tiene razón. Que "ambos dos" y "pienso de que" seguirán estando mal aunque lo digan miles de personas. Lo que está mal está mal. Por más campañas que hagas. Y punto.
Y por dios, Jon, átate las zapatillas de una PUTA vez...
Meme de San Valentin
Me endiña Maripuchi un meme de San Valentín, que consta de dos preguntas:
¿Qué te gustaría que te regalase tu pareja?
¿Qué le dirías al recibir este regalo?
Como mi pareja me conoce muy, pero que muy bien, si celebráramos este día me regalaría, seguro, material de dibujo, alguna novela o algún libro de poesía renacentista inglesa.
Y yo le diría, con esa voz aterciopelada y dulce que mis niños tan bien conocen: Muchas gracias, majo, ¡¡pero como te vuelvas a cagar fuera de la caja, voy a cambiar el guiso de conejo por gato a la cazuela!!
Ya sé que no se debe romper la cadena, pero hoy no paso el meme a nadie porque no me gusta esta fiesta y el día está ya casi acabado. Felicidades a todos aquellos que la celebráis.
¿Qué te gustaría que te regalase tu pareja?
¿Qué le dirías al recibir este regalo?
Como mi pareja me conoce muy, pero que muy bien, si celebráramos este día me regalaría, seguro, material de dibujo, alguna novela o algún libro de poesía renacentista inglesa.
Y yo le diría, con esa voz aterciopelada y dulce que mis niños tan bien conocen: Muchas gracias, majo, ¡¡pero como te vuelvas a cagar fuera de la caja, voy a cambiar el guiso de conejo por gato a la cazuela!!
Ya sé que no se debe romper la cadena, pero hoy no paso el meme a nadie porque no me gusta esta fiesta y el día está ya casi acabado. Felicidades a todos aquellos que la celebráis.
Correo
Llegaba yo contenta a casa esta tarde, pero no tenía ni idea de lo que me estaba esperando. Viernes, final de exámenes -que encima me han salido bien-, Baskonia (txapeldun) en semifinales, parada en el supermercado para comprarme algún antojo de cena... El día perfecto, me decía, hoy por narices sólo pueden pasarme cosas buenas. Lo que no sabía yo era cuán buenas.
Llego al portal, miro el buzón y me encuentro con una carta de verdad, de esas con sello y dirección escrita a mano por una letra que reconozco como la de una de mis roommates/etxekide/compañera de piso (es que quería demostrar mi trilingüismo, del que algunos dudan) de King City. Qué será será, algún papel que ha llegado a mi nombre y necesita una rspuesta urgente, seguro. Abro el sobre mientras subo, y a la altura de la puerta del primer piso tengo que ahogar un grito porque me encuentro con esto:

Que, para el que no se haya dado cuenta, es un autógrafo de Hugh Grant, MI Hugh Grant, de su puño y letra y con la tinta un poco corrida (uy, el chiste completamente inapropiado que se me ocurre aquí). Corro escaleras arriba, abro la puerta como puedo, tiro todo lo que llevo en las manos y cojo una funda transparente, no vaya a ser que intoxique la foto con mi grasa corporal. Todo esto sin quitarme el abrigo, con la mochila a la espalda y el gato mirándome con el lomo arqueado. Hala, llega cualquier mindunguis de ojos azules y te olvidas de mí, parece decirme.
Y entonces me doy cuenta: Hugh Grant ha tocado esta foto. Dios mío, esta foto tiene su ADN. Seguro que si se lo llevo a uno de los del CSI son capaces de sacarme un rastro, por minúculo que sea, de Hugh Grant. Y entonces, si la ciencia adelanta un montón -pero que un montón, montón-, quizás en el futuro pueda fabricarme mi propio Hugh. Y, como éste será más joven, no tendrá patas de gallo, ni le partirán las arrugas la mejilla en dos cuando sonría, ni tendrá los ojos cada vez más caídos... Y, quién sabe, quizás a la copia no le ponga la reina de Inglaterra...
Lo he colgado en el corcho que tengo al lado del ordenador, lo que significa que poco voy a trabajar porque me estoy dedicando a babear como una tonta. Menos mal que he terminado los examenes...
(Dios, qué asco de teclado se me ha quedado.)
Llego al portal, miro el buzón y me encuentro con una carta de verdad, de esas con sello y dirección escrita a mano por una letra que reconozco como la de una de mis roommates/etxekide/compañera de piso (es que quería demostrar mi trilingüismo, del que algunos dudan) de King City. Qué será será, algún papel que ha llegado a mi nombre y necesita una rspuesta urgente, seguro. Abro el sobre mientras subo, y a la altura de la puerta del primer piso tengo que ahogar un grito porque me encuentro con esto:
Que, para el que no se haya dado cuenta, es un autógrafo de Hugh Grant, MI Hugh Grant, de su puño y letra y con la tinta un poco corrida (uy, el chiste completamente inapropiado que se me ocurre aquí). Corro escaleras arriba, abro la puerta como puedo, tiro todo lo que llevo en las manos y cojo una funda transparente, no vaya a ser que intoxique la foto con mi grasa corporal. Todo esto sin quitarme el abrigo, con la mochila a la espalda y el gato mirándome con el lomo arqueado. Hala, llega cualquier mindunguis de ojos azules y te olvidas de mí, parece decirme.
Y entonces me doy cuenta: Hugh Grant ha tocado esta foto. Dios mío, esta foto tiene su ADN. Seguro que si se lo llevo a uno de los del CSI son capaces de sacarme un rastro, por minúculo que sea, de Hugh Grant. Y entonces, si la ciencia adelanta un montón -pero que un montón, montón-, quizás en el futuro pueda fabricarme mi propio Hugh. Y, como éste será más joven, no tendrá patas de gallo, ni le partirán las arrugas la mejilla en dos cuando sonría, ni tendrá los ojos cada vez más caídos... Y, quién sabe, quizás a la copia no le ponga la reina de Inglaterra...
Lo he colgado en el corcho que tengo al lado del ordenador, lo que significa que poco voy a trabajar porque me estoy dedicando a babear como una tonta. Menos mal que he terminado los examenes...
(Dios, qué asco de teclado se me ha quedado.)
Diario
Madrugo como todas las mañanas, aunque no voy a trabajar; el Gobierno Vasco ha tenido a bien darme cinco días de permiso para hacer mis exámenes y con eso el señor Ibarretxe se ha asegurado mi voto en las próximas elecciones. Desayuno, doy de comer al gato, cargo con la mochila y me voy a la biblioteca. En casa es imposible estudiar: entre el gato, Internet y el frigorífico, no doy palo al agua.
Entro en la biblioteca a la misma hora que los niños. Curiosamente, como está al lado de la ikastola, les veo ir a clase: uno corre para no llegar tarde, la otra se bambolea con ritmo caribeño sin ninguna gana de llegar a tiempo (todas las excusas que me ha dado hasta ahora se han desvanecido en un instante). Cuatro o cinco horas de estudio silencioso, de recogimiento absoluto. Me concentro tanto, lo disfruto de tal manera, que se va la mañana mucho más rápido que si hubiera estado trabajando. Voy a casa a comer y vuelta al centro. Llega la hora de la verdad.
El examen es fácil y lo bordo. Salgo con un humor excelente, llego a casa y poco hago, estoy demasiado contenta. Como la asignatura de mañana es sencilla, decido ir a dibujo a pelearme con la tinta china en vez de quedarme sumergida entre libros. La profesora dice que mis dibujos parecen cubistas; es una forma como otra cualquiera de decirme que son una mierda, pero no me importa. Me lo paso pipa manchando el papel con agua sucia, aunque luego tire el resultado a la basura. La semana que viene, esa en la que no pienso acercarme a menos de cien metros de un libro, practicaré un poco.
Vuelvo a casa y miro el correo. Una de mis alumnas me ha escrito un email. La semana pasada, la bertsolari Oihane Perea, que nos da clase de bertsolaritza (y digo nos porque yo estoy aprendiendo un montón), presentó unos bertsos de los chavales a un concurso, dejándoles bien claro que era muy difícil que quedaran finalistas. La del email lo ha hecho, y se acaba de enterar. Tres en toda Vitoria y ella es una de ellos. Quería decírmelo cuanto antes, porque no voy a estar esta semana y la entrega de premios es el sábado. Yo hasta me emociono, así que ella tiene que estar como una moto. Le da mucha vergüenza cantar en público, me dice. Y al final, como postdata, "con la andereño nueva bien, pero contigo mejor". ¿Me iré a echar a llorar?
Ceno, enciendo la tele, me río con el Wyoming y me dejo comer el coco por lo primero que emiten. Y luego a la cama, que mañana hay que madrugar. Dan buen tiempo. Hace falta que llueva, pero no me avergüenza decir que me gusta el sol.
