Estamos dando historia en sociales. Hemos empezado el libro por detrás para que nos dé tiempo a dar los temas que suelen ser un poco más rollo, y no dejarlos para el final del curso. Estos días hemos mencionado mucho la dictadura, Franco y demás historias. Yo les he comentado a los chavales que nací el mismo año que murió Franco, una semana antes, para ser exactos. Les he asegurado que si recuerdan que en 1975 se acabó la dictadura y nació la mejor profesora del mundo mundial, les subo la nota en el examen.
Hoy estábamos haciendo una línea temporal de repaso. Yo soltaba la chapa en la pizarra y los niños coreaban, con más o menos acierto, las respuestas.
-A ver, ¿qué hubo en 1931?
-La repúúúúública.
-¿Y en 1936?
-La guerra civiiiiiiiil.
-¿Y en el 39?
-La dictaduuuuura.
-¿Y qué llegó en el 75?
Yo esperaba que todos contestaran "la democracia", pero la clase ha gritado:
-¡Ruth!
Del ataque de risa que me ha dado, no he podido seguir con la clase. Eso les pasa por escucharme.
Se acerca...
¡Ay, qué ganas tengo de ver esta peli, madre! Aunque la hayan retrasado, aunque no se parezca en nada al libro, parece que han mantenido la única, ÚNICA escena que yo considero fundamental...
Ahora solo espero que el "fight back, you coward!" se lo esté diciendo a Snape, porque sino va a ir a ver la peli Rita la Cantaora...
Ahora solo espero que el "fight back, you coward!" se lo esté diciendo a Snape, porque sino va a ir a ver la peli Rita la Cantaora...
¿Crisis? ¿Qué crisis?
El que deja de hacer cosas por falta de dinero, es porque quiere.
Tengo dos amigos (llamémoslos Elvis y Priscilla, por respeto a su anonimato) cuyo sueño ha sido siempre casarse en Las Vegas. Pero claro, la gracia de una boda en Las Vegas es poder llevarte a tus amigos para que lo celebren contigo, y estando las cosas como están eso era poco menos que imposible. Parecía que la unión pecaminosa y libidinosa que habían mantenido durante los último diez años iba a continuar por lo menos otros diez; la crisis, el dólar, el euribor y la santa madre iglesia no hacían más que poner trabas. El viaje a Las Vegas era imposible. ¿Cuál podía ser la solución?
Por supuesto, traer Las Vegas a Vitoria. Más exactamente, al salón de su propia casa.

Así que ahí tenéis a la feliz pareja, rodeados de sus más allegados en una íntima ceremonia en la que aquí la menda (atea a ultranza) se plantó el alzacuellos para casarles como dios manda, en inglés y con subtítulos, que tampoco era cuestión de perder a los invitados. Como en cualquier boda que se precie, hubo banquete, champán, lanzamiento de ramo e intercambio de pelucas, y sobre todo ciego impresionante y resaca de campeonato al día siguiente (dos kilos perdí, ¡dos!). Pero el objetivo está cumplido: Elvis y Priscilla son marido y mujer ante los ojos de su gato y en nombre de La Pasionaria. Ya no van al infierno. Ya pueden pedir pensión de viudedad. Ya pueden lucir el anillo (uno lo lleva en el dedo índice y la otra en el corazón, no hay manera) y decir que es una alianza símbolo de su amor eterno.
Que ya están casados, vamos.
Tengo dos amigos (llamémoslos Elvis y Priscilla, por respeto a su anonimato) cuyo sueño ha sido siempre casarse en Las Vegas. Pero claro, la gracia de una boda en Las Vegas es poder llevarte a tus amigos para que lo celebren contigo, y estando las cosas como están eso era poco menos que imposible. Parecía que la unión pecaminosa y libidinosa que habían mantenido durante los último diez años iba a continuar por lo menos otros diez; la crisis, el dólar, el euribor y la santa madre iglesia no hacían más que poner trabas. El viaje a Las Vegas era imposible. ¿Cuál podía ser la solución?
Por supuesto, traer Las Vegas a Vitoria. Más exactamente, al salón de su propia casa.

Así que ahí tenéis a la feliz pareja, rodeados de sus más allegados en una íntima ceremonia en la que aquí la menda (atea a ultranza) se plantó el alzacuellos para casarles como dios manda, en inglés y con subtítulos, que tampoco era cuestión de perder a los invitados. Como en cualquier boda que se precie, hubo banquete, champán, lanzamiento de ramo e intercambio de pelucas, y sobre todo ciego impresionante y resaca de campeonato al día siguiente (dos kilos perdí, ¡dos!). Pero el objetivo está cumplido: Elvis y Priscilla son marido y mujer ante los ojos de su gato y en nombre de La Pasionaria. Ya no van al infierno. Ya pueden pedir pensión de viudedad. Ya pueden lucir el anillo (uno lo lleva en el dedo índice y la otra en el corazón, no hay manera) y decir que es una alianza símbolo de su amor eterno.
Que ya están casados, vamos.
Best sellers
La literatura que más se vende parece llevar siempre el sanbenito de mala. Todo aquel libro que venda más de X copias es acusado de seguir un patrón, un "one size fits all" que a muchos les parece denigrante y nocivo para la literatura. Se acusa a la mayoría de la gente de no tener gusto leyendo, de elegir libros facilones, libros que yo llamo de "encefalograma plano". Pero, ¿hasta qué punto tiene la culpa el consumidor?
Para empezar, los libros no son baratos. Cuando una persona con presupuesto ajustado va a comprar un libro, se basa en las experiencias de otros que hayan leído ese libro, porque no se va a lanzar a la aventura y gastarse veinte eurazos en un completo desconocido. Si hay mucha gente que lo ha comprado y de esa gente un pequeño porcentaje le da buenas críticas, adquirir ese libro parece una inversión segura. Quizás no sea una obra de arte, pero con que no nos obligue a cerrarlo por la mitad nos conformamos; es como ir al cine y quedarte dormido viendo una película muda japonesa con la que te atreves por probar algo nuevo (aquí la menda, que se las da de friki pero no lo es tanto), en lugar de tragarte una comedia romántica que no te convierte en un lumbrera pero te entretiene un rato. Porque para eso leemos (o, al menos, para eso leo yo), para entretenernos, aunque supongo que alguno habrá que lea para poder decir que ha descubierto a tal o cual autor, al que conocen solo en su pueblo a la hora de comer pero que nos hace quedar muy bien.
