Correo

Llegaba yo contenta a casa esta tarde, pero no tenía ni idea de lo que me estaba esperando. Viernes, final de exámenes -que encima me han salido bien-, Baskonia (txapeldun) en semifinales, parada en el supermercado para comprarme algún antojo de cena... El día perfecto, me decía, hoy por narices sólo pueden pasarme cosas buenas. Lo que no sabía yo era cuán buenas.
Llego al portal, miro el buzón y me encuentro con una carta de verdad, de esas con sello y dirección escrita a mano por una letra que reconozco como la de una de mis roommates/etxekide/compañera de piso (es que quería demostrar mi trilingüismo, del que algunos dudan) de King City. Qué será será, algún papel que ha llegado a mi nombre y necesita una rspuesta urgente, seguro. Abro el sobre mientras subo, y a la altura de la puerta del primer piso tengo que ahogar un grito porque me encuentro con esto:



Que, para el que no se haya dado cuenta, es un autógrafo de Hugh Grant, MI Hugh Grant, de su puño y letra y con la tinta un poco corrida (uy, el chiste completamente inapropiado que se me ocurre aquí). Corro escaleras arriba, abro la puerta como puedo, tiro todo lo que llevo en las manos y cojo una funda transparente, no vaya a ser que intoxique la foto con mi grasa corporal. Todo esto sin quitarme el abrigo, con la mochila a la espalda y el gato mirándome con el lomo arqueado. Hala, llega cualquier mindunguis de ojos azules y te olvidas de mí, parece decirme.
Y entonces me doy cuenta: Hugh Grant ha tocado esta foto. Dios mío, esta foto tiene su ADN. Seguro que si se lo llevo a uno de los del CSI son capaces de sacarme un rastro, por minúculo que sea, de Hugh Grant. Y entonces, si la ciencia adelanta un montón -pero que un montón, montón-, quizás en el futuro pueda fabricarme mi propio Hugh. Y, como éste será más joven, no tendrá patas de gallo, ni le partirán las arrugas la mejilla en dos cuando sonría, ni tendrá los ojos cada vez más caídos... Y, quién sabe, quizás a la copia no le ponga la reina de Inglaterra...
Lo he colgado en el corcho que tengo al lado del ordenador, lo que significa que poco voy a trabajar porque me estoy dedicando a babear como una tonta. Menos mal que he terminado los examenes...
(Dios, qué asco de teclado se me ha quedado.)

Bas-ko-nia!!



¡¡Traraláralaráralará!!



Empieza el espectáculo...

Diario

Madrugo como todas las mañanas, aunque no voy a trabajar; el Gobierno Vasco ha tenido a bien darme cinco días de permiso para hacer mis exámenes y con eso el señor Ibarretxe se ha asegurado mi voto en las próximas elecciones. Desayuno, doy de comer al gato, cargo con la mochila y me voy a la biblioteca. En casa es imposible estudiar: entre el gato, Internet y el frigorífico, no doy palo al agua.
Entro en la biblioteca a la misma hora que los niños. Curiosamente, como está al lado de la ikastola, les veo ir a clase: uno corre para no llegar tarde, la otra se bambolea con ritmo caribeño sin ninguna gana de llegar a tiempo (todas las excusas que me ha dado hasta ahora se han desvanecido en un instante). Cuatro o cinco horas de estudio silencioso, de recogimiento absoluto. Me concentro tanto, lo disfruto de tal manera, que se va la mañana mucho más rápido que si hubiera estado trabajando. Voy a casa a comer y vuelta al centro. Llega la hora de la verdad.
El examen es fácil y lo bordo. Salgo con un humor excelente, llego a casa y poco hago, estoy demasiado contenta. Como la asignatura de mañana es sencilla, decido ir a dibujo a pelearme con la tinta china en vez de quedarme sumergida entre libros. La profesora dice que mis dibujos parecen cubistas; es una forma como otra cualquiera de decirme que son una mierda, pero no me importa. Me lo paso pipa manchando el papel con agua sucia, aunque luego tire el resultado a la basura. La semana que viene, esa en la que no pienso acercarme a menos de cien metros de un libro, practicaré un poco.
Vuelvo a casa y miro el correo. Una de mis alumnas me ha escrito un email. La semana pasada, la bertsolari Oihane Perea, que nos da clase de bertsolaritza (y digo nos porque yo estoy aprendiendo un montón), presentó unos bertsos de los chavales a un concurso, dejándoles bien claro que era muy difícil que quedaran finalistas. La del email lo ha hecho, y se acaba de enterar. Tres en toda Vitoria y ella es una de ellos. Quería decírmelo cuanto antes, porque no voy a estar esta semana y la entrega de premios es el sábado. Yo hasta me emociono, así que ella tiene que estar como una moto. Le da mucha vergüenza cantar en público, me dice. Y al final, como postdata, "con la andereño nueva bien, pero contigo mejor". ¿Me iré a echar a llorar?
Ceno, enciendo la tele, me río con el Wyoming y me dejo comer el coco por lo primero que emiten. Y luego a la cama, que mañana hay que madrugar. Dan buen tiempo. Hace falta que llueva, pero no me avergüenza decir que me gusta el sol.
Buen mes, éste, febrero...

Desapego

Llevo casi dos años viviendo ininterrumpidamente en mi casa, más dos o tres meses discontinuos el año anterior, y todavía no les he visto la cara a todos mis vecinos. Conozco -de vista, no sé cómo se llaman- a los de abajo, los de al lado y los de arriba; tengo ojeadas un par de niñas que gritan como posesas por las escaleras todas las tardes sobre las siete y hay un vecino que tiene un perro del tamaño de un caballo en un piso de setenta metros cuadrados, pero el resto son sólo caras que me cruzo en la escalera y que pueden ser vecinos, amigos, novios o cobradores del gas. No sé cuándo entran, cuándo salen, en qué trabajan, a qué se dedican en su tiempo libre, a qué hora bajan la basura, a qué colegio llevan a sus hijos. Y ellos no tienen ni idea de quién soy yo. Si me pasara algo, se enterarían mis padres cuando al día siguiente no fuera a comer, pero mis vecinos no.
En el portal de mis padres, después de tantos años viviendo allí, conozco a todos por sus apellidos y por el piso en el que viven, pero cuando hablo de ellos me refiero a los vecinos en otros términos. Está el marino, el de la Telefónica, la del cuarto, el cristalero, la abuela de ese al que le di yo clase... Y, por supuesto, la cotilla. Todos los portales tienen una cotilla (menos el mío, parece ser, aunque sospecho de la de arriba). La de mis padres es la típica mujer que sabe perfectamente dónde fuiste ayer, a qué hora, por qué, con quién y, si me apuras, hasta si volverás. Es la primera persona a la que le preguntas si sabe dónde están tus llaves -porque seguro que lo sabe, aunque te las hayas dejado en casa-, la que sabe si el vecino del sexto estará en casa a las siete para hablarle de la mancha de humedad que ella ya sabe que te ha salido en el baño, la que sube corriendo a decirte que tu hermano está saliendo por televisión. Es la mujer que, si no sabe algo, te pregunta directamente. "Hace mucho que no veo a tu padre, ¿qué tal anda?", "tú ya has vuelto de las Américas, ¿no? Y a comer en casa de tus padres, ¿eh?" Vamos, es la memoria histórica de la escalera.
Hace unos meses, al vecino de al lado, un hombre ya mayor, le ingresaron en el hospital. Su mujer les comentó a mis padres que estaba bastante pachucho y que de momento no le dejaban volver a casa, que ella se pasaba el día en el hospital. Semanas más tarde, mi padre se la encontró en el ascensor y le preguntó por su marido. "Murió hace un mes". Ni nos habíamos enterado.
Estas Navidades, mi madre me comentó que le daba pena la vecina, que no tenía familia y no sabía con quién iba a pasar las fiestas. El día antes de Nochebuena, subí a casa de mis padres por la escalera para ir quemando lo que sabía que iba a engullir en los próximos días y vi a "la cotilla" hablando con su nieto en la puerta de su casa, que llevaba una bandeja con lo que parecían pastas. "Es la puerta de la derecha. Dile que mañana sobre las nueve, y le das un beso". El crío subió pitando y ella se quedó en la puerta escuchando la conversación.
Ahora, el marino sigue siendo el marino, el de la Telefónica trabajará allí toda su vida aunque se jubile o cambie de trabajo, y el cristalero no puede tener otro nombre. Pero "la cotilla" ya no existe. Ahora decimos la del cuarto o la llamamos por su nombre. Y no nos importa pararnos y contarle nuestra vida en verso.

Cameron Diaz y una ultima voluntad


Vaya por delante que esta chica no me cae demasiado bien. Me da la impresión de que tiene la cabeza llena de pájaros y que es más tonta en persona que los personajes que suele encarnar. Pero ayer leí una noticia que hizo que se me cayera la boca hasta el suelo y no puedo menos que sentirme mal por ella.
Un niño enfermo de leucemia que sabe que morirá pronto ha pedido una mamada de la actriz como última voluntad. Cameron se ha negado y los padres la están poniendo, irónicamente, de puta para arriba. Que no piden tanto. Que es una creída y una desalmada. Que no le cuesta nada.
¿Soy yo la única que piensa que los padres están equivocados? ¿A alguien más le parece una barrabasada que se pida algo así? Además, si al niño le va a dar igual que se la haga Cameron Díaz que una prostituta de pago, ¡si no le va a ver la cara! Porque estoy segura de que si le llega a pedir una cena romántica o ir a visitarla a un set de rodaje, ella habría dicho que sí. ¿¡Pero una mamada!? ¿Acaso mi corazón está atrofiado por sentirme mal por Cameron Diaz?
Y la cosa es que miro la foto del chaval y le veo tal cara de vicioso asqueroso, que hasta por un momento se me olvida lo que está pasando el pobre...

