Mi principe azul


Una borrachísima -y aún así encantadora, por supuesto- Sandra Bullock besaba a un sorprendido -y como siempre encantador, galán, pícaro, atractivo- Hugh Grant mientras yo babeaba ante la pantalla con un bocadillo de tomate y queso fresco espolvoreado con albahaca sobre las rodillas y me preguntaba a cuánta gente le había pasado algo así en la vida real y si dos personas con el físico de Hugh y Sandra iban a tener tantos remilgos a la hora de darse un homenaje, cuando alguien llamó en mi puerta (y digo en mi puerta porque tuvieron que usar los nudillos, porque no tengo timbre; la casa vino sin él y, sinceramente, ¿qué necesidad se tiene de uno?). Los efluvios de la comedia romántica me hicieron dar un salto: ¿sería aquel mi príncipe azúl? ¿Mi Hugh Grant (pero el de las pelis, no el de la vida real, que debe ser un borde)? ¿Mi joven Alan Rickman? Hasta con el Clark Kent de Smallville me hubiera "conformado", por más pinta de marine americano que tenga a veces. Salí al pasillo con el corazón en un puño, preparando una escena romántica que hubiera hecho palidecer a la mismísima Bridget Jones.
Y entonces me vi reflejada en el espejo del pasillo, y hasta a mí se me cayó la líbido por mí misma al suelo. Pijama de felpa atado hasta el cuello; pelo recién lavado recogido en un torpe moño para no manchármelo con el bocata; gafas que necesitan un ajuste manteniéndose precariamente en la punta de mi nariz. Por dios, que no sea mi príncipe azul. Si lo es, no pienso abrirle.
No era, por supuesto, ningún príncipe -ni conde, ni duque, ni lacayo siquiera-, sino el vecino de abajo con un papelillo que necesitaba que le firmara. Suspiré tranquila, le firmé lo que me pedía y me despedí con un buenas noches. Me fijé de nuevo en mi reflejo. Vaya pintas. Espero que mi príncipe azul me llame por teléfono con una horita de adelanto antes de venir.
Pero, de todas maneras, creo que me voy a comprar un camisón de seda muy sugerente y muy sexy (sobre el cual me pondré una bata de felpa que será la envidia de cualquier foca). Por si las moscas... o los príncipes azúles.

Conocimientos inutiles

Ya sé que no hay conocimientos inútiles, bien dice el refrán que el saber no ocupa lugar (aunque mi madre discrepe, ahora que está haciendo limpieza y hay varios cientos de libros con los que no sabe qué hacer), pero digamos que hay conocimientos más útiles que otros, saberes que nos llevan más lejos que otros. Quien estudia ingeniería tiene su mente puesta en avanzar, en crear, en innovar, igual que un arquitecto, o un informático, o un científico de la clase que sea. Ellos miran al futuro; analizan los datos presentes para formular nuevas teorías con los que encontrar datos nuevos.
Yo no soy de esas personas. A mí me van los conocimientos, digamos, menos útiles. Me gustan los datos que no van a ayudar a nadie a erradicar la pobreza, que no van a curar el SIDA o encontrar una vacuna contra el cáncer. Yo soy de LETRAS, con mayúscula, anclada en el pasado y en los hechos que explican por qué somos como somos ahora, sin una mirada ni de refilón al cómo seremos el año que viene.
¿De qué me sirve saber que la uve no se pronuncia en castellano, a diferencia de otros idiomas latinos, por influencia del euskera? ¿Qué me aporta el conocimiento de que la palabra Hispania viene del fenicio y significa "tierra de conejos"? ¿Me es realmente indispensable saber que, antes de que el latín se convirtiera en lengua única en la península, había varios idiomas muy parecidos al euskera en toda la cornisa cantábrica? ¿O que la palabra "vascón" viene de un idioma paracelta y significa "hombre de las montañas" o, en sentido figurado, "hombre altivo"?
Mucha gente dirá que algo así no sirve para nada (aunque, Maritormes, yo sé que tú me entiendes). Yo discrepo. Sirve para entender qué soy, por qué soy como soy, de dónde vengo -aunque no tenga ni idea de a dónde voy- y, sobre todo, por qué los demás son como son. Me sirve para respetar y admirar culturas a las que ahora miramos por encima del hombro (¿qué sería de nosotros sin aceite, almohadas, alfombras y alhajas, por no mencionar una lista interminable de descubrimientos que no tendríamos sin la cultura musulmana?), para entender culturas que quiero hacer mías (¿sabíais que el poema inglés equivalente al "Cantar del mío Cid" es en realidad danés?), para sentirme orgullosa de ser la amalgama de culturas que soy.
Y, entre otras cosas, para poder explicárselo a mis alumnos y contribuir a que abran un poco más sus mentecillas.

Los superdotados

(No puedo evitarlo. Mis "monstruos" me dan material para escribir un post todos los días, pero he decidido controlarme un poco y acumular unos cuantos para no aburrir a aquellos a los que mis desventuras con los niños os importen tres pepinos. Pero es que hay cosas que no puedo evitar compartir.)

El primer día que entré a trabajar, ya me dijeron que la clase que me había tocado era muy buena, probablemente la mejor que ninguno de los profesores allí presentes -y había unos cuantos- había conocido nunca. Yo estaba encantada, porque me daba pavor dar sexto -muy mayores para alguien acostumbrada a peques de primero-, pero no podía imaginarme lo que me esperaba. Son unos santos. Unos benditos. Divertidos, traviesos en su justa medida, buenos niños, trabajadores, listos... Me quedo sin adjetivos. Como muestra, un par de botones.

La semana pasada les dije -y era cierto- que un par de profesoras me habían dicho que el comportamiento general de la clase había empeorado un pelín (habían bajado de un 10 a un 8, vamos). Como la única variable que había cambiado de un año a otro era yo (aparte de la edad, me dijo otra compañera; son los mayores, los que más poder tienen en el centro), imaginé que el problema era que yo era mucho menos estricta que las profesoras que habían tenido anteriormente, así que tuve una charla con ellos y les dije que, o se comportaban mejor, o iba a tener que sacar el látigo y nos íbamos a limitar a lo académico y se acabaron las charlas, coloquios y bromas que muchas veces ocurren en clase. Todos me prometieron que se iban a portar mejor, pero que por favor no dejara de reírme en clase y amenizar un poco la carga lectiva. "La profesora del año pasado sólo sonrió tres veces en todo el curso. Y sólo cuando nos dejábamos los deberes o se nos olvidaban los libros en casa".
Así que ellos mismos decidieron que había que poner una serie de reglas y consecuencias para el que las rompiera. Cuatro faltas por hablar fuera de turno, 20 divisiones de dos cifras o copiar cuarenta veces "no volveré a hablar cuando no me toca". Llegar tarde a clase, recuperar el tiempo perdido en el recreo. Pelearse o jugar a "pressing catch", pérdida del recreo y carta de disculpa a la otra persona o a la andereño si estaban jugando. Yo no dije ni mú, fueron ellos los que decidieron las prendas.
Y hoy me ha llegado un niño con una tabla, hecha a mano, para que empiece a poner las faltas de las que hablamos el viernes. "A mi madre le ha parecido una idea estupenda, así que me ha dicho que te haga esta tabla". Curiosamente, es el niño de la carta porno. El más bicho de clase. La madre sabe lo que tiene en casa.

Este fin de semana, les he mandado dos redacciones de deberes, una en castellano y otra en euskera. Tema y formato libres, que se explayen, tienen imaginación para dar y tomar.
Sólo me ha dado tiempo de corregir las de euskera; la mayoría eran cuentos, muchos de ellos usando como personajes a los reyes visigodos (mañana tenemos examen de conocimiento del medio) y princesas de los reinos cristianos. Pero una de las redacciones me ha dejado muerta (creo que hasta me he sonrojado cuando la he leído, menos mal que estaba sola). El niño explicaba lo que hacía en la ikastola todos los días, hablaba de sus asignaturas favoritas y de las que más le aburrían: "Tenemos de todo un poco; asignaturas divertidas, como conocimiento del medio o plástica, y asignaturas aburridas, como lengua, euskera o matemáticas. Antes "cono" era un rollo, pero con Ruth se ha convertido en la asignatura favorita de la clase y estamos deseando que llegue para que nos cuente batallitas". Sin palabras.

Mis alumnos tienen mi email y yo tengo el suyo. Este fin de semana he recibido varios preguntándome cosas sobre los deberes. Mi padre no entiende que niños de 11 años sepan usar el correo electrónico. Ya le vale.

Z: -Ruth, ¿qué es un indígena?
Ruth: -A ver, ¿quién puede decirle a Z. lo que es un indígena?
X: -Pues como E.T.
Ruth: -INDIgena, X., no ALIENÍgena.

En fin, que me emociona mi clase. Lo único que me apena es saber que éste es el último año que están juntos y que ya no volveré a tener una clase como esta en mi vida, porque es imposible. Intentaré disfrutarlos todo lo que pueda y reírme con ellos como me he reído hasta ahora. Cómo los voy a echar de menos, madre...

¡MECAGUEN LA %$#@ UNED!

Un mes, UN MES, llevo esperando los libros de nuestra maravillosa Universidad Nacional de Educación a Distancia. Un mes, UN MES, sin poder ponerme a estudiar, con los exámenes, como quien dice, a la vuelta de la esquina. Un mes, UN MES, llamando día sí y día también a la $%&# librería de la universidad para que me manden los dichosos libros y limitarme a escuchar a Lionel Richie cantar el "Say you, say me" durante tres minutos para que me corten la llamada. Un mes aguantando la vocecita que me repite "En estos momentos todos nuestros agentes están ocupados. Por favor, continúe en espera y su llamada será atendida en breves instantes". ¡ODIO A ESA MUJER! ¡SI OIGO SU VOZ POR LA CALLE, JURO QUE LA APALEO!
Ni una mala página web donde presentar quejas. Ni una dirección de internet a la que dirigirme. Y luego que hay que formar a la gente, que hay que dar una educación global y barata...
¡MECAGÜEN LA $&%# UNED!

