Caperucita cogió la cesta que su madre le tendía.
-Llévasela a tu abuela y no te entretengas por el camino.
-O sea, que nada de coger flores.
-No, ni se te ocurra.
-¿Puedo perseguir un rato a las mariposas?
-Eso entraría en la categoría de entretenerse, cariño.
-¿Puedo tomar el camino largo y pasar por el río a ver a los ciervos bebiendo?
-No. Ve directa a casa de tu abuela y vuelve enseguida.
-Vale. Entonces iré por el atajo.
-¡No! -gritó su madre, tan fuerte que Caperucita estuvo a punto de dejar caer la cestita-. ¿Pero es que no te acuerdas de lo que pasó la última vez? No te salgas del camino, pero espabila.
-Vale, mamá.
Caperucita salió de la casa y saludó con la mano a su madre mientras se alejaba. En cuanto la perdió de vista, torció a la derecha y tomó el camino al bar El Leñador. Se sentó en una banqueta junto al Lobo Malo y pidió una cerveza helada.
-Dios, qué harta estoy de mi madre -dijo, mientras se quitaba la caperuza y una melena rubia le caía por la espalda. Encendió un cigarro-. Treinta y cinco años mandándome hacer el mismo puto viaje todos los viernes por la noche, oye. Tengo unas ganas de que me toque el piso de protección oficial...
El Lobo Malo se fijó en la cestita y sonrió.
-¿Otro botellón?
Caperucita asintió.
-Esa vieja nos entierra a todos. Que se ha quedado corta de ginebra, dice. Con lo alto que tiene el azúcar.
El Lobo Malo soltó una carcajada y apuró su pinta.
-Anda, vamos, que tengo el todoterreno aparcado aquí enfrente. Te llevo.
-Gracias, macho, te debo una, no sabes lo que pesa la puta cesta.
Otra de peluquerías
Hugh se sincera
Cariño mío, corazón, pichoncito mío de mis entretelas, ¿a estas alturas de la película (romántica, por supuesto) te me vienes a confesar? Pues toma mi hombro, tesoro mío, cielín, y llora, llora, que ya estoy aquí yo para aguantarte por muy cabrón que te hayas dado cuenta que eres.
Que la fama le ha vuelto un hombre creído, orgulloso y consentido, dice. Que el dinero le ha convertido en un monstruo. Que paga a la gente para que se ría de sus bromas, aunque yo más bien creo que lo hace para poder creer que no se ríen de él, sino con él. Dice que tiene que tomar una copa de champán (del bueno, claro) para enfrentarse a los periodistas cuando va de promoción. Si ya decía yo que tenía cara de tímido. Si se le ve a lo lejos que en realidad él es muy cortado, un hombre normal y corriente, que sale con mujeres espectaculares por puro márketing, pero él en realidad todavía alberga sentimientos por la chica que le gustaba en el instituto y a quien nunca le dijo nada por no atreverse. Dice ahora que no le gusta en lo que se ha convertido, un hombre maniático e insoportable. Chico, con lo fácil que lo tienes: dona tu fortuna a la caridad, y verás qué rápido se te endulza el carácter. Te lo dicen millones de mileuristas (o milibristas, que ya sabemos que vosotros los británicos sois muy vuestros).

Ahora, lo que no te perdono es eso de que necesitas que te laven las fundas de las almohadas siete veces con detergente no biodegradable. ¿Qué te ha hecho el planeta? ¿Y qué te ha hecho el pobre que trabaja en la lavandería del set de rodaje, que vaya paliza se tiene que dar como tenga dos como tú? Lo de lavar la funda del edredón todos los días lo entiendo más, porque conociéndote... Ay, Hughín, cariño mío, quién te pillara para ponerte firme... Te iba yo a quitar la grandeza en dos días.
(Y creo que este año sale peli suya. Con Sarah Jessica Parker, nada más y nada menos. Que no me la pierdo, vaya.)
Plantar un árbol
Plantó un árbol, pero una tormenta se lo llevó a los dos meses. Nunca llegó a ser un árbol adulto.
Tuvo un hijo que la llenó de alegría, pero el niño murió a los diez años a causa de un macabro accidente con un enchufe mal pelado. Ya era demasiado mayor para tener más hijos.
Escribió un libro y lo publicó, pero lo leyeron diez personas. Nunca vio su nombre impreso en la sección de novedades literarias de ningún periódico.
Intentó suicidarse, y eso le salió bien a la primera. Por fin algo de lo que sentirse orgullosa.
Tuvo un hijo que la llenó de alegría, pero el niño murió a los diez años a causa de un macabro accidente con un enchufe mal pelado. Ya era demasiado mayor para tener más hijos.
Escribió un libro y lo publicó, pero lo leyeron diez personas. Nunca vio su nombre impreso en la sección de novedades literarias de ningún periódico.
Intentó suicidarse, y eso le salió bien a la primera. Por fin algo de lo que sentirse orgullosa.
Carmesí
Palabra que me saca de quicio: carmesí.
¿Quién llama al rojo carmesí?
Y que no me venga nadie diciendo que no es rojo, que es otro tono distinto. Carmesí es rojo, igual que el bermellón. La sangre es roja. Si quieres decir rojo, di rojo. Carmesí. Qué chorrada.
Hay que ser hortera, leche.
¿Quién llama al rojo carmesí?
Y que no me venga nadie diciendo que no es rojo, que es otro tono distinto. Carmesí es rojo, igual que el bermellón. La sangre es roja. Si quieres decir rojo, di rojo. Carmesí. Qué chorrada.
Hay que ser hortera, leche.
Violencia de género
Leo en un blog de una escritora estadounidense (leo a tantas que ya no sé quién es quién) un post pidiendo ayuda para las mujeres maltratadas de su país. Empieza bien, contando el caso de una mujer australiana que por fin ha denunciado a su padre después de tener tres hijos con él; alguien la animó a que lo hiciera y la gente (mujeres, curiosamente) la acusa de metomentodo. Que tenía que haber dejado las cosas como estaban. Que ya había pasado mucho tiempo y no hacía falta remover la mierda. Que total para qué, no merece la pena. La autora del blog da las gracias a la metomentodo. Yo también.
Pero luego a la autora le da por ofrecer una serie de curiosas estadísticas. No el hecho de que, en el mundo, una mujer es maltratada cada quince segundos. Eso no me parece curioso, me parece escalofriante. Lo que apunta la autora es una lista de los gastos que la violencia doméstica y las agresiones sexuales acarrean a la sociedad americana, los billones de dólares que se pierden o se dejan de ganar porque las víctimas no pueden ir a trabajar o necesitan atención médica, los días laborables perdidos. Menciona la crisis, el hecho de que cada vez más hombres violentos van a golpear a sus mujeres por el estrés laboral, por la situación económica adversa. Sólo una estadounidense puede pensar en dinero cuando habla de violencia contra las mujeres, pienso, pero luego me doy cuenta de que la mayoría de sus lectoras son, probablemente, estadounidenses también, y que la única manera de llegar a estas personas es mentándoles el poderoso dólar. Me parece triste, pero no puedo dejar de admitir que es efectivo.
Para terminar el post, la autora da una serie de opciones de voluntariado y acciones varias que uno puede llevar a cabo para ayudar a estas mujeres. Me dan unas ganas terribles de buscar el refugio de mujeres más cercano y hacer algo, pero sé que se me va a pasar enseguida, que en cuanto mi cabeza se asiente un poco y deje de pensar en el que me falta se me quitarán las ganas. Aunque ahora mismo siento que debería hacer algo porque odio sentarme y limitarme a pensar. Valiente feminista estoy yo hecha, querer ayudar al prójimo sólo para beneficio propio.
Si a alguien le interesa leer el post en su versión original, id a http://www.murderati.com/blog/2009/9/20/i-dont-care-what-you-do-do-something.html, y aprovechad para leer el contenido anterior si es que os gusta la novela de misterio.
Pero luego a la autora le da por ofrecer una serie de curiosas estadísticas. No el hecho de que, en el mundo, una mujer es maltratada cada quince segundos. Eso no me parece curioso, me parece escalofriante. Lo que apunta la autora es una lista de los gastos que la violencia doméstica y las agresiones sexuales acarrean a la sociedad americana, los billones de dólares que se pierden o se dejan de ganar porque las víctimas no pueden ir a trabajar o necesitan atención médica, los días laborables perdidos. Menciona la crisis, el hecho de que cada vez más hombres violentos van a golpear a sus mujeres por el estrés laboral, por la situación económica adversa. Sólo una estadounidense puede pensar en dinero cuando habla de violencia contra las mujeres, pienso, pero luego me doy cuenta de que la mayoría de sus lectoras son, probablemente, estadounidenses también, y que la única manera de llegar a estas personas es mentándoles el poderoso dólar. Me parece triste, pero no puedo dejar de admitir que es efectivo.
Para terminar el post, la autora da una serie de opciones de voluntariado y acciones varias que uno puede llevar a cabo para ayudar a estas mujeres. Me dan unas ganas terribles de buscar el refugio de mujeres más cercano y hacer algo, pero sé que se me va a pasar enseguida, que en cuanto mi cabeza se asiente un poco y deje de pensar en el que me falta se me quitarán las ganas. Aunque ahora mismo siento que debería hacer algo porque odio sentarme y limitarme a pensar. Valiente feminista estoy yo hecha, querer ayudar al prójimo sólo para beneficio propio.
Si a alguien le interesa leer el post en su versión original, id a http://www.murderati.com/blog/2009/9/20/i-dont-care-what-you-do-do-something.html, y aprovechad para leer el contenido anterior si es que os gusta la novela de misterio.
Descubre el error
Reunión de becinos el viernes, 11 de septiembre, a las 8 de la tarde. Temas a tratar: limpieza de escalera y hotros.
¿Alguien lo ha descubierto? ¿Alguien lo ha visto? ¡Sí! ¡Exacto!
¡¿A QUIÉN PUÑETAS SE LE OCURRE PONER UNA REUNIÓN DE VECINOS UN VIERNES A LAS OCHO DE LA TARDE?!
¿Alguien lo ha descubierto? ¿Alguien lo ha visto? ¡Sí! ¡Exacto!
¡¿A QUIÉN PUÑETAS SE LE OCURRE PONER UNA REUNIÓN DE VECINOS UN VIERNES A LAS OCHO DE LA TARDE?!
La muerte de mi padre
Mi padre murió el jueves a las ocho de la mañana, sedado y acompañado por mi madre y por mí hasta el final, hasta que dejó de respirar. No sufrió en sus últimas horas, aunque los dos días anteriores a la sedación lo pasó mal. Antes de que lo sedaran, no reconocía ni a su mujer ni a sus hijos. La morfina, es lo que tiene.
Iba a escribir que mi padre era un hombre lleno de vida, pero me parece una gilipollez porque no creo que haya personas con más o menos vida en el cuerpo (¿cómo se mide la vida, en litros por metro cúbico?). Lo que sí se puede decir de mi aita es que vivía con ganas, con avaricia, disfrutando de cada momento y riendo hasta el final. Su última palabra, cuando ya no podía ni fijar la mirada en un punto fijo, fue un sonoro "tomaaa" después de tirarse un no menos sonoro pedo. Le define. Me encanta tener ese recuerdo de él.
Nos queda el consuelo de que murió sin dolor, que murió acompañado, que le cuidamos, le mimamos y le dimos todo lo que necesitó a cada paso de la enfermedad. Hemos tenido suerte, nos dicen los médicos, porque la agonía del cáncer de esófago suele ser horrenda y mi padre no pasó por eso; es un cáncer que mata en tres meses y mi padre vivió más de un año desde que le diagnosticaron. Sus vecinos no se lo creen. "¿Pero cómo puede ser, si estaba perfectamente hace un par de semanas?" Quería pintar la terraza y cambiar los baños. Le habíamos pedido una cama articulada, para cuando llegara el momento de pasarse todo el día en la cama. No llegó nunca. Se nos fue sin darnos cuenta.
Ahora tenemos que aprender a vivir sin él, sobre todo mi madre, que lleva más de treinta y seis años dependiendo de él para todo. No tengo edad para ser huérfana, y mi hermano menos, que aún no ha cumplido los treinta. No es justo. Pero sé que ya no tengo que preocuparme porque mi padre se ahogue por la noche, que no tengo que ir con el corazón en un puño a casa o al hospital, pensando en cómo me lo voy a encontrar. Él descansa. Nosotros tardaremos un poco más.
La vida ahora mismo me parece una broma de muy mal gusto.
Espera
Nadia estaba de pie a medio metro de la mesa de la cocina, donde descansaba el teléfono móvil. Lo miraba con ansiedad, como se mira algo desconocido que se teme sea peligroso. No se atrevía a acercarse a él. ¿Y si sonaba justo cuando lo cogía en su mano? O peor, ¿y si no sonaba?
Sin apartar la mirada del aparato, se sentó en una silla de Ikea que cojeaba ligeramente. Entrelazó las manos en el regazo, la espalda muy recta, y esperó. ¿A qué esperaba? Ya no lo sabía ni ella. Llevaba tanto tiempo haciéndolo que se había convertido en costumbre. Esperar una llamada. Esperar un autobús. Esperar en la cafetería de enfrente de la oficina. Siempre esperando. Ella nunca hacía esperar a nadie, sabía lo desagradable que era. Cuando llegue te llamo, solía decir, para evitar molestias.
Pero él nunca hacía eso. Espérame despierta, le decía siempre, si te encuentro dormida me voy. Y ella se mantenía alerta hasta las tres de la mañana a base de cafés y Red Bulls, todo para que cuando él llegara pudiera acostarse a su lado y quedarse dormido al instante. Ella se quedaba mirándole, atiborrada de cafeína, imposible dormir, y entonces sonaba el despertador que había puesto para él y se marchaba a trabajar. Ella se daba una ducha y llegaba a la oficina agotada. Pero le merecía la pena. Todo merecía la pena con tal de pasar una noche junto a él y quitárselo a ella.
Llevaba media hora sentada en la silla, la vista fija en el móvil, cuando por fin sonó. Contestó todo lo rápido que pudo sin mirar siquiera quién era. No podía ser nadie más. Era la una de la madrugada, nadie la llamaría tan tarde.
-Lo siento. No he podido hacerlo. Está embarazada.
Nadia colgó sin decir nada. No había nada que decir. Le había dado a elegir y él había elegido, así de sencillo. Lo malo era que se había equivocado en su elección.
Se levantó de la silla, cogió las llaves de su coche y salió a la calle sin chaqueta a pesar del frío de noviembre. Anduvo las tres calles que le separaban de su Opel Astra, abrió la puerta con el mando a distancia y se montó. Le costó cuatro intentos meter la llave en el contacto, pero por fin arrancó. El coche enfiló la calle hacía el puerto de carga. Nadia no conducía, se dejaba llevar por la inercia de su propio coche, era la máquina quien guiaba a la mujer. A lo lejos, acercándose, vio los contenedores de carga. Sabía que detrás estaba el mar. El volante giró lo justo para esquivar los contenedores. El coche saltó del muelle al agua como en las películas, recorriendo al menos veinte metros en el aire antes de caer. Nadia cerró los ojos. Ni siquiera luchó por respirar cuando sus pulmones se llenaron de agua.
Ya no esperaría más. Por nadie.
Sin apartar la mirada del aparato, se sentó en una silla de Ikea que cojeaba ligeramente. Entrelazó las manos en el regazo, la espalda muy recta, y esperó. ¿A qué esperaba? Ya no lo sabía ni ella. Llevaba tanto tiempo haciéndolo que se había convertido en costumbre. Esperar una llamada. Esperar un autobús. Esperar en la cafetería de enfrente de la oficina. Siempre esperando. Ella nunca hacía esperar a nadie, sabía lo desagradable que era. Cuando llegue te llamo, solía decir, para evitar molestias.
Pero él nunca hacía eso. Espérame despierta, le decía siempre, si te encuentro dormida me voy. Y ella se mantenía alerta hasta las tres de la mañana a base de cafés y Red Bulls, todo para que cuando él llegara pudiera acostarse a su lado y quedarse dormido al instante. Ella se quedaba mirándole, atiborrada de cafeína, imposible dormir, y entonces sonaba el despertador que había puesto para él y se marchaba a trabajar. Ella se daba una ducha y llegaba a la oficina agotada. Pero le merecía la pena. Todo merecía la pena con tal de pasar una noche junto a él y quitárselo a ella.
Llevaba media hora sentada en la silla, la vista fija en el móvil, cuando por fin sonó. Contestó todo lo rápido que pudo sin mirar siquiera quién era. No podía ser nadie más. Era la una de la madrugada, nadie la llamaría tan tarde.
-Lo siento. No he podido hacerlo. Está embarazada.
Nadia colgó sin decir nada. No había nada que decir. Le había dado a elegir y él había elegido, así de sencillo. Lo malo era que se había equivocado en su elección.
Se levantó de la silla, cogió las llaves de su coche y salió a la calle sin chaqueta a pesar del frío de noviembre. Anduvo las tres calles que le separaban de su Opel Astra, abrió la puerta con el mando a distancia y se montó. Le costó cuatro intentos meter la llave en el contacto, pero por fin arrancó. El coche enfiló la calle hacía el puerto de carga. Nadia no conducía, se dejaba llevar por la inercia de su propio coche, era la máquina quien guiaba a la mujer. A lo lejos, acercándose, vio los contenedores de carga. Sabía que detrás estaba el mar. El volante giró lo justo para esquivar los contenedores. El coche saltó del muelle al agua como en las películas, recorriendo al menos veinte metros en el aire antes de caer. Nadia cerró los ojos. Ni siquiera luchó por respirar cuando sus pulmones se llenaron de agua.
