Sacamantecas


El Sacamantecas fue el primer asesino en serie de la historia de España. Era un alavés, Juan Díaz de Garayo, que a finales del siglo XIX se dedicaba a asesinar a prostitutas después de intentar tener relaciones sexuales con ellas. La leyenda decía que luego les sacaba la grasa, ya que la grasa humana era, en teoría, lo mejor para engrasar las ruedas de las carretas. Parece ser que el hombre se "limitaba" a desgarrarlas brutalmente y dejarlas tiradas en cualquier parte, pero lo de Sacamantecas es, simplemente, un mote que le ha puesto la historia.
Álava también tiene, por supuesto, grandes nombres que se han colado en la historia por causas mucho menos escabrosas, pero me choca que nuestro persoanje más popular sea éste. Lo que viene a reforzar mi teoría de que es más fácil dar miedo, tocar la fibra morbosa, hacer llorar que, por ejemplo, hacer reír o provocar a la imaginación. Aunque, seamos sinceros, este hombre provoca a la imaginación, porque de repente me han entrado unas ganas terribles de crear mi propio asesino en serie sobre el papel.
Lo malo es que, comparado con este, cualquier intento quedará ridículo.

Cosas que me alegran el dia

1. Profesores-as que piden perdón a sus alumnos después de hacerles llorar.
2. Padres que quedan para una entrevista sólo para darme las gracias.
3. Una caja de bombones (aunque termine comiéndosela mi padre por eso de la operación bikini).
4. Sentir placer al sentarme a estudiar (lo que viene de perlas, porque tengo que hacerlo me plazca o no).
5. La primavera.

Cosas que me cabrean

1. Profesores-as que hacen llorar a sus alumnos-as cuando suspenden un examen.
2. Profesores-as que te devuelven el trabajo como corregido cuando está claro que ni se lo han leído, y el único comentario que son capaces de hacer es "la presentación habría sido mucho mejor si llegas a justificar los márgenes".
3. Profesores-as que no enseñan.
4. Alumnos universitarios que escriben en foros con faltas de ortografía.

Mi primer circuito electrico

Aquella pila estaba caliente, se pusiera como se pusiera el vendedor. La llevaba en el bolsillo -en el de la chaqueta, de lana, sin botones ni cremallera, sin una mala llave con la que hacer contacto siquiera- y estaba caliente. El vendedor me echó la culpa a mí.
-Algo le habrás hecho -insistía.
Mi madre se subía por las paredes.
-¿Pero qué se le puede hacer a una pila que aún tiene hasta el precinto de seguridad? Tóquela, oiga, que está ardiendo.
Era una pila de petaca, de esas grandes con dos barritas de metal en los polos que nos habían pedido en la ikastola para hacer un circuito eléctrico al día siguiente. Quemaba horrores, y, como bien decía mi madre, no le había quitado ni el precinto, no había salido de mi bolsillo en la escasa media hora que hacía que la había comprado. No pensaba usar aquella pila.
-Yo se la he vendido en buen estado, algo le habrá hecho la cría.
-Me da igual, una pila no tiene por qué calentarse. Cámbiemela, haga el favor.
La dependienta -él debía ser el jefe, por la manera en que ella se quedaba en un segundo plano y nos hacía gestos con la mirada- sugirió tímidamente que quizás tuviéramos razón, que no era muy normal que una pila se calentara así. El hombre se puso como una fiera.
-¿Pero no ves que es imposible, que si una pila no ha hecho contacto no tiene por qué descargar energía?
-Pero ésta sí que...
-A ver, ¿cuántas de vosotras habéis estudiado electricidad, eh? -Yo iba a decir que en ello estaba, aunque con aquella pila mal íbamos, pero sólo tenía doce años y aquel señor me daba miedito-. Tú -señaló a mi madre-, cero en electricidad, tú -señaló a la dependienta- cero en electricidad, tú -me señaló a mí- cero en electricidad, yo seis y medio. Así que a callar todas.
Yo tenía sólo doce años, pero incluso a esa edad me di cuenta de que aquella nota no era precisamente para ir haciendo callar a la gente. Aquel señor no conocía la mala leche que se gasta mi madre cuando le tocan la cartera o sus hijos -no en ese orden, pero os hacéis una idea- y, a pesar de su supuesto cero en electricidad (¿cómo sabía aquel señor que mi madre no era electricista, o ingeniera, o algo para lo que necesites un seis y medio en electricidad, como dependiente de una ferretería?), le sacó la pila nueva al final. Pues buena es ella.
Salimos de la tienda y no nos costó mucho echarnos a reír, porque es mucho más sano que enfadarse. No volví a ver a aquel hombre, y no hace falta deciros que tampoco volví a entrar en aquella ferretería; mi madre sí le ha visto, y recuerda cómo se cambiaba de acera para no cruzarse con ella antes de tener que cerrar por falta de clientela. Me pregunto por qué no entraba la gente.
Lo más curioso de todo es que aquel cascarrabias resultó tener algo de adivino, porque tres años después me cayó mi primer y único cero en un examen, precisamente en uno de electricidad. Aunque yo creo que más que adivino, fue un pájaro de mal agüero; claro, tanta historia para comprar una simple pila, al final le terminé cogiendo manía al tema. La ironía es que ahora la profe de electricidad sea yo y me dedique a tratar de hacer funcionar los circuitos de los críos.
Pero a ellos no se les calienta ninguna pila. Y si lo hiciera, les diría que fueran a cambiarla.

Frases de búsqueda

¡Alguien ha llegado hasta este blog buscando "historias eróticas maestra niños"! Hasta ahora la gran mayoría de despistados surferos llegaban aquí buscando información sobre grafología (debería aclarar, para el que haya llegado hasta esta entrada en concreto, que no tengo ni idea de grafología, no os puedo ayudar a hacer un análisis), hipocondrias varias o ejemplos de hipérboles. Pero lo de las fantasías erótico-festivas es nuevo. Fíjate tú, si ahora va a resultar que tengo un blog no apto para menores...

La vida

El otro día, no sé a cuento de qué, les pregunté a los críos si ellos eran optimistas o pesimistas (supongo que estaríamos trabajando el significado de las palabras) y, aunque la mayoría me contestaron sin pensar, hubo alguna respuesta que me llamó la atención. Una cría me dijo: "Yo me levanto muy optimista por las mañanas, pero es que luego... No sé... Empieza el día y se jode todo. Llega la vida, supongo". Que una niña de doce años sintiera el peso de la vida de semejante manera me dejó helada.
Y eso es un poco lo que me ha pasado a mí esta semana. Empecé el lunes con unas ganas terribles de hacer cosas; tenía las pilas cargadísimas, ganas de estudiar, de ver a mis alumnos, de probar con ellos un par de ideas nuevas de esas que se te ocurren cuando tienes la mente descargada, de escribir, de comentar el viaje en el blog... Y poco a poco me he ido descargando, hasta que hoy me he obligado, literalmente, a sentarme delante del ordenador y escribir algo (porque hoy es jueves, ¿os habéis fijado en que tengo una pauta involuntaria de escribir los jueves y los domingos?). Pero no voy a hablaros de Brighton, que seguro que todos conocéis o habéis oído hablar de él, ni de Canterbury (qué bonito, qué bonito), ni del castillo de Arundel (parecía una vulgar estadounidense, boquiabierta ante un castillo, pero es que ¡pedazo de castillo!), ni del hecho de que haya aprendido a cruzar la calle en Inglaterra (no, a conducir no, a cruzar la calle, que después de casi morir atropellada dos veces tiene mucho mérito).

Os voy a hablar de otra de mis obsesiones, esta ya antigua pero que amenaza con volver. Es este señor de la foto, Robert Downey Jr., por el que me dio casi tan fuerte (pero sólo casi) como me ha dado ahora por Alan Rickman cuando empezó a trabajar en Ally MacBeal. Me gustaba, como buen ser insustancial y superficial que soy, por lo guapo que me parecía con esa cara de niño travieso y esa sonrisita que hacía que todo se lo perdonaras, y luego me gustaba porque me daba la sensación de que él necesitaba que a mí me gustara (qué mal suena, pero es mucho más sencillo que un egocentrismo sumo), con todos sus problemones con las drogas y la cárcel y ese rostro de Calimero-nadie me quiere que me derretía. Aunque, la verdad, ya hay que ser tonto, coño, y tener muy mala suerte -permitidme que le llame mala suerte, aunque sé que se lo buscó él mismo- para que te pille la poli cuatro veces haciendo una de las tuyas, ¡que hasta se metió en casa de un vecino a dormir porque no encontraba su casa del pedo que llevaba!
Pero ahora está limpio, y lleva así mucho tiempo, parece ser que gracias a su segunda mujer, que lo tiene sujeto y bien sujeto y le ha dicho que a la mínima, puerta. Una pena que su hijo no fuera suficiente motivación para mantenerse sobrio, aunque ya se sabe que tiran más dos tetas que dos carretas, o que tu hijo, por más que lleve su nombre tatuado en el brazo y lo adore, por lo que dice (pero bien que lo dejó con la nanny para ir a pillar drogas). Y ahora, limpito cual patena, se nos planta en la pantalla haciendo de super héroe, el majetón de él. Y qué queréis que os diga, no creo que vaya a verla al cine, pero que me pillaré la peli lo tengo muy claro, porque aparte de guapo este señor me parece un actor estupendo (y me derrite su sonrisa, para qué nos vamos a engañar), y va a merecer la pena admirar los pectorales que se ha echado de tanto ejercitarse para la película.

Y hablando de actorazos y volviendo a mi obsesión de siempre, ¿os podéis creer que en Inglaterra no tienen, NO TIENEN, canal Alan Rickman? Yo pensaba que iba a estar la BBC, la ITV, la Qué Sé Yo y el Alan Rickman Channel, ese donde te ponen las tropecientas películas de este señor tan estupendo que tiene la edad de mi padre pero no su fachada, y le cambian los finales a Robin Hood y Jungla de Cristal para que por una vez no muera el malo, leñe, que ya les vale. Conseguí ver, eso sí, tres segundos de él en las noticias. Resulta que había ido a un funeral al que también asistió Jude Law y, no os lo perdáis, Jude Law leyó un poema. ¡En una sala en la que estaba Alan Rickman, leyó alguien que no era él! Qué poca vergüenza hay que tener. O qué ego. O qué gran autoestima. No, me quedo con poca vergüenza.
Si no fuera porque sé que Alan es republicano, le nominaba para Sir hoy mismo. Uy, no, que se me han adelantado...

He vuelto

Estoy de vuelta, pero demasiado cansada para empezar a colgar fotos y enseñaros las preciosidades que he visto esta semana, o compartir con vosotros algunas de las neuras que he conseguido poner por escrito (por primera vez, he llevado un diario de viaje; pensaba llenarlo de ideas para historias, pero de eso ha habido poco).

Después de pasar por vuestras casas y leerme cientos (y no exagero) de posts, os dejo con la que a mí siempre me parece la viñeta más tierna de El País, que hoy se ha salido y ha hecho un homenaje a mi querido Sorolla.

