Mujeres en Serie VI: Dollhouse



Esta es una serie difícil de calificar, y más aún desde el punto de vista femenino (o feminista, que no es lo mismo). Aunque me ha encantado –me dio una pena terrible ver el último capítulo, porque fue cancelada y ya no hay más, y la serie es genial–, también tengo que decir que muchas de sus escenas me han incomodado mucho, hasta el punto de plantearme dejar de ver la serie (cosa que no hice por su fantástica trama y unos personajes dignos de ser seguidos). Y me explico.

Dollhouse es el nombre que se le da a una tecnología puntera en el campo de la neurociencia. La empresa Rossum contrata a gente que, voluntariamente, cede cinco años de su vida a cambio de una inmensa suma de dinero. Durante esos cinco años, utilizarán su cuerpo y su mente a su antojo, sacando la personalidad original del sujeto e implantando personalidades ajenas a él o a ella en función de los gustos del cliente. Puede conseguirse un guardaespaldas que desee salvar la vida de su jefe porque su instinto se lo manda; una luchadora de artes marciales con instinto maternal; una negociadora de secuestros; un patólogo forense del FBI… Cualquier cosa, absolutamente cualquier cosa. Pero lo que los clientes más piden es, por supuesto, una mujer hermosa que se enamore perdidamente de ellos. Y ahí es donde empiezan mis pegas.

Los sujetos son, supuestamente, voluntarios (según va avanzando la serie, vemos que igual no tanto), y han firmado un contrato consintiendo que se les haga de todo. Pero, ¿hasta qué punto puede uno consentir ser esclavo o esclava? Porque al fin y al cabo eso es lo que son, ni más ni menos: sujetos a merced de otros. Es cierto que la serie trata el tema con mucho cuidado (Joss Whedon es bien conocido por tramas respetuosas con las mujeres, pensad en “Buffy”), pero el hecho de que el mayor negocio de la casa sea la trata de mujeres a lo pijo no se puede obviar. Más aún, las chicas son programadas para enamorarse de los hombres, a quien luego olvidan tras un lavado de cerebro que vuelve a dejarlas en estado “muñeca”. No se ve nada explicito y todos los capítulos se basan en otro tipo de misiones, pero no deja de ser incómodo. Es prostitución al más alto nivel, aunque con cuidados médicos excepcionales y viviendo a todo lujo. ¿Hasta qué punto no es esto violación? Me asaltan las dudas.



La protagonista absoluta de la serie es Echo (Eliza Dushku, una de las incondicionales de Whedon), la número uno, la “muñeca” que todos quieren. Desde el primer momento sabemos que es especial porque es la única persona que Alpha (un “muñeco” que se volvió loco al acumular más de cuarenta personalidades en su interior a la vez) dejó viva en su arranque asesino, y porque el detective del FBI que investiga la casa empieza a recibir información sobre ella. Poco a poco vemos que Echo, como anteriormente Alpha, tiene conciencia de sí misma, que recuerda cosas que no debería. Pero a diferencia de Alpha, que originalmente era un asesino convicto, el yo original de Echo era una idealista, una soñadora que luchaba por el bien común. Alpha (Alan Tudyk, genial, genial, genial en su papel de malo) está enamorado de Echo y tratará de convertirla en su Omega haciéndola pasar por el mismo proceso que pasó él. Pero le saldrá rana. No solo no se convierte en alguien como él, sino que podrá utilizar todas las personalidades que se acumulan en ella a su antojo. ¿Que necesito hablar chino? Pues lo hablo. ¿Ser médica? Lo soy. ¿Artes marciales? Toma ya. Todo sin dejar de ser Echo. Que no Caroline, su yo verdadero, almacenado en un disco duro aparte.

Echo es una mujer de armas tomar, y me encanta que no necesite ayuda de nadie para sacarse las castañas del fuego. Pero la violencia que en esta serie se ejerce contra las mujeres es brutal, al punto de ser desagradable. Y ojo, que a mí me gustan las patadas y los golpes marciales como a la que más, y no seré yo quien diga que un chico no debe pegar a una chica cuando las fuerzas están igualadas; el problema surge cuando las fuerzas son desiguales, que ocurre a menudo en esta serie, y las palizas son tan gráficas y tan brutales que te hacen apartar la vista. Es cierto que suelen ganar las mujeres, pero siempre después de haber recibido una paliza bestial fruto de un arranque posesivo por parte del macho en cuestión; recuerdo en especial una pelea entre Pria/Sierra y el hombre que la puso en la casa de muñecas que estuvo a punto de hacerme quitar el capítulo. Por no hablar de la violencia de Alpha, con armas y con las manos, y con esa cara de loco que tan poco recuerda al bueno de Wash en Firefly.



En resumen: un sobresaliente en trama y sorpresas de última hora, sobresaliente en personajes y caracterizaciones (“Victor” se sale, no entiendo por qué este actor no trabaja más) y suspenso en uso excesivo y gratuito de la violencia. Aún así, hay que decir que las mujeres de esta serie son cualquier cosa menos indefensas gatitas, y que ninguna de ellas lucha con tacones (lo que se agradece, aunque más de una carrera con tacones sí que se pegan). El capítulo final de la serie es uno de esos que quedará grabado en mi memoria como uno de los mejores finales en una serie; una pena que Fox no diera otra oportunidad a esta serie, pero en fin, torres más altas han caído.

Ya están aquíiiiiiiii.


(Instrucciones: leer el post con la música de fondo. Esperad a que empiece el trozo que os suena.)

Diez clases.
Más de doscientos niños y niñas.
Cuatro cursos distintos.
Cinco temarios diferentes.
Cuarenta y tres compañeras.
Una bata azul y otra verde.
Un pilot azul y uno rojo.
Monedas para el café.
La suerte está echada. Las pastillas de la tensión compradas. Todas las tizas preparadas.
Empieza el curso.
Ya están aquíiiiiiiiii.

Diario

Llega septiembre, y con él el frío. No, en realidad el frío lleva aquí desde julio -vamos, que nunca se fue-, pero no sé qué tienen los meses con erre que parecen más fríos. O serán cosas mías.
El día está nublado y por la ventana entreabierta entra el aire fresco de la calle. El gato trata de asomarse por el hueco de las oscilobatientes, por más que sepa que no le cabe la cabeza y que no, no va a poder suicidarse saltando desde un segundo. Me esperan los apuntes de literatura irlandesa sobre la mesa de la cocina; leo, comprendo, pero no retengo, le estoy cogiendo manía a la asignatura por culpa del profesor (y autor del libro). A mi lado, medio litro de té verde en una taza del Starbucks de Santa Cruz. Ya van dos tazas. El té verde apenas tiene teína y no le echo azúcar. Dormiré bien esta noche. Para ser domingo, me refiero.
La tarde va a ser tranquila, simplemente yo con mis libros, mi té y mis series americanas mientras sigo acolchando un tapiz de patchwork que debería haber acabado hace siglos. El otoño llama a la puerta y apetece mantita, calor, abrigo y chocolate caliente (pero mejor me quedo con el té, por lo de las calorías). Poco a poco voy volviendo a la rutina del curso, y me doy cuenta de que me gusta, de que, a pesar de momentos puntuales, soy una persona equilibrada con momentos de felicidad, que ya es más de lo que se puede pedir. Una canción me aborda, y no me queda otro remedio que escucharla una y otra vez en mi cabeza; escribí algo sobre ella en Twitter y la cantante me ha encontrado, me ha hecho mucha ilusión. Es la segunda persona "famosa" que se da cuenta de que existo. ¿Por qué le doy tanta importancia a semejantes chorradas?
El fresquillo que siento en el cogote me indica que tengo que dejar crecer el pelo para el invierno.

El final del verano


Mi verano eterno, ese que todo el mundo envidia a los profesores, llega a su fin. No me quejo, no soy tan mala persona, simplemente constato un hecho. Mañana curro. Sin más.
Hoy he empezado la paulatina vuelta a la normalidad (sí, el 31 de agosto, para qué correr). Mi frigorífico ha notado la vuelta a la rutina; lo he llenado de frutas, pescado y carne fresca. Se acabaron los bocadillos, o eso de "como lo primero que pille, que no he madrugado y tampoco tengo hambre". Hoy mismo vuelvo a las buenas costumbres, a contar calorías, a comer sano (ya me he comido una manzana, la primera en un mes), a perder los kilitos que he vuelto a recuperar. Ha sido un verano sin sobresaltos, sin viajes, sin alardes. Ha sido el verano en el que me convertí en funcionaria, aunque mi vida no ha cambiado en absoluto porque trabajo en el mismo sitio y tengo los mismos alumnos. Ya he encargado pastelitos para mañana, y luego compraré el champán. Parte de la oposición se la debo a mis compañeras, que me han enseñado mucho (aunque sea cómo no ser y qué no hacer), así que quiero celebrarlo con ellas. Es una buena manera de empezar el curso, comiendo y bebiendo.
Este año me he propuesto tomarme las cosas con más calma. Voy a disfrutar de la gente y de mi tiempo libre. Voy a hacer ejercicio porque me encanta cómo me hace sentir, aparte de los beneficios a simple vista. Voy a aprender a tocar la guitarra (sí, nuevo antojo) y voy a ir a clases de alemán para aprender el idioma y conocer gente nueva. Seguiré con mis estudios, pero sin exigirme lo que me he exigido hasta ahora, porque me he dado cuenta de que le estoy cogiendo manía a la filología, y no es plan. Y voy a enseñar inglés, y voy a disfrutar con los pitufos, y voy a tratar por todos los medios de que todos los días ellos aprendan algo, y yo más. Porque de eso se trata. Tengo el mejor trabajo del mundo y me lo han dado de por vida.
Casi estoy deseando que llegue mañana.
Casi.

La obsesión de leer o cómo frustrarse una misma


He llegado a la terrible conclusión de que nunca llegaré a leer todo lo que quiero. Ni aunque consiguiera una velocidad de 2000 palabras por minuto (dicen que es posible, yo no termino de creérmelo, pobre cerebro), ni aunque leyera diez horas al día, ni aunque consiguiera liquidarme un libro al día. Porque esto es como lo de "cuanto más aprendes, menos sabes". Por cada libro que leo, salen media docena más de debajo de las piedras de mi ignorancia que me apetece leer. Descubrir a una autora significa descubrir todas aquellas que la influenciaron, y a su vez todas aquellas sobre las que ella influye. El otro día leí que se publican mil libros al año. No sé si era en un país concreto (me parecerían muchos) o en el mundo en general (me parecerían pocos), pero solo con esos mil, voy dada.

