Darwinismo frente al Diseño Inteligente


Cuando trabajaba en Estados Unidos, uno de mis directores resultó ser un pastor de no sé qué religión cristiana (una de esas denominaciones protestantes de las que al final acabé perdiendo la cuenta) que se había metido a director de escuela porque los pastores no tenían jubilación y se ganaba más en la enseñanza. No era un hombre mayor, rondaría los cincuenta o menos, y era un cachondo mental con muy poca seriedad en su trabajo que no te daba problema ninguno, pero tampoco te los solucionaba. A pesar de su aparente "campechaneidad", permítaseme el palabro, no nos hizo falta mucho tiempo para darnos cuenta de que dentro de él se escondían varios "ismos" que a los españoles que trabajábamos con él no nos gustaron nada: racismo, machismo y creacionismo, entre otros. También era republicano, pero bueno, muchos otros lo eran y no tenían por qué ser malas personas.

Teniendo en cuenta que trabajaba en un pueblo con una población mayoritariamente inmigrante y en una profesión en la que se veía rodeado de mujeres, entenderéis que los dos primeros "ismos" no eran de tomarse a broma. Sin embargo, la anécdota que me ha venido hoy a la cabeza por un artículo sobre Darwin que he leído esta mañana en el periódico tiene que ver con el creacionismo.

Era costumbre en las escuelas de King City que los directores editaran un pequeño panfleto, una especie de carta, con las actividades de la semana que comenzaba, al que añadían también un pequeño artículo personal que trataba, normalmente, sobre algún tema que había ocurrido en la escuela. Eran artículos que animaban al profesorado, que les decían lo maravillosos que eran todos y lo bien que hacían su trabajo; en definitiva, eran la versión adulta de una "cheerleader" para los profesores, en vez de para los jugadores de fútbol. Nuestro director, sin embargo, tenía la puñetera costumbre de escribir artículos que a veces no tenían mucho que ver con lo que estaba ocurriendo en el colegio y sí con lo que anunciaban los telediarios, dando su punto de vista completamente parcial sobre el tema y dejándonos a todos con cara de gilipollas porque no teníamos manera de replicar. Una vez habló de que teníamos que apoyar a las tropas americanas en Irak. Otra, en defensa de los profesores europeos que trabajábamos allí, porque no había que confundírsenos con los mejicanos (le montamos un buen pollo y le dijimos que nos daba lo mismo con quién nos compararan, que no lo tomábamos como un insulto, y no lo entendió). Pero el que a mí más daño me hizo fue uno en el que se metió con el equivalente al ministro de educación de California.

Este hombre (el ministro), en un valiente intento de acallar polémicas, prohibió la equiparación de la enseñanza del Génesis con la de la teoría de la evolución de Darwin en las escuelas, defendiendo que una cosa eran las creencias y otra la ciencia. Nuestro querido director le puso a caldo, diciendo en el artículo de marras que este hombre no era un educador, no era nadie para venir a decirnos a los profesores lo que teníamos que enseñar o no. Que él creía más en el diseño inteligente que en Darwin (lo equiparó, si señor) y que el ministro no iba a obligarle a cambiar sus creencias, porque eran eso, creencias, ya que Darwin no tenía ninguna prueba de que su teoría fuera cierta. Muchos nos subimos por las paredes. Fui a hablar con él. Le dije que me había ofendido, y él siguió en sus trece de que no había pruebas para decir de dónde venimos y a dónde vamos. Mi queja le entró por un oído y le salió por el otro.

Este hombre ha sido despedido por su incapacidad como director. No ha sido por este artículo, aunque ha ayudado, y mucho, en su declive, y me alegro de que ya no esté en una posición de poder.

No tengo ningún problema con la Biblia, con el Génesis y con cualquier otro libro religioso. Me parece una preciosa colección de historias que me permiten ver cómo la gente de hace miles de años se explicaba lo que ocurría a su alrededor. No me molestan los creyentes, cada uno es libre de creer en lo que sea si le ayuda. Pero cerrar el camino a la ciencia porque contradice una creencia es volver a los siglos más oscuros de nuestra historia, y tenemos que evitarlo de cualquier manera. Por suerte, vivimos en un continente donde directores como el que yo tuve no sobrevivirían a una inspección de educación, pero todavía hay mucho trabajo que hacer en el mundo. Y que uno de los lugares que necesita más ayuda sea el país más fuerte del mundo, me aterra.

Happy Birthday!



Y feliz San Ignacio a vizcaínos y giputxis. Y a todos los Ignacios, claro.

Hoy es el primer día del resto de tu vida

No vale de nada hacerse propósitos de Año Nuevo. No digo que no valga de nada hacerse propósitos, sino que es inútil hacerlos en una fecha determinada. Los propósitos llegan a nosotros cuando tienen que llegar, no forzados. Uno no deja de fumar porque sea 31 de diciembre, sino porque le jode toser por las mañanas y un día decide dejarlo, así, sin más. Ni menos, que no es moco de pavo.

Yo nunca hago propósitos de Año Nuevo, pero me hago nuevos propósitos todo el año. No todos de golpe, ojo. He aprendido, a costa de ganarme fama de inconstante en mi familia, que si una intenta hacer demasiadas cosas a un tiempo probablemente no consiga ninguna. Hace un par de años me dije "quiero hacer un curso de traducción a distancia". Para eso necesitaba unas pocas horas de trabajo constante todas las semanas, algo completamente accesible con mi horario, así que no fue difícil hacerme a la rutina. Ya que estaba con el curso, inmersa en el inglés, decidí que era un buen momento para estudiar un poco y sacarme el Proficiency. Conseguí una A. Después de eso, mientras continuaba con mi curso de traducción, anunciaron las oposiciones y, como no tenía absolutamente nada que perder, decidí estudiar a ver si sonaba la flauta. Sonó, casi un ocho, pero no conseguí plaza porque me faltaban puntos. Pero yo me había probado que podía.

Viendo que todo lo que me había propuesto durante el año había dado buenos resultados, me animé con más. Me apunté a filología inglesa. Mi madre soltó una risilla y dijo "a ver cuanto duras", comparando mi constancia con el estudio con mi constancia con el gimnasio, que es menos que nula. He terminado el curso con dos matrículas de honor y tres notables. Como no todo en la vida es estudiar, me apunté a dibujo para conocer gente y matar alguna hora a la semana, y mi madre de nuevo miró al cielo y se acordó de todos los días que faltaba a aeróbic. Aparte de un par de viernes donde el estrés del trabajo y del estudio exigían una cerveza fresquita, y la semana de exámenes que coincidía en horario con las clases, fui a todas. Nunca seré Sorolla, pero tengo una afición nueva y he aprendido un montón. Seguiré el año que viene.

Este verano, con todo el tiempo del mundo para pensar, he sentido la necesidad de hacerme otro propósito. Este no tiene nada que ver con los estudios (que voy a continuar), con escribir (que hago todos los días, era mi propósito para el verano y vaya si lo estoy cumpliendo) o con el trabajo (sigo donde estaba, y muy contenta además), sino con mi salud mental y mi trato con los demás, que en este caso va unido. Me explico.

Soy una persona históricamente rencorosa. Es fácil herirme. Tengo una piel muy fina, como dicen en inglés. Cuando alguien me hace daño, lo guardo, no olvido, y sólo perdono si me piden perdón o si veo un cambio notable en esa persona, cosa harto difícil cuando todo lo que yo hago es lanzarle miradas de odio cuando me la cruzo por la calle. He decidido no hacerlo más. He decidido que mi paz mental bien merece dejar atrás antiguos piques y ofensas, que bastante tengo con lo de mi padre para encima acordarme de que tengo que odiar a esa que pasa por ahí porque a los trece años se juntó con otras dos para darme una paliza. No me merece la pena. Ojo, que no estoy diciendo que esté olvidando ni perdonando (¿cómo se perdona a alguien que no tiene conciencia de haber hecho algo malo?, ¿para qué sirve?), sino que voy a dejarlo pasar. Sin olvidarlo. Sin empezar de cero. Sin convertir ahora a esas enemigas históricas que todas tenemos en amigas de alma. Pero voy a intentar, al menos, saludarles al pasar, quizás incluso dedicarles una sonrisa (si me sale, tampoco es cuestión de forzar las cosas), quizás, si estoy de muy buen humor, incluso pararme a hablar con ellas (bueno, igual esto es pasarse, pero quién sabe). Porque no me merece la pena odiar. No es sano. No adelantas nada, no te hace mejor persona, no te hace más fuerte. Y provoca úlceras (esto no sé si está probado científicamente, pero ya os digo yo que sí). Fijaos si estoy empecinada en dejar de odiar que estoy convencida de que sería capaz de hacerles un favor que a mí no me costara mucho (hace un año, mi mayor placer hubiera sido negarles hasta el aire que respiran). Creo que eso significa que estoy madurando. Estoy pasando página.

Así que hoy es el primer día del resto de mi vida. Hoy dejo de odiar. Es definitivo.

Pasito a paso, pero hacia adelante

Hoy me he puesto a describir a la protagonista de un proyecto que puede que salga o que no, pero que de momento me está gustando. Estoy intentando escribir "con mapa", tener todos los puntos bien atados antes de enfrentarme a la hoja en blanco, y quiero conocer bien a mis personajes antes de usar sus voces para escribir. Creando a mi personaje, me he encontrado con esto:

“Y trato de olvidar aquella noche, aquella horrenda noche en la que Luis, como siempre, había bebido de más después de tratar y no lograr terminar aquel capítulo en su tesis. Aquella noche en la que cogió un cuchillo y se dedicó a perseguirme por toda la casa, ven aquí, puta, ven que te voy a enseñar a ti lo que es un ataque para que puedas ponerlo en tu mierda de novelita, así le das más realismo. ¿No te apetece sentir cómo se desgarra la piel tras una cuchillada, sentir manar la sangre y saber que no puedes pararla? ¿Por qué no dejas que te degüelle y así puedes describir lo que se siente, novelera del tres al cuarto que se cree una diosa, si es que consigues sobrevivir sin pescuezo? Y yo corría por la cocina, alrededor de la dichosa isla que el decorador me había convencido en instalar, y él me cerraba el paso, y yo lloraba y apenas podía ver dónde estaba él porque las lágrimas me cegaban. Hasta que sentí su mano en el tobillo, y me tiró al suelo, y él clavó la punta del cuchillo en mi muslo, sé que sin ánimo de clavarlo hasta el fondo, sé que sólo para asustarme, porque era lo que le gustaba hacer, pero yo me solté de su agarre y moví la pierna, y la punta del cuchillo surcó mi muslo de lado a lado, desde la cadera hasta la rodilla. Me puse en pie, sangrando y llorando, pero sin dolor del susto que llevaba en el cuerpo, alargué la mano, cogí el cuchillo que tenía especialmente afilado para cortar las lonchas de jamón tan finas como a él le gustaban y me volví hacia él, que se me había lanzado encima. La punta del cuchillo se encontró con su garganta, pero no la perforó. Me sorprendí al ver que mi mano no temblaba. Me sorprendí al mirarle y darme cuenta de que estaba dispuesta a atravesarle el cuello si hacía el más mínimo movimiento hacia mí. Me sorprendí al ver en sus ojos el convencimiento de que yo era capaz de matarle si volvía a tocarme. Y entonces vi toda la cobardía de mi marido en esos ojos que se abrieron como platos cuando yo empujé el cuchillo ligeramente, sin un solo temblor, y él supo que yo era completamente capaz de atravesarle la yugular.
No volvió a tocarme. No volví a verle. A la mañana siguiente me marché de Logroño, contacté con una agencia inmobiliaria para que vendiera la casa y me instalé en Vitoria”.

