Mi bisabuelo era jefe de estación, lo que significaba que la familia se movía siempre de un lado para otro. Eran tres hermanos, dos chicas y un chico, y la menor, mi tía abuela, tenía obsesión por los gatos. No valían de nada las protestas de su padre, las amenazas de su madre o las envidias de sus hermanos, siempre se las arreglaba para encontrar un gatito nuevo que llevarse a casa en cuanto llegaban a su nuevo hogar. Me pregunto qué haría con ellos cuando tuvieran que mudarse. Conociéndola, seguro que los dejaba en familias con muy buenas referencias.
Mi tía abuela fue funcionaria, franquista, extremadamente religiosa y soltera hasta su buen medio siglo. No tuvo hijos, pero quiso a sus sobrinos como si lo fueran y se convirtió en la tía molona que se los llevaba de veraneo y los presentaba en los círculos de gente bien que conocía. Nunca faltaron gatos en su casa, ni una criada (como ella las llamaba, porque no era muy dada a los eufemismos banales). Cuando cumplió cincuenta, se casó. Todos creyeron que lo hacía por no estar sola, por tener a alguien que cuidara de ella. Murió a los setenta y tantos; tres meses después se fue su marido. Quizás sí fuera amor, después de todo. El gato se lo quedó Anastasia, la criada de noventa años que había acompañado a mi tía los últimos veinte. Aunque ella insistía en llamarla criada, nosotros sabíamos que era más amiga que empleada. ¿Lo sabrían ellas también?
Teoría de la literatura
Mi única asignatura en castellano este año es Teoría de la Literatura, y es, paradójicamente, la más incomprensible de las cinco que he cogido este curso. Los libros son dificilísimos de entender, utilizan un metalenguaje muy por encima de mis posibilidades y me cuesta una barbaridad leer y entender cada página del libro. Aún así, cuando por fin consigo entender lo que se me intenta explicar, me gusta.
El último capítulo que he trabajado hablaba, en parte, de la función de la literatura, basándose en la dicotomía de lo didáctico y lo placentero. ¿Debe la literatura enseñarnos, como decía Horacio (creo), o debe su fin ser el de proporcionar placer al lector, como decía Aristóteles (o viceversa)? Y, lo que yo me pregunto, ¿son mutuamente excluyentes ambas opciones? ¿Por qué no se puede aprender con una literatura que además te entretiene?
Hoy les he preguntado a los niños para qué creen que existe la poesía, y sus dos primeras respuestas han sido tanto la una como la otra: para enseñarnos cosas y para disfrutar leyendo. Es algo que está metido en nuestro bagaje cultural, que llevamos escrito a fuego en nuestro inconsciente colectivo. Una u otra, o quizás las dos, pero está claro que esas son las principales funciones y fines de la literatura. Me ha llamado mucho la atención que a los críos les saliera una respuesta tan pronta y que encaja tan bien con lo poco que he entendido de la asignatura. He llegado incluso a pensar que lo que estoy estudiando puede que sirva para algo. Puede. Quizás.
¿Cuál es el fin último de la literatura, pregunto? Y, sobre todo, ¿elegir uno desestima el otro? ¿Se os ocurre alguna obra que fuera tan entretenida como didáctica? ¿Existe algo así?
El último capítulo que he trabajado hablaba, en parte, de la función de la literatura, basándose en la dicotomía de lo didáctico y lo placentero. ¿Debe la literatura enseñarnos, como decía Horacio (creo), o debe su fin ser el de proporcionar placer al lector, como decía Aristóteles (o viceversa)? Y, lo que yo me pregunto, ¿son mutuamente excluyentes ambas opciones? ¿Por qué no se puede aprender con una literatura que además te entretiene?
Hoy les he preguntado a los niños para qué creen que existe la poesía, y sus dos primeras respuestas han sido tanto la una como la otra: para enseñarnos cosas y para disfrutar leyendo. Es algo que está metido en nuestro bagaje cultural, que llevamos escrito a fuego en nuestro inconsciente colectivo. Una u otra, o quizás las dos, pero está claro que esas son las principales funciones y fines de la literatura. Me ha llamado mucho la atención que a los críos les saliera una respuesta tan pronta y que encaja tan bien con lo poco que he entendido de la asignatura. He llegado incluso a pensar que lo que estoy estudiando puede que sirva para algo. Puede. Quizás.
¿Cuál es el fin último de la literatura, pregunto? Y, sobre todo, ¿elegir uno desestima el otro? ¿Se os ocurre alguna obra que fuera tan entretenida como didáctica? ¿Existe algo así?
Baja preventiva
No he leído mi horóscopo estos días, pero seguro que debe poner algo como "serás propensa a los accidentes, guarda una tirita en el bolsillo por si acaso". El lunes me caí por las escaleras y me golpeé la espalda con seis peldaños. Ayer fui a cortar un trozo de chocolate negro y casi me cerceno el dedo. Esta mañana, al venir andando a trabajar con mis botas nuevas con un poquito de tacón, me he torcido el tobillo en una grieta de la acera.
No sé si ir pidiéndome la baja ya, para adelantar los trámites.
No sé si ir pidiéndome la baja ya, para adelantar los trámites.
Tiempo

Últimamente ando metida en un millón de cosas, y como siempre que esto pasa me da la sensación de que no llego a nada. Aún no es estrés, pero sí noto que lo será pronto a este ritmo. La cabeza me bulle con ideas que quiero poner en práctica y, por una vez, no estoy saboteándome a mí misma diciéndome que no voy a ser capaz, con lo que las pocas horas libres que tenía (ese ratito de después de cenar) se han convertido en momentos productivos, por no hablar del camino al trabajo o el momento antes de dormirme. Cuando no hago, pienso en hacer y después lo hago. Es un buen cambio, pero no voy a llegar a diciembre si sigo así.
Ayer, saliendo de clase de dibujo (esa clase a la que voy para relajarme, que este año me está estresando más que nunca porque estamos haciendo técnicas de agua y no me sale nada bien), me patiné en las escaleras y bajé media docena de peldaños de culo. Tengo el orgullo por los suelos y los riñones amoratados, aparte de unas décimas de fiebre que no tienen nada que ver con la caída pero que me vienen siempre en esta época del año. Mañana iré al médico, con lo que perderé ¿qué?, sí, tiempo, un tiempo precioso que podría dedicar a leer el libro que me toca en literatura inglesa o a estudiar alemán, que ya se me ha olvidado lo poco que sabía del tiempo que hace que no lo toco. Y después iré a dibujo, y saldré asqueada con mi acuarela, y me sentaré delante de la tele y terminaré yéndome a la cama pronto porque no hay nada que ver, qué asco madre.
Debería escribir, así me desahogaría. Pero no tengo tiempo. No, miento, no tengo ganas. Porque si quisiera haría tiempo, como he hecho siempre. Pero aquí la menda siempre echa mano de excusas vacuas para sabotearse en algún campo...
Migraña, o esa grandísima putada

Sufro de migrañas, y las odio. Hoy he tenido una que no ha sido de las peores, menos mal, pero que me ha impedido tener un día normal y me ha librado del trabajo (creedme, trabajaría una semana gratis a cambio de eliminar una sola migraña). Ni siquiera es el dolor de cabeza, ese dolor insistente que parece que quiere taladrarte de lado a lado, que te obliga a no moverte durante horas y que convierte el simple hecho de darte la vuelta en la cama en una verdadera tortura. Es la suma de todos sus componentes, como las chiribitas que te bailan ante los ojos y te avisan de que algo no va bien, o la imposibilidad de hablar y mucho menos escribir (intentad decir en el trabajo que tenéis que iros a casa cuando no podéis emitir una palabra con sentido, cuando no sois capaces ni de balbucear "migraña"; una vez, para decírselo a mi madre, intenté buscar la palabra en el diccionario y me di cuenta de que no sabía con qué letra empezaba). Son los vómitos, y la presión extra que ellos ejercen en la cabeza, con lo que lo único que quieres es que alguien te pegue un palazo en la cabeza que te deje sin sentido. Es el mal cuerpo, las horas perdidas tirada en la cama, o en el sofá, muy quietecita porque el menor movimiento te hace ver las estrellas.
No sé si, como dice el dibujo, es una disfunción de los vasos sanguíneos o, simplemente, una grandísima putada que nos toca a algunas (y utilizo el femenino porque la mayoría de las sufridoras somos mujeres), pero me sorprende muchísimo que todavía se trate esta enfermedad como si fuera un simple dolor de cabeza y que no haya una pastilla mágica que corte los síntomas de cuajo.
Horrible, vaya.
Morritos Newman
A beautiful day
Hoy es un día perfecto.
Tengo un agujero en el suelo, la tubería al aire y goteras en las tuberías nuevas. El fontanero que me hizo la obra se hace el sueco y no parece estar por la labor de arreglar lo que hizo mal.
El vecino de al lado insiste en poner un buzón de publicidad cuando el resto de los vecinos no quiere. Le han arañado el papel que ha puesto en el buzón para que no le echen propaganda y me ha venido a montar un pollo.
He engordado.
No tengo ni un solo puente hasta diciembre. Mi horario es tan agobiante y me he propuesto meterles tanta caña a los críos que no llego con las pilas cargadas ni hasta el miércoles.
Pero todo esto da igual. Todo esto es indiferente. El escáner ha mostrado una reducción del tumor. Todo, metástasis incluida, es más pequeño.
It's a beautiful day!
Gente "Snape"
Desde que ha empezado el curso, he dejado una manía que había desarrollado los últimos años y he decidido olvidarme del ipod cuando voy a trabajar. No tengo nada en contra de la música (aunque escuchar todos los días las mismas canciones, aunque tengas más de mil, termina haciéndose pesado), pero es que ir con los cascos no me dejaba pensar con claridad. Cada canción tiene una historia, un momento, un recuerdo del que echar mano, y siempre me dejaba atrapar por esa magia y prácticamente dejaba la mente en blanco. Ahora que voy sin música medito, pienso, hago conexiones. Hoy, sin ir más lejos, me ha dado por hacer alegorías con el personaje de Severus Snape en Harry Potter.

(Aquí varias personas han dejado de leer porque ya he vuelto a las andadas con mis “fricadas” y sólo hay unos pocos que las aguanten. Gracias a los demás por darme el beneficio de la duda y esperar que no me ponga a hablar de pociones varias.)
Severus Snape tuvo una infancia horrible. Sus padres discutían, su madre era incapaz de mostrar afecto, su padre no se preocupaba por nada y encima el propio Severus era un bicho raro por sus dones y su forma de vestir. Sus circunstancias eran horribles. No había nadie que de pequeño le enseñara a apreciar a los demás, ni siquiera a sí mismo; nadie a excepción de una amiga, una persona en la que apoyarse. A pesar de ese apoyo, Severus eligió el camino que no debía, un camino que le separaría de la única persona que le había enseñado a sentir afecto. Esa ayuda, sin embargo, fue suficiente para que, cuando llegó el momento de la verdad y realmente tuvo que elegir entre echarse a perder del todo o volver a una senda más o menos recta, eligiera lo correcto. Y con ello le llegó un segundo apoyo que le mantuvo entero, aunque con una coraza de tal tamaño que nadie más pudo acercarse a él. Los que habéis leído el libro, espero que estéis de acuerdo en la definición; los que no, espero que os hayáis enterado de algo.
A pesar de ser un personaje de ficción, Snape es tan real para mí que a veces me da la sensación de que lo conozco. ¿Cuánta gente Snape conocéis? ¿Cuántas personas a las que se os hace imposible acercaros? Esa gente que no os cae bien, que siempre tiene una sonrisa irónica en la boca, solitaria y algo huraña. ¿Por qué son así? La gente antipática, borde, grosera, ¿nace o se hace? Tenemos tendencia a apartar a esa gente de nuestro lado. Irradian energía negativa, nunca tienen un comentario amable, te sueltan una puñalada en cuanto tienen la oportunidad. Es difícil quererlos, por no decir imposible, pero ¿os habéis parado a pensar que son la gente que más lo necesita? Están acostumbrados al rechazo, a no gustar, a que la gente les ignore en el mejor de los casos. Nada de lo que nosotros podamos sentir por ellos les causará el menor impacto. Nada, claro, excepto lo más difícil: afecto.
No seré yo quien abogue por un trato digno a las personas antipáticas, amargadas, bordes, algo hirientes, porque soy la primera que huye de ellos. Simplemente me ha dado por pensar, por hacer una reflexión más o menos profunda en los veinte minutos de paseo que me cuesta llegar al trabajo, en que quizás deberíamos dejar de juzgar superficialmente a la gente que nos trata mal y tratar de imaginarnos cómo han sido tratados ellos. Una reflexión inútil, probablemente, porque ya ves tú lo que va a solucionar que en vez de querer estamparle un palo de béisbol en la cabeza me dé pena el que me ha soltado una animalada, pero una reflexión, al fin y al cabo. Y ya que últimamente ando escasa de ideas, me apetecía plasmarla.
Espero que me permitáis la “fricada”. Ya sabéis que de vez en cuando tengo la edad mental de una niña de diez años.
(Nota al margen: con lo que me gusta Alan Rickman y lo que me gusta el personaje de Severus Snape, qué poco me gusta Rickman haciendo de Snape en las películas. ¿Cómo se lo han podido cargar de semejante manera?)

