Quiero vivir en los mundos de Yupi



Quiero vivir en los mundos de Yupi.

Quiero encender el televisor y que no me afecte lo que veo por tener las sensación de que no va conmigo. Que me importe tres pimientos lo que le pase a Garzón, o los millones que se ha llevado Urdangarín, o el último atentado en alguna parte del mundo. Quiero creer que cada día hay menos mujeres asesinadas, que las estadísticas tienen que estar mal, que tiene que haber un error. Quiero creerme a pies juntillas lo que dicen en las noticias sin pensar que el noventa por ciento de lo que ocurre en el mundo no me llegará nunca.

Quiero creer que mi voto vale algo. Que los políticos están ahí para llevar mi voz y la de los que me rodean a donde haya que llevarla. Que están ahí por convicción, no porque no saben hacer otra cosa.

Quiero creer que los culpables pagan por sus crímenes y que ningún estado democrático mantiene a asesinos en el poder hasta que mueren de puro viejos para luego darles un funeral de estado. Quiero creer que los países miran atrás, curan heridas y resarcen a los heridos, en lugar de dar carta blanca y pedir a la gente que olviden.

Quiero pensar que todo el mundo lee por lo menos (¡qué menos!) un libro al mes. Que todo el mundo sabe quién es Herman Miller, o Virginia Woolf, o Gabriel García Márquez, aunque no hayan leído nada suyo. Quiero que las librerías y las bibliotecas tengan tal afluencia de gente que sea tan difícil entrar en ellas como en Zara en rebajas.

Quiero creer que la humanidad se divide entre los muy buenos y los muy malos, y que yo, por supuesto, pertenezco al primer grupo. Que todo el mundo tiene un alto grado de sentido común y pueden diferenciar el bien del mal y actuar en consecuencia, y que si alguna vez se equivocan es eso, una equivocación.

En suma: quiero ser tonta. Pero sin saberlo, porque si no eso también me crearía angustia.

De la belleza en bote, o cómo confundir azul con morado

Yo nunca he sido mucho de darme cremitas, más que nada porque me falta constancia y siempre se me olvida. Una vez, comentando con una compañera de trabajo el hecho de que no me daba nada, la mujer -que ronda los sesenta- me miró con espanto. "¿Ni una hidratante? ¿Ni una de noche? Mira que lo más importante es prevenir, porque una vez que salen los defectos ya no se pueden borrar". La mujer me lo dijo con tal seriedad y en un tono de tal autoridad, que aquel mismo día fui a If y me gasté una buena parte del sueldo en tres cremas distintas para distintos momentos del día. Y oye, que las he usado. No sé si funcionan o sirven para algo, pero yo confío en el efecto placebo. Además, huelen muy bien.

Y las he usado tanto que dos de ellas se me han acabado, así que ayer fui a comprar otro par de frascos nada más salir del trabajo. Había pensado en coger los frascos vacíos y llevarlos conmigo para decir "quiero ésta", porque ya se sabe que esto de las cremas necesita un máster por lo menos, pero fui así, a pelo, toda valiente yo. Entré en la tienda y me acerqué a una amable dependienta a quien no creo que nadie consiguiera reconocer sin maquillaje. Le expliqué lo que buscaba.



-Se me ha acabado la crema de noche. Es de Esteé Lauder.

-¿Y para qué es?

-Para... la... ¿cara?

-No, no, me refiero a qué hace.

-El... bote... es... ¿morado?

La mujer sonrió con los labios más gruesos y más rojos que yo había visto en mi vida y empezó a hablarme muy despacio.

-¿Qué tipo de tratamiento es? Hidratación, primeros signos de la edad, reparadora...

-Huele a lavanda.

Ella, toda campeona, me lleva a la sección de Estée Lauder y empieza a enseñarme botes. Los hay lilas, los hay azul clarito, los hay con tapa dorada... Pero ninguno tiene la tapa blanca.

-Creo que la que tú dices es de esta línea pero la de tratamiento hidratante, que no me queda. ¿Te la apunto?

-No, deja -digo yo, porque todos los botes tienen la tapa dorada y eso me mosquea un poco; empiezo a sospechar que me estoy equivocando-, ya buscaré.

-De todas formas, no sé si a ti te conviene esta crema, con esos granitos que tienes. ¿Con qué te lavas la cara?

Me da vergüenza decirle "con el agua de la ducha", así que le menciono un jabón de farmacia que uso cuando me acuerdo.

-¿Y qué tónico usas?

-Eh... No.

-¿No usas tónico? -Los ojos, negros, más grandes aún que la boca, están a punto de saltársele de las órbitas. Mientras habla, está llenando un botecito de muestra con una crema que cuesta casi cien euros. La mujer me explica que el tónico es necesario para hidratar la piel y que luego absorba mejor la crema, bla, bla, bla, y que igual esa que tiene ella entre manos me va mejor porque bla, bla, bla-. Te lleno el tarro para que la uses de día y de noche, ya me dirás -Traducido: te lleno el tarro para que te la des con la espátula de escayola, que vaya cara traes. Pero le doy las gracias igualmente.

-También quería un contorno de ojos, de Clinique.

-¿Qué hace?

Suspiro.

-El bote es pequeño. Yo qué sé. Es así -Junto los dedos para mostrar un bote, eso, pequeño. Ella me mira con resignación y me lleva al estante de Clinique. Y ahí me doy cuenta-. Uy, que no, que el contorno no es de Clinique, es como la crema de noche. Pero... Oye, espera, ¿no hay otra marca que empiece por E? Y el bote no es morado, es azul. Sí, azul con tapa blanca.

La chica me mira sin sonreír. No sé si piensa que le estoy tomando el pelo, que hay una cámara oculta o que soy gilipollas. Yo quiero desaparecer. Al rato reacciona: no quería matarme, estaba pensando.

-¿Te refieres a Elizabeth Arden?


-¡Sí! ¡Sí! ¡Elizabeth Arden, sí!

-Ay, pues ya lo siento, esa aquí no la trabajamos. Tienes que ir a (me dice dos establecimientos de la misma casa que están en la otra punta de Vitoria).

-Ah, vale, pues muchas gracias, y ya siento haberte vuelto loca.

-Nada, mujer, tranquila.

Tranquila se queda ella cuando me ve salir por la puerta. Esta tarde voy a meter los frascos en el bolso y ya, leñe.

(Me avegüenza mucho decir que esta escena es verídica al cien por cien. Os juro que no me he inventado nada: soy así de torda sin condimentos.)

(Otro) Nuevo proyecto

Alabama, 1856, en las inmediaciones de lo que más tarde sería Birmingham

Richard Holyfield adoraba Alabama con cada partícula de su ser. Adoraba el cielo, azul, limpio, rara vez tormentoso y a la vez benigno con las cosechas; adoraba aquella tierra fértil, la mejor dentro de las mejores en aquella la mejor nación del mundo; y adoraba todo lo que había entre aquel cielo y aquella tierra, donde podía verse la eterna bondad de Dios, que había hecho América a semejanza del Cielo y que, de tener que elegir una nacionalidad, seguro que se declararía estadounidense. Hasta el calor sofocante de los veranos sureños le parecían una bendición, sobre todo cuando oía historias de los pobres neoyorquinos y sus nevadas de varios metros. Él no había visto nunca la nieve, pero se la imaginaba como barro blanco y la sola idea de estar cubierto de fango hasta la rodilla durante dos o tres meses al año le daba repelús. ¿Cómo araban las tierras por allí? ¿Podía crecer algo dentro de la nieve? Holyfield nunca pensaba en aquellos misterios más de lo necesario, porque cuando lo hacía le dolía la cabeza. La gente decía que el viento del sur le daba jaquecas. Paparruchas. A él se las provocaban los yanquis.

(...)