Sociedad cambiante

Llevo sintiéndome pesimista un par de semanas. Poner la tele me aterra; oír despotricar a los curas me deprime; que un hombre que mató a un chaval tenga los santos cojones de pedir dinero a la familia del crío, me cabrea. Y, sobre todo, me acojona sobre manera que el PP pueda ganar las elecciones. Porque, por más que las encuestas digan lo contrario, tal y como está la sociedad de revuelta veo la posiblidad. Y yo no quiero que Rajoy me mande.
Hoy hemos hecho la fiesta de carnavales en la ikastola, y me he animado un poco. No porque haya sido especialmente divertida -que lo ha sido, pero más agotadora que otra cosa-, sino porque he visto un par de luces de esperanza en los disfraces y la temática de las obras de los chavales. De primero a cuarto, los temas han sido los típicos: payasos, piratas, gatos y demonios, muy salados, bailando con sus andereños. Los de quinto y sexto tenían temática propia, currada por ellos, con las profesoras a un margen (menos yo, que tengo que ser siempre la prota de todos los saraos; es que yo iba para actriz, pero como no daba el físico me metí maestra).
Unos han hecho de gamberros que ensucian la calle y la policía que les persigue. Otros, el choque cultural entre unos grafiteros y unos abuelos saliendo de misa que se enfrentan a ellos hasta que se dan cuenta de que el grafiti era una preciosa pintada sobre la naturaleza. Por supuesto, no han faltado los estereotipos, como los jugadores de hockey -todos chicos- y sus animadoras -todas chicas-, o el desfile de modelos en el que, al menos, las que mejor lo hacían eran las feas (porque me lo han dicho ellas, que yo no las he distinguido). Después de la banda de roqueros de la que no he visto nada, hemos ido nosotros. Y hemos sido los mejores, por supuesto.
Un grupo de varios matrimonios se reúne en una taberna del Gasteiz del siglo doce. El monje, borracho perdido, bendice a todos (ego te absolvo in nomine pater, et fili, et... cétera), los borrachos piden más vino y los hombres coquetean y alardean de su bravura con las camareras, que pasan de ellos por ridículos y prefieren atender a sus mujeres, que les miran de lejos y discuten sobre cuál de ellos es más tonto. Una banda de ladrones y ladronas ataca la taberna y roba el dinero de todos. Intentan secuestrar a las mujeres, pero ellas se defienden estilo Mátrix y terminan llevándose a los hombres, que lloran como niños pequeños. Las mujeres, acompañadas por las camareras, van a recuperar su dinero y, de paso y de mala gana, a rescatar a sus maridos (los borrachos y el monje se ofrecen a ir, pero después de acabarse la última jarra de cerveza). Al volver a la taberna, los hombres se dedican a limpiar y las mujeres a beber y celebrar su hazaña. El monje... El monje grita un amén coreado por todos y cae rendido al suelo.
Jamás habría podido hacer algo así en Estados Unidos, es demasiado políticamente incorrecta. ¿Fomentar el alcoholismo? ¿Meterse con la religión? ¿Violencia? No, no, no... Baile casto y puro, con una canción que no diga tacos y sin mover mucho el culo, gracias. Todos los padres que han ido a ver la obra han dicho lo estupenda y fantástica que ha sido y lo mucho que se han reído. Y entonces me he dado cuenta de que es imposible que gane Rajoy, y que, aunque ganara, no podría cambiar todo lo que algunos estamos avanzando, mal que les pese a otros.

(El año que viene voy a vestirlos a la mitad de la clase de Rajoy, Zaplana, Esperanza Aguirre y Acebes; la otra mitad será del PSOE y les dará pal pelo. Me da a mí que esa obra no iba a gustar tanto...)

2. Castilla, islote linguistico

La portada de mi libro "Lengua española para filología inglesa" dirá lo que quiera, pero yo creo que hay capítulos escritos por el mismísimo Rajoy. Para muestra, un botón.

En la libertad nació la lengua, era el lema de la celebración del milenario de la lengua española, y es que el castellano era y es una koiné, una lengua de todos y de nadie cuyo empleo no implicaba ni implica adscripción nacional alguna ni antes ni ahora; ni en España ni más tarde en el continente americano donde los hablantes son conscientes de su mestizaje y de que comparten una lengua común, nunca impuesta por los colonizadores.

Y al lado, cual glosa emilianense, mi nota: ja, ja, ja...

La culpa es del euribor

La subida del euribor está cambiando el estilo de vida de muchas personas. Yo empecé a cambiarla con cosas pequeñas; primero fueron las bombillas de bajo consumo, aunque eso fue más por el calentamiento global que por la factura de la luz (antes, claro; ahora me arrimo a la bombilla de la lámpara de la sala para leer, que es la que menos consume, y veo la tele a oscuras); luego empecé a reducir el consumo de calefacción (chándal de felpa y mantita por los hombros, y duchas rápidas con el radiador al mínimo, que no hay que derrochar); y, por último, he tenido que sacrificar ancho de banda. He reducido la velocidad de Internet.
No es que me ahorre mucho, apenas son diez euros al mes (los muy capullos lo han hecho de forma que no puedas renunciar al teléfono sin renunciar a la tele, y yo sin House no sé vivir), pero me animo pensando que son ciento veinte euros al año que puedo gastar en un curso de macramé o material de dibujo, aunque seguramente terminarán yendo a la hipoteca, si sigue subiendo a este ritmo. Llamé a la compañía la semana pasada. "En 72 horas, desconecte el router y vuélvalo a encender". Por supuesto, no me acordé hasta ayer.
Estaba yo leyendo "Los cuentos de Canterbury" en inglés moderno en una página de Internet cuando me acordé. Sábado por la noche y se me ocurre desconectar el bicho. Por supuesto, cuando fui a ponerlo otra vez, no funcionaba. Reinicio el ordenador, le doy mil vueltas al airport, pongo velas alrededor del portátil... Nada, no tira. La única solución es llamar al teléfono de averías de la compañía telefónica, pero si no me cogen el teléfono un miércoles por la tarde, dudo yo que me lo vayan a coger un sábado por la noche. Para mi sorpresa, en veinte segundos -sí, segundos, no minutos- tenía un operador en línea.
-A ver, dígame por favor qué tipo de router tiene.
El ordenador y yo estamos en la sala, el router en el despacho. Voy corriendo a la otra habitación y se lo digo.
-¿Tiene usted el ordenador encendido? Apáguelo, por favor.
Carrerita por el breve pasillo hasta la sala. El gato, encantado con el nuevo juego, corriendo detrás de mí.
-Ahora desconecte los cables del router en el orden que yo le voy indicando.
Nueva carrerita, porque el tío habla a velocidad de relámpago. Desconecto todo lo que me dice.
-Y ahora encienda de nuevo el equipo.
Otra vez para la sala. Y, según salgo del despacho como alma que lleva el diablo, el gato se me cuela entre los pies y ¡¡¡PATAPÚÚÚÚÚM!!! El teléfono sale volando, yo me encuentro con los dos pies fuera del contacto con el suelo a la vez y termino en el ídem cuan larga soy, rozando mientras caigo la pared de gotelé del pasillo con toda la parte izquierda de mi cuerpo. Increíblemente, de mi boca no sale ni un "ay", el teléfono no se ha roto y el operador no se ha enterado de nada.
-... y cuando tenga usted el ordenador encendido, vuelva a conectar...
-Un momento, por favor -logro articular, mientras me pongo de pie y arrastro mi rodilla herida y veo brotar la sangre de mi codo izquierdo a través de la chaqueta del chándal. El gato, todos los pelos del cuerpo en alto y la cola tres veces más ancha de lo normal, me mira con las uñas fuera. Enciendo el ordenador -portátil, os recuerdo-, lo cojo como puedo y lo llevo al despacho. Lo que tenía que haber hecho desde el principio, ya.
Dos minutos más tarde tengo Internet. Es colgar al tío de Euskaltel y ponerme a soltar redioses y "sauroncomotepillemevoyahacerunpardecalcetinescontupellejo". Busco al gato y lo encuentro en una esquina del pasillo, acojonado pero ileso, tembloroso y cagadito de miedo. Y entonces me doy cuenta de que, si no llega a tener sus reflejos felinos y me llego a caer encima de él, hoy no tendría gato. Y el brazo me duele un poco menos.
Mecagüen el banco central europeo.

Milagros, en Lourdes


Magisterio es una carrera demasiado fácil. Cualquiera con un nivel medio de lectura puede aprobarla, sin ir a clase y sin esforzarse en absoluto. Da igual que te guste la enseñanza, que se te den bien los niños, que sepas lo que estás haciendo: si eres capaz de estudiarte veinte páginas por asignatura, eres capaz de sacarte la carrera. Al menos, así era en mi tiempo. ¿Ingeniería? Para listos. ¿Magisterio? Para tontos. Cualquiera puede enseñar.
Por supuesto, luego una llega al aula con amplios conocimientos de las matemáticas de primaria, pero sin saber enseñarlas. Cuando yo era niña, con un maniquí que dijera "abrid el libro por la página 35, leed y haced los ejercicios", probablemente bastaba (por suerte, a mí no me tocó ninguno de esos, yo fui a una ikastola ilegal donde los profes que estaban allí lo estaban por convencimiento), pero hoy en día no vale. ¿Qué se hace con el inmigrante que no habla el idioma de la clase? ¿Qué se hace con los hijos de las familias desestructuradas que no se pueden concentrar en clase porque no saben en casa de quién van a dormir esa noche? ¿Qué se hace con un niño violento que ha atacado a cuatro profesoras y sólo tiene visos de ir a peor?
A los maestros y maestras de hoy en día (debería decir sólo maestras, que somos mayoría aplastante) nos faltan estrategias para lidiar con los cambios sociológicos que se están dando a nuestro alrededor. No sabemos educar a la nueva remesa de alumnos que nos llegan, no sabemos enfrentarnos a sus problemas. De poco me sirve a mí saberme el currículum, o qué es un contenido procedimental o un actitudinal, si no puedo mantener la atención de mis alumnos o si todo lo que digo les importa un pimiento. Ya no vale aquello de "como te portes mal, voy a llamar a tus padres", porque para padres que no ven a sus hijos/as más que un par de horas al día (con suerte), sus hijos son unos santos. O, en el mejor de los casos, quieren ayudarte pero no tienen ni tiempo ni medios. También les faltan estrategias. Y quieren que las maestras les digan qué hacer con sus hijos. Soy buena, oiga, pero no tanto.
Si yo mandara, cuántas cosas cambiaría (si yo tuviera una escoba...). Obligaría a todos los profesores a hacer cursos de reciclaje, a ponerse al día en nuevas tecnologías, a asistir a seminarios de todo tipo y color (aquí se ofertan cursos muy buenos, completamente gratuitos, que no suelen salir por falta de interés de los participantes). Educación afectivo-sexual, culturas extranjeras, mediación ante conflictos, psicología... Alargaría la carrera de magisterio y la convertiría en la gemela de la carrera de medicina, con años de prácticas (pagadas, claro) con un mentor (profesora con cierto prestigio, escogida por la administración) que te vaya guiando los primeros años. Obligaría a la jubilación anticipada con reducción de sueldo a todo carcamal que no quisiera reciclarse. Incentivaría a aquellos que se formaran por su cuenta. Si yo mandara... ¡Ay, si yo mandara!

(Y, por supuesto, también daría tirones de orejas a aquellos padres y madres que dejaran bajo la responsabilidad de la maestra el formar a sus hijos/as como ciudadanos/as. Collejas a aquellos que no vinieran a las reuniones de padres, que no alimentaran a sus hijos/as como es debido, que maltrataran, que hicieran de los chavales el centro de sus iras. Y a la administración que permite que un chaval esté en un ambiente envenenado a pesar de los ruegos del centro de que se saque a ese crío de su casa, que tiene que escuchar que un alumno ha sido llevado al hospital con un ataque de nervios para abrir una investigación a pesar de todas las peticiones del centro, que espera a que haya una agresión física para mandar a una ayudante...)