Que ustedes descansen bien. Yo sé que lo haré.



Y aquí el original, para que comparéis.

Atea si, pero solo lo justo


Que sí, que sí, que soy atea, y seré apóstata en cuanto termine el curso y tenga tiempo de concentrarme en cosas importantes y todo eso, pero, como toda hija de vecina, soy lo más religioso, católico y apostólico que se pueda echar uno a la cara cuando llegan fechas como éstas. Y los que seáis de fuera de Álava estaréis diciendo: "pero, ¿qué ladra esta tía, si la única fiesta que está cercana es la del trabajo, y ese no es ningún santo?" ¡Ah, pecadores! Lo que vosotros no sabéis, incultas almas cándidas, es que en Álava somos más listos que todo eso y tenemos un santo y una santa (santísimos ambos) justo antes del uno de mayo que nos permite hacernos unos acueductos majísimos.

Aquí, el tío Pruden y la tía Estitxu se nos unen todos los veintiocho de abril para darnos un respiro, comer caracoles y perretxikos (los que no sabéis de qué hablo, no sabéis lo que os estáis perdiendo) y viajar a precio de ganga porque somos los únicos de fiesta por estos lares. Así que, como todos los finales de abril (que coincide, además, con la devolución del IRPF, lo que pone azúcar al pastel), aquí la menda se echa al toquilla sobre la cabeza y grita aquello de: ¡Viva San Prudencio! (¡viva!) ¡Viva nuestra señora de Estibaliz! (¡viva!) Gora Prudentzio Deuna! (gora!) Gura gure Estibalizeko Ama! (gora!). Y me quedo tan ancha, oye, que el agua bendita que me echaron por la cabeza hace treinta y dos años me da derecho a ser hipócrita una vez al año y beneficiarme de tan ilustres personajes.
Hala, que ustedes lo pasen bien esta semana. Nos vemos el cuatro de mayo.

23 de abril de 1616



Qué día más triste tuvo que ser, ¿no?

Radioactivo

En conocimiento del medio estamos dando las fuentes de energía. Yo digo:
-...Algunos elementos son radioactivos y se pueden convertir en fuente de energía eléctrica.
J. levanta la mano, emocionado.
-¡Mi hermano es eso! ¡Es radioactivo!
-¿¡Cómo!? ¿Estás seguro?
-Sí... Ah, no, espera. ¡Es HIPERactivo!

Y me pagan por estos ratos, señoras y señores...

Contando


Me paso el día contando. Contando, sí, pero no historias, que parecía que de eso se trataba cuando me convertí en bloguera. Últimamente lo cuento todo: las horas de las que dispongo para estudiar; los temas que me quedan por estudiar; los días que me quedan hasta los exámenes (¿notáis algún tema recurrente?); los temas que me quedan por dar en clase antes de que mis monstruos (estos en minúscula) pasen a la ESO; niños y niñas (cada vez que salgo de excursión los cuento varias veces, no vaya a ser que me deje alguno); los minutos que puedo permitirme arañar al estudio y al dibujo para sentarme a escribir; y, como me parecía poco, ahora he empezado a contar calorías, que empiezo a parecerme al primo de Harry Potter, pero en chica. Y no veáis la de ellas (calorías, no primas) que tiene un puñado de galletas maría.
Pero sobre todo cuento tiempo. Debería escribir Tiempo, con la misma mayúscula que le doy al Monstruo, porque es algo que me obsesiona. Tengo la impresión, como ya dije en noviembre, de que empieza a quedar menos tiempo por delante del que queda por detrás. Vale, sí, soy una exagerada, quizás todavía no, pero no habéis visto la lista de cosas que me quedan por hacer, y, dado que he empezado muy tarde (porque hasta hace poco no sabía quién era yo, de qué voy a saber lo que quería ser de mayor), me da a mí que voy a andar justa de tiempo. Ah, que no os hacéis una idea. Pues tengo tela.
Mi objetivo así, general e insustancial, es ser millonaria. No a lo Paris Hilton, no nos pasemos, simplemente que llegar a fin de mes no sea un agobio, que mis criados me mantengan limpia la mansión en Armentia -los que no sois de por aquí cerca, ignorad la localización-, que el Ferrari y el Mercedes estén siempre en perfecto estado para poder llevar al gato al veterinario... Ese tipo de pequeñeces, vamos. Y, como soy así de tonta, quiero hacerlo de manera honrada (¿a que sí?, ¿a que estoy pirada?), y a poder ser aprovechando mis capacidades mentales en lugar de mi cuerpo (aclaro que considero la prostitución honrada, aunque no a algunos de sus clientes). Mis objetivos, ordenados según me llegan a la mente, son los de ser doctora en literatura inglesa (primer cuatrimestre, cinco de cinco parciales aprobados), traductora a inglés y euskera (y alemán y francés cuando los aprenda; porque, ¿os he dicho que también quiero ser políglota?), dibujante (no aspiro a artista) y, ah, sí, escritora. Vamos, que quiero escribir una obra en la que las influencias de Jane Austen y Henry James sean patentes -pero visiblemente original-, traducirla yo misma a cuantos idiomas me sea posible y, por supuesto, diseñar la portada. Todo esto en mi cuerpazo de talla treinta y ocho y con una piel morena que grite "fíjate qué bien escribo y qué poco me cuesta, que hasta vacaciones y todo he tenido".
¿Entendéis ahora mis prisas? ¡Que tengo treinta y dos años y estoy en primero de todo! ¡Que me gustaría recibir el Cervantes, el Planeta y el James Joyce antes de que alguien me tenga que quitar la baba cuando suba al escenario a recoger el premio! Que sí, que ya sé que soy muy ambiciosa, pero si me quedo a medio camino y sólo consigo ser doctora, o escribir una novela, o convertirme en una traductora decente, o dibujar un poco más decentemente aún, ya habré llegado más lejos de lo que estoy ahora. Y de eso se trata, de avanzar. ¿O no?
Uy, madre, mira qué hora es.
Adiós, que no llego.

Cambios


He aquí mi primer intento de retrato a pastel. No sé cuántas horas pringándome los dedos con colorines varios, borrando y borrando errores, cagándome en lo que no ha sido parido todavía porque había manchado la hoja con el color equivocado (pero ojo, pasándomelo de cine) para que al final, cuando por fin me llevé mi obra a casa (orgullosísima que estaba yo, madre), el Monstruo no pudiera encontrarle más que fallos. Que si los ojos están mal puestos, que si a la boca le falta algo, que si los dientes tendrían que ser más blancos, que qué es esa cosa azul donde debería haber vestido rojo... En fin, lo de siempre, solo que el jodido ser nunca había aparecido en mi faceta pictórica y ha sido una sorpresa encontrarlo aquí también. Menos mal que mi conciencia está tranquila porque sé que es el primer retrato y sólo puedo mejorar...
Para el que no se haya dado cuenta -que seréis todos, porque aparte de Kina nadie me conoce en persona-, esa soy yo, y el de al lado, mi hermano. Mientras estaba trabajando en el "cuadro", toda la gente que pasaba cerca de mí y veía la foto sobre la que estaba trabajando, me decía "qué pasada, estás igual, no has cambiado nada", y yo sonreía porque creía que sólo estaban siendo amables, o simpáticos, o no se les ocurría nada que decir (o necesitaban gafas de aumento). Pero no, tenían razón: todos los rasgos que tengo hoy en día, a mis treinta y dos añazos, son los mismos que tenía entonces, a los seis. La arruguilla en el rabillo del ojo, la ligera papada -por delgada que estuviera-, las ojeras -que voy a dejar de llamar así, ahora son "marcas de expresión"-, el remolino en la coronilla y la manera en que se me parte el flequillo en la frente, todo está ahí. Todo, hasta la manera de sonreír y la forma de las cejas, aunque ahora me las depile y trate de darles otra, es idéntico a mi yo de hoy.
Lo que me ha hecho llegar a la conclusión de que todo intento por cambiar mi físico es inútil, porque no es que me vaya "estropeando" con la edad, es que vengo así de fábrica. Por una parte, me ha alegrado ver las arruguillas -no es la edad, soy así-, las ojeras, perdón, marcas de expresión -no es cansancio, soy así- y, sobre todo, la papada -no estoy gorda, soy así-, porque eso significa que mi aspecto no perfecto -que no imperfecto- no es culpa mía, sino otra cosa que echarles en cara a mis padres cuando me decida ir a un psicoanalista (o sea, nunca). Y, para qué engañarnos, darme cuenta a estas alturas, aunque sea un poco tarde, me va a suponer un ahorro considerable en cremas y anticelulíticos varios (porque, aunque eso no sale en la foto, seguro que también venía de serie).
Vamos, que a pesar de lo que diga el Monstruo yo estoy encantada con mi dibujo. Ahora debería hacerme un autorretrato actual para hacerme un lifting, quitarme papada, alargarme las pestanas y peinarme como dios manda, y así me iba a ahorrar una pasta en futuras terapias.
Todo se andará.

¡Tonta!

En la hora de euskera, los críos tenían que unir cualidades humanas con los animales que más comunmente asociamos con semejantes adjetivos. No parecían estar pillándolo (sí, vale, un cocodrilo será peligroso, pero cuando decimos que eres muy malo no hablamos de él), así que les he puesto ejemplos del castellano, su lengua materna, para ver si así lo pillaban. Lo único que iba en castellano era la frase del ejemplo, lo que quedaba mucho más curioso y cosmopolita por el uso de los dos idiomas alternos, pero para facilitar la comprensión a mis "lectores del extranjero" (permítaseme la coñita sin más intención que la de ser graciosa), os lo pongo todo en castellano.
-Por ejemplo, cuando hacéis algo mal alguien os dice: ¡Mira que eres...!
Y toda la clase me ha contestado, cual Fuenteovejuna:
-¡TONTA!

Si es que a veces creo que son más listos que yo...

Y van cuatro


Cuatro... Cuatro finales europeas seguidas.
Emocionada y todo, estoy. Y no he visto ni el partido porque me sube la tensión.
Lagrimilla. Moción, madre.

