Aulas de dos años

Ayer los padres recibieron las cartas sobre la escolarización de sus retoños de dos años, donde se les explica el horario de la ikastola. Antes de llamar a la ikastola a preguntar, llamaron directamente a Lakua: EXIGEN comedor, horario completo, ludoteca antes y después de la clase y extraescolares. Quieren dejarlos en clase a las ocho de la mañana y recogerles a las siete de la tarde. Ellos, o los cuidadores, o los abuelos.
Lo siento, pero no conozco a nadie que trabaje doce horas. Una cosa es conciliación del horario laboral, y otra tener hijos para que te los críe otro. Si no puedes, no los tengas.

Bibliotecas

Si hay bibliotecas especializadas en ciencias, en ciertos tipos de literatura, en investigación... ¿Por qué no puede haber una especializada en literatura escrita por mujeres? Ojo, que no estamos hablando sólo de novelas o ensayos, sino de cartas, diarios, listas de la compra, notas a los hijos... Si los científicos pueden tener todo el material que necesitan en una sola sala, ¿por qué no va a tenerlo una doctora en literatura que quiera analizar las cartas de Emily Dickinson, esas que nunca se han publicado para el gran público? Por poner un ejemplo entre millones, vamos.
A mí me parece una idea estupenda.

Priorizando

Desde hace unos años a esta parte, mi vida tiene todos los elementos para ser, digamos, una buena vida. Un trabajo muy estable con visos de estabilizarse aún más, buen sueldo que me permite ciertos caprichos, casa propia, cuadrilla de amigos de esos que sabes que te darían un trozo de su hígado si lo necesitaras, hobbies, intereses, tiempo libre para dedicarme a todo lo que me gusta... Todo era tan bueno, resumiendo, que lo disfrutaba a tope porque sabía que algo, de alguna manera u otra, se iba a torcer y todo lo bueno iba a dejar de serlo.
Y lo ha hecho. En forma de enfermedad grave en un familiar cercano, que jode aún más que si fuera en carne propia. Y el mundo ha cambiado de golpe, y mi orden de prioridades ha variado radicalmente. Ya no me obsesiono por sentarme a escribir todos los días a la misma hora. Me importa un pepino que mi sofá nuevo esté invitándome a sentarme y leer ese libro que tanto he esperado. Ni siquiera me alegra que afuera haga un sol de justicia y el verano por fin haya llegado a Siberia Gasteiz; de hecho, me jode aún más porque en la habitación del hospital hace un calor insoportable.
Así que quizás no ande tanto por aquí, o quizás ande incluso más porque quiera pensar en otras cosas. Quizás el tono de las entradas cambie, o desvaríe, o sólo ponga imágenes porque no me salen las palabras. Pero seguramente escriba, porque es mi terapia. Aunque me sienta luego culpable por haber pasado una hora concentrada en un ser imaginario en vez de en mi padre.

Elizabeth George

¡Ya está aquí! ¡Ya ha llegado! ¡El libro que llevo un año esperando! Mi escritora favorita ha sacado, ¡por fin!, el siguiente libro de mi serie favorita. Y no, no es J.K. Rowling, y ni siquiera es inglesa, aunque sus personajes sí lo sean. Se llama Elizabeth George, era profesora de inglés en un instituto y todos sus libros están basados en el Reino Unido aunque ella es californiana. Recomendable cien por cien si os gusta el género negro con un toque psicológico.

Escribiendo

A pesar de que escribir es una de las cosas que más me gustan en el mundo (junto con comer y dormir, y... bueno, dejémoslo ahí), es increíble lo mucho que me cuesta ponerme a hacerlo. Creo que es, como ya he dicho alguna vez antes, por mi terrible inseguridad y el completo convencimiento de que no lo hago bien, de que debería dedicarme a otras cosas y dejar a aquellos que "saben" que lo hagan. Pero es inútil: por más que intente alejarme de ello, siempre termino poniendo boli sobre papel para tratar de plasmar algo que me haya llamado la atención. Es como una droga, y yo soy una adicta reincidente que, lo sé, nunca va a desengancharse del todo.

Así que, como considero que no lo hago bien, trato de aprender. Cuando llegué a Estados Unidos, descubrí que allí todo el mundo parece querer ser escritor y los libros sobre escritura creativa abundan como perretxikos tras una tormenta. Entrar en una librería se convirtió entonces en un duro trago y tarea de varias horas: ya no solo había que revisar la sección de novela negra, de nuevos lanzamientos, del club de lectura de Oprah, también había que pasarse por la sección de escritura, que siempre estaba llena de "new and improved editions" de libros que habían sido éxitos en su tiempo (o quizá no tanto, y por eso tenían que ser "improved"). No había día que no saliera con dos o tres libros bajo el brazo, por no hablar de las mil y una revistas sobre escritura. Como en el pueblo donde yo vivía no había librería y la revista que a mí me gustaba no la vendían junto al People Magazine, tuve que suscribirme, porque meterme una hora y media de coche sólo para comprarla me parecía excesivo. Una revista al mes durante tres años, ejemplares de los que no he tirado ni uno solo y que llenan la cesta de la fotografía.
Pero luego llegué a Vitoria y, oh disgusto, aquí parece que eso de escribir no es tan guay como lo es en los States. Aún así, yo no me rendía y, en lugar de escribir y pulir mi propio estilo, buscaba entre los manuales de gramática a alguien en forma de libro que lo hiciera por mí.
Y así, un día, de refilón y por pura casualidad, encontré por fin un manual de técnicas narrativas en castellano, que los de inglés están muy bien pero hay cosas que no se transfieren bien a otros idiomas. No lo abrí nada más llegar a casa porque, para variar, no tenía tiempo, y se quedó cogiendo polvo en una balda hasta que, casualidades de la vida, un bloguero llamado Enrique Paez pasó por esta casa y me di cuenta de que era el autor del libro que me había comprado. Me hizo una ilusión terrible conocer a un escritor de verdad, aunque sólo fuera a través del ordenador, y me prometí que, cuando tuviera tiempo, me sentaría y me tomaría en serio sus enseñanzas, ya que era el primer autor de un manual de escritura que, estaba segura, sabía de lo que se hablaba.
Ya lo creo que lo sabe.

Llevo toda la semana pegada a su libro, devorando cada comentario, cada pie de página, cada consejo. Cada vez que leo la sección de "Ponte a escribir" me digo que ya lo haré cuando termine con el proyecto grande que tengo entre manos, que si me entretengo con pequeños ejercicios no voy a terminar nunca. Pero hoy he tenido la lucidez de aplicar unos consejos sobre creatividad en los personajes con los que estoy trabajando y todavía estoy alucinando por lo que ha ocurrido. No he hecho más que una tormenta de ideas, uno de esos globos expansibles que el doctor House suele marcarse en su pizarra, y ha cambiado toda mi historia. He conocido detalles de los personajes en los que no había pensado hasta ahora. He entendido por qué actúan de una determinada manera, por qué se han rebelado mis dedos y me han impedido escribir ciertas frases en un diálogo, por qué la víctima (es una novela negra, mala hasta decir basta, pero me lo estoy pasando pipa) es doblemente víctima, por qué me tiene que dar pena el asesino. La he gozado, sobre todo, porque no había forma de meter la pata, porque todo lo que he escrito me ha llevado a otra conclusión. Me lo he pasado bien escribiendo, y ahora quiero seguir haciéndolo.
Así que me voy a ello, que aún me queda mucho por definir y mucho libro que leer.
Gracias, Enrique.

Dime cómo les tratas y te diré en qué se convierten

J.K. Rowling ha dicho alguna vez que no le gusta cómo son tratados los adolescentes en su país, como si fueran criminales en potencia o lo único que tuvieran en mente fuera joder al personal. Siempre he estado de acuerdo con ella, pero con excepciones; creo que hay adolescentes que realmente son criminales en potencia, y con algunos hay muy poco que hacer. Igual me paso de pesimista, pero es que he visto a verdaderos bárbaros de ocho años que ya me daban miedo a esa edad.
Hoy, sin embargo, estoy más de acuerdo con la Rowling que nunca. Ayer pedí permiso en la ikastola para acompañar a mi padre a hacerse unas pruebas médicas en Bilbao, que el hombre es peor que Alfredo Landa y si le sueltas solo en el metro la puede liar. Mis alumnos se quedaron a cargo de las profesoras que tenían guardia en ese momento y con tarea asignada: tenían que escribir unos bertsos en parejas y luego escribir una redacción. Les dije, con intención de facilitar las cosas a mis compañeras, que ya sabían lo que tenían que hacer y que no necesitaban que nadie les pusiera a trabajar, lo hacían ellos y listo.
Craso error. La primera hora fue bien, todos trabajaron y no hubo mayor problema. Cuando llegó la segunda profesora, por tanto, ya estaban todos sentados en parejas, con el aumento de ruido que eso suele conllevar. Ella intentó que se sentara cada uno en su silla, y ellos le dijeron (toda la clase, hasta los más benditos que nunca mienten, me aseguran que sin faltarle al respeto) que estaban haciendo lo que yo les había dicho que hicieran. Pero la profesora empezó a decir que ahí mandaba ella, así que que cada uno volvía a su sitio porque ella lo decía y listo. Una niña que jamás, JAMÁS, ha llevado la contraria a ninguna profesora y que es la favorita de todos los profes que pasan por esa clase, le indicó que yo había dejado escrito lo que tenían que hacer. Ella castigó a la cría a quedarse después de clase, ignoró mi nota y les hizo sacar el libro de matemáticas. Lo abrió por la última hoja del último tema y les obligó a "hacer" los ejercicios. Todo aquel que le dijo que no habíamos dado ese tema fue castigado; todo aquel que le preguntó porque no podían seguir con lo que habían estado haciendo fue castigado. Una de mis alumnas, probablemente la más brillante de todas, fue castigada "por chula, porque a mí nadie me habla así" (palabras textuales que me ha dicho la profesora esta mañana). Resulta que la profesora le preguntó "Qué pasa, ¿te quieres quedar castigada a la una y media?", y la niña no respondió. "Pues te quedas. ¿Te quieres quedar mañana también?", a lo que la niña, viendo que el silencio no era respuesta adecuada, contestó que no. "¡Pues te quedas también!"
Así que hoy vengo lívida, furiosa, rabiosa, encabritada, cabreada y todos los sinónimos que estas palabras conllevan. Porque no se puede juzgar a un niño o a una niña a primera vista; porque no se puede abusar del poder; porque no es justo castigar a alguien por responder a una pregunta que no tiene respuesta adecuada. Y, sobre todo, porque no se puede castigar a chavales de doce años sin avisar en sus casas de que van a llegar tarde. Cuatro padres llamaron ayer para quejarse, y uno ha venido hoy a hablar conmigo en persona.
Esa profesora se ha dedicado a decirle a todo el que se ha parado a escucharla que mi clase es un nido de víboras, de seres maleducados, de chulos y de respondones. Menos mal que todo el mundo conoce mi clase de otros años y saben que no es así; menos mal que la jefa de estudios tiene a su hija en mi clase y sabe que no es así.
Menos mal, ¡menos mal!, que me queda menos de un mes en esta ikastola y no voy a volver a ver a la pedazo de bruja esta.

