Íbamos camino al restaurante, dos primos que no se habían visto en quince años charlando como viejos amigos; detrás venía el resto de la familia, algunos completos desconocidos para mí a los que había tenido que preguntar el nombre al verles. Nosotros dos nos habíamos reconocido de inmediato, quizás por ser crercanos en edad, quizás porque ninguno de los dos había cambiado tanto. Hablábamos, y dentro de mí se fue formando una extraña sensación que empezaba a pesar como una losa.
-Qué triste, no tengo recuerdos de cuando éramos pequeños -dije al fin, animada por la frescura de mi primo-. Recuerdo momentos, frases sueltas y alguna imagen, como si fuera una foto, pero no me acuerdo de ninguna anécdota.
-Ah, ¿no? Yo me acuerdo mucho de ti. Me acuerdo un día que estuvimos hablando del año dos mil. Imaginábamos que iba a haber naves voladoras, viajes al espacio, tele transporte... Y luego empezamos a hacer cuentas de los años que tendríamos entonces (bueno, las hiciste tú, porque yo no sabía ni sumar ni restar), y flipamos porque tú ibas a tener veinticinco y yo veintidós. Íbamos a ser viejos, decíamos.
Alguno de los que venía detrás nos llamó para decirnos algo y se cortó la conversación, y me alegro, porque aquel pequeño lapso permitió que la losa de dentro de mí se convirtiera en un calorcito agradable, y sonreí como una tonta sin poder creerme que alguien se hubiera acordado de algo así durante tantos años...
Feliz año a todos.
Errar es humano
Hoy he salido a dar una vuelta por la mañana y, como siempre, he acabado entrando en una librería -mejor dicho, dos- porque los libros siempre me sientan bien y no hay que probárselos ni buscar zapatos a juego después. No iba a comprar nada, mi balda de libros por leer se llena cada vez más y todavía no he empezado con las lecturas de filología inglesa, pero me gusta pasearme entre libros. Ambas librerías estaban a rebosar, algo que jamás había visto en Vitoria. En seguida me he dado cuenta del motivo: "Un mundo sin fin". Primer día del lanzamiento en castellano.
La gente se llevaba la novela a pares, las dependientas no podían sacar los libros de la caja lo suficientemente rápido. Algunos miraban la página de atrás, la que lleva el reconocimiento a Vitoria; otros hojeaban el libro, buscando, sin duda, alguna referencia a la catedral. Hasta en el Telenorte han salido imágenes de librerías a rebosar. Más ejemplares que de Harry Potter se han puesto a la venta, oiga usted.
Y yo me he tenido que morder la lengua, darme la vuelta y salir, porque lo único que quería hacer era gritar: ¡No lo hagáis! ¡No mancilléis el recuerdo que tenéis de "Los pilares de la tierra" con un bodrio de 1.200 páginas en el que NO PASA NADA! ¡No os compréis un libro en el que la tan traída y llevada catedral ocupa apenas cinco hojas (siendo generosa)! ¡No! ¡Dejadlo! ¡Os lo dice una fan que ha creído en el libro hasta la última página y a punto ha estado de aplastar al gato al tirarlo con rabia contra la pared!
Pero no he dicho nada, por supuesto, porque, quieras que no, es propaganda para la ciudad y seguro que a muchos de ellos termina gustándoles; no deja de ser una réplica casi exacta del primero (o sea, un desperdicio de papel, como decía Luis) y a la gente le gusta lo conocido. Pero reconozco que me equivoqué. Y como equivocarse es humano y reconocerlo, divino, pues voy de divina por la vida y lo digo bien alto:
La última novela de Ken Follet es un coñazo. Y cualquier similitud con la catedral de Vitoria, pura coincidencia.
La gente se llevaba la novela a pares, las dependientas no podían sacar los libros de la caja lo suficientemente rápido. Algunos miraban la página de atrás, la que lleva el reconocimiento a Vitoria; otros hojeaban el libro, buscando, sin duda, alguna referencia a la catedral. Hasta en el Telenorte han salido imágenes de librerías a rebosar. Más ejemplares que de Harry Potter se han puesto a la venta, oiga usted.
Y yo me he tenido que morder la lengua, darme la vuelta y salir, porque lo único que quería hacer era gritar: ¡No lo hagáis! ¡No mancilléis el recuerdo que tenéis de "Los pilares de la tierra" con un bodrio de 1.200 páginas en el que NO PASA NADA! ¡No os compréis un libro en el que la tan traída y llevada catedral ocupa apenas cinco hojas (siendo generosa)! ¡No! ¡Dejadlo! ¡Os lo dice una fan que ha creído en el libro hasta la última página y a punto ha estado de aplastar al gato al tirarlo con rabia contra la pared!
Pero no he dicho nada, por supuesto, porque, quieras que no, es propaganda para la ciudad y seguro que a muchos de ellos termina gustándoles; no deja de ser una réplica casi exacta del primero (o sea, un desperdicio de papel, como decía Luis) y a la gente le gusta lo conocido. Pero reconozco que me equivoqué. Y como equivocarse es humano y reconocerlo, divino, pues voy de divina por la vida y lo digo bien alto:
La última novela de Ken Follet es un coñazo. Y cualquier similitud con la catedral de Vitoria, pura coincidencia.
Respuesta a mi gran pregunta

Washington Irving (1783-1859) fue el primer escritor americano en vivir de sus escritos, y vivió bastante bien (aclaro que uso el término "americano" para referirme a las colonias inglesas en América; él nació justo el año en el que se acabó la Guerra de la Independencia, así que no tendría mucho mérito que fuera el primer autor estadounidense). Viajó por toda Europa y basó gran parte de sus historias en leyendas y tradiciones europeas, sobre todo alemanas y españolas. Su libros -colecciones de cuentos cortos, nunca escribió una novela- eran el equivalente actual a best sellers; llegó a convertirse en uno de los autores más populares de su época, aunque criticado, cómo no, por ser demasiado europeísta. Los literatos de su época tenían otra crítica: no era más que un escritor de historias populares deseoso de agradar a su audiencia con relatos extranjeros contados en un tono más que ligero. La respuesta de Irving fue tajante y comedida: "Si mis escritos valen algo, sobrevivirán a la crítica contemporánea; si no, no merece la pena perder el tiempo hablando de ellos".
Lo que me lleva a la conclusión de que es imposible juzgar las obras de hoy en día sin la distancia que dan el tiempo y los cambios de moda. Lo que hoy nos parece malo quizás sea recordado mañana como la obra que creó estilo, que comenzó un movimiento nuevo; de igual manera, las maravillas de hoy pueden ser consideradas plagios o aburridas monsergas más adelante. Así que me rindo: no voy a buscar definiciones y voy a disfrutar de la literatura porque sí, sin etiquetas.
Por cierto: ¿Quién no conoce "La leyenda de Sleepy Hollow"? ¿Habéis oído hablar de "Rip Van Winkle"? ¿"Los cuentos de La Alhambra"?
Sí, señor: Washington Irving.
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Zorionak!
A vueltas con la obsesion
Hasta hace un par de días, yo era feliz. Llevaba mi obsesión con dignidad, en secreto, como las hemorroides, sin molestar a nadie y sin que nadie se enterara de que dentro de este cuerpo de treinta y dos años habita una adolescente de quince que sonríe como una tonta y hasta se sonroja cuando el héroe de turno da un beso a la heroína que toca, no te digo ya si el héroe en cuestión es británico y la película está en versión original. Mi simplicidad fetichista era suficiente para sobrellevar mis días; con tener al bueno de Alan como fondo de escritorio me bastaba, y la mayoría de los días conseguía ponerlo en un segundo plano y seguir adelante con mi vida. Hasta diría que me había empachado un poco de él, después de verme todas sus películas en menos de dos meses (y creedme, Alan tiene muchas películas).

