San Francisco

Mark Twain tenía más razón que un santo.

Llegamos a Frisco y nos tuvimos que poner los pantalones largos, los calcetines, el jersey, la cazadora y la bufanda, y aún así hacía frío, porque por mucho que te abrigues la humedad del Pacífico te entra en los huesos y la niebla te nubla el termostato. Tratamos de encontrar un sitio donde cenar ligero después de las mini raciones del avión y terminamos sentados delante de un plato de rost beef bien cortado, con su puré de patatas y su acompañamiento de salsa grasosa, como mandan los cánones. Aquella noche dormimos como reyes en una cama que no desmerecía a la de un hotel de cinco estrellas, aunque estoy convencida de que habríamos dormido igual en una tabla rasa.



Pero, ¡horror!, a las cinco del día siguiente ya estábamos despiertos, y a falta de tiendas abiertas hicimos lo siguiente mejor: irnos a desayunar un desayuno típicamente americano. Que nos pasáramos las vacaciones metiéndonos tremendos desayunos de este pelo puede que explique el hecho de que no me valga la ropa que dejé en Vitoria, pero eso es harina de otro costal y no vale la pena elucubrar.



Y luego llegó el barrio chino, y el italiano, y el Golden Gate a lo lejos, y el Bay Bridge, que es aún más bonito que el primero pero no tan famoso, aunque no sé por qué. Y, por si hubiera hambre, nos fuimos a comer a un indio-irlandés donde las pintas estaban a seis dólares y pico y el plato de curry a cinco, para equilibrar la cuenta. El resto de la tarde la pasamos haciendo la digestión. Y paseando. Y pensando en lo cansados que estábamos a pesar de ser las siete de la tarde.



Pero qué bien se duerme en el Kensington Park, madre.

Aduana

Y es que pasar la aduana de Estados Unidos no es nada fácil, al menos para los hombres, y si ya eres un poco moreno, ni te cuento. Hace tres años sufrimos un ataque de ansiedad por culpa de una tía torda que nos dio una tarjeta de embarque hecha a mano, con la que no nos dejaban pasar en Philadelphia. Este año, un nombre y apellidos demasiado comunes nos dieron lata en San Francisco.

-¿Ha estado usted alguna vez en Estados Unidos?
-No.
-¿Ha pedido alguna vez un visado para trabajar aquí?
-No.
-¿Ha venido usted antes a este país?
-No.
-Tendrá que pasar por inspección secundaria. Seguro que es un error, pero me sale alguien con su mismo nombre que ha pedido visado.

Fueron amables, y nosotros íbamos tranquilos porque sabíamos que no habíamos hecho nada y ellos sabían que era un error. "There must be a lot of tocayos out there", nos dijo el hispano que no hablaba español en la inspección secundaria. Y así fue. Después de preguntar lo mismo media docena de veces, media hora eterna tras un vuelo de doce horas, nos dejaron salir con un "enjoy your trip" al frío de San Francisco. Nos acordamos de la frase de Mark Twain: "El invierno más frío que pasé fue un verano en San Francisco". La madre que parió al pacífico y su brisa.

Regreso

¿Cómo puede una volver sin haber dicho antes que se iba? Pues sí, así soy yo, una "malqueda", que decía alguien de mi pasado (no recuerdo quién). Me he ido quince días a repetir las vacaciones de hace tres años, a ver a viejos amigos y a asistir a una boda oficiada por Elvis (que sigue vivo). Fotos y comentarios en próximos posts.

Los viajes largos te recuerdan, por si te habías olvidado, que los años no pasan en balde. Antes hacía este viaje tres veces al año, y tan tranquila, oiga. Hoy me he levantado a las dos de la tarde -tras 23 horas de viaje y llegar a casa a las cinco de la mañana- y todavía no sé si debo desayunar, comer, merendar o meterme otra vez a la cama. Aparte de que tengo los tobillos como botas y me duele hasta respirar. Qué duro es hacerse mayor.

El gato bien, gracias.

Nuevo feminismo

El feminismo, como todo, ha ido evolucionando a través de la historia. Al principio, el objetivo primordial de las mujeres era salir de la cárcel en la que se hallaban y colarse en el mundo masculino. Para ello pidieron para sí los roles que se les había asignado siempre a los hombres: poder trabajar, llevar dinero a casa, soportar la carga económica de una familia, llevar pantalones. Pasaron del ámbito privado al público, de un mundo "femenino" (permitid que use las comillas cuando un término no sea literal o no se ajuste del todo a lo que quiero decir) a un mundo "masculino". Adoptaron maneras de hombres: fumar en público, beber, andar en bicicleta... Y poco a poco la mujer se fue colando en rincones que antes les estaban vetados. Todo lo que antes se denominaba "femenino" (coser, cuidar de los hijos, atender la casa) fue menospreciado y minusvalorado. Las feministas se negaban a encadenarse en casa como sus madres y sus abuelas, y la lucha con el resto de mujeres empezó. Los hombres se sintieron amenazados. Se extendió la imagen de la feminista "machorra", lesbiana o asexual, que odiaba a los hombres y que soñaba con tener pene. La mujer tomó el terreno del hombre, pero el que hasta entonces había sido el terreno de la mujer quedó vacío.