Ya no esperaría más. Por nadie.
Talibán feminazi
Pues resulta que estaba yo toda aburrida en el hospital el otro día (ya le han dado de alta, todo bien, gracias) y se me ocurrió leer un articulillo de Pérez Reverte en la revista que acompaña a El Correo los sábados o domingos. Hablaba de tontos, de tontos del haba, de tontos españoles y castizos, y me estaba haciendo gracia, hasta que llegué a una frase que me mosqueó: "para que no se ofendan los talibanes feminazis, tontos y tontas". Me descolocó. De la sonrisa de mi cara, pasé a expresión de mosqueo.
De ahí en adelante, el artículo fue cuesta abajo y terminé con las manos cerradas con tanta fuerza alrededor de la revista que me dolían los nudillos. Según el personajillo este -porque me niego a llamar señor a un hombre que insulta con tanta libertad-, todos aquellos que nos esforzamos en hablar un lenguaje no sexista en la medida de lo posible somos, como mínimo, tontos del haba, cuando no talibanes feminazis (perdonad la redundancia, pero es que estoy tan alucinada con el término que no puedo dejar de utilizarlo). O sea, que el que yo me esfuerce en decir "la médica de cabecera" en lugar del gramaticalmente incorrecto "la médico de cabecera" es ser tonta del haba. Que yo diga "hecho por el ser humano" en lugar de "hecho por el hombre" me convierte en talibán. Qué ironía, encima, que utilice como insulto una palabra que representa vejación de derechos para las mujeres, violencia gratuita contra ellas, anulación de la personalidad y un largo etcétera de barbaridades contra más de la mitad de la humanidad. Qué valor el suyo al tacharnos de nazis, cuando precisamente los jefazos máximos de campos de concentración y demás barbaridades hechas por los nazis eran hombres (¿alguien podría mencionar a una mujer envuelta en ese tema?, seguro que las hay, pero yo no estoy muy puesta).
Este personajillo insulso, este tonto del haba, parece olvidarse de que todavía hay en España (y no digamos en Afganistán y países similares) mujeres sin derechos sólo por ser mujeres, mujeres que cobran menos, mujeres apaleadas, mujeres a las que se les ha hecho creer que son inferiores por haber nacido con tetas. Por supuesto que en España las mujeres viven mejor que en otros sitios, pero no es gracias a talibanes machinazis como el autor de este artículo; quizás a él no le parezca importante que el lenguaje no sea sexista, pero a mí me parece fundamental porque me siento excluida en mi propio idioma. Si hay una opción que incluye a ambos sexos, ¿por qué no usarla? Sí, puede que haya cosas más importantes en el mundo por las que preocuparse, pero lo mismo dijeron los hombres del siglo dieciocho cuando las mujeres empezaron a exigir sus derechos: asentemos primero el de los hombres (los machos, se entiende) y luego ya nos preocuparemos de vosotras. No me da la gana. Somos importantes. Sin nosotras, ellos no existirían (vale, y nosotras sin ellos tampoco, pero me entendéis). Exijo que se diga médica, que se diga "la fotógrafa" y no "la fotógrafo", como leí el otro día, que se nos tenga en cuenta en el lenguaje, que no se masculinice. La mujer está avanzando mucho más rápido que la sociedad y eso se nota en el lenguaje, que se ha quedado anticuado y machista. Actualicémoslo. Pongámonos al día.
Y si esto me convierte en una talibán feminazi (¿no os pone los pelos de punta el término?), que así sea. Y a mucha honra, oiga.
De ahí en adelante, el artículo fue cuesta abajo y terminé con las manos cerradas con tanta fuerza alrededor de la revista que me dolían los nudillos. Según el personajillo este -porque me niego a llamar señor a un hombre que insulta con tanta libertad-, todos aquellos que nos esforzamos en hablar un lenguaje no sexista en la medida de lo posible somos, como mínimo, tontos del haba, cuando no talibanes feminazis (perdonad la redundancia, pero es que estoy tan alucinada con el término que no puedo dejar de utilizarlo). O sea, que el que yo me esfuerce en decir "la médica de cabecera" en lugar del gramaticalmente incorrecto "la médico de cabecera" es ser tonta del haba. Que yo diga "hecho por el ser humano" en lugar de "hecho por el hombre" me convierte en talibán. Qué ironía, encima, que utilice como insulto una palabra que representa vejación de derechos para las mujeres, violencia gratuita contra ellas, anulación de la personalidad y un largo etcétera de barbaridades contra más de la mitad de la humanidad. Qué valor el suyo al tacharnos de nazis, cuando precisamente los jefazos máximos de campos de concentración y demás barbaridades hechas por los nazis eran hombres (¿alguien podría mencionar a una mujer envuelta en ese tema?, seguro que las hay, pero yo no estoy muy puesta).
Este personajillo insulso, este tonto del haba, parece olvidarse de que todavía hay en España (y no digamos en Afganistán y países similares) mujeres sin derechos sólo por ser mujeres, mujeres que cobran menos, mujeres apaleadas, mujeres a las que se les ha hecho creer que son inferiores por haber nacido con tetas. Por supuesto que en España las mujeres viven mejor que en otros sitios, pero no es gracias a talibanes machinazis como el autor de este artículo; quizás a él no le parezca importante que el lenguaje no sea sexista, pero a mí me parece fundamental porque me siento excluida en mi propio idioma. Si hay una opción que incluye a ambos sexos, ¿por qué no usarla? Sí, puede que haya cosas más importantes en el mundo por las que preocuparse, pero lo mismo dijeron los hombres del siglo dieciocho cuando las mujeres empezaron a exigir sus derechos: asentemos primero el de los hombres (los machos, se entiende) y luego ya nos preocuparemos de vosotras. No me da la gana. Somos importantes. Sin nosotras, ellos no existirían (vale, y nosotras sin ellos tampoco, pero me entendéis). Exijo que se diga médica, que se diga "la fotógrafa" y no "la fotógrafo", como leí el otro día, que se nos tenga en cuenta en el lenguaje, que no se masculinice. La mujer está avanzando mucho más rápido que la sociedad y eso se nota en el lenguaje, que se ha quedado anticuado y machista. Actualicémoslo. Pongámonos al día.
Y si esto me convierte en una talibán feminazi (¿no os pone los pelos de punta el término?), que así sea. Y a mucha honra, oiga.
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Stop.
Nada nuevo que contar. Stop.
Mi verano llega a su fin. Stop.
Me he pasado los mejores quince días del año encerrada entre cuatro paredes. Stop.
Estoy hasta los cojones de los hospitales. Stop.
No me dejan donar sangre, y eso que quería conseguir puntos kármicos. Stop.
La semana que viene trabajo con niños de 4 a 7 años. Me va a dar algo. Stop.
Estoy vaga. Stop.
Me voy.
Stop.
Mi verano llega a su fin. Stop.
Me he pasado los mejores quince días del año encerrada entre cuatro paredes. Stop.
Estoy hasta los cojones de los hospitales. Stop.
No me dejan donar sangre, y eso que quería conseguir puntos kármicos. Stop.
La semana que viene trabajo con niños de 4 a 7 años. Me va a dar algo. Stop.
Estoy vaga. Stop.
Me voy.
Stop.
Rutinas
Soy una persona de rutinas muy marcadas. Tengo mis horarios, hasta cuando estoy de vacaciones, e incluso mis momentos de asueto tienen su momento y su lugar. Soy así de control freak, qué le vamos a hacer, si no tengo un orden me pierdo.
Esta semana, ese orden se ha visto alterado. Otro ingreso hospitalario que me obliga a madrugar más y a sacrificar (muy gustosamente) esas mañanas que dedico a escribir. Pero sigo queriendo ser escritora, sigo con mis sueños de grandeza, así que me trago mi "yo por las tardes no puedo escribir" y me siento un par de horas a la caída del sol, antes de cenar y perder el tiempo frente a series ya vistas, y escribo, y me sorprendo al ver que soy tan capaz de escribir por las tardes como por las mañanas, que la cantidad y la calidad son las mismas y que la que controla la escritura soy yo, no al revés.
Enrique Páez dice que para ser escritor hay que escribir todos los días mil palabras, pero todos los días del año, sin excepción. Me pregunto qué dirá de alguien que escribe dos mil palabras diarias los meses de verano y que se pelea con tres o cuatro mil a la semana el resto del curso. ¿Seré también escritora? Supongo que me da la media. Espero.
Esta semana, ese orden se ha visto alterado. Otro ingreso hospitalario que me obliga a madrugar más y a sacrificar (muy gustosamente) esas mañanas que dedico a escribir. Pero sigo queriendo ser escritora, sigo con mis sueños de grandeza, así que me trago mi "yo por las tardes no puedo escribir" y me siento un par de horas a la caída del sol, antes de cenar y perder el tiempo frente a series ya vistas, y escribo, y me sorprendo al ver que soy tan capaz de escribir por las tardes como por las mañanas, que la cantidad y la calidad son las mismas y que la que controla la escritura soy yo, no al revés.
Enrique Páez dice que para ser escritor hay que escribir todos los días mil palabras, pero todos los días del año, sin excepción. Me pregunto qué dirá de alguien que escribe dos mil palabras diarias los meses de verano y que se pelea con tres o cuatro mil a la semana el resto del curso. ¿Seré también escritora? Supongo que me da la media. Espero.
Fiestas

Las fiestas de Vitoria "solo" duran seis días, pero yo para el tercero ya estoy cansada. Y no es que sea de las que trasnocha, que allá quedaron los tiempos en los que veía amanecer con un chocolate con churros frente a mí, pero hay que salir, y se sale hasta tarde (las dos, las tres, para mí eso es tarde), y luego una se levanta al mediodía sin ganas de hacer nada, sin hambre, cansada. La mañana ha desaparecido, la tarde se pasa entre charangas y música bajo mi ventana y llega la noche otra vez, y los fuegos, y los conciertos.
Me estoy haciendo vieja, o una jodida ermitaña. Solían encantarme las fiestas, sobre todo cuando no podía estar en ellas. Recuerdo el mes de agosto en King City, y la tremenda morriña que me daba pensar que era cuatro de agosto y yo no estaba en la bajada de Celedón. Miraba el programa de fiestas y me mordía hasta los nudillos por perdérmelo todo, muerta de envidia, recordando las verbenas y los bares a rebosar de gente de fuera. Y ahora que estoy aquí, me supone un esfuerzo ir a ver los fuegos.
Estas son las últimas fiestas de un ciclo, quizás sea eso lo que las está haciendo incómodas. El año que viene las viviré de otra manera, no sé si peor o mejor. O quizás no las viva, porque haya decidido marcharme a algún lado. Que es lo que tenía que haber hecho este año de haber podido. Pero no podía. Hubiera sido como huir.
Desvarío. El escenario de debajo de mi casa atrona con las voces de los payasos. Mi calle está llena de niños. Me voy a tomar un café, a ver si termino de despertarme.
Última obsesión
Y como el verano es muy largo y da para investigar muchas cosas y recordar viejos éxitos, ahora me ha dado por un grupo que no por conocido me gusta menos. Hace años que me compré los grandes éxitos de los Barenaked Ladies, pero es ahora, cuando el mundo alrededor parece un poco más oscuro, cuando aprecio el humor de sus letras y la alegría de sus canciones. Para muestra, un par de botones:
Reto a cualquiera a que trate de cantar esta canción sin leer la letra.
Un regalo para los oídos.
Simple divertimento.
¡Y a disfrutar!
Reto a cualquiera a que trate de cantar esta canción sin leer la letra.
Un regalo para los oídos.
Simple divertimento.
¡Y a disfrutar!
Semana de novela negra de Gijón. Cristina Fallarás
Gijón fue toda una experiencia. Sólo estuve dos días, pero me envolvió el ambiente de escritores pululando por las carpas, las tertulias y las presentaciones (sólo anduve por la zona de los libros, no me apetecía perderme en la feria de churrerías y norias gigantes). No sé qué esperaba de la feria; de hecho, creo que no tenía ninguna expectativa previa y, simplemente, me dejé engatusar por todo lo que veía. Fue un acierto.
Del listado de autores que iba a ver allí, sólo conocía -para mi vergüenza- a Luis Sepúlveda y Mercedes Castro, así que me dije que era tan buen momento como otro cualquiera de encontrar algún gran talento. Pocas presentaciones me tragué enteras, pero hubo dos que me engancharon desde el principio. De Juan Bolea ya hablaré en otro momento. Hoy le toca el turno a Cristina Fallarás.

No voy a mentir. Me llamó la atención por ser una de las dos mujeres que lidiaba en una tertulia de hombres. Me llamó la atención por su melena pelirroja, sus ojos verdes (o azules, no la vi tan de cerca) y su manera compulsiva de fumar un cigarrillo detrás de otro. Tenía todo el aspecto de una femme fatale de las antiguas películas de gángters, con su vestido ajustado y taconazos altos; era la imagen de escritora de novela negra, me sorprendí pensando que no había otra profesión a la que esta mujer pudiera dedicarse (y sí, ya sé que es periodista). El hecho de que Carlos Salem, que también me había enganchado con sus intervenciones en la tertulia minutos antes, fuera quien presentara el libro de Cristina, sólo añadió interés al asunto.

Así murió el poeta Guadalupe es un monólogo. A la redacción de un periódico llega una extraña cinta que contiene una entrevista; la entrevistadora ha borrado su voz y sólo oímos una voz femenina que cuenta la historia de su vida, una vida que transcurre en los últimos años de la dictadura franquista. Se nos habla de torturas, de hombres ilustrados que vienen del otro lado del océano, de un mundo casposo y rancio al que se le da un poco de luz a cambio de un precio muy alto. Carlos Salem dijo que el libro le había dado miedo al leerlo, e inmediatamente supe que me lo iba a terminar comprando. Ayer, día de tormenta, me senté a leerlo después de comer y me levanté tres horas después, el libro terminado y la boca abierta no sé si de sorpresa o de horror, o quizás las dos cosas.
A mí no me dio miedo. Me dio angustia, que no es lo mismo, me dieron ganas de apalear a alguien y devolverle el daño hecho a los demás, pero miedo, lo que se dice miedo, no. Es un libro que se lee a página por segundo, que te agarra desde la primera palabra y no te suelta, porque quieres saber qué pasó en la casa de El Escorial, y quieres saber realmente a qué se dedicaba Santabárbara (aunque es fácil olérselo desde el principio), y saber qué horrores ha vivido la pobre mujer de la cinta, que nunca menciona su nombre. A unas veinte páginas del final, toda la historia da una vuelta de ciento ochenta grados y nos encontramos con que tenemos que reajustar todo lo que hemos leído hasta el momento, que hay que ajustar toda la información que hemos recibido a la vista de nuevos datos. La última página es, sencillamente, magistral. Me dejó los pelos de punta, no por miedo, sino por el gran manejo de información y esa manera que tiene Fallarás de contarlo todo sin decir nada.
No he buscado nada de esta autora, más allá de hacer una búsqueda superficial de su nombre en Google, pero sé que a partir de ahora estaré atenta a su nombre en las librerías y que trataré de leer más de ella (tanto que leer y tan poco tiempo... Qué agobio). El libro va a formar parte de mi colección de favoritos, en un lugar especial por ser el único que está dedicado a mí, sin faltas de ortografía y sin llamarme Cruz. Qué ilusión que sea precisamente este, jopé.
Del listado de autores que iba a ver allí, sólo conocía -para mi vergüenza- a Luis Sepúlveda y Mercedes Castro, así que me dije que era tan buen momento como otro cualquiera de encontrar algún gran talento. Pocas presentaciones me tragué enteras, pero hubo dos que me engancharon desde el principio. De Juan Bolea ya hablaré en otro momento. Hoy le toca el turno a Cristina Fallarás.
No voy a mentir. Me llamó la atención por ser una de las dos mujeres que lidiaba en una tertulia de hombres. Me llamó la atención por su melena pelirroja, sus ojos verdes (o azules, no la vi tan de cerca) y su manera compulsiva de fumar un cigarrillo detrás de otro. Tenía todo el aspecto de una femme fatale de las antiguas películas de gángters, con su vestido ajustado y taconazos altos; era la imagen de escritora de novela negra, me sorprendí pensando que no había otra profesión a la que esta mujer pudiera dedicarse (y sí, ya sé que es periodista). El hecho de que Carlos Salem, que también me había enganchado con sus intervenciones en la tertulia minutos antes, fuera quien presentara el libro de Cristina, sólo añadió interés al asunto.

Así murió el poeta Guadalupe es un monólogo. A la redacción de un periódico llega una extraña cinta que contiene una entrevista; la entrevistadora ha borrado su voz y sólo oímos una voz femenina que cuenta la historia de su vida, una vida que transcurre en los últimos años de la dictadura franquista. Se nos habla de torturas, de hombres ilustrados que vienen del otro lado del océano, de un mundo casposo y rancio al que se le da un poco de luz a cambio de un precio muy alto. Carlos Salem dijo que el libro le había dado miedo al leerlo, e inmediatamente supe que me lo iba a terminar comprando. Ayer, día de tormenta, me senté a leerlo después de comer y me levanté tres horas después, el libro terminado y la boca abierta no sé si de sorpresa o de horror, o quizás las dos cosas.