Tengo unas ganas locas de contar la vida de esta mujer.

Multilingüismo

Ayer estaba en la piscina, durante mi hora de tortura malaya autoimpuesta porque mi piel también tiene derecho a saber que es verano, y vi entrar a una familia de marroquíes, o árabes, o lo que quiera que fueran, ya me entendéis lo que quiero decir. Los niños entraron en la piscina como si nunca hubieran visto una, con la madre diciéndoles -que no gritándoles- algo en un idioma que yo no entendí. No sé qué les dijo, pero me da la impresión de que no le hicieron mucho caso porque los churumbeles salieron corriendo hasta la barandilla del final de la zona de hamacas, señalaron la piscina que se veía a lo lejos (un pequeño aquapark con sus toboganes y sus palmeritas) y se gritaron unos a otros: Begira, begira! Ikusi, ikusi! ¡La piscina! ¡¡Aaaaaah!!

Y yo me enternecí toda, y me hubiera gustado ver la cara del Savater y compañía y explicarles que toma, que ahí tienes a un grupo de niños que aún no ha cumplido los siete años comunicándose entre ellos en tres, ¡TRES!, idiomas, y estoy convencida de que no dijeron Look! Look! porque aún no se lo han enseñado en la clase de inglés que reciben desde los tres años.

Para que luego me hablen de defensa de idiomas que no necesitan ser defendidos.

El Monstruo


Tengo al pobre Monstruo que le va a dar algo.

Claro, tanto tiempo callado, encerrado en su hemisferio izquierdo, ahora que le he dejado salir está que se me come viva. Que ya te lo había dicho yo, que nunca me escuchas, que mira que te dije que era una puta mierda, pero tú nada, tú dale, tú pa'lante como si las críticas no fueran contigo, y hala, a encerrarme en tu lado más aburrido, sin arte, sin imaginación, todo números y palabras sacadas del diccionario, ni una mala metáfora que echarme a la boca.

Porque claro, me dice, si me llegas a escuchar cuando te avisaba de que ibas por mal camino, que ya el mismo tema era una mierda de elección, no habrías perdido meses escribiendo gilipolleces. Y yo le explico, trato de explicarle, que el tema no era ni mejor ni peor que mil otros, que se trata de cómo se lleve a cabo, pero él erre que erre. Si es que hay que ser cabezona, insiste, mira que te lo advertí, que te parases, que vieses que así no ibas a ninguna parte, que estabas haciendo el ridículo. ¿Ridículo?, pregunto yo, ¿qué ridículo, si esto no lo va a leer nadie más que yo? Él se queda mudo y me mira con esos ojos inyectados en sangre, los ocho colmillos a la vista. Entonces, me dice, ¿para qué lo has escrito? Para probarme que podía.

Pero, ¿qué has escrito?, insiste él, recuperándose al instante (que para algo es un monstruo diabólico), porque no me vendrás ahora con que te has marcado una novela, que si no llega a 80.000 palabras no te lo acepta ni el tato y tú justo has llegado a la mitad. Sí, pero está terminada, le explico. ¿Y qué? Ibas a por una novela negra y te ha quedado un gris perla; ibas a por una obra con todos los flecos atados y esto parece una falda escocesa, ibas a por algo digerible y esto no hay quien se lo trague. No, odiado Monstruo, te equivocas: iba a por un producto final. Iba a probarme a mí misma que podía hacerlo. Iba a encontrar mi técnica, mi estilo, mi forma de escribir. ¿Y lo has conseguido? No. Pues ya está. Has perdido el tiempo.

Pues no, tío listo, y ahí te vas otra vez al hemisferio izquierdo, por coñazo pesado de las narices. Como le pasó a Edison con la bombilla, yo he encontrado una manera de la que no me puedo valer para escribir, que ya es mucho descubrimiento para un verano. Sólo me quedan un par de millardos más por probar.

Así que será cuestión de seguir con ello ya.

Objetivo conseguido


Ya he logrado el objetivo que me había marcado para este verano: terminar de escribir algo más o menos largo sin que el monstruo tuviera voz hasta el final. He conseguido poner el punto y final a un proyecto de cuarenta mil palabras, pero sobre todo he conseguido crearme una rutina que, incluso ahora que he "terminado", me obliga a sentarme delante del ordenador un par de horas todos los días porque es el tiempo reservado a la escritura y no puedo hacer otra cosa que no sea escribir. Eso era lo que quería y lo he conseguido.
El escrito en sí (me da hasta vergüenza llamarlo novela, siendo tan corta) es una caca de la vaca que no hay por donde coger, pero está acabado. Según escribía, iba viendo fallos y apuntándolos en un cuadernito al lado del portátil, haciéndome un millón de notas para la revisión que vendría más tarde. Me he dado cuenta de que la revisión va a ser más bien una cirugía de cuerpo entero y que a la criatura no la va a reconocer ni la madre que la parió, que soy yo, cuando esté verdaderamente acabada, pero eso no me importa. He visto mis fuertes y mis rotundos fracasos; he sudado tinta, pero creo que he conseguido dar una voz distinta a cada personaje, de manera que no hace falta dar un nombre cada vez que cambio de punto de vista porque me doy cuenta de quién está hablando; pero luego he fracasado estrepitósamente en la caracterización de los personajes, y el argumento, que al final es lo de menos porque eso se mejora pensando mucho y haciéndose muchos esquemas antes de poner dedo sobre tecla, hace aguas por todas partes. Muchas cosas que mejorar. Muchas horas que meter. Mucho trabajo antes de poder pasarle el borrador a mi amiga la monstrua, que hace un trabajo tan detallado y tan sincero que podría dedicarse a ser editora sin ningún problema.
De momento, lo voy a dejar macerar y voy a dejar que los personajes se definan en mi mente antes de ponerlos en acción. Ya no tengo prisa, ya tengo una chabola de hojalata bajo la que guarecerme si llueve, ahora poquito a poco trataré de convertirla en una vivienda decente, al menos algo a lo que pueda traer invitados sin que se me caiga la cara de vergüenza. El chalet lo dejaremos para más adelante, cuando haya construido unas cuantas casas con cimientos fuertes y tenga la suficiente confianza en mí misma para lanzarme a la aventura de edificar a lo grande. De momento, voy a dedicarme a los cuentos cortos, pero en serio, no dejándome llevar por un momento de inspiración sino escribiendo, borrando y volviendo a escribir y a borrar. Total, este verano no tengo otra cosa mejor que hacer (aparte de ir a la piscina, pintar la casa, aprender a cocinar, seguir con mi curso de alemán, terminar la lista de libros que me he autoimpuesto, andar dos horas todos los días para bajar los kilos de más...), y esas dos horas delante del ordenador hay que llenarlas como sea.

Queja a mi alcalde

No, Patxi, no, la Plaza Nueva no necesita ser cubierta para fomentar el comercio, ¡porque ahí no hay comercio! Sólo hay bares, y unos arquillos geniales para esconderte cuando llueve.
No, Patxi, no, la calle Dato tampoco necesita ser cubierta, porque es una calle. Definición de calle: algo que está en la calle. Si no quieres mojarte cuando llueve, te vas al centro comercial.
Y no, no necesitamos que cambies el hospital del centro a un barrio de las afueras que no pilla de paso a no ser que vivas allí. Tienes que mejorar el que hay, no cerrar, por ejemplo, el ala de pediatría y que la gente se busque la vida. ¿Por qué no modernizas un poco las instalaciones en lugar de empezar uno de cero? Digo yo, vaya.
Y, habiendo tanto sitio en Vitoria, ¿de verdad tienes que cargarte la mitad del parque más grande de todo Euskadi para hacer la intermodal? Mira que te costaba mucho moverla unos metros y ponerla en una de las decenas de parcelas vacías que aún quedan en Lakua. ¿Y por qué nos vamos a tener que tragar un auditorio más pequeño que el teatro que tenemos ahora, en el que todavía no vamos a poder ver obras que necesitan un gran montaje? Ya, ya sé que va a tener la mejor acústica de Euskadi, de España y de Europa, pero sólo va a ser para orquestas. No se va a poder traer a las obras que se tienen que ir a Bilbao porque aquí no hay escenario que las acoja. Te recuerdo que somos la capital de Euskadi, que deberíamos disfrutar un poco de ese título.
¿Y qué hay del soterramiento del tren? ¿De arreglar la avenida Gasteiz, que parece un paseo sacado de una postal de hace cincuenta años (que serán los que tiene)? ¿Y a quién se le ocurre querer quitar una vía del tranvía que ya está puesta? ¡Y que hay de las puñeteras losetas sueltas del suelo que te empapan los pantalones cuando llueve! Digo yo que hay más asuntos urgentes que tapar una calle, ¿no?
Todos los alcaldes de Vitoria tratan de dejar su marca en la ciudad. Cuerda nos dio los centros cívicos (bien por Cuerda), Alonso nos dio el tranvía (ya veremos cuando esté en marcha) y Lazcoz... Lazcoz quiere poner techo a las calles.
Ya sé de una que no le votó en su día y no le votará en las próximas.

Tormenta de ideas

Cosas que se puedan hacer en una ciudad como Vitoria para las que no sea imprescindible el buen tiempo y que sean gratuitas o casi. Ah, sí, y que impliquen salir de casa, que se me está cayendo encima (o sea, que no vale "limpiar los cristales" o "bañar al gato en leche de burra").
Agradeceré cualquier comentario.