Saber escuchar

Estábamos leyendo un texto en lengua sobre cómo enriquecer un debate. Una niña se echa a reír y me dice:
-Ruth, cada vez que veo lo de enriquecer, me acuerdo del anuncio del Avecrém.
Y otro le salta:
-Pues yo, de mi primo Enrique.
Yo, que siempre pienso en voz alta, comento que quién sabe, quizás alguna vez los dos vocablos tuvieron algo que ver, que igual están etimológicamente unidos (pero sin usar semejante palabro, que si no los pierdo). Y A., que se sienta atrás y que tiene las salidas más cachondas del mundo, nos mira con cara de incredulidad y suelta:
-¿Cómo? ¿Que Enrique viene de Avecrém?

De buenos y malos profesores


Es curioso cómo una persona en la que no has pensado desde hace años te aborda de pronto y parece que todo a tu alrededor te recuerda a ella: la ves en un lugar inesperado, sale en una conversación sin venir a cuento, recuerdas alguna anécdota relacionada con ella...
Hablando hoy con mi hermano sobre profesores del instituto, los dos nos hemos acordado de Yolanda. Yolanda fue mi profesora de literatura en tercero de BUP. Era una mujer apasionada por su asignatura y con unos enormes conocimientos sobre ella, pero tenía el pequeño gran defecto de creer que ella era la única capaz de comprender la grandeza de la literatura que enseñaba. Sus clases, para alguien que adorara la asignatura, eran amenas; sabía mucho y sabía expresar su sabiduría, buscaba siempre los mejores ejemplos, te hacía disfrutar de un texto. Pero no lo hacía así porque fuera la mejor manera de que nosotros aprendiéramos, sino porque ella era así, teníamos la suerte de que se explicaba así. A nosotros, sus alumnos de letras que habíamos elegido estar allí porque nos gustaba la literatura y no porque no nos quedara otro remedio, nos dedicaba perlas como "aunque no sé para qué os cuento esto, porque no creo que estéis entendiendo una sola palabra", o "y luego en el examen me lo ponéis todo al revés, porque nunca escucháis", o "a vosotros no os importa, ya lo sé: si no tiene que ver con kalimotxo o el fin de semana, os da igual".
Pero no nos daba igual, o al menos a mí no. Yo absorbía todo lo que aquella mujer nos decía -hablando para el cuello de su camisa y muy rápido, como queriendo soltar lo que tenía que contar lo más rápido posible para salir de allí cuanto antes-, apuntaba hasta la última coma, quería saber tanto como sabía ella. Le escribía trabajos con los que me pasaba horas, quería que me dijera "muy bien", "lo vas pillando", "me alegra ver que alguien aprovecha lo que digo", o que simplemente no me llamara idiota a la cara. Todo fue en vano. Una vez le escribí una redacción de tres folios, tres, a mano y letra diminuta. No me puso nota (ni a mí ni a nadie) y la única marca de boli rojo que encontré como prueba de que lo había leído fue una "b". Sobre la palabra "oveja". Se me cayó un ídolo. Y no tuve huevos para ir a decirle que se había equivocado.
En la tercera evaluación, nos dio a elegir entre una selección de libros para que le hiciéramos un trabajo. No recuerdo cuáles eran (Fortunata y Jacinta y algún otro), pero recuerdo que La Regenta era, con mucho, el más largo. "Por supuesto, ya sé que nadie va a elegir La Regenta, aparte de una o dos personas (miradita al grupo que siempre contestaba bien a sus preguntas -yo no lo hacía porque me daba pavor equivocarme-); sois hijos del mínimo esfuerzo". Yo escogí La Regenta, claro, aún quería un "bien hecho, Ruth" que nunca llegó. Le hice un trabajo de sobresaliente. Me leí el libro dos veces. Pasé horas asegurándome que hasta la última coma estaba en su sitio. Ella corrigió los trabajos. "Algunos me habéis hecho una presentación de universidad (los cuatro que tenían ordenador, que eran también los que siempre contestaban bien) y otros habéis copiado la sinópsis de la cubierta del libro. Os debéis creer que soy tonta". Me dio mi trabajo. Me había puesto un bien, y en la sinópsis una gran nota en rojo: Copiado letra por letra de la contraportada.
Aunque ahora considero un priropo que creyera que lo había copiado, cuando salí de clase, lloré. Y no tuve narices de decirle que lo había escrito yo.
El otro día, en el sarao en el que le dieron el premio a mi hermano, estaba ella. A su hija (hija que tuvo cuando era mi profesora, se cogió la baja un viernes y dio a luz el sábado; hija a la que le di extraescolares mientras estudiaba magisterio, cosas tiene la vida) le habían dado un premio en la categoría de los pubertillos, como no podía ser de otra manera con semejante madre. Yolanda estaba a dos asientos de mi hermano, justo detrás de mí. Ni me planteé el darme la vuelta, sabía que no me iba a conocer. A Yolanda le encantaba la literatura, pero nosotros, no. Nosotros éramos, sin duda, lo peor de su trabajo.
Una pena. Podía haber recordado a Yolanda como la mejor profesora de literatura que he tenido, pero la recuerdo como lo que pudo ser y no fue. El título al mejor profe se lo llevó el del año siguiente, que sabía tanto como Yolanda y transmitía incluso mejor, pero que además sabía mi nombre, me paró en mitad de la calle para felicitarme por un premio que me habían dado y me puso el notable que merecía mi esfuerzo.
Una pena, ya digo. Con todo, al que me pregunta le digo que Yolanda era buena profesora. Si te gustaba la literatura, claro.

El saber no ocupa lugar...

...Y te vacía la cartera, añadiría yo.
Tengo un vicio, adquirido hace no muchos años y muy difícil de dejar: me gusta estudiar. Por supuesto, no me gustaba cuando tenía que estudiar, me gusta ahora que nadie me obliga y puedo elegir una carrera por su contenido, no por su futuro laboral. Y, aprovechando que tengo una profesión que me ofrece bastante tiempo libre y que no tengo cargas familiares, me he dado al vicio: llevo un año preparando una titulación de traducción, he empezado filología inglesa y voy a clases de dibujo. Una pasta, vamos.
Como por pedir que no quede, y aprovechando que mi última declaración de la renta era del año que volví y sólo trabajé desde septiembre, solicité una beca que el bueno del MEC me ha denegado. Sus motivos: ya tengo una titulación que me habilita para trabajar. Vale, en mi caso es cierto y si hay que pagar se paga (¡cómo duele, madre!, ¡qué morados son los billetes de quinientos!), pero pongámonos en lo peor.
Pongámonos en el caso de alguien que, por las circunstancias que fueran, en su día hizo un FP y ahora quiere tener un título universitario, ya sea porque no encuentra trabajo de lo suyo o porque, como a mí, le ha entrado el gusto por el estudio a destiempo. En teoría, tiene una titulación (la carta del MEC no especifica que tenga que ser universitaria) que le habilita para trabajar. O sea, que si está en paro o es mileurista no puede estudiar porque no le llega. Hala, condenado a ser un nesciente por, fíjate tú, tener un título que le habilita para trabajar. Mejor se hubiera marchado antes de terminar el instituto.
O alguien que hizo una carrera universitaria y que no encuentra un trabajo acorde con su titulación. Está en paro -o peor, trabajando en Boccatta o en Zara, anda que no hay licenciados en Historia y Filosofía por allí- y quiere ir a la uni para buscarse un futuro mejor. Pues no, chato, que ya tienes título. Una única oportunidad, ya puedes apuntar bien que como falles, la has cagado.
No sé a vosotr@s, a mí muy normal no me parece. Supongo que la única opción de esta gente es apuntarse a la UPV, que aquí sí que dan becas a los que quieran hacer una carrera de grado superior. Yo, tonta de mí, opté por la UNED (que debe ser lo único que queda en territorio MEC) porque no podía ir a clase y no quería sólo un título, quería aprender.
Pero está visto que tenía que haber optado por la UPV y copiado los trabajos de Internet...

Irribarrea

Umeentzat.

Zuen irribarrea marraztea ezinezkoa egiten zait.
Arkatzarekin saiatu naiz eta kolorea falta zaio;
margoekin, gezurrezkoa dirudi.
Zuen irribarrea marraztea
eguzkiaren argia marrazten saiatzea bezain
ezinezkoa da;
maitasuna hitzekin adieraztea bezain zentzugabekoa,
lagunak diruarekin erostea bezain ergel.
Zuen irribarrea ikusteko,
hoberena,
zuen aurpegietan dagoena
nire begietan gordetzea da.



Como diría Gloria Fuertes: Es "pa" los niños.

Dibujar vuestra sonrisa se me hace imposible.
Lo he intentado con el lápiz y le falta color;
con pinturas, y parece de mentira.
Dibujar vuestra sonrisa es tan imposible
como tratar de plasmar sobre el papel
la luz del sol;
tan inútil como tratar de expresar el amor con palabras,
tan estúpido como comprar nuevos amigos.
Para ver vuestra sonrisa,
lo mejor
es guardar la de vuestra cara
con mis ojos.


(Espero me disculpéis la ñoñería y la paupérrima calidad. Me ha atacado y ha pedido ser escrita. Por cierto, la segunda no es traducción exacta, sino más bien una versión; no creo que se pueda traducir la poesía.)

El angel


Iker Jiménez contó hace un par de meses a todos los oyentes de su programa radiofónico la leyenda del Ángel de la Muerte, una figura de mármol situada en mitad del cementerio de Santa Isabel de Vitoria. Según esta leyenda (que me juego media pela a que se la inventó él, porque yo nunca la había oído antes y soy de Vitoria de toda la vida), si al pasar junto al ángel ves que éste baja el brazo y te señala, debes saber que sólo te queda una semana de vida. Lo primero que pensé yo es que una semana era mucho tiempo; personalmente, si una figura de mármol moviera su brazo de mármol para señalarme con su dedo de mármol, caería redonda allí mismo, pero parece ser que yo no sé mucho de leyendas. Aprovechando que hoy había salido un día hermoso que se ha ido fastidiando según se echaba la tarde encima, que me he levantado con ánimo morboso y que no tengo cosa mejor que hacer un domingo por la tarde, me he adentrado en el cementerio a ver si debo empezar a preparar mi funeral. Como veis en la foto, el brazo está bien alto: no moriré en una semana. Puede que caiga fulminada esta misma tarde, o dentro de tres días, o el mes que viene, pero el domingo que viene, no.