Luego llegó una nueva tendencia. Las feministas reivindicaron su derecho a ser mujer desde lo femenino. Querían tener los mismos derechos que los hombres, pero también querían quedarse en casa con sus hijos. Querían que cuidar de los demás fuera visto como algo tan importante como traer dinero a casa, que parir fuera enaltecido como el trabajo más importante de la sociedad. Esas mujeres miraban (miran) mal a las que deciden no tener hijos, a las que no quieren quedarse en casa, a las que prefieren trabajar fuera a cuidar de los suyos. Huelga decir que entre el primer y el segundo grupo surgieron tiranteces. A todas se las llama feministas, pero no creo que existan dos grupos de mujeres más enfrentados en la historia.

Yo abogo, aquí como en todo, por el camino del medio. Mi feminismo viene guiado por la teoría de género, y va dirigido tanto a hombres como mujeres. Según mi hermano, soy lo que algunas de las mujeres y muchos hombres llaman "feminazi"; como él mismo ha dicho, me siento halagada cada vez que se dirigen a mí con este epíteto porque siento que algo estoy haciendo bien. Mi feminismo no diferencia hombre de mujer, femenino o masculino. Me gustaría vivir en una sociedad en la que el hecho de mear de pie o sentada no marcara tu destino. Un mundo en el que los hombres puedan tocarse, abrazarse y besarse como hacemos las mujeres sin que se les tache de maricones (y no digamos un mundo en el que la palabra maricón desaparezca). Un mundo en el que no se trate de distinta manera a una niña o a un niño, en el que los niños, si les da la gana, puedan ponerse un vestido rosa para ir a clase y nadie piense nada raro. Luchamos contra el racismo, y somos conscientes de que juzgar a alguien por el color de su piel está mal, pero aún seguimos juzgando todo a nuestro alrededor dependiendo de lo que cuelga o no entre las piernas, como si eso importara lo más mínimo.

En mi mundo ideal, los hombres se quedan en casa cuidando a sus hijos (o no) y el resto del mundo no les llama mantenido, vividor o aprovechado. Las mujeres tienen la opción de ser madre o no dependiendo de sus gustos y sus circunstancias. Aquellas a las que les guste quedarse en casa no reciben miradas acusatorias de sus compañeras, y las niñas que son hábiles y fuertes no van vestidas con vestiditos blancos llenos de florecitas con sus madres gritando que no se manchen. Los niños son delicados (o no), las mujeres son fuertes (o no), y todos y todas hacemos y somos lo que nos da la gana porque somos distintos y es imposible ser iguales, seamos hombres o mujeres. Lo único que podemos hacer las mujeres que a los hombres les está vetado es quedarnos embarazadas. En el resto de cosas, deberíamos tener todas las puertas abiertas.

Os dejo un vídeo precioso que nos pusieron en un curso de coeducación. Si tenéis un cuarto de hora, disfrutarlo, merece la pena. Ya me diréis que os parece. Y si no podéis verlo ahora y queréis buscarlo en youtube, poned "vestido nuevo" e ignorad el comentario que dice que habla de la homosexualidad en el colegio.



Semana Negra de Gijón 2010

¡Qué bonito que ye Asturias, madre!

Ya estoy de vuelta. Ah, que no sabíais que me había ido. Pues sí, me fui y ya volví. Cuatro días de viaje, pero doce horas de tren entre la ida y la vuelta, así que en realidad solo fueron dos días enteros, que saben a poco pero te dejan con ganas de volver el año siguiente, que de eso se trata. Curioso, llevé el diario de viaje que llevo siempre conmigo y, al leer la entrada de Gijón del año pasado, me encontré casi con esas mismas palabras: el año que viene tengo que venir más días. Pero no he hecho caso a mi yo del pasado. La cosa es no escuchar a mis mayores.

Este año he estado entre Gijón y Oviedo, visitando a los que fueron mis roommates en los USA antes de que se vuelvan para allá. Durante el día, playa (qué frío, madre), paseo, comida abundante y grata compañía. Y por la tarde, poco antes de la puesta de sol, Semana Negra. Ay. Suspiro. Qué gozada, madre.