De urgencias y fiebres

Treinta y nueve y medio de fiebre. Tiritona incontrolable que no consigue eliminar ningún analgésico. Visita a urgencias, donde somos atendidos sin que nos hagan esperar porque la fiebre asusta. Médica majísima que no tarda ni cinco minutos en ponerle a mi hermano un chute de todo para que le baje la inflamación de la garganta y la fiebre, y paseo por el ambulatorio para coger la baja para este fin de semana.
Y es aquí donde una amable funcionaria nos da una charla sobre no usar urgencias por unas simples anginas. Por más que mi hermano y yo tratemos de explicar a la buena mujer que si la médica ha decidido no hacerle esperar será porque a ella también le ha parecido urgente, la enfermera no se apea. "Porque los médicos de aquí no son tontos; si tú llegas con un dolor en el brazo, el médico te hace un electro y llama a una ambulancia si hace falta, que para eso está el ambulatorio, no hay que colapsar urgencias".
Pues ya sabéis: la próxima vez que creáis que os está dando un infarto, id a la consulta de vuestro médico de cabecera para que os haga un electro y llame a una ambulancia. Que vuestro cadáver sirva de estoico ejemplo a todos esos inhumanos que colapsan las urgencias.
(Yo, aún a riesgo de que una enfermera que tiene la osadía de llamar a un tío de veintisiete años "chico grandote" me eche la bronca, seguiré acudiendo a urgencias si mi temperatura pasa de treinta y nueve y no consigo bajarla con analgésicos. Pero yo siempre he sido rara.)

¡Mecagüen Blogger!

Ayer me pongo a curiosear en la nueva plantilla que tanto tiempo llevo ignorando cada vez que me conecto al blog. Qué bonito, pienso, puedo poner encuestas, qué curioso... Me gusta, muy "salao".
Hoy vuelvo a entrar y me encuentro con que me ha quitado, sin yo pedirlo, los dos contadores (o alimentadores de ego, como yo los llamo) y los anuncios de Adsense, ¡y llevaba la friolera de siete dólares!
¡Mecagüen la tecnología moderna! ¡Mecagüen todas las actualizaciones que siempre terminan jodiendo algo que ya era bueno! ¡Mecagüen Blogger!

A vueltas

Lo siento, pero a mí esta viñeta me ofende.



¿Soy la única?

Porque me aburro y porque hoy es hoy

Me apetece escribir, pero no me apetece escribir nada original. Estoy metida entre libros, disfrutando de lo que leo, y me apetece comentarlo, pero nadie a mi alrededor tiene la paciencia de escuchar mis largas peroratas sobre libros que no se han leído, no les gustan o no tienen intención de leer, así que me he decidido a escribir esos comentarios.
Pero no aquí, porque sería un caos. Por eso he creado un blog nuevo, que durará lo que dure mi ánimo crítico, en el que hablar de esas obras. No sé si sobrevivirá al verano, y si lo hace no creo que se renueve muy a menudo, pero ahí estará, para el que quiera visitarlo y reírse de mi simpleza literaria (que es mucha).
Es como empezar un cuaderno nuevo e invitar a tus amigos a que pasen y lo vean...

Pues eso, pasen y vean...

Lo siento

Leo en la red que las librerías (que no la venta de libros) están en crisis. Que últimamente se vende más, pero "de peor" calidad (volvemos al interminable debate de quién decide si algo es bueno), que se venden muchos más libros en los kioscos y en hipermercados que antes, y que estos son sobre todo best-sellers y libros infantiles.
Y a mí esto me da pena, porque me gustaría vivir en un mundo en el que no sólo se leyera más, sino también más selectivamente. Que no nos dejáramos guiar por el primer libro que nos pusieran delante, el más barato o el que más anuncian por la tele, sino que tuviéramos algo de crítica y nos lanzáramos a la aventura de leer autores noveles, o por lo menos grandes contemporáneos (aunque cualquiera corre el riesgo, con el precio que tienen los libros). Por eso yo pongo mi granito de arena y compro los libros en las librerías, siempre después de pasearme por algunas páginas y leer recomendaciones de gente que no se lleva un duro por hablar bien de un libro. Paso de largo la mesa de los más vendidos y curioseo entre las nuevas adquisiciones, o trato de llevarme un par de clásicos. Cada vez que entro en una librería, aun mirando los precios y usando un poco de juicio, no me gasto menos de sesenta euros, lo que no me duele porque no tengo otro vicio que la lectura y el estudio (y puedo ir andando a trabajar, y como en casa de mis padres, y no soy de llevar ropa de marca ni renovar mi vestuario cada temporada) y me lo puedo permitir.
Pero yo sola no puedo levantar la crisis (perdón, el desaceleramiento económico). No me importa comprar libros, eso es fácil y siempre puedo recurrir a las ediciones de bolsillo o a los chollos de Amazon (¿eso cuenta como librería?, creo que no), pero es que NO TENGO TIEMPO para leer todo lo que compro. Que tengo la casa llena de deberes, jopé. Que por más que lea -por gusto, con deleite-, siempre tengo una docena de libros esperando su turno. Que no doy más de mí. Que no puedo volver a comprarme un libro hasta septiembre por lo menos, porque sería ridículo seguir comprando si no puedo leerlos.
Que lo siento, vaya. Señores libreros, yo lo intento, de verdad, pero mi apretada agenda no me permite llegar a leer veinte libros al año, aunque compre treinta. Y, la verdad, para que estén cogiendo polvo en mi casa, que lo cojan en la suya, oiga, que mi piso es pequeño y al gato lo tengo ya en lo alto del armario porque no me cabe en ningún otro sitio...

4 de julio

Hoy hace dos años justos que volví de los Estados Unidos. Ningún remordimiento, era el momento.
Esta fecha siempre significará algo para mí, por mi vuelta y porque, obviamente, la busqué aposta para no olvidarla nunca. Dedicado a todos los estadounidenses buenos (que haberlos haylos, y a montones) y a todos aquellos que no votan a Bush (que no tienen por qué ser buenos).

". . . the genius of the United States is not best or most in its executives or legislatures, nor in its ambassadors or authors, or colleges or churches or parlors, nor even in its newspapers or inventors — but always most in the common people, south, north, west, east, in all its States, through all its mighty amplitude." -- Walt Whitman, Preface, 1855, to First Issue of Leaves of Grass

"...El genio de los Estados Unidos no reside en mayor o mejor medida en su ejecutiva o en su legislatura, ni en sus embajadores o autores, o en las universidades o iglesias o salones, ni siquiera en sus periódicos o sus inventores; sino siempre en la gente común, en el sur, el norte, este y oeste, en todos sus estados, en toda su gran extensión". --Walt Whitman, Prefacio de 1855 a la primera edición de Hojas de hierba .

Gente

Me gusta juzgar a los desconocidos a primera vista. No me refiero a los desconocidos que te presentan y se vuelven conocidos, sino a esas personas que te cruzas por la calle y sabes que bajo muy extrañas circunstancias vas a conocer. Me suelo hacer ideas sobre la fortaleza de su personalidad solo con mirarlos: la forma en la que andan, si miran o no a su alrededor, si llevan cascos, si sonríen al pasar... Ya sé que es una soberana gilipollez y que si alguien lo hiciera conmigo probablemente llegaría a la conclusión de que tengo la misma personalidad que un cangrejo de mar, pero me gusta, me entretiene.
En mi camino al trabajo suelo ver a una chica que va a donde sea que vaya en bicicleta. Me chocó la primera vez porque es de las pocas que van por la carretera en lugar de ir esquivando peatones por las aceras, y el otro día hasta la vi pararse en un semáforo (sólo hasta que se aseguró de que era seguro pasarlo en rojo, pero bueno). En los días más frescos lleva una bufanda de esas muy largas que consigue, milagrosamente, mantener fuera del alcance de los radios de las ruedas, y en verano va con sandalias de dedo. La bici -lo dice alguien que no sabe andar en bicicleta, así que podría estar completamente equivocada- parece demasiado grande para ella y es de chico, con barra en medio, así que, cuando se para en los semáforos o a dejar que pasen los coches, tiene que apoyarse en el suelo de puntillas porque no le da la pierna. Es rubia, muy jovencita, con una melena larga que siempre lleva inmaculada, hasta en los días de viento, y suele ir con ropa de moda sin una sola arruga.
Me parece la persona más simple de todas las personas que me cruzo por la mañana de camino al trabajo. Tengo la sensación de que va en bicicleta porque así se llega antes, no porque lo disfrute (su ropa no encaja con la de alguien que disfruta en una bici, va demasiado "prieta" para poder ir cómoda); seguramente no tenga coche y no quiera usar el urbano (o no pueda) por razones que se me escapan. Y su impolutez (me acabo de inventar la palabra, soy consciente) me habla de una persona sin imaginación, alguien que no entiende que un mechón fuera de sitio favorece, que ir siempre tan mona cansa, que de vez en cuando unos vaqueros y una camiseta sientan mejor que un modelito de marca X. Siempre va seria, tensa, sin mirar a nadie, como si temiera ser juzgada o quisiera aparentar que el juicio ajeno se la trae floja, y eso es lo que me hace pensar que es una persona sumamente insegura y que tiene que pasarlo muy mal en ciertos círculos.
Todo eso veo, cuando ando deprisa y me cruzo dos segundos con una persona. Hay muchas más, por supuesto, pero ella me llama la atención porque creo que me he hecho una imagen de ella que es la opuesta a lo que a ella le hubiera gustado.
Quién sabe. Quizás algún día la conozca y se convierta en mi mejor amiga...

Vacaciones

Hoy a las dos y media de la tarde han empezado oficialmente mis vacaciones, aunque desde que terminé mis exámenes y se fueron los niños, la tensión es mucho menor. Va a ser un verano extraño, sin viajes fuera y con muchas visitas al hospital, pero al menos sólo voy a tener que preocuparme por mí y los míos en lugar de añadirle a eso los estudios y el trabajo.
Desde que terminé de estudiar, me estoy dedicando a leer (y a escribir también, pero he llegado a un bache, a ver si lo solvento hoy). Voy a libro por semana, más o menos, y estoy intentando darle a todos los palos. De momento ya han caído El perfume, uno de cuentos cortos de Cortázar que he sido incapaz de acabar, una pseudo novela negra con toques humorísticos de Jorge M. Reverte y Careless in Red, de mi admiradísima Elizabeth George, por supuesto. Me da pena decir que este último no me ha gustado tanto como esperaba que me fuera a gustar, aunque está en su línea y no defrauda.
Y hoy he empezado con El cuaderno dorado, de Doris Lessing, mientras tomaba el sol en un banco. Sólo he leído el prefacio, una crítica a su libro escrita por ella misma, y ya estoy pensando que yo me debería dedicar a otra cosa. Mientras ella siga escribiendo, ¿para qué molestarnos los demás? Vaya manera de alimentar al Monstruo, joder, leer a autoras como ésta. Supongo que hay que leer a los mejores para poder acercarnos siquiera a ellos, pero qué duro es ver cuán buena es una mujer que dejó los estudios a los catorce y yo, que llevo toda la vida estudiando, no seré nunca digna ni de oler sus pedos. Deprimente. Pero así es la vida.
Pues eso, que me voy a pasar los próximos dos meses leyendo, echando la siesta, escribiendo, echando una cabezada con el gato, estudiando un poco de alemán con uno de esos cursos de "Aprenda alemán en 30 días", durmiendo mucho y, quizás, si estoy de muy buen humor, dibujando. Aunque esto lo veo chungo.