Solución


No era tan difícil, ¿no? Menos aún para los que os habéis pasado por aquí alguna vez antes.
(Para el que no lo identifique -ejem, aparte de cadena perpetua-, es Alan Rickman guiñando(me) un ojo. Y el Monstruo acaba de darse cuenta de lo mal que está.)

Bailando

Uno de mis niños:
-Ruth, Ruth, hoy en el recreo hemos estado bailando el baile de la tripa.
-Ah, ¿la danza del vientre?

Como les echaba de menos, madre...

Personaje misterioso



Gallifante para el que acierte quién es éste señor.

Como el sol cuando amanece...



...ya soy libreeeeee, como el maaaaar.
Hasta la lluvia ha cesado para celebrar el fin de mis exámenes. A escribir y luego... ¡A la feria del libro! Qué crisis ni que ocho cuartos.

Gente

Voy a estudiar a la biblioteca porque, como cualquier adolescente o estudiante a tiempo completo podría atestiguar, trabajo mucho más allí que en casa. El frigorífico, el gato, un té, un café, las pipas... Todos son distracciones que me apartan de los libros, y si me he cogido esta semana libre es porque quiero darle caña (y porque puedo dormir un poco más, para qué engañarnos).
La biblioteca tiene sus cosas buenas y sus cosas malas. Entre las buenas está, por supuesto, la ausencia de picoteo, televisión, internet, radio y animales domésticos varios; entre las malas, que la gente no tiene muy claro que en una biblioteca se tiene que estar en silencio. Gente que no apaga el móvil al entrar (a estos los empalaría, oye), gente que se encuentra con alguien y se saludan con dos sonoros besos y una siseada conversación que irrita más que una charla a gritos. Gente que va en cuadrilla a estudiar y hacen de todo menos estudiar. Y da igual que les eches miradas de maestra cabreada -estudian por la UNED, ya no tienen el recuerdo de lo mucho que acojonaba la mirada de la profa-, ellos siguen con su conversación, mirándote más a menudo, eso sí, para ver si te están cabreando lo suficiente. Hablamos de adultos, no de estudiantes de instituto. De gente que está por lo menos en su segunda carrera. Me crispan.
Pero también me gusta ir por las grandes posibilidades de observar a la gente sin ser demasiado descarada. Me encanta levantar la mirada de los apuntes y fijarme en la chavala que lleva media hora con la mirada fija en el mismo punto de la hoja, o el que se ha pasado ya un rato jugueteando con la correa del reloj, o el que subraya a toda mecha porque no ha tocado un libro en todo el cuatrimestre y el examen es hoy. Lo malo, claro, es que no soy la única que observa, y sé que a veces también soy objeto de observación.
El cuatrimestre pasado me pedí la semana libre para estudiar, como ahora. Era (y sigue siendo) divertido ver que la misma gente llegaba a la sala de estudio más o menos a la misma hora todos los días de esa semana: la cuadrilla de las calculadoras sobre las once de la mañana; la señora del pañuelo sobre las diez y media; el de gafas y la de la pierna bailona ya estaban allí cuando yo llegaba, sobre las nueve y media. Había una pareja de novios que estudiaban juntos que no faltaron un día. Él llegaba siempre el primero, y al rato llegaba ella. Se daban un piquín y se ponían a trabajar, levantándose quizás una o dos veces en toda la mañana, sin decirse una palabra dentro de la sala. Ella solía irse un poco antes que él, que seguía dándole cuando yo me iba; no les presté más atención que el típico "mira, ya está aquí la parejita". El último día de exámenes no había mucha gente, y para la una del mediodía el chico y yo nos habíamos quedado solos. Él se levanto y, antes de irse, se paró junto a mi mesa a cruzar un par de palabras conmigo -estábamos solos, no molestábamos a nadie-. Él se había fijado en mí lo mismo que yo en él. Me hizo mucha gracia. Pensé que sería el principio perfecto para una historia corta.
Esta semana, la parejita ha vuelto (y el de gafas, y la de la pierna nerviosa; los de las calculadoras debieron examinarse en mayo). Él y yo hemos cruzado un par de miradas desde el primer día, nos hemos reconocido; reconocido sí, pero no como para saludarnos. He notado que, cada vez que pasa cerca de mi mesa, desacelera el paso como para ver si yo levanto la vista y le saludo por fin, pero no lo he hecho. Él tampoco, ojo (pero no le culpo). La novia, que obviamente no es tonta, se ha dado cuenta de las miradas (inocentes, lo juro), y ahora es ella la que me mira, sólo que esta no pone ni pizca de amistad en las miradas y más bien siento dagas en la espalda cada vez que da la casualidad de que los tengo detrás de mí. Me ha dado mucho que pensar hoy, cuando he salido a tomarme un café. Hay una puerta estrecha en el pasillo y él venía de frente, los dos íbamos a pasar por ella al mismo tiempo; él se ha apartado para dejarme pasar y hemos cruzado sonrisas, una forma de saludo, supongo. Y acto seguido, cuando he escuchado la puerta de la sala de lectura cerrarse tras él, me ha dado la risa (yo sola en un largo pasillo, frente a la puerta del aula magna donde se hacían los exámenes) al darme cuenta de lo bien que me cae alguien con quien no he cruzado más que un "qué, ya vemos el final del túnel, ¿eh?" y lo mal que le caigo yo a una persona con la que no he hablado en la vida.
A eso me dedico cuando debería estar estudiando. Ya veis. Y luego me estreso.
No me digáis que no es el principio perfecto para una historia. La escribiré, lo prometo.
En cuanto termine los exámenes.

Txapeldunak!


A la cuarta la vencida. Otro año más, campeones de la ACB. Creo que los equipos que una vez fueron humildes nunca se acostumbran a estar tan arriba y que la gente les trate de usted. Y la afición, aún menos.



Y a estos, zorionak. Por majos, por salados, por tener la segunda mejor afición de la liga, porque da gusto ir a Illumbe, porque estoy deseando que Pablo Laso venga a casa y se le cante aquello de "Pablo, Pablo, Pablo, Pablo, Pablito, Pablo es".

Encefalograma plano

Ya han empezado los exámenes. Mi día se reduce a estudiar, estudiar y estudiar otro poco: de casa a la biblioteca, de la biblioteca a casa, de casa al examen. Así, toda la semana.
Como os imaginaréis, no tengo la cabeza para informaciones serias. La neurona me da lo justo para pasearme por vuestros blogs de puntillas, sin hacer ruido ni dejar comentarios, y absorver informaciones inútiles. Mi cerebro está lleno de oraciones subordinadas sustantivas en posición de complemento de régimen preposicional, poetas metafísicos, pidgins y el renacimiento americano, así que a lo más que llego es a dejar que fotos como esta me llamen la atención:



Por más rebote que tenga porque todo apunta a que se van a cargar uno de mis libros favoritos de la serie (a quién voy a engañar, me gustan todos) dejando fuera la boda de Bill y Fleur, los Gaunt e, incluso, a Trawloney, me muero de ganas por ver esta escena. Dos de mis personajes favoritos en los libros y, con creces, los mejores actores de la película (Tom Felton es el mejor de los "peques", el único que era actor de verdad antes de empezar la serie, y eso se nota).
Pues eso. Que acabo de empezar y ya estoy cansada.
Vuelvo a estudiar.

La realidad supera la ficcion

(Y sigo sin poder poner tildes en el título, leñe.)

Un hombre, cansado de ver cómo la comida de su frigorífico y su despensa desaparecían sin explicación, puso una cámara de seguridad en su casa, convencido de que alguien entraba a robarle. Cuál no sería su sorpresa cuando descubrió a una mujer saliendo de un armario que no utilizaba vaciándole la nevera y usando su baño.
La policía descubrió un colchón y varias botellas de agua dentro del susodicho armario. La mujer declaró que llevaba varios meses viviendo allí porque no tenía a dónde ir. El periódico "Diario de noticias de Álava", donde aparece esta noticia, termina el diminuto artículo con un "aún así, la mujer fue detenida".
Hombre, no.

Gotas

Una gota, dos gotas, tres gotas.
La lluvia del exterior era lenta pero incesante. La humedad del día se colaba por las rendijas de las ventanas, por las paredes mal encaladas, por debajo de las puertas. Todo a su alrededor era agua.
Una gota, dos gotas, tres gotas.
La oscuridad le pesaba en los parpados, pero seguían abiertos. El sudor le impregnaba la cara. Aquellas tormentas de verano trataban sin éxito de aliviar el bochorno.
Una gota, dos gotas, tres gotas.
Tanta agua y la boca seca, paradojas de la vida. Y no podía beber. Aunque el agua estuviera tan cerca.
Una... Dos... Tres...
Las campanadas de la iglesia cercana dieron las tres de la madrugada cuando la última de las gotas de su sangre se deslizó por su muñeca hasta el agua de la bañera. Los párpados abiertos, la humedad del cuarto de baño, el sentido del oído el último en desvanecerse.
Una gota, dos gotas... Tres.

Religion, go home!

Una hora y media de religión todas las semanas. Hora y media que podíamos dedicar a explicar mejor el tema de matemáticas, a hacer experimentos de ciencias, a trabajar un poco las redacciones en cualquiera de los tres idiomas que hablamos. No. Hora y media de religión. Y luego viene el informe de marras y dice que hemos bajado en matemáticas. Que hay que quitar horas de gimnasia para dar más inglés, por muy gordos que estén nuestros alumnos. Que no se dan suficientes horas de ciencias y sociales. Que hay que ampliar el horario escolar porque no se llega. Que qué se les enseña a los niños y niñas en clase si no saben cuál es la capital de Francia.
Pues la historia de Moisés, oiga usté.
Y ojo, que a nadie se le ocurra hacer lectura con el ochenta por ciento de la clase que no va a religión -que es la media en la ikastola donde yo trabajo-, porque va el profe al director y te monta un pollo que lo flipas. No se puede dar carga lectiva en esas horas, tiene que se ética. Ya, pero es que nos hemos cansado de hablar del calentamiento global, de la violencia de género, del hambre en países subdesarrollados... Es que no sabemos lo que es un atributo, o la diferencia entre "hasi" y "hazi". Es que me gustaría utilizar las horas escolares para dar carga lectiva, caprichosa que es una. No sé, a mí cuando me contrataron lo hicieron para eso, creo.
Los que seáis de ciencias, haced los cálculos de cuántas horas al año son hora y media a la semana. Yo no lo he hecho, pero me da a mí que es una burrada.