He andado entre libros, libreros, autores y admiradores (y gente a la que las carpas de los escritores parecían molestarles, porque no era un tío vivo en el que montarse). En uno de los puestos de libros, el de la librería Negra y Criminal, se me ocurrió pedirle al librero que me recomendara algo para leer. "Con una condición", me dijo, "que no te sientas obligada a comprar nada de lo que te diga". Pero cómo no comprarlos, con la pasión con la que hablaba. Por dios, si se pasó media hora recomendándome libros que ni siquiera tenía; vamos, que no lo hacía por vender. Tuve la sensación de haber muerto y estar en el cielo, y aquel hombre era mi dios. Yo, que no creo en nada, encontré el paraíso en la Tierra, y se llama Negra y Criminal. Los que vivís en Barcelona, no sabéis lo afortunados que sois. Seis libros le compré a aquel librero tan majo del que no sé el nombre. Casi me pidió perdón.

También atendí a un par de presentaciones, y me perdí otras tantas que me hubiera gustado escuchar. Juan Ramón Biedma se llevó el premio del director y me firmó su libro, El humo en la botella, que tiene una pinta estupenda, y a Julio Murillo tuve que comprarle dos ejemplares de su thriller histórico Oricalco, porque me gustó tanto la presentación que hizo y el artículo suyo que leí que, aunque huele a Código DaVinci o similar (pero con más rigor histórico, seguro), tuve que comprar uno para mí y otro para una amiga. También compré uno de Willy Uribe, que andaba por la feria, pero no tuve paciencia para buscarlo y hacer que me lo firmara. El año que viene, que ese es un fijo.

Y lo mejor: igual que me ocurrió el año pasado, he vuelto con unas ganas locas de escribir. Hoy he madrugado (¡en vacaciones!) y me he pasado dos horas delante del ordenador, escribiendo. Hacía tanto tiempo que no lo hacía que no encontraba ni las letras. Sigo divirtiéndome con un proyecto que no verá la luz pero espero lean algunos, y sobre todo voy entrenando el músculo. Vuelvo a ser yo. Qué ganas, madre.

Necesito ferias de novela (negra, blanca o amarilla). Necesito el ambiente que allí se respira. Necesito libros. Aparte de los veintidós que tengo en casa aún por leer.

Diario

Todas las decisiones que tomamos afectan a los demás. Todas. Algunas veces nos damos cuenta; otras, no somos conscientes. Cada vez que nos movemos en una dirección, cambiamos el curso de otra vida. No vivimos en una burbuja. Hoy, donde antes había muerte, hay vida. Antes había dolor, hoy hay esperanza. Sólo una mujer puede ser el centro del universo. Todo a su debido tiempo. Yo no lo seré. No lo soy. Quizás lo sea. Más bien no. El mundo no gira a mi alrededor. Lo prefiero así.

El chantaje emocional es la más peligrosa de las armas. Usada debidamente, puede destruir decenas de vidas a lo largo del tiempo. Hay que ser muy hábil para esquivar las balas. Aprenderé alguna vez. Tengo que hacerlo, porque me están volviendo loca. Dice una amiga que acaba de descubrir su poder para cambiar las cosas que están mal en su vida. El problema viene cuando lo que está mal en tu vida son las personas. A ellas no se las puede cambiar si ellas no quieren. Tendré que cambiar yo.

Hace calor y siento que todos los poros de mi cuerpo sudan...

4 de julio

Hoy es cuatro de julio en Estados Unidos. Sí, ya sé que es cuatro de julio en todo el mundo, pero aquí nos la trae al pairo, a no ser que sea el día que te coges las vacaciones (que no creo, siendo domingo), tu cumpleaños o el de tus hijos. Fíjate, que después de siete años allende los mares debería habérseme quedado algo de orgullo patrio en este día, pero no. Claro que tampoco celebro el doce de octubre, ni ese día que ha elegido Patxi como día de todos los vascos, que no sé ni en qué mes cae, cómo lo voy a celebrar. Pero en los USA es 4 de julio, y desde aquí les saludo. Un poquito, al menos.

No recuerdo ningún cuatro de julio especial. Un motivo para ello es que, en los primeros años, para esas fechas yo ya estaba de vacaciones en Vitoria. Cuando empecé a trabajar en el calendario circular (tres meses de trabajo y uno de vacaciones, en lugar de todas las vacaciones al mismo tiempo), sí que me tocó estar allí durante las celebraciones. Pero aún así, no hay ninguna imagen que me asalte, que relacione con este día. Hacíamos barbacoas, sí. Y había fuegos artificiales. Pero como al día siguiente había que trabajar, tampoco se podían hacer estragos.

Aún así, este es el día que elegí para volver, para no olvidar nunca la fecha de mi regreso. Hoy hace cuatro años que dije adiós a esas tierras. Bueno, mejor dicho un hasta luego, porque no fueron en absoluto malos ratos y King City se convirtió en mi segunda casa. Soy un poco americana, me temo (un poco; solo un poco), y mal que me pese, siempre me importará lo que pase al otro lado del océano. Por eso hoy me acuerdo de ellos. No hondeo banderas, no soy de esas, pero me encantaría tener una pequeña barbacoa que llevarme a la boca, con ese sol californiano calentándome la cara y sabiendo que ahí al lado tengo la piscina para cuando me acalore demasiado. Las cosas buenas se echan de menos.