Tuve que pasar una semana en Nueva Orleans para apreciar de verdad un cementerio. Allí los tienen (o tenían, antes del Katrina) como una de sus grandes atracciones turísticas, porque las tumbas están por encima del suelo en lugar de por debajo. En todas las guías que leí antes del viaje decían que era por las inundaciones que suelen asolar la ciudad, una manera de evitar que los cadáveres salieran flotando cada vez que caía una tormenta. Pero, como bien explicó el guía del tour -sí, tomé un tour de cementerio, y uno de vudú, y de tantas cosas...-, las tumbas por encima del suelo no son otra cosa que panteones y vienen, por supuesto, por la herencia española que pocas más cosas dejó por esa zona. A partir de entonces, me gusta pasear por los cementerios, siempre de día, por supuesto, y no porque tenga miedo a los muertos: tengo miedo de los vivos que se esconden entre las tumbas para hacer lo que quiera que haga la gente a escondidas de noche. Me gusta leer las inscripciones, fijarme en los panteones que no han sido usados en cien años, en los sólo llevan un nombre, en los que aún tienen flores frescas sobre la tumba. Recreo historias, imagino sus vidas, me fijo en las fechas y me maravillo de que sus cuerpos sigan allí, de alguna manera. Me gusta. Me relaja. Me produce sentimientos muy dispares, pero nunca miedo.



Y me maravilla el darme cuenta de que hasta en la muerte somos distintos. Al lado de panteones cayéndose a pedazos, grandes mausoleos o tumbas de mármol donde podría vivir cómodamente una familia de cinco miembros. Enormes ramos de flores que los muertos no olerán y los vivos sólo disfrutarán lo que dure el entierro, dejados a secar y a pudrirse, cientos de euros tirados por unos minutos. ¿Para qué tanta parafernalia? ¿Para qué semejantes obras de arte que nadie aprecia? ¿Ya va siquiera la familia a "verles"? Mientras paseaba, he intentado encontrar el panteón de mi familia, hazaña similar a buscar una aguja en un pajar, y por supuesto no lo he hecho. El estado de muchas tumbas, decrepitas y llenas de musgo, hablaban de pocas visitas a lo largo de los años. ¿Quién se va a molestar? ¿Para qué?
He salido del cementerio con la cámara llena de fotos y la mente tranquila. En cuanto he llegado a casa, he achuchado al gato y me he puesto a escribir. Creo que voy a hacer de la visita al cementerio una rutina.

Cosas de familia



Pues sí, parece que esto de escribir lo llevamos en la sangre. Ayer mi hermano Jon (digo el nombre como si tuviera más y tuviera que aclarar quién ha sido, je, je) recibió el tercer premio de la categoría de 26 a 34 años en el XIV certamen de relatos cortos "Gauekoak", organizado en parte por el ayunatamiento de Vitoria-Gasteiz, con su relato "Dos sacarinas y un café" (creo; veréis cómo meto la pata). Ya de por sí tiene mérito conseguir un premio en un concurso, pero tiene más todavía saber que él competía con gente mucho mayor que él (tiene 26) y que mandó el primer borrador del cuento, que fue "lo primero que se le pasó por la cabeza".

Por supuesto, ahí estuve yo, sacando fotos de calidad pésima porque el flash no llegaba tan lejos y aguantando a las dos insoportables presentadoras que se debían creer muy graciosas pero tenían la gracia en el culo. El acto, sin desmerecer a los nueve premiados en castellano y otros nueve en euskera, fue malo con avaricia: un caricaturista iba haciendo eso, caricaturas de los presentadores y los ganadores, mientras un DJ ponía una música estruéndosa que más pegaba en una discoteca que en un acto literario. Tuvimos que aguantar un cuarto de hora de ruido, aún no sé muy bien por qué, antes de que empezaran a dar los premios (no, no era para ganar tiempo, sino parte del espectáculo); sólo al ganador de una categoría le entregó el premio un miembro del ayuntamiento, cosa injusta porque tenían que haberlo hecho igual para todos; y dividieron la entrega entre euskera y castellano, haciendo otro parón musical entre medio, con lo que no se quedó ni Rita (bueno, sí, los familiares de los premiados) a ver a los de euskera. Suspenso para la organización, y bajo además.
Pero mi hermano muy majo. Le hicieron leer un trozo de la historia y, según los amigos que me acompañaron al acto, fue el que mejor lo hizo (yo es que tenía orgullo de hermana y no soy objetiva), a pesar de los nervios. Por supuesto, fue el más guapo, el más salao y el más estupendo de la muerte de todos.
Tuvo suerte de que yo no me presentara... ;-)

Lectura y comprension

Vaya una profa que estoy hecha, que me ha costado tres meses darme cuenta de que en los libros de lengua y de euskera de mi curso no hay casi lecturas, mucho menos comprensión. En el de euskera lo entiendo, porque es tal la carga de gramática y léxico que tiene que, si encima tuviéramos que hacer algún tipo de análisis literario, íbamos a tener que ampliar el horario escolar (o quitar aún más horas de gimnasia, y que se jodan los gordos). Pero en el de lengua... Los chavales se desesperan de hacer los mismos ejercicios una y otra vez, todos los años lo mismo. Que si la desinencia y la raíz, el gerundio y el indicativo, los puñeteros pronombres y dónde se pone la hache de marras (¿para qué darles normas, si a pesar de hacer los ejercicios perfectamente me escriben "él izo que el ascensor vajara"?). Terminan los ejercicios mecánicamente, sacan sobresaliente en todos los controles -llevan haciendo los mismos ejercicios, LOS MISMOS, desde cuarto-, pero no leen, no tienen vocabulario, no pillan el doble sentido de las frases. El primer trimestre leímos "La vuelta al mundo en 80 días" (¿no habrá algo más adecuado, más cercano, para niños de once y doce años? ¿Qué fue de Tom Sawyer, por ejemplo?) y me asusté de las preguntas que me hacían. Pero claro, si en clase no trabajamos la comprensión lectora, ¿qué puedo esperar? Porque una lectura de una página al principio de cada tema con ejercicios orales de comprensión o resúmenes-esquema no me parece trabajar la comprensión. Y encima siempre son textos de escritores de cuentos infantiles, que digo yo que ya están maduritos para leer textos adultos sencillos (creo que nosotros leíamos extractos de "El Camino" a esta edad).
Así que me he puesto a buscar algo que poder darles para que se lleven a la boca y he encontrado un breve texto de "El diario de Ana Frank" (en un libro de sexto de otros años, casualmente. No, si al final me voy a tener que callar y admitir que los niños de antes sabían más...). No lo hemos leído todavía, pero les he dicho a los críos que busquen información sobre ella. El resultado, como siempre, impresionante: a medio día han salido todos comentando la información que habían encontrado de ella, pasando de mí olímpicamente y discutiendo si había muerto aquí o allí o tenía estos u otros años. Tentadísima he estado de plantear al resto del ciclo cogerlo como libro de lectura, pero enseguida me he cortado: probablemente sea fácil de entender en lo que se refiere a estilo y léxico, pero no creo que niños de esta edad logren comprender lo que vivió. Y, para qué engañarnos, no quiero que lo entiendan. Todavía no.
Mañana leemos un par de páginas, a ver qué sale. La última vez que mencioné un libro que merecía la pena leer, varios se lo pidieron al Olentzero (Tom Sawyer y Cuento de Navidad). Por desgracia, todos me dijeron que no entendían una sola palabra, así que les he dicho que los guarden bien guardados y no los toquen hasta que tengan capacidad de leerlos, no vaya a ser que les cojan manía por querer pasarse de listos...

5 de enero

El rey no es el único que cumple años hoy.
Cuando mi hermano era pequeño, lo de celebrar su cumpleaños viendo la cabalgata de reyes era un subidón. Veíamos pasar las carrozas, él en hombros de mi padre y yo de puntillas en el suelo (aunque no me sirviera para nada y sólo viera las coronas de las carrozas más altas), y se pasaba todo el desfile gritando "¡¡¡GASPAAAAAAR!!! ¡¡¡HOY ES MI CUMPLEAÑOOOOOOOOOOOOOS!!! ¡¡¡MELCHOOOOOOOR!!! ¡¡¡HOY ES MI CUMPLEAÑOOOOOOOOS!!! Sus majestades de Oriente rara vez se daban cuenta de otro niño gritando, pero las chavalitas que iban tirando caramelos solían gritar un "felicidades" y lanzar un puñado cerca que, por supuesto, yo era la encargada de recoger por estar abajo (y que luego me quedaba yo, faltaría más, que para algo era la mayor y me estaba perdiendo la cabalgata).
Lo de compartir cumpleaños con "Juancar" también le hacía mucha ilusión de pequeño. Una vez le escribió una carta (creo que era tan pequeño que yo le dictaba las letras que tenía que ir escribiendo, pero la escribió él, de su puño y letra) que nunca supimos si llegó o no porque no contestó. Cuando llegó a la ikastola el día 7, le dijo a la andereño que le había escrito una carta al rey. "¿A cuál, a Melchor, Gaspar o Baltasar?" Mi hermano le miró muy serio, con cara de "esta tía me está tomando el pelo", y le contestó: Al de España, por supuesto.
Huelga decir que ahora mi hermano es republicano. Y ateo.
Zorionak, Jontxu. Y que cumplas muchos más.

Shakespeare

Soy una pedante, no hay otra explicación. En vez de estar escribiendo sobre la moña de Nochevieja (no hubo tal, por primera vez en muchos años no me pasé el día de Año Nuevo pegada al baño), hago un post sobre Shakespeare. Necesito una vida. Urgentemente. Ya.
Acabo de descubrir a Shakespeare, cosa que no dice mucho de mí porque debería haberlo descubierto hace mucho, pero supongo que más vale tarde que nunca. No es que sea un completo desconocido para mí, claro; como todo el mundo, he leído las traducciones de sus obras de teatro, he visto adaptaciones suyas, he oído hablar de él. Pero nunca le había estudiado, nunca había mirado por debajo de su faldón y descubierto a Shakespeare el hombre, sus motivaciones -o lo que los estudiosos creen que eran sus motivaciones, porque apenas se sabe nada de su vida- y, sobre todo, sus sonetos. Me encanta que desafiara las costumbres de la época, que dedicara la gran mayoría de su obra poética a un hombre -no sabía yo que Shakespeare pudiera haber sido gay- y el resto a una mujer, no rubia y virginal como las que se llevaban entonces, sino morena y tan sexual y peligrosa que corrompe al hombre de sus sueños. Me gusta porque se ríe de sí mismo, porque cambió la historia de la literatura inglesa usando el soneto inglés que otros habían inventado pero que él hizo suyo; me gusta porque es sincero y llama a las cosas por su nombre, porque se deja de amores platónicos y habla de sexo y pasiones tan libremente como cualquiera hubiera podido en el siglo dieciséis. Me gusta, supongo, porque ya tengo edad y conocimientos suficientes para entenderle. Y me emociona que me guste.
Os dejo un par de sonetos que me han encantado. En el primero tenéis recitación incluída (cuando he visto mis dos pasiones unidas en una, casi me da un jamacuco). No los traduzco, lo siento, mis habilidades como traductora ofenderían a cualquier purista; creo que son suficientemente fáciles de entender para cualquiera con un inglés un poco decente.
Feliz año. Y perdón por la pedantería.