(Aquí varias personas han dejado de leer porque ya he vuelto a las andadas con mis “fricadas” y sólo hay unos pocos que las aguanten. Gracias a los demás por darme el beneficio de la duda y esperar que no me ponga a hablar de pociones varias.)
Severus Snape tuvo una infancia horrible. Sus padres discutían, su madre era incapaz de mostrar afecto, su padre no se preocupaba por nada y encima el propio Severus era un bicho raro por sus dones y su forma de vestir. Sus circunstancias eran horribles. No había nadie que de pequeño le enseñara a apreciar a los demás, ni siquiera a sí mismo; nadie a excepción de una amiga, una persona en la que apoyarse. A pesar de ese apoyo, Severus eligió el camino que no debía, un camino que le separaría de la única persona que le había enseñado a sentir afecto. Esa ayuda, sin embargo, fue suficiente para que, cuando llegó el momento de la verdad y realmente tuvo que elegir entre echarse a perder del todo o volver a una senda más o menos recta, eligiera lo correcto. Y con ello le llegó un segundo apoyo que le mantuvo entero, aunque con una coraza de tal tamaño que nadie más pudo acercarse a él. Los que habéis leído el libro, espero que estéis de acuerdo en la definición; los que no, espero que os hayáis enterado de algo.
A pesar de ser un personaje de ficción, Snape es tan real para mí que a veces me da la sensación de que lo conozco. ¿Cuánta gente Snape conocéis? ¿Cuántas personas a las que se os hace imposible acercaros? Esa gente que no os cae bien, que siempre tiene una sonrisa irónica en la boca, solitaria y algo huraña. ¿Por qué son así? La gente antipática, borde, grosera, ¿nace o se hace? Tenemos tendencia a apartar a esa gente de nuestro lado. Irradian energía negativa, nunca tienen un comentario amable, te sueltan una puñalada en cuanto tienen la oportunidad. Es difícil quererlos, por no decir imposible, pero ¿os habéis parado a pensar que son la gente que más lo necesita? Están acostumbrados al rechazo, a no gustar, a que la gente les ignore en el mejor de los casos. Nada de lo que nosotros podamos sentir por ellos les causará el menor impacto. Nada, claro, excepto lo más difícil: afecto.
No seré yo quien abogue por un trato digno a las personas antipáticas, amargadas, bordes, algo hirientes, porque soy la primera que huye de ellos. Simplemente me ha dado por pensar, por hacer una reflexión más o menos profunda en los veinte minutos de paseo que me cuesta llegar al trabajo, en que quizás deberíamos dejar de juzgar superficialmente a la gente que nos trata mal y tratar de imaginarnos cómo han sido tratados ellos. Una reflexión inútil, probablemente, porque ya ves tú lo que va a solucionar que en vez de querer estamparle un palo de béisbol en la cabeza me dé pena el que me ha soltado una animalada, pero una reflexión, al fin y al cabo. Y ya que últimamente ando escasa de ideas, me apetecía plasmarla.
Espero que me permitáis la “fricada”. Ya sabéis que de vez en cuando tengo la edad mental de una niña de diez años.
(Nota al margen: con lo que me gusta Alan Rickman y lo que me gusta el personaje de Severus Snape, qué poco me gusta Rickman haciendo de Snape en las películas. ¿Cómo se lo han podido cargar de semejante manera?)
Otoño
Me gusta el otoño.
Ya sé que todavía estamos en verano, o eso dice el calendario, pero cada vez me doy más cuenta de que el otoño es mi estación favorita. Esta semana ha habido un par de días fríos de verdad, de esos en los que dudas si ponerte la cazadora vaquera o pasar directamente al chambergo de invierno; sientes el frío en la cara, las manos bien resguardadas bajo los brazos y el sol, que todavía calienta, tentándote a quitarte la chaqueta en las zonas soleadas. Las hojas todavía no han empezado a cambiar de color, pero pronto lo harán y me sentiré tentada, como siempre, a sacar la caja de óleos que me compré sin saber utilizar y ponerme delante de un árbol para tratar de copiarlo (sin éxito, porque ¿cómo se puede copiar algo tan vivo como un árbol?).
En casa aún no es tiempo de poner la calefacción, pero el frío ya se ha metido entre las cuatro paredes. Me pongo el chándal, que sólo utilizo para estar en casa, y me subo la cremallera de la chaquetilla hasta la barbilla. Me siento en el sofá con mis libros de literatura inglesa, o el de alemán, o Las uvas de la ira en versión original, y dejo que el gato se acurruque contra mí y me caliente las pantorrillas. A veces, incluso me echo una manta fina por encima, para estar lo más caliente posible y sentir esa modorra que anuncia la hora de la cena y de lectura en la cama.
Me gusta el otoño porque huele diferente, suena diferente. Tiene una paz que no tiene el verano, un frescor que no tiene ninguna otra estación. La gente, sorprendida por el frío quizás, no grita tanto como en verano, no alborota. Se ven caras serenas. Me hace sentir tranquila.
Me gusta el otoño. Estoy deseando que empiece.
Ya sé que todavía estamos en verano, o eso dice el calendario, pero cada vez me doy más cuenta de que el otoño es mi estación favorita. Esta semana ha habido un par de días fríos de verdad, de esos en los que dudas si ponerte la cazadora vaquera o pasar directamente al chambergo de invierno; sientes el frío en la cara, las manos bien resguardadas bajo los brazos y el sol, que todavía calienta, tentándote a quitarte la chaqueta en las zonas soleadas. Las hojas todavía no han empezado a cambiar de color, pero pronto lo harán y me sentiré tentada, como siempre, a sacar la caja de óleos que me compré sin saber utilizar y ponerme delante de un árbol para tratar de copiarlo (sin éxito, porque ¿cómo se puede copiar algo tan vivo como un árbol?).
En casa aún no es tiempo de poner la calefacción, pero el frío ya se ha metido entre las cuatro paredes. Me pongo el chándal, que sólo utilizo para estar en casa, y me subo la cremallera de la chaquetilla hasta la barbilla. Me siento en el sofá con mis libros de literatura inglesa, o el de alemán, o Las uvas de la ira en versión original, y dejo que el gato se acurruque contra mí y me caliente las pantorrillas. A veces, incluso me echo una manta fina por encima, para estar lo más caliente posible y sentir esa modorra que anuncia la hora de la cena y de lectura en la cama.
Me gusta el otoño porque huele diferente, suena diferente. Tiene una paz que no tiene el verano, un frescor que no tiene ninguna otra estación. La gente, sorprendida por el frío quizás, no grita tanto como en verano, no alborota. Se ven caras serenas. Me hace sentir tranquila.
Me gusta el otoño. Estoy deseando que empiece.
Principio y fin
Mañana tengo un funeral. No voy a ir porque vienen los fontaneros a ponerme la casa patas arriba, así que voy a hacer acto de presencia en el tanatorio esta tarde. Mi tío ha venido desde Sevilla. Mi tía (política, pero más amiga que tía) viene desde Donostia aún a riesgo de encontrarse con el ex al que no puede ni ver. Mis tías de Bilbao ya están aquí. Todos mis primos, tíos y familiares cercanos se van a reunir por primera vez en muchos años. Va a ser mi primer encuentro con algunas personas en los últimos tres lustros. Que se dice pronto.
Odio la muerte. No, mejor dicho, la temo. Es el fin de todo, el acabose, el hasta aquí hemos llegado, el aquí ya no hay más. Es dejar un vació enorme en la vida de mucha gente. Es que todo el mundo se junte para llorarte, por más que no te celebraran en vida. Odio esa falsedad. Si no nos hacemos caso cuando estamos vivos, ¿a qué viene la parafernalia de después? La primera reunión familiar del siglo, por más que lo hayamos intentado otras veces.
Y, sobre todo, no dejo de pensar en lo terrible que debe ser tener que desenchufar a una madre.
Odio la muerte. No, mejor dicho, la temo. Es el fin de todo, el acabose, el hasta aquí hemos llegado, el aquí ya no hay más. Es dejar un vació enorme en la vida de mucha gente. Es que todo el mundo se junte para llorarte, por más que no te celebraran en vida. Odio esa falsedad. Si no nos hacemos caso cuando estamos vivos, ¿a qué viene la parafernalia de después? La primera reunión familiar del siglo, por más que lo hayamos intentado otras veces.
Y, sobre todo, no dejo de pensar en lo terrible que debe ser tener que desenchufar a una madre.
Se han rajado
Para este nuevo curso, el Gobierno Vasco había planeado un arrinconamiento de la religión en la educación secundaria que a mí me encantaba. Se trataba de no obligar a aquellos que no escogieran religión a dar una asignatura "equivalente", con la pérdida de tiempo y de esfuerzo por parte de todos que una asignatura sin currículum conlleva. Querían poner la religión a primera o última hora, para que el resto de los alumnos no tuvieran una hora libre en medio del horario. Por supuesto, la iglesia se les ha echado encima. No se contentan con que se dé religión en horario escolar, se tiene que notar. "¿Qué adolescente va a querer dar una hora más de clase al día? ¿Quién va a querer tener una materia más que los demás?" Yo me debo estar volviendo loca, porque a mí eso me parecía religión: una asignatura para el que la quiera, no para los demás.
Pues el Gobierno Vasco se ha rajado. Al final ha incluido la asignatura dentro del horario, para disgusto de profesores y la mayoría de los padres. Todavía está por ver si va a conseguir el plan B, o sea, que en lugar de "ética" se den asignaturas de refuerzo para esos niños (la mayoría) que no van a religión. A esto la iglesia también se opone, porque no es justo (según ellos) que los demás tengan ayudas y a los de religión se les nieguen. No, si no se les niega, se les da a elegir. La educación pública no llega a tanto.
Veremos cómo termina esto. Yo este año tengo dos niñas, entre veintiún alumnos, que van a religión, y por ellas tengo que hacer encaje de bolillos e inventarme algo para tenerles entretenidos una hora y media. No puede ser académico, ni lectura, ni refuerzo,... No sé, les enseñaré calceta, o veremos películas de Disney con finales felices, o hablaremos de fútbol y de Nadal. Al final, esa hora y media que podría utilizar para hacer actividades extras con un excelente grupo que iba a dar mucho de sí se queda en nada.
Seguiré quejándome de la religión en las escuelas en entradas sucesivas, no os quepa duda. Algún día conseguiremos una escuela laica de verdad.
Pues el Gobierno Vasco se ha rajado. Al final ha incluido la asignatura dentro del horario, para disgusto de profesores y la mayoría de los padres. Todavía está por ver si va a conseguir el plan B, o sea, que en lugar de "ética" se den asignaturas de refuerzo para esos niños (la mayoría) que no van a religión. A esto la iglesia también se opone, porque no es justo (según ellos) que los demás tengan ayudas y a los de religión se les nieguen. No, si no se les niega, se les da a elegir. La educación pública no llega a tanto.
Veremos cómo termina esto. Yo este año tengo dos niñas, entre veintiún alumnos, que van a religión, y por ellas tengo que hacer encaje de bolillos e inventarme algo para tenerles entretenidos una hora y media. No puede ser académico, ni lectura, ni refuerzo,... No sé, les enseñaré calceta, o veremos películas de Disney con finales felices, o hablaremos de fútbol y de Nadal. Al final, esa hora y media que podría utilizar para hacer actividades extras con un excelente grupo que iba a dar mucho de sí se queda en nada.
Seguiré quejándome de la religión en las escuelas en entradas sucesivas, no os quepa duda. Algún día conseguiremos una escuela laica de verdad.
Karma
Me gusta mi trabajo. Lo hago a gusto. Lo disfruto casi todos los días y hago lo posible porque se note (porque se nota). Trato de facilitar el trabajo de los que pululan a mi alrededor; soy flexible, no impongo mi santa voluntad, no me molesta hacer favores, me amoldo a lo que me den. Entiendo que mi clase no es mi castillo, sino propiedad del centro y por tanto susceptible de ser utilizada por otras personas. Entiendo que somos una mini sociedad y que no podemos ponernos la zancadilla los unos a los otros o dejar de ayudarnos cuando otros lo necesitan, porque arrieritos somos y en el camino nos encontraremos. No me niego a nada que entienda que entra dentro de mis capacidades como profesora, siempre que no abusen y que no tenga una razón de peso para no hacerlo (hasta ahora nunca he tenido ninguna). Y eso, al final, trae su recompensa.
Este año, además de mi tutoría en quinto, voy a tener dos horas de inglés a la semana en segundo. La directora me ha preguntado una y otra vez si no me molesta, azoradita perdida, y yo le he asegurado que no, que sé cómo de petado tiene el horario la chica que tendría que hacerlo en mi lugar y sé que yo iba a librar dos horas más que mis compañeras de curso porque no tengo desdobles (no habría sido la que más librara del centro, pero sí de mi curso). Me he dado cuenta de que ha venido a mí como último recurso, porque estaba intentando dejarme esas dos horas extras libres, pero al final le ha sido imposible. A cambio, los viernes me ha dejado un horario que da gloria verlo, con la última hora del día libre (que se agradece mucho). Cuando me he dado cuenta y lo he dicho en voz alta, ella me ha dicho "hombre, alguna pelotilla tendremos que tener, ¿no?"
Karma. Se llama karma. Si tú te esfuerzas por no molestar y ayudar en lo que puedas al prójimo -que, la verdad, la mayor parte de las veces no cuesta tanto-, te pasan cosas buenas. Y sé que es una nimiedad, que en el gran esquema de las cosas es un átomo insignificante, pero a mí me ha hecho sentir apreciada y querer seguir como hasta ahora. Y eso vale su peso en oro.
Este año, además de mi tutoría en quinto, voy a tener dos horas de inglés a la semana en segundo. La directora me ha preguntado una y otra vez si no me molesta, azoradita perdida, y yo le he asegurado que no, que sé cómo de petado tiene el horario la chica que tendría que hacerlo en mi lugar y sé que yo iba a librar dos horas más que mis compañeras de curso porque no tengo desdobles (no habría sido la que más librara del centro, pero sí de mi curso). Me he dado cuenta de que ha venido a mí como último recurso, porque estaba intentando dejarme esas dos horas extras libres, pero al final le ha sido imposible. A cambio, los viernes me ha dejado un horario que da gloria verlo, con la última hora del día libre (que se agradece mucho). Cuando me he dado cuenta y lo he dicho en voz alta, ella me ha dicho "hombre, alguna pelotilla tendremos que tener, ¿no?"
Karma. Se llama karma. Si tú te esfuerzas por no molestar y ayudar en lo que puedas al prójimo -que, la verdad, la mayor parte de las veces no cuesta tanto-, te pasan cosas buenas. Y sé que es una nimiedad, que en el gran esquema de las cosas es un átomo insignificante, pero a mí me ha hecho sentir apreciada y querer seguir como hasta ahora. Y eso vale su peso en oro.
Nuevo curso
Nuevo curso (pero no nueva ikastola, menos mal), nuevo grado, nuevo grupo. Aún me estoy familiarizando con los nombres sin cara, hablando con su profesora del segundo ciclo y oyendo maravillas de ellos, colocando tarjetitas con sus nombres en las mesas, recibiendo a mis antiguos alumnos que me vienen a visitar. Luego vendrá el papeleo, los horarios, la burocracia, pero de momento me pierdo en libros nuevos, planificaciones de nuevas excursiones y emociones varias.
Todo esto aliñado con una avería de fontanería en casa que tiene a mi vecina de abajo con el suelo encharcado y a mí sin agua para tratar de no inundar su casa. Y el fontanero, avisado desde el viernes, que no viene. Me va a oír el seguro.
Septiembre. Adelante con la cuesta.
Todo esto aliñado con una avería de fontanería en casa que tiene a mi vecina de abajo con el suelo encharcado y a mí sin agua para tratar de no inundar su casa. Y el fontanero, avisado desde el viernes, que no viene. Me va a oír el seguro.
Septiembre. Adelante con la cuesta.
Bofetadas
Vale, sí, lo admito, soy feminista, y a veces un poco más radical de lo que a la gente le gustaría. Abogo por un lenguaje que no discrimine, veo ataques machistas en todas partes, me siento marginada cuando en un grupo de seis en el que hay un solo hombre se nos saluda con un "hola a todos". Soy así, qué le vamos a hacer. También tengo acné y lo llevo lo mejor que puedo.
Pero tengo que aclarar que mi feminismo no es un machismo llevado al otro extremo. Yo no creo que los hombres sean inferiores a las mujeres, que se les deba mermar sus derechos en favor de los nuestros o que nos deban algo. No quiero que nadie me regale nada, simplemente que no se me trate con condescendencia y no se me quite nada que merezco, igual que no quiero que me den nada que no merezca. Claro que habrá gente que opine que yo creo que las mujeres merecen mucho más de lo que en realidad merecemos, y ahí empezarán nuestras diferencias y nuestras discusiones sobre lo que es "ser justo" y lo que es "pedir demasiado". Una de las coletillas que más me revientan es "con las cosas que pasan en el mundo, ¿a quién le importa que se diga médico o médica?" Pues a mí, oiga. También hay miles de personas muriéndose de hambre en el mundo, pero cada uno se preocupa por su hipoteca. ¿O no?
Me estoy yendo por las ramas. A lo que venía yo hoy era a hacer un análisis de las imágenes que estoy viendo cada vez más últimamente, las bofetadas de mujeres a hombres. Hoy en día nadie se atrevería a poner una bofetada como esas que le daban a Greta Garbo en una película, faltaría más, pero al revés parece que sí se puede. Ahí estaba yo, viendo una película de lo más soso e inocente, cuando de repente una chica menudita y muy poquita cosa le suelta un guantazo a un tío que le sacaba tres cabezas porque sí, sin venir a cuento. El chico, por supuesto, no respondió. La mayoría de esas escenas terminan con la chica marchándose muy digna y con la cabeza muy alta, y con el chico acariciándose la mejilla con cara de qué habré hecho yo para merecer semejante guarrazo. Os suenan, ¿no? Aquí suele venir el comentario colectivo que sueltan muchas de ellas, un "qué bien le está" o similar.
Pues me llamaréis exagerada, pero a mí esto me parece un signo de machismo implícito. Y lo más triste es que viene de nosotras mismas.
Nos siguen poniendo como el sexo débil. Nos siguen retratando como la mujer que puede abofetear a alguien mucho más fuerte que ella porque sabe que él no le va a devolver el sopapo, porque sabe que él piensa que pegar a una chica está mal. Soy más débil, soy más indefensa, por eso estarías abusando. ¿Y no está ella abusando de su debilidad? Una chica jamás pegaría a otra chica si sabe que ésta es más fuerte que ella. ¿Por qué? Porque le va a devolver la bofetada y la va a dejar en el sitio. Pero se puede pegar a un hombre de metro ochenta y saber que no te va a tocar un pelo. Por una vez, aquí el héroe es él y la machista ella. Si le devolviera el golpe, él sería un cobarde, pero como sólo lo recibe se queda en sufridor de una educación machista.
Que un hombre pegue a una mujer es tan cobarde como que una mujer pegue a un hombre. No hay dobles lecturas, no hay doble moral. Las bofetadas tan peliculeras que nos cuelan en las comedias románticas de los sábados por la tarde son violencia, punto. Lo que no quieres para ti, no lo quieras para los demás.
A veces me da la sensación de que hilo demasiado fino y veo ataques donde otros sólo sueltan una carcajada. ¿Me estaré volviendo una exagerada? (Yo sigo pensando que no.)
Pero tengo que aclarar que mi feminismo no es un machismo llevado al otro extremo. Yo no creo que los hombres sean inferiores a las mujeres, que se les deba mermar sus derechos en favor de los nuestros o que nos deban algo. No quiero que nadie me regale nada, simplemente que no se me trate con condescendencia y no se me quite nada que merezco, igual que no quiero que me den nada que no merezca. Claro que habrá gente que opine que yo creo que las mujeres merecen mucho más de lo que en realidad merecemos, y ahí empezarán nuestras diferencias y nuestras discusiones sobre lo que es "ser justo" y lo que es "pedir demasiado". Una de las coletillas que más me revientan es "con las cosas que pasan en el mundo, ¿a quién le importa que se diga médico o médica?" Pues a mí, oiga. También hay miles de personas muriéndose de hambre en el mundo, pero cada uno se preocupa por su hipoteca. ¿O no?
Me estoy yendo por las ramas. A lo que venía yo hoy era a hacer un análisis de las imágenes que estoy viendo cada vez más últimamente, las bofetadas de mujeres a hombres. Hoy en día nadie se atrevería a poner una bofetada como esas que le daban a Greta Garbo en una película, faltaría más, pero al revés parece que sí se puede. Ahí estaba yo, viendo una película de lo más soso e inocente, cuando de repente una chica menudita y muy poquita cosa le suelta un guantazo a un tío que le sacaba tres cabezas porque sí, sin venir a cuento. El chico, por supuesto, no respondió. La mayoría de esas escenas terminan con la chica marchándose muy digna y con la cabeza muy alta, y con el chico acariciándose la mejilla con cara de qué habré hecho yo para merecer semejante guarrazo. Os suenan, ¿no? Aquí suele venir el comentario colectivo que sueltan muchas de ellas, un "qué bien le está" o similar.
Pues me llamaréis exagerada, pero a mí esto me parece un signo de machismo implícito. Y lo más triste es que viene de nosotras mismas.
Nos siguen poniendo como el sexo débil. Nos siguen retratando como la mujer que puede abofetear a alguien mucho más fuerte que ella porque sabe que él no le va a devolver el sopapo, porque sabe que él piensa que pegar a una chica está mal. Soy más débil, soy más indefensa, por eso estarías abusando. ¿Y no está ella abusando de su debilidad? Una chica jamás pegaría a otra chica si sabe que ésta es más fuerte que ella. ¿Por qué? Porque le va a devolver la bofetada y la va a dejar en el sitio. Pero se puede pegar a un hombre de metro ochenta y saber que no te va a tocar un pelo. Por una vez, aquí el héroe es él y la machista ella. Si le devolviera el golpe, él sería un cobarde, pero como sólo lo recibe se queda en sufridor de una educación machista.
Que un hombre pegue a una mujer es tan cobarde como que una mujer pegue a un hombre. No hay dobles lecturas, no hay doble moral. Las bofetadas tan peliculeras que nos cuelan en las comedias románticas de los sábados por la tarde son violencia, punto. Lo que no quieres para ti, no lo quieras para los demás.
A veces me da la sensación de que hilo demasiado fino y veo ataques donde otros sólo sueltan una carcajada. ¿Me estaré volviendo una exagerada? (Yo sigo pensando que no.)
Ni Phelps, ni Bolt: Cid

