Cosas que una recuerda

Debíamos estar en sexto, porque nuestro profesor era Jordán, pero no éramos tan mayores como para estar en octavo y aún guardábamos algo de la ingenuidad de los diez años. Debía ser la clase de euskera, porque recuerdo las respuestas en euskera, pero no recuerdo exactamente la pregunta. Quién es tu mejor amigo, debió ser, nor da zure lagun hoberena, pero entonces no sé por qué Izaskun se confundió con quién es tu amigo más grande, porque hoberena es mejor, no grande. La cosa es que ella contestó que Iñaki, porque era el más alto de la clase, y todos nos quedamos un poco extrañados. Nunca supe quién era la mejor amiga de Izaskun. Cuando éramos pequeñas, en primero o así, era yo, pero luego crecimos. Y ya no lo fuimos más.

Es curioso lo que la mente recuerda, y por qué lo recuerda. Recuerdo la ronda que hicimos, y recuerdo lo atenta que yo estaba a las respuestas. Luis dijo que Aitor era su mejor amigo, y Aitor dijo Luis. Pero antes de eso, Andoni dijo Aitor y Unai dijo Luis, y a mí me dieron hasta pena, como quien ve a alguien intentando ligar con una que ya tiene novio. Luis y Aitor eran Pin y Pon, Zipi y Zape, Pepe Gotera y Otilio. A quién se le ocurre meterse en medio. Tenían que haberlo sabido.

Cuando llego mi turno, no dudé, dije Sonia sin mirar a nadie, pero nadie se extrañó, porque Sonia y yo éramos Pili y Mili, sal y pimienta, arroz con tomate. Pasaron varias personas más y le llegó el turno a Sonia, y me recuerdo pensando “por favor, que no diga Ainhoa, que no diga Ainhoa, que no diga Ainhoa”, en un ataque de celos injustificado porque Sonia dijo Ruth casi sin pensarlo, sin darle importancia, con un tono de “joder, vaya pregunta más tonta, si todo el mundo lo sabe ya”. Y yo me recuerdo dejando escapar el aire, respirando profundamente y sonriendo, porque nadie más había dicho Ruth pero sí había más gente que había dicho Sonia, pero Sonia había dicho Ruth. Y lo demás no importaba. Ni siquiera recuerdo si alguien dijo Nagore, con el asco que le tenía yo a esa chavala, pero sé que Nagore dijo Nélida, porque era muy guapa y les gustaba a todos los chicos (Nélida, no Nagore). No sé qué dijo Ainhoa. No sé qué dijo Maider. Yo estaba demasiado preocupada con lo mío.

Qué cosas vienen a la mente de vez en cuando. Qué cosas.

28 de marzo de 1941


Un día como hoy, hace 69 años, Virginia Woolf se llenó los bolsillos de su ropa de piedras y se ahogó en el río que pasaba cerca de su casa, en Sussex. Sus restos se encontraron semanas más tarde, el 21 de abril, y sus cenizas se esparcieron en el jardín de su casa. Virginia dejó una nota para su marido que incluyo en inglés, con mi torpe traducción debajo:

Dearest, I feel certain I am going mad again. I feel we can't go through another of those terrible times. And I shan't recover this time. I begin to hear voices, and I can't concentrate. So I am doing what seems the best thing to do. You have given me the greatest possible happiness. You have been in every way all that anyone could be. I don't think two people could have been happier till this terrible disease came. I can't fight any longer. I know that I am spoiling your life, that without me you could work. And you will I know. You see I can't even write this properly. I can't read. What I want to say is I owe all the happiness of my life to you. You have been entirely patient with me and incredibly good. I want to say that - everybody knows it. If anybody could have saved me it would have been you. Everything has gone from me but the certainty of your goodness. I can't go on spoiling your life any longer.

I don't think two people could have been happier than we have been.

V.'



Querido:

Estoy segura de que me estoy volviendo loca otra vez. Siento que no podemos volver a pasar por uno de esos terribles momentos. Y no me recuperaré esta vez. Empiezo a oír voces, y no me puedo concentrar. Así que hago lo que creo que es mejor. Me has dado la mayor felicidad posible. Has sido en todos los aspectos más de lo que nadie podría haber sido. No creo que dos personas pudieran haber sido más felices hasta que llegó esta terrible enfermedad. No puedo luchar más. Sé que estoy arruinando tu vida, que sin mí podrías trabajar. Y lo harás, lo sé. Ves, ni siquiera puedo escribir esto bien. No puedo leer. Lo que quiero decir es que te debo toda la felicidad de mi vida. Has sido absolutamente paciente conmigo e increíblemente bueno. Quiero decir que todo el mundo lo sabe. Si alguien pudiera haberme salvado, habrías sido tú. Todo se ha ido de mí, menos la certeza de tu bondad. No puedo seguir arruinando tu vida por más tiempo.

No creo que dos personas pudieran haber sido más felices que nosotros.

V.



Virginia Woolf sufría de lo que hoy llamamos transtorno bipolar, o eso se cree tras analizar sus diarios y sus cartas personales. Lo más seguro es que nunca sepamos qué le pasaba realmente, por qué sufría esos ataques de euforia y después de depresión, porque los mal llamados psicólogos de la época se limitaban a recetarle "curas de reposo": meterla en un sanatorio mental, aislarla de todo y todos y obligarla a comer como un cerdo. Ella, admiradora de Freud y del psicoanálisis, no se fiaba de la nueva técnica, que, paradojas de la vida, podría haberla salvado. Está probado que sufrió abusos sexuales por parte de su medio hermano, que su padre era un tirano y que su madre murió cuando sólo era una niña. Hoy en día, su enfermedad se habría podido tratar y no habría sucumbido a la locura, como ella dice en su carta.

Según varios escritores de su época, Virginia era el alma de la sociedad literata en el Londres de finales del XIX, principios del XX. Todo el que quería ser alguien, el que aspiraba a escribir, tenía que pasar por su casa de Bloomsbury y conocerla, a ella y al resto de increíbles genios que se juntaban en la casa de la familia Stephen. No me puedo imaginar lo que debían ser aquellos coloquios que duraban hasta bien entrada la madrugada, con T.S. Elliot, James Joyce y compañía tratando de aclarar qué era el arte, qué era la literatura. Con razón se convirtió Virginia en lo que se convirtió. Absorbió todo lo que su entorno pudo darle y se transformó ella misma en artista.

De Virginia Woolf se han dicho muchas cosas, algunas falsas, otras con fundado conocimiento. Tras leer la nota de suicidio, a mí no me queda ninguna duda de que quería mucho a su marido, pero todavía hay voces que la tachan de lesbiana. Teniendo en cuenta que todas las feministas de la época tenían que ser lesbianas sí o sí (patriarcado británico dixit), no es extraño que el rumor se extendiera entonces, pero parece raro que aún se mantenga. No creo que su sexualidad importe lo más mínimo, todo sea dicho. Ella era un genio, una artista, quisiera a quien quisiera. Su A Room of One's Own se ha convertido en el único ensayo que he leído dos veces; Mrs Dalloway, aunque obviamente influenciada por James Joyce, abre la mente a nuevas maneras de contar las cosas, a nuevas formas de ver la vida. No todo el mundo puede hacer algo así. Sólo los grandes pueden.

Hoy hace 69 años que el mundo perdió una de sus estrellas más brillantes. El 28 de marzo queda, pues, grabado en mi mente como uno de los días más tristes de la historia de la humanidad.

Momentos

La vida está hecha de pequeños momentos sin los cuales no merecía la pena vivirla. A veces tardamos meses en darnos cuenta de uno; hay días, sin embargo, en los que los puedes contar a pares.

Una niña de seis años se acerca a mí para que le corrija el ejercicio del libro de inglés. Le dibujo su carita sonriente en el libro -nunca menospreciéis el valor de un garabato- y ella sonríe, pero no se va. Abre la boca, duda un momento, y al final me dice con un tono de voz apenas audible: "¿Sabes? Hoy es el cumpleaños de mi aita". Sonrío y le digo que le dé un tirón de orejas de mi parte. Toda contenta, vuelve a su silla. Sé que le he alegrado el día, pero no tengo muy claro cómo.

Llueve y hace viento. Mi paraguas comprado en un bazar chino se desintegra por momentos. Se suelta la tela de una varilla, la otra se dobla para el lado que no es, y de repente me encuentro haciendo malabares para poder utilizar el trocito de paraguas que aún queda intacto. De frente viene un chico algo más joven que yo. Su paraguas tiene incluso peor aspecto que el mío. Me mira, sonríe y se encoge de hombros. Yo sonrío también, es más, suelto una pequeña carcajada. Y, sin saber cómo, ese pequeño gesto me ha dejado sonriendo toda la tarde.

Son momentos, son instantes, son tonterías, pero animo a cualquiera a seguir adelante sin ellos. No se puede. Es imposible.

Cosas de cine y un sábado tranquilo.


Creo que me van a quitar el carné de gafapasta: he visto Blade Runner y no me ha gustado. Aparte de que sabía cómo iba a acabar en el minuto diez de la película, no podía dejar de reírme por la visión futurista de la historia. Sí, mucho coche volador y mucha cabina telefónica con videoconferencia, pero no fueron capaces de "inventar" el móvil, internet o los periódicos digitales. Y parece ser que en 2019, Los Ángeles va a estar lleno de chinos. Qué cosas, oye.


Sandra Bullock se ha separado de su marido. Mecachis... Con lo que me gusta a mí esta chica y lo majo que me parecía su Jesse James (no me digáis que no es el nombre ideal para un mecánico de coches, por muy televisivo que sea). Pues ahora resulta que el tonto del culo se ha liado con una modelo, o eso dicen. Y la Bullock, como cabía esperar, le ha mandado a la mierda; bueno, más bien se ha ido ella. Ya me pareció a mí raro que no diera un morreo a su maridín cuando recogió el Oscar, con lo enamoradísima que estaba al principio. Yo de mayor quiero ser Sandra Bullock. Monísima, majísima y graciosísima. Estupendísima de la muerte.


Hay como cinco nuevas películas de Alan Rickman que todavía no he visto. Si a esas les sumamos todas las viejas que no consigo encontrar porque son demasiado raras, podría pasarme un mes viendo una película suya al día. Ay. Suspiro.


No he visto la última de Hugh Grant. No me gusta cuando participa en comedias americanas, prefiero las inglesas, aunque Sarah Jessica Parker me es simpática. Intenté verle una vez en una de Woody Allen y la tuve que quitar. "Two weeks notice" sí mola, pero ahí el mérito es de Sandra. Si es que ya digo yo, que la Bullock es mucha Bullock. Que sí, que sí, que merece la pena. De hecho, creo que me la voy a volver a ver esta tarde. Eso, o estudio alemán.



(saltad al minuto 4:38 para mi escena favorita)

Vamos, que voy a ver una película.