He tenido verano gafapasta. Durante el curso he estado muy agobiada y no he conseguido encontrar tiempo para leer, así que han llegado las vacaciones y hala, a empacharme. Y nada de libros de encefalograma plano, no; libros "densos" (habría que definir "denso", pero en fin), premios Nobel, clásicos... Algo que alimente el alma, aunque entre plato y plato también ha caído algún sorbete en forma de cómic (o novela gráfica, o libro con viñetas, llamémosle equis). No soy buena separando el grano de la paja; a lo largo de mi historia como lectora se me han colado unos cuantos ñordos en la biblioteca, ñordos que me he leído porque qué iba a hacer, no los voy a tirar, con el dineral que me han costado (con alguno no he podido; ha sido superior a mí). Así que ahora me ha dado por ir a tiro fijo, que no siempre lo es. Voy de cultureta. Voy de "yo leo a Nabokov porque la literatura moderna me aburre". Voy de "al próximo que me miente el Código DaVinci se lo hago merendar". Voy de "alternativa, ¿yo? No, perdona, eso está passé, ahora se lleva la vuelta a las raíces". Y oculto como si de un cadáver maloliente habláramos el libro de Lucía Echevarría que espera a ser leído, o los de Marian Keyes que compré el verano pasado, o los terribles vampiros de Christopher Moore. En mi sala me esperan Ana Karenina, Crimen y Castigo, Guerra y Paz y uno de Proust y de Antonio Gala. Os lo juro. Soy así de pedante.

Pero, como os decía, no hay tiempo en la vida de una persona, por más que viva cien años y no se dedique a otra cosa, para leer todo lo que merece la pena. Mi intención había sido atacar The Scarlet Letter, así, en inglés, que queda mucho mejor, dónde vas a parar, pero el otro día, ¡ay!, el otro día un libro me encontró y tuve que dejar el que tenía entre manos. Y sí, digo bien, me encontró, porque yo no lo buscaba. Sabía de su existencia, había leído cosas de él, conocía a su autora, pero tengo treinta libros, ¡treinta! esperando a ser leídos y no tenía intención de comprar más. Pero entré en la librería por hacer tiempo mientras esperaba a unas amigas, me acerqué a la mesa donde colocan los libros que quieren que te llamen la atención, y allí estaba, solo, abandonado, fuera de su lugar en la estantería, sin un hermano gemelo que lo acompañara... Las niñas perdidas, de Cristina Fallarás, me reclamaba su atención desde un lugar que no era el suyo, ahí, delante de mis ojos y a milímetros de mis dedos. Y yo, por supuesto, no pude dejarlo estar. Así que ahora tengo treinta y un libros para leer, aunque este último ya está casi finiquitado y caerá reseña pronto, porque es uno de esos libros que quieres que todo el mundo lea para poder comentar y sacarte el grito que llevas dentro y la frustración de decir "¿cómo un libro que me ha dado tanto asco y me ha parecido tan bestia puede atraparme tanto?" Para que luego hablen del sexo débil.

Me queda una semana de vacaciones. Al ritmo que voy, y teniendo en cuenta que leo despacio, calculo que terminaré el que tengo entre manos y luego quizás caiga el clásico de Hawthorne (osea, tojuro, que me sé hasta el autor). Y luego, quién sabe, espero seguir leyendo por lo menos un par de libros al mes, a ver si el curso empieza tranquilito y me puedo permitir domingos ociosos tirados en el sofá con las aventuras de alguna dama rusa en apuros.
Ya os contaré.

(Por cierto, que los libros de Richard Castle de la foto no son míos. Una es friki, pero no para tanto. Aunque he de reconocer que la foto de Nathan Fillion en la contraportada era muy tentadora...)

De curas y otros monstruos

Me levanto, enciendo el ordenador y lo primero que veo es un titular que dice algo así (os iba a poner el link, pero está misteriosamente roto):

El arzobispo de Granada: "Si la mujer aborta, el hombre puede abusar de ella"

Esto lo ha dicho una persona (me niego a llamarle señor) que, para desgracia de todos y todas nosotras, mueve masas, mal que me pese. Esto lo ha dicho alguien hablando desde un púlpito en el que se supone que debería estar predicando amor y perdón. Esto lo ha dicho un hombre que no tiene mujer, ni hijas, ni nietas (supuestamente, claro), así que no tiene ni idea del pánico que puede inundar a una mujer ante un embarazo no deseado. Esto lo ha dicho un ser que todavía vive en el siglo trece y cree que las mujeres solo estamos en este mundo por nuestras capacidades reproductivas y que nuestra única obligación en el mundo es parir con dolor, por lo de Adán y Eva y la manzana, supongo.

Después del shock inicial, que me ha dejado congelada con los dedos sobre las teclas, he pensado en varias cosas:
  1. ¿Dónde está la policía cuando se la necesita? Basta ya de detener a "indignados", este hombre está haciendo apología de la violencia contra la mujer. Hay gente en la cárcel por mucho menos. ¿A qué viene esta inmunidad religiosa?
  2. ¿Son todos los curas así o es que solo los más gilipollas llegan a puestos importantes? Supongo que esto será como la política, el que tiene ideales los va perdiendo según va subiendo puestos. Los buenos se quedan en los barrios pobres y se van de misiones, y dicen eso de que Jesús era comunista (con lo que estoy absolutamente de acuerdo).
  3. Yo, atea convencida, puedo no estar muy al tanto de este tipo de cosas, pero yo creía que la religión cristiana en general y la católica en particular predicaba amor y perdón. Se perdona a asesinos, se perdona a ladrones, pero no se perdona a mujeres que abortan. ¿En serio?
  4. En relación con el punto número uno: cuando el próximo hombre que mate a su mujer ponga como excusa las palabras de este tipo y diga que su mujer abortó, ¿se podrá meter en la cárcel al arzobispo?
  5. Al próximo que me diga que el feminismo esté trasnochado, le voy a dar citar este artículo. No, no es una excepción: la Iglesia sigue siendo así. La mujer en la cocina con la pata quebrada. Y punto.
Estoy furiosa. No os podéis imaginar de qué mala leche me ha puesto este titular. Este tío no tiene vergüenza, ni conciencia, ni derecho a hablar en público. Cualquier empresa, pública o privada, le despediría inmediatamente; a no ser, claro está, que esa empresa estuviera dirigida por racistas misóginos pederastas. Uy. Un momento...

Descanso

"Mujeres en Serie" descansa por un tiempo, aunque tengo toda la intención de seguir con ella porque me lo estoy pasando pipa haciéndolo, por más que no tenga muy claro si a vosotros/as os gusta también. No quiero que sea una obligación, sino un entretenimiento; las entradas se intercalarán con otras, algunas más serias, otras más ligeras. Pero seguiré. Tengo que hablaros aún de "A dos metros bajo tierra", de "Weeds", de "Mentes Criminales" (en cuanto acabe de verla, que no es plan de hacerlo a media serie), y de alguna otra que no os menciono para que no dejen aquí comentarios y me la fastidien, que acabo de empezarla y tiene seis temporadas (os diré que es legen-daria).

Tengo muchos pensamientos que compartir. Quizás sería más práctico llevar un diario, pero pensar dentro de mi cabeza siempre me ha parecido un coñazo. Ya os contaré.

Mujeres en Serie V: Firefly



Esta serie no es especialmente nueva, ni famosa, ni glamorosa, pero yo la he conocido este verano, así que para mí es como lo del cristiano que pega al judío porque ellos mataron a Cristo (“sí, hace dos mil años, pero yo me he enterado esta mañana”). Todo un descubrimiento, he de decir, sobre todo teniendo en cuenta que en mi vida había yo visto una serie de ciencia ficción. Y mucho menos, de vaqueros en el espacio.



A ver si puedo resumir el argumento sin liarme y sin liar a nadie. Estamos en el año dos mil quinientos y pico. La Tierra se ha quedado pequeña y el ser humano ha terminado repartido por los planetas del Universo (Universo en el que todo el mundo habla inglés -algunos con acento escocés- y juran en chino, ejem). La Alianza controla los planetas centrales y quiere controlar el resto también, pero unos pocos valientes resisten, hay una guerra… y gana la Alianza. La Resistencia (los “browncoats”) se rinden; algunos terminan trabajando para la Alianza, otros prefieren vivir al margen de la ley. Uno de ellos, el capitán Malcom Reynolds, se convierte, junto con su tripulación, en mercader de mercancías robadas y especialista en trapicheos varios.

Y con eso, me temo, lo he contado todo. No tiene más. Es así de simple.

Como guión, esto es, porque lo cierto es que la riqueza de esta serie está, sin ninguna duda, en sus protagonistas. Es una de esas series que puede atrapar tanto a hombres como a mujeres (siempre que te guste el género, se entiende), porque guarda un fantástico equilibrio entre historias que suelen atraer al género masculino y las que atraen al femenino. Hay tiros (con pistolas dignas de una peli de John Wayne), hay persecuciones, hay peleas… Y hay un montón de tías que son capaces de patearle el culo al más pintado.

Ah, sí, y algún rollito romántico también. Y los golpes de humor, que te dejan retorciéndote de risa en el sofá aún después de acabar el capítulo.



Por supuesto, el protagonista absoluto de la serie es Mal Reynolds (Nathan Fillion, ñam, ñam), que hace el papel de bandido con buen corazón para quien su tripulación es parte de su familia. La segunda de a bordo es Zoe, quien fuera su subordinada en la guerra contra la Alianza seis años antes del capítulo piloto. Esta mujer le guarda una lealtad absoluta, y el capitán le confiará su vida en más de una ocasión. Siempre salen juntos en sus misiones, siempre luchan juntos. Y, sorpresa, sorpresa, no hay tensión sexual entre ellos. Se respetan como soldados, como superior y subordinado; de hecho, Zoe está casada con el piloto de la nave (sí, no os había dicho que la historia ocurre en una nave espacial), quien, en más de una ocasión, le llama la atención a su mujer porque le hace más caso al capitán que a él. Pero ella tiene claro a quién le debe su lealtad. Adora a su marido, pero el jefe es otro.



No es Zoe la única mujer de armas tomar. En el primer capítulo, la tripulación recoge a ciertos personajes (porque la nave también hace de transporte espacial), entre ellos a un chico y su hermana adolescente cuya historia no está nada clara. La serie acaba sin que sepamos realmente qué pasa con ella, y no es hasta la película que tuvieron que hacer después que se aclaran ciertos aspectos sobre River. La vemos luchar como a una leona, la vemos disparar con los ojos cerrados; vemos que de pobre niña indefensa tiene poco y que puede valerse por sí misma incluso sin su protector hermano.



Y, para completar el paquete de mujeres que parecen estereotipos y luego son cualquier cosa menos eso, está la “acompañante profesional” que llevan a bordo. Parece ser que ser prostituta en el siglo veintiséis es una profesión muy valorada que necesita carrera y todo, una profesión en la que es la mujer la que elige al cliente, no al revés. Inara viaja en Serenity (la nave espacial, un modelo de la casa Firefly –dios, qué friki soy-) para poder llegar más cómodamente a sus destinos interplanetarios. Pero Inara tiene poco de frágil y de mujer indefensa; nunca la vemos luchar con las manos o con armas, pero su ingenio y sus habilidades psicológicas sacan a la tripulación de más de un apuro. Ella es el objeto de deseo del capitán, a quien ella también adora por más que entre ellos solo se suelten pullas y él no haga más que llamarla puta. Admito que la química entre estos dos fue lo que me hizo seguir viendo la serie después del insufrible piloto de hora y media, y advierto que es otro caso de esos en los que sí pero no, pero más bien ni de coña.