Pero no. Tenía que llegar Maritormes y poner esta pedazo de foto de Alan y decir que hay hombres en este universo real y tangible de todos los días (dios mío, hasta las rodillas me tiemblan) que se parecen a él. Y entonces me ha dado el cuarto de hora "pubertilla-acosadora" y, ante la imposibilidad de buscarle por cielo y tierra de manera física -y con su doble no me vale-, me he puesto a buscar toda la información que he podido de él en el mundo cibernético.
Lo primero que he buscado, como buena acosadora, ha sido su dirección, o por lo menos una foto de la fachada de su casa, pero los fans de hoy en día ya no son lo que eran y los muy sosos dicen que no ponen la dirección para proteger la privacidad de su actor favorito (¡ja! ¡Lo que pasa es que no la sabéis, o no queréis competencia haciendo guardia en la puerta!). Así que me he dedicado a buscar otro tipo de información, y como ya me sé su filmografía completa, su canción favorita, el día de su cumpleaños y hasta el número de zapatos que calza, he ido a por su vida amorosa. Porque, ¿alguien ha visto alguna vez a la mujer de Alan Rickman?

Pues hete aquí que Alan no está casado, pero lleva más de treinta años con esta mujer, Rima Horton, una MP (Member of Parliament) del Partido Laborista que, aunque semirretirada, aún está metida en política. Sus fans (los de ella, que también los tiene) dicen que no viven juntos porque ella no se puede marchar del área de Londres que representa (que nadie sufra por ella: vive en Chelsea), aunque yo me imagino que estará empadronada donde la ley le diga que tenga que estar y dormirá todas las noches al lado de este pedazo de hombre, como haría cualquier mujer. Es experta en macroeconomía y está muy metida en asuntos sociales, como buena política de izquierdas, y según todo el mundo lleva muy bien el hecho de que Alan sea un sex symbol y uno de los hombres más deseados de Inglaterra. Ni siquiera le importa que la paren por la calle para pedirle autógrafos de su "marido".
Y cuando la he visto, lo primero que he pensado ha sido: ¡OLE, OLE Y OLE, ALAN! No esperaba que un actor tan conocido y mundialmente famoso saliera con alguien tan... normal (físicamente, se entiende, la tía debe ser un cerebro andante), ni que tuviera una relación tan discreta, ni que llevara tantísimos años con la misma mujer. Me esperaba una rubia, quizás no despampanante pero sí más joven que él, alguien con cara inteligente pero que se dedicara a ser "mujer de" más que a hondear su propia personalidad. Y me he encontrado con Rima, y me ha hecho mucha ilusión, porque si antes Alan me caía bien, ahora me cae aún mejor.

Y, por supuesto, ole también a Rima, que no debe ser fácil ser la pareja de un actor, más cuando estás metida en política. Las pocas declaraciones de Alan sobre su relación que he podido encontrar me han parecido muy propias de él: tenemos una relación normal, con sus altos y sus bajos, como cualquier pareja; no fue amor a primera vista, nuestros comienzos no tuvieron nada de especial ni de película de cuento de hadas; Rima está cerca de ser una santa; lo que más me gusta de ella es su sentido del humor y que no se deja agobiar por los problemas, es la persona más positiva que conozco. Pero ella es ella y él es él, y hay que buscar un rato por Internet para encontrar una foto de los dos juntos porque ninguno de los dos vive bajo la sombra del otro (bueno, Rima un poco, más que nada porque le llega por el codo ;-)).
Y después de este intenso reportaje sobre la vida sentimental del conosido actor Alan Rickman, damos por terminado este programa de Corasón, Corasón. Un saludo y hasta el próximo domingo.
A ver cuánto me dura esta vez...

Pero no. Tenía que llegar Maritormes y poner esta pedazo de foto de Alan y decir que hay hombres en este universo real y tangible de todos los días (dios mío, hasta las rodillas me tiemblan) que se parecen a él. Y entonces me ha dado el cuarto de hora "pubertilla-acosadora" y, ante la imposibilidad de buscarle por cielo y tierra de manera física -y con su doble no me vale-, me he puesto a buscar toda la información que he podido de él en el mundo cibernético.
Lo primero que he buscado, como buena acosadora, ha sido su dirección, o por lo menos una foto de la fachada de su casa, pero los fans de hoy en día ya no son lo que eran y los muy sosos dicen que no ponen la dirección para proteger la privacidad de su actor favorito (¡ja! ¡Lo que pasa es que no la sabéis, o no queréis competencia haciendo guardia en la puerta!). Así que me he dedicado a buscar otro tipo de información, y como ya me sé su filmografía completa, su canción favorita, el día de su cumpleaños y hasta el número de zapatos que calza, he ido a por su vida amorosa. Porque, ¿alguien ha visto alguna vez a la mujer de Alan Rickman?

Pues hete aquí que Alan no está casado, pero lleva más de treinta años con esta mujer, Rima Horton, una MP (Member of Parliament) del Partido Laborista que, aunque semirretirada, aún está metida en política. Sus fans (los de ella, que también los tiene) dicen que no viven juntos porque ella no se puede marchar del área de Londres que representa (que nadie sufra por ella: vive en Chelsea), aunque yo me imagino que estará empadronada donde la ley le diga que tenga que estar y dormirá todas las noches al lado de este pedazo de hombre, como haría cualquier mujer. Es experta en macroeconomía y está muy metida en asuntos sociales, como buena política de izquierdas, y según todo el mundo lleva muy bien el hecho de que Alan sea un sex symbol y uno de los hombres más deseados de Inglaterra. Ni siquiera le importa que la paren por la calle para pedirle autógrafos de su "marido".
Y cuando la he visto, lo primero que he pensado ha sido: ¡OLE, OLE Y OLE, ALAN! No esperaba que un actor tan conocido y mundialmente famoso saliera con alguien tan... normal (físicamente, se entiende, la tía debe ser un cerebro andante), ni que tuviera una relación tan discreta, ni que llevara tantísimos años con la misma mujer. Me esperaba una rubia, quizás no despampanante pero sí más joven que él, alguien con cara inteligente pero que se dedicara a ser "mujer de" más que a hondear su propia personalidad. Y me he encontrado con Rima, y me ha hecho mucha ilusión, porque si antes Alan me caía bien, ahora me cae aún mejor.

Y, por supuesto, ole también a Rima, que no debe ser fácil ser la pareja de un actor, más cuando estás metida en política. Las pocas declaraciones de Alan sobre su relación que he podido encontrar me han parecido muy propias de él: tenemos una relación normal, con sus altos y sus bajos, como cualquier pareja; no fue amor a primera vista, nuestros comienzos no tuvieron nada de especial ni de película de cuento de hadas; Rima está cerca de ser una santa; lo que más me gusta de ella es su sentido del humor y que no se deja agobiar por los problemas, es la persona más positiva que conozco. Pero ella es ella y él es él, y hay que buscar un rato por Internet para encontrar una foto de los dos juntos porque ninguno de los dos vive bajo la sombra del otro (bueno, Rima un poco, más que nada porque le llega por el codo ;-)).
Y después de este intenso reportaje sobre la vida sentimental del conosido actor Alan Rickman, damos por terminado este programa de Corasón, Corasón. Un saludo y hasta el próximo domingo.