130

My mistress' eyes are nothing like the sun;
Coral is far more red than her lips' red;
If snow be white, why then her breasts are dun;
If hairs be wires, black wires grow on her head.
I have seen roses damasked, red and white,
But no such roses see I in her cheeks;
And in some perfumes is there more delight
Than in the breath that from my mistress reeks.
I love to hear her speak, yet well I know
That music hath a far more pleasing sound;
I grant I never saw a goddess go;
My mistress, when she walks, treads on the ground.
And yet, by heaven, I think my love as rare
As any she belied with false compare.





144

Two loves I have of comfort and despair,
Which like two spirits do suggest me still:
The better angel is a man of right fair,
The worse spirit a woman colored ill.
To win me soon to hell, my female evil
Tempteth my better angel from my side,
And would corrupt my saint to be a devil,
Wooing his purity with her foul pride.
And whether that my angel be turn fiend
Suspect I may, yet no directly tell;
But being both from me, both to each friend,
I guess one angel in another's hell.
Yet this shall I ne'er know, but live in doubt,
Till my bad angel fire my good one out.

Primos

Íbamos camino al restaurante, dos primos que no se habían visto en quince años charlando como viejos amigos; detrás venía el resto de la familia, algunos completos desconocidos para mí a los que había tenido que preguntar el nombre al verles. Nosotros dos nos habíamos reconocido de inmediato, quizás por ser crercanos en edad, quizás porque ninguno de los dos había cambiado tanto. Hablábamos, y dentro de mí se fue formando una extraña sensación que empezaba a pesar como una losa.
-Qué triste, no tengo recuerdos de cuando éramos pequeños -dije al fin, animada por la frescura de mi primo-. Recuerdo momentos, frases sueltas y alguna imagen, como si fuera una foto, pero no me acuerdo de ninguna anécdota.
-Ah, ¿no? Yo me acuerdo mucho de ti. Me acuerdo un día que estuvimos hablando del año dos mil. Imaginábamos que iba a haber naves voladoras, viajes al espacio, tele transporte... Y luego empezamos a hacer cuentas de los años que tendríamos entonces (bueno, las hiciste tú, porque yo no sabía ni sumar ni restar), y flipamos porque tú ibas a tener veinticinco y yo veintidós. Íbamos a ser viejos, decíamos.
Alguno de los que venía detrás nos llamó para decirnos algo y se cortó la conversación, y me alegro, porque aquel pequeño lapso permitió que la losa de dentro de mí se convirtiera en un calorcito agradable, y sonreí como una tonta sin poder creerme que alguien se hubiera acordado de algo así durante tantos años...

Feliz año a todos.

Errar es humano

Hoy he salido a dar una vuelta por la mañana y, como siempre, he acabado entrando en una librería -mejor dicho, dos- porque los libros siempre me sientan bien y no hay que probárselos ni buscar zapatos a juego después. No iba a comprar nada, mi balda de libros por leer se llena cada vez más y todavía no he empezado con las lecturas de filología inglesa, pero me gusta pasearme entre libros. Ambas librerías estaban a rebosar, algo que jamás había visto en Vitoria. En seguida me he dado cuenta del motivo: "Un mundo sin fin". Primer día del lanzamiento en castellano.
La gente se llevaba la novela a pares, las dependientas no podían sacar los libros de la caja lo suficientemente rápido. Algunos miraban la página de atrás, la que lleva el reconocimiento a Vitoria; otros hojeaban el libro, buscando, sin duda, alguna referencia a la catedral. Hasta en el Telenorte han salido imágenes de librerías a rebosar. Más ejemplares que de Harry Potter se han puesto a la venta, oiga usted.
Y yo me he tenido que morder la lengua, darme la vuelta y salir, porque lo único que quería hacer era gritar: ¡No lo hagáis! ¡No mancilléis el recuerdo que tenéis de "Los pilares de la tierra" con un bodrio de 1.200 páginas en el que NO PASA NADA! ¡No os compréis un libro en el que la tan traída y llevada catedral ocupa apenas cinco hojas (siendo generosa)! ¡No! ¡Dejadlo! ¡Os lo dice una fan que ha creído en el libro hasta la última página y a punto ha estado de aplastar al gato al tirarlo con rabia contra la pared!
Pero no he dicho nada, por supuesto, porque, quieras que no, es propaganda para la ciudad y seguro que a muchos de ellos termina gustándoles; no deja de ser una réplica casi exacta del primero (o sea, un desperdicio de papel, como decía Luis) y a la gente le gusta lo conocido. Pero reconozco que me equivoqué. Y como equivocarse es humano y reconocerlo, divino, pues voy de divina por la vida y lo digo bien alto:
La última novela de Ken Follet es un coñazo. Y cualquier similitud con la catedral de Vitoria, pura coincidencia.

Respuesta a mi gran pregunta



Washington Irving (1783-1859) fue el primer escritor americano en vivir de sus escritos, y vivió bastante bien (aclaro que uso el término "americano" para referirme a las colonias inglesas en América; él nació justo el año en el que se acabó la Guerra de la Independencia, así que no tendría mucho mérito que fuera el primer autor estadounidense). Viajó por toda Europa y basó gran parte de sus historias en leyendas y tradiciones europeas, sobre todo alemanas y españolas. Su libros -colecciones de cuentos cortos, nunca escribió una novela- eran el equivalente actual a best sellers; llegó a convertirse en uno de los autores más populares de su época, aunque criticado, cómo no, por ser demasiado europeísta. Los literatos de su época tenían otra crítica: no era más que un escritor de historias populares deseoso de agradar a su audiencia con relatos extranjeros contados en un tono más que ligero. La respuesta de Irving fue tajante y comedida: "Si mis escritos valen algo, sobrevivirán a la crítica contemporánea; si no, no merece la pena perder el tiempo hablando de ellos".
Lo que me lleva a la conclusión de que es imposible juzgar las obras de hoy en día sin la distancia que dan el tiempo y los cambios de moda. Lo que hoy nos parece malo quizás sea recordado mañana como la obra que creó estilo, que comenzó un movimiento nuevo; de igual manera, las maravillas de hoy pueden ser consideradas plagios o aburridas monsergas más adelante. Así que me rindo: no voy a buscar definiciones y voy a disfrutar de la literatura porque sí, sin etiquetas.
Por cierto: ¿Quién no conoce "La leyenda de Sleepy Hollow"? ¿Habéis oído hablar de "Rip Van Winkle"? ¿"Los cuentos de La Alhambra"?
Sí, señor: Washington Irving.

Zorionak!



Por muy atea que sea, es lo que toca:

Feliz Navidad
Gabon Zoriontsuak
Bon Nadal
Merry Christmas
...

(Qué triste, no sé más. Ayudadme, anda, a ver si consigo una lista un poco más decente...)

A vueltas con la obsesion

Hasta hace un par de días, yo era feliz. Llevaba mi obsesión con dignidad, en secreto, como las hemorroides, sin molestar a nadie y sin que nadie se enterara de que dentro de este cuerpo de treinta y dos años habita una adolescente de quince que sonríe como una tonta y hasta se sonroja cuando el héroe de turno da un beso a la heroína que toca, no te digo ya si el héroe en cuestión es británico y la película está en versión original. Mi simplicidad fetichista era suficiente para sobrellevar mis días; con tener al bueno de Alan como fondo de escritorio me bastaba, y la mayoría de los días conseguía ponerlo en un segundo plano y seguir adelante con mi vida. Hasta diría que me había empachado un poco de él, después de verme todas sus películas en menos de dos meses (y creedme, Alan tiene muchas películas).

Pero no. Tenía que llegar Maritormes y poner esta pedazo de foto de Alan y decir que hay hombres en este universo real y tangible de todos los días (dios mío, hasta las rodillas me tiemblan) que se parecen a él. Y entonces me ha dado el cuarto de hora "pubertilla-acosadora" y, ante la imposibilidad de buscarle por cielo y tierra de manera física -y con su doble no me vale-, me he puesto a buscar toda la información que he podido de él en el mundo cibernético.
Lo primero que he buscado, como buena acosadora, ha sido su dirección, o por lo menos una foto de la fachada de su casa, pero los fans de hoy en día ya no son lo que eran y los muy sosos dicen que no ponen la dirección para proteger la privacidad de su actor favorito (¡ja! ¡Lo que pasa es que no la sabéis, o no queréis competencia haciendo guardia en la puerta!). Así que me he dedicado a buscar otro tipo de información, y como ya me sé su filmografía completa, su canción favorita, el día de su cumpleaños y hasta el número de zapatos que calza, he ido a por su vida amorosa. Porque, ¿alguien ha visto alguna vez a la mujer de Alan Rickman?

Pues hete aquí que Alan no está casado, pero lleva más de treinta años con esta mujer, Rima Horton, una MP (Member of Parliament) del Partido Laborista que, aunque semirretirada, aún está metida en política. Sus fans (los de ella, que también los tiene) dicen que no viven juntos porque ella no se puede marchar del área de Londres que representa (que nadie sufra por ella: vive en Chelsea), aunque yo me imagino que estará empadronada donde la ley le diga que tenga que estar y dormirá todas las noches al lado de este pedazo de hombre, como haría cualquier mujer. Es experta en macroeconomía y está muy metida en asuntos sociales, como buena política de izquierdas, y según todo el mundo lleva muy bien el hecho de que Alan sea un sex symbol y uno de los hombres más deseados de Inglaterra. Ni siquiera le importa que la paren por la calle para pedirle autógrafos de su "marido".
Y cuando la he visto, lo primero que he pensado ha sido: ¡OLE, OLE Y OLE, ALAN! No esperaba que un actor tan conocido y mundialmente famoso saliera con alguien tan... normal (físicamente, se entiende, la tía debe ser un cerebro andante), ni que tuviera una relación tan discreta, ni que llevara tantísimos años con la misma mujer. Me esperaba una rubia, quizás no despampanante pero sí más joven que él, alguien con cara inteligente pero que se dedicara a ser "mujer de" más que a hondear su propia personalidad. Y me he encontrado con Rima, y me ha hecho mucha ilusión, porque si antes Alan me caía bien, ahora me cae aún mejor.

Y, por supuesto, ole también a Rima, que no debe ser fácil ser la pareja de un actor, más cuando estás metida en política. Las pocas declaraciones de Alan sobre su relación que he podido encontrar me han parecido muy propias de él: tenemos una relación normal, con sus altos y sus bajos, como cualquier pareja; no fue amor a primera vista, nuestros comienzos no tuvieron nada de especial ni de película de cuento de hadas; Rima está cerca de ser una santa; lo que más me gusta de ella es su sentido del humor y que no se deja agobiar por los problemas, es la persona más positiva que conozco. Pero ella es ella y él es él, y hay que buscar un rato por Internet para encontrar una foto de los dos juntos porque ninguno de los dos vive bajo la sombra del otro (bueno, Rima un poco, más que nada porque le llega por el codo ;-)).
Y después de este intenso reportaje sobre la vida sentimental del conosido actor Alan Rickman, damos por terminado este programa de Corasón, Corasón. Un saludo y hasta el próximo domingo.
A ver cuánto me dura esta vez...