En toda la serie no hay un solo personaje femenino estereotipado, y por eso me encanta. Ni siquiera Kaylee, la inocente mecánica que solo piensa en amores románticos y está loquita por el médico de abordo, es un cliché: su habilidad con el motor de Serenity es innata, y no hay en el universo mecánica mejor que ella.



Huelga decir que esta serie se ha colado entre mis favoritas. Quizás no sorprenda a nadie saber que su creador es el mismo que el de Buffy la cazavampiros, y por lo que tengo entendido ha trabajado en más de una serie de este estilo. Según dicen, la razón de ser de Buffy es que Joss Whedon estaba cansado de ver a la guapa rubia ser siempre la víctima de los malos malísimos en todas las series de ciencia ficción. Con las mujeres de Firefly también hizo un trabajo excelente. Una pena que solo tuviera una temporada y una película que no resuelve nada.



Mujeres en Serie IV: Modern Family



Los estadounidenses (no sé si los británicos también) tienen un término que me gusta mucho para referirse a esas cosas que te gustan pero que, por lo que sea, no deberían gustarte: guilty pleasure. Pues bien, esta serie es mi guilty pleasure particular, aunque en mi caso, más que de guilty pleasure se podría hablar de inconsistencia, dado la de veces que me he pillado en un renuncio. Pero hablamos de Modern Family.



Supongo que todo el mundo sabrá de qué va esta serie (y si no, ved el vídeo, que es salado). El título lo da todo: varias ramas de una misma familia y las relaciones entre ellos. El padre, un septuagenario lo menos, con dinero y una casa de ensueño, está divorciado y casado en segundas nupcias con una colombiana cañón que tiene la edad de su hija y que aporta al matrimonio un hijo de una relación anterior. Este hombre tiene, a su vez, un hijo gay que acaba de adoptar a una niña vietnamita con su pareja, y una hija con una familia “típicamente americana” de marido y tres hijos. Hasta ahí, podríamos hablar de “Los problemas crecen” versión siglo XXI (y mucho más bestiaja, eso sí). Bromas a gogó, situaciones inverosímiles, escenas de mock documentary muy bien puestas… La serie es divertida y se deja ver.

El problema de la serie es que no han sabido, a mi entender, aprovecharse de todo lo que personajes tan diversos podían dar y han terminado haciendo caricaturas de todos sus miembros. Gloria, la esposa colombiana del Jay, el millonario, es el estereotipo más ridículo que he visto de una hispana en una serie estadounidense. Gritos, exageraciones, golpes, pasión latina a lo bestia, en lugar de aprovechar el lado tierno de Gloria para con su hijo y su marido, a quien quiere realmente, no por su dinero. Su hijo es, quizás, el único que se libra del estereotipo; es un hombre en un cuerpo de niño, y el personaje de Manny es de los más divertidos de la serie. Por supuesto, de Gloria aprovechan el cuerpazo que aporta Sofía Vergara, y podría ser un personaje mudo que seguiría siendo el alma de la serie. Porque, como todo el mundo sabe, las colombianas son majísimas, altísimas, con cuerpo de vértigo y se pasan el día gritando.



El estereotipo que más me revienta, sin embargo, es el de la pareja gay, Cameron y Mitchell. De nuevo nos encontramos con personajes que podrían dar juego, mostrándolos en sociedad y viendo, aunque sea desde la comedia, los problemas que una pareja gay puede tener. Pero no. Cameron es tan exagerado que se hace inverosímil, siempre pensando en cómo disfrazar a su hija, en el qué dirán, en hacer fiestas en casa y asistir a las de los demás. Mitchell es “el hombre” en la relación, el que trabaja fuera de casa, el que trata de controlar las exageraciones de su pareja, sin ver la pluma propia. Admito que son muy graciosos, que me son simpáticos, pero no son creíbles. Y el que no se hayan dado ni un pico en pantalla clama al cielo; me da igual que sea una serie familiar, si vas a hablar de ellos como familia y pareja, las parejas se besan. En la boca. Basta ya de tanto abrazo, leche.



Los Dunphy son el estereotipo natural de las series americanas, la familia en la que en cualquier momento te esperas ver aparecer a Michael J. Fox o a Kirk Cameron (aunque estarán ya los dos para hacer de padres de los padres, pero en fin). Aquí vuelven a jugar con el bueno y el malo que siempre se da en las series: ella es una bruja pérfida que controla mucho a sus hijos (y que no trabaja fuera de casa, por supuesto, alguien tiene que cuidar de la prole) y él es el padre guay, cachondo y divertido con el que los niños hacen lo que quieren. Los hijos, los de siempre: la mayor es tonta pero mona, la del medio es la empollona y el pequeño es medio lerdo. Nada original.



Lo curioso de esta familia supuestamente moderna es el rol que se les da a las dos mujeres de la serie (y a Cameron, podría decirse). Ninguna trabaja, a pesar de ser mujeres (y hombre) de carrera; se quedan en casa cuidando a la prole y diciéndoles a sus maridos lo mal que las tratan (sobre todo Cameron, madre qué agobio) y quejándose de los niños (sobre todo Claire, madre qué agobio). Y me da pena, porque realmente los personajes tienen potencial para decir mucho más, tratar temas como la homofobia o el racismo, y jamás se acercan siquiera a reflejar algo más allá de sus narices. Aún así, como ya digo, digna de ver para quien quiera echar unas risas sin pensar demasiado y sin comerse la cabeza con los problemas del mundo, porque, lo que es en esta serie, no se van a ver. Quizás en futuras temporadas sorprendan y de repente veamos a una Gloria convertida en CEO de alguna de las empresas de su marido (aunque, qué queréis que os diga, solo pensarlo me da miedo).

Mujeres en Serie III: Las Chicas Gilmore



Ya os veo las caras, sobre todo a los tíos. Buaj, estáis pensando, la ñoñada esa de la madre y la hija, esta serie tiene que ser lo más antifeminista en la historia de la televisión. Líos de novios, un amor pseudo imposible entre Luke y Lorelai, la niña pija más insoportable de la televisión… Ejemplo de una serie antifeminista a ultranza, ¿verdad?

Pues no. Para mí, una de las series más feministas que han echado nunca, que sale a relucir en cuanto urgas un poco en el argumento. Aparte de que me encanta lo rápido que hablan y que yo quiero ser Lorelai cuando me haga mayor. Ah, no, que ya tengo tres años más de los que tenía ella al principio de la serie. Cachis. Cómo pasa el tiempo.

Lorelai Gilmore se quedó embarazada a los dieciséis años. Hija de una pareja muy acaudalada de Conneticut, sus padres insistieron en que se casara con el padre de la criatura, pero Lorelai supo darse cuenta de que él tenía mucha menos cabeza que ella y que el matrimonio sería un error para los dos. Poco después de dar a luz a Rory (diminutivo de Lorelai; fue un arranque feminista de su madre, porque en Estados Unidos no es común que las hijas lleven el nombre de su madre), y harta de que sus padres siguieran insistiendo con el matrimonio y la trataran como a una decepción, Lorelai se fue de casa a intentar ganarse la vida para sí misma y para su hija. Empezó trabajando en un hotel como asistenta, para terminar siendo dueña de su propio hotel al final de la serie. Nunca recibió ayuda de nadie, hasta que quiso llevar a Rory a una elitista escuela privada y se vio obligada a pedir dinero prestado a sus padres. Ahí empieza la serie y las cenas de los viernes con los Gilmore. Ahí conocimos a Richard y Emily, y les odiamos a los dos, para luego terminar queriéndoles un poquito, como también hizo la propia Lorelai (pero sólo un poquito, ¿eh?, porque a Emily hay que echarle de comer aparte).



Quizás como contrapeso a la propia Lorelai esté Sookie, su mejor amiga y mejor chef del estado. Ella es un poco más ñoña, quizás, más madre, más… No sé, pero lo cierto es que compagina muy bien con Lorelai y los momentos entre ellas son mucho más ricos que el típico “jo, ese chico de ahí no te quita ojo”. Hablan de sus negocios, de sus problemas, de sus dudas; y sí, claro, también hablan de chicos, pero no son el centro de sus vidas. Utilizando una metáfora culinaria, Suki sería el dulce y Lorelai el salado. La mejor combinación posible.



Rory es, sin duda, el personaje más ñoño de la serie, pero creo también que es un excelente modelo a seguir para las adolescentes. Es una chavala que tiene claro que, si quiere llegar a algo, va a tener que luchar igual que luchó su madre. A pesar de que junto a ella desfilan unos cuantos novios, su objetivo es licenciarse en Yale, no casarse ni tener hijos. Por cierto, que uno de esos novios, Jess, es para mí otro gran ejemplo para cualquier adolescente: marrullero, liante, poco menos que delincuente callejero que, con el paso de los años, termina escribiendo un libro y regentando una librería indie. Los dos, Jess y Rory, desmitifican un poco el concepto de “gafapasta”; no hay personaje en televisión más gafapasta que ella, y él va de lector compulsivo, y dudo mucho que encontréis alguna actriz más guapa que Alexis Bledel o un tío con más pinta de duro que Milo Ventimiglia para interpretarlos. Durante algunos capítulos de la última temporada llegué a temerme lo peor, cuando se la veía enamoradísima del novio que menos me gustó de todos los que tuvo y a punto estuvo de mudarse a San Francisco solo para seguirle a él; pero en el último momento reaccionó, y en lugar de aceptar su proposición de matrimonio decidió seguir su sueño de convertirse en periodista y seguir nada menos que al congresista Obama en su campaña por la presidencia. Cualquier otro final para este personaje me hubiera defraudado mucho.



No sólo los personajes femeninos son geniales en esta serie (habría que hacer otro post para hablar de Paris y Lane, me temo). Luke Danes es, sin duda, el hombre por excelencia en la historia, el que nos enamora a todas, por quien babeé durante siete temporadas. Es probablemente la antítesis del héroe: nunca ha salido del pueblo, es un cascarrabias, no participa en ninguna actividad, se lleva mal con todo el mundo… Y tiene un corazón más grande que el palacio del obispo. Adora a Lorelai desde que la conoció, pero por supuesto no se atreve a decírselo. Hace de padre adoptivo de Rory, acoge a su sobrino Jess y ejerce de tutor con un adolescente que no le da más que disgustos, y, aunque no hace más que quejarse de él, sabemos que le daría su vida si pudiera. Vemos cómo Lorelai y él pasan de la amistad al amor, y luego rompen, y luego vuelven, y luego vaya usted a saber qué pasa porque no queda nada claro. Pero es una relación de igual a igual, sin grandes gestos pero con grandes momentos, como cualquiera de sus conversaciones en las que una está pensando “dios, no sé quién quiero que gane”.