19 de marzo

Hoy es el día del padre.

Nunca he celebrado esta fecha. Nunca le regalé nada a mi padre en este día. Se llamaba José Ignacio, así que hoy, además del día del padre, era su santo. Muchos años nos tenía que recordar el día que era. Muchas veces le miraba y le decía "y qué". No creo en fechas señaladas.

Curiosamente, hoy le voy a echar más de menos que nunca. Qué cosas tiene la vida.

Demasiadas horas

El otro día me dio por sentarme y pensar (sí, no lo hago a menudo porque en algún sitio he leído que tiene efectos secundarios, como tener ideas, y eso está muy mal visto). Cogí boli y papel y me hice un croquis de las horas que dedico a mis aficiones, siendo realista y sin contar "dormir" como afición, sino como necesidad biológica. Me salieron más horas dedicadas a mis hobbies que las que dedico a trabajar.

Eso quiere decir una de dos cosas: que trabajo poco o que tengo demasiadas aficiones.

Va a ser la tercera opción: ambas dos, que diría algún sabio.

Soy profesora. Tengo tiempo libre. No soy de las que se llevan exámenes para corregir a casa (a ver quién es el guapo que le hace un examen de inglés a un niño de cuatro años, aunque esa excusa sólo me vale este año). Pero también soy de las que trabaja mejor bajo presión. Cuanto menos obligaciones tengo, menos hago. Necesito rendir cuentas a alguien, aunque sea a mí misma. Las buenas notas en los exámenes de la UNED son una forma de medirlo. Mis conocimientos de alemán -todavía muy escasitos-, otro. El número de libros que me he leído este año -van seis, y sólo dos eran por "obligación" (que nadie me ha tenido que retorcer el brazo para leer a la Woolf, vaya)- también cuenta. Y luego está lo de escribir. Lo último que hago al día, porque así me acuesto y sigo dándole vueltas a la cabeza, y no veáis lo que sueña una cuando se va a la cama con sus personajes. Aquí la única vara de medir es las horas que le meto. De momento estoy entrenando el músculo. Creo que por fin he entendido que sólo seré buena si escribo, pero que necesito paciencia y una caña, que diría algún otro sabio. Ni siquiera soy capaz de elegir un género en el que moverme. Ahora me ha dado por escribir un guión. Y hasta me he apuntado al hermano pobre de NaNoWriMo y me he dicho a mí misma que antes de finales de abril lo termino. De momento, me está gustando, aunque aún no escrito ninguna escena, un guión tiene mucho de preparación previa. Pero los personajes están vivos, tienen cara, les veo. Y no me hace falta entrar en su cabeza porque les juzgo desde fuera. De momento, parece más fácil.

(De momento. Dentro de dos semanas os estaré contando cómo he mandado a la mierda el guión y me rindo ante el hecho de que nunca ganaré el Oscar, ni conoceré a Alan Rickman cuando trabaje en una de mis películas, ni conseguiré que Hugh Grant se enamore locamente de mí y se deje de ir de putas a Puerto Banús. Qué pasa, nunca dije que fuera realista.)

Así que aquí ando, liada, pero tranquila, porque sé que todo lo que hago lo hago porque me gusta. En el momento en que no pueda con algo, lo dejaré. Pero está bien estar ocupada (bueno, quizás no tanto). Está bien tener la mente activa. Me mantiene espabilada. Me mantiene viva.

Que, al fin y al cabo, es de lo que se trata.

Nada nuevo que contar

No sé qué contar. Ni en el blog ni en mi vida diaria. Hace días que no escribo. Ayer, por primera vez en una semana, fui capaz de coger el boli y anotar a vuela pluma unas cuantas escenas (creo que estoy a punto de dar a luz un guión, aunque ya se verá). No se me ocurre nada nuevo. Todo es un refrito de cosas que he leído, que otros han dicho antes. Debo estar incubando algo. Espero que sea la semilla del genio.

Hoy debería escribir sobre la muerte de Delibes, pero no quiero ser una falsa. Lo cierto es que yo creía que estaba muerto, imaginaos lo que sé yo de literatos. Delibes me trae recuerdos de la ikastola, del instituto, de horas intempestivas leyendo por la noche porque simplemente no podía dejar Cinco horas con Mario. Recuerdo a mis compañeros de clase rezongando por lo coñazo que era el libro; yo volvía atrás y releía párrafos enteros, y saboreaba las palabras, porque sonaban reales, sonaban auténticas. ¿Y El camino? Tendría diez u once años cuando leía las fotocopias que nos daban en sexto o séptimo, con el Moñigo y el Mochuelo haciendo de las suyas, y creo que aún recuerdo pasajes de memoria, como lo de que las heridas saben a metal cuando te las has hecho con algo metálico, pero ninguno de los dos podía explicar por qué sabían también a metal cuando te rozabas la rodilla con la grava del camino. Delibes cambió mi manera de mirar la literatura. Desde que le leí a él quise lograr escribir con esa naturalidad que él lucía. Todavía sigo buscando una voz que se parezca a las suyas, frescas, ligeras, honradas. Reales. De momento, búsqueda infructuosa.

Ahora estoy leyendo a Virginia Woolf, y mi pobre y maltrecho ego está más de bajón que nunca. Después de leer Mrs Dalloway y A Room of One's Own, me pregunto a qué juego yo, qué pretendo hacer pasando horas delante del ordenador. Leer a los clásicos es lo que tiene. Me pasó también con Henry James, aunque quizás no tanto. Con Virginia me siento diminuta. Una pulga en un inmenso desierto. En mi mesilla de noche descansa una novela de Marian Keyes que apenas he sido capaz de empezar. Después de llevar semanas de comida de chef, no me apetece un MacDonalds. Creo que voy a ir directa a James Joyce y dejaré la "chic-lit" para verano.

Nada más en mi horizonte. Todo en calma. Calma chicha.

8 de marzo



Hay gente que no entiende que tengamos un día de la mujer trabajadora. ¿Cuándo es el de los hombres?, oigo decir, sobre todo a mujeres (sí, sobre todo a mujeres). Pobrecitos, a vosotros no os celebra nadie. No se dan cuenta de que los hombres tienen el resto del año, 364 días. O quizás sean cosas mías.

No está todo hecho, ni por asomo. Las mujeres siguen cobrando un treinta por ciento menos que los hombres por el mismo trabajo. Siguen teniendo más difícil el acceso al mundo laboral. Siguen siendo las encargadas de la casa, el trabajo, los niños, el cuidado de personas dependientes... Se ha avanzado, sí, por supuesto, pero no lo suficiente. Todavía no hemos llegado.

Algunas se conforman con lo que tienen. Alguna habrá que lea esto y piense "ésta, ¿de qué se queja?" Pero me quejo. Me quejo por las que no tienen voz, me quejo por las que no pueden quejarse, me quejo por las que no saben que pueden quejarse. Me quejo por las que se conforman. Me quejo por las que me dicen que no me queje tanto. Qué le vamos a hacer, soy una quejica.

Feliz día de la mujer trabajadora. Que no se os olvide nunca que sois las dos cosas, y, ante todo, personas.

El jitanbón

Estamos en clase de patchwork. La profesora, una mujer que en su otra vida debió de ser profesora de educación infantil porque es capaz de estar en todo y no se altera por nada, evalúa mi trabajo.

-Vaya, veo que has adelantado con la bolsa. Mira, ahora sólo te falta coserle una tira de color aquí para luego cosérsela al forro. Preséntalo con alfileres y te lo paso por la máquina en un momento.

Lo hago. Ella, presta y rápida como una bala, me cose la tira al cuerpo de la bolsa.

-Vale. Ahora cosemos los bolsillos al forro -los cose ella, yo no sé coser a máquina- y ahora le vas a poner aquí con alfileres... No, mejor punto cruzado... No, mejor puntada de lado... Ah, no, ya sé. Vamos a ponerle un trozo de jitanbón, que da más cuerpo y queda muy recto.

Me enseña a poner un trozo de papel sobre la tela, con pegamento a un lado. Le pasa la plancha por encima, quita el papel y pega otro trozo de tela por la parte de atrás del pegamento. Pienso que es un invento cojonudo para no tener que volver a subirme un bajo en la vida. Me fijo en el nombre del invento, me pregunto si se escribirá con g y de dónde vendrá un nombre tan curioso. Y entonces leo.

Heat and bond.

Vaya con el jitanbón.

Ella

Llego a las ocho y media de la mañana al colegio. Ella entra conmigo, sin prisa, charlando del viento. Yo no le doy palique, no me cae bien. Ella lo sabe. Enseguida se calla. Tengo mucho que hacer. Me pongo a trabajar.

Saco fotocopias mientras por otro lado repaso las rima y las canciones que no me sé y tengo que enseñarles esta semana. La fotocopiadora hecha humo, pero es lenta, muy lenta, y yo necesito setenta y cinco copias. Ella pasea por la sala de profesores, deja el abrigo, lo vuelve a coger, lo estira, pasea, se sienta, se levanta. Las fotocopias no acaban. Voy pensando en qué hacer hoy con los de cinco años, porque lo de las témperas que comentar el programa no me convence y la podemos montar parda. Colores. Colores y números. Piensa, Ruth, algún juego, hazlo divertido. Ya está, creo que ya lo tengo. Encuentra tres cosas azules, dibuja cuatro círculos rojos. Divertido, creo. Sí. Les va a encantar.

Ella se acerca al teléfono, marca, sale fuera pero se queda justo en la puerta porque el cable no da para más. Las fotocopias acaban. Corta y grapa, hay que hacer setenta y cinco libros. Joder, cómo vuela el tiempo, son casi las nueve. Y ella vocifera para toda la escuela un buenos días Antonia qué tal te va hace tiempo que no hablamos qué tal tu marido pues mira me he dicho les voy a llamar que hace mucho que no sé de ellos. Y yo corto y grapo, pero es lento, muy lento, y no me va a dar tiempo, y voy pensando en qué puedo hacer con los de cuatro años si no termino, y mientras ella no me digas que le han operado qué me cuentas no sabía verás cuando le diga a mi marido qué disgusto. Y corto, y grapo, y las nueve y diez, y yo no acabo. La tienda, vamos a jugar a la tienda. Ellos piden juguetes y practicamos contando billetes hasta cinco. Igual puedo introducir el seis, si tienen buen día. Pero la tienda, no falla, les encanta.

Ella entra en la sala de profesores, yo corto y grapo, corto y grapo. Cuelga, vuelve a descolgar. Ahora habla con su marido, no sabes majo al marido de Antonia le han operado y está en el hospital. Llega más gente. Miradas. Ceños fruncidos. Yo me callo. Cuelga el teléfono, vuelve a llamar. Ya no escucho. Hay más vida. Creo que me va a dar tiempo, pero he decidido que hoy no hacemos libro, me gusta lo de la tienda. Va por la cuarta llamada. Sonrisas entre los otros profesores. Cuelga.