Indefensión aprendida

Una de las cosas más importantes que una persona que se dedica a la educación tiene que tener en cuenta es la autoestima de los y las alumnas que tiene delante. Ya sean niños, adultos o adolescentes, creer en uno mismo marca muchas veces la diferencia entre el fracaso y el éxito y, aunque la vida da muchas vueltas y no todo está bajo nuestro control, hay muchas maneras de ayudar a aquellos y aquellas que tenemos en clase.

Os dejo un vídeo que he encontrado por ahí que demuestra claramente qué poco cuesta hundir a un grupo de personas. Sencillo y claro, y por eso mismo muy efectivo.

Cosiendo historias

Es curioso cómo, cuando estás obsesionada con algo, todo parece tener relación con ello. Ahora mismo vuelvo a estar obsesionada con la escritura (y con otras muchas cosas, pero la escritura en primer lugar), y cualquier cosa que hago, veo o escucho me hace pensar en escribir, ya sea porque me da una idea para incluir en la historia, o porque me recuerda al acto en sí de escribir. Un libro o una película son fáciles de relacionar con la escritura, pero hay otras que guardan una relación mucho más subconsciente. Como el patchwork. Aunque parezcan cosas completamente ajenas, tienen mucho más en común de lo que podría pensarse.



Por ejemplo, como cuando terminas una colcha que tú sabes llena de defectos y aún así te gusta. Cuando la estás cosiendo te das cuenta de que hay uniones débiles, que si tiras un poco de la costura se puede romper y desmontar entera, que cuando la estabas acolchando te saltaste un trozo, o se escaparon los puntos, o varias piezas no terminan de encajar del todo. Pero la terminas, le pones el biés y la observas de lejos, y te das cuenta de que esos fallos que viste cuando la estabas haciendo se disimulan al mirarla en conjunto, y que oye, no está para regalar a nadie, mucho menos para venderla, pero tú sabes cuánto cariño le has puesto y las horas que has invertido en ella. Y la has hecho para aprender, porque aún eres una novata y habrá que ir experimentando con formas nuevas y nuevas costuras, un poquito más difíciles cada vez. Porque oye, para ser la primera no está nada mal, más quisieran muchas personas que haber hecho semejante manta, aunque nadie entiende el trabajo que cuesta y tienes que ver las miradas poco impresionadas que parecen decir "pues vaya, para eso tanto esfuerzo, y anda que no lleva meses alardeando de su colcha, más le hubiera valido comprarse una en el Zara Home". Sustitúyase la palabra "colcha" por "novela" y Zara Home por Casa del Libro y se habrá definido lo que he tenido la suerte de sentir estos últimos meses delante del teclado. Llegar a ese punto me ha costado años.



Luego están esos proyectos (y aquí se puede leer "colcha" o "novela") que haces pensando que van a gustar a los demás. Coges telas/ideas que no son de tu agrado, solo porque crees que es lo que los demás quieren ver/leer, y te pones manos a la obra. Y te sale algo que bueno, vale, pase, pero no te apasiona, no es parte de ti. Y al final ni lo terminas, ni lo regalas, ni mucho menos lo vendes, sino que lo dejas en una esquina de la casa/disco duro y te olvidas de ello, o lo terminas de cualquier manera y la usas de manta para el gato o lienzo de pruebas para cosas nuevas.



Lo que más diferencia una colcha de una novela es que escribir es gratis y está hecha de componentes etéreos, y la colcha no. Cuando se te ocurre una idea para una historia y te pones a desarrollarla, poco a poco ves si funciona o no y tienes la posibilidad de ir hacia atrás y hacia delante, de borrar lo escrito y empezar de cero. Con una colcha, tienes que elegir el diseño y las telas, cortarlo todo y empezar a coser. Y una vez que tienes las telas cortadas, no te puedes echar atrás porque el gasto ya está hecho, y qué vas a hacer con toda esa tela que ya tienes preparada para esa colcha que de repente ya no te gusta, tendrás que terminarla sí o sí. Y lo haces, lo mejor que puedes, porque todo es una experiencia y te vale para aprender, y al final terminas con una colcha técnicamente perfecta, de medidas exactas, donde no sobra una puntada. Pero no te gusta. Y cuando llega el momento de acolcharla, la vas dejando, porque no te llama terminarla, porque total para qué si no la vas a usar. Eso nunca pasa con una historia. Si no te gusta, no la acabas. Así de simple.



Y luego están esas historias/colchas que siempre me había negado a hacer y con las que he vuelto a encontrar el placer de coser/escribir. Diseño simple a más no poder, fácil hasta decir basta, lo único que necesitan es mucho tiempo y buen gusto a la hora de elegir los colores/elementos de la historia. Puede que el resultado no sea artístico, puede que haya millones de colchas/historias mejores que ellas en el mundo y que la gente se burle de su simplicidad, pero a mí me gusta. Y la he hecho yo. Y solo yo sé el esfuerzo que me ha costado, y el cariño que he cogido a cada centímetro cuadrado de esta tela/personajes de la historia, al punto de que sería una de las primeras cosas que salvara en un incendio. Y no tiene ni un ápice de talento, pero tiene todo el cariño del mundo y una pasión que no sabía que yo poseía.



En lo que más se parecen el patchwork y la escritura, sin embargo, es en los preparativos previos a la escritura/costura. Hay gente que, antes de hacer una colcha, se pasa días, semanas, meses con el diseño, buscando las telas perfectas, las combinaciones exactas, midiendo hasta la extenuación. Yo planeo, mido, busco telas, pero siempre con un margen de sorpresa. Sí, por supuesto que sé lo que quiero hacer antes de empezar, pero es un diseño basto, básico, que puede variar dependiendo de lo que encuentre en la tienda o lo que yo tenga por casa. Igual que con una historia, cuando partes de una idea básica pero te das cuenta, al escribirlo, de que hay mucho más detrás de esa primera premisa, y que si hurgas un poco puedes encontrar un tesoro que, quién sabe, consiga que termines una historia digna de que la lea otra persona, igual que esa colcha puede que termine siendo un regalo para alguien. Siempre y cuando ese alguien aprecie el regalo, claro. Porque si te la van a comparar con una colcha de La Cortina, apaga y vámonos.

Examen de historia

Este año tengo como asignatura la historia del Reino Unido e Irlanda en el primer cuatrimestre y de la República de los Estados Unidos en el segundo. Como veo que voy a andar justa de tiempo y que no voy poder memorizar fechas, nombres y datos, he decidido aprenderme unos cuantos conceptos y palabras claves y cruzar los dedos para que el profesor en cuestión esté de buen humor cuando corrija el examen. Por ejemplo:

Prehistoria en las islas británicas: Primero hacía frío y no vivía nadie, luego fueron unos hasta que refrescó y se volvieron a marchar, y así un par de veces más hasta que se desheló el Canal de la Mancha y ya no pudieron volver. Ah, sí, y hierro, y bronce, y eso. Y Stonehedge.

Romanos: Vini, vidi, vincit. Un señor que se llamaba Severus, que no sé qué hacía pero me he quedado con el nombre (¿por qué será?). Civilizaron a los celtas (¡je!). Sabían latín. La vida de Brian. Nacieron los Monty Python.

Hasta el año 1066, más o menos: Primero llegaron los alemanes, luego se fueron y llegaron los vikingos, luego volvieron los alemanes. La gente hablaba por señas porque no había manera de entenderse. Los irlandeses inventaron el día de San Patricio. No sé qué de un dragón. Los reyes tenían nombres raros, sonaban al ruido que una hace cuando se aguanta un estornudo.



1066 - 1400: Normandos. La batalla de Hastings. Reyes que se llamaban Edward, Henry o Richard que siempre se peleaban con un rey francés que se llamaba Louis pero nunca era el mismo. Guerra de los Cien Años que parece que duró cuatrocientos, que bien mirado lo hizo. Cuatro siglos peleándose unos con otros, por favor, qué agotamiento. Nacimiento de algo que ya parece el idioma inglés, aunque no mucho. Mecagüen Chaucer.