A mí no me dio miedo. Me dio angustia, que no es lo mismo, me dieron ganas de apalear a alguien y devolverle el daño hecho a los demás, pero miedo, lo que se dice miedo, no. Es un libro que se lee a página por segundo, que te agarra desde la primera palabra y no te suelta, porque quieres saber qué pasó en la casa de El Escorial, y quieres saber realmente a qué se dedicaba Santabárbara (aunque es fácil olérselo desde el principio), y saber qué horrores ha vivido la pobre mujer de la cinta, que nunca menciona su nombre. A unas veinte páginas del final, toda la historia da una vuelta de ciento ochenta grados y nos encontramos con que tenemos que reajustar todo lo que hemos leído hasta el momento, que hay que ajustar toda la información que hemos recibido a la vista de nuevos datos. La última página es, sencillamente, magistral. Me dejó los pelos de punta, no por miedo, sino por el gran manejo de información y esa manera que tiene Fallarás de contarlo todo sin decir nada.
No he buscado nada de esta autora, más allá de hacer una búsqueda superficial de su nombre en Google, pero sé que a partir de ahora estaré atenta a su nombre en las librerías y que trataré de leer más de ella (tanto que leer y tan poco tiempo... Qué agobio). El libro va a formar parte de mi colección de favoritos, en un lugar especial por ser el único que está dedicado a mí, sin faltas de ortografía y sin llamarme Cruz. Qué ilusión que sea precisamente este, jopé.
De cine
Ayer fui, por fin, a ver la última película de Harry Potter. Iba sin ninguna expectativa, porque me habían jodido las tres anteriores y no esperaba que hicieran milagros. Sólo había una frase que quería que mantuvieran, algo que dice Snape al final: no me llames cobarde. Si la metían, perdonaría todas las burradas que pudieran cometer en la historia y las escenas inventadas (que no entiendo por qué tuvieron que meter tanta escena que no está en el libro en una película de dos horas y media, pero en fin). Si no la metían, me iba a cabrear muy seriamente. Y sabía que no la iban a meter, porque era hilar muy fino con un personaje al que todo el mundo tiene manía y que sólo era importante para sus fans más acérrimos.
Por supuesto, no la metieron.
Pero no me cabreé.
Lo cierto es que es la película que más me ha gustado, si exceptuamos, quizás, la primera por eso de ser la novedad (aunque la he visto tantas veces que ya ha perdido la magia). Pero esta me gustó. Respetaron la historia, las escenas inventadas no desentonaban y tuvo momentos muy divertidos. Quizás se les fue la mano con el amor adolescente, y, como siempre, desaprovecharon inmensamente al actor que hace de Neville Longbottom, al mismísimo Draco Malfoy y, cómo no, a mi Alan, aunque he de reconocer que en esta película tiene mucha más presencia que en las anteriores. Pero me gustó. Será, quizás que estoy dejando de ser tan freaky, que hace tiempo que no me releo los libros, o que simplemente ya me he cansado de Harry Potter. Sí, puede que sea eso. Son muchos los años con la misma obsesión.
Esta película me ha dado esperanzas para las dos que quedan. Quizás hagan justicia al libro más épico de la saga, quién sabe. Ya sé que las dos frases que quiero que guarden no van a aparecer (adivinad quién las dice), porque si con la anterior me parecía que hilaban fino, con "always" y "look at me" ya ni te cuento, pero al menos espero que dejen el capítulo del príncipe intacto y cuenten la historia de Snape sin saltarse nada. Harían un flaco favor a la película si no lo hicieran.
O eso creo yo. Pero, claro, yo no soy juez imparcial.
Por supuesto, no la metieron.
Pero no me cabreé.
Lo cierto es que es la película que más me ha gustado, si exceptuamos, quizás, la primera por eso de ser la novedad (aunque la he visto tantas veces que ya ha perdido la magia). Pero esta me gustó. Respetaron la historia, las escenas inventadas no desentonaban y tuvo momentos muy divertidos. Quizás se les fue la mano con el amor adolescente, y, como siempre, desaprovecharon inmensamente al actor que hace de Neville Longbottom, al mismísimo Draco Malfoy y, cómo no, a mi Alan, aunque he de reconocer que en esta película tiene mucha más presencia que en las anteriores. Pero me gustó. Será, quizás que estoy dejando de ser tan freaky, que hace tiempo que no me releo los libros, o que simplemente ya me he cansado de Harry Potter. Sí, puede que sea eso. Son muchos los años con la misma obsesión.
Esta película me ha dado esperanzas para las dos que quedan. Quizás hagan justicia al libro más épico de la saga, quién sabe. Ya sé que las dos frases que quiero que guarden no van a aparecer (adivinad quién las dice), porque si con la anterior me parecía que hilaban fino, con "always" y "look at me" ya ni te cuento, pero al menos espero que dejen el capítulo del príncipe intacto y cuenten la historia de Snape sin saltarse nada. Harían un flaco favor a la película si no lo hicieran.
O eso creo yo. Pero, claro, yo no soy juez imparcial.
Leer y escribir
¿Qué fue antes, la gallina o el huevo?
¿A qué se aprende antes, a leer o a escribir?
La lógica dice que primero se lee, se reconocen las letras y luego se escriben. Yo, que siempre he ido a la contra de todo el mundo, aprendí a escribir antes que a leer. Claro que lo que yo escribía era algo así como "eraoe asfkjld dka jdfa", sin puntos, sin mayúsculas y, por supuesto, sin párrafos. Luego se lo daba a leer a una niña de mi clase que ya sabía leer y me quedaba atónita de que ninguna de las muchas combinaciones que había escrito formaran una palabra con sentido. Qué cosas, oye, si no hay tantas letras, de alguna manera tendré que acertar. Pues no, no había manera.
Luego aprendí a leer sola. Y aclaro lo de leer sola, porque mucho antes leía con ayuda. Leía con mi madre y me aprendía los cuentos de los pitufos de memoria, tanto que mi padre creía que yo era capaz de leer a los cuatro años (pero no se fijó en que el dedo iba varias palabras por delante de lo que yo estaba diciendo). En primero de EGB ya escribía cuentos con sentido. No eran grandes inventos, pero eran míos, y las letras formaban palabras. Todo un logro. Pasar de fdjksa a "el niño tenía miedo" era la hostia a mis seis años.
Pero, sobre todo, me gustaba leer. Me encantaba perderme en un libro, olvidarme de todo lo que no me gustaba a mi alrededor (que era mucho, y materia para un psicólogo, no para un blog) y luego dejar volar la mente con lo que había leído. Yo ya sabía lo que era la "fan fiction" mucho antes de que surgiera en internet. Devoraba los libros de "Los Hollister" y sus protagonistas se convirtieron en mis mejores amigos. Sí, tenía amigos imaginarios, vivían en Soreham y se llamaban Pete, Pam, Ricky, Holly y Sue. Luego me dio por escribir las historias que me inventaba, conmigo como sexta protagonista. Fue mi primer intento de escribir novelas de detectives aficionados.
A escribir se aprende leyendo, no hay más misterio. Dice Stephen King en su libro "On Writing" (entretenido, interesante) que él lee unos ochenta libros al año. Yo me quedaré en veinte, cifra que considero más que suficiente teniendo en cuenta que trabajo y estudio y escribo y leo, y no me es muy difícil darme cuenta de que, cuanto menos leo, menos escribo. La lectura es la gasolina que necesito para escribir, para que mis palabras tengan sentido. Ya no más "dfañfj jdflsdjf", ahora mis frases tienen la influencia de todo lo que leo, que trato de que sea mucho y variado; desde Stieg Larsson hasta Orwell, pasando por Jane Austen, Juan Bolea, D.H. Lawrence y tantos otros. Como dice el bueno de Steve (ya conozco su vida, ya le puedo tutear), no hay atajos. Hay que leer. El que quiera escribir, necesita conocer el mundo en el que se quiere mover.
Pues eso, que me voy a leer, porque hoy ya he escrito. Sigo haciéndolo al revés. Ya ves. Qué cosas, oye.
¿A qué se aprende antes, a leer o a escribir?
La lógica dice que primero se lee, se reconocen las letras y luego se escriben. Yo, que siempre he ido a la contra de todo el mundo, aprendí a escribir antes que a leer. Claro que lo que yo escribía era algo así como "eraoe asfkjld dka jdfa", sin puntos, sin mayúsculas y, por supuesto, sin párrafos. Luego se lo daba a leer a una niña de mi clase que ya sabía leer y me quedaba atónita de que ninguna de las muchas combinaciones que había escrito formaran una palabra con sentido. Qué cosas, oye, si no hay tantas letras, de alguna manera tendré que acertar. Pues no, no había manera.
Luego aprendí a leer sola. Y aclaro lo de leer sola, porque mucho antes leía con ayuda. Leía con mi madre y me aprendía los cuentos de los pitufos de memoria, tanto que mi padre creía que yo era capaz de leer a los cuatro años (pero no se fijó en que el dedo iba varias palabras por delante de lo que yo estaba diciendo). En primero de EGB ya escribía cuentos con sentido. No eran grandes inventos, pero eran míos, y las letras formaban palabras. Todo un logro. Pasar de fdjksa a "el niño tenía miedo" era la hostia a mis seis años.
Pero, sobre todo, me gustaba leer. Me encantaba perderme en un libro, olvidarme de todo lo que no me gustaba a mi alrededor (que era mucho, y materia para un psicólogo, no para un blog) y luego dejar volar la mente con lo que había leído. Yo ya sabía lo que era la "fan fiction" mucho antes de que surgiera en internet. Devoraba los libros de "Los Hollister" y sus protagonistas se convirtieron en mis mejores amigos. Sí, tenía amigos imaginarios, vivían en Soreham y se llamaban Pete, Pam, Ricky, Holly y Sue. Luego me dio por escribir las historias que me inventaba, conmigo como sexta protagonista. Fue mi primer intento de escribir novelas de detectives aficionados.
A escribir se aprende leyendo, no hay más misterio. Dice Stephen King en su libro "On Writing" (entretenido, interesante) que él lee unos ochenta libros al año. Yo me quedaré en veinte, cifra que considero más que suficiente teniendo en cuenta que trabajo y estudio y escribo y leo, y no me es muy difícil darme cuenta de que, cuanto menos leo, menos escribo. La lectura es la gasolina que necesito para escribir, para que mis palabras tengan sentido. Ya no más "dfañfj jdflsdjf", ahora mis frases tienen la influencia de todo lo que leo, que trato de que sea mucho y variado; desde Stieg Larsson hasta Orwell, pasando por Jane Austen, Juan Bolea, D.H. Lawrence y tantos otros. Como dice el bueno de Steve (ya conozco su vida, ya le puedo tutear), no hay atajos. Hay que leer. El que quiera escribir, necesita conocer el mundo en el que se quiere mover.
Pues eso, que me voy a leer, porque hoy ya he escrito. Sigo haciéndolo al revés. Ya ves. Qué cosas, oye.
Regreso
Ya he vuelto. ¿A que no os ha dado tiempo ni a echarme de menos?
Ha sido una visita cortita, pero muy intensa. Vengo cambiada. Vengo enamorada de un festival. Tengo tres libros en la maleta que guardan la esperanza de hacerme enamorar de dos escritores (aunque uno de ellos me haya firmado el libro para Cruz, que ya no sé ni pronunciar mi nombre, leches). Vengo convencida de que ese es mi mundo, el mundo de las tertulias y las presentaciones de libros. Joder, cómo he querido ser escritora estos días.
Me he dado cuenta de que soy una completa analfabeta en términos de literatura negra contemporánea. No os podéis hacer una idea de los pedazo de artistas que han estado a menos de un metro de mí (lo sé ahora que los he "gugleado", pero ayer no tenía ni idea), hacia los que no he corrido cual fan posesa gritando "¡fírmame, fírmame un autógrafo, en la teta si hace falta, por dios!" Qué pena, tanta energía perdida en gritar desaforadamente a los actores que no tienen dos neuronas que llamar suyas, cuando hay tanto talento suelto por las calles. Porque no están buenos, que si no...
He visto a Luis Sepúlveda y Mercedes Castro (los únicos que conocía por haber leído algo suyo, que no de vista), a Cristina Fallarás y Juan Bolea (cuyos libros, firmados, aguardan ser leídos), a Oscar Urra, Gillermo Saccomanno, Bruno Arpaia, Raúl Argemí, Francisco Haghenbeck, Jorge Moch, Alejandro M. Gallo, Fritz Glockner, Juan Bas, Willy Uribe, Carles Quílez, Andreu Martín, Víctor Andresco, Ernesto Mallo, Carlos Salem, Jerónimo Tristante, Luis García Montero y tantos y tantos otros con los que me he cruzado y no he reconocido. Mis estanterías no dan ya más de sí de todos los libros que esperan ser leídos. Mi cabeza bulle con información, con ganas de escribir, con la sensación de que, haga lo que haga, nunca podré llegarle a esta gente ni a la suela del zapato. Antes de ir me gustaba la novela negra; ahora la venero, me parece el género más completo y más difícil de escribir, el más merecedor de toda alabanza. Al menos en lo que respecta a las letras hispanas, que los anglosajones (Connelly and company) son otro cantar.
Quiero volver. El año que viene voy a irme a Gijón la semana entera. Playita por la mañana (si el tiempo acompaña, que lo dudo) y literatura por la tarde. Mucha lectura, mucha escritura, cero excusas.
Os haré saber si Cristina Fallarás y Juan Bolea seducen tanto en sus escritos como en sus presentaciones; espero mucho de ambos, sobre todo de Cristina, de la que ya hablaré en otro momento porque se merece un post ella solita. Cuando haya terminado Así murió el poeta Guadalupe, aunque estoy convencida de que me va a gustar porque voy predispuesta a ello.
¡Pero qué guapo que ye Gijón, madre!
Ha sido una visita cortita, pero muy intensa. Vengo cambiada. Vengo enamorada de un festival. Tengo tres libros en la maleta que guardan la esperanza de hacerme enamorar de dos escritores (aunque uno de ellos me haya firmado el libro para Cruz, que ya no sé ni pronunciar mi nombre, leches). Vengo convencida de que ese es mi mundo, el mundo de las tertulias y las presentaciones de libros. Joder, cómo he querido ser escritora estos días.
Me he dado cuenta de que soy una completa analfabeta en términos de literatura negra contemporánea. No os podéis hacer una idea de los pedazo de artistas que han estado a menos de un metro de mí (lo sé ahora que los he "gugleado", pero ayer no tenía ni idea), hacia los que no he corrido cual fan posesa gritando "¡fírmame, fírmame un autógrafo, en la teta si hace falta, por dios!" Qué pena, tanta energía perdida en gritar desaforadamente a los actores que no tienen dos neuronas que llamar suyas, cuando hay tanto talento suelto por las calles. Porque no están buenos, que si no...
He visto a Luis Sepúlveda y Mercedes Castro (los únicos que conocía por haber leído algo suyo, que no de vista), a Cristina Fallarás y Juan Bolea (cuyos libros, firmados, aguardan ser leídos), a Oscar Urra, Gillermo Saccomanno, Bruno Arpaia, Raúl Argemí, Francisco Haghenbeck, Jorge Moch, Alejandro M. Gallo, Fritz Glockner, Juan Bas, Willy Uribe, Carles Quílez, Andreu Martín, Víctor Andresco, Ernesto Mallo, Carlos Salem, Jerónimo Tristante, Luis García Montero y tantos y tantos otros con los que me he cruzado y no he reconocido. Mis estanterías no dan ya más de sí de todos los libros que esperan ser leídos. Mi cabeza bulle con información, con ganas de escribir, con la sensación de que, haga lo que haga, nunca podré llegarle a esta gente ni a la suela del zapato. Antes de ir me gustaba la novela negra; ahora la venero, me parece el género más completo y más difícil de escribir, el más merecedor de toda alabanza. Al menos en lo que respecta a las letras hispanas, que los anglosajones (Connelly and company) son otro cantar.
Quiero volver. El año que viene voy a irme a Gijón la semana entera. Playita por la mañana (si el tiempo acompaña, que lo dudo) y literatura por la tarde. Mucha lectura, mucha escritura, cero excusas.
Os haré saber si Cristina Fallarás y Juan Bolea seducen tanto en sus escritos como en sus presentaciones; espero mucho de ambos, sobre todo de Cristina, de la que ya hablaré en otro momento porque se merece un post ella solita. Cuando haya terminado Así murió el poeta Guadalupe, aunque estoy convencida de que me va a gustar porque voy predispuesta a ello.
¡Pero qué guapo que ye Gijón, madre!
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Hasta el sábado
Me voy a Gijón, a mi primera Semana Negra. Llevo años queriendo ir y hoy ha llegado el día. Cojo el tren a las dos de la tarde y no llego allí hasta las, terror, ocho de la noche. No me puedo creer que Asturias esté tan lejos.
Cuidadme el chiringuito. Vigilad que no entre ningún indeseable. Sed buenos y buenas (o no, vosotros veréis). Ya os contaré.
Cuidadme el chiringuito. Vigilad que no entre ningún indeseable. Sed buenos y buenas (o no, vosotros veréis). Ya os contaré.
These are a few of my favourite things

Qué malo es escribir...
Sí, sí, digo "qué malo", no qué guay, o cómo mola. Qué malo. Porque cuando escribes remueves fantasmas, y te acuerdas de cosas, recuperas el pasado. Y eso a veces es bueno y otras es malo. En esta ocasión... Bueno, no es que sea malo, es que me hace perder el tiempo de forma escandalosa. Menos mal que tengo tiempo de sobra para perder. Menos mal que estoy de vacaciones.
A cuenta del pasado post y del comentario de Fernando, he recordado cuál era mi serie favorita de todos los tiempos y estos días la he retomado. Sí, como habréis imaginado, con el gran caso que se le hizo en España (cambiándola de horario cada dos por tres, cancelándola, saltándose capítulos) no me quedó más remedio que pillármela donde todos sabéis y guardarla a buen recaudo después de verla. Me alegro de no haberme desecho de ella, porque así he tenido la oportunidad de recuperarla.