¿Machismo implicito o feminismo extremo?


Hace unas semanas, mi madre y mi hermano me dijeron, no sé a cuento de qué, que yo tenía una habilidad especial para las segundas lecturas de los mensajes más simples, ya fuera en películas, en libros o incluso en anuncios. Yo me quedé un poco perpleja al principio, pero luego me lo tomé como un cumplido. Fíjate, oye, si al final voy a tener una habilidad especial para algo y todo. Tendría que ponerlo en mi currículo: habilidad especial para captar significados secretos. Seguro que me forro.
Pero esta supuesta habilidad mía tiene sus contrapartidas, y una de ellas, la más grande, es que no me deja disfrutar de los mensajes supuestamente simples que nos rodean. Mi mente, en gran medida orientada hacia el mundo femenino y muy sensible a todo lo que ataque a la mujer, capta siempre ataques velados a veces y no tan velados otras en prácticamente todos los ámbitos de mi vida. Como el comentario de un familiar mío que le dijo al médico, cuando éste le indicó que debería llevarse la comida de casa en lugar de comer fuera todos los días, que no iba a obligar a su mujer a levantarse todas las mañanas a las cinco para cocinarle a él. Como el bombardeo incesante de anuncios de detergentes que nos muestran a mujeres cuyo único incentivo en la vida es tener la ropa más blanca que la vecina. Como la rabia que me da que, cuando se anuncia algún nuevo invento adelgazante, sólo saquen a mujeres delgadísimas que supuestamente necesitan perder unos kilos para lucir palmito en la piscina.
Pero estos son los típicos y, aunque me molestan, me molestan mucho menos que el último anuncio de unas famosas gafas de sol, que encima va dirigido a la gente joven. En él se nos muestra a un montón de jóvenes super chachis, saltando alegremente con sus gafas de sol, ellas con minifaldita y vestidas de colegialas (que esto también daría para otro post, porque en ningún momento se ve a un jovenzuelo sin camisa, por poner un ejemplo), ellos super guays con su banda de roqueros que tocan que te cagas, o sea, tojuro. Y al final del anuncio -estéticamente muy bonito, en blanco y negro, a cámara lenta-, se ve a un tío super chachi guay que te cagas de la muerte, con sus gafas que le sientan como un guante, coger a la primera chavala que pasa y a la que no conoce de nada y plantarle un morreo así, porque sí, para después dejarla ahí plantada y marcharse con sonrisa de chulo putas mientras ella le mira embobada.
¿Soy yo, o esto ofende? ¿Me estoy pasando al pensar que, si esto le pasara a cualquier mujer con dos dedos de frente, el tío se quedaría con la marca de los cinco dedos de la mano en la mejilla y las gafas volarían de su nariz? ¿No incita esto a la objetivización de la mujer, desde donde el derecho a plantarle un sopapo, igual que le planto un beso sin pedir permiso, ya es vislumbrable? Yo, personalmente, al chiquito este, por muy bueno que esté, le monto un pollo que se caga y se le caen las gafas de vergüenza en mitad de la calle. ¿Quién se ha creído que es para ir dando morreos a diestro y siniestro? ¿Qué se cree esta marca de gafas que somos las mujeres, un adorno más, como los que antaño ponían en los coches para vender más? ¿Por qué se siguen haciendo anuncios en los que no se tiene muy claro si lo que se vende es un objeto o la mujer que sale en el spot? En serio, ¿nadie más lo ha visto? ¿Soy una exagerada?
Será que tengo la antena de los significados ocultos demasiado bien sintonizada...

El angel de los gatos


Me levanto, pongo la cafetera, enchufo el tostador y me dispongo a prepararme el desayuno. Mientras el agua borbotea, unto la tostada con mantequilla y veo con el rabillo del ojo cómo el gato salta a la parte de arriba del armario que tengo sobre la encimera, como hace todas las mañanas. Yo sigo a lo mío, sabiendo que el ojo de Sauron me observa desde las alturas, hasta que oigo un ruido. Un ruido que conozco bien: el de "el gato ha perdido el equilibrio y está a punto de caerse del armario".

Cierro los ojos y me preparo para el golpe -porque no puedo hacer nada, no puedo detenerle cuando ya está en caída libre-, pensando que, como siempre, va a a esquivarme con ese arte imposible de explicarse de los gatos. Y, de repente, siento un peso en mis brazos, abro los ojos y me encuentro con una masa de pelo gris y blanco sobre mi tostada y el cuchillo con el que estaba untando la mantequilla. Por suerte, el cuchillo estaba sobre la tostada, plano, y aparte de pringarse de mantequilla, no le ha hecho nada.

El gato salta sobre la mesa, me mira con mirada inescrutable y empieza a lavarse con parsimonia de gato. Al rato, cuando hemos terminado yo de desayunar y él de acicalarse, se me acerca y me mira fijamente, relamiéndose. Parece estar diciéndome: "venga, hagámoslo otra vez, ha sido divertido".

Yo de mayor quiero ser gato.

Irelande douze pointe

Debo estar fatal de lo mío, porque a mí me gusta esta canción. Tiene marcha, tiene ritmo, tiene gracia y el pavo lo hace mucho mejor que más de un cantamañanas "serio" de los que llevan al festival. Pena que no se haya clasificado; para mí que hubiera ganado.

Sacamantecas


El Sacamantecas fue el primer asesino en serie de la historia de España. Era un alavés, Juan Díaz de Garayo, que a finales del siglo XIX se dedicaba a asesinar a prostitutas después de intentar tener relaciones sexuales con ellas. La leyenda decía que luego les sacaba la grasa, ya que la grasa humana era, en teoría, lo mejor para engrasar las ruedas de las carretas. Parece ser que el hombre se "limitaba" a desgarrarlas brutalmente y dejarlas tiradas en cualquier parte, pero lo de Sacamantecas es, simplemente, un mote que le ha puesto la historia.
Álava también tiene, por supuesto, grandes nombres que se han colado en la historia por causas mucho menos escabrosas, pero me choca que nuestro persoanje más popular sea éste. Lo que viene a reforzar mi teoría de que es más fácil dar miedo, tocar la fibra morbosa, hacer llorar que, por ejemplo, hacer reír o provocar a la imaginación. Aunque, seamos sinceros, este hombre provoca a la imaginación, porque de repente me han entrado unas ganas terribles de crear mi propio asesino en serie sobre el papel.
Lo malo es que, comparado con este, cualquier intento quedará ridículo.

Cosas que me alegran el dia

1. Profesores-as que piden perdón a sus alumnos después de hacerles llorar.
2. Padres que quedan para una entrevista sólo para darme las gracias.
3. Una caja de bombones (aunque termine comiéndosela mi padre por eso de la operación bikini).
4. Sentir placer al sentarme a estudiar (lo que viene de perlas, porque tengo que hacerlo me plazca o no).
5. La primavera.

Cosas que me cabrean

1. Profesores-as que hacen llorar a sus alumnos-as cuando suspenden un examen.
2. Profesores-as que te devuelven el trabajo como corregido cuando está claro que ni se lo han leído, y el único comentario que son capaces de hacer es "la presentación habría sido mucho mejor si llegas a justificar los márgenes".
3. Profesores-as que no enseñan.
4. Alumnos universitarios que escriben en foros con faltas de ortografía.

Mi primer circuito electrico

Aquella pila estaba caliente, se pusiera como se pusiera el vendedor. La llevaba en el bolsillo -en el de la chaqueta, de lana, sin botones ni cremallera, sin una mala llave con la que hacer contacto siquiera- y estaba caliente. El vendedor me echó la culpa a mí.
-Algo le habrás hecho -insistía.
Mi madre se subía por las paredes.
-¿Pero qué se le puede hacer a una pila que aún tiene hasta el precinto de seguridad? Tóquela, oiga, que está ardiendo.
Era una pila de petaca, de esas grandes con dos barritas de metal en los polos que nos habían pedido en la ikastola para hacer un circuito eléctrico al día siguiente. Quemaba horrores, y, como bien decía mi madre, no le había quitado ni el precinto, no había salido de mi bolsillo en la escasa media hora que hacía que la había comprado. No pensaba usar aquella pila.
-Yo se la he vendido en buen estado, algo le habrá hecho la cría.
-Me da igual, una pila no tiene por qué calentarse. Cámbiemela, haga el favor.
La dependienta -él debía ser el jefe, por la manera en que ella se quedaba en un segundo plano y nos hacía gestos con la mirada- sugirió tímidamente que quizás tuviéramos razón, que no era muy normal que una pila se calentara así. El hombre se puso como una fiera.
-¿Pero no ves que es imposible, que si una pila no ha hecho contacto no tiene por qué descargar energía?
-Pero ésta sí que...
-A ver, ¿cuántas de vosotras habéis estudiado electricidad, eh? -Yo iba a decir que en ello estaba, aunque con aquella pila mal íbamos, pero sólo tenía doce años y aquel señor me daba miedito-. Tú -señaló a mi madre-, cero en electricidad, tú -señaló a la dependienta- cero en electricidad, tú -me señaló a mí- cero en electricidad, yo seis y medio. Así que a callar todas.
Yo tenía sólo doce años, pero incluso a esa edad me di cuenta de que aquella nota no era precisamente para ir haciendo callar a la gente. Aquel señor no conocía la mala leche que se gasta mi madre cuando le tocan la cartera o sus hijos -no en ese orden, pero os hacéis una idea- y, a pesar de su supuesto cero en electricidad (¿cómo sabía aquel señor que mi madre no era electricista, o ingeniera, o algo para lo que necesites un seis y medio en electricidad, como dependiente de una ferretería?), le sacó la pila nueva al final. Pues buena es ella.
Salimos de la tienda y no nos costó mucho echarnos a reír, porque es mucho más sano que enfadarse. No volví a ver a aquel hombre, y no hace falta deciros que tampoco volví a entrar en aquella ferretería; mi madre sí le ha visto, y recuerda cómo se cambiaba de acera para no cruzarse con ella antes de tener que cerrar por falta de clientela. Me pregunto por qué no entraba la gente.
Lo más curioso de todo es que aquel cascarrabias resultó tener algo de adivino, porque tres años después me cayó mi primer y único cero en un examen, precisamente en uno de electricidad. Aunque yo creo que más que adivino, fue un pájaro de mal agüero; claro, tanta historia para comprar una simple pila, al final le terminé cogiendo manía al tema. La ironía es que ahora la profe de electricidad sea yo y me dedique a tratar de hacer funcionar los circuitos de los críos.
Pero a ellos no se les calienta ninguna pila. Y si lo hiciera, les diría que fueran a cambiarla.

