Nieve


Nieva en Vitoria. Como todos los años.

La nieve no es novedad, la falta de ella sí lo sería. Vitoria sin nieve es como un jardín sin flores, si no cae una buena nevada al menos una vez al año nos falta algo. Muchos años nos ha faltado algo, y no salimos en las noticias. Pero siempre que nieva, aparecemos en el telediario. La no-novedad es noticia.

Este año, la nevada ha sido quizás más copiosa que otras veces, aunque yo todavía recuerdo las que caían cuando yo era pequeña -y no tan pequeña- y soy incapaz de compararlas. Mi ikastola estaba al lado de un parque, así que, cuando nevaba, a veces nos llevaban al parque y nos pasábamos la hora del recreo haciendo ángeles en la nieve. Yo era una mocosa, tendría seis o siete años, y recuerdo que la nieve me llegaba por las rodillas. Ahora he crecido, mis rodillas están más altas. Quizás sea eso por lo que no me parece que ahora nieve tanto. Pero no, no es eso. Cuando hacía prácticas en la misma ikastola, intenté cruzar el parque después de una buena nevada. No pude. Me llegaba a mitad del muslo. Y desde entonces no he crecido más, así que sí, antes nevaba más que ahora.

Cuando nieva, me acuerdo de mi padre. Él siempre renegaba de la nieve. Decía que qué había de bonito en un paisaje completamente blanco, dónde estaba la gracia. El otoño sí que es espectacular, con su gama de colores, decía él, pero un paisaje todo blanco... Vamos, hombre, vaya porquería. Luego se ponía a enumerar los problemas que causaba la nieve, y mi hermano y yo le tachábamos de exagerado. Con lo divertido que es, le decíamos, mira cómo se lo pasan los críos.


Ahora he crecido, y creo que un poco del espíritu de mi padre habita en mí. Me gusta ver caer los copos desde la ventana de mi casa, con la calefacción a tope y la manta sobre el regazo, pero odio tener que salir a la calle. Me siento torpe andando con botas de monte, me patino por muy buen calzado que lleve, paso frío, me mojo... Me acuerdo del otoño, con el colorido de las hojas de los árboles, y deseo con todas mis fuerzas que acabe el maldito temporal. Quiero que deje de nevar. Quiero poder andar por la calle sin sentirme idiota.

Hoy he oído en televisión que un hombre que limpiaba la acera se ha resbalado y se ha matado con el golpe. Pienso en su familia, en el cuerpo que se te tiene que quedar cuando quien quiera que dé ese tipo de noticias se te plante en casa. "No, oiga, debe usted estar equivocado, mi marido está limpiando la acera". Estaba, oiga, estaba.

Nieva. Hace frío. El suelo reluce como si fuera de mentira. La noche es más clara cuando hay nieve.

10 cosas que no me gustan de las fiestas de Navidad


10. Ponerte hasta el culo de comida aunque no tengas hambre, aunque no hayas tenido hambre la última semana, aunque tengas la sensación de que nunca jamás volverás a tener hambre después de todo lo que tu madre/suegra te ha hecho comer estos días.

9. Que Baltasar siga siendo un blanco con la cara pintada de negro. ¿Pero es que no hay bastantes negros alrededor para que dejemos esta estúpida tradición del betún? ¿O somos tan racistas que solo soportamos a los negros de mentira?

8. Que los huevos fritos no estén en el menú navideño.

7. Los villancicos clásicos en castellano. En euskera y en inglés no me importan, pero en castellano no los soporto. Esto es a raíz de un trauma personal que tengo después de aguantar X Navidades los cánticos de mis tíos y mis padres, todos ciegos como piojos y peleando por ver quién desafinaba más.

6. Las aglomeraciones navideñas. Eso de que a todo el mundo le dé por hacer compras de última hora y no te dejen a ti, que realmente no has tenido tiempo hasta el último minuto, campar a tus anchas por El Corte Inglés.

5. El Corte Inglés. Se creen que las Navidades las han inventado ellos.

4. Los anuncios de colonias. A cada cual más repulsivo, sexista y repetitivo.

3. El anuncio de Euskaltel del "llámala, din-don, llámala, din-din-don". A todas horas, en todos los canales (menos en TVE), después y antes de todos los programas.

2. Que no te respondan a las felicitaciones de Navidad. Ya no pido que manden un "christmas", con un mensaje de teléfono o uno en el Facebook me conformo.

1. El siete de enero.

¿Y tú? Venga, no me vengas con el espíritu navideño, que seguro que algo hay.

Personalidades ocultas


Algunos dicen que una debe escribir sobre lo que conoce. Tiene su lógica, claro, lo que conoces es lo que más fielmente puedes retratar. Puedes echar mano de tus sensaciones, de tus conocimientos, y crear un escrito personal y realista, fiel a la realidad. El problema es adaptar eso que uno conoce y conseguir crear una historia de ficción a raíz de eso. Quieras que no, tendrás que incluir aspectos desconocidos, asuntos que no manejas de primera mano.

Yo prefiero escribir sobre aspectos que no conozco. No me refiero en la historia en sí. Puedo escribir sobre un profesor de primaria que se enfrenta a una clase de niños por primera vez, por ejemplo, pero ese profesor de primaria estaría muy alejado de cómo soy yo. Me obsesiona la psique humana. Me obsesiona ponerme en el lugar de un asesino, por ejemplo, o un violador. ¿Qué se le pasa por la cabeza a alguien que mata por placer? ¿Se puede llegar a entender a un psicópata? ¿Me convierte ello en un ser peligroso? Mi profesor, seguramente, sería pederasta, y la historia incluiría la terrible escena en la que abusa de un niño. Jamás he conocido a un pederasta. No entiendo qué se le puede pasar por la cabeza a una persona así. Pero me gustaría entrar en su mente y averiguarlo.

A veces, cuando escribo, me gusta dejarme llevar por esa parte de mí que no me pertenece, esa parte que no es yo. Me pongo en el papel de otra persona y actúo -sobre el teclado del ordenador- sin principios ni valores, o al menos no los míos. Me gusta crear personajes enrevesados, peligrosos, con un pasado doloroso que les convierte en lo que son. El otro día describí una violación desde el punto de vista del agresor. Fue fácil. Imaginé mi peor pesadilla y la expuse sobre el papel, pero cambiando los roles. Fue divertido. Es lo más cerca que estaré nunca de cometer una agresión sexual, porque me parece la peor de las agresiones. Peor incluso que el asesinato. Pero esos son mis valores, no los de mi personaje.

Cuando escribes puedes matar, acuchillar, violar, mentir, prevaricar... Y todo queda en casa. Te conviertes en la antítesis de lo que realmente eres, vas en contra de todos tus valores, reniegas de tu educación. Y no pasa nada. Es más, si lo haces bien incluso puedes ganar dinero con ello, aunque nadie te librará de las críticas sobre lo terriblemente realista que es tu ficción y el asco que les ha dado leer tanto detalle en una violación/asesinato/robo a mano armada. ¿Me convierte eso en criminal? En absoluto. Porque cuando me despego del ordenador entiendo que solo era un juego, tan inofensivo -o más- como jugar con pistolas de agua. Es divertido, pero no es real. Y la diferencia entre esos dos mundos es lo que hace que escribir merezca la pena.

2010

Nunca puedes decir "este año solo puede ser mejor que el anterior", porque la vida es muy puñetera y puede demostrarte lo equivocadísima que estás. No me atrevería a gritar a los cuatro vientos que por fin se ha acabado un año horrible, horrible, horrible y que espero con avidez todo lo bueno que me va a traer el 2010, porque me he vuelto cauta y aquella resolución de "este va a ser el mejor año de mi vida" ha desparecido. No sé si tengo un mejor año en mi vida, todos han tenido sus cosas buenas y malas. Pero el 2009 pasará a la historia como el año de la pesadilla. En el 2009 murió mi padre, y todo lo bueno o regular que pasara el resto de los 364 días ha quedado en el olvido.