Buen mes, éste, febrero...
Entro en la biblioteca a la misma hora que los niños. Curiosamente, como está al lado de la ikastola, les veo ir a clase: uno corre para no llegar tarde, la otra se bambolea con ritmo caribeño sin ninguna gana de llegar a tiempo (todas las excusas que me ha dado hasta ahora se han desvanecido en un instante). Cuatro o cinco horas de estudio silencioso, de recogimiento absoluto. Me concentro tanto, lo disfruto de tal manera, que se va la mañana mucho más rápido que si hubiera estado trabajando. Voy a casa a comer y vuelta al centro. Llega la hora de la verdad.
El examen es fácil y lo bordo. Salgo con un humor excelente, llego a casa y poco hago, estoy demasiado contenta. Como la asignatura de mañana es sencilla, decido ir a dibujo a pelearme con la tinta china en vez de quedarme sumergida entre libros. La profesora dice que mis dibujos parecen cubistas; es una forma como otra cualquiera de decirme que son una mierda, pero no me importa. Me lo paso pipa manchando el papel con agua sucia, aunque luego tire el resultado a la basura. La semana que viene, esa en la que no pienso acercarme a menos de cien metros de un libro, practicaré un poco.
Vuelvo a casa y miro el correo. Una de mis alumnas me ha escrito un email. La semana pasada, la bertsolari Oihane Perea, que nos da clase de bertsolaritza (y digo nos porque yo estoy aprendiendo un montón), presentó unos bertsos de los chavales a un concurso, dejándoles bien claro que era muy difícil que quedaran finalistas. La del email lo ha hecho, y se acaba de enterar. Tres en toda Vitoria y ella es una de ellos. Quería decírmelo cuanto antes, porque no voy a estar esta semana y la entrega de premios es el sábado. Yo hasta me emociono, así que ella tiene que estar como una moto. Le da mucha vergüenza cantar en público, me dice. Y al final, como postdata, "con la andereño nueva bien, pero contigo mejor". ¿Me iré a echar a llorar?
Ceno, enciendo la tele, me río con el Wyoming y me dejo comer el coco por lo primero que emiten. Y luego a la cama, que mañana hay que madrugar. Dan buen tiempo. Hace falta que llueva, pero no me avergüenza decir que me gusta el sol.
Buen mes, éste, febrero...
Desapego
Llevo casi dos años viviendo ininterrumpidamente en mi casa, más dos o tres meses discontinuos el año anterior, y todavía no les he visto la cara a todos mis vecinos. Conozco -de vista, no sé cómo se llaman- a los de abajo, los de al lado y los de arriba; tengo ojeadas un par de niñas que gritan como posesas por las escaleras todas las tardes sobre las siete y hay un vecino que tiene un perro del tamaño de un caballo en un piso de setenta metros cuadrados, pero el resto son sólo caras que me cruzo en la escalera y que pueden ser vecinos, amigos, novios o cobradores del gas. No sé cuándo entran, cuándo salen, en qué trabajan, a qué se dedican en su tiempo libre, a qué hora bajan la basura, a qué colegio llevan a sus hijos. Y ellos no tienen ni idea de quién soy yo. Si me pasara algo, se enterarían mis padres cuando al día siguiente no fuera a comer, pero mis vecinos no.
En el portal de mis padres, después de tantos años viviendo allí, conozco a todos por sus apellidos y por el piso en el que viven, pero cuando hablo de ellos me refiero a los vecinos en otros términos. Está el marino, el de la Telefónica, la del cuarto, el cristalero, la abuela de ese al que le di yo clase... Y, por supuesto, la cotilla. Todos los portales tienen una cotilla (menos el mío, parece ser, aunque sospecho de la de arriba). La de mis padres es la típica mujer que sabe perfectamente dónde fuiste ayer, a qué hora, por qué, con quién y, si me apuras, hasta si volverás. Es la primera persona a la que le preguntas si sabe dónde están tus llaves -porque seguro que lo sabe, aunque te las hayas dejado en casa-, la que sabe si el vecino del sexto estará en casa a las siete para hablarle de la mancha de humedad que ella ya sabe que te ha salido en el baño, la que sube corriendo a decirte que tu hermano está saliendo por televisión. Es la mujer que, si no sabe algo, te pregunta directamente. "Hace mucho que no veo a tu padre, ¿qué tal anda?", "tú ya has vuelto de las Américas, ¿no? Y a comer en casa de tus padres, ¿eh?" Vamos, es la memoria histórica de la escalera.
Hace unos meses, al vecino de al lado, un hombre ya mayor, le ingresaron en el hospital. Su mujer les comentó a mis padres que estaba bastante pachucho y que de momento no le dejaban volver a casa, que ella se pasaba el día en el hospital. Semanas más tarde, mi padre se la encontró en el ascensor y le preguntó por su marido. "Murió hace un mes". Ni nos habíamos enterado.
Estas Navidades, mi madre me comentó que le daba pena la vecina, que no tenía familia y no sabía con quién iba a pasar las fiestas. El día antes de Nochebuena, subí a casa de mis padres por la escalera para ir quemando lo que sabía que iba a engullir en los próximos días y vi a "la cotilla" hablando con su nieto en la puerta de su casa, que llevaba una bandeja con lo que parecían pastas. "Es la puerta de la derecha. Dile que mañana sobre las nueve, y le das un beso". El crío subió pitando y ella se quedó en la puerta escuchando la conversación.
Ahora, el marino sigue siendo el marino, el de la Telefónica trabajará allí toda su vida aunque se jubile o cambie de trabajo, y el cristalero no puede tener otro nombre. Pero "la cotilla" ya no existe. Ahora decimos la del cuarto o la llamamos por su nombre. Y no nos importa pararnos y contarle nuestra vida en verso.
En el portal de mis padres, después de tantos años viviendo allí, conozco a todos por sus apellidos y por el piso en el que viven, pero cuando hablo de ellos me refiero a los vecinos en otros términos. Está el marino, el de la Telefónica, la del cuarto, el cristalero, la abuela de ese al que le di yo clase... Y, por supuesto, la cotilla. Todos los portales tienen una cotilla (menos el mío, parece ser, aunque sospecho de la de arriba). La de mis padres es la típica mujer que sabe perfectamente dónde fuiste ayer, a qué hora, por qué, con quién y, si me apuras, hasta si volverás. Es la primera persona a la que le preguntas si sabe dónde están tus llaves -porque seguro que lo sabe, aunque te las hayas dejado en casa-, la que sabe si el vecino del sexto estará en casa a las siete para hablarle de la mancha de humedad que ella ya sabe que te ha salido en el baño, la que sube corriendo a decirte que tu hermano está saliendo por televisión. Es la mujer que, si no sabe algo, te pregunta directamente. "Hace mucho que no veo a tu padre, ¿qué tal anda?", "tú ya has vuelto de las Américas, ¿no? Y a comer en casa de tus padres, ¿eh?" Vamos, es la memoria histórica de la escalera.
Hace unos meses, al vecino de al lado, un hombre ya mayor, le ingresaron en el hospital. Su mujer les comentó a mis padres que estaba bastante pachucho y que de momento no le dejaban volver a casa, que ella se pasaba el día en el hospital. Semanas más tarde, mi padre se la encontró en el ascensor y le preguntó por su marido. "Murió hace un mes". Ni nos habíamos enterado.
Estas Navidades, mi madre me comentó que le daba pena la vecina, que no tenía familia y no sabía con quién iba a pasar las fiestas. El día antes de Nochebuena, subí a casa de mis padres por la escalera para ir quemando lo que sabía que iba a engullir en los próximos días y vi a "la cotilla" hablando con su nieto en la puerta de su casa, que llevaba una bandeja con lo que parecían pastas. "Es la puerta de la derecha. Dile que mañana sobre las nueve, y le das un beso". El crío subió pitando y ella se quedó en la puerta escuchando la conversación.
Ahora, el marino sigue siendo el marino, el de la Telefónica trabajará allí toda su vida aunque se jubile o cambie de trabajo, y el cristalero no puede tener otro nombre. Pero "la cotilla" ya no existe. Ahora decimos la del cuarto o la llamamos por su nombre. Y no nos importa pararnos y contarle nuestra vida en verso.
Cameron Diaz y una ultima voluntad

Vaya por delante que esta chica no me cae demasiado bien. Me da la impresión de que tiene la cabeza llena de pájaros y que es más tonta en persona que los personajes que suele encarnar. Pero ayer leí una noticia que hizo que se me cayera la boca hasta el suelo y no puedo menos que sentirme mal por ella.
Un niño enfermo de leucemia que sabe que morirá pronto ha pedido una mamada de la actriz como última voluntad. Cameron se ha negado y los padres la están poniendo, irónicamente, de puta para arriba. Que no piden tanto. Que es una creída y una desalmada. Que no le cuesta nada.