Frases de búsqueda

¡Alguien ha llegado hasta este blog buscando "historias eróticas maestra niños"! Hasta ahora la gran mayoría de despistados surferos llegaban aquí buscando información sobre grafología (debería aclarar, para el que haya llegado hasta esta entrada en concreto, que no tengo ni idea de grafología, no os puedo ayudar a hacer un análisis), hipocondrias varias o ejemplos de hipérboles. Pero lo de las fantasías erótico-festivas es nuevo. Fíjate tú, si ahora va a resultar que tengo un blog no apto para menores...

La vida

El otro día, no sé a cuento de qué, les pregunté a los críos si ellos eran optimistas o pesimistas (supongo que estaríamos trabajando el significado de las palabras) y, aunque la mayoría me contestaron sin pensar, hubo alguna respuesta que me llamó la atención. Una cría me dijo: "Yo me levanto muy optimista por las mañanas, pero es que luego... No sé... Empieza el día y se jode todo. Llega la vida, supongo". Que una niña de doce años sintiera el peso de la vida de semejante manera me dejó helada.
Y eso es un poco lo que me ha pasado a mí esta semana. Empecé el lunes con unas ganas terribles de hacer cosas; tenía las pilas cargadísimas, ganas de estudiar, de ver a mis alumnos, de probar con ellos un par de ideas nuevas de esas que se te ocurren cuando tienes la mente descargada, de escribir, de comentar el viaje en el blog... Y poco a poco me he ido descargando, hasta que hoy me he obligado, literalmente, a sentarme delante del ordenador y escribir algo (porque hoy es jueves, ¿os habéis fijado en que tengo una pauta involuntaria de escribir los jueves y los domingos?). Pero no voy a hablaros de Brighton, que seguro que todos conocéis o habéis oído hablar de él, ni de Canterbury (qué bonito, qué bonito), ni del castillo de Arundel (parecía una vulgar estadounidense, boquiabierta ante un castillo, pero es que ¡pedazo de castillo!), ni del hecho de que haya aprendido a cruzar la calle en Inglaterra (no, a conducir no, a cruzar la calle, que después de casi morir atropellada dos veces tiene mucho mérito).

Os voy a hablar de otra de mis obsesiones, esta ya antigua pero que amenaza con volver. Es este señor de la foto, Robert Downey Jr., por el que me dio casi tan fuerte (pero sólo casi) como me ha dado ahora por Alan Rickman cuando empezó a trabajar en Ally MacBeal. Me gustaba, como buen ser insustancial y superficial que soy, por lo guapo que me parecía con esa cara de niño travieso y esa sonrisita que hacía que todo se lo perdonaras, y luego me gustaba porque me daba la sensación de que él necesitaba que a mí me gustara (qué mal suena, pero es mucho más sencillo que un egocentrismo sumo), con todos sus problemones con las drogas y la cárcel y ese rostro de Calimero-nadie me quiere que me derretía. Aunque, la verdad, ya hay que ser tonto, coño, y tener muy mala suerte -permitidme que le llame mala suerte, aunque sé que se lo buscó él mismo- para que te pille la poli cuatro veces haciendo una de las tuyas, ¡que hasta se metió en casa de un vecino a dormir porque no encontraba su casa del pedo que llevaba!
Pero ahora está limpio, y lleva así mucho tiempo, parece ser que gracias a su segunda mujer, que lo tiene sujeto y bien sujeto y le ha dicho que a la mínima, puerta. Una pena que su hijo no fuera suficiente motivación para mantenerse sobrio, aunque ya se sabe que tiran más dos tetas que dos carretas, o que tu hijo, por más que lleve su nombre tatuado en el brazo y lo adore, por lo que dice (pero bien que lo dejó con la nanny para ir a pillar drogas). Y ahora, limpito cual patena, se nos planta en la pantalla haciendo de super héroe, el majetón de él. Y qué queréis que os diga, no creo que vaya a verla al cine, pero que me pillaré la peli lo tengo muy claro, porque aparte de guapo este señor me parece un actor estupendo (y me derrite su sonrisa, para qué nos vamos a engañar), y va a merecer la pena admirar los pectorales que se ha echado de tanto ejercitarse para la película.

Y hablando de actorazos y volviendo a mi obsesión de siempre, ¿os podéis creer que en Inglaterra no tienen, NO TIENEN, canal Alan Rickman? Yo pensaba que iba a estar la BBC, la ITV, la Qué Sé Yo y el Alan Rickman Channel, ese donde te ponen las tropecientas películas de este señor tan estupendo que tiene la edad de mi padre pero no su fachada, y le cambian los finales a Robin Hood y Jungla de Cristal para que por una vez no muera el malo, leñe, que ya les vale. Conseguí ver, eso sí, tres segundos de él en las noticias. Resulta que había ido a un funeral al que también asistió Jude Law y, no os lo perdáis, Jude Law leyó un poema. ¡En una sala en la que estaba Alan Rickman, leyó alguien que no era él! Qué poca vergüenza hay que tener. O qué ego. O qué gran autoestima. No, me quedo con poca vergüenza.
Si no fuera porque sé que Alan es republicano, le nominaba para Sir hoy mismo. Uy, no, que se me han adelantado...

He vuelto

Estoy de vuelta, pero demasiado cansada para empezar a colgar fotos y enseñaros las preciosidades que he visto esta semana, o compartir con vosotros algunas de las neuras que he conseguido poner por escrito (por primera vez, he llevado un diario de viaje; pensaba llenarlo de ideas para historias, pero de eso ha habido poco).

Después de pasar por vuestras casas y leerme cientos (y no exagero) de posts, os dejo con la que a mí siempre me parece la viñeta más tierna de El País, que hoy se ha salido y ha hecho un homenaje a mi querido Sorolla.

Que ustedes descansen bien. Yo sé que lo haré.



Y aquí el original, para que comparéis.

Atea si, pero solo lo justo


Que sí, que sí, que soy atea, y seré apóstata en cuanto termine el curso y tenga tiempo de concentrarme en cosas importantes y todo eso, pero, como toda hija de vecina, soy lo más religioso, católico y apostólico que se pueda echar uno a la cara cuando llegan fechas como éstas. Y los que seáis de fuera de Álava estaréis diciendo: "pero, ¿qué ladra esta tía, si la única fiesta que está cercana es la del trabajo, y ese no es ningún santo?" ¡Ah, pecadores! Lo que vosotros no sabéis, incultas almas cándidas, es que en Álava somos más listos que todo eso y tenemos un santo y una santa (santísimos ambos) justo antes del uno de mayo que nos permite hacernos unos acueductos majísimos.

Aquí, el tío Pruden y la tía Estitxu se nos unen todos los veintiocho de abril para darnos un respiro, comer caracoles y perretxikos (los que no sabéis de qué hablo, no sabéis lo que os estáis perdiendo) y viajar a precio de ganga porque somos los únicos de fiesta por estos lares. Así que, como todos los finales de abril (que coincide, además, con la devolución del IRPF, lo que pone azúcar al pastel), aquí la menda se echa al toquilla sobre la cabeza y grita aquello de: ¡Viva San Prudencio! (¡viva!) ¡Viva nuestra señora de Estibaliz! (¡viva!) Gora Prudentzio Deuna! (gora!) Gura gure Estibalizeko Ama! (gora!). Y me quedo tan ancha, oye, que el agua bendita que me echaron por la cabeza hace treinta y dos años me da derecho a ser hipócrita una vez al año y beneficiarme de tan ilustres personajes.
Hala, que ustedes lo pasen bien esta semana. Nos vemos el cuatro de mayo.

23 de abril de 1616



Qué día más triste tuvo que ser, ¿no?

Radioactivo

En conocimiento del medio estamos dando las fuentes de energía. Yo digo:
-...Algunos elementos son radioactivos y se pueden convertir en fuente de energía eléctrica.
J. levanta la mano, emocionado.
-¡Mi hermano es eso! ¡Es radioactivo!
-¿¡Cómo!? ¿Estás seguro?
-Sí... Ah, no, espera. ¡Es HIPERactivo!

Y me pagan por estos ratos, señoras y señores...

Contando


Me paso el día contando. Contando, sí, pero no historias, que parecía que de eso se trataba cuando me convertí en bloguera. Últimamente lo cuento todo: las horas de las que dispongo para estudiar; los temas que me quedan por estudiar; los días que me quedan hasta los exámenes (¿notáis algún tema recurrente?); los temas que me quedan por dar en clase antes de que mis monstruos (estos en minúscula) pasen a la ESO; niños y niñas (cada vez que salgo de excursión los cuento varias veces, no vaya a ser que me deje alguno); los minutos que puedo permitirme arañar al estudio y al dibujo para sentarme a escribir; y, como me parecía poco, ahora he empezado a contar calorías, que empiezo a parecerme al primo de Harry Potter, pero en chica. Y no veáis la de ellas (calorías, no primas) que tiene un puñado de galletas maría.
Pero sobre todo cuento tiempo. Debería escribir Tiempo, con la misma mayúscula que le doy al Monstruo, porque es algo que me obsesiona. Tengo la impresión, como ya dije en noviembre, de que empieza a quedar menos tiempo por delante del que queda por detrás. Vale, sí, soy una exagerada, quizás todavía no, pero no habéis visto la lista de cosas que me quedan por hacer, y, dado que he empezado muy tarde (porque hasta hace poco no sabía quién era yo, de qué voy a saber lo que quería ser de mayor), me da a mí que voy a andar justa de tiempo. Ah, que no os hacéis una idea. Pues tengo tela.
Mi objetivo así, general e insustancial, es ser millonaria. No a lo Paris Hilton, no nos pasemos, simplemente que llegar a fin de mes no sea un agobio, que mis criados me mantengan limpia la mansión en Armentia -los que no sois de por aquí cerca, ignorad la localización-, que el Ferrari y el Mercedes estén siempre en perfecto estado para poder llevar al gato al veterinario... Ese tipo de pequeñeces, vamos. Y, como soy así de tonta, quiero hacerlo de manera honrada (¿a que sí?, ¿a que estoy pirada?), y a poder ser aprovechando mis capacidades mentales en lugar de mi cuerpo (aclaro que considero la prostitución honrada, aunque no a algunos de sus clientes). Mis objetivos, ordenados según me llegan a la mente, son los de ser doctora en literatura inglesa (primer cuatrimestre, cinco de cinco parciales aprobados), traductora a inglés y euskera (y alemán y francés cuando los aprenda; porque, ¿os he dicho que también quiero ser políglota?), dibujante (no aspiro a artista) y, ah, sí, escritora. Vamos, que quiero escribir una obra en la que las influencias de Jane Austen y Henry James sean patentes -pero visiblemente original-, traducirla yo misma a cuantos idiomas me sea posible y, por supuesto, diseñar la portada. Todo esto en mi cuerpazo de talla treinta y ocho y con una piel morena que grite "fíjate qué bien escribo y qué poco me cuesta, que hasta vacaciones y todo he tenido".
¿Entendéis ahora mis prisas? ¡Que tengo treinta y dos años y estoy en primero de todo! ¡Que me gustaría recibir el Cervantes, el Planeta y el James Joyce antes de que alguien me tenga que quitar la baba cuando suba al escenario a recoger el premio! Que sí, que ya sé que soy muy ambiciosa, pero si me quedo a medio camino y sólo consigo ser doctora, o escribir una novela, o convertirme en una traductora decente, o dibujar un poco más decentemente aún, ya habré llegado más lejos de lo que estoy ahora. Y de eso se trata, de avanzar. ¿O no?
Uy, madre, mira qué hora es.
Adiós, que no llego.