A ver cuánto me dura esta vez...
Propositos para estas vacaciones
Dos semanas, ¡dos!, de asueto me contemplan a partir de mañana (sí, Maripuchi, ya sé que a ti se te llevan los diablos, pero yo las necesito como agua de mayo; tengo la garganta como una zapatilla y hoy casi mato a una docenita o así de niños, ¡y eso que tengo una buena clase!), así que me estoy haciendo una lista poco menos que interminable de cosas que quiero hacer estos días.
La primera: actualizar los links a vuestros blogs. Puedo prometer y prometo que haré todo lo posible para que todos aquellos que sois pero no estáis, estéis. Siempre que me veo en vuestros links me acuerdo, pero, casualmente, siempre es cuando más justa de tiempo ando. A partir del segundo punto, cosas típicas: estudiar, escribir, llevar al gato al veterinario, hacer acopio de suero salino y pastillas antivómito para las resacas... Lo de todos los años, vamos.
(Espero que la próxima entrada sea más sustanciosa, estoy haciendo tiempo para no estudiar).
La primera: actualizar los links a vuestros blogs. Puedo prometer y prometo que haré todo lo posible para que todos aquellos que sois pero no estáis, estéis. Siempre que me veo en vuestros links me acuerdo, pero, casualmente, siempre es cuando más justa de tiempo ando. A partir del segundo punto, cosas típicas: estudiar, escribir, llevar al gato al veterinario, hacer acopio de suero salino y pastillas antivómito para las resacas... Lo de todos los años, vamos.
(Espero que la próxima entrada sea más sustanciosa, estoy haciendo tiempo para no estudiar).
Ser escritora
He llegado a casa y, bajo la penumbra de las seis de la tarde en una habitación que da al este, he encontrado un elemento no identificado en el suelo de la cocina. Más por vagancia que por respeto al cambio climático, me he acercado sin encender la luz e, imaginando que sería alguno de los descubrimientos de Sauron (la de porquerías que encuentra el bicho por los recovecos de la casa, madre), me he agachado y le he pegado un soplido -al elemento, no al gato-. Lo que quiera que fuera se ha movido y yo, gilipollas de mí, he pegado un respingo de campeonato pensando que era una araña gigante o cualquier bicho de tamaño considerable, antes de darme cuenta de que se trataba simplemente de un pellejo de ajo rescatado de vaya usted a saber dónde por el minino.
Y entonces, como de la nada y en menos de dos segundos, se ha formado en mi mente una mini escena con una mujer que hacía exactamente lo mismo que yo, solo que ella se caía de culo y tiraba al caer de un mantel que hacía que toda la vajilla de porcelana de la abuela se fuera al suelo con ella. Y así, sin venir a cuento, me he encontrado con un personaje con cara, nombre y hasta medidas, y una escena que podría, perfectamente, ser el principio de una historia.
Y me ha dado por pensar que quizás, sólo quizás, sí que tenga mente de escritora, aunque se quede todo dentro de ella. Porque escritor es, por definición, alguien que escribe, y si no pongo esas escenas -decenas de ellas, a veces- que se me ocurren a diario sobre un papel, es como si no existieran, como si nunca las hubiera imaginado. Y entonces dejo de ser escritora y me convierto en pensadora.
Y qué queréis que os diga, lo de ser pensadora no mola tanto.
P.D: Por cierto, entrada número 100. Felicidades, blog.
Y entonces, como de la nada y en menos de dos segundos, se ha formado en mi mente una mini escena con una mujer que hacía exactamente lo mismo que yo, solo que ella se caía de culo y tiraba al caer de un mantel que hacía que toda la vajilla de porcelana de la abuela se fuera al suelo con ella. Y así, sin venir a cuento, me he encontrado con un personaje con cara, nombre y hasta medidas, y una escena que podría, perfectamente, ser el principio de una historia.
Y me ha dado por pensar que quizás, sólo quizás, sí que tenga mente de escritora, aunque se quede todo dentro de ella. Porque escritor es, por definición, alguien que escribe, y si no pongo esas escenas -decenas de ellas, a veces- que se me ocurren a diario sobre un papel, es como si no existieran, como si nunca las hubiera imaginado. Y entonces dejo de ser escritora y me convierto en pensadora.
Y qué queréis que os diga, lo de ser pensadora no mola tanto.
P.D: Por cierto, entrada número 100. Felicidades, blog.
Venganza
Me acerqué sin sigilo, porque sabía que no me prestaría la menor atención, que no huiría. Metí todo el ruido que quise sobre la hojarasca del parque, andando con el paso firme de quien tiene un propósito. Él levantó la cabeza y me miró un segundo antes de volver la vista hacia su perro, un chucho con el mismo gesto de desprecio por la vida ajena como su amo que olisqueaba la base de un árbol. No me reconoció. Sabía que no lo haría. En cuanto me dio la espalda, levanté el arma. Estaba lo bastante cerca para que mi pulso no me traicionara.
El primer disparo fue a la rodilla, para que cayera al suelo y no pudiera huir, para que se quedara postrado y supiera lo que era pedirle a Dios que acabara con el dolor. El chucho empezó a ladrar, se soltó de su amo y se abalanzó hacia mí; tuve que desperdiciar una bala en él para poder seguir con mi presa.
El segundo tiro se lo pegué en el costado. Me hubiera gustado dispararle al estómago, porque morir desangrado debe ser la manera más agonizante de morir, pero por su postura me fue imposible. Éste es para que sepas qué es dolor, como el que hemos sentido mi marido y yo, me dije, pero no en voz alta, porque no quería que oyera el odio en mi voz. Quería que fuera a sangre fría, que me creyera una justiciera en lugar de una madre vengativa. Qué tontería, lo sé, pero ya pocas ilusiones me quedaban.
El tercero fue en la mano, para que se sintiera inútil, para que de verdad viera lo que le estaba ocurriendo. Como mi nieto, su hijo, que iba a crecer sabiendo lo que le había pasado a su madre, sabiendo cómo él había llegado al mundo. Me coloqué a su lado y le propiné una patada para tumbarle sobre la espalda. El olor de sus heces me mareó. No le miré a los ojos porque sabía que él no había mirado a los ojos de mi hija. Oí un gorjeo extraño y me di cuenta de que de su boca salía sangre a borbotones. Bien, me dije. Te estás desangrando por dentro.
El cuarto dio con su entrepierna. Ahí empezaste a quitarle la vida, cabrón. Cuando la tomaste en plena calle, por la fuerza, con la navaja en el cuello, el peso de tu cuerpo sobre su cuerpecito de quince años, tus babas por todo su cuello. Le quitaste la vida, porque lo que le quedó después no fue más que un recuerdo de lo que tuvo y nunca pudo recuperar. El suicidio fue sólo un trámite para alguien que ya estaba muerto.
Me quedaba una bala, y él lo sabía. Podía darle el tiro de gracia y acabar con él de la misma manera que mi hija había acabado con sí misma, o podía dejarle ahí tirado para que le encontraran los perros de los vecinos. Sonreí y le miré a los ojos. Me suplicaban que le matara.
Giré la pistola y me volé la cabeza.
El primer disparo fue a la rodilla, para que cayera al suelo y no pudiera huir, para que se quedara postrado y supiera lo que era pedirle a Dios que acabara con el dolor. El chucho empezó a ladrar, se soltó de su amo y se abalanzó hacia mí; tuve que desperdiciar una bala en él para poder seguir con mi presa.