Aulas de dos años

Ayer los padres recibieron las cartas sobre la escolarización de sus retoños de dos años, donde se les explica el horario de la ikastola. Antes de llamar a la ikastola a preguntar, llamaron directamente a Lakua: EXIGEN comedor, horario completo, ludoteca antes y después de la clase y extraescolares. Quieren dejarlos en clase a las ocho de la mañana y recogerles a las siete de la tarde. Ellos, o los cuidadores, o los abuelos.
Lo siento, pero no conozco a nadie que trabaje doce horas. Una cosa es conciliación del horario laboral, y otra tener hijos para que te los críe otro. Si no puedes, no los tengas.

Bibliotecas

Si hay bibliotecas especializadas en ciencias, en ciertos tipos de literatura, en investigación... ¿Por qué no puede haber una especializada en literatura escrita por mujeres? Ojo, que no estamos hablando sólo de novelas o ensayos, sino de cartas, diarios, listas de la compra, notas a los hijos... Si los científicos pueden tener todo el material que necesitan en una sola sala, ¿por qué no va a tenerlo una doctora en literatura que quiera analizar las cartas de Emily Dickinson, esas que nunca se han publicado para el gran público? Por poner un ejemplo entre millones, vamos.
A mí me parece una idea estupenda.

Priorizando

Desde hace unos años a esta parte, mi vida tiene todos los elementos para ser, digamos, una buena vida. Un trabajo muy estable con visos de estabilizarse aún más, buen sueldo que me permite ciertos caprichos, casa propia, cuadrilla de amigos de esos que sabes que te darían un trozo de su hígado si lo necesitaras, hobbies, intereses, tiempo libre para dedicarme a todo lo que me gusta... Todo era tan bueno, resumiendo, que lo disfrutaba a tope porque sabía que algo, de alguna manera u otra, se iba a torcer y todo lo bueno iba a dejar de serlo.
Y lo ha hecho. En forma de enfermedad grave en un familiar cercano, que jode aún más que si fuera en carne propia. Y el mundo ha cambiado de golpe, y mi orden de prioridades ha variado radicalmente. Ya no me obsesiono por sentarme a escribir todos los días a la misma hora. Me importa un pepino que mi sofá nuevo esté invitándome a sentarme y leer ese libro que tanto he esperado. Ni siquiera me alegra que afuera haga un sol de justicia y el verano por fin haya llegado a Siberia Gasteiz; de hecho, me jode aún más porque en la habitación del hospital hace un calor insoportable.
Así que quizás no ande tanto por aquí, o quizás ande incluso más porque quiera pensar en otras cosas. Quizás el tono de las entradas cambie, o desvaríe, o sólo ponga imágenes porque no me salen las palabras. Pero seguramente escriba, porque es mi terapia. Aunque me sienta luego culpable por haber pasado una hora concentrada en un ser imaginario en vez de en mi padre.

Elizabeth George

¡Ya está aquí! ¡Ya ha llegado! ¡El libro que llevo un año esperando! Mi escritora favorita ha sacado, ¡por fin!, el siguiente libro de mi serie favorita. Y no, no es J.K. Rowling, y ni siquiera es inglesa, aunque sus personajes sí lo sean. Se llama Elizabeth George, era profesora de inglés en un instituto y todos sus libros están basados en el Reino Unido aunque ella es californiana. Recomendable cien por cien si os gusta el género negro con un toque psicológico.

Escribiendo

A pesar de que escribir es una de las cosas que más me gustan en el mundo (junto con comer y dormir, y... bueno, dejémoslo ahí), es increíble lo mucho que me cuesta ponerme a hacerlo. Creo que es, como ya he dicho alguna vez antes, por mi terrible inseguridad y el completo convencimiento de que no lo hago bien, de que debería dedicarme a otras cosas y dejar a aquellos que "saben" que lo hagan. Pero es inútil: por más que intente alejarme de ello, siempre termino poniendo boli sobre papel para tratar de plasmar algo que me haya llamado la atención. Es como una droga, y yo soy una adicta reincidente que, lo sé, nunca va a desengancharse del todo.

Así que, como considero que no lo hago bien, trato de aprender. Cuando llegué a Estados Unidos, descubrí que allí todo el mundo parece querer ser escritor y los libros sobre escritura creativa abundan como perretxikos tras una tormenta. Entrar en una librería se convirtió entonces en un duro trago y tarea de varias horas: ya no solo había que revisar la sección de novela negra, de nuevos lanzamientos, del club de lectura de Oprah, también había que pasarse por la sección de escritura, que siempre estaba llena de "new and improved editions" de libros que habían sido éxitos en su tiempo (o quizá no tanto, y por eso tenían que ser "improved"). No había día que no saliera con dos o tres libros bajo el brazo, por no hablar de las mil y una revistas sobre escritura. Como en el pueblo donde yo vivía no había librería y la revista que a mí me gustaba no la vendían junto al People Magazine, tuve que suscribirme, porque meterme una hora y media de coche sólo para comprarla me parecía excesivo. Una revista al mes durante tres años, ejemplares de los que no he tirado ni uno solo y que llenan la cesta de la fotografía.
Pero luego llegué a Vitoria y, oh disgusto, aquí parece que eso de escribir no es tan guay como lo es en los States. Aún así, yo no me rendía y, en lugar de escribir y pulir mi propio estilo, buscaba entre los manuales de gramática a alguien en forma de libro que lo hiciera por mí.
Y así, un día, de refilón y por pura casualidad, encontré por fin un manual de técnicas narrativas en castellano, que los de inglés están muy bien pero hay cosas que no se transfieren bien a otros idiomas. No lo abrí nada más llegar a casa porque, para variar, no tenía tiempo, y se quedó cogiendo polvo en una balda hasta que, casualidades de la vida, un bloguero llamado Enrique Paez pasó por esta casa y me di cuenta de que era el autor del libro que me había comprado. Me hizo una ilusión terrible conocer a un escritor de verdad, aunque sólo fuera a través del ordenador, y me prometí que, cuando tuviera tiempo, me sentaría y me tomaría en serio sus enseñanzas, ya que era el primer autor de un manual de escritura que, estaba segura, sabía de lo que se hablaba.
Ya lo creo que lo sabe.

Llevo toda la semana pegada a su libro, devorando cada comentario, cada pie de página, cada consejo. Cada vez que leo la sección de "Ponte a escribir" me digo que ya lo haré cuando termine con el proyecto grande que tengo entre manos, que si me entretengo con pequeños ejercicios no voy a terminar nunca. Pero hoy he tenido la lucidez de aplicar unos consejos sobre creatividad en los personajes con los que estoy trabajando y todavía estoy alucinando por lo que ha ocurrido. No he hecho más que una tormenta de ideas, uno de esos globos expansibles que el doctor House suele marcarse en su pizarra, y ha cambiado toda mi historia. He conocido detalles de los personajes en los que no había pensado hasta ahora. He entendido por qué actúan de una determinada manera, por qué se han rebelado mis dedos y me han impedido escribir ciertas frases en un diálogo, por qué la víctima (es una novela negra, mala hasta decir basta, pero me lo estoy pasando pipa) es doblemente víctima, por qué me tiene que dar pena el asesino. La he gozado, sobre todo, porque no había forma de meter la pata, porque todo lo que he escrito me ha llevado a otra conclusión. Me lo he pasado bien escribiendo, y ahora quiero seguir haciéndolo.
Así que me voy a ello, que aún me queda mucho por definir y mucho libro que leer.
Gracias, Enrique.

Dime cómo les tratas y te diré en qué se convierten

J.K. Rowling ha dicho alguna vez que no le gusta cómo son tratados los adolescentes en su país, como si fueran criminales en potencia o lo único que tuvieran en mente fuera joder al personal. Siempre he estado de acuerdo con ella, pero con excepciones; creo que hay adolescentes que realmente son criminales en potencia, y con algunos hay muy poco que hacer. Igual me paso de pesimista, pero es que he visto a verdaderos bárbaros de ocho años que ya me daban miedo a esa edad.
Hoy, sin embargo, estoy más de acuerdo con la Rowling que nunca. Ayer pedí permiso en la ikastola para acompañar a mi padre a hacerse unas pruebas médicas en Bilbao, que el hombre es peor que Alfredo Landa y si le sueltas solo en el metro la puede liar. Mis alumnos se quedaron a cargo de las profesoras que tenían guardia en ese momento y con tarea asignada: tenían que escribir unos bertsos en parejas y luego escribir una redacción. Les dije, con intención de facilitar las cosas a mis compañeras, que ya sabían lo que tenían que hacer y que no necesitaban que nadie les pusiera a trabajar, lo hacían ellos y listo.
Craso error. La primera hora fue bien, todos trabajaron y no hubo mayor problema. Cuando llegó la segunda profesora, por tanto, ya estaban todos sentados en parejas, con el aumento de ruido que eso suele conllevar. Ella intentó que se sentara cada uno en su silla, y ellos le dijeron (toda la clase, hasta los más benditos que nunca mienten, me aseguran que sin faltarle al respeto) que estaban haciendo lo que yo les había dicho que hicieran. Pero la profesora empezó a decir que ahí mandaba ella, así que que cada uno volvía a su sitio porque ella lo decía y listo. Una niña que jamás, JAMÁS, ha llevado la contraria a ninguna profesora y que es la favorita de todos los profes que pasan por esa clase, le indicó que yo había dejado escrito lo que tenían que hacer. Ella castigó a la cría a quedarse después de clase, ignoró mi nota y les hizo sacar el libro de matemáticas. Lo abrió por la última hoja del último tema y les obligó a "hacer" los ejercicios. Todo aquel que le dijo que no habíamos dado ese tema fue castigado; todo aquel que le preguntó porque no podían seguir con lo que habían estado haciendo fue castigado. Una de mis alumnas, probablemente la más brillante de todas, fue castigada "por chula, porque a mí nadie me habla así" (palabras textuales que me ha dicho la profesora esta mañana). Resulta que la profesora le preguntó "Qué pasa, ¿te quieres quedar castigada a la una y media?", y la niña no respondió. "Pues te quedas. ¿Te quieres quedar mañana también?", a lo que la niña, viendo que el silencio no era respuesta adecuada, contestó que no. "¡Pues te quedas también!"
Así que hoy vengo lívida, furiosa, rabiosa, encabritada, cabreada y todos los sinónimos que estas palabras conllevan. Porque no se puede juzgar a un niño o a una niña a primera vista; porque no se puede abusar del poder; porque no es justo castigar a alguien por responder a una pregunta que no tiene respuesta adecuada. Y, sobre todo, porque no se puede castigar a chavales de doce años sin avisar en sus casas de que van a llegar tarde. Cuatro padres llamaron ayer para quejarse, y uno ha venido hoy a hablar conmigo en persona.
Esa profesora se ha dedicado a decirle a todo el que se ha parado a escucharla que mi clase es un nido de víboras, de seres maleducados, de chulos y de respondones. Menos mal que todo el mundo conoce mi clase de otros años y saben que no es así; menos mal que la jefa de estudios tiene a su hija en mi clase y sabe que no es así.
Menos mal, ¡menos mal!, que me queda menos de un mes en esta ikastola y no voy a volver a ver a la pedazo de bruja esta.