Publicada, al fin

La revista literaria "La Botica" ha tenido a bien publicar una de las historias que les mandé hace unos meses. Revista gratuita de tirada bastante decente en Vitoria, se suele publicar semestralmente (aunque el último número ha tardado un año) y está al alcance de cualquiera en las grandes librerías. ¡Qué ilu!
También tiene formato digital, para aquellos de vosotros que no tenéis la suerte de vivir en nuestra maravillosa ciudad. Lo malo es que no sé qué le pasa al archivo que no hay quien se lo descargue. A ver si lo arreglan prontito para poder hacerme vista.
Os dejo la dirección por si queréis pasaros.

La Botica

A beautiful world

Me encanta esta canción. La escucho cuatro o cinco veces al día, y sé que voy a acabar cogiéndole manía de tanto escucharla, pero no puedo evitarlo. Me hace sentir, lo que para mí no es tan corriente con la música.
Cuando la oí por primera vez, me quedé con el título y el estribillo, y el ritmo de guitarra que caracteriza al cantante; me pareció una canción alegre, me levantaba el ánimo y me resultaba ideal para el paseíto de la mañana. Pero luego empecé a escuchar la letra y me di cuenta de que la canción tenía un toque melancólico y resignado que no se escucha la primera vez. Habla de una felicidad tranquila, quizás algo superficial, en la que siempre hay un vacío que no se sabe con qué llenar. "Quizás sea eso a todo lo que podamos aspirar". He llegado al punto de sentir un nudo en la garganta cada vez que escucho ciertas partes.
Y me ha inspirado una película. Sí, una película, y tengo hasta los actores en la cabeza, y ésta sería la canción ideal para el trágico final de una tragedia tan épica como posible. Llevo una semana dándole vueltas a la idea y creo que, por qué no, me voy a poner a escribirla (ya que la UNED no tiene a bien mandarme los libros y no me puedo poner a estudiar).
Disfrutad de la música. Escuchad la letra.

Obsesion



Le encontró por casualidad, en una de esas películas que no son buenas pero sí taquilleras, un domingo por la tarde en el que hubiera podido tragarse cualquier bodrio. Su personaje destacaba sobre los demás -malo, perverso, odioso-, pero no por mérito del guión, sino gracias al actor que le encarnaba. Su manera de andar, de moverse, esa mirada... Se sorprendió a sí misma siguiendo la acción de la película, absorbiendo cada escena en la que salía él y desechando el resto, impaciente por ver al alma de la película. ¿De dónde había salido aquel actor? ¿Cómo era posible no haberle visto antes, si ya tenía que tener más de cincuenta?
La segunda vez que le vio también fue por casualidad. Había ido al cine a ver una de miedo y se lo encontró de bueno esta vez; su angustia era tan real que ella quería cruzar la pantalla, abrazarle, consolarle. ¿Por qué tienen que pasarle cosas tan malas a este hombre que, salta a la vista, no se merece sufrir? Salió del cine con el corazón en un puño, furiosa con el asesino que le había robado más que la vida, y se supo capaz de matar por vengar su dolor, el de él. No, no podía ser fingido, una angustia así no se puede fingir. Aquel hombre era real. Su dolor era real.
Y entonces empezó a buscarle. Investigó en Internet y consiguió todas sus películas en orden inverso; primero las más recientes y después las de sus comienzos. Con cada fotograma, cada imagen, cada fotografía rescatada de números antiguos de revistas a las que ella jamás había prestado atención, se iba enganchando a él un poco más, sin darse cuenta de que el objeto de su obsesión cada vez tenía menos años en su mente, cada vez retrocedía más en el tiempo, cuando el de verdad estaba cerca de cumplir los sesenta. Encontró la página de su club de fans y consiguió hasta su dirección. Obvió el hecho de que estuviera casado. No quería nada con él, sólo adorarle, admirarle. Tenía que ir a buscarle.
Y lo hizo. Aprovechó un puente largo para plantarse en Inglaterra y se aposentó frente a la puerta de la que ella sabía era su casa, sin pasar siquiera por el hotel, aterrada de que un momento de descanso pudiera significar perderse su salida. Eran las cinco de la mañana; el frío era tan intenso que no sentía la cara, las manos se le habían helado dentro de los guantes de piel, pero ella no se movió. Al fin, a las ocho, la puerta se abrió y un labrador canela apareció tirando de un hombre mayor que su propio padre. El hombre se subió el cuello de un jersey marrón, se ajustó las gafas y echó a andar hacia donde ella estaba sentada, sin verla. El perro se le acercó, juguetón, y apoyó sus patas en sus rodillas. El hombre pegó un tirón de la correa y le pidió perdón. Ella vio sus ojos, esos ojos que tantas veces había observado en la pantalla, y sintió un tirón en el estómago; pero luego se fijó en las ojeras bajo ellos, en las mejillas caídas, en las arrugas que inundaban todo su rostro, y supo que no era él. Se había equivocado de casa. El club de fans tenía una dirección errónea.
Volvió a su ciudad en el vuelo siguiente. Y siguió buscando.
Aún lo hace.

Otra de niños

Me había prometido a mí misma no llenar este blog de anécdotas escolares e incluir más relatos y más temas relacionados con la escritura, que era para lo que fue ideado, pero es que no me puedo resistir. Permitidme este lápsus prevacacional.

Esta tarde, día previo a un puente, no tenía ganas de dar clase. Hemos intentado atacar el libro de euskera, pero tocaba gramática, y, si en todos los idiomas la gramática es un hueso, en euskera ni os cuento. Después de perderme dos veces y darme cuenta de que al menos cinco niños me miraban con ojos vidriosos y a mí se me caían los párpados, he decidido dejarlo, para gran alegría de la chavalería.
Ruth: En vez de seguir con el libro, me vais a escribir algo. Lo que sea. Tema completamente libre, la única condición es que sea en euskera.
J: ¿Puede ser una carta?
R: Te he dicho que sí, lo que sea.
I: ¿Una receta?
R: Que sí...
A (chaval con pendientes en las orejas que me trae música de Scorpions y Metallica a clase de plástica): ¿Y una carta porno?
R: ¿Una quééé?
A: Una carta porno.
Yo me quedo mirándole, sabiendo que es todo fachada, y le reto.
R: Vale. A ver si tienes valor.
Pero por el color de su cara, sé que no lo va a tener.
Una hora después, tras muchas risas y muchos "¡silencio, leñe, que aquí no hay quien se concentre!", todos han terminado y me piden leer los textos en clase. Van saliendo; escuchamos los cuentos típicos de los once años, una preciosa descripción de una amiga en un euskera impoluto que yo no tengo, un par de atentados contra la lengua que me hacen darme cuenta de que, me guste o no, tengo que dar esas clases de gramática, y una disertación algo cansina sobre la flora y la fauna de Euskadi que nos obliga a aplaudir ocultando un bostezo. La única mano que queda levantada es la de X., que me mira con cara de bueno. Lo que significa que está preparando alguna.
R: Vale, X., te toca.
X: Bueno, como has dicho que si nos atrevíamos podíamos hacerlo, yo he escrito una carta porno.
Carcajadas, caras rojas, ojos abiertos que miran en mi dirección. Yo mantengo rostro de póker, pensando en qué entenderá por porno un niño de once años. Asiento con la cabeza y X. empieza a leer. Sus compañeros y compañeras no pueden aguantar la risa -y todavía no ha empezado-, las lágrimas y la vergüenza. Todos están como tomates.

Querida Señorita Y:
Quiero hacer cosas eróticas contigo. ¿Cuánto cobras? ¿De qué sabores te gustan los condones? A mí de chocolate. Llámame y luego quedamos para hacer ñaca-ñaca. Tiene que ser más tarde de las siete, que tengo entrenamiento.
Sin más, se despide X.


Al César lo que es del César. Ha sido muy valiente leyendo la carta, pero le ha caído un puteo de narices por haberse pasado una hora para escribir cuatro líneas (tiene letra grande). Ahora, lo que me he reído con las caras de sus compañeros no se paga con dinero...

Ni qué decir tiene que ahora todos los críos quieren que los jueves sea día de escritura...

Krhon

Siempre he querido ser delgada, algo que, por supuesto, me fue negado. Desde pequeña -tanto que no recuerdo la primera vez que sentí envidia por unos pómulos salientes- he despreciado mi aspecto, he deseado arrancarme los mofletes que todas mis tías pellizcaban con ansia, he soñado con librarme de los odiados michelines que sobresalían siempre por encima de los vaqueros de tiro bajo. Dieta tras dieta, régimen tras régimen, mi cuerpo nunca adquiría la forma que yo deseaba. Siempre había un cúmulo de grasa sobre mis muslos, una capa de piel fofa sobre mi vientre, hoyuelos en una cara demasiado ancha, demasiado gorda, demasiado asquerosa.
Hasta que cumplí los veintisiete y, como en los cuentos de hadas, mi deseo se vio cumplido. Me diagnosticaron la enfermedad de Krhon. Mi cuerpo empezó a no retener nada de lo que comía y poco a poco, la grasa que un metabolismo demasiado lento no había podido quemar empezó a desaparecer. Capa tras capa, rincón tras rincón, fui mermando hasta que incluso mis hoyuelos empequeñecieron. Por fin tenía los pómulos marcados. Por fin un vientre plano. Por fin unos muslos finos que no se rozaran al andar.
Y ahora me encuentro sentada en el sofá de mi casa, diez años después de aquel primer diagnóstico, demasiado débil para moverme. Y sólo puedo fijarme en las fotos de mi yo anterior, mi yo sano, y envidiar aquel rostro que sonreía con timidez, aquel cuerpo perfecto que escondía bajo camisas y jerseys demasiado anchos. Y vuelvo a desear, con todas mis fuerzas, aunque sé que mi hada madrina -o la malvada bruja del oeste- ya se ha ido y mis deseos no son escuchados: hazme gorda de nuevo. Hazme gorda de nuevo. Hazme gorda de nuevo...