To the States
To the States or any one of them, or any city of the States,
Resist much, obey little,
Once unquestioning obedience, once fully enslaved,
Once fully enslaved, no nation, state, city of this earth, ever
afterward resumes its liberty.

Aquí sigo

El sol brilla con fuerza hoy, a diferencia de días pasados. Anochecerá tarde, aunque cada vez antes a este lado del día de San Juan. La luz no se cuela por mi ventana, no ahora, no por la tarde. Pero fuera hace calor y en casa se nota.
El gato persigue moscas, yo persigo fantasmas. Demasiado tiempo libre (¿demasiado?, ¡eso nunca!), muchas horas para pensar. No escribo. ¿Por qué no escribo? Porque no escribo. No es bloqueo. ¿Desidia? Quizás. Rendición, le llamo yo.
La gente pasa y se va. Algunos se quedan un rato, pero al final marchan. Yo también. Como decía algún poeta, nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos. Tengo que leer más poesía. No la entiendo. No sé disfrutarla. Una pena. Recomendadme algún poeta, anda.
Y aquí sigo, y, a pesar de lo que pueda parecer por el tono de la entrada, estoy feliz, o algo así. La felicidad va a ratos, pasa y se va, como la gente, como las cosas. Mis rutinas son fiables. No me puedo quejar.
Si algún día consiguiera volver a escribir -pero escribir de verdad, no esto-, sería feliz de verdad.

Necesidades

Antes escribir era una necesidad. O quizás no. Quizás yo quería creer que necesitaba escribir, cuando en realidad era sólo una manera de evadirme. Que también es una necesidad. Pero no es lo mismo.
Ya no siento esa necesidad. Ya no siento ese impulso, ese motor que me obliga a sentarme en el ordenador y escribir, lo que sea, como sea, pero escribir. No sé si es porque he pretendido tomármelo más en serio, y entonces ha dejado de ser divertido. No sé si es que estoy cansada. No sé por qué, pero ya no necesito escribir. Leer, sí. De momento, esa necesidad existe. Me da miedo agotarla y que de repente me encuentre sin necesidades, con un verano eterno ante mí y sin nada que me impulse a levantarme por las mañanas cuando el tiempo no acompañe. Será la falta de cosas que hacer. Será que he desacelerado tan de golpe que me he parado. No lo sé.
Espero que no sea que ya no lo necesito.

Ñoñerías de un domingo por la mañana

-Cásate conmigo –dice él, y ya es la octava vez que se lo pide-. Mañana mismo. Esta noche. Ahora.
-Te he dicho que no. O sea, que sí, pero no ahora, no mañana. No voy a casarme con nadie sin haber convivido con él primero.
-Vale, pues múdate a mi casa. Vamos, te ayudo a hacer las maletas.
-No. No quiero vivir en casa de nadie. Si nos vamos a vivir juntos, tenemos que encontrar un piso que sea de los dos. No quiero sentir que estoy en casa ajena.
Él se desespera, resopla, le coge las manos, las deja caer.
-Quiero casarme contigo ya, ¿no lo ves? Tengo cincuenta años, no soy ningún niño.
-Si has esperado todo este tiempo, ¿qué más te da un año más?
-¡¿Un año?! Dios, me vas a matar. Oye, si no quieres casarte conmigo, dímelo y punto.
Ella hace un mohín.
-No es que no quiera. Prefiero estar casada contigo a perderte.
-¿Pero…?
-No hay peros. Simplemente eso. Nunca me imaginé casada.
-Pero quieres casarte conmigo.
-Quiero pasar el resto de mi vida contigo. No sé si es lo mismo.
-Yo tampoco. Nadie lo sabe. Sólo sé que quiero casarme contigo.
-Chico, qué perra. ¿Qué más te da? Al fin y al cabo, los sentimientos son los mismos, las experiencias también.
-Exacto. ¿Qué más te da a ti?
-Hombre, casarse es una responsabilidad.
-¿Para quién? Ni siquiera crees en dios, no es como si creyeras que el matrimonio debe ser para toda la vida.
-Pero si sale mal…
-¿Qué es lo peor que puede pasar? Nos divorciamos y punto. Cada uno por su lado. Como si viviéramos juntos. Pero estaremos casados. Diremos al mundo que somos el uno del otro. Cásate conmigo. Es sólo un papel.
Ella titubea, le mira a los ojos, recuerda que está más enamorada de lo que nunca se hubiera propuesto estar. No de él, no de un hombre mayor, no de alguien que podría hacerle tanto daño como él. Pero no lo puede remediar.
-Vale.
-Vale, ¿qué?
-Que sí, que me caso contigo.
Él se inclina hacia atrás.
-¿En serio?
-Sí.
-Pero cuándo. No dentro de un año…
-Mañana, si quieres.
Él sonríe y desparecen sus patas de gallo, sus marcas de expresión, su ojeras de años atrás. Ella ríe y se deja abrazar. Aspira su olor y piensa que es lo único que quiere oler de ahí a la eternidad.
-Ahora mismo voy a buscar un juez.
-Date prisa. No tenemos todo el día –dice ella, y le besa como si se fueran a morir mañana.