Propositos para estas vacaciones

Dos semanas, ¡dos!, de asueto me contemplan a partir de mañana (sí, Maripuchi, ya sé que a ti se te llevan los diablos, pero yo las necesito como agua de mayo; tengo la garganta como una zapatilla y hoy casi mato a una docenita o así de niños, ¡y eso que tengo una buena clase!), así que me estoy haciendo una lista poco menos que interminable de cosas que quiero hacer estos días.
La primera: actualizar los links a vuestros blogs. Puedo prometer y prometo que haré todo lo posible para que todos aquellos que sois pero no estáis, estéis. Siempre que me veo en vuestros links me acuerdo, pero, casualmente, siempre es cuando más justa de tiempo ando. A partir del segundo punto, cosas típicas: estudiar, escribir, llevar al gato al veterinario, hacer acopio de suero salino y pastillas antivómito para las resacas... Lo de todos los años, vamos.
(Espero que la próxima entrada sea más sustanciosa, estoy haciendo tiempo para no estudiar).

Ser escritora

He llegado a casa y, bajo la penumbra de las seis de la tarde en una habitación que da al este, he encontrado un elemento no identificado en el suelo de la cocina. Más por vagancia que por respeto al cambio climático, me he acercado sin encender la luz e, imaginando que sería alguno de los descubrimientos de Sauron (la de porquerías que encuentra el bicho por los recovecos de la casa, madre), me he agachado y le he pegado un soplido -al elemento, no al gato-. Lo que quiera que fuera se ha movido y yo, gilipollas de mí, he pegado un respingo de campeonato pensando que era una araña gigante o cualquier bicho de tamaño considerable, antes de darme cuenta de que se trataba simplemente de un pellejo de ajo rescatado de vaya usted a saber dónde por el minino.
Y entonces, como de la nada y en menos de dos segundos, se ha formado en mi mente una mini escena con una mujer que hacía exactamente lo mismo que yo, solo que ella se caía de culo y tiraba al caer de un mantel que hacía que toda la vajilla de porcelana de la abuela se fuera al suelo con ella. Y así, sin venir a cuento, me he encontrado con un personaje con cara, nombre y hasta medidas, y una escena que podría, perfectamente, ser el principio de una historia.
Y me ha dado por pensar que quizás, sólo quizás, sí que tenga mente de escritora, aunque se quede todo dentro de ella. Porque escritor es, por definición, alguien que escribe, y si no pongo esas escenas -decenas de ellas, a veces- que se me ocurren a diario sobre un papel, es como si no existieran, como si nunca las hubiera imaginado. Y entonces dejo de ser escritora y me convierto en pensadora.
Y qué queréis que os diga, lo de ser pensadora no mola tanto.

P.D: Por cierto, entrada número 100. Felicidades, blog.

Venganza

Me acerqué sin sigilo, porque sabía que no me prestaría la menor atención, que no huiría. Metí todo el ruido que quise sobre la hojarasca del parque, andando con el paso firme de quien tiene un propósito. Él levantó la cabeza y me miró un segundo antes de volver la vista hacia su perro, un chucho con el mismo gesto de desprecio por la vida ajena como su amo que olisqueaba la base de un árbol. No me reconoció. Sabía que no lo haría. En cuanto me dio la espalda, levanté el arma. Estaba lo bastante cerca para que mi pulso no me traicionara.
El primer disparo fue a la rodilla, para que cayera al suelo y no pudiera huir, para que se quedara postrado y supiera lo que era pedirle a Dios que acabara con el dolor. El chucho empezó a ladrar, se soltó de su amo y se abalanzó hacia mí; tuve que desperdiciar una bala en él para poder seguir con mi presa.
El segundo tiro se lo pegué en el costado. Me hubiera gustado dispararle al estómago, porque morir desangrado debe ser la manera más agonizante de morir, pero por su postura me fue imposible. Éste es para que sepas qué es dolor, como el que hemos sentido mi marido y yo, me dije, pero no en voz alta, porque no quería que oyera el odio en mi voz. Quería que fuera a sangre fría, que me creyera una justiciera en lugar de una madre vengativa. Qué tontería, lo sé, pero ya pocas ilusiones me quedaban.
El tercero fue en la mano, para que se sintiera inútil, para que de verdad viera lo que le estaba ocurriendo. Como mi nieto, su hijo, que iba a crecer sabiendo lo que le había pasado a su madre, sabiendo cómo él había llegado al mundo. Me coloqué a su lado y le propiné una patada para tumbarle sobre la espalda. El olor de sus heces me mareó. No le miré a los ojos porque sabía que él no había mirado a los ojos de mi hija. Oí un gorjeo extraño y me di cuenta de que de su boca salía sangre a borbotones. Bien, me dije. Te estás desangrando por dentro.
El cuarto dio con su entrepierna. Ahí empezaste a quitarle la vida, cabrón. Cuando la tomaste en plena calle, por la fuerza, con la navaja en el cuello, el peso de tu cuerpo sobre su cuerpecito de quince años, tus babas por todo su cuello. Le quitaste la vida, porque lo que le quedó después no fue más que un recuerdo de lo que tuvo y nunca pudo recuperar. El suicidio fue sólo un trámite para alguien que ya estaba muerto.
Me quedaba una bala, y él lo sabía. Podía darle el tiro de gracia y acabar con él de la misma manera que mi hija había acabado con sí misma, o podía dejarle ahí tirado para que le encontraran los perros de los vecinos. Sonreí y le miré a los ojos. Me suplicaban que le matara.
Giré la pistola y me volé la cabeza.

Musiquita para el finde

Acabo de encontrar esta joya (gracias, Mujer Tirita), y ahí os la dejo para que empecéis el finde con buen pie.



Y esta, para pensar.

Hipérbole

Las clases de los jueves por la tarde son bastante duras -euskera y lengua- y suelo tratar de hacerlas entretenidas, así que hoy hemos dado la mayor parte de la lección de forma oral en lugar de pasarnos dos horas haciendo ejercicios en el cuaderno. Los niños participaban a gusto, yo estaba de buen humor y todo iba bien; creo que hasta se han enterado de lo que es una frase subordinada en euskera (y creedme, si en castellano tiene mérito, en euskera es casi un milagro).
En la clase de lengua nos hemos puesto a hablar de recursos literarios, dando ejemplos de hipérboles. Sólo se nos ocurrían a lo grande (una montaña de hombre, sonrisa que no cabe en la boca,...) y una niña me ha preguntado por un ejemplo de hipérbole en pequeño.
En mi cabeza, he pensado: Eres más corto que la manga de un chaleco.
Pero por la boca me ha salido: Eres más corto que la picha de un virus.
Huelga decir que la media hora que quedaba de clase no ha sido tal (clase, digo, media hora sí, la más larga de mi vida).
Si mañana me despiden, os lo haré saber.

Carta abierta a Hugh Grant



A ver, Hugh, pichón mío, cariñito de mis entretelas, terroncito de azúcar de mi corazón, ¿en qué fallamos tu difunta madre y yo contigo? ¿Qué se le puede pasar a uno de los cien hombres más sexys del mundo por la cabeza para hacer esto? ¿Es que no escarmentaste con Divine? ¿Cuántas putas más tienen que hacerse famosas a tu costa para que espabiles? En cuatro palabras, vamos: ¿EN QUÉ ESTABAS PENSANDO? Y no me sueltes otra vez lo de "I'm not one to blow my own trumpet", que tendría su gracia con Jay Lenno pero a mí no me hace ninguna. Licenciado en literatura inglesa por Oxford, nada más y nada menos, y de putas en Puerto Banús. Has interpretado a Lord Byron y tienes un acento inglés que hace que me tiemblen las rodillas, y pidiendo felaciones en mitad de la vía pública. Tienes un penthouse en frente del palacio de Buckingham con terraza de 400 metros cuadrados y pagas por sexo... ¡Pero tú eres tonto o es que te caiste al nacer! ¡Por dios, la de mujeres que estarían dispuestas a hacerte un favor completamente gratis (¡bajad todas las manos, yo lo vi primero!) y tú te vas de putas! Y ni siquiera a un puticlub discreto, no... ¡Hala! ¡En medio de la calle! ¡Como si los paparazzis no te tuvieran un asco que lo flipas y no controlaran todos tus movimientos!

Y lo más gracioso es que no tienes mal gusto en mujeres (que no cobran, debería añadir). Catorce años con Liz no son moco de pavo, más con una mujer como esta, que los tiene bien puestos. Y algo bueno debiste hacer para que una mujer así te tenga en tan alta estima aún después de mandarte a la mierda, porque cualquier mujer no te perdona -aunque fuera por un tiempo- que te pillen en la vía pública con la boca de otra en salvas sean tus partes, ni pide al padre de su hijo que se haga el test de paternidad para luego mandarle a la mierda y hacerte a ti el padrino de su hijo, ni te invita a su boda con otro. No sé si será tu encanto inglés, tu sonrisa inocente (¿inocente, tú? ¡anda ya!), tus patas de gallo, pero está visto que algo les das (nos das, y yo ni siquiera te conozco).

Luego vino esta, de la que solo sé que tenía uno o dos hijos de otro matrimonio, era una "socialite" (bonita manera de decir que no hacía absolutamente nada en todo el día porque estaba podrida de dinero por su divorcio) y mucho más joven que tú, lo que me dio esperanzas por un tiempo (es apenas un par de años mayor que yo, y a mí no me importa que nos llevemos quince añitos, Hughie de mi corazón). Pero resultó que te cansaste de ella, o ella de ti, y rompisteis amigablemente, qué cosa más inglesa y más fina. ¿Y para qué? ¡PARA PODER IRTE DE PUTAS A PUERTO BANÚS! Para darte y no parar, para darte y no parar...
Pero lo que más me revienta, Hugh John Mungo Grant, no es eso. No, lo que más me revienta es que me he pasado el fin de semana en Londres mirando por las ventanas de todas las casas del barrio pijo, fijándome en cuando Jaguar y Rolls Royce veía (aunque ya sé que conducías un Ashton Martin hace unos años, puedes haber cambiado de coche), para enterarme esta tarde de que ¡ESTABAS EN PUERTO BANÚS DE PUTAS! Esto a mí no se me hace, Hugh. ¿Sabes el aterrizaje que se cascó el piloto de Ryan Air en Santander? ¿Sabes la mojadura -de lluvia, ojo- que me pillé pateándome Notting Hill, Chelsea, Belgravia, South Kensington y demás barrios guays en los que pudieras estar? Todo para nada, aparte de para convencerme de que Londres es una de mis ciudades favoritas y empezar a planear una estancia más larga. Pero que sepas que esta vez no voy a ir a buscarte. Esta vez voy a ir a ver castillos, iglesias y monumentos de verdad, no remilgados actores ingleses de sangre azul y escocesa. No voy a ir a buscarte a ti porque me has decepcionado. Qué te hubiera costado asomarte a la terracita de tu humilde casa, salir un segundo de ese pedazo de jacuzzi y saludar... Ah, no, que no podías, ¡PORQUE ESTABAS DE PUTAS EN PUERTO BANÚS!
(Pero tú tranquilo, que te haré llegar mi plan de viaje para ver si coincidimos en algún rinconcito. Igual me podrías enseñar tú Oxford, ya que lo conoces tan bien, o darme un tour privado por el castillo de Leeds...)