Retortijon

Llevaba sentado en aquel pupitre estrecho más de tres horas seguidas, con una pausa de diez minutos para ir al baño que no había podido aprovechar porque había demasiada gente para el número de servicios de la universidad. Me dolía el culo, por no hablar de las piernas, las rodillas, los codos y, por supuesto, la vegiga, que estaba a punto de estallarme. El profesor había dado por finalizada la clase, pero la gente seguía bombardeándole a preguntas y yo no me quería perder las respuestas. Era una clase interesante. Menos mal, pensé, porque si encima llega a ser un bodrio ni Rita aguanta diez horas en la universidad.
La gente se levantó al fin. Yo cogí mi mochila y salí corriendo, directo al baño, creyendo que me iba a mojar los pantalones antes de llegar. Mi autobús salía para Vitoria en diez minutos y tardaba cinco en llegar a la parada, así que tenía el tiempo justo. Pero fue ver el baño y sentí un tremendo retortijón que me envió directamente a uno de los cubículos a plantar un pino, con perdón; con lo estreñido que soy, prefiero perder el autobús a dejar escapar las ganas, así que traté de hacerlo deprisa. Oí pasos apresurados saliendo del baño al mismo tiempo que se me escapaba un pedo. Qué especialita es la gente, qué creerán que va uno a hacer al baño.
Fui rápido, lejos de mi cuarto de hora habitual. Sali corriendo al pasillo, subiéndome la bragueta y reajustándome la mochila sobre los hombros mientras andaba, y tardé unos segundos en darme cuenta de que el pasillo estaba demasiado oscuro. Todo el mundo había salido ya. Alguien había apagado las luces. El estómago me dio un vuelco (por un segundo creí que era otro retortijón, pero sólo eran nervios) y corrí hacia la salida. La puerta estaba cerrada con llave. De repente me vinieron a la mente cientos de escenas de las miles de películas de terror que había visto en mi vida, y me puse a sacudir la puerta como si así fuera a conseguir abrirla. Eran sólo las siete y media de la tarde, ¿cómo era posible que se cerrara una facultad tan pronto?
-Esto no me puede estar pasando a mí, esto no me puede estar pasando a mí... -casi grité.
Y entonces oí pasos a mi espalda, y el corazón me saltó a la garganta, y no supe si echar a correr o gritar pidiendo ayuda, o ponerme en guardia y darle un golpe con el libro de análisis de datos...
El bedel de la universidad se me quedó mirando como si nunca hubiera visto un alumno en su vida.
-¿Pero qué haces tú aquí todavía?
-Estaba cagando -gemí, temblando de pies a cabeza.
El bedel me miró, impávido, como si todos los días recibiera la misma respuesta a cualquiera de sus preguntas. Negó con la cabeza, soltó un suspiro y me abrió la puerta. Salí tan rápido que ni le di las gracias.
El chófer del autobús, el mismo que llevaba toda la semana llevándome de vuelta a casa, se había dado cuenta de que yo no había llegado y me había esperado cinco minutos. Llegué sin aliento ni para pedir el billete, pero él ya sabía mi recorrido. Me senté en el primer asiento que encontré y dejé escapar un gemido de alivio que hizo a la chica que iba a mi lado arrimarse más a la ventana.
Me quedé dormido antes de que el autobús saliera de Donostia.


Dedicado a ese al que siempre le pasan estas cosas. Historia verídica, por cierto

Todas las mañanas

Todas las mañanas amanece a la misma hora, o al menos lo hace para mí, porque qué me importa a mí que el sol salga antes de que yo me despierte si lo que a mí me interesa es no ir de noche a trabajar, y de momento puedo. A las ocho y diez en punto, mis pies tocan la calle y las caras de todos los días empiezan a desfilar ante mí. El grupito de púberes camino al instituto. La señora con el cuaderno debajo del brazo que parece ir a algún euskaltegi a desempolvar el euskera. El chaval con el que fui a la ikastola y a quien todavía hoy me niego a saludar por más que pase codo con codo a mi lado. Las señoras que limpian los portales. Las bicicletas. Los autobuses. La marabunta diaria de coches.
Pero hay una mujer que me llama la atención todas las mañanas, y todas las mañanas la sigo con la mirada, girando la cabeza ciento ochenta grados y arriesgándome a que un día se dé la vuelta y me diga algo. Es poco mayor que yo, andará lejos de los cuarenta; viste de punta en blanco, faldita pulcramente planchada y blusa cara, y unos zapatos con diez centímetros de tacón con los que apenas roza el metro sesenta. O quizás mida más, pero va tan encorvada que es difícil calcularlo. Anda siempre con la mirada fija en el suelo, el gesto vencido, los hombros caídos y la espalda completamente arqueada. El año pasado solía verla con gafas de sol a las ocho de la mañana en pleno invierno, cuando las farolas no daban luz suficiente para alumbrar la calle, aún oscura. Ahora al menos lleva la cara al descubierto. Y no puedo evitar pensar en qué tragedia asediará a una mujer tan joven para que se haya puesto, sin quizás darse cuenta, más de veinte años sobre los hombros y al menos cuarenta en la mirada.
Todas las mañanas la veo perderse entre las calles. Y todas las mañanas camino yo un poco más erguida, sonrisa en los labios y paso alegre

Primer dia

Mañana conozco a los que van a ser mis alumnos todo este curso. ¡Qué nervios madre! ¿Qué me voy a poner? Tendré que sacar la ropa esta noche, para no andar con hilos sueltos o arrugas inoportunas de última hora, que por no tener, no tengo ni plancha. ¿Me pongo los vaqueros de marca, para demostrarles que soy guay? ¿O unos viejos pero muy molones, para que vean que no me importan las apariencias? ¿Llevo el colgante de Tiffany's que me compré este verano? ¿O el collar de perlas de plástio de Promod? ¿Sonrío cuando entren? ¿Les miro con cara de perro, para que vean que soy un hueso duro de roer y en mi clase nadie me vacila?
¿Cómo contagiarles mi pasión por la lectura y la escritura sin que crean que estoy loca? ¿Cómo disimular mi aversión por las matemáticas? ¿Cómo conseguir que el libro de conocimiento del medio no se convierta en una piedra inmasticable para ellos y para mí? ¿Por qué no me he traído los libros a casa este fin de semana para empollarme todo el temario y poder contestar todas las preguntas que me puedan hacer? ¿Por qué estoy tan nerviosa, si llevo once años haciendo esto en dos continentes?
Mañana primer día... ¡Qué nervios, madre!

¿Que he hecho yo para merecer esto?

Estoy que no quepo en mí de gozo, no sé cómo consigo estar sentada y escribiendo tranquilamente cuando debería estar pegando saltos de alegría y dándome besos a mí misma. No uno, sino dos, DOS premios he recibido esta semana, ¿qué más se puede pedir? La blogosfera debe estar escasita de gente, porque esto no es normal.



El primero es de Maritormes, que me otorga el Thinking Award. Nunca pensé que el mío fuera un blog que hiciera pensar, esto surgió como una manera de desahogar mi ego y publicar lo poco que escribo, aunque luego mi profesión fue ocupando el lugar lentamente, pero me alegro de que alguien pueda sacar algo de provecho de esto. Se supone que debo señalar a otros cinco que me hagan pensar a mí, pero siento decir que me es imposible: todos, absolutamente todos los blogs que visito, hasta los que me encuentro por casualidad, me hacen pensar, o reír, o llorar, y para el caso todo vale. Así que visitad cualquiera de los links que veréis a la derecha de la pantalla si queréis sufrir alguna de estas emociones; no están todos los que son, pero sí son todos los que están.



El segundo, el Premio solidario, me viene de Lludria, que me ha dejado clavada al asiento. ¿Solidaria, yo? ¡Si me paso el día sentada en el sofá sin mover un dedo por nadie! ¡Se me va la fuerza por la boca! De nuevo se me pide que elija siete blogs solidarios, y de nuevo me siento incapaz. Aparte, me parece un poco difícil decidir quién es solidario y quién no guiándome por lo que alguien ha escrito; yo, por ejemplo, en realidad tengo a tres chachas ilegales a las que pago una mierda trabajando para mí, sólo compro ropa hecha con pieles de animales en extinción y no puedo ver a un moro ni de lejos. Pero en el blog doy el pego, ¿a que sí?

Muchas gracias a todos y a todas. Un besazo.