Este año lo termino con una migraña y lo empiezo con una gastritis. Si fuera supersticiosa, diría que no es muy buen augurio; como las supersticiones dan mala suerte, he decidido que empiezo el año enferma para quitarlo de mi lista de quehaceres y poder pasar el resto del año fresca cual lechuguita. El gato tiene un ojo rosa que apenas puede abrir, él también empieza el año regular. Los demás, como siempre, más o menos afortunados. Que empiece un año nuevo no significa que tenga que haber muchos cambios. Desgraciadamente. Cambiaría tantas cosas en mi vida... Lo malo es que todas escapan a mi control.

Qué seria me he puesto. Yo solo pasaba por aquí para desearos un feliz 2010, y que todo lo que deseéis se cumpla o al menos no se vaya al garete de forma estrepitosa. Sed todo lo felices que podáis hoy, que el mañana nunca está asegurado. No esperéis al 2011, este año es tan bueno como otro cualquiera. Dicen. Espero.

Pues eso, que feliz año.

Cambios

En el día de hoy anuncio que:
1. Voy a dejar de escribir. Estoy hasta el moño de pelearme conmigo misma todos los días. Ya no me gusta. Me rindo. A partir de ahora dedicaré mis horas libres a hacer calceta y punto de cruz.
2. Reniego de Alan Rickman. Me parece un viejo insoportable que ha llegado a donde está sólo porque de niño se le atascó la mandíbula y aprendió a hablar sin mover los labios. A partir de ahora sólo veré películas americanas con mucha violencia, mucho sexo y final feliz.
3. Soy de derechas y españolista. De mayor quiero ser como Esperanza Aguirre. Me pone Rajoy. Si fuera hombre, me dejaría un bigotillo como el de Aznar (como no lo soy, me lo quito con láser).
4. Como soy una débil mujer, voy a buscarme un marido que me cuide y me quite de trabajar para no ocupar un puesto laboral que le corresponde a un hombre. He decidido que voy a tener al menos cinco hijos y voy a dedicar el resto de mis días a cuidar y mimar de mi familia, sin más aliciente que los quince días en Benidorm en agosto.
5. Pienso que la homosexualidad es una enfermedad, el aborto una aberración y el divorcio contra natura, que Rouco Varela debería ser santificado en vida y que el papa es el hombre más divino del mundo. Creo en Jesús y a partir de ahora voy a ir a misa todos los días. A todas las misas.
6. Creo que tienes mucho tiempo libre y deberías estar haciendo cosas más interesantes que leer la mierda que escribo aquí de vez en cuando.

(ay, inocente, inocente...)

A esto le llamo yo una buena decoración


No, no es un hombre a quien se le ha escapado la escalera y se ha quedado colgando. Es un muñeco que el ingenioso dueño de la casa puso como decoración de Navidad y tuvo que quitar a los dos días porque a punto estuvo de causar accidentes frente a su casa. Según cuenta en su blog (si tuviera más tiempo pondría un link, siento haber olvidado cómo se hace, tendría que ponerme a rebuscar y no me apetece), una señora de 55 años llegó a levantar una escalera de casi cuarenta kilos y subió por ella antes de darse cuenta de que no era de verdad. La policía le recomendó que lo quitara porque incluso ellos habían estado a punto de pegársela cuando frenaron bruscamente con la intención de ayudar.

Duraría poco, pero seguro que dio que hablar a todo el vecindario...

Bloqueo del escritor y otros mitos

No creo en el bloqueo del escritor. No creo en el síndrome de la página en blanco, en que las musas te abandonen. Creo en que se pueden tener días más o menos inspirados, y que algunas veces las cosas te salen mejor que otras, pero no creo en la imposibilidad física de escribir. Sé que no existe porque lo he comprobado. Para el resto del mundo, esos que no escriben (también los hay, ¿os lo podéis creer?), el bloqueo se llama vagancia.

El pasado mes de noviembre conseguí crearme una férrea rutina. Me sentaba todos los días a escribir a la misma hora y trataba de escribir la misma cantidad de palabras, que de lunes a viernes eran alrededor de 1500 y los fines de semana algo más. Algunos días estaba cansada después de un día eterno, pero me sentaba igualmente; al fin y al cabo, no se trataba de mover piedras de molino con los dientes, algo podríamos hacer. Y avanzaba. Vale, no era Shakespeare, pero nada de lo que yo haga nunca lo será, y mi objetivo era perderle el miedo a escribir. Y lo conseguí. Incluso logré algún párrafo del que sentirme orgullosa (y muchos que negaré haber escrito yo cuando gane el Cervantes y me den la cátedra), pero eso era lo de menos. Ya vendría la revisión.

Llegó diciembre y me prometí seguir así, pero ya la presión no era la misma, la novela había llegado a su punto medio y, aunque sabía lo que venía después, me daba pereza seguir. Cometí el error de darme días libres. Perdí el impulso, la inercia que me tenía pegada a la silla todos los días a la misma hora. Recuperar la costumbre fue muy difícil. Todavía no lo he hecho. Cualquier excusa es buena para no escribir.

Y no es un bloqueo. No es que no sepa como seguir, que sí lo sé (solo que ahora es más difícil, porque vienen los "macgufins", como dice una amiga, los momentos de tensión que justifican todo lo escrito hasta ahora), pero me da pereza. Me da miedo. Ya empiezo otra vez con el "¿y si no lo hago bien?", solo que ahora es mucho más ridículo porque todo lo anterior es cualquier cosa menos bueno. Más de sesenta mil palabras, el final aún no se atisba, y me pongo a dudar. No es bloqueo de escritor, no es miedo a la página en blanco porque no hay ya nada blanco. Es miedo a secas.O pereza. O entumecimiento. Pero bloqueo no.

El bloqueo se vence escribiendo. Hoy he conseguido pegar el culo a la silla y escribir mil palabras. Son pésimas, y creo que me estoy desviando, pero al menos ya sé por qué camino no me apetece ir. Mañana me sentaré otra vez. Y estas vacaciones pienso dedicar algún que otro día solo a escribir (bueno, y a comer y a dormir, pero a nada más), como ya hice en noviembre, cuando conseguí cascarme 6000 palabras en un día. Es cuestión de ponerse. De vencer a la pereza.

Y a mí a cabezona no me gana nadie.

Sábado, día de escritura

Nueve y media de la mañana de un sábado. El despertador no suena, pero yo ya estoy despierta y dispuesta a empezar el día. Hoy tengo que escribir, me digo, tengo que sentarme al ordenador y usarlo para lo que lo compré, que no está la economía como para tirar el dinero. Hoy escribo.

Pero primero tengo que desayunar. Un desayuno lento y sin prisa, con música de fondo, relajado. El gato husmea la tostada, él también quiere. Quito la taza de café con leche antes de que meta el morro, anda que no es fino el tío. Me tomo otro café. Sólo he dormido diez horas, aún tengo sueño.

La casa está hecha un asco. No me puedo concentrar con pelusas por doquier. Paso la escoba y me pongo. Bueno, ya que he sacado la escoba, saco el Ajax Pino y le pego una fregadita al suelo. Y a la encimera de la cocina. Y ya puestos, limpio el baño.

Ya, ya está todo limpio, ya me puedo poner a escribir. Vamos a echar un vistazo a internet y ahora me pongo.

Media hora más tarde, me doy cuenta de que el reloj de pared del despacho está parado. Hay que cambiarle la pila. Es un momento, lo hago en un pis-pas.

¿Dónde coño he metido yo las pilas? Diez minutos buscándolas para encontrarlas en el cajón de las pilas. Qué cosas.

Anda, no he planchado los cuadritos de patchwork (estoy haciendo un cojín, más mono...) y quiero pasarme la tarde cosiendo en casa de mi madre, así que mejor los plancho ahora y así, mientras escribo, se enfría la plancha y puedo guardarla antes de irme, no vaya ser que el gato se queme el hocico. Un momentito, es un momentito.

Ya está. Me siento. Abro el documento. Escribo cien palabras. Miro el reloj.

Coño, es la hora de ir a comer a casa de mi madre. Apago el ordenador y me visto a toda prisa, que tengo que comprar el pan.

De mañana no pasa, mañana escribo.

Que sí, de verdad.

¡Me importa tres pepinos!

Enciendo el ordenador. Después de pasear por el correo, voy con toda tranquilidad a los dos periódicos digitales que leo siempre, ¿y qué me encuentro en portada (en pequeñito, pero en portada)? La foto en exclusiva del nuevo aspecto tras la operación de cirugía estética de cierta persona a la que no pienso nombrar para que nadie pueda llegar aquí tecleando su nombre.