El segundo tiro se lo pegué en el costado. Me hubiera gustado dispararle al estómago, porque morir desangrado debe ser la manera más agonizante de morir, pero por su postura me fue imposible. Éste es para que sepas qué es dolor, como el que hemos sentido mi marido y yo, me dije, pero no en voz alta, porque no quería que oyera el odio en mi voz. Quería que fuera a sangre fría, que me creyera una justiciera en lugar de una madre vengativa. Qué tontería, lo sé, pero ya pocas ilusiones me quedaban.
El tercero fue en la mano, para que se sintiera inútil, para que de verdad viera lo que le estaba ocurriendo. Como mi nieto, su hijo, que iba a crecer sabiendo lo que le había pasado a su madre, sabiendo cómo él había llegado al mundo. Me coloqué a su lado y le propiné una patada para tumbarle sobre la espalda. El olor de sus heces me mareó. No le miré a los ojos porque sabía que él no había mirado a los ojos de mi hija. Oí un gorjeo extraño y me di cuenta de que de su boca salía sangre a borbotones. Bien, me dije. Te estás desangrando por dentro.
El cuarto dio con su entrepierna. Ahí empezaste a quitarle la vida, cabrón. Cuando la tomaste en plena calle, por la fuerza, con la navaja en el cuello, el peso de tu cuerpo sobre su cuerpecito de quince años, tus babas por todo su cuello. Le quitaste la vida, porque lo que le quedó después no fue más que un recuerdo de lo que tuvo y nunca pudo recuperar. El suicidio fue sólo un trámite para alguien que ya estaba muerto.
Me quedaba una bala, y él lo sabía. Podía darle el tiro de gracia y acabar con él de la misma manera que mi hija había acabado con sí misma, o podía dejarle ahí tirado para que le encontraran los perros de los vecinos. Sonreí y le miré a los ojos. Me suplicaban que le matara.
Giré la pistola y me volé la cabeza.
Musiquita para el finde
Acabo de encontrar esta joya (gracias, Mujer Tirita), y ahí os la dejo para que empecéis el finde con buen pie.
Y esta, para pensar.
Y esta, para pensar.
Hipérbole
Las clases de los jueves por la tarde son bastante duras -euskera y lengua- y suelo tratar de hacerlas entretenidas, así que hoy hemos dado la mayor parte de la lección de forma oral en lugar de pasarnos dos horas haciendo ejercicios en el cuaderno. Los niños participaban a gusto, yo estaba de buen humor y todo iba bien; creo que hasta se han enterado de lo que es una frase subordinada en euskera (y creedme, si en castellano tiene mérito, en euskera es casi un milagro).
En la clase de lengua nos hemos puesto a hablar de recursos literarios, dando ejemplos de hipérboles. Sólo se nos ocurrían a lo grande (una montaña de hombre, sonrisa que no cabe en la boca,...) y una niña me ha preguntado por un ejemplo de hipérbole en pequeño.
En mi cabeza, he pensado: Eres más corto que la manga de un chaleco.
Pero por la boca me ha salido: Eres más corto que la picha de un virus.
Huelga decir que la media hora que quedaba de clase no ha sido tal (clase, digo, media hora sí, la más larga de mi vida).
Si mañana me despiden, os lo haré saber.
En la clase de lengua nos hemos puesto a hablar de recursos literarios, dando ejemplos de hipérboles. Sólo se nos ocurrían a lo grande (una montaña de hombre, sonrisa que no cabe en la boca,...) y una niña me ha preguntado por un ejemplo de hipérbole en pequeño.
En mi cabeza, he pensado: Eres más corto que la manga de un chaleco.
Pero por la boca me ha salido: Eres más corto que la picha de un virus.
Huelga decir que la media hora que quedaba de clase no ha sido tal (clase, digo, media hora sí, la más larga de mi vida).
Si mañana me despiden, os lo haré saber.
Carta abierta a Hugh Grant

A ver, Hugh, pichón mío, cariñito de mis entretelas, terroncito de azúcar de mi corazón, ¿en qué fallamos tu difunta madre y yo contigo? ¿Qué se le puede pasar a uno de los cien hombres más sexys del mundo por la cabeza para hacer esto? ¿Es que no escarmentaste con Divine? ¿Cuántas putas más tienen que hacerse famosas a tu costa para que espabiles? En cuatro palabras, vamos: ¿EN QUÉ ESTABAS PENSANDO? Y no me sueltes otra vez lo de "I'm not one to blow my own trumpet", que tendría su gracia con Jay Lenno pero a mí no me hace ninguna. Licenciado en literatura inglesa por Oxford, nada más y nada menos, y de putas en Puerto Banús. Has interpretado a Lord Byron y tienes un acento inglés que hace que me tiemblen las rodillas, y pidiendo felaciones en mitad de la vía pública. Tienes un penthouse en frente del palacio de Buckingham con terraza de 400 metros cuadrados y pagas por sexo... ¡Pero tú eres tonto o es que te caiste al nacer! ¡Por dios, la de mujeres que estarían dispuestas a hacerte un favor completamente gratis (¡bajad todas las manos, yo lo vi primero!) y tú te vas de putas! Y ni siquiera a un puticlub discreto, no... ¡Hala! ¡En medio de la calle! ¡Como si los paparazzis no te tuvieran un asco que lo flipas y no controlaran todos tus movimientos!

Y lo más gracioso es que no tienes mal gusto en mujeres (que no cobran, debería añadir). Catorce años con Liz no son moco de pavo, más con una mujer como esta, que los tiene bien puestos. Y algo bueno debiste hacer para que una mujer así te tenga en tan alta estima aún después de mandarte a la mierda, porque cualquier mujer no te perdona -aunque fuera por un tiempo- que te pillen en la vía pública con la boca de otra en salvas sean tus partes, ni pide al padre de su hijo que se haga el test de paternidad para luego mandarle a la mierda y hacerte a ti el padrino de su hijo, ni te invita a su boda con otro. No sé si será tu encanto inglés, tu sonrisa inocente (¿inocente, tú? ¡anda ya!), tus patas de gallo, pero está visto que algo les das (nos das, y yo ni siquiera te conozco).

Luego vino esta, de la que solo sé que tenía uno o dos hijos de otro matrimonio, era una "socialite" (bonita manera de decir que no hacía absolutamente nada en todo el día porque estaba podrida de dinero por su divorcio) y mucho más joven que tú, lo que me dio esperanzas por un tiempo (es apenas un par de años mayor que yo, y a mí no me importa que nos llevemos quince añitos, Hughie de mi corazón). Pero resultó que te cansaste de ella, o ella de ti, y rompisteis amigablemente, qué cosa más inglesa y más fina. ¿Y para qué? ¡PARA PODER IRTE DE PUTAS A PUERTO BANÚS! Para darte y no parar, para darte y no parar...
Pero lo que más me revienta, Hugh John Mungo Grant, no es eso. No, lo que más me revienta es que me he pasado el fin de semana en Londres mirando por las ventanas de todas las casas del barrio pijo, fijándome en cuando Jaguar y Rolls Royce veía (aunque ya sé que conducías un Ashton Martin hace unos años, puedes haber cambiado de coche), para enterarme esta tarde de que ¡ESTABAS EN PUERTO BANÚS DE PUTAS! Esto a mí no se me hace, Hugh. ¿Sabes el aterrizaje que se cascó el piloto de Ryan Air en Santander? ¿Sabes la mojadura -de lluvia, ojo- que me pillé pateándome Notting Hill, Chelsea, Belgravia, South Kensington y demás barrios guays en los que pudieras estar? Todo para nada, aparte de para convencerme de que Londres es una de mis ciudades favoritas y empezar a planear una estancia más larga. Pero que sepas que esta vez no voy a ir a buscarte. Esta vez voy a ir a ver castillos, iglesias y monumentos de verdad, no remilgados actores ingleses de sangre azul y escocesa. No voy a ir a buscarte a ti porque me has decepcionado. Qué te hubiera costado asomarte a la terracita de tu humilde casa, salir un segundo de ese pedazo de jacuzzi y saludar... Ah, no, que no podías, ¡PORQUE ESTABAS DE PUTAS EN PUERTO BANÚS!