¿Soy yo la única que piensa que los padres están equivocados? ¿A alguien más le parece una barrabasada que se pida algo así? Además, si al niño le va a dar igual que se la haga Cameron Díaz que una prostituta de pago, ¡si no le va a ver la cara! Porque estoy segura de que si le llega a pedir una cena romántica o ir a visitarla a un set de rodaje, ella habría dicho que sí. ¿¡Pero una mamada!? ¿Acaso mi corazón está atrofiado por sentirme mal por Cameron Diaz?
Y la cosa es que miro la foto del chaval y le veo tal cara de vicioso asqueroso, que hasta por un momento se me olvida lo que está pasando el pobre...
Sociedad cambiante
Llevo sintiéndome pesimista un par de semanas. Poner la tele me aterra; oír despotricar a los curas me deprime; que un hombre que mató a un chaval tenga los santos cojones de pedir dinero a la familia del crío, me cabrea. Y, sobre todo, me acojona sobre manera que el PP pueda ganar las elecciones. Porque, por más que las encuestas digan lo contrario, tal y como está la sociedad de revuelta veo la posiblidad. Y yo no quiero que Rajoy me mande.
Hoy hemos hecho la fiesta de carnavales en la ikastola, y me he animado un poco. No porque haya sido especialmente divertida -que lo ha sido, pero más agotadora que otra cosa-, sino porque he visto un par de luces de esperanza en los disfraces y la temática de las obras de los chavales. De primero a cuarto, los temas han sido los típicos: payasos, piratas, gatos y demonios, muy salados, bailando con sus andereños. Los de quinto y sexto tenían temática propia, currada por ellos, con las profesoras a un margen (menos yo, que tengo que ser siempre la prota de todos los saraos; es que yo iba para actriz, pero como no daba el físico me metí maestra).
Unos han hecho de gamberros que ensucian la calle y la policía que les persigue. Otros, el choque cultural entre unos grafiteros y unos abuelos saliendo de misa que se enfrentan a ellos hasta que se dan cuenta de que el grafiti era una preciosa pintada sobre la naturaleza. Por supuesto, no han faltado los estereotipos, como los jugadores de hockey -todos chicos- y sus animadoras -todas chicas-, o el desfile de modelos en el que, al menos, las que mejor lo hacían eran las feas (porque me lo han dicho ellas, que yo no las he distinguido). Después de la banda de roqueros de la que no he visto nada, hemos ido nosotros. Y hemos sido los mejores, por supuesto.
Un grupo de varios matrimonios se reúne en una taberna del Gasteiz del siglo doce. El monje, borracho perdido, bendice a todos (ego te absolvo in nomine pater, et fili, et... cétera), los borrachos piden más vino y los hombres coquetean y alardean de su bravura con las camareras, que pasan de ellos por ridículos y prefieren atender a sus mujeres, que les miran de lejos y discuten sobre cuál de ellos es más tonto. Una banda de ladrones y ladronas ataca la taberna y roba el dinero de todos. Intentan secuestrar a las mujeres, pero ellas se defienden estilo Mátrix y terminan llevándose a los hombres, que lloran como niños pequeños. Las mujeres, acompañadas por las camareras, van a recuperar su dinero y, de paso y de mala gana, a rescatar a sus maridos (los borrachos y el monje se ofrecen a ir, pero después de acabarse la última jarra de cerveza). Al volver a la taberna, los hombres se dedican a limpiar y las mujeres a beber y celebrar su hazaña. El monje... El monje grita un amén coreado por todos y cae rendido al suelo.
Jamás habría podido hacer algo así en Estados Unidos, es demasiado políticamente incorrecta. ¿Fomentar el alcoholismo? ¿Meterse con la religión? ¿Violencia? No, no, no... Baile casto y puro, con una canción que no diga tacos y sin mover mucho el culo, gracias. Todos los padres que han ido a ver la obra han dicho lo estupenda y fantástica que ha sido y lo mucho que se han reído. Y entonces me he dado cuenta de que es imposible que gane Rajoy, y que, aunque ganara, no podría cambiar todo lo que algunos estamos avanzando, mal que les pese a otros.
(El año que viene voy a vestirlos a la mitad de la clase de Rajoy, Zaplana, Esperanza Aguirre y Acebes; la otra mitad será del PSOE y les dará pal pelo. Me da a mí que esa obra no iba a gustar tanto...)
Hoy hemos hecho la fiesta de carnavales en la ikastola, y me he animado un poco. No porque haya sido especialmente divertida -que lo ha sido, pero más agotadora que otra cosa-, sino porque he visto un par de luces de esperanza en los disfraces y la temática de las obras de los chavales. De primero a cuarto, los temas han sido los típicos: payasos, piratas, gatos y demonios, muy salados, bailando con sus andereños. Los de quinto y sexto tenían temática propia, currada por ellos, con las profesoras a un margen (menos yo, que tengo que ser siempre la prota de todos los saraos; es que yo iba para actriz, pero como no daba el físico me metí maestra).
Unos han hecho de gamberros que ensucian la calle y la policía que les persigue. Otros, el choque cultural entre unos grafiteros y unos abuelos saliendo de misa que se enfrentan a ellos hasta que se dan cuenta de que el grafiti era una preciosa pintada sobre la naturaleza. Por supuesto, no han faltado los estereotipos, como los jugadores de hockey -todos chicos- y sus animadoras -todas chicas-, o el desfile de modelos en el que, al menos, las que mejor lo hacían eran las feas (porque me lo han dicho ellas, que yo no las he distinguido). Después de la banda de roqueros de la que no he visto nada, hemos ido nosotros. Y hemos sido los mejores, por supuesto.
Un grupo de varios matrimonios se reúne en una taberna del Gasteiz del siglo doce. El monje, borracho perdido, bendice a todos (ego te absolvo in nomine pater, et fili, et... cétera), los borrachos piden más vino y los hombres coquetean y alardean de su bravura con las camareras, que pasan de ellos por ridículos y prefieren atender a sus mujeres, que les miran de lejos y discuten sobre cuál de ellos es más tonto. Una banda de ladrones y ladronas ataca la taberna y roba el dinero de todos. Intentan secuestrar a las mujeres, pero ellas se defienden estilo Mátrix y terminan llevándose a los hombres, que lloran como niños pequeños. Las mujeres, acompañadas por las camareras, van a recuperar su dinero y, de paso y de mala gana, a rescatar a sus maridos (los borrachos y el monje se ofrecen a ir, pero después de acabarse la última jarra de cerveza). Al volver a la taberna, los hombres se dedican a limpiar y las mujeres a beber y celebrar su hazaña. El monje... El monje grita un amén coreado por todos y cae rendido al suelo.
Jamás habría podido hacer algo así en Estados Unidos, es demasiado políticamente incorrecta. ¿Fomentar el alcoholismo? ¿Meterse con la religión? ¿Violencia? No, no, no... Baile casto y puro, con una canción que no diga tacos y sin mover mucho el culo, gracias. Todos los padres que han ido a ver la obra han dicho lo estupenda y fantástica que ha sido y lo mucho que se han reído. Y entonces me he dado cuenta de que es imposible que gane Rajoy, y que, aunque ganara, no podría cambiar todo lo que algunos estamos avanzando, mal que les pese a otros.
(El año que viene voy a vestirlos a la mitad de la clase de Rajoy, Zaplana, Esperanza Aguirre y Acebes; la otra mitad será del PSOE y les dará pal pelo. Me da a mí que esa obra no iba a gustar tanto...)
2. Castilla, islote linguistico
La portada de mi libro "Lengua española para filología inglesa" dirá lo que quiera, pero yo creo que hay capítulos escritos por el mismísimo Rajoy. Para muestra, un botón.
En la libertad nació la lengua, era el lema de la celebración del milenario de la lengua española, y es que el castellano era y es una koiné, una lengua de todos y de nadie cuyo empleo no implicaba ni implica adscripción nacional alguna ni antes ni ahora; ni en España ni más tarde en el continente americano donde los hablantes son conscientes de su mestizaje y de que comparten una lengua común, nunca impuesta por los colonizadores.
Y al lado, cual glosa emilianense, mi nota: ja, ja, ja...
En la libertad nació la lengua, era el lema de la celebración del milenario de la lengua española, y es que el castellano era y es una koiné, una lengua de todos y de nadie cuyo empleo no implicaba ni implica adscripción nacional alguna ni antes ni ahora; ni en España ni más tarde en el continente americano donde los hablantes son conscientes de su mestizaje y de que comparten una lengua común, nunca impuesta por los colonizadores.
Y al lado, cual glosa emilianense, mi nota: ja, ja, ja...