¡Señores, qué hace esa tía abriendo periódicos! Como ella misma dijo, ¡ni que fuera Bin Laden, leches!

A veces me gustaría ser idiota para dejarme comer la cabeza por tonterías sin importancia...

Aborta, que algo queda.

Los obispos dicen que abortar es delito.

Se nota que ni son mujeres, ni trabajan con ellas, ni están casados, ni tienen hijas o nietas.

O sí.

En defensa de la escuela pública

Trabajo en una escuela pública. Una ikastola pública, para más señas, un centro que empezó siendo de la diputación alavesa para luego pasar a manos del Gobierno Vasco cuando las ikastolas lograron la completa legalización. Está en un barrio de los llamados "bien" de la ciudad, de clase media alta y con un pírrico porcentaje de inmigrantes. No hay problemas de disciplina. Las clases son todo lo homogéneas que se puede esperar en una clase de veintipico niños y niñas.

El año pasado, los alumnos de cuarto tuvieron que hacer el examen diagnóstico, una prueba que el Gobierno Vasco (no sé si es estatal) utiliza para gradar los centros que se toma en cuarto de primaria y segundo de ESO. Se medían las competencias en castellano, euskera y matemáticas, y este año también conocimiento del medio (aunque esta última va a cambiar todos los años). Nos han llegado los resultados. Dado el nivel socieconómico del barrio y de los alumnos, la comparación entre centros (todos anónimos) se ha hecho teniendo en cuenta ese dato. Al tener nuestras familias un nivel socioeconómico muy alto, la comparación se ha hecho contrastando nuestros resultados con colegios privados y concertados de la comunidad, modelos A, B y D.

¿Los resultados? Les damos a todos sopas con honda.

La media del resto de colegios no es mala, en la gráfica quedaban a la mitad del nivel medio, pero nuestra ikastola pasaba con creces ese punto y entraba en la zona de "avanzados". La nota más baja, aunque aún muy por encima de la media, era en matemáticas, y hasta en conocimiento del medio han (hemos) arrasado. Tened en cuenta que estos niños son castellano parlantes e hicieron el examen en su lengua de acogida, no la materna. Había dudas, se creyó que lo harían mal. No hemos hecho trampa y hemos arrasado.

¿Qué conclusión saco? No, no es que el modelo D funciona (que lo defiendo a capa y espada, pero no es lo que respaldan estos datos); no, no es que los niños de ikastola son más listos, o que los profesores que hablan euskera están más preparados. La conclusión a la que llego, a pesar del título de la entrada, es que la escuela, pública o privada, es solo una mínima parte del cuadro, que poco podemos hacer nosotros (los profesores) en la educación de los niños a la hora de la verdad. La mayoría de nuestros alumnos tienen padres universitarios, algunos profesores, la mayoría bien educados. No tenemos ningún grupo marginal, ningún problema serio de disciplina, podemos emplear todo nuestro tiempo en enseñar. ¿Por qué otros colegios de la ciudad, a pesar de tener los mismos profesores (todos sacados de la misma lista, todos con la misma formación) se han quedado en la zona baja del gráfico? Porque no tienen nuestras familias, no tienen nuestra educación. Y sin esa materia prima, poco podemos hacer los profesores, ya sea en público o en privado.

Así que, padres y madres, andad al loro de lo que hacen vuestros hijos. Participad todo lo que podáis, enviad a los chavales bien educados, formales y respetuosos, que de las sumas y las restas ya nos encargamos nosotros. Y zorionak a todas las familias de los chavales de cuarto (este año quinto) de mi centro, porque nos han puesto a los profesores el ego por las nubes.

Oh, Christmas tree

Estos días, en clase de los pitufos de 4 y 5 años, estoy trabajando villancicos, ya sean reales (oh, Christmas tree, oh, Christmas tree, how lovely are your branches) o inventados (I'm a little snowman, short and fat). Después de trabajar el del árbol de Navidad, me viene un pitufo y me dice: "Ruth, Ruth, hoy he puesto el ohchristmastree (así, todo seguido y sin respirar) en mi casa".

Si es que hay que tener un cuidado con lo que se dice en clase...

Terapia

Fin de semana largo. Mucho tiempo para hacer cosas, o para no hacer nada. Cuatro días en los que dedicarse a lo que una prefiera.

Ayer me dediqué a hacer el vago. No hice nada. Limpié un poco la casa y me pasé el resto del día jugando con el ordenador nuevo, bajándome de internet programas que probablemente no necesito, buscando tonterías en la red. Después lo utilicé para una charla de una hora con mis amigos de allende los mares (viva el skype), y salí a dar una vuelta.

Me sentí como una patata.

No me gusta hacer el vago. Me aburro. Me convierte en vaga. De repente, no me siento motivada para hacer nada, ni para ver la televisión. No hay nada que me llame la atención. Y después de un par de horas de no hacer nada, soy incapaz de ponerme a hacer algo serio. Me convierto en vaga. No valgo para nada.

Esta mañana he decidido que no iba a volver a hacerlo. Después de una ducha que me ha dejado como nueva, me he sentado otra vez frente al ordenador, pero esta vez para darle el uso para el que se compró: he escrito dos mil palabras de un tirón. Diciembre también va a ser mi NaNoWriMo, solo que esta vez aspiro a 30000 palabras en vez de las 50000 de noviembre, no nos pasemos, y hoy ya he cumplido por hoy y por ayer. Esta tarde toca estudiar, algo que no he hecho desde ya ni me acuerdo; tengo ganas de ponerme a hacer cosas porque ya he empezado, no me he permitido caer en la desidia de un día de fiesta.

He hecho terapia. La escritura es mi terapia. Me hace sentir renovada, me da ganas de seguir haciendo cosas, me hace pensar en todo lo que puedo hacer con los tres días de fiesta que me quedan.

El único dolor: haber tirado el sábado de mala manera. Pero aún tengo dos días más para compensar.

Si es que vamos de cosmopolitas...



...y luego hacemos estas cosas.

Visto en Madrid, en un bar céntrico, en la calle paralela a Preciados. La foto no está trucada (no sabría cómo hacerlo aún si quisiera) y me ha servido para pasar muy buenos ratos. Lo que me he podido reír, madre.

Let's go sting something, uncle.

Diario

Empieza el invierno. Ya hemos tenido la primera nevada, muy ligerita y sin llegar a cuajar, pero hemos visto nieve. Se me ocurrió señalarla por la ventana cuando estaba con los de cuatro años y ahí se acabó la clase. Qué gritos, madre, qué dolor de cabeza. No hay nada peor que la nieve con veinte niños altamente inflamables a tu alrededor.

Hoy, sin embargo, hemos tenido un día casi cálido en comparación. Hacía fresco, sí, pero somos vascos, hostia, podemos con todo, siempre y cuando haga un poco de sol y el viento del norte amaine. Me ha gustado el día de hoy. Ojalá aguante así todo el invierno, con las nevadas justas para llenar el pantano. En casa, mantita, gato y calefacción, y los que trabajen al aire libre que se fastidien (bueno, no, que se abriguen).

Y sigo con lo mío. Noviembre, diciembre, enero o febrero, la cosa es escribir. Me he dado unos días de fiesta para celebrar el triunfo de NaNoWriMo y ahora vuelvo a la carga, pero más pausada, sin prisas, tranquila. Tengo tiempo, tengo ideas y soy lo suficientemente previsora como para haber ahorrado tiempo libre. Ya he estudiado todo lo que tenía que estudiar, ahora a leer y a escribir, que es lo que me gusta. Ya llegará enero con sus exámenes y será tiempo de agobios otra vez. Ahora no.

La calefacción a tope, el ordenador nuevo funcionando a todo trapo, el gato en el regazo, un té rojo a mi lado... Qué poco me hace falta para sentirme satisfecha.

Fin de semana largo y otras cuitas

Mañana tengo fiesta por ser el día del maestro (que a ver cuándo empiezan a llamarlo "día de la maestra", que visto el porcentaje de maestros y maestras nos toca feminizar la fiesta, digo yo). Aprovecho que mi hermano tiene un máster en Madrid para ir a pasar el fin de semana con él y visitar una ciudad que desconozco por completo. Espero que no llueva.

