De la imposibilidad de leer todo lo que quiero



Esta foto la saqué en julio, después de una semana en la que lo único que se me antojaba eran libros y en la que no me hicieron hija predilecta de ninguna librería, lo que me cabrea bastante, la verdad, porque yo sola levanto al menos el uno por ciento del mercado editorial. En la foto hay unos treinta libros, creo, todos ellos por leer (quería darme el atracón en verano; siempre he comido con los ojos, creo que me liquidé tres). La última vez que conté mi sección de "no leídos", hace dos semanas, había unos treinta y tres. Si a eso le sumamos los que tengo en formato pdf, son unos cuarenta. Y hoy he vuelto a casa con otro.

Ya sé que lo he dicho antes, pero de vez en cuando la realidad me golpea en la cara y me doy cuenta de lo de siempre: nunca voy a ser capaz de leer todo lo que quiero. El mayor problema es que me gusta todo. No es que me guste cualquier libro, por suerte voy haciendo gusto literario y he empezado a seleccionar (qué sería de mí si no, por dios), pero me gustan todos los temas, no solo los libros de ficción. Filosofía, lingüística, teoría literaria (¿cómo he podido sobrevivir hasta ahora sin Foucault, por dios, cómo?), pedagogía, clásicos en inglés, clásicos en español, clásicos alemanes traducidos a inglés o español... Y, como no tenía bastante con eso, ahora me ha dado por leer en euskera, idioma que domino pero en el que no leo (algún trauma de la infancia, me temo, vaya coñazos nos hacían leer), y me he apuntado a un club de lectura, con lo que he conseguido añadir "autores vascos que escriben en euskera" a mi lista de "tengo que leer". Teniendo en cuenta que leo bastante despacio y que caen una media de treinta libros al año (que no sé si son muchos o pocos, son los que son, aunque según un artículo que leí la semana pasada no soy ni lectora ocasional), comprenderéis que no doy abasto.

Y me encanta. Me encanta saber que, cuando acabe ese pedazo de libro que tengo entre manos (El Rey Lear ahora mismo, otra vez, pero desde la perspectiva deconstruccionista, o sea que parece otro), aún me quedan millones más a los que echarle el diente. Saber que Jeffrey Eugenides tiene un nuevo libro, que aún no he leído nada de Shalman Rushdie, que me quedan todas las mujeres de la literatura inglesa del siglo diecinueve, que la literatura vasca está más viva que nunca y hay joyas escondidas e intraducibles que tengo la fortuna de poder entender... No sé si eso me convierte en pedante (seguramente), gafapasta (más quisiera yo, después de ver lo que vi el jueves en el club de lectura no llego ni a gafa de metal) o simplemente gilipollas, pero me entusiasma que el ser humano haya llenado el mundo de tanta belleza y que toda ella esté a mi alcance. Bueno, toda no, la que me dé tiempo a leer en una vida. Hasta que golpee el alzeimer o me quede ciega.

Basta. Me voy a leer.

Fragmento III

Cuando Alan entró en clase se topó con un grupo de alumnos y alumnas reunidos alrededor de una mesa que se disolvió en cuanto le vieron entrar. Algunos de ellos se apresuraron a guardar un papel en el bolsillo de sus pantalones o en la mochila antes de sentarse a la mesa; las chicas le miraban y soltaban risitas mal disimuladas mientras sacaban el material de literatura. Alan se detuvo antes de llegar a su mesa frente a la clase.

-¿Todo bien? -dijo. La clase soltó un murmullo de asentimiento entre sonrisas y guiños-. Vale. Espero que lo que estéis tramando pueda esperar hasta después de clase.

Risas. Alan sonrió, sacudió la cabeza y se giró a la pizarra. Pulsó una tecla del ordenador y mostró un castillo en penumbra.
-Ya dijimos el otro día que la época del romanticismo fue una de las que menos duró, pero quizás la que más perduró. No sé si ese concepto ha quedado claro. ¿Alguien se atreve a explicarlo?

-Significa que estuvo poco de moda en su tiempo, pero que tuvo mucha influencia después -dijo una chica en la primera fila.
-Exacto, muy bien. El romanticismo recuperó los mitos y las leyendas del pasado, trataba de regresar a una época donde todo era más sencillo, más idílico. Castillos, princesas, encantamientos, cuentos de miedo… Nada es real, porque la realidad no es bonita, no gusta. E incluso cuando el autor o autora habla del presente, lo pinta de color de rosa. Pensad en Jane Austen. Sí, habla de su vida y de su clase social, pero ¿de verdad creéis que todas las historias de amor de la época terminaban así de bien?

Alan hizo una pausa y proyectó en la pizarra una foto de la campiña inglesa.

-El romanticismo fue un fenómeno global. Ahora estamos muy acostumbrados a esa palabra, pero pensad que os estoy hablando de hace más de doscientos años, cuando no había internet y viajar entre continentes costaba más de una semana. Aún así, el mundo occidental al completo se sumergió en el romanticismo, con mínimas diferencias. Incluso los realistas que vinieron después utilizaron la herencia del romanticismo en sus obras, aunque fuera para burlarse de él. Y, muchos años después de que el movimiento dejara de estar de moda, todavía encontramos obras románticas.

La foto del monstruo de Frankenstein inundó de nuevo la pantalla.

-¿A alguien se le ocurre otro monstruo famoso que llegó más de cincuenta años después que éste?

Alan escrutó las caras de los adolescentes frente a él. Algunos tenían el ceño fruncido en señal de concentración, otros evitaban mirar al frente, no fuera que les llamara a ellos. Los menos, apenas dos o tres, parecían dormitar en sus pupitres. Entre las caras conocidas, un rostro desconocido le llamó la atención. Le señaló con el dedo.

-Vaya, si tenemos un chico nuevo -dijo-. Perdona, ¿cómo te llamas?

El chico, de tez oscura y aspecto asiático, se hundió en la silla cuando Alan se dirigió a él, los ojos negros abiertos en expresión de susto. Alan sonrió.

-Tranquilo, no muerdo. Me han avisado esta mañana de que llegabas, pero se me ha ido de la cabeza y me he dejado tu ficha en el despacho. ¿Cómo te llamas?

Pero el chico no contestaba. Alan frunció el ceño.

-De verdad, no es tan difícil. No es pregunta para nota. Tu nombre. Solo necesito tu nombre -Él seguía mudo, cada vez más hundido en la silla-. ¿Hola? ¿Hay alguien hay? ¿Te ha comido la lengua el gato? En serio, no te va a pasar nada, no hay error posible. A no ser que me des un nombre que no es el tuyo, claro. ¿Me estás escuchando?

David levantó la mano tímidamente.

-Señor Peterson, creo que no habla inglés. Es de Paquistán, me parece.

Alan cerró los ojos un segundo. Cuando los volvió a abrir, puso los brazos en cruz.

-Os doy permiso para que me tiréis lo que más a mano tengáis, por capullo.

Una lluvia de lápices y gomas de borrar le golpeó suavemente, entre las carcajadas de todos. Se giró a su ordenador y buscó un traductor de urdu y otro de punjabi. Toda la clase pudo leer en la pizarra: “Perdona. Me llamo señor Peterson. ¿Cómo te llamas?”, y la traducción al urdu que solo el chico nuevo entendió. Éste sonrió y se sentó erguido en su silla.

-Munib -dijo, con voz potente. La clase aplaudió. Alan siguió escribiendo: “Encantado de conocerte. Hablamos después de clase”. A lo que Munib contestó con una sonrisa y un enérgico cabeceo. Alan lanzó un suspiro de alivio. La clase rió.

-Ha estado usted a punto de perder el primer puesto, señor Peterson -dijo alguien desde el centro de la clase.

-¿El primer puesto de qué?

Pero todos sonrieron y nadie quiso contestarle. Alan sacudió la cabeza y volvió a su presentación. El monstruo de Frankenstein desapareció para dar paso a Dracula.

-Dracula, de Bram Stoker. ¿Os suena?

-Ah, sí -dijo una chica al fondo de la clase-. Ese es como lo de “Crepúsculo”, pero en feo, ¿no?

Alan se quedó inmóvil, cerró los ojos y se llevó la mano al pecho.

-La próxima vez que intentes matarme -dijo al fin-, utiliza una pistola. Será más rápido y menos cruel.

Solo la mitad de la clase rió. La otra parecía confusa.

Joni Mitchell

No soy melómana. No soy una gran experta en música. Así como en literatura tengo una ligera idea de qué es bueno y qué no (aunque vaya usted a saber, porque esto es muy subjetivo), en la música me dejo guiar más por el instinto que por la cabeza, y más por mi estado de ánimo que por lo que dicen los críticos. Durante cinco años tuve la suerte de compartir piso con una persona que sí sabía de música, y, aunque en aquel momento yo me agarraba a lo que sonaba en la radio y defendía la "comercialidad", parece ser que algo se me pegó, porque hoy en día no puedo con la música que suena en Los 40 o cualquier otra emisora de esa índole de las que tanto abundan. Esta semana me ha dado por Nick Drake. No sé si eso es bueno o malo.