Comentaba Maripuchi hace unos días que no era justo decir que Phelps era el mejor olímpico de la historia porque no se pueden conseguir tantas medallas como en natación en ninguna otra disciplina. No es justo decir que es mejor que un atleta que compite en cuatro pruebas, o que un tenista que sólo puede ganar una o dos medallas. Todos tienen su mérito independientemente de la cantidad de metales que acumule su cuerpo.
Un ejemplo, la guapísima, elegantísima, estupendísima y vitorianísima Almudena Cid, que a sus 28 añazos se ha colado en su cuarta final olímpica en gimnasia rítmica, nada menos, una disciplina donde a los 20 ya se es una vieja. Ahí la tenemos, haciendo historia, dejando el pabellón vitoriano bien alto e iluminando Pekín con esa sonrisa que ocupa más que ella. Las medallas quedan muy lejos, son territorio exclusivo de las deportistas de los países del este, pero ser una presencia constante en una final olímpica desde los dieciséis años ya vale un oro.
Almudena, Vitoria está contigo. Quedes primera, segunda o décima, ya has hecho historia y has vuelto a ganarte el cariño de todos y todas. Volverás con la cabeza bien alta, con el orgullo intacto y con el objetivo cumplido. Zorionak berriro, Almudena!
Michael Phelps y su profesora de lengua
Me acabo de enterar de que Michael Phelps se ha acordado "cariñosamente" de una profesora de lengua de la secundaria que le dijo que nunca llegaría a nada en la vida. Se lució, la señora.
Esto me vuelve a demostrar, como ya he sabido siempre, que hay gente a la que no se le puede dar posiciones de poder. Un docente tiene una posición de poder; tiene el control de mentes en formación y, nos guste o no, los críos se suelen tomar a pies juntillas lo que decimos, aunque estemos equivocados. El gran error es creérnoslo nosotros también.
Yo jamás he juzgado a ninguno de mis alumnos en clase. Es más, sé que tienen más posibilidades de triunfo esos niños y niñas que nunca prestan atención, que están más preocupados por actividades extraescolares o que pasan olímpicamente de lo que su profesora o su madre puedan decirle. Demuestran una seguridad en sí mismos que no poseen los alumnos más aplicados de clase, esos que siempre se preocupan por la nota del último examen, aunque me cuido muy mucho de decírselo a unos y a otros, claro. Además, con las vueltas que da la vida y todas las características de un ser humano, ¿cómo puede la profesora de una sola asignatura decir si un chaval va a triunfar o no? Yo era pésima en física, y no me ha ido nada mal. Si mi profe de física me llega a decir que iba a fracasar en la vida (ganas no le faltaron, cómo se reía de mí cada vez que suspendía, qué cabrón era el tío), quizás me hubiera hundido y me hubiera apartado de mi vocación, la enseñanza. O, quién sabe, quizás hubiera sido campeona olímpica y ahora sería la mejor nadadora de todos los tiempos (eso va a ser que no: la de gimnasia nunca me lo dijo porque era una bellísima persona, pero ella sí que podía haberme dicho "maja, no te dediques a esto").
Imaginaos lo que le tuvieron que escocer a Phelps las palabras de su profesora para acordarse de ella en un momento como el que está viviendo. Me gustaría ver la cara de ella, que seguro que lo ha oído y se ha reconocido en sus palabras.
Esto me vuelve a demostrar, como ya he sabido siempre, que hay gente a la que no se le puede dar posiciones de poder. Un docente tiene una posición de poder; tiene el control de mentes en formación y, nos guste o no, los críos se suelen tomar a pies juntillas lo que decimos, aunque estemos equivocados. El gran error es creérnoslo nosotros también.
Yo jamás he juzgado a ninguno de mis alumnos en clase. Es más, sé que tienen más posibilidades de triunfo esos niños y niñas que nunca prestan atención, que están más preocupados por actividades extraescolares o que pasan olímpicamente de lo que su profesora o su madre puedan decirle. Demuestran una seguridad en sí mismos que no poseen los alumnos más aplicados de clase, esos que siempre se preocupan por la nota del último examen, aunque me cuido muy mucho de decírselo a unos y a otros, claro. Además, con las vueltas que da la vida y todas las características de un ser humano, ¿cómo puede la profesora de una sola asignatura decir si un chaval va a triunfar o no? Yo era pésima en física, y no me ha ido nada mal. Si mi profe de física me llega a decir que iba a fracasar en la vida (ganas no le faltaron, cómo se reía de mí cada vez que suspendía, qué cabrón era el tío), quizás me hubiera hundido y me hubiera apartado de mi vocación, la enseñanza. O, quién sabe, quizás hubiera sido campeona olímpica y ahora sería la mejor nadadora de todos los tiempos (eso va a ser que no: la de gimnasia nunca me lo dijo porque era una bellísima persona, pero ella sí que podía haberme dicho "maja, no te dediques a esto").
Imaginaos lo que le tuvieron que escocer a Phelps las palabras de su profesora para acordarse de ella en un momento como el que está viviendo. Me gustaría ver la cara de ella, que seguro que lo ha oído y se ha reconocido en sus palabras.
Sin nada que decir
Verano, nada que decir, mucho tiempo libre... Y a una le da por mirar viejas páginas de You Tube.
Ya sé que dije que no iba a odiar más, pero ahora mismo a esta mujer le tengo algo de manía. No sé por qué será.
Por cierto, yo así también bailo: el tío se queda quieto y deja que la otra gire a su alrededor. No te jode... (aunque supongo que bastante hace a sus sesenta y cuatro, el pobre).
Ya sé que dije que no iba a odiar más, pero ahora mismo a esta mujer le tengo algo de manía. No sé por qué será.
Por cierto, yo así también bailo: el tío se queda quieto y deja que la otra gire a su alrededor. No te jode... (aunque supongo que bastante hace a sus sesenta y cuatro, el pobre).
Que lo despidan, ya
Estoy viendo las noticias de La Cuatro cuando veo el siguiente titular:
LAPORTA COJE AIRE
Dice mi hermano que los titulares los escriben los becarios. Pues QUE ECHEN AL BECARIO, POR FAVOR.
(Lo mejor, lo de mi hermano: "Sí, ya sé que coger es con g, pero en mayúscula es con jota, ¿no?)
LAPORTA COJE AIRE
Dice mi hermano que los titulares los escriben los becarios. Pues QUE ECHEN AL BECARIO, POR FAVOR.
(Lo mejor, lo de mi hermano: "Sí, ya sé que coger es con g, pero en mayúscula es con jota, ¿no?)
¿Es esto racista?

¿Es esta imagen racista, como afirman británicos y estadounidenses? (No sé si veis bien la foto, es la selección de baloncesto rasgándose los ojos; podéis verla en El País.) Mi primer impulso es decir que no, pero como no soy china no sé si me ofendería.
Así que he cambiado el gesto. Imaginemos por un momento que las olimpiadas se celebraran en Euskadi y un grupo saliera vestidos todos con boinas. O con tripas falsas fingiendo ponerse hasta el culo de bacalao al pil-pil. O vestidos de levantadores de piedras, de vascos de caserío o de pescadores. Nada de eso me ofendería; es más, me moriría de la risa. Ahora, si alguno saliera fingiendo ser un etarra, le ponía un pleito, directamente. Pero creo que lo de la foto se puede comparar sin miedo a lo de la txapela. Los chinos tienen los ojos rasgados, es un hecho. ¿Es racista imitar el gesto? No se están riendo de ellos. ¿O sí?
No lo sé. Me confunde. Igual que yo veo ataques misóginos por todas partes, otros ven ataques racistas. No sé si yo soy corta de miras o que a los demás les sobran aumentos.
Verano
Debería haber aprovechado el verano para meterle algo de caña al blog, pero me ha dado pereza. Todos los días, a eso de las cuatro y media de la tarde, la modorrilla de la siesta me trae mil ideas a la cabeza que podía haber convertido en entradas más o menos entretenidas, pero al despertar se han ido o han perdido su interés. Estoy cambiando; antes escribía guiada por las musas, por momentos de inspiración. Ahora sólo escribo tras meditar bien lo que voy a escribir, con el culo bien pegado a la silla delante del ordenador y el reloj marcándome los minutos que tengo que estar -por narices, porque lo digo yo- "trabajando". No sé si es mejor o peor. Más productivo sí que es, desde luego, porque no he conocido cosa más inestable que la inspiración.
Ayer abrí la caja donde guardo varios primeros borradores de cuentos que en su momento me parecieron una auténtica porquería y me he encontrado con que, oh milagro, algunos de ellos han pasado de ser carbón a ser diamante. Es verdad lo que todo el mundo dice -incluso yo a mis alumnos-, que hay que dejar macerar las obras un tiempo para poder verlas luego desde la distancia, como si las hubiera escrito otro, y poder juzgarlas más objetivamente. Hoy le voy a dar un premio al Monstruo, encerrado en su oscura mazmorra desde que empezó el verano, y voy a pedirle que use un boli rojo para tallar esos diamantes brutos. Con un poco de suerte, antes de que acabe el verano habré participado en alguno de los cientos de concursos literarios que abundan por ahí.
También encontré, oh terror, el comienzo de dos novelas que en su momento dejé por poco originales, porque no se me ocurría cómo seguir o porque la vida se me echó encima y recortó mi tiempo de escritura. Y ahora me da una rabia tremenda haberlas dejado a medias, porque me gustan esas primeras veinte o treinta páginas que escribí, y me enfurezco conmigo misma por no haber sido constante. Eso sí he aprendido este verano: constancia. Todos los días a la misma hora y durante cada vez más tiempo delante del ordenador para acabar lo que empiezo. Este verano me he sentido escritora.
El uno de septiembre vuelvo a la realidad a lo bestia y sin anestesia. El mismo uno empiezo a trabajar, la universidad y un cursillo de traducción por Internet. En octubre le sumaré las clases de dibujo. Mi vida ataca de nuevo, y mi yo escritora se va a ver relegada a las noches en las que no echen House, Anatomía de Grey, o Medium en la tele. Por eso quiero aprovechar al máximo el tiempo que tengo, por eso me gustaría tener la fuerza mental suficiente para pasarme cuatro o cinco horas escribiendo todos los días. Pero me tengo que conformar con dos -y gracias-, y con un Monstruo dormido.
Me siento toda una profesional. Aunque no publique una sola letra en toda mi vida, este verano he sido escritora. Y me ha encantado la sensación.
Ayer abrí la caja donde guardo varios primeros borradores de cuentos que en su momento me parecieron una auténtica porquería y me he encontrado con que, oh milagro, algunos de ellos han pasado de ser carbón a ser diamante. Es verdad lo que todo el mundo dice -incluso yo a mis alumnos-, que hay que dejar macerar las obras un tiempo para poder verlas luego desde la distancia, como si las hubiera escrito otro, y poder juzgarlas más objetivamente. Hoy le voy a dar un premio al Monstruo, encerrado en su oscura mazmorra desde que empezó el verano, y voy a pedirle que use un boli rojo para tallar esos diamantes brutos. Con un poco de suerte, antes de que acabe el verano habré participado en alguno de los cientos de concursos literarios que abundan por ahí.
También encontré, oh terror, el comienzo de dos novelas que en su momento dejé por poco originales, porque no se me ocurría cómo seguir o porque la vida se me echó encima y recortó mi tiempo de escritura. Y ahora me da una rabia tremenda haberlas dejado a medias, porque me gustan esas primeras veinte o treinta páginas que escribí, y me enfurezco conmigo misma por no haber sido constante. Eso sí he aprendido este verano: constancia. Todos los días a la misma hora y durante cada vez más tiempo delante del ordenador para acabar lo que empiezo. Este verano me he sentido escritora.
El uno de septiembre vuelvo a la realidad a lo bestia y sin anestesia. El mismo uno empiezo a trabajar, la universidad y un cursillo de traducción por Internet. En octubre le sumaré las clases de dibujo. Mi vida ataca de nuevo, y mi yo escritora se va a ver relegada a las noches en las que no echen House, Anatomía de Grey, o Medium en la tele. Por eso quiero aprovechar al máximo el tiempo que tengo, por eso me gustaría tener la fuerza mental suficiente para pasarme cuatro o cinco horas escribiendo todos los días. Pero me tengo que conformar con dos -y gracias-, y con un Monstruo dormido.
Me siento toda una profesional. Aunque no publique una sola letra en toda mi vida, este verano he sido escritora. Y me ha encantado la sensación.
The Uski's
Para el que no lo sepa, Vitoria está de fiesta. Desde el cuatro de agosto hasta el nueve, las calles del centro se llenan de conciertos, actuaciones y actividades varias que consiguen gustar a todo el mundo, como en todas las fiestas de cualquier lugar. Hay conciertos "serios" en la Plaza de los Fueros (Chenoa, La quinta estación, Barricada, Rosendo, Ruper Ordorika), verbenillas en todas las plazas (con la siempre segura actuación de los sempiternos Joselu Anayak, a los que van a tener en los Fueros pronto porque no cabía un alfiler en la Plaza del Arka) y "txokos" euskaldunes repartidos por un par de puntos de Vitoria. Al que le gusten las danzas vascas, la trikitixa, el txistu, al Machete; si lo que te gusta es más político (qué cansos, madre), están las txoznas, que este año están más limpias que nunca con el invento del alquiler del vaso.
Yo tengo la suerte de tener una cuadrilla a la que le gusta de todo. Nos paseamos por distintos puntos de la ciudad, escuchamos un poco de aquello, un poco de lo otro y bailamos hasta que se nos canse el cuerpo (o se nos tuerza el tobillo, como es mi caso este año). Las txoznas están bien para comer un bocadillo tranquilos y tomar un pote sin tener que pelearte por llegar a la barra; el otro día los conciertos del centro eran tan malos que no nos movimos de las txoznas, y como hay que tomar un pote en cada una, llegamos a casa más bien intoxicados. Ayer, sin embargo, los conciertos merecían la pena y allí que nos fuimos; subimos a la Plaza del Machete un rato y luego bajamos a Fueros a escuchar a La quinta estación -justo los bises, o sea, las que nos sabíamos-. Una pena que se juntaran dos conciertos buenos.
Porque en el Machete estaban The Uski's, un grupo vizcaíno que toca música surfera en euskera y que suenan estupendamente bien en directo (para que os hagáis una idea, visitad www.theuskis.com). Música surfera, digo, con lo que ello supone en cuestión de letras: me ha dejado, qué chica más guapa, te echo de menos, vete a tomar vientos, todo lo que necesito para vivir es mar, playa, cerveza y marihuana, y otras lindezas tan triviales como esas. Trivialidades, al fin y al cabo, que es lo que uno está buscando en una noche de fiestas, sin letras cargadas de mensajes políticos, con unos chicos majísimos vestidos con vaqueros y camisas blancas libres de eslóganes que pegaban unos saltos dignos de ver en el escenario. Intercalaron alguna que otra canción en castellano que no tienen en sus discos (genial la de "Yo soy Armónica Levinski), encandilaron hasta a la amiga que iba con nosotras que no les conocía y ni siquiera habla euskera y nos dejaron a sus fans con ganas de seguir escuchando hasta que se acabara la noche. Pero todo se acaba y The Uski's (para los que nos sepáis euskera, es un juego de palabras entre Eguzki -sol- y Uski -ano-) tuvieron que poner también su punto final.
Una gozada, en resumen, poder escuchar un concierto en euskera sin tener que aguantar los mensajes velados (y no tan velados) que la mayoría de los grupos insertan en sus canciones. Esto sí que es promocionar la cultura vasca, acercarla a los nuevos tiempos, convertirla en algo cercano que los padres puedan comprar para sus hijos sin tener que preocuparse de qué les pueden estar inculcando en las letras.
Una gozada, vaya. A ver si vuelven.
Yo tengo la suerte de tener una cuadrilla a la que le gusta de todo. Nos paseamos por distintos puntos de la ciudad, escuchamos un poco de aquello, un poco de lo otro y bailamos hasta que se nos canse el cuerpo (o se nos tuerza el tobillo, como es mi caso este año). Las txoznas están bien para comer un bocadillo tranquilos y tomar un pote sin tener que pelearte por llegar a la barra; el otro día los conciertos del centro eran tan malos que no nos movimos de las txoznas, y como hay que tomar un pote en cada una, llegamos a casa más bien intoxicados. Ayer, sin embargo, los conciertos merecían la pena y allí que nos fuimos; subimos a la Plaza del Machete un rato y luego bajamos a Fueros a escuchar a La quinta estación -justo los bises, o sea, las que nos sabíamos-. Una pena que se juntaran dos conciertos buenos.
Porque en el Machete estaban The Uski's, un grupo vizcaíno que toca música surfera en euskera y que suenan estupendamente bien en directo (para que os hagáis una idea, visitad www.theuskis.com). Música surfera, digo, con lo que ello supone en cuestión de letras: me ha dejado, qué chica más guapa, te echo de menos, vete a tomar vientos, todo lo que necesito para vivir es mar, playa, cerveza y marihuana, y otras lindezas tan triviales como esas. Trivialidades, al fin y al cabo, que es lo que uno está buscando en una noche de fiestas, sin letras cargadas de mensajes políticos, con unos chicos majísimos vestidos con vaqueros y camisas blancas libres de eslóganes que pegaban unos saltos dignos de ver en el escenario. Intercalaron alguna que otra canción en castellano que no tienen en sus discos (genial la de "Yo soy Armónica Levinski), encandilaron hasta a la amiga que iba con nosotras que no les conocía y ni siquiera habla euskera y nos dejaron a sus fans con ganas de seguir escuchando hasta que se acabara la noche. Pero todo se acaba y The Uski's (para los que nos sepáis euskera, es un juego de palabras entre Eguzki -sol- y Uski -ano-) tuvieron que poner también su punto final.
Una gozada, en resumen, poder escuchar un concierto en euskera sin tener que aguantar los mensajes velados (y no tan velados) que la mayoría de los grupos insertan en sus canciones. Esto sí que es promocionar la cultura vasca, acercarla a los nuevos tiempos, convertirla en algo cercano que los padres puedan comprar para sus hijos sin tener que preocuparse de qué les pueden estar inculcando en las letras.
Una gozada, vaya. A ver si vuelven.
Darwinismo frente al Diseño Inteligente