Y luego está la distribución de esos libros. Yo, lo confieso, me dejo llevar por las portadas, los títulos y la síntesis de las contraportadas, pero sobre todo me llama la atención la colocación del libro. Si tengo que girar el cuello para buscar un título en una estantería repleta de volúmenes tan ajustados que es difícil sacar uno sin tirar tres, seguramente no lo compre. Si me lo presentan en una mesa, con un cartel bien grande que llame mi atención, sin envoltura que valga y con una pegatina que proclama "20% de descuento" (aunque sea mentira), hay más posibilidades de que lo adquiera. Qué le vamos a hacer, me gusta ojear en las librerías, pero ando justa de tiempo y no me gusta cansarme. Soy vaga. Me va lo fácil. Y como yo, cientos de miles de personas.
Las editoriales con poder adquisitivo colocan sus libros en las mesas y las que no lo tienen, en las estanterías. El rico se hace más rico y el pobre se queda como estaba. Los bestsellers venden más porque se ven más, no necesariamente porque la gente no sepa distinguir entre lo bueno y lo malo. La distribución lo es todo. Saber vender lo es todo. Y yo, lo siento mucho, seguiré leyendo bestsellers y colando algún experimento -que, por cierto, suelen salirme rana-, porque si el próximo libro que me compro se parece lo más mínimo a Mil Soles espléndidos o Middlesex, me merecerá la pena. Que alguno hay también que se escapa y nos alegra el día a los lectores más remolones.
Para empezar, los libros no son baratos. Cuando una persona con presupuesto ajustado va a comprar un libro, se basa en las experiencias de otros que hayan leído ese libro, porque no se va a lanzar a la aventura y gastarse veinte eurazos en un completo desconocido. Si hay mucha gente que lo ha comprado y de esa gente un pequeño porcentaje le da buenas críticas, adquirir ese libro parece una inversión segura. Quizás no sea una obra de arte, pero con que no nos obligue a cerrarlo por la mitad nos conformamos; es como ir al cine y quedarte dormido viendo una película muda japonesa con la que te atreves por probar algo nuevo (aquí la menda, que se las da de friki pero no lo es tanto), en lugar de tragarte una comedia romántica que no te convierte en un lumbrera pero te entretiene un rato. Porque para eso leemos (o, al menos, para eso leo yo), para entretenernos, aunque supongo que alguno habrá que lea para poder decir que ha descubierto a tal o cual autor, al que conocen solo en su pueblo a la hora de comer pero que nos hace quedar muy bien.
Y luego está la distribución de esos libros. Yo, lo confieso, me dejo llevar por las portadas, los títulos y la síntesis de las contraportadas, pero sobre todo me llama la atención la colocación del libro. Si tengo que girar el cuello para buscar un título en una estantería repleta de volúmenes tan ajustados que es difícil sacar uno sin tirar tres, seguramente no lo compre. Si me lo presentan en una mesa, con un cartel bien grande que llame mi atención, sin envoltura que valga y con una pegatina que proclama "20% de descuento" (aunque sea mentira), hay más posibilidades de que lo adquiera. Qué le vamos a hacer, me gusta ojear en las librerías, pero ando justa de tiempo y no me gusta cansarme. Soy vaga. Me va lo fácil. Y como yo, cientos de miles de personas.
Las editoriales con poder adquisitivo colocan sus libros en las mesas y las que no lo tienen, en las estanterías. El rico se hace más rico y el pobre se queda como estaba. Los bestsellers venden más porque se ven más, no necesariamente porque la gente no sepa distinguir entre lo bueno y lo malo. La distribución lo es todo. Saber vender lo es todo. Y yo, lo siento mucho, seguiré leyendo bestsellers y colando algún experimento -que, por cierto, suelen salirme rana-, porque si el próximo libro que me compro se parece lo más mínimo a Mil Soles espléndidos o Middlesex, me merecerá la pena. Que alguno hay también que se escapa y nos alegra el día a los lectores más remolones.
Chupópteros
¿Hay algo más desalentador que una compañera de trabajo a la que no le guste su trabajo? ¿Hay algo peor que llevar treinta años haciendo algo que elegiste sólo porque tus amigas estudiaban esa carrera y decidiste que no querías estudiar sola? ¿Hay algo que chupe más energías que hablar con una persona que todo lo ve negro, para lo que todo es negativo y que no quiere aventurarse en nada nuevo porque ya ve la jubilación cerca?
Odio los chupópteros. Me dejan sin energías.
Odio los chupópteros. Me dejan sin energías.
Memorias
Mi bisabuelo era jefe de estación, lo que significaba que la familia se movía siempre de un lado para otro. Eran tres hermanos, dos chicas y un chico, y la menor, mi tía abuela, tenía obsesión por los gatos. No valían de nada las protestas de su padre, las amenazas de su madre o las envidias de sus hermanos, siempre se las arreglaba para encontrar un gatito nuevo que llevarse a casa en cuanto llegaban a su nuevo hogar. Me pregunto qué haría con ellos cuando tuvieran que mudarse. Conociéndola, seguro que los dejaba en familias con muy buenas referencias.
Mi tía abuela fue funcionaria, franquista, extremadamente religiosa y soltera hasta su buen medio siglo. No tuvo hijos, pero quiso a sus sobrinos como si lo fueran y se convirtió en la tía molona que se los llevaba de veraneo y los presentaba en los círculos de gente bien que conocía. Nunca faltaron gatos en su casa, ni una criada (como ella las llamaba, porque no era muy dada a los eufemismos banales). Cuando cumplió cincuenta, se casó. Todos creyeron que lo hacía por no estar sola, por tener a alguien que cuidara de ella. Murió a los setenta y tantos; tres meses después se fue su marido. Quizás sí fuera amor, después de todo. El gato se lo quedó Anastasia, la criada de noventa años que había acompañado a mi tía los últimos veinte. Aunque ella insistía en llamarla criada, nosotros sabíamos que era más amiga que empleada. ¿Lo sabrían ellas también?