(Pero tú tranquilo, que te haré llegar mi plan de viaje para ver si coincidimos en algún rinconcito. Igual me podrías enseñar tú Oxford, ya que lo conoces tan bien, o darme un tour privado por el castillo de Leeds...)
Meme: mi txoko
Veo en el blog de Maripuchi la invitación a un meme fotográfico y aprovecho que tengo la cámara cargando para mi viaje a Londres de mañana para sacar la foto antes de que se me olvide. He aquí mi rincón de trabajo, que en realidad es una oficina "toa pa mí sola". Nótese la biblioteca con mucho hueco que aún tengo que llenar, el gato reposando tranquilamente en el radiador (sin él, la oficina no sería la misma) y la botellita de agua para espantar al gato en cuanto se me sube a la biblioteca y empieza a tirar libros -y encima me tira los de escritura que compré en EEUU, el muy cabrón; se vé que está celoso del tiempo que me quitan de estar con él-.
Paso este meme a... Juan Cosaco, Sir John More y Rhytmduel, a ver si se mojan.
Buen vino y mejor literatura

El mes pasado me fui a una bodega a La Rioja alavesa con unas amigas. No me gusta el vino, pero celebrábamos una ocasión especial y me colé en una visita guiada que incluía la cata de un par de vinos al final. El bodeguero -o empleado de la bodega, más bien- nos explicó detalladamente el proceso de elaboración del vino y las diferencias entre el vino joven, el crianza y el reserva, y cuando terminó su explicación nos lanzó la pregunta retórica de rigor que, estoy segura, alguien siempre le lanza a él en todas las visitas. "¿Y cuál es el mejor vino, cuál es el vino bueno? El vino bueno, el mejor vino, es, sin ninguna duda, aquel que le gusta a cada uno".
Hoy he leído un comentario dejado en el post anterior sobre Ken Follet de un compañero bloguero, Luis Vea García, que me dice que no confunda la buena literatura con la literatura que me gusta. Curiosamente, cosas que tiene Internet, mi querida Maritormes se plantea en su blog la pregunta de cómo decir a alguien que no tiene talento para escribir que se dedique a otra cosa. Yo he contestado -muy pobremente- a Maritormes y estaba a punto de contestar a Luis cuando me he dado cuenta de que, ¡terror!, no tengo muy claro qué es buena literatura. ¿Cómo decirle a alguien que escribe correctamente pero no tiene talento para la literatura cuando ni siquiera tengo muy claro qué es talento?
¿Qué hace a un buen escritor, si es que se hace? Porque, ¿un escritor nace o se hace? ¿Qué diferencia a un gran escritor de un buen redactor? Sinceramente, no tengo respuesta. No puedo razonar empírica y racionalmente lo que para mí es buena literatura. Considero buenos, como más o menos todo el que los haya leído, a Paul Auster, Gabriel García Márquez, Leopoldo Alas "Clarín", John Steinbeck, Dostoievsky (como quiera que se escriba)... Pero también considero buenos a J.K. Rowling, a Ken Follet, a Elizabeth George, y a un largo etcétera de gente que, o no son conocidos, o al decir su nombre la gente me mira con el ceño fruncido y piensa que soy medio lela.
En el blog de AdR he encontrado una definición de literatura que me encanta: "Literatura es cuando tú sientes que hay algo que no se dice detrás de una frase sencilla". Exacto. Como la niña de mi clase que hoy, cuando les he pedido que me escribieran una pequeña estrofa para continuar un poema en euskera, me ha escrito (traducción libre e inexacta, no me acuerdo de la estrofa palabra por palabra): "Cuando miro en tus ojos, amado, veo el mar y me creo pez". Eso es literatura, sobre todo viniendo de una niña de once años. ¿Es buena literatura? Para mí, sí. Me hace sentir. Me hace pensar. Y creo que eso es lo que hace la buena literatura. Hace años que me cansé del síndrome del traje del emperador, como yo lo llamo: si "los que saben" dicen que es bueno, tiene que ser bueno. Pues si a mí no me gusta, no me gusta (lo siento, James Salter). Y no veas la de gente que dice "pues a mí tampoco" una vez que tú te atreves a hablar.
¿Qué es buena literatura, pregunto? Por favor, dadme una definición, o, al menos, una lista de características que se debieran incluir. Yo pongo las mías (las primeras son de cajón):
-Buena gramática.
-Buena estructura.
-Buen tema (al menos algo que interese o que entretenga, porque los desvaríos de un filósofo sobre el desarrollo intelectual de, pongamos, un burro, no creo que atraigan a mucha gente).
-Imaginación: incluso en las autobiografías, por favor.
-Vocabulario correcto para cada ocasión y cada personaje.
-Personajes creíbles, de esos que te da la impresión de ir a encontrártelos por la calle.
-Una historia que al final te haga lamentar haber acabado el libro.
En resumidas cuentas, para mí la literatura es como el vino: es buena si me gusta. Si no, kalimotxo.
Thank you, Mr Follet

Gracias, señor Follet. Primero y ante todo, por "Los pilares de la tierra", uno de mis libros favoritos y que he leído dos veces (y saboreado incluso más la segunda, porque la primera estaba demasiado picada por la curiosidad y quería llegar al final cuanto antes), pero sobretodo por "A world without end" o, como se dirá pronto, "Un mundo sin fin". No por todo el libro -aunque llegarán, no puedo juzgarlo todavía; de momento lo estoy saboreando con deleite y me está gustando tanto como el anterior-, sino por la última página. Las gracias a la catedral de Santa María. La mención de Vitoria-Gasteiz en un libro que leerán -que ya han leído- millones de personas.
Y, sobre todo, gracias por las visitas, por la presentación mundial de la traducción al español del libro en esta nuestra humilde casa, por sus amables palabras a nuestra pequeña joya (la catedral, aunque podría estar hablando de la ciudad, claro) y, aunque esto es sólo suposición, porque tiene usted una cara de majo que no puede con ella. Aparte de mis gracias, la ciudad también le regala un busto al lado de la que ya es su casa, Santa María. Espero que se le parezca o que, al menos, le saque guapo.
El día ocho de enero estaré con puntualidad británica a la salida del templo, con mi libro bajo el brazo para cazar un autógrafo que me haría más ilusión que el de Pablo Laso en su tiempo. Mi sueño: conseguir una invitación para el acto. O al menos verle de cerca y poder cruzar dos palabras con usted.
Queridos Reyes Magos...
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Iker
Aquí llega Belén, lo sé antes de verla porque sus pasos son los que más retumban en los pasillos del centro. Hasta puedo adivinar de qué humor viene: pasos rápidos, incluso más fuertes que otros días... No falla, Iker ha vuelto a hacer una de las suyas y viene a quejarse, como siempre. Cara de póker, Alfredo, como si fuera la primera vez...
Abre la puerta sin llamar y entra con los brazos en jarra, sin molestarse en cerrar la puerta. No he levantado la vista del informe que finjo leer y ella ya está gritando. Dios, esta mujer necesita unas vacaciones.