Meme: mi txoko


Veo en el blog de Maripuchi la invitación a un meme fotográfico y aprovecho que tengo la cámara cargando para mi viaje a Londres de mañana para sacar la foto antes de que se me olvide. He aquí mi rincón de trabajo, que en realidad es una oficina "toa pa mí sola". Nótese la biblioteca con mucho hueco que aún tengo que llenar, el gato reposando tranquilamente en el radiador (sin él, la oficina no sería la misma) y la botellita de agua para espantar al gato en cuanto se me sube a la biblioteca y empieza a tirar libros -y encima me tira los de escritura que compré en EEUU, el muy cabrón; se vé que está celoso del tiempo que me quitan de estar con él-.
Paso este meme a... Juan Cosaco, Sir John More y Rhytmduel, a ver si se mojan.

Buen vino y mejor literatura


El mes pasado me fui a una bodega a La Rioja alavesa con unas amigas. No me gusta el vino, pero celebrábamos una ocasión especial y me colé en una visita guiada que incluía la cata de un par de vinos al final. El bodeguero -o empleado de la bodega, más bien- nos explicó detalladamente el proceso de elaboración del vino y las diferencias entre el vino joven, el crianza y el reserva, y cuando terminó su explicación nos lanzó la pregunta retórica de rigor que, estoy segura, alguien siempre le lanza a él en todas las visitas. "¿Y cuál es el mejor vino, cuál es el vino bueno? El vino bueno, el mejor vino, es, sin ninguna duda, aquel que le gusta a cada uno".

Hoy he leído un comentario dejado en el post anterior sobre Ken Follet de un compañero bloguero, Luis Vea García, que me dice que no confunda la buena literatura con la literatura que me gusta. Curiosamente, cosas que tiene Internet, mi querida Maritormes se plantea en su blog la pregunta de cómo decir a alguien que no tiene talento para escribir que se dedique a otra cosa. Yo he contestado -muy pobremente- a Maritormes y estaba a punto de contestar a Luis cuando me he dado cuenta de que, ¡terror!, no tengo muy claro qué es buena literatura. ¿Cómo decirle a alguien que escribe correctamente pero no tiene talento para la literatura cuando ni siquiera tengo muy claro qué es talento?
¿Qué hace a un buen escritor, si es que se hace? Porque, ¿un escritor nace o se hace? ¿Qué diferencia a un gran escritor de un buen redactor? Sinceramente, no tengo respuesta. No puedo razonar empírica y racionalmente lo que para mí es buena literatura. Considero buenos, como más o menos todo el que los haya leído, a Paul Auster, Gabriel García Márquez, Leopoldo Alas "Clarín", John Steinbeck, Dostoievsky (como quiera que se escriba)... Pero también considero buenos a J.K. Rowling, a Ken Follet, a Elizabeth George, y a un largo etcétera de gente que, o no son conocidos, o al decir su nombre la gente me mira con el ceño fruncido y piensa que soy medio lela.
En el blog de AdR he encontrado una definición de literatura que me encanta: "Literatura es cuando tú sientes que hay algo que no se dice detrás de una frase sencilla". Exacto. Como la niña de mi clase que hoy, cuando les he pedido que me escribieran una pequeña estrofa para continuar un poema en euskera, me ha escrito (traducción libre e inexacta, no me acuerdo de la estrofa palabra por palabra): "Cuando miro en tus ojos, amado, veo el mar y me creo pez". Eso es literatura, sobre todo viniendo de una niña de once años. ¿Es buena literatura? Para mí, sí. Me hace sentir. Me hace pensar. Y creo que eso es lo que hace la buena literatura. Hace años que me cansé del síndrome del traje del emperador, como yo lo llamo: si "los que saben" dicen que es bueno, tiene que ser bueno. Pues si a mí no me gusta, no me gusta (lo siento, James Salter). Y no veas la de gente que dice "pues a mí tampoco" una vez que tú te atreves a hablar.
¿Qué es buena literatura, pregunto? Por favor, dadme una definición, o, al menos, una lista de características que se debieran incluir. Yo pongo las mías (las primeras son de cajón):
-Buena gramática.
-Buena estructura.
-Buen tema (al menos algo que interese o que entretenga, porque los desvaríos de un filósofo sobre el desarrollo intelectual de, pongamos, un burro, no creo que atraigan a mucha gente).
-Imaginación: incluso en las autobiografías, por favor.
-Vocabulario correcto para cada ocasión y cada personaje.
-Personajes creíbles, de esos que te da la impresión de ir a encontrártelos por la calle.
-Una historia que al final te haga lamentar haber acabado el libro.

En resumidas cuentas, para mí la literatura es como el vino: es buena si me gusta. Si no, kalimotxo.

Thank you, Mr Follet



Gracias, señor Follet. Primero y ante todo, por "Los pilares de la tierra", uno de mis libros favoritos y que he leído dos veces (y saboreado incluso más la segunda, porque la primera estaba demasiado picada por la curiosidad y quería llegar al final cuanto antes), pero sobretodo por "A world without end" o, como se dirá pronto, "Un mundo sin fin". No por todo el libro -aunque llegarán, no puedo juzgarlo todavía; de momento lo estoy saboreando con deleite y me está gustando tanto como el anterior-, sino por la última página. Las gracias a la catedral de Santa María. La mención de Vitoria-Gasteiz en un libro que leerán -que ya han leído- millones de personas.
Y, sobre todo, gracias por las visitas, por la presentación mundial de la traducción al español del libro en esta nuestra humilde casa, por sus amables palabras a nuestra pequeña joya (la catedral, aunque podría estar hablando de la ciudad, claro) y, aunque esto es sólo suposición, porque tiene usted una cara de majo que no puede con ella. Aparte de mis gracias, la ciudad también le regala un busto al lado de la que ya es su casa, Santa María. Espero que se le parezca o que, al menos, le saque guapo.
El día ocho de enero estaré con puntualidad británica a la salida del templo, con mi libro bajo el brazo para cazar un autógrafo que me haría más ilusión que el de Pablo Laso en su tiempo. Mi sueño: conseguir una invitación para el acto. O al menos verle de cerca y poder cruzar dos palabras con usted.
Queridos Reyes Magos...

Iker

Aquí llega Belén, lo sé antes de verla porque sus pasos son los que más retumban en los pasillos del centro. Hasta puedo adivinar de qué humor viene: pasos rápidos, incluso más fuertes que otros días... No falla, Iker ha vuelto a hacer una de las suyas y viene a quejarse, como siempre. Cara de póker, Alfredo, como si fuera la primera vez...
Abre la puerta sin llamar y entra con los brazos en jarra, sin molestarse en cerrar la puerta. No he levantado la vista del informe que finjo leer y ella ya está gritando. Dios, esta mujer necesita unas vacaciones.
-Este niño no puede quedarse aquí. Es insolente, maleducado, agresivo y peligroso. Tiene que irse.
Respiro profundamente, como todos los viernes por la tarde de los últimos cuatro años. Belén cree que soy Dios, no hay otra explicación. Cree que con mi mirada puedo fulminar a nuestros niños y mandarlos a una dimensión desconocida donde a ella no la molesten, o arreglar todos sus problemas con un toque de mi varita mágica e integrarlos en la sociedad. Mi suspiro la exaspera más.
-A ver, ¿qué excusa le vas a sacar ahora? ¿Sabes lo difícil que es hacer la terapia de grupo con ese salvaje pegando gritos y tirando todo lo que pilla a su paso? Me da igual lo que diga el informe, me da igual por lo que haya pasado. Este niño tiene que irse. O se va él, o me voy yo.
Belén, ay, Belén, tú y tu manía de hablar a voz en grito en un edificio antiguo de pasillos largos y techos altos donde reverbera hasta el vuelo de una mosca. Tú y tu manía de no cerrar nunca la puerta del despacho... Mierda.
Los ojos de Iker refulgen un segundo cuando me miran desde detrás de Belén. Hay ira, desprecio, insolencia, agresividad, pero también hay miedo, inseguridad, rabia, dolor. O quizás sólo esté en mi mente. Quizás sólo lo vea porque no quiero perder la esperanza de que existan.


No puedo más, esta vez me va a oír. Estoy hasta el gorro de sus excusas y sus teorías psicológicas, ese niño es un psicópata y aquí va a pasar algo gordo algún día. Si tanta pena le da, que lo trate él, yo no pienso cogerle más. ¿Pues no te jode, que me ha tirado el libro a la cabeza? Si no me agacho, me mata. Hala, él ahí, repantingadito en su mesa, haciendo que trabaja para no dar la cara, y luego va predicando vaya usted a saber qué chorradas sobre la paciencia y la comprensión y el cariño y no sé qué más soplapolleces. Hay niños a los que no se puede querer y punto. Y yo no quiero a Iker, ni quiero quererle, nunca. No le soporto. No aguanto más.
-Este niño no puede quedarse aquí. Es insolente, maleducado, agresivo y peligroso. Tiene que irse.
Suspirito, como todos los viernes. ¿Se creerá que así me va a callar? Belén, contrólate que te va a subir la tensión. Yo tenía que estar trabajando en un colegio, a poder ser privado, con niños normales y disciplinados, no con esta panda de cafres. ¡No lo soporto más!
-A ver, ¿qué excusa le vas a sacar ahora? ¿Sabes lo difícil que es hacer la terapia de grupo con ese salvaje pegando gritos y tirando todo lo que pilla a su paso? Me da igual lo que diga el informe, me da igual por lo que haya pasado. Este niño tiene que irse. O se va él, o me voy yo.
No me ha hecho falta ver la expresión de Alfredo para saber que estaba detrás de mí, he sentido su presencia, esa energía destructiva que transmite por donde pasa. Mira qué sonrisa, si es que da miedo hasta mirarle a la cara. Cualquier día trae una pistola y nos mata a todos. Cualquier día, ya verás...