Siglos XV a XVII, más o menos: Retahíla interminable de reyes que se llamaban Henry. Aparece la Iglesia Anglicana para que Enrique VIII tenga libertad de divorciarse, aunque luego se da cuenta de que cortar cabezas es más fácil. Isabel I, madre de la actual Isabel II. Shakespeare. El hijo puta de Cromwell. Genocidio irlandés. El inglés ya se entiende (más o menos).



Siglos XVIII - XIX: Revolución industrial. Revolución agraria. Reformas. Tren. Reina Victoria. Imperio británico mundial. Sufragio cuasi-universal masculino. Todo el mundo se va de vacaciones a la playa. Los irlandeses empiezan a dar por culo en serio (que ya era hora).

Siglo XX: Todavía no lo he estudiado, pero ya me lo sé: Margaret Thacher. Downton Abbey. Doctor Who. Michael Collins. Alan Rickman.

Yo creo que voy a bordar el examen, oye.

Quiero tener más.



Al año 2012 que acaba de empezar le pido lo más básico que una mujer de clase media de un país del primer mundo puede pedir: tener más.

Quiero tener más confianza en mí misma.

Quiero tener más valor para hacer y decir todas las cosas que quiero.

Quiero tener más amigos y más tiempo para dedicarles.

Quiero tener más contacto con todas las personas maravillosas que hay en mi vida con las que, por cualquier motivo, no tengo mucho roce.

Quiero tener más ilusión por las pequeñas cosas.

Quiero tener más paciencia con aquellos que se merecen mi paciencia.

Quiero tener más mala leche con aquellos que se merecen mi mala leche.

Quiero tener más energía.

Quiero tener más lectores en este blog.

Dice una canción -que, por cierto, escuché en Noche Vieja tras meses sin oírla- algo así como "este año le pido al cielo la salud del anterior, no necesito dinero, voy sobrao en el... " Bueno, mejor lo dejamos ahí, que el final del verso no viene a cuento.

Feliz año, gente.

Diatribas vacacionales de una fan obsesa con demasiado tiempo libre

Estos días me estoy dando cuenta, más que nunca, de que la realidad que nos rodea está muy condicionada por la forma en que la miramos, y cada persona la mira de forma distinta dependiendo de sus circunstancias y sus intereses personales. En mi caso, por ejemplo, mi visión está condicionada por una fuerte convicción feminista que refuerzo cada día y que, aunque suene a contradicción, se va calmando en el sentido de que ya no me tiro al cuello de nadie que no piense como yo. He aprendido a que cada uno y cada una tiene que llegar a sus propias conclusiones, y si no coinciden con las mías, allá ellos, ya encontrarán el camino correcto algún día (je, je). Para mí, todo lo que pasa ante mis ojos tiene dos lecturas, una superficial y otra feminista. Y cuando digo todo, quiero decir todo: no puedo ver un simple programa de televisión sin analizarlo.
Lo que me lleva a la nueva ida de tarro de hoy.
Aprovechando que tengo fiesta y que mis series favoritas están en parón navideño, me he puesto a ver Firefly de nuevo. Siempre he pensado, como ya he expuesto aquí antes, que esta es una serie genial y digna de llamarse feminista, pero la segunda revisión me ha confirmado aún más esta sensación. Ayer vi la escena que pongo a continuación, y entonces me di cuenta de que uno de los personajes más infravalorados de la serie es, quizás, el más valioso en términos de reforzar lo femenino:



Curioso que sea en esta escena, en la que dos tíos se disputan a una "acompañante" profesional (Mal Reynolds, supuestamente, respeta a Inara como persona, pero no hace más que llamarla puta cada vez que encuentra la ocasión, y el otro es simplemente asqueroso). Kaylee es la mecánica de la nave, poco más que una niña pero con un gran conocimiento sobre naves espaciales gracias a ayudar a su padre en el taller. Es como una florecilla silvestre, le encantan los vestidos con volantes y la idea del amor romántico, y es tan positiva y tan feliz que a veces se hace hasta empalagosa. En este capítulo, el capitán Reynolds necesita ir a un baile de gala por cuestiones de trapicheos varios y decide llevar a Kaylee para congraciarse con ella, tras haberla ofendido antes. Kaylee está encantada porque tiene la oportunidad de ver algo bonito y ponerse guapa, como cualquier adolescente, pero con un matiz: no se pone guapa para nadie, sino para ella misma. Aprecia la belleza en las otras mujeres, le encanta su vestido porque ella se ve guapa, y solo se le cae la cara cuando otra mujer se mofa de ella (minuto 2:00, más o menos), no cuando un chico le da la espalda. Pero la parte que más me gusta de esta escena es cuando se ve rodeada de hombres (minuto 7:00), no por guapa o por lo bien que baila, sino por lo que dice. Es una experta en su campo, sabe más de motores que cualquier hombre, y todos quieren escucharla. Cuando un chico intenta cortejarla y sacarla a bailar, otro hombre le dice: "¡calla, chico, no ves que está hablando!" Me encanta. Sencillamente, me encanta. Por no hablar de que Kaylee comiendo fresas resulta mucho más sensual que cualquier truco de la profesional Inara con sus clientes.
Kaylee se valora a sí misma. Está orgullosa de su trabajo, orgullosa de sus amigos y amigas, orgullosa de su cuerpo. Me llevé una sorpresa tremenda cuando vi fotografías de la actriz que la interpretaba, Jewel Staite, porque la verdad es que es una preciosidad y en la serie no parece gran cosa; incluso tuvo que engordar para acceder al personaje de Kaylee, lo que me parece un acierto (cómo estaría Jewel, madre, porque si Kaylee está gorda... En fin). Y ahí es precisamente donde está la grandeza de esta serie: ninguno de los personajes femeninos (a excepción de Inara, que va más pintada que una puerta pero porque lo pide el personaje) va de guapa. Son guerreras, son mecánicas, son adolescentes maltratadas. No son modelos.
Zoe mola mazo y será siempre mi personaje favorito, pero Kaylee ha subido un par de puestos. Quién sabe, quizás al ritmo que va termine desbancando a los mismísimos Wash o River; de momento, muy por encima del capitán, dónde vamos a parar.

Libros de 2011

Iba a esperar unos días para poner la lista de los libros leídos este año, pero dudo mucho que en tres días termine ninguno más, teniendo en cuenta que estoy con un par que no desmerecen a la Biblia. Este año ha sido un poco extraño en lo que a lecturas se refiere. De enero a junio he leído mucho menos que otros años, por eso de preparar oposiciones y acabar el día demasiado cansada para hacer nada; de junio a diciembre, sin embargo, recuperé la sana costumbre con ansia, así que al final he leído la misma cantidad de libros que en otros años, pero más concentrados. También me ha dado por ampliar un poco los géneros y los idiomas; al castellano y el inglés les he unido este año el euskera, idioma en el que no leía porque me costaba mucho por falta de práctica y al que ya le he cogido el tranquillo. Aparte de novela he leído otro tipo de libros, algunos de no-ficción (algo muy raro en mí). Y cómics, también han caído cómics. Vamos, que ocupada he estado un rato.

Ahí va mi lista; mejor dicho, listas, que va por géneros.

No ficción:

  • Migraña: una pesadilla cerebral, Arturo Goicoechea: Parecerá una tontería (y probablemente lo sea), pero después de leer este libro dejé el tratamiento de la migraña y no he vuelto a tener ninguna de la categoría de las que tenía antes. No sé si será el efecto placebo, y me da igual. A mí me ha funcionado.


  • Tu primer millón, Pedro Queiroga: Ahorra todo lo que puedas (hasta el punto de reducir tus necesidades a lo mínimo), inviértelo en bolsa y muérdete las uñas esperando a que crezca sin perderlo. Vamos, una pérdida de tiempo y dinero. Más me hubiera valido invertir los veinte euros que me costó en, no sé, pipas.