Las nueve y veinte. Me da tiempo hasta a echar un pis y charlar un poco sobre el fin de semana. Ella se sienta en la mesa, se pone los cascos y escucha música, o la radio, o su propia voz. Alguien le pregunta algo. Ella no contesta a la primera, no oye. ¿Puedes hacerme las carpetas de los niños? Ay, no sé, hoy estoy muy mal, me duele mucho la espalda, si puedo te las haré, pero no sé, ya veremos... Y a las once, ¿puedes ir a vigilar mi clase un momento? Ay, no, no, que yo con niños no puedo estar, ya lo sabes, me ha dicho el médico que no me altere, que me sienta mal...

Y yo me pregunto qué hace una mujer así en la enseñanza, cómo se explica su sueldo y cómo cojones le dieron una hija en adopción.

Defínete en dos palabras


Feminista gafapasta (la de la foto no soy yo).

¿Y tú?

Temporal

Ciclogénesis explosiva, lo que quiera que signifique eso.

No hay tranvía, ni autobuses urbanos.

Mis amigos viven en el extrarradio y no pueden acercarse si no es en coche, cosa que hoy no apetece.

Noche de palomitas y comedia romántica de Hugh Grant.

Qué remedio.

A mí me funciona el cerebro. ¿Y a ti?

Estoy en clase con los pitufos de cuatro años. Unos están terminando un mouse, poniéndole la cola, los ojos y la nariz; los otros están repasando los colores conmigo. De repente, del lado de las mesas me llega un retazo de conversación que M., bicho donde los haya, está teniendo con sus compañeros. Suena muy convincente.

-Porque a nosotros, que somos pequeños, no nos funciona el cerebro, ¿sabes? A Ruth sí, a Ruth le funciona, pero a nosotros no.

Algunos días más que otros, cariño, algunos días más que otros.

No me puedo creer que se me haya olvidado.

No entiendo cómo ha pasado.

No sé en qué estaba pensando.

Creo que voy a ir al médico a mirármelo, a ver si va a ser grave.

Ayer ni me acorde. Y hoy tampoco me hubiera dado cuenta si no llega a ser por un post en un blog.

Ayer fue veintiuno de febrero. Ayer, hace sesenta y cuatro años, nació Alan Rickman. Y a mí se me ha olvidado su cumpleaños.

(Le dejo que me dé un par de cachetes por mala. Hala, qué guarrona me estoy volviendo.)

Señora

Una chiquita de unos trece o catorce años se acerca a mí, muy nerviosa y mordiéndose las uñas.
-Perdona, ¿me dejas el móvil? Es que no tengo y tengo que llamar a mi madre.
Yo, muy amable, se lo dejo. La chica me da las gracias tres veces mientras teclea el número y se pone a hablar con su madre. A mí me maravilla que a estas alturas de siglo alguien recuerde aún un teléfono de memoria.
-Mamá, oye, que no están...Sí, estoy aquí, pero no están...No, una señora me ha dejado el móvil...
Miro a mi alrededor. No hay señoras a la vista. Y luego me doy cuenta de que la que le ha dejado el móvil soy yo.
Y tengo que hacer un esfuerzo muy grande para no arrancárselo de la mano y decirle que a cien metros tiene una cabina.

Escribiendo

Llevo meses, meses, intentando encontrar una rutina que sea fácil de seguir y que me permita escribir al menos una hora todos los días. Por fin, desde hace un par de semanas, parece que lo he conseguido y todos los días pego el culo a la silla delante del ordenador. Una hora, es todo lo que pido. Los fines de semana ya caerán dos, pero a diario una hora. Nada más.

Ahora el problema es que no sé qué escribir.

Me había prometido que, en cuanto terminara el primer borrador de la novela, escribiría relatos. Eso es lo que hacía antes, allá por la prehistoria, antes de que me diera por intentar escribir novelas y fracasar rotundamente. Un relato de apenas dos mil palabras no puede ser algo tan complicado, me decía, no comparado a una historia de 80000 con más vueltas y giros que un tiovivo. Escribo uno o dos a la semana, los mando a concursos y a ver si suena la flauta, ¿no?

Pues no.

No se me ocurre nada que se pueda contar en dos mil palabras, tres mil como mucho. Todo lo que me ronda la cabeza son historias eternas, épicas, en las que necesito varias páginas sólo para explicar la motivación del personaje principal. No soy capaz de centrarme en un momento, un instante, y cuando lo hago me parece pésimo. He escrito tres relatos este mes, a cada cual peor (el último ni siquiera lo he terminado porque me ha dado asco a medio camino). Había pensado participar en un concurso al mes, pero no quiero que nadie se ría de mí, por muy anónimos que sean la mayoría. Prefiero sufrir en silencio, como con las hemorroides. No puedo dejar ver al mundo que soy incapaz de escribir un relato. No me doy por vencida, lo conseguiré, pero ahora mismo no soy capaz de hacerlo.

El problema es que tampoco tengo fuerzas para empezar con una novela seria, porque estoy en barbecho y esperando a que el tiempo me haga olvidar lo que he escrito para poder verlo con ojos nuevos y reescribirlo como si lo hubiera escrito otra. No puedo empezar a modelar personajes, a crear una trama (todas mis tramas son más psicológicas que otra cosa, y eso me absorbe toda la energía), a idear maldades (porque sí, todos mis personajes tienen un lado oscuro. Ay, si Freud levantara la cabeza). Así que me ha dado por ponerme a escribir una fantasía -que no erótica, eso se lo dejo a Fernando-, una tontería que me ronda la cabeza, con personajes tomados de la vida real y un gran tufo autobiográfico (digamos que es el yo que a mí me gustaría ser pero no soy). No lo va a leer nadie, ni siquiera sé si lo voy a terminar, pero me va a servir de mesa de experimentos porque no tengo obligaciones. Si a mitad de la historia se me ocurre una idea genial -y me suele pasar cuando escribo-, puedo dejarla y enfrentarme a ella sin miedo, que ya volveré -si vuelvo- al experimento. Pero lo importante es no dejar de escribir. No ahora que por fin le he encontrado un hueco en mi vida.

Creo que me lo voy a pasar bien. Hoy sólo he escrito la sinopsis y casi me meo de risa. Y supongo que eso es lo que busco cuando me siento a escribir. ¿O no?

Tiempo

El tiempo es como el dinero, sólo nos damos cuenta de que existe cuando no lo tenemos. Si estamos aburridas, nos sobra el tiempo (con el dinero eso no pasa, pero bueno, de todo habrá). Cuando estamos muy ocupadas, nos falta tiempo. El tiempo siempre es el mismo, las que somos distintas somos nosotras. El tiempo no cambia. Nos cambia.

Niños

M., niño de cuatro años, habilidad especial para conseguir que mi nombre parezca polisilábico.

-Ruuuuuuuuuuth.
-What.
-Ruuuuuuuuuuth.
-What.
-Ruuuuuuuuuuth.
-What??
-Ruuuuuuuuuuth.
(Abreviando: una docena de Ruuuuuuuuths y Whats más tarde:)
-Ruuuuuuuuuuth.
-WHAT???
-¿Por qué dices what todo el rato?

Me van a matar.

Feliz San Valentín.

Hoy he tenido un día de lo más ocupado. Señor, que veinticuatro horas no dan para nada, leñe, a ver cuándo inventan el día de cuarenta y ocho. O, al menos, que hagan de San Valentín una fiesta que dure una semana.


Nada más levantarme me he encontrado con un mensaje de Hugh en el contestador. "Nos vemos esta tarde, preciosa, ponte la minifalda que tanto me gusta". Sí, hombre, con el frío que hace hoy, me he dicho, y he borrado el mensaje. Él, insistente, ha llamado tres veces más, pero después de mandarle a la porra en la primera llamada he dejado de contestar. Él ha terminado dándose por vencido y se ha ido de putas. Igualito que el año pasado.

Después de desayunar he sacado la agenda y he empezado a organizar mi día.



A las diez, café con pastas con Robert. Por suerte, aún no le ha dado por el té por muy inglés que se haya vuelto últimamente.



A las doce, paseo romántico por el parque de Arriaga (antes de que se lo carguen para hacer la maldita estación de autobuses) con Colin.



A las dos, comida con Ewan, que salía ya mismo con la moto a vaya usted a saber dónde.



A las cinco, una cervecita con el bueno de Ben, a quien he tenido que hacer un hueco de última hora.



Y dentro de media hora, cena a la luz de las velas con mi Alan, quién si no, que ha tenido la santa paciencia de aguantar a mis otras citas y ha sido tan amable de mandar a la mierda a Hugh de mi parte.

Feliz San Valentín a todos, y a ver si el año que viene me organizo mejor.

Carnavales

Ayer celebramos los carnavales en la ikastola. Como hacía un tiempo de perros, hicimos el desfile en el gimnasio, para disgusto de padres y hermanos mayores que no podían entrar por limitación de aforo -aunque luego se colaron, que son peores que los niños-. Tuvimos de todo; los peques se disfrazaron con bolsas de basura de colorines y fueron vampiros, indios, músicos y piratas. Los de quinto y sexto lo elaboraron un poco más y tuvimos un precioso baile de Grease, un encierro que ni en San Fermines, desfile de famosos y una extraña pelea en las rebajas de El Corte Inglés, entre otros. Y, por primer año, los profesores decidimos que también saldríamos en el desfile: llevamos nuestro propio paso de Semana Santa.

El paso llevaba su cruz, sí, pero acompañada no de un santo, sino de una pobre pizarra verde de las de toda la vida (hecha de cartón, no os vayáis a pensar) y un libro gigante, ambos "muertos" tras la llegada de la pizarra digital y los ordenadores portátiles a las aulas. Una profesora se vistió con toquilla y gafas de Martirio y nos cantó en playback una saeta que previamente habíamos grabado en la sala de profesores. Después, a ritmo de samba, desaparecimos en el almacén donde se guarda el equipo deportivo entre aplausos y abucheos del público. Nos lo pasamos como enanos.

Ninguno de los niños se enteró de lo que habíamos hecho. Ninguno lo entendió. Cuando volvimos a clase, varios críos de segundo se acercaron a preguntarme de qué habíamos ido. "De paso de Semana Santa", les dije. "¿Y eso qué es?" "Pues... Los que desfilan en Semana Santa". Me niego a explicarle a un niño lo que es la Semana Santa y lo que representa, porque ni yo misma lo entiendo. Que le pregunten al de religión.

Por suerte, ningún padre protestó. Temía que alguno nos acusara de falta de respeto, porque vaya usted a saber con lo que le pueden sorprender a una los padres de una escuela laica en carnavales. Pero no lo hicieron. Y nos lo pasamos en grande.