Nuestros genios

Me da la sensación de que en épocas pasadas hubo más genios en literatura que en la época que nos ocupa. O puede que sea que sufro de vista cansada y soy de esas que no puede ver el genio más que cuando se aleja, ya sea en el tiempo o la distancia. Pienso en el por qué, y se me ocurre una opción que va a sonar escandalosa: la universalización de la educación.

Antes sólo sabían escribir unos pocos, y esos pocos, además, solían tener los medios para dedicarse a ello sin preocuparse de poner comida en el plato. También nacían rodeados de libros y de gente culta con conversaciones inteligentes y filosóficas que nunca arreglarían los males del mundo, pero tampoco les hacía falta. Había genios en las clases bajas, claro que sí, pero sin esos medios se disolvían y desaparecían y nadie volvía a saber de ellos. Hoy nos queda Keats y algún alma desdichada más, pero son los menos. La literatura, desgraciadamente, entiende de clases. Menos, quizás, en nuestros días. Pero me cuesta pensar un nombre que equiparar al de Keats, o a Calderón de la Barca.

Hoy todo el mundo escribe. Quien más quien menos lleva un diario. Algunos escriben cuentos, o cartas que luego queman. Todos hemos escrito poemas a los quince años. La escritura -que no la literatura- abunda, pero los genios escasean. ¿Será porque ahora lo tenemos demasiado fácil y no hay que luchar tanto por ello? ¿O será porque la educación que recibimos es la peor que se puede recibir para crear genios?

La educación gratuita y obligatoria ha conseguido que el analfabetismo se reduzca a números simbólicos. Ha conseguido que niños y niñas con pocas posibilidades de aprender nada por sí solos -por condiciones socioeconómicas, por problemas cognitivos, por un millón de razones- lleguen, cuando menos, a un mínimo. Pero también coarta el genio. La educación es una talla única, donde todos los niños y niñas tienen que estar en una zona determinada, con suerte no por debajo de ella, y por desgracia, tampoco por encima. Porque a veces no distinguimos el genio del descaro, el experimentar con el ser descuidado.

Ayer, unas niñas de cinco años decidieron pintar el dibujo que les había dado poniendo plana la pintura y pasándola por todo el dibujo; luego delinearon el contorno del oso que estaban coloreando y me lo enseñaron, orgullosas. Yo, sin pensar, les dije que era una chapuza -no con esas palabras, claro-, que se habían salido de la línea, que así no se pinta. Y ellas corrieron a borrar lo que habían hecho y a utilizar las pinturas como todos los demás. Me di cuenta demasiado tarde de que acababa de hacer lo que, como estudiante de magisterio, me juré que nunca haría. Pinta por dentro de la línea. Vamos, hombre, ¿de dónde ha salido eso? ¿Cuándo me he convertido en una de esas profesoras?

Es difícil ver el genio. Supongo que hay que estar al loro, que hay que estar buscándolo todo el rato: en las palabras sueltas que escribe una niña de cinco años, en las redacciones de una de doce, en los dibujos que parecen mal hechos pero en realidad son una forma de experimentación... Me gustaría decir que soy de esas profesoras que estimulan la creatividad, pero los hechos prueban que no lo soy. Prometo mejorar. No sé si de mis aulas saldrá alguna vez un genio, pero los pienso buscar con avidez. Todo se andará.

Androginia

Acabados los exámenes, estos días me da tiempo hasta para pensar. Pienso en quién es el vecino cabrón que me ha abierto la nómina y la ha vuelto a dejar, abierta, en mi buzón (que tiene la cerradura rota). Pienso en cuándo voy a pedir el presupuesto de las ventanas nuevas que quiero que me pongan antes de que suba el IVA. Pienso en qué fruta veraniega voy a comer hoy y en cuántas calorías tiene un kiwi. Y pienso también, por qué no, en literatura.

Estoy leyendo a Henning Mankell (sí, ese "perverso terrorista musulmán" que ahora está en la cárcel en Israel), autor que me recomendó una amiga que disfruta tanto de la novela negra como yo. He empezado con ganas de descubrir a un nuevo autor, a poder ser alguien a quien meter en mi lista de "favoritos", pero me estoy dando cuenta de que no me engancha. Al principio no tenía muy claro por qué era, pero creo que he encontrado el problema: es demasiado masculino.

("Ya está aquí la feminazi dando el coñazo otra vez. Anda, enchufa el "reader" y vámonos a otra parte.")