Cuando trabajaba en Estados Unidos, uno de mis directores resultó ser un pastor de no sé qué religión cristiana (una de esas denominaciones protestantes de las que al final acabé perdiendo la cuenta) que se había metido a director de escuela porque los pastores no tenían jubilación y se ganaba más en la enseñanza. No era un hombre mayor, rondaría los cincuenta o menos, y era un cachondo mental con muy poca seriedad en su trabajo que no te daba problema ninguno, pero tampoco te los solucionaba. A pesar de su aparente "campechaneidad", permítaseme el palabro, no nos hizo falta mucho tiempo para darnos cuenta de que dentro de él se escondían varios "ismos" que a los españoles que trabajábamos con él no nos gustaron nada: racismo, machismo y creacionismo, entre otros. También era republicano, pero bueno, muchos otros lo eran y no tenían por qué ser malas personas.
Teniendo en cuenta que trabajaba en un pueblo con una población mayoritariamente inmigrante y en una profesión en la que se veía rodeado de mujeres, entenderéis que los dos primeros "ismos" no eran de tomarse a broma. Sin embargo, la anécdota que me ha venido hoy a la cabeza por un artículo sobre Darwin que he leído esta mañana en el periódico tiene que ver con el creacionismo.
Era costumbre en las escuelas de King City que los directores editaran un pequeño panfleto, una especie de carta, con las actividades de la semana que comenzaba, al que añadían también un pequeño artículo personal que trataba, normalmente, sobre algún tema que había ocurrido en la escuela. Eran artículos que animaban al profesorado, que les decían lo maravillosos que eran todos y lo bien que hacían su trabajo; en definitiva, eran la versión adulta de una "cheerleader" para los profesores, en vez de para los jugadores de fútbol. Nuestro director, sin embargo, tenía la puñetera costumbre de escribir artículos que a veces no tenían mucho que ver con lo que estaba ocurriendo en el colegio y sí con lo que anunciaban los telediarios, dando su punto de vista completamente parcial sobre el tema y dejándonos a todos con cara de gilipollas porque no teníamos manera de replicar. Una vez habló de que teníamos que apoyar a las tropas americanas en Irak. Otra, en defensa de los profesores europeos que trabajábamos allí, porque no había que confundírsenos con los mejicanos (le montamos un buen pollo y le dijimos que nos daba lo mismo con quién nos compararan, que no lo tomábamos como un insulto, y no lo entendió). Pero el que a mí más daño me hizo fue uno en el que se metió con el equivalente al ministro de educación de California.
Este hombre (el ministro), en un valiente intento de acallar polémicas, prohibió la equiparación de la enseñanza del Génesis con la de la teoría de la evolución de Darwin en las escuelas, defendiendo que una cosa eran las creencias y otra la ciencia. Nuestro querido director le puso a caldo, diciendo en el artículo de marras que este hombre no era un educador, no era nadie para venir a decirnos a los profesores lo que teníamos que enseñar o no. Que él creía más en el diseño inteligente que en Darwin (lo equiparó, si señor) y que el ministro no iba a obligarle a cambiar sus creencias, porque eran eso, creencias, ya que Darwin no tenía ninguna prueba de que su teoría fuera cierta. Muchos nos subimos por las paredes. Fui a hablar con él. Le dije que me había ofendido, y él siguió en sus trece de que no había pruebas para decir de dónde venimos y a dónde vamos. Mi queja le entró por un oído y le salió por el otro.
Este hombre ha sido despedido por su incapacidad como director. No ha sido por este artículo, aunque ha ayudado, y mucho, en su declive, y me alegro de que ya no esté en una posición de poder.
No tengo ningún problema con la Biblia, con el Génesis y con cualquier otro libro religioso. Me parece una preciosa colección de historias que me permiten ver cómo la gente de hace miles de años se explicaba lo que ocurría a su alrededor. No me molestan los creyentes, cada uno es libre de creer en lo que sea si le ayuda. Pero cerrar el camino a la ciencia porque contradice una creencia es volver a los siglos más oscuros de nuestra historia, y tenemos que evitarlo de cualquier manera. Por suerte, vivimos en un continente donde directores como el que yo tuve no sobrevivirían a una inspección de educación, pero todavía hay mucho trabajo que hacer en el mundo. Y que uno de los lugares que necesita más ayuda sea el país más fuerte del mundo, me aterra.
Hoy es el primer día del resto de tu vida
No vale de nada hacerse propósitos de Año Nuevo. No digo que no valga de nada hacerse propósitos, sino que es inútil hacerlos en una fecha determinada. Los propósitos llegan a nosotros cuando tienen que llegar, no forzados. Uno no deja de fumar porque sea 31 de diciembre, sino porque le jode toser por las mañanas y un día decide dejarlo, así, sin más. Ni menos, que no es moco de pavo.
Yo nunca hago propósitos de Año Nuevo, pero me hago nuevos propósitos todo el año. No todos de golpe, ojo. He aprendido, a costa de ganarme fama de inconstante en mi familia, que si una intenta hacer demasiadas cosas a un tiempo probablemente no consiga ninguna. Hace un par de años me dije "quiero hacer un curso de traducción a distancia". Para eso necesitaba unas pocas horas de trabajo constante todas las semanas, algo completamente accesible con mi horario, así que no fue difícil hacerme a la rutina. Ya que estaba con el curso, inmersa en el inglés, decidí que era un buen momento para estudiar un poco y sacarme el Proficiency. Conseguí una A. Después de eso, mientras continuaba con mi curso de traducción, anunciaron las oposiciones y, como no tenía absolutamente nada que perder, decidí estudiar a ver si sonaba la flauta. Sonó, casi un ocho, pero no conseguí plaza porque me faltaban puntos. Pero yo me había probado que podía.
Viendo que todo lo que me había propuesto durante el año había dado buenos resultados, me animé con más. Me apunté a filología inglesa. Mi madre soltó una risilla y dijo "a ver cuanto duras", comparando mi constancia con el estudio con mi constancia con el gimnasio, que es menos que nula. He terminado el curso con dos matrículas de honor y tres notables. Como no todo en la vida es estudiar, me apunté a dibujo para conocer gente y matar alguna hora a la semana, y mi madre de nuevo miró al cielo y se acordó de todos los días que faltaba a aeróbic. Aparte de un par de viernes donde el estrés del trabajo y del estudio exigían una cerveza fresquita, y la semana de exámenes que coincidía en horario con las clases, fui a todas. Nunca seré Sorolla, pero tengo una afición nueva y he aprendido un montón. Seguiré el año que viene.
Este verano, con todo el tiempo del mundo para pensar, he sentido la necesidad de hacerme otro propósito. Este no tiene nada que ver con los estudios (que voy a continuar), con escribir (que hago todos los días, era mi propósito para el verano y vaya si lo estoy cumpliendo) o con el trabajo (sigo donde estaba, y muy contenta además), sino con mi salud mental y mi trato con los demás, que en este caso va unido. Me explico.
Soy una persona históricamente rencorosa. Es fácil herirme. Tengo una piel muy fina, como dicen en inglés. Cuando alguien me hace daño, lo guardo, no olvido, y sólo perdono si me piden perdón o si veo un cambio notable en esa persona, cosa harto difícil cuando todo lo que yo hago es lanzarle miradas de odio cuando me la cruzo por la calle. He decidido no hacerlo más. He decidido que mi paz mental bien merece dejar atrás antiguos piques y ofensas, que bastante tengo con lo de mi padre para encima acordarme de que tengo que odiar a esa que pasa por ahí porque a los trece años se juntó con otras dos para darme una paliza. No me merece la pena. Ojo, que no estoy diciendo que esté olvidando ni perdonando (¿cómo se perdona a alguien que no tiene conciencia de haber hecho algo malo?, ¿para qué sirve?), sino que voy a dejarlo pasar. Sin olvidarlo. Sin empezar de cero. Sin convertir ahora a esas enemigas históricas que todas tenemos en amigas de alma. Pero voy a intentar, al menos, saludarles al pasar, quizás incluso dedicarles una sonrisa (si me sale, tampoco es cuestión de forzar las cosas), quizás, si estoy de muy buen humor, incluso pararme a hablar con ellas (bueno, igual esto es pasarse, pero quién sabe). Porque no me merece la pena odiar. No es sano. No adelantas nada, no te hace mejor persona, no te hace más fuerte. Y provoca úlceras (esto no sé si está probado científicamente, pero ya os digo yo que sí). Fijaos si estoy empecinada en dejar de odiar que estoy convencida de que sería capaz de hacerles un favor que a mí no me costara mucho (hace un año, mi mayor placer hubiera sido negarles hasta el aire que respiran). Creo que eso significa que estoy madurando. Estoy pasando página.
Así que hoy es el primer día del resto de mi vida. Hoy dejo de odiar. Es definitivo.
Yo nunca hago propósitos de Año Nuevo, pero me hago nuevos propósitos todo el año. No todos de golpe, ojo. He aprendido, a costa de ganarme fama de inconstante en mi familia, que si una intenta hacer demasiadas cosas a un tiempo probablemente no consiga ninguna. Hace un par de años me dije "quiero hacer un curso de traducción a distancia". Para eso necesitaba unas pocas horas de trabajo constante todas las semanas, algo completamente accesible con mi horario, así que no fue difícil hacerme a la rutina. Ya que estaba con el curso, inmersa en el inglés, decidí que era un buen momento para estudiar un poco y sacarme el Proficiency. Conseguí una A. Después de eso, mientras continuaba con mi curso de traducción, anunciaron las oposiciones y, como no tenía absolutamente nada que perder, decidí estudiar a ver si sonaba la flauta. Sonó, casi un ocho, pero no conseguí plaza porque me faltaban puntos. Pero yo me había probado que podía.
Viendo que todo lo que me había propuesto durante el año había dado buenos resultados, me animé con más. Me apunté a filología inglesa. Mi madre soltó una risilla y dijo "a ver cuanto duras", comparando mi constancia con el estudio con mi constancia con el gimnasio, que es menos que nula. He terminado el curso con dos matrículas de honor y tres notables. Como no todo en la vida es estudiar, me apunté a dibujo para conocer gente y matar alguna hora a la semana, y mi madre de nuevo miró al cielo y se acordó de todos los días que faltaba a aeróbic. Aparte de un par de viernes donde el estrés del trabajo y del estudio exigían una cerveza fresquita, y la semana de exámenes que coincidía en horario con las clases, fui a todas. Nunca seré Sorolla, pero tengo una afición nueva y he aprendido un montón. Seguiré el año que viene.
Este verano, con todo el tiempo del mundo para pensar, he sentido la necesidad de hacerme otro propósito. Este no tiene nada que ver con los estudios (que voy a continuar), con escribir (que hago todos los días, era mi propósito para el verano y vaya si lo estoy cumpliendo) o con el trabajo (sigo donde estaba, y muy contenta además), sino con mi salud mental y mi trato con los demás, que en este caso va unido. Me explico.
Soy una persona históricamente rencorosa. Es fácil herirme. Tengo una piel muy fina, como dicen en inglés. Cuando alguien me hace daño, lo guardo, no olvido, y sólo perdono si me piden perdón o si veo un cambio notable en esa persona, cosa harto difícil cuando todo lo que yo hago es lanzarle miradas de odio cuando me la cruzo por la calle. He decidido no hacerlo más. He decidido que mi paz mental bien merece dejar atrás antiguos piques y ofensas, que bastante tengo con lo de mi padre para encima acordarme de que tengo que odiar a esa que pasa por ahí porque a los trece años se juntó con otras dos para darme una paliza. No me merece la pena. Ojo, que no estoy diciendo que esté olvidando ni perdonando (¿cómo se perdona a alguien que no tiene conciencia de haber hecho algo malo?, ¿para qué sirve?), sino que voy a dejarlo pasar. Sin olvidarlo. Sin empezar de cero. Sin convertir ahora a esas enemigas históricas que todas tenemos en amigas de alma. Pero voy a intentar, al menos, saludarles al pasar, quizás incluso dedicarles una sonrisa (si me sale, tampoco es cuestión de forzar las cosas), quizás, si estoy de muy buen humor, incluso pararme a hablar con ellas (bueno, igual esto es pasarse, pero quién sabe). Porque no me merece la pena odiar. No es sano. No adelantas nada, no te hace mejor persona, no te hace más fuerte. Y provoca úlceras (esto no sé si está probado científicamente, pero ya os digo yo que sí). Fijaos si estoy empecinada en dejar de odiar que estoy convencida de que sería capaz de hacerles un favor que a mí no me costara mucho (hace un año, mi mayor placer hubiera sido negarles hasta el aire que respiran). Creo que eso significa que estoy madurando. Estoy pasando página.
Así que hoy es el primer día del resto de mi vida. Hoy dejo de odiar. Es definitivo.
Pasito a paso, pero hacia adelante
Hoy me he puesto a describir a la protagonista de un proyecto que puede que salga o que no, pero que de momento me está gustando. Estoy intentando escribir "con mapa", tener todos los puntos bien atados antes de enfrentarme a la hoja en blanco, y quiero conocer bien a mis personajes antes de usar sus voces para escribir. Creando a mi personaje, me he encontrado con esto:
“Y trato de olvidar aquella noche, aquella horrenda noche en la que Luis, como siempre, había bebido de más después de tratar y no lograr terminar aquel capítulo en su tesis. Aquella noche en la que cogió un cuchillo y se dedicó a perseguirme por toda la casa, ven aquí, puta, ven que te voy a enseñar a ti lo que es un ataque para que puedas ponerlo en tu mierda de novelita, así le das más realismo. ¿No te apetece sentir cómo se desgarra la piel tras una cuchillada, sentir manar la sangre y saber que no puedes pararla? ¿Por qué no dejas que te degüelle y así puedes describir lo que se siente, novelera del tres al cuarto que se cree una diosa, si es que consigues sobrevivir sin pescuezo? Y yo corría por la cocina, alrededor de la dichosa isla que el decorador me había convencido en instalar, y él me cerraba el paso, y yo lloraba y apenas podía ver dónde estaba él porque las lágrimas me cegaban. Hasta que sentí su mano en el tobillo, y me tiró al suelo, y él clavó la punta del cuchillo en mi muslo, sé que sin ánimo de clavarlo hasta el fondo, sé que sólo para asustarme, porque era lo que le gustaba hacer, pero yo me solté de su agarre y moví la pierna, y la punta del cuchillo surcó mi muslo de lado a lado, desde la cadera hasta la rodilla. Me puse en pie, sangrando y llorando, pero sin dolor del susto que llevaba en el cuerpo, alargué la mano, cogí el cuchillo que tenía especialmente afilado para cortar las lonchas de jamón tan finas como a él le gustaban y me volví hacia él, que se me había lanzado encima. La punta del cuchillo se encontró con su garganta, pero no la perforó. Me sorprendí al ver que mi mano no temblaba. Me sorprendí al mirarle y darme cuenta de que estaba dispuesta a atravesarle el cuello si hacía el más mínimo movimiento hacia mí. Me sorprendí al ver en sus ojos el convencimiento de que yo era capaz de matarle si volvía a tocarme. Y entonces vi toda la cobardía de mi marido en esos ojos que se abrieron como platos cuando yo empujé el cuchillo ligeramente, sin un solo temblor, y él supo que yo era completamente capaz de atravesarle la yugular.
No volvió a tocarme. No volví a verle. A la mañana siguiente me marché de Logroño, contacté con una agencia inmobiliaria para que vendiera la casa y me instalé en Vitoria”.
Tengo unas ganas locas de contar la vida de esta mujer.
“Y trato de olvidar aquella noche, aquella horrenda noche en la que Luis, como siempre, había bebido de más después de tratar y no lograr terminar aquel capítulo en su tesis. Aquella noche en la que cogió un cuchillo y se dedicó a perseguirme por toda la casa, ven aquí, puta, ven que te voy a enseñar a ti lo que es un ataque para que puedas ponerlo en tu mierda de novelita, así le das más realismo. ¿No te apetece sentir cómo se desgarra la piel tras una cuchillada, sentir manar la sangre y saber que no puedes pararla? ¿Por qué no dejas que te degüelle y así puedes describir lo que se siente, novelera del tres al cuarto que se cree una diosa, si es que consigues sobrevivir sin pescuezo? Y yo corría por la cocina, alrededor de la dichosa isla que el decorador me había convencido en instalar, y él me cerraba el paso, y yo lloraba y apenas podía ver dónde estaba él porque las lágrimas me cegaban. Hasta que sentí su mano en el tobillo, y me tiró al suelo, y él clavó la punta del cuchillo en mi muslo, sé que sin ánimo de clavarlo hasta el fondo, sé que sólo para asustarme, porque era lo que le gustaba hacer, pero yo me solté de su agarre y moví la pierna, y la punta del cuchillo surcó mi muslo de lado a lado, desde la cadera hasta la rodilla. Me puse en pie, sangrando y llorando, pero sin dolor del susto que llevaba en el cuerpo, alargué la mano, cogí el cuchillo que tenía especialmente afilado para cortar las lonchas de jamón tan finas como a él le gustaban y me volví hacia él, que se me había lanzado encima. La punta del cuchillo se encontró con su garganta, pero no la perforó. Me sorprendí al ver que mi mano no temblaba. Me sorprendí al mirarle y darme cuenta de que estaba dispuesta a atravesarle el cuello si hacía el más mínimo movimiento hacia mí. Me sorprendí al ver en sus ojos el convencimiento de que yo era capaz de matarle si volvía a tocarme. Y entonces vi toda la cobardía de mi marido en esos ojos que se abrieron como platos cuando yo empujé el cuchillo ligeramente, sin un solo temblor, y él supo que yo era completamente capaz de atravesarle la yugular.
No volvió a tocarme. No volví a verle. A la mañana siguiente me marché de Logroño, contacté con una agencia inmobiliaria para que vendiera la casa y me instalé en Vitoria”.
Tengo unas ganas locas de contar la vida de esta mujer.
Multilingüismo
Ayer estaba en la piscina, durante mi hora de tortura malaya autoimpuesta porque mi piel también tiene derecho a saber que es verano, y vi entrar a una familia de marroquíes, o árabes, o lo que quiera que fueran, ya me entendéis lo que quiero decir. Los niños entraron en la piscina como si nunca hubieran visto una, con la madre diciéndoles -que no gritándoles- algo en un idioma que yo no entendí. No sé qué les dijo, pero me da la impresión de que no le hicieron mucho caso porque los churumbeles salieron corriendo hasta la barandilla del final de la zona de hamacas, señalaron la piscina que se veía a lo lejos (un pequeño aquapark con sus toboganes y sus palmeritas) y se gritaron unos a otros: Begira, begira! Ikusi, ikusi! ¡La piscina! ¡¡Aaaaaah!!
Y yo me enternecí toda, y me hubiera gustado ver la cara del Savater y compañía y explicarles que toma, que ahí tienes a un grupo de niños que aún no ha cumplido los siete años comunicándose entre ellos en tres, ¡TRES!, idiomas, y estoy convencida de que no dijeron Look! Look! porque aún no se lo han enseñado en la clase de inglés que reciben desde los tres años.
Para que luego me hablen de defensa de idiomas que no necesitan ser defendidos.
Y yo me enternecí toda, y me hubiera gustado ver la cara del Savater y compañía y explicarles que toma, que ahí tienes a un grupo de niños que aún no ha cumplido los siete años comunicándose entre ellos en tres, ¡TRES!, idiomas, y estoy convencida de que no dijeron Look! Look! porque aún no se lo han enseñado en la clase de inglés que reciben desde los tres años.
Para que luego me hablen de defensa de idiomas que no necesitan ser defendidos.
El Monstruo