El "Mounstro"

Tengo un Monstruo en mi cabeza, o, como escriben mis niños, un "Mounstro". Durante la mayor parte del día está callado y formalito y es como si no lo tuviera; no me acosa en el trabajo, ni cuando estudio, ni cuando duermo. Pero en el momento en que me siento a escribir... ¡Ay, madre! Entonces sale de su guarida y ataca sin piedad, y es tan fiero que me acojona de mala manera y suelo terminar apagando el ordenador, o entrando en Internet para engancharme a algún juego inútil que tiene la pantalla táctil que me hace de ratón en el portátil desgastada.
Yo le llamo Monstruo, así, con mayúscula porque es un nombre propio, pero sé que otros le llaman el Censor, el Crítico Interno, el Grandísimo Hijo de Puta Que No Me Deja Escribir Una Frase Sin Pensar Que Es Una Puta Mierda. No nací con él (mejor dicho, no nació él conmigo), salió como sale un herpes, así, sin avisar. Desde pequeñita me han dicho siempre que escribo bien, tanto mis padres como mis profesores; con cada elogio, yo me animaba y escribía aún más, y de tanto escribir el músculo escritor se desarrolló y mejoró. El Monstruo no existía entonces, y empecé a mandar mis historias a concursos. En los dos primeros -locales, muy locales- conseguí pequeños premios, y decidí tirar la casa por la ventana y participar en uno nacional.
Lo único que saqué de aquel fue una carta dándome las gracias por participar. Y un Monstruo. Porque entonces dejé de permitir que la gente leyera lo que yo escribía -la adolescencia no ayudó- y yo me convertí en mi única crítica.
Bien dice Enrique Paez en su Manual de técnicas narrativas que la parte crítica de un escritor tiene que estar presente para que lo que escribimos valga un duro (y si no, preguntadle a Maritormes, que ya veréis lo bien que os lo explica), pero tiene que mantenerse al margen hasta que terminemos de escribir y empiece el proceso de revisión. Yo me lo propongo siempre que escribo. Le digo al Monstruo "chato, o te quedas en tu jaula o me marco una lobotomía que te cagas y te quedas ahí, en el hemisferio izquierdo, y das por culo a mi lado matemático, que tampoco lo uso tanto, pero a mí déjame en paz". Y durante dos, tres días, incluso una semana entera, el Monstruo se mantiene formalito y no asoma, y parece que lo he conseguido, y llego a la página veinte, termino un capítulo, doy a guardar y sonrío.
Y entonces el Monstruo, o el Grandísimo Mamón Que No Tiene Otra Cosa Que Hacer Que Joderme La Existencia, se despierta y sale con energía renovada. Pues vaya una mierda que has escrito, así no vas a ninguna parte. ¿Para qué vas a seguir, si el tema no le va a interesar a nadie? ¿Te das cuenta de que esto mismo lo han escrito millones antes que tú, y mucho mejor por cierto? ¿A esto le llamas un personaje tridimensional? Anda, busca otro cliché, que lo estás bordando.
Y lo dejo. Y me rindo. Y lo guardo en la carpeta de proyectos abandonados, que, como sólo ocupa espacio en un disco duro, no parece que abulte tanto, pero si fuera papel tendría que plantar varios cientos de árboles para estar en paz con la naturaleza.
Desde que he vuelto a empezar a escribir, el Monstruo parece tranquilo, aunque el hecho de que lleve media hora sentada aquí, escribiendo esto en lugar de seguir con lo que había empezado el otro día (mira que me he dicho, "esta mañana no estudio, sólo escribo") es un síntoma de que el Monstruo está desperezándose. No sé cuánto tardará en mandarme a la más honda miseria, pero voy a tener que aprovechar mientras dure la paz.
Me pongo un café, miro el correo y vuestros blogs, limpio un poco la cocina y me pongo a escribir, venga.
Que sí. Que voy.

Originalidad (II)

Birds can fly so high, and they can shit on your head,
Yeah they can almost fly into your eye and make you feel so scared.
But when you look at them, and you see that they're beautiful,
That's how I feel about you.
(...)
She said "Thanks, I like you too".
He said "Cool".

Kate Nash,
Birds.

Sí, aún hay originalidad.

En clase de lengua

-Ruth, ¿qué significa "vanidad"?
-Pues... veamos... Vanidad es fijarse todo el rato en uno mismo, no sé cómo explicarlo. Una persona vanidosa está siempre pendiente de su aspecto, de dar buena imagen...
-Vamos, que vanidoso es como presumido.
-Sí, en la mayoría de los casos sí.
-Entonces vanidad es presu...mi...¿ción?

Tarde de miercoles

Hoy hace sol. La lluvia nos ha dado una tregua y por fin me he podido quitar los zapatos que me hacen daño, que son todos los de invierno (efecto de siete años en California llevando sandalias todo el año). En casa me esperaban Shakespeare, Mark Twain, la adquisición de la primera lengua, un infumable tema sobre semántica (o algo así) y, por supuesto, Sauron. Pero hoy no me he dado prisa. Hoy he disfrutado del camino, del sol y de tener la conciencia tranquila.
Hoy no he vuelto a casa, he paseado a casa. Kate Nash cantaba en mi oído, this is my face, covered in freckles for the occasion, y yo miraba escaparates de cosas que no necesitaba. Una lámpara de Tiffany que el gato me rompería al primer salto, una mesa para el recibidor que no tengo, figuritas Lladró para alguien que nunca limpia el polvo... Y Kate con su why you being a dickhead for, stop being a dickhead, que parece muy bruto pero en su preciosa voz y su acento suena casi como un piropo. She said "what you talking about", he said "you". Penélope Cruz viste de Mango, dice la revista, poca vergüenza, hombre por dios, 'cause when you smile you're beautiful, and it makes me happy. Bicicletas, coches, obras, niños peleando porque no quieren comerse la merienda, my fingertips are holding on to the cracks in our foundations, and I know that I should let go but I can't, y esa indescriptible sensación de que la vida es bella que de vez en cuando te agarra a la altura del diafragma y no te deja respirar inundando todo mi cuerpo...
Estoy escribiendo otra vez. Para mí, para nadie más, para mi propio deleite. Y me encanta.

Originalidad

Todo está inventado ya. No queda nada por pensar, sentir, escribir, dibujar, crear que otra no haya pensado, sentido, escrito, dibujado o creado antes que nosotras. Busco ideas originales en películas y bostezo de aburrimiento -y un poco de asco- porque son las mismas historias de siempre contadas de maneras que parecen distintas, aunque siempre son las mismas. Busco en los libros y me enfado, y me ofusco, porque no hay ya ninguna combinación posible de palabras que no haya sido utilizada ya (seguro que esta frase la han escrito millones de personas antes que yo, qué poco original). Los temas universales -amor, odio, pasión, venganza, crímen, terror, misterio- ya han sido exprimidos hasta el punto de que ni los más hábiles pueden sacar una sola gota decente de ellos. Y yo me siento delante del ordenador, ilusa de mí, y trato de pensar en un tema del que nunca hayan hablado, del que nunca se haya escrito; trato, al menos, de encotrar una forma original de decir lo mismo de siempre, una forma sólo mía. Y me río -sin gracia-, y me desespero -pierdo la esperanza-, y me rindo. Porque no merece la pena seguir llenando el mundo de bodrios y sentimientos que todo el mundo conoce y nadie puede describir.
Por más que millones y millones lo hayan (¿hayamos?) intentado inútilmente.

Como cambiar una bombilla y no morir en el intento

¿Habéis oído alguna vez el chiste ese de cuántos bilbainos se necesitan para cambiar una bombilla? (Depende del tamaño de los mismos, pero sobre cien: uno para que sujete la bombilla y los otros para que hagan girar la habitación.) Pues si cambiáis la palabra "bilbaino" por "Ruths", os haréis una idea aproximada de lo hábil que soy yo en estos menesteres.
Hace un mes me hicieron administradora de la escalera, cosa que me hizo mucha ilusión porque me hacía sentir la casa como algo más mío. El vecino que me pasó la administración me dijo que era un vecindario muy tranquilo, que no solía haber problemas -como prueba el hecho de que en tres años sólo haya habido dos reuniones de vecinos- y que de lo único que me iba a tener que preocupar era de cambiar las bombillas de la escalera.
-Si no quieres hacerlo, puedes contratar a alguien y se paga con el dinero de la comunidad -me dijo, muy serio. Yo, que todavía no le conozco como para saber si está de cachondeo o no, solté una carcajada que él no acompañó.
-Hombre, a cambiar bombillas ya llego -dije, un poco colorada. Él se encogió de hombros y puso gesto de "tú sabrás".
Qué sabio es el vecino.
Ayer por la noche me di cuenta de que la luz del primero estaba fundida. Pensé en cambiarla en ese mismo instante, pero algo me dijo que igual debería esperar a que hubiera luz natural, más que nada por no electrocutarme o matarme al caer de la escalera a las nueve de la noche. Esta mañana me he levantado y he cogido la bombilla que me había dejado el vecino como muestra de las que necesita la escalera. Por si acaso hacía falta más de una, he salido en busca de una tienda de electricidad, lo que me ha costado un rato porque nunca he comprado bombillas en mi barrio (compré de bajo consumo hace tres años y aún no he necesitado cambiarlas). Todo esto, por supuesto, aderezado con una lluvia insistente y unos zapatos que me acribillaban los pies.
Encuentro la tienda -al lado de casa, no sé cómo no me había dado cuenta antes-, me da las bombillas, le voy a pagar... Y no tengo un duro. Como son sólo tres euros, no me cobra con tarjeta, así que hala, a buscar una caja, sacar dinero y vuelta a la tienda. Insisto, todo cerca de casa, pero llovía -bastante- y me dolían los pies.
Ya tengo bombillas. Vuelvo a casa -os recuerdo que no tengo ascensor-, me cambio el calzado a unas zapatillas comodísimas y cojo la escalera. Coño, va a ser pequeña, no sé si va a llegar (casa vieja, techos altos, la lámpara a tomar por culo del suelo). Hago la prueba en mi piso y parece que sí, así que cargo con un par de bombillas, un destornillador -por si acaso- y la escalera, y bajo al primero. Y me subo.
¿He mencionado que tengo miedo a las alturas?
Por suerte, la escalera no se menea y puedo soltar la lámpara sin necesidad de destornillador. Pero en cuanto quito la bombilla me doy cuenta de que -¡horror!- no es como las que yo tengo. Jurando en vasco, como dice mi padre (cosa que no entiendo, porque en euskera los tacos son préstamos del castellano), vuelvo a casa, vuelvo a coger la cartera, vuelvo a bajar -en zapatillas, voy cómoda pero al instante tengo los pies empapados- y le llevo la bombilla a la señora.
-Uy, pero esta es de 125, yo de este voltaje no tengo. Prueba al final de esta calle que cruza...
Y allá que se va Ruth, en zapatillas, los pies empapados, una mala hostia que lo flipas, a buscar la condenada bombilla sorteando todas las obras que se están haciendo a quinientos metros a la redonda de mi casa (que son como siete). Barro, agua, obreros que pasean con trozos de andamio sobre los hombros y se creen que la calle es suya, coches aparcados en la acera porque no quiera dios que me moje la permanente andando cien metros... Por fin encuentro la tienda, me dan las bombilas -por supuesto, más caras que las anteriores, que devolveré en otro momento porque ahora no me apetece- y vuelvo a casa. Escalera, lámpara, bombilla y mala hostia y hala, para abajo primero y para arriba -de la escalera- después.
Y, de repente, me ha pasado como en el anuncio ese de las cosas buenas: he puesto la bombilla, he dado al botón de la luz y ¡¡¡ANDA!!!, ¡se enciende!
Menos mal.
Pero tenía razón el vecino: la próxima, contrato a un técnico.