Solución


No era tan difícil, ¿no? Menos aún para los que os habéis pasado por aquí alguna vez antes.
(Para el que no lo identifique -ejem, aparte de cadena perpetua-, es Alan Rickman guiñando(me) un ojo. Y el Monstruo acaba de darse cuenta de lo mal que está.)

Bailando

Uno de mis niños:
-Ruth, Ruth, hoy en el recreo hemos estado bailando el baile de la tripa.
-Ah, ¿la danza del vientre?

Como les echaba de menos, madre...

Personaje misterioso



Gallifante para el que acierte quién es éste señor.

Como el sol cuando amanece...



...ya soy libreeeeee, como el maaaaar.
Hasta la lluvia ha cesado para celebrar el fin de mis exámenes. A escribir y luego... ¡A la feria del libro! Qué crisis ni que ocho cuartos.

Gente

Voy a estudiar a la biblioteca porque, como cualquier adolescente o estudiante a tiempo completo podría atestiguar, trabajo mucho más allí que en casa. El frigorífico, el gato, un té, un café, las pipas... Todos son distracciones que me apartan de los libros, y si me he cogido esta semana libre es porque quiero darle caña (y porque puedo dormir un poco más, para qué engañarnos).
La biblioteca tiene sus cosas buenas y sus cosas malas. Entre las buenas está, por supuesto, la ausencia de picoteo, televisión, internet, radio y animales domésticos varios; entre las malas, que la gente no tiene muy claro que en una biblioteca se tiene que estar en silencio. Gente que no apaga el móvil al entrar (a estos los empalaría, oye), gente que se encuentra con alguien y se saludan con dos sonoros besos y una siseada conversación que irrita más que una charla a gritos. Gente que va en cuadrilla a estudiar y hacen de todo menos estudiar. Y da igual que les eches miradas de maestra cabreada -estudian por la UNED, ya no tienen el recuerdo de lo mucho que acojonaba la mirada de la profa-, ellos siguen con su conversación, mirándote más a menudo, eso sí, para ver si te están cabreando lo suficiente. Hablamos de adultos, no de estudiantes de instituto. De gente que está por lo menos en su segunda carrera. Me crispan.
Pero también me gusta ir por las grandes posibilidades de observar a la gente sin ser demasiado descarada. Me encanta levantar la mirada de los apuntes y fijarme en la chavala que lleva media hora con la mirada fija en el mismo punto de la hoja, o el que se ha pasado ya un rato jugueteando con la correa del reloj, o el que subraya a toda mecha porque no ha tocado un libro en todo el cuatrimestre y el examen es hoy. Lo malo, claro, es que no soy la única que observa, y sé que a veces también soy objeto de observación.
El cuatrimestre pasado me pedí la semana libre para estudiar, como ahora. Era (y sigue siendo) divertido ver que la misma gente llegaba a la sala de estudio más o menos a la misma hora todos los días de esa semana: la cuadrilla de las calculadoras sobre las once de la mañana; la señora del pañuelo sobre las diez y media; el de gafas y la de la pierna bailona ya estaban allí cuando yo llegaba, sobre las nueve y media. Había una pareja de novios que estudiaban juntos que no faltaron un día. Él llegaba siempre el primero, y al rato llegaba ella. Se daban un piquín y se ponían a trabajar, levantándose quizás una o dos veces en toda la mañana, sin decirse una palabra dentro de la sala. Ella solía irse un poco antes que él, que seguía dándole cuando yo me iba; no les presté más atención que el típico "mira, ya está aquí la parejita". El último día de exámenes no había mucha gente, y para la una del mediodía el chico y yo nos habíamos quedado solos. Él se levanto y, antes de irse, se paró junto a mi mesa a cruzar un par de palabras conmigo -estábamos solos, no molestábamos a nadie-. Él se había fijado en mí lo mismo que yo en él. Me hizo mucha gracia. Pensé que sería el principio perfecto para una historia corta.
Esta semana, la parejita ha vuelto (y el de gafas, y la de la pierna nerviosa; los de las calculadoras debieron examinarse en mayo). Él y yo hemos cruzado un par de miradas desde el primer día, nos hemos reconocido; reconocido sí, pero no como para saludarnos. He notado que, cada vez que pasa cerca de mi mesa, desacelera el paso como para ver si yo levanto la vista y le saludo por fin, pero no lo he hecho. Él tampoco, ojo (pero no le culpo). La novia, que obviamente no es tonta, se ha dado cuenta de las miradas (inocentes, lo juro), y ahora es ella la que me mira, sólo que esta no pone ni pizca de amistad en las miradas y más bien siento dagas en la espalda cada vez que da la casualidad de que los tengo detrás de mí. Me ha dado mucho que pensar hoy, cuando he salido a tomarme un café. Hay una puerta estrecha en el pasillo y él venía de frente, los dos íbamos a pasar por ella al mismo tiempo; él se ha apartado para dejarme pasar y hemos cruzado sonrisas, una forma de saludo, supongo. Y acto seguido, cuando he escuchado la puerta de la sala de lectura cerrarse tras él, me ha dado la risa (yo sola en un largo pasillo, frente a la puerta del aula magna donde se hacían los exámenes) al darme cuenta de lo bien que me cae alguien con quien no he cruzado más que un "qué, ya vemos el final del túnel, ¿eh?" y lo mal que le caigo yo a una persona con la que no he hablado en la vida.
A eso me dedico cuando debería estar estudiando. Ya veis. Y luego me estreso.
No me digáis que no es el principio perfecto para una historia. La escribiré, lo prometo.
En cuanto termine los exámenes.

Txapeldunak!


A la cuarta la vencida. Otro año más, campeones de la ACB. Creo que los equipos que una vez fueron humildes nunca se acostumbran a estar tan arriba y que la gente les trate de usted. Y la afición, aún menos.



Y a estos, zorionak. Por majos, por salados, por tener la segunda mejor afición de la liga, porque da gusto ir a Illumbe, porque estoy deseando que Pablo Laso venga a casa y se le cante aquello de "Pablo, Pablo, Pablo, Pablo, Pablito, Pablo es".

Encefalograma plano

Ya han empezado los exámenes. Mi día se reduce a estudiar, estudiar y estudiar otro poco: de casa a la biblioteca, de la biblioteca a casa, de casa al examen. Así, toda la semana.
Como os imaginaréis, no tengo la cabeza para informaciones serias. La neurona me da lo justo para pasearme por vuestros blogs de puntillas, sin hacer ruido ni dejar comentarios, y absorver informaciones inútiles. Mi cerebro está lleno de oraciones subordinadas sustantivas en posición de complemento de régimen preposicional, poetas metafísicos, pidgins y el renacimiento americano, así que a lo más que llego es a dejar que fotos como esta me llamen la atención:



Por más rebote que tenga porque todo apunta a que se van a cargar uno de mis libros favoritos de la serie (a quién voy a engañar, me gustan todos) dejando fuera la boda de Bill y Fleur, los Gaunt e, incluso, a Trawloney, me muero de ganas por ver esta escena. Dos de mis personajes favoritos en los libros y, con creces, los mejores actores de la película (Tom Felton es el mejor de los "peques", el único que era actor de verdad antes de empezar la serie, y eso se nota).
Pues eso. Que acabo de empezar y ya estoy cansada.
Vuelvo a estudiar.

La realidad supera la ficcion

(Y sigo sin poder poner tildes en el título, leñe.)

Un hombre, cansado de ver cómo la comida de su frigorífico y su despensa desaparecían sin explicación, puso una cámara de seguridad en su casa, convencido de que alguien entraba a robarle. Cuál no sería su sorpresa cuando descubrió a una mujer saliendo de un armario que no utilizaba vaciándole la nevera y usando su baño.
La policía descubrió un colchón y varias botellas de agua dentro del susodicho armario. La mujer declaró que llevaba varios meses viviendo allí porque no tenía a dónde ir. El periódico "Diario de noticias de Álava", donde aparece esta noticia, termina el diminuto artículo con un "aún así, la mujer fue detenida".
Hombre, no.

Gotas

Una gota, dos gotas, tres gotas.
La lluvia del exterior era lenta pero incesante. La humedad del día se colaba por las rendijas de las ventanas, por las paredes mal encaladas, por debajo de las puertas. Todo a su alrededor era agua.
Una gota, dos gotas, tres gotas.
La oscuridad le pesaba en los parpados, pero seguían abiertos. El sudor le impregnaba la cara. Aquellas tormentas de verano trataban sin éxito de aliviar el bochorno.
Una gota, dos gotas, tres gotas.
Tanta agua y la boca seca, paradojas de la vida. Y no podía beber. Aunque el agua estuviera tan cerca.
Una... Dos... Tres...
Las campanadas de la iglesia cercana dieron las tres de la madrugada cuando la última de las gotas de su sangre se deslizó por su muñeca hasta el agua de la bañera. Los párpados abiertos, la humedad del cuarto de baño, el sentido del oído el último en desvanecerse.
Una gota, dos gotas... Tres.

Religion, go home!

Una hora y media de religión todas las semanas. Hora y media que podíamos dedicar a explicar mejor el tema de matemáticas, a hacer experimentos de ciencias, a trabajar un poco las redacciones en cualquiera de los tres idiomas que hablamos. No. Hora y media de religión. Y luego viene el informe de marras y dice que hemos bajado en matemáticas. Que hay que quitar horas de gimnasia para dar más inglés, por muy gordos que estén nuestros alumnos. Que no se dan suficientes horas de ciencias y sociales. Que hay que ampliar el horario escolar porque no se llega. Que qué se les enseña a los niños y niñas en clase si no saben cuál es la capital de Francia.
Pues la historia de Moisés, oiga usté.
Y ojo, que a nadie se le ocurra hacer lectura con el ochenta por ciento de la clase que no va a religión -que es la media en la ikastola donde yo trabajo-, porque va el profe al director y te monta un pollo que lo flipas. No se puede dar carga lectiva en esas horas, tiene que se ética. Ya, pero es que nos hemos cansado de hablar del calentamiento global, de la violencia de género, del hambre en países subdesarrollados... Es que no sabemos lo que es un atributo, o la diferencia entre "hasi" y "hazi". Es que me gustaría utilizar las horas escolares para dar carga lectiva, caprichosa que es una. No sé, a mí cuando me contrataron lo hicieron para eso, creo.
Los que seáis de ciencias, haced los cálculos de cuántas horas al año son hora y media a la semana. Yo no lo he hecho, pero me da a mí que es una burrada.