Ya está la vieja chocha quejándose de mí. Qué pena no haberle dado con el libro, con un poco de suerte la dejo tonta y se tiene que ir a una clínica y nos deja en paz de una puta vez. ¿A quién quiere engañar? "Confiad en mí, estoy aquí para ayudaros...". Y una mierda. Le gustaría vernos a todos ahogados, la muy perra.
Pero por lo menos ésta es sincera y no disimula. A ésta se le nota que preferiría estar en cualquier sitio menos con nosotros, que hace este trabajo porque ya es muy mayor para cambiar, aunque no tenga capacidad para querer ni a una mosca, mucho menos a nosotros, vieja amargada. Pero el otro... ¿De qué va Alfredo? A veces casi me creo su rollo, parece que va en serio con eso de que le importamos y que quiere ayudarnos. Pero será como todos los demás: te da la mano y, en cuanto te descuides, te suelta y el ostión es más grande porque no te lo esperabas. Como mi madre. Como mi padre. Como ese profesor tan majo al que le gustaba más mi polla que yo.
Y, sin embargo, hay algo en su mirada que parece leer mi mente...

Lucia

Los libros debían ser ordenados por tamaño y autor, pero ninguno había salido todavía de su lugar. El polvo se acumulaba sobre la mesa, sobre las baldas, entre los lomos de los libros, pero el plumero parecía estar en huelga de brazos cruzados, tumbado en una esquina del despacho, sin atisbo siquiera de movimiento. Se suponía que era día de limpieza pero, dos horas más tarde, el desorden de la habitación se había multiplicado por mil.
La culpa era de aquella estantería, se dijo Lucía, sentada en el suelo con las piernas cruzadas y una manta sobre los hombros; su estantería de escritura, donde se iba acumulando todo lo que, por un motivo u otro, no era capaz de escribir en el ordenador. Viendo el suelo de su despacho, cualquiera hubiera pensado que un terremoto de magnitud siete había atacado sólo al piso de Lucía; no quedaba ni un centímetro cuadrado libre, y si alguien hubiera querido entrar sin pisar papeles, habría tenido que volar.Se encontraba rodeada de cuadernos con historias empezadas -muy pocas acabadas, ninguna revisada-; páginas y páginas de ideas para guiones que Lucía imaginó, en su momento, merecedores de un Óscar; primeros capítulos de novelas que en manos de cualquiera se hubieran convertido en seguros premios Planeta (pero no en las suyas, nunca en las suyas, que siempre perdían gas a medida que se acercaba un clímax), y un sinfín de descripciones de personajes que tenían más vida que la mayoría de gente que conocía. Nada estaba terminado, nada estaba definido: miles de árboles muertos irremediablemente para que ella, Lucía, los emborronara con tinta y los convirtiera en basura.
Y entonces se dio cuenta de lo que era, y el mundo entero se le vino abajo, y una lágrima que le ardió en la cara cayó sobre el papel que sostenía con la enésima idea para una novela, una idea tan buena que le dio miedo escribir porque sabía que nunca le haría justicia, nunca la convertiría en todo lo que podría ser.
Lucía lo supo entonces: no era escritora. Era escribidora.
Y una muy mala, por cierto.

Cita

El otro día fui a dar un paseo y un chaval me tendió un pequeño panfleto. Leí el título antes de hacerlo una bola y tirarlo a la papelera más cercana:

"Tienes una cita con Jesús en la otra vida".

Curioso, en ésta no consigo una ni pagando, pero en la próxima ya hay cola...

13 y martes


Me tengo por una persona llena de contradicciones, aunque seguramente las mías palidezcan ante las de otros muchos. Una de ellas, posiblemente la más grande, es que me encanta el día de mi cumpleaños pero odio cumplir años. Acojo cada trece de noviembre con una mezcla de pavor y anhelo que no tienen ningún sentido, y cada año trato de convencerme a mí misma de que es un buen día, de que es bueno llegar a ser un año más vieja... Y aún así, según se va acercando la fecha, me echo a temblar ante la idea de añadir otra vela más a mi tarta.
Me he puesto a analizar, como buena aficionada a la psicología que soy, esta mezcla de sensaciones tan irracional. ¿Por qué me gusta el día de mi cumpleaños? Obviamente, como a casi todos, porque es el único día del año (o, al menos, el único asegurado, a no ser que ganes un Oscar, te quedes embarazada, te cases, escribas un libro, mates a alguien,...) en el que eres la principal protagonista; es tu día especial, ese en el que recibes llamadas de gente con la que hace tiempo que no hablas, o con la que te encanta hablar; el día en que recibes regalos que, te gusten o no te gusten, hacen una ilusión tremenda; el día en que puedes hacer poco menos lo que te dé la gana porque todo está justificado, es tu cumpleaños. Aunque todo esto tiene un pequeño matiz: los que hacen especial el día de tu cumpleaños son los demás. Sin amigos, sin familia, sin gente a tu alrededor, sería un día como otro cualquiera. Así que, si me gusta tanto mi cumpleaños, es porque tengo la seguridad de que toda la gente que me quiere se va a acordar de mí (hoy o mañana, o dentro de una semana, vamos) y me van a hacer sentir especial. Con lo que llego a la conclusión de que me gusta mi cumpleaños porque me recuerda toda la gente a la que le importo. Que es básicamente la esencia de la vida.
Pero, entonces, ¿por qué no me gusta cumplir años? Quizás sea porque hasta ahora he visto cada año como una cuenta atrás, otro año menos que me queda por vivir, en lugar de mirar hacia atrás y ver todo lo que he vivido. Quizás sea porque tengo la sensación de que me quedan muchas cosas por hacer y que no tengo tiempo material en los ¿40?, ¿50? años que me quedan por vivir. Pero luego miro hacia atrás y me doy cuenta de que no me cambiaría por ninguna de mis otras "yos" de años anteriores; que cada año que he vivido me ha mejorado, me ha convertido en lo que soy y me mejora cada día. Como dice la tarjeta que me han regalado mis niños (junto con un perro de peluche, un euro y medio "para ayudarme con la hipoteca" y una pelota anti estrés "que también puedes usar para tirársela a la cabeza al que no se calle"), estoy en la mejor edad: estoy muy lejos de los 40, aparento menos de 30 y puedo aprovecharme de la experiencia adquirida en los últimos 10. Sabios, mis niños.
Así que he decidido que, a partir de ahora, me va a gustar cumplir años -aunque debéis saber que cumpliré siempre 25- y voy a seguir disfrutando del día de mi cumpleaños como una enana. Porque de eso se trata, de tener un día especial al año en el que yo, y sólo yo (bueno, y José María García, y Whoopy Goldberg, creo) soy la protagonista.

Mi principe azul


Una borrachísima -y aún así encantadora, por supuesto- Sandra Bullock besaba a un sorprendido -y como siempre encantador, galán, pícaro, atractivo- Hugh Grant mientras yo babeaba ante la pantalla con un bocadillo de tomate y queso fresco espolvoreado con albahaca sobre las rodillas y me preguntaba a cuánta gente le había pasado algo así en la vida real y si dos personas con el físico de Hugh y Sandra iban a tener tantos remilgos a la hora de darse un homenaje, cuando alguien llamó en mi puerta (y digo en mi puerta porque tuvieron que usar los nudillos, porque no tengo timbre; la casa vino sin él y, sinceramente, ¿qué necesidad se tiene de uno?). Los efluvios de la comedia romántica me hicieron dar un salto: ¿sería aquel mi príncipe azúl? ¿Mi Hugh Grant (pero el de las pelis, no el de la vida real, que debe ser un borde)? ¿Mi joven Alan Rickman? Hasta con el Clark Kent de Smallville me hubiera "conformado", por más pinta de marine americano que tenga a veces. Salí al pasillo con el corazón en un puño, preparando una escena romántica que hubiera hecho palidecer a la mismísima Bridget Jones.
Y entonces me vi reflejada en el espejo del pasillo, y hasta a mí se me cayó la líbido por mí misma al suelo. Pijama de felpa atado hasta el cuello; pelo recién lavado recogido en un torpe moño para no manchármelo con el bocata; gafas que necesitan un ajuste manteniéndose precariamente en la punta de mi nariz. Por dios, que no sea mi príncipe azul. Si lo es, no pienso abrirle.
No era, por supuesto, ningún príncipe -ni conde, ni duque, ni lacayo siquiera-, sino el vecino de abajo con un papelillo que necesitaba que le firmara. Suspiré tranquila, le firmé lo que me pedía y me despedí con un buenas noches. Me fijé de nuevo en mi reflejo. Vaya pintas. Espero que mi príncipe azul me llame por teléfono con una horita de adelanto antes de venir.
Pero, de todas maneras, creo que me voy a comprar un camisón de seda muy sugerente y muy sexy (sobre el cual me pondré una bata de felpa que será la envidia de cualquier foca). Por si las moscas... o los príncipes azúles.

Conocimientos inutiles

Ya sé que no hay conocimientos inútiles, bien dice el refrán que el saber no ocupa lugar (aunque mi madre discrepe, ahora que está haciendo limpieza y hay varios cientos de libros con los que no sabe qué hacer), pero digamos que hay conocimientos más útiles que otros, saberes que nos llevan más lejos que otros. Quien estudia ingeniería tiene su mente puesta en avanzar, en crear, en innovar, igual que un arquitecto, o un informático, o un científico de la clase que sea. Ellos miran al futuro; analizan los datos presentes para formular nuevas teorías con los que encontrar datos nuevos.
Yo no soy de esas personas. A mí me van los conocimientos, digamos, menos útiles. Me gustan los datos que no van a ayudar a nadie a erradicar la pobreza, que no van a curar el SIDA o encontrar una vacuna contra el cáncer. Yo soy de LETRAS, con mayúscula, anclada en el pasado y en los hechos que explican por qué somos como somos ahora, sin una mirada ni de refilón al cómo seremos el año que viene.
¿De qué me sirve saber que la uve no se pronuncia en castellano, a diferencia de otros idiomas latinos, por influencia del euskera? ¿Qué me aporta el conocimiento de que la palabra Hispania viene del fenicio y significa "tierra de conejos"? ¿Me es realmente indispensable saber que, antes de que el latín se convirtiera en lengua única en la península, había varios idiomas muy parecidos al euskera en toda la cornisa cantábrica? ¿O que la palabra "vascón" viene de un idioma paracelta y significa "hombre de las montañas" o, en sentido figurado, "hombre altivo"?
Mucha gente dirá que algo así no sirve para nada (aunque, Maritormes, yo sé que tú me entiendes). Yo discrepo. Sirve para entender qué soy, por qué soy como soy, de dónde vengo -aunque no tenga ni idea de a dónde voy- y, sobre todo, por qué los demás son como son. Me sirve para respetar y admirar culturas a las que ahora miramos por encima del hombro (¿qué sería de nosotros sin aceite, almohadas, alfombras y alhajas, por no mencionar una lista interminable de descubrimientos que no tendríamos sin la cultura musulmana?), para entender culturas que quiero hacer mías (¿sabíais que el poema inglés equivalente al "Cantar del mío Cid" es en realidad danés?), para sentirme orgullosa de ser la amalgama de culturas que soy.
Y, entre otras cosas, para poder explicárselo a mis alumnos y contribuir a que abran un poco más sus mentecillas.