Y viendo de nuevo los capítulos de Veronica Mars recuerdo el inmenso deseo que me entró en su momento de convertirme en detective privado, aun sabiendo perfectamente que todo lo que emitían era ficción, que la vida del detective es de un aburrimiento olímpico, que ni soy tan mona ni tengo tanta jeta como Veronica. He recordado cómo encontré en internet una diplomatura -vale, creo que era algo entre universitario y FP- para detective a la que me faltó un pelo para apuntarme, y de hecho lo único que me contuvo fue la tarde a la semana que tenía que ir a Donostia a las clases presenciales. Maldito trabajo, maldita hipoteca, maldita necesidad de comer...
Pero no me rindo. Si no puedo ser detective privado (que, ojo, siempre puedo mudarme a Donostia, o esperar a que las clases cambien a los sábados por la mañana), escribiré sobre una. Y tampoco será detective como tal, sino una aficionada que trata de buscar respuestas. Como lo pueda ser yo. Me toca investigar, imaginar posibles escenarios, encontrar respuestas. Todo ficticio, o quizás no; quizás busque algún enigma casero (¿quién robó la caja del bar de abajo?, ¿a dónde va el hijo del panadero todos los días a las siete de la tarde?) y pase mis días de asueto correteando por Vitoria y alrededores con gafas de sol y una cámara con teleobjetivo. Ya me estoy viendo, con mi termo de café caliente en mi Ford Fiesta, observando a la mujer del vecino del quinto mientras se depila las cejas para ir en busca de... ¿su amante?, ¿su corredor de apuestas? ¡No! Su hijo en la guardería.
Me emociono. Me pierdo. Tengo demasiado tiempo libre, lo que significa que me veo una media de tres capítulos de Veronica Mars al día. Me encanta. Tenían que hacerse más series como esa, más personajes como Veronica. Ella sí que es un buen modelo juvenil; déjate de tanto maquillaje y tanto "este pantalón me hace el culo gordo" y preocúpate por los demás, échales una mano y averigua quién ha puesto alcohol en el ponche de graduación. Todo muy light, muy casero, pero por eso mismo mucho más creíble que una ancianita escritora que encuentra muertos allá por donde va.
Os dejo. Veronica me espera. Creo que hoy me toca ver el capítulo en el que se lía con Logan, te lo juro. El mejor primer beso de la televisión ever.
Que me guste a mí no significa que te guste a ti
Me pasa algo muy curioso con las ideas que se me ocurren para escribir. Al principio, nada más encendérseme la bombilla, mi primera reacción es un "qué pasada, qué idea más cojonuda, seguro que a nadie se le ha ocurrido nunca nada como esto, soy la mejor, la más lista y la más guapa". Después, cuando analizo un poco la idea, llego a la conclusión de que "bueno, sí, ya se ha hecho desde varios puntos de vista, pero si lo enfoco de ésta o aquella manera igual le saco jugo, creo que podría funcionar; además, a mí me gusta". Y al final del proceso, todo lo que queda es un "pero, ¿en qué estaba yo pensando? ¿Cómo se me ha ocurrido pensar siquiera que esto pudiera interesarle a nadie más que a mí? ¡Si es una chorrada!"
Por algún motivo pienso que lo que a mí me interesa no tiene por qué interesar a los demás. Que a mí me guste no es síntoma de que a nadie más le vaya a gustar. Y a mí me gusta, claro, porque es mi idea, porque ha nacido de mis experiencias y mis intereses, pero ¿los demás? Van a pensar que soy una ñoña. Van a creer que soy idiota, o peor, que les trato de idiotas. Van a reírse de mí. Y como nunca tengo el valor de comentar mis ideas con nadie porque creo todo lo anterior, siempre me quedo con el convencimiento de que lo que a mí me guste no tiene por qué gustar a los demás.
Pero hoy me he puesto a analizar lo que me gusta y si a los demás también les gusta. Miro los libros que más me atraen y no puedo evitar caer en la cuenta de que a millones de personas les han gustado antes que a mí. Harry Potter (cómo no), novelas negras, Steinbeck, Middlesex (premio Pullitzer) y un largo etcétera. Vale, pero eso son libros y tengo cierta cultura literaria (o no; digamos que leo mucho, que no tiene por qué ser lo mismo). ¿Qué más me gusta, aunque me avergüence un pelín decirlo? Las Chicas Gillmore son mi última debilidad. Una serie ñoña donde las haya que a mí me encanta y me hace pensar que ojalá todo fuera tan fácil y todas las madres del mundo fueran tan guays como Laurelay Gillmore. Eso no puede gustarle a mucha gente adulta. Pues sí: entras en internet y hay miles de páginas dedicadas a ellas, y no precisamente de adolescentes. Veronica Mars, otra serie ñoña; otra serie de culto. Héroes. Perdidos. Castle. Se ha escrito un crimen. Millones de personas comparten mis gustos.
Y, aún así, estoy convencida de que mis ideas sólo me gustan a mí. Es duro, es difícil, pero tengo que conseguir salir de mi caparazón y convencerme a mí misma de que hay más frikis como yo, de que no estoy sola en el mundo y puedo encontrar un grupo de lectores, si alguna vez me decido a terminar algo DE UNA PUÑETERA VEZ y me atrevo a mostrarlo. Hoy es tan buen día como otro cualquiera para hacerlo, y de hecho me he puesto manos a la obra. Aún estoy en la fase de "qué idea más cojonuda, Ramond Chandler hazte a un lado", pero todo se andará. A ver si dentro de un mes seguimos en las mismas.
P.D: Por cierto, este es el post 300. Gracias por estar ahí todo este tiempo.
Por algún motivo pienso que lo que a mí me interesa no tiene por qué interesar a los demás. Que a mí me guste no es síntoma de que a nadie más le vaya a gustar. Y a mí me gusta, claro, porque es mi idea, porque ha nacido de mis experiencias y mis intereses, pero ¿los demás? Van a pensar que soy una ñoña. Van a creer que soy idiota, o peor, que les trato de idiotas. Van a reírse de mí. Y como nunca tengo el valor de comentar mis ideas con nadie porque creo todo lo anterior, siempre me quedo con el convencimiento de que lo que a mí me guste no tiene por qué gustar a los demás.
Pero hoy me he puesto a analizar lo que me gusta y si a los demás también les gusta. Miro los libros que más me atraen y no puedo evitar caer en la cuenta de que a millones de personas les han gustado antes que a mí. Harry Potter (cómo no), novelas negras, Steinbeck, Middlesex (premio Pullitzer) y un largo etcétera. Vale, pero eso son libros y tengo cierta cultura literaria (o no; digamos que leo mucho, que no tiene por qué ser lo mismo). ¿Qué más me gusta, aunque me avergüence un pelín decirlo? Las Chicas Gillmore son mi última debilidad. Una serie ñoña donde las haya que a mí me encanta y me hace pensar que ojalá todo fuera tan fácil y todas las madres del mundo fueran tan guays como Laurelay Gillmore. Eso no puede gustarle a mucha gente adulta. Pues sí: entras en internet y hay miles de páginas dedicadas a ellas, y no precisamente de adolescentes. Veronica Mars, otra serie ñoña; otra serie de culto. Héroes. Perdidos. Castle. Se ha escrito un crimen. Millones de personas comparten mis gustos.
Y, aún así, estoy convencida de que mis ideas sólo me gustan a mí. Es duro, es difícil, pero tengo que conseguir salir de mi caparazón y convencerme a mí misma de que hay más frikis como yo, de que no estoy sola en el mundo y puedo encontrar un grupo de lectores, si alguna vez me decido a terminar algo DE UNA PUÑETERA VEZ y me atrevo a mostrarlo. Hoy es tan buen día como otro cualquiera para hacerlo, y de hecho me he puesto manos a la obra. Aún estoy en la fase de "qué idea más cojonuda, Ramond Chandler hazte a un lado", pero todo se andará. A ver si dentro de un mes seguimos en las mismas.
P.D: Por cierto, este es el post 300. Gracias por estar ahí todo este tiempo.
4 de julio
Vuelta a la normalidad
Ayer cayó en Vitoria una granizada de espanto. Bolas de hielo como pelotas de pin-pon sacudieron coches, ventanas, aceras y hasta el tranvía tuvo que dejar de circular. Yo bajé las persianas de toda la casa, porque no creía que los cristales de las ventanas viejas pudieran aguantar una pedrada semejante. Desconecté el ordenador por las subidas de corrientes (había rayos y truenos). Cogí un cuaderno y me senté en la cocina, lista para dejar libre la mano y escribir la primera tontería que se me ocurriera, con un terrible estruendo de hielo cascándose sobre el suelo de fondo.
Hacía tres meses que no escribía.
Mi intención era, simplemente, calentar el músculo. Escribir cualquier cosa con sentido que poder tirar luego, porque obviamente nadie bate un récord de saltamiento después de pasarse tres meses sin entrenar. Escribí una hoja en un cuaderno, letra grande y desordenada. La releí. Y me quedé pasamada al darme cuenta de que había escrito lo que obviamente era el motivo principal de una novela. Negra, para más señas.
Así que hoy me he levantado -no muy pronto, todo hay que decirlo- y me he sentado al ordenador con ganas de teclear lo primero que se me ocurra, a ver si esa semilla de ayer germina y lo que me pareció una idea brillante no se diluye en la nada de mis frustraciones, como me suele pasar. Me enfrento al tema con un solo objetivo en mente: divertirme. Intentaré terminarla, sí, pero lo importante es divertirme, sin pensar en si gustará a la gente o no. Quiero terminarla. Quiero pasármelo bien. Quiero estar entretenida este verano. Quiero escribir sin contar palabras o sin agobiarme.
No escribir no era normal en mí. No me extraña que no pudiera, con tantas cosas como están pasando a mi alrededor, pero no era normal. Esta vuelta a la rutina sí. Vuelvo. Vuelvo a la normalidad. Vuelvo a escribir.
Hacía tres meses que no escribía.
Mi intención era, simplemente, calentar el músculo. Escribir cualquier cosa con sentido que poder tirar luego, porque obviamente nadie bate un récord de saltamiento después de pasarse tres meses sin entrenar. Escribí una hoja en un cuaderno, letra grande y desordenada. La releí. Y me quedé pasamada al darme cuenta de que había escrito lo que obviamente era el motivo principal de una novela. Negra, para más señas.
Así que hoy me he levantado -no muy pronto, todo hay que decirlo- y me he sentado al ordenador con ganas de teclear lo primero que se me ocurra, a ver si esa semilla de ayer germina y lo que me pareció una idea brillante no se diluye en la nada de mis frustraciones, como me suele pasar. Me enfrento al tema con un solo objetivo en mente: divertirme. Intentaré terminarla, sí, pero lo importante es divertirme, sin pensar en si gustará a la gente o no. Quiero terminarla. Quiero pasármelo bien. Quiero estar entretenida este verano. Quiero escribir sin contar palabras o sin agobiarme.
No escribir no era normal en mí. No me extraña que no pudiera, con tantas cosas como están pasando a mi alrededor, pero no era normal. Esta vuelta a la rutina sí. Vuelvo. Vuelvo a la normalidad. Vuelvo a escribir.
Regalar libros
Me gusta comprar libros. Me gusta abrir un libro que no ha abierto nadie antes, tocar las páginas a estrenar y saber que es mío. No me gusta leer libros de la biblioteca, que huelen a usado y a veces tienen manchas de gente que -horror- come mientras lee. Acumulo libros. Aunque en mi casa esto todavía no es un problema -me aseguré de tener una habitación con una pared cubierta de baldas-, sé que más pronto que tarde terminará siéndolo. Tendré que buscar una solución.
La solución más lógica es regalar libros. Ya sea a amigas o a la biblioteca local, lo más fácil es darlos. El problema es que yo soy de las que relee libros, por lo que mis favoritos no van a poder salir de esta casa nunca. He leído un par de veces muchos libros de Elizabeth George. Middlesex ha caído tres veces. Al Este del Edén espera su turno de nuevo este verano. Son libros que no me podrán abandonar nunca. Y los que no me gustaron... ¿A quién regalo yo algo que no me gusta? Sí, podría venderlos a la librería de viejo de la esquina, pero los libros de segunda mano me producen rechazo (por eso de que el autor no se lleva un duro; no me pasa con la música, pero sí con los libros). Hace poco leí de una mujer que cada vez que compraba un libro se deshacía de uno de los que ya tenía. Debería empezar a hacer algo así. Lo malo es que son como mis niños, y me duele verlos marchar. Hasta aquellos que no me gustaron dejan un poso amargo si salen de casa. ¿Quién sabe? Quizás algún día me decida a releerlos y encuentre que me encantan.
Toca ir de compras. Las rebajas de verano no afectan a los libros, pero al paso que estoy leyendo mi colección de volúmenes sin abrir desciende rápidamente. Es lo que tiene estar de vacaciones y que haga buen tiempo, que te apetece sentarte fuera con un libro y dejar que el sol te acaricie la cara. Pronto voy a cubrir cada espacio libre con un libro nuevo.
Qué peligro tengo, madre.
La solución más lógica es regalar libros. Ya sea a amigas o a la biblioteca local, lo más fácil es darlos. El problema es que yo soy de las que relee libros, por lo que mis favoritos no van a poder salir de esta casa nunca. He leído un par de veces muchos libros de Elizabeth George. Middlesex ha caído tres veces. Al Este del Edén espera su turno de nuevo este verano. Son libros que no me podrán abandonar nunca. Y los que no me gustaron... ¿A quién regalo yo algo que no me gusta? Sí, podría venderlos a la librería de viejo de la esquina, pero los libros de segunda mano me producen rechazo (por eso de que el autor no se lleva un duro; no me pasa con la música, pero sí con los libros). Hace poco leí de una mujer que cada vez que compraba un libro se deshacía de uno de los que ya tenía. Debería empezar a hacer algo así. Lo malo es que son como mis niños, y me duele verlos marchar. Hasta aquellos que no me gustaron dejan un poso amargo si salen de casa. ¿Quién sabe? Quizás algún día me decida a releerlos y encuentre que me encantan.
Toca ir de compras. Las rebajas de verano no afectan a los libros, pero al paso que estoy leyendo mi colección de volúmenes sin abrir desciende rápidamente. Es lo que tiene estar de vacaciones y que haga buen tiempo, que te apetece sentarte fuera con un libro y dejar que el sol te acaricie la cara. Pronto voy a cubrir cada espacio libre con un libro nuevo.
Qué peligro tengo, madre.
Descanse en paz

Se ha muerto Michael Jackson, y me parece increíble. No sé por qué, la verdad, no era mi personaje favorito ni alguien a quien siguiera, pero parecía inmortal. Michael Jackson, el rey del pop. Es el fin de una era. Muere la persona, empieza el mito. Hay tanto de él que ya nadie sabrá...
Me da pena. Madonna dice que no ha dejado de llorar desde que se enteró. Yo no pienso derramar una lágrima -las guardo para lo que de verdad me importa-, pero me da pena. Es triste que se mueran personas que llegan a tanta gente. Aunque su vida valga lo mismo que la de un niño que muere de malaria en África.
Descanse en paz. Una pena, oye.
Curso final
Se ha acabado el curso (para los niños, para mí todavía no). Se acaba con un regusto agridulce, ganas de terminar con una clase de gallitos y a su vez pena por no volver a verlos. No creo que el año que viene siga en el centro. Me alegro de no tenerlos en sexto, pero me da pena dejar a mis compañeros de trabajo. En dos años se hacen muy buenas migas.
Hoy han venido a la ikastola los del año pasado, esos a los que me gustaría no haber tenido que decir adiós. Uno de ellos estaba tan alto y tan cambiado que me ha costado reconocerlo, pero en cuanto ha abierto la boca y me ha dicho con voz de barítono que les avise a qué centro voy el año que viene, me ha demostrado que por dentro sigue siendo el mismo osito de peluche (con aspecto de fiero león, eso sí). Una antigua alumna puede que repita curso (conmigo iba justa, por más que se esforzara) y los demás han aprobado todo. Dicen que les ha parecido más fácil que el año pasado. Es que yo meto mucha caña (palabras suyas, no mías).
El año que viene espero dar inglés, aunque lo veo difícil. Estoy cansada de ser tutora, de todo lo que implica tener una clase a tu cargo. Cuando das inglés sólo te encargas de tu clase en el momento de dar clase; si eres tutora, son tuyos a todas horas, hasta cuando están con los específicos. Estoy harta de padres. Estoy harta de notas y de actas varias. Quiero divertirme en clase. Quiero cantar y ser la profa guay que les da un respiro de la pesada de la andereño.
Ahora, a disfrutar del verano y del solete que asoma estos días. Las notas aún no han llegado y no me pienso poner a estudiar sin saber seguro que he suspendido, pero me temo que me espera una amarga sorpresa. Me da igual. Ya (casi) todo me da igual. Voy a disfrutar de todo cuanto pueda. Estoy cansada. Necesito cargar pilas para meterme tanta caña como este año en septiembre. Estoy contenta con todo lo que he hecho, pero se ha llevado una parte de mí. Ahora, a disfrutar.
Que ya toca.