  • Cambia tu cerebro, cambia tu cuerpo, Daniel G. Amen: En mi defensa diré que estaba pasando por una etapa de bajo ánimo cuando compré el libro. Una sarta de perogrulladas que no hacían más que contradecirse unas a otras y que terminaron de ponerme de mala leche. Otra pérdida de tiempo y dinero.


  • Telesailak, Varios autores: Un entretenidísimo estudio sobre algunas de las series de televisión americanas más conocidas desde el punto de vista de distintos escritores. Muy ameno. Recomendable a todo el que sepa euskera, porque me temo que no hay traducción.


  • Ficción:

  • Poem a Day, Anthology: Antología de poemas entre las que descubrí algunas joyas. Mi único acercamiento a la poesía de este año, aunque me esperan obras de Emily Dickinson y Keats entre los libros por leer. A ver si caen.


  • The Reader, Berhard Schlink: Preciosa, conmovedora, sorprendente. Recomendadísima. En mi completa estulticia, lo compré en inglés sin saber que el original estaba en alemán.


  • The Road, Cormac McCarthy: Otra maravilla. Historia depresiva y nihilista como las haya, me hizo pasar hambre, frío y angustia, pero de eso se trataba, ¿no?


  • ¡Chúpate esa!, Christopher Moore: Último libro que leo de este hombre. Supongo que él siempre ha escrito así, que la que ha cambiado he sido yo, pero me pareció tan horrible que hasta le grité. Al libro. Y a él un poco, por Twitter.


  • Pasio hutsa, Annie Ernaux (no sé cuál es el título original): Me lo pasó una amiga. Fácil de leer, tengo buen recuerdo aunque ni siquiera recuerdo la historia (lo que no es muy buena señal). Mi primer acercamiento a lecturas en euskera.



  • To the Lighthouse, Virginia Woolf: Me costó mucho terminar este libro. Difícil, complejo, pero satisfactorio, no sé cómo explicarlo. Creo que tengo que releerlo, a ver si me quedo con algo más.


  • Dubliners, James Joyce: El libro que me ha hecho hacer las paces con Joyce. No, más aún: el libro que ha convertido a Joyce en uno de mis escritores favoritos. Tengo imágenes de estos cuentos grabados en la memoria, tan visuales son. Nadie como él para describir una calle de noche. De obligada lectura para quien quiera conocer un poco a Joyce y no se atreva con el Ulyses (con el que no me atrevo ni yo).


  • El último Dickens, Mathew Pearl: Creí que me iba a gustar este libro porque me había leído La sombra de Poe y El club Dante, pero, o no recordaba bien aquellos títulos, o yo he cambiado, o este libro ha empeorado, porque no me gustó nada, nada, nada.


  • Fikzioaren izterrak, Ur Apalategi: Primer escritor euskaldun que leo en años, más aún en euskera. Preciosa colección de relatos que ha ganado varios premios. Me encantó. No creo que esté traducido, y creo que será muy difícil reflejar ciertos aspectos que cuenta, pero merece la pena leerlo.


  • El amor en los tiempos del cólera, Gabriel García Marquez: ¿Qué decir de este libro que no se haya dicho ya? Mi pregunta es: después de nacer este hombre, ¿por qué siguió escribiendo la gente? ¿Para qué?



  • The Fry Chronicles, Stephen Fry (audiobook): Ir muerta de la risa por la calle y que todo el mundo se vuelva a mirarte pensando que estás loca. Esa es la sensación que recuerdo. Hats off to you, Mr. Fry.


  • La Regenta, Clarín: Leí este libro media docena de veces cuando era adolescente, pero era la primera vez que lo leía de adulta. Impresionante. Me he dado cuenta de que no había entendido ni la mitad de las cosas que se cuentan en el libro, que tiene una profundidad de kilómetros. Obra maestra donde las haya.


  • Lolita, V. Nabokov: No era lo que me esperaba, sino mucho mejor. Lo leí por ver de qué demonios hablaba todo el mundo y terminé enamorada de la historia, pero sobre todo del lenguaje. Precioso.


  • Las niñas perdidas, Cristina Fallarás: Esta mujer no defrauda. Novela negra, negrísima, muy bien escrita y con algunas escenas que te hacen querer vomitar. Final doloroso donde los haya. Genial.


  • Persuasion, Jane Austen: No voy a ser capaz de decir nada que no se haya dicho ya, así que me limitaré a decir que me encantó. Como todas las de Jane Austen.


  • Ana Karenina, L. Tolstoi: Emocionada por el éxito con La Regenta, me animé a leer otra de mis obras de juventud. Con esta, sin embargo, me llevé un chasco. Mi yo feminista se rebeló contra muchos aspectos: solo un hombre podría crear una mujer tan volátil e irreal como Ana.


  • The Catcher in the Rye, J.D. Salinger: Eterna. Universal. Genial. Grandiosa. Todo lo que se diga de esta novela es poco. Uno de esos libros que guardo para releer de vez en cuando.


  • Mea Culpa, Uxue Apaolaza: Libro difícil de leer, intraducible, de los que dejan poso agradable por más que crea que no me enteré de la mitad. Necesito una relectura.


  • King Lear, W. Shakespeare: Cada vez que releo esta obra, salen significados nuevos. Sobre todo ahora, que lo conozco más y sé distinguir sus insultos. Genial, Guillermito.


  • La metamorfosis, Kafka: Nota a mí misma: no leer historias de bichos gigantes antes de comer. Por cierto, ¿alguien me puede explicar el significado de la historia? Estaba demasiado concentrada en no vomitar.


  • Ogi hutsa, Mohamed Xukri (no conozco el título en castellano): Obra fácil de leer, difícil de digerir. Te hace valorar mucho más lo que tienes y darte cuenta, entre otras cosas, de que los europeos somos unos cabrones.


  • Lo verdadero es un momento de lo falso, Lucía Etxebarria: Hace unos días amenazó con dejar de escribir. Espero que cumpla su amenaza, pero si no lo hace, me da igual, porque éste es el último libro suyo que leo. Palabra.



  • Maitea (Beloved), Toni Morrison: ¿Dónde he vivido yo todos estos años? ¿Por qué no había leído yo nunca nada de esta mujer? ¿En qué universo paralelo me he criado? Mi nueva escritora favorita, cuyas obras espero vayan cayendo poco a poco. Aunque dudo que ninguna pueda ser tan buena como esta. Os juro que aún cierro los ojos y siento la angustia de Sethe y Baby Suggs.


  • The Bluest Eye, Toni Morrison: Muy buen libro, pero ni de lejos tan bueno como el anterior. Aún así, buena lectura (y mucho más fácil que Beloved).

    Cómics:

  • Julia, Volúmenes 1 y 2: La historia de una criminóloga con un terrible suceso en su pasado. Entretenida. Si encontrara los número siguientes, probablemente los comprara.


  • Poison: Una policía de incógnito en el mundo de la prostitución. Traducido: la excusa perfecta para dibujar tías en pelotas. Una porquería, vaya.


  • Dublinés, Alfonso Zapico: La vida de James Joyce en versión cómic. Precioso libro, fidedigno. Un lujo.



  • Firefly: Those Left Behind (3 vol); Better Days (3 vol); The Other Half; Float Out; Downtime; The Shepherd's Tale, Joss Whedon: Porque una es así de friki, qué le vamos a hacer. Una temporada supo a poco, y algunos de estos cómics cierran historias, como el del Pastor Book (el mejor cómic de todos). Para incondicionales de la serie. Saltaos el de "Float Out", que se supone que es un homenaje a Wash pero no usa a los personajes de la serie y tiene unos dibujos pésimos.
  • Felices fiestas


    Zorionak!

    ¡Feliz Navidad!

    Merry Chirstmas!