Relaciono las canciones con momentos y estados de ánimo. Me gustan las letras en inglés, y me gusta descubrir el significado de esas letras. A veces pillo solo una frase que destaca y pongo atención al resto; otras veces me arrepiento de haberle buscado significado, porque ya no puedo disfrutar de la melodía si sé que lo que dice son chorradas. Hoy me ha pasado lo primero con Joni Mitchell. "Both Sides, Now" lleva en mi ipod años, más o menos desde que Emma Thompson me hizo llorar porque el capullo de Alan Rickman (¡ay!) planeaba ponerle los cuernos en "Love Actually". Siempre me han gustado la melodía y la voz de esta mujer a la que no conocía antes de ver la película, pero hoy además he buscado la letra. Y se me han puesto los pelos como escarpias cuando me he encontrado con el sentido de la vida -o la falta de él- resumido en una canción de cinco minutos. Igual soy muy simple. Igual estoy hoy especialmente sensible, o igual la canción es genial. De cualquier manera, ahí os la dejo, con la letra debajo. Siento no traducirla. Hay cosas que se entienden en cualquier idioma.




Bows and flows of angel hair and ice cream castles in the air
And feather canyons everywhere, I've looked at clouds that way.
But now they only block the sun, they rain and snow on everyone.
So many things I would have done but clouds got in my way.

I've looked at clouds from both sides now,
From up and down, and still somehow
It's cloud illusions I recall.
I really don't know clouds at all.

Moons and Junes and Ferris wheels, the dizzy dancing way that you feel
As every fairy tale comes real; I've looked at love that way.
But now it's just another show, and you leave 'em laughing when you go
And if you care, don't let them know, don't give yourself away.

I've looked at love from both sides now,
From give and take, and still somehow
It's love's illusions that I recall.
I really don't know love at all.
I really don't know love at all.

Tears and fears and feeling proud to say "I love you" right out loud,
Dreams and schemes and circus crowds, I've looked at life that way.
But now old friends are acting strange, and they shake their heads,
and they tell me that I've changed.
Something's lost but something's gained in living every day.

I've looked at life from both sides now,
From win and lose, and still somehow
It's life's illusions I recall.
I really don't know life at all.

¿Edad mental? Cinco y el cambio, gracias

Los conceptos de tiempo y espacio me han resultado siempre muy complejos, o, más que complejos, flexibles. Para mí, si algo ha ocurrido en un lugar, no importa cuándo, ese lugar guardará siempre ese suceso, y las personas que lo visiten en años venideros -aunque sea siglos después- formarán parte de ese trozo de historia. Visitar monumentos históricos tiene algo de mágico, de unión con las energías que otra gente ha dejado en esos lugares, y aunque sé que es autosugestión, se me ponen los pelos de punta cuando piso según qué suelos, como la catedral de Canterbury, por ejemplo. Qué coño, para qué irme tan lejos: en Vitoria mismo, cuando paso por delante de la Casa del Cordón, siempre pienso "joder, por aquí paseo Juana la Loca y vivió el papa Nosecuantos durante meses. Coño. Qué pasada".

Hasta ahí se me podría considerar un poco rarita, pero no más que los millones y millones de personas que hacen "turismo histórico" y se pasan quince días sacando fotos a las piedras. Mi problema es que no me hace falta que el suceso ocurrido en ese lugar sea histórico per se. Lo de histórico, en realidad, es una etiqueta que le han puesto unos pocos eruditos a unos momentos concretos de la humanidad, pero que en realidad solo importaron a la clase dominante de una sociedad patriarcal y, si lo analizamos desde la perspectiva del Nuevo Historicismo, resulta que...

Qué hostias. Que a mí lo que me mola es pisar suelo que han pisado los famosos. O donde se rodaron películas que he visto.

Cuando vivía en California, me volvía medio loca. Por las cuestas de San Francisco no hacía más que acordarme de las persecuciones de coches de esa película tan famosa que nunca he sabido como se llama, con ese actor rubio de cuyo nombre tampoco me acuerdo. Más al sur, en Santa Barbara, andaba con mil ojos, no fuera a ser que apareciera Brad Pitt comprando el pan. No, os engaño; lo que de verdad me emocionaba era pensar "dios mío, puedo estar pisando una baldosa que ha sido pisada por Brad Pitt". Y eso que me cae como una patada en el culo, pero el tío es quien es. Lo que ya clamaba al cielo y hacía que una amiga mía se descojonara de mí (y con razón), eran mis paseos por la zona de Belgravia, en Londres, buscando la casa donde "vivía" el protagonista de una serie de novelas que me encantan. Protagonista ficticio, por supuesto, pero la calle existe (Eton Square, para quien quiera pasar por ahí; preguntad por Thomas Linley, inspector de Scotland Yard. Quién sabe, igual alguien os da razón).

Eso en lo que respecta al espacio. Porque ahora, con la llegada de las redes sociales y sobre todo de Twitter, lo que me fascina es la flexibilidad (o quizás quiera decir constancia, o relatividad, no lo sé, soy de letras, qué pasa, Einstein se equivocó) del tiempo.

Soy de las que siguen a famosos (en la red, no en persona), eso ya lo sabéis. Les escribo tweets de vez en cuando, a algunos más que a otros; a veces es para mostrar mi apoyo (como cuando Sean Maher salió del armario), otras para dar mi opinión sobre la serie en la que trabajan (a Shonda Rhymes la tengo frita con Anatomía de Grey y Sin Cita Previa) y las más porque me hacen gracia sus tweets, o algo me hace acordarme de ellos. Les escribo, toda cool y guay, con mi parte más lógica y cuerda convencida de que ni siquiera lo van a leer y mi subconsciente dando grititos de adolescente y mirando Twitter cada cinco minutos, por si han contestado. Por supuesto, entre los miles de tweets al minuto que esta gente recibe, los míos pasan desapercibidos y nunca contestan.

Hasta que contestan.



Y entonces pego unos saltos y doy unos gritos que me oyen hasta en Chicago.



Porque si hay algo más excitante que pisar por las mismas baldosas que ha podido o no pisar Brad Pitt es saber que, al otro lado del océano, en otra zona horaria, alguien a quien solo conoces de vista (o de nombre, porque a Shonda Rhymes no la he visto en mi vida) ha leído algo que has escrito tú hace equis minutos, se ha tomado el tiempo y la molestia de contestarte y te ha llegado al otro lado del océano, de donde salió el mensaje original para empezar. Y sé que es una chorrada, que ni siquiera se han quedado con mi nick, que al segundo de darle al "send" se han olvidado de lo que han puesto... Pero a mí me han alegrado el día, la semana y el mes. Y, en el caso del tweet de Alan Tudyk (que levante la mano quien alguna vez haya oído hablar de este hombre; sí, utilizo el término "famoso" con generosidad, pero seguro que os puedo nombrar tres películas donde sale él que habéis visto; otro día), en el caso de Alan Tudyk creo que todavía me dura el subidón de su respuesta de seis palabras, que releo día sí y día también. Esto fue hace como tres meses. Sí, una es así de fatua. Qué le vamos a hacer.

-¿Edad?
-Cinco. Y medio.

(Lo que me hace pensar en cuántas pequeñas cosas haremos el resto de los mortales todos los días que alegrarán la vida a alguien sin que nosotros seamos conscientes de ello.)

Fragmento (más de Alan)

Faltaban quince minutos para que empezara la primera sesión del día y Alan aprovechaba para leer las redacciones sobre The Raven que le habían entregado sus alumnos. En la pila que tenía frente a él había un poco de todo, desde pulcros ensayos mecanografiados con portada incluída (uno de ellos tenía incluso el dibujo de un cuervo hecho a carboncillo) hasta legajos de papel manuscritos con manchones de algo que lo mismo podía ser ketchup que sangre. Alan leía con absoluta concentración, las manos libres de bolígrafos, el cuaderno de notas guardado en el cajón.

“A mí ma gustao mucho el poema”, leyó. “Ma dao algo de miedo a ratos, porque acojona un poco que un pajarraco tan feo te diga siempre lo mismo y no se balla. Pero pa mí que la culpa es del tío que le abla también, porque le podía aver preguntao otras cosas en vez de lo mismo tol rato. Podía aver preguntao si le ivan a pasar más cosas malas en la vida pa quel pajarraco le digera que nunca más, por ejemplo. Aunque supongo que no podía, porque creo que estava deprimido. Cuando mi ermano murió mi madre tanvien se deprimió y solo ablaba de mi ermano y de que le echaba de menos y de que quería morirse, y eso que nos lo decía a mi padre y a mí, que intentábamos ponerla contenta con música y comida y eso, no le decíamos “nunca más”. Pero cuando algien muere solo puedes pensar en que se a muerto y que nunca lo berás otra vez, y por eso el pajarraco decía “nunca más”. Yo creo que ni siquiera decía “nunca más”, que igual decía otra cosa pero el tío solo oía “nunca más”. Porque estaba deprimido, y eso”.