Mi tía abuela fue funcionaria, franquista, extremadamente religiosa y soltera hasta su buen medio siglo. No tuvo hijos, pero quiso a sus sobrinos como si lo fueran y se convirtió en la tía molona que se los llevaba de veraneo y los presentaba en los círculos de gente bien que conocía. Nunca faltaron gatos en su casa, ni una criada (como ella las llamaba, porque no era muy dada a los eufemismos banales). Cuando cumplió cincuenta, se casó. Todos creyeron que lo hacía por no estar sola, por tener a alguien que cuidara de ella. Murió a los setenta y tantos; tres meses después se fue su marido. Quizás sí fuera amor, después de todo. El gato se lo quedó Anastasia, la criada de noventa años que había acompañado a mi tía los últimos veinte. Aunque ella insistía en llamarla criada, nosotros sabíamos que era más amiga que empleada. ¿Lo sabrían ellas también?
Teoría de la literatura
Mi única asignatura en castellano este año es Teoría de la Literatura, y es, paradójicamente, la más incomprensible de las cinco que he cogido este curso. Los libros son dificilísimos de entender, utilizan un metalenguaje muy por encima de mis posibilidades y me cuesta una barbaridad leer y entender cada página del libro. Aún así, cuando por fin consigo entender lo que se me intenta explicar, me gusta.
El último capítulo que he trabajado hablaba, en parte, de la función de la literatura, basándose en la dicotomía de lo didáctico y lo placentero. ¿Debe la literatura enseñarnos, como decía Horacio (creo), o debe su fin ser el de proporcionar placer al lector, como decía Aristóteles (o viceversa)? Y, lo que yo me pregunto, ¿son mutuamente excluyentes ambas opciones? ¿Por qué no se puede aprender con una literatura que además te entretiene?
Hoy les he preguntado a los niños para qué creen que existe la poesía, y sus dos primeras respuestas han sido tanto la una como la otra: para enseñarnos cosas y para disfrutar leyendo. Es algo que está metido en nuestro bagaje cultural, que llevamos escrito a fuego en nuestro inconsciente colectivo. Una u otra, o quizás las dos, pero está claro que esas son las principales funciones y fines de la literatura. Me ha llamado mucho la atención que a los críos les saliera una respuesta tan pronta y que encaja tan bien con lo poco que he entendido de la asignatura. He llegado incluso a pensar que lo que estoy estudiando puede que sirva para algo. Puede. Quizás.
¿Cuál es el fin último de la literatura, pregunto? Y, sobre todo, ¿elegir uno desestima el otro? ¿Se os ocurre alguna obra que fuera tan entretenida como didáctica? ¿Existe algo así?
El último capítulo que he trabajado hablaba, en parte, de la función de la literatura, basándose en la dicotomía de lo didáctico y lo placentero. ¿Debe la literatura enseñarnos, como decía Horacio (creo), o debe su fin ser el de proporcionar placer al lector, como decía Aristóteles (o viceversa)? Y, lo que yo me pregunto, ¿son mutuamente excluyentes ambas opciones? ¿Por qué no se puede aprender con una literatura que además te entretiene?
Hoy les he preguntado a los niños para qué creen que existe la poesía, y sus dos primeras respuestas han sido tanto la una como la otra: para enseñarnos cosas y para disfrutar leyendo. Es algo que está metido en nuestro bagaje cultural, que llevamos escrito a fuego en nuestro inconsciente colectivo. Una u otra, o quizás las dos, pero está claro que esas son las principales funciones y fines de la literatura. Me ha llamado mucho la atención que a los críos les saliera una respuesta tan pronta y que encaja tan bien con lo poco que he entendido de la asignatura. He llegado incluso a pensar que lo que estoy estudiando puede que sirva para algo. Puede. Quizás.
¿Cuál es el fin último de la literatura, pregunto? Y, sobre todo, ¿elegir uno desestima el otro? ¿Se os ocurre alguna obra que fuera tan entretenida como didáctica? ¿Existe algo así?
Baja preventiva
No he leído mi horóscopo estos días, pero seguro que debe poner algo como "serás propensa a los accidentes, guarda una tirita en el bolsillo por si acaso". El lunes me caí por las escaleras y me golpeé la espalda con seis peldaños. Ayer fui a cortar un trozo de chocolate negro y casi me cerceno el dedo. Esta mañana, al venir andando a trabajar con mis botas nuevas con un poquito de tacón, me he torcido el tobillo en una grieta de la acera.
No sé si ir pidiéndome la baja ya, para adelantar los trámites.
No sé si ir pidiéndome la baja ya, para adelantar los trámites.
Tiempo

Últimamente ando metida en un millón de cosas, y como siempre que esto pasa me da la sensación de que no llego a nada. Aún no es estrés, pero sí noto que lo será pronto a este ritmo. La cabeza me bulle con ideas que quiero poner en práctica y, por una vez, no estoy saboteándome a mí misma diciéndome que no voy a ser capaz, con lo que las pocas horas libres que tenía (ese ratito de después de cenar) se han convertido en momentos productivos, por no hablar del camino al trabajo o el momento antes de dormirme. Cuando no hago, pienso en hacer y después lo hago. Es un buen cambio, pero no voy a llegar a diciembre si sigo así.
Ayer, saliendo de clase de dibujo (esa clase a la que voy para relajarme, que este año me está estresando más que nunca porque estamos haciendo técnicas de agua y no me sale nada bien), me patiné en las escaleras y bajé media docena de peldaños de culo. Tengo el orgullo por los suelos y los riñones amoratados, aparte de unas décimas de fiebre que no tienen nada que ver con la caída pero que me vienen siempre en esta época del año. Mañana iré al médico, con lo que perderé ¿qué?, sí, tiempo, un tiempo precioso que podría dedicar a leer el libro que me toca en literatura inglesa o a estudiar alemán, que ya se me ha olvidado lo poco que sabía del tiempo que hace que no lo toco. Y después iré a dibujo, y saldré asqueada con mi acuarela, y me sentaré delante de la tele y terminaré yéndome a la cama pronto porque no hay nada que ver, qué asco madre.
Debería escribir, así me desahogaría. Pero no tengo tiempo. No, miento, no tengo ganas. Porque si quisiera haría tiempo, como he hecho siempre. Pero aquí la menda siempre echa mano de excusas vacuas para sabotearse en algún campo...