Va de idolos



Si mañana me dieran la oportunidad de conocer a cualquier persona, sin ninguna duda elegiría J.K. Rowling. Sí, de verdad, no miento, incluso antes que a Alan Rickman o a Hugh Grant (a este último no pediría conocerle nunca, se me caería un ídolo) querría conocer a Joanne. Y no porque haya escrito uno de mis libros favoritos (como ella, yo considero toda la serie una unidad en la que voy descubriendo cosas nuevas con cada nueva lectura), sino por lo bellísima persona que es. Cuanto más leo sobre ella, mejor me cae. Sus opiniones sobre los fundamentalistas cristianos que piden la quema de sus libros sin haberlos leído, siendo ella creyente y habiendo bautizado a sus hijos; el puntazo de incluir un personaje gay y lograr que su sexualidad no le definiera (Sirius Black también podría haber sido gay, ¿no?; no se le menciona ninguna novia ni que le gustara nadie en la escuela); su lucha contra la depresión y el hecho de que no le avergüence hablar de ello; el que dedique un porcentaje de su fortuna a causas benéficas; que se moje a la hora de hablar de política, de anorexia, de problemas sociales... Me gusta esta mujer. Y el hecho de que sea una de las mayores fortunas del mundo, que tenga una casa que parece un castillo y que se compre zapatos de miles de libras a pares (ja, ja) no va a cambiar mi impresión.

Curioso, sin embargo, que el personaje de los libros que menos me gusta sea Harry, el único que, precisamente, tiene mucho de la autora. Los detalles del chaval que menos me gustan son los que ella misma ha dicho que la definen, con lo que, supongo, nunca podríamos llegar a ser íntimas amigas. Ni falta que hace, tampoco: me encantaría poder darle la mano, felicitarla por su trabajo y pedirle que ruegue a los guionistas de las películas que quedan que no las fusilen como fusilaron la tercera.

O, ya puestos, que me contraten a mí, que puedo recitar partes enteras de los libros y le haría una adaptación monísima. Lo único que la séptima se iba a llamar "Severus Snape and that highly annoying Potter boy". Detalles, vamos...

(Os iba a poner un link a su última entrevista, pero por algún motivo no funciona -seguro que el motivo es que lo estoy haciendo mal, pero bueno, qué le vamos a hacer, si con un encantamiento valiera seguro que lo hacía funcionar-. Si queréis leer alguna de sus entrevistas, www.mugglenet.com tiene muchas.)

Grafologia


Hace muchos, muchos años (en un reino junto al mar, habitó una señorita... ah, no, que eso es otra cosa) me apunté a un curso de grafología. De hecho, no debería decir "curso", porque era una titulación homologada de siete años de duración (cuatro horas a la semana, no penséis que iba todos los días), pero como al año siguiente me fui a California no pude continuar. Una pena, porque me encantaba; si me llego a quedar, hoy sería grafóloga. Ahora me da pereza volver.
A pesar de lo que pueda parecer, en un año no da mucho tiempo para profundizar mucho en esta área. Nos dieron una visión muy general sobre los aspectos más importantes de la escritura: distancia entre líneas, tamaño de la letra, márgenes, inclinación, dirección de la línea... Yo me pasaba el día buscando textos ajenos y sacándoles hasta las entrañas; descubrí que mi abuela era estreñida (qué "b" más mala, madre), que Pablo Laso lo estaba pasando fatal en Vitoria (había un punto en su firma que le delataba), que Richard Nixon se sentía una mierda, que Franco estuvo enamorado cuando era cabo... Vamos, que me lo pasaba pipa.
Pipa, sí, siempre y cuando estudiara la letra de los demás, porque cuando llegaba a la mía, me obsesionaba. No me gustaba mi M, que delataba un complejo de inferioridad, ni mi A, que era demasiado cerrada y sólo dejaba pasar a los más cercanos a mí. Mi G (todas letras mayúsculas, las minúsculas eran más difíciles de ver y cambiar) era un desastre y, siendo la letra de la sexualidad por excelencia, le tuve que añadir el bucle bajo para no parecer una estrecha. Y ya que cambiaba la G, había que cambiar también la Z, esta tanto en minúscula como en mayúscula. La de El Zorro, con su palito y todo, es pésima, nula imaginación sexual, así que le puse el bucle bajo y empecé a hacer la mayúscula como la minúscula, pero más grande. Las "q" minúsculas perdieron su palito -cualquier elemento que rompa la letra, ya sea el palito de la q, de la z o del siete, es malo- y empecé a unirlas por abajo, sin levantar el boli del papel; en teoría, esto me ha convertido en mejor persona, y la verdad es que duermo mucho mejor por las noches, bendita "qu". La mayúscula, sin embargo, me es imposible cambiar, no me sale. No recuerdo por qué era importante añadirle su parte baja, pero he desistido.
Sigo manteniendo aquellos cambios, y a veces me acuerdo de algún detalle de las clases y me pongo a observar mi letra, por si algún vicio hubiera vuelto a hacer aparición. Después de diez años es difícil recordar lo poco que nos dijeron, pero sí vigilo que mis líneas sean rectas, o, incluso mejor, que vayan un poco hacia arriba; que mis letras se inclinen un poco hacia la derecha; que mis "a" minúsculas no estén cerradas del todo, y que mis "o" no tengan pinchos hacia dentro. Mis "e" han mejorado una barbaridad, y mi "d" y mi "l" tienen lacito (a veces, sólo a veces; los bucles altos son signo de creatividad, y sólo me siento creativa a ratos). Lo que significa que soy abierta, optimista, con las ideas claras y buena persona. Toma ya. Y todo eso lo sé por mi letra. Pena que el resto del mundo no sepa grafología.
El cambio de la G, sin embargo, no me ha servido de mucho, aunque la letra me gusta mucho más ahora. La Z también la he mantenido (menos cuando les escribo notas a los críos en las redacciones, que lo de la imaginación sexual no parece calar muy bien con ellos y no me entienden la letra), por más que esté segura de que mi mente sigue siendo tan calenturienta como antes del cambio. Aunque últimamente me he dado cuenta de que mi "g" minúscula se está desomponiendo y que mi "f" no es la que era. A ver si va a ser eso...

En la radio


Teníamos apenas dieciocho años y una obsesión enfermiza con los jugadores del Baskonia. Pablo Laso y Ramón Rivas hacían el Triple de Oro en Radio Vitoria y nosotras nos pegábamos a la radio todos los jueves a las nueve de la noche, porque entonces no había liga europea y nadie nos podía separar de nuestros ídolos; cualquier vitoriana de mi generación que se precie se ha derretido ante Pablo Laso, por más que lo niegue ahora -que los años pasan para todos, por más que hayas sido jugador internacional y todo lo que te dé la gana-. A veces tenían invitados de lujo: Ken Bannister, Kenny Green y, sobre todo, Ferran López y, ay madre, Marcelo Nicola.
Y a veces, qué valor da la adolescencia tardía, nos armábamos de coraje y escribíamos cartas interminables a nuestros ídolos, esperando que ellos nos mencionaran por la radio (que lo hicieron, por cierto, diez intensos minutos en los que nos creímos las reinas del mundo). Una vez, incluso, nos atrevimos a ir hasta el estudio, y, oh, madre, entramos en la cabina con ellos y compartimos unos minutos con los hombres que deseábamos fuesen los padres de nuestros hijos/as. Nicola nos regaló por error unos petates de Converse, los patrocinadores, que aún guardo por casa, y nos fuimos más contentas que si nos hubieran tocado los euromillones. Aún hoy recuerdo la sensación de estar convencida de que Ferrán se había enamorado locamente de nosotras, hasta que le vimos del brazo con una rubia pechugona e ignorándonos brutalmente (probablemente porque no habíamos causado la menor impresión en él, mindunguis que éramos). Nicola tuvo un hijo al poco, y también al poco se divorció (pero nosotras no tuvimos nada que ver, lo juro). Pablo Laso se casó y se fue al Madrid (ay, lo que lloré), y Ramón Rivas dejó Vitoria. Crecimos a base de hostias.
Pero el fetichismo ha quedado intacto. No puedo oír ninguno de esos nombres (ni el de Pedro Rodríguez, o Rafa Talaverón, o Lucio Angulo, o Santi Abad) sin recordar aquellos tiempos en los que todo mi universo giraba en torno a hombres poco mayores que yo, que tomaban decisiones sin contar conmigo (¿cómo se atrevió Marcelo a irse a la Benneton, ¡cómo!?), que huían espantados en cuanto nos veían aparecer por la calle; sin derretirme un poquito al cruzármelos por la calle (el hipnotismo que Vitoria ejerce sobre todo el que la ha experimentado intacto en ellos), sin sonreir, aunque solo sea un poquito, cuando veo que Santi Abad guarda el coche en el garaje de justo en frente de mi casa...

El beso

Enrique se acercó a Elena, los ojos fijos en los de ella, apartándose de su mirada lo justo para no perder de vista esos labios que a punto estaba de besar. Iba a ser el mejor beso de su vida, mejor que el de cualquier película; ríete tú de Richard Gere, George Clooney o el mismísimo Alan Rickman, le iban a temblar hasta las rodillas, no iba a olvidarlo jamás, pasaría a su memoria como el mejor "besador" que había tenido nunca. Pues bueno era él cuando se ponía. Menuda técnica había desarrollado. Entre sus besos y sus miradas, ninguna podía resistirse.
Pero algo iba mal. En lugar de quedarse quieta esperándole, su cabeza (la de Elena, su Elena, su mejor amiga y la mujer que últimamente inundaba esos momentos entre el sueño y la vigilia) iba alejándose, más y más cada vez, hasta que tuvo que mover el pie para no caerse de espaldas. Enrique se apartó de ella.
-Perdona, Elena, no sé qué... Creí que te gustaba. Lo siento.
-No, no, si no es eso, me gustas. Pero no quiero que me beses.
Enrique frunció el ceño. Era la primera vez que le decían algo así.
-Entonces no... O sea, no te gusto, te caigo bien. Como amigos, ¿no?
-Supongo... Yo creía que me gustabas como algo más, pero has puesto esa cara y me ha dado repelusillo.
-¿Qué cara?
-Tu cara de... -Elena hizo un mohín de asco-. Tu cara de beso.
Enrique abrió la boca para decir algo, pero no pudo. ¿Cara de beso? Lo intentó de nuevo. No había manera. Se miraron en unos segundos eternos.
-Hombre... -consiguió decir al tercer intento- Iba a besarte, así que sí, supongo que... ¿Tan malo es eso?
-Es que a mí me gusta tu cara normal, no esa de galán de cine borracho que se cree guapo que pones cuando besas. Cuando es a otras, da la risa, pero ahora... -Nuevo mohín de asco.
Enrique dio un paso atrás y miró a su amiga (¿amiga?, vaya amiga) como si la viera por primera vez. Ni guapa ni fea, ni gorda ni delgada, nada llamativo en su aspecto. Y, sin embargo, tenía algo... ¿Su interior? No, él nunca había mirado tan lejos.
-Vaya. Galán de cine borracho, toma ya. Nunca me habían insultado tanto con tan pocas palabras.
Elena se encogió de homrbros y le miró con gesto apenado. No estaba arrepentida de haberlo dicho, sólo le dolía que le hubiera sentado mal.
-Quédate con lo de galán de cine y olvida lo de borracho. Qué, ¿tomamos algo?

Tenia que pasar...