Ya no más.

No quiero leer nada más sobre cómo escribir.

No quiero que nadie me exponga fórmulas matemáticas sobre tramas y estructuras, que me diga lo que debo o no debo hacer. No empieces con descripción, no empieces con diálogo, no empieces hablando del tiempo. Y yo digo que la cosa es empezar.

Quiero aprender andando el camino, aunque ya sé que es difícil encontrarse sin mapa. Da igual; lo bueno que tiene este viaje es que, aunque me pierda, aprenderé algo. Porque, a pesar de que llevo escribiendo desde que aprendí a coger un lápiz, tengo el convencimiento de que no sé nada. Nada de nada.

Voy a leer literatura, y espero aprender de ella. Voy a escribir, todo lo que pueda, siempre que pueda. Y voy a aprender de cada uno de mis errores.

Basta de teoría. Bienvenida la práctica.

Continuación de puto lunes, a pesar de ser jueves

Suena el despertador. Me levanto un cuarto de hora después, con prisas, como siempre. Levanto la persiana: una fina capa de nieve lo cubre todo. Botas de monte al canto. Salgo de casa.

Y nada más salir, algo me cae en la cabeza. No le doy importancia, creo que es un trozo de nieve, aunque no ha caído tanta como para que ya esté deshelando. A medio camino del trabajo, veo una mancha extraña en la manga del abrigo. La mancha sigue por toda la manga, sube hasta el hombro, parece que viene de la cabeza.

Me ha cagado un pájaro. Y por el tamaño de la deposición, lo menos era un buitre.

(Los hados me están diciendo que no salga de casa y que disfrute de la nevada bajo una manta. Hay que hacer caso a las señales del cielo, más si vienen en forma de "lluvia ácida".)

Puto lunes

-Hola, soy Plácido Domingo.
-Y yo puto lunes, no te jode.


Me levanto con dolor de cabeza por tercer día consecutivo, lo que ya de por sí debería haberme advertido que hoy no iba a ser un buen día. El gato decide que le apetece sentarse en los tres centímetros de encimera que quedan delante de la puerta del microondas; cuando lo cojo e intento apartarlo, el bicho pierde el equilibrio y, de modo reflejo, saca las uñas para agarrarse donde puede. Termino con un arañazo de cinco centímetros en la palma de la mano que sangra profusamente. Intento desayunar mientras trato de no desangrarme. Ya llego tarde.

Miro por la ventana antes de calzarme. El suelo está seco, así que opto por los zapatos que calan pero son comodísimos, esperemos que no llueva. Por supuesto, llueve; a la hora de comer llego a casa de mi madre con los pies empapados. Pero al menos he llegado entera: por el camino, una mujer que debía haberse escapado de un psiquiátrico cercano ha intentado pegarme un puñetazo. Hoy no he hecho nada para merecerlo, lo prometo.

Paso la tarde como puedo, con unos horribles zapatos de mi madre -que al menos son cómodos y están secos, aunque los calcetines no- y un dolor de cabeza que apenas me deja dar clase. Los niños, benditos ellos, tratan de ayudar y trabajan lo más en silencio que pueden, pero no pidamos peras al hombro, tienen seis y siete años. Llegan las cinco y mi cabeza dice basta. Me voy a mi casa. Solo quiero un ibuprofeno y silencio, mucho silencio.

Pero antes hay que hacer la compra de la semana. Y llueve. Y tengo que lidiar con el paraguas y las bolsas del súper, que no son muchas pero pesan lo suyo, y sólo recuerdo que tengo una herida en la palma de la mano cuando el asa de una de las bolsas está a punto de abrírmela de nuevo. Pero llego a casa. Y no se ha derrumbado. Ni hay goteras. Ni ha ardido.

Podía ser peor. Podían ser las siete de la mañana otra vez, en lugar de casi las siete de la tarde. El lunes casi ha acabado.

Qué miedo me da el martes, madre. Qué miedo.

Puedo tocar el final con la punta de los dedos

Noviembre fue el mes del NaNoWriMo. Durante veintisiete días (porque los últimos tres estuve fuera de Vitoria) escribí como una fiera y conseguí 50000 palabras. Muchas de ellas son mediocres. Algunas de ellas son malas. Unas pocas son pésimas. Pero también hay alguna perla, que al menos a mí me gusta. Y, como dijo no sé quién, trata siempre de gustarte a ti misma, porque si lo que intentas es gustar a los demás, nunca sabes si lo conseguirás.

Luego llegó diciembre, y me prometí que iba a terminar el borrador, porque la historia parecía merecer la pena y creía que me iba a llevar a algún sitio. Sólo me hacían falta 30000 palabras más, me dije, algo completamente asequible. Mil palabras al día. Lo he hecho antes. Esto está chupado. Pero no pude. No sé si fue el hecho de que no había nadie que controlara la cantidad de palabras que escribía al día, o que estaba agotada por el mes anterior, pero no llegué. En Navidad haremos algo, pensé. Y algo hice, pero poco, la verdad, muy poco.

Y llegó enero, y con él los exámenes parecieron mucho más cercanos. Dejé todo y me puse a estudiar, que no era cuestión de tirar por la borda las horas que ya había metido en ello. No es que estudiara todo el día, ni con mucho, pero cuando lo dejaba no me apetecía ponerme a escribir, estaba demasiado cansada. Me cargué la rutina. Esa hora diaria en la que solo podía escribir desapareció, y empecé a ocupar mi tiempo con tonterías (como ver cuatro temporadas de Dexter en dos semanas). Pero mientras estudiaba solo podía pensar en volver a escribir. No en la historia en sí, sino en volver a poner los dedos sobre el teclado y dejarlos volar, el acto físico de crear. Pero no podía. No tenía tiempo, me decía.

Ahora he acabado los exámenes -hace ya una semana- y he retomado la novela. No recordaba ni los nombres de los personajes principales, no digamos ya los secundarios o la trama. No la he releído entera, sólo las últimas cinco páginas y algunas notas que tengo sobre la historia. Durante una semana no he sido capaz de escribir más de quinientas palabras seguidas. Hoy, por fin, he escrito durante hora y media y he hecho lo que tenía que hacer. He terminado lo que es la historia en sí, a falta de unos flecos que hay que recortar para que el círculo se cierre del todo. Hoy he sabido por qué me estaba costando tanto terminar, y la razón era muy simple: tenía que matar a mis personajes. Y eso no es fácil.

Sabía que debían morir desde que escribí la primera palabra, pero como eso era al final no quería pensar en ello antes de que llegara. Y no podía ser una muerte cualquiera, tenía que ser una muerte que los definiera. Imponente. Edificadora. Y lo ha sido. A falta de la revisión (que será una reescritura en toda regla, voy a cambiarlo todo), me gusta la escena que he escrito esta mañana. Era necesaria. Y sé que volveré a hacerlo. Me ha gustado cargarme a mi creación. Yo soy la única con el poder de hacerlo, y hoy he dado muerte. Soy una asesina de papel.

Mañana pretendo poner el punto y final a una historia de algo más de 80000 palabras, lo más largo que he escrito nunca. No es lo que yo esperaba, no está para ser leído por nadie, no va a ver la luz hasta que no le limpie la cara y la adecente un poco, pero es lo mejor que he escrito nunca. Mañana la termino, si no lo hago esta noche, y el lunes empieza el proceso de maceración. Olvidarme de ella. Escribir cosas nuevas -pero no una novela, algo más corto, algún juego-, pensar en otros temas, y cuando ya no recuerde lo que me motivó a escribir, volver a leerla. Y arreglarla. Que buena falta le hace.

Domingo, 7 de febrero: Después de algo así como 80 días y 81949 palabras, doy por terminado el primer borrador. ¡Terminé! ¡Champán para todos! (O, en su defecto, un café.)

Familia y trastos viejos...

Tengo mucha familia. Cuando digo mucha, quiero decir mucha. Por parte materna somos catorce primos; por parte paterna, ni los cuento porque no lo sé seguro, pero paso de veinte. Tengo primos en Francia a los que nunca he visto. Sé que una tía abuela o similar emigró a Argentina, aunque no me sé toda la historia, así que puede que tenga familia allí, no lo sé, aunque tampoco importa porque sería ya muy lejana. Somos muchos primos. Muchísimos.

No tenemos relación. A veces me da morriña y pienso que es una pena, que quizás deberíamos juntarnos más, pero luego lo hacemos y zas, saltan chispas y nos damos cuenta de por qué no nos vemos el resto del año. Prometimos juntarnos una vez al año, de eso ya hace al menos dos. Me da pena, pero a la vez siento cierto alivio porque no voy a tener que aguantar las ordinarieces de unos, la superioridad de otros y la maldad de los menos. Los tengo agregados al facebook y sé que a mi prima pequeña le gusta Dexter, pero no sé cuál es su tono de voz cuando está contenta o qué cosas le cabrean. Un primo que vive en Madrid me llamó para darme el pésame por mi padre, y soy incapaz de ponerle cara a la voz porque no le veo desde que tenía siete años, y va a cumplir treinta. Triste, muy triste, sobre todo teniendo en cuenta que casi todos hemos crecido a una hora de autobús. Pero la vida es así. Uno no elige a la familia, ni ellos te eligen a ti.

Me alegro de tener solo un hermano. Y de que ninguno de los dos tengamos hijos.

Quiero termin

Tendría veinte años, o quizás menos, o quizás más y ya me había ido a California, aunque lo dudo. Limpiaba mi habitación y encontré media docena de papeles doblados por la mitad, con las palabras "historias de Ruth" escritas con la letra de mi madre en la parte de arriba. No recordaba aquellos papeles escritos con la máquina portátil que mis padres me compraron cuando terminé el curso de mecanografía, con trece años, así que me senté y los leí como si fueran de otra. No recordaba haber escrito ni una sola de aquellas palabras. Pero sé que eran mías. La historia era algo así:

Un hombre sale corriendo de un edificio con varios disketes informáticos en el bolsillo. Alguien le persigue, pero aún no sabemos por qué, ni qué importancia pueden tener los disketes. Él sólo quiere poner su carga a resguardo, esconderlo en un lugar seguro. Consigue dar esquinazo a sus perseguidores y se dirige a un banco.

Allí espera una cajera aburrida que sueña que está en otro lugar, con otro trabajo, harta de la monotonía y deseosa de aventuras. Es soltera, le ha dejado el novio y está harta de tíos, pero aún confía en que existan hombres buenos en la tierra. De repente, la puerta se abre y un pedazo de hombre entra, la mirada nerviosa y el puso tembloroso. Se dirige hacia ella y le pide una caja de seguridad. Como siempre que alguien le pide una caja de seguridad, la cajera trata de adivinar qué será lo que ese hombre podrá querer guardar, porque le fascinan los secretos de la gente.

Y fin de la historia.

Eso es todo lo que escribí.