Migraña, o esa grandísima putada

Sufro de migrañas, y las odio. Hoy he tenido una que no ha sido de las peores, menos mal, pero que me ha impedido tener un día normal y me ha librado del trabajo (creedme, trabajaría una semana gratis a cambio de eliminar una sola migraña). Ni siquiera es el dolor de cabeza, ese dolor insistente que parece que quiere taladrarte de lado a lado, que te obliga a no moverte durante horas y que convierte el simple hecho de darte la vuelta en la cama en una verdadera tortura. Es la suma de todos sus componentes, como las chiribitas que te bailan ante los ojos y te avisan de que algo no va bien, o la imposibilidad de hablar y mucho menos escribir (intentad decir en el trabajo que tenéis que iros a casa cuando no podéis emitir una palabra con sentido, cuando no sois capaces ni de balbucear "migraña"; una vez, para decírselo a mi madre, intenté buscar la palabra en el diccionario y me di cuenta de que no sabía con qué letra empezaba). Son los vómitos, y la presión extra que ellos ejercen en la cabeza, con lo que lo único que quieres es que alguien te pegue un palazo en la cabeza que te deje sin sentido. Es el mal cuerpo, las horas perdidas tirada en la cama, o en el sofá, muy quietecita porque el menor movimiento te hace ver las estrellas.
No sé si, como dice el dibujo, es una disfunción de los vasos sanguíneos o, simplemente, una grandísima putada que nos toca a algunas (y utilizo el femenino porque la mayoría de las sufridoras somos mujeres), pero me sorprende muchísimo que todavía se trate esta enfermedad como si fuera un simple dolor de cabeza y que no haya una pastilla mágica que corte los síntomas de cuajo.
Horrible, vaya.
Morritos Newman
A beautiful day
Hoy es un día perfecto.
Tengo un agujero en el suelo, la tubería al aire y goteras en las tuberías nuevas. El fontanero que me hizo la obra se hace el sueco y no parece estar por la labor de arreglar lo que hizo mal.
El vecino de al lado insiste en poner un buzón de publicidad cuando el resto de los vecinos no quiere. Le han arañado el papel que ha puesto en el buzón para que no le echen propaganda y me ha venido a montar un pollo.
He engordado.
No tengo ni un solo puente hasta diciembre. Mi horario es tan agobiante y me he propuesto meterles tanta caña a los críos que no llego con las pilas cargadas ni hasta el miércoles.
Pero todo esto da igual. Todo esto es indiferente. El escáner ha mostrado una reducción del tumor. Todo, metástasis incluida, es más pequeño.
It's a beautiful day!
Gente "Snape"
Desde que ha empezado el curso, he dejado una manía que había desarrollado los últimos años y he decidido olvidarme del ipod cuando voy a trabajar. No tengo nada en contra de la música (aunque escuchar todos los días las mismas canciones, aunque tengas más de mil, termina haciéndose pesado), pero es que ir con los cascos no me dejaba pensar con claridad. Cada canción tiene una historia, un momento, un recuerdo del que echar mano, y siempre me dejaba atrapar por esa magia y prácticamente dejaba la mente en blanco. Ahora que voy sin música medito, pienso, hago conexiones. Hoy, sin ir más lejos, me ha dado por hacer alegorías con el personaje de Severus Snape en Harry Potter.

(Aquí varias personas han dejado de leer porque ya he vuelto a las andadas con mis “fricadas” y sólo hay unos pocos que las aguanten. Gracias a los demás por darme el beneficio de la duda y esperar que no me ponga a hablar de pociones varias.)
Severus Snape tuvo una infancia horrible. Sus padres discutían, su madre era incapaz de mostrar afecto, su padre no se preocupaba por nada y encima el propio Severus era un bicho raro por sus dones y su forma de vestir. Sus circunstancias eran horribles. No había nadie que de pequeño le enseñara a apreciar a los demás, ni siquiera a sí mismo; nadie a excepción de una amiga, una persona en la que apoyarse. A pesar de ese apoyo, Severus eligió el camino que no debía, un camino que le separaría de la única persona que le había enseñado a sentir afecto. Esa ayuda, sin embargo, fue suficiente para que, cuando llegó el momento de la verdad y realmente tuvo que elegir entre echarse a perder del todo o volver a una senda más o menos recta, eligiera lo correcto. Y con ello le llegó un segundo apoyo que le mantuvo entero, aunque con una coraza de tal tamaño que nadie más pudo acercarse a él. Los que habéis leído el libro, espero que estéis de acuerdo en la definición; los que no, espero que os hayáis enterado de algo.
A pesar de ser un personaje de ficción, Snape es tan real para mí que a veces me da la sensación de que lo conozco. ¿Cuánta gente Snape conocéis? ¿Cuántas personas a las que se os hace imposible acercaros? Esa gente que no os cae bien, que siempre tiene una sonrisa irónica en la boca, solitaria y algo huraña. ¿Por qué son así? La gente antipática, borde, grosera, ¿nace o se hace? Tenemos tendencia a apartar a esa gente de nuestro lado. Irradian energía negativa, nunca tienen un comentario amable, te sueltan una puñalada en cuanto tienen la oportunidad. Es difícil quererlos, por no decir imposible, pero ¿os habéis parado a pensar que son la gente que más lo necesita? Están acostumbrados al rechazo, a no gustar, a que la gente les ignore en el mejor de los casos. Nada de lo que nosotros podamos sentir por ellos les causará el menor impacto. Nada, claro, excepto lo más difícil: afecto.
No seré yo quien abogue por un trato digno a las personas antipáticas, amargadas, bordes, algo hirientes, porque soy la primera que huye de ellos. Simplemente me ha dado por pensar, por hacer una reflexión más o menos profunda en los veinte minutos de paseo que me cuesta llegar al trabajo, en que quizás deberíamos dejar de juzgar superficialmente a la gente que nos trata mal y tratar de imaginarnos cómo han sido tratados ellos. Una reflexión inútil, probablemente, porque ya ves tú lo que va a solucionar que en vez de querer estamparle un palo de béisbol en la cabeza me dé pena el que me ha soltado una animalada, pero una reflexión, al fin y al cabo. Y ya que últimamente ando escasa de ideas, me apetecía plasmarla.