    Frohe Weihnachten!

    Bon Nadal!

    [Añada aquí el idioma de su elección, con la esperanza de que el mensaje esté captado.]

    Verdades como templos aprendidas este año.


    -Este año he aprendido que las babas de los niños de cuatro años tienen el mismo efecto en la piel que la baba de caracol, aunque creo que es igual de asquerosa (sobre todo ahora en invierno, que no tienes muy claro si es baba o parte del moco que le colgaba cuando te dio el beso).

    -Una frase del tipo "Ruth, Ruth, two and one Imanol happy birthday" de boca de un niño de cinco años que señala un calendario, consigue que un día que había empezado regular termine siendo el mejor día del año.

    -El contacto directo con niños cura los bajones de ánimo temporales mucho más rápido que cualquier antidepresivo. Y los efectos secundarios se limitan a catarros y virus compartidos.

    -Esperar lo mejor de la gente suele provocar que la gente dé lo mejor de sí. Suele. Para todo hay excepciones.

    -Levantarte una hora antes de lo que debes para hacer lo que más te gusta antes de ir a trabajar tiene efectos muy beneficiosos en el humor y tu perspectiva ante los problemas cotidianos.

    -Pensar, cuando lees algo, "qué majo es este tío, vaya salidas tiene", y tardar cinco segundos en darte cuenta de que a "este tío" lo has creado tú y esas "salidas" son las tuyas, es, sin duda, una de las mejores sensaciones del mundo.

    -Saber que el año que acaba ha sido redondo y que el 2012 tiene visos de seguir por el mismo camino provoca brotes inesperados de gritos, bailes y alegrías varias. Con o sin compañía.

    Fragmento VIII: Mike y Alan

    Alan se ha metido en una pelea, hay un cruce de denuncias y termina en comisaría para aclarar las cosas, aunque no hay detenidos (todavía). Martins y Jacquie son compañeros del instituto que han sido testigos de la bronca.

    (...)
    -¿No me digas que has llamado a tu caballero andante?
    -¿Qué?
    -Mike está aquí. Míralo, ahí llega.
    Alan se volvió a tiempo de verle entrar en la comisaría. Mike, completamente fuera de lugar en aquel sitio con su traje gris y su camisa impoluta, se quedó en la puerta mirando a su marido, las manos levantadas en un gesto que exigía una explicación.
    -¿Dónde está Billy?
    -¿Quién coño es Billy?
    -El motero tatuado de doscientos kilos que tendría que compartir celda contigo y pedirte favores sexuales. ¿No me digas que le han soltado ya? Y yo que venía a mirar...
    Jacquie y Martins estallaron en una carcajada. Alan sacudió la cabeza de un lado a otro, los ojos chispeantes clavados en la sonrisa de su marido. Mike se acercó y le cogió del brazo.
    -¿Qué coño ha pasado?
    -¿No has oído el mensaje?
    -¿Cuál? ¿El de “estoy en comisaría porque le he pegado una paliza al padre de Jennifer”? Sí, claro que lo he oído. He llamado hasta a un abogado.
    -Qué exagerado eres.
    -¿Exag…? -Mike se volvió a Martins y Jacquie, que miraban a la pareja con sonrisa de padres orgullosos-. Le detienen, llamo a un abogado, ¿y soy un exagerado?
    -No me han detenido, solo estoy esperando a ver qué pasa con Valdés.
    -La próxima vez, di eso en el mensaje y nos evitaremos infartos innecesarios.
    Alan miró detrás de Mike teatralmente.
    -¿Dónde está el abogado?
    Mike bajó la vista al suelo.
    -Los buenos eran muy caros y los baratos, muy malos. Y no quería romperle el corazón a Billy.
    Alan le dio una bofetada que más pareció una caricia.

    (...)

    Catarsis

    Creo que fue Aristóteles el primero en mencionar la catarsis en literatura, aunque él se refería más al drama y las epopeyas que a las novelas (que no existían como tales en aquel entonces, claro) o la poesía. Me parece recordar que, según él, el teatro tenía que sacar los más bajos instintos de una persona para, de alguna forma, librarle de ellos, salir del teatro renovado y limpio de pecados, por así decirlo. Seguro que es mucho más complejo que todo eso, pero ese es el concepto que a mí se me quedó de su larga perorata, aunque no sé si es el correcto. Da igual. A mí me vale.

    La catarsis en literatura se puede dar de dos maneras: como lectora o como escritora. Todos y todas conocemos lo que se siente al ponerte en el pellejo del protagonista de una novela (o del antagonista, que también pasa), ver el mundo a través de sus ojos y perderte en otra vida que no es la tuya durante horas. Creo que es por eso por lo que empecé a leer y estoy convencida de que es por eso por lo que he seguido leyendo. Con los años pierdes un poco la inocencia, ya no basta con que te cuenten una buena historia, necesitas que además esté bien contada, pero básicamente es lo mismo: gran parte del placer de una lectura consiste en la evasión, la catarsis, el vivir otras vidas y "conocer" otras realidades. Es bueno para el alma, entendiendo el alma como aquello que va más allá del cuerpo y la mente, no en un sentido religioso.

    Y luego está la catarsis de las escritoras y escritores. Dar salida a tus impulsos más básicos, o, simplemente, poner en boca de un personaje eso que no te atreves a decir tú. Crear un mundo ideal -que no perfecto-, con tus normas y tus condiciones. Hacer, sobre la página, lo que no te atreves a hacer en persona. Las escritoras y escritores suelen ser gente tímida, algo extraños a ojos de los demás, solitarios a veces. No importa; sobre la página son súper héroes, o sufridas amas de casa que terminan dando un sartenazo al marido por coñazo, o empleados de un hombre insoportable a quien le cantan las cuarenta. Todas tenemos mundos imaginarios en la cabeza, pero solo la gente que escribe los hace más cercanos a la realidad. Y no porque sepamos cómo hacerlo, sino porque necesitamos vivir ese mundo, y acaso compartirlo. "Entiéndeme, esto es lo que en realidad quiero ser yo", o al contrario, "he aquí lo que más odio en este mundo y jamás he revelado a nadie".

    La literatura es catarsis, liberación, aprendizaje, qué sé yo. De momento, es diversión. Si alguna vez esa diversión desaparece, habré perdido un poco de mí. Espero que nunca llegue ese momento, ni para mí ni para vosotras y vosotros.

    De alumnos nuevos y el mejor trabajo del mundo

    ¿Os he dicho alguna vez que me encanta mi trabajo?

    Esta semana nos ha llegado un niño nuevo a la clase de cuatro años. El peque, F., es un terremoto nigeriano que no habla ni papa de castellano (ni mucho menos euskera) pero que, por suerte, tiene el inglés como lengua materna. Ayer entré en su clase y traté de saludarle; él, presa no sé si de los nervios, de la falta de escolarización o, simplemente, porque llevaba dos días sin entender a nadie, empezó a corretear por toda la clase sin hacerme ni puñetero caso. Yo le ignoré; mi lema es que, mientras no les dé por pegar, un niño bajo la presión de ser nuevo en un centro puede desfogarse como le dé la gana cuando lo necesite. Empecé a contar un cuento sobre un pollito que busca a su madre, y el peque, viendo que por primera vez en dos días entendía de qué iba el asunto, se fue calmando y empezó a observarnos desde la distancia. Terminó sentado en el corro, participando del juego que vino después y obedeciendo perfectamente todo lo que yo le pedía que hiciera. Cuando empezamos a hablar de la familia, al niño se le soltó la lengua y yo la gocé como una enana.

    -I've got one brother -me dijo, en su perfecto inglés con su precioso acento nigeriano-. He's older than me, he's ten years old, I think. His name is [nombre indescifrable para mis orejas que soy incapaz de deletrear, obviamente].

    -I'm sorry? What's his name again?