-Este niño no puede quedarse aquí. Es insolente, maleducado, agresivo y peligroso. Tiene que irse.
Respiro profundamente, como todos los viernes por la tarde de los últimos cuatro años. Belén cree que soy Dios, no hay otra explicación. Cree que con mi mirada puedo fulminar a nuestros niños y mandarlos a una dimensión desconocida donde a ella no la molesten, o arreglar todos sus problemas con un toque de mi varita mágica e integrarlos en la sociedad. Mi suspiro la exaspera más.
-A ver, ¿qué excusa le vas a sacar ahora? ¿Sabes lo difícil que es hacer la terapia de grupo con ese salvaje pegando gritos y tirando todo lo que pilla a su paso? Me da igual lo que diga el informe, me da igual por lo que haya pasado. Este niño tiene que irse. O se va él, o me voy yo.
Belén, ay, Belén, tú y tu manía de hablar a voz en grito en un edificio antiguo de pasillos largos y techos altos donde reverbera hasta el vuelo de una mosca. Tú y tu manía de no cerrar nunca la puerta del despacho... Mierda.
Los ojos de Iker refulgen un segundo cuando me miran desde detrás de Belén. Hay ira, desprecio, insolencia, agresividad, pero también hay miedo, inseguridad, rabia, dolor. O quizás sólo esté en mi mente. Quizás sólo lo vea porque no quiero perder la esperanza de que existan.
No puedo más, esta vez me va a oír. Estoy hasta el gorro de sus excusas y sus teorías psicológicas, ese niño es un psicópata y aquí va a pasar algo gordo algún día. Si tanta pena le da, que lo trate él, yo no pienso cogerle más. ¿Pues no te jode, que me ha tirado el libro a la cabeza? Si no me agacho, me mata. Hala, él ahí, repantingadito en su mesa, haciendo que trabaja para no dar la cara, y luego va predicando vaya usted a saber qué chorradas sobre la paciencia y la comprensión y el cariño y no sé qué más soplapolleces. Hay niños a los que no se puede querer y punto. Y yo no quiero a Iker, ni quiero quererle, nunca. No le soporto. No aguanto más.
-Este niño no puede quedarse aquí. Es insolente, maleducado, agresivo y peligroso. Tiene que irse.
Suspirito, como todos los viernes. ¿Se creerá que así me va a callar? Belén, contrólate que te va a subir la tensión. Yo tenía que estar trabajando en un colegio, a poder ser privado, con niños normales y disciplinados, no con esta panda de cafres. ¡No lo soporto más!
-A ver, ¿qué excusa le vas a sacar ahora? ¿Sabes lo difícil que es hacer la terapia de grupo con ese salvaje pegando gritos y tirando todo lo que pilla a su paso? Me da igual lo que diga el informe, me da igual por lo que haya pasado. Este niño tiene que irse. O se va él, o me voy yo.
No me ha hecho falta ver la expresión de Alfredo para saber que estaba detrás de mí, he sentido su presencia, esa energía destructiva que transmite por donde pasa. Mira qué sonrisa, si es que da miedo hasta mirarle a la cara. Cualquier día trae una pistola y nos mata a todos. Cualquier día, ya verás...
Ya está la vieja chocha quejándose de mí. Qué pena no haberle dado con el libro, con un poco de suerte la dejo tonta y se tiene que ir a una clínica y nos deja en paz de una puta vez. ¿A quién quiere engañar? "Confiad en mí, estoy aquí para ayudaros...". Y una mierda. Le gustaría vernos a todos ahogados, la muy perra.
Pero por lo menos ésta es sincera y no disimula. A ésta se le nota que preferiría estar en cualquier sitio menos con nosotros, que hace este trabajo porque ya es muy mayor para cambiar, aunque no tenga capacidad para querer ni a una mosca, mucho menos a nosotros, vieja amargada. Pero el otro... ¿De qué va Alfredo? A veces casi me creo su rollo, parece que va en serio con eso de que le importamos y que quiere ayudarnos. Pero será como todos los demás: te da la mano y, en cuanto te descuides, te suelta y el ostión es más grande porque no te lo esperabas. Como mi madre. Como mi padre. Como ese profesor tan majo al que le gustaba más mi polla que yo.
Y, sin embargo, hay algo en su mirada que parece leer mi mente...
Abre la puerta sin llamar y entra con los brazos en jarra, sin molestarse en cerrar la puerta. No he levantado la vista del informe que finjo leer y ella ya está gritando. Dios, esta mujer necesita unas vacaciones.
-Este niño no puede quedarse aquí. Es insolente, maleducado, agresivo y peligroso. Tiene que irse.
Respiro profundamente, como todos los viernes por la tarde de los últimos cuatro años. Belén cree que soy Dios, no hay otra explicación. Cree que con mi mirada puedo fulminar a nuestros niños y mandarlos a una dimensión desconocida donde a ella no la molesten, o arreglar todos sus problemas con un toque de mi varita mágica e integrarlos en la sociedad. Mi suspiro la exaspera más.
-A ver, ¿qué excusa le vas a sacar ahora? ¿Sabes lo difícil que es hacer la terapia de grupo con ese salvaje pegando gritos y tirando todo lo que pilla a su paso? Me da igual lo que diga el informe, me da igual por lo que haya pasado. Este niño tiene que irse. O se va él, o me voy yo.
Belén, ay, Belén, tú y tu manía de hablar a voz en grito en un edificio antiguo de pasillos largos y techos altos donde reverbera hasta el vuelo de una mosca. Tú y tu manía de no cerrar nunca la puerta del despacho... Mierda.
Los ojos de Iker refulgen un segundo cuando me miran desde detrás de Belén. Hay ira, desprecio, insolencia, agresividad, pero también hay miedo, inseguridad, rabia, dolor. O quizás sólo esté en mi mente. Quizás sólo lo vea porque no quiero perder la esperanza de que existan.
No puedo más, esta vez me va a oír. Estoy hasta el gorro de sus excusas y sus teorías psicológicas, ese niño es un psicópata y aquí va a pasar algo gordo algún día. Si tanta pena le da, que lo trate él, yo no pienso cogerle más. ¿Pues no te jode, que me ha tirado el libro a la cabeza? Si no me agacho, me mata. Hala, él ahí, repantingadito en su mesa, haciendo que trabaja para no dar la cara, y luego va predicando vaya usted a saber qué chorradas sobre la paciencia y la comprensión y el cariño y no sé qué más soplapolleces. Hay niños a los que no se puede querer y punto. Y yo no quiero a Iker, ni quiero quererle, nunca. No le soporto. No aguanto más.
-Este niño no puede quedarse aquí. Es insolente, maleducado, agresivo y peligroso. Tiene que irse.
Suspirito, como todos los viernes. ¿Se creerá que así me va a callar? Belén, contrólate que te va a subir la tensión. Yo tenía que estar trabajando en un colegio, a poder ser privado, con niños normales y disciplinados, no con esta panda de cafres. ¡No lo soporto más!
-A ver, ¿qué excusa le vas a sacar ahora? ¿Sabes lo difícil que es hacer la terapia de grupo con ese salvaje pegando gritos y tirando todo lo que pilla a su paso? Me da igual lo que diga el informe, me da igual por lo que haya pasado. Este niño tiene que irse. O se va él, o me voy yo.
No me ha hecho falta ver la expresión de Alfredo para saber que estaba detrás de mí, he sentido su presencia, esa energía destructiva que transmite por donde pasa. Mira qué sonrisa, si es que da miedo hasta mirarle a la cara. Cualquier día trae una pistola y nos mata a todos. Cualquier día, ya verás...