La culpa es del euribor
La subida del euribor está cambiando el estilo de vida de muchas personas. Yo empecé a cambiarla con cosas pequeñas; primero fueron las bombillas de bajo consumo, aunque eso fue más por el calentamiento global que por la factura de la luz (antes, claro; ahora me arrimo a la bombilla de la lámpara de la sala para leer, que es la que menos consume, y veo la tele a oscuras); luego empecé a reducir el consumo de calefacción (chándal de felpa y mantita por los hombros, y duchas rápidas con el radiador al mínimo, que no hay que derrochar); y, por último, he tenido que sacrificar ancho de banda. He reducido la velocidad de Internet.
No es que me ahorre mucho, apenas son diez euros al mes (los muy capullos lo han hecho de forma que no puedas renunciar al teléfono sin renunciar a la tele, y yo sin House no sé vivir), pero me animo pensando que son ciento veinte euros al año que puedo gastar en un curso de macramé o material de dibujo, aunque seguramente terminarán yendo a la hipoteca, si sigue subiendo a este ritmo. Llamé a la compañía la semana pasada. "En 72 horas, desconecte el router y vuélvalo a encender". Por supuesto, no me acordé hasta ayer.
Estaba yo leyendo "Los cuentos de Canterbury" en inglés moderno en una página de Internet cuando me acordé. Sábado por la noche y se me ocurre desconectar el bicho. Por supuesto, cuando fui a ponerlo otra vez, no funcionaba. Reinicio el ordenador, le doy mil vueltas al airport, pongo velas alrededor del portátil... Nada, no tira. La única solución es llamar al teléfono de averías de la compañía telefónica, pero si no me cogen el teléfono un miércoles por la tarde, dudo yo que me lo vayan a coger un sábado por la noche. Para mi sorpresa, en veinte segundos -sí, segundos, no minutos- tenía un operador en línea.
-A ver, dígame por favor qué tipo de router tiene.
El ordenador y yo estamos en la sala, el router en el despacho. Voy corriendo a la otra habitación y se lo digo.
-¿Tiene usted el ordenador encendido? Apáguelo, por favor.
Carrerita por el breve pasillo hasta la sala. El gato, encantado con el nuevo juego, corriendo detrás de mí.
-Ahora desconecte los cables del router en el orden que yo le voy indicando.
Nueva carrerita, porque el tío habla a velocidad de relámpago. Desconecto todo lo que me dice.
-Y ahora encienda de nuevo el equipo.
Otra vez para la sala. Y, según salgo del despacho como alma que lleva el diablo, el gato se me cuela entre los pies y ¡¡¡PATAPÚÚÚÚÚM!!! El teléfono sale volando, yo me encuentro con los dos pies fuera del contacto con el suelo a la vez y termino en el ídem cuan larga soy, rozando mientras caigo la pared de gotelé del pasillo con toda la parte izquierda de mi cuerpo. Increíblemente, de mi boca no sale ni un "ay", el teléfono no se ha roto y el operador no se ha enterado de nada.
-... y cuando tenga usted el ordenador encendido, vuelva a conectar...
-Un momento, por favor -logro articular, mientras me pongo de pie y arrastro mi rodilla herida y veo brotar la sangre de mi codo izquierdo a través de la chaqueta del chándal. El gato, todos los pelos del cuerpo en alto y la cola tres veces más ancha de lo normal, me mira con las uñas fuera. Enciendo el ordenador -portátil, os recuerdo-, lo cojo como puedo y lo llevo al despacho. Lo que tenía que haber hecho desde el principio, ya.
Dos minutos más tarde tengo Internet. Es colgar al tío de Euskaltel y ponerme a soltar redioses y "sauroncomotepillemevoyahacerunpardecalcetinescontupellejo". Busco al gato y lo encuentro en una esquina del pasillo, acojonado pero ileso, tembloroso y cagadito de miedo. Y entonces me doy cuenta de que, si no llega a tener sus reflejos felinos y me llego a caer encima de él, hoy no tendría gato. Y el brazo me duele un poco menos.
Mecagüen el banco central europeo.
No es que me ahorre mucho, apenas son diez euros al mes (los muy capullos lo han hecho de forma que no puedas renunciar al teléfono sin renunciar a la tele, y yo sin House no sé vivir), pero me animo pensando que son ciento veinte euros al año que puedo gastar en un curso de macramé o material de dibujo, aunque seguramente terminarán yendo a la hipoteca, si sigue subiendo a este ritmo. Llamé a la compañía la semana pasada. "En 72 horas, desconecte el router y vuélvalo a encender". Por supuesto, no me acordé hasta ayer.
Estaba yo leyendo "Los cuentos de Canterbury" en inglés moderno en una página de Internet cuando me acordé. Sábado por la noche y se me ocurre desconectar el bicho. Por supuesto, cuando fui a ponerlo otra vez, no funcionaba. Reinicio el ordenador, le doy mil vueltas al airport, pongo velas alrededor del portátil... Nada, no tira. La única solución es llamar al teléfono de averías de la compañía telefónica, pero si no me cogen el teléfono un miércoles por la tarde, dudo yo que me lo vayan a coger un sábado por la noche. Para mi sorpresa, en veinte segundos -sí, segundos, no minutos- tenía un operador en línea.
-A ver, dígame por favor qué tipo de router tiene.
El ordenador y yo estamos en la sala, el router en el despacho. Voy corriendo a la otra habitación y se lo digo.
-¿Tiene usted el ordenador encendido? Apáguelo, por favor.
Carrerita por el breve pasillo hasta la sala. El gato, encantado con el nuevo juego, corriendo detrás de mí.
-Ahora desconecte los cables del router en el orden que yo le voy indicando.
Nueva carrerita, porque el tío habla a velocidad de relámpago. Desconecto todo lo que me dice.
-Y ahora encienda de nuevo el equipo.
Otra vez para la sala. Y, según salgo del despacho como alma que lleva el diablo, el gato se me cuela entre los pies y ¡¡¡PATAPÚÚÚÚÚM!!! El teléfono sale volando, yo me encuentro con los dos pies fuera del contacto con el suelo a la vez y termino en el ídem cuan larga soy, rozando mientras caigo la pared de gotelé del pasillo con toda la parte izquierda de mi cuerpo. Increíblemente, de mi boca no sale ni un "ay", el teléfono no se ha roto y el operador no se ha enterado de nada.
-... y cuando tenga usted el ordenador encendido, vuelva a conectar...
-Un momento, por favor -logro articular, mientras me pongo de pie y arrastro mi rodilla herida y veo brotar la sangre de mi codo izquierdo a través de la chaqueta del chándal. El gato, todos los pelos del cuerpo en alto y la cola tres veces más ancha de lo normal, me mira con las uñas fuera. Enciendo el ordenador -portátil, os recuerdo-, lo cojo como puedo y lo llevo al despacho. Lo que tenía que haber hecho desde el principio, ya.
Dos minutos más tarde tengo Internet. Es colgar al tío de Euskaltel y ponerme a soltar redioses y "sauroncomotepillemevoyahacerunpardecalcetinescontupellejo". Busco al gato y lo encuentro en una esquina del pasillo, acojonado pero ileso, tembloroso y cagadito de miedo. Y entonces me doy cuenta de que, si no llega a tener sus reflejos felinos y me llego a caer encima de él, hoy no tendría gato. Y el brazo me duele un poco menos.
Mecagüen el banco central europeo.
Milagros, en Lourdes

Magisterio es una carrera demasiado fácil. Cualquiera con un nivel medio de lectura puede aprobarla, sin ir a clase y sin esforzarse en absoluto. Da igual que te guste la enseñanza, que se te den bien los niños, que sepas lo que estás haciendo: si eres capaz de estudiarte veinte páginas por asignatura, eres capaz de sacarte la carrera. Al menos, así era en mi tiempo. ¿Ingeniería? Para listos. ¿Magisterio? Para tontos. Cualquiera puede enseñar.
Por supuesto, luego una llega al aula con amplios conocimientos de las matemáticas de primaria, pero sin saber enseñarlas. Cuando yo era niña, con un maniquí que dijera "abrid el libro por la página 35, leed y haced los ejercicios", probablemente bastaba (por suerte, a mí no me tocó ninguno de esos, yo fui a una ikastola ilegal donde los profes que estaban allí lo estaban por convencimiento), pero hoy en día no vale. ¿Qué se hace con el inmigrante que no habla el idioma de la clase? ¿Qué se hace con los hijos de las familias desestructuradas que no se pueden concentrar en clase porque no saben en casa de quién van a dormir esa noche? ¿Qué se hace con un niño violento que ha atacado a cuatro profesoras y sólo tiene visos de ir a peor?