Las Chicas Gilmore es un ejemplo de superación personal, de lo que una persona puede hacer cuando se encuentra con todas las puertas cerradas y ninguna ayuda en el mundo. Lorelai se ha hecho a sí misma, y lo que es más, ha hecho a su hija, que, aunque pueda parecer la niña más ñoña de la televisión, también se sabe sacar las castañas del fuego cuando lo necesita. Esto no significa, ni mucho menos, que me guste todo en esta serie; esa relación perfecta entre madre e hija que nos hace suspirar a más de una es, simplemente, imposible e irreal, pero bueno, es una serie de la WB, qué le vamos a hacer. Por no hablar de lo humanos que nos parecen los padres de Lorelai al final de la serie, todo olvidado, cuando a mi entender se merecen el fuego eterno del infierno por cómo trataron a su única hija durante años y años (y aún siguen haciéndolo, prácticamente hasta el último capítulo). Aún así, he de decir que me da rabia que esta serie estuviera enfocada a las mujeres, porque creo que hay muchas lecciones en ella que tanto hombres como mujeres pueden aprender y estupendos personajes masculinos a los que imitar. Pero claro, ya se sabe que, cuando la protagonista principal es mujer, es muy difícil que el público no sea femenino. Todavía queda mucho camino que recorrer, me temo.

Mujeres en Serie II: Veronica Mars



Voy a intentar dar una de cal y otra de arena en esto de personajes femeninos y hoy voy a hablar de una de mis series favoritas, si no la favorita por excelencia. No solo porque tiene, junto con Buffy la cazavampiros, uno de los personajes femeninos más completos y creíbles de la televisión, sino porque está dirigida mayormente a un público adolescente y yo… Digamos que me gusta.


(Decidme que habéis podido contener las ganas de bailar con esta canción y no os creeré.)

Verónica es un garbanzo negro en una sociedad elitista y clasista. La serie empieza unos meses después de que hayan asesinado a la mejor amiga de Verónica, que además resulta ser hija de uno de los hombres más poderosos de California. Hasta entonces, Verónica y su familia formaban parte de la alta sociedad de Neptune (lugar ficticio en algún lugar de California; aquí se juega con que ella se apellida Mars, conduce un Saturn y vive en Neptune, ja, ja); el padre era el sheriff y la madre se dedicaba a… Bueno, nunca me quedó claro qué hacía la madre, pero eran una familia feliz. Pero cuando Lilly muere, el sheriff Keith Mars pone a la familia de la chica como principales sospechosos, sobre todo al hermano, que resulta ser el ex novio de Verónica. Por supuesto, la sociedad le salta al cuello, se queda sin su puesto de sheriff y termina trabajando de detective privado y viviendo en un apartamento de mala muerte. Su mujer le abandona y Verónica aprende a cuidar de sí misma y de su padre, al tiempo que guarda un secreto que la atormenta: en una fiesta, alguien la drogó, dejándola inconsciente, y ella fue violada. Tiene que descubrir quién lo hizo.



Desde el primer momento vemos a una adolescente que no tiene nada que ver con las típicas niñatas de Beverly Hills que se nos vendieron en los noventa. Verónica ayuda a su padre en el trabajo, hasta el punto de poner su vida en peligro muchas veces, sin necesidad de que nadie le salve el pellejo (bueno, sí, su padre le salva la vida en un par de situaciones, pero no hay príncipe azul que valga). Su objetivo en la vida no es echarse un novio –lo hace, varios, a cada cual más mono, pero eso es circunstancial–, sino ir a la mejor universidad que pueda permitirse, ayudar a su madre a salir del alcohol y descubrir quién mató a su amiga y quién la violó a ella. De las tres temporadas que duró la serie, las dos primeras rondaron estos temas; la tercera, tratando de ser más visible para el público en general, fue un fiasco en todos los sentidos y probablemente la razón de que no hubiera una cuarta. Una pena.

Para mí, el éxito de Verónica está en un guión muy bien escrito, un personaje perfectamente delineado y la fuerza que tienen las chicas de la serie. La violación es un tema recurrente a lo largo de los tres años (creo que no se libra ninguna de las amigas de Verónica, incluida ella misma), hasta el punto de abusar de él, y es uno de los pocos temas que se pueden criticar de la serie (junto con la forma de estereotipar a los personajes no blancos, quizás). La única debilidad que admiten los personajes es la física; Verónica, con su uno cincuenta escasos, no puede vérselas con los más gallitos del barrio, pero es lista, muy lista, y siempre encuentra la manera de librarse de sus oponentes sin necesidad de usar una fuerza física que no tiene. El hecho de que tiene todos los gadgets habidos y por haber también hace que aquí, servidora, babee cosa mala.



Luego está Mac, su amiga geek que tiene una excelente mano con los ordenadores, personaje poco habitual en las series de teenagers donde lo normal es que el geek sea un chico. Su amistad no depende de los chicos con los que salen, o a quién han besado, o quién les gusta. Su amistad es verdadera, una unión de fuerza y talento que ayuda a ambas a salir de más de un atolladero. En un mar de series de adolescentes donde lo único que los personajes femeninos comentan es qué mono es el chico nuevo, es refrescante. Ni siquiera cuando se echan novio pierden su manera de actuar, lo que también es de agradecer. Verónica sigue siendo ella, fiel a sus principios, independientemente de con quién esté en ese momento. Hasta es capaz de tener un amigo (su mejor amigo, de hecho) sin que haya ningún tipo de tensión sexual y logrando que la amistad suene a verdadera, con sus tira y afloja y los celos que puede haber en cualquier relación, por muy amistosa que sea.



A veces pienso que si mi generación hubiera tenido más modelos como el de Verónica, muchas de las pavadas que me ha tocado ver en la vida no habrían existido. Y, quién sabe, la que aquí escribe igual hubiera terminado de detective privado en lugar de profesora de inglés, porque la buena de Kirsten Bell consigue que parezca divertidísimo eso de jugarse la vida con dieciséis años.
(Si tenéis un rato, ved este vídeo de Anita, que lo explica todo mucho mejor que yo.)

Mujeres en Serie I: Castle



A los seguidores del blog (y a las que me conocen en persona) no les sorprenderá mucho que empiece con esta serie, visto el coñazo que llevo dando todo el verano con el dichoso Nathan Fillion. Para los que no la hayan visto nunca, diré que es una comedia procedimental de las de toda la vida: detective femenina dura y profesional que trabaja con escritor graciosejo que la persigue a todas partes con la excusa de documentarse para sus novelas. Por supuesto, entre ellos surge la chispa, se enamoran perdidamente aunque ninguno de los dos lo ve y capítulo tras capítulo se van dando esa serie de situaciones “sí pero no” a las que tan acostumbradas nos tienen series como “Expediente X” o “Bones”, en las que parece que se lían, que hoy sí, que va a haber tomate, y luego “ná de ná”. Vamos, que no es una serie que se salga de madre por original; es divertida, se deja ver y alegra el ojillo con el dichoso Castle que está de untapanymoja.



Como digo, uno de los personajes principales es Kate Beckett, una detective que sabe lo que hace, dura, profesional, a quien no le tiembla el pulso si tiene que disparar a los malos, con un claro sentido del bien y del mal y que se lleva bien con todos sus compañeros, a pesar de su condición de mujer con poder en un mundo de hombres. En su pasado está la muerte de su madre, el hilo conductor de la serie aparte de la relación amor-odio Castle/Beckett. Poco a poco se van desvelando hilos de esa trama, hasta el punto de poner la vida de muchas personas en peligro (tranquilos, que no me la cargo, no hay spoilers), dejando atrás el tonito humorístico de la serie y haciéndola algo más formal.

Hasta aquí todo estupendo desde el punto de vista de una feminista a ultranza como servidora… sobre el papel. Porque luego me encuentro con dos problemas que claman al cielo:
El primero es físico: vemos a Kate Beckett, interpretada por Stana Katic (guapísima, fantástica, maravillosa), y no tenemos muy claro si estamos viendo a una detective en las calles de Nueva York o a una modelo en una pasarela de París. Pase que siempre vaya con la raya del ojo hecha. Pase que siempre parezca que acaba de salir de la peluquería. Pase (con recelo) que utilice el flirteo en más de un capítulo (y más de dos, y más de tres) para coger a los malos. Pero que me persiga a los sospechosos con zapatos de tacón de aguja y corra más que todos sus compañeros, no. Eso sí que no. Con esos zapatos no se puede apenas andar –fijaos alguna vez en las mujeres que van con tacones de diez centímetros por la calle, ved la cara de “que no se note que me duelen los pies” que llevan–, olvídate ya de correr. Estoy hasta las narices de que se nos venda la moto de que las mujeres no solo tienen que ser listas, profesionales, ágiles, deportistas y un largo etcétera, sino que, además, tienen que ir inmaculadas al trabajo. A una poli de Nueva York me la imagino con coleta, la cara lavada y zapato liso –y de cordones, bien sujeto–, no vaya a ser que tenga que echar a correr en cualquier momento. Ninguna mujer con un trabajo físico puede llevar zapato incómodo. ¡Por dios, si yo solo soy maestra y tengo que ir con zapatillas!



Lo peor de todo, sin embargo (bajo mi punto de vista, obviamente), es la puta manía de Castle de proteger a su “compañera”, sobre todo en los últimos capítulos de la tercera temporada. Ella lleva una década de policía y sabe lo que se hace; él no tiene ni puta idea de lo que es ser poli, pero se pasa el día diciéndole que lo deje, que no se meta, que le van a disparar… Vale, sí, estará muy enamorado y todas babeamos con lo mucho que la quiere, pero por un momento, pensad que fuera al revés. Si el detective fuera él y ella le dijera que lo dejara, que no se metiera, ¿no pensaríamos todas y todos “joder qué pesada, qué metete, es su trabajo, si no te gusta búscate a otro”? Beckett es una mujer sin cargas familiares que investiga el asesinato de su madre; si quiere arriesgar su vida, allá ella, leches.

(El vídeo contiene spoilers. No lo veáis si tenéis intención de seguir la serie y no habéis visto el último capítulo de la tercera temporada.)



Eso en lo que respecta a la pareja principal, porque no voy a entrar a juzgar a la hija y la madre de Castle, que son también de armas tomar. Rick Castle no sabe quién es su padre porque es fruto de un “one night stand” (sospecho que esto se resolverá más adelante); su hija Alexis, a quien ha criado él, es la hija perfecta, aunque, por lo que podemos ver, él es todo menos perfecto. Volvemos a la fórmula de “el protagonista tiene muchos fallos, pero es tan mono, y tiene tan buen corazón, y las quiere tanto que le perdonamos todo”. Es ficción, ya lo sé. Es lo que vende. Pero sigo pensando que se pueden hacer series igualmente atrayentes para público masculino y femenino en las que las mujeres sean algo más que meros instrumentos. De hecho, he encontrado unos cuantos ejemplos. Eso sí, hay que buscar un poco.