El problema es que no sé cómo definir esa forma de escribir, ni si estoy dando realmente en el clavo con esa palabra. Tengo que ser sincera y admitir que, cuando leo una novela negra, lo último que suele importarme es el misterio y si acierto o no con el asesino. Lo que a mí me gusta del género es su forma de retratar a la sociedad, de cómo se relacionan los personajes, de qué ocurre en la vida de cada una de las víctimas. Mankell no me deja con las ganas en ese aspecto, no me oculta datos. Pero lo único que me da es eso, datos. Me pinta un cuadro detallado, pero en blanco y negro. Y yo, ávida lectora de Elizabeth George y demás artistas del género, quiero colorines. No me vale con saber que el muerto tenía una amante: quiero saber lo que la amante siente y si el hombre la quería más a ella que a su mujer, y si todo eso me lo dices en una escena en la que el hijo de ambos llora en la lejanía, mejor que mejor.

Virginia Woolf hablaba de androginia en un escritor, y yo estoy completamente de acuerdo con ella. Para que un libro me llene, tiene que describir la realidad (¿pero qué es la realidad?, eso da para una tesis) desde un punto de vista que a mí me llegue, y yo, siendo mujer, me identifico más con el punto de vista de una mujer. Pero no exclusivamente. Middlesex y Al este del Edén siguen siendo mis libros favoritos, esos que esperan en mi estantería ser leídos otra vez, y Cien años de soledad me dejó incapaz de leer nada durante meses para no quitarme el regusto. No me hace falta que sea una mujer la que escribe, pero sí necesito alguien que describa las cosas de manera que a mí me guste. Y creo que me gusta un lado femenino, lo que quiera que eso signifique.

¿Qué pensáis vosotros y vosotras? ¿Os ha pasado eso alguna vez? ¿Me estoy pasando en mi análisis gafapastil? Por dios, sacadme de dudas, que me van a bajar el sueldo y no me llega para el terapeuta.

La voz

Cuando digo por ahí que me gusta escribir, lo primero que te preguntan siempre es "¿y qué escribes?" Me resulta una pregunta muy difícil de contestar, porque depende del día, del mes y del ánimo con el que me encuentre, por no hablar del tiempo disponible. Lo mismo es un misterio que un bildungsroman que una comedia romántica. Yo no soy de las que tienen un género y sólo se mueven en ese. Será porque todavía no he encontrado la voz. No estoy hablando de LA voz, esa es la de Alan Rickman, sino de mi voz. Eso tan difícil de conseguir y que sólo alguien que ha intentado escribir alguna vez sabe lo mucho que cuesta encontrar.

Durante toda mi vida adulta he buscado una voz literaria con la que me sintiera cómoda. He dado por sentado que yo no tenía voz propia, que debía formarla y educarla, y tratar de crear una voz grandiosa, válida para contar historias épicas. La novela cuyo primer borrador terminé el año pasado era uno de esos proyectos épicos que no quería afrontar porque todavía no había encontrado mi voz. Era una historia contada en masculino, desde el punto de vista de varios hombres, en los que las mujeres solo aparecían a través de los ojos de los hombres. Tenía que ser así porque así lo marcaba la historia, pero ese fue mi primer error. No puedo contar una historia a través de ojos masculinos, porque no soy hombre. Y sí, se puede hacer, por supuesto que se puede, pero creo que es mucho más difícil y es más fácil aprender a gatear que a correr maratones. Así que, después de entregarme en cuerpo y alma a terminar el borrador, releerlo y odiarlo de principio a fin, decidí jugar un poco con algo más "sencillo".

Y me puse a escribir algo que entraría en la categoría de chic lit y que durante meses he tenido aparcado porque "yo valgo más que eso, por dios, qué vergüenza, si alguien supiera...". Ya sabéis el tipo de historia: treintañera soltera, con un trabajo estupendo pero muy exigente, que se ve envuelta en un proyecto que incluye a... -puntos suspensivos porque es un personaje famoso y no quiero desvelar más-. No hay historias de faldas, no hay lío romántico, pero sí se habla de tacones, y de maquillaje, y de problemas para entenderse en un entorno no familiar, y de complicaciones entre amigas, y de cosas de las que una mujer se da cuenta pero un hombre no. Escribí algo más de veinte páginas en abril y no he vuelto a tocarlo hasta esta mañana, cuando lo he releído. ¿Y sabéis qué? Me he encontrado. Me he reído. Me he imaginado todas las situaciones que describo sin recordar siquiera que las había escrito yo. Me he visto en las palabras, en las frases. He encontrado mi voz.