A los maestros y maestras de hoy en día (debería decir sólo maestras, que somos mayoría aplastante) nos faltan estrategias para lidiar con los cambios sociológicos que se están dando a nuestro alrededor. No sabemos educar a la nueva remesa de alumnos que nos llegan, no sabemos enfrentarnos a sus problemas. De poco me sirve a mí saberme el currículum, o qué es un contenido procedimental o un actitudinal, si no puedo mantener la atención de mis alumnos o si todo lo que digo les importa un pimiento. Ya no vale aquello de "como te portes mal, voy a llamar a tus padres", porque para padres que no ven a sus hijos/as más que un par de horas al día (con suerte), sus hijos son unos santos. O, en el mejor de los casos, quieren ayudarte pero no tienen ni tiempo ni medios. También les faltan estrategias. Y quieren que las maestras les digan qué hacer con sus hijos. Soy buena, oiga, pero no tanto.
Si yo mandara, cuántas cosas cambiaría (si yo tuviera una escoba...). Obligaría a todos los profesores a hacer cursos de reciclaje, a ponerse al día en nuevas tecnologías, a asistir a seminarios de todo tipo y color (aquí se ofertan cursos muy buenos, completamente gratuitos, que no suelen salir por falta de interés de los participantes). Educación afectivo-sexual, culturas extranjeras, mediación ante conflictos, psicología... Alargaría la carrera de magisterio y la convertiría en la gemela de la carrera de medicina, con años de prácticas (pagadas, claro) con un mentor (profesora con cierto prestigio, escogida por la administración) que te vaya guiando los primeros años. Obligaría a la jubilación anticipada con reducción de sueldo a todo carcamal que no quisiera reciclarse. Incentivaría a aquellos que se formaran por su cuenta. Si yo mandara... ¡Ay, si yo mandara!
(Y, por supuesto, también daría tirones de orejas a aquellos padres y madres que dejaran bajo la responsabilidad de la maestra el formar a sus hijos/as como ciudadanos/as. Collejas a aquellos que no vinieran a las reuniones de padres, que no alimentaran a sus hijos/as como es debido, que maltrataran, que hicieran de los chavales el centro de sus iras. Y a la administración que permite que un chaval esté en un ambiente envenenado a pesar de los ruegos del centro de que se saque a ese crío de su casa, que tiene que escuchar que un alumno ha sido llevado al hospital con un ataque de nervios para abrir una investigación a pesar de todas las peticiones del centro, que espera a que haya una agresión física para mandar a una ayudante...)
Saber escuchar
Estábamos leyendo un texto en lengua sobre cómo enriquecer un debate. Una niña se echa a reír y me dice:
-Ruth, cada vez que veo lo de enriquecer, me acuerdo del anuncio del Avecrém.
Y otro le salta:
-Pues yo, de mi primo Enrique.
Yo, que siempre pienso en voz alta, comento que quién sabe, quizás alguna vez los dos vocablos tuvieron algo que ver, que igual están etimológicamente unidos (pero sin usar semejante palabro, que si no los pierdo). Y A., que se sienta atrás y que tiene las salidas más cachondas del mundo, nos mira con cara de incredulidad y suelta:
-¿Cómo? ¿Que Enrique viene de Avecrém?
-Ruth, cada vez que veo lo de enriquecer, me acuerdo del anuncio del Avecrém.
Y otro le salta:
-Pues yo, de mi primo Enrique.
Yo, que siempre pienso en voz alta, comento que quién sabe, quizás alguna vez los dos vocablos tuvieron algo que ver, que igual están etimológicamente unidos (pero sin usar semejante palabro, que si no los pierdo). Y A., que se sienta atrás y que tiene las salidas más cachondas del mundo, nos mira con cara de incredulidad y suelta:
-¿Cómo? ¿Que Enrique viene de Avecrém?
De buenos y malos profesores

Es curioso cómo una persona en la que no has pensado desde hace años te aborda de pronto y parece que todo a tu alrededor te recuerda a ella: la ves en un lugar inesperado, sale en una conversación sin venir a cuento, recuerdas alguna anécdota relacionada con ella...
Hablando hoy con mi hermano sobre profesores del instituto, los dos nos hemos acordado de Yolanda. Yolanda fue mi profesora de literatura en tercero de BUP. Era una mujer apasionada por su asignatura y con unos enormes conocimientos sobre ella, pero tenía el pequeño gran defecto de creer que ella era la única capaz de comprender la grandeza de la literatura que enseñaba. Sus clases, para alguien que adorara la asignatura, eran amenas; sabía mucho y sabía expresar su sabiduría, buscaba siempre los mejores ejemplos, te hacía disfrutar de un texto. Pero no lo hacía así porque fuera la mejor manera de que nosotros aprendiéramos, sino porque ella era así, teníamos la suerte de que se explicaba así. A nosotros, sus alumnos de letras que habíamos elegido estar allí porque nos gustaba la literatura y no porque no nos quedara otro remedio, nos dedicaba perlas como "aunque no sé para qué os cuento esto, porque no creo que estéis entendiendo una sola palabra", o "y luego en el examen me lo ponéis todo al revés, porque nunca escucháis", o "a vosotros no os importa, ya lo sé: si no tiene que ver con kalimotxo o el fin de semana, os da igual".
Pero no nos daba igual, o al menos a mí no. Yo absorbía todo lo que aquella mujer nos decía -hablando para el cuello de su camisa y muy rápido, como queriendo soltar lo que tenía que contar lo más rápido posible para salir de allí cuanto antes-, apuntaba hasta la última coma, quería saber tanto como sabía ella. Le escribía trabajos con los que me pasaba horas, quería que me dijera "muy bien", "lo vas pillando", "me alegra ver que alguien aprovecha lo que digo", o que simplemente no me llamara idiota a la cara. Todo fue en vano. Una vez le escribí una redacción de tres folios, tres, a mano y letra diminuta. No me puso nota (ni a mí ni a nadie) y la única marca de boli rojo que encontré como prueba de que lo había leído fue una "b". Sobre la palabra "oveja". Se me cayó un ídolo. Y no tuve huevos para ir a decirle que se había equivocado.
En la tercera evaluación, nos dio a elegir entre una selección de libros para que le hiciéramos un trabajo. No recuerdo cuáles eran (Fortunata y Jacinta y algún otro), pero recuerdo que La Regenta era, con mucho, el más largo. "Por supuesto, ya sé que nadie va a elegir La Regenta, aparte de una o dos personas (miradita al grupo que siempre contestaba bien a sus preguntas -yo no lo hacía porque me daba pavor equivocarme-); sois hijos del mínimo esfuerzo". Yo escogí La Regenta, claro, aún quería un "bien hecho, Ruth" que nunca llegó. Le hice un trabajo de sobresaliente. Me leí el libro dos veces. Pasé horas asegurándome que hasta la última coma estaba en su sitio. Ella corrigió los trabajos. "Algunos me habéis hecho una presentación de universidad (los cuatro que tenían ordenador, que eran también los que siempre contestaban bien) y otros habéis copiado la sinópsis de la cubierta del libro. Os debéis creer que soy tonta". Me dio mi trabajo. Me había puesto un bien, y en la sinópsis una gran nota en rojo: Copiado letra por letra de la contraportada.
Aunque ahora considero un priropo que creyera que lo había copiado, cuando salí de clase, lloré. Y no tuve narices de decirle que lo había escrito yo.
El otro día, en el sarao en el que le dieron el premio a mi hermano, estaba ella. A su hija (hija que tuvo cuando era mi profesora, se cogió la baja un viernes y dio a luz el sábado; hija a la que le di extraescolares mientras estudiaba magisterio, cosas tiene la vida) le habían dado un premio en la categoría de los pubertillos, como no podía ser de otra manera con semejante madre. Yolanda estaba a dos asientos de mi hermano, justo detrás de mí. Ni me planteé el darme la vuelta, sabía que no me iba a conocer. A Yolanda le encantaba la literatura, pero nosotros, no. Nosotros éramos, sin duda, lo peor de su trabajo.
Una pena. Podía haber recordado a Yolanda como la mejor profesora de literatura que he tenido, pero la recuerdo como lo que pudo ser y no fue. El título al mejor profe se lo llevó el del año siguiente, que sabía tanto como Yolanda y transmitía incluso mejor, pero que además sabía mi nombre, me paró en mitad de la calle para felicitarme por un premio que me habían dado y me puso el notable que merecía mi esfuerzo.
Una pena, ya digo. Con todo, al que me pregunta le digo que Yolanda era buena profesora. Si te gustaba la literatura, claro.
El saber no ocupa lugar...
...Y te vacía la cartera, añadiría yo.
Tengo un vicio, adquirido hace no muchos años y muy difícil de dejar: me gusta estudiar. Por supuesto, no me gustaba cuando tenía que estudiar, me gusta ahora que nadie me obliga y puedo elegir una carrera por su contenido, no por su futuro laboral. Y, aprovechando que tengo una profesión que me ofrece bastante tiempo libre y que no tengo cargas familiares, me he dado al vicio: llevo un año preparando una titulación de traducción, he empezado filología inglesa y voy a clases de dibujo. Una pasta, vamos.