Me aburrí, se me acabaron las ideas, empecé algo nuevo... Qué sé yo. Sólo recuerdo la rabia que sentí aquella tarde cuando quise saber qué demonios había en aquellos disketes, por qué perseguían al pobre hombre y si al final iba a terminar liándose o no con la cajera. Era la historia más simple del mundo con todos los clichés imaginables, pero a mí me enganchó. Quizás a otros también les hubiera gustado.

Este año me he prometido terminar todo lo que empiece. Aunque sea malo, aunque me aburra a medio camino. Mejor algo malo terminado que no algo con posibilidades sin acabar. No voy a cometer el mismo error dos veces.

Otras épocas

Cada vez estoy más convencida de que yo he nacido en la época, país, posición social y sexo equivocados. Yo tenía que haber sido un noble renacentista en la Inglaterra del siglo XVII, en lugar de una mujer feminista del siglo XXI. Ay, lo que me hubiera lucido a mí el pelo hace tres o cuatrocientos años. O doscientos, como mínimo.



Estoy convencida de que soy la reencarnación de Philip Sidney, un poeta anterior a Shakespeare recordado por sus sonetos de amor imposible que murió a los treinta años en una batalla contra los españoles, según creo recordar de mis estudios de literatura de primero. Vivía de las rentas, era culto, un caballero que conocía todas las artes de la corte, que supuestamente estaba enamorado de una mujer inalcanzable para él y a la que dedicaba sonetos que ya quisiera Shakespeare haber escrito. Mi favorito es el siguiente (y permitiréis que no cometa sacrilegio traduciéndolo; si no tenéis suficiente nivel de inglés, lo siento, confiad en mi palabra, es precioso):

Having this day my horse, my hand, my lance
Guided so well that I obtained the prize,
Both by the judgment of the English eyes
And of some sent from that sweet enemy France;
Horsemen my skill in horsemanship advance;
Townfolks my strength; a daintier Judie applies
His praise to sleight, which from good use doth rise;
Some lucky wits impulse it but to chance;
Others, because of both sides I do take
My blood from them who did excel in this,
Think Nature me a man of arms did make.
How far they shoot awry! The trae cause is,
Stella looked on, and from her heavenly face
Sent forth the beams which made so fair my race.


Pero no, Sidney no podría haber sido, porque yo de poesía poco, para qué nos vamos a engañar. Quizás mi época estuviera más cerca de lo que pienso, en el dieciocho o diecinueve, ahí, con el auge de la novela. Seguiría pidiéndome ser hombre, que las mujeres lo tenían muy difícil, pero escribiría con el estilo de Charlotte Brönte o, quién sabe, la mismísima Jane Austen. Y me meterían en la cárcel por homosexual, pero qué le vamos a hacer, una no lo puede tener todo.




Estos días me siento ñoña, no sé por qué. Llevo una semana viendo comedias románticas británicas, de ahí la neura. Creo que me las he visto todas, al menos todas las que me gustan. En cuestión de comedia romántica, soy muy básica, sólo me gustan aquellas en las que dos personas aparentemente incompatibles terminan juntas al final. Si además actúa Hugh Grant, mejor que mejor. Vamos, que creo que esta semana Bridget Jones es mi película favorita. Sí, qué pasa, probad a trabajar a jornada completa y luego estudiar cuatro o cinco horas seguidas, veréis dónde se os queda el espíritu crítico (no lo digo por ti, Hugh, que tú me gustas hasta cuando te vas de putas; y madre lo que ha ganado este chico con la edad, que parece mentira que pase de los cincuenta).

Lo dicho, soy de otra época. Una época donde todas las historias tienen final feliz, donde la chica siempre consigue al chico que le gusta por muy fea que sea ella y muy guapo que sea él, una época en la que todo es de color de rosa y no hay dolores ni penas por ningún lado, donde cuando te caes de culo nadie se ríe y se limitan a preguntarte si te has hecho daño, donde Colin Firth está como un camión. Una época que no es la mía.

(Ah, no, un momento, es que eso no es una época, sino un universo paralelo…)

Más cosas que me gustan

5. Los días soleados, aunque haga frío.

4. Niños que me aclaman al grito de "Ruth, txapeldun" cuando entro en su clase.

3. Un pincho de tortilla a las diez y media de la mañana.

2. Disfrazarme en carnavales.

1. Haber acabado los exámenes, por más que tema que uno de ellos está suspendido.

Mis libros favoritos

Si mi avión se estrellara y terminara en una isla desierta con comida y agua abundante y un solo libro… Me moriría del asco. Soy incapaz de elegir un libro, mi favorito, ese que has releído un millón de veces o que te ha dejado una huella imborrable. En lugar de eso, tengo una lista de favoritos sin orden particular, donde cada uno ha aportado algo a la lectora que soy, y me tengo por bien leída. Estos son solo algunos.

-Al este del Edén, John Steinbeck: Un libro que lo tiene todo. Profundo, te llega a lo más hondo sin necesidad de hurgar, te marca, no lo olvidas nunca. Difícil seguir leyendo cualquier cosa después de acabarlo. A mí me costó meses volver a leer después de terminarlo porque sabía que no podía haber nada tan bueno como aquél.

-Las uvas de la ira, John Steinbeck: Este es más desgarrador que el anterior, una angustia continua que no te deja descansar ni en una sola página, que no termina con el libro. Triste, horroroso, maravilloso, inolvidable. Lectura obligatoria.

-Middlesex, Jeffrey Eugenides: La historia de un hermafrodita contada desde su segunda vida, la que empieza como hombre tras haber vivido toda su infancia como mujer. Preciosa historia dificilísima de contar que Eugenides hace que parezca fácil. Mucho mejor que Las vírgenes suicidas, del mismo autor. Ni punto de comparación.

-Tomates verdes fritos, Fannie Flagg: Ríes, lloras, te emocionas, saltas en el asiento y acabas con la boca abierta al final. Trata la homosexualidad femenina con tanta maña que no parece estar hablando de ello. Me gusta su manera de contar la historia, dando saltos en el tiempo sin respetar la temporalidad de la historia. La película, preciosa también; se nota que el guión lo escribió la misma Flagg.

-Wicked, Gregory Maguire: Porque está bien ver la historia de El Mago de Oz desde el punto de vista de la malvada bruja del Oeste. Al final, ni era tan bruja, ni era tan malvada, pobrecica. Digna lectura, no apta para niños.

-Marcas de nacimiento, Nancy Huston: La historia de una familia contada al revés, empezando por el pasado y viajando atrás en el tiempo. Preciosa de principio a fin.

-1984; Animal Farm, George Orwell: Ambas tenían que ser de obligada lectura en el último curso de bachillerato. Aunque no se esté de acuerdo con las ideas de Orwell, estos son de esos libros que es necesario leer para entender el mundo tal y como es hoy.

-La Regenta, Leopoldo Alas Clarín: ¿Qué hubiera sido de mi adolescencia sin este libro? ¿Cuántas veces he podido leerlo? Y ahora que su historia queda casi olvidada, siento que me llama, reclama mi atención desde su estantería, amarillo ya el tomo, desgastado tras veinte años en mi poder. Caerá pronto, porque hay libros que se deben releer tantas veces como te pida el cuerpo (y el mío pide Regenta a gritos).

Y tantos y tantos otros… Pero no habría tiempo ni espacio suficiente para anotarlos todos. ¿Cuáles son algunos de los tuyos?

Mi trabajo ideal

Desde que tengo uso de razón, he querido ser dos cosas: profesora y escritora. Lo de profesora fue fácil, sólo necesitas un título: hice magisterio, me saqué el EGA (título de euskera) y me puse a trabajar nada más terminar la carrera. Mi pasión era enseñar a leer a los niños, aunque todavía hoy no tengo muy claro cómo se hace eso y si las profesoras tienen algo que ver en el proceso. Cada vez estoy más convencida de que los niños aprenden a pesar de la profesora, no gracias a ella. Pero primer sueño cumplido.

Lo de ser escritora está siendo un poco más difícil. Me falta la energía requerida para lograrlo. Me falta la pasión, la concentración, el deseo. Me falta disciplina, lo que lo hace muy difícil. Debería ser capaz de sacrificar cualquier cosa por la escritura, y en lugar de eso me apunto a patchwork, o utilizo los estudios como excusa para no escribir. Pero sigo queriendo ser escritora. Sueño con ello. Y, como soñar es gratis y muy placentero, creo que es algo que voy a seguir haciendo por los restos.

Con la edad, sin embargo, los sueños cambian. Me gusta mi trabajo, pero es agotador. Sé que no voy a llegar a vieja lidiando con niños de menos de doce años, por mi bien y por el suyo. No quiero quemarme. Así que sueño despierta -otra vez- y me imagino un escenario en el que no tuviera que tratar con niños todos los días. Como ser traductora, por ejemplo. Manejar distintos idiomas, más aún de lo que ya lo hago ahora (en mi día a día, castellano; con los compañeros de trabajo, euskera; con los niños y en los estudios, inglés; tres horas a la semana, en alemán). O ser dueña de una librería y pasarme el día rodeada de libros. O de cuentacuentos en una biblioteca. Animadora a la lectura, profesora de teatro. Actriz de teatro (chúpate esa). Psicóloga. Escritora.

Escritora.

La pescadilla que se muerde la cola.

Para que luego digan que las niñas pequeñas no saben lo que quieren.

Hacia delante

Hacia delante, siempre hacia delante. Vive, deja vivir, avanza, cambia, sueña. Mejora. Siempre a mejor.

O no.

La individua

Estoy esperando a que el semáforo se ponga en verde y me fijo en un coche que no ha salido disparado en cuanto el disco ha cambiado, con las luces de emergencia dadas y en mitad del carril. Dentro, una mujer con cara de agobio habla por teléfono mientras intenta arrancar el coche, que no obedece. Deja el teléfono, vuelve a intentarlo, pero nada. Coge una carpeta, saca varios papeles, trata de arrancar otra vez, vuelve a coger el móvil. A su alrededor, los coches pasan zumbando, pero nadie le pita. Está claro que es una avería.

Menos para el listo de sesentón que se pone a mi lado. Es ver a la mujer en el coche y empezar a despotricar a voz en grito, aunque va solo y no habla para nadie en particular.

-Mírala, hablando por el móvil, ahí parada. Pero será imbécil, hay que ser imbécil. Joder con la individua, la que está montando. Dios, qué asco, si es que...

Yo abro la boca, y a punto estoy de decir algo, pero en ese momento la mujer trata de arrancar otra vez y el hombre se da cuenta de que no lo ha hecho a posta. Aún así, el muy óngase adjetivo aquí] mueve la cabeza de un lado a otro y mira el coche con una expresión de "mujer tenías que ser, hay que ver" que me da náuseas.