Hoy han venido a la ikastola los del año pasado, esos a los que me gustaría no haber tenido que decir adiós. Uno de ellos estaba tan alto y tan cambiado que me ha costado reconocerlo, pero en cuanto ha abierto la boca y me ha dicho con voz de barítono que les avise a qué centro voy el año que viene, me ha demostrado que por dentro sigue siendo el mismo osito de peluche (con aspecto de fiero león, eso sí). Una antigua alumna puede que repita curso (conmigo iba justa, por más que se esforzara) y los demás han aprobado todo. Dicen que les ha parecido más fácil que el año pasado. Es que yo meto mucha caña (palabras suyas, no mías).
El año que viene espero dar inglés, aunque lo veo difícil. Estoy cansada de ser tutora, de todo lo que implica tener una clase a tu cargo. Cuando das inglés sólo te encargas de tu clase en el momento de dar clase; si eres tutora, son tuyos a todas horas, hasta cuando están con los específicos. Estoy harta de padres. Estoy harta de notas y de actas varias. Quiero divertirme en clase. Quiero cantar y ser la profa guay que les da un respiro de la pesada de la andereño.
Ahora, a disfrutar del verano y del solete que asoma estos días. Las notas aún no han llegado y no me pienso poner a estudiar sin saber seguro que he suspendido, pero me temo que me espera una amarga sorpresa. Me da igual. Ya (casi) todo me da igual. Voy a disfrutar de todo cuanto pueda. Estoy cansada. Necesito cargar pilas para meterme tanta caña como este año en septiembre. Estoy contenta con todo lo que he hecho, pero se ha llevado una parte de mí. Ahora, a disfrutar.
Que ya toca.
En la pelu
El otro día hice un test en Facebook que me dijo que tengo mi lado femenino muy desarrollado, así que hoy he decidido hacer algo muy de chicas y me he ido a la peluquería. Como andaban muy justos de personal y había que esperar mucho, me he entretenido leyendo revistas; he evitado la Cosmo al principio, pero luego me han sentado para que calara el tin... o sea, el baño de color (que yo canas las justas, oiga) y me han acercado la maldita revista.
Odio la Cosmopolitan. Parece mentira que sea una revista hecha por mujeres para mujeres. En la hora que habré estado leyendo, se me ha bajado la autoestima a los pies. Necesito exfoliar todo mi cuerpo (a punto he estado de copiar las recetas de los exfoliantes caseros, pero no tenía boli a mano), y empezar a usar pero ya mismo crema antienvejecimiento-antiarrugas-antiflacidez, o a estas alturas, pasarme directamente al botox. No tengo pareja, pero visto lo sorprendida que me he quedado con su artículo "sorpréndele en la cama" o similar, no sabría satisfacerle en lo más mínimo. Tengo que empezar a visitar eventos culturales para ver si pillo a maromos buenorros intelectualoides, que deben abundar en los museos y en las exposiciones de fotografía. He de hacer la dieta Atkins, o la zona, o una cuyo nombre no recuerdo pero no te permite comer más que cosas verdes. No voy a suficientes conciertos. No presto suficiente atención a la cantidad de arrugas que tiene mi ropa. No me expongo lo suficiente para cazar a un buen partido. Eso sí: sé cargar la batería del coche (el único artículo útil en toda la revista, aunque insultante, porque nosotras también podemos entender de mecánica, no va en el cromosoma Y). Pero no tengo pinzas para hacer el puente, así que necesito parar a un tío buenorro para que me las preste. La cosa es pillar cacho quieras o no.
He salido deprimida de la peluquería. Monísima con mi corte nuevo, pero deprimida. El test ese debía estar mal, porque yo de femenina tengo poco, o al menos de Chica Cosmo. No me extraña que haya bulímicas. No me extraña que haya mujeres a las que sólo les preocupe su físico. El mercado está lleno de revistas donde lo único importante parece ser acertar con el bikini que mejor te siente y cazar al mejor partido posible. Claro que, para demostrar lo bien que te puede sentar el bikini de marras, te ponen a una modelo de cuarenta y cinco kilos que no ha visto un bistec en condiciones más que en fotografías al lado de un maromo de esos que sólo salen en las revistas y llevan más maquillaje que Rociíto el día de su boda. Muy realista, vamos.
Reivindico revistas de mecánica en la peluquería. Revistas de divulgación científica, de decoración, de arquitectura. O cómics. O tebeos. Pero no más Cosmos. Por favor, peluqueros del mundo, tened compasión. Por todas las mujeres a las que no les importa no llevar tacón a trabajar. Por todas aquellas a las que no les importa pillar cacho en la gasolinera, sino echar gasolina. Porque una mujer es más que un culo y unas buenas tetas.
Porque nosotras lo valemos.
Odio la Cosmopolitan. Parece mentira que sea una revista hecha por mujeres para mujeres. En la hora que habré estado leyendo, se me ha bajado la autoestima a los pies. Necesito exfoliar todo mi cuerpo (a punto he estado de copiar las recetas de los exfoliantes caseros, pero no tenía boli a mano), y empezar a usar pero ya mismo crema antienvejecimiento-antiarrugas-antiflacidez, o a estas alturas, pasarme directamente al botox. No tengo pareja, pero visto lo sorprendida que me he quedado con su artículo "sorpréndele en la cama" o similar, no sabría satisfacerle en lo más mínimo. Tengo que empezar a visitar eventos culturales para ver si pillo a maromos buenorros intelectualoides, que deben abundar en los museos y en las exposiciones de fotografía. He de hacer la dieta Atkins, o la zona, o una cuyo nombre no recuerdo pero no te permite comer más que cosas verdes. No voy a suficientes conciertos. No presto suficiente atención a la cantidad de arrugas que tiene mi ropa. No me expongo lo suficiente para cazar a un buen partido. Eso sí: sé cargar la batería del coche (el único artículo útil en toda la revista, aunque insultante, porque nosotras también podemos entender de mecánica, no va en el cromosoma Y). Pero no tengo pinzas para hacer el puente, así que necesito parar a un tío buenorro para que me las preste. La cosa es pillar cacho quieras o no.
He salido deprimida de la peluquería. Monísima con mi corte nuevo, pero deprimida. El test ese debía estar mal, porque yo de femenina tengo poco, o al menos de Chica Cosmo. No me extraña que haya bulímicas. No me extraña que haya mujeres a las que sólo les preocupe su físico. El mercado está lleno de revistas donde lo único importante parece ser acertar con el bikini que mejor te siente y cazar al mejor partido posible. Claro que, para demostrar lo bien que te puede sentar el bikini de marras, te ponen a una modelo de cuarenta y cinco kilos que no ha visto un bistec en condiciones más que en fotografías al lado de un maromo de esos que sólo salen en las revistas y llevan más maquillaje que Rociíto el día de su boda. Muy realista, vamos.
Reivindico revistas de mecánica en la peluquería. Revistas de divulgación científica, de decoración, de arquitectura. O cómics. O tebeos. Pero no más Cosmos. Por favor, peluqueros del mundo, tened compasión. Por todas las mujeres a las que no les importa no llevar tacón a trabajar. Por todas aquellas a las que no les importa pillar cacho en la gasolinera, sino echar gasolina. Porque una mujer es más que un culo y unas buenas tetas.
Porque nosotras lo valemos.
Domingo
Domingo bochornoso, de esos que amenazan tormenta y en los que tienes que tener todas las ventanas de casa abiertas para que haga un poco de corriente. Es el primer día en meses que no tengo una lista de cosas que debo hacer; simplemente estoy llenando mi tarde con lo primero que se me ocurre, tratando de recordar qué hacía yo antes de ponerme a estudiar. El año que viene habrá menos asignaturas, no puedo seguir a este ritmo cuatro años más.
Pronto empezaré a escribir. Hoy probablemente no, pero esta semana quiero idear una rutina en la que la escritura tenga cabida. Escribiré para mí, porque ahora mismo no puedo pensar en abrirme a los demás. Escribiré ficción, porque si escribiera sobre cómo me siento no podría escribir. Quiero hacerme reír a mí misma. Quiero olvidarme de que ahí fuera la vida de algunos es una mierda.
Este blog se está convirtiendo en un diario, y yo no quería que ocurriera eso. Espero volver a incluir visiones distintas, detalles que observo, quizás algún cuento, algo que aporte algo a alguien, en lugar de un montón de sandeces que no le importan a nadie. Algún día volveré a la normalidad. Espero. Creo. Joder, no sé qué significa volver a la normalidad y, la verdad, no sé si quiero...
Gracias a todos los que seguís ahí.
Pronto empezaré a escribir. Hoy probablemente no, pero esta semana quiero idear una rutina en la que la escritura tenga cabida. Escribiré para mí, porque ahora mismo no puedo pensar en abrirme a los demás. Escribiré ficción, porque si escribiera sobre cómo me siento no podría escribir. Quiero hacerme reír a mí misma. Quiero olvidarme de que ahí fuera la vida de algunos es una mierda.
Este blog se está convirtiendo en un diario, y yo no quería que ocurriera eso. Espero volver a incluir visiones distintas, detalles que observo, quizás algún cuento, algo que aporte algo a alguien, en lugar de un montón de sandeces que no le importan a nadie. Algún día volveré a la normalidad. Espero. Creo. Joder, no sé qué significa volver a la normalidad y, la verdad, no sé si quiero...
Gracias a todos los que seguís ahí.
Recta final
El lunes empiezan los exámenes (los míos, los de los niños son todas las semanas). Tengo sustituta y me voy a pasar la semana estudiando y examinándome; cuando vuelva, quedará semana y media de curso con los monstruos y hasta finales de mes para terminar el papeleo y arreglar las clases. Ya no queda nada.
Tengo ganas de acabar. Tengo ganas de tener tiempo para mí, de aprovechar los días que parece que por fin quieren salir buenos. Quiero pasear, leer, ordenar la casa... Y quiero escribir. Nada concreto, sin aspiraciones, pero escribir, porque llevo desde abril sin hacerlo y siento el mono. Pero ahora no puedo. Ahora tengo que concentrarme en lo que importa. El lunes... El lunes hablamos con la oncóloga. Las noticias solo pueden ser buenas dentro de lo malo. Luego me examino. Adivinad cuál de las dos cosas me ha dado cagalera (perdón por la ordinariez).
Hoy toca cervecita con las amigas y desconectar de todo. El día está nublado pero aún tolera una camiseta con la cazadora por encima, al fin y al cabo esto es Vitoria y aún no estamos a cuarenta de mayo. Mañana me doy fiesta, y pienso ir a una librería a hacer una lista de títulos que quiero comprar, que tendrán que esperar a julio porque este mes les he dado una buena hostia a mis ahorros. Creo que me voy a enganchar a la saga Millenium, porque he terminado con Las chicas Gilmore y quiero tener una nueva adicción que me permita no pensar. El domingo vuelta a empezar. Y mientras, mi cabeza bulle con cosas, porque si la dejo vacía se llena de temas que prefiero no tratar, que prefiero apartar a una esquina e ignorar mientras me dejen.
El gato está dormido. Le voy a despertar.
Tengo ganas de acabar. Tengo ganas de tener tiempo para mí, de aprovechar los días que parece que por fin quieren salir buenos. Quiero pasear, leer, ordenar la casa... Y quiero escribir. Nada concreto, sin aspiraciones, pero escribir, porque llevo desde abril sin hacerlo y siento el mono. Pero ahora no puedo. Ahora tengo que concentrarme en lo que importa. El lunes... El lunes hablamos con la oncóloga. Las noticias solo pueden ser buenas dentro de lo malo. Luego me examino. Adivinad cuál de las dos cosas me ha dado cagalera (perdón por la ordinariez).
Hoy toca cervecita con las amigas y desconectar de todo. El día está nublado pero aún tolera una camiseta con la cazadora por encima, al fin y al cabo esto es Vitoria y aún no estamos a cuarenta de mayo. Mañana me doy fiesta, y pienso ir a una librería a hacer una lista de títulos que quiero comprar, que tendrán que esperar a julio porque este mes les he dado una buena hostia a mis ahorros. Creo que me voy a enganchar a la saga Millenium, porque he terminado con Las chicas Gilmore y quiero tener una nueva adicción que me permita no pensar. El domingo vuelta a empezar. Y mientras, mi cabeza bulle con cosas, porque si la dejo vacía se llena de temas que prefiero no tratar, que prefiero apartar a una esquina e ignorar mientras me dejen.
El gato está dormido. Le voy a despertar.
Caricias y mordiscos
Al gato le encanta tumbarse al sol. Se pone panza arriba y deja que le acaricie mientras se cuece bajo su manta de pelo y los rayos que entran por la ventana. Después de un rato de ronroneos, empieza a morderme la mano. Yo le dejo, hasta que me hace daño, y entonces le doy un cachete suave para que me suelte. No dura mucho; a los pocos segundos ya me ha vuelto a enganchar y me muerde de nuevo. Nuevo cachete, nuevo mordisco. Es la forma de decirnos que nos queremos.
El sol ha salido por fin. Hay más de veinticinco grados en la calle y a mí no me apetece salir de mi torreón. Fuera hay luz y calor, pero por dentro me siento helada. No estoy preparada. Hay cosas que una hija nunca debería oír sobre su padre. Van a ser unos meses muy largos y no estoy lista. No me da la gana.
El gato ronronea y me muerde. Tengo ganas de llorar.
El sol ha salido por fin. Hay más de veinticinco grados en la calle y a mí no me apetece salir de mi torreón. Fuera hay luz y calor, pero por dentro me siento helada. No estoy preparada. Hay cosas que una hija nunca debería oír sobre su padre. Van a ser unos meses muy largos y no estoy lista. No me da la gana.
El gato ronronea y me muerde. Tengo ganas de llorar.
...
...
Lo que mejor define mi estado en estos momentos. Puntos suspensivos.
Todo está en suspense. Todo espera. Hoy no me dice nada, mañana ya veremos.
...
Suspendida.
Lo que mejor define mi estado en estos momentos. Puntos suspensivos.
Todo está en suspense. Todo espera. Hoy no me dice nada, mañana ya veremos.
...
Suspendida.
Primavera
Sale el sol que tanto se ha hecho de rogar este mes. Sé que tengo que aprovecharlo, que probablemente no esté ahí mañana. El gato se tumba sobre la cama y ronronea bajo el calor. Yo me preparo para el único día de la semana en el que no me obligo a estudiar. Paseo, poteo, cena y juerga, no necesariamente en ese orden (o sí).
No escribo, pero leo y duermo y sueño e imagino. Estoy recargando baterías. También recarga baterías el lado negativo de mí misma, el que dice "¿ves cómo no eres escritora, que no necesitas correr al ordenador a plasmar esa idea y dejas que se te escape como agua en las manos?" No me importa. No es momento de escribir, sino de estudiar, de prepararme. No hay nada que no sea capaz de hacer, me repito todos los días. Necesito creérmelo.
Hoy voy a disfrutar del sol, de mis amigas, de mi gato. Hoy voy a ser yo.
No escribo, pero leo y duermo y sueño e imagino. Estoy recargando baterías. También recarga baterías el lado negativo de mí misma, el que dice "¿ves cómo no eres escritora, que no necesitas correr al ordenador a plasmar esa idea y dejas que se te escape como agua en las manos?" No me importa. No es momento de escribir, sino de estudiar, de prepararme. No hay nada que no sea capaz de hacer, me repito todos los días. Necesito creérmelo.
Hoy voy a disfrutar del sol, de mis amigas, de mi gato. Hoy voy a ser yo.
Cómo crecen
La semana pasada me encontré con algunas de mis alumnas del año pasado. Me saludaron con dos besos, como si fuéramos amigas, y hablamos apenas unos segundos. Yo no podía dejar de fijarme en sus caras; algunas llevaban aparato en los dientes, otras se habían cortado el pelo a la última moda, un par de ellas iban maquilladas. Han crecido. Ya no son mis niñitas del año pasado. Las conocí con once años y muchas de ellas ya tienen trece. Ni siquiera sabía de qué hablar con ellas. Odio eso de "qué tal van los estudios", es demasiado típico. Me hizo ilusión que me pararan para charlar conmigo. Son un grupo que nunca olvidaré.
Sé que los alumnos que tengo este año van a pasar por el mismo proceso, y que dentro de cuatro o cinco años estarán irreconocibles. Ahora son inocentes, juguetones, aunque ya muestran su personalidad -y la de algunos no es lo que se dice idílica-, pero dentro de unos años cambiarán, entrarán en la pubertad y la adolescencia y todo se irá al garete. A veces les observo y trato de imaginar cómo serán dentro de diez años, o quizás veinte. No sé lo que estoy mirando, puede que delante de mí esté el próximo lehendakari, o la médica que descubra la vacuna contra el cáncer, o un maltratador que termine matando a su mujer a cuchilladas. Tienen toda la vida por delante para hacer de ella lo que ellos quieran y lo que los demás les permitan. Franco y Hitler también fueron niños. También lo fueron Einstein y Nelson Mandela. Da miedo pensar en lo que se pueden convertir.
Sé que los alumnos que tengo este año van a pasar por el mismo proceso, y que dentro de cuatro o cinco años estarán irreconocibles. Ahora son inocentes, juguetones, aunque ya muestran su personalidad -y la de algunos no es lo que se dice idílica-, pero dentro de unos años cambiarán, entrarán en la pubertad y la adolescencia y todo se irá al garete. A veces les observo y trato de imaginar cómo serán dentro de diez años, o quizás veinte. No sé lo que estoy mirando, puede que delante de mí esté el próximo lehendakari, o la médica que descubra la vacuna contra el cáncer, o un maltratador que termine matando a su mujer a cuchilladas. Tienen toda la vida por delante para hacer de ella lo que ellos quieran y lo que los demás les permitan. Franco y Hitler también fueron niños. También lo fueron Einstein y Nelson Mandela. Da miedo pensar en lo que se pueden convertir.