    Y entonces, el niño que se sentaba a su lado (vitoriano de los de toda la vida, rubio, ojos azules, igualito que F., vaya) me miró con expresión de "profa, tú eres tonta", levantó las manos en un gesto de exasperación y me explicó, en un cuidado y muy lento castellano para asegurarse de que le entendía:

    -Te está diciendo que tiene un hermano mayor que él. ¿Es que no le entiendes?

    Y me pagan por esto, señoras y señores.

    Contra la violencia de género


    A punto he estado de no escribir esta entrada. Me resulta chocante que se reserve un día para luchar contra la violencia de género, porque, por desgracia, debería ser una lucha continua de la que no nos olvidáramos nunca. No sé cuántas mujeres han muerto ya este año a mano de sus parejas, no controlo la estadística, pero sé que son más cada año, o las mismas, nunca menos. Y la culpa es de todos y todas. El único que va a la cárcel es el asesino, por supuesto, pero todos y todas somos responsables de lo que pasa en nuestra sociedad. Porque esos asesinos en su día fueron niños, y en su día aprendieron que a las mujeres se las puede maltratar, y que es lícito tratar a una persona como a una esclava, y que si no es suya no es de nadie. Todos y todas somos responsables de educar a esos niños. Algo estamos haciendo mal.

    Estos días he escuchado mucho una canción de Tracy Chapman que siempre consigue ponerme los pelos de punta. Entre su voz, la ausencia de música y esa frialdad con la que cuenta la historia, creo que es uno de los mejores himnos contra la violencia de género que se ha escrito nunca. Lo triste, lo tristísimo, es que la canción es del ochenta y ocho, y por desgracia sigue estando tan vigente como entonces. Os dejo también la letra. Ejercicio de listening maravilloso que haré cuando tenga alumnos más mayores.




    Last night I heard the screaming
    Loud voices behind the wall
    Another sleepless night for me
    It won't do no good to call
    The police
    Always come late
    If they come at all

    Last night I heard the screaming
    Loud voices behind the wall
    Another sleepless night for me
    It won't do no good to call
    The police
    Always come late
    If they come at all

    And when they arrive
    They say they can't interfere
    With domestic affairs
    Between a man and his wife
    And as they walk out the door
    The tears well up in her eyes

    Last night I heard the screaming
    Then a silence that chilled my soul
    Prayed that I was dreaming
    When I saw the ambulance in the road

    And the policeman said
    "I'm here to keep the peace.
    Will the crowd disperse?
    I think we all could use some sleep."

    Last night I heard the screaming
    Loud voices behind the wall
    Another sleepless night for me
    It won't do no good to call
    The police
    Always come late
    If they come at all

    Fragmento VII: Mike y Alan

    (No he podido resistirme. Es ñoño, está sin revisar, probablemente termine en la basura, pero me hace mucha gracia.)

    Alan bostezó de tal manera que le crujió la mandíbula.

    Con los ojos a medio cerrar, se levantó y se sirvió el tercer café de la mañana, las migajas de las tostadas en un plato frente a él. Hojeó el periódico que habían dejado en la puerta, buscando la sección de cultura. Había una exposición en la Casa de Steinbeck aquel fin de semana. Alan resopló y sacudió la cabeza.

    -Joder con Steinbeck. No tienen otro -murmuró.

    Se oyeron los pasos de Mike bajando las escaleras con paso ágil y Alan miró hacia la puerta. Su marido entró silbando, el pelo castaño aún húmedo tras la ducha, toda su concentración puesta en los puños de su camisa azul. Alan sonrió.

    -Qué bueno estás, cabrón.

    -Guapo -Mike le besó de camino a la cafetera. Su marido no le quitaba la vista de encima. Cuando vio que llenaba un termo de viaje, frunció el ceño.

    -¿No desayunas?

    -Ya comeré algo allí, quiero llegar un poco antes. Nuestro querido Todd quiere que le detallemos la campaña como si no supiéramos lo que estamos haciendo. Lo quiere controlar todo, el cabrón de él.

    -Hasta que os conozca y os dé cuartelillo.

    -Eso espero, porque si no nos va a dar algo. Menos mal que tengo una foto tuya en el despacho, casi no te he visto esta semana.

    -Hombre, si tomas lo de "ver" al pie de la letra, vernos no nos hemos visto, más bien tanteado -Alan dejó la taza y el plato sucios en el fregadero; Mike aprovechó para darle una palmada en el trasero-. Salgo contigo y así preparo la clase.

    -Sí, sí, la clase, dice. Tú lo que quieres es que esté en el jardín.

    -Sabes que me alegra el día.

    Cinco minutos después, los dos salían por la puerta, Mike en su impoluto traje gris y Alan con atuendo desgarbado. En el jardín de al lado, la señora Wordsworth regaba sus rosales como todas las mañanas. Al verlos, frunció el ceño, como todas las mañanas. Y, como todas las mañanas, Alan y Mike se besaron delante de ella, un beso largo e intenso que incluía todo tipo de gruñidos y magreos. Ella gruñó, dejó la regadera y entró en la casa. Mike y Alan ni siquiera se dieron cuenta y siguieron a lo suyo unos segundos más.

    -Pasa un buen día -murmuró Mike cuando por fin se separaron.

    -Y tú. Llámame cuando tengas un rato.

    Cada uno se montó en su coche y los dos salieron en direcciones opuestas. Solo cuando estuvo segura de que se habían ido, la señora Wordsworth volvió a sus rosales, rezongando por lo bajo.

    De inseguridades y consejos

    Soy la persona más insegura sobre la faz de la Tierra (y la más exagerada también, me temo). No sé de dónde viene ese sentimiento, y aunque lo supiera tampoco lo iba a contar aquí, pero la cosa es que, desde siempre, me cuesta mucho creer que yo hago las cosas bien, por más que me esfuerce en conseguirlo. Últimamente, a base de ayuda, tiempo, paciencia y una caña (¿para qué querré yo una caña?, en fin), he mejorado un poco en ese aspecto y ya no me flagelo tanto cuando algo no me sale a la perfección, o lo que yo considero que es perfección. Pero fijaos que he dicho "no me flagelo tanto". Porque el látigo siempre está a mano.

    El área de mi vida que más insegura me ha hecho sentir siempre ha sido la escritura. Yo leía y leía, y luego me ponía a escribir, y no había manera de que lo que yo escribiera sonara siquiera parecido a lo que yo leía (aquí la menda leía los clásicos, o como poco a Gabo, así que no, claro que no había manera). Entonces empecé a comprar libros sobre cómo escribir, a buscar consejos en internet sobre técnicas de escritura, a tratar de calcar las rutinas de mis escritores y escritoras favoritas. Me compré el libro que mi queridísima Elizabeth George había escrito para ayudar a escritores noveles y traté de calcar su proceso (no una, sino varias veces; y cuando digo varias, quizás quiera decir docenas). Ella tiene muy claro lo que va a escribir antes de empezar su novela. Lo tiene tan claro que, durante meses, crea una sinopsis, la vida detallada de cada personaje, un resumen de cada capítulo, la línea temporal... Lo tiene todo tan claro que su primer borrador es perfecto, y apenas le hacen falta un par de retoques antes de enviarlo a su editor. Yo intenté imitarla, como digo, varias veces; lo único que conseguí fue crear un montón de personajes ajenos a mí, fuera de una historia que aún no tenía clara porque no había escrito, y tramas muy completas que no quise desarrollar porque... Coño, porque ya estaban sobre papel.Isabel Allende recomienda escribir una página buena al día, lo que quiera que eso signifique, y así, al final del año, tienes una novela más que decente. ¿Y si no escribes una página buena, sino dos mediocres? ¿Y si no escribes un día? ¿Y quién es el valiente que decide qué es bueno y qué no?

    Me sentía inútil. Completamente idiota. ¿Por qué no puedo escribir una maldita novela?