Como por pedir que no quede, y aprovechando que mi última declaración de la renta era del año que volví y sólo trabajé desde septiembre, solicité una beca que el bueno del MEC me ha denegado. Sus motivos: ya tengo una titulación que me habilita para trabajar. Vale, en mi caso es cierto y si hay que pagar se paga (¡cómo duele, madre!, ¡qué morados son los billetes de quinientos!), pero pongámonos en lo peor.
Pongámonos en el caso de alguien que, por las circunstancias que fueran, en su día hizo un FP y ahora quiere tener un título universitario, ya sea porque no encuentra trabajo de lo suyo o porque, como a mí, le ha entrado el gusto por el estudio a destiempo. En teoría, tiene una titulación (la carta del MEC no especifica que tenga que ser universitaria) que le habilita para trabajar. O sea, que si está en paro o es mileurista no puede estudiar porque no le llega. Hala, condenado a ser un nesciente por, fíjate tú, tener un título que le habilita para trabajar. Mejor se hubiera marchado antes de terminar el instituto.
O alguien que hizo una carrera universitaria y que no encuentra un trabajo acorde con su titulación. Está en paro -o peor, trabajando en Boccatta o en Zara, anda que no hay licenciados en Historia y Filosofía por allí- y quiere ir a la uni para buscarse un futuro mejor. Pues no, chato, que ya tienes título. Una única oportunidad, ya puedes apuntar bien que como falles, la has cagado.
No sé a vosotr@s, a mí muy normal no me parece. Supongo que la única opción de esta gente es apuntarse a la UPV, que aquí sí que dan becas a los que quieran hacer una carrera de grado superior. Yo, tonta de mí, opté por la UNED (que debe ser lo único que queda en territorio MEC) porque no podía ir a clase y no quería sólo un título, quería aprender.
Pero está visto que tenía que haber optado por la UPV y copiado los trabajos de Internet...
Tengo un vicio, adquirido hace no muchos años y muy difícil de dejar: me gusta estudiar. Por supuesto, no me gustaba cuando tenía que estudiar, me gusta ahora que nadie me obliga y puedo elegir una carrera por su contenido, no por su futuro laboral. Y, aprovechando que tengo una profesión que me ofrece bastante tiempo libre y que no tengo cargas familiares, me he dado al vicio: llevo un año preparando una titulación de traducción, he empezado filología inglesa y voy a clases de dibujo. Una pasta, vamos.
Como por pedir que no quede, y aprovechando que mi última declaración de la renta era del año que volví y sólo trabajé desde septiembre, solicité una beca que el bueno del MEC me ha denegado. Sus motivos: ya tengo una titulación que me habilita para trabajar. Vale, en mi caso es cierto y si hay que pagar se paga (¡cómo duele, madre!, ¡qué morados son los billetes de quinientos!), pero pongámonos en lo peor.
Pongámonos en el caso de alguien que, por las circunstancias que fueran, en su día hizo un FP y ahora quiere tener un título universitario, ya sea porque no encuentra trabajo de lo suyo o porque, como a mí, le ha entrado el gusto por el estudio a destiempo. En teoría, tiene una titulación (la carta del MEC no especifica que tenga que ser universitaria) que le habilita para trabajar. O sea, que si está en paro o es mileurista no puede estudiar porque no le llega. Hala, condenado a ser un nesciente por, fíjate tú, tener un título que le habilita para trabajar. Mejor se hubiera marchado antes de terminar el instituto.
O alguien que hizo una carrera universitaria y que no encuentra un trabajo acorde con su titulación. Está en paro -o peor, trabajando en Boccatta o en Zara, anda que no hay licenciados en Historia y Filosofía por allí- y quiere ir a la uni para buscarse un futuro mejor. Pues no, chato, que ya tienes título. Una única oportunidad, ya puedes apuntar bien que como falles, la has cagado.
No sé a vosotr@s, a mí muy normal no me parece. Supongo que la única opción de esta gente es apuntarse a la UPV, que aquí sí que dan becas a los que quieran hacer una carrera de grado superior. Yo, tonta de mí, opté por la UNED (que debe ser lo único que queda en territorio MEC) porque no podía ir a clase y no quería sólo un título, quería aprender.
Pero está visto que tenía que haber optado por la UPV y copiado los trabajos de Internet...
Irribarrea
Umeentzat.
Zuen irribarrea marraztea ezinezkoa egiten zait.
Arkatzarekin saiatu naiz eta kolorea falta zaio;
margoekin, gezurrezkoa dirudi.
Zuen irribarrea marraztea
eguzkiaren argia marrazten saiatzea bezain
ezinezkoa da;
maitasuna hitzekin adieraztea bezain zentzugabekoa,
lagunak diruarekin erostea bezain ergel.
Zuen irribarrea ikusteko,
hoberena,
zuen aurpegietan dagoena
nire begietan gordetzea da.
Como diría Gloria Fuertes: Es "pa" los niños.
Dibujar vuestra sonrisa se me hace imposible.
Lo he intentado con el lápiz y le falta color;
con pinturas, y parece de mentira.
Dibujar vuestra sonrisa es tan imposible
como tratar de plasmar sobre el papel
la luz del sol;
tan inútil como tratar de expresar el amor con palabras,
tan estúpido como comprar nuevos amigos.
Para ver vuestra sonrisa,
lo mejor
es guardar la de vuestra cara
con mis ojos.
(Espero me disculpéis la ñoñería y la paupérrima calidad. Me ha atacado y ha pedido ser escrita. Por cierto, la segunda no es traducción exacta, sino más bien una versión; no creo que se pueda traducir la poesía.)
Zuen irribarrea marraztea ezinezkoa egiten zait.
Arkatzarekin saiatu naiz eta kolorea falta zaio;
margoekin, gezurrezkoa dirudi.
Zuen irribarrea marraztea
eguzkiaren argia marrazten saiatzea bezain
ezinezkoa da;
maitasuna hitzekin adieraztea bezain zentzugabekoa,
lagunak diruarekin erostea bezain ergel.
Zuen irribarrea ikusteko,
hoberena,
zuen aurpegietan dagoena
nire begietan gordetzea da.
Como diría Gloria Fuertes: Es "pa" los niños.
Dibujar vuestra sonrisa se me hace imposible.
Lo he intentado con el lápiz y le falta color;
con pinturas, y parece de mentira.
Dibujar vuestra sonrisa es tan imposible
como tratar de plasmar sobre el papel
la luz del sol;
tan inútil como tratar de expresar el amor con palabras,
tan estúpido como comprar nuevos amigos.
Para ver vuestra sonrisa,
lo mejor
es guardar la de vuestra cara
con mis ojos.
(Espero me disculpéis la ñoñería y la paupérrima calidad. Me ha atacado y ha pedido ser escrita. Por cierto, la segunda no es traducción exacta, sino más bien una versión; no creo que se pueda traducir la poesía.)
El angel
Iker Jiménez contó hace un par de meses a todos los oyentes de su programa radiofónico la leyenda del Ángel de la Muerte, una figura de mármol situada en mitad del cementerio de Santa Isabel de Vitoria. Según esta leyenda (que me juego media pela a que se la inventó él, porque yo nunca la había oído antes y soy de Vitoria de toda la vida), si al pasar junto al ángel ves que éste baja el brazo y te señala, debes saber que sólo te queda una semana de vida. Lo primero que pensé yo es que una semana era mucho tiempo; personalmente, si una figura de mármol moviera su brazo de mármol para señalarme con su dedo de mármol, caería redonda allí mismo, pero parece ser que yo no sé mucho de leyendas. Aprovechando que hoy había salido un día hermoso que se ha ido fastidiando según se echaba la tarde encima, que me he levantado con ánimo morboso y que no tengo cosa mejor que hacer un domingo por la tarde, me he adentrado en el cementerio a ver si debo empezar a preparar mi funeral. Como veis en la foto, el brazo está bien alto: no moriré en una semana. Puede que caiga fulminada esta misma tarde, o dentro de tres días, o el mes que viene, pero el domingo que viene, no.
Tuve que pasar una semana en Nueva Orleans para apreciar de verdad un cementerio. Allí los tienen (o tenían, antes del Katrina) como una de sus grandes atracciones turísticas, porque las tumbas están por encima del suelo en lugar de por debajo. En todas las guías que leí antes del viaje decían que era por las inundaciones que suelen asolar la ciudad, una manera de evitar que los cadáveres salieran flotando cada vez que caía una tormenta. Pero, como bien explicó el guía del tour -sí, tomé un tour de cementerio, y uno de vudú, y de tantas cosas...-, las tumbas por encima del suelo no son otra cosa que panteones y vienen, por supuesto, por la herencia española que pocas más cosas dejó por esa zona. A partir de entonces, me gusta pasear por los cementerios, siempre de día, por supuesto, y no porque tenga miedo a los muertos: tengo miedo de los vivos que se esconden entre las tumbas para hacer lo que quiera que haga la gente a escondidas de noche. Me gusta leer las inscripciones, fijarme en los panteones que no han sido usados en cien años, en los sólo llevan un nombre, en los que aún tienen flores frescas sobre la tumba. Recreo historias, imagino sus vidas, me fijo en las fechas y me maravillo de que sus cuerpos sigan allí, de alguna manera. Me gusta. Me relaja. Me produce sentimientos muy dispares, pero nunca miedo.