Ya está la vieja chocha quejándose de mí. Qué pena no haberle dado con el libro, con un poco de suerte la dejo tonta y se tiene que ir a una clínica y nos deja en paz de una puta vez. ¿A quién quiere engañar? "Confiad en mí, estoy aquí para ayudaros...". Y una mierda. Le gustaría vernos a todos ahogados, la muy perra.
Pero por lo menos ésta es sincera y no disimula. A ésta se le nota que preferiría estar en cualquier sitio menos con nosotros, que hace este trabajo porque ya es muy mayor para cambiar, aunque no tenga capacidad para querer ni a una mosca, mucho menos a nosotros, vieja amargada. Pero el otro... ¿De qué va Alfredo? A veces casi me creo su rollo, parece que va en serio con eso de que le importamos y que quiere ayudarnos. Pero será como todos los demás: te da la mano y, en cuanto te descuides, te suelta y el ostión es más grande porque no te lo esperabas. Como mi madre. Como mi padre. Como ese profesor tan majo al que le gustaba más mi polla que yo.
Y, sin embargo, hay algo en su mirada que parece leer mi mente...
Lucia
Los libros debían ser ordenados por tamaño y autor, pero ninguno había salido todavía de su lugar. El polvo se acumulaba sobre la mesa, sobre las baldas, entre los lomos de los libros, pero el plumero parecía estar en huelga de brazos cruzados, tumbado en una esquina del despacho, sin atisbo siquiera de movimiento. Se suponía que era día de limpieza pero, dos horas más tarde, el desorden de la habitación se había multiplicado por mil.
La culpa era de aquella estantería, se dijo Lucía, sentada en el suelo con las piernas cruzadas y una manta sobre los hombros; su estantería de escritura, donde se iba acumulando todo lo que, por un motivo u otro, no era capaz de escribir en el ordenador. Viendo el suelo de su despacho, cualquiera hubiera pensado que un terremoto de magnitud siete había atacado sólo al piso de Lucía; no quedaba ni un centímetro cuadrado libre, y si alguien hubiera querido entrar sin pisar papeles, habría tenido que volar.Se encontraba rodeada de cuadernos con historias empezadas -muy pocas acabadas, ninguna revisada-; páginas y páginas de ideas para guiones que Lucía imaginó, en su momento, merecedores de un Óscar; primeros capítulos de novelas que en manos de cualquiera se hubieran convertido en seguros premios Planeta (pero no en las suyas, nunca en las suyas, que siempre perdían gas a medida que se acercaba un clímax), y un sinfín de descripciones de personajes que tenían más vida que la mayoría de gente que conocía. Nada estaba terminado, nada estaba definido: miles de árboles muertos irremediablemente para que ella, Lucía, los emborronara con tinta y los convirtiera en basura.
Y entonces se dio cuenta de lo que era, y el mundo entero se le vino abajo, y una lágrima que le ardió en la cara cayó sobre el papel que sostenía con la enésima idea para una novela, una idea tan buena que le dio miedo escribir porque sabía que nunca le haría justicia, nunca la convertiría en todo lo que podría ser.
Lucía lo supo entonces: no era escritora. Era escribidora.
Y una muy mala, por cierto.
La culpa era de aquella estantería, se dijo Lucía, sentada en el suelo con las piernas cruzadas y una manta sobre los hombros; su estantería de escritura, donde se iba acumulando todo lo que, por un motivo u otro, no era capaz de escribir en el ordenador. Viendo el suelo de su despacho, cualquiera hubiera pensado que un terremoto de magnitud siete había atacado sólo al piso de Lucía; no quedaba ni un centímetro cuadrado libre, y si alguien hubiera querido entrar sin pisar papeles, habría tenido que volar.Se encontraba rodeada de cuadernos con historias empezadas -muy pocas acabadas, ninguna revisada-; páginas y páginas de ideas para guiones que Lucía imaginó, en su momento, merecedores de un Óscar; primeros capítulos de novelas que en manos de cualquiera se hubieran convertido en seguros premios Planeta (pero no en las suyas, nunca en las suyas, que siempre perdían gas a medida que se acercaba un clímax), y un sinfín de descripciones de personajes que tenían más vida que la mayoría de gente que conocía. Nada estaba terminado, nada estaba definido: miles de árboles muertos irremediablemente para que ella, Lucía, los emborronara con tinta y los convirtiera en basura.
Y entonces se dio cuenta de lo que era, y el mundo entero se le vino abajo, y una lágrima que le ardió en la cara cayó sobre el papel que sostenía con la enésima idea para una novela, una idea tan buena que le dio miedo escribir porque sabía que nunca le haría justicia, nunca la convertiría en todo lo que podría ser.
Lucía lo supo entonces: no era escritora. Era escribidora.
Y una muy mala, por cierto.
Cita
El otro día fui a dar un paseo y un chaval me tendió un pequeño panfleto. Leí el título antes de hacerlo una bola y tirarlo a la papelera más cercana:
"Tienes una cita con Jesús en la otra vida".
Curioso, en ésta no consigo una ni pagando, pero en la próxima ya hay cola...
"Tienes una cita con Jesús en la otra vida".
Curioso, en ésta no consigo una ni pagando, pero en la próxima ya hay cola...
13 y martes

Me tengo por una persona llena de contradicciones, aunque seguramente las mías palidezcan ante las de otros muchos. Una de ellas, posiblemente la más grande, es que me encanta el día de mi cumpleaños pero odio cumplir años. Acojo cada trece de noviembre con una mezcla de pavor y anhelo que no tienen ningún sentido, y cada año trato de convencerme a mí misma de que es un buen día, de que es bueno llegar a ser un año más vieja... Y aún así, según se va acercando la fecha, me echo a temblar ante la idea de añadir otra vela más a mi tarta.
Me he puesto a analizar, como buena aficionada a la psicología que soy, esta mezcla de sensaciones tan irracional. ¿Por qué me gusta el día de mi cumpleaños? Obviamente, como a casi todos, porque es el único día del año (o, al menos, el único asegurado, a no ser que ganes un Oscar, te quedes embarazada, te cases, escribas un libro, mates a alguien,...) en el que eres la principal protagonista; es tu día especial, ese en el que recibes llamadas de gente con la que hace tiempo que no hablas, o con la que te encanta hablar; el día en que recibes regalos que, te gusten o no te gusten, hacen una ilusión tremenda; el día en que puedes hacer poco menos lo que te dé la gana porque todo está justificado, es tu cumpleaños. Aunque todo esto tiene un pequeño matiz: los que hacen especial el día de tu cumpleaños son los demás. Sin amigos, sin familia, sin gente a tu alrededor, sería un día como otro cualquiera. Así que, si me gusta tanto mi cumpleaños, es porque tengo la seguridad de que toda la gente que me quiere se va a acordar de mí (hoy o mañana, o dentro de una semana, vamos) y me van a hacer sentir especial. Con lo que llego a la conclusión de que me gusta mi cumpleaños porque me recuerda toda la gente a la que le importo. Que es básicamente la esencia de la vida.