    Luego leí un libro de Stephen King en el que decía exactamente lo contrario. "Ponte al ordenador, escribe todo lo que puedas lo más rápido que puedas y deja los detalles para la revisión de después". Y ahí mi yo elitista (y un poco gilipollas, la verdad) decía "ya, pero es Stephen King, mira qué mierda de libros escribe este tío" (debería aclarar que entonces nunca había leído nada suyo). Me sonaba a consigna del NaNoWriMo y no me apetecía hacerle caso a un superventas. Sí, vale, Elizabeth George también lo es, y no es que Isabel Allende sea muy "indie", pero es distinto. O eso me decía yo.

    Yo seguía escribiendo, siguiendo todos los consejos que leía sin darme cuenta de que ninguno de ellos funcionaba para mí. "Escribe lo que te gusta leer", decían, y yo trataba de escribir una novela negra, pero no había manera, porque me gusta leerlas, pero no necesariamente escribirlas. "Analiza los mercados, escribe algo que puedas vender", pero me negaba a escribir sobre vampiros adolescentes, que una tiene su orgullo y su tolerancia a la náusea muy baja. "Escribe para publicar", y yo lo hacía, y nada de lo que escribía me parecía suficientemente bueno ni para dárselo a leer a una amiga, mucho menos poner en el blog, ya no digo nada de mandarlo a una editorial, qué vergüenza, madre.

    Y entonces dejé de escribir.

    Porque había perdido el gusto, porque me agobiaba, porque lo pasaba mal.

    Hasta que, por una serie de circunstancias, vi la luz y me di cuenta de que nadie, absolutamente nadie, esperaba que yo me convirtiera en escritora. Nadie en el mundo está esperando que yo ponga palabra sobre página, no hay presión exterior. La única presión es la que yo me impongo a mí misma. Solo yo puedo controlar lo mucho o poco que me agobio.

    Y empecé a escribir por gusto.

    Me planté de golpe en el ordenador una mañana y empecé desde el principio, trasladando al papel una escena con la que había soñado, ni planificación ni leches. "Qué haces, desaboría, tú estás loca, no la vas a terminar en la vida", decía una voz en mi cabeza, pero la ignoré. Había una historia detrás de aquella escena. Había un par de personajes que me gustaban. La historia no era original, más bien todo lo contrario. "Nadie va a querer leer algo que no es original", decía la voz de mi cabeza, pero yo sabía que se equivocaba. YO quería leer esa historia. Con eso bastaba. El tono era ligero, sin pretensiones. "Lo de lectura de encefalograma plano se queda corto con esta historia, chata". Bien. Estupendo. Me lo llevaré a la playa en verano. Los personajes secundarios estaban tan estereotipados que eran caricaturas de personas, y me hacían reír a carcajadas a las siete de la mañana. "No tienen profundidad. No son creíbles. No son reales". De eso se trata. Esto es ficción.



    Me lo estaba pasando en grande. "Ese no es el objetivo, el objetivo es publicar". Sí, claro, porque tú lo digas.

    Mes y medio levantándome una hora antes para poder escribir (y así ir a trabajar habiendo hecho lo que más me gusta, pasara lo que pasara luego), más de ciento cincuenta páginas, dos personajes que adoro y una historia que me hace sonreír cada vez que pienso en ella. El primer borrador está acabado y, lo más importante, me encanta. Tiene tantos fallos que no es leíble, algunos a la vista, otros no tanto, pero da igual. Ya llegará el momento de corregirlos. He vuelto a encontrarme con la escritura, y eso no tiene precio.

    La pregunta ahora es si hago caso a los consejos y la dejo reposar un par de semanas antes de meterme a corregirla o la ataco ya mismo. ¿Os he dicho alguna vez lo insegura que soy?

    Fragmento VI (Uno cortito)

    El techo del salón estaba inmaculado, ni una sola grieta en la pintura que el decorador eligió para ellos cuando arreglaron la casa, antes de casarse. A ojos de cualquiera, el tono era blanco, pero Mike y Alan sabían que ese no era el término correcto. Blanco roto, había dicho el decorador, tras enseñarles varias muestras de distintos blancos que a Alan le habían parecido idénticos. Mike se había pasado diez minutos dudando entre dos tipos de blanco indistinguibles sobre el papel, y Alan se había pasado dos semanas tomándole el pelo con el tema. Incluso después de tantos años, cada vez que tenían una conversación sobre colores con alguien -y era increíble la de veces que el tema salía cuando Mike estaba presente-, Alan mencionaba el tono del techo del salón y fingía un interés que todos los presentes sabían irónico.

    -Ríete todo lo que quieras, pero no habría quedado tan bonito con un blanco perla -le decía siempre su marido. Y Alan se desternillaba de risa.

    (...)

    Bienvenidas a esta nuestra comunidad



    El otro día tuvimos reunión de vecinos a cuenta de que pronto vamos a empezar las obras para poner el ascensor y cambiar la escalera y el portal. Vino el arquitecto y nos estuvo explicando los últimos detalles sobre accesibilidad durante las obras, acabados, etc. Una vecina hizo hincapié en que el portal tenía que quedar muy bonito; como es muy pequeño, por más que lo apañen no supondrá mucho gasto. El arquitecto le contestó que nos iba a traer materiales y demás para que eligiéramos los acabados cuando llegara el momento de dar los toques finales.

    El vecino del quinto hizo un aspaviento airado.

    -A mí eso me da igual, de eso que se encarguen las señoras. A ver, a ver, ¿qué decías de las vigas?

    Yo le miré, ojiplática, sin poder creerme que en pleno siglo XXI todavía se puedan escuchar comentarios así; me sorprendió, sobre todo, que ni siquiera era el mismo vecino que, en una reunión anterior, al comentario que hizo alguien de que había ceniza en la ropa tendida, contestó con un "ah, yo de eso no sé nada, no soy mujer" (es que en esta nuestra comunidad, lo de tender y recoger la ropa se lleva en los genes, debe ser). Aturdida, y temiendo soltar una bordería si seguía mirándole, aparté la vista y me encontré con los ojos de la vecina del primero, que se mordía los labios en un esfuerzo sobrehumano por no reír. En cuanto nos supimos acompañadas, las dos soltamos una carcajada que el resto de vecinos -todos hombres menos una- no entendió.

    Mejor reír. Para qué hacer mala sangre. Pero al próximo que me diga que se ha logrado la igualdad entre géneros, le escupo. En un ojo.

    Fragmento V, o Nadie es perfecto (ni siquiera Alan).

    El despacho del orientador del instituto estaba en el mismo edificio que la secretaría, lo que significaba que las secretarias, el director, la subdirectora y todos los profesores y padres que necesitaban ir a arreglar algún asunto con el personal administrativo podían ver quién entraba y salía de él. Como resultado, los alumnos y alumnas evitaban ir a hablar con el orientador siempre que podían. Tom Martins se había convertido en el empleado del distrito escolar de (...) que menos trabajaba, y a su vez uno de los que más cobraba por antigüedad y titulación. Su puesto, sin embargo, era intocable por ley, y cuando había recortes de personal era el único que no temblaba. No era la persona más apreciada en la sala de profesores.

    Alan llamó a la puerta y esperó a oír la voz de Martins dándole permiso para entrar. El orientador estaba trabajando en su ordenador, varias pilas de papeles rodeando todo el perímetro de su mesa. Llevaba las gafas apoyadas en la punta de la nariz, lo que le obligaba a echar hacia atrás la cabeza en un ángulo extraño para poder mirar a través de ellas, cosa que necesitaba porque apenas podía ver sin ellas. Entre eso y el pelo rizado que siempre llevaba como si acabara de levantarse de la cama, Martins parecía más un profesor de física alocado que un psicólogo con varios másters universitarios. Sonrió cuando vio a Alan.

    -¡Alan! Justo el hombre en el que estaba pensando.