Sociedades machistas


A veces creo que soy una exagerada y que le busco cinco patas al gato, por eso la mayoría de las veces me guardo lo que pienso y sólo lo comparto con gente muy cercana a mí, o lo escribo en un diario para desahogarme y lo dejo pasar. Pero hay algo a lo que llevo dando vueltas ya no días, sino más bien años, y es el machismo implícito y explícito de las sociedades modernas. Lo veo en el lenguaje, en los actos de la gente, en las cosas que se dan por hecho, pero sobre todo, en los medios de comunicación. Y últimamente es más exagerado que nunca, cuando tendría que ser al revés: cuanto más avanza la sociedad, menos machismo. ¿No?
Pues no. El último ejemplo lo he tenido con una de esas colecciones por fascículos que se anuncian tanto por televisión. Es un libro de cocina para peques, lo cual no me parece una mala idea porque no está mal saber cocinar (he aquí una que no lo ha hecho nunca y así le va, emancipada pero comiendo en casa de amatxo porque no me sé freír un huevo) y a ciertas edades no es más que un juego. Lo que me revienta, y no sabéis hasta qué punto, es la voz en off: "Aprende a cocinar como mamá e invita a todas tus amiguitas". Y se ve un grupo de niñas, con la madre de fondo, pasándoselo pipa amasando lo que parece una tarta.
Fijaos lo que ha dicho en una sola frase: "Ya sabemos que en tu casa cocina tu madre, porque, trabaje o no trabaje, no va a ser tu padre el que se ponga el delantal. Sabemos que tú quieres ser igual que tu madre y convertirte en ama de casa, independientemente de que vayas a tener una carrera universitaria del copón y medio y dirijas una empresa. Es más, sabemos que, por ser niña, te gusta cocinar, y a todas tus amigas también, y sabemos que no hay ni un sólo chico al que le guste". Vamos, al anuncio de marras sólo le falta decir: "Aprende a cocinar para pescar un buen partido que te mantega y perpetuar así la imagen de la mujer que no sale de la cocina". Y yo me pregunto: ¿anuncios así no deberían estar prohibidos?
Y no es sólo ése, sino los mil millones de anuncios de detergentes en los que el único objetivo de las mujeres que aparecen en ellos es tener la ropa más blanca que la vecina, o esos en los que las mujeres son las responsables de dar el yogur adecuado a sus hijos, o comprar las patatas perfectas para la fiesta mientras el marido ve el partido en la tele,... Parece que alguien no se ha enterado de lo de la liberación de la mujer, o quizás es que no estamos tan liberadas como creemos, al menos no las madres trabajadoras; se han incorporado al trabajo sin dejar ninguna de sus otras obligaciones, y ese no era el trato, creo yo.
En otro post, si tengo ganas y no me caliento demasiado, hablaré del machismo implícito (y explícito) del lenguaje. Luego me llaman feminista -algunos con retintín, como si fuera un insulto, ¡qué tordos!-, pero es que hay cosas que claman al cielo, leñe. ¿Historia del hombre? ¿Qué pasa, que las mujeres tenemos una distinta?

Como perder seis horas y que te paguen por ello

Vuelta al trabajo. Primer día en una ikastola nueva. He aquí mi horario de hoy:
7:50: No tengo muy claro a qué hora entro, pero no será antes de las ocho. Yo, puntual como siempre, estoy allí algo antes, pero las únicas que ya han llegado son las señoras de la limpieza. Muy amablemente, me indican dónde está la sala de profesores para que espere tomándome un café. El horario, me dicen, es de 8:30 a 14:00.
8:30: Aparecen el director, la jefa de estudios y las otras cuatro profesoras nuevas de este año. Hablan de las plazas libres que hay en primaria y comentan que tendremos que mirarlo "luego".
9:00: No ha llegado ni un cuarto del profesorado. Las que llegan charlan, bromean y pasan el rato en la entrada.
9:20: Nos vamos a tomar un café al bar de enfrente.
9:45: Volvemos. Nadie se ha movido de la entrada. La mitad de las profesoras están fuera del edificio, charlando al pie de la escalera. Un grupo entra, el otro se va al bar del que acabamos de volver. Yo pululo por los grupos que se van formando e intento no aburrirme demasiado.
10:20: La jefa de estudios comenta que nos va a juntar a las tres nuevas profesoras de primaria para decirnos qué curso nos toca a cada una. Se va a buscar a las otras dos.
11:00: Por fin nos sentamos todas. Nos reparten los cursos, me toca sexto (¡yupi!). Me dicen que me ponga de acuerdo con las otras de sexto para ver qué clase es la mía, porque las suelen repartir. "¿Y dónde están?" "Tomando un café". Subo y dejo mis cosas en la primera clase de sexto que encuentro para mirar un poco los libros, bajando a ver si han llegado mis compañeras cada media hora. Qué cachas se me están quedando, madre.
12:20: Las de sexto están en la sala de profesores, y el resto del claustro también. Uno de los profesores que ha aprobado las oposiciones lo está celebrando con una pequeña merendola que incluye vino y champán. A comer se ha dicho.
13:10: Subimos a repartir las clases. La que al final me toca está cerrada con llave. Bajamos a buscar la llave.
13:40: Entro en mi clase. Miro un poco alrededor, charlo un rato con mi compañera sobre algún tema del curso, hojeo un par de libros.
14:00: Me voy a mi casa. No hacer nada da un hambre voraz.

Espero que mañana sea algo más productivo, aunque tengo muy claro que no voy a llegar ni un minuto antes de las ocho y media...

Año nuevo, cole nuevo

Qué pronto se pasan dos meses y medio cuando estás de vacaciones, oyes. Con lo que cuesta pasarlos cuando tienes que currar... Ya estoy pensando en el uno de noviembre, qué vida más triste esta.
Ayer tuve que ir a Bilbao a las adjudicaciones de principios de año. Los muy listos todavía no han quitado de las listas a los que han conseguido sacar plaza en la oposición, así que, en vez de llamar grupos a intervalos de diez puntos como todos los años, nos llamaron a intervalos de veinte para avanzar más rápido, ya que muchos de los convocados no iban a estar. Traducido: unas seiscientas personas apelotonadas en el salón de actos de una universidad, con treinta grados en el exterior y sin aire acondicionado. Nadie se desvaneció por el calor, será que aquello estaba lleno de bilbaínos y parecen hechos de otra pasta. A mí casi me da un pampurrio.
Después de tres horas oyendo pasar lista y escuchando nombres del pelo de Miren Jasone Iruretagoiena Urrutikoetxea o Koldobika Agirregomezkorta Iturriagaetxeberria (casi muero de vergüenza cuando dijeron el mío, qué poco vasca soy, ni una erre en mis apellidos), por fin me llegó el turno y pude coger plaza en el primero de los colegios que había seleccionado (todo el mundo quería Vizcaya y Guipuzcoa; de 25 colegios que había subrayado como apetecibles, tenía para elegir 22 después de que quinientas personas cogieran plaza antes que yo. A veces no está tan mal que desprecien tanto a los alaveses). Mi criterio de selección: que fuera una ikastola (todo en euskera) y que estuviera lo sufcientemente cerca de casa para poder ir andando pero no tanto como para encontrarme a mis alumnos cuando bajo a tomar la cerveza en el bar de abajo. Curso y asignatura, indiferentes.
Así que ya tengo trabajo para todo el año. Veinte minutitos de paseo tranquilo en línea recta que me ayudaran a despejarme por la mañana y a desconectar por la tarde. No sé qué curso -soy tutora, pero no sé más- ni qué horario tengo, pero me da igual. Voy a dejar de pegar saltos de aquí para allá y de estar pendiente del teléfono.
Estoy deseando que llegue el lunes para empezar. ¿Me estaré volviendo loca?

Humor (muy) negro

Ayer dijeron en las noticias que el etarra que puso la furgoneta bomba en Durango se olvidó de accionar el detonador y tuvo que volver a hacerlo. Me imagino la conversación con el tipo que conducía el coche que fue a recogerle:
-¿Has aparcado bien pegado a los coches?
-Sí.
-¿Has echado el freno de mano?
-Sí.
-¿Has accionado el detonador?
-¡Ostia!
Y luego la bronca que le echaría la madre en casa -si es que tiene, porque seres así igual nacieron de un huevo-:
-¡Pero mira que eres despistao, Patxi! ¡Lo único que tenías que hacer era aparcar el coche y encender el detonador! Ay, hijo, si es que un día te dejas la cabeza. La mochila, los donuts, el detonador... ¿Ya has meao?

(Siento tomarme algo tan serio tan a la ligera, pero es que clama al cielo. No sólo son una pandilla de cobardes asesinos, sino que encima son gilipollas.)

El infierno de los castradores


Soy atea, pero de esta voy al infierno como que hay dios, que diría mi madre...
Sauron ha perdido su virilidad. El viernes por la mañana pasó por el quirófano con anestesia general y me lo devolvieron sin cojoncillos, desorientado y con un collar isabelino -manda narices el nombrecito- para que no se lamiera la herida. Estaba completamente dopado, los ojos rojos, el cuerpo rígido, todo torpón, y al pobre no se le ocurrió otra cosa que pasearse por toda la casa, histérico porque se sentía extraño, y darse con todas las esquinas. Al final encontró la manera de andar sin darse golpes con el collarín: ir de culo. Yo creía que me moría de la risa, el gato andando de espaldas a todas partes. Le corto los huevos y encima me río de él. Lo que digo: al infierno de cabeza.
Hoy parece que está mejor y ya me siento menos culpable. El llevar dos días limpiando los marcajes antiguosdel bicho también ayuda, para qué nos vamos a engañar. Dice la veterinaria que puede que siga marcando esta semana. Espero que sólo sea una semana, o en vez de los huevos le saco los ojos esta vez.
Hay que ver, qué pronto se me ha pasado el disgusto.

Otros mundos...

¡Ay, lo que me he podido reír! ¡Cómo se aburre la gente (y cómo me lo paso yo buscando chorradas de estas)! A ver si consigo poner un vídeo que he encontrado, que es la primera vez que lo hago.



Y este ya se sale...

Harry Potter: La historia



AVISO: Probablemente me cargue la historia, así que, si no habéis leído alguno de los libros y tenéis intención de hacerlo, no seguiría. No digáis luego que no os he avisado...