¿Machismo implicito o feminismo extremo?


Hace unas semanas, mi madre y mi hermano me dijeron, no sé a cuento de qué, que yo tenía una habilidad especial para las segundas lecturas de los mensajes más simples, ya fuera en películas, en libros o incluso en anuncios. Yo me quedé un poco perpleja al principio, pero luego me lo tomé como un cumplido. Fíjate, oye, si al final voy a tener una habilidad especial para algo y todo. Tendría que ponerlo en mi currículo: habilidad especial para captar significados secretos. Seguro que me forro.
Pero esta supuesta habilidad mía tiene sus contrapartidas, y una de ellas, la más grande, es que no me deja disfrutar de los mensajes supuestamente simples que nos rodean. Mi mente, en gran medida orientada hacia el mundo femenino y muy sensible a todo lo que ataque a la mujer, capta siempre ataques velados a veces y no tan velados otras en prácticamente todos los ámbitos de mi vida. Como el comentario de un familiar mío que le dijo al médico, cuando éste le indicó que debería llevarse la comida de casa en lugar de comer fuera todos los días, que no iba a obligar a su mujer a levantarse todas las mañanas a las cinco para cocinarle a él. Como el bombardeo incesante de anuncios de detergentes que nos muestran a mujeres cuyo único incentivo en la vida es tener la ropa más blanca que la vecina. Como la rabia que me da que, cuando se anuncia algún nuevo invento adelgazante, sólo saquen a mujeres delgadísimas que supuestamente necesitan perder unos kilos para lucir palmito en la piscina.
Pero estos son los típicos y, aunque me molestan, me molestan mucho menos que el último anuncio de unas famosas gafas de sol, que encima va dirigido a la gente joven. En él se nos muestra a un montón de jóvenes super chachis, saltando alegremente con sus gafas de sol, ellas con minifaldita y vestidas de colegialas (que esto también daría para otro post, porque en ningún momento se ve a un jovenzuelo sin camisa, por poner un ejemplo), ellos super guays con su banda de roqueros que tocan que te cagas, o sea, tojuro. Y al final del anuncio -estéticamente muy bonito, en blanco y negro, a cámara lenta-, se ve a un tío super chachi guay que te cagas de la muerte, con sus gafas que le sientan como un guante, coger a la primera chavala que pasa y a la que no conoce de nada y plantarle un morreo así, porque sí, para después dejarla ahí plantada y marcharse con sonrisa de chulo putas mientras ella le mira embobada.
¿Soy yo, o esto ofende? ¿Me estoy pasando al pensar que, si esto le pasara a cualquier mujer con dos dedos de frente, el tío se quedaría con la marca de los cinco dedos de la mano en la mejilla y las gafas volarían de su nariz? ¿No incita esto a la objetivización de la mujer, desde donde el derecho a plantarle un sopapo, igual que le planto un beso sin pedir permiso, ya es vislumbrable? Yo, personalmente, al chiquito este, por muy bueno que esté, le monto un pollo que se caga y se le caen las gafas de vergüenza en mitad de la calle. ¿Quién se ha creído que es para ir dando morreos a diestro y siniestro? ¿Qué se cree esta marca de gafas que somos las mujeres, un adorno más, como los que antaño ponían en los coches para vender más? ¿Por qué se siguen haciendo anuncios en los que no se tiene muy claro si lo que se vende es un objeto o la mujer que sale en el spot? En serio, ¿nadie más lo ha visto? ¿Soy una exagerada?
Será que tengo la antena de los significados ocultos demasiado bien sintonizada...

El angel de los gatos


Me levanto, pongo la cafetera, enchufo el tostador y me dispongo a prepararme el desayuno. Mientras el agua borbotea, unto la tostada con mantequilla y veo con el rabillo del ojo cómo el gato salta a la parte de arriba del armario que tengo sobre la encimera, como hace todas las mañanas. Yo sigo a lo mío, sabiendo que el ojo de Sauron me observa desde las alturas, hasta que oigo un ruido. Un ruido que conozco bien: el de "el gato ha perdido el equilibrio y está a punto de caerse del armario".

Cierro los ojos y me preparo para el golpe -porque no puedo hacer nada, no puedo detenerle cuando ya está en caída libre-, pensando que, como siempre, va a a esquivarme con ese arte imposible de explicarse de los gatos. Y, de repente, siento un peso en mis brazos, abro los ojos y me encuentro con una masa de pelo gris y blanco sobre mi tostada y el cuchillo con el que estaba untando la mantequilla. Por suerte, el cuchillo estaba sobre la tostada, plano, y aparte de pringarse de mantequilla, no le ha hecho nada.

El gato salta sobre la mesa, me mira con mirada inescrutable y empieza a lavarse con parsimonia de gato. Al rato, cuando hemos terminado yo de desayunar y él de acicalarse, se me acerca y me mira fijamente, relamiéndose. Parece estar diciéndome: "venga, hagámoslo otra vez, ha sido divertido".

Yo de mayor quiero ser gato.

Irelande douze pointe

Debo estar fatal de lo mío, porque a mí me gusta esta canción. Tiene marcha, tiene ritmo, tiene gracia y el pavo lo hace mucho mejor que más de un cantamañanas "serio" de los que llevan al festival. Pena que no se haya clasificado; para mí que hubiera ganado.

Sacamantecas


El Sacamantecas fue el primer asesino en serie de la historia de España. Era un alavés, Juan Díaz de Garayo, que a finales del siglo XIX se dedicaba a asesinar a prostitutas después de intentar tener relaciones sexuales con ellas. La leyenda decía que luego les sacaba la grasa, ya que la grasa humana era, en teoría, lo mejor para engrasar las ruedas de las carretas. Parece ser que el hombre se "limitaba" a desgarrarlas brutalmente y dejarlas tiradas en cualquier parte, pero lo de Sacamantecas es, simplemente, un mote que le ha puesto la historia.
Álava también tiene, por supuesto, grandes nombres que se han colado en la historia por causas mucho menos escabrosas, pero me choca que nuestro persoanje más popular sea éste. Lo que viene a reforzar mi teoría de que es más fácil dar miedo, tocar la fibra morbosa, hacer llorar que, por ejemplo, hacer reír o provocar a la imaginación. Aunque, seamos sinceros, este hombre provoca a la imaginación, porque de repente me han entrado unas ganas terribles de crear mi propio asesino en serie sobre el papel.
Lo malo es que, comparado con este, cualquier intento quedará ridículo.

Cosas que me alegran el dia

1. Profesores-as que piden perdón a sus alumnos después de hacerles llorar.
2. Padres que quedan para una entrevista sólo para darme las gracias.
3. Una caja de bombones (aunque termine comiéndosela mi padre por eso de la operación bikini).
4. Sentir placer al sentarme a estudiar (lo que viene de perlas, porque tengo que hacerlo me plazca o no).
5. La primavera.

Cosas que me cabrean

1. Profesores-as que hacen llorar a sus alumnos-as cuando suspenden un examen.
2. Profesores-as que te devuelven el trabajo como corregido cuando está claro que ni se lo han leído, y el único comentario que son capaces de hacer es "la presentación habría sido mucho mejor si llegas a justificar los márgenes".
3. Profesores-as que no enseñan.
4. Alumnos universitarios que escriben en foros con faltas de ortografía.

Mi primer circuito electrico

Aquella pila estaba caliente, se pusiera como se pusiera el vendedor. La llevaba en el bolsillo -en el de la chaqueta, de lana, sin botones ni cremallera, sin una mala llave con la que hacer contacto siquiera- y estaba caliente. El vendedor me echó la culpa a mí.
-Algo le habrás hecho -insistía.
Mi madre se subía por las paredes.
-¿Pero qué se le puede hacer a una pila que aún tiene hasta el precinto de seguridad? Tóquela, oiga, que está ardiendo.
Era una pila de petaca, de esas grandes con dos barritas de metal en los polos que nos habían pedido en la ikastola para hacer un circuito eléctrico al día siguiente. Quemaba horrores, y, como bien decía mi madre, no le había quitado ni el precinto, no había salido de mi bolsillo en la escasa media hora que hacía que la había comprado. No pensaba usar aquella pila.
-Yo se la he vendido en buen estado, algo le habrá hecho la cría.
-Me da igual, una pila no tiene por qué calentarse. Cámbiemela, haga el favor.
La dependienta -él debía ser el jefe, por la manera en que ella se quedaba en un segundo plano y nos hacía gestos con la mirada- sugirió tímidamente que quizás tuviéramos razón, que no era muy normal que una pila se calentara así. El hombre se puso como una fiera.
-¿Pero no ves que es imposible, que si una pila no ha hecho contacto no tiene por qué descargar energía?
-Pero ésta sí que...
-A ver, ¿cuántas de vosotras habéis estudiado electricidad, eh? -Yo iba a decir que en ello estaba, aunque con aquella pila mal íbamos, pero sólo tenía doce años y aquel señor me daba miedito-. Tú -señaló a mi madre-, cero en electricidad, tú -señaló a la dependienta- cero en electricidad, tú -me señaló a mí- cero en electricidad, yo seis y medio. Así que a callar todas.
Yo tenía sólo doce años, pero incluso a esa edad me di cuenta de que aquella nota no era precisamente para ir haciendo callar a la gente. Aquel señor no conocía la mala leche que se gasta mi madre cuando le tocan la cartera o sus hijos -no en ese orden, pero os hacéis una idea- y, a pesar de su supuesto cero en electricidad (¿cómo sabía aquel señor que mi madre no era electricista, o ingeniera, o algo para lo que necesites un seis y medio en electricidad, como dependiente de una ferretería?), le sacó la pila nueva al final. Pues buena es ella.
Salimos de la tienda y no nos costó mucho echarnos a reír, porque es mucho más sano que enfadarse. No volví a ver a aquel hombre, y no hace falta deciros que tampoco volví a entrar en aquella ferretería; mi madre sí le ha visto, y recuerda cómo se cambiaba de acera para no cruzarse con ella antes de tener que cerrar por falta de clientela. Me pregunto por qué no entraba la gente.
Lo más curioso de todo es que aquel cascarrabias resultó tener algo de adivino, porque tres años después me cayó mi primer y único cero en un examen, precisamente en uno de electricidad. Aunque yo creo que más que adivino, fue un pájaro de mal agüero; claro, tanta historia para comprar una simple pila, al final le terminé cogiendo manía al tema. La ironía es que ahora la profe de electricidad sea yo y me dedique a tratar de hacer funcionar los circuitos de los críos.
Pero a ellos no se les calienta ninguna pila. Y si lo hiciera, les diría que fueran a cambiarla.