Tengo al pobre Monstruo que le va a dar algo.
Claro, tanto tiempo callado, encerrado en su hemisferio izquierdo, ahora que le he dejado salir está que se me come viva. Que ya te lo había dicho yo, que nunca me escuchas, que mira que te dije que era una puta mierda, pero tú nada, tú dale, tú pa'lante como si las críticas no fueran contigo, y hala, a encerrarme en tu lado más aburrido, sin arte, sin imaginación, todo números y palabras sacadas del diccionario, ni una mala metáfora que echarme a la boca.
Porque claro, me dice, si me llegas a escuchar cuando te avisaba de que ibas por mal camino, que ya el mismo tema era una mierda de elección, no habrías perdido meses escribiendo gilipolleces. Y yo le explico, trato de explicarle, que el tema no era ni mejor ni peor que mil otros, que se trata de cómo se lleve a cabo, pero él erre que erre. Si es que hay que ser cabezona, insiste, mira que te lo advertí, que te parases, que vieses que así no ibas a ninguna parte, que estabas haciendo el ridículo. ¿Ridículo?, pregunto yo, ¿qué ridículo, si esto no lo va a leer nadie más que yo? Él se queda mudo y me mira con esos ojos inyectados en sangre, los ocho colmillos a la vista. Entonces, me dice, ¿para qué lo has escrito? Para probarme que podía.
Pero, ¿qué has escrito?, insiste él, recuperándose al instante (que para algo es un monstruo diabólico), porque no me vendrás ahora con que te has marcado una novela, que si no llega a 80.000 palabras no te lo acepta ni el tato y tú justo has llegado a la mitad. Sí, pero está terminada, le explico. ¿Y qué? Ibas a por una novela negra y te ha quedado un gris perla; ibas a por una obra con todos los flecos atados y esto parece una falda escocesa, ibas a por algo digerible y esto no hay quien se lo trague. No, odiado Monstruo, te equivocas: iba a por un producto final. Iba a probarme a mí misma que podía hacerlo. Iba a encontrar mi técnica, mi estilo, mi forma de escribir. ¿Y lo has conseguido? No. Pues ya está. Has perdido el tiempo.
Pues no, tío listo, y ahí te vas otra vez al hemisferio izquierdo, por coñazo pesado de las narices. Como le pasó a Edison con la bombilla, yo he encontrado una manera de la que no me puedo valer para escribir, que ya es mucho descubrimiento para un verano. Sólo me quedan un par de millardos más por probar.
Así que será cuestión de seguir con ello ya.
Objetivo conseguido