Salgo de madrugada, a las dos de la mañana del sábado, lo que significa que, a cuatro días del fin del NaNoWriMo, no voy a poder escribir en dos. Ayer, con mis 40000 palabras escasas, me había dado ya por vencida y había decidido que otro año sería, pero hoy me ha llegado el e-mail del organizador y me ha metido adrenalina en vena. He llegado a casa y me he sentado en el ordenador; tras dos horas, he logrado casi 4000 palabras, algo que no había hecho en mi vida. No son palabras que vayan a hacerse un hueco en la historia de la literatura y más de la mitad de lo que he escrito hoy se va a ir a la basura en la revisión, pero he adelantado la historia y la estoy llevando por donde yo quería. Me gusta. Puede salir algo bonito de todo esto.

Mis dedos vuelan sobre el teclado de mi ordenador nuevo, mi auto regalo de cumpleaños tardío -o de Navidad temprano-, y al que creo que tengo que agradecerle parte del mérito de las palabras de hoy porque ya no me dejo el cuello en el portátil. Un gasto superfluo, algo sin lo que podría vivir, pero he decidido que, si quiero ser escritora, voy a invertir en el instrumental necesario para conseguirlo. Cuando acabe la novela caerá una impresora como dios manda, para empezar a mandarla a cuanto concurso y editorial tenga a bien leerla.

Aún no ha empezado mi puente y ya estoy pensando en el de la semana que viene, en la de horas que puedo pasarme escribiendo con cuatro días de fiesta, aunque ya no tenga un día marcado en rojo en el calendario para entregar nada. Estoy deseando acabar el primer borrador para poner en limpio todas las notas que he ido tomando y empezar a pulir la historia. Hacía mucho tiempo que los personajes no me perseguían en sueño ni atacaban mis horas de asueto.

De momento, tranquilidad en el frente.

Sarcasmo con niños de seis años

La clase de primero B es horrible. No lo digo solo yo, lo dice cualquier profesor que entra a dar clase, incluída su tutora. Es una de esas clases donde hasta los buenos son malos, porque son inteligentes pero no hay manera de sacarles provecho, despistados y guerreros como son. Una hora en esa clase es como dos días enteros en cualquier otra. Los martes y los jueves a última hora de la mañana me concentro y me esfuerzo por tomármelo con calma, por no gritar, por no enfadarme. A los cinco minutos de entrar en clase ya no me queda voz. Como muestra un botón.

A. es un niño a quien en otros momentos de la historia habríamos llamado "cortito" pero que ahora llamamos "de desarrollo lento". En pocas palabras, no sabe hacer la o con un canuto y encima nunca, nunca, nunca presta atención. Eso sí, participar y salir a la pizarra le encanta, así que hoy le he sacado para que uniera los nombres de los miembros de la familia y sus dibujos.

No ha dado una, el condenado, aunque en este caso eso es lo de menos.

Así que, después de echarle más cables que el tendido eléctrico de un hospital y tras devolverle a su sitio con un inmerecido "good job" para subirle el ánimo, se ha puesto el angelito a jugar con tooooodo lo que caía a menos de un metro de sus manos, ya fuera suyo o del compañero. Yo, nerviosísima ya porque esta clase me ataca los nervios, interrumpo a la pobre cría que he sacado a la pizarra y digo, con voz de trueno:

-Nada, A., tú sigue jugando, ¿eh?, sigue jugando, no hagas ni caso.

Y eso es, exactamente, lo que A. ha hecho. La primera vez en su vida que me hace caso.

(Nota mental: escribir cien veces "no utilizaré el sarcasmo con niños de seis años, no utilizaré el sarcasmo con niños de seis años, no utilizaré el sarcasmo con niños de seis años...)

13 de noviembre

Hoy es viernes 13, día maldito para el mundo anglosajón. Se teme un bombardeo de virus y la gente huye gatos negros y escaleras varias. Yo no.
Hoy hace 34 años que nací. Cumplo años, y hoy hago un paréntesis en mi apretada agenda de escritora suicida para anunciarlo al mundo (o a la docena escasa de personas que me leéis normalmente). Cumpleaños extraño porque me falta alguien, pero mi día al fin y al cabo. He intentado madrugar un poco para alargar el día, pero me ha vencido el sueño. Aún así, esta mañana me sobra tiempo.
Voy a por pastas. Os guardo una si la pedís amablemente.

Escribo, luego existo

Este mes va a ser duro. Muy duro.

Estamos a cuatro de noviembre, lo que significa que llevo cuatro días haciendo el NaNoWriMo dichoso. Cuatro días en los que, después de terminar el tema de semántica y lexicografía de la lengua inglesa o de pensamiento y creación literario en el siglo XX, me siento al ordenador, más dormida que despierta, y escribo alrededor de dos mil palabras. Dos mil palabras los dos primeros días, porque al tercero ya me he conformado con mil quinientas y hoy he pasado justita de las mil. Pero es que no puedo más. Que ha sido un día muy largo, aunque aún no sean las nueve de la noche. Que tengo sueñito, y hambre, y el gato reclama mi atención.

¿Cómo lo hacen los escritores serios que tienen un trabajo aparte (o sea, el ochenta por ciento de los escritores en el mundo)? ¿Cómo trabajas ocho horas diarias y luego llegas a casa y lidias con las exigencias de un editor, y de una fecha de entrega, y de una sesión de firmas? Yo apenas puedo dedicarle una o dos horas al día, no porque no tenga tiempo (puedo hacer tiempo, no tengo excusas), sino porque no me quedan fuerzas. Escribir una novela en un mes... A quién se le ocurre...

Me voy a cenar (temprano) para poder meterme en la cama (temprano). Soy dormilona y remolona, qué le vamos a hacer. A otros les huelen los pies.

Experimentando con las palabras

(Ojo: esto no pretende ser ninguna llamada de atención ni tirón de orejas a nadie. No es necesariamente representativo de lo que yo pienso, simplemente estoy jugando un poco para tratar de crear un personaje y me ha gustado lo que me ha salido, por eso lo comparto. Que nadie se mosquee.)

Apadrina a un niño.
Por menos de un euro al día, un chaval (o chavala) podrá comer un plato de plasta de arroz templado por el sol del desierto.
Apadrina.
Campañas y campañas de curas con ropa de paisano en el televisor, sólo en diciembre, cerca de Navidad, porque como todo el mundo sabe las ayudas sólo se necesitan en Navidad. El resto del año los niños comen de puta madre y ninguno muere de disentería.
Apadrina.
Vete lejos, tan lejos como puedas, y deja que te manden la foto de un niño sonriente –o niña-, siempre guapo –o guapa-, con todos sus dientes –o dedos-, mofletes rechonchos que no necesitan más que un euro al día para mantenerse así de hermosos.
Apadrina.
Hínchate de orgullo y di a tus amigos que haces el bien por el mundo, que gracias a ti un poblado ha conseguido su pozo de agua, que si no fuera por tu euro al día (365 al año, uno más si es bisiesto) un niño moriría de hambre allá donde Cristo dio las tres voces.
Apadrina.
Y, sobre todo, olvídate de todos aquellos que no tienen un euro para mantener esos mofletes tan rechonchos y brillantes, ignora a la mujer que pide en la puerta de la iglesia porque seguro que lo suyo es vicio, tira ese filete a la basura porque está duro, cómprate ropa nueva de temporada y un nuevo armario donde meter eso que ya no te pones. Y juega con la PSP, o la Nintendo, o la Wii, y cágate en el vecino de abajo porque ha vuelto a aparcar su Mercedes demasiado cerca de tu BMW y no vas a poder abrir la puerta sin rozar la columna.
Pero apadrina. Apadrina siempre.

NaNoWriMo


Y llegó esa época del año en la que me pongo pesada con el dichoso NaNoWriMo, y este año más que nunca porque voy a participar por segunda vez en mi vida. Y esta vez espero hacerlo bien y conseguir cumplir con las 50 000 palabras, que no serán ni con mucho una novela completa pero me pondrán en el camino correcto. Unas doscientas páginas si consigo cumplir el reto... Vaya que si me pondrán en el camino correcto.
(Vale, así entre nos, ahora que no nos oye nadie... Ya he empezado, porque la historia me quemaba los dedos y pedía ser contada, pero prometo no hacer trampa -al menos ninguna más- y empezar desde cero el uno de noviembre; o sea, que tendré que escribir 50 000 palabras aunque ya tenga 10 000 escritas. Qué ilu, oye, ya tengo 10 000. Que no cuentan para el NaNo, pero cuentan para mí.)