Espero que me permitáis la “fricada”. Ya sabéis que de vez en cuando tengo la edad mental de una niña de diez años.
(Nota al margen: con lo que me gusta Alan Rickman y lo que me gusta el personaje de Severus Snape, qué poco me gusta Rickman haciendo de Snape en las películas. ¿Cómo se lo han podido cargar de semejante manera?)

(Aquí varias personas han dejado de leer porque ya he vuelto a las andadas con mis “fricadas” y sólo hay unos pocos que las aguanten. Gracias a los demás por darme el beneficio de la duda y esperar que no me ponga a hablar de pociones varias.)
Severus Snape tuvo una infancia horrible. Sus padres discutían, su madre era incapaz de mostrar afecto, su padre no se preocupaba por nada y encima el propio Severus era un bicho raro por sus dones y su forma de vestir. Sus circunstancias eran horribles. No había nadie que de pequeño le enseñara a apreciar a los demás, ni siquiera a sí mismo; nadie a excepción de una amiga, una persona en la que apoyarse. A pesar de ese apoyo, Severus eligió el camino que no debía, un camino que le separaría de la única persona que le había enseñado a sentir afecto. Esa ayuda, sin embargo, fue suficiente para que, cuando llegó el momento de la verdad y realmente tuvo que elegir entre echarse a perder del todo o volver a una senda más o menos recta, eligiera lo correcto. Y con ello le llegó un segundo apoyo que le mantuvo entero, aunque con una coraza de tal tamaño que nadie más pudo acercarse a él. Los que habéis leído el libro, espero que estéis de acuerdo en la definición; los que no, espero que os hayáis enterado de algo.
A pesar de ser un personaje de ficción, Snape es tan real para mí que a veces me da la sensación de que lo conozco. ¿Cuánta gente Snape conocéis? ¿Cuántas personas a las que se os hace imposible acercaros? Esa gente que no os cae bien, que siempre tiene una sonrisa irónica en la boca, solitaria y algo huraña. ¿Por qué son así? La gente antipática, borde, grosera, ¿nace o se hace? Tenemos tendencia a apartar a esa gente de nuestro lado. Irradian energía negativa, nunca tienen un comentario amable, te sueltan una puñalada en cuanto tienen la oportunidad. Es difícil quererlos, por no decir imposible, pero ¿os habéis parado a pensar que son la gente que más lo necesita? Están acostumbrados al rechazo, a no gustar, a que la gente les ignore en el mejor de los casos. Nada de lo que nosotros podamos sentir por ellos les causará el menor impacto. Nada, claro, excepto lo más difícil: afecto.
No seré yo quien abogue por un trato digno a las personas antipáticas, amargadas, bordes, algo hirientes, porque soy la primera que huye de ellos. Simplemente me ha dado por pensar, por hacer una reflexión más o menos profunda en los veinte minutos de paseo que me cuesta llegar al trabajo, en que quizás deberíamos dejar de juzgar superficialmente a la gente que nos trata mal y tratar de imaginarnos cómo han sido tratados ellos. Una reflexión inútil, probablemente, porque ya ves tú lo que va a solucionar que en vez de querer estamparle un palo de béisbol en la cabeza me dé pena el que me ha soltado una animalada, pero una reflexión, al fin y al cabo. Y ya que últimamente ando escasa de ideas, me apetecía plasmarla.
Espero que me permitáis la “fricada”. Ya sabéis que de vez en cuando tengo la edad mental de una niña de diez años.
(Nota al margen: con lo que me gusta Alan Rickman y lo que me gusta el personaje de Severus Snape, qué poco me gusta Rickman haciendo de Snape en las películas. ¿Cómo se lo han podido cargar de semejante manera?)
Otoño
Me gusta el otoño.
Ya sé que todavía estamos en verano, o eso dice el calendario, pero cada vez me doy más cuenta de que el otoño es mi estación favorita. Esta semana ha habido un par de días fríos de verdad, de esos en los que dudas si ponerte la cazadora vaquera o pasar directamente al chambergo de invierno; sientes el frío en la cara, las manos bien resguardadas bajo los brazos y el sol, que todavía calienta, tentándote a quitarte la chaqueta en las zonas soleadas. Las hojas todavía no han empezado a cambiar de color, pero pronto lo harán y me sentiré tentada, como siempre, a sacar la caja de óleos que me compré sin saber utilizar y ponerme delante de un árbol para tratar de copiarlo (sin éxito, porque ¿cómo se puede copiar algo tan vivo como un árbol?).
En casa aún no es tiempo de poner la calefacción, pero el frío ya se ha metido entre las cuatro paredes. Me pongo el chándal, que sólo utilizo para estar en casa, y me subo la cremallera de la chaquetilla hasta la barbilla. Me siento en el sofá con mis libros de literatura inglesa, o el de alemán, o Las uvas de la ira en versión original, y dejo que el gato se acurruque contra mí y me caliente las pantorrillas. A veces, incluso me echo una manta fina por encima, para estar lo más caliente posible y sentir esa modorra que anuncia la hora de la cena y de lectura en la cama.
Me gusta el otoño porque huele diferente, suena diferente. Tiene una paz que no tiene el verano, un frescor que no tiene ninguna otra estación. La gente, sorprendida por el frío quizás, no grita tanto como en verano, no alborota. Se ven caras serenas. Me hace sentir tranquila.
Me gusta el otoño. Estoy deseando que empiece.
Ya sé que todavía estamos en verano, o eso dice el calendario, pero cada vez me doy más cuenta de que el otoño es mi estación favorita. Esta semana ha habido un par de días fríos de verdad, de esos en los que dudas si ponerte la cazadora vaquera o pasar directamente al chambergo de invierno; sientes el frío en la cara, las manos bien resguardadas bajo los brazos y el sol, que todavía calienta, tentándote a quitarte la chaqueta en las zonas soleadas. Las hojas todavía no han empezado a cambiar de color, pero pronto lo harán y me sentiré tentada, como siempre, a sacar la caja de óleos que me compré sin saber utilizar y ponerme delante de un árbol para tratar de copiarlo (sin éxito, porque ¿cómo se puede copiar algo tan vivo como un árbol?).