Dicho lo cual, babeemos un poquillo.

Mujeres en Serie

Cuando el común de los mortales piensa en el verano, todos tienen en mente las mismas imágenes: solecito, piscinita, mojito y fiesta. Cuando vives en Vitoria, eres profesora y todo el mundo trabaja, mi verano se resume en: veintiún días seguidos de mal tiempo, mucho mes al final del sueldo, libros, ordenador y series de encefalograma plano. Qué se le va a hacer, así es el norte.

Y como lo único que me sobra es tiempo, y en ese tiempo tengo la mala costumbre de pensar, se me ha ocurrido que voy a aprovechar mis horas de nubes (y de sol: ahora hace bueno) para empezar una serie en blog que espero que dure: Mujeres en Serie. A grandes rasgos, y si la inercia dura, quiero compartir con vosotros y vosotras mi opinión sobre los personajes femeninos de las series que voy descubriendo. Por desgracia, la mayoría dejan mucho que desear; por fortuna, alguna se salva. A algunos os rechinará a feminismo puro y duro y lo dejaréis después de la primera lectura. Otros quizás aguantéis hasta el final (o hasta que me canse). Sea como sea, me gustaría que compartierais vuestras opiniones conmigo; eso sí, de forma respetuosa, porque al primero que me llame talibán feminazi le mando todo el mal karma del mundo y le bloqueo pero ya.

Espero que os guste.











Por qué escribo

A veces me pregunto por qué escribo.
La gente suele decir que es porque les gusta. Yo no. Si soy sincera conmigo misma, muy sincera, llego a una terrible conclusión: no me gusta escribir. Es como si a un heroinómano le preguntas si le gusta la heroína. Me gusta cómo me hace sentir en los momentos de subidón, por supuesto; cuando todo fluye, cuando la historia se escribe sola, cuando no hay que pensar mucho. Pero luego viene el bajón. Los momentos en los que no te sale nada. Los momentos en los que escribes y te das cuenta de que eso no era lo que estaba en tu cabeza, que no encuentras las palabras, que esa frase que habías pensado no tiene sentido en ese contexto. No te gusta el tono, ni la historia, ni la escena, y de repente ni siquiera la idea que habías creído tan buena antes de empezar te parece ya buena. Lees lo escrito y quieres gritar, y te preguntas a qué estás jugando, por qué coño no me dedico a hacer calceta, o patchwork, que es mucho más reconfortante.
Te dices que no tienes por qué escribir. Que nadie espera que lo hagas. Que no es tu trabajo, que no es lo que eres, que si no escribes ni una línea, el universo no va a implosionar. A nadie le importa. Solo a ti.
Y entonces lo dejo. Me rindo. No escribo durante meses y reniego de mis ínfulas de escritora. Pero luego siempre hay una chispa, como el alcohólico en recuperación que sin querer da un trago a un vaso de champán pensando que es zumo de manzana. Y caes otra vez, irremediablemente, con tu idea y tus personajes, y la estúpida convicción de que esta vez sí, esta vez vas a escribir una obra de cagarse por la pata abajo, que vas a ganar cuanto premio exista. Y empiezas. Y paras. Y vuelves a empezar. Y te vuelves a odiar, y no sabes cómo seguir, y piensas en dejarlo, pero ya te has rendido tantas veces que crees que si te rindes una vez más te odiarás toda la vida, aunque sabes que ya te odias por dejarte engañar otra vez.
Así que no tengo ni idea de por qué escribo. Solo sé que llevo tanto tiempo haciéndolo que ya es parte de mí. Y es frustrante, porque es una parte de mí que no me gusta, pero soy incapaz de librarme de ella, por más que lo intento.
Y no sé qué hacer.

CLIL, o cómo perder tres días y setenta y cinco euros

Hoy he terminado un curso de verano de la UPV. Tras tres días de levantarme a las cinco y media de la mañana y soportar una Donosti lluviosa y mucho más fría que Vitoria (sí, hacía más frío que aquí, os lo juro), me vuelvo con la sensación de que no he oído nada que no supiera antes. Y que los hay con una cara muy dura.
Para el que no lo sepa, CLIL son las siglas de Content and Language Integrated Learning, un término que ahora está muy de moda en las escuelas de media Europa y que básicamente trata de enseñar contenidos en una lengua distinta de la materna. Yo andaba con la mosca detrás de la oreja, convencida de que el acrónimo era una bonita manera de nombrar lo que yo conozco desde los dos años por haber aprendido euskera con lo que antes llamábamos "método de inmersión", pero, como está en boca de todo el mundo, me apunté en cuanto lo vi ofertado. Ilusa de mí, pensé que me iban a aclarar de una vez por todas esas dudas que me afectan desde que empezaron con esto del trilingüismo en Euskadi: cómo favorecer al inglés sin perjudicar al euskera; cómo encontrar un término medio entre objetivos lingüísticos y de contenido; cómo llegar a todos los niños, incluso a esos que acaban de llegar a la comunidad y no hablan ninguno de los dos idiomas oficiales; cómo hacer que los chavales hablen en inglés cuando están en grupos; cómo lidiar con los errores lingüísticos cuando lo que buscas es corrección en el contenido... Y un largo etcétera que no viene al caso, porque todas han tenido el mismo resultado: me he quedado igual que he entrado. Ni una sola respuesta.
Y es que el principal problema estaba en quién daba el curso: una asociación de ikastolas privadas, con lo que ello supone de selección del alumnado. La primera selección, porque ir a una ikastola en lugar de a un colegio donde solo se estudia en castellano ya demuestra un nivel socio cultural medio-alto, o al menos una especial sensibilidad hacia el aprendizaje de lenguas. La segunda, huelga decirlo, va implícita en el concepto de "privadas". Todo lo que nos han dicho estos tres días se invalida absolutamente cuando una piensa en una escuela llena de extranjeros con un nivel socio económico y cultural bajo. No vale de nada hablar de trilingüismo cuando un niño o una niña entran en quinto de primaria sin saber ninguno de los tres idiomas. Es ridículo. Solo con eso, el resto ya pierde sentido. Todas las dudas que tenía antes siguen siendo las mismas.
Pero no me rindo. Creo en el trilingüismo. Creo que se puede hacer bien. Creo que tiene que haber una fórmula ahí fuera con la que nuestros alumnos y alumnas sean capaces de mantener su lengua materna, aprender una lengua minoritaria y milenaria y moverse con soltura en la Europa del inglés. Pero creo que, si buscamos una fórmula que funcione por igual para todos los niños y niñas y para todas las escuelas y regiones, vamos de culo. No se puede tratar igual a una ikastola de Bermeo y a un colegio de modelo A de Vitoria. Maneras hay, estoy convencida. Pero todavía no las hemos encontrado. Será cuestión de seguir buscando.

Porque hoy es hoy

Porque hoy es hoy.
Porque empieza a salir el sol, a pesar del mal tiempo que está haciendo.
Porque estoy de vacaciones.
Porque hoy me he levantado a las cinco y media de la mañana para ir a un curso por voluntad propia.
Porque adoro a mi gato.
Porque mi gato me adora a mí.
Y porque hoy puedo decir, con más razón que nunca, que hoy es el primer día del resto de mi vida.

Disfrutad de mi canción de buen rollito.



P.D: Soy funcionaria.

Clara

Era curioso cómo una podía pasarse la vida leyendo revistas de divulgación científica sin llegar a entender completamente lo que decían, para, en un instante, experimentar en su propia piel lo que le habían estado diciendo durante meses, o incluso años. El sentido del olfato era el que más unido estaba a la parte del cerebro que se ocupaba de la memoria, decían, y Clara, cabezona ella, insistía en que eso dependía de las personas, que ella, por ejemplo, era más visual. Y entonces abrió un frasco de crema para la cara y, al sentir el suave olor, la cabeza se le llenó de imágenes que creía olvidadas. Vaya, pensó, si al final la Muy Interesante va a tener razón.
La primera vez fue al día siguiente de que Eduardo se fuera de casa, y a partir de aquella noche la sensación fue la misma todos los días. El olor a lavanda de la crema –Dulces Sueños, Elizabeth Arden, con una suave fragancia que te ayuda a dormir mientras tu piel se recupera de los estragos del día– le trajo a la mente las peleas de todas las noches, con gritos en voz baja y palabras hirientes seguidas de cariño, y muchos sabes que te quiero, pero… que a menudo terminaban con ella llorando y él dándose la vuelta en la cama y apagando la luz. No recordaba una en concreto, sino más bien esa sensación general de miedo e impotencia que le provocaba Eduardo con sus exigencias y deseos. Porque las peleas eran siempre por lo mismo, siempre por la noche y siempre en la cama: sexo (Clara seguía sonrojándose al pensar siquiera en la palabra, incluso cinco años después de la separación. Joder con la crema). Eduardo quería acción, pasión, originalidad. Clara no sabía que tenía la opción de querer todo eso, y desde luego no tenía ni puta idea de cómo dárselo a su marido, así que se negaba por principio (decía) y por ignorancia (no lo decía, pero él lo sabía. Tenía que saberlo). Su marido era demasiado versado en las artes amatorias, como hubiera dicho un antiguo, y ella era la hija única de un matrimonio que, aunque iban de modernos y republicanos, hubiera muerto del disgusto si su niña no hubiera sido virgen en la noche de bodas. Ponte boca arriba y disfruta, le había dicho Eduardo. Y ella lo había hecho. Más o menos. Pero con los años, o la crisis de los cuarenta, o vaya usted a saber qué, Eduardo había empezado a pedirle más. Cosas que Clara no había visto ni en la enciclopedia sexual que unos amigos les dieron como regalo de bodas.
Cerró la crema y la guardó en el armarito del baño. Quizás fuera hora de cambiar, se dijo. Al fin y al cabo, ya tenía una edad. Ya había pasado los cuarenta –con creces–, tenía una hija adolescente y todo. Sí. Definitivamente, era hora de cambiar.
“Mañana mismo compro una crema nueva para pieles maduras”.

Diario de un personaje



Lo peor del pasado es ver las cosas que no has hecho. Mirar atrás y recordar lo que no dijiste, lo que no explicaste, las normas que no rompiste. Y saber –porque lo sabes, porque no eres tonta– que ya no hay vuelta atrás y que nunca podrás hacerlo. Que el pasado está a años luz y no hay segundas oportunidades.