Y quizás no valga dos duros, ni me permita reescribir la novela que quiero arreglar -porque sí, me gusta mucho la idea original que tuve, pero es tan difícil...-, pero al menos me permite arrancar de un parón muy largo. Hoy he escrito más de mil palabras que espero no volver a releer en un mes, porque necesito la perspectiva que da el tiempo. Me he encontrado a gusto, lo he disfrutado, he desenquilosado los músculos -cerebrales y manuales- que llevaban enquistados varios meses. Y supongo que de eso se trata. Porque, pase lo que pase, si escribo tiene que ser para divertirme, para leerlo yo y que me guste, y luego ya vendrán los demás. Pero si no soy sincera conmigo misma, nadie me creerá nunca. Y la voz, a la hora de escribir, es lo que marca a una escritora. Y si no, que se lo pregunten a Virginia Woolf.

Lo que me hace feliz

  • Leer hasta las tantas de la noche, sabiendo que no tienes que madrugar al día siguiente y que puedes terminar el libro si te apetece.


  • Pasear sin prisa, sin importar el destino, en una tarde soleada no muy calurosa.


  • Ojear libros en una librería y no luchar contra la tentación de llevarte tres o cuatro.


  • Escuchar música que nunca antes habías escuchado y descubrir grupos nuevos que colar en el ipod.


  • Guardar silencio con las amigas y no sentirte incómoda.


  • Saber que tienes tres meses sin obligaciones delante de ti.


  • Ir a la peluquería a disfrutar del proceso de ver a la gente, hablar con las peluqueras y leer revistas que nunca compraría, y encima salir contenta con tu aspecto.


  • Virginia Woolf.


  • Elizabeth George.


  • Estar aquí y ahora, siendo como soy.
  • Promesas

    Prometo actualizar el blog más a menudo a partir de ahora y, por lo menos, hasta septiembre.

    Prometo intentar cubrir temas que os puedan interesar, pero sobre todo prometo que me interesarán a mí.

    Prometo hacer todo lo que me he prometido hacer estas últimas semanas y no he hecho por la excusa de estudiar.

    Prometo retomar la novela que dejé acabada en formato borrador y tratar de arreglar algo.

    Prometo hacer de la escritura parte de mi rutina diaria.

    Prometo no obsesionarme con nada hasta el punto de abandonar todo lo demás.

    Lo prometo. Y en vuestras manos queda llamarme al orden si no lo cumplo.

    (Os dejo con una canción de esas de cantar en la ducha, que me ha acompañado esta semana.)

    Debilidad

    Sí.

    Lo admito.

    Soy débil.

    Tengo personalidad adictiva.

    Cuando era adolescente, me dio por el baloncesto. Unos años más tarde, por Harry Potter.

    (Sí, el mundo al revés, lo sé.)

    Ahora me da por otras cosas. Pero no un poquito, sino mucho.

    No puedo dejar las cosas a medias. Tengo que acabarlas. Sea un libro, una serie, o una colcha.

    (Fíjate tú, que puedo dejar de escribir a la mitad de una novela. Eso, maldita sea, es lo único que puedo dejar a medias.)

    Mañana por la mañana, me levantaré a las seis de la mañana. Dormida y con un café en la mano, encenderé el televisor. Y luego me iré a estudiar y a hacer un examen.

    Estoy perdida.

    Están Perdidos.

    Desvaríos varios de un viernes tardío.

  • Hoy un niño de cuatro años ha estado a punto de hacerle un agujero nuevo a otro niño de cuatro años con un punzón. Por suerte, solo le ha hecho un rasguño. No quiero ni pensar qué hubiera pasado sin en vez de al dedo llega a apuntar al ojo. Y el niño es bueno, nunca había hecho algo así. No sé que se le ha pasado por la cabeza. Será el estrés. Serán las voces que sólo oye él.


  • No escribo, y como no escribo, no escribo. Es la pescadilla que se muerde la cola. Mi excusa: estoy de exámenes. Pero lo cierto es que empiezan el lunes, y yo llevo dos meses de página en blanco, y no me han impedido verme todas mis series favoritas en el ordenador. Podría haber dedicado una hora a escribir todos los días, pero simplemente no me ha dado la gana. No sé si es porque estoy cansada a secas o porque estoy cansada de escribir. Para qué. No sé dónde leí el otro día, que si no vas a escribir algo bueno, para qué molestarte. Pues eso.


  • Zapatero me va a bajar el sueldo. El acuerdo de educación de Euskadi recorta empleos. Los sustitutos, a la puta calle. Yo soy interina. No soy ni una cosa ni otra, pero me afecta todo. El año que viene, tendré trabajo. ¿Tendré trabajo? Sí, creo que tendré trabajo. Espero que de profesora, porque no sé hacer otra cosa. Me pregunto por qué todo el mundo odia a los funcionarios. ¿Será la sombra de la que habla Jung? Todo el mundo les odia porque todos quieren ser funcionarios. Será eso.