Ya he logrado el objetivo que me había marcado para este verano: terminar de escribir algo más o menos largo sin que el monstruo tuviera voz hasta el final. He conseguido poner el punto y final a un proyecto de cuarenta mil palabras, pero sobre todo he conseguido crearme una rutina que, incluso ahora que he "terminado", me obliga a sentarme delante del ordenador un par de horas todos los días porque es el tiempo reservado a la escritura y no puedo hacer otra cosa que no sea escribir. Eso era lo que quería y lo he conseguido.
El escrito en sí (me da hasta vergüenza llamarlo novela, siendo tan corta) es una caca de la vaca que no hay por donde coger, pero está acabado. Según escribía, iba viendo fallos y apuntándolos en un cuadernito al lado del portátil, haciéndome un millón de notas para la revisión que vendría más tarde. Me he dado cuenta de que la revisión va a ser más bien una cirugía de cuerpo entero y que a la criatura no la va a reconocer ni la madre que la parió, que soy yo, cuando esté verdaderamente acabada, pero eso no me importa. He visto mis fuertes y mis rotundos fracasos; he sudado tinta, pero creo que he conseguido dar una voz distinta a cada personaje, de manera que no hace falta dar un nombre cada vez que cambio de punto de vista porque me doy cuenta de quién está hablando; pero luego he fracasado estrepitósamente en la caracterización de los personajes, y el argumento, que al final es lo de menos porque eso se mejora pensando mucho y haciéndose muchos esquemas antes de poner dedo sobre tecla, hace aguas por todas partes. Muchas cosas que mejorar. Muchas horas que meter. Mucho trabajo antes de poder pasarle el borrador a mi amiga la monstrua, que hace un trabajo tan detallado y tan sincero que podría dedicarse a ser editora sin ningún problema.
De momento, lo voy a dejar macerar y voy a dejar que los personajes se definan en mi mente antes de ponerlos en acción. Ya no tengo prisa, ya tengo una chabola de hojalata bajo la que guarecerme si llueve, ahora poquito a poco trataré de convertirla en una vivienda decente, al menos algo a lo que pueda traer invitados sin que se me caiga la cara de vergüenza. El chalet lo dejaremos para más adelante, cuando haya construido unas cuantas casas con cimientos fuertes y tenga la suficiente confianza en mí misma para lanzarme a la aventura de edificar a lo grande. De momento, voy a dedicarme a los cuentos cortos, pero en serio, no dejándome llevar por un momento de inspiración sino escribiendo, borrando y volviendo a escribir y a borrar. Total, este verano no tengo otra cosa mejor que hacer (aparte de ir a la piscina, pintar la casa, aprender a cocinar, seguir con mi curso de alemán, terminar la lista de libros que me he autoimpuesto, andar dos horas todos los días para bajar los kilos de más...), y esas dos horas delante del ordenador hay que llenarlas como sea.
Queja a mi alcalde
No, Patxi, no, la Plaza Nueva no necesita ser cubierta para fomentar el comercio, ¡porque ahí no hay comercio! Sólo hay bares, y unos arquillos geniales para esconderte cuando llueve.
No, Patxi, no, la calle Dato tampoco necesita ser cubierta, porque es una calle. Definición de calle: algo que está en la calle. Si no quieres mojarte cuando llueve, te vas al centro comercial.
Y no, no necesitamos que cambies el hospital del centro a un barrio de las afueras que no pilla de paso a no ser que vivas allí. Tienes que mejorar el que hay, no cerrar, por ejemplo, el ala de pediatría y que la gente se busque la vida. ¿Por qué no modernizas un poco las instalaciones en lugar de empezar uno de cero? Digo yo, vaya.
Y, habiendo tanto sitio en Vitoria, ¿de verdad tienes que cargarte la mitad del parque más grande de todo Euskadi para hacer la intermodal? Mira que te costaba mucho moverla unos metros y ponerla en una de las decenas de parcelas vacías que aún quedan en Lakua. ¿Y por qué nos vamos a tener que tragar un auditorio más pequeño que el teatro que tenemos ahora, en el que todavía no vamos a poder ver obras que necesitan un gran montaje? Ya, ya sé que va a tener la mejor acústica de Euskadi, de España y de Europa, pero sólo va a ser para orquestas. No se va a poder traer a las obras que se tienen que ir a Bilbao porque aquí no hay escenario que las acoja. Te recuerdo que somos la capital de Euskadi, que deberíamos disfrutar un poco de ese título.
¿Y qué hay del soterramiento del tren? ¿De arreglar la avenida Gasteiz, que parece un paseo sacado de una postal de hace cincuenta años (que serán los que tiene)? ¿Y a quién se le ocurre querer quitar una vía del tranvía que ya está puesta? ¡Y que hay de las puñeteras losetas sueltas del suelo que te empapan los pantalones cuando llueve! Digo yo que hay más asuntos urgentes que tapar una calle, ¿no?
Todos los alcaldes de Vitoria tratan de dejar su marca en la ciudad. Cuerda nos dio los centros cívicos (bien por Cuerda), Alonso nos dio el tranvía (ya veremos cuando esté en marcha) y Lazcoz... Lazcoz quiere poner techo a las calles.
Ya sé de una que no le votó en su día y no le votará en las próximas.
No, Patxi, no, la calle Dato tampoco necesita ser cubierta, porque es una calle. Definición de calle: algo que está en la calle. Si no quieres mojarte cuando llueve, te vas al centro comercial.
Y no, no necesitamos que cambies el hospital del centro a un barrio de las afueras que no pilla de paso a no ser que vivas allí. Tienes que mejorar el que hay, no cerrar, por ejemplo, el ala de pediatría y que la gente se busque la vida. ¿Por qué no modernizas un poco las instalaciones en lugar de empezar uno de cero? Digo yo, vaya.
Y, habiendo tanto sitio en Vitoria, ¿de verdad tienes que cargarte la mitad del parque más grande de todo Euskadi para hacer la intermodal? Mira que te costaba mucho moverla unos metros y ponerla en una de las decenas de parcelas vacías que aún quedan en Lakua. ¿Y por qué nos vamos a tener que tragar un auditorio más pequeño que el teatro que tenemos ahora, en el que todavía no vamos a poder ver obras que necesitan un gran montaje? Ya, ya sé que va a tener la mejor acústica de Euskadi, de España y de Europa, pero sólo va a ser para orquestas. No se va a poder traer a las obras que se tienen que ir a Bilbao porque aquí no hay escenario que las acoja. Te recuerdo que somos la capital de Euskadi, que deberíamos disfrutar un poco de ese título.
¿Y qué hay del soterramiento del tren? ¿De arreglar la avenida Gasteiz, que parece un paseo sacado de una postal de hace cincuenta años (que serán los que tiene)? ¿Y a quién se le ocurre querer quitar una vía del tranvía que ya está puesta? ¡Y que hay de las puñeteras losetas sueltas del suelo que te empapan los pantalones cuando llueve! Digo yo que hay más asuntos urgentes que tapar una calle, ¿no?
Todos los alcaldes de Vitoria tratan de dejar su marca en la ciudad. Cuerda nos dio los centros cívicos (bien por Cuerda), Alonso nos dio el tranvía (ya veremos cuando esté en marcha) y Lazcoz... Lazcoz quiere poner techo a las calles.
Ya sé de una que no le votó en su día y no le votará en las próximas.
Tormenta de ideas
Cosas que se puedan hacer en una ciudad como Vitoria para las que no sea imprescindible el buen tiempo y que sean gratuitas o casi. Ah, sí, y que impliquen salir de casa, que se me está cayendo encima (o sea, que no vale "limpiar los cristales" o "bañar al gato en leche de burra").
Agradeceré cualquier comentario.
Agradeceré cualquier comentario.
De urgencias y fiebres
Treinta y nueve y medio de fiebre. Tiritona incontrolable que no consigue eliminar ningún analgésico. Visita a urgencias, donde somos atendidos sin que nos hagan esperar porque la fiebre asusta. Médica majísima que no tarda ni cinco minutos en ponerle a mi hermano un chute de todo para que le baje la inflamación de la garganta y la fiebre, y paseo por el ambulatorio para coger la baja para este fin de semana.
Y es aquí donde una amable funcionaria nos da una charla sobre no usar urgencias por unas simples anginas. Por más que mi hermano y yo tratemos de explicar a la buena mujer que si la médica ha decidido no hacerle esperar será porque a ella también le ha parecido urgente, la enfermera no se apea. "Porque los médicos de aquí no son tontos; si tú llegas con un dolor en el brazo, el médico te hace un electro y llama a una ambulancia si hace falta, que para eso está el ambulatorio, no hay que colapsar urgencias".
Pues ya sabéis: la próxima vez que creáis que os está dando un infarto, id a la consulta de vuestro médico de cabecera para que os haga un electro y llame a una ambulancia. Que vuestro cadáver sirva de estoico ejemplo a todos esos inhumanos que colapsan las urgencias.
(Yo, aún a riesgo de que una enfermera que tiene la osadía de llamar a un tío de veintisiete años "chico grandote" me eche la bronca, seguiré acudiendo a urgencias si mi temperatura pasa de treinta y nueve y no consigo bajarla con analgésicos. Pero yo siempre he sido rara.)
Y es aquí donde una amable funcionaria nos da una charla sobre no usar urgencias por unas simples anginas. Por más que mi hermano y yo tratemos de explicar a la buena mujer que si la médica ha decidido no hacerle esperar será porque a ella también le ha parecido urgente, la enfermera no se apea. "Porque los médicos de aquí no son tontos; si tú llegas con un dolor en el brazo, el médico te hace un electro y llama a una ambulancia si hace falta, que para eso está el ambulatorio, no hay que colapsar urgencias".
Pues ya sabéis: la próxima vez que creáis que os está dando un infarto, id a la consulta de vuestro médico de cabecera para que os haga un electro y llame a una ambulancia. Que vuestro cadáver sirva de estoico ejemplo a todos esos inhumanos que colapsan las urgencias.
(Yo, aún a riesgo de que una enfermera que tiene la osadía de llamar a un tío de veintisiete años "chico grandote" me eche la bronca, seguiré acudiendo a urgencias si mi temperatura pasa de treinta y nueve y no consigo bajarla con analgésicos. Pero yo siempre he sido rara.)
¡Mecagüen Blogger!
Ayer me pongo a curiosear en la nueva plantilla que tanto tiempo llevo ignorando cada vez que me conecto al blog. Qué bonito, pienso, puedo poner encuestas, qué curioso... Me gusta, muy "salao".
Hoy vuelvo a entrar y me encuentro con que me ha quitado, sin yo pedirlo, los dos contadores (o alimentadores de ego, como yo los llamo) y los anuncios de Adsense, ¡y llevaba la friolera de siete dólares!
¡Mecagüen la tecnología moderna! ¡Mecagüen todas las actualizaciones que siempre terminan jodiendo algo que ya era bueno! ¡Mecagüen Blogger!
Hoy vuelvo a entrar y me encuentro con que me ha quitado, sin yo pedirlo, los dos contadores (o alimentadores de ego, como yo los llamo) y los anuncios de Adsense, ¡y llevaba la friolera de siete dólares!
¡Mecagüen la tecnología moderna! ¡Mecagüen todas las actualizaciones que siempre terminan jodiendo algo que ya era bueno! ¡Mecagüen Blogger!
Porque me aburro y porque hoy es hoy
Me apetece escribir, pero no me apetece escribir nada original. Estoy metida entre libros, disfrutando de lo que leo, y me apetece comentarlo, pero nadie a mi alrededor tiene la paciencia de escuchar mis largas peroratas sobre libros que no se han leído, no les gustan o no tienen intención de leer, así que me he decidido a escribir esos comentarios.
Pero no aquí, porque sería un caos. Por eso he creado un blog nuevo, que durará lo que dure mi ánimo crítico, en el que hablar de esas obras. No sé si sobrevivirá al verano, y si lo hace no creo que se renueve muy a menudo, pero ahí estará, para el que quiera visitarlo y reírse de mi simpleza literaria (que es mucha).
Es como empezar un cuaderno nuevo e invitar a tus amigos a que pasen y lo vean...
Pues eso, pasen y vean...
Pero no aquí, porque sería un caos. Por eso he creado un blog nuevo, que durará lo que dure mi ánimo crítico, en el que hablar de esas obras. No sé si sobrevivirá al verano, y si lo hace no creo que se renueve muy a menudo, pero ahí estará, para el que quiera visitarlo y reírse de mi simpleza literaria (que es mucha).
Es como empezar un cuaderno nuevo e invitar a tus amigos a que pasen y lo vean...
Pues eso, pasen y vean...
Lo siento
Leo en la red que las librerías (que no la venta de libros) están en crisis. Que últimamente se vende más, pero "de peor" calidad (volvemos al interminable debate de quién decide si algo es bueno), que se venden muchos más libros en los kioscos y en hipermercados que antes, y que estos son sobre todo best-sellers y libros infantiles.
Y a mí esto me da pena, porque me gustaría vivir en un mundo en el que no sólo se leyera más, sino también más selectivamente. Que no nos dejáramos guiar por el primer libro que nos pusieran delante, el más barato o el que más anuncian por la tele, sino que tuviéramos algo de crítica y nos lanzáramos a la aventura de leer autores noveles, o por lo menos grandes contemporáneos (aunque cualquiera corre el riesgo, con el precio que tienen los libros). Por eso yo pongo mi granito de arena y compro los libros en las librerías, siempre después de pasearme por algunas páginas y leer recomendaciones de gente que no se lleva un duro por hablar bien de un libro. Paso de largo la mesa de los más vendidos y curioseo entre las nuevas adquisiciones, o trato de llevarme un par de clásicos. Cada vez que entro en una librería, aun mirando los precios y usando un poco de juicio, no me gasto menos de sesenta euros, lo que no me duele porque no tengo otro vicio que la lectura y el estudio (y puedo ir andando a trabajar, y como en casa de mis padres, y no soy de llevar ropa de marca ni renovar mi vestuario cada temporada) y me lo puedo permitir.
Pero yo sola no puedo levantar la crisis (perdón, el desaceleramiento económico). No me importa comprar libros, eso es fácil y siempre puedo recurrir a las ediciones de bolsillo o a los chollos de Amazon (¿eso cuenta como librería?, creo que no), pero es que NO TENGO TIEMPO para leer todo lo que compro. Que tengo la casa llena de deberes, jopé. Que por más que lea -por gusto, con deleite-, siempre tengo una docena de libros esperando su turno. Que no doy más de mí. Que no puedo volver a comprarme un libro hasta septiembre por lo menos, porque sería ridículo seguir comprando si no puedo leerlos.
Que lo siento, vaya. Señores libreros, yo lo intento, de verdad, pero mi apretada agenda no me permite llegar a leer veinte libros al año, aunque compre treinta. Y, la verdad, para que estén cogiendo polvo en mi casa, que lo cojan en la suya, oiga, que mi piso es pequeño y al gato lo tengo ya en lo alto del armario porque no me cabe en ningún otro sitio...
Y a mí esto me da pena, porque me gustaría vivir en un mundo en el que no sólo se leyera más, sino también más selectivamente. Que no nos dejáramos guiar por el primer libro que nos pusieran delante, el más barato o el que más anuncian por la tele, sino que tuviéramos algo de crítica y nos lanzáramos a la aventura de leer autores noveles, o por lo menos grandes contemporáneos (aunque cualquiera corre el riesgo, con el precio que tienen los libros). Por eso yo pongo mi granito de arena y compro los libros en las librerías, siempre después de pasearme por algunas páginas y leer recomendaciones de gente que no se lleva un duro por hablar bien de un libro. Paso de largo la mesa de los más vendidos y curioseo entre las nuevas adquisiciones, o trato de llevarme un par de clásicos. Cada vez que entro en una librería, aun mirando los precios y usando un poco de juicio, no me gasto menos de sesenta euros, lo que no me duele porque no tengo otro vicio que la lectura y el estudio (y puedo ir andando a trabajar, y como en casa de mis padres, y no soy de llevar ropa de marca ni renovar mi vestuario cada temporada) y me lo puedo permitir.
Pero yo sola no puedo levantar la crisis (perdón, el desaceleramiento económico). No me importa comprar libros, eso es fácil y siempre puedo recurrir a las ediciones de bolsillo o a los chollos de Amazon (¿eso cuenta como librería?, creo que no), pero es que NO TENGO TIEMPO para leer todo lo que compro. Que tengo la casa llena de deberes, jopé. Que por más que lea -por gusto, con deleite-, siempre tengo una docena de libros esperando su turno. Que no doy más de mí. Que no puedo volver a comprarme un libro hasta septiembre por lo menos, porque sería ridículo seguir comprando si no puedo leerlos.
Que lo siento, vaya. Señores libreros, yo lo intento, de verdad, pero mi apretada agenda no me permite llegar a leer veinte libros al año, aunque compre treinta. Y, la verdad, para que estén cogiendo polvo en mi casa, que lo cojan en la suya, oiga, que mi piso es pequeño y al gato lo tengo ya en lo alto del armario porque no me cabe en ningún otro sitio...
4 de julio
Hoy hace dos años justos que volví de los Estados Unidos. Ningún remordimiento, era el momento.
Esta fecha siempre significará algo para mí, por mi vuelta y porque, obviamente, la busqué aposta para no olvidarla nunca. Dedicado a todos los estadounidenses buenos (que haberlos haylos, y a montones) y a todos aquellos que no votan a Bush (que no tienen por qué ser buenos).
". . . the genius of the United States is not best or most in its executives or legislatures, nor in its ambassadors or authors, or colleges or churches or parlors, nor even in its newspapers or inventors — but always most in the common people, south, north, west, east, in all its States, through all its mighty amplitude." -- Walt Whitman, Preface, 1855, to First Issue of Leaves of Grass
"...El genio de los Estados Unidos no reside en mayor o mejor medida en su ejecutiva o en su legislatura, ni en sus embajadores o autores, o en las universidades o iglesias o salones, ni siquiera en sus periódicos o sus inventores; sino siempre en la gente común, en el sur, el norte, este y oeste, en todos sus estados, en toda su gran extensión". --Walt Whitman, Prefacio de 1855 a la primera edición de Hojas de hierba .
Esta fecha siempre significará algo para mí, por mi vuelta y porque, obviamente, la busqué aposta para no olvidarla nunca. Dedicado a todos los estadounidenses buenos (que haberlos haylos, y a montones) y a todos aquellos que no votan a Bush (que no tienen por qué ser buenos).
". . . the genius of the United States is not best or most in its executives or legislatures, nor in its ambassadors or authors, or colleges or churches or parlors, nor even in its newspapers or inventors — but always most in the common people, south, north, west, east, in all its States, through all its mighty amplitude." -- Walt Whitman, Preface, 1855, to First Issue of Leaves of Grass
"...El genio de los Estados Unidos no reside en mayor o mejor medida en su ejecutiva o en su legislatura, ni en sus embajadores o autores, o en las universidades o iglesias o salones, ni siquiera en sus periódicos o sus inventores; sino siempre en la gente común, en el sur, el norte, este y oeste, en todos sus estados, en toda su gran extensión". --Walt Whitman, Prefacio de 1855 a la primera edición de Hojas de hierba .
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Gente
Me gusta juzgar a los desconocidos a primera vista. No me refiero a los desconocidos que te presentan y se vuelven conocidos, sino a esas personas que te cruzas por la calle y sabes que bajo muy extrañas circunstancias vas a conocer. Me suelo hacer ideas sobre la fortaleza de su personalidad solo con mirarlos: la forma en la que andan, si miran o no a su alrededor, si llevan cascos, si sonríen al pasar... Ya sé que es una soberana gilipollez y que si alguien lo hiciera conmigo probablemente llegaría a la conclusión de que tengo la misma personalidad que un cangrejo de mar, pero me gusta, me entretiene.
En mi camino al trabajo suelo ver a una chica que va a donde sea que vaya en bicicleta. Me chocó la primera vez porque es de las pocas que van por la carretera en lugar de ir esquivando peatones por las aceras, y el otro día hasta la vi pararse en un semáforo (sólo hasta que se aseguró de que era seguro pasarlo en rojo, pero bueno). En los días más frescos lleva una bufanda de esas muy largas que consigue, milagrosamente, mantener fuera del alcance de los radios de las ruedas, y en verano va con sandalias de dedo. La bici -lo dice alguien que no sabe andar en bicicleta, así que podría estar completamente equivocada- parece demasiado grande para ella y es de chico, con barra en medio, así que, cuando se para en los semáforos o a dejar que pasen los coches, tiene que apoyarse en el suelo de puntillas porque no le da la pierna. Es rubia, muy jovencita, con una melena larga que siempre lleva inmaculada, hasta en los días de viento, y suele ir con ropa de moda sin una sola arruga.
Me parece la persona más simple de todas las personas que me cruzo por la mañana de camino al trabajo. Tengo la sensación de que va en bicicleta porque así se llega antes, no porque lo disfrute (su ropa no encaja con la de alguien que disfruta en una bici, va demasiado "prieta" para poder ir cómoda); seguramente no tenga coche y no quiera usar el urbano (o no pueda) por razones que se me escapan. Y su impolutez (me acabo de inventar la palabra, soy consciente) me habla de una persona sin imaginación, alguien que no entiende que un mechón fuera de sitio favorece, que ir siempre tan mona cansa, que de vez en cuando unos vaqueros y una camiseta sientan mejor que un modelito de marca X. Siempre va seria, tensa, sin mirar a nadie, como si temiera ser juzgada o quisiera aparentar que el juicio ajeno se la trae floja, y eso es lo que me hace pensar que es una persona sumamente insegura y que tiene que pasarlo muy mal en ciertos círculos.
Todo eso veo, cuando ando deprisa y me cruzo dos segundos con una persona. Hay muchas más, por supuesto, pero ella me llama la atención porque creo que me he hecho una imagen de ella que es la opuesta a lo que a ella le hubiera gustado.
Quién sabe. Quizás algún día la conozca y se convierta en mi mejor amiga...
En mi camino al trabajo suelo ver a una chica que va a donde sea que vaya en bicicleta. Me chocó la primera vez porque es de las pocas que van por la carretera en lugar de ir esquivando peatones por las aceras, y el otro día hasta la vi pararse en un semáforo (sólo hasta que se aseguró de que era seguro pasarlo en rojo, pero bueno). En los días más frescos lleva una bufanda de esas muy largas que consigue, milagrosamente, mantener fuera del alcance de los radios de las ruedas, y en verano va con sandalias de dedo. La bici -lo dice alguien que no sabe andar en bicicleta, así que podría estar completamente equivocada- parece demasiado grande para ella y es de chico, con barra en medio, así que, cuando se para en los semáforos o a dejar que pasen los coches, tiene que apoyarse en el suelo de puntillas porque no le da la pierna. Es rubia, muy jovencita, con una melena larga que siempre lleva inmaculada, hasta en los días de viento, y suele ir con ropa de moda sin una sola arruga.
Me parece la persona más simple de todas las personas que me cruzo por la mañana de camino al trabajo. Tengo la sensación de que va en bicicleta porque así se llega antes, no porque lo disfrute (su ropa no encaja con la de alguien que disfruta en una bici, va demasiado "prieta" para poder ir cómoda); seguramente no tenga coche y no quiera usar el urbano (o no pueda) por razones que se me escapan. Y su impolutez (me acabo de inventar la palabra, soy consciente) me habla de una persona sin imaginación, alguien que no entiende que un mechón fuera de sitio favorece, que ir siempre tan mona cansa, que de vez en cuando unos vaqueros y una camiseta sientan mejor que un modelito de marca X. Siempre va seria, tensa, sin mirar a nadie, como si temiera ser juzgada o quisiera aparentar que el juicio ajeno se la trae floja, y eso es lo que me hace pensar que es una persona sumamente insegura y que tiene que pasarlo muy mal en ciertos círculos.
Todo eso veo, cuando ando deprisa y me cruzo dos segundos con una persona. Hay muchas más, por supuesto, pero ella me llama la atención porque creo que me he hecho una imagen de ella que es la opuesta a lo que a ella le hubiera gustado.
Quién sabe. Quizás algún día la conozca y se convierta en mi mejor amiga...
Vacaciones
Hoy a las dos y media de la tarde han empezado oficialmente mis vacaciones, aunque desde que terminé mis exámenes y se fueron los niños, la tensión es mucho menor. Va a ser un verano extraño, sin viajes fuera y con muchas visitas al hospital, pero al menos sólo voy a tener que preocuparme por mí y los míos en lugar de añadirle a eso los estudios y el trabajo.
Desde que terminé de estudiar, me estoy dedicando a leer (y a escribir también, pero he llegado a un bache, a ver si lo solvento hoy). Voy a libro por semana, más o menos, y estoy intentando darle a todos los palos. De momento ya han caído El perfume, uno de cuentos cortos de Cortázar que he sido incapaz de acabar, una pseudo novela negra con toques humorísticos de Jorge M. Reverte y Careless in Red, de mi admiradísima Elizabeth George, por supuesto. Me da pena decir que este último no me ha gustado tanto como esperaba que me fuera a gustar, aunque está en su línea y no defrauda.
Y hoy he empezado con El cuaderno dorado, de Doris Lessing, mientras tomaba el sol en un banco. Sólo he leído el prefacio, una crítica a su libro escrita por ella misma, y ya estoy pensando que yo me debería dedicar a otra cosa. Mientras ella siga escribiendo, ¿para qué molestarnos los demás? Vaya manera de alimentar al Monstruo, joder, leer a autoras como ésta. Supongo que hay que leer a los mejores para poder acercarnos siquiera a ellos, pero qué duro es ver cuán buena es una mujer que dejó los estudios a los catorce y yo, que llevo toda la vida estudiando, no seré nunca digna ni de oler sus pedos. Deprimente. Pero así es la vida.
Pues eso, que me voy a pasar los próximos dos meses leyendo, echando la siesta, escribiendo, echando una cabezada con el gato, estudiando un poco de alemán con uno de esos cursos de "Aprenda alemán en 30 días", durmiendo mucho y, quizás, si estoy de muy buen humor, dibujando. Aunque esto lo veo chungo.
Desde que terminé de estudiar, me estoy dedicando a leer (y a escribir también, pero he llegado a un bache, a ver si lo solvento hoy). Voy a libro por semana, más o menos, y estoy intentando darle a todos los palos. De momento ya han caído El perfume, uno de cuentos cortos de Cortázar que he sido incapaz de acabar, una pseudo novela negra con toques humorísticos de Jorge M. Reverte y Careless in Red, de mi admiradísima Elizabeth George, por supuesto. Me da pena decir que este último no me ha gustado tanto como esperaba que me fuera a gustar, aunque está en su línea y no defrauda.
Y hoy he empezado con El cuaderno dorado, de Doris Lessing, mientras tomaba el sol en un banco. Sólo he leído el prefacio, una crítica a su libro escrita por ella misma, y ya estoy pensando que yo me debería dedicar a otra cosa. Mientras ella siga escribiendo, ¿para qué molestarnos los demás? Vaya manera de alimentar al Monstruo, joder, leer a autoras como ésta. Supongo que hay que leer a los mejores para poder acercarnos siquiera a ellos, pero qué duro es ver cuán buena es una mujer que dejó los estudios a los catorce y yo, que llevo toda la vida estudiando, no seré nunca digna ni de oler sus pedos. Deprimente. Pero así es la vida.
Pues eso, que me voy a pasar los próximos dos meses leyendo, echando la siesta, escribiendo, echando una cabezada con el gato, estudiando un poco de alemán con uno de esos cursos de "Aprenda alemán en 30 días", durmiendo mucho y, quizás, si estoy de muy buen humor, dibujando. Aunque esto lo veo chungo.
Aulas de dos años
Ayer los padres recibieron las cartas sobre la escolarización de sus retoños de dos años, donde se les explica el horario de la ikastola. Antes de llamar a la ikastola a preguntar, llamaron directamente a Lakua: EXIGEN comedor, horario completo, ludoteca antes y después de la clase y extraescolares. Quieren dejarlos en clase a las ocho de la mañana y recogerles a las siete de la tarde. Ellos, o los cuidadores, o los abuelos.
Lo siento, pero no conozco a nadie que trabaje doce horas. Una cosa es conciliación del horario laboral, y otra tener hijos para que te los críe otro. Si no puedes, no los tengas.
Lo siento, pero no conozco a nadie que trabaje doce horas. Una cosa es conciliación del horario laboral, y otra tener hijos para que te los críe otro. Si no puedes, no los tengas.
Bibliotecas
Si hay bibliotecas especializadas en ciencias, en ciertos tipos de literatura, en investigación... ¿Por qué no puede haber una especializada en literatura escrita por mujeres? Ojo, que no estamos hablando sólo de novelas o ensayos, sino de cartas, diarios, listas de la compra, notas a los hijos... Si los científicos pueden tener todo el material que necesitan en una sola sala, ¿por qué no va a tenerlo una doctora en literatura que quiera analizar las cartas de Emily Dickinson, esas que nunca se han publicado para el gran público? Por poner un ejemplo entre millones, vamos.
A mí me parece una idea estupenda.
A mí me parece una idea estupenda.
Priorizando
Desde hace unos años a esta parte, mi vida tiene todos los elementos para ser, digamos, una buena vida. Un trabajo muy estable con visos de estabilizarse aún más, buen sueldo que me permite ciertos caprichos, casa propia, cuadrilla de amigos de esos que sabes que te darían un trozo de su hígado si lo necesitaras, hobbies, intereses, tiempo libre para dedicarme a todo lo que me gusta... Todo era tan bueno, resumiendo, que lo disfrutaba a tope porque sabía que algo, de alguna manera u otra, se iba a torcer y todo lo bueno iba a dejar de serlo.
Y lo ha hecho. En forma de enfermedad grave en un familiar cercano, que jode aún más que si fuera en carne propia. Y el mundo ha cambiado de golpe, y mi orden de prioridades ha variado radicalmente. Ya no me obsesiono por sentarme a escribir todos los días a la misma hora. Me importa un pepino que mi sofá nuevo esté invitándome a sentarme y leer ese libro que tanto he esperado. Ni siquiera me alegra que afuera haga un sol de justicia y el verano por fin haya llegado a Siberia Gasteiz; de hecho, me jode aún más porque en la habitación del hospital hace un calor insoportable.
Así que quizás no ande tanto por aquí, o quizás ande incluso más porque quiera pensar en otras cosas. Quizás el tono de las entradas cambie, o desvaríe, o sólo ponga imágenes porque no me salen las palabras. Pero seguramente escriba, porque es mi terapia. Aunque me sienta luego culpable por haber pasado una hora concentrada en un ser imaginario en vez de en mi padre.
Y lo ha hecho. En forma de enfermedad grave en un familiar cercano, que jode aún más que si fuera en carne propia. Y el mundo ha cambiado de golpe, y mi orden de prioridades ha variado radicalmente. Ya no me obsesiono por sentarme a escribir todos los días a la misma hora. Me importa un pepino que mi sofá nuevo esté invitándome a sentarme y leer ese libro que tanto he esperado. Ni siquiera me alegra que afuera haga un sol de justicia y el verano por fin haya llegado a Siberia Gasteiz; de hecho, me jode aún más porque en la habitación del hospital hace un calor insoportable.
Así que quizás no ande tanto por aquí, o quizás ande incluso más porque quiera pensar en otras cosas. Quizás el tono de las entradas cambie, o desvaríe, o sólo ponga imágenes porque no me salen las palabras. Pero seguramente escriba, porque es mi terapia. Aunque me sienta luego culpable por haber pasado una hora concentrada en un ser imaginario en vez de en mi padre.
Elizabeth George
¡Ya está aquí! ¡Ya ha llegado! ¡El libro que llevo un año esperando! Mi escritora favorita ha sacado, ¡por fin!, el siguiente libro de mi serie favorita. Y no, no es J.K. Rowling, y ni siquiera es inglesa, aunque sus personajes sí lo sean. Se llama Elizabeth George, era profesora de inglés en un instituto y todos sus libros están basados en el Reino Unido aunque ella es californiana. Recomendable cien por cien si os gusta el género negro con un toque psicológico.
Escribiendo
A pesar de que escribir es una de las cosas que más me gustan en el mundo (junto con comer y dormir, y... bueno, dejémoslo ahí), es increíble lo mucho que me cuesta ponerme a hacerlo. Creo que es, como ya he dicho alguna vez antes, por mi terrible inseguridad y el completo convencimiento de que no lo hago bien, de que debería dedicarme a otras cosas y dejar a aquellos que "saben" que lo hagan. Pero es inútil: por más que intente alejarme de ello, siempre termino poniendo boli sobre papel para tratar de plasmar algo que me haya llamado la atención. Es como una droga, y yo soy una adicta reincidente que, lo sé, nunca va a desengancharse del todo.