Cambios


He aquí mi primer intento de retrato a pastel. No sé cuántas horas pringándome los dedos con colorines varios, borrando y borrando errores, cagándome en lo que no ha sido parido todavía porque había manchado la hoja con el color equivocado (pero ojo, pasándomelo de cine) para que al final, cuando por fin me llevé mi obra a casa (orgullosísima que estaba yo, madre), el Monstruo no pudiera encontrarle más que fallos. Que si los ojos están mal puestos, que si a la boca le falta algo, que si los dientes tendrían que ser más blancos, que qué es esa cosa azul donde debería haber vestido rojo... En fin, lo de siempre, solo que el jodido ser nunca había aparecido en mi faceta pictórica y ha sido una sorpresa encontrarlo aquí también. Menos mal que mi conciencia está tranquila porque sé que es el primer retrato y sólo puedo mejorar...
Para el que no se haya dado cuenta -que seréis todos, porque aparte de Kina nadie me conoce en persona-, esa soy yo, y el de al lado, mi hermano. Mientras estaba trabajando en el "cuadro", toda la gente que pasaba cerca de mí y veía la foto sobre la que estaba trabajando, me decía "qué pasada, estás igual, no has cambiado nada", y yo sonreía porque creía que sólo estaban siendo amables, o simpáticos, o no se les ocurría nada que decir (o necesitaban gafas de aumento). Pero no, tenían razón: todos los rasgos que tengo hoy en día, a mis treinta y dos añazos, son los mismos que tenía entonces, a los seis. La arruguilla en el rabillo del ojo, la ligera papada -por delgada que estuviera-, las ojeras -que voy a dejar de llamar así, ahora son "marcas de expresión"-, el remolino en la coronilla y la manera en que se me parte el flequillo en la frente, todo está ahí. Todo, hasta la manera de sonreír y la forma de las cejas, aunque ahora me las depile y trate de darles otra, es idéntico a mi yo de hoy.
Lo que me ha hecho llegar a la conclusión de que todo intento por cambiar mi físico es inútil, porque no es que me vaya "estropeando" con la edad, es que vengo así de fábrica. Por una parte, me ha alegrado ver las arruguillas -no es la edad, soy así-, las ojeras, perdón, marcas de expresión -no es cansancio, soy así- y, sobre todo, la papada -no estoy gorda, soy así-, porque eso significa que mi aspecto no perfecto -que no imperfecto- no es culpa mía, sino otra cosa que echarles en cara a mis padres cuando me decida ir a un psicoanalista (o sea, nunca). Y, para qué engañarnos, darme cuenta a estas alturas, aunque sea un poco tarde, me va a suponer un ahorro considerable en cremas y anticelulíticos varios (porque, aunque eso no sale en la foto, seguro que también venía de serie).
Vamos, que a pesar de lo que diga el Monstruo yo estoy encantada con mi dibujo. Ahora debería hacerme un autorretrato actual para hacerme un lifting, quitarme papada, alargarme las pestanas y peinarme como dios manda, y así me iba a ahorrar una pasta en futuras terapias.
Todo se andará.

¡Tonta!

En la hora de euskera, los críos tenían que unir cualidades humanas con los animales que más comunmente asociamos con semejantes adjetivos. No parecían estar pillándolo (sí, vale, un cocodrilo será peligroso, pero cuando decimos que eres muy malo no hablamos de él), así que les he puesto ejemplos del castellano, su lengua materna, para ver si así lo pillaban. Lo único que iba en castellano era la frase del ejemplo, lo que quedaba mucho más curioso y cosmopolita por el uso de los dos idiomas alternos, pero para facilitar la comprensión a mis "lectores del extranjero" (permítaseme la coñita sin más intención que la de ser graciosa), os lo pongo todo en castellano.
-Por ejemplo, cuando hacéis algo mal alguien os dice: ¡Mira que eres...!
Y toda la clase me ha contestado, cual Fuenteovejuna:
-¡TONTA!

Si es que a veces creo que son más listos que yo...

Y van cuatro


Cuatro... Cuatro finales europeas seguidas.
Emocionada y todo, estoy. Y no he visto ni el partido porque me sube la tensión.
Lagrimilla. Moción, madre.

El "Mounstro"

Tengo un Monstruo en mi cabeza, o, como escriben mis niños, un "Mounstro". Durante la mayor parte del día está callado y formalito y es como si no lo tuviera; no me acosa en el trabajo, ni cuando estudio, ni cuando duermo. Pero en el momento en que me siento a escribir... ¡Ay, madre! Entonces sale de su guarida y ataca sin piedad, y es tan fiero que me acojona de mala manera y suelo terminar apagando el ordenador, o entrando en Internet para engancharme a algún juego inútil que tiene la pantalla táctil que me hace de ratón en el portátil desgastada.
Yo le llamo Monstruo, así, con mayúscula porque es un nombre propio, pero sé que otros le llaman el Censor, el Crítico Interno, el Grandísimo Hijo de Puta Que No Me Deja Escribir Una Frase Sin Pensar Que Es Una Puta Mierda. No nací con él (mejor dicho, no nació él conmigo), salió como sale un herpes, así, sin avisar. Desde pequeñita me han dicho siempre que escribo bien, tanto mis padres como mis profesores; con cada elogio, yo me animaba y escribía aún más, y de tanto escribir el músculo escritor se desarrolló y mejoró. El Monstruo no existía entonces, y empecé a mandar mis historias a concursos. En los dos primeros -locales, muy locales- conseguí pequeños premios, y decidí tirar la casa por la ventana y participar en uno nacional.
Lo único que saqué de aquel fue una carta dándome las gracias por participar. Y un Monstruo. Porque entonces dejé de permitir que la gente leyera lo que yo escribía -la adolescencia no ayudó- y yo me convertí en mi única crítica.
Bien dice Enrique Paez en su Manual de técnicas narrativas que la parte crítica de un escritor tiene que estar presente para que lo que escribimos valga un duro (y si no, preguntadle a Maritormes, que ya veréis lo bien que os lo explica), pero tiene que mantenerse al margen hasta que terminemos de escribir y empiece el proceso de revisión. Yo me lo propongo siempre que escribo. Le digo al Monstruo "chato, o te quedas en tu jaula o me marco una lobotomía que te cagas y te quedas ahí, en el hemisferio izquierdo, y das por culo a mi lado matemático, que tampoco lo uso tanto, pero a mí déjame en paz". Y durante dos, tres días, incluso una semana entera, el Monstruo se mantiene formalito y no asoma, y parece que lo he conseguido, y llego a la página veinte, termino un capítulo, doy a guardar y sonrío.
Y entonces el Monstruo, o el Grandísimo Mamón Que No Tiene Otra Cosa Que Hacer Que Joderme La Existencia, se despierta y sale con energía renovada. Pues vaya una mierda que has escrito, así no vas a ninguna parte. ¿Para qué vas a seguir, si el tema no le va a interesar a nadie? ¿Te das cuenta de que esto mismo lo han escrito millones antes que tú, y mucho mejor por cierto? ¿A esto le llamas un personaje tridimensional? Anda, busca otro cliché, que lo estás bordando.
Y lo dejo. Y me rindo. Y lo guardo en la carpeta de proyectos abandonados, que, como sólo ocupa espacio en un disco duro, no parece que abulte tanto, pero si fuera papel tendría que plantar varios cientos de árboles para estar en paz con la naturaleza.
Desde que he vuelto a empezar a escribir, el Monstruo parece tranquilo, aunque el hecho de que lleve media hora sentada aquí, escribiendo esto en lugar de seguir con lo que había empezado el otro día (mira que me he dicho, "esta mañana no estudio, sólo escribo") es un síntoma de que el Monstruo está desperezándose. No sé cuánto tardará en mandarme a la más honda miseria, pero voy a tener que aprovechar mientras dure la paz.
Me pongo un café, miro el correo y vuestros blogs, limpio un poco la cocina y me pongo a escribir, venga.
Que sí. Que voy.

Originalidad (II)

Birds can fly so high, and they can shit on your head,
Yeah they can almost fly into your eye and make you feel so scared.
But when you look at them, and you see that they're beautiful,
That's how I feel about you.
(...)
She said "Thanks, I like you too".
He said "Cool".

Kate Nash,
Birds.

Sí, aún hay originalidad.

En clase de lengua

-Ruth, ¿qué significa "vanidad"?
-Pues... veamos... Vanidad es fijarse todo el rato en uno mismo, no sé cómo explicarlo. Una persona vanidosa está siempre pendiente de su aspecto, de dar buena imagen...
-Vamos, que vanidoso es como presumido.
-Sí, en la mayoría de los casos sí.
-Entonces vanidad es presu...mi...¿ción?