Y entonces el semáforo cambia, y yo acelero para alejarme del individuo antes de soltarle lo que estoy pensando, porque uno de mis alumnos está a mi lado y tampoco es cuestión de pegarme con un jubilado por defender el honor de las mujeres al volante.

Quiero ser niña

Ane quiere irse a casa. No le apetece venir a clase hoy y llora, berrea, las lágrimas le caen por la cara como si surgieran del nacimiento del Nilo. No puedo calmarla, nada de lo que le digo surte efecto. Quiere irse a casa, y punto. Cantamos canciones, saltamos, jugamos, y poco a poco se va acordando de que el inglés también le gusta, y que luego vendrá el maisu con sus cuentos favoritos, y va dejando de llorar. Pero de repente se acuerda de su madre y empieza otra vez. Parará cuando ella quiera, nunca antes.

Yana no llora, pero se agarra a su madre con tanta fuerza que hacen falta dos profesoras para soltarla de ella. Es dura de pelar, la más alta de la clase, un poco abusona, pero cuando no quiere venir lo deja hacer saber. Naroa, mi Naroa, la buena estudiante, la que disfruta viniendo a clase, hoy está desconsolada y no entiendo por qué. El tutor me lo aclara: se queda en el comedor y hoy hay pescado. Son las nueve y media de la mañana y ya está desesperada porque no le gusta el menú.

Los niños lloran, se rebelan, luchan contra lo que no les gusta, te lo dicen bien a las claras. Los adultos intentamos calmarlos, pero nada de lo que hagamos vale una mierda. Son ellos los que se tienen que calmar, ellos los que dicen basta, hasta aquí, ya me siento mejor. Y entonces paran, y sonríen, y vuelven a ser los niños alegres que mis alumnos tienen la suerte de ser.

A veces quisiera ser niña para poder mostrar al mundo lo que siento en cada instante, en lugar de llevar una máscara las veinticuatro horas al día y fingir que todo va bien, o disimular todo lo que puedes cuando las cosas se tuercen y no hay manera de fingir del todo. Si todos hiciéramos lo mismo, el mundo estaría lleno de gente más feliz, más entera, menos falsa. Si todos hiciéramos lo mismo, el mundo estaría lleno de niños grandes.

Nieve


Nieva en Vitoria. Como todos los años.

La nieve no es novedad, la falta de ella sí lo sería. Vitoria sin nieve es como un jardín sin flores, si no cae una buena nevada al menos una vez al año nos falta algo. Muchos años nos ha faltado algo, y no salimos en las noticias. Pero siempre que nieva, aparecemos en el telediario. La no-novedad es noticia.

Este año, la nevada ha sido quizás más copiosa que otras veces, aunque yo todavía recuerdo las que caían cuando yo era pequeña -y no tan pequeña- y soy incapaz de compararlas. Mi ikastola estaba al lado de un parque, así que, cuando nevaba, a veces nos llevaban al parque y nos pasábamos la hora del recreo haciendo ángeles en la nieve. Yo era una mocosa, tendría seis o siete años, y recuerdo que la nieve me llegaba por las rodillas. Ahora he crecido, mis rodillas están más altas. Quizás sea eso por lo que no me parece que ahora nieve tanto. Pero no, no es eso. Cuando hacía prácticas en la misma ikastola, intenté cruzar el parque después de una buena nevada. No pude. Me llegaba a mitad del muslo. Y desde entonces no he crecido más, así que sí, antes nevaba más que ahora.

Cuando nieva, me acuerdo de mi padre. Él siempre renegaba de la nieve. Decía que qué había de bonito en un paisaje completamente blanco, dónde estaba la gracia. El otoño sí que es espectacular, con su gama de colores, decía él, pero un paisaje todo blanco... Vamos, hombre, vaya porquería. Luego se ponía a enumerar los problemas que causaba la nieve, y mi hermano y yo le tachábamos de exagerado. Con lo divertido que es, le decíamos, mira cómo se lo pasan los críos.


Ahora he crecido, y creo que un poco del espíritu de mi padre habita en mí. Me gusta ver caer los copos desde la ventana de mi casa, con la calefacción a tope y la manta sobre el regazo, pero odio tener que salir a la calle. Me siento torpe andando con botas de monte, me patino por muy buen calzado que lleve, paso frío, me mojo... Me acuerdo del otoño, con el colorido de las hojas de los árboles, y deseo con todas mis fuerzas que acabe el maldito temporal. Quiero que deje de nevar. Quiero poder andar por la calle sin sentirme idiota.

Hoy he oído en televisión que un hombre que limpiaba la acera se ha resbalado y se ha matado con el golpe. Pienso en su familia, en el cuerpo que se te tiene que quedar cuando quien quiera que dé ese tipo de noticias se te plante en casa. "No, oiga, debe usted estar equivocado, mi marido está limpiando la acera". Estaba, oiga, estaba.

Nieva. Hace frío. El suelo reluce como si fuera de mentira. La noche es más clara cuando hay nieve.

10 cosas que no me gustan de las fiestas de Navidad


10. Ponerte hasta el culo de comida aunque no tengas hambre, aunque no hayas tenido hambre la última semana, aunque tengas la sensación de que nunca jamás volverás a tener hambre después de todo lo que tu madre/suegra te ha hecho comer estos días.

9. Que Baltasar siga siendo un blanco con la cara pintada de negro. ¿Pero es que no hay bastantes negros alrededor para que dejemos esta estúpida tradición del betún? ¿O somos tan racistas que solo soportamos a los negros de mentira?

8. Que los huevos fritos no estén en el menú navideño.

7. Los villancicos clásicos en castellano. En euskera y en inglés no me importan, pero en castellano no los soporto. Esto es a raíz de un trauma personal que tengo después de aguantar X Navidades los cánticos de mis tíos y mis padres, todos ciegos como piojos y peleando por ver quién desafinaba más.

6. Las aglomeraciones navideñas. Eso de que a todo el mundo le dé por hacer compras de última hora y no te dejen a ti, que realmente no has tenido tiempo hasta el último minuto, campar a tus anchas por El Corte Inglés.

5. El Corte Inglés. Se creen que las Navidades las han inventado ellos.

4. Los anuncios de colonias. A cada cual más repulsivo, sexista y repetitivo.

3. El anuncio de Euskaltel del "llámala, din-don, llámala, din-din-don". A todas horas, en todos los canales (menos en TVE), después y antes de todos los programas.

2. Que no te respondan a las felicitaciones de Navidad. Ya no pido que manden un "christmas", con un mensaje de teléfono o uno en el Facebook me conformo.

1. El siete de enero.

¿Y tú? Venga, no me vengas con el espíritu navideño, que seguro que algo hay.

Personalidades ocultas


Algunos dicen que una debe escribir sobre lo que conoce. Tiene su lógica, claro, lo que conoces es lo que más fielmente puedes retratar. Puedes echar mano de tus sensaciones, de tus conocimientos, y crear un escrito personal y realista, fiel a la realidad. El problema es adaptar eso que uno conoce y conseguir crear una historia de ficción a raíz de eso. Quieras que no, tendrás que incluir aspectos desconocidos, asuntos que no manejas de primera mano.

Yo prefiero escribir sobre aspectos que no conozco. No me refiero en la historia en sí. Puedo escribir sobre un profesor de primaria que se enfrenta a una clase de niños por primera vez, por ejemplo, pero ese profesor de primaria estaría muy alejado de cómo soy yo. Me obsesiona la psique humana. Me obsesiona ponerme en el lugar de un asesino, por ejemplo, o un violador. ¿Qué se le pasa por la cabeza a alguien que mata por placer? ¿Se puede llegar a entender a un psicópata? ¿Me convierte ello en un ser peligroso? Mi profesor, seguramente, sería pederasta, y la historia incluiría la terrible escena en la que abusa de un niño. Jamás he conocido a un pederasta. No entiendo qué se le puede pasar por la cabeza a una persona así. Pero me gustaría entrar en su mente y averiguarlo.

A veces, cuando escribo, me gusta dejarme llevar por esa parte de mí que no me pertenece, esa parte que no es yo. Me pongo en el papel de otra persona y actúo -sobre el teclado del ordenador- sin principios ni valores, o al menos no los míos. Me gusta crear personajes enrevesados, peligrosos, con un pasado doloroso que les convierte en lo que son. El otro día describí una violación desde el punto de vista del agresor. Fue fácil. Imaginé mi peor pesadilla y la expuse sobre el papel, pero cambiando los roles. Fue divertido. Es lo más cerca que estaré nunca de cometer una agresión sexual, porque me parece la peor de las agresiones. Peor incluso que el asesinato. Pero esos son mis valores, no los de mi personaje.

Cuando escribes puedes matar, acuchillar, violar, mentir, prevaricar... Y todo queda en casa. Te conviertes en la antítesis de lo que realmente eres, vas en contra de todos tus valores, reniegas de tu educación. Y no pasa nada. Es más, si lo haces bien incluso puedes ganar dinero con ello, aunque nadie te librará de las críticas sobre lo terriblemente realista que es tu ficción y el asco que les ha dado leer tanto detalle en una violación/asesinato/robo a mano armada. ¿Me convierte eso en criminal? En absoluto. Porque cuando me despego del ordenador entiendo que solo era un juego, tan inofensivo -o más- como jugar con pistolas de agua. Es divertido, pero no es real. Y la diferencia entre esos dos mundos es lo que hace que escribir merezca la pena.

2010

Nunca puedes decir "este año solo puede ser mejor que el anterior", porque la vida es muy puñetera y puede demostrarte lo equivocadísima que estás. No me atrevería a gritar a los cuatro vientos que por fin se ha acabado un año horrible, horrible, horrible y que espero con avidez todo lo bueno que me va a traer el 2010, porque me he vuelto cauta y aquella resolución de "este va a ser el mejor año de mi vida" ha desparecido. No sé si tengo un mejor año en mi vida, todos han tenido sus cosas buenas y malas. Pero el 2009 pasará a la historia como el año de la pesadilla. En el 2009 murió mi padre, y todo lo bueno o regular que pasara el resto de los 364 días ha quedado en el olvido.

Este año lo termino con una migraña y lo empiezo con una gastritis. Si fuera supersticiosa, diría que no es muy buen augurio; como las supersticiones dan mala suerte, he decidido que empiezo el año enferma para quitarlo de mi lista de quehaceres y poder pasar el resto del año fresca cual lechuguita. El gato tiene un ojo rosa que apenas puede abrir, él también empieza el año regular. Los demás, como siempre, más o menos afortunados. Que empiece un año nuevo no significa que tenga que haber muchos cambios. Desgraciadamente. Cambiaría tantas cosas en mi vida... Lo malo es que todas escapan a mi control.