Alan se echó atrás en la silla, sacudió la cabeza y dejó escapar un suspiro. Jenkins, que trabajaba en la mesa de al lado tachando líneas enteras con su boli rojo, levantó la vista.

-Tan malo, ¿eh?

-No, qué va. Es cojonudo, de lo mejorcito que he leído. Aunque creo que se ha cargado todas las normas ortográficas inventadas en los últimos dos mil años.

-Yo no sé qué hostias les enseñan en primaria. No hay manera de que pongan una hache en su sitio. Luego llegan aquí y hala, soluciona la papeleta antes de que tengan que escribir su ensayo para la universidad. Así va el país, lleno de analfabetos que no valen más que para recoger patatas…

Alan miró a Jenkins, abrió la boca, pero se lo pensó mejor y la volvió a cerrar, sacudiendo la cabeza. Cogió el boli verde con el que comentaba sus redacciones y se detuvo. Después de pensar unos segundos, apuntó al final del papel:

“Has entendido el poema mejor que muchos críticos que se ganan la vida con esto. He disfrutado con tu redacción. Déjate guiar siempre por tus experiencias, como has hecho aquí, entenderás la literatura mucho mejor. Un diez bien merecido.
P.D: La próxima vez usa un ordenador y dale al corrector ortográfico. Tienes varios en la biblioteca, o habla conmigo y usa el de mi despacho”.

El guardián entre el centeno

El guardián entre el centeno es uno de esos libros que no importa cuántas veces leas, siempre encuentras algo nuevo en él. A pesar de que el protagonista es un chaval de dieciséis años interno en un colegio de Nueva York, cualquier persona, adolescente o adulta, hombre o mujer, europeo, americano o asiático, puede encontrar algo que le emocione en este libro. Lo estoy leyendo de nuevo, marcando las páginas que me gustan mediante el viejo método de doblar la esquinita, y os puedo decir que hay más páginas marcadas que sin marcar. He llorado -de nuevo- con la parte en la que habla de cómo reaccionó cuando murió su hermano. Se me han puesto los pelos como escarpias -otra vez- en el trozo en el que besa a Jane "en toda la cara, menos en la boca" al sospechar que el novio de su madre abusa de ella. La imagen de Holden Caulfield, con su gorro de caza rojo, paseando por Nueva York y preguntando a taxistas a dónde van los patos del lago cuando el agua se congela en invierno, está grabada a fuego en mi subconsciente literario. No hace mucho alguien me dijo que había leído el libro y que no le había parecido para tanto. No le entendí. No le entenderé en la vida.
No sé nada de JD Salinger. No sé nada de su vida, ni si fue buena persona, ni si trató bien a su familia. No me importa. No quiero saberlo. Porque soy de esas personas que, si saben que el autor es tal o cual, ya no leo su obra, o deja de gustarme. Y este libro es uno de mis favoritos, de esos que leería una y otra y otra vez, así que no quiero cagarla encontrándome que Salinger era partidario de los nazis o que violó a una mujer en su juventud. Fijaos si me gusta este libro, que lo prefiero a la serie de Harry Potter. Sí, lo he dicho. Y está en internet, así que no lo puedo retirar.
Os dejo una joyita que he encontrado en Youtube y que fue lo que me animó a leer otra vez el libro. Que sepáis que este hombre es mi alter-ego, yo quiero ser él cuando me reencarne en hombre blanco estadounidense; de momento, me conformo con seguirle en youtube y pretender ser tan "nerd" como él. Que no lo soy. Ni de coña.
(Por cierto, mi edición del libro es la misma que la suya. Cosas tan nimias como esa me hacen una ilusión terrible.)





Fragmento


(...) Alan mostró la ilustración de una ciudad con calles empedradas y carteles en inglés. Era de noche y resultaba algo tenebrosa.

-¿Dónde diríais que es esto?

-Estados Unidos.

-Bien. ¿Reciente?

La clase negó con la cabeza, pero nadie habló.

-¿Qué siglo calculáis? -Silencio. Alan les dio unos segundos, pero nadie contestó-. ¿Quince? ¿Trece? ¿Antes de Cristo?

-¿Dieciocho? -dijo la tímida voz de una chica en primera fila.

-Por ejemplo. Es un poco más tardío, del diecinueve, pero muy bien. ¿Alguien se atreve a decir qué ciudad es?

Nadie contestó.

-Boston. El Boston de principios del diecinueve. Y si alguien es capaz de decirme por qué el Boston del siglo diecinueve es importante en literatura, os tiro cacahuetes.

-¿Allí nació Charles Dickens?

Alan apuntó al chico que acababa de hablar con el dedo y lo sacudió lentamente, la vista fija en la pizarra digital.

-Charles Dickens, nacido en Boston. Ostras. Todos su biógrafos acaban de sufrir un aneurisma. Y algunos llevan cien años muertos -Carcajada general-. Pero has acertado con el siglo, así que te mereces por lo menos la peladura de un cacahuete. ¿Alguien más se atreve?

Nadie habló. Alan pulsó una tecla del ordenador y el daguerrotipo de Edgar Allan Poe llenó la pantalla.

-¿Sabéis quién es este? -No hubo respuesta. Alan no pareció sorprendido-. No me vais a creer, pero es uno de los guionistas de Los Simpson.

Nuevas carcajadas. Alan asintió con la cabeza y pidió silencio con las manos, una sonrisa bailando en su cara.

-Si os digo Edgar Allan Poe, ¿a qué os suena?

-A coñazo -murmuró alguien; la clase rió por lo bajo y miró a Alan, que entrecerró los ojos sin dejar de sonreír.

-Eso me dice que no habéis leído nunca a Poe -dijo. Otra imagen inundó la pantalla: una figura envuelta en un sudario, sin rostro, con un reloj al fondo que marcaba la media noche, todo rodeado de un brillante color rojo. Algunos chicos y chicas alzaron las cejas y sonrieron; un par de ellos miraron confusos a la pizarra-. Algunos críticos dicen que Poe fue el inventor de las historias de terror. Yo no diría tanto como inventor, pero que las borda es cierto. Por no hablar de sus misterios y sus detectives aficionados, esos sí que fueron los primeros de la historia. ¿Qué habría sido de Colombo sin Poe?

-¿Quién?

-Nadie, déjalo -Alan se pasó la mano por la cabeza, atusando su mata de pelo rubio, y sonrió para sí-. Poe descubrió la ciencia ficción, por decirlo así. Sin él no hubiéramos tenido escritores que vinieron luego y se basaron en lo que él ya había escrito, lo que significa que hoy en día no tendríamos historias como La Guerra de las Galaxias, o incluso El Señor de los Anillos.

-Vaya, qué pena -murmuró con sarcasmo una chica en la primera fila; varias personas, entre ellas Alan, la abuchearon.

-También era poeta -continuó-, y aquí es donde entran en juego Los Simpson. ¿Os suena “The Raven”?

La clase negó con la cabeza. Alan cogió un papel y leyó para la clase, con voz pausada y profunda:

Once upon a midnight dreary, while I pondered, weak and weary,

Over many a quaint and curious volume of forgotten lore,

While I nodded, nearly napping, suddenly there came a tapping,

As of some one gently rapping, rapping at my chamber door.

“ ‘Tis some visiter,” I muttered, “tapping at my chamber door —

Only this, and nothing more.”

Leyó un par de estrofas más y terminó el texto con un sonido que parecía un gemido. Al levantar la vista, vio a varios alumnos inclinados hacia delante en sus sillas, el resto expectante. Alan dejó el papel en la mesa y ocultó una sonrisa. Se puso serio antes de volverse de nuevo a la clase, pero había algo en su mirada que dejaba bien claro que se estaba riendo por dentro. Habló despacio, en un tono bajo y profundo. La clase estaba en completo silencio mientras él paseaba entre las filas de pupitres, la mirada fija en un punto indistinto.