En casa aún no es tiempo de poner la calefacción, pero el frío ya se ha metido entre las cuatro paredes. Me pongo el chándal, que sólo utilizo para estar en casa, y me subo la cremallera de la chaquetilla hasta la barbilla. Me siento en el sofá con mis libros de literatura inglesa, o el de alemán, o Las uvas de la ira en versión original, y dejo que el gato se acurruque contra mí y me caliente las pantorrillas. A veces, incluso me echo una manta fina por encima, para estar lo más caliente posible y sentir esa modorra que anuncia la hora de la cena y de lectura en la cama.
Me gusta el otoño porque huele diferente, suena diferente. Tiene una paz que no tiene el verano, un frescor que no tiene ninguna otra estación. La gente, sorprendida por el frío quizás, no grita tanto como en verano, no alborota. Se ven caras serenas. Me hace sentir tranquila.
Me gusta el otoño. Estoy deseando que empiece.
Principio y fin
Mañana tengo un funeral. No voy a ir porque vienen los fontaneros a ponerme la casa patas arriba, así que voy a hacer acto de presencia en el tanatorio esta tarde. Mi tío ha venido desde Sevilla. Mi tía (política, pero más amiga que tía) viene desde Donostia aún a riesgo de encontrarse con el ex al que no puede ni ver. Mis tías de Bilbao ya están aquí. Todos mis primos, tíos y familiares cercanos se van a reunir por primera vez en muchos años. Va a ser mi primer encuentro con algunas personas en los últimos tres lustros. Que se dice pronto.
Odio la muerte. No, mejor dicho, la temo. Es el fin de todo, el acabose, el hasta aquí hemos llegado, el aquí ya no hay más. Es dejar un vació enorme en la vida de mucha gente. Es que todo el mundo se junte para llorarte, por más que no te celebraran en vida. Odio esa falsedad. Si no nos hacemos caso cuando estamos vivos, ¿a qué viene la parafernalia de después? La primera reunión familiar del siglo, por más que lo hayamos intentado otras veces.
Y, sobre todo, no dejo de pensar en lo terrible que debe ser tener que desenchufar a una madre.
Odio la muerte. No, mejor dicho, la temo. Es el fin de todo, el acabose, el hasta aquí hemos llegado, el aquí ya no hay más. Es dejar un vació enorme en la vida de mucha gente. Es que todo el mundo se junte para llorarte, por más que no te celebraran en vida. Odio esa falsedad. Si no nos hacemos caso cuando estamos vivos, ¿a qué viene la parafernalia de después? La primera reunión familiar del siglo, por más que lo hayamos intentado otras veces.
Y, sobre todo, no dejo de pensar en lo terrible que debe ser tener que desenchufar a una madre.
Se han rajado
Para este nuevo curso, el Gobierno Vasco había planeado un arrinconamiento de la religión en la educación secundaria que a mí me encantaba. Se trataba de no obligar a aquellos que no escogieran religión a dar una asignatura "equivalente", con la pérdida de tiempo y de esfuerzo por parte de todos que una asignatura sin currículum conlleva. Querían poner la religión a primera o última hora, para que el resto de los alumnos no tuvieran una hora libre en medio del horario. Por supuesto, la iglesia se les ha echado encima. No se contentan con que se dé religión en horario escolar, se tiene que notar. "¿Qué adolescente va a querer dar una hora más de clase al día? ¿Quién va a querer tener una materia más que los demás?" Yo me debo estar volviendo loca, porque a mí eso me parecía religión: una asignatura para el que la quiera, no para los demás.
Pues el Gobierno Vasco se ha rajado. Al final ha incluido la asignatura dentro del horario, para disgusto de profesores y la mayoría de los padres. Todavía está por ver si va a conseguir el plan B, o sea, que en lugar de "ética" se den asignaturas de refuerzo para esos niños (la mayoría) que no van a religión. A esto la iglesia también se opone, porque no es justo (según ellos) que los demás tengan ayudas y a los de religión se les nieguen. No, si no se les niega, se les da a elegir. La educación pública no llega a tanto.
Veremos cómo termina esto. Yo este año tengo dos niñas, entre veintiún alumnos, que van a religión, y por ellas tengo que hacer encaje de bolillos e inventarme algo para tenerles entretenidos una hora y media. No puede ser académico, ni lectura, ni refuerzo,... No sé, les enseñaré calceta, o veremos películas de Disney con finales felices, o hablaremos de fútbol y de Nadal. Al final, esa hora y media que podría utilizar para hacer actividades extras con un excelente grupo que iba a dar mucho de sí se queda en nada.
Seguiré quejándome de la religión en las escuelas en entradas sucesivas, no os quepa duda. Algún día conseguiremos una escuela laica de verdad.
Pues el Gobierno Vasco se ha rajado. Al final ha incluido la asignatura dentro del horario, para disgusto de profesores y la mayoría de los padres. Todavía está por ver si va a conseguir el plan B, o sea, que en lugar de "ética" se den asignaturas de refuerzo para esos niños (la mayoría) que no van a religión. A esto la iglesia también se opone, porque no es justo (según ellos) que los demás tengan ayudas y a los de religión se les nieguen. No, si no se les niega, se les da a elegir. La educación pública no llega a tanto.
Veremos cómo termina esto. Yo este año tengo dos niñas, entre veintiún alumnos, que van a religión, y por ellas tengo que hacer encaje de bolillos e inventarme algo para tenerles entretenidos una hora y media. No puede ser académico, ni lectura, ni refuerzo,... No sé, les enseñaré calceta, o veremos películas de Disney con finales felices, o hablaremos de fútbol y de Nadal. Al final, esa hora y media que podría utilizar para hacer actividades extras con un excelente grupo que iba a dar mucho de sí se queda en nada.
Seguiré quejándome de la religión en las escuelas en entradas sucesivas, no os quepa duda. Algún día conseguiremos una escuela laica de verdad.