Harry Potter no es una historia original. J.K. Rowling no ha tenido que inventar un tema que no existiera; la serie cuenta, simplemente, la eterna lucha entre el bien y el mal que ha inundado páginas y páginas de la literatura universal. Las comparaciones con El Señor de los Anillos (Dumbledore y Gandalf podrían ser gemelos, y Voldemort es poco más que un ojo hasta el sexto libro), La Guerra de las Galaxias (hasta usa terminología parecida, como lo del lado oscuro) y la leyenda del rey Arturo (los Weasleys tienen nombres directamente relacionados con ella: Arturo, Ginebra, Percival,...) son obvias, pero son sólo unas pocas de las que se pueden hacer: el síndrome Bambi, con toda figura paternal muriendo (a excepción de Arthur Weasley, que, en palabras de la autora, se salvó porque le cogió cariño pero iba a caer en el quinto); el niño huérfano, el castillo de cuento de hadas, los malos malísimos y los buenos buenísimos... Hasta las criaturas que pueblan las páginas del libro han sido sacadas de la mitología universal. ¿A qué viene tanto entusiasmo con el libro, entonces?
Que hasta ahora, sólo una autora ha sabido poner decenas de historias contadas mil y una vez en una sola y lograr que su historia fluya con una fluidez que la convierte en nueva. Y sólo Rowling ha sabido acertar con la universalidad de esos temas, escogiendo los que más tocan la fibra sensible de los lectores, logrando que, de una u otra manera, todo el que lea el libro se sienta identificado en algún punto. Y lo ha hecho sin que se note, convenciéndonos de que es un libro nuevo cuando en realidad es algo que llevamos leyendo toda nuestra vida.
Me considero una "potteróloga" de primer orden, rozando incluso la obsesión -sobre todo en épocas estivales, como ahora, donde las horas muertas abundan-. Admito que, como mucha gente, ignoré la serie durante un tiempo por considerarla una mera historia para niños. Mis compañeros de piso en King City insistían en que me iba a gustar y terminé accediendo a ver la primera película. El enganche fue instantáneo y absoluto; me leí los tres libros que habían salido hasta entonces en poco más de un mes y empecé a comprarme los audiobooks (una forma estupenda de practicar listening en inglés, por cierto). Cada vez que salía un libro nuevo, lo leía una vez con ansiedad y una segunda con tranquilidad, y después escuchaba todos los libros anteriores y me maravillaba ante la habilidad de Rowling de plantar pistas y personajes en los primeros libros que eran de gran importancia en los siguientes, haciéndote chasquear los dedos con un "¡claro, qué tonta, cómo no me di cuenta!". Lo mejor de todo era el enigma, el qué habrá querido decir con eso, el de qué parte estará realmente Snape, el qué pasa con la tía Petunia... Ahora ya no hay más enigmas, aunque leer una entrevista con Jo significa seguir encontrando matices nuevos a información que ya tenías, cosa que me encanta (por ejemplo, ¿alguien sabe qué era el ser que lloraba mientras Harry hablaba con Dumbledore cuando estaba "muerto"? Era el trozo de alma de Voldemort que habitaba en Harry).
Las mayores virtudes de esta historia, en mi opinión, son dos: haber utilizado temas universales de manera magistral y haber sabido dosificar la información de manera que sólo se crearan más preguntas, en lugar de responder las antiguas. Incluso hoy, después de haberme leído el séptimo dos veces y haber escuchado el primer y segundo libro (¡he encontrado un gazapo!, en el segundo libro se dice que los ojos de Ginny son verdes y en el séptimo marrones), todavía me quedan preguntas que me encantaría hacer a la autora.
Sobre todo una: ¿por qué tuviste que matar a Snape y a Sirius? ¡Mala, mala, mala!

Escribiendo


Mis dos semanas de vacaciones parecen algo de otro tiempo. Tenía intención de colgar alguna que otra foto del Gran Cañón, de un pueblecito estupendo que visitamos en la Ruta 66, de Las Vegas... Pero no me apetece. He vuelto a escribir. Por desgracia, lo estoy haciendo a mano, porque por alguna extraña razón de las musas, cada vez que me siento al ordenador me bloqueo.
Lo bueno de escribir a mano es que me da tiempo a pensar. Tengo trescientas pulsaciones por minuto, así que, si escribo en el ordenador, el proceso de traspasar una idea a la pantalla es casi inmediato, lo que significa que escribo la primera chorrada que se me ocurre. Haciéndolo a mano es más lento, pero me da tiempo a buscar las palabras exactas, a pensar en la siguiente frase mientras escribo una, a madurar el argumento. No estoy escribiendo un premio Nobel, es una historia de misterio que va a necesitar mucho trabajo una vez que la termine -tengo el cuaderno lleno de notas "a mejorar cuando lo pase al ordenador"-, pero la estoy disfrutando, y eso hacía mucho que no me pasaba. Hasta he madrugado para ponerme a escribir, ¡en vacaciones!
Os advierto, eso sí, que las fotos terminarán encontrando su camino hasta el blog, más tarde o más temprano. Y que tengo pendiente un monográfico de Harry Potter que estoy cociendo, porque tengo unas ganas de dedicarle un post a esa pedazo de obra... (sí, 31 años y enganchadísima -ísima, ísima- a un libro infantil. Qué le vamos a hacer, otros les dan a las drogas duras).

California: El sur

El sur de California no tiene personalidad. Es bonito, como puede ser bonito uno de esos cuadros que se hacen para los turistas en las zonas costeras y de los que encuentras doscientos en cada tienda de souvenirs, pero no tiene el encanto que tiene el norte, al menos no para mí. Por eso, el post de hoy no va a tener mucha historia y sí muchas fotos, porque sería ridículo tratar de usar palabras para describir una acuarela de las de a dos euros la docena.



Nuestro lento descenso hacia el sur nos hizo pasar el día en Santa Bárbara, ciudad pija donde las haya. Todo está diseñado para la foto, hasta las palmeras hacen los dibujos exactos contra el cielo de la ciudad. Es un lugar ñoño, no encuentro otra palabra para definirlo, y hasta la gente que pasea por sus calles parece demasiado perfecta para ser verdad (exceptuando los turistas, claro).

Pero hasta Santa Bárbara es California, y California es, probablemente, el estado más de izquierdas de todo Estados Unidos, lo que no es decir mucho pero algo es algo (sí, ya sé que tienen a Swatzchenegger de gobernador -¿aprenderé a escribir su nombre algún día?-, pero si a vosotros os dieran a elegir entre una actriz porno, el enano de Webster o Terminator, ¿a quién elegiríais?). Ahí, en mitad de la playa, a vista de todo el que paseaba por el dique de las tiendas y los bares, había una impactante protesta contra la guerra, un cementerio en miniatura con todos los soldados caídos en la guerra de Irak. Quizás esta ciudad no sea tan de cuento de hadas, después de todo.

Lo mejor de bajar al sur es coger la Highway 1 (Pacific Coast Highway, se menciona en muchas canciones) e ir despacito, disfrutando de las vistas de los acantilados. Yo conducía y no pude mirar mucho, pero aún así lo gocé: era como si el rabillo de mis ojos supiera exactamente dónde mirar, y sabía cuándo iban Marta y Javi a soltar una expresión de admiración. Se nos cayó la baba viendo las casitas de Malibú -e imaginando cómo serían esas que no podíamos ver- y paramos a tomar la obligatoria foto de la caseta de los vigilantes de la playa, aunque primero tuvimos que ponernos las chaquetas porque hacía un frío del carajo. California. Ven a pasar calor.

Pasamos la noche en Santa Mónica, a donde llegamos ya tarde y de la que sólo disfrutamos la calle tercera, que, para mí, es lo único que merece la pena de toda esa ciudad/barrio dormitorio de Los Ángeles. A Marta y a mí nos encantaron las tiendas -cerradas, una pena, pero volvimos al día siguiente-, el ambiente, los grupos tocando en la calle, la gente bailando salsa y tango... A Javi le gustó algo bien distinto, algo que no había visto en su vida: ¡HOOTERS!

Marta y yo salimos con complejo de todo de aquel bar (y yo con el susto en el cuerpo porque me di cuenta, al sacar el pasaporte para demostrar mi mayoría de edad y poder trincarme una jarra de cerveza, que había perdido la tarjetita de inmigración que me habían dado en la aduana), pero hasta a nosotras nos gustó. Si alguna vez tenéis la oportunidad de ir a uno, seáis hombre o mujer, os lo recomiendo. Muy americano, merece la pena.

Y, por fin, para dar por finalizada nuestra gira al sur de California y antes de emprender el camino hacia Las Vegas (ya temblaba la visa en la cartera, sabiendo la paliza que le iba a dar), hicimos la obligatoria parada en Hollywood y Rodeo Drive. Para los que no hayáis estado nunca, os diré que Hollywood es el lugar más cutre sobre la faz de la tierra, con vagabundos por todas las esquinas, las calles sucias, sexshops y tienduchas de souvenirs peleando por un hueco de acera frente al teatro chino... Javi y Marta pusieron la misma cara que debí poner yo cuando lo vi por primera vez, por más que fueran avisados.
Como veis, les impactó tanto mi llegada que me pusieron una estrella (el apellido estaba mal escrito, pero ya se sabe, a estos americanos les das una eñe y se pierden) y me llevé la sorpresa del viaje y la foto que hizo merecer aún más la pena la excursión: nos estábamos yendo ya cuando Marta se adentró en un corro de gente que sacaba fotos como si se les fuera a escapar a cierta colección de huellas. Los actores de Harry Potter habían estado allí hacía apenas un mes, y yo, YO, conseguí mi foto con ellos.

Y digo yo: ¿Para cuándo las huellas del VERDADERO Harry?