-Imaginaos en casa, de noche, descansando en vuestra habitación, pensando en vuestras cosas. Quizás os estéis acordando de esa chica con la que acabáis de estar, o de ese chico que tanto os gusta -sonrisas, codazos, risas ahogadas-. Puede que os hayan partido el corazón. Puede que hayáis perdido algo que apreciáis mucho. De repente, por la ventana abierta se cuela un ave. No un ave cualquiera, no un gorrión o un canario, sino el ave de mal agüero por excelencia: un cuervo. ¿Sabíais que los cuervos pueden reproducir sonidos? Algo así como los loros, pero en macabro. Y este cuervo que se os ha colado solo sabe decir “nunca más”. Nunca más. Empezáis a preguntarle cosas, y a todo os dice “nunca más”. ¿Ganaremos el campeonato de fútbol? Nunca más. ¿Se me quitará el grano de la nariz? Nunca más. ¿Me llamará? Nunca más. Así, hasta la eternidad -Alan se detuvo al frente de la clase y bajó aún más la voz-. Porque ese cuervo, ese cuervo que no estaba ahí hace diez minutos, es mucho más que un cuervo. Es vuestra conciencia, vuestro pesimismo, vuestro lado más oscuro. Y no saldrá de vuestra habitación. Ya no se irá jamás. No os dejará nunca. Nunca más.

Guardó silencio. La clase estaba inmóvil. De repente, Alan dio una palmada que les hizo saltar a todos en sus asientos. Algunos rieron, otros se dejaron resbalar en la silla y cambiaron rápido el gesto, poniendo cara de aburrimiento. El profesor se giró a su ordenador.

-Y con la clase de hoy doy por empezado el ciclo del Romanticismo, que, como iréis viendo paulatinamente, tiene poco que ver con la palabra romanticismo como la entendemos hoy día. Deberes: vais a leeros el poema “The Raven” y el cuento “The Mask of the Red Death” que os he mandado por email. Subrayad vuestras partes favoritas y buscad el vocabulario que no entendáis, no seáis vagos. Y antes de que os marchéis, y para que veáis que no miento, he aquí el capítulo de Los Simpson escrito por Poe.

Alan apretó una tecla y Bart y Lisa Simpson aparecieron en la pantalla interpretando el poema de Poe. Cuando terminó, al mismo tiempo que sonaba el timbre del final de la hora, la clase aplaudió. (...)


Cotilleos modernos

Me encanta Twitter. Estoy enganchadísima. Me chifla lo de poner un hashtag sobre un tema y ver todo lo que los demás han escrito sobre eso. Y, para qué negarlo, me encanta la proximidad que me da con los actores y actrices que me gustan, porque nunca logré superar que Kirk Cameron no me contestara. Una se entera de un montón de cosas en Twitter que de otro modo no sabría. Y mi vida no cambiaría lo más mínimo, pero a una le hace ilusión tener conocimientos inútiles, qué le vamos a hacer. En las últimas semanas, han pasado varias cosas:

  • Por fin han derrogado la norma del "Don't ask, don't tell" en el ejército de USA #goodforobama.
  • Otro preso, probablemente inocente y ciertamente negro, ha sido asesinado en nombre de la "justicia" #obamasucks.
  • Sean Maher, actor de Firefly y The Playboy Club, ha salido del armario #goodforsean #ittookyoulongenough #hadntyoudonethatalready #iknewit.
  • El bullying contra los adolescentes gays sigue causando suicidios #noh8 #stopthebullying #RIPJayme
  • Santiago Segura se levantó ayer con el oído taponado #porcomentar
  • Molly Quinn (Alexis en Castle) es pelirroja natural #yamiquecoñomeimporta
  • Feminist Frequency mola mazo y hace unos vídeos muy interesantes #soyfeministayamuchahonra
  • Jim Carrey es un pesado y he tenido que dejar de seguirle #coñazoconelboingleñe
  • Dejé de seguir a Ashton Kutcher y a Demi Moore y ahora empiezan a poner cosas "interesantes" #defineinteresante #anunciatudivorcioentwitter
Esto de las nuevas tecnologías está llevando la revista del corazón a la ruina, me temo.

Quince años en esto y aún se me cae la baba

L. está que no cabe en sí de gozo porque ha tenido una hermanita. Ha traído la foto a la ikastola, y la andereño se ha encargado de ponerla en un lugar muy visible para que todos la admiren. Curiosamente, L. es el rey por esta situación, en vez de quedar relegado al hermano mayor que ya lleva cinco años chupando cámara. La sonrisa no le cabe en la cara. Cuando llegue a casa se va a comer a su hermana de un bocado.

Los pitufos de primero subieron ayer a la clase de inglés por primera vez. Llegar al segundo piso del edificio fue todo un acontecimiento; aunque es exactamente igual que el primero, todo les parecía distinto. La clase de inglés, una sala diminuta en la que apenas caben doce alumnos, era para ellos el descubrimiento de la semana, del mes, del trimestre. Fueron capaces de leer el cartel de "English" de la puerta. Ya son mayores. Van a la clase de inglés y hacen fichas "difíciles". Y es cierto: son la hostia, que diría Barney Stinson. Y todo lo que saben (de inglés) lo han aprendido de mí. I'm AWESOME.

Cuando el rango de edad de tus alumnos va de cuatro (algunos tres) a siete (algunos ocho), los de segundo de primaria te parecen universitarios. Son capaces de escribir la fecha en silencio, de deletrear su nombre -con ayuda-, de hacer un "listening" con completa concentración y por su cuenta. Miro a los de cuatro años, que empiezan con el inglés este año, y miro a los de segundo. Es increíble que se aprenda tanto en tan poco tiempo.

Hoy he leído el mismo cuento seis veces, he gastado las mismas bromas doce, he repetido "write your name, colour, cut out, tidy up" tantas veces que han perdido su significado para mí. Era la cuarta vez que los de cuatro años me veían y han sido capaz de seguir mis instrucciones, con mayor o menor acierto, hasta el final de la clase. Ha merecido la pena. Me duele la cara de sonreír.

Creo que tengo el mejor trabajo del mundo.

De por qué algunas profesoras deberían trabajar en la mina

Últimamente estoy zen. No sé si es la expresión apropiada, si se puede "estar" zen o se debe "llegar" al zen. Me da igual. Estoy zen. Estoy feliz, llena de vibraciones positivas, optimista, dispuesta a ver solo lo mejor de las personas que me rodean. Pero a veces es difícil.

Hoy a la hora del recreo charlábamos sobre lo humano y lo divino, sobre el gimnasio y la peluquería, sobre las galletas y sobre los niños, y también, un poco, sobre temas educativos y demás. Una profesora a la que, por decirlo fino, no respeto mucho como profesional, decía que ella solo llamaba a los padres de los niños que iban mal, y que se negaba a dar entrevistas a los que iban bien. Yo le he dicho que, cuando era tutora, no llamaba a los que iban bien, pero que si querían hablar conmigo nunca me negaba porque también está bien dar buenas noticias y decirles lo que hacen bien (tanto para ellos como para mí). Y ella ha dicho que sí, que ella, cuando era joven e idealista, también pensaba que podía tener alguna influencia en los niños y "perdía el tiempo" (tal cual) hablando con los que no lo necesitaban, pero que con los años se había dado cuenta de que no podía cambiar nada; así que ahora se limitaba a hablar con los padres "por llenar el expediente, porque ya sé que van a seguir igual".

-El día que yo llegue a eso -le he dicho-, me meto minera. Yo no podría trabajar pensando que lo que hago no marca una diferencia.

Y se ha picado. (Normal; entiendo que mis palabras no han sido las más adecuadas, pero es que me ha salido del alma.)

Y entonces ha empezado a despotricar sobre lo poco que se ayuda a los profesores, sobre cómo hay que ayudar a los que peor van "y no a esos con los que te juntas tú, porque a los buenos les enseña cualquiera" (casi me la como, pero en fin), sobre el hecho de que no tenemos suficientes horas de apoyo para los inmigrantes que han llegado este año y no hablan castellano (ya no entramos en el euskera) y las horas libres que ha "desperdiciado" quejándose en secretaría... Y yo me he tenido que callar y no recordarle sus comentarios de "a esas, que las ayuden sus padres, si no quieren que repitan, yo me lavo las manos; ah, no, yo no pienso modificar los exámenes que doy a toda la clase para los cuatro disléxicos que tengo, de eso que se encargue el de apoyo; uy, sí, para darles deberes estoy yo, ¿y luego quién los corrige?", y un largo etcétera con el que me torturó todos los recreos el año pasado y que ha conseguido que se me atragante cosa mala.

Es cierto que han reducido el personal. Es cierto que nos han dado 15 horas de especialista de lenguas, que se quedan en siete lectivas porque la profesora tiene permiso de lactancia hasta enero y nadie cubre esas horas. Es cierto que tenemos los horarios copados y no hay personal ni para sustituir a los profesores que se ponen enfermos. Pero yo no puedo evitar pensar que esa profesora que se ha pasado las horas protestando en la secretaría (que, no olvidemos, está compuesta por profesores liberados que ni pinchan ni cortan) podía haber empleado su tiempo en adaptar material para esos dos niños de su clase que no hablan el idioma, o haberlos sacado ella misma de la clase de inglés/música/gimnasia para darles ese apoyo que tanto pide. Parece haber olvidado que la tutora es ella, y que si tiene un niño con problemas, la responsabilidad es suya. Y con gritarme a mí que "todas hacemos lo que podemos y lo mejor que sabemos" (cuando no es verdad, pero en fin) no va a solucionar absolutamente nada.