Karma
Me gusta mi trabajo. Lo hago a gusto. Lo disfruto casi todos los días y hago lo posible porque se note (porque se nota). Trato de facilitar el trabajo de los que pululan a mi alrededor; soy flexible, no impongo mi santa voluntad, no me molesta hacer favores, me amoldo a lo que me den. Entiendo que mi clase no es mi castillo, sino propiedad del centro y por tanto susceptible de ser utilizada por otras personas. Entiendo que somos una mini sociedad y que no podemos ponernos la zancadilla los unos a los otros o dejar de ayudarnos cuando otros lo necesitan, porque arrieritos somos y en el camino nos encontraremos. No me niego a nada que entienda que entra dentro de mis capacidades como profesora, siempre que no abusen y que no tenga una razón de peso para no hacerlo (hasta ahora nunca he tenido ninguna). Y eso, al final, trae su recompensa.
Este año, además de mi tutoría en quinto, voy a tener dos horas de inglés a la semana en segundo. La directora me ha preguntado una y otra vez si no me molesta, azoradita perdida, y yo le he asegurado que no, que sé cómo de petado tiene el horario la chica que tendría que hacerlo en mi lugar y sé que yo iba a librar dos horas más que mis compañeras de curso porque no tengo desdobles (no habría sido la que más librara del centro, pero sí de mi curso). Me he dado cuenta de que ha venido a mí como último recurso, porque estaba intentando dejarme esas dos horas extras libres, pero al final le ha sido imposible. A cambio, los viernes me ha dejado un horario que da gloria verlo, con la última hora del día libre (que se agradece mucho). Cuando me he dado cuenta y lo he dicho en voz alta, ella me ha dicho "hombre, alguna pelotilla tendremos que tener, ¿no?"
Karma. Se llama karma. Si tú te esfuerzas por no molestar y ayudar en lo que puedas al prójimo -que, la verdad, la mayor parte de las veces no cuesta tanto-, te pasan cosas buenas. Y sé que es una nimiedad, que en el gran esquema de las cosas es un átomo insignificante, pero a mí me ha hecho sentir apreciada y querer seguir como hasta ahora. Y eso vale su peso en oro.
Este año, además de mi tutoría en quinto, voy a tener dos horas de inglés a la semana en segundo. La directora me ha preguntado una y otra vez si no me molesta, azoradita perdida, y yo le he asegurado que no, que sé cómo de petado tiene el horario la chica que tendría que hacerlo en mi lugar y sé que yo iba a librar dos horas más que mis compañeras de curso porque no tengo desdobles (no habría sido la que más librara del centro, pero sí de mi curso). Me he dado cuenta de que ha venido a mí como último recurso, porque estaba intentando dejarme esas dos horas extras libres, pero al final le ha sido imposible. A cambio, los viernes me ha dejado un horario que da gloria verlo, con la última hora del día libre (que se agradece mucho). Cuando me he dado cuenta y lo he dicho en voz alta, ella me ha dicho "hombre, alguna pelotilla tendremos que tener, ¿no?"
Karma. Se llama karma. Si tú te esfuerzas por no molestar y ayudar en lo que puedas al prójimo -que, la verdad, la mayor parte de las veces no cuesta tanto-, te pasan cosas buenas. Y sé que es una nimiedad, que en el gran esquema de las cosas es un átomo insignificante, pero a mí me ha hecho sentir apreciada y querer seguir como hasta ahora. Y eso vale su peso en oro.
Nuevo curso
Nuevo curso (pero no nueva ikastola, menos mal), nuevo grado, nuevo grupo. Aún me estoy familiarizando con los nombres sin cara, hablando con su profesora del segundo ciclo y oyendo maravillas de ellos, colocando tarjetitas con sus nombres en las mesas, recibiendo a mis antiguos alumnos que me vienen a visitar. Luego vendrá el papeleo, los horarios, la burocracia, pero de momento me pierdo en libros nuevos, planificaciones de nuevas excursiones y emociones varias.
Todo esto aliñado con una avería de fontanería en casa que tiene a mi vecina de abajo con el suelo encharcado y a mí sin agua para tratar de no inundar su casa. Y el fontanero, avisado desde el viernes, que no viene. Me va a oír el seguro.
Septiembre. Adelante con la cuesta.
Todo esto aliñado con una avería de fontanería en casa que tiene a mi vecina de abajo con el suelo encharcado y a mí sin agua para tratar de no inundar su casa. Y el fontanero, avisado desde el viernes, que no viene. Me va a oír el seguro.
Septiembre. Adelante con la cuesta.
Bofetadas
Vale, sí, lo admito, soy feminista, y a veces un poco más radical de lo que a la gente le gustaría. Abogo por un lenguaje que no discrimine, veo ataques machistas en todas partes, me siento marginada cuando en un grupo de seis en el que hay un solo hombre se nos saluda con un "hola a todos". Soy así, qué le vamos a hacer. También tengo acné y lo llevo lo mejor que puedo.
Pero tengo que aclarar que mi feminismo no es un machismo llevado al otro extremo. Yo no creo que los hombres sean inferiores a las mujeres, que se les deba mermar sus derechos en favor de los nuestros o que nos deban algo. No quiero que nadie me regale nada, simplemente que no se me trate con condescendencia y no se me quite nada que merezco, igual que no quiero que me den nada que no merezca. Claro que habrá gente que opine que yo creo que las mujeres merecen mucho más de lo que en realidad merecemos, y ahí empezarán nuestras diferencias y nuestras discusiones sobre lo que es "ser justo" y lo que es "pedir demasiado". Una de las coletillas que más me revientan es "con las cosas que pasan en el mundo, ¿a quién le importa que se diga médico o médica?" Pues a mí, oiga. También hay miles de personas muriéndose de hambre en el mundo, pero cada uno se preocupa por su hipoteca. ¿O no?
Me estoy yendo por las ramas. A lo que venía yo hoy era a hacer un análisis de las imágenes que estoy viendo cada vez más últimamente, las bofetadas de mujeres a hombres. Hoy en día nadie se atrevería a poner una bofetada como esas que le daban a Greta Garbo en una película, faltaría más, pero al revés parece que sí se puede. Ahí estaba yo, viendo una película de lo más soso e inocente, cuando de repente una chica menudita y muy poquita cosa le suelta un guantazo a un tío que le sacaba tres cabezas porque sí, sin venir a cuento. El chico, por supuesto, no respondió. La mayoría de esas escenas terminan con la chica marchándose muy digna y con la cabeza muy alta, y con el chico acariciándose la mejilla con cara de qué habré hecho yo para merecer semejante guarrazo. Os suenan, ¿no? Aquí suele venir el comentario colectivo que sueltan muchas de ellas, un "qué bien le está" o similar.