California: Santa Cruz y San Luis Obispo


Los primeros días del viaje utilizamos King City como campamento base y visitamos los pueblos de la zona, algunos de los cuales merecen mucho la pena. El primero fue Santa Cruz, tierra de surfistas y capital de las lesbianas (aunque de los primeros he visto muchos, las segundas son más discretas y todavía estoy por ver una pareja cogida de la mano); paseamos por el centro, volamos unos cuantos dólares en las tiendas “superchupis” de la calle principal y subimos a ver el faro y la playa de los perros, donde a partir de cierta hora parece estar prohibido entrar si no llevas a tu mejor amigo contigo. El tiempo se confabuló contra nosotros, y no porque hiciera malo. En Santa Cruz siempre hace frío, un frío de esos que te hiela los huesos, pero aquel día nos achicharramos, con lo que mis roommates y yo quedamos como unos sucios mentirosos ante Marta y Javi. Incluso volvimos con sendas quemaduras en los hombros.

Al día siguiente fuimos a la ciudad universitaria por excelencia de la zona, San Luis Obispo, donde hicimos casi exactamente lo mismo que habíamos hecho en Santa Cruz con una parada muy especial: era 21 de julio y había que comprarse el séptimo de Harry Potter, por más que me hubiera propuesto no empezar a leerlo inmediatamente. Y, ya que había entrado, arramblé con unos pocos libros más (tenía que volver a leer a Steinbeck) y fuimos a la cafetería de enfrente a tomarnos un refrigerio. Sí, ya sé que los Starbucks son el epítome del capitalismo estadounidense, pero qué le vamos a hacer: a mí me encantan. Puede que sea lo que más me gusta de California, y sin un par de ellos al día (tall ice mocha with whip cream, please) no soy persona.
Aquella misma noche empecé a leer a Harry… No sé para qué trato de engañarme a mí misma.

California: King City

Después de tamaña odisea, llegar a San Francisco fue como llegar a Tierra Santa. No besamos el suelo porque, con lo raritos que son los estadounidenses, nos jugábamos una detención, pero yo no podía dejar de saltar de emoción por más cansada que estuviera. Pasamos nuestra primera noche en un hotel cercano al aeropuerto –la ciudad no la vimos ni de lejos, aunque se intuía bajo las nubes que prometían niebla en la ciudad del Golden Gate- y a la mañana siguiente volvimos al aeropuerto a recoger nuestro maravilloso todoterreno que nos convirtió en un auto más en aquella marabunta de tanques. Enfilamos el camino al sur por la 101. Increíble. Había pasado más de un año desde la última vez que condujera por aquella carretera, pero parecía que nunca me había ido.

Antes de ir a King City pasamos por Monterey (si habéis leído “Las uvas de la ira” os sonará) y Carmel (cuyo alcalde fue Clint Eastwood y donde el suelo huele a dólares), sitios de los cuales no saqué fotos en este viaje porque debo tener carretas y carretones de tantas veces que he ido.

A pesar de ser lugares muy turísticos, ambas ciudades parecían desiertas, quizás porque era un jueves de julio y los visitantes no llegarían hasta el fin de semana. Paseamos por las calles de Monterey, visitamos el dique con sus tiendas de souvenirs, vimos las focas que habitan allí –qué fría está el agua del pacífico, madre- y pisamos la arena de la playa de Carmel, un sendero blanco que se alarga hasta donde se pierde la vista y donde acuden los pintores de la zona (el pueblo está lleno de galerías de arte) a pintar los atardeceres. Por cierto, nunca había visto a nadie aplaudir a la puesta de sol. ¿Creerán los californianos que el atardecer del día siguiente será más bonito si sus aplausos son más cálidos?

Después de ver la misión de Carmel por fuera –han cerrado la puerta de la iglesia, pillines, se han dado cuenta de que la gente hacía el tour de la misión al revés, entrando por la salida y ahorrándose los cinco dólares que cuesta la entrada-, emprendimos la marcha hacia King City y vi algo que nunca había visto en aquella zona en mis siete años de vida allí: un atasco monumental que convirtió un trayecto de veinte minutos en una hora larga. Pero llegamos, y lo primero que hicimos nada más dejar las maletas en mi antigua casa y saludar a mis etxekides/roommates fue ir a tomar una cerveza al bar del pueblo, donde, sin comerlo ni beberlo, tuvimos un espectáculo digno de una película de Jodie Foster: un matrimonio discutía en una de las mesas, con él murmurando entre dientes “fuck you” a escasos milímetros de la cara de ella, los hijos viendo los dibujos en la barra del bar. De repente, ella se puso de pie sobre la banqueta y empezó a gritar: “¡ESCUCHAD TODOS! ¡LE HE PUESTO LOS CUERNOS A MI MARIDO! ¡LE FUI INFIEL CON UN MEJICANO HACE AÑO Y MEDIO!” El resto no lo oímos porque salimos pitando del lugar. Él medía casi dos metros y tenía la hechura de un levantador de pesas vasco, así que nos fuimos antes de que empezaran a volar las hostias.


Huelga decir que Javi y Marta se llevaron una grata primera impresión del pueblo.

California: Philadelphia


Un consejo: si tenéis que viajar a California, hacedlo en vuelo directo desde Europa para no tener que hacer escala en una ciudad de Estados Unidos que no sea la de destino, y sobre todo, nunca, nunca, vayáis por Philadelphia. No hay cosa peor tras siete horas de vuelo que tener que coger las maletas, pasar la aduana, volver a dejar las maletas, pasar la inspección de agricultura, seguridad, embarque… Y nunca he visto gente más desagradable que los trabajadores de Philadelphia. Se salen.
Habíamos vuelto a facturar las maletas (alucinados ante el hecho de que las levantaran un metro sobre la cinta y las dejaran caer con toda su mala leche, si hacen eso delante de los dueños qué no harán cuando no haya nadie mirando) y nos dirigimos a la famosa ventanilla donde, supuestamente, Javi tenía que recoger su tarjeta de embarque. En la puerta de Madrid le habían hecho una manual asegurándole que no tendría problemas con ella; por supuesto, los tuvo, y gordos.
-No, no, tienes que ir a la ventanilla de United, esto es US Airways.
-Ya, pero es que la tarjeta me la ha hecho US Airways.
-No, no, ve por este pasillo hasta la terminal D.
Pero, oh, problema, para llegar a la terminal D había que pasar por un control, y en el control no le dejaban pasar con su tarjeta manual.
-No tiene fecha. Tienes que volver a que te pongan la fecha.
-¿Y si la ponemos nosotros? –comentó Marta de camino.
-A ver si vamos a meter la pata…
En la ventanilla nos miraron como las vacas al tren. ¿Una fecha? Sí, claro que te la pongo. ¿Qué día es hoy? Diecisiete. Ah, no, dieciocho (tachón en tarjeta de embarque). Vuelta atrás, pasamos el control con un ceño fruncido. Llegamos a seguridad. Marta pasa primero, yo me quedo la última por si le ponen pegas a Javi. Por supuesto, se las pusieron.
-No, no, con esto no puedes entrar. Quiero la blanca, como la que tiene ella.
-Y yo también, pero no me la dan. Me han dicho que con esto era bastante.
-Espera, que pregunto a un compañero.
Tres personas miran la tarjeta de embarque de Javi y fruncen el ceño.
-Tiene un tachón.
-Nos lo acaban de hacer al ponerle la fecha.
-Pues con este tachón no te puedo dejar entrar. Tienes que volver a la ventanilla.
-You have to be kidding, right?
Ceja levantada del negrazo con cara de pocos amigos. Me callo. Le indica a Javi que se ponga las zapatillas y le siga. Yo hago amago de ir con él para ayudarle con el inglés. El negro me para en seco.
-No necesita que vayas con él, sólo tiene que sacar la tarjeta de embarque.
Sin cinturón, pasaporte ni dinero, Javi desaparece, y Marta y yo nos quedamos con cara de tontas sin saber cómo ayudarle. Se me ocurre que quizás en la puerta de embarque puedan hacer algo, y dejo a Marta esperando a su novio mientras yo corro por los pasillos. Por supuesto, nuestra puerta es la más lejana. Quince minutos más tarde, un indio (de la India, no nativo americano) me dice que no puede hacer nada. Me doy la vuelta, jurando en arameo y segura de que vamos a perder el avión (queda media hora para embarcar), planeando llamar al consulado de Nueva York, a la abogada de Los Ángeles y a la CIA si hace falta, cuando me doy de bruces con Javi y Marta. Javi está sudando por todos los poros de su piel, está hasta pálido.
-¡Te han dejado pasar!
-Sí, previo pago.
-¿Cómo?
-Pues que el negro de la puerta me ha hecho así –se frota tres dedos de una mano- y le he tenido que dar treinta dólares para que me dejara pasar.
Dios mío. Habíamos llegado a una república bananera con ínfulas de democracia.