Se ha llevado el tema a la comisión pedagógica y se ha llegado a la única conclusión posible: vamos a tener que organizar las horas libres del profesorado para cubrir esas ayudas que se nos niegan desde la administración. A ver qué cara pone la tía cuando se entere. Mañana intentaré sentarme lo más lejos posible de ella, no vaya a ser que las malas vibraciones se contagien.

Mujeres en Serie VI: Dollhouse



Esta es una serie difícil de calificar, y más aún desde el punto de vista femenino (o feminista, que no es lo mismo). Aunque me ha encantado –me dio una pena terrible ver el último capítulo, porque fue cancelada y ya no hay más, y la serie es genial–, también tengo que decir que muchas de sus escenas me han incomodado mucho, hasta el punto de plantearme dejar de ver la serie (cosa que no hice por su fantástica trama y unos personajes dignos de ser seguidos). Y me explico.

Dollhouse es el nombre que se le da a una tecnología puntera en el campo de la neurociencia. La empresa Rossum contrata a gente que, voluntariamente, cede cinco años de su vida a cambio de una inmensa suma de dinero. Durante esos cinco años, utilizarán su cuerpo y su mente a su antojo, sacando la personalidad original del sujeto e implantando personalidades ajenas a él o a ella en función de los gustos del cliente. Puede conseguirse un guardaespaldas que desee salvar la vida de su jefe porque su instinto se lo manda; una luchadora de artes marciales con instinto maternal; una negociadora de secuestros; un patólogo forense del FBI… Cualquier cosa, absolutamente cualquier cosa. Pero lo que los clientes más piden es, por supuesto, una mujer hermosa que se enamore perdidamente de ellos. Y ahí es donde empiezan mis pegas.

Los sujetos son, supuestamente, voluntarios (según va avanzando la serie, vemos que igual no tanto), y han firmado un contrato consintiendo que se les haga de todo. Pero, ¿hasta qué punto puede uno consentir ser esclavo o esclava? Porque al fin y al cabo eso es lo que son, ni más ni menos: sujetos a merced de otros. Es cierto que la serie trata el tema con mucho cuidado (Joss Whedon es bien conocido por tramas respetuosas con las mujeres, pensad en “Buffy”), pero el hecho de que el mayor negocio de la casa sea la trata de mujeres a lo pijo no se puede obviar. Más aún, las chicas son programadas para enamorarse de los hombres, a quien luego olvidan tras un lavado de cerebro que vuelve a dejarlas en estado “muñeca”. No se ve nada explicito y todos los capítulos se basan en otro tipo de misiones, pero no deja de ser incómodo. Es prostitución al más alto nivel, aunque con cuidados médicos excepcionales y viviendo a todo lujo. ¿Hasta qué punto no es esto violación? Me asaltan las dudas.



La protagonista absoluta de la serie es Echo (Eliza Dushku, una de las incondicionales de Whedon), la número uno, la “muñeca” que todos quieren. Desde el primer momento sabemos que es especial porque es la única persona que Alpha (un “muñeco” que se volvió loco al acumular más de cuarenta personalidades en su interior a la vez) dejó viva en su arranque asesino, y porque el detective del FBI que investiga la casa empieza a recibir información sobre ella. Poco a poco vemos que Echo, como anteriormente Alpha, tiene conciencia de sí misma, que recuerda cosas que no debería. Pero a diferencia de Alpha, que originalmente era un asesino convicto, el yo original de Echo era una idealista, una soñadora que luchaba por el bien común. Alpha (Alan Tudyk, genial, genial, genial en su papel de malo) está enamorado de Echo y tratará de convertirla en su Omega haciéndola pasar por el mismo proceso que pasó él. Pero le saldrá rana. No solo no se convierte en alguien como él, sino que podrá utilizar todas las personalidades que se acumulan en ella a su antojo. ¿Que necesito hablar chino? Pues lo hablo. ¿Ser médica? Lo soy. ¿Artes marciales? Toma ya. Todo sin dejar de ser Echo. Que no Caroline, su yo verdadero, almacenado en un disco duro aparte.

Echo es una mujer de armas tomar, y me encanta que no necesite ayuda de nadie para sacarse las castañas del fuego. Pero la violencia que en esta serie se ejerce contra las mujeres es brutal, al punto de ser desagradable. Y ojo, que a mí me gustan las patadas y los golpes marciales como a la que más, y no seré yo quien diga que un chico no debe pegar a una chica cuando las fuerzas están igualadas; el problema surge cuando las fuerzas son desiguales, que ocurre a menudo en esta serie, y las palizas son tan gráficas y tan brutales que te hacen apartar la vista. Es cierto que suelen ganar las mujeres, pero siempre después de haber recibido una paliza bestial fruto de un arranque posesivo por parte del macho en cuestión; recuerdo en especial una pelea entre Pria/Sierra y el hombre que la puso en la casa de muñecas que estuvo a punto de hacerme quitar el capítulo. Por no hablar de la violencia de Alpha, con armas y con las manos, y con esa cara de loco que tan poco recuerda al bueno de Wash en Firefly.



En resumen: un sobresaliente en trama y sorpresas de última hora, sobresaliente en personajes y caracterizaciones (“Victor” se sale, no entiendo por qué este actor no trabaja más) y suspenso en uso excesivo y gratuito de la violencia. Aún así, hay que decir que las mujeres de esta serie son cualquier cosa menos indefensas gatitas, y que ninguna de ellas lucha con tacones (lo que se agradece, aunque más de una carrera con tacones sí que se pegan). El capítulo final de la serie es uno de esos que quedará grabado en mi memoria como uno de los mejores finales en una serie; una pena que Fox no diera otra oportunidad a esta serie, pero en fin, torres más altas han caído.

Ya están aquíiiiiiiii.


(Instrucciones: leer el post con la música de fondo. Esperad a que empiece el trozo que os suena.)

Diez clases.
Más de doscientos niños y niñas.
Cuatro cursos distintos.
Cinco temarios diferentes.
Cuarenta y tres compañeras.
Una bata azul y otra verde.
Un pilot azul y uno rojo.
Monedas para el café.
La suerte está echada. Las pastillas de la tensión compradas. Todas las tizas preparadas.
Empieza el curso.
Ya están aquíiiiiiiiii.

Diario

Llega septiembre, y con él el frío. No, en realidad el frío lleva aquí desde julio -vamos, que nunca se fue-, pero no sé qué tienen los meses con erre que parecen más fríos. O serán cosas mías.
El día está nublado y por la ventana entreabierta entra el aire fresco de la calle. El gato trata de asomarse por el hueco de las oscilobatientes, por más que sepa que no le cabe la cabeza y que no, no va a poder suicidarse saltando desde un segundo. Me esperan los apuntes de literatura irlandesa sobre la mesa de la cocina; leo, comprendo, pero no retengo, le estoy cogiendo manía a la asignatura por culpa del profesor (y autor del libro). A mi lado, medio litro de té verde en una taza del Starbucks de Santa Cruz. Ya van dos tazas. El té verde apenas tiene teína y no le echo azúcar. Dormiré bien esta noche. Para ser domingo, me refiero.
La tarde va a ser tranquila, simplemente yo con mis libros, mi té y mis series americanas mientras sigo acolchando un tapiz de patchwork que debería haber acabado hace siglos. El otoño llama a la puerta y apetece mantita, calor, abrigo y chocolate caliente (pero mejor me quedo con el té, por lo de las calorías). Poco a poco voy volviendo a la rutina del curso, y me doy cuenta de que me gusta, de que, a pesar de momentos puntuales, soy una persona equilibrada con momentos de felicidad, que ya es más de lo que se puede pedir. Una canción me aborda, y no me queda otro remedio que escucharla una y otra vez en mi cabeza; escribí algo sobre ella en Twitter y la cantante me ha encontrado, me ha hecho mucha ilusión. Es la segunda persona "famosa" que se da cuenta de que existo. ¿Por qué le doy tanta importancia a semejantes chorradas?
El fresquillo que siento en el cogote me indica que tengo que dejar crecer el pelo para el invierno.