Mundo interior
Tener un mundo interior rico y ameno es algo muy importante. Es fundamental pasar buenos ratos con nosotras mismas, porque al final somos las personas que más tiempo nos tenemos que aguantar. Cerrar los ojos y sentir que no nos falta de nada porque todo está en nuestro interior. Tenerlo todo al alcance de un pensamiento.
Lo malo es cuando ese mundo interior se convierte en una jaula dorada con una biblioteca inmensa y un televisor de plasma que sólo pone lo que a ti te gusta. Cuando intentas salir de esa jaula y te das cuenta de que has olvidado dónde está la puerta, o no puedes encontrar la llave que tú misma guardas. Entonces ese mundo interior se convierte en opresor, y ni todos los libros, ni todos los pensamientos, ni todas tus artimañas para quererte tal como eres funcionan. Sólo piensas en salir. Y no sabes cómo.
Por suerte, siempre hay salida. Porque es una misma la que se encierra, y, por más que cueste, somos capaces de encontrar la salida. Siempre hay salida. Aunque esté bien disimulada entre los barrotes de la jaula.
Lo malo es cuando ese mundo interior se convierte en una jaula dorada con una biblioteca inmensa y un televisor de plasma que sólo pone lo que a ti te gusta. Cuando intentas salir de esa jaula y te das cuenta de que has olvidado dónde está la puerta, o no puedes encontrar la llave que tú misma guardas. Entonces ese mundo interior se convierte en opresor, y ni todos los libros, ni todos los pensamientos, ni todas tus artimañas para quererte tal como eres funcionan. Sólo piensas en salir. Y no sabes cómo.
Por suerte, siempre hay salida. Porque es una misma la que se encierra, y, por más que cueste, somos capaces de encontrar la salida. Siempre hay salida. Aunque esté bien disimulada entre los barrotes de la jaula.
Personajes
Una buena historia es la suma de un montón de factores. Cuanto más estudio, más imposible me parece ser capaz de juntar todos esos factores en un libro o en una película. Necesitas un buen guión, unos personajes elaborados, una cultura extensa para saber aprovecharte de lo que otros hicieron antes que tú (pero sin que lo parezca, para que luego no te acusen de plagio, sólo de "influencia"). Los grandes maestros (y maestras) de la literatura consiguieron unirlo todo, no sé si a un nivel inconsciente o consciente, pero la cosa es que lo hicieron. La psicología de George Eliot. La atmósfera de Emily Brontë. El Londres de Charles Dickens (¿se nota que estoy estudiando la época victoriana?). Todos ellos aportaron algo nuevo y se aprovecharon de todo lo anterior.
A lo largo de la historia, el énfasis de una narración se ha puesto en uno u otro aspecto. Aristóteles defendía que la fábula era lo más importante, la historia, el argumento. Los personajes tenían que ser consecuentes con el principio del relato y no mutar, llegar al final sólo con su suerte cambiada, no con su personalidad. Cervantes fue, probablemente, el primero en saltarse esa norma a la torera. Sus personajes mutan, aprenden, se adaptan a las circunstancias. A partir del siglo dieciocho, las novelas dan prioridad a los personajes y lo que importa es la suerte y la redención del protagonista. Si una no consigue emocionarse con las desventuras de Jane Eyre o Huckleberry Finn es que el libro no ha conseguido su objetivo: unirnos al personaje.
Hace unos meses, a un autor de thrillers le preguntaron qué era lo más importante para él en un libro, la historia o los personajes. Él dijo, sin dudarlo, que la historia; el personaje más fascinante del mundo dormiría a todo el mundo si estuviera sentado en una cafetería tomándose un café. Obviamente, para él, que escribe libros de acción, la novela que no tenga una persecución a cien kilómetros por hora en una autopista no merecerá la pena, pero yo no puedo estar más en desacuerdo con él. No creo que yo sea la única que alguna vez se haya fijado en una persona aparentemente corriente y se ha quedado prendada por alguna cualidad. Quien es interesante, lo es hasta durmiendo, y todo su ser modifica la acción.

Últimamente me ha dado por las series "Héroes" y "Las chicas Gilmore", y todo por el actor de la fotografía, que no dudo que será bueno en lo que hace, pero les debe todo a los guionistas. Jess, de "Las Chicas Gilmore", es el típico chaval problemático que nadie quiere tener cerca, que no va a clase, que roba lo que puede. Pero también es un chaval que devora libros, al que le encanta hablar de literatura y tiene una cultura que para sí la querrían muchos. Por supuesto, se lía con la prota, que resulta ser la mejor estudiante y la niña más formal, y así puede verse su lado dulce y esas ganas que tiene de ser querido. Jess no es sólo un chico malo, es algo más. Es un personaje que yo considero complejo, porque no se desvela en un sólo capítulo.
Siguiendo a mi querido Jess (mi último crush, para qué engañarnos), encontré a Peter Petrelli en la segunda serie. "Héroes" no tiene una historia que destaque por su originalidad, pero sí tiene un elenco de personajes que llaman la atención. El poder que pueda tener cada uno es lo de menos, es lo que hacen con ese poder lo que cuenta. El japonés perdido en una rutina asfixiante que quiere ser diferente y convertirse en un héroe. El hermano pequeño que quiere probar a su familia que él es especial. El policía inseguro que sólo quiere ayudar. Cada uno utiliza lo que tiene como puede, tratando de olvidarse de una vida que es todo menos perfecta para poder echar una mano o asesinar a todo el que se ponga por delante, según el caso. Desde el primer capítulo se nos demuestra que no es oro todo lo que reluce, y que no debemos fiarnos de lo que vemos a primera vista.
Los personajes hacen la historia. Un personaje es suficiente para contar su vida. Depende de la escritora, del guionista, que ese personaje atrape la atención de los lectores o los espectadores. Pero sin personajes no hay historia. Una persecución a cien por hora no es historia. Por mucho que sean los que más libros vendan y los que más taquilla hagan.
A lo largo de la historia, el énfasis de una narración se ha puesto en uno u otro aspecto. Aristóteles defendía que la fábula era lo más importante, la historia, el argumento. Los personajes tenían que ser consecuentes con el principio del relato y no mutar, llegar al final sólo con su suerte cambiada, no con su personalidad. Cervantes fue, probablemente, el primero en saltarse esa norma a la torera. Sus personajes mutan, aprenden, se adaptan a las circunstancias. A partir del siglo dieciocho, las novelas dan prioridad a los personajes y lo que importa es la suerte y la redención del protagonista. Si una no consigue emocionarse con las desventuras de Jane Eyre o Huckleberry Finn es que el libro no ha conseguido su objetivo: unirnos al personaje.
Hace unos meses, a un autor de thrillers le preguntaron qué era lo más importante para él en un libro, la historia o los personajes. Él dijo, sin dudarlo, que la historia; el personaje más fascinante del mundo dormiría a todo el mundo si estuviera sentado en una cafetería tomándose un café. Obviamente, para él, que escribe libros de acción, la novela que no tenga una persecución a cien kilómetros por hora en una autopista no merecerá la pena, pero yo no puedo estar más en desacuerdo con él. No creo que yo sea la única que alguna vez se haya fijado en una persona aparentemente corriente y se ha quedado prendada por alguna cualidad. Quien es interesante, lo es hasta durmiendo, y todo su ser modifica la acción.

Últimamente me ha dado por las series "Héroes" y "Las chicas Gilmore", y todo por el actor de la fotografía, que no dudo que será bueno en lo que hace, pero les debe todo a los guionistas. Jess, de "Las Chicas Gilmore", es el típico chaval problemático que nadie quiere tener cerca, que no va a clase, que roba lo que puede. Pero también es un chaval que devora libros, al que le encanta hablar de literatura y tiene una cultura que para sí la querrían muchos. Por supuesto, se lía con la prota, que resulta ser la mejor estudiante y la niña más formal, y así puede verse su lado dulce y esas ganas que tiene de ser querido. Jess no es sólo un chico malo, es algo más. Es un personaje que yo considero complejo, porque no se desvela en un sólo capítulo.
Siguiendo a mi querido Jess (mi último crush, para qué engañarnos), encontré a Peter Petrelli en la segunda serie. "Héroes" no tiene una historia que destaque por su originalidad, pero sí tiene un elenco de personajes que llaman la atención. El poder que pueda tener cada uno es lo de menos, es lo que hacen con ese poder lo que cuenta. El japonés perdido en una rutina asfixiante que quiere ser diferente y convertirse en un héroe. El hermano pequeño que quiere probar a su familia que él es especial. El policía inseguro que sólo quiere ayudar. Cada uno utiliza lo que tiene como puede, tratando de olvidarse de una vida que es todo menos perfecta para poder echar una mano o asesinar a todo el que se ponga por delante, según el caso. Desde el primer capítulo se nos demuestra que no es oro todo lo que reluce, y que no debemos fiarnos de lo que vemos a primera vista.
Los personajes hacen la historia. Un personaje es suficiente para contar su vida. Depende de la escritora, del guionista, que ese personaje atrape la atención de los lectores o los espectadores. Pero sin personajes no hay historia. Una persecución a cien por hora no es historia. Por mucho que sean los que más libros vendan y los que más taquilla hagan.
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Miedo
El miedo es libre. Y el miedo a la muerte, más que ninguno.
El otro día acompañé a mi padre a la consulta con la oncóloga. No suele ser una visita que me deprima en exceso; la mayoría de las veces hay que hacer cábalas para saber quién de los presentes está enfermo y quién es solo el acompañante, los que están más graves no pasean a sus anchas por las consultas. El martes, sin embargo, vi llegar a dos monjas mayores a la consulta y supe inmediatamente cuál de las dos estaba enferma. Se sentó jadeando, le faltaba el aliento y no hacía más que toser en un pañuelo de papel. Cuando apartó el pañuelo de la boca me pareció ver esputos de sangre en él. Y en la cara de la monja no había resignación, ni valentía, ni ningún sentimiento que pudiera una esperarse en alguien con línea directa con Dios. Había miedo. Había dolor. Había ojos clavados en el suelo, muy abiertos, y los puños cerrados sobre el regazo.
Si ellas (las monjas) o ellos (los curas), que tienen la cabeza llena de las beldades de la otra vida, no pueden evitar sentirse amenazados por una enfermedad, ¿qué se espera de los demás? ¿Qué hacer con tanta palabra vacía, tanto concepto baldío? ¿Quién nos consuela, cuando no se consuelan ni ellos? Nunca he sido religiosa, pero lo que menos he entendido nunca es por qué los cristianos más creyentes lloran en los funerales. ¿No se supone que están en un mundo mejor? Si ni ellos se lo creen, ¿cómo me lo voy a creer yo? La muerte es el final. Punto. No hay más.
Si fuera religiosa, rezaría por la monja de la consulta. Como no lo soy, le mando mis mejores vibraciones, a ella y a todos los que estaban a su alrededor. Pero, sobre todo, mando vibraciones a los que me rodean, a mi padre, a mi familia, a mis amigos y amigas, porque, aunque sea poco cristiano, me importan más que los desconocidos.
Si ya digo yo que voy a ir derechita al infierno, donde está la fiesta...
El otro día acompañé a mi padre a la consulta con la oncóloga. No suele ser una visita que me deprima en exceso; la mayoría de las veces hay que hacer cábalas para saber quién de los presentes está enfermo y quién es solo el acompañante, los que están más graves no pasean a sus anchas por las consultas. El martes, sin embargo, vi llegar a dos monjas mayores a la consulta y supe inmediatamente cuál de las dos estaba enferma. Se sentó jadeando, le faltaba el aliento y no hacía más que toser en un pañuelo de papel. Cuando apartó el pañuelo de la boca me pareció ver esputos de sangre en él. Y en la cara de la monja no había resignación, ni valentía, ni ningún sentimiento que pudiera una esperarse en alguien con línea directa con Dios. Había miedo. Había dolor. Había ojos clavados en el suelo, muy abiertos, y los puños cerrados sobre el regazo.
Si ellas (las monjas) o ellos (los curas), que tienen la cabeza llena de las beldades de la otra vida, no pueden evitar sentirse amenazados por una enfermedad, ¿qué se espera de los demás? ¿Qué hacer con tanta palabra vacía, tanto concepto baldío? ¿Quién nos consuela, cuando no se consuelan ni ellos? Nunca he sido religiosa, pero lo que menos he entendido nunca es por qué los cristianos más creyentes lloran en los funerales. ¿No se supone que están en un mundo mejor? Si ni ellos se lo creen, ¿cómo me lo voy a creer yo? La muerte es el final. Punto. No hay más.
Si fuera religiosa, rezaría por la monja de la consulta. Como no lo soy, le mando mis mejores vibraciones, a ella y a todos los que estaban a su alrededor. Pero, sobre todo, mando vibraciones a los que me rodean, a mi padre, a mi familia, a mis amigos y amigas, porque, aunque sea poco cristiano, me importan más que los desconocidos.
Si ya digo yo que voy a ir derechita al infierno, donde está la fiesta...
Vacaciones
Vacaciones. Dos semanas de asueto me contemplan.
Perdonaréis que lo restriegue, pero es que lo necesitaba. Estar de vacaciones, quiero decir, no restregarlo.
Aunque que nadie crea que estoy haciendo el vago: madrugo, escribo, estudio, corro (me he puesto a régimen, ¿a que se nota?, hasta las letras me salen más delgaditas) y me encargo de los recados que nadie quiere en casa de mis padres. Eso sí, también hay tiempo para siestas, para ver "Las chicas Gilmore" en VO (gracias, Kina, por recordarme que existen, estoy enganchadísima) y releer Tomates Verdes Fritos después de haber visto la película por octava vez (y no me canso). Qué historia más bonita, madre.
Así las cosas, no me da tiempo a nada. Si no fuera porque es lo que me da de comer, tendría que dejar de trabajar para poder dedicarme a mis aficiones. Una lata, oye, sobre todo la de escribir; ya no puedo leer nada, ni ver ninguna película o serie, sin pensar "¿cómo se le habrá ocurrido esa frase?, ¿habrá modelado a ese personaje de la nada?, qué bueno, darle una adicción al café a una mujer que habla a trescientas palabras por segundo, ¿lo escribiría así en el primer borrador?". Estoy obsesionada, y yo me obsesiono con facilidad pasmosa. Esta semana no hago más que contar calorías (¿he dicho ya que estoy a dieta?) y hasta he empezado un diario donde apunto todo lo que como. Leí en algún sitio que ser consciente de lo que te metes al cuerpo te evita caer en excesos, por eso de tener que dar cuentas a alguien, aunque sea a ti misma.
Hoy, en un periódico, he visto escrito tí, con tilde. Me han dado ganas de mandar una carta al director.
Y también he hablado con una mujer que se mondaba los dientes de la dentadura postiza con un palillo mientras me decía lo guapa que estaba y lo mona que era yo de pequeñita. Joder, qué asco.
Odio los hospitales. No sé si eso lo había dicho antes. Aunque parezca completamente fuera de lugar, la mujer del mondadientes estaba en un hospital. Por eso la conexión de ideas.
Y ahora me voy a desvariar a otro lado, que ya os he dado bastante la vara. ¿No es impresionante, lo mucho que descansa la mente cuando estás de (pseudo) vacaciones? Hasta para desvariar da, oyes.
Tenían que darme más a menudo. Más vacaciones, quiero decir, no desvaríos.
No sé si me explico.
Espero que alguien me entienda.
Perdonaréis que lo restriegue, pero es que lo necesitaba. Estar de vacaciones, quiero decir, no restregarlo.
Aunque que nadie crea que estoy haciendo el vago: madrugo, escribo, estudio, corro (me he puesto a régimen, ¿a que se nota?, hasta las letras me salen más delgaditas) y me encargo de los recados que nadie quiere en casa de mis padres. Eso sí, también hay tiempo para siestas, para ver "Las chicas Gilmore" en VO (gracias, Kina, por recordarme que existen, estoy enganchadísima) y releer Tomates Verdes Fritos después de haber visto la película por octava vez (y no me canso). Qué historia más bonita, madre.
Así las cosas, no me da tiempo a nada. Si no fuera porque es lo que me da de comer, tendría que dejar de trabajar para poder dedicarme a mis aficiones. Una lata, oye, sobre todo la de escribir; ya no puedo leer nada, ni ver ninguna película o serie, sin pensar "¿cómo se le habrá ocurrido esa frase?, ¿habrá modelado a ese personaje de la nada?, qué bueno, darle una adicción al café a una mujer que habla a trescientas palabras por segundo, ¿lo escribiría así en el primer borrador?". Estoy obsesionada, y yo me obsesiono con facilidad pasmosa. Esta semana no hago más que contar calorías (¿he dicho ya que estoy a dieta?) y hasta he empezado un diario donde apunto todo lo que como. Leí en algún sitio que ser consciente de lo que te metes al cuerpo te evita caer en excesos, por eso de tener que dar cuentas a alguien, aunque sea a ti misma.
Hoy, en un periódico, he visto escrito tí, con tilde. Me han dado ganas de mandar una carta al director.
Y también he hablado con una mujer que se mondaba los dientes de la dentadura postiza con un palillo mientras me decía lo guapa que estaba y lo mona que era yo de pequeñita. Joder, qué asco.
Odio los hospitales. No sé si eso lo había dicho antes. Aunque parezca completamente fuera de lugar, la mujer del mondadientes estaba en un hospital. Por eso la conexión de ideas.
Y ahora me voy a desvariar a otro lado, que ya os he dado bastante la vara. ¿No es impresionante, lo mucho que descansa la mente cuando estás de (pseudo) vacaciones? Hasta para desvariar da, oyes.