Y pasó.
Ahí estaba yo, doblada por la cintura (sí, ya sé que es mejor agacharse con las rodillas, pero a ver quién es el guapo que mantiene el equilibrio así cuando una bestia de cuarenta kilos insiste en ponerse en marcha en ese mismo momento), enseñando al mundo lo mejor de mí (el culo), el pelo sobre la cara, las piernas bien abiertas para no caerme encima de las deposiciones de mi querido animal y haciendo malabares para recoger una mierda del tamaño de un caniche cuando, al levantar la cabeza, me encuentro con una sonrisa de oreja a oreja bajo unos ojos de color caramelo que quitaban el sentido. Él sonríe, yo sonrío, nuestros respectivos perros se huelen el culo... Y yo corro a buscar una papelera para librarme del engorro que llevo en la mano y el sofocón, aunque de ese no me he deshecho tan fácilmente.
(Él también llevaba un papel de periódico en la mano. Pero el suyo aún estaba vacío.)

Belleza



¿A alguien más le parece esto bello? ¿O soy realmente tan macabra, oscura, trágica como me dicen mis compañer@s de dibujo?
Veo este cuadro (de Cézanne, no de ningún mindunguis de por ahí) y pienso en Poe, en cuentos góticos, en tragedias épicas, en un sinfín de historias que han fundado la historia literaria universal. Hamlet no podría haber cogido un melón; la imagen de la muerte es una calavera porque es la esencia de nosotros mismos, lo único que no se desintegra a los pocos meses, lo que dejamos atrás.
Pero soy capaz de dibujar esto (con mucho más rojo, porque me recuerda a "La máscara de la Muerte Roja", de Poe, y necesita más rojo en el fondo negro) con música clásica de fondo, hablando de las últimas travesuras de mis niños o de la canción de Eurovisión. Soy capaz de ver una imagen así y recordar o imaginar una historia que le vendría al pelo; y, cuando leo una historia, pienso en qué imagen me gustaría que la acompañara. Imágenes y palabras empiezan a juntarse en mi mente, y eso nunca me había pasado. Me gusta. Evoluciono.
¿Soy macabra? ¿Perversa? ¿Diabólica?
¿Habrán pensado mis compañer@s que todos tenemos una calavera dentro de nosotros?

Aurora

Sesenta años pueden ser la mejor edad si se llega con salud y humor, y Aurora tenía ambos, así que se animó a hacerlo. Había criado a dos hijos estupendos, dos chavales de veintitantos que ya habían volado del nido, como decía su difunta y santa madre, y su marido llevaba ya tiempo haciendo una vida que poco tenía que ver con la suya, la de Aurora, acostumbrada a pasear, cocinar o charlar con las vecinas mientras su Paco se iba de chiquiteo por el barrio. También le gustaba leer, pero las cataratas había hecho de esa afición un suplicio. Así que, después de mucho informarse, decidió operarse, convencida de que aún le quedaban al menos veinte años y varios centenares de libros por leer, por no hablar de todas esas revistas y los catálogos de ropa de bebé que quería empezar a ojear "para cuando lleguen los nietos".
La llamaron del hospital para hacerle las pruebas del preoperatorio y Aurora se fue a la clínica -privada, porque no le apetecía cumplir los setenta en la lista de espera- sin decirle nada a Paco, que no iba a querer acompañarla de todas maneras y, para tenerlo de morros todo el día, mejor ir sola. Los médicos, eficientes y diligentes, le hicieron todo tipo de pruebas y le pidieron que esperara en una salita mucho más acogedora que la de los hospitales públicos, dónde va a parar. Aurora se entretuvo hojeando una revista de viajes en la que apenas podía distinguir las fotos e imaginando la nitidez con la que iba a ver todos aquellos colores en unos pocos días. Al poco rato, un médico con cara de pocos amigos la vino a buscar. Ella le siguió hasta su despacho y vio, un poco aprensiva, cómo se sentaba y la miraba con enfado.
-Podría habernos avisado, señora Aurora, nos habríamos ahorrado mucho tiempo.
-¿Avisarles de qué?
-¿No se le ha olvidado mencionar nada en su historial?
Aurora negó con la cabeza.
-¿Un pequeño detalle? ¿Como que es usted VIH positiva?
-¿Cómo? No, yo soy AB negativo. Se lo juro, he donado sangre muchas veces porque es muy rara. ¿Eso es un problema?
El rostro del médico cambió de enfado a estupor.
-¿No lo sabía?
-¿El qué?
-Es usted portadora del virus del SIDA.

Cuando Aurora se recuperó del desmayo, un psicólogo y el encargado de una asociación de enfermos de SIDA trataron de dilucidar el misterio. Le preguntaron por su historial quirúrgico (nunca la habían operado, ni siquiera le habían desvitalizado una muela), posibles diálisis (jamás, siempre había estado como una rosa), pinchazos fortuitos con agujas de jeringuillas desechadas (todo lo más con una concha en la playa), y, por último, sobre sus hábitos sexuales.
-¡Pero qué dice! Llevo treinta y cinco años casada y jamás he conocido a más hombre que mi marido. Y no, no usamos condón, nunca lo hemos hecho. ¡Por Dios! ¡Bueno es mi Paco!
Los dos hombres se miraron un segundo, asintieron casi imperceptiblemente y suspiraron al unísono, o eso le pareció a Aurora, que lo veía todo como en un mal sueño.
-Pídale a su marido que se haga las pruebas. Y tómese este válium.

El encargado de la asociación nos cuenta que los hijos de Aurora la ayudaron con todos los trámites del divorcio, que fue efectivo a los pocos meses. La mujer debe estar hecha polvo, pero no por la enfermedad, que está perfectamente controlada: no puede entender que su marido le fuera infiel. Los votos son sagrados, dicen que repite sin cesar. Si no hubiera sido por los hijos, quizás aún siguieran casados.


(Historia basada en hechos reales. Llevo toda la tarde pensando en cómo mataría yo a alguien que me hiciera algo así. Y no me refiero a "ja, ja, yo lo mato". No. Pienso en armas y en partes del cuerpo, en sangre, furia y rabia. Yo lo mato.)

Porque hoy es hoy

Porque hoy es jueves a la tarde, que es como si fuera viernes.
Porque hace un día veraniego, aunque sé que debería estar nevando.
Porque hoy he visto llorar a dos niños por mi culpa y me he sentido como una piltrafa humana.
Porque las vacaciones están a la vuelta de la esquina.
Porque quiero dejar atrás temas que no me gustan.
Porque tengo la cabeza tan llena de las obras de otros que ya no recuerdo cómo escribir.
Porque hoy me han dicho que tengo un gran potencial.
Porque sé que tengo una buena vida y la mayoría del tiempo disfruto de ella.
Porque la séptima película de Harry Potter va a dividirse en dos, lo que significa que aún queda Harry Potter hasta el 2011.
Porque este blog es mío y escribo lo que me da la gana.
Por todo esto y mucho más, he aquí un post vacío.

¡Voto!

He salido de casa para ir a comer a la de mis padres (sí, qué pasa, como con mis padres todos los días, me ahorro una pasta y me aseguro de no morir por carencia de nutrientes) y, aprovechando que el Pisuerga pasa por Valladolid, que mi colegio electoral está justo enfrente de mi casa y que hacía sol cuando he salido -dato que para algunos parece ser muy importante pero que yo todavía no pillo-, he ido a votar. El colegio estaba petado de gente, lo cual es muy bueno siempre que no se paren a saludar a conocidos en medio de un estrecho pasillo o te toque la señora con andador delante (cosas ambas que me han ocurrido hoy). Yo iba con la notita que me habían mandado del censo, que no llevo mucho tiempo empadronada en mi casa y no quería confundirme de mesa; he llegado frente a mi clase y me he detenido en la mesa donde estaban las papeletas. No me gusta llevarlas de casa, tiene algo de romántico eso de elegirla en el mismo colegio. Llevarlas de casa es como llevarse la chuleta.

Intentaba no mirar a nadie, de verdad. Me decía "da igual a quién voten, Ruth, la cosa es que lo hagan, por más que a los que tú ya sabes no les entienda y nunca lo haré. No importa, tú concéntrate en lo tuyo, ¡concéntrate!, no vayas a coger por error la papeleta del PP o la de la Falange, o -Dios no lo quiera- la de Rosa Díez". Yo a lo mío, buscando ostensiblemente la papeleta del PSOE, mucho más pequeña que la última vez que voté (la del congreso, porque la del senado casi no cabía en el sobre). Mientras estaba yo marcando mis senadores, toda concentrada, sin mirar al matrimonio de al lado que no tenía muy claro a quién quería votar, llega un mozo de bastante buen ver por mi derecha. "Perdona", me ha dicho, y yo he sonreído brevemente y me he apartado un poco para dejarle coger lo que quisiera coger. "Joe, Ruth, tú que te quejas de que no ligas, a ver si vas a terminar pillando en el colegio electoral". Y entonces, sin poder evitarlo, porque no mirar su mano hubiera significado mirarle a la cara y eso era mucho más descarado, he visto cómo cogía la papeleta... del PP.

Y entonces he tenido que hacer un esfuerzo para no pisarle el juanete, no darle un codazo involuntario, no tirar sin querer todas las papeletas al suelo y patearlas para que fueran inservibles, no escupirle en el ojo por accidente...

Porque soy demócrata. Y el voto, como me ha dicho mi padre cuando le he contado la anécdota, es libre, y eso es lo mejor que tenemos.

P.D: Tras un segundo análisis, no era tan mono. Tenía granos. Y las manos demasiado grandes.

Encuesta

Hoy me cuenta mi madre la anécdota de una conocida que tenía por costumbre cortar las esquinas de los filetes antes de freírlos en la sartén. Un día, el marido (seguramente más acojonado por el derroche de carne que sorprendido por la costumbre) le preguntó por qué lo hacía. "Porque salen más tiernos. Mi madre lo ha hecho siempre". Poco contento con la respuesta, el buen hombre se lo preguntó a la suegra, que se echó a reír. "Pues porque tenía una sartén muy pequeña y no me cabían enteros".

La de carne que podría haberse ahorrado en casa de la hija si le llega a explicar eso mismo.

¿A cuántos de vosotr@s os dijeron en el colegio que no siguierais la lectura con el dedo? Me refiero a cursos un poco altos, no en primero o segundo, donde se anima a seguir con el dedo para que no te pierdas. ¿A cuántos os amenazaron, como a mis alumnos, con bajaros la nota? ¿Os dieron alguna vez una razón para no hacerlo? ¿No sería, quizás, que a ellas también se lo prohibieron y supusieron que era la manera correcta de hacer las cosas?

Algunos de mis alumnos se pierden al leer, pero mantienen las manos debajo de la mesa porque está feo seguir con el dedo. Otros se traban, o se atascan, o se cansan porque el contraste de negro sobre blanco les resulta agotador. Seguir la lectura con el dedo no es malo, igual que no lo es no hacerlo. Si lees bien sin dedo, ¿para qué lo vas a poner? Si necesitas el dedo, ponlo. Mejor si señalas la línea que lees por la parte de arriba en lugar de por abajo, porque el cerebro "ve" más allá que el ojo y, a un nivel inconsciente, estás viendo la continuación de la frase, sus comas, sus puntos, y eso te ayuda a entonar mejor. Pero si te pierdes por no poner el dedo, por mucho que veas... Mal vamos.