El final del verano


Mi verano eterno, ese que todo el mundo envidia a los profesores, llega a su fin. No me quejo, no soy tan mala persona, simplemente constato un hecho. Mañana curro. Sin más.
Hoy he empezado la paulatina vuelta a la normalidad (sí, el 31 de agosto, para qué correr). Mi frigorífico ha notado la vuelta a la rutina; lo he llenado de frutas, pescado y carne fresca. Se acabaron los bocadillos, o eso de "como lo primero que pille, que no he madrugado y tampoco tengo hambre". Hoy mismo vuelvo a las buenas costumbres, a contar calorías, a comer sano (ya me he comido una manzana, la primera en un mes), a perder los kilitos que he vuelto a recuperar. Ha sido un verano sin sobresaltos, sin viajes, sin alardes. Ha sido el verano en el que me convertí en funcionaria, aunque mi vida no ha cambiado en absoluto porque trabajo en el mismo sitio y tengo los mismos alumnos. Ya he encargado pastelitos para mañana, y luego compraré el champán. Parte de la oposición se la debo a mis compañeras, que me han enseñado mucho (aunque sea cómo no ser y qué no hacer), así que quiero celebrarlo con ellas. Es una buena manera de empezar el curso, comiendo y bebiendo.
Este año me he propuesto tomarme las cosas con más calma. Voy a disfrutar de la gente y de mi tiempo libre. Voy a hacer ejercicio porque me encanta cómo me hace sentir, aparte de los beneficios a simple vista. Voy a aprender a tocar la guitarra (sí, nuevo antojo) y voy a ir a clases de alemán para aprender el idioma y conocer gente nueva. Seguiré con mis estudios, pero sin exigirme lo que me he exigido hasta ahora, porque me he dado cuenta de que le estoy cogiendo manía a la filología, y no es plan. Y voy a enseñar inglés, y voy a disfrutar con los pitufos, y voy a tratar por todos los medios de que todos los días ellos aprendan algo, y yo más. Porque de eso se trata. Tengo el mejor trabajo del mundo y me lo han dado de por vida.
Casi estoy deseando que llegue mañana.
Casi.

La obsesión de leer o cómo frustrarse una misma


He llegado a la terrible conclusión de que nunca llegaré a leer todo lo que quiero. Ni aunque consiguiera una velocidad de 2000 palabras por minuto (dicen que es posible, yo no termino de creérmelo, pobre cerebro), ni aunque leyera diez horas al día, ni aunque consiguiera liquidarme un libro al día. Porque esto es como lo de "cuanto más aprendes, menos sabes". Por cada libro que leo, salen media docena más de debajo de las piedras de mi ignorancia que me apetece leer. Descubrir a una autora significa descubrir todas aquellas que la influenciaron, y a su vez todas aquellas sobre las que ella influye. El otro día leí que se publican mil libros al año. No sé si era en un país concreto (me parecerían muchos) o en el mundo en general (me parecerían pocos), pero solo con esos mil, voy dada.

He tenido verano gafapasta. Durante el curso he estado muy agobiada y no he conseguido encontrar tiempo para leer, así que han llegado las vacaciones y hala, a empacharme. Y nada de libros de encefalograma plano, no; libros "densos" (habría que definir "denso", pero en fin), premios Nobel, clásicos... Algo que alimente el alma, aunque entre plato y plato también ha caído algún sorbete en forma de cómic (o novela gráfica, o libro con viñetas, llamémosle equis). No soy buena separando el grano de la paja; a lo largo de mi historia como lectora se me han colado unos cuantos ñordos en la biblioteca, ñordos que me he leído porque qué iba a hacer, no los voy a tirar, con el dineral que me han costado (con alguno no he podido; ha sido superior a mí). Así que ahora me ha dado por ir a tiro fijo, que no siempre lo es. Voy de cultureta. Voy de "yo leo a Nabokov porque la literatura moderna me aburre". Voy de "al próximo que me miente el Código DaVinci se lo hago merendar". Voy de "alternativa, ¿yo? No, perdona, eso está passé, ahora se lleva la vuelta a las raíces". Y oculto como si de un cadáver maloliente habláramos el libro de Lucía Echevarría que espera a ser leído, o los de Marian Keyes que compré el verano pasado, o los terribles vampiros de Christopher Moore. En mi sala me esperan Ana Karenina, Crimen y Castigo, Guerra y Paz y uno de Proust y de Antonio Gala. Os lo juro. Soy así de pedante.

Pero, como os decía, no hay tiempo en la vida de una persona, por más que viva cien años y no se dedique a otra cosa, para leer todo lo que merece la pena. Mi intención había sido atacar The Scarlet Letter, así, en inglés, que queda mucho mejor, dónde vas a parar, pero el otro día, ¡ay!, el otro día un libro me encontró y tuve que dejar el que tenía entre manos. Y sí, digo bien, me encontró, porque yo no lo buscaba. Sabía de su existencia, había leído cosas de él, conocía a su autora, pero tengo treinta libros, ¡treinta! esperando a ser leídos y no tenía intención de comprar más. Pero entré en la librería por hacer tiempo mientras esperaba a unas amigas, me acerqué a la mesa donde colocan los libros que quieren que te llamen la atención, y allí estaba, solo, abandonado, fuera de su lugar en la estantería, sin un hermano gemelo que lo acompañara... Las niñas perdidas, de Cristina Fallarás, me reclamaba su atención desde un lugar que no era el suyo, ahí, delante de mis ojos y a milímetros de mis dedos. Y yo, por supuesto, no pude dejarlo estar. Así que ahora tengo treinta y un libros para leer, aunque este último ya está casi finiquitado y caerá reseña pronto, porque es uno de esos libros que quieres que todo el mundo lea para poder comentar y sacarte el grito que llevas dentro y la frustración de decir "¿cómo un libro que me ha dado tanto asco y me ha parecido tan bestia puede atraparme tanto?" Para que luego hablen del sexo débil.

Me queda una semana de vacaciones. Al ritmo que voy, y teniendo en cuenta que leo despacio, calculo que terminaré el que tengo entre manos y luego quizás caiga el clásico de Hawthorne (osea, tojuro, que me sé hasta el autor). Y luego, quién sabe, espero seguir leyendo por lo menos un par de libros al mes, a ver si el curso empieza tranquilito y me puedo permitir domingos ociosos tirados en el sofá con las aventuras de alguna dama rusa en apuros.
Ya os contaré.

(Por cierto, que los libros de Richard Castle de la foto no son míos. Una es friki, pero no para tanto. Aunque he de reconocer que la foto de Nathan Fillion en la contraportada era muy tentadora...)

De curas y otros monstruos

Me levanto, enciendo el ordenador y lo primero que veo es un titular que dice algo así (os iba a poner el link, pero está misteriosamente roto):

El arzobispo de Granada: "Si la mujer aborta, el hombre puede abusar de ella"

Esto lo ha dicho una persona (me niego a llamarle señor) que, para desgracia de todos y todas nosotras, mueve masas, mal que me pese. Esto lo ha dicho alguien hablando desde un púlpito en el que se supone que debería estar predicando amor y perdón. Esto lo ha dicho un hombre que no tiene mujer, ni hijas, ni nietas (supuestamente, claro), así que no tiene ni idea del pánico que puede inundar a una mujer ante un embarazo no deseado. Esto lo ha dicho un ser que todavía vive en el siglo trece y cree que las mujeres solo estamos en este mundo por nuestras capacidades reproductivas y que nuestra única obligación en el mundo es parir con dolor, por lo de Adán y Eva y la manzana, supongo.

Después del shock inicial, que me ha dejado congelada con los dedos sobre las teclas, he pensado en varias cosas:
  1. ¿Dónde está la policía cuando se la necesita? Basta ya de detener a "indignados", este hombre está haciendo apología de la violencia contra la mujer. Hay gente en la cárcel por mucho menos. ¿A qué viene esta inmunidad religiosa?
  2. ¿Son todos los curas así o es que solo los más gilipollas llegan a puestos importantes? Supongo que esto será como la política, el que tiene ideales los va perdiendo según va subiendo puestos. Los buenos se quedan en los barrios pobres y se van de misiones, y dicen eso de que Jesús era comunista (con lo que estoy absolutamente de acuerdo).
  3. Yo, atea convencida, puedo no estar muy al tanto de este tipo de cosas, pero yo creía que la religión cristiana en general y la católica en particular predicaba amor y perdón. Se perdona a asesinos, se perdona a ladrones, pero no se perdona a mujeres que abortan. ¿En serio?
  4. En relación con el punto número uno: cuando el próximo hombre que mate a su mujer ponga como excusa las palabras de este tipo y diga que su mujer abortó, ¿se podrá meter en la cárcel al arzobispo?
  5. Al próximo que me diga que el feminismo esté trasnochado, le voy a dar citar este artículo. No, no es una excepción: la Iglesia sigue siendo así. La mujer en la cocina con la pata quebrada. Y punto.
Estoy furiosa. No os podéis imaginar de qué mala leche me ha puesto este titular. Este tío no tiene vergüenza, ni conciencia, ni derecho a hablar en público. Cualquier empresa, pública o privada, le despediría inmediatamente; a no ser, claro está, que esa empresa estuviera dirigida por racistas misóginos pederastas. Uy. Un momento...