Qué seria me he puesto. Yo solo pasaba por aquí para desearos un feliz 2010, y que todo lo que deseéis se cumpla o al menos no se vaya al garete de forma estrepitosa. Sed todo lo felices que podáis hoy, que el mañana nunca está asegurado. No esperéis al 2011, este año es tan bueno como otro cualquiera. Dicen. Espero.

Pues eso, que feliz año.

Cambios

En el día de hoy anuncio que:
1. Voy a dejar de escribir. Estoy hasta el moño de pelearme conmigo misma todos los días. Ya no me gusta. Me rindo. A partir de ahora dedicaré mis horas libres a hacer calceta y punto de cruz.
2. Reniego de Alan Rickman. Me parece un viejo insoportable que ha llegado a donde está sólo porque de niño se le atascó la mandíbula y aprendió a hablar sin mover los labios. A partir de ahora sólo veré películas americanas con mucha violencia, mucho sexo y final feliz.
3. Soy de derechas y españolista. De mayor quiero ser como Esperanza Aguirre. Me pone Rajoy. Si fuera hombre, me dejaría un bigotillo como el de Aznar (como no lo soy, me lo quito con láser).
4. Como soy una débil mujer, voy a buscarme un marido que me cuide y me quite de trabajar para no ocupar un puesto laboral que le corresponde a un hombre. He decidido que voy a tener al menos cinco hijos y voy a dedicar el resto de mis días a cuidar y mimar de mi familia, sin más aliciente que los quince días en Benidorm en agosto.
5. Pienso que la homosexualidad es una enfermedad, el aborto una aberración y el divorcio contra natura, que Rouco Varela debería ser santificado en vida y que el papa es el hombre más divino del mundo. Creo en Jesús y a partir de ahora voy a ir a misa todos los días. A todas las misas.
6. Creo que tienes mucho tiempo libre y deberías estar haciendo cosas más interesantes que leer la mierda que escribo aquí de vez en cuando.

(ay, inocente, inocente...)

A esto le llamo yo una buena decoración


No, no es un hombre a quien se le ha escapado la escalera y se ha quedado colgando. Es un muñeco que el ingenioso dueño de la casa puso como decoración de Navidad y tuvo que quitar a los dos días porque a punto estuvo de causar accidentes frente a su casa. Según cuenta en su blog (si tuviera más tiempo pondría un link, siento haber olvidado cómo se hace, tendría que ponerme a rebuscar y no me apetece), una señora de 55 años llegó a levantar una escalera de casi cuarenta kilos y subió por ella antes de darse cuenta de que no era de verdad. La policía le recomendó que lo quitara porque incluso ellos habían estado a punto de pegársela cuando frenaron bruscamente con la intención de ayudar.

Duraría poco, pero seguro que dio que hablar a todo el vecindario...

Bloqueo del escritor y otros mitos

No creo en el bloqueo del escritor. No creo en el síndrome de la página en blanco, en que las musas te abandonen. Creo en que se pueden tener días más o menos inspirados, y que algunas veces las cosas te salen mejor que otras, pero no creo en la imposibilidad física de escribir. Sé que no existe porque lo he comprobado. Para el resto del mundo, esos que no escriben (también los hay, ¿os lo podéis creer?), el bloqueo se llama vagancia.

El pasado mes de noviembre conseguí crearme una férrea rutina. Me sentaba todos los días a escribir a la misma hora y trataba de escribir la misma cantidad de palabras, que de lunes a viernes eran alrededor de 1500 y los fines de semana algo más. Algunos días estaba cansada después de un día eterno, pero me sentaba igualmente; al fin y al cabo, no se trataba de mover piedras de molino con los dientes, algo podríamos hacer. Y avanzaba. Vale, no era Shakespeare, pero nada de lo que yo haga nunca lo será, y mi objetivo era perderle el miedo a escribir. Y lo conseguí. Incluso logré algún párrafo del que sentirme orgullosa (y muchos que negaré haber escrito yo cuando gane el Cervantes y me den la cátedra), pero eso era lo de menos. Ya vendría la revisión.

Llegó diciembre y me prometí seguir así, pero ya la presión no era la misma, la novela había llegado a su punto medio y, aunque sabía lo que venía después, me daba pereza seguir. Cometí el error de darme días libres. Perdí el impulso, la inercia que me tenía pegada a la silla todos los días a la misma hora. Recuperar la costumbre fue muy difícil. Todavía no lo he hecho. Cualquier excusa es buena para no escribir.

Y no es un bloqueo. No es que no sepa como seguir, que sí lo sé (solo que ahora es más difícil, porque vienen los "macgufins", como dice una amiga, los momentos de tensión que justifican todo lo escrito hasta ahora), pero me da pereza. Me da miedo. Ya empiezo otra vez con el "¿y si no lo hago bien?", solo que ahora es mucho más ridículo porque todo lo anterior es cualquier cosa menos bueno. Más de sesenta mil palabras, el final aún no se atisba, y me pongo a dudar. No es bloqueo de escritor, no es miedo a la página en blanco porque no hay ya nada blanco. Es miedo a secas.O pereza. O entumecimiento. Pero bloqueo no.

El bloqueo se vence escribiendo. Hoy he conseguido pegar el culo a la silla y escribir mil palabras. Son pésimas, y creo que me estoy desviando, pero al menos ya sé por qué camino no me apetece ir. Mañana me sentaré otra vez. Y estas vacaciones pienso dedicar algún que otro día solo a escribir (bueno, y a comer y a dormir, pero a nada más), como ya hice en noviembre, cuando conseguí cascarme 6000 palabras en un día. Es cuestión de ponerse. De vencer a la pereza.

Y a mí a cabezona no me gana nadie.

Sábado, día de escritura

Nueve y media de la mañana de un sábado. El despertador no suena, pero yo ya estoy despierta y dispuesta a empezar el día. Hoy tengo que escribir, me digo, tengo que sentarme al ordenador y usarlo para lo que lo compré, que no está la economía como para tirar el dinero. Hoy escribo.

Pero primero tengo que desayunar. Un desayuno lento y sin prisa, con música de fondo, relajado. El gato husmea la tostada, él también quiere. Quito la taza de café con leche antes de que meta el morro, anda que no es fino el tío. Me tomo otro café. Sólo he dormido diez horas, aún tengo sueño.

La casa está hecha un asco. No me puedo concentrar con pelusas por doquier. Paso la escoba y me pongo. Bueno, ya que he sacado la escoba, saco el Ajax Pino y le pego una fregadita al suelo. Y a la encimera de la cocina. Y ya puestos, limpio el baño.

Ya, ya está todo limpio, ya me puedo poner a escribir. Vamos a echar un vistazo a internet y ahora me pongo.

Media hora más tarde, me doy cuenta de que el reloj de pared del despacho está parado. Hay que cambiarle la pila. Es un momento, lo hago en un pis-pas.

¿Dónde coño he metido yo las pilas? Diez minutos buscándolas para encontrarlas en el cajón de las pilas. Qué cosas.

Anda, no he planchado los cuadritos de patchwork (estoy haciendo un cojín, más mono...) y quiero pasarme la tarde cosiendo en casa de mi madre, así que mejor los plancho ahora y así, mientras escribo, se enfría la plancha y puedo guardarla antes de irme, no vaya ser que el gato se queme el hocico. Un momentito, es un momentito.

Ya está. Me siento. Abro el documento. Escribo cien palabras. Miro el reloj.

Coño, es la hora de ir a comer a casa de mi madre. Apago el ordenador y me visto a toda prisa, que tengo que comprar el pan.

De mañana no pasa, mañana escribo.

Que sí, de verdad.

¡Me importa tres pepinos!

Enciendo el ordenador. Después de pasear por el correo, voy con toda tranquilidad a los dos periódicos digitales que leo siempre, ¿y qué me encuentro en portada (en pequeñito, pero en portada)? La foto en exclusiva del nuevo aspecto tras la operación de cirugía estética de cierta persona a la que no pienso nombrar para que nadie pueda llegar aquí tecleando su nombre.

¡Señores, qué hace esa tía abriendo periódicos! Como ella misma dijo, ¡ni que fuera Bin Laden, leches!

A veces me gustaría ser idiota para dejarme comer la cabeza por tonterías sin importancia...

Aborta, que algo queda.

Los obispos dicen que abortar es delito.

Se nota que ni son mujeres, ni trabajan con ellas, ni están casados, ni tienen hijas o nietas.

O sí.

En defensa de la escuela pública

Trabajo en una escuela pública. Una ikastola pública, para más señas, un centro que empezó siendo de la diputación alavesa para luego pasar a manos del Gobierno Vasco cuando las ikastolas lograron la completa legalización. Está en un barrio de los llamados "bien" de la ciudad, de clase media alta y con un pírrico porcentaje de inmigrantes. No hay problemas de disciplina. Las clases son todo lo homogéneas que se puede esperar en una clase de veintipico niños y niñas.

El año pasado, los alumnos de cuarto tuvieron que hacer el examen diagnóstico, una prueba que el Gobierno Vasco (no sé si es estatal) utiliza para gradar los centros que se toma en cuarto de primaria y segundo de ESO. Se medían las competencias en castellano, euskera y matemáticas, y este año también conocimiento del medio (aunque esta última va a cambiar todos los años). Nos han llegado los resultados. Dado el nivel socieconómico del barrio y de los alumnos, la comparación entre centros (todos anónimos) se ha hecho teniendo en cuenta ese dato. Al tener nuestras familias un nivel socioeconómico muy alto, la comparación se ha hecho contrastando nuestros resultados con colegios privados y concertados de la comunidad, modelos A, B y D.

¿Los resultados? Les damos a todos sopas con honda.

La media del resto de colegios no es mala, en la gráfica quedaban a la mitad del nivel medio, pero nuestra ikastola pasaba con creces ese punto y entraba en la zona de "avanzados". La nota más baja, aunque aún muy por encima de la media, era en matemáticas, y hasta en conocimiento del medio han (hemos) arrasado. Tened en cuenta que estos niños son castellano parlantes e hicieron el examen en su lengua de acogida, no la materna. Había dudas, se creyó que lo harían mal. No hemos hecho trampa y hemos arrasado.

¿Qué conclusión saco? No, no es que el modelo D funciona (que lo defiendo a capa y espada, pero no es lo que respaldan estos datos); no, no es que los niños de ikastola son más listos, o que los profesores que hablan euskera están más preparados. La conclusión a la que llego, a pesar del título de la entrada, es que la escuela, pública o privada, es solo una mínima parte del cuadro, que poco podemos hacer nosotros (los profesores) en la educación de los niños a la hora de la verdad. La mayoría de nuestros alumnos tienen padres universitarios, algunos profesores, la mayoría bien educados. No tenemos ningún grupo marginal, ningún problema serio de disciplina, podemos emplear todo nuestro tiempo en enseñar. ¿Por qué otros colegios de la ciudad, a pesar de tener los mismos profesores (todos sacados de la misma lista, todos con la misma formación) se han quedado en la zona baja del gráfico? Porque no tienen nuestras familias, no tienen nuestra educación. Y sin esa materia prima, poco podemos hacer los profesores, ya sea en público o en privado.