Si en vez de prohibir "porque aquí mando yo y sé más que tú" razonáramos un poco, nos iría mucho mejor.

(Por fin es viernes.)

Gracias por nada, guiñoles

Pongo hoy la tele y me encuentro con los guiñoles de la cuatro, la versión resumida de lo que echan luego en Eva Hache, que es a donde os mando con el link. Parodia de Sweeney Todd, el barbero de la calle Fleet (o algo así), con mi queridísimo Jhonny Depp y mi no menos querido Alan Rickman.
Y ahí me empieza a dar.
En el papel de Jhonny... Gallardón.
(El corazón me palpita más rápido. Tengo sudoraciones. Me tiemblan las manos.)
En el papel de Alan...
(¡¡¡¡ARGH!!!! ¡¡OXÍGENO!! ¡¡EPINEFRINA!! ¡¡DEFRIBILADOR!! ¡¡ME MUEROOOOOOO!!)
Mariano Rajoy.

piiii, piiii, piiii, piiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiii

RIP

8:30

Un miércoles cualquiera del calendario escolar.

8:30: Las profesoras de sexto nos juntamos para terminar un proyecto que nos aburre y nos trae locas. Antes de empezar, comentamos pequeñas vicisitudes de clase. Una de nosotras necesita desahogarse y las demás escuchamos y mostramos apoyo.

8:40: El apoyo moral es claramente insuficiente. La profesora, obviamente, necesita más que un desahogo; uno de sus alumnos golpea al resto sistemáticamente y la ha amenazado a ella en más de una ocasión (e intentado agredir, pero profesora ágil que esquiva zapatillas y sillas). La terapeuta pedagógica que se le ha asignado no da abasto. Impotencia. Encima, con la nieve, ha tenido que dormir fuera de casa vistas las malas caras del día anterior por llegar diez minutos tarde.

9:00: Imposible seguir con el proyecto. Caso particular de niño de 13 años demasiado gordo para poder pensar en otra cosa. Tratamos de buscar soluciones, pero poco puede hacer una tutora aparte de prometer firmar cualquier papel que apoye a la compañera.

9:25: Suena el timbre, sube el primer niño. Llora desconsolado porque niño de 13 años le acaba de pegar una paliza de padre y muy señor mío porque le apetecía y su primer objetivo ha corrido más rápido que él.

9:35: -A ver, niños, abrid el libro por la página 35...

Me da a mí que este año no terminamos el proyecto.

La profa de dibujo me tiene mania


La profesora de dibujo me tiene manía. Y no lo disimula, encima.
Llego yo a clase, puntual como un reloj porque me emociona el pastel que hemos empezado esta semana, toda contenta y con diez dibujos más para copiar. Saco el Monet que empecé el otro día, llamo a la profa y le pido que me arregle el jetón que le hice el miércoles, que me ha quedado fatal. Ris-ras, en dos trazos expertos la mujer de azul tiene un rostro angelical. "Te ha quedado muy bien. Termínale el velo, dale el fijador y ya lo tienes".
Yo, toda contenta, lo termino y lo dejo sobre la mesa para que ella lo coja y lo ponga en la pared con los demás. Pasa por detrás de mí y no lo coge. No lo habrá visto. Me pongo a dibujar el Sorolla. El de al lado termina su cuadro (que, no es porque yo lo diga, pero está mucho peor que el mío). "¡Uy, qué mono! Trae, que lo cuelgo". Yo muevo el mío, no vaya a ser que no lo haya visto porque esté mal puesto (estaba a escasos centímetros del de mi compañero, pero oye, igual es corta de vista). Me pasa de largo y va hacia la que está a mi derecha. "Esto está fenomenal. Vamos a hacerle un hueco".

Ni lo pienses, Ruth, no importa que no le guste, tú sabes que está genial, no sólo para ser el primer trabajo a pastel que haces en tu vida, sino así, en general. La profa pasa un par de veces más por detrás de mí y yo me digo a mí misma que no me importa, que me concentre en el que estoy haciendo ahora, que me encanta el Sorolla que he encontrado (pintor que no conocía hasta hoy, por cierto, inculta que es una). Perfilo las figuras con el lápiz y anticipo el gustazo que me va a dar sacar todos los pliegues del vestido de la hermana mayor y las tonalidades del agua y del cielo. Me paso veinte minutos con la cara de la hermana pequeña, no es tan fácil como parece y quiero que quede perfecta. Cuando termino, llamo a la profa y le pido su visto bueno.
-A la niña pequeña la veo muy grande en comparación con la mayor.
Yo le digo que no, que he puesto mucho cuidado en no hacerla más alta que el codo de la hermana, que he medido bien las referencias, que si se fija en el original está todo proporcional. Ella pone cara rara.
-Pues entonces es que la has hecho más gordita. La cabeza es muy grande. Qué pena, la carica te había quedado muy bien.
Y ris-ras, en dos gomazos expertos me borra la cara, y yo contengo la respiración y todo de la impresión que me da. Huelga decir que en mi interior la estoy llamando de todo, que en ese momento la odio, que quiero ir a casa de mis padres y entrar llorando y gritando "amatxooooo, la andereño de dibujo me tiene maníaaaaaaa". Pero no. Sonrío y cojo otra vez el lápiz. Soy una profesional de la educación y sé que las manías... existen, pero soy adulta y no voy a dejar que puedan conmigo. Hoy, al menos.
Arreglo a la niña según sus parámetros, pero, por más que me esfuerzo, la cabeza no me sale. Termino haciéndola igual que antes y la vuelvo a llamar.
-No me sale más pequeña. Es imposible.
Y entonces coge el lápiz, mide las distancias, y me dice que tengo razón, que la medida está bien cogida. Al levantarse de mi sitio, ve el Monet.
-Uy, qué preciosidad. A la pared. Mira, si visto de lejos parece la muestra en vez del dibujo. Te ha quedado genial.

Qué maja es la de dibujo. Qué bien explica. Qué pedazo de artista.
Impresionista, digoooo, impresionante.

¿Que estoy haciendo con estos niños?

M. es una de mis alumnas favoritas, lo que es mucho decir porque tengo la clase llena de niños y niñas estupendos/as y es difícil elegir, pero ésta es especial. Tiene el toque justo de niña pizpireta, salada sin ser faltona, curiosa, respetuosa y atenta, y siempre tiene una sonrisa en los labios (tanto, que el día que no la tiene le pregunto si está bien; su respuesta es siempre: "hoy estoy un poco chof"). No es pelota, no quiere hacerse notar, no saca sobresaliente en todo -aunque es inteligentísima- y prefiere jugar a baloncesto con los chicos o bailar en la clase de música con el resto de las chicas que cuchichear en los rincones del patio. La niña que a mí me hubiera gustado ser, vamos.
A principio de curso cometí el "error" de decirle que me encantaba cómo se expresaba en general, ya fuera de forma escrita u oral, ya fuera en castellano o en euskera. En ese momento no noté yo que le hubiera causado un gran efecto -como buena prepúber, pasó de mí olímpicamente-, pero cuando le di las notas a su madre me dijo que había notado un gran cambio en su hija y que ahora se pasaba horas muertas leyendo y escribiendo historias que luego leía a su familia. Hoy me ha venido con tres libros en la mano para preguntarme mi opinión sobre ellos: uno era de Isabel Allende, el título infantil que nunca recuerdo ("lo acabo de empezar, pero de momento está muy bien") y el otro una colección de cuentos de Rudyard Kipling ("igual te parecen muy fáciles, pero dice mi madre que debería leérmelos"). Por supuesto, le he dicho que de esos dos autores se puede leer hasta su lista de la compra, si le apetece, y ella casi se mea de risa.
Y entonces me ha enseñado el último. Era una novela corta de Mark Twain, autor que les he nombrado en clase innumerables veces; sorprendida, le he preguntado si estaba planeando leérsela cuando terminara los otros dos (pedazo lista de deberes se impone la niña, oye), y me ha dicho que no, que ese era para mí. "Lo ha encontrado mi madre en su librería y dice que igual te gusta, porque cuando lo acabas te deja hecha polvo".
Y todo porque les dije que lloré con el último Harry Potter, que me emocioné con Mil Soles Espléndidos y que no puedo leer a Shakespeare sin que se me llenen los ojos de lágrimas... ¿Qué imagen de mí se están formando estos niños?

Admirador secreto

Hoy, como todos los días, he bajado a la perra de mis padres, una enorme pastor vasco de casi cuarenta kilos que tira como una endemoniada y se asusta de sus propios ladridos. Mientras sujetaba su correa con una mano y buscaba una papelera donde tirar el periódico lleno de mierda que sujetaba con la otra, me he imaginado esa misma escena observada por mi imaginario admirador secreto.
Y hasta en mi mente ha echado a correr como un poseso.

Frescura

El jueves les di a mis monstruos (=mis alumnos) los deberes de lengua para el fin de semana: tienen que colocar el personaje de un libro que hayan leído en otro libro, sin cambiar la personalidad de ese personaje y adaptándolo al nuevo mundo en el que lo han colocado. Les puse como ejemplo colocar a Momo en los libros de Harry Potter y estuvimos comentando todas las posibilidades que nos daría. "Cuando lo hagáis vosotros", les dije, "dedicad cinco minutos a pensar en lo que vais a escribir antes de coger siquiera el bolígrafo. Pensad antes de actuar, tened toda la idea en la cabeza, no vaya a ser que luego el boli os lleve por donde le dé la gana". También les expliqué que, como tenían muchos días para escribirla, quería que dejaran "macerar" la historia antes de pasarla a limpio. "Escribid el primer borrador, corregidlo, pero no lo paséis a limpio hasta el día siguiente. Tenéis que alejaros de lo que habéis escrito para poder ver vuestros fallos". Sé que los padres y madres van a querer estrangularme, son de los que les obligan a terminar los deberes en cuanto llegan de clase para no tener que andar peleando todo el fin de semana (cosa que les agradezco, la mayoría de las veces). "Haznos una nota, que no nos van a creer", me decían. "Que me llamen si no os creen". El lunes voy a estar pegada al teléfono.
Aprovechando que, una vez más, se me había "colgado" el ipod, volví a casa haciendo justo lo que les había dicho a los críos que hicieran e ideé toda una trama en la que Momo llegaba a Hogwarts y empezaba a interactuar con los personajes de la Rowling. Me emocioné de todo lo que se me ocurrió y estaba deseando llegar a casa para escribirlo y darles un ejemplo a los críos al día siguiente, pero entre pequeños recados, el gato y demás, no pude sentarme ante el ordenador hasta pasado un buen rato. Y, aunque mientras hacía mis tareas seguía pensando en la historia, la magia del principio ya se había ido. Escribí un esperpento de historia, obligándome a terminarla porque sabía que si lo dejaba nunca la acabaría, la imprimí y se la leí a los críos al día siguiente. Cinco páginas de historia, de las cuales sólo la primera tenía algún parecido con el fantástico mundo que había creado para Momo. Hasta los críos se dieron cuenta de que perdía fuelle al final (aunque, como son muy pelotas, me dijeron que estaba muy bien, y alguno hasta quiso comprármela -para entregármela el lunes, claro).
Y entonces me di cuenta de que quizás no les estoy dando buenos consejos. Quizás sea mejor ponerse delante del papel en blanco y dejar que fluya, que las palabras se vayan situando en la página sin ton ni son, sin saber a dónde nos llevan. Yo a veces funciono así, y otras tengo que tener el guión bien férreo en mi cabeza. Pero sí es cierto que, cuanto más claro lo tenga en mi mente, menos me apetece escribirlo, porque de alguna forma ya está ahí, ¿para qué escribirlo si ya sé cómo acaba? Escribo para mí, para deleitarme, para sorprenderme. ¿Qué sentido tiene saber todos los detalles? ¿No será mejor dejar que vayan apareciendo?
Mañana he reservado la segunda hora, esa en la que los niños van a música y yo tengo libre si ninguna compañera se pone enferma, para deleitarme con las historias de los peques. Ya os contaré si funcionó mi consejo o no. Creo que la mayoría van a tener como protagonista a Gollum...