Y me maravilla el darme cuenta de que hasta en la muerte somos distintos. Al lado de panteones cayéndose a pedazos, grandes mausoleos o tumbas de mármol donde podría vivir cómodamente una familia de cinco miembros. Enormes ramos de flores que los muertos no olerán y los vivos sólo disfrutarán lo que dure el entierro, dejados a secar y a pudrirse, cientos de euros tirados por unos minutos. ¿Para qué tanta parafernalia? ¿Para qué semejantes obras de arte que nadie aprecia? ¿Ya va siquiera la familia a "verles"? Mientras paseaba, he intentado encontrar el panteón de mi familia, hazaña similar a buscar una aguja en un pajar, y por supuesto no lo he hecho. El estado de muchas tumbas, decrepitas y llenas de musgo, hablaban de pocas visitas a lo largo de los años. ¿Quién se va a molestar? ¿Para qué?
He salido del cementerio con la cámara llena de fotos y la mente tranquila. En cuanto he llegado a casa, he achuchado al gato y me he puesto a escribir. Creo que voy a hacer de la visita al cementerio una rutina.
Cosas de familia
Pues sí, parece que esto de escribir lo llevamos en la sangre. Ayer mi hermano Jon (digo el nombre como si tuviera más y tuviera que aclarar quién ha sido, je, je) recibió el tercer premio de la categoría de 26 a 34 años en el XIV certamen de relatos cortos "Gauekoak", organizado en parte por el ayunatamiento de Vitoria-Gasteiz, con su relato "Dos sacarinas y un café" (creo; veréis cómo meto la pata). Ya de por sí tiene mérito conseguir un premio en un concurso, pero tiene más todavía saber que él competía con gente mucho mayor que él (tiene 26) y que mandó el primer borrador del cuento, que fue "lo primero que se le pasó por la cabeza".
Por supuesto, ahí estuve yo, sacando fotos de calidad pésima porque el flash no llegaba tan lejos y aguantando a las dos insoportables presentadoras que se debían creer muy graciosas pero tenían la gracia en el culo. El acto, sin desmerecer a los nueve premiados en castellano y otros nueve en euskera, fue malo con avaricia: un caricaturista iba haciendo eso, caricaturas de los presentadores y los ganadores, mientras un DJ ponía una música estruéndosa que más pegaba en una discoteca que en un acto literario. Tuvimos que aguantar un cuarto de hora de ruido, aún no sé muy bien por qué, antes de que empezaran a dar los premios (no, no era para ganar tiempo, sino parte del espectáculo); sólo al ganador de una categoría le entregó el premio un miembro del ayuntamiento, cosa injusta porque tenían que haberlo hecho igual para todos; y dividieron la entrega entre euskera y castellano, haciendo otro parón musical entre medio, con lo que no se quedó ni Rita (bueno, sí, los familiares de los premiados) a ver a los de euskera. Suspenso para la organización, y bajo además.
Pero mi hermano muy majo. Le hicieron leer un trozo de la historia y, según los amigos que me acompañaron al acto, fue el que mejor lo hizo (yo es que tenía orgullo de hermana y no soy objetiva), a pesar de los nervios. Por supuesto, fue el más guapo, el más salao y el más estupendo de la muerte de todos.
Tuvo suerte de que yo no me presentara... ;-)
Lectura y comprension
Vaya una profa que estoy hecha, que me ha costado tres meses darme cuenta de que en los libros de lengua y de euskera de mi curso no hay casi lecturas, mucho menos comprensión. En el de euskera lo entiendo, porque es tal la carga de gramática y léxico que tiene que, si encima tuviéramos que hacer algún tipo de análisis literario, íbamos a tener que ampliar el horario escolar (o quitar aún más horas de gimnasia, y que se jodan los gordos). Pero en el de lengua... Los chavales se desesperan de hacer los mismos ejercicios una y otra vez, todos los años lo mismo. Que si la desinencia y la raíz, el gerundio y el indicativo, los puñeteros pronombres y dónde se pone la hache de marras (¿para qué darles normas, si a pesar de hacer los ejercicios perfectamente me escriben "él izo que el ascensor vajara"?). Terminan los ejercicios mecánicamente, sacan sobresaliente en todos los controles -llevan haciendo los mismos ejercicios, LOS MISMOS, desde cuarto-, pero no leen, no tienen vocabulario, no pillan el doble sentido de las frases. El primer trimestre leímos "La vuelta al mundo en 80 días" (¿no habrá algo más adecuado, más cercano, para niños de once y doce años? ¿Qué fue de Tom Sawyer, por ejemplo?) y me asusté de las preguntas que me hacían. Pero claro, si en clase no trabajamos la comprensión lectora, ¿qué puedo esperar? Porque una lectura de una página al principio de cada tema con ejercicios orales de comprensión o resúmenes-esquema no me parece trabajar la comprensión. Y encima siempre son textos de escritores de cuentos infantiles, que digo yo que ya están maduritos para leer textos adultos sencillos (creo que nosotros leíamos extractos de "El Camino" a esta edad).
Así que me he puesto a buscar algo que poder darles para que se lleven a la boca y he encontrado un breve texto de "El diario de Ana Frank" (en un libro de sexto de otros años, casualmente. No, si al final me voy a tener que callar y admitir que los niños de antes sabían más...). No lo hemos leído todavía, pero les he dicho a los críos que busquen información sobre ella. El resultado, como siempre, impresionante: a medio día han salido todos comentando la información que habían encontrado de ella, pasando de mí olímpicamente y discutiendo si había muerto aquí o allí o tenía estos u otros años. Tentadísima he estado de plantear al resto del ciclo cogerlo como libro de lectura, pero enseguida me he cortado: probablemente sea fácil de entender en lo que se refiere a estilo y léxico, pero no creo que niños de esta edad logren comprender lo que vivió. Y, para qué engañarnos, no quiero que lo entiendan. Todavía no.
Mañana leemos un par de páginas, a ver qué sale. La última vez que mencioné un libro que merecía la pena leer, varios se lo pidieron al Olentzero (Tom Sawyer y Cuento de Navidad). Por desgracia, todos me dijeron que no entendían una sola palabra, así que les he dicho que los guarden bien guardados y no los toquen hasta que tengan capacidad de leerlos, no vaya a ser que les cojan manía por querer pasarse de listos...
Así que me he puesto a buscar algo que poder darles para que se lleven a la boca y he encontrado un breve texto de "El diario de Ana Frank" (en un libro de sexto de otros años, casualmente. No, si al final me voy a tener que callar y admitir que los niños de antes sabían más...). No lo hemos leído todavía, pero les he dicho a los críos que busquen información sobre ella. El resultado, como siempre, impresionante: a medio día han salido todos comentando la información que habían encontrado de ella, pasando de mí olímpicamente y discutiendo si había muerto aquí o allí o tenía estos u otros años. Tentadísima he estado de plantear al resto del ciclo cogerlo como libro de lectura, pero enseguida me he cortado: probablemente sea fácil de entender en lo que se refiere a estilo y léxico, pero no creo que niños de esta edad logren comprender lo que vivió. Y, para qué engañarnos, no quiero que lo entiendan. Todavía no.
Mañana leemos un par de páginas, a ver qué sale. La última vez que mencioné un libro que merecía la pena leer, varios se lo pidieron al Olentzero (Tom Sawyer y Cuento de Navidad). Por desgracia, todos me dijeron que no entendían una sola palabra, así que les he dicho que los guarden bien guardados y no los toquen hasta que tengan capacidad de leerlos, no vaya a ser que les cojan manía por querer pasarse de listos...
5 de enero
El rey no es el único que cumple años hoy.
Cuando mi hermano era pequeño, lo de celebrar su cumpleaños viendo la cabalgata de reyes era un subidón. Veíamos pasar las carrozas, él en hombros de mi padre y yo de puntillas en el suelo (aunque no me sirviera para nada y sólo viera las coronas de las carrozas más altas), y se pasaba todo el desfile gritando "¡¡¡GASPAAAAAAR!!! ¡¡¡HOY ES MI CUMPLEAÑOOOOOOOOOOOOOS!!! ¡¡¡MELCHOOOOOOOR!!! ¡¡¡HOY ES MI CUMPLEAÑOOOOOOOOS!!! Sus majestades de Oriente rara vez se daban cuenta de otro niño gritando, pero las chavalitas que iban tirando caramelos solían gritar un "felicidades" y lanzar un puñado cerca que, por supuesto, yo era la encargada de recoger por estar abajo (y que luego me quedaba yo, faltaría más, que para algo era la mayor y me estaba perdiendo la cabalgata).