Frases de búsqueda

¡Alguien ha llegado hasta este blog buscando "historias eróticas maestra niños"! Hasta ahora la gran mayoría de despistados surferos llegaban aquí buscando información sobre grafología (debería aclarar, para el que haya llegado hasta esta entrada en concreto, que no tengo ni idea de grafología, no os puedo ayudar a hacer un análisis), hipocondrias varias o ejemplos de hipérboles. Pero lo de las fantasías erótico-festivas es nuevo. Fíjate tú, si ahora va a resultar que tengo un blog no apto para menores...

La vida

El otro día, no sé a cuento de qué, les pregunté a los críos si ellos eran optimistas o pesimistas (supongo que estaríamos trabajando el significado de las palabras) y, aunque la mayoría me contestaron sin pensar, hubo alguna respuesta que me llamó la atención. Una cría me dijo: "Yo me levanto muy optimista por las mañanas, pero es que luego... No sé... Empieza el día y se jode todo. Llega la vida, supongo". Que una niña de doce años sintiera el peso de la vida de semejante manera me dejó helada.
Y eso es un poco lo que me ha pasado a mí esta semana. Empecé el lunes con unas ganas terribles de hacer cosas; tenía las pilas cargadísimas, ganas de estudiar, de ver a mis alumnos, de probar con ellos un par de ideas nuevas de esas que se te ocurren cuando tienes la mente descargada, de escribir, de comentar el viaje en el blog... Y poco a poco me he ido descargando, hasta que hoy me he obligado, literalmente, a sentarme delante del ordenador y escribir algo (porque hoy es jueves, ¿os habéis fijado en que tengo una pauta involuntaria de escribir los jueves y los domingos?). Pero no voy a hablaros de Brighton, que seguro que todos conocéis o habéis oído hablar de él, ni de Canterbury (qué bonito, qué bonito), ni del castillo de Arundel (parecía una vulgar estadounidense, boquiabierta ante un castillo, pero es que ¡pedazo de castillo!), ni del hecho de que haya aprendido a cruzar la calle en Inglaterra (no, a conducir no, a cruzar la calle, que después de casi morir atropellada dos veces tiene mucho mérito).

Os voy a hablar de otra de mis obsesiones, esta ya antigua pero que amenaza con volver. Es este señor de la foto, Robert Downey Jr., por el que me dio casi tan fuerte (pero sólo casi) como me ha dado ahora por Alan Rickman cuando empezó a trabajar en Ally MacBeal. Me gustaba, como buen ser insustancial y superficial que soy, por lo guapo que me parecía con esa cara de niño travieso y esa sonrisita que hacía que todo se lo perdonaras, y luego me gustaba porque me daba la sensación de que él necesitaba que a mí me gustara (qué mal suena, pero es mucho más sencillo que un egocentrismo sumo), con todos sus problemones con las drogas y la cárcel y ese rostro de Calimero-nadie me quiere que me derretía. Aunque, la verdad, ya hay que ser tonto, coño, y tener muy mala suerte -permitidme que le llame mala suerte, aunque sé que se lo buscó él mismo- para que te pille la poli cuatro veces haciendo una de las tuyas, ¡que hasta se metió en casa de un vecino a dormir porque no encontraba su casa del pedo que llevaba!
Pero ahora está limpio, y lleva así mucho tiempo, parece ser que gracias a su segunda mujer, que lo tiene sujeto y bien sujeto y le ha dicho que a la mínima, puerta. Una pena que su hijo no fuera suficiente motivación para mantenerse sobrio, aunque ya se sabe que tiran más dos tetas que dos carretas, o que tu hijo, por más que lleve su nombre tatuado en el brazo y lo adore, por lo que dice (pero bien que lo dejó con la nanny para ir a pillar drogas). Y ahora, limpito cual patena, se nos planta en la pantalla haciendo de super héroe, el majetón de él. Y qué queréis que os diga, no creo que vaya a verla al cine, pero que me pillaré la peli lo tengo muy claro, porque aparte de guapo este señor me parece un actor estupendo (y me derrite su sonrisa, para qué nos vamos a engañar), y va a merecer la pena admirar los pectorales que se ha echado de tanto ejercitarse para la película.

Y hablando de actorazos y volviendo a mi obsesión de siempre, ¿os podéis creer que en Inglaterra no tienen, NO TIENEN, canal Alan Rickman? Yo pensaba que iba a estar la BBC, la ITV, la Qué Sé Yo y el Alan Rickman Channel, ese donde te ponen las tropecientas películas de este señor tan estupendo que tiene la edad de mi padre pero no su fachada, y le cambian los finales a Robin Hood y Jungla de Cristal para que por una vez no muera el malo, leñe, que ya les vale. Conseguí ver, eso sí, tres segundos de él en las noticias. Resulta que había ido a un funeral al que también asistió Jude Law y, no os lo perdáis, Jude Law leyó un poema. ¡En una sala en la que estaba Alan Rickman, leyó alguien que no era él! Qué poca vergüenza hay que tener. O qué ego. O qué gran autoestima. No, me quedo con poca vergüenza.
Si no fuera porque sé que Alan es republicano, le nominaba para Sir hoy mismo. Uy, no, que se me han adelantado...

He vuelto

Estoy de vuelta, pero demasiado cansada para empezar a colgar fotos y enseñaros las preciosidades que he visto esta semana, o compartir con vosotros algunas de las neuras que he conseguido poner por escrito (por primera vez, he llevado un diario de viaje; pensaba llenarlo de ideas para historias, pero de eso ha habido poco).

Después de pasar por vuestras casas y leerme cientos (y no exagero) de posts, os dejo con la que a mí siempre me parece la viñeta más tierna de El País, que hoy se ha salido y ha hecho un homenaje a mi querido Sorolla.

Que ustedes descansen bien. Yo sé que lo haré.



Y aquí el original, para que comparéis.

Atea si, pero solo lo justo


Que sí, que sí, que soy atea, y seré apóstata en cuanto termine el curso y tenga tiempo de concentrarme en cosas importantes y todo eso, pero, como toda hija de vecina, soy lo más religioso, católico y apostólico que se pueda echar uno a la cara cuando llegan fechas como éstas. Y los que seáis de fuera de Álava estaréis diciendo: "pero, ¿qué ladra esta tía, si la única fiesta que está cercana es la del trabajo, y ese no es ningún santo?" ¡Ah, pecadores! Lo que vosotros no sabéis, incultas almas cándidas, es que en Álava somos más listos que todo eso y tenemos un santo y una santa (santísimos ambos) justo antes del uno de mayo que nos permite hacernos unos acueductos majísimos.

Aquí, el tío Pruden y la tía Estitxu se nos unen todos los veintiocho de abril para darnos un respiro, comer caracoles y perretxikos (los que no sabéis de qué hablo, no sabéis lo que os estáis perdiendo) y viajar a precio de ganga porque somos los únicos de fiesta por estos lares. Así que, como todos los finales de abril (que coincide, además, con la devolución del IRPF, lo que pone azúcar al pastel), aquí la menda se echa al toquilla sobre la cabeza y grita aquello de: ¡Viva San Prudencio! (¡viva!) ¡Viva nuestra señora de Estibaliz! (¡viva!) Gora Prudentzio Deuna! (gora!) Gura gure Estibalizeko Ama! (gora!). Y me quedo tan ancha, oye, que el agua bendita que me echaron por la cabeza hace treinta y dos años me da derecho a ser hipócrita una vez al año y beneficiarme de tan ilustres personajes.
Hala, que ustedes lo pasen bien esta semana. Nos vemos el cuatro de mayo.

23 de abril de 1616



Qué día más triste tuvo que ser, ¿no?

Radioactivo

En conocimiento del medio estamos dando las fuentes de energía. Yo digo:
-...Algunos elementos son radioactivos y se pueden convertir en fuente de energía eléctrica.
J. levanta la mano, emocionado.
-¡Mi hermano es eso! ¡Es radioactivo!
-¿¡Cómo!? ¿Estás seguro?
-Sí... Ah, no, espera. ¡Es HIPERactivo!

Y me pagan por estos ratos, señoras y señores...

Contando


Me paso el día contando. Contando, sí, pero no historias, que parecía que de eso se trataba cuando me convertí en bloguera. Últimamente lo cuento todo: las horas de las que dispongo para estudiar; los temas que me quedan por estudiar; los días que me quedan hasta los exámenes (¿notáis algún tema recurrente?); los temas que me quedan por dar en clase antes de que mis monstruos (estos en minúscula) pasen a la ESO; niños y niñas (cada vez que salgo de excursión los cuento varias veces, no vaya a ser que me deje alguno); los minutos que puedo permitirme arañar al estudio y al dibujo para sentarme a escribir; y, como me parecía poco, ahora he empezado a contar calorías, que empiezo a parecerme al primo de Harry Potter, pero en chica. Y no veáis la de ellas (calorías, no primas) que tiene un puñado de galletas maría.
Pero sobre todo cuento tiempo. Debería escribir Tiempo, con la misma mayúscula que le doy al Monstruo, porque es algo que me obsesiona. Tengo la impresión, como ya dije en noviembre, de que empieza a quedar menos tiempo por delante del que queda por detrás. Vale, sí, soy una exagerada, quizás todavía no, pero no habéis visto la lista de cosas que me quedan por hacer, y, dado que he empezado muy tarde (porque hasta hace poco no sabía quién era yo, de qué voy a saber lo que quería ser de mayor), me da a mí que voy a andar justa de tiempo. Ah, que no os hacéis una idea. Pues tengo tela.
Mi objetivo así, general e insustancial, es ser millonaria. No a lo Paris Hilton, no nos pasemos, simplemente que llegar a fin de mes no sea un agobio, que mis criados me mantengan limpia la mansión en Armentia -los que no sois de por aquí cerca, ignorad la localización-, que el Ferrari y el Mercedes estén siempre en perfecto estado para poder llevar al gato al veterinario... Ese tipo de pequeñeces, vamos. Y, como soy así de tonta, quiero hacerlo de manera honrada (¿a que sí?, ¿a que estoy pirada?), y a poder ser aprovechando mis capacidades mentales en lugar de mi cuerpo (aclaro que considero la prostitución honrada, aunque no a algunos de sus clientes). Mis objetivos, ordenados según me llegan a la mente, son los de ser doctora en literatura inglesa (primer cuatrimestre, cinco de cinco parciales aprobados), traductora a inglés y euskera (y alemán y francés cuando los aprenda; porque, ¿os he dicho que también quiero ser políglota?), dibujante (no aspiro a artista) y, ah, sí, escritora. Vamos, que quiero escribir una obra en la que las influencias de Jane Austen y Henry James sean patentes -pero visiblemente original-, traducirla yo misma a cuantos idiomas me sea posible y, por supuesto, diseñar la portada. Todo esto en mi cuerpazo de talla treinta y ocho y con una piel morena que grite "fíjate qué bien escribo y qué poco me cuesta, que hasta vacaciones y todo he tenido".
¿Entendéis ahora mis prisas? ¡Que tengo treinta y dos años y estoy en primero de todo! ¡Que me gustaría recibir el Cervantes, el Planeta y el James Joyce antes de que alguien me tenga que quitar la baba cuando suba al escenario a recoger el premio! Que sí, que ya sé que soy muy ambiciosa, pero si me quedo a medio camino y sólo consigo ser doctora, o escribir una novela, o convertirme en una traductora decente, o dibujar un poco más decentemente aún, ya habré llegado más lejos de lo que estoy ahora. Y de eso se trata, de avanzar. ¿O no?
Uy, madre, mira qué hora es.
Adiós, que no llego.