Parecidos ¿razonables?



Según una página web que encuentra parecidos con famosos, estos cinco se parecen a mí (???). Hombre, me hace ilusión que me digan que puedo ser hermana de Tom Welling, con lo bueno que está el condenado, pero me da a mí que no nos van a confundir por la calle...

(Gracias, Juan Cosaco, por el link.)

En la biblioteca

Entro en la biblioteca todo lo silenciosamente que puedo y, como todos los días, la cremallera de mi abrigo golpea los estantes de metal, mi bolso hace temblar toda la hilera de sillas cuando lo dejo caer junto a mí y la cremallera del estuche parece un rugido de león en el silencio de la sala. Sólo hay dos personas más conmigo; los exámenes han acabado y nadie tiene ganas de empezar con el nuevo cuatrimestre, yo la que menos, pero si no lo hago me pillará el toro como siempre. Además, estudiar a Shakespeare no es estudiar, sino un placer.
Cuando por fin consigo sentarme sin que venga el encargado a echarme la bronca por ruidosa, me doy cuenta de que el chaval que tengo delante (¿se sigue siendo chaval pasados los treinta o tengo que empezar a decir hombre?) ha estado observándome y aparta la vista en cuanto yo levanto la mía. Me suena su cara, y por un segundo imagino que es de tanto verlo en la biblioteca. Pero no, no, no es que me suene, es que le conozco. Sé que he hablado con él, y en euskera además, lo que le sitúa en mi época tardía de instituto (cuando me empecé a dar cuenta de lo que significaba tener una lengua), pero no puedo ponerle un nombre. Da igual. Abro el libro y empiezo a leer lo que la crítica feminista opina de Richard II.
Pero no da igual, no puedo concentrarme hasta que no recuerde su nombre. Piensa, Ruth, piensa. Una anécdota, un sucedido, una frase. Y entonces viene a mí, como siempre vienen estas cosas, como si siempre hubieran estado en tu mente y sólo hubieran estado esperando que tú las reclamaras. Y le veo señalándome, riéndose de mí por el tamaño de mis gafas, lo pasado de moda de mi ropa, llamándome cosas que había olvidado que me llamaban, haciéndome burla desde el otro lado de la acera. Sigo sin recordar su nombre, pero le recuerdo a él. Vaya si le recuerdo.
Levanto de nuevo la vista. Él sigue con los ojos fijos en sus folios llenos de gráficos y números. Me muestra lo alto de la cabeza, todo inclinado sobre sus apuntes, y veo un repecho perfectamente redondo libre de pelo en plena coronilla. Sus entradas también son de juzgado de guardia, y no me extraña, vista la manera que tiene de tirarse de los pelos mientras estudia. Las gafas de culo de vaso, de pasta marrón y muy pasadas de moda (¿no son las mismas que llevaba hace casi veinte años?), no consiguen disimular ni las bolsas bajo los ojos ni la mirada cansada y algo desesperada. No me mira, pero sabe que yo le observo porque sus ojos no se mueven sobre el papel. Sonrío.
Recojo mi abrigo -de marca, comprado este año, aunque eso no importa-, me cuelgo el bolso al hombro -de marca también, y no lo compré en rebajas, aunque sigue sin importar-, cargo mis libros -de la carrera que estudio porque quiero, porque puedo, porque me gusta- y salgo de la sala con paso que sé elegante, tentada, pero que muy tentada, de darle una colleja en ese principio de calvicie en plena coronilla que le ha llegado antes de los treinta y cinco...


P.D: No me olvido. 21 de febrero:
-Bonito eclipse.
-Harry hablará castellano en apenas media hora.
-Happy birthday, Alan Rickman. I truly, madly, deeply hope you have a harry birthday and finish it off with a snowcake. Your die hard fan, Ruth.

¿Que significa?

(Kit-kat: ¿Alguien sabe por qué blogger no me deja poner tildes en el título? Que yo sólo quiero quitar las que no deben estar, no todas...)

¿Qué significa exactamente que España no reconozca Kosovo? Quiero decir, ¿en qué me afecta a mí y en qué les afecta a los kosovares? ¿Es que en España se va a enseñar Europa con un país menos? ¿Es que a los kosovares les importa?
Yo es que hay cosas que no entiendo, y por eso pregunto.

21 de febrero

Estoy deseando que llegue este día, es una bonita fecha:

-Sale a la venta en castellano "Harry Potter y las Reliquias de la Muerte".
-En la madrugada del 20 al 21 hay un eclipse lunar completo.
-Alan Rickman cumple sesenta y dos añazos.

Hasta la Luna se rige por el calendario potteriano...

C.A.P.A.T.O.


En todas las familias hay una oveja negra. Los Kennedy tienen a Swatchenagger (o como quiera que se escriba), los reyes al conde Lequio, los Pajares... Los Pajares son todos negros, pero no viene a cuento. En mi familia, la oveja negra es mi hermano.
Y no porque sea mala persona, que yo le quiero mucho y es un chaval muy majo y ahora es psicólogo y todo, pero es que no tiene ningún respeto por las normas ortográficas. Sí, ha quedado finalista en un concurso hace poco, pero aquí el muchacho se cree Juan Ramón Jiménez y no le da la gana escribir las cosas como mandan la RAE y el noventa y nueve por ciento de los hablantes del castellano-español. Si le corrijo una falta (que lo hago, y a menudo), él dice que no es una falta, que se está rebelando contra el sistema (no se lo voy a contar a mis alumnos porque la iba a llevar clara); igual que cuando le dices que lleva los cordones de la zapatilla sueltos. "No es que se me hayan soltado, es que no me los he atado". Porque no le da la gana. Es su manera de rebelarse (contra qué, no lo tengo tan claro).
Hoy le he dicho, por quincuagésima vez, que por favor deje de poner la tilde sobre la conjunción "o", que me duele solo verlo, que no puedo ni leer su blog porque me ataca cual daga toledana y me agujerea el iris de mala manera. Y él que no, que es su seña de identidad, que ninguna entidad le va a decir cómo tiene que escribir él si lleva toda la vida tildando la "o". Y ha creado una plataforma: P.A.T.Ó.: Plataforma de Apoyo a la Tilde en la Ó.
Así que yo he creado C.A.P.A.T.Ó: Campaña Anti Plataforma de Apoyo a la Tilde en la Ó. Os ruego que me apoyéis. Que le dejéis mensajes en el blog. Que le expliquéis que su hermana mayor, como siempre, tiene razón. Que "ambos dos" y "pienso de que" seguirán estando mal aunque lo digan miles de personas. Lo que está mal está mal. Por más campañas que hagas. Y punto.
Y por dios, Jon, átate las zapatillas de una PUTA vez...

Meme de San Valentin

Me endiña Maripuchi un meme de San Valentín, que consta de dos preguntas:

¿Qué te gustaría que te regalase tu pareja?

¿Qué le dirías al recibir este regalo?

Como mi pareja me conoce muy, pero que muy bien, si celebráramos este día me regalaría, seguro, material de dibujo, alguna novela o algún libro de poesía renacentista inglesa.
Y yo le diría, con esa voz aterciopelada y dulce que mis niños tan bien conocen: Muchas gracias, majo, ¡¡pero como te vuelvas a cagar fuera de la caja, voy a cambiar el guiso de conejo por gato a la cazuela!!

Ya sé que no se debe romper la cadena, pero hoy no paso el meme a nadie porque no me gusta esta fiesta y el día está ya casi acabado. Felicidades a todos aquellos que la celebráis.

Correo

Llegaba yo contenta a casa esta tarde, pero no tenía ni idea de lo que me estaba esperando. Viernes, final de exámenes -que encima me han salido bien-, Baskonia (txapeldun) en semifinales, parada en el supermercado para comprarme algún antojo de cena... El día perfecto, me decía, hoy por narices sólo pueden pasarme cosas buenas. Lo que no sabía yo era cuán buenas.
Llego al portal, miro el buzón y me encuentro con una carta de verdad, de esas con sello y dirección escrita a mano por una letra que reconozco como la de una de mis roommates/etxekide/compañera de piso (es que quería demostrar mi trilingüismo, del que algunos dudan) de King City. Qué será será, algún papel que ha llegado a mi nombre y necesita una rspuesta urgente, seguro. Abro el sobre mientras subo, y a la altura de la puerta del primer piso tengo que ahogar un grito porque me encuentro con esto:



Que, para el que no se haya dado cuenta, es un autógrafo de Hugh Grant, MI Hugh Grant, de su puño y letra y con la tinta un poco corrida (uy, el chiste completamente inapropiado que se me ocurre aquí). Corro escaleras arriba, abro la puerta como puedo, tiro todo lo que llevo en las manos y cojo una funda transparente, no vaya a ser que intoxique la foto con mi grasa corporal. Todo esto sin quitarme el abrigo, con la mochila a la espalda y el gato mirándome con el lomo arqueado. Hala, llega cualquier mindunguis de ojos azules y te olvidas de mí, parece decirme.
Y entonces me doy cuenta: Hugh Grant ha tocado esta foto. Dios mío, esta foto tiene su ADN. Seguro que si se lo llevo a uno de los del CSI son capaces de sacarme un rastro, por minúculo que sea, de Hugh Grant. Y entonces, si la ciencia adelanta un montón -pero que un montón, montón-, quizás en el futuro pueda fabricarme mi propio Hugh. Y, como éste será más joven, no tendrá patas de gallo, ni le partirán las arrugas la mejilla en dos cuando sonría, ni tendrá los ojos cada vez más caídos... Y, quién sabe, quizás a la copia no le ponga la reina de Inglaterra...
Lo he colgado en el corcho que tengo al lado del ordenador, lo que significa que poco voy a trabajar porque me estoy dedicando a babear como una tonta. Menos mal que he terminado los examenes...
(Dios, qué asco de teclado se me ha quedado.)