Lo de compartir cumpleaños con "Juancar" también le hacía mucha ilusión de pequeño. Una vez le escribió una carta (creo que era tan pequeño que yo le dictaba las letras que tenía que ir escribiendo, pero la escribió él, de su puño y letra) que nunca supimos si llegó o no porque no contestó. Cuando llegó a la ikastola el día 7, le dijo a la andereño que le había escrito una carta al rey. "¿A cuál, a Melchor, Gaspar o Baltasar?" Mi hermano le miró muy serio, con cara de "esta tía me está tomando el pelo", y le contestó: Al de España, por supuesto.
Huelga decir que ahora mi hermano es republicano. Y ateo.
Zorionak, Jontxu. Y que cumplas muchos más.
Cuando mi hermano era pequeño, lo de celebrar su cumpleaños viendo la cabalgata de reyes era un subidón. Veíamos pasar las carrozas, él en hombros de mi padre y yo de puntillas en el suelo (aunque no me sirviera para nada y sólo viera las coronas de las carrozas más altas), y se pasaba todo el desfile gritando "¡¡¡GASPAAAAAAR!!! ¡¡¡HOY ES MI CUMPLEAÑOOOOOOOOOOOOOS!!! ¡¡¡MELCHOOOOOOOR!!! ¡¡¡HOY ES MI CUMPLEAÑOOOOOOOOS!!! Sus majestades de Oriente rara vez se daban cuenta de otro niño gritando, pero las chavalitas que iban tirando caramelos solían gritar un "felicidades" y lanzar un puñado cerca que, por supuesto, yo era la encargada de recoger por estar abajo (y que luego me quedaba yo, faltaría más, que para algo era la mayor y me estaba perdiendo la cabalgata).
Lo de compartir cumpleaños con "Juancar" también le hacía mucha ilusión de pequeño. Una vez le escribió una carta (creo que era tan pequeño que yo le dictaba las letras que tenía que ir escribiendo, pero la escribió él, de su puño y letra) que nunca supimos si llegó o no porque no contestó. Cuando llegó a la ikastola el día 7, le dijo a la andereño que le había escrito una carta al rey. "¿A cuál, a Melchor, Gaspar o Baltasar?" Mi hermano le miró muy serio, con cara de "esta tía me está tomando el pelo", y le contestó: Al de España, por supuesto.
Huelga decir que ahora mi hermano es republicano. Y ateo.
Zorionak, Jontxu. Y que cumplas muchos más.
Shakespeare
Soy una pedante, no hay otra explicación. En vez de estar escribiendo sobre la moña de Nochevieja (no hubo tal, por primera vez en muchos años no me pasé el día de Año Nuevo pegada al baño), hago un post sobre Shakespeare. Necesito una vida. Urgentemente. Ya.
Acabo de descubrir a Shakespeare, cosa que no dice mucho de mí porque debería haberlo descubierto hace mucho, pero supongo que más vale tarde que nunca. No es que sea un completo desconocido para mí, claro; como todo el mundo, he leído las traducciones de sus obras de teatro, he visto adaptaciones suyas, he oído hablar de él. Pero nunca le había estudiado, nunca había mirado por debajo de su faldón y descubierto a Shakespeare el hombre, sus motivaciones -o lo que los estudiosos creen que eran sus motivaciones, porque apenas se sabe nada de su vida- y, sobre todo, sus sonetos. Me encanta que desafiara las costumbres de la época, que dedicara la gran mayoría de su obra poética a un hombre -no sabía yo que Shakespeare pudiera haber sido gay- y el resto a una mujer, no rubia y virginal como las que se llevaban entonces, sino morena y tan sexual y peligrosa que corrompe al hombre de sus sueños. Me gusta porque se ríe de sí mismo, porque cambió la historia de la literatura inglesa usando el soneto inglés que otros habían inventado pero que él hizo suyo; me gusta porque es sincero y llama a las cosas por su nombre, porque se deja de amores platónicos y habla de sexo y pasiones tan libremente como cualquiera hubiera podido en el siglo dieciséis. Me gusta, supongo, porque ya tengo edad y conocimientos suficientes para entenderle. Y me emociona que me guste.
Os dejo un par de sonetos que me han encantado. En el primero tenéis recitación incluída (cuando he visto mis dos pasiones unidas en una, casi me da un jamacuco). No los traduzco, lo siento, mis habilidades como traductora ofenderían a cualquier purista; creo que son suficientemente fáciles de entender para cualquiera con un inglés un poco decente.
Feliz año. Y perdón por la pedantería.
130
My mistress' eyes are nothing like the sun;
Coral is far more red than her lips' red;
If snow be white, why then her breasts are dun;
If hairs be wires, black wires grow on her head.
I have seen roses damasked, red and white,
But no such roses see I in her cheeks;
And in some perfumes is there more delight
Than in the breath that from my mistress reeks.
I love to hear her speak, yet well I know
That music hath a far more pleasing sound;
I grant I never saw a goddess go;
My mistress, when she walks, treads on the ground.
And yet, by heaven, I think my love as rare
As any she belied with false compare.
144
Two loves I have of comfort and despair,
Which like two spirits do suggest me still:
The better angel is a man of right fair,
The worse spirit a woman colored ill.
To win me soon to hell, my female evil
Tempteth my better angel from my side,
And would corrupt my saint to be a devil,
Wooing his purity with her foul pride.
And whether that my angel be turn fiend
Suspect I may, yet no directly tell;
But being both from me, both to each friend,
I guess one angel in another's hell.
Yet this shall I ne'er know, but live in doubt,
Till my bad angel fire my good one out.
Acabo de descubrir a Shakespeare, cosa que no dice mucho de mí porque debería haberlo descubierto hace mucho, pero supongo que más vale tarde que nunca. No es que sea un completo desconocido para mí, claro; como todo el mundo, he leído las traducciones de sus obras de teatro, he visto adaptaciones suyas, he oído hablar de él. Pero nunca le había estudiado, nunca había mirado por debajo de su faldón y descubierto a Shakespeare el hombre, sus motivaciones -o lo que los estudiosos creen que eran sus motivaciones, porque apenas se sabe nada de su vida- y, sobre todo, sus sonetos. Me encanta que desafiara las costumbres de la época, que dedicara la gran mayoría de su obra poética a un hombre -no sabía yo que Shakespeare pudiera haber sido gay- y el resto a una mujer, no rubia y virginal como las que se llevaban entonces, sino morena y tan sexual y peligrosa que corrompe al hombre de sus sueños. Me gusta porque se ríe de sí mismo, porque cambió la historia de la literatura inglesa usando el soneto inglés que otros habían inventado pero que él hizo suyo; me gusta porque es sincero y llama a las cosas por su nombre, porque se deja de amores platónicos y habla de sexo y pasiones tan libremente como cualquiera hubiera podido en el siglo dieciséis. Me gusta, supongo, porque ya tengo edad y conocimientos suficientes para entenderle. Y me emociona que me guste.
Os dejo un par de sonetos que me han encantado. En el primero tenéis recitación incluída (cuando he visto mis dos pasiones unidas en una, casi me da un jamacuco). No los traduzco, lo siento, mis habilidades como traductora ofenderían a cualquier purista; creo que son suficientemente fáciles de entender para cualquiera con un inglés un poco decente.
Feliz año. Y perdón por la pedantería.
130
My mistress' eyes are nothing like the sun;
Coral is far more red than her lips' red;
If snow be white, why then her breasts are dun;
If hairs be wires, black wires grow on her head.
I have seen roses damasked, red and white,
But no such roses see I in her cheeks;
And in some perfumes is there more delight
Than in the breath that from my mistress reeks.
I love to hear her speak, yet well I know
That music hath a far more pleasing sound;
I grant I never saw a goddess go;
My mistress, when she walks, treads on the ground.
And yet, by heaven, I think my love as rare
As any she belied with false compare.
144
Two loves I have of comfort and despair,
Which like two spirits do suggest me still:
The better angel is a man of right fair,
The worse spirit a woman colored ill.
To win me soon to hell, my female evil
Tempteth my better angel from my side,
And would corrupt my saint to be a devil,
Wooing his purity with her foul pride.
And whether that my angel be turn fiend
Suspect I may, yet no directly tell;
But being both from me, both to each friend,
I guess one angel in another's hell.
Yet this shall I ne'er know, but live in doubt,
Till my bad angel fire my good one out.
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