Pues me llamaréis exagerada, pero a mí esto me parece un signo de machismo implícito. Y lo más triste es que viene de nosotras mismas.
Nos siguen poniendo como el sexo débil. Nos siguen retratando como la mujer que puede abofetear a alguien mucho más fuerte que ella porque sabe que él no le va a devolver el sopapo, porque sabe que él piensa que pegar a una chica está mal. Soy más débil, soy más indefensa, por eso estarías abusando. ¿Y no está ella abusando de su debilidad? Una chica jamás pegaría a otra chica si sabe que ésta es más fuerte que ella. ¿Por qué? Porque le va a devolver la bofetada y la va a dejar en el sitio. Pero se puede pegar a un hombre de metro ochenta y saber que no te va a tocar un pelo. Por una vez, aquí el héroe es él y la machista ella. Si le devolviera el golpe, él sería un cobarde, pero como sólo lo recibe se queda en sufridor de una educación machista.
Que un hombre pegue a una mujer es tan cobarde como que una mujer pegue a un hombre. No hay dobles lecturas, no hay doble moral. Las bofetadas tan peliculeras que nos cuelan en las comedias románticas de los sábados por la tarde son violencia, punto. Lo que no quieres para ti, no lo quieras para los demás.
A veces me da la sensación de que hilo demasiado fino y veo ataques donde otros sólo sueltan una carcajada. ¿Me estaré volviendo una exagerada? (Yo sigo pensando que no.)
Pero tengo que aclarar que mi feminismo no es un machismo llevado al otro extremo. Yo no creo que los hombres sean inferiores a las mujeres, que se les deba mermar sus derechos en favor de los nuestros o que nos deban algo. No quiero que nadie me regale nada, simplemente que no se me trate con condescendencia y no se me quite nada que merezco, igual que no quiero que me den nada que no merezca. Claro que habrá gente que opine que yo creo que las mujeres merecen mucho más de lo que en realidad merecemos, y ahí empezarán nuestras diferencias y nuestras discusiones sobre lo que es "ser justo" y lo que es "pedir demasiado". Una de las coletillas que más me revientan es "con las cosas que pasan en el mundo, ¿a quién le importa que se diga médico o médica?" Pues a mí, oiga. También hay miles de personas muriéndose de hambre en el mundo, pero cada uno se preocupa por su hipoteca. ¿O no?
Me estoy yendo por las ramas. A lo que venía yo hoy era a hacer un análisis de las imágenes que estoy viendo cada vez más últimamente, las bofetadas de mujeres a hombres. Hoy en día nadie se atrevería a poner una bofetada como esas que le daban a Greta Garbo en una película, faltaría más, pero al revés parece que sí se puede. Ahí estaba yo, viendo una película de lo más soso e inocente, cuando de repente una chica menudita y muy poquita cosa le suelta un guantazo a un tío que le sacaba tres cabezas porque sí, sin venir a cuento. El chico, por supuesto, no respondió. La mayoría de esas escenas terminan con la chica marchándose muy digna y con la cabeza muy alta, y con el chico acariciándose la mejilla con cara de qué habré hecho yo para merecer semejante guarrazo. Os suenan, ¿no? Aquí suele venir el comentario colectivo que sueltan muchas de ellas, un "qué bien le está" o similar.
Pues me llamaréis exagerada, pero a mí esto me parece un signo de machismo implícito. Y lo más triste es que viene de nosotras mismas.
Nos siguen poniendo como el sexo débil. Nos siguen retratando como la mujer que puede abofetear a alguien mucho más fuerte que ella porque sabe que él no le va a devolver el sopapo, porque sabe que él piensa que pegar a una chica está mal. Soy más débil, soy más indefensa, por eso estarías abusando. ¿Y no está ella abusando de su debilidad? Una chica jamás pegaría a otra chica si sabe que ésta es más fuerte que ella. ¿Por qué? Porque le va a devolver la bofetada y la va a dejar en el sitio. Pero se puede pegar a un hombre de metro ochenta y saber que no te va a tocar un pelo. Por una vez, aquí el héroe es él y la machista ella. Si le devolviera el golpe, él sería un cobarde, pero como sólo lo recibe se queda en sufridor de una educación machista.
Que un hombre pegue a una mujer es tan cobarde como que una mujer pegue a un hombre. No hay dobles lecturas, no hay doble moral. Las bofetadas tan peliculeras que nos cuelan en las comedias románticas de los sábados por la tarde son violencia, punto. Lo que no quieres para ti, no lo quieras para los demás.
A veces me da la sensación de que hilo demasiado fino y veo ataques donde otros sólo sueltan una carcajada. ¿Me estaré volviendo una exagerada? (Yo sigo pensando que no.)
Ni Phelps, ni Bolt: Cid

Comentaba Maripuchi hace unos días que no era justo decir que Phelps era el mejor olímpico de la historia porque no se pueden conseguir tantas medallas como en natación en ninguna otra disciplina. No es justo decir que es mejor que un atleta que compite en cuatro pruebas, o que un tenista que sólo puede ganar una o dos medallas. Todos tienen su mérito independientemente de la cantidad de metales que acumule su cuerpo.
Un ejemplo, la guapísima, elegantísima, estupendísima y vitorianísima Almudena Cid, que a sus 28 añazos se ha colado en su cuarta final olímpica en gimnasia rítmica, nada menos, una disciplina donde a los 20 ya se es una vieja. Ahí la tenemos, haciendo historia, dejando el pabellón vitoriano bien alto e iluminando Pekín con esa sonrisa que ocupa más que ella. Las medallas quedan muy lejos, son territorio exclusivo de las deportistas de los países del este, pero ser una presencia constante en una final olímpica desde los dieciséis años ya vale un oro.
Almudena, Vitoria está contigo. Quedes primera, segunda o décima, ya has hecho historia y has vuelto a ganarte el cariño de todos y todas. Volverás con la cabeza bien alta, con el orgullo intacto y con el objetivo cumplido. Zorionak berriro, Almudena!
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