Tarde de miercoles

Hoy hace sol. La lluvia nos ha dado una tregua y por fin me he podido quitar los zapatos que me hacen daño, que son todos los de invierno (efecto de siete años en California llevando sandalias todo el año). En casa me esperaban Shakespeare, Mark Twain, la adquisición de la primera lengua, un infumable tema sobre semántica (o algo así) y, por supuesto, Sauron. Pero hoy no me he dado prisa. Hoy he disfrutado del camino, del sol y de tener la conciencia tranquila.
Hoy no he vuelto a casa, he paseado a casa. Kate Nash cantaba en mi oído, this is my face, covered in freckles for the occasion, y yo miraba escaparates de cosas que no necesitaba. Una lámpara de Tiffany que el gato me rompería al primer salto, una mesa para el recibidor que no tengo, figuritas Lladró para alguien que nunca limpia el polvo... Y Kate con su why you being a dickhead for, stop being a dickhead, que parece muy bruto pero en su preciosa voz y su acento suena casi como un piropo. She said "what you talking about", he said "you". Penélope Cruz viste de Mango, dice la revista, poca vergüenza, hombre por dios, 'cause when you smile you're beautiful, and it makes me happy. Bicicletas, coches, obras, niños peleando porque no quieren comerse la merienda, my fingertips are holding on to the cracks in our foundations, and I know that I should let go but I can't, y esa indescriptible sensación de que la vida es bella que de vez en cuando te agarra a la altura del diafragma y no te deja respirar inundando todo mi cuerpo...
Estoy escribiendo otra vez. Para mí, para nadie más, para mi propio deleite. Y me encanta.

Originalidad

Todo está inventado ya. No queda nada por pensar, sentir, escribir, dibujar, crear que otra no haya pensado, sentido, escrito, dibujado o creado antes que nosotras. Busco ideas originales en películas y bostezo de aburrimiento -y un poco de asco- porque son las mismas historias de siempre contadas de maneras que parecen distintas, aunque siempre son las mismas. Busco en los libros y me enfado, y me ofusco, porque no hay ya ninguna combinación posible de palabras que no haya sido utilizada ya (seguro que esta frase la han escrito millones de personas antes que yo, qué poco original). Los temas universales -amor, odio, pasión, venganza, crímen, terror, misterio- ya han sido exprimidos hasta el punto de que ni los más hábiles pueden sacar una sola gota decente de ellos. Y yo me siento delante del ordenador, ilusa de mí, y trato de pensar en un tema del que nunca hayan hablado, del que nunca se haya escrito; trato, al menos, de encotrar una forma original de decir lo mismo de siempre, una forma sólo mía. Y me río -sin gracia-, y me desespero -pierdo la esperanza-, y me rindo. Porque no merece la pena seguir llenando el mundo de bodrios y sentimientos que todo el mundo conoce y nadie puede describir.
Por más que millones y millones lo hayan (¿hayamos?) intentado inútilmente.

Como cambiar una bombilla y no morir en el intento

¿Habéis oído alguna vez el chiste ese de cuántos bilbainos se necesitan para cambiar una bombilla? (Depende del tamaño de los mismos, pero sobre cien: uno para que sujete la bombilla y los otros para que hagan girar la habitación.) Pues si cambiáis la palabra "bilbaino" por "Ruths", os haréis una idea aproximada de lo hábil que soy yo en estos menesteres.
Hace un mes me hicieron administradora de la escalera, cosa que me hizo mucha ilusión porque me hacía sentir la casa como algo más mío. El vecino que me pasó la administración me dijo que era un vecindario muy tranquilo, que no solía haber problemas -como prueba el hecho de que en tres años sólo haya habido dos reuniones de vecinos- y que de lo único que me iba a tener que preocupar era de cambiar las bombillas de la escalera.
-Si no quieres hacerlo, puedes contratar a alguien y se paga con el dinero de la comunidad -me dijo, muy serio. Yo, que todavía no le conozco como para saber si está de cachondeo o no, solté una carcajada que él no acompañó.
-Hombre, a cambiar bombillas ya llego -dije, un poco colorada. Él se encogió de hombros y puso gesto de "tú sabrás".
Qué sabio es el vecino.
Ayer por la noche me di cuenta de que la luz del primero estaba fundida. Pensé en cambiarla en ese mismo instante, pero algo me dijo que igual debería esperar a que hubiera luz natural, más que nada por no electrocutarme o matarme al caer de la escalera a las nueve de la noche. Esta mañana me he levantado y he cogido la bombilla que me había dejado el vecino como muestra de las que necesita la escalera. Por si acaso hacía falta más de una, he salido en busca de una tienda de electricidad, lo que me ha costado un rato porque nunca he comprado bombillas en mi barrio (compré de bajo consumo hace tres años y aún no he necesitado cambiarlas). Todo esto, por supuesto, aderezado con una lluvia insistente y unos zapatos que me acribillaban los pies.
Encuentro la tienda -al lado de casa, no sé cómo no me había dado cuenta antes-, me da las bombillas, le voy a pagar... Y no tengo un duro. Como son sólo tres euros, no me cobra con tarjeta, así que hala, a buscar una caja, sacar dinero y vuelta a la tienda. Insisto, todo cerca de casa, pero llovía -bastante- y me dolían los pies.
Ya tengo bombillas. Vuelvo a casa -os recuerdo que no tengo ascensor-, me cambio el calzado a unas zapatillas comodísimas y cojo la escalera. Coño, va a ser pequeña, no sé si va a llegar (casa vieja, techos altos, la lámpara a tomar por culo del suelo). Hago la prueba en mi piso y parece que sí, así que cargo con un par de bombillas, un destornillador -por si acaso- y la escalera, y bajo al primero. Y me subo.
¿He mencionado que tengo miedo a las alturas?
Por suerte, la escalera no se menea y puedo soltar la lámpara sin necesidad de destornillador. Pero en cuanto quito la bombilla me doy cuenta de que -¡horror!- no es como las que yo tengo. Jurando en vasco, como dice mi padre (cosa que no entiendo, porque en euskera los tacos son préstamos del castellano), vuelvo a casa, vuelvo a coger la cartera, vuelvo a bajar -en zapatillas, voy cómoda pero al instante tengo los pies empapados- y le llevo la bombilla a la señora.
-Uy, pero esta es de 125, yo de este voltaje no tengo. Prueba al final de esta calle que cruza...
Y allá que se va Ruth, en zapatillas, los pies empapados, una mala hostia que lo flipas, a buscar la condenada bombilla sorteando todas las obras que se están haciendo a quinientos metros a la redonda de mi casa (que son como siete). Barro, agua, obreros que pasean con trozos de andamio sobre los hombros y se creen que la calle es suya, coches aparcados en la acera porque no quiera dios que me moje la permanente andando cien metros... Por fin encuentro la tienda, me dan las bombilas -por supuesto, más caras que las anteriores, que devolveré en otro momento porque ahora no me apetece- y vuelvo a casa. Escalera, lámpara, bombilla y mala hostia y hala, para abajo primero y para arriba -de la escalera- después.
Y, de repente, me ha pasado como en el anuncio ese de las cosas buenas: he puesto la bombilla, he dado al botón de la luz y ¡¡¡ANDA!!!, ¡se enciende!
Menos mal.
Pero tenía razón el vecino: la próxima, contrato a un técnico.

Va de idolos



Si mañana me dieran la oportunidad de conocer a cualquier persona, sin ninguna duda elegiría J.K. Rowling. Sí, de verdad, no miento, incluso antes que a Alan Rickman o a Hugh Grant (a este último no pediría conocerle nunca, se me caería un ídolo) querría conocer a Joanne. Y no porque haya escrito uno de mis libros favoritos (como ella, yo considero toda la serie una unidad en la que voy descubriendo cosas nuevas con cada nueva lectura), sino por lo bellísima persona que es. Cuanto más leo sobre ella, mejor me cae. Sus opiniones sobre los fundamentalistas cristianos que piden la quema de sus libros sin haberlos leído, siendo ella creyente y habiendo bautizado a sus hijos; el puntazo de incluir un personaje gay y lograr que su sexualidad no le definiera (Sirius Black también podría haber sido gay, ¿no?; no se le menciona ninguna novia ni que le gustara nadie en la escuela); su lucha contra la depresión y el hecho de que no le avergüence hablar de ello; el que dedique un porcentaje de su fortuna a causas benéficas; que se moje a la hora de hablar de política, de anorexia, de problemas sociales... Me gusta esta mujer. Y el hecho de que sea una de las mayores fortunas del mundo, que tenga una casa que parece un castillo y que se compre zapatos de miles de libras a pares (ja, ja) no va a cambiar mi impresión.

Curioso, sin embargo, que el personaje de los libros que menos me gusta sea Harry, el único que, precisamente, tiene mucho de la autora. Los detalles del chaval que menos me gustan son los que ella misma ha dicho que la definen, con lo que, supongo, nunca podríamos llegar a ser íntimas amigas. Ni falta que hace, tampoco: me encantaría poder darle la mano, felicitarla por su trabajo y pedirle que ruegue a los guionistas de las películas que quedan que no las fusilen como fusilaron la tercera.

O, ya puestos, que me contraten a mí, que puedo recitar partes enteras de los libros y le haría una adaptación monísima. Lo único que la séptima se iba a llamar "Severus Snape and that highly annoying Potter boy". Detalles, vamos...

(Os iba a poner un link a su última entrevista, pero por algún motivo no funciona -seguro que el motivo es que lo estoy haciendo mal, pero bueno, qué le vamos a hacer, si con un encantamiento valiera seguro que lo hacía funcionar-. Si queréis leer alguna de sus entrevistas, www.mugglenet.com tiene muchas.)