Tenían que darme más a menudo. Más vacaciones, quiero decir, no desvaríos.
No sé si me explico.
Espero que alguien me entienda.
La profe me tiene manía

Sí. Lo reconozco. Me pasa.
Cojo manía a los niños.
No a todos, claro, y también cojo pelota a otros (no sé hasta qué punto esa expresión es correcta), pero lo hago. Hay niños que me caen mejor que otros y algunos, los menos, que me caen peor que la media. No lo puedo evitar. Y eso que lo intento.
No hay un motivo. No hay una fórmula mágica que me haga decir "uy, a este le voy a coger manía antes de octubre". Simplemente, ocurre. Como con las amistades entre los adultos, supongo. Algunas personas te caen mejor que otras, a algunos no los puedes ni ver. ¿Por qué? Tan subjetivo como intentar explicar por qué a algunos les gusta el color rojo y a otros no. O el azul, vaya, por eso de que nadie lo relacione con el color de la sangre.
Algunos de mis alumnos favoritos son buenos estudiantes, pero no todos, ni siquiera la mayoría. De hecho, me cargan un poco los marisabidillos que siempre tienen la respuesta lista y siempre tienen algo que comentar sobre cualquier -cualquier- tema que se mencione en clase. La virtud está en el punto medio, que decía Aristóteles. Estudia, sí, pero no lo restriegues, no seas pesado, cállate un ratito, guárdate el comentario sobre los artrópodos, que hasta hace un minuto ni sabías lo que eran. Espera tu turno al hablar, no creas que por levantar la mano ya tienes derecho a hacerlo, y sobre todo, sobre todo, no vengas a hacerme la pelota al final de clase, preguntándome por mi gato o qué tal el fin de semana. No creas que siempre tienes razón y aprende a callarte cuando te equivocas, no quieras tener siempre la última palabra. No seas pelma. Por favor, no seas pelma.
Se me ha ido el santo al cielo. Pelota. Manía.
Sí, también tengo pelota a ciertos niños. Tengo debilidad por los graciosillos. No los graciosillos que no dan un palo al agua, sino esos que saben dónde colocar un chiste sin resultar pesado y que entienden que hay un momento para hablar y otro para trabajar. Es difícil encontrarlos de ese pelo. Este año tengo un puñado, chicos y chicas. Me gustan. Trabajan como jabatos y me entretienen. Hacen que el día pase más rápido. Y le dicen al pesao que se calle, de vez en cuando. Yo no puedo, porque demostraría que le tengo manía. Me vienen muy bien, la verdad. Son alumnos cómodos, de los que se necesitan a puñados en una clase.
Lo curioso es que el pesao tiene unas notas excelentes. Es buen estudiante, sí, pero hay otro factor: cuando corrijo sus exámenes soy muy consciente de mi poca subjetividad, así que, por si acaso, le subo un poco la nota, porque estoy convencida de que inconscientemente se la he bajado. Tiene todo sobresalientes, el cabrón. No me extraña que sea un pesado. Lo mismo se piensa que me cae bien y todo. Menos mal que los majos también son buenos estudiantes, y que a esos no les bajo las notas por si subconscientemente se las he subido. ¿Qué mal hizo nunca que todos los alumnos de una clase sacaran sobresaliente en todo? Lo malo sería que suspendieran. Y menos estos, con la función que desempeñan haciendo callar al pesado.
Qué haría yo sin ellos.
Estrangular a alguien, seguro.
Korrika badator!
Para aquellos que me leáis de fuera de Euskadi, he aquí el vídeo musical de una de las actividades más bonitas que se hacen a favor del euskera. Es la Korrika, la carrera, un recorrido por todo Euskal Herria que se hace cada dos años en el que la gente corre para mostrar su apoyo al euskera. Mañana empieza la Korrika Txiki, la de los pequeños, a la que van todos los colegios de Vitoria; mañana me toca correr con los monstruos, y luego tendremos juegos y pasaremos la tarde en amena compañía.
Me encanta que se hagan cosas así. Me encanta que el euskera tome las calles, que los niños enarbolen carteles a favor de un idioma que nos hace diferentes y que, a su vez, queremos compartir con el mundo. Me encanta la canción de este año, marchosa, internacional, con Mohameds y Sarais, Pepes y Elviras, y, por supuesto, Nekanes y Aitores. Me encanta que la letra la haya escrito un bertsolari, un poeta de la calle, y que Betagarri le haya puesto este ritmazo.
Disfrutadla. Dejad que se os vayan los pies un poco. Y si os apetece echar una carrera, acordaos de nosotros por estas tierras. Aupa Korrika!
Me encanta que se hagan cosas así. Me encanta que el euskera tome las calles, que los niños enarbolen carteles a favor de un idioma que nos hace diferentes y que, a su vez, queremos compartir con el mundo. Me encanta la canción de este año, marchosa, internacional, con Mohameds y Sarais, Pepes y Elviras, y, por supuesto, Nekanes y Aitores. Me encanta que la letra la haya escrito un bertsolari, un poeta de la calle, y que Betagarri le haya puesto este ritmazo.
Disfrutadla. Dejad que se os vayan los pies un poco. Y si os apetece echar una carrera, acordaos de nosotros por estas tierras. Aupa Korrika!
Redes sociales


Lo reconozco. He caído en la red. En la red social, se entiende. Por si no fuera suficiente con tener dos blogs, ahora tengo un perfil en Facebook y otro en Twitter. Cada vez que enciendo el ordenador, después de mirar el correo, visitar los blogs y leer los titulares del día, me paso por mis páginas de inicio para ver si alguien ha escrito algo interesante. Que nunca lo han hecho. No es que no escriban, que lo hacen, pero lo que se dice interesante... Creo que estas herramientas no van a servir para salvarle la vida a nadie.
En Facebook tengo metidos entre mis amistades a un potrollón de primos a los que hace siglos que no veo (hablamos de más de una década) con los que ni siquiera intercambio mensajes, pero cuyas fotos curioseo y a los que felicito los cumpleaños. No tenemos nada que decirnos, porque no nos conocemos. También tengo metida a toda mi cuadrilla (cuadrilla=pandilla, que ya sé que a los que no sois vascos esto os hace mucha gracia), lo cual me parece una soberana estupidez porque les veo a menudo y no me hace falta ponerles "qué frío hace hoy", porque ya lo saben. No digo yo que a otro tipo de gente no le venga bien la paginita de marras, pero a mí, la verdad me sobra. Ahora, no pienso desapuntarme, porque es lo más "in" que hay, y yo soy "in", que a nadie le quepa ninguna duda. Quizás algún día lo use como es debido y empiece a comunicarme, en vez de tomar test tipo "qué tanto de bueno es tu español".
Al Twitter, sin embargo, no le veo mayor utilidad que la excusa de hablar solo en una sala completamente vacía. Si nadie te sigue y nadie te lee, ¿estás escribiendo? ¿Existes? ¿Estás ahí? ¿Para qué coño me he abierto una cuenta en Twitter si ni siquiera sé qué escribir en Facebook, y últimamente me cuesta horrores encontrar un tema para el blog que no haga que todos salgáis corriendo? ¿A quién coño le importa que esté a punto de cenar, que me haya lavado los dientes, que me duela la cabeza? Porque no mucho más se puede poner. Sólo a tus más allegados les va a hacer gracia, y si son allegados, ¿por qué tienes que obligarles a meterse en el ordenador para ver cómo te ha ido el día? ¿No existe el teléfono, o en su defecto -¡¡horror!!- los encuentros cara a cara? ¡Queda para echar unas cañas, leches, que es mucho más ameno y te da el aire fresco!
Pero lo peor, lo peor de todas estas redes, es que te quitan tiempo de hacer lo que realmente te interesa. Mira Jennifer Aniston, que parece que ha roto con el novio porque pasaba demasiado tiempo delante del ordenador. Mírame a mí, que hace media hora que tenía que estar escribiendo y sigo aquí, escribiendo, sí, pero no lo que me había propuesto. Paseo por Facebook, puesta al día, toma de algún test; paseo por Twitter, puesta al día, mensajito chorra al canto. Pérdida de tiempo. Y como soy una persona que termina lo que empieza, me estoy viendo enganchada a las redes sociales hasta que algún alma caritativa las desconecte y nos deje a todos colgando del hiperespacio...
Os dejo, que me voy a abrir una cuenta en Tuenti. No vaya a ser que me quede fuera de la onda de lo guay por no estar en ello.
Cenicienta y sus zapatos
Me he comprado unos zapatos de fiesta ideales, monísimos, los más bonitos que he tenido nunca. Son verdes, como el vestido con el que voy a llevarlos, altos, con tacón de aguja, y tienen toques dorados y un semilazo en el empeine que sienta ideal. Son los típicos zapatos con los que aguantas un cuarto de hora antes de ponerte las zapatillas que llevas en el bolso, vamos.
Ayer, cuando llegué a casa después de toda una tarde de compras y paseo, me los probé. Y, oh, horror, comprobé que la milimétrica diferencia que tengo entre un pie y otro (tengo el derecho un poco más pequeño que el izquierdo) era suficiente para que en el zapato me encajara perfectamente en el izquierdo y en el otro pie se me escapara. No puedo andar con ellos sin parecerme a Lina Morgan en "La tonta del bote". Hasta el gato se reía cuando me vio andar por el pasillo.
Hoy he corrido a una tienda donde venden todo tipo de remedios para zapatos, como almohadillas para que no te rocen o para acolchar el pie. Por el camino he ido pensando en qué decirle a la de la tienda. Confesar que tengo un pie más grande que el otro me parece confesar un defecto que está mejor guardado bajo llave, una de esas cosas que te llevas a la tumba, como tener seis dedos en un pie, una guarrada, vaya. Pero por otra parte necesito que alguien me diga que es normal, que a todo el mundo le pasa, o que al menos no soy el primer ser que le ha ido con semejante cuita. Somos asimétricos por definición, nadie tiene una cara completamente simétrica, por ejemplo, y es normal que un ojo esté más bajo que el otro, o que sea más grande. Tiene que haber más gente con un pie ligeramente más grande que el otro. NECESITO que haya gente con un pie más grande que el otro, porque si no voy a ser un bicho raro, y me niego a serlo más.
Y así me pasa con tantas cosas. Pequeñas comeduras de tarro que parece que sólo se te ocurren a ti. Inseguridades en ciertas situaciones de las que todos los héroes de las películas salen airosas. Nadie parece tener defectos, nadie estornuda frente a la cámara, nadie se atraganta en un restaurante lleno de gente y termina escupiendo la gamba al que tiene delante. Todo el mundo parece perfecto. Menos yo.
La tienda de arreglos estaba cerrada. Voy a tener que esperar hasta el lunes para ver a la dependienta mirándome como las vacas al tren, o alcanzándome el relleno de talón que necesito para que no se me escape el pie. Y unas almohadillas, a ver si aguanto el baile con taconazos. Que los zapatos son muy bonitos, me sientan de miedo y sería una pena desaprovecharlos.
Ayer, cuando llegué a casa después de toda una tarde de compras y paseo, me los probé. Y, oh, horror, comprobé que la milimétrica diferencia que tengo entre un pie y otro (tengo el derecho un poco más pequeño que el izquierdo) era suficiente para que en el zapato me encajara perfectamente en el izquierdo y en el otro pie se me escapara. No puedo andar con ellos sin parecerme a Lina Morgan en "La tonta del bote". Hasta el gato se reía cuando me vio andar por el pasillo.
Hoy he corrido a una tienda donde venden todo tipo de remedios para zapatos, como almohadillas para que no te rocen o para acolchar el pie. Por el camino he ido pensando en qué decirle a la de la tienda. Confesar que tengo un pie más grande que el otro me parece confesar un defecto que está mejor guardado bajo llave, una de esas cosas que te llevas a la tumba, como tener seis dedos en un pie, una guarrada, vaya. Pero por otra parte necesito que alguien me diga que es normal, que a todo el mundo le pasa, o que al menos no soy el primer ser que le ha ido con semejante cuita. Somos asimétricos por definición, nadie tiene una cara completamente simétrica, por ejemplo, y es normal que un ojo esté más bajo que el otro, o que sea más grande. Tiene que haber más gente con un pie ligeramente más grande que el otro. NECESITO que haya gente con un pie más grande que el otro, porque si no voy a ser un bicho raro, y me niego a serlo más.
Y así me pasa con tantas cosas. Pequeñas comeduras de tarro que parece que sólo se te ocurren a ti. Inseguridades en ciertas situaciones de las que todos los héroes de las películas salen airosas. Nadie parece tener defectos, nadie estornuda frente a la cámara, nadie se atraganta en un restaurante lleno de gente y termina escupiendo la gamba al que tiene delante. Todo el mundo parece perfecto. Menos yo.
La tienda de arreglos estaba cerrada. Voy a tener que esperar hasta el lunes para ver a la dependienta mirándome como las vacas al tren, o alcanzándome el relleno de talón que necesito para que no se me escape el pie. Y unas almohadillas, a ver si aguanto el baile con taconazos. Que los zapatos son muy bonitos, me sientan de miedo y sería una pena desaprovecharlos.
De niños
Qué suerte tengo de tener mi trabajo. No hay día que no me ría, día que no descubra algo o escuche algún comentario que me haga pensar. Los niños son una máquina de ideas que no hay que encender ni preinstalar, vienen conectados de fábrica, y cualquier chispa les hace saltar.
Me asombra sobre todo la permeabilidad de algunos con los idiomas. Los peques de segundo disfrutan como los enanos que son con las clases de inglés y tratan de utilizar pequeñas expresiones que van aprendiendo. Algunos son incapaces de responder a "what's the weather like today?" mientras les señalo por la ventana (lo llevan escuchando desde los tres años, pero aún no lo entienden), y otros comprenden a la primera que "a river has got water" tiene algo que ver con un río y el agua que lleva, todo a partir de un dibujo esquemático en la pizarra. Impresionante.
Ayer les enseñé nuevo vocabulario. Les mostré el dibujo de una bufanda, perfectamente consciente de que ninguno sabía la palabra en inglés y esperando solo el reconocimiento de la prenda. Una cría me soltó un bufand! que me dejó de piedra. Ya entiende el mecanismo. Ya es capaz de crear palabras en inglés. Alguna vez terminará acertando.
Por no hablar de los colombianos que llegaron en septiembre y ya hablan euskera como si hubieran nacido aquí (bueno, vale, igual no tanto, pero de verdad que da miedo escucharles de lo bien que lo hablan). El otro día uno se me acercó y, muy serio, me dijo: "¿Usted eres de Estados Unidos?" Ya no es que tengan que lidiar con tres idiomas, sino que tienen que cambiar el registro del que ya conocían.
Tengo clarísimo que no quiero tener hijos. Sería una madre de esas que se pasan todo el día diciéndole al mundo lo maravilloso que es su niño y que no hay ninguno más listo, más guapo y más majo que él. Nunca sería como los padres de mi clase, a quienes les mandas una nota porque al niño se le han olvidado los deberes en casa y vienen a hablar contigo por si su rendimiento escolar está bajando, que ya estamos encima pero es que no hacemos carrera, si tenemos que castigarle nos dices, ya lloró ayer por la nota, ya... Hasta te hacen sentir culpable y te obligan a pasarte diez minutos asegurándoles que un despiste lo tiene cualquiera, que el chaval es fantástico y saca unas notas fenomenales, que sólo le he llamado la atención para que no se repita y porque lo hago con todos, porque él en realidad no se merecía un reproche. Y te quedas pensando en las historias que cuenta la gente de padres que no se preocupan por sus hijos y que no vienen a las reuniones con los maestros, y te preguntas si realmente existen, y entonces te acuerdas de ese chaval de tu clase que nunca trae las notas firmadas y lleva dos semanas con la misma camiseta y pega los mocos debajo de la mesa.
Me enrollo. Me pierdo. Estoy cansada y me duele la cabeza. Mañana vuelvo al tajo, a ver qué más descubro. De entrada, les he encargado buscarme refranes en euskera. Voy a aprender un montón.
Qué suerte tengo de que me guste mi trabajo. Y menos mal.
Me asombra sobre todo la permeabilidad de algunos con los idiomas. Los peques de segundo disfrutan como los enanos que son con las clases de inglés y tratan de utilizar pequeñas expresiones que van aprendiendo. Algunos son incapaces de responder a "what's the weather like today?" mientras les señalo por la ventana (lo llevan escuchando desde los tres años, pero aún no lo entienden), y otros comprenden a la primera que "a river has got water" tiene algo que ver con un río y el agua que lleva, todo a partir de un dibujo esquemático en la pizarra. Impresionante.
Ayer les enseñé nuevo vocabulario. Les mostré el dibujo de una bufanda, perfectamente consciente de que ninguno sabía la palabra en inglés y esperando solo el reconocimiento de la prenda. Una cría me soltó un bufand! que me dejó de piedra. Ya entiende el mecanismo. Ya es capaz de crear palabras en inglés. Alguna vez terminará acertando.
Por no hablar de los colombianos que llegaron en septiembre y ya hablan euskera como si hubieran nacido aquí (bueno, vale, igual no tanto, pero de verdad que da miedo escucharles de lo bien que lo hablan). El otro día uno se me acercó y, muy serio, me dijo: "¿Usted eres de Estados Unidos?" Ya no es que tengan que lidiar con tres idiomas, sino que tienen que cambiar el registro del que ya conocían.