Bas-ko-nia!!



¡¡Traraláralaráralará!!



Empieza el espectáculo...

Diario

Madrugo como todas las mañanas, aunque no voy a trabajar; el Gobierno Vasco ha tenido a bien darme cinco días de permiso para hacer mis exámenes y con eso el señor Ibarretxe se ha asegurado mi voto en las próximas elecciones. Desayuno, doy de comer al gato, cargo con la mochila y me voy a la biblioteca. En casa es imposible estudiar: entre el gato, Internet y el frigorífico, no doy palo al agua.
Entro en la biblioteca a la misma hora que los niños. Curiosamente, como está al lado de la ikastola, les veo ir a clase: uno corre para no llegar tarde, la otra se bambolea con ritmo caribeño sin ninguna gana de llegar a tiempo (todas las excusas que me ha dado hasta ahora se han desvanecido en un instante). Cuatro o cinco horas de estudio silencioso, de recogimiento absoluto. Me concentro tanto, lo disfruto de tal manera, que se va la mañana mucho más rápido que si hubiera estado trabajando. Voy a casa a comer y vuelta al centro. Llega la hora de la verdad.
El examen es fácil y lo bordo. Salgo con un humor excelente, llego a casa y poco hago, estoy demasiado contenta. Como la asignatura de mañana es sencilla, decido ir a dibujo a pelearme con la tinta china en vez de quedarme sumergida entre libros. La profesora dice que mis dibujos parecen cubistas; es una forma como otra cualquiera de decirme que son una mierda, pero no me importa. Me lo paso pipa manchando el papel con agua sucia, aunque luego tire el resultado a la basura. La semana que viene, esa en la que no pienso acercarme a menos de cien metros de un libro, practicaré un poco.
Vuelvo a casa y miro el correo. Una de mis alumnas me ha escrito un email. La semana pasada, la bertsolari Oihane Perea, que nos da clase de bertsolaritza (y digo nos porque yo estoy aprendiendo un montón), presentó unos bertsos de los chavales a un concurso, dejándoles bien claro que era muy difícil que quedaran finalistas. La del email lo ha hecho, y se acaba de enterar. Tres en toda Vitoria y ella es una de ellos. Quería decírmelo cuanto antes, porque no voy a estar esta semana y la entrega de premios es el sábado. Yo hasta me emociono, así que ella tiene que estar como una moto. Le da mucha vergüenza cantar en público, me dice. Y al final, como postdata, "con la andereño nueva bien, pero contigo mejor". ¿Me iré a echar a llorar?
Ceno, enciendo la tele, me río con el Wyoming y me dejo comer el coco por lo primero que emiten. Y luego a la cama, que mañana hay que madrugar. Dan buen tiempo. Hace falta que llueva, pero no me avergüenza decir que me gusta el sol.
Buen mes, éste, febrero...

Desapego

Llevo casi dos años viviendo ininterrumpidamente en mi casa, más dos o tres meses discontinuos el año anterior, y todavía no les he visto la cara a todos mis vecinos. Conozco -de vista, no sé cómo se llaman- a los de abajo, los de al lado y los de arriba; tengo ojeadas un par de niñas que gritan como posesas por las escaleras todas las tardes sobre las siete y hay un vecino que tiene un perro del tamaño de un caballo en un piso de setenta metros cuadrados, pero el resto son sólo caras que me cruzo en la escalera y que pueden ser vecinos, amigos, novios o cobradores del gas. No sé cuándo entran, cuándo salen, en qué trabajan, a qué se dedican en su tiempo libre, a qué hora bajan la basura, a qué colegio llevan a sus hijos. Y ellos no tienen ni idea de quién soy yo. Si me pasara algo, se enterarían mis padres cuando al día siguiente no fuera a comer, pero mis vecinos no.
En el portal de mis padres, después de tantos años viviendo allí, conozco a todos por sus apellidos y por el piso en el que viven, pero cuando hablo de ellos me refiero a los vecinos en otros términos. Está el marino, el de la Telefónica, la del cuarto, el cristalero, la abuela de ese al que le di yo clase... Y, por supuesto, la cotilla. Todos los portales tienen una cotilla (menos el mío, parece ser, aunque sospecho de la de arriba). La de mis padres es la típica mujer que sabe perfectamente dónde fuiste ayer, a qué hora, por qué, con quién y, si me apuras, hasta si volverás. Es la primera persona a la que le preguntas si sabe dónde están tus llaves -porque seguro que lo sabe, aunque te las hayas dejado en casa-, la que sabe si el vecino del sexto estará en casa a las siete para hablarle de la mancha de humedad que ella ya sabe que te ha salido en el baño, la que sube corriendo a decirte que tu hermano está saliendo por televisión. Es la mujer que, si no sabe algo, te pregunta directamente. "Hace mucho que no veo a tu padre, ¿qué tal anda?", "tú ya has vuelto de las Américas, ¿no? Y a comer en casa de tus padres, ¿eh?" Vamos, es la memoria histórica de la escalera.
Hace unos meses, al vecino de al lado, un hombre ya mayor, le ingresaron en el hospital. Su mujer les comentó a mis padres que estaba bastante pachucho y que de momento no le dejaban volver a casa, que ella se pasaba el día en el hospital. Semanas más tarde, mi padre se la encontró en el ascensor y le preguntó por su marido. "Murió hace un mes". Ni nos habíamos enterado.
Estas Navidades, mi madre me comentó que le daba pena la vecina, que no tenía familia y no sabía con quién iba a pasar las fiestas. El día antes de Nochebuena, subí a casa de mis padres por la escalera para ir quemando lo que sabía que iba a engullir en los próximos días y vi a "la cotilla" hablando con su nieto en la puerta de su casa, que llevaba una bandeja con lo que parecían pastas. "Es la puerta de la derecha. Dile que mañana sobre las nueve, y le das un beso". El crío subió pitando y ella se quedó en la puerta escuchando la conversación.
Ahora, el marino sigue siendo el marino, el de la Telefónica trabajará allí toda su vida aunque se jubile o cambie de trabajo, y el cristalero no puede tener otro nombre. Pero "la cotilla" ya no existe. Ahora decimos la del cuarto o la llamamos por su nombre. Y no nos importa pararnos y contarle nuestra vida en verso.

Cameron Diaz y una ultima voluntad


Vaya por delante que esta chica no me cae demasiado bien. Me da la impresión de que tiene la cabeza llena de pájaros y que es más tonta en persona que los personajes que suele encarnar. Pero ayer leí una noticia que hizo que se me cayera la boca hasta el suelo y no puedo menos que sentirme mal por ella.
Un niño enfermo de leucemia que sabe que morirá pronto ha pedido una mamada de la actriz como última voluntad. Cameron se ha negado y los padres la están poniendo, irónicamente, de puta para arriba. Que no piden tanto. Que es una creída y una desalmada. Que no le cuesta nada.
¿Soy yo la única que piensa que los padres están equivocados? ¿A alguien más le parece una barrabasada que se pida algo así? Además, si al niño le va a dar igual que se la haga Cameron Díaz que una prostituta de pago, ¡si no le va a ver la cara! Porque estoy segura de que si le llega a pedir una cena romántica o ir a visitarla a un set de rodaje, ella habría dicho que sí. ¿¡Pero una mamada!? ¿Acaso mi corazón está atrofiado por sentirme mal por Cameron Diaz?
Y la cosa es que miro la foto del chaval y le veo tal cara de vicioso asqueroso, que hasta por un momento se me olvida lo que está pasando el pobre...

Sociedad cambiante

Llevo sintiéndome pesimista un par de semanas. Poner la tele me aterra; oír despotricar a los curas me deprime; que un hombre que mató a un chaval tenga los santos cojones de pedir dinero a la familia del crío, me cabrea. Y, sobre todo, me acojona sobre manera que el PP pueda ganar las elecciones. Porque, por más que las encuestas digan lo contrario, tal y como está la sociedad de revuelta veo la posiblidad. Y yo no quiero que Rajoy me mande.
Hoy hemos hecho la fiesta de carnavales en la ikastola, y me he animado un poco. No porque haya sido especialmente divertida -que lo ha sido, pero más agotadora que otra cosa-, sino porque he visto un par de luces de esperanza en los disfraces y la temática de las obras de los chavales. De primero a cuarto, los temas han sido los típicos: payasos, piratas, gatos y demonios, muy salados, bailando con sus andereños. Los de quinto y sexto tenían temática propia, currada por ellos, con las profesoras a un margen (menos yo, que tengo que ser siempre la prota de todos los saraos; es que yo iba para actriz, pero como no daba el físico me metí maestra).
Unos han hecho de gamberros que ensucian la calle y la policía que les persigue. Otros, el choque cultural entre unos grafiteros y unos abuelos saliendo de misa que se enfrentan a ellos hasta que se dan cuenta de que el grafiti era una preciosa pintada sobre la naturaleza. Por supuesto, no han faltado los estereotipos, como los jugadores de hockey -todos chicos- y sus animadoras -todas chicas-, o el desfile de modelos en el que, al menos, las que mejor lo hacían eran las feas (porque me lo han dicho ellas, que yo no las he distinguido). Después de la banda de roqueros de la que no he visto nada, hemos ido nosotros. Y hemos sido los mejores, por supuesto.
Un grupo de varios matrimonios se reúne en una taberna del Gasteiz del siglo doce. El monje, borracho perdido, bendice a todos (ego te absolvo in nomine pater, et fili, et... cétera), los borrachos piden más vino y los hombres coquetean y alardean de su bravura con las camareras, que pasan de ellos por ridículos y prefieren atender a sus mujeres, que les miran de lejos y discuten sobre cuál de ellos es más tonto. Una banda de ladrones y ladronas ataca la taberna y roba el dinero de todos. Intentan secuestrar a las mujeres, pero ellas se defienden estilo Mátrix y terminan llevándose a los hombres, que lloran como niños pequeños. Las mujeres, acompañadas por las camareras, van a recuperar su dinero y, de paso y de mala gana, a rescatar a sus maridos (los borrachos y el monje se ofrecen a ir, pero después de acabarse la última jarra de cerveza). Al volver a la taberna, los hombres se dedican a limpiar y las mujeres a beber y celebrar su hazaña. El monje... El monje grita un amén coreado por todos y cae rendido al suelo.
Jamás habría podido hacer algo así en Estados Unidos, es demasiado políticamente incorrecta. ¿Fomentar el alcoholismo? ¿Meterse con la religión? ¿Violencia? No, no, no... Baile casto y puro, con una canción que no diga tacos y sin mover mucho el culo, gracias. Todos los padres que han ido a ver la obra han dicho lo estupenda y fantástica que ha sido y lo mucho que se han reído. Y entonces me he dado cuenta de que es imposible que gane Rajoy, y que, aunque ganara, no podría cambiar todo lo que algunos estamos avanzando, mal que les pese a otros.

(El año que viene voy a vestirlos a la mitad de la clase de Rajoy, Zaplana, Esperanza Aguirre y Acebes; la otra mitad será del PSOE y les dará pal pelo. Me da a mí que esa obra no iba a gustar tanto...)