Grafologia


Hace muchos, muchos años (en un reino junto al mar, habitó una señorita... ah, no, que eso es otra cosa) me apunté a un curso de grafología. De hecho, no debería decir "curso", porque era una titulación homologada de siete años de duración (cuatro horas a la semana, no penséis que iba todos los días), pero como al año siguiente me fui a California no pude continuar. Una pena, porque me encantaba; si me llego a quedar, hoy sería grafóloga. Ahora me da pereza volver.
A pesar de lo que pueda parecer, en un año no da mucho tiempo para profundizar mucho en esta área. Nos dieron una visión muy general sobre los aspectos más importantes de la escritura: distancia entre líneas, tamaño de la letra, márgenes, inclinación, dirección de la línea... Yo me pasaba el día buscando textos ajenos y sacándoles hasta las entrañas; descubrí que mi abuela era estreñida (qué "b" más mala, madre), que Pablo Laso lo estaba pasando fatal en Vitoria (había un punto en su firma que le delataba), que Richard Nixon se sentía una mierda, que Franco estuvo enamorado cuando era cabo... Vamos, que me lo pasaba pipa.
Pipa, sí, siempre y cuando estudiara la letra de los demás, porque cuando llegaba a la mía, me obsesionaba. No me gustaba mi M, que delataba un complejo de inferioridad, ni mi A, que era demasiado cerrada y sólo dejaba pasar a los más cercanos a mí. Mi G (todas letras mayúsculas, las minúsculas eran más difíciles de ver y cambiar) era un desastre y, siendo la letra de la sexualidad por excelencia, le tuve que añadir el bucle bajo para no parecer una estrecha. Y ya que cambiaba la G, había que cambiar también la Z, esta tanto en minúscula como en mayúscula. La de El Zorro, con su palito y todo, es pésima, nula imaginación sexual, así que le puse el bucle bajo y empecé a hacer la mayúscula como la minúscula, pero más grande. Las "q" minúsculas perdieron su palito -cualquier elemento que rompa la letra, ya sea el palito de la q, de la z o del siete, es malo- y empecé a unirlas por abajo, sin levantar el boli del papel; en teoría, esto me ha convertido en mejor persona, y la verdad es que duermo mucho mejor por las noches, bendita "qu". La mayúscula, sin embargo, me es imposible cambiar, no me sale. No recuerdo por qué era importante añadirle su parte baja, pero he desistido.
Sigo manteniendo aquellos cambios, y a veces me acuerdo de algún detalle de las clases y me pongo a observar mi letra, por si algún vicio hubiera vuelto a hacer aparición. Después de diez años es difícil recordar lo poco que nos dijeron, pero sí vigilo que mis líneas sean rectas, o, incluso mejor, que vayan un poco hacia arriba; que mis letras se inclinen un poco hacia la derecha; que mis "a" minúsculas no estén cerradas del todo, y que mis "o" no tengan pinchos hacia dentro. Mis "e" han mejorado una barbaridad, y mi "d" y mi "l" tienen lacito (a veces, sólo a veces; los bucles altos son signo de creatividad, y sólo me siento creativa a ratos). Lo que significa que soy abierta, optimista, con las ideas claras y buena persona. Toma ya. Y todo eso lo sé por mi letra. Pena que el resto del mundo no sepa grafología.
El cambio de la G, sin embargo, no me ha servido de mucho, aunque la letra me gusta mucho más ahora. La Z también la he mantenido (menos cuando les escribo notas a los críos en las redacciones, que lo de la imaginación sexual no parece calar muy bien con ellos y no me entienden la letra), por más que esté segura de que mi mente sigue siendo tan calenturienta como antes del cambio. Aunque últimamente me he dado cuenta de que mi "g" minúscula se está desomponiendo y que mi "f" no es la que era. A ver si va a ser eso...

En la radio


Teníamos apenas dieciocho años y una obsesión enfermiza con los jugadores del Baskonia. Pablo Laso y Ramón Rivas hacían el Triple de Oro en Radio Vitoria y nosotras nos pegábamos a la radio todos los jueves a las nueve de la noche, porque entonces no había liga europea y nadie nos podía separar de nuestros ídolos; cualquier vitoriana de mi generación que se precie se ha derretido ante Pablo Laso, por más que lo niegue ahora -que los años pasan para todos, por más que hayas sido jugador internacional y todo lo que te dé la gana-. A veces tenían invitados de lujo: Ken Bannister, Kenny Green y, sobre todo, Ferran López y, ay madre, Marcelo Nicola.
Y a veces, qué valor da la adolescencia tardía, nos armábamos de coraje y escribíamos cartas interminables a nuestros ídolos, esperando que ellos nos mencionaran por la radio (que lo hicieron, por cierto, diez intensos minutos en los que nos creímos las reinas del mundo). Una vez, incluso, nos atrevimos a ir hasta el estudio, y, oh, madre, entramos en la cabina con ellos y compartimos unos minutos con los hombres que deseábamos fuesen los padres de nuestros hijos/as. Nicola nos regaló por error unos petates de Converse, los patrocinadores, que aún guardo por casa, y nos fuimos más contentas que si nos hubieran tocado los euromillones. Aún hoy recuerdo la sensación de estar convencida de que Ferrán se había enamorado locamente de nosotras, hasta que le vimos del brazo con una rubia pechugona e ignorándonos brutalmente (probablemente porque no habíamos causado la menor impresión en él, mindunguis que éramos). Nicola tuvo un hijo al poco, y también al poco se divorció (pero nosotras no tuvimos nada que ver, lo juro). Pablo Laso se casó y se fue al Madrid (ay, lo que lloré), y Ramón Rivas dejó Vitoria. Crecimos a base de hostias.
Pero el fetichismo ha quedado intacto. No puedo oír ninguno de esos nombres (ni el de Pedro Rodríguez, o Rafa Talaverón, o Lucio Angulo, o Santi Abad) sin recordar aquellos tiempos en los que todo mi universo giraba en torno a hombres poco mayores que yo, que tomaban decisiones sin contar conmigo (¿cómo se atrevió Marcelo a irse a la Benneton, ¡cómo!?), que huían espantados en cuanto nos veían aparecer por la calle; sin derretirme un poquito al cruzármelos por la calle (el hipnotismo que Vitoria ejerce sobre todo el que la ha experimentado intacto en ellos), sin sonreir, aunque solo sea un poquito, cuando veo que Santi Abad guarda el coche en el garaje de justo en frente de mi casa...

El beso

Enrique se acercó a Elena, los ojos fijos en los de ella, apartándose de su mirada lo justo para no perder de vista esos labios que a punto estaba de besar. Iba a ser el mejor beso de su vida, mejor que el de cualquier película; ríete tú de Richard Gere, George Clooney o el mismísimo Alan Rickman, le iban a temblar hasta las rodillas, no iba a olvidarlo jamás, pasaría a su memoria como el mejor "besador" que había tenido nunca. Pues bueno era él cuando se ponía. Menuda técnica había desarrollado. Entre sus besos y sus miradas, ninguna podía resistirse.
Pero algo iba mal. En lugar de quedarse quieta esperándole, su cabeza (la de Elena, su Elena, su mejor amiga y la mujer que últimamente inundaba esos momentos entre el sueño y la vigilia) iba alejándose, más y más cada vez, hasta que tuvo que mover el pie para no caerse de espaldas. Enrique se apartó de ella.
-Perdona, Elena, no sé qué... Creí que te gustaba. Lo siento.
-No, no, si no es eso, me gustas. Pero no quiero que me beses.
Enrique frunció el ceño. Era la primera vez que le decían algo así.
-Entonces no... O sea, no te gusto, te caigo bien. Como amigos, ¿no?
-Supongo... Yo creía que me gustabas como algo más, pero has puesto esa cara y me ha dado repelusillo.
-¿Qué cara?
-Tu cara de... -Elena hizo un mohín de asco-. Tu cara de beso.
Enrique abrió la boca para decir algo, pero no pudo. ¿Cara de beso? Lo intentó de nuevo. No había manera. Se miraron en unos segundos eternos.
-Hombre... -consiguió decir al tercer intento- Iba a besarte, así que sí, supongo que... ¿Tan malo es eso?
-Es que a mí me gusta tu cara normal, no esa de galán de cine borracho que se cree guapo que pones cuando besas. Cuando es a otras, da la risa, pero ahora... -Nuevo mohín de asco.
Enrique dio un paso atrás y miró a su amiga (¿amiga?, vaya amiga) como si la viera por primera vez. Ni guapa ni fea, ni gorda ni delgada, nada llamativo en su aspecto. Y, sin embargo, tenía algo... ¿Su interior? No, él nunca había mirado tan lejos.
-Vaya. Galán de cine borracho, toma ya. Nunca me habían insultado tanto con tan pocas palabras.
Elena se encogió de homrbros y le miró con gesto apenado. No estaba arrepentida de haberlo dicho, sólo le dolía que le hubiera sentado mal.
-Quédate con lo de galán de cine y olvida lo de borracho. Qué, ¿tomamos algo?

Tenia que pasar...

Y pasó.
Ahí estaba yo, doblada por la cintura (sí, ya sé que es mejor agacharse con las rodillas, pero a ver quién es el guapo que mantiene el equilibrio así cuando una bestia de cuarenta kilos insiste en ponerse en marcha en ese mismo momento), enseñando al mundo lo mejor de mí (el culo), el pelo sobre la cara, las piernas bien abiertas para no caerme encima de las deposiciones de mi querido animal y haciendo malabares para recoger una mierda del tamaño de un caniche cuando, al levantar la cabeza, me encuentro con una sonrisa de oreja a oreja bajo unos ojos de color caramelo que quitaban el sentido. Él sonríe, yo sonrío, nuestros respectivos perros se huelen el culo... Y yo corro a buscar una papelera para librarme del engorro que llevo en la mano y el sofocón, aunque de ese no me he deshecho tan fácilmente.
(Él también llevaba un papel de periódico en la mano. Pero el suyo aún estaba vacío.)

Belleza



¿A alguien más le parece esto bello? ¿O soy realmente tan macabra, oscura, trágica como me dicen mis compañer@s de dibujo?
Veo este cuadro (de Cézanne, no de ningún mindunguis de por ahí) y pienso en Poe, en cuentos góticos, en tragedias épicas, en un sinfín de historias que han fundado la historia literaria universal. Hamlet no podría haber cogido un melón; la imagen de la muerte es una calavera porque es la esencia de nosotros mismos, lo único que no se desintegra a los pocos meses, lo que dejamos atrás.
Pero soy capaz de dibujar esto (con mucho más rojo, porque me recuerda a "La máscara de la Muerte Roja", de Poe, y necesita más rojo en el fondo negro) con música clásica de fondo, hablando de las últimas travesuras de mis niños o de la canción de Eurovisión. Soy capaz de ver una imagen así y recordar o imaginar una historia que le vendría al pelo; y, cuando leo una historia, pienso en qué imagen me gustaría que la acompañara. Imágenes y palabras empiezan a juntarse en mi mente, y eso nunca me había pasado. Me gusta. Evoluciono.
¿Soy macabra? ¿Perversa? ¿Diabólica?
¿Habrán pensado mis compañer@s que todos tenemos una calavera dentro de nosotros?