Tengo clarísimo que no quiero tener hijos. Sería una madre de esas que se pasan todo el día diciéndole al mundo lo maravilloso que es su niño y que no hay ninguno más listo, más guapo y más majo que él. Nunca sería como los padres de mi clase, a quienes les mandas una nota porque al niño se le han olvidado los deberes en casa y vienen a hablar contigo por si su rendimiento escolar está bajando, que ya estamos encima pero es que no hacemos carrera, si tenemos que castigarle nos dices, ya lloró ayer por la nota, ya... Hasta te hacen sentir culpable y te obligan a pasarte diez minutos asegurándoles que un despiste lo tiene cualquiera, que el chaval es fantástico y saca unas notas fenomenales, que sólo le he llamado la atención para que no se repita y porque lo hago con todos, porque él en realidad no se merecía un reproche. Y te quedas pensando en las historias que cuenta la gente de padres que no se preocupan por sus hijos y que no vienen a las reuniones con los maestros, y te preguntas si realmente existen, y entonces te acuerdas de ese chaval de tu clase que nunca trae las notas firmadas y lleva dos semanas con la misma camiseta y pega los mocos debajo de la mesa.
Me enrollo. Me pierdo. Estoy cansada y me duele la cabeza. Mañana vuelvo al tajo, a ver qué más descubro. De entrada, les he encargado buscarme refranes en euskera. Voy a aprender un montón.
Qué suerte tengo de que me guste mi trabajo. Y menos mal.
Domingo

Seguro que si todos los días fueran de fiesta al final terminaría hasta el moño de vacaciones, pero ahora no puedo pensar en otra cosa que no sea "qué suerte tienen los jubilados, coño". Cómo me gustan los domingos. Cómo me gusta tener todo un día para hacer lo que a mí me dé la gana.
Pero va cayendo la tarde, y yo no tengo ganas de hacer nada. He intentado estudiar, pero después de pasarme media hora marcando las páginas que tengo que leer en literatura inglesa, me he agobiado y lo he dejado. Ahí están los libros, por si me apetece volver. Lo dudo. Van a coger polvo, los pobres.
Mil y una ideas me rondan la cabeza, pero no puedo escribirlas hasta que no termine el proyecto que tengo entre manos. Apunto frases rápidas en papeles aquí y allá, y los meto en el sobre de las ideas que cada día está más lleno. Me siento creativa, aunque solo escribo una hora al día. Pero el resto del tiempo lo paso pensando en lo que estoy haciendo, o en lo que haré más tarde, y cuando por fin me siento ante el ordenador, las palabras tienen más poder que el día anterior y fluyen con soltura. Acerté al cambiar mi aproximación a la escritura, quizás consiga terminar algo que no me haga querer vomitar. No cantemos victoria todavía. Pasito a paso.
Intentémoslo otra vez. Vuelvo con la universalidad e individualidad del tiempo y el espacio y su simbología cervantina. Media horita. Y luego quizás me permita escribir algo.
La crisis tiene la culpa de todo
Hoy estábamos hablando de la fotosíntesis de las plantas. Un niño me ha preguntado que por qué los árboles pierden las hojas en invierno, si son tan necesarias, y yo le he hablado de optimización de recursos.
-Hay menos luz, menos elementos disponibles para fabricar su alimento, y los árboles deciden perder sus hojas para mantenerse vivos y no malgastar. Igual que los osos hibernan, o los humanos nos ponemos morados de dulces y frutos secos en invierno.
Y entonces D. ha añadido.
-Claro, y por eso en invierno hay crisis, y la gente ahorra, y todo eso.
Sé que está mal, pero no he podido evitar reírme.
-Hay menos luz, menos elementos disponibles para fabricar su alimento, y los árboles deciden perder sus hojas para mantenerse vivos y no malgastar. Igual que los osos hibernan, o los humanos nos ponemos morados de dulces y frutos secos en invierno.
Y entonces D. ha añadido.
-Claro, y por eso en invierno hay crisis, y la gente ahorra, y todo eso.
Sé que está mal, pero no he podido evitar reírme.
Un hombre normal
Carlos va a trabajar en bicicleta. No tiene coche, ni lo quiere, total para qué; la bicicleta le obliga a hacer ejercicio y, si llueve, coge el autobús. A veces lleva el MP4 que le regalaron sus sobrinos, cansados de verle pasear el walkman de quince años que cargaba antes. Escucha a Van Morrison y los Rolling Stones, a veces a Mecano, pero poco, porque no le gusta entender lo que dicen las canciones, menos aún cuando incluyen estribillos como "y tú contestastes que no". Los Beatles le cansaron hace ya unos años, aunque no le molesta encontrarlos en la radio. Hace tiempo compró un disco de Pink Floyd. Lo escuchó una vez antes de regalarlo.
Carlos tiene cincuenta años, aparenta cuarenta y algunos días se siente centenario. Cree que sus alumnos de literatura son unos parásitos sociales que estarían mejor trabajando en algo útil en lugar de calentar una silla seis horas al día. Sus alumnos de literatura piensan más o menos lo mismo de él, solo que no le llaman parásito social, sino "el pesao del Carlos". A veces a Carlos le gustaría ser aparejador, o tornero, o minero, pero sabe que él solo vale para pensar, que no duraría dos días. A veces le cuesta levantarse de la cama. Pero la mayoría de los días, sobre todo en fin de semana, no.
A veces Carlos disfruta siendo él mismo. A veces.
Carlos tiene cincuenta años, aparenta cuarenta y algunos días se siente centenario. Cree que sus alumnos de literatura son unos parásitos sociales que estarían mejor trabajando en algo útil en lugar de calentar una silla seis horas al día. Sus alumnos de literatura piensan más o menos lo mismo de él, solo que no le llaman parásito social, sino "el pesao del Carlos". A veces a Carlos le gustaría ser aparejador, o tornero, o minero, pero sabe que él solo vale para pensar, que no duraría dos días. A veces le cuesta levantarse de la cama. Pero la mayoría de los días, sobre todo en fin de semana, no.
A veces Carlos disfruta siendo él mismo. A veces.
8 de marzo
Felicidades a todas las mujeres, porque para mí todas son trabajadoras. Felicidades a las que trabajan dentro y fuera de casa, a las que cuidan enfermos, a las que son solteras, a las que no son madres, a las lesbianas, a las heteros, a las bisexuales, a las que no pueden tener hijos, a las que no los quieren, a las que se cruzan de acera cuando un tío las sigue por la calle, a las que cobran menos que sus compañeros, a las que nunca les dejarán ser jefas, a las empleadas del hogar, a sus jefas y, en general, a toda aquella que se sienta o se crea mujer.
Felicidades, chicas. Y a seguir luchando.
Felicidades, chicas. Y a seguir luchando.
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8 de marzo,
día de la mujer trabajadora,
mujeres
El junquillo de Snape
He caído en la red. En la red de Facebook, quiero decir. Todavía no he picado con Twitter, ni Tuenti, ni cosas de estas, pero todo se andará. De momento, me entretengo con el Facebook.
Una de las cosas que primero hice cuando entré fue hacerme admiradora de Alan Rickman, por supuesto. Aunque el grupo tiene su foto en primera plana y hay uno que escribe que se llama "Alan Rickman", empiezo a sospechar que no es el verdadero y que las veinte mil y pico personas que le admiramos estamos en realidad admirando a un becerro de oro, pero eso es harina de otro costal. Ayer me llegó un mensaje del grupo, en inglés, francés y castellano. Leí por encima en la versión inglesa algo sobre la fundación de un club de fans europeo y no sé qué de una donación. Yo, que soy vasca y atea pero podría haber sido catalana y devota de la Virgen del Puño perfectamente, desconecté cuando vi la palabra "donación" y empecé a echar un vistazo a las traducciones en francés y castellano, tarea harto inútil porque no hablo ni pimienta de francés. Pero en la de castellano, que parecía hecha por un sudamericano por los términos tan curiosos que había, me llamó la atención una frase al final:
"Quien haga la donación más grande, se llevará una réplica del junquillo de Snape".
¿Junquillo?, pensé yo en mi desesperación. ¿Me está diciendo que Snape la tiene pequeña? En ninguna de las entrevistas que yo he leído de J.K. Rowling se asevera una cosa así, pero igual se me ha escapado algo.
Y entonces volé con el ratón a la versión inglesa, pensando en cuánto sería una donación decente para conseguir el junquillo de Snape, o sea, de Alan Rickman, y leí el último párrafo con el corazón en un puño: a replica of the WAND of Severus Snape. Wand. Varita. Nada de junquillos.
Ya me veía yo con el junquillo de Snape en una vitrina... Mi gozo en un pozo, oye.
Una de las cosas que primero hice cuando entré fue hacerme admiradora de Alan Rickman, por supuesto. Aunque el grupo tiene su foto en primera plana y hay uno que escribe que se llama "Alan Rickman", empiezo a sospechar que no es el verdadero y que las veinte mil y pico personas que le admiramos estamos en realidad admirando a un becerro de oro, pero eso es harina de otro costal. Ayer me llegó un mensaje del grupo, en inglés, francés y castellano. Leí por encima en la versión inglesa algo sobre la fundación de un club de fans europeo y no sé qué de una donación. Yo, que soy vasca y atea pero podría haber sido catalana y devota de la Virgen del Puño perfectamente, desconecté cuando vi la palabra "donación" y empecé a echar un vistazo a las traducciones en francés y castellano, tarea harto inútil porque no hablo ni pimienta de francés. Pero en la de castellano, que parecía hecha por un sudamericano por los términos tan curiosos que había, me llamó la atención una frase al final:
"Quien haga la donación más grande, se llevará una réplica del junquillo de Snape".
¿Junquillo?, pensé yo en mi desesperación. ¿Me está diciendo que Snape la tiene pequeña? En ninguna de las entrevistas que yo he leído de J.K. Rowling se asevera una cosa así, pero igual se me ha escapado algo.
Y entonces volé con el ratón a la versión inglesa, pensando en cuánto sería una donación decente para conseguir el junquillo de Snape, o sea, de Alan Rickman, y leí el último párrafo con el corazón en un puño: a replica of the WAND of Severus Snape. Wand. Varita. Nada de junquillos.
Ya me veía yo con el junquillo de Snape en una vitrina... Mi gozo en un pozo, oye.
Día internacional de la mujer trabajadora

No me gusta que haya un día internacional de la mujer trabajadora. Me recuerda a esos días que tan de moda se han puesto: día internacional contra el cambio climático, día del cáncer infantil, día del libro, día del escritor, día de la paz... Es como si el resto de los días del año tuviéramos excusa para no pensar en ello, pero ese día hay que tenerlo en mente. No creo que un padre cuyo hijo tenga cáncer olvide el tema 364 días al año. No creo que un escritor se acuerde siquiera de que tiene un día (y mucho menos que le importe). No creo que las mujeres seamos más trabajadoras el ocho de marzo, y menos este año, que cae en domingo. ¿Y lo de trabajadora? ¿Conocéis a alguna mujer que no trabaje?
Lo único bueno que le veo yo a señalar un día para nosotras en el calendario es para tener una excusa y hacer piña. Corporativismo femenino, que ya toca. Nada de esperar a que los compañeros de trabajo nos saquen un café de máquina o traigan pastas a la oficina, no: las pastas las ponemos nosotras, para nosotras y por nosotras. Debemos querernos un poco más las unas a las otras, ser un poco menos arpías, dejar de jugar el juego que nos dictaron los hombres (algunos hombres, no todos, y por suerte la gran mayoría ya extintos) hace miles de años. Nos toca cuidarnos, a nosotras mismas y a las compañeras. Simone de Beauvoir se preguntaba por qué las mujeres blancas se identificaban antes con un hombre blanco que con una mujer negra, cuando ambos hombres tenían siempre el consuelo de que, al menos, estaban por encima de sus mujeres. Siempre les hemos prestado más atención a ellos que a ellas. Competición, supongo, y muchos miles de años tragándonos el cuento de que sin los hombres no éramos nada. Hasta se les hizo creer a las mujeres de la Edad Media que, en un embarazo, su única labor era dar cabida a la semilla del hombre, que se desarrollaba sin ninguna participación femenina. Por eso las herencias eran de hombre a hombre, porque la mujer, en realidad, no tenía hijos, eran solo del macho. Nos fue negada hasta la maternidad. El colmo.
Unámonos, mujeres del mundo, no contra los hombres, sino a favor de nosotras mismas. Apoyémonos más, querámonos más, no nos pongamos zancadillas, que bastante nos pone el mundo ya. Quizás en un futuro el día de la mujer desaparezca porque todos los días serán nuestros, pero no llegaremos a ello si esperamos a que sean ellos los que nos tiendan la mano. Tenemos que ser nosotras las que miremos hacia atrás y demos un tirón a las que nos siguen. Porque entonces, y solo entonces, terminará el machismo, cuando los hombres no puedan meterse con una mujer sin que cientos le salten al cuello. Cuando todas estemos unidas y valoremos lo que realmente es ser mujer.
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Domingo
Domingo, uno de marzo. Electoral, encima. Y el cumpleaños de mi madre. Día completito, vamos.
Volvemos a la rutina lentamente. Las mañanas de los fines de semana para escribir y las tardes para estudiar. Al mediodía, votamos y comemos. A la noche, leemos, porque odio la programación de la tele. Me pregunto por qué hablaré de mi misma en primera persona del plural. Vaya ego tenemos, afirmo.
Después de un mes de no escribir una palabra, la semana pasada se me ocurrió releer lo que había escrito antes de que empezara la vorágine de los exámenes. No debí haberlo hecho, o sí, quizás debería haberlo hecho antes: quise llorar. Y no era el Monstruo el que lloraba, sino mi crítica interior, la que me suele tratar bien. No lo reconocí como mío. Me negaba a admitir que yo pudiera escribir tan mal. Nunca, jamás, en la vida, me había gustado tan poco algo escrito anteriormente. Me ha pasado, como a muchos (espero), que algo que al principio me pareció maravilloso no me lo pareciera tanto al repasarlo, pero tanto como para querer dejarlo todo y dedicarme a hacer encaje de bolillos en lugar de escribir, nunca. Hasta la semana pasada.
Así que he empezado de cero, porque me he dado cuenta de que el problema está en los cimientos: no tiene. No sé de qué pie cojea cada personaje, qué le pica a cada uno en cada momento, qué relación van a tener en el futuro, en qué punto van a cambiar... Y me está pasando algo muy curioso, y es que, cuando pienso en los personajes interactuando, veo las escenas como quien ve una película. No veo el principio, y luego la siguiente escena, y luego la tercera, sino que son escenas sueltas, imágenes perfectas sobre la relación de los personajes. Así que creo que voy a probar una nueva técnica (nueva para mí, claro está) y tratar de escribir la historia mediante escenas sueltas que luego uniré, a ver si así no me odio tanto y puedo seguir haciendo lo que más me gusta.
Porque, la verdad, sería una gran putada no poder seguir escribiendo después de tantos años de hacerlo. Si lo pienso, no he parado de escribir desde que aprendí a poner lápiz sobre papel. Luego vinieron el boli, la máquina de escribir y por fin el bendito ordenador, pero yo siempre escribí, fuera como fuera. Y no quiero dejar de hacerlo. Pero dejaré de hacerlo si veo que no voy a ninguna parte, porque tampoco es cuestión de desperdiciar tiempo y esfuerzo en algo que nunca será bueno. Así que tiene que ser bueno. Tengo que hacerlo bueno.
Por narices.
Volvemos a la rutina lentamente. Las mañanas de los fines de semana para escribir y las tardes para estudiar. Al mediodía, votamos y comemos. A la noche, leemos, porque odio la programación de la tele. Me pregunto por qué hablaré de mi misma en primera persona del plural. Vaya ego tenemos, afirmo.
Después de un mes de no escribir una palabra, la semana pasada se me ocurrió releer lo que había escrito antes de que empezara la vorágine de los exámenes. No debí haberlo hecho, o sí, quizás debería haberlo hecho antes: quise llorar. Y no era el Monstruo el que lloraba, sino mi crítica interior, la que me suele tratar bien. No lo reconocí como mío. Me negaba a admitir que yo pudiera escribir tan mal. Nunca, jamás, en la vida, me había gustado tan poco algo escrito anteriormente. Me ha pasado, como a muchos (espero), que algo que al principio me pareció maravilloso no me lo pareciera tanto al repasarlo, pero tanto como para querer dejarlo todo y dedicarme a hacer encaje de bolillos en lugar de escribir, nunca. Hasta la semana pasada.
Así que he empezado de cero, porque me he dado cuenta de que el problema está en los cimientos: no tiene. No sé de qué pie cojea cada personaje, qué le pica a cada uno en cada momento, qué relación van a tener en el futuro, en qué punto van a cambiar... Y me está pasando algo muy curioso, y es que, cuando pienso en los personajes interactuando, veo las escenas como quien ve una película. No veo el principio, y luego la siguiente escena, y luego la tercera, sino que son escenas sueltas, imágenes perfectas sobre la relación de los personajes. Así que creo que voy a probar una nueva técnica (nueva para mí, claro está) y tratar de escribir la historia mediante escenas sueltas que luego uniré, a ver si así no me odio tanto y puedo seguir haciendo lo que más me gusta.
Porque, la verdad, sería una gran putada no poder seguir escribiendo después de tantos años de hacerlo. Si lo pienso, no he parado de escribir desde que aprendí a poner lápiz sobre papel. Luego vinieron el boli, la máquina de escribir y por fin el bendito ordenador, pero yo siempre escribí, fuera como fuera. Y no quiero dejar de hacerlo. Pero dejaré de hacerlo si veo que no voy a ninguna parte, porque tampoco es cuestión de desperdiciar tiempo y esfuerzo en algo que nunca será bueno. Así que tiene que ser bueno. Tengo que hacerlo bueno.
Por narices.
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