Así que, como considero que no lo hago bien, trato de aprender. Cuando llegué a Estados Unidos, descubrí que allí todo el mundo parece querer ser escritor y los libros sobre escritura creativa abundan como perretxikos tras una tormenta. Entrar en una librería se convirtió entonces en un duro trago y tarea de varias horas: ya no solo había que revisar la sección de novela negra, de nuevos lanzamientos, del club de lectura de Oprah, también había que pasarse por la sección de escritura, que siempre estaba llena de "new and improved editions" de libros que habían sido éxitos en su tiempo (o quizá no tanto, y por eso tenían que ser "improved"). No había día que no saliera con dos o tres libros bajo el brazo, por no hablar de las mil y una revistas sobre escritura. Como en el pueblo donde yo vivía no había librería y la revista que a mí me gustaba no la vendían junto al People Magazine, tuve que suscribirme, porque meterme una hora y media de coche sólo para comprarla me parecía excesivo. Una revista al mes durante tres años, ejemplares de los que no he tirado ni uno solo y que llenan la cesta de la fotografía.
Pero luego llegué a Vitoria y, oh disgusto, aquí parece que eso de escribir no es tan guay como lo es en los States. Aún así, yo no me rendía y, en lugar de escribir y pulir mi propio estilo, buscaba entre los manuales de gramática a alguien en forma de libro que lo hiciera por mí.
Y así, un día, de refilón y por pura casualidad, encontré por fin un manual de técnicas narrativas en castellano, que los de inglés están muy bien pero hay cosas que no se transfieren bien a otros idiomas. No lo abrí nada más llegar a casa porque, para variar, no tenía tiempo, y se quedó cogiendo polvo en una balda hasta que, casualidades de la vida, un bloguero llamado Enrique Paez pasó por esta casa y me di cuenta de que era el autor del libro que me había comprado. Me hizo una ilusión terrible conocer a un escritor de verdad, aunque sólo fuera a través del ordenador, y me prometí que, cuando tuviera tiempo, me sentaría y me tomaría en serio sus enseñanzas, ya que era el primer autor de un manual de escritura que, estaba segura, sabía de lo que se hablaba.
Ya lo creo que lo sabe.