El pasado se esconde de nosotras en nuestros recuerdos. Tenemos imágenes en la cabeza, pero no podemos fiarnos de su veracidad. Sus ojos no eran tan azules, ni mi risa tan aguda. Aquel trabajo no era tan grandioso, pero cualquier cosa es mejor que lo que sufres ahora, o eso te parece (pero no es cierto). Las situaciones no cambian, cambiamos nosotras, y así cambiamos a nuestras hijas, que terminan enfrentándose a las mismas situaciones que vivimos nosotras, pero de otra manera. Es un círculo vicioso. No cometas los mismos errores que yo –pero lo hará–, no te dejes ninguna sensación –pero lo hará–, no dejes nada por decir porque te arrepentirás cuando seas mayor –pero lo hará, vaya si lo hará–. Solo nos damos cuenta de la brevedad de la vida después de haberla vivido. Antes nos creíamos invencibles. Ahora sabemos que nacimos derrotadas.

El pasado es pasado, el futuro no ha llegado. Lo que nos queda es el presente. Solo una adolescente sabe vivir el presente. El resto solo sabemos lamentarnos. La putada de ser adulta es la perspectiva que te da la vida. Quién pudiera haber muerto a los veintitrés.

Quizás y gracias

Y fue solo un segundo, pero me miraste, y sonreíste, un segundo, quizás dos, tal vez cinco, porque la mantuviste, tus ojos y tu sonrisa, y yo tonta de mí boba sosa pavisiesa, miré para otro lado, y qué hubiera sido de mí si te hubiera sonreído también. Ya no importa, ha llovido mucho, y sé que es mejor no saber qué significaba aquella sonrisa, porque dentro de mí me queda la seguridad de que, si te hubiera sonreído, tú y yo, quizás, quién sabe, pero si lo supiera, si me dijeras que solo fueron cosas mías, mi yo de quince años de entonces se daría de bruces contra el suelo. Y quizás, quién sabe, lo que son las cosas, es esa mirada y es esa sonrisa que no contesté y que yo creo que significó lo que puede que no significara lo que me dio alas para volar y convertirme en yo hoy y ahora. Y hoy y ahora me quiero mucho. Así que, gracias. Te devolveré la sonrisa la próxima vez que te vea.

¿Adolescencia tardía o alzheimer temprano?

Tengo la edad mental de una adolescente de los noventa. Nótese que especifico la década, porque más quisiera yo que ser como una adolescente de las de ahora. Otro gallo cantaría.



Recuerdo que con trece o catorce años le escribí una carta a Kirk Cameron y la mandé a la dirección que venía en un artículo de la Super Pop (teniendo en cuenta la fiabilidad de la revista, me imagino a una señora en algún pueblo perdido de la América profunda con cientos de cartas dirigidas a un tal Kirk del que no había oído hablar en su vida). Le escribí la carta, digo, ante el choteo de mis amigas del instituto, que por supuesto eran muy guays y muy maduras ellas y no veían chorradas del pelo de "Los problemas crecen", aunque nunca me quedó claro qué veían ellas y por qué se sabían las historias de todos los capítulos. "Espera sentada", me dijeron, muertas de risa porque yo estaba convencida de que me iba a contestar. Y esperé. Vaya si esperé. Esperé convencida de que el bueno de Kirk vería mi carta entre las miles que recibía a diario y contestaría precisamente esa, porque la revista decía que contestaba a todas las cartas. A todas.

Empiezo a sospechar que la revista mentía. Un poquito.

Esperé meses. Era llegar a casa y mirar el buzón con entusiasmo primero y decepción después. Kirk nunca contestó. Yo lo achaqué a que no había entendido mi inglés, o quizás no había descifrado mi letra, nunca a que no hubiera tenido tiempo a leerla. De vez en cuando se me olvidaba lo de la carta, pero ya estaban mis queridas "amigas" para recordarme, con esa carita de hijas de puta que tenían ellas, que Kirk todavía no me había contestado, que a ver si seguía loquita por él. Y yo, muy digna, les decía que había sido una tontería, que ya se me había pasado, que todo el mundo comete tonterías. Pero por dentro me carcomía la rabia de que Kirk me hubiera dejado en tal mal lugar.

Hace mucho que dejó de gustarme Kirk Cameron (desde que me enteré que era un friki religioso, más o menos), pero lo mío con los actores no terminó ahí. De vez en cuando me da por uno, y le sigo, y me veo todas sus películas -ejem, sí, ya sé que esto no os pilla de sorpresa-, y ahora con la bendición de internet me es facilísimo buscar información sobre su vida privada y sentirme un poco más cercana a él. El peor descubrimiento, sin embargo, ha sido Twitter: eso de poder tener acceso "directo" a sus palabras, sentir que puedes "hablar" con ellos o hacerles llegar de forma directa lo que piensas, es un poco peligroso para una mente tan delicadamente inocente y en proceso de maduración como la mía. Es la versión moderna de la sección de contactos de la Super Pop, por decirlo así, solo que un poquito más fiable. Pero la dificultad de que te contesten sigue siendo la misma.

El otro día me dio por mandarle tweets al actor que me gusta ahora (cuando digo ahora, digo este mes, porque yo cambio de crush con facilidad pasmosa). Le mandé tantos que pensé seriamente que me iba a bloquear; o eso, o terminaría contestándome, aunque solo fuera por pesada. Estaba conectado, porque él también estaba escribiendo... y retwiteando otros tweets que le mandaba la gente. Pero a mí no me contestó. No me dijo nada. Nada. Y os juro que a puntito estuve de dejar de seguirle, que a mí feos no me hace nadie, vamoshombrepordios quién se ha creído él que soy yo.

Pero no lo hice. Porque estoy madurando (tendríais que ver la carcajada que he soltado al escribir esto). Porque no pierdo la esperanza de que un día encuentre las palabras justas, le haga gracia y termine por contestarme. Y ese día, amigas y amigos, ese día, ¡ay!, se van a enterar hasta en la luna de que cierto personaje de serie de encefalograma plano y con sonrisa pícara me ha dirigido la palabra a mí, ¡a mí!, de entre todas las mujeres del mundo twitero. Porque sí, ya sé que es actor y que interpreta un personaje y bla, bla, bla, pero me da a mí en la nariz que este hombre tiene más de su personaje de lo que a él le gustaría, y su personaje es tan rematadamente mono, majo, simpático, sexy, agradable y, en resumen, apetitoso, que debería ser casi ilegal no babear por él.

Qué le vamos a hacer. Ya os he dicho que tengo quince años. Al menos éste solo me lleva cuatro años, no los treinta y tantos de otro que yo me sé.



P.D: Demos gracias al cielo porque Alan Rickman no usa Twitter. Si no, dejaba hasta de trabajar.

Recuento

Oposiciones: terminadas. En espera de notas.
Exámenes de la carrera: terminados. En espera de notas.
Clases con los pitufos: terminadas. Mañana, vacaciones.
Paciencia: terminada. Del todo.
Energía: en las últimas. Necesidad de recarga urgente.
Cupo de sueño: bajo mínimos.
Rodillas funcionales: una y media, dos si pongo hielo.
Kilómetros andados desde el viernes pasado: alrededor de cuarenta.
Kilos perdidos desde febrero: siete (bueno, seis y medio).
Migrañas este año: cero (toco madera).

Ganas de que empiecen las vacaciones para sentarme a escribir las mil y una ideas que me rondan la cabeza: infinitas.

Diario

Hola, buenas, ¿qué tal va todo? Pues me he visto con un rato libre y me he dicho "voy a ver qué se cuentan por la blogosfera, que hace tiempo que no sé nada de mis viejos compis", y aquí me he venido, a tomar un café -sin baileys, por favor, que ya tuve bastante ayer- y a ver qué tal os va todo.

Yo bien, gracias, atareada pero bien, contenta, encantada de conocerme y de ser yo misma (estos días; la semana que viene igual no me aguanto, pero hoy me quiero mucho). El sábado tuve el examen escrito de las oposiciones y la semana que viene me presento a la parte oral, que no me da tanto miedo pero hay que preparar igual, así que os ruego que recojáis los pedazos que queden de mí el día treinta de junio. Quizás también tengáis que recoger el cadáver de un par de niños, o no, o los que terminan conmigo son ellos. Me sobran las últimas semanas de curso, ni ellos ni yo estamos a lo que hay que estar y me dedico a reñir y a poner orden, pero no a enseñar. Tendré que volver a mis viejas andadas de ponerles un examen el último día de clase, para que se asusten y guarden un poco las formas. Pero no me sale. Estoy feliz, y no se puede putear cuando estás feliz.

Llevo una semana entera pensando en que tengo un montón de cosas que poner en el blog, pero cuando tengo ideas no tengo tiempo, y cuando tengo tiempo se han ido las ideas, o no tengo ganas, o vaya usted a saber cuál es la excusa. Quizás cuando acabe el curso, cuando caiga en picado tras mantenerme alerta varios meses sin fines de semana siquiera, se me ocurra algo que contaros. De momento, aquí me planto. Solo pasaba a saludar. A decir que estoy viva y más fuerte que nunca, pero cansada y ocupada (y lesionada, ¡ay, mi rodilla!), que no es buena combinación para escribir asiduamente. Pero volveré. Vaya si volveré. Para contaros las buenas nuevas, si las hay, y ocultaros las malas, que total para qué, a vivir que son dos días.

Seguid ahí. Al pie del cañón.

De compras

Situación: Tienda súper guay de ropa distinta, que se agradece de vez en cuando. Vestido monísimo, tallaje extraño (de los que van del uno al cuatro, vaya). Vestido en mano, me dirijo al mostrador.

Yo: Perdona, quería probarme este vestido. ¿Qué talla es como para mí?

Dependienta: A ver... Mira, esta es como una cuarenta. Para ti de sobra.

Yo: ¡¡TE QUIERO!! ¡¡TE ADORO!! ¡¡SI FUERA LESBIANA TE HACÍA MÍA AQUÍ MISMO!!

(La carencia de calorías afecta al comportamiento racional, me temo...)