Sueños

Hoy he soñado que comía chocolate.
Cuando me he despertado, tenía un gigantesco grano en la barbilla.
¿Dónde estaría yo si todos mis sueños tuvieran consecuencias?

3500

3.500. Es el número de concursos literarios que hay en España al año, y cada año hay más. Muchos de ellos en internet, unos pocos sin más premio que el de la honrilla, algunos de ellos tan trucados como el Planeta, pero otros cuantos, la mayoría (quiero pensar), perfectamente accesibles si se tiene algo de talento.
Tres mil quinientos... Y yo trabajando a tiempo completo y con las horas de escritura contadas...

Domingo

Domingo. Todo cerrado. Fuera, un frío de mil demonios (pero sol, mucho sol). Lo único que hay hoy es tiempo. Horas y horas para mí sola. Me he pasado casi tres terminando los trabajos de literatura (Henry James, H.G. Wells, Oscar Wilde) y ahora voy a leer el libro que tengo que terminar para el siguiente tema. Una bolsa de pipas y A passage to India. Todavía queda mucho día.

Y he empezado la novela (que no era una historia corta lo que me daba miedo empezar, sino un pedazo de historia, un novelón, un dramón), aunque todavía con algo de susto en el cuerpo. Pero he hablado muy seriamente conmigo misma y me he dicho que basta de tonterías, que hay que seguir en la brecha, que cómo sabré si valgo si no me lanzo a la piscina. Así que hoy he madrugado y he escrito cuatro páginas. Ayer cayeron otras cuatro. Voy avanzando.

Gracias a todos por los ánimos. Me han venido de perlas, de verdad. Espero poder seguir trabajando un poco más en este día lleno de tiempo.

Miedo


Tengo una historia en la cabeza. Una historia que me ronda, que se cuela en mis pensamientos cuando menos lo espero, que se va formando y va creciendo a medida que pasan los días y le dedico tiempo. Lleva años ahí, pero nunca le he hecho demasiado caso. Ahora ella pide paso. Tengo que escribirla.

Y me siento incapaz. No me atrevo. He descrito a los personajes (que ya tienen más vida que yo misma, y vaya vida), he delineado la historia (pobres, qué futuro les espera), he buscado información en internet sobre todos los puntos que tengo que tener claros, pero aún no he puesto la primera palabra de la historia en el papel. Demasiada presión. Demasiada información. La historia es demasiado buena y tengo miedo a cagarla y convertirla en una porquería.

No sé si conseguiré vencer mi miedo y escribirla al fin. Sería una pena que no lo hiciera y se quedara solo en mi cabeza, porque es una buena historia, pero nunca podré hacerle justicia y nunca podrá ser tan buena como lo que está en mi interior. Pero claro, si ni siquiera soy capaz de que este post tenga el aspecto que había imaginado antes de escribirlo, ¿qué puedo esperar de una novela?

Y aún así, no me queda otra que intentarlo, porque me está volviendo loca. No puedo concentrarme en el trabajo, utilizo mis horas libres para buscar información en internet, no puedo estudiar, el mundo exterior ha perdido su encanto... Sin embargo, cuando me siento frente a la pantalla en blanco, los dedos se me paralizan. Soy incapaz. Y no es bloqueo de escritor. Es miedo.

Estoy aterrorizada. Y no me gusta nada esa sensación.

Caperucita Roja

Caperucita cogió la cesta que su madre le tendía.
-Llévasela a tu abuela y no te entretengas por el camino.
-O sea, que nada de coger flores.
-No, ni se te ocurra.
-¿Puedo perseguir un rato a las mariposas?
-Eso entraría en la categoría de entretenerse, cariño.
-¿Puedo tomar el camino largo y pasar por el río a ver a los ciervos bebiendo?
-No. Ve directa a casa de tu abuela y vuelve enseguida.
-Vale. Entonces iré por el atajo.
-¡No! -gritó su madre, tan fuerte que Caperucita estuvo a punto de dejar caer la cestita-. ¿Pero es que no te acuerdas de lo que pasó la última vez? No te salgas del camino, pero espabila.
-Vale, mamá.
Caperucita salió de la casa y saludó con la mano a su madre mientras se alejaba. En cuanto la perdió de vista, torció a la derecha y tomó el camino al bar El Leñador. Se sentó en una banqueta junto al Lobo Malo y pidió una cerveza helada.
-Dios, qué harta estoy de mi madre -dijo, mientras se quitaba la caperuza y una melena rubia le caía por la espalda. Encendió un cigarro-. Treinta y cinco años mandándome hacer el mismo puto viaje todos los viernes por la noche, oye. Tengo unas ganas de que me toque el piso de protección oficial...
El Lobo Malo se fijó en la cestita y sonrió.
-¿Otro botellón?
Caperucita asintió.
-Esa vieja nos entierra a todos. Que se ha quedado corta de ginebra, dice. Con lo alto que tiene el azúcar.
El Lobo Malo soltó una carcajada y apuró su pinta.
-Anda, vamos, que tengo el todoterreno aparcado aquí enfrente. Te llevo.
-Gracias, macho, te debo una, no sabes lo que pesa la puta cesta.

Otra de peluquerías

Ayer fui a la pelu (y esta vez no cogí el Cosmopolitan, ya estoy escarmentada), y salí pareciéndome a esta (excepto en lo de la cara de mala hostia):



No me quejo, me gusta el look, pero ahora voy a tener que cambiar el Mii de la Wii...

Hugh se sincera



Cariño mío, corazón, pichoncito mío de mis entretelas, ¿a estas alturas de la película (romántica, por supuesto) te me vienes a confesar? Pues toma mi hombro, tesoro mío, cielín, y llora, llora, que ya estoy aquí yo para aguantarte por muy cabrón que te hayas dado cuenta que eres.

Que la fama le ha vuelto un hombre creído, orgulloso y consentido, dice. Que el dinero le ha convertido en un monstruo. Que paga a la gente para que se ría de sus bromas, aunque yo más bien creo que lo hace para poder creer que no se ríen de él, sino con él. Dice que tiene que tomar una copa de champán (del bueno, claro) para enfrentarse a los periodistas cuando va de promoción. Si ya decía yo que tenía cara de tímido. Si se le ve a lo lejos que en realidad él es muy cortado, un hombre normal y corriente, que sale con mujeres espectaculares por puro márketing, pero él en realidad todavía alberga sentimientos por la chica que le gustaba en el instituto y a quien nunca le dijo nada por no atreverse. Dice ahora que no le gusta en lo que se ha convertido, un hombre maniático e insoportable. Chico, con lo fácil que lo tienes: dona tu fortuna a la caridad, y verás qué rápido se te endulza el carácter. Te lo dicen millones de mileuristas (o milibristas, que ya sabemos que vosotros los británicos sois muy vuestros).



Ahora, lo que no te perdono es eso de que necesitas que te laven las fundas de las almohadas siete veces con detergente no biodegradable. ¿Qué te ha hecho el planeta? ¿Y qué te ha hecho el pobre que trabaja en la lavandería del set de rodaje, que vaya paliza se tiene que dar como tenga dos como tú? Lo de lavar la funda del edredón todos los días lo entiendo más, porque conociéndote... Ay, Hughín, cariño mío, quién te pillara para ponerte firme... Te iba yo a quitar la grandeza en dos días.

(Y creo que este año sale peli suya. Con Sarah Jessica Parker, nada más y nada menos. Que no me la pierdo, vaya.)

Plantar un árbol

Plantó un árbol, pero una tormenta se lo llevó a los dos meses. Nunca llegó a ser un árbol adulto.

Tuvo un hijo que la llenó de alegría, pero el niño murió a los diez años a causa de un macabro accidente con un enchufe mal pelado. Ya era demasiado mayor para tener más hijos.

Escribió un libro y lo publicó, pero lo leyeron diez personas. Nunca vio su nombre impreso en la sección de novedades literarias de ningún periódico.