    -Te lo he dicho muchas veces, Tom, estoy casado y pienso seguir estándolo, así que deja de pensar en mí cuando estés a solas, por favor.

    Martins rió con ganas. Alan apartó un fajo de papeles de la única silla libre en el despacho y se sentó frente al escritorio. Miró a su alrededor con una sonrisa.

    -¿Por qué está tu despacho siempre lleno de papeles?

    -No me hables, anda, no me hables. La maldita burocracia se va a cargar el país. Por cada chaval que me mandan, tengo que rellenar el equivalente a cuatro árboles en papeleo.

    -¿No puedes hacerlo en el ordenador?

    -Piden dos copias, una digital y otra física. No me preguntes qué hacen con tanto informe.

    -Unas fogatas de miedo, me temo.

    Martins sacudió la cabeza y resopló, haciendo un gesto con la mano.

    -No quiero ni pensarlo. Oye, me alegra verte, te tengo que pedir un favor.

    -Y yo a ti otro.

    El orientador le miró sorprendido.

    -Ah, ¿sí? Pues tú primero, porque hace siglos que nadie me pide nada.

    -No te hagas ilusiones, sigo enamorado de mi marido -Nueva carcajada-. Me gustaría que hablaras con una de mis alumnas, Jennifer Valdés, de la clase de apoyo. Me tiene algo preocupado.

    -¿Por qué? ¿Qué ha pasado?

    Alan suspiró y se tomó unos segundos antes de contestar.

    -Sospecho que es víctima de algún tipo de abuso.

    Martins frunció el ceño.

    -¿En qué te basas?

    -En su comportamiento. Nunca ha sido la alegría de la huerta, pero últimamente está mucho más seria, más agresiva. Y reacciona muy mal ante insinuaciones de abuso.

    Alan le contó lo que había ocurrido en clase. Martins le escuchaba con gesto de concentración. Al final de su relato, Martins suspiró y negó con la cabeza.

    -No sé, Alan, puede que tengas razón, pero no sé. A veces esos cambios son propios de la adolescencia.

    -Llevo quince años trabajando con adolescentes, creo que sé distinguir a una chavala hormonada de una que sufre abusos.

    -Estoy seguro de ello, tú eres muy perceptivo con tus alumnos. Mira, si tan convencido estás, pon una denuncia por sospecha y partimos de ahí.

    Alan hizo un mohín.

    -Ya, esperaba que dijeras eso, y ahí entra lo del favor. ¿No podrías hablar con ella en plan informal, ver si a ti te chirría algo? Tú sabes qué buscar, yo no tengo más que una intuición.

    Martins negó con la cabeza.

    -Lo siento, Alan, sin una denuncia no puedo hacer nada. Se me caería el pelo.

    -¿Por qué? Es solo charlar con una alumna.

    -Una alumna a la que no conozco de nada. ¿Qué quieres, que vaya al comedor y me siente a tomar un sándwich con ella? Hola, Jennifer, soy el señor Martins, y me ha dicho un pajarito que puede que tengas problemas en casa. Se enteran sus padres de que ha corrido la voz de algo así y al distrito se le cae el pelo. Sin un informe con el que guardarme las espaldas, no puedo hacer nada.

    Alan le miraba con los ojos abiertos como platos.

    -No puedo creer lo que estoy oyendo. ¿Hasta ahí hemos llegado? ¿Ni hablar con ellos podemos ya?

    -Y cosas mucho peores que no vienen al caso. Mira, Alan, si tan seguro estás, pon la denuncia -insistió Martins-. Lo investigamos y, si no pasa nada, se queda como está.

    -Y esa cría queda marcada de por vida.

    -Si está pasando algo, esa cría ya está marcada. Pon la denuncia, Alan.

    Alan suspiró y asintió. Se echó hacia atrás en la silla y negó con la cabeza. Martins le miró en silencio.

    -Lo sé. A veces tengo una mierda de trabajo -dijo al cabo de un rato.

    -No es culpa tuya, es el puto sistema. Oye, ¿qué favor era ese que me querías pedir?

    -Ah, sí -Martins rebuscó por su escritorio hasta encontrar una carpeta de colores. Alan levantó una ceja al ver el distintivo NOH8. Se sentó más derecho en la silla-. Se ha puesto en marcha una campaña a nivel nacional para tratar de evitar los acosos a los homosexuales en los institutos, y nos han mandado una programación que me ha parecido interesante. Quería pedir tu ayuda.

    Alan alzó las cejas, pero no dijo nada. Martins siguió hablando.

    -Proponen hacer grupos de apoyo, y la verdad, me parece muy interesante. Había pensado que podíamos juntarnos después de las clases, hacer un grupito con los chicos y chicas que quieran unirse y hacer mesas redondas, que cuenten sus experiencias. Y sería un puntazo que tú estuvieras ahí.

    -¿Quieres que un grupo de adolescentes reconozca públicamente que son homosexuales y encima se queden después de clase? ¿Tú de qué guindo te has caído?

    Martins ladeó la cabeza, pensativo.

    -Ya. No había pensado en eso. También podemos hacer una reunión con todos los alumnos y explicarles que no pasa nada por ser homosexual. Los chavales te aprecian, si tú les hablaras de tu vida, de lo bien que te va…

    Alan le hizo un gesto con las manos para detenerle.

    -¿Todo el instituto? Creo que estás apuntando demasiado alto. Empieza por pequeñas campañas, yo que sé, carteles o eslogans, o un buzón con dudas, y a partir de ahí analiza qué necesidades tiene el centro. De hecho, ¿tú crees que es necesario hacer una campaña así en este instituto? ¿Ha habido algún caso de agresión a un homosexual?

    Martins frunció el ceño.

    -La intención no es solo corregir, también prevenir. ¿Por qué esperar a que pase?

    -No tiene por qué pasar. Igual está normalizado. Igual los gays del instituto llevan una vida normal y no les apetece que nadie saque el tema. Yo sé que a mí no me gusta que me lo estén mencionando a diario.

    -Ah. Vale. No me había dado cuenta. Tus alumnos no lo saben, ¿no?

    Alan se puso tenso.

    -Algunos lo sabrán, me imagino, no es un secreto, pero no hablo de mi vida privada en clase. Ningún otro profesor habla de su heterosexualidad, ¿por qué iba a hacerlo yo?

    Martins asintió, pero seguía con el ceño fruncido. Alan, visiblemente incómodo, se levantó.

    -Tengo clase en diez minutos y necesito unas fotocopias. Oye, gracias por lo de Jennifer. Voy a ver qué hago.

    -Ya siento no poder hacer más. Pon la denuncia. No le hará daño.

    -Ya. Sí. Hasta luego.

    Alan salió del despacho en dos zancadas. Cuando hubo cerrado la puerta, sacudió la cabeza la cabeza de un lado a otro. Sonrió.

    -Vaya ideas de bombero, Martins -murmuró para sí.

    En el patio, los alumnos y alumnas disfrutaban de los últimos minutos del descanso para comer. Alan vio a David sentado a solas en un banco, apartado del grueso de los alumnos mientras comía una manzana y hojeaba un libro. Dos chicos de décimo pasaron junto a él; uno de ellos le dio un golpe en la mano que le tiró la manzana. Cuando David fue a recogerla, tratando de no mirarles, el otro dio una patada a la fruta que pilló también la mano. Desde donde estaba, Alan pudo oír cómo le decían “¿vas a llorar, mariquita?” antes de seguir su camino. David no había levantado la vista en ningún momento.

    Alan dio media docena de pasos hacia los chavales, pero se detuvo enseguida. David había cerrado su libro y caminaba hacia su clase, la cabeza baja pero el paso firme. Los otros dos se habían perdido entre la marabunta de adolescentes. Alan miró a uno y otro lado. Nadie había visto la escena.

    Se quedó unos segundos parado antes de enfilar sus pasos hacia su siguiente clase.