Tic-tic-tac, budúm

Hoy en día hay revistas para todo. Todo el mundo tiene consejos. Ser articulista te da derecho a opinar sobre todo. Igual no has escrito un cuento corto en tu vida, pero como te han contratado en una revista y tienes mucha labia, hablas y hablas sobre cómo deberían ser los personajes, sobre cómo escribir un guión, sobre… No sé, sobre lo que sea. Y la gente te lee, y sigue tus consejos, y luego se las da de guay porque cree que su escritura ha mejorado.
No sé si leer sobre escritura, asistir a talleres o formarte teóricamente ayudan. No sé si hace daño. Eduardo Mendoza dice que es fatal, que cada uno tiene que trabajar desde sus experiencias y sus conocimientos, que a muchos escritores se les ha estropeado por seguir consejos de otros. No sé. Supongo que tiene razón. Pero a veces es muy difícil lidiar con todo lo que se te echa encima cuando quieres escribir. Hay tanto que abarcar que es difícil lograr que no se te escape ningún detalle. Estructura, personajes, localización, temporalización… Y eso de corrido y sin pensar, que si nos metemos con metáforas, simbolismos y temática, me mareo.
Escribir ficción es muy difícil. Yo, como muchas y muchos otros, pensaba que era tan sencillo como sentarte e inventarte cosas, y dejar que la historia fluyera, contar la vida de personajes y ya está. Pero no. Es mucho más. Es crear un mundo creíble, a la vez que ficticio, y dar a tus personajes características veraces mientras juegas a ser dios y a crear vidas de mentiras. Es horrible. Es extenuante. La mayor parte del tiempo quieres dejarlo, mandarlo todo a hacer puñetas, y te preguntas constantemente qué hago yo aquí, con lo bien que estaría yo haciendo… cualquier otra cosa. Pero luego llegan esos diez minutos de iluminación total, ese instante en el que todo encaja, todo es perfecto, todo funciona, y te das cuenta de que ha merecido la pena. Hasta que te fijas en que, mierda, no tiene nada que ver con lo que has escrito antes ni lo que tenías pensado escribir después, y no sabes si ese es el camino correcto o te has desviado, o deberías ir por esa nueva vía y volver a empezar… Es un infierno. Escribir es una tortura.
Y la gente lo hace. Y lo seguirá haciendo. El por qué, nadie lo sabe. ¿Por ver su nombre impreso? ¿Por dejar algo para la posteridad? ¿Por jugar a ser dios? Yo a veces –como ahora- lo hago solamente por el placer de sentir el teclado bajo los dedos. Porque me apetece oír el tic-tic-tic de las teclas y el budúm de la barra espaciadora. Es algo físico. Como le pasaba a Joyce cuando escribía solo por el placer de oír las palabras, de dejarse llevar por sus sonidos. Ahora le entiendo un poco más (pero solo un poco, por más que Dublinners me haya encantado).
Hoy he escrito por obligación, en teoría. Tengo examen de composición esta tarde y me he dicho que lo mejor es ir calentando los dedos. Me ha recordado por qué me gusta escribir. Me ha recordado que la escritura es parte de mí, que es una de las pocas cosas que sé hacer bien (aunque quizás no lo suficiente para ser publicada). Tengo ganas de volver a escribir. Lo malo es que la inactividad ha atrofiado el músculo y ahora no se me ocurren historias que contar. Pero ya saldrá alguna. Por desgracia, me ha picado el bicho en exámenes y con las oposiciones en tres semanas. Algo haremos.
Quiero volver.

Que lo mismo un día me da por tirarme de un tren en marcha, vaya

Si es que... Quién me mandará a mí. Con lo feliz que estaba yo con mis kilitos de más y va y me da la neura de estar sana, verme bien en el espejo, poder ponerme la ropa del verano pasado y compararme con esas que no han comido más de quinientas calorías al día en su vida y que encima "tienen un metabolismo rápido" (que en inglés significa que vomitan todo lo que comen). Y ahí me veis, comiendo sano, con mis verduritas, y mis carnes magras, y mi pescadito sin salsa, y mis antojos de pasta integral cada quince días por eso de tener una dieta equilibrada. He aguantado un tiempo. He aguantado mucho. Lo cierto es que sigo aguantando, porque ya no hago los excesos de antes, pero el cuerpo me pide grasas. Y yo se las doy. De vez en cuando, pero se las doy.

Así que he pensado que, como dejar de comer es muy duro, tendré que incrementar el ejercicio y quemar lo que como. En esas estaba yo cuando, hace un par de meses, una amiga me propuso participar en la Carrera de la Mujer que se celebra el 12 de junio. Cuando vi el email, pensé que mi amiga se había vuelto loca o que le habían robado la identidad de la cuenta y era un correo de spam. Ánimo, que solo son cinco kilómetros, decía. "¿Pero tú me has conocido? Hola, soy Ruth, encantada; ¿nos vamos de pintxos?" Al rato, sin embargo, pensé que quizás fuera buena idea, por eso de hacer algo distinto y tomar el aire al mismo tiempo. Sólo había un pequeño problema: lo más que había corrido yo seguido en mi vida eran dos minutos, y casi me da un infarto en la cinta andadora. Pero aún así, le dije que sí. Y desde mediados de marzo me he prometido a mí misma que, en cuanto salga un día bueno, voy a correr al parque. Bueno, siempre y cuando tenga tiempo. Y ropa de correr limpia. Ay, sí, pero necesito bolsillos, ¿cómo llevo las llaves si no? ¿Y el mp3? Porque yo sin música no corro, oiga usted.

Resumiendo: desde mediados de marzo, he salido a correr cuatro días.

Lo que no significa que no lo haya hecho en el gimnasio, pero no es lo mismo. Más que nada porque, según he leído, es mucho más duro correr en la cinta que en realidad (o sea, en el mundo real de ahí fuera, porque en realidad también corres en la cinta). El miércoles, llena yo de energía, me sorprendí a mí misma cuando llegué a los quince minutos corriendo de seguido en la máquina. Podían haber sido más, todavía me quedaban fuerzas, pero las pulsaciones se acercaban peligrosamente a 160 (no sé cuál es el límite sano para una persona de mi edad, pero sentía en corazón en la cuenca de los ojos) y decidí parar. Anduve durante diez minutos más para ver si me calmaba; solo conseguí bajar a 120 antes de meterme en al ducha, pero teniendo en cuenta que fue hace cuatro días y aún no me ha dado un infarto, creo que no era para tanto. Aún así, me asusté ante el riesgo de un jamacuco y decidí que, para que no me volviera a pasar, tenía que... hacer lo mismo más a menudo. Y a poder ser en la calle.

Y como he leído en algún sitio que cuando haces deporte te tienes que ver mona porque te motiva más, ayer sábado me fui a comprar ropa para eso, estar mona (y porque nunca he hecho ejercicio y no tengo camisetas de deporte suficientes):



Y oye que si funciona: tras pasarme el día entero mirando por la ventana rogando que no lloviera, me he vestido para salir a correr... Y casi no salgo por lo encantada que estaba de conocerme y verme en el espejo. Monísima, oye, un aspecto de profesional que ya lo quisieran muchas. Cuando por fin he empezado a correr, yo creo que mis zancadas eran más largas, más garbosas, mi pose más erecta, el ángulo de los brazos el ideal... Vamos, que tenía que haberme comprado el atuendo hace mucho tiempo.

He vuelto a correr durante quince minutos seguidos y he tenido que parar porque me faltaba el aire, pero ya no sentía el corazón en la cuenca de los ojos. Luego he tratado de volver a correr pero ya no me daban las piernas. En total, diecisiete minutos corriendo y veinte andando de vuelta a casa que me han servido para relajar los músculos. Si mañana no llueve, intentaré que sean veinte, y a ver si voy todos los días a hacer algo, aunque sea en el gimnasio. El día 12, el objetivo es terminar. Aunque sea andando.

(Y, bueno, lucir palmito, que aún me queda mucha ropa por estrenar...)

De bodas (reales) y otros trending topics.

Vale. Sí. Lo reconozco. Soy ñoña. Ñoña, ñoñísima. Me gustan más las bodas que a un tonto un lápiz (tengo que dejar de decir esto, porque también me encantan los lápices. Dice muy poco de mí misma). Y si son reales -que no de mentiras-, más. Porque nadie se casa como los príncipes y las princesas. Que no. Que el glamur de la Kate Middleton no es comparable al de Belén Esteban, por mucho que el vestido se "pareciera". Ay, si Grace Kelly levantara la cabeza.

Y es que mi feminismo se va al garete cuando me ponen un bodorrio delante. Y mi ateísmo, oye, que eso es más grave. Fijaos que me tragué la boda entera, con ceremonia incluida, y sin comentarios porque cogí la señal de la BBC que iba para todo el mundo y solo tenía sonido de ambiente. Decía yo "qué rápido va todo, ya están casados", pero claro, luego llegaron los cánticos, y el rato ese que desaparecieron los novios y toda la corte, que, como leí en algún sitio, debieron ir a hacer la prueba del pañuelo, porque no me lo explico. Y yo ahí, pegada al ordenador primero -porque yo tenía que estudiar, tenía que terminar un trabajo en el ordenador, tenía que, tenía que...- y luego frente a la tele, ya sin disimulos y con sonido. Que me perdí el primer beso, oigan, y menos mal que se besaron una segunda vez. Si es que... Hay que tener mil ojos con estos piquitos mal dados.

Después de ver treinta y cinco repeticiones del beso, del sí quiero y del momento en que Harry (que no Enrique) se gira a su hermano y le dice "verás cuando la veas", puse el telediario por si había habido algo más en el mundo aparte de amor y concordia en el país de Harry Potter. Parece ser, qué cosas, que el mundo no se detuvo el viernes y que solo era festivo en el Reino Unido y en Araba para los que nos cogimos puente (porque los príncipes han tenido a bien casarse el día después del patrón de la provincia, si va a resultar que al final son vascos). Así que, mientras me tomaba un café tranquilita y hacía un poco de patchwork, me puse a ver cómo Gadafi amenazaba al mundo con quedarse de por vida en el poder, o cómo el paro ha subido hasta los cinco millones de personas en España, o cómo un niño de seis años se ha desplomado de un balcón y han terminado inculpando a una niña de doce. Al final terminé cambiando a la BBC, porque era mucho más entretenido seguir viendo a la multitud esperando a que Guillermo y Catalina (¿no os suena fatal?) salieran del palacio en su Ashton Martin descapotable y saludaran con mano enguantada.

Hasta que me pusieron las imágenes del Barça -Madrid y terminé quitando la televisión. Que yo solo estoy para buenos rollitos últimamente, oigan.

Diario

Y otra vez llega la primavera, como todos los años, porque la primavera llega siempre, las que puede que no lleguemos somos nosotras (y nosotros; inclúyanse en el femenino, háganme el favor). Calorcito, sol, pajaritos piando, bla, bla, bla, pero al final el año sigue siendo el mismo y lo que cuenta es lo que una haga con su tiempo, no el tiempo que haga.

Sigo sin escribir. Digo "sigo", pero no sé realmente si lo he vuelto a dejar o es que lo dejé hace tanto que ya ni lo recuerdo. Mi lado defensivo, ese que se excusa ante todos los ataques, dirá que no se pueden estudiar una carrera y oposiciones y encima escribir una novela; mi yo verdadero, ese que me ataca en sueños de vez en cuando, reconoce que no escribo porque no me da la gana, porque no estoy inspirada, porque quien no escribe no puede volver a ponerse a ello así, de la noche a la mañana. Lo peor (o lo mejor, por eso de la salud mental y tal) es que no lo echo en falta. No lo echo de menos. Ahora me ha dado por la lingüística y me sorprendo a mí misma ideando teorías, en lugar de buscar algo que contar en formato novela o relato.

De hecho, ni siquiera leo. Me he dado cuenta de que, aunque me leyera un libro a la semana, nunca, NUNCA, podría leer todos los libros que quiero leer, porque de cada uno salen cinco, y luego te cambia el humor y ya no quieres leer ese género, quieres leer otro, y luego te cansas, y ya no quieres leer punto, pero te sientes culpable, porque tú eres lectora, y por dios cómo no me voy a leer todas las obras de Virginia Woolf en versión original y con medio libro de notas. Y luego llega agosto, con su piscinita y sus libros de encefalograma plano, y una se siente culpable porque qué hago yo leyendo una de chic lit cuando podría estar leyendo cualquier otra cosa. Vamos, que la historia es sentirse culpable.