Intentó suicidarse, y eso le salió bien a la primera. Por fin algo de lo que sentirse orgullosa.

Carmesí

Palabra que me saca de quicio: carmesí.
¿Quién llama al rojo carmesí?
Y que no me venga nadie diciendo que no es rojo, que es otro tono distinto. Carmesí es rojo, igual que el bermellón. La sangre es roja. Si quieres decir rojo, di rojo. Carmesí. Qué chorrada.
Hay que ser hortera, leche.

Violencia de género

Leo en un blog de una escritora estadounidense (leo a tantas que ya no sé quién es quién) un post pidiendo ayuda para las mujeres maltratadas de su país. Empieza bien, contando el caso de una mujer australiana que por fin ha denunciado a su padre después de tener tres hijos con él; alguien la animó a que lo hiciera y la gente (mujeres, curiosamente) la acusa de metomentodo. Que tenía que haber dejado las cosas como estaban. Que ya había pasado mucho tiempo y no hacía falta remover la mierda. Que total para qué, no merece la pena. La autora del blog da las gracias a la metomentodo. Yo también.

Pero luego a la autora le da por ofrecer una serie de curiosas estadísticas. No el hecho de que, en el mundo, una mujer es maltratada cada quince segundos. Eso no me parece curioso, me parece escalofriante. Lo que apunta la autora es una lista de los gastos que la violencia doméstica y las agresiones sexuales acarrean a la sociedad americana, los billones de dólares que se pierden o se dejan de ganar porque las víctimas no pueden ir a trabajar o necesitan atención médica, los días laborables perdidos. Menciona la crisis, el hecho de que cada vez más hombres violentos van a golpear a sus mujeres por el estrés laboral, por la situación económica adversa. Sólo una estadounidense puede pensar en dinero cuando habla de violencia contra las mujeres, pienso, pero luego me doy cuenta de que la mayoría de sus lectoras son, probablemente, estadounidenses también, y que la única manera de llegar a estas personas es mentándoles el poderoso dólar. Me parece triste, pero no puedo dejar de admitir que es efectivo.

Para terminar el post, la autora da una serie de opciones de voluntariado y acciones varias que uno puede llevar a cabo para ayudar a estas mujeres. Me dan unas ganas terribles de buscar el refugio de mujeres más cercano y hacer algo, pero sé que se me va a pasar enseguida, que en cuanto mi cabeza se asiente un poco y deje de pensar en el que me falta se me quitarán las ganas. Aunque ahora mismo siento que debería hacer algo porque odio sentarme y limitarme a pensar. Valiente feminista estoy yo hecha, querer ayudar al prójimo sólo para beneficio propio.

Si a alguien le interesa leer el post en su versión original, id a http://www.murderati.com/blog/2009/9/20/i-dont-care-what-you-do-do-something.html, y aprovechad para leer el contenido anterior si es que os gusta la novela de misterio.

Descubre el error

Reunión de becinos el viernes, 11 de septiembre, a las 8 de la tarde. Temas a tratar: limpieza de escalera y hotros.

¿Alguien lo ha descubierto? ¿Alguien lo ha visto? ¡Sí! ¡Exacto!

¡¿A QUIÉN PUÑETAS SE LE OCURRE PONER UNA REUNIÓN DE VECINOS UN VIERNES A LAS OCHO DE LA TARDE?!

La muerte de mi padre



Mi padre murió el jueves a las ocho de la mañana, sedado y acompañado por mi madre y por mí hasta el final, hasta que dejó de respirar. No sufrió en sus últimas horas, aunque los dos días anteriores a la sedación lo pasó mal. Antes de que lo sedaran, no reconocía ni a su mujer ni a sus hijos. La morfina, es lo que tiene.

Iba a escribir que mi padre era un hombre lleno de vida, pero me parece una gilipollez porque no creo que haya personas con más o menos vida en el cuerpo (¿cómo se mide la vida, en litros por metro cúbico?). Lo que sí se puede decir de mi aita es que vivía con ganas, con avaricia, disfrutando de cada momento y riendo hasta el final. Su última palabra, cuando ya no podía ni fijar la mirada en un punto fijo, fue un sonoro "tomaaa" después de tirarse un no menos sonoro pedo. Le define. Me encanta tener ese recuerdo de él.

Nos queda el consuelo de que murió sin dolor, que murió acompañado, que le cuidamos, le mimamos y le dimos todo lo que necesitó a cada paso de la enfermedad. Hemos tenido suerte, nos dicen los médicos, porque la agonía del cáncer de esófago suele ser horrenda y mi padre no pasó por eso; es un cáncer que mata en tres meses y mi padre vivió más de un año desde que le diagnosticaron. Sus vecinos no se lo creen. "¿Pero cómo puede ser, si estaba perfectamente hace un par de semanas?" Quería pintar la terraza y cambiar los baños. Le habíamos pedido una cama articulada, para cuando llegara el momento de pasarse todo el día en la cama. No llegó nunca. Se nos fue sin darnos cuenta.

Ahora tenemos que aprender a vivir sin él, sobre todo mi madre, que lleva más de treinta y seis años dependiendo de él para todo. No tengo edad para ser huérfana, y mi hermano menos, que aún no ha cumplido los treinta. No es justo. Pero sé que ya no tengo que preocuparme porque mi padre se ahogue por la noche, que no tengo que ir con el corazón en un puño a casa o al hospital, pensando en cómo me lo voy a encontrar. Él descansa. Nosotros tardaremos un poco más.

La vida ahora mismo me parece una broma de muy mal gusto.

Espera

Nadia estaba de pie a medio metro de la mesa de la cocina, donde descansaba el teléfono móvil. Lo miraba con ansiedad, como se mira algo desconocido que se teme sea peligroso. No se atrevía a acercarse a él. ¿Y si sonaba justo cuando lo cogía en su mano? O peor, ¿y si no sonaba?
Sin apartar la mirada del aparato, se sentó en una silla de Ikea que cojeaba ligeramente. Entrelazó las manos en el regazo, la espalda muy recta, y esperó. ¿A qué esperaba? Ya no lo sabía ni ella. Llevaba tanto tiempo haciéndolo que se había convertido en costumbre. Esperar una llamada. Esperar un autobús. Esperar en la cafetería de enfrente de la oficina. Siempre esperando. Ella nunca hacía esperar a nadie, sabía lo desagradable que era. Cuando llegue te llamo, solía decir, para evitar molestias.
Pero él nunca hacía eso. Espérame despierta, le decía siempre, si te encuentro dormida me voy. Y ella se mantenía alerta hasta las tres de la mañana a base de cafés y Red Bulls, todo para que cuando él llegara pudiera acostarse a su lado y quedarse dormido al instante. Ella se quedaba mirándole, atiborrada de cafeína, imposible dormir, y entonces sonaba el despertador que había puesto para él y se marchaba a trabajar. Ella se daba una ducha y llegaba a la oficina agotada. Pero le merecía la pena. Todo merecía la pena con tal de pasar una noche junto a él y quitárselo a ella.
Llevaba media hora sentada en la silla, la vista fija en el móvil, cuando por fin sonó. Contestó todo lo rápido que pudo sin mirar siquiera quién era. No podía ser nadie más. Era la una de la madrugada, nadie la llamaría tan tarde.
-Lo siento. No he podido hacerlo. Está embarazada.
Nadia colgó sin decir nada. No había nada que decir. Le había dado a elegir y él había elegido, así de sencillo. Lo malo era que se había equivocado en su elección.
Se levantó de la silla, cogió las llaves de su coche y salió a la calle sin chaqueta a pesar del frío de noviembre. Anduvo las tres calles que le separaban de su Opel Astra, abrió la puerta con el mando a distancia y se montó. Le costó cuatro intentos meter la llave en el contacto, pero por fin arrancó. El coche enfiló la calle hacía el puerto de carga. Nadia no conducía, se dejaba llevar por la inercia de su propio coche, era la máquina quien guiaba a la mujer. A lo lejos, acercándose, vio los contenedores de carga. Sabía que detrás estaba el mar. El volante giró lo justo para esquivar los contenedores. El coche saltó del muelle al agua como en las películas, recorriendo al menos veinte metros en el aire antes de caer. Nadia cerró los ojos. Ni siquiera luchó por respirar cuando sus pulmones se llenaron de agua.
Ya no esperaría más. Por nadie.