Pero, entonces, ¿por qué no me gusta cumplir años? Quizás sea porque hasta ahora he visto cada año como una cuenta atrás, otro año menos que me queda por vivir, en lugar de mirar hacia atrás y ver todo lo que he vivido. Quizás sea porque tengo la sensación de que me quedan muchas cosas por hacer y que no tengo tiempo material en los ¿40?, ¿50? años que me quedan por vivir. Pero luego miro hacia atrás y me doy cuenta de que no me cambiaría por ninguna de mis otras "yos" de años anteriores; que cada año que he vivido me ha mejorado, me ha convertido en lo que soy y me mejora cada día. Como dice la tarjeta que me han regalado mis niños (junto con un perro de peluche, un euro y medio "para ayudarme con la hipoteca" y una pelota anti estrés "que también puedes usar para tirársela a la cabeza al que no se calle"), estoy en la mejor edad: estoy muy lejos de los 40, aparento menos de 30 y puedo aprovecharme de la experiencia adquirida en los últimos 10. Sabios, mis niños.
Así que he decidido que, a partir de ahora, me va a gustar cumplir años -aunque debéis saber que cumpliré siempre 25- y voy a seguir disfrutando del día de mi cumpleaños como una enana. Porque de eso se trata, de tener un día especial al año en el que yo, y sólo yo (bueno, y José María García, y Whoopy Goldberg, creo) soy la protagonista.
Mi principe azul

Una borrachísima -y aún así encantadora, por supuesto- Sandra Bullock besaba a un sorprendido -y como siempre encantador, galán, pícaro, atractivo- Hugh Grant mientras yo babeaba ante la pantalla con un bocadillo de tomate y queso fresco espolvoreado con albahaca sobre las rodillas y me preguntaba a cuánta gente le había pasado algo así en la vida real y si dos personas con el físico de Hugh y Sandra iban a tener tantos remilgos a la hora de darse un homenaje, cuando alguien llamó en mi puerta (y digo en mi puerta porque tuvieron que usar los nudillos, porque no tengo timbre; la casa vino sin él y, sinceramente, ¿qué necesidad se tiene de uno?). Los efluvios de la comedia romántica me hicieron dar un salto: ¿sería aquel mi príncipe azúl? ¿Mi Hugh Grant (pero el de las pelis, no el de la vida real, que debe ser un borde)? ¿Mi joven Alan Rickman? Hasta con el Clark Kent de Smallville me hubiera "conformado", por más pinta de marine americano que tenga a veces. Salí al pasillo con el corazón en un puño, preparando una escena romántica que hubiera hecho palidecer a la mismísima Bridget Jones.
Y entonces me vi reflejada en el espejo del pasillo, y hasta a mí se me cayó la líbido por mí misma al suelo. Pijama de felpa atado hasta el cuello; pelo recién lavado recogido en un torpe moño para no manchármelo con el bocata; gafas que necesitan un ajuste manteniéndose precariamente en la punta de mi nariz. Por dios, que no sea mi príncipe azul. Si lo es, no pienso abrirle.
No era, por supuesto, ningún príncipe -ni conde, ni duque, ni lacayo siquiera-, sino el vecino de abajo con un papelillo que necesitaba que le firmara. Suspiré tranquila, le firmé lo que me pedía y me despedí con un buenas noches. Me fijé de nuevo en mi reflejo. Vaya pintas. Espero que mi príncipe azul me llame por teléfono con una horita de adelanto antes de venir.
Pero, de todas maneras, creo que me voy a comprar un camisón de seda muy sugerente y muy sexy (sobre el cual me pondré una bata de felpa que será la envidia de cualquier foca). Por si las moscas... o los príncipes azúles.
Conocimientos inutiles
Ya sé que no hay conocimientos inútiles, bien dice el refrán que el saber no ocupa lugar (aunque mi madre discrepe, ahora que está haciendo limpieza y hay varios cientos de libros con los que no sabe qué hacer), pero digamos que hay conocimientos más útiles que otros, saberes que nos llevan más lejos que otros. Quien estudia ingeniería tiene su mente puesta en avanzar, en crear, en innovar, igual que un arquitecto, o un informático, o un científico de la clase que sea. Ellos miran al futuro; analizan los datos presentes para formular nuevas teorías con los que encontrar datos nuevos.
Yo no soy de esas personas. A mí me van los conocimientos, digamos, menos útiles. Me gustan los datos que no van a ayudar a nadie a erradicar la pobreza, que no van a curar el SIDA o encontrar una vacuna contra el cáncer. Yo soy de LETRAS, con mayúscula, anclada en el pasado y en los hechos que explican por qué somos como somos ahora, sin una mirada ni de refilón al cómo seremos el año que viene.
¿De qué me sirve saber que la uve no se pronuncia en castellano, a diferencia de otros idiomas latinos, por influencia del euskera? ¿Qué me aporta el conocimiento de que la palabra Hispania viene del fenicio y significa "tierra de conejos"? ¿Me es realmente indispensable saber que, antes de que el latín se convirtiera en lengua única en la península, había varios idiomas muy parecidos al euskera en toda la cornisa cantábrica? ¿O que la palabra "vascón" viene de un idioma paracelta y significa "hombre de las montañas" o, en sentido figurado, "hombre altivo"?
Mucha gente dirá que algo así no sirve para nada (aunque, Maritormes, yo sé que tú me entiendes). Yo discrepo. Sirve para entender qué soy, por qué soy como soy, de dónde vengo -aunque no tenga ni idea de a dónde voy- y, sobre todo, por qué los demás son como son. Me sirve para respetar y admirar culturas a las que ahora miramos por encima del hombro (¿qué sería de nosotros sin aceite, almohadas, alfombras y alhajas, por no mencionar una lista interminable de descubrimientos que no tendríamos sin la cultura musulmana?), para entender culturas que quiero hacer mías (¿sabíais que el poema inglés equivalente al "Cantar del mío Cid" es en realidad danés?), para sentirme orgullosa de ser la amalgama de culturas que soy.
Y, entre otras cosas, para poder explicárselo a mis alumnos y contribuir a que abran un poco más sus mentecillas.
Yo no soy de esas personas. A mí me van los conocimientos, digamos, menos útiles. Me gustan los datos que no van a ayudar a nadie a erradicar la pobreza, que no van a curar el SIDA o encontrar una vacuna contra el cáncer. Yo soy de LETRAS, con mayúscula, anclada en el pasado y en los hechos que explican por qué somos como somos ahora, sin una mirada ni de refilón al cómo seremos el año que viene.
¿De qué me sirve saber que la uve no se pronuncia en castellano, a diferencia de otros idiomas latinos, por influencia del euskera? ¿Qué me aporta el conocimiento de que la palabra Hispania viene del fenicio y significa "tierra de conejos"? ¿Me es realmente indispensable saber que, antes de que el latín se convirtiera en lengua única en la península, había varios idiomas muy parecidos al euskera en toda la cornisa cantábrica? ¿O que la palabra "vascón" viene de un idioma paracelta y significa "hombre de las montañas" o, en sentido figurado, "hombre altivo"?
Mucha gente dirá que algo así no sirve para nada (aunque, Maritormes, yo sé que tú me entiendes). Yo discrepo. Sirve para entender qué soy, por qué soy como soy, de dónde vengo -aunque no tenga ni idea de a dónde voy- y, sobre todo, por qué los demás son como son. Me sirve para respetar y admirar culturas a las que ahora miramos por encima del hombro (¿qué sería de nosotros sin aceite, almohadas, alfombras y alhajas, por no mencionar una lista interminable de descubrimientos que no tendríamos sin la cultura musulmana?), para entender culturas que quiero hacer mías (¿sabíais que el poema inglés equivalente al "Cantar del mío Cid" es en realidad danés?), para sentirme orgullosa de ser la amalgama de culturas que soy.
Y, entre otras cosas, para poder explicárselo a mis alumnos y contribuir a que abran un poco más sus mentecillas.
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