Y ahora me voy a estudiar, que es lo que tienen los domingos remolones, y luego seguiré con una colcha de patchwork que me he propuesto terminar esta semana (solo la parte de arriba, ¿eh?, que el acolchado necesita meses). Y luego quizás, solo quizás, me tire en el sofá a leer Dubliners, que habrá que aprovechar que por fin he encontrado un libro de James Joyce que me gusta (y entiendo, ejem) y a ver si lo termino.

Y eso, que aquí sigo, o seguiré hasta que los hados (que no las hadas, que son distintas) me lo permitan.

This is fabric?

Tania es una pitufilla que cumplió siete años en febrero. Si tuviera que describirla con una sola palabra, sería "burbujeante". Toda ella es vida, toda ella energía. El primer día de clase con ella, casi me da un infarto. Este año estoy deseando que me toque su clase para verla.

A Tania le encanta el inglés. Lo disfruta como la enana que es, intenta hablarlo constantemente, con su media lengua y toda su buena intención. Su clase no es una clase que sepa estar quieta y escuchando, hay que mantenerlos entretenidos todo el rato, y ella es el mejor ejemplo. Allí todo son juegos, algo que les haga hablar. Y Tania es, hablando mal y pronto, la puta ama.

Ayer terminó la clase y ella se fue a la puerta para esperar a su tutor. Se me quedó mirando mientras yo recogía las cosas con esa cara de pilla que tanto me gusta y sonrió.

-Ruth, come here (gesto con dedo incluído).
-Okay. (Voy hasta ella.)Yes, Tania?
(Tania me coge de la bata.)
-This is fabric?
-Yes, Tania, this is made of fabric. (Hemos aprendido los materiales de las cosas.)
(Me coge del pelo.)
-This no fabric.
-No, this is hair. It's on my head. (Estamos dando el cuerpo.)
-Okay. Goodbye.

No es Shakespeare, no va a ir a la universidad el año que viene, no le sirve para aprobar ningún examen. Pero se comunica. Y habla. Y le gusta. Estaba probando su capacidad de comunicarse con alguien, y lo consiguió. Y a mí, que la veo sólo dos horas y media a la semana, se me caía la baba cual madre orgullosa, así que no me quiero imaginar cómo les tendrá en casa.

(Voy a advertirle al tutor que si un día no la encuentra me la he llevado yo...)

The best

La casa está a oscuras, ni una luz encendida, solo la claridad de la noche se cuela por el ventanal de la cocina. Ella enciende la radio y la voz de Tina Turner lo invade todo a su alrededor.

I call you when I need you my heart’s on fire
You come to me, come to me, wild and wild


Se mueve al son, lentamente, y poco a poco su pijama de franela se convierte en un vestido de fiesta, y el vaso de agua en un micrófono, y sus pies se enfundan unos zapatos de tacón de veinte centímetros,

You come to me, give me everything I need,
Give me a lifetime of promises and a world of dreams,



y poco a poco se convierte en otra, en una diva, o quizás menos, simplemente sea un karaoke, pero no está allí sola en la cocina de su casa con pijama de franela, sino rodeada de gente, amigos con suerte, y un foco que la busca.
Y entonces una luz se enciende allí, en su cocina, y ella se gira, y busca por la ventana el origen de la claridad. Y le ve. Al otro lado del patio de luces, le ve.

Speak a language of love like it knows what it means
And it can’t be wrong, take my heart and make it strong, baby.


Él se acerca a la ventana, ventanal enorme que abarca toda la fachada de su habitación, y se quita la camiseta. Ella da un paso atrás, sin dejar de mirar, temiendo ser vista. Él se desnuda lentamente, sin saber, o quizás sí, que está siendo observado. Y la radio de repente trona más fuerte, mientras ella mueve los labios y canta para nadie, o para todos, quién sabe quién la estará observando a ella allí, en la penumbra, con su pijama de franela.

You’re simply the best, better than all the rest,
Better than anyone, anyone I’ve ever met,


Y él también baila, y a ella le parece imposible pero quizás sí, quizás esté bailando para ella, la misma canción, los mismos movimientos (al fin y al cabo es Kiss FM), los mismos ojos, los mismos labios:

I’m stuck on your heart, I hang on every word you say,
Tear us apart, baby, I would rather be dead.


Pero entonces él tira de una cuerda y cae un pesado telón, la luz se apaga y ella se queda otra vez sola, en su cocina, sin foco, sin audiencia. O no. Quién sabe. Mientras haya música ella debe seguir cantando. Para sí misma. La audiencia llegará después. Si llega.

Uh, you’re the best, better than all the rest,
Better than anyone, anyone I’ve ever met.

Sábado preprimaveral

(Me he inventado una palabra, sí. Preprimaveral no existe. Creo. Estoy por patentarla. Aunque, si existe premenstrual, no sé por qué no iba a existir preprimaveral.)

Sábado. Día de fiesta. Sí, literalmente, día de fiesta porque los sábados son los únicos días que me obligo a no hacer nada. Tampoco es que pudiera si quisiera. No sé qué tienen los sábados, que son más cortos que un lunes, por poner un ejemplo, y para cuando te quieres poner a hacer algo ya es la hora de comer, o la hora de dar una vuelta, o la hora de tomar un pote por ahí. No da para nada, un sábado. Qué cosas. Podían hacer los sábados laborables y darnos el lunes festivo, digo yo.

Se me ha ocurrido pasar por aquí porque tengo el chiringuito algo abandonado y quería asegurarme de que no le habían salido hierbajos ni había una invasión de cucarachas (cucarachas, buaj; creo que hoy he soñado con cucarachas. Joder, hubiera preferido no acordarme. Qué asco). La verdad es que no tengo mucho que contar, literalmente hablando. Y entiéndase eso como el doble sentido que tiene: ni cuentos, ni historias, ni sueños (del de las cucarachas no me acuerdo, menos mal), ni nada interesante que pueda, eso, interesar. Pero me daba cosa no contaros nada. No es que piense que mi vida pueda interesarle a nadie, pero oye, quién sabe, lo mismo tengo un admirador secreto que no puede vivir sin mis escritos y ahora mismo está en la terraza a punto de saltar de un quinto porque hace dos semanas que no escribo nada.

[Modo realidad on]

Estos días estoy estudiando para oposiciones, lo que a cualquiera podría parecerle la peor penitencia del mundo pero que yo agradezco inmensamente. Viene bien repasar cosas que toda profesora debería saber. De hecho, debería ser obligatorio hacer un curso de reciclaje en métodos de enseñanza cada cierto tiempo, a ver si así lidiamos con las dinosaurias que todavía pueden encontrarse en las aulas. Fijaos si me gusta lo que estoy estudiando, que no hago más que darle vueltas al asunto de la educación y he creado mi propia reforma. Es una utopía, el sueño de una profesora a la que le encanta su trabajo; al gobierno no le gustaría porque supondría mucho dinero; a los sindicatos no les gustaría porque exigiría mucho de los profesores; a los profesores no les gustaría por lo mismo que a los sindicatos; y a las familias no les gustaría porque daría mucho poder a los profesores y exigiría mucho de las familias. Pero estoy segura de que los alumnos y alumnas estarían encantados y encantadas. Iban a aprender la hostia. Yo, aunque nadie me lo exija, ya me he puesto a trabajar como si mi reforma fuera ley. Algún día quizás os la cuente. Si me animo a ponerla por escrito.

Sigo con el régimen. He perdido casi cuatro kilos. Teniendo en cuenta que empecé con la historia hace casi dos meses, es una mierda de pérdida, pero algo es algo. Como mejor, hago más deporte, me siento mejor. Aunque me temo que ese "me siento mejor" se debe a muchas, muchas cosas que están pasando y que son demasiado personales para escribir aquí. Qué le vamos a hacer, amor secreto que te balanceas en la barandilla de un quinto, no todo puede contarse a los cuatro vientos.

Y la vida sigue, y la semana que viene anuncian nieve...

8 de marzo

Otro año más, otro ocho de marzo más, otro día de la mujer trabajadora más. Recuerdo comentarios, repetidos a lo largo de mi vida, sobre cómo era que las mujeres trabajadoras tenían un día y los hombres no. Hombre, también lo tienen las enfermedades contagiosas, el cáncer de mama y la paz en el mundo. La gente se acuerda de ellos ese día y luego se olvidan el resto del año. Poco menos pasa con la mujer trabajadora.

Leía en un blog, hace no mucho (perdón por no poner el link, pero es que no me acuerdo ni cuál era), que antes las mujeres tenían que ser buenas madres, buenas esposas, buenas hijas, pacientes, inteligentes para entender al marido pero no tanto como para sobrepasarlo, guapas, elegantes y modosas. Ahora, además de todo eso, también tienen que destacar en el trabajo. Ese es exactamente el problema. No quiero que se vea esto como un ataque a los hombres en particular, sino a la sociedad en general, pero es cierto que los hombres no terminan de ocupar el lugar que las mujeres han dejado vacante cuando se han integrado en el mundo laboral. El hogar, los hijos, mantener una familia, es invisible, no luce, no se puede fardar delante de los amigos diciendo "jo, qué bien me ha salido la comida de hoy, han rebañado el plato hasta sacarle brillo", o "vaya bien que se ha portado la chavala en la tienda cuando la he llevado a comprar las zapatillas". Los hombres se aburren de las conversaciones sobre niños, colegio, ropita y dentista. Yo me aburro con esas conversaciones, para qué nos vamos a engañar. Pero es un mundo que existe, y alguien tiene que hacerse cargo de él, porque es fundamental para el crecimiento de la sociedad. Ya estamos viendo el resultado de la integración de la mujer al trabajo: niños de cinco años que pasan más de ocho horas en el colegio porque no hay nadie que les cuide en casa, monstruos integrales porque nadie se hace responsable de sus actos, alcohol, drogas (bueno, esto siempre ha existido, pero ¿no os parece que ahora empiezan antes?). Yo siempre he dicho que la razón de todo esto es la incorporación de la mujer al mundo laboral. La mujer ha ido más rápido que la sociedad. Y digo sociedad, porque hay muchas mujeres que reclaman que el terreno del hogar es suyo, porque estamos acostumbradas a hacer tanto que, total, una cosa más no importa. Pero no damos más de sí. Los hombres tienen que ocupar los huecos que las mujeres vamos dejando. Es fundamental. Entre dos sí se puede, uno solo es imposible.

Así que, feliz día de la mujer trabajadora, a ellos y a ellas. Vivimos en un mundo mejor que hace cincuenta años, pero todavía queda mucho, mucho por hacer. El cambio está en nuestras manos. Lancémonos al futuro.