Talibán feminazi

Pues resulta que estaba yo toda aburrida en el hospital el otro día (ya le han dado de alta, todo bien, gracias) y se me ocurrió leer un articulillo de Pérez Reverte en la revista que acompaña a El Correo los sábados o domingos. Hablaba de tontos, de tontos del haba, de tontos españoles y castizos, y me estaba haciendo gracia, hasta que llegué a una frase que me mosqueó: "para que no se ofendan los talibanes feminazis, tontos y tontas". Me descolocó. De la sonrisa de mi cara, pasé a expresión de mosqueo.

De ahí en adelante, el artículo fue cuesta abajo y terminé con las manos cerradas con tanta fuerza alrededor de la revista que me dolían los nudillos. Según el personajillo este -porque me niego a llamar señor a un hombre que insulta con tanta libertad-, todos aquellos que nos esforzamos en hablar un lenguaje no sexista en la medida de lo posible somos, como mínimo, tontos del haba, cuando no talibanes feminazis (perdonad la redundancia, pero es que estoy tan alucinada con el término que no puedo dejar de utilizarlo). O sea, que el que yo me esfuerce en decir "la médica de cabecera" en lugar del gramaticalmente incorrecto "la médico de cabecera" es ser tonta del haba. Que yo diga "hecho por el ser humano" en lugar de "hecho por el hombre" me convierte en talibán. Qué ironía, encima, que utilice como insulto una palabra que representa vejación de derechos para las mujeres, violencia gratuita contra ellas, anulación de la personalidad y un largo etcétera de barbaridades contra más de la mitad de la humanidad. Qué valor el suyo al tacharnos de nazis, cuando precisamente los jefazos máximos de campos de concentración y demás barbaridades hechas por los nazis eran hombres (¿alguien podría mencionar a una mujer envuelta en ese tema?, seguro que las hay, pero yo no estoy muy puesta).

Este personajillo insulso, este tonto del haba, parece olvidarse de que todavía hay en España (y no digamos en Afganistán y países similares) mujeres sin derechos sólo por ser mujeres, mujeres que cobran menos, mujeres apaleadas, mujeres a las que se les ha hecho creer que son inferiores por haber nacido con tetas. Por supuesto que en España las mujeres viven mejor que en otros sitios, pero no es gracias a talibanes machinazis como el autor de este artículo; quizás a él no le parezca importante que el lenguaje no sea sexista, pero a mí me parece fundamental porque me siento excluida en mi propio idioma. Si hay una opción que incluye a ambos sexos, ¿por qué no usarla? Sí, puede que haya cosas más importantes en el mundo por las que preocuparse, pero lo mismo dijeron los hombres del siglo dieciocho cuando las mujeres empezaron a exigir sus derechos: asentemos primero el de los hombres (los machos, se entiende) y luego ya nos preocuparemos de vosotras. No me da la gana. Somos importantes. Sin nosotras, ellos no existirían (vale, y nosotras sin ellos tampoco, pero me entendéis). Exijo que se diga médica, que se diga "la fotógrafa" y no "la fotógrafo", como leí el otro día, que se nos tenga en cuenta en el lenguaje, que no se masculinice. La mujer está avanzando mucho más rápido que la sociedad y eso se nota en el lenguaje, que se ha quedado anticuado y machista. Actualicémoslo. Pongámonos al día.

Y si esto me convierte en una talibán feminazi (¿no os pone los pelos de punta el término?), que así sea. Y a mucha honra, oiga.

Stop.

Nada nuevo que contar. Stop.
Mi verano llega a su fin. Stop.
Me he pasado los mejores quince días del año encerrada entre cuatro paredes. Stop.
Estoy hasta los cojones de los hospitales. Stop.
No me dejan donar sangre, y eso que quería conseguir puntos kármicos. Stop.
La semana que viene trabajo con niños de 4 a 7 años. Me va a dar algo. Stop.
Estoy vaga. Stop.
Me voy.
Stop.

Rutinas

Soy una persona de rutinas muy marcadas. Tengo mis horarios, hasta cuando estoy de vacaciones, e incluso mis momentos de asueto tienen su momento y su lugar. Soy así de control freak, qué le vamos a hacer, si no tengo un orden me pierdo.

Esta semana, ese orden se ha visto alterado. Otro ingreso hospitalario que me obliga a madrugar más y a sacrificar (muy gustosamente) esas mañanas que dedico a escribir. Pero sigo queriendo ser escritora, sigo con mis sueños de grandeza, así que me trago mi "yo por las tardes no puedo escribir" y me siento un par de horas a la caída del sol, antes de cenar y perder el tiempo frente a series ya vistas, y escribo, y me sorprendo al ver que soy tan capaz de escribir por las tardes como por las mañanas, que la cantidad y la calidad son las mismas y que la que controla la escritura soy yo, no al revés.

Enrique Páez dice que para ser escritor hay que escribir todos los días mil palabras, pero todos los días del año, sin excepción. Me pregunto qué dirá de alguien que escribe dos mil palabras diarias los meses de verano y que se pelea con tres o cuatro mil a la semana el resto del curso. ¿Seré también escritora? Supongo que me da la media. Espero.

Fiestas


Las fiestas de Vitoria "solo" duran seis días, pero yo para el tercero ya estoy cansada. Y no es que sea de las que trasnocha, que allá quedaron los tiempos en los que veía amanecer con un chocolate con churros frente a mí, pero hay que salir, y se sale hasta tarde (las dos, las tres, para mí eso es tarde), y luego una se levanta al mediodía sin ganas de hacer nada, sin hambre, cansada. La mañana ha desaparecido, la tarde se pasa entre charangas y música bajo mi ventana y llega la noche otra vez, y los fuegos, y los conciertos.

Me estoy haciendo vieja, o una jodida ermitaña. Solían encantarme las fiestas, sobre todo cuando no podía estar en ellas. Recuerdo el mes de agosto en King City, y la tremenda morriña que me daba pensar que era cuatro de agosto y yo no estaba en la bajada de Celedón. Miraba el programa de fiestas y me mordía hasta los nudillos por perdérmelo todo, muerta de envidia, recordando las verbenas y los bares a rebosar de gente de fuera. Y ahora que estoy aquí, me supone un esfuerzo ir a ver los fuegos.

Estas son las últimas fiestas de un ciclo, quizás sea eso lo que las está haciendo incómodas. El año que viene las viviré de otra manera, no sé si peor o mejor. O quizás no las viva, porque haya decidido marcharme a algún lado. Que es lo que tenía que haber hecho este año de haber podido. Pero no podía. Hubiera sido como huir.

Desvarío. El escenario de debajo de mi casa atrona con las voces de los payasos. Mi calle está llena de niños. Me voy a tomar un café, a ver si termino de despertarme.

Última obsesión

Y como el verano es muy largo y da para investigar muchas cosas y recordar viejos éxitos, ahora me ha dado por un grupo que no por conocido me gusta menos. Hace años que me compré los grandes éxitos de los Barenaked Ladies, pero es ahora, cuando el mundo alrededor parece un poco más oscuro, cuando aprecio el humor de sus letras y la alegría de sus canciones. Para muestra, un par de botones:



Reto a cualquiera a que trate de cantar esta canción sin leer la letra.



Un regalo para los oídos.



Simple divertimento.

¡Y a disfrutar!

Semana de novela negra de Gijón. Cristina Fallarás

Gijón fue toda una experiencia. Sólo estuve dos días, pero me envolvió el ambiente de escritores pululando por las carpas, las tertulias y las presentaciones (sólo anduve por la zona de los libros, no me apetecía perderme en la feria de churrerías y norias gigantes). No sé qué esperaba de la feria; de hecho, creo que no tenía ninguna expectativa previa y, simplemente, me dejé engatusar por todo lo que veía. Fue un acierto.

Del listado de autores que iba a ver allí, sólo conocía -para mi vergüenza- a Luis Sepúlveda y Mercedes Castro, así que me dije que era tan buen momento como otro cualquiera de encontrar algún gran talento. Pocas presentaciones me tragué enteras, pero hubo dos que me engancharon desde el principio. De Juan Bolea ya hablaré en otro momento. Hoy le toca el turno a Cristina Fallarás.