Cambios


He aquí mi primer intento de retrato a pastel. No sé cuántas horas pringándome los dedos con colorines varios, borrando y borrando errores, cagándome en lo que no ha sido parido todavía porque había manchado la hoja con el color equivocado (pero ojo, pasándomelo de cine) para que al final, cuando por fin me llevé mi obra a casa (orgullosísima que estaba yo, madre), el Monstruo no pudiera encontrarle más que fallos. Que si los ojos están mal puestos, que si a la boca le falta algo, que si los dientes tendrían que ser más blancos, que qué es esa cosa azul donde debería haber vestido rojo... En fin, lo de siempre, solo que el jodido ser nunca había aparecido en mi faceta pictórica y ha sido una sorpresa encontrarlo aquí también. Menos mal que mi conciencia está tranquila porque sé que es el primer retrato y sólo puedo mejorar...
Para el que no se haya dado cuenta -que seréis todos, porque aparte de Kina nadie me conoce en persona-, esa soy yo, y el de al lado, mi hermano. Mientras estaba trabajando en el "cuadro", toda la gente que pasaba cerca de mí y veía la foto sobre la que estaba trabajando, me decía "qué pasada, estás igual, no has cambiado nada", y yo sonreía porque creía que sólo estaban siendo amables, o simpáticos, o no se les ocurría nada que decir (o necesitaban gafas de aumento). Pero no, tenían razón: todos los rasgos que tengo hoy en día, a mis treinta y dos añazos, son los mismos que tenía entonces, a los seis. La arruguilla en el rabillo del ojo, la ligera papada -por delgada que estuviera-, las ojeras -que voy a dejar de llamar así, ahora son "marcas de expresión"-, el remolino en la coronilla y la manera en que se me parte el flequillo en la frente, todo está ahí. Todo, hasta la manera de sonreír y la forma de las cejas, aunque ahora me las depile y trate de darles otra, es idéntico a mi yo de hoy.
Lo que me ha hecho llegar a la conclusión de que todo intento por cambiar mi físico es inútil, porque no es que me vaya "estropeando" con la edad, es que vengo así de fábrica. Por una parte, me ha alegrado ver las arruguillas -no es la edad, soy así-, las ojeras, perdón, marcas de expresión -no es cansancio, soy así- y, sobre todo, la papada -no estoy gorda, soy así-, porque eso significa que mi aspecto no perfecto -que no imperfecto- no es culpa mía, sino otra cosa que echarles en cara a mis padres cuando me decida ir a un psicoanalista (o sea, nunca). Y, para qué engañarnos, darme cuenta a estas alturas, aunque sea un poco tarde, me va a suponer un ahorro considerable en cremas y anticelulíticos varios (porque, aunque eso no sale en la foto, seguro que también venía de serie).
Vamos, que a pesar de lo que diga el Monstruo yo estoy encantada con mi dibujo. Ahora debería hacerme un autorretrato actual para hacerme un lifting, quitarme papada, alargarme las pestanas y peinarme como dios manda, y así me iba a ahorrar una pasta en futuras terapias.
Todo se andará.

¡Tonta!

En la hora de euskera, los críos tenían que unir cualidades humanas con los animales que más comunmente asociamos con semejantes adjetivos. No parecían estar pillándolo (sí, vale, un cocodrilo será peligroso, pero cuando decimos que eres muy malo no hablamos de él), así que les he puesto ejemplos del castellano, su lengua materna, para ver si así lo pillaban. Lo único que iba en castellano era la frase del ejemplo, lo que quedaba mucho más curioso y cosmopolita por el uso de los dos idiomas alternos, pero para facilitar la comprensión a mis "lectores del extranjero" (permítaseme la coñita sin más intención que la de ser graciosa), os lo pongo todo en castellano.
-Por ejemplo, cuando hacéis algo mal alguien os dice: ¡Mira que eres...!
Y toda la clase me ha contestado, cual Fuenteovejuna:
-¡TONTA!

Si es que a veces creo que son más listos que yo...

Y van cuatro


Cuatro... Cuatro finales europeas seguidas.
Emocionada y todo, estoy. Y no he visto ni el partido porque me sube la tensión.
Lagrimilla. Moción, madre.

El "Mounstro"

Tengo un Monstruo en mi cabeza, o, como escriben mis niños, un "Mounstro". Durante la mayor parte del día está callado y formalito y es como si no lo tuviera; no me acosa en el trabajo, ni cuando estudio, ni cuando duermo. Pero en el momento en que me siento a escribir... ¡Ay, madre! Entonces sale de su guarida y ataca sin piedad, y es tan fiero que me acojona de mala manera y suelo terminar apagando el ordenador, o entrando en Internet para engancharme a algún juego inútil que tiene la pantalla táctil que me hace de ratón en el portátil desgastada.
Yo le llamo Monstruo, así, con mayúscula porque es un nombre propio, pero sé que otros le llaman el Censor, el Crítico Interno, el Grandísimo Hijo de Puta Que No Me Deja Escribir Una Frase Sin Pensar Que Es Una Puta Mierda. No nací con él (mejor dicho, no nació él conmigo), salió como sale un herpes, así, sin avisar. Desde pequeñita me han dicho siempre que escribo bien, tanto mis padres como mis profesores; con cada elogio, yo me animaba y escribía aún más, y de tanto escribir el músculo escritor se desarrolló y mejoró. El Monstruo no existía entonces, y empecé a mandar mis historias a concursos. En los dos primeros -locales, muy locales- conseguí pequeños premios, y decidí tirar la casa por la ventana y participar en uno nacional.
Lo único que saqué de aquel fue una carta dándome las gracias por participar. Y un Monstruo. Porque entonces dejé de permitir que la gente leyera lo que yo escribía -la adolescencia no ayudó- y yo me convertí en mi única crítica.
Bien dice Enrique Paez en su Manual de técnicas narrativas que la parte crítica de un escritor tiene que estar presente para que lo que escribimos valga un duro (y si no, preguntadle a Maritormes, que ya veréis lo bien que os lo explica), pero tiene que mantenerse al margen hasta que terminemos de escribir y empiece el proceso de revisión. Yo me lo propongo siempre que escribo. Le digo al Monstruo "chato, o te quedas en tu jaula o me marco una lobotomía que te cagas y te quedas ahí, en el hemisferio izquierdo, y das por culo a mi lado matemático, que tampoco lo uso tanto, pero a mí déjame en paz". Y durante dos, tres días, incluso una semana entera, el Monstruo se mantiene formalito y no asoma, y parece que lo he conseguido, y llego a la página veinte, termino un capítulo, doy a guardar y sonrío.
Y entonces el Monstruo, o el Grandísimo Mamón Que No Tiene Otra Cosa Que Hacer Que Joderme La Existencia, se despierta y sale con energía renovada. Pues vaya una mierda que has escrito, así no vas a ninguna parte. ¿Para qué vas a seguir, si el tema no le va a interesar a nadie? ¿Te das cuenta de que esto mismo lo han escrito millones antes que tú, y mucho mejor por cierto? ¿A esto le llamas un personaje tridimensional? Anda, busca otro cliché, que lo estás bordando.
Y lo dejo. Y me rindo. Y lo guardo en la carpeta de proyectos abandonados, que, como sólo ocupa espacio en un disco duro, no parece que abulte tanto, pero si fuera papel tendría que plantar varios cientos de árboles para estar en paz con la naturaleza.
Desde que he vuelto a empezar a escribir, el Monstruo parece tranquilo, aunque el hecho de que lleve media hora sentada aquí, escribiendo esto en lugar de seguir con lo que había empezado el otro día (mira que me he dicho, "esta mañana no estudio, sólo escribo") es un síntoma de que el Monstruo está desperezándose. No sé cuánto tardará en mandarme a la más honda miseria, pero voy a tener que aprovechar mientras dure la paz.
Me pongo un café, miro el correo y vuestros blogs, limpio un poco la cocina y me pongo a escribir, venga.
Que sí. Que voy.

Originalidad (II)

Birds can fly so high, and they can shit on your head,
Yeah they can almost fly into your eye and make you feel so scared.
But when you look at them, and you see that they're beautiful,
That's how I feel about you.
(...)
She said "Thanks, I like you too".
He said "Cool".

Kate Nash,
Birds.

Sí, aún hay originalidad.

En clase de lengua

-Ruth, ¿qué significa "vanidad"?
-Pues... veamos... Vanidad es fijarse todo el rato en uno mismo, no sé cómo explicarlo. Una persona vanidosa está siempre pendiente de su aspecto, de dar buena imagen...
-Vamos, que vanidoso es como presumido.
-Sí, en la mayoría de los casos sí.
-Entonces vanidad es presu...mi...¿ción?

Tarde de miercoles

Hoy hace sol. La lluvia nos ha dado una tregua y por fin me he podido quitar los zapatos que me hacen daño, que son todos los de invierno (efecto de siete años en California llevando sandalias todo el año). En casa me esperaban Shakespeare, Mark Twain, la adquisición de la primera lengua, un infumable tema sobre semántica (o algo así) y, por supuesto, Sauron. Pero hoy no me he dado prisa. Hoy he disfrutado del camino, del sol y de tener la conciencia tranquila.
Hoy no he vuelto a casa, he paseado a casa. Kate Nash cantaba en mi oído, this is my face, covered in freckles for the occasion, y yo miraba escaparates de cosas que no necesitaba. Una lámpara de Tiffany que el gato me rompería al primer salto, una mesa para el recibidor que no tengo, figuritas Lladró para alguien que nunca limpia el polvo... Y Kate con su why you being a dickhead for, stop being a dickhead, que parece muy bruto pero en su preciosa voz y su acento suena casi como un piropo. She said "what you talking about", he said "you". Penélope Cruz viste de Mango, dice la revista, poca vergüenza, hombre por dios, 'cause when you smile you're beautiful, and it makes me happy. Bicicletas, coches, obras, niños peleando porque no quieren comerse la merienda, my fingertips are holding on to the cracks in our foundations, and I know that I should let go but I can't, y esa indescriptible sensación de que la vida es bella que de vez en cuando te agarra a la altura del diafragma y no te deja respirar inundando todo mi cuerpo...
Estoy escribiendo otra vez. Para mí, para nadie más, para mi propio deleite. Y me encanta.