California: Primera etapa


El viaje empezó mal, aunque no tanto como para vaticinar lo que nos pasaría más tarde. No habíamos salido de Vitoria cuando surgió el primer contratiempo: Javi se había traído el pasaporte viejo en lugar del nuevo, caducado y sin la banda magnética que piden para entrar en Estados Unidos. Yo me eché a reír con ganas, Marta corrió a cambiar los billetes del autobús y Javi se dio de cabezazos contra la pared de la estación, para delirio mío. Eran las cuatro de la tarde, nuestro avión no salía hasta la una de la tarde del día siguiente, había otro autobús en apenas dos horas, el mal era menor; además, no había sido yo la del despiste, así que me divertí de lo lindo con la anécdota. Creo que alguien comentó “ojalá sea esto lo peor que nos pase”. Vaya manera de gafar un viaje.
Cogimos el autobús de las seis menos cuarto, el interpueblos, qué ancha es Castilla, madre. Cinco horas más tarde y con “Brooklyn Follies” casi terminado nos encontrábamos en Madrid, y una hora después habíamos conseguido localizar el hotel (¡escaleras mecánicas en el metro ya!). Dormimos a pierna suelta, relajados y confiados, pensando en llegar con tiempo al aeropuerto al día siguiente. Lo hicimos, para las nueve y media ya estábamos allí, y, aunque el avión no salía hasta la una, nos pasamos nuestra hora larga en la cola. Cuando llegamos al mostrador, Javi demostró que no se puede viajar con él: a Marta y a mí nos dieron nuestras dos tarjetas de embarque, a él sólo la primera, hasta Philadelphia.
-Perdona, a mí sólo me has dado una y a ellas dos –le comenta a la azafata.
-Es que el ordenador no me deja, tenéis reservas distintas.
-¿Cómo que distintas, si compramos los tres billetes por Internet al mismo tiempo?
-Pues el ordenador no me deja darte el segundo billete. Pero no te preocupes, en Philadelphia vas a la ventanilla de United y te la dan al momento.
Con la mosca detrás de la oreja y tras preguntar en la oficina de US Airways y recibir la misma respuesta, embarcamos en el avión y cogimos nuestros maravillosos asientos de salida de emergencia (Javi y yo fuimos con las piernas bien estiradas; Marta cedió su asiento, qué buena es ella, a una señora con tromboflebitis que no le dio ni las gracias). Echamos unas cabezadas, leímos, vimos un par de películas en las pantallitas individuales y llegamos a Philadelphia antes de que nos doliera el culo, lo que supuso un gran alivio. Primera etapa conseguida, sólo quedaba la peor parte (para mí) del viaje: pasar la aduana. En mi último año de trabajo en California había tenido ciertos problemillas con el visado y temía que me pusieran pegas para entrar, aunque había preguntado a una abogada, investigado en internet y leído bien todos los papeles de visados anteriores que tenía y no parecía que fuera a haber problemas. Aún así, fui ligeramente temblorosa a la ventanilla. Entregué mi pasaporte y mis papeles, respiré hondo… y vi cómo el agente sellaba mi visado de turista sin hacer más preguntas que “what’s the purpose of your visit?” Me dejé tomar las huellas y sonreí a la cámara con la mayor de las alegrías.
Marta tampoco tuvo problemas con los papeles (aunque hubo un momento de descojone por mi parte otra vez, cuando le hicieron poner la huella dactilar del índice derecho, en el que le falta la primera falange), pero cuando le llegó el turno a Javi… Hay que ser gafe, coño. El agente de la aduana cogió sus papeles y empezó a hacer rayas con el fluorescente, indicándole que tenía que coger sus maletas e ir a la sala de inspección secundaria. Muerta de risa, le acompañé para ayudarle con el inglés, aunque resultó que no le hacía falta. El agente que nos tocó debía estar más harto que nosotros y ni siquiera le abrió la maleta. Pasamos la inspección agrícola y seguimos adelante.
Ya sólo nos quedaba conseguir la segunda tarjeta de embarque de Javi y cruzar seguridad. Coser y cantar, según nos habían dicho en Madrid.
Como pille a la azafata que nos atendió en Barajas...

De vuelta

Se acabaron mis dos semanas de vacaciones americanas, aunque aún me queda mi estupendo mes casi entero para disfrutar de mis libros (me he traído una docena), mis revistas y el sol de aquí, mucho más benigno que el californiano. He vuelto con un montón de fotos que os iré enseñando y explicando cuando se me pase el jet lag y la resaca del cuatro de agosto -txupinazo de las fiestas de Vitoria y bajada de Celedón, imprescindible pillársela histórica-, y con un dedo del pie morado -posible esguince o rotura, a ver qué me dicen esta tarde- por una patada involuntaria a una maleta. Estoy agotada, pero encantada con mi super excursión. Ya os iré mostrando los lugares de lujo en los que estuve poco a poco.
En otro orden de cosas, y recordando un antiguo post en el que hablaba de todas las cosas buenas que me podían pasar este año, mientras estaba de vacaciones han ocurrido dos (bueno, una y media): he aprobado las oposiciones (7,75, gran sorpresa porque me esperaba un tres siendo generosa, pero no tengo plaza porque no tengo méritos suficientes) y ya me he leído el último de Harry Potter (sobre el que, seguramente, haré un post aparte porque se lo merece; snif, se acabó una era). Ya sólo me queda aprobar el examen de traducción, que será en enero y que supondrá que el 2008 también será mi año.
Hasta pronto. Qué gusto da estar en casa, madre.

King City, California

Aquí os dejo un par de foticos del lugar que me acogió durante siete años, King City, en el condado de Monterey, California (no confundir con Monterrey, Méjico). Obviamente, no son muy modernas, pero las he elegido porque quería que viérais lo mismo que debió ver Steinbeck cuando escribió "Al este del Edén". Si habéis visto la película, habéis visto King City (James Dean se baja en la estación de tren del pueblo; curioso, hoy en día King City no tiene estación) y si habéis leído el libro (qué obra de arte, madre), habréis sentido el calor del valle de Salinas en la piel, y la inmensidad de las sierras que bordean el pueblo, y la sequedad de la tierra en los pies...
Espero poner fotos un poco más modernas a mi vuelta. Entre tanto, disfrutad de estas.

Esto es lo que Steinbeck veía cuando escribió su novela.



El instituto, de 1910, que aún se usa; declarado monumento histórico (creo que es el edificio más antiguo del pueblo, angelicos.

Que te vaya bonito



Se nos marcha. Después de años de estar "amenazando" con irse a la NBA, por fin llegó el día. Luis Scola, capitán de capitanes, campeón olímpico, gran persona y mejor jugador, se nos marcha a Houston. Snif. Ya no te veremos hacer filigranas en Vitoria, ni repartir leña a pivots que te sacan una cabeza.
Adiós, Luis. Y que te vaya bonito.

¡Guapo!


¡Pero qué guapo es mi monstruo, madre!
(Entrada debida al sentimiento de culpa por dejarle dos semanas al cuidado parcial de terceras personas. Pobre bicho, qué solo va a estar.)

Y la semana que viene...

A ver quién adivina dónde me voy la semana que viene...


(Gracias, Rhytmduel, por el tutorial)

Pecado mortal

-Padre, quiero confesarme. Creo que he pecado.
-¿Crees? Hija, pecar es como estar embarazada o pitar un penalti, se peca o no se peca. A ver, ¿qué has hecho?
-He leído a James Salter.
-Salter, Salter,… Sí, me suena. Pero no está en la lista de libros prohibidos, ¿no? Hasta donde yo sé, es un gran escritor.
-Ay, padre, que no me ha dejado usted acabar. He leído a James Salter… y no me ha gustado.
-¿Cómo que no…? Pero hija, eso es imposible, a todo el mundo le gusta Salter.
-A mí no. Y eso tiene que ser pecado, ¿no? He tenido que incumplir algún mandamiento.
-Ninguno de los diez mandamientos dice nada de amar a Salter por encima de todas las cosas, hija.
-Pues si usted lo dice será verdad. Yo soy atea, así que ni idea.
-Si eres atea, ¿por qué has venido a confesar algo que ni siquiera es pecado?
-Que sí que lo es, padre, que yo lo sé. Todo el mundo pone a Salter por las nubes, su gran dominio de la palabra, su agudeza a la hora de utilizar las expresiones justas, las imágenes perfectas, las descripciones exactas…
-Y tú no opinas lo mismo.
-No, si en eso estoy de acuerdo, pero es que…
-¿En qué quedamos? ¿Te ha gustado o no te ha gustado?
-Me han gustado sus descripciones, sí, y estoy de acuerdo en que nadie dice tanto en tan poco espacio, recrea unas imágenes tan vívidas que parece que tengas al personaje frente a ti, pero…
-¿Pero?
-Pues que me ha dejado tal como estaba cuando cogí el libro. No me he identificado con ningún personaje, no me ha hecho suspirar al final de cada historia, no he sentido nada especial con sus relatos. Y con la mitad de ellos me he perdido, padre.
-¿Cómo te puedes perder con un libro? ¿Es que te ha obligado a pecar? A pecar de verdad, digo.
-No, padre, no, que me he perdido, que no sabía de lo que me estaba hablando. Cambiaba de un punto de vista a otro sin explicaciones, mezclaba tiempos, hablaba al mismo tiempo de algo que estaba ocurriendo en el momento y de algo que había ocurrido años antes… Padre, que me he tenido que leer párrafos enteros dos veces para enterarme de lo que estaba leyendo. Que eso no me había pasado nunca.
-Bueno, hija, no creo que sea para tanto. Igual era demasiado para ti, deberías empezar leyendo cosas más sencillitas…
-Pero me leí Anna Karenina a los trece años, padre, y lo entendí. Con quince ya me había leído todas las obras universales que les regalaron a mis padres como regalo de bodas, y a los dieciocho podía recitar párrafos enteros de La Regenta y Crimen y Castigo. ¿Será que con los años me he vuelto un poco tonta? ¿Un poco vaga? Tanto Harry Potter y códigos secretos no pueden ser buenos…
-¡Cómo! ¿Has leído Harry Potter? ¿Y el Código DaVinci?
-Sí, padre, como todo el mundo.
-¡Pues eso sí que es pecado! ¿O no has visto como queman los estadounidenses los libros del puñetero mago ese?
-¿Usted puede decir puñetero?
-¡Yo puedo decir lo que quiera, que tengo línea directa con Dios para confesarme! Hala, reza tres ave marías y cuatro padre nuestros como penitencia.
-¿Por no gustarme Salter?
-No, por venir a dar el coñazo y hacer que la cola de la confesión llegue hasta la puerta de la iglesia.
-¿Padre?
-Qué, hija.
-Es que… Yo soy atea. ¿Le importa si hago la penitencia poniéndome a régimen?
-Haz lo que quieras, hija. Ve con Dios.
-Vale, padre, pero si no le importa, mejor me voy a la piscina