Descanso

"Mujeres en Serie" descansa por un tiempo, aunque tengo toda la intención de seguir con ella porque me lo estoy pasando pipa haciéndolo, por más que no tenga muy claro si a vosotros/as os gusta también. No quiero que sea una obligación, sino un entretenimiento; las entradas se intercalarán con otras, algunas más serias, otras más ligeras. Pero seguiré. Tengo que hablaros aún de "A dos metros bajo tierra", de "Weeds", de "Mentes Criminales" (en cuanto acabe de verla, que no es plan de hacerlo a media serie), y de alguna otra que no os menciono para que no dejen aquí comentarios y me la fastidien, que acabo de empezarla y tiene seis temporadas (os diré que es legen-daria).

Tengo muchos pensamientos que compartir. Quizás sería más práctico llevar un diario, pero pensar dentro de mi cabeza siempre me ha parecido un coñazo. Ya os contaré.

Mujeres en Serie V: Firefly



Esta serie no es especialmente nueva, ni famosa, ni glamorosa, pero yo la he conocido este verano, así que para mí es como lo del cristiano que pega al judío porque ellos mataron a Cristo (“sí, hace dos mil años, pero yo me he enterado esta mañana”). Todo un descubrimiento, he de decir, sobre todo teniendo en cuenta que en mi vida había yo visto una serie de ciencia ficción. Y mucho menos, de vaqueros en el espacio.



A ver si puedo resumir el argumento sin liarme y sin liar a nadie. Estamos en el año dos mil quinientos y pico. La Tierra se ha quedado pequeña y el ser humano ha terminado repartido por los planetas del Universo (Universo en el que todo el mundo habla inglés -algunos con acento escocés- y juran en chino, ejem). La Alianza controla los planetas centrales y quiere controlar el resto también, pero unos pocos valientes resisten, hay una guerra… y gana la Alianza. La Resistencia (los “browncoats”) se rinden; algunos terminan trabajando para la Alianza, otros prefieren vivir al margen de la ley. Uno de ellos, el capitán Malcom Reynolds, se convierte, junto con su tripulación, en mercader de mercancías robadas y especialista en trapicheos varios.

Y con eso, me temo, lo he contado todo. No tiene más. Es así de simple.

Como guión, esto es, porque lo cierto es que la riqueza de esta serie está, sin ninguna duda, en sus protagonistas. Es una de esas series que puede atrapar tanto a hombres como a mujeres (siempre que te guste el género, se entiende), porque guarda un fantástico equilibrio entre historias que suelen atraer al género masculino y las que atraen al femenino. Hay tiros (con pistolas dignas de una peli de John Wayne), hay persecuciones, hay peleas… Y hay un montón de tías que son capaces de patearle el culo al más pintado.

Ah, sí, y algún rollito romántico también. Y los golpes de humor, que te dejan retorciéndote de risa en el sofá aún después de acabar el capítulo.



Por supuesto, el protagonista absoluto de la serie es Mal Reynolds (Nathan Fillion, ñam, ñam), que hace el papel de bandido con buen corazón para quien su tripulación es parte de su familia. La segunda de a bordo es Zoe, quien fuera su subordinada en la guerra contra la Alianza seis años antes del capítulo piloto. Esta mujer le guarda una lealtad absoluta, y el capitán le confiará su vida en más de una ocasión. Siempre salen juntos en sus misiones, siempre luchan juntos. Y, sorpresa, sorpresa, no hay tensión sexual entre ellos. Se respetan como soldados, como superior y subordinado; de hecho, Zoe está casada con el piloto de la nave (sí, no os había dicho que la historia ocurre en una nave espacial), quien, en más de una ocasión, le llama la atención a su mujer porque le hace más caso al capitán que a él. Pero ella tiene claro a quién le debe su lealtad. Adora a su marido, pero el jefe es otro.



No es Zoe la única mujer de armas tomar. En el primer capítulo, la tripulación recoge a ciertos personajes (porque la nave también hace de transporte espacial), entre ellos a un chico y su hermana adolescente cuya historia no está nada clara. La serie acaba sin que sepamos realmente qué pasa con ella, y no es hasta la película que tuvieron que hacer después que se aclaran ciertos aspectos sobre River. La vemos luchar como a una leona, la vemos disparar con los ojos cerrados; vemos que de pobre niña indefensa tiene poco y que puede valerse por sí misma incluso sin su protector hermano.



Y, para completar el paquete de mujeres que parecen estereotipos y luego son cualquier cosa menos eso, está la “acompañante profesional” que llevan a bordo. Parece ser que ser prostituta en el siglo veintiséis es una profesión muy valorada que necesita carrera y todo, una profesión en la que es la mujer la que elige al cliente, no al revés. Inara viaja en Serenity (la nave espacial, un modelo de la casa Firefly –dios, qué friki soy-) para poder llegar más cómodamente a sus destinos interplanetarios. Pero Inara tiene poco de frágil y de mujer indefensa; nunca la vemos luchar con las manos o con armas, pero su ingenio y sus habilidades psicológicas sacan a la tripulación de más de un apuro. Ella es el objeto de deseo del capitán, a quien ella también adora por más que entre ellos solo se suelten pullas y él no haga más que llamarla puta. Admito que la química entre estos dos fue lo que me hizo seguir viendo la serie después del insufrible piloto de hora y media, y advierto que es otro caso de esos en los que sí pero no, pero más bien ni de coña.



En toda la serie no hay un solo personaje femenino estereotipado, y por eso me encanta. Ni siquiera Kaylee, la inocente mecánica que solo piensa en amores románticos y está loquita por el médico de abordo, es un cliché: su habilidad con el motor de Serenity es innata, y no hay en el universo mecánica mejor que ella.



Huelga decir que esta serie se ha colado entre mis favoritas. Quizás no sorprenda a nadie saber que su creador es el mismo que el de Buffy la cazavampiros, y por lo que tengo entendido ha trabajado en más de una serie de este estilo. Según dicen, la razón de ser de Buffy es que Joss Whedon estaba cansado de ver a la guapa rubia ser siempre la víctima de los malos malísimos en todas las series de ciencia ficción. Con las mujeres de Firefly también hizo un trabajo excelente. Una pena que solo tuviera una temporada y una película que no resuelve nada.



Mujeres en Serie IV: Modern Family



Los estadounidenses (no sé si los británicos también) tienen un término que me gusta mucho para referirse a esas cosas que te gustan pero que, por lo que sea, no deberían gustarte: guilty pleasure. Pues bien, esta serie es mi guilty pleasure particular, aunque en mi caso, más que de guilty pleasure se podría hablar de inconsistencia, dado la de veces que me he pillado en un renuncio. Pero hablamos de Modern Family.



Supongo que todo el mundo sabrá de qué va esta serie (y si no, ved el vídeo, que es salado). El título lo da todo: varias ramas de una misma familia y las relaciones entre ellos. El padre, un septuagenario lo menos, con dinero y una casa de ensueño, está divorciado y casado en segundas nupcias con una colombiana cañón que tiene la edad de su hija y que aporta al matrimonio un hijo de una relación anterior. Este hombre tiene, a su vez, un hijo gay que acaba de adoptar a una niña vietnamita con su pareja, y una hija con una familia “típicamente americana” de marido y tres hijos. Hasta ahí, podríamos hablar de “Los problemas crecen” versión siglo XXI (y mucho más bestiaja, eso sí). Bromas a gogó, situaciones inverosímiles, escenas de mock documentary muy bien puestas… La serie es divertida y se deja ver.

El problema de la serie es que no han sabido, a mi entender, aprovecharse de todo lo que personajes tan diversos podían dar y han terminado haciendo caricaturas de todos sus miembros. Gloria, la esposa colombiana del Jay, el millonario, es el estereotipo más ridículo que he visto de una hispana en una serie estadounidense. Gritos, exageraciones, golpes, pasión latina a lo bestia, en lugar de aprovechar el lado tierno de Gloria para con su hijo y su marido, a quien quiere realmente, no por su dinero. Su hijo es, quizás, el único que se libra del estereotipo; es un hombre en un cuerpo de niño, y el personaje de Manny es de los más divertidos de la serie. Por supuesto, de Gloria aprovechan el cuerpazo que aporta Sofía Vergara, y podría ser un personaje mudo que seguiría siendo el alma de la serie. Porque, como todo el mundo sabe, las colombianas son majísimas, altísimas, con cuerpo de vértigo y se pasan el día gritando.