Aurora

Sesenta años pueden ser la mejor edad si se llega con salud y humor, y Aurora tenía ambos, así que se animó a hacerlo. Había criado a dos hijos estupendos, dos chavales de veintitantos que ya habían volado del nido, como decía su difunta y santa madre, y su marido llevaba ya tiempo haciendo una vida que poco tenía que ver con la suya, la de Aurora, acostumbrada a pasear, cocinar o charlar con las vecinas mientras su Paco se iba de chiquiteo por el barrio. También le gustaba leer, pero las cataratas había hecho de esa afición un suplicio. Así que, después de mucho informarse, decidió operarse, convencida de que aún le quedaban al menos veinte años y varios centenares de libros por leer, por no hablar de todas esas revistas y los catálogos de ropa de bebé que quería empezar a ojear "para cuando lleguen los nietos".
La llamaron del hospital para hacerle las pruebas del preoperatorio y Aurora se fue a la clínica -privada, porque no le apetecía cumplir los setenta en la lista de espera- sin decirle nada a Paco, que no iba a querer acompañarla de todas maneras y, para tenerlo de morros todo el día, mejor ir sola. Los médicos, eficientes y diligentes, le hicieron todo tipo de pruebas y le pidieron que esperara en una salita mucho más acogedora que la de los hospitales públicos, dónde va a parar. Aurora se entretuvo hojeando una revista de viajes en la que apenas podía distinguir las fotos e imaginando la nitidez con la que iba a ver todos aquellos colores en unos pocos días. Al poco rato, un médico con cara de pocos amigos la vino a buscar. Ella le siguió hasta su despacho y vio, un poco aprensiva, cómo se sentaba y la miraba con enfado.
-Podría habernos avisado, señora Aurora, nos habríamos ahorrado mucho tiempo.
-¿Avisarles de qué?
-¿No se le ha olvidado mencionar nada en su historial?
Aurora negó con la cabeza.
-¿Un pequeño detalle? ¿Como que es usted VIH positiva?
-¿Cómo? No, yo soy AB negativo. Se lo juro, he donado sangre muchas veces porque es muy rara. ¿Eso es un problema?
El rostro del médico cambió de enfado a estupor.
-¿No lo sabía?
-¿El qué?
-Es usted portadora del virus del SIDA.

Cuando Aurora se recuperó del desmayo, un psicólogo y el encargado de una asociación de enfermos de SIDA trataron de dilucidar el misterio. Le preguntaron por su historial quirúrgico (nunca la habían operado, ni siquiera le habían desvitalizado una muela), posibles diálisis (jamás, siempre había estado como una rosa), pinchazos fortuitos con agujas de jeringuillas desechadas (todo lo más con una concha en la playa), y, por último, sobre sus hábitos sexuales.
-¡Pero qué dice! Llevo treinta y cinco años casada y jamás he conocido a más hombre que mi marido. Y no, no usamos condón, nunca lo hemos hecho. ¡Por Dios! ¡Bueno es mi Paco!
Los dos hombres se miraron un segundo, asintieron casi imperceptiblemente y suspiraron al unísono, o eso le pareció a Aurora, que lo veía todo como en un mal sueño.
-Pídale a su marido que se haga las pruebas. Y tómese este válium.

El encargado de la asociación nos cuenta que los hijos de Aurora la ayudaron con todos los trámites del divorcio, que fue efectivo a los pocos meses. La mujer debe estar hecha polvo, pero no por la enfermedad, que está perfectamente controlada: no puede entender que su marido le fuera infiel. Los votos son sagrados, dicen que repite sin cesar. Si no hubiera sido por los hijos, quizás aún siguieran casados.


(Historia basada en hechos reales. Llevo toda la tarde pensando en cómo mataría yo a alguien que me hiciera algo así. Y no me refiero a "ja, ja, yo lo mato". No. Pienso en armas y en partes del cuerpo, en sangre, furia y rabia. Yo lo mato.)

Porque hoy es hoy

Porque hoy es jueves a la tarde, que es como si fuera viernes.
Porque hace un día veraniego, aunque sé que debería estar nevando.
Porque hoy he visto llorar a dos niños por mi culpa y me he sentido como una piltrafa humana.
Porque las vacaciones están a la vuelta de la esquina.
Porque quiero dejar atrás temas que no me gustan.
Porque tengo la cabeza tan llena de las obras de otros que ya no recuerdo cómo escribir.
Porque hoy me han dicho que tengo un gran potencial.
Porque sé que tengo una buena vida y la mayoría del tiempo disfruto de ella.
Porque la séptima película de Harry Potter va a dividirse en dos, lo que significa que aún queda Harry Potter hasta el 2011.
Porque este blog es mío y escribo lo que me da la gana.
Por todo esto y mucho más, he aquí un post vacío.

¡Voto!

He salido de casa para ir a comer a la de mis padres (sí, qué pasa, como con mis padres todos los días, me ahorro una pasta y me aseguro de no morir por carencia de nutrientes) y, aprovechando que el Pisuerga pasa por Valladolid, que mi colegio electoral está justo enfrente de mi casa y que hacía sol cuando he salido -dato que para algunos parece ser muy importante pero que yo todavía no pillo-, he ido a votar. El colegio estaba petado de gente, lo cual es muy bueno siempre que no se paren a saludar a conocidos en medio de un estrecho pasillo o te toque la señora con andador delante (cosas ambas que me han ocurrido hoy). Yo iba con la notita que me habían mandado del censo, que no llevo mucho tiempo empadronada en mi casa y no quería confundirme de mesa; he llegado frente a mi clase y me he detenido en la mesa donde estaban las papeletas. No me gusta llevarlas de casa, tiene algo de romántico eso de elegirla en el mismo colegio. Llevarlas de casa es como llevarse la chuleta.

Intentaba no mirar a nadie, de verdad. Me decía "da igual a quién voten, Ruth, la cosa es que lo hagan, por más que a los que tú ya sabes no les entienda y nunca lo haré. No importa, tú concéntrate en lo tuyo, ¡concéntrate!, no vayas a coger por error la papeleta del PP o la de la Falange, o -Dios no lo quiera- la de Rosa Díez". Yo a lo mío, buscando ostensiblemente la papeleta del PSOE, mucho más pequeña que la última vez que voté (la del congreso, porque la del senado casi no cabía en el sobre). Mientras estaba yo marcando mis senadores, toda concentrada, sin mirar al matrimonio de al lado que no tenía muy claro a quién quería votar, llega un mozo de bastante buen ver por mi derecha. "Perdona", me ha dicho, y yo he sonreído brevemente y me he apartado un poco para dejarle coger lo que quisiera coger. "Joe, Ruth, tú que te quejas de que no ligas, a ver si vas a terminar pillando en el colegio electoral". Y entonces, sin poder evitarlo, porque no mirar su mano hubiera significado mirarle a la cara y eso era mucho más descarado, he visto cómo cogía la papeleta... del PP.

Y entonces he tenido que hacer un esfuerzo para no pisarle el juanete, no darle un codazo involuntario, no tirar sin querer todas las papeletas al suelo y patearlas para que fueran inservibles, no escupirle en el ojo por accidente...

Porque soy demócrata. Y el voto, como me ha dicho mi padre cuando le he contado la anécdota, es libre, y eso es lo mejor que tenemos.

P.D: Tras un segundo análisis, no era tan mono. Tenía granos. Y las manos demasiado grandes.

Encuesta

Hoy me cuenta mi madre la anécdota de una conocida que tenía por costumbre cortar las esquinas de los filetes antes de freírlos en la sartén. Un día, el marido (seguramente más acojonado por el derroche de carne que sorprendido por la costumbre) le preguntó por qué lo hacía. "Porque salen más tiernos. Mi madre lo ha hecho siempre". Poco contento con la respuesta, el buen hombre se lo preguntó a la suegra, que se echó a reír. "Pues porque tenía una sartén muy pequeña y no me cabían enteros".

La de carne que podría haberse ahorrado en casa de la hija si le llega a explicar eso mismo.

¿A cuántos de vosotr@s os dijeron en el colegio que no siguierais la lectura con el dedo? Me refiero a cursos un poco altos, no en primero o segundo, donde se anima a seguir con el dedo para que no te pierdas. ¿A cuántos os amenazaron, como a mis alumnos, con bajaros la nota? ¿Os dieron alguna vez una razón para no hacerlo? ¿No sería, quizás, que a ellas también se lo prohibieron y supusieron que era la manera correcta de hacer las cosas?

Algunos de mis alumnos se pierden al leer, pero mantienen las manos debajo de la mesa porque está feo seguir con el dedo. Otros se traban, o se atascan, o se cansan porque el contraste de negro sobre blanco les resulta agotador. Seguir la lectura con el dedo no es malo, igual que no lo es no hacerlo. Si lees bien sin dedo, ¿para qué lo vas a poner? Si necesitas el dedo, ponlo. Mejor si señalas la línea que lees por la parte de arriba en lugar de por abajo, porque el cerebro "ve" más allá que el ojo y, a un nivel inconsciente, estás viendo la continuación de la frase, sus comas, sus puntos, y eso te ayuda a entonar mejor. Pero si te pierdes por no poner el dedo, por mucho que veas... Mal vamos.

Si en vez de prohibir "porque aquí mando yo y sé más que tú" razonáramos un poco, nos iría mucho mejor.

(Por fin es viernes.)

Gracias por nada, guiñoles

Pongo hoy la tele y me encuentro con los guiñoles de la cuatro, la versión resumida de lo que echan luego en Eva Hache, que es a donde os mando con el link. Parodia de Sweeney Todd, el barbero de la calle Fleet (o algo así), con mi queridísimo Jhonny Depp y mi no menos querido Alan Rickman.
Y ahí me empieza a dar.
En el papel de Jhonny... Gallardón.
(El corazón me palpita más rápido. Tengo sudoraciones. Me tiemblan las manos.)
En el papel de Alan...
(¡¡¡¡ARGH!!!! ¡¡OXÍGENO!! ¡¡EPINEFRINA!! ¡¡DEFRIBILADOR!! ¡¡ME MUEROOOOOOO!!)
Mariano Rajoy.

piiii, piiii, piiii, piiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiii

RIP

8:30

Un miércoles cualquiera del calendario escolar.

8:30: Las profesoras de sexto nos juntamos para terminar un proyecto que nos aburre y nos trae locas. Antes de empezar, comentamos pequeñas vicisitudes de clase. Una de nosotras necesita desahogarse y las demás escuchamos y mostramos apoyo.

8:40: El apoyo moral es claramente insuficiente. La profesora, obviamente, necesita más que un desahogo; uno de sus alumnos golpea al resto sistemáticamente y la ha amenazado a ella en más de una ocasión (e intentado agredir, pero profesora ágil que esquiva zapatillas y sillas). La terapeuta pedagógica que se le ha asignado no da abasto. Impotencia. Encima, con la nieve, ha tenido que dormir fuera de casa vistas las malas caras del día anterior por llegar diez minutos tarde.

9:00: Imposible seguir con el proyecto. Caso particular de niño de 13 años demasiado gordo para poder pensar en otra cosa. Tratamos de buscar soluciones, pero poco puede hacer una tutora aparte de prometer firmar cualquier papel que apoye a la compañera.

9:25: Suena el timbre, sube el primer niño. Llora desconsolado porque niño de 13 años le acaba de pegar una paliza de padre y muy señor mío porque le apetecía y su primer objetivo ha corrido más rápido que él.

9:35: -A ver, niños, abrid el libro por la página 35...

Me da a mí que este año no terminamos el proyecto.