Amigas

Ana y Silvia se conocieron siendo apenas bebés y pasaron toda su vida juntas. Para ser dos personas que habían crecido como hermanas, no podían ser más distintas: Ana ansiaba saber, mientras que Silvia se alteraba con cada nuevo conocimiento, como si el cambio de sus esquemas mentales fuera demasiado traumático. Cuando una empezó la universidad, la otra hizo un módulo de FP, por hacer algo. Cuando Ana se sentía nerviosa, inquieta, asustada, leía un libro o se iba a dar un paseo; cuando Silvia no se encontraba bien, se iba de copas o de compras. Y, aún así, siempre encontraban un hueco en sus agendas para tomar un café. Se contaban las pequeñeces de su día. Se reían la una de la otra. Eran amigas.
Ana tuvo varios novios que terminó dejando porque al final le resultaban insulsos y poco interesantes. Cada vez que rompía con uno, se apuntaba a un curso nuevo o empezaba una carrera. Silvia tuvo tantas historias de amor que era imposible seguirle la cuenta. Se casó tres veces, sin tener hijos, que dan mucha guerra, y cada vez que un marido la abandonaba –como hacían todos sus maridos, novios, amantes-, se iba de vacaciones, o se emborrachaba, o se compraba un vestuario de temporada nuevo. Ana intentó convencerla de que se apuntara a clases de dibujo con ella. Silvia insistió en que a las dos les vendría bien irse de copas.
Cuando murieron, con una semana de diferencia, a los setenta y dos años, Ana dejó tras de sí cinco carreras, un doctorado, una docena de libros publicados y una biblioteca que competía con la municipal, a los fondos de la cual donó la suya. Silvia dejó un armario del tamaño de un piso pequeño lleno de ropa que cayó en manos de los menos afortunados de la ciudad. Fue la única vez que los pobres del lugar pudieron llevar blusas de Dolce & Gabana. Los usuarios de la biblioteca municipal apreciaron a Kafka.

Fuerte y Fuerto

Fuerte y Fuerto (los nombres han sido cambiados para proteger la identidad de los menores) son dos gemelos de sexto que podrían figurar en la enciclopedia como ejemplos de "bullies" un poco tontitos. Les sacan una cabeza a sus compañeros -cabeza física, se entiende, porque en inteligencia no es que anden muy sobrados- y su cintura tiene también un par de metros más de diámetro que la de cualquier chaval de su edad. En clase no dan ni golpe y a lo único que se dedican es a vacilar a la profesora y torear a sus compañeros. Menos mal que son pocos en clase y ninguno les aguanta.
La última semana de curso les comenté que íbamos a trabajar canciones que a ellos les gustaran. Podían traerlas ellos -con las letras- o decirme a mí cuál les gustaba y ya las conseguiría yo "de alguna manera". Todos levantaron la mano, incluso Fuerte y Fuerto (sorprendente, porque ellos siempre gritan su respuesta sin importarles si alguien les escucha o no). Yo les dejé para el final. Me imaginaba el tipo de música que me iban a pedir: Metallica, Incubus, Red Hot Chili Peppers... El resto de la clase pidio Shakira, High School Musical, Jesse Macartney... Los clásicos, vaya. No pude ignorarles más.
-A ver, ¿cuál queréis vosotros?
-Yo "To the beat of my heart", de Hillary Duff.
-¡Hala, qué maricón, te gusta Hillary Duff! Yo quiero la banda sonora de Hanna Montana, la de Disney Channel.
Valiente porquería de "bullies".
(Huelga decir que tuve que aguantarme la risa hasta que salí).

Feliz 4 de julio a todos


Hoy hace justo un año que volví de USA. Curiosamente, una de las dos mejores decisiones que he tomado en mi vida. La otra fue irme a vivir allí.
Feliz cuatro de julio a todos (y todas). Y recordad: odiad a su gobierno, no a su gente.

Mañana de domingo


Me acerco a la ventana con el café en la mano. El gato, como siempre, salta al radiador y reclama mi atención con un par de maullidos que, seguro, han despertado a algún vecino. Le acaricio mientras observo los edificios de enfrente. La torre de la iglesia sobresale sobre los tejados de las casas; soy atea convencida, pero me gusta esa imagen, tiene algo de protector aunque sepa que sólo está hecha de piedra y cemento. Otra paradoja que añadir a mi personalidad.
Son las ocho de la mañana de un domingo. Las calles están desiertas y el silencio es acogedor. No tengo nada que hacer hoy, nada que me haya obligado a levantarme tan temprano un día en el que ni siquiera puedo ir de compras, pero me daba cargo de conciencia quedarme en la cama con semejante día ahí fuera. No tengo que hacer nada. Sólo lo que yo quiera.
El cristal de la ventana está sucio. Lo lavaré cuando salga un día nublado, que será pronto (al fin y al cabo, esto es Vitoria, y aquí el buen tiempo dura menos que la alegría en casa del pobre); no puedo desaprovechar un cielo tan azul. Dejo la taza vacía en la fregadera, cojo a Sauron en brazos y le acaricio mientras sonrío a la calle vacía. Es domingo. Es verano. Sauron ronronea de placer.
Yo también lo haría, si fuera gata.

Otra vez con la burra a brincos

Comentario de una profesora de educación infantil en un claustro de profesores, en mitad de una conversación sobre la diversidad cultural del centro.
-¡Pero cómo quieren que tengamos buenos resultados! Estoy mirando la lista para el año que viene y fíjate, ni uno, ¡ni uno bueno! Todo moros y encima cuatro gitanos. ¡Y todavía no he conocido un gitano bueno!
El claustro guarda silencio, todos nos miramos unos a otros. La profesora sonríe y mira a unos y a otros, como diciendo "atreveos a contradecidme, a mí, que he dicho lo que todos pensáis y no tenéis valor de decir". El director toma aire y contesta.
-Pues será que no pones mucha atención, porque, precisamente, la mejor alumna del colegio es gitana.
Y ella, en lugar de callarse, apostilla.
-Uy, mira tú qué suerte. Será la única gitana buena.
¿Dónde está el inspector de educación cuando se le necesita? ¿Sería sancionable un comentario de este tipo? Si no lo es, debería serlo. Despido automático. Sin compensaciones.

Un buen escritor (Una buena escritora)

Todo está escrito. Todo está ya dicho. Busco un tema sobre el que escribir y me doy cuenta de que sólo se me ocurren ideas antiguas, historias contadas millones de veces. Trato de leer los periódicos, ver las noticias, escuchar con disimulo las conversaciones de la gente por la calle, pero no hay nada original. Nada que no se haya oído antes.
Supongo que la magia de un escritor (una escritora) no se basa en contar algo tremendamente original, sino en cómo lo cuenta. Esa historia de amor que podría ser un bodrio en otras manos pero que en las de cierta gente te pone la carne de gallina y te hace llorar de emoción; esa conversación sobre el tiempo que a veces te habla del clima y otras de las tormentas internas de cada uno. Un buen escritor (una buena escritora) tiene que convertir lo cotidiano en extraordinario, lo trivial en sustancial, las sensaciones en emociones. Un buen escritor (una buena, una maravillosa escritora) tiene que conseguir que quien lea sus escritos retenga sus palabras, si no para siempre, sí al menos hasta mucho después de haber terminado de leer. Un buen escritor (una escritora sublime) siente con más de cinco sentidos, usa siempre la palabra exacta para cada imagen, no utiliza trucos ni artificios. El escritor nace. El buen escritor, estoy convencida, se hace.
Yo nací escritora porque no he podido dejar de escribir desde que aprendí a coger un lápiz. Pero nunca he destacado, siempre he sido mediocre -o mala, pero nadie tiene el valor de decírmelo, cosa que agradezco porque se me caería el mundo-, y ya estoy harta de ser, como mucho, mediocre: voy a ser una buena escritora. Voy a trabajar en serio para destacar en lo que más me gusta hacer, que me hace feliz, que me supone un esfuerzo pero me da mil satisfacciones. Me voy a convertir en lo que siempre quise ser: una de esas escritoras que dejan poso.
Aunque me cueste toda la vida conseguirlo.

El retorno II




M. es una niña ucraniana de nacimiento y vasca por derecho propio. Fue adoptada cuando tenía un año; apenas pesaba seis kilos entonces, y dice su madre que lo único que hace desde que llegó es comer, aunque todavía sigue siendo una pelusilla diminuta. Es la única de su clase que aún lleva pañal, uno de esos supermodernos que son como braguitas y le permiten ir al baño si se acuerda de que tiene que ir. Su cara está siempre iluminada por una enorme sonrisa, y los ojillos -azules, muy azules- le chipean detrás de unas gafas rosas que la hacen incluso más guapa. Es tan rubia que no puede salir al recreo sin gorra. Es tan pálida que te da la sensación de que se quemaría con la luz de una cerilla. No se le entiende demasiado cuando habla, aunque ella comprende todo lo que se le dice tanto en euskera como en castellano. El año que viene empezará con el inglés. Y espero que la sonrisa no se le borre nunca (ojalá pudiera enseñaros su cara para que supierais que no exagero, pero os tendréis que conformar con su -precioso- cogote).



En otro orden de cosas: ¿a que nunca habíais visto a setenta y cinco niños de tres años en una fila tan recta? Me he quedado alucinada de todo lo que pueden hacer a esa edad, ¡y yo que pensaba que hasta los doce los niños no eran independientes!
Por cierto, el título de esta entrada se debe a que esta semana estoy en la ikastola que -casi- me vio nacer. Me acabo de enterar de que cuando yo empecé era ilegal y nos firmaba las actas y los informes otra que era legal. Oye, lo que aprende una treinta años más tarde.