El estereotipo que más me revienta, sin embargo, es el de la pareja gay, Cameron y Mitchell. De nuevo nos encontramos con personajes que podrían dar juego, mostrándolos en sociedad y viendo, aunque sea desde la comedia, los problemas que una pareja gay puede tener. Pero no. Cameron es tan exagerado que se hace inverosímil, siempre pensando en cómo disfrazar a su hija, en el qué dirán, en hacer fiestas en casa y asistir a las de los demás. Mitchell es “el hombre” en la relación, el que trabaja fuera de casa, el que trata de controlar las exageraciones de su pareja, sin ver la pluma propia. Admito que son muy graciosos, que me son simpáticos, pero no son creíbles. Y el que no se hayan dado ni un pico en pantalla clama al cielo; me da igual que sea una serie familiar, si vas a hablar de ellos como familia y pareja, las parejas se besan. En la boca. Basta ya de tanto abrazo, leche.



Los Dunphy son el estereotipo natural de las series americanas, la familia en la que en cualquier momento te esperas ver aparecer a Michael J. Fox o a Kirk Cameron (aunque estarán ya los dos para hacer de padres de los padres, pero en fin). Aquí vuelven a jugar con el bueno y el malo que siempre se da en las series: ella es una bruja pérfida que controla mucho a sus hijos (y que no trabaja fuera de casa, por supuesto, alguien tiene que cuidar de la prole) y él es el padre guay, cachondo y divertido con el que los niños hacen lo que quieren. Los hijos, los de siempre: la mayor es tonta pero mona, la del medio es la empollona y el pequeño es medio lerdo. Nada original.



Lo curioso de esta familia supuestamente moderna es el rol que se les da a las dos mujeres de la serie (y a Cameron, podría decirse). Ninguna trabaja, a pesar de ser mujeres (y hombre) de carrera; se quedan en casa cuidando a la prole y diciéndoles a sus maridos lo mal que las tratan (sobre todo Cameron, madre qué agobio) y quejándose de los niños (sobre todo Claire, madre qué agobio). Y me da pena, porque realmente los personajes tienen potencial para decir mucho más, tratar temas como la homofobia o el racismo, y jamás se acercan siquiera a reflejar algo más allá de sus narices. Aún así, como ya digo, digna de ver para quien quiera echar unas risas sin pensar demasiado y sin comerse la cabeza con los problemas del mundo, porque, lo que es en esta serie, no se van a ver. Quizás en futuras temporadas sorprendan y de repente veamos a una Gloria convertida en CEO de alguna de las empresas de su marido (aunque, qué queréis que os diga, solo pensarlo me da miedo).

Mujeres en Serie III: Las Chicas Gilmore



Ya os veo las caras, sobre todo a los tíos. Buaj, estáis pensando, la ñoñada esa de la madre y la hija, esta serie tiene que ser lo más antifeminista en la historia de la televisión. Líos de novios, un amor pseudo imposible entre Luke y Lorelai, la niña pija más insoportable de la televisión… Ejemplo de una serie antifeminista a ultranza, ¿verdad?

Pues no. Para mí, una de las series más feministas que han echado nunca, que sale a relucir en cuanto urgas un poco en el argumento. Aparte de que me encanta lo rápido que hablan y que yo quiero ser Lorelai cuando me haga mayor. Ah, no, que ya tengo tres años más de los que tenía ella al principio de la serie. Cachis. Cómo pasa el tiempo.

Lorelai Gilmore se quedó embarazada a los dieciséis años. Hija de una pareja muy acaudalada de Conneticut, sus padres insistieron en que se casara con el padre de la criatura, pero Lorelai supo darse cuenta de que él tenía mucha menos cabeza que ella y que el matrimonio sería un error para los dos. Poco después de dar a luz a Rory (diminutivo de Lorelai; fue un arranque feminista de su madre, porque en Estados Unidos no es común que las hijas lleven el nombre de su madre), y harta de que sus padres siguieran insistiendo con el matrimonio y la trataran como a una decepción, Lorelai se fue de casa a intentar ganarse la vida para sí misma y para su hija. Empezó trabajando en un hotel como asistenta, para terminar siendo dueña de su propio hotel al final de la serie. Nunca recibió ayuda de nadie, hasta que quiso llevar a Rory a una elitista escuela privada y se vio obligada a pedir dinero prestado a sus padres. Ahí empieza la serie y las cenas de los viernes con los Gilmore. Ahí conocimos a Richard y Emily, y les odiamos a los dos, para luego terminar queriéndoles un poquito, como también hizo la propia Lorelai (pero sólo un poquito, ¿eh?, porque a Emily hay que echarle de comer aparte).



Quizás como contrapeso a la propia Lorelai esté Sookie, su mejor amiga y mejor chef del estado. Ella es un poco más ñoña, quizás, más madre, más… No sé, pero lo cierto es que compagina muy bien con Lorelai y los momentos entre ellas son mucho más ricos que el típico “jo, ese chico de ahí no te quita ojo”. Hablan de sus negocios, de sus problemas, de sus dudas; y sí, claro, también hablan de chicos, pero no son el centro de sus vidas. Utilizando una metáfora culinaria, Suki sería el dulce y Lorelai el salado. La mejor combinación posible.



Rory es, sin duda, el personaje más ñoño de la serie, pero creo también que es un excelente modelo a seguir para las adolescentes. Es una chavala que tiene claro que, si quiere llegar a algo, va a tener que luchar igual que luchó su madre. A pesar de que junto a ella desfilan unos cuantos novios, su objetivo es licenciarse en Yale, no casarse ni tener hijos. Por cierto, que uno de esos novios, Jess, es para mí otro gran ejemplo para cualquier adolescente: marrullero, liante, poco menos que delincuente callejero que, con el paso de los años, termina escribiendo un libro y regentando una librería indie. Los dos, Jess y Rory, desmitifican un poco el concepto de “gafapasta”; no hay personaje en televisión más gafapasta que ella, y él va de lector compulsivo, y dudo mucho que encontréis alguna actriz más guapa que Alexis Bledel o un tío con más pinta de duro que Milo Ventimiglia para interpretarlos. Durante algunos capítulos de la última temporada llegué a temerme lo peor, cuando se la veía enamoradísima del novio que menos me gustó de todos los que tuvo y a punto estuvo de mudarse a San Francisco solo para seguirle a él; pero en el último momento reaccionó, y en lugar de aceptar su proposición de matrimonio decidió seguir su sueño de convertirse en periodista y seguir nada menos que al congresista Obama en su campaña por la presidencia. Cualquier otro final para este personaje me hubiera defraudado mucho.



No sólo los personajes femeninos son geniales en esta serie (habría que hacer otro post para hablar de Paris y Lane, me temo). Luke Danes es, sin duda, el hombre por excelencia en la historia, el que nos enamora a todas, por quien babeé durante siete temporadas. Es probablemente la antítesis del héroe: nunca ha salido del pueblo, es un cascarrabias, no participa en ninguna actividad, se lleva mal con todo el mundo… Y tiene un corazón más grande que el palacio del obispo. Adora a Lorelai desde que la conoció, pero por supuesto no se atreve a decírselo. Hace de padre adoptivo de Rory, acoge a su sobrino Jess y ejerce de tutor con un adolescente que no le da más que disgustos, y, aunque no hace más que quejarse de él, sabemos que le daría su vida si pudiera. Vemos cómo Lorelai y él pasan de la amistad al amor, y luego rompen, y luego vuelven, y luego vaya usted a saber qué pasa porque no queda nada claro. Pero es una relación de igual a igual, sin grandes gestos pero con grandes momentos, como cualquiera de sus conversaciones en las que una está pensando “dios, no sé quién quiero que gane”.



Las Chicas Gilmore es un ejemplo de superación personal, de lo que una persona puede hacer cuando se encuentra con todas las puertas cerradas y ninguna ayuda en el mundo. Lorelai se ha hecho a sí misma, y lo que es más, ha hecho a su hija, que, aunque pueda parecer la niña más ñoña de la televisión, también se sabe sacar las castañas del fuego cuando lo necesita. Esto no significa, ni mucho menos, que me guste todo en esta serie; esa relación perfecta entre madre e hija que nos hace suspirar a más de una es, simplemente, imposible e irreal, pero bueno, es una serie de la WB, qué le vamos a hacer. Por no hablar de lo humanos que nos parecen los padres de Lorelai al final de la serie, todo olvidado, cuando a mi entender se merecen el fuego eterno del infierno por cómo trataron a su única hija durante años y años (y aún siguen haciéndolo, prácticamente hasta el último capítulo). Aún así, he de decir que me da rabia que esta serie estuviera enfocada a las mujeres, porque creo que hay muchas lecciones en ella que tanto hombres como mujeres pueden aprender y estupendos personajes masculinos a los que imitar. Pero claro, ya se sabe que, cuando la protagonista principal es mujer, es muy difícil que el público no sea femenino. Todavía queda mucho camino que recorrer, me temo.