  • Cuando termine los exámenes -qué gran excusa, me vale para todo-, empiezo con la operación bikini. He engordado porque como compulsivamente. Cómo como, madre, cómo como. Es lo que tiene estudiar, que es muy sedentario. Y mi hobby es hacer patchwork, así que ya ni te cuento. Tenía que tener por hobby algún deporte de riesgo, pero el único peligro que corro es pincharme con un alfiler. Así somos y así nos va.


  • Me gusta Kate Nash. Ayer me quedé hasta las tantas buscando vídeos de ella en Youtube. He encontrado una joya. Me gustan sus letras, aunque mucha gente diga que son simplonas. A veces, para decir un par de verdades, no hay que esforzarse en buscar palabras grandilocuentes, las de toda la vida funcionan igual. Y ella es cantante, no poeta. Aunque sea inglesa. No todos van a ser Shakespeare.





  • W.H. Auden

    Con qué joyitas se encuentra una de vez en cuando, madre.

    Estaba yo buscando algo más de información sobre W.H. Auden, a quien me tengo que estudiar para el examen del día veintisiete, cuando me he encontrado con un vídeo de Youtube. Y hete aquí que, sin quererlo, me han resuelto una duda que hubiera resuelto de haber escuchado atentamente la película, pero que me ha hecho más ilusión encontrar así: el autor del poema que leen en el funeral de Cuatro bodas y un funeral, que siempre me ha encantado y nunca me había molestado en buscar.

    Lo peor ha sido que, salvando las distancias (dado que es un poema romántico), ha reflejado muy bien lo que sentí el día que murió mi padre y se me ha hecho un agujero en la boca del estómago. Qué tendrá la pena que tiene que empeorar antes de mejorar.




    STOP ALL THE CLOCKS

    Stop all the clocks, cut off the telephone,
    Prevent the dog from barking with the juicy bone.
    Silence the pianos and, with muffled drum,
    Bring out the coffin. Let the mourners come.

    Let aeroplanes circle moaning overhead
    Scribbling in the sky the message: “He is dead!”
    Put crepe bows around the white necks of the public doves.
    Let the traffic policemen wear black cotton gloves.

    He was my north, my south, my east and west,
    My working week and Sunday rest,
    My noon, my midnight, my talk, my song.
    I thought that love would last forever; I was wrong.

    The stars are not wanted now; put out every one.
    Pack up the moon and dismantle the sun.
    Pour away the ocean and sweep up the wood.
    For nothing now can come to any good.

    No es país para zurdos.

    Llevo un tiempo fijándome en los alumnos zurdos que tengo en mis clases, que son bastantes. No tengo datos fiables, sólo memoria y muy mala, pero me da la sensación de que ahora hay más niños zurdos que antes. En la época de nuestros padres se les obligaba a escribir con la derecha, pero ya hace tiempo que no se ve nada malo en ser zurdo. Simplemente, son distintos. Y más que en la manera de escribir.

    Estas semanas he distinguido dos tipos de zurdos, y ya digo que no dispongo de datos empíricos, sino de simples impresiones. Los primeros son los niños con problemas escolares. En una determinada clase, todos los alumnos y alumnas con serios problemas son zurdos. No estoy diciendo que sean más cortos que los demás -nunca, jamás se oirá de mi boca semejante barbaridad-, pero es bien sabido que la mano que utilizamos para escribir -y usar las tijeras, que no veáis lo difícil que es para un zurdo de seis años cortar con tijeras de diestro- tiene efecto sobre un hemisferio cerebral concreto: la mano derecha sobre el izquierdo, la izquierda sobre el derecho. El hemisferio izquierdo es el del lenguaje, las matemáticas, las reglas en general. El derecho, el del arte, la creatividad, la imaginación. La música y la literatura surgen de una mezcla de ambos. ¿No sería posible que la escuela estuviera enfocada a las características del hemisferio izquierdo y dejara de lado las del derecho? Estos niños y niñas son hiperactivos y tienen un serio déficit de atención. También tienen compañeros diestros con estos problemas, pero los zurdos son mayoría. Repito, me baso en la observación no científica de una profesora con doscientos y pico alumnos, no tengo datos empíricos.

    El otro grupo de zurdos es justo lo contrario. Metódicos, perfeccionistas, tienen la mejor letra de toda la clase, buenos dibujantes, formales, obedientes... Obviamente, estos me desestabilizan la teoría. No sé cuál de los dos grupos es el "normal", aunque en la ikastola se dan más de los del primer grupo que de los del segundo. Me ha parecido curioso.

    ¿Algún zurdo/a por ahí que quiera compartir experiencias? ¿A que no he acertado en nada?

    Cuando otros lo dicen mejor que tú.

    Vengo del blog de Maritormes y, como muchas otras veces, me he quedado sin palabras. Hoy, quizás, de una manera más especial aún, porque me ha presentado a alguien que no conocía y que no me perdono no conocer. ¿Quién? Ah. Id y ved. No saldréis decepcionadas.