Llevo toda la semana pegada a su libro, devorando cada comentario, cada pie de página, cada consejo. Cada vez que leo la sección de "Ponte a escribir" me digo que ya lo haré cuando termine con el proyecto grande que tengo entre manos, que si me entretengo con pequeños ejercicios no voy a terminar nunca. Pero hoy he tenido la lucidez de aplicar unos consejos sobre creatividad en los personajes con los que estoy trabajando y todavía estoy alucinando por lo que ha ocurrido. No he hecho más que una tormenta de ideas, uno de esos globos expansibles que el doctor House suele marcarse en su pizarra, y ha cambiado toda mi historia. He conocido detalles de los personajes en los que no había pensado hasta ahora. He entendido por qué actúan de una determinada manera, por qué se han rebelado mis dedos y me han impedido escribir ciertas frases en un diálogo, por qué la víctima (es una novela negra, mala hasta decir basta, pero me lo estoy pasando pipa) es doblemente víctima, por qué me tiene que dar pena el asesino. La he gozado, sobre todo, porque no había forma de meter la pata, porque todo lo que he escrito me ha llevado a otra conclusión. Me lo he pasado bien escribiendo, y ahora quiero seguir haciéndolo.
Así que me voy a ello, que aún me queda mucho por definir y mucho libro que leer.
Gracias, Enrique.
Así que, como considero que no lo hago bien, trato de aprender. Cuando llegué a Estados Unidos, descubrí que allí todo el mundo parece querer ser escritor y los libros sobre escritura creativa abundan como perretxikos tras una tormenta. Entrar en una librería se convirtió entonces en un duro trago y tarea de varias horas: ya no solo había que revisar la sección de novela negra, de nuevos lanzamientos, del club de lectura de Oprah, también había que pasarse por la sección de escritura, que siempre estaba llena de "new and improved editions" de libros que habían sido éxitos en su tiempo (o quizá no tanto, y por eso tenían que ser "improved"). No había día que no saliera con dos o tres libros bajo el brazo, por no hablar de las mil y una revistas sobre escritura. Como en el pueblo donde yo vivía no había librería y la revista que a mí me gustaba no la vendían junto al People Magazine, tuve que suscribirme, porque meterme una hora y media de coche sólo para comprarla me parecía excesivo. Una revista al mes durante tres años, ejemplares de los que no he tirado ni uno solo y que llenan la cesta de la fotografía.
Pero luego llegué a Vitoria y, oh disgusto, aquí parece que eso de escribir no es tan guay como lo es en los States. Aún así, yo no me rendía y, en lugar de escribir y pulir mi propio estilo, buscaba entre los manuales de gramática a alguien en forma de libro que lo hiciera por mí.
Y así, un día, de refilón y por pura casualidad, encontré por fin un manual de técnicas narrativas en castellano, que los de inglés están muy bien pero hay cosas que no se transfieren bien a otros idiomas. No lo abrí nada más llegar a casa porque, para variar, no tenía tiempo, y se quedó cogiendo polvo en una balda hasta que, casualidades de la vida, un bloguero llamado Enrique Paez pasó por esta casa y me di cuenta de que era el autor del libro que me había comprado. Me hizo una ilusión terrible conocer a un escritor de verdad, aunque sólo fuera a través del ordenador, y me prometí que, cuando tuviera tiempo, me sentaría y me tomaría en serio sus enseñanzas, ya que era el primer autor de un manual de escritura que, estaba segura, sabía de lo que se hablaba.
Ya lo creo que lo sabe.
Llevo toda la semana pegada a su libro, devorando cada comentario, cada pie de página, cada consejo. Cada vez que leo la sección de "Ponte a escribir" me digo que ya lo haré cuando termine con el proyecto grande que tengo entre manos, que si me entretengo con pequeños ejercicios no voy a terminar nunca. Pero hoy he tenido la lucidez de aplicar unos consejos sobre creatividad en los personajes con los que estoy trabajando y todavía estoy alucinando por lo que ha ocurrido. No he hecho más que una tormenta de ideas, uno de esos globos expansibles que el doctor House suele marcarse en su pizarra, y ha cambiado toda mi historia. He conocido detalles de los personajes en los que no había pensado hasta ahora. He entendido por qué actúan de una determinada manera, por qué se han rebelado mis dedos y me han impedido escribir ciertas frases en un diálogo, por qué la víctima (es una novela negra, mala hasta decir basta, pero me lo estoy pasando pipa) es doblemente víctima, por qué me tiene que dar pena el asesino. La he gozado, sobre todo, porque no había forma de meter la pata, porque todo lo que he escrito me ha llevado a otra conclusión. Me lo he pasado bien escribiendo, y ahora quiero seguir haciéndolo.
Así que me voy a ello, que aún me queda mucho por definir y mucho libro que leer.
Gracias, Enrique.
Dime cómo les tratas y te diré en qué se convierten
J.K. Rowling ha dicho alguna vez que no le gusta cómo son tratados los adolescentes en su país, como si fueran criminales en potencia o lo único que tuvieran en mente fuera joder al personal. Siempre he estado de acuerdo con ella, pero con excepciones; creo que hay adolescentes que realmente son criminales en potencia, y con algunos hay muy poco que hacer. Igual me paso de pesimista, pero es que he visto a verdaderos bárbaros de ocho años que ya me daban miedo a esa edad.
Hoy, sin embargo, estoy más de acuerdo con la Rowling que nunca. Ayer pedí permiso en la ikastola para acompañar a mi padre a hacerse unas pruebas médicas en Bilbao, que el hombre es peor que Alfredo Landa y si le sueltas solo en el metro la puede liar. Mis alumnos se quedaron a cargo de las profesoras que tenían guardia en ese momento y con tarea asignada: tenían que escribir unos bertsos en parejas y luego escribir una redacción. Les dije, con intención de facilitar las cosas a mis compañeras, que ya sabían lo que tenían que hacer y que no necesitaban que nadie les pusiera a trabajar, lo hacían ellos y listo.
Craso error. La primera hora fue bien, todos trabajaron y no hubo mayor problema. Cuando llegó la segunda profesora, por tanto, ya estaban todos sentados en parejas, con el aumento de ruido que eso suele conllevar. Ella intentó que se sentara cada uno en su silla, y ellos le dijeron (toda la clase, hasta los más benditos que nunca mienten, me aseguran que sin faltarle al respeto) que estaban haciendo lo que yo les había dicho que hicieran. Pero la profesora empezó a decir que ahí mandaba ella, así que que cada uno volvía a su sitio porque ella lo decía y listo. Una niña que jamás, JAMÁS, ha llevado la contraria a ninguna profesora y que es la favorita de todos los profes que pasan por esa clase, le indicó que yo había dejado escrito lo que tenían que hacer. Ella castigó a la cría a quedarse después de clase, ignoró mi nota y les hizo sacar el libro de matemáticas. Lo abrió por la última hoja del último tema y les obligó a "hacer" los ejercicios. Todo aquel que le dijo que no habíamos dado ese tema fue castigado; todo aquel que le preguntó porque no podían seguir con lo que habían estado haciendo fue castigado. Una de mis alumnas, probablemente la más brillante de todas, fue castigada "por chula, porque a mí nadie me habla así" (palabras textuales que me ha dicho la profesora esta mañana). Resulta que la profesora le preguntó "Qué pasa, ¿te quieres quedar castigada a la una y media?", y la niña no respondió. "Pues te quedas. ¿Te quieres quedar mañana también?", a lo que la niña, viendo que el silencio no era respuesta adecuada, contestó que no. "¡Pues te quedas también!"
Así que hoy vengo lívida, furiosa, rabiosa, encabritada, cabreada y todos los sinónimos que estas palabras conllevan. Porque no se puede juzgar a un niño o a una niña a primera vista; porque no se puede abusar del poder; porque no es justo castigar a alguien por responder a una pregunta que no tiene respuesta adecuada. Y, sobre todo, porque no se puede castigar a chavales de doce años sin avisar en sus casas de que van a llegar tarde. Cuatro padres llamaron ayer para quejarse, y uno ha venido hoy a hablar conmigo en persona.
Esa profesora se ha dedicado a decirle a todo el que se ha parado a escucharla que mi clase es un nido de víboras, de seres maleducados, de chulos y de respondones. Menos mal que todo el mundo conoce mi clase de otros años y saben que no es así; menos mal que la jefa de estudios tiene a su hija en mi clase y sabe que no es así.
Menos mal, ¡menos mal!, que me queda menos de un mes en esta ikastola y no voy a volver a ver a la pedazo de bruja esta.
Hoy, sin embargo, estoy más de acuerdo con la Rowling que nunca. Ayer pedí permiso en la ikastola para acompañar a mi padre a hacerse unas pruebas médicas en Bilbao, que el hombre es peor que Alfredo Landa y si le sueltas solo en el metro la puede liar. Mis alumnos se quedaron a cargo de las profesoras que tenían guardia en ese momento y con tarea asignada: tenían que escribir unos bertsos en parejas y luego escribir una redacción. Les dije, con intención de facilitar las cosas a mis compañeras, que ya sabían lo que tenían que hacer y que no necesitaban que nadie les pusiera a trabajar, lo hacían ellos y listo.
Craso error. La primera hora fue bien, todos trabajaron y no hubo mayor problema. Cuando llegó la segunda profesora, por tanto, ya estaban todos sentados en parejas, con el aumento de ruido que eso suele conllevar. Ella intentó que se sentara cada uno en su silla, y ellos le dijeron (toda la clase, hasta los más benditos que nunca mienten, me aseguran que sin faltarle al respeto) que estaban haciendo lo que yo les había dicho que hicieran. Pero la profesora empezó a decir que ahí mandaba ella, así que que cada uno volvía a su sitio porque ella lo decía y listo. Una niña que jamás, JAMÁS, ha llevado la contraria a ninguna profesora y que es la favorita de todos los profes que pasan por esa clase, le indicó que yo había dejado escrito lo que tenían que hacer. Ella castigó a la cría a quedarse después de clase, ignoró mi nota y les hizo sacar el libro de matemáticas. Lo abrió por la última hoja del último tema y les obligó a "hacer" los ejercicios. Todo aquel que le dijo que no habíamos dado ese tema fue castigado; todo aquel que le preguntó porque no podían seguir con lo que habían estado haciendo fue castigado. Una de mis alumnas, probablemente la más brillante de todas, fue castigada "por chula, porque a mí nadie me habla así" (palabras textuales que me ha dicho la profesora esta mañana). Resulta que la profesora le preguntó "Qué pasa, ¿te quieres quedar castigada a la una y media?", y la niña no respondió. "Pues te quedas. ¿Te quieres quedar mañana también?", a lo que la niña, viendo que el silencio no era respuesta adecuada, contestó que no. "¡Pues te quedas también!"
Así que hoy vengo lívida, furiosa, rabiosa, encabritada, cabreada y todos los sinónimos que estas palabras conllevan. Porque no se puede juzgar a un niño o a una niña a primera vista; porque no se puede abusar del poder; porque no es justo castigar a alguien por responder a una pregunta que no tiene respuesta adecuada. Y, sobre todo, porque no se puede castigar a chavales de doce años sin avisar en sus casas de que van a llegar tarde. Cuatro padres llamaron ayer para quejarse, y uno ha venido hoy a hablar conmigo en persona.
Esa profesora se ha dedicado a decirle a todo el que se ha parado a escucharla que mi clase es un nido de víboras, de seres maleducados, de chulos y de respondones. Menos mal que todo el mundo conoce mi clase de otros años y saben que no es así; menos mal que la jefa de estudios tiene a su hija en mi clase y sabe que no es así.
Menos mal, ¡menos mal!, que me queda menos de un mes en esta ikastola y no voy a volver a ver a la pedazo de bruja esta.
Solución
Como el sol cuando amanece...
Gente
Voy a estudiar a la biblioteca porque, como cualquier adolescente o estudiante a tiempo completo podría atestiguar, trabajo mucho más allí que en casa. El frigorífico, el gato, un té, un café, las pipas... Todos son distracciones que me apartan de los libros, y si me he cogido esta semana libre es porque quiero darle caña (y porque puedo dormir un poco más, para qué engañarnos).
La biblioteca tiene sus cosas buenas y sus cosas malas. Entre las buenas está, por supuesto, la ausencia de picoteo, televisión, internet, radio y animales domésticos varios; entre las malas, que la gente no tiene muy claro que en una biblioteca se tiene que estar en silencio. Gente que no apaga el móvil al entrar (a estos los empalaría, oye), gente que se encuentra con alguien y se saludan con dos sonoros besos y una siseada conversación que irrita más que una charla a gritos. Gente que va en cuadrilla a estudiar y hacen de todo menos estudiar. Y da igual que les eches miradas de maestra cabreada -estudian por la UNED, ya no tienen el recuerdo de lo mucho que acojonaba la mirada de la profa-, ellos siguen con su conversación, mirándote más a menudo, eso sí, para ver si te están cabreando lo suficiente. Hablamos de adultos, no de estudiantes de instituto. De gente que está por lo menos en su segunda carrera. Me crispan.
Pero también me gusta ir por las grandes posibilidades de observar a la gente sin ser demasiado descarada. Me encanta levantar la mirada de los apuntes y fijarme en la chavala que lleva media hora con la mirada fija en el mismo punto de la hoja, o el que se ha pasado ya un rato jugueteando con la correa del reloj, o el que subraya a toda mecha porque no ha tocado un libro en todo el cuatrimestre y el examen es hoy. Lo malo, claro, es que no soy la única que observa, y sé que a veces también soy objeto de observación.
El cuatrimestre pasado me pedí la semana libre para estudiar, como ahora. Era (y sigue siendo) divertido ver que la misma gente llegaba a la sala de estudio más o menos a la misma hora todos los días de esa semana: la cuadrilla de las calculadoras sobre las once de la mañana; la señora del pañuelo sobre las diez y media; el de gafas y la de la pierna bailona ya estaban allí cuando yo llegaba, sobre las nueve y media. Había una pareja de novios que estudiaban juntos que no faltaron un día. Él llegaba siempre el primero, y al rato llegaba ella. Se daban un piquín y se ponían a trabajar, levantándose quizás una o dos veces en toda la mañana, sin decirse una palabra dentro de la sala. Ella solía irse un poco antes que él, que seguía dándole cuando yo me iba; no les presté más atención que el típico "mira, ya está aquí la parejita". El último día de exámenes no había mucha gente, y para la una del mediodía el chico y yo nos habíamos quedado solos. Él se levanto y, antes de irse, se paró junto a mi mesa a cruzar un par de palabras conmigo -estábamos solos, no molestábamos a nadie-. Él se había fijado en mí lo mismo que yo en él. Me hizo mucha gracia. Pensé que sería el principio perfecto para una historia corta.
Esta semana, la parejita ha vuelto (y el de gafas, y la de la pierna nerviosa; los de las calculadoras debieron examinarse en mayo). Él y yo hemos cruzado un par de miradas desde el primer día, nos hemos reconocido; reconocido sí, pero no como para saludarnos. He notado que, cada vez que pasa cerca de mi mesa, desacelera el paso como para ver si yo levanto la vista y le saludo por fin, pero no lo he hecho. Él tampoco, ojo (pero no le culpo). La novia, que obviamente no es tonta, se ha dado cuenta de las miradas (inocentes, lo juro), y ahora es ella la que me mira, sólo que esta no pone ni pizca de amistad en las miradas y más bien siento dagas en la espalda cada vez que da la casualidad de que los tengo detrás de mí. Me ha dado mucho que pensar hoy, cuando he salido a tomarme un café. Hay una puerta estrecha en el pasillo y él venía de frente, los dos íbamos a pasar por ella al mismo tiempo; él se ha apartado para dejarme pasar y hemos cruzado sonrisas, una forma de saludo, supongo. Y acto seguido, cuando he escuchado la puerta de la sala de lectura cerrarse tras él, me ha dado la risa (yo sola en un largo pasillo, frente a la puerta del aula magna donde se hacían los exámenes) al darme cuenta de lo bien que me cae alguien con quien no he cruzado más que un "qué, ya vemos el final del túnel, ¿eh?" y lo mal que le caigo yo a una persona con la que no he hablado en la vida.
A eso me dedico cuando debería estar estudiando. Ya veis. Y luego me estreso.
No me digáis que no es el principio perfecto para una historia. La escribiré, lo prometo.
En cuanto termine los exámenes.
La biblioteca tiene sus cosas buenas y sus cosas malas. Entre las buenas está, por supuesto, la ausencia de picoteo, televisión, internet, radio y animales domésticos varios; entre las malas, que la gente no tiene muy claro que en una biblioteca se tiene que estar en silencio. Gente que no apaga el móvil al entrar (a estos los empalaría, oye), gente que se encuentra con alguien y se saludan con dos sonoros besos y una siseada conversación que irrita más que una charla a gritos. Gente que va en cuadrilla a estudiar y hacen de todo menos estudiar. Y da igual que les eches miradas de maestra cabreada -estudian por la UNED, ya no tienen el recuerdo de lo mucho que acojonaba la mirada de la profa-, ellos siguen con su conversación, mirándote más a menudo, eso sí, para ver si te están cabreando lo suficiente. Hablamos de adultos, no de estudiantes de instituto. De gente que está por lo menos en su segunda carrera. Me crispan.
Pero también me gusta ir por las grandes posibilidades de observar a la gente sin ser demasiado descarada. Me encanta levantar la mirada de los apuntes y fijarme en la chavala que lleva media hora con la mirada fija en el mismo punto de la hoja, o el que se ha pasado ya un rato jugueteando con la correa del reloj, o el que subraya a toda mecha porque no ha tocado un libro en todo el cuatrimestre y el examen es hoy. Lo malo, claro, es que no soy la única que observa, y sé que a veces también soy objeto de observación.
El cuatrimestre pasado me pedí la semana libre para estudiar, como ahora. Era (y sigue siendo) divertido ver que la misma gente llegaba a la sala de estudio más o menos a la misma hora todos los días de esa semana: la cuadrilla de las calculadoras sobre las once de la mañana; la señora del pañuelo sobre las diez y media; el de gafas y la de la pierna bailona ya estaban allí cuando yo llegaba, sobre las nueve y media. Había una pareja de novios que estudiaban juntos que no faltaron un día. Él llegaba siempre el primero, y al rato llegaba ella. Se daban un piquín y se ponían a trabajar, levantándose quizás una o dos veces en toda la mañana, sin decirse una palabra dentro de la sala. Ella solía irse un poco antes que él, que seguía dándole cuando yo me iba; no les presté más atención que el típico "mira, ya está aquí la parejita". El último día de exámenes no había mucha gente, y para la una del mediodía el chico y yo nos habíamos quedado solos. Él se levanto y, antes de irse, se paró junto a mi mesa a cruzar un par de palabras conmigo -estábamos solos, no molestábamos a nadie-. Él se había fijado en mí lo mismo que yo en él. Me hizo mucha gracia. Pensé que sería el principio perfecto para una historia corta.
Esta semana, la parejita ha vuelto (y el de gafas, y la de la pierna nerviosa; los de las calculadoras debieron examinarse en mayo). Él y yo hemos cruzado un par de miradas desde el primer día, nos hemos reconocido; reconocido sí, pero no como para saludarnos. He notado que, cada vez que pasa cerca de mi mesa, desacelera el paso como para ver si yo levanto la vista y le saludo por fin, pero no lo he hecho. Él tampoco, ojo (pero no le culpo). La novia, que obviamente no es tonta, se ha dado cuenta de las miradas (inocentes, lo juro), y ahora es ella la que me mira, sólo que esta no pone ni pizca de amistad en las miradas y más bien siento dagas en la espalda cada vez que da la casualidad de que los tengo detrás de mí. Me ha dado mucho que pensar hoy, cuando he salido a tomarme un café. Hay una puerta estrecha en el pasillo y él venía de frente, los dos íbamos a pasar por ella al mismo tiempo; él se ha apartado para dejarme pasar y hemos cruzado sonrisas, una forma de saludo, supongo. Y acto seguido, cuando he escuchado la puerta de la sala de lectura cerrarse tras él, me ha dado la risa (yo sola en un largo pasillo, frente a la puerta del aula magna donde se hacían los exámenes) al darme cuenta de lo bien que me cae alguien con quien no he cruzado más que un "qué, ya vemos el final del túnel, ¿eh?" y lo mal que le caigo yo a una persona con la que no he hablado en la vida.
A eso me dedico cuando debería estar estudiando. Ya veis. Y luego me estreso.
No me digáis que no es el principio perfecto para una historia. La escribiré, lo prometo.
En cuanto termine los exámenes.
Txapeldunak!

A la cuarta la vencida. Otro año más, campeones de la ACB. Creo que los equipos que una vez fueron humildes nunca se acostumbran a estar tan arriba y que la gente les trate de usted. Y la afición, aún menos.

Y a estos, zorionak. Por majos, por salados, por tener la segunda mejor afición de la liga, porque da gusto ir a Illumbe, porque estoy deseando que Pablo Laso venga a casa y se le cante aquello de "Pablo, Pablo, Pablo, Pablo, Pablito, Pablo es".
Encefalograma plano
Ya han empezado los exámenes. Mi día se reduce a estudiar, estudiar y estudiar otro poco: de casa a la biblioteca, de la biblioteca a casa, de casa al examen. Así, toda la semana.
Como os imaginaréis, no tengo la cabeza para informaciones serias. La neurona me da lo justo para pasearme por vuestros blogs de puntillas, sin hacer ruido ni dejar comentarios, y absorver informaciones inútiles. Mi cerebro está lleno de oraciones subordinadas sustantivas en posición de complemento de régimen preposicional, poetas metafísicos, pidgins y el renacimiento americano, así que a lo más que llego es a dejar que fotos como esta me llamen la atención:

Por más rebote que tenga porque todo apunta a que se van a cargar uno de mis libros favoritos de la serie (a quién voy a engañar, me gustan todos) dejando fuera la boda de Bill y Fleur, los Gaunt e, incluso, a Trawloney, me muero de ganas por ver esta escena. Dos de mis personajes favoritos en los libros y, con creces, los mejores actores de la película (Tom Felton es el mejor de los "peques", el único que era actor de verdad antes de empezar la serie, y eso se nota).
Pues eso. Que acabo de empezar y ya estoy cansada.
Vuelvo a estudiar.
Como os imaginaréis, no tengo la cabeza para informaciones serias. La neurona me da lo justo para pasearme por vuestros blogs de puntillas, sin hacer ruido ni dejar comentarios, y absorver informaciones inútiles. Mi cerebro está lleno de oraciones subordinadas sustantivas en posición de complemento de régimen preposicional, poetas metafísicos, pidgins y el renacimiento americano, así que a lo más que llego es a dejar que fotos como esta me llamen la atención:

Por más rebote que tenga porque todo apunta a que se van a cargar uno de mis libros favoritos de la serie (a quién voy a engañar, me gustan todos) dejando fuera la boda de Bill y Fleur, los Gaunt e, incluso, a Trawloney, me muero de ganas por ver esta escena. Dos de mis personajes favoritos en los libros y, con creces, los mejores actores de la película (Tom Felton es el mejor de los "peques", el único que era actor de verdad antes de empezar la serie, y eso se nota).
Pues eso. Que acabo de empezar y ya estoy cansada.
Vuelvo a estudiar.
La realidad supera la ficcion
(Y sigo sin poder poner tildes en el título, leñe.)
Un hombre, cansado de ver cómo la comida de su frigorífico y su despensa desaparecían sin explicación, puso una cámara de seguridad en su casa, convencido de que alguien entraba a robarle. Cuál no sería su sorpresa cuando descubrió a una mujer saliendo de un armario que no utilizaba vaciándole la nevera y usando su baño.
La policía descubrió un colchón y varias botellas de agua dentro del susodicho armario. La mujer declaró que llevaba varios meses viviendo allí porque no tenía a dónde ir. El periódico "Diario de noticias de Álava", donde aparece esta noticia, termina el diminuto artículo con un "aún así, la mujer fue detenida".
Hombre, no.
Un hombre, cansado de ver cómo la comida de su frigorífico y su despensa desaparecían sin explicación, puso una cámara de seguridad en su casa, convencido de que alguien entraba a robarle. Cuál no sería su sorpresa cuando descubrió a una mujer saliendo de un armario que no utilizaba vaciándole la nevera y usando su baño.
La policía descubrió un colchón y varias botellas de agua dentro del susodicho armario. La mujer declaró que llevaba varios meses viviendo allí porque no tenía a dónde ir. El periódico "Diario de noticias de Álava", donde aparece esta noticia, termina el diminuto artículo con un "aún así, la mujer fue detenida".
Hombre, no.
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