Así que, padres y madres, andad al loro de lo que hacen vuestros hijos. Participad todo lo que podáis, enviad a los chavales bien educados, formales y respetuosos, que de las sumas y las restas ya nos encargamos nosotros. Y zorionak a todas las familias de los chavales de cuarto (este año quinto) de mi centro, porque nos han puesto a los profesores el ego por las nubes.

Oh, Christmas tree

Estos días, en clase de los pitufos de 4 y 5 años, estoy trabajando villancicos, ya sean reales (oh, Christmas tree, oh, Christmas tree, how lovely are your branches) o inventados (I'm a little snowman, short and fat). Después de trabajar el del árbol de Navidad, me viene un pitufo y me dice: "Ruth, Ruth, hoy he puesto el ohchristmastree (así, todo seguido y sin respirar) en mi casa".

Si es que hay que tener un cuidado con lo que se dice en clase...

Terapia

Fin de semana largo. Mucho tiempo para hacer cosas, o para no hacer nada. Cuatro días en los que dedicarse a lo que una prefiera.

Ayer me dediqué a hacer el vago. No hice nada. Limpié un poco la casa y me pasé el resto del día jugando con el ordenador nuevo, bajándome de internet programas que probablemente no necesito, buscando tonterías en la red. Después lo utilicé para una charla de una hora con mis amigos de allende los mares (viva el skype), y salí a dar una vuelta.

Me sentí como una patata.

No me gusta hacer el vago. Me aburro. Me convierte en vaga. De repente, no me siento motivada para hacer nada, ni para ver la televisión. No hay nada que me llame la atención. Y después de un par de horas de no hacer nada, soy incapaz de ponerme a hacer algo serio. Me convierto en vaga. No valgo para nada.

Esta mañana he decidido que no iba a volver a hacerlo. Después de una ducha que me ha dejado como nueva, me he sentado otra vez frente al ordenador, pero esta vez para darle el uso para el que se compró: he escrito dos mil palabras de un tirón. Diciembre también va a ser mi NaNoWriMo, solo que esta vez aspiro a 30000 palabras en vez de las 50000 de noviembre, no nos pasemos, y hoy ya he cumplido por hoy y por ayer. Esta tarde toca estudiar, algo que no he hecho desde ya ni me acuerdo; tengo ganas de ponerme a hacer cosas porque ya he empezado, no me he permitido caer en la desidia de un día de fiesta.

He hecho terapia. La escritura es mi terapia. Me hace sentir renovada, me da ganas de seguir haciendo cosas, me hace pensar en todo lo que puedo hacer con los tres días de fiesta que me quedan.

El único dolor: haber tirado el sábado de mala manera. Pero aún tengo dos días más para compensar.

Si es que vamos de cosmopolitas...



...y luego hacemos estas cosas.

Visto en Madrid, en un bar céntrico, en la calle paralela a Preciados. La foto no está trucada (no sabría cómo hacerlo aún si quisiera) y me ha servido para pasar muy buenos ratos. Lo que me he podido reír, madre.

Let's go sting something, uncle.

Diario

Empieza el invierno. Ya hemos tenido la primera nevada, muy ligerita y sin llegar a cuajar, pero hemos visto nieve. Se me ocurrió señalarla por la ventana cuando estaba con los de cuatro años y ahí se acabó la clase. Qué gritos, madre, qué dolor de cabeza. No hay nada peor que la nieve con veinte niños altamente inflamables a tu alrededor.

Hoy, sin embargo, hemos tenido un día casi cálido en comparación. Hacía fresco, sí, pero somos vascos, hostia, podemos con todo, siempre y cuando haga un poco de sol y el viento del norte amaine. Me ha gustado el día de hoy. Ojalá aguante así todo el invierno, con las nevadas justas para llenar el pantano. En casa, mantita, gato y calefacción, y los que trabajen al aire libre que se fastidien (bueno, no, que se abriguen).

Y sigo con lo mío. Noviembre, diciembre, enero o febrero, la cosa es escribir. Me he dado unos días de fiesta para celebrar el triunfo de NaNoWriMo y ahora vuelvo a la carga, pero más pausada, sin prisas, tranquila. Tengo tiempo, tengo ideas y soy lo suficientemente previsora como para haber ahorrado tiempo libre. Ya he estudiado todo lo que tenía que estudiar, ahora a leer y a escribir, que es lo que me gusta. Ya llegará enero con sus exámenes y será tiempo de agobios otra vez. Ahora no.

La calefacción a tope, el ordenador nuevo funcionando a todo trapo, el gato en el regazo, un té rojo a mi lado... Qué poco me hace falta para sentirme satisfecha.

Fin de semana largo y otras cuitas

Mañana tengo fiesta por ser el día del maestro (que a ver cuándo empiezan a llamarlo "día de la maestra", que visto el porcentaje de maestros y maestras nos toca feminizar la fiesta, digo yo). Aprovecho que mi hermano tiene un máster en Madrid para ir a pasar el fin de semana con él y visitar una ciudad que desconozco por completo. Espero que no llueva.

Salgo de madrugada, a las dos de la mañana del sábado, lo que significa que, a cuatro días del fin del NaNoWriMo, no voy a poder escribir en dos. Ayer, con mis 40000 palabras escasas, me había dado ya por vencida y había decidido que otro año sería, pero hoy me ha llegado el e-mail del organizador y me ha metido adrenalina en vena. He llegado a casa y me he sentado en el ordenador; tras dos horas, he logrado casi 4000 palabras, algo que no había hecho en mi vida. No son palabras que vayan a hacerse un hueco en la historia de la literatura y más de la mitad de lo que he escrito hoy se va a ir a la basura en la revisión, pero he adelantado la historia y la estoy llevando por donde yo quería. Me gusta. Puede salir algo bonito de todo esto.

Mis dedos vuelan sobre el teclado de mi ordenador nuevo, mi auto regalo de cumpleaños tardío -o de Navidad temprano-, y al que creo que tengo que agradecerle parte del mérito de las palabras de hoy porque ya no me dejo el cuello en el portátil. Un gasto superfluo, algo sin lo que podría vivir, pero he decidido que, si quiero ser escritora, voy a invertir en el instrumental necesario para conseguirlo. Cuando acabe la novela caerá una impresora como dios manda, para empezar a mandarla a cuanto concurso y editorial tenga a bien leerla.

Aún no ha empezado mi puente y ya estoy pensando en el de la semana que viene, en la de horas que puedo pasarme escribiendo con cuatro días de fiesta, aunque ya no tenga un día marcado en rojo en el calendario para entregar nada. Estoy deseando acabar el primer borrador para poner en limpio todas las notas que he ido tomando y empezar a pulir la historia. Hacía mucho tiempo que los personajes no me perseguían en sueño ni atacaban mis horas de asueto.

De momento, tranquilidad en el frente.

Sarcasmo con niños de seis años

La clase de primero B es horrible. No lo digo solo yo, lo dice cualquier profesor que entra a dar clase, incluída su tutora. Es una de esas clases donde hasta los buenos son malos, porque son inteligentes pero no hay manera de sacarles provecho, despistados y guerreros como son. Una hora en esa clase es como dos días enteros en cualquier otra. Los martes y los jueves a última hora de la mañana me concentro y me esfuerzo por tomármelo con calma, por no gritar, por no enfadarme. A los cinco minutos de entrar en clase ya no me queda voz. Como muestra un botón.

A. es un niño a quien en otros momentos de la historia habríamos llamado "cortito" pero que ahora llamamos "de desarrollo lento". En pocas palabras, no sabe hacer la o con un canuto y encima nunca, nunca, nunca presta atención. Eso sí, participar y salir a la pizarra le encanta, así que hoy le he sacado para que uniera los nombres de los miembros de la familia y sus dibujos.

No ha dado una, el condenado, aunque en este caso eso es lo de menos.

Así que, después de echarle más cables que el tendido eléctrico de un hospital y tras devolverle a su sitio con un inmerecido "good job" para subirle el ánimo, se ha puesto el angelito a jugar con tooooodo lo que caía a menos de un metro de sus manos, ya fuera suyo o del compañero. Yo, nerviosísima ya porque esta clase me ataca los nervios, interrumpo a la pobre cría que he sacado a la pizarra y digo, con voz de trueno:

-Nada, A., tú sigue jugando, ¿eh?, sigue jugando, no hagas ni caso.

Y eso es, exactamente, lo que A. ha hecho. La primera vez en su vida que me hace caso.

(Nota mental: escribir cien veces "no utilizaré el sarcasmo con niños de seis años, no utilizaré el sarcasmo con niños de seis años, no utilizaré el sarcasmo con niños de seis años...)

13 de noviembre

Hoy es viernes 13, día maldito para el mundo anglosajón. Se teme un bombardeo de virus y la gente huye gatos negros y escaleras varias. Yo no.
Hoy hace 34 años que nací. Cumplo años, y hoy hago un paréntesis en mi apretada agenda de escritora suicida para anunciarlo al mundo (o a la docena escasa de personas que me leéis normalmente). Cumpleaños extraño porque me falta alguien, pero mi día al fin y al cabo. He intentado madrugar un poco para alargar el día, pero me ha vencido el sueño. Aún así, esta mañana me sobra tiempo.
Voy a por pastas. Os guardo una si la pedís amablemente.

Escribo, luego existo

Este mes va a ser duro. Muy duro.

Estamos a cuatro de noviembre, lo que significa que llevo cuatro días haciendo el NaNoWriMo dichoso. Cuatro días en los que, después de terminar el tema de semántica y lexicografía de la lengua inglesa o de pensamiento y creación literario en el siglo XX, me siento al ordenador, más dormida que despierta, y escribo alrededor de dos mil palabras. Dos mil palabras los dos primeros días, porque al tercero ya me he conformado con mil quinientas y hoy he pasado justita de las mil. Pero es que no puedo más. Que ha sido un día muy largo, aunque aún no sean las nueve de la noche. Que tengo sueñito, y hambre, y el gato reclama mi atención.

¿Cómo lo hacen los escritores serios que tienen un trabajo aparte (o sea, el ochenta por ciento de los escritores en el mundo)? ¿Cómo trabajas ocho horas diarias y luego llegas a casa y lidias con las exigencias de un editor, y de una fecha de entrega, y de una sesión de firmas? Yo apenas puedo dedicarle una o dos horas al día, no porque no tenga tiempo (puedo hacer tiempo, no tengo excusas), sino porque no me quedan fuerzas. Escribir una novela en un mes... A quién se le ocurre...

Me voy a cenar (temprano) para poder meterme en la cama (temprano). Soy dormilona y remolona, qué le vamos a hacer. A otros les huelen los pies.