No voy a mentir. Me llamó la atención por ser una de las dos mujeres que lidiaba en una tertulia de hombres. Me llamó la atención por su melena pelirroja, sus ojos verdes (o azules, no la vi tan de cerca) y su manera compulsiva de fumar un cigarrillo detrás de otro. Tenía todo el aspecto de una femme fatale de las antiguas películas de gángters, con su vestido ajustado y taconazos altos; era la imagen de escritora de novela negra, me sorprendí pensando que no había otra profesión a la que esta mujer pudiera dedicarse (y sí, ya sé que es periodista). El hecho de que Carlos Salem, que también me había enganchado con sus intervenciones en la tertulia minutos antes, fuera quien presentara el libro de Cristina, sólo añadió interés al asunto.



Así murió el poeta Guadalupe es un monólogo. A la redacción de un periódico llega una extraña cinta que contiene una entrevista; la entrevistadora ha borrado su voz y sólo oímos una voz femenina que cuenta la historia de su vida, una vida que transcurre en los últimos años de la dictadura franquista. Se nos habla de torturas, de hombres ilustrados que vienen del otro lado del océano, de un mundo casposo y rancio al que se le da un poco de luz a cambio de un precio muy alto. Carlos Salem dijo que el libro le había dado miedo al leerlo, e inmediatamente supe que me lo iba a terminar comprando. Ayer, día de tormenta, me senté a leerlo después de comer y me levanté tres horas después, el libro terminado y la boca abierta no sé si de sorpresa o de horror, o quizás las dos cosas.

A mí no me dio miedo. Me dio angustia, que no es lo mismo, me dieron ganas de apalear a alguien y devolverle el daño hecho a los demás, pero miedo, lo que se dice miedo, no. Es un libro que se lee a página por segundo, que te agarra desde la primera palabra y no te suelta, porque quieres saber qué pasó en la casa de El Escorial, y quieres saber realmente a qué se dedicaba Santabárbara (aunque es fácil olérselo desde el principio), y saber qué horrores ha vivido la pobre mujer de la cinta, que nunca menciona su nombre. A unas veinte páginas del final, toda la historia da una vuelta de ciento ochenta grados y nos encontramos con que tenemos que reajustar todo lo que hemos leído hasta el momento, que hay que ajustar toda la información que hemos recibido a la vista de nuevos datos. La última página es, sencillamente, magistral. Me dejó los pelos de punta, no por miedo, sino por el gran manejo de información y esa manera que tiene Fallarás de contarlo todo sin decir nada.

No he buscado nada de esta autora, más allá de hacer una búsqueda superficial de su nombre en Google, pero sé que a partir de ahora estaré atenta a su nombre en las librerías y que trataré de leer más de ella (tanto que leer y tan poco tiempo... Qué agobio). El libro va a formar parte de mi colección de favoritos, en un lugar especial por ser el único que está dedicado a mí, sin faltas de ortografía y sin llamarme Cruz. Qué ilusión que sea precisamente este, jopé.

De cine

Ayer fui, por fin, a ver la última película de Harry Potter. Iba sin ninguna expectativa, porque me habían jodido las tres anteriores y no esperaba que hicieran milagros. Sólo había una frase que quería que mantuvieran, algo que dice Snape al final: no me llames cobarde. Si la metían, perdonaría todas las burradas que pudieran cometer en la historia y las escenas inventadas (que no entiendo por qué tuvieron que meter tanta escena que no está en el libro en una película de dos horas y media, pero en fin). Si no la metían, me iba a cabrear muy seriamente. Y sabía que no la iban a meter, porque era hilar muy fino con un personaje al que todo el mundo tiene manía y que sólo era importante para sus fans más acérrimos.

Por supuesto, no la metieron.

Pero no me cabreé.

Lo cierto es que es la película que más me ha gustado, si exceptuamos, quizás, la primera por eso de ser la novedad (aunque la he visto tantas veces que ya ha perdido la magia). Pero esta me gustó. Respetaron la historia, las escenas inventadas no desentonaban y tuvo momentos muy divertidos. Quizás se les fue la mano con el amor adolescente, y, como siempre, desaprovecharon inmensamente al actor que hace de Neville Longbottom, al mismísimo Draco Malfoy y, cómo no, a mi Alan, aunque he de reconocer que en esta película tiene mucha más presencia que en las anteriores. Pero me gustó. Será, quizás que estoy dejando de ser tan freaky, que hace tiempo que no me releo los libros, o que simplemente ya me he cansado de Harry Potter. Sí, puede que sea eso. Son muchos los años con la misma obsesión.

Esta película me ha dado esperanzas para las dos que quedan. Quizás hagan justicia al libro más épico de la saga, quién sabe. Ya sé que las dos frases que quiero que guarden no van a aparecer (adivinad quién las dice), porque si con la anterior me parecía que hilaban fino, con "always" y "look at me" ya ni te cuento, pero al menos espero que dejen el capítulo del príncipe intacto y cuenten la historia de Snape sin saltarse nada. Harían un flaco favor a la película si no lo hicieran.

O eso creo yo. Pero, claro, yo no soy juez imparcial.

Leer y escribir

¿Qué fue antes, la gallina o el huevo?

¿A qué se aprende antes, a leer o a escribir?

La lógica dice que primero se lee, se reconocen las letras y luego se escriben. Yo, que siempre he ido a la contra de todo el mundo, aprendí a escribir antes que a leer. Claro que lo que yo escribía era algo así como "eraoe asfkjld dka jdfa", sin puntos, sin mayúsculas y, por supuesto, sin párrafos. Luego se lo daba a leer a una niña de mi clase que ya sabía leer y me quedaba atónita de que ninguna de las muchas combinaciones que había escrito formaran una palabra con sentido. Qué cosas, oye, si no hay tantas letras, de alguna manera tendré que acertar. Pues no, no había manera.

Luego aprendí a leer sola. Y aclaro lo de leer sola, porque mucho antes leía con ayuda. Leía con mi madre y me aprendía los cuentos de los pitufos de memoria, tanto que mi padre creía que yo era capaz de leer a los cuatro años (pero no se fijó en que el dedo iba varias palabras por delante de lo que yo estaba diciendo). En primero de EGB ya escribía cuentos con sentido. No eran grandes inventos, pero eran míos, y las letras formaban palabras. Todo un logro. Pasar de fdjksa a "el niño tenía miedo" era la hostia a mis seis años.

Pero, sobre todo, me gustaba leer. Me encantaba perderme en un libro, olvidarme de todo lo que no me gustaba a mi alrededor (que era mucho, y materia para un psicólogo, no para un blog) y luego dejar volar la mente con lo que había leído. Yo ya sabía lo que era la "fan fiction" mucho antes de que surgiera en internet. Devoraba los libros de "Los Hollister" y sus protagonistas se convirtieron en mis mejores amigos. Sí, tenía amigos imaginarios, vivían en Soreham y se llamaban Pete, Pam, Ricky, Holly y Sue. Luego me dio por escribir las historias que me inventaba, conmigo como sexta protagonista. Fue mi primer intento de escribir novelas de detectives aficionados.

A escribir se aprende leyendo, no hay más misterio. Dice Stephen King en su libro "On Writing" (entretenido, interesante) que él lee unos ochenta libros al año. Yo me quedaré en veinte, cifra que considero más que suficiente teniendo en cuenta que trabajo y estudio y escribo y leo, y no me es muy difícil darme cuenta de que, cuanto menos leo, menos escribo. La lectura es la gasolina que necesito para escribir, para que mis palabras tengan sentido. Ya no más "dfañfj jdflsdjf", ahora mis frases tienen la influencia de todo lo que leo, que trato de que sea mucho y variado; desde Stieg Larsson hasta Orwell, pasando por Jane Austen, Juan Bolea, D.H. Lawrence y tantos otros. Como dice el bueno de Steve (ya conozco su vida, ya le puedo tutear), no hay atajos. Hay que leer. El que quiera escribir, necesita conocer el mundo en el que se quiere mover.

Pues eso, que me voy a leer, porque hoy ya he escrito. Sigo haciéndolo al revés. Ya ves. Qué cosas, oye.

Regreso

Ya he vuelto. ¿A que no os ha dado tiempo ni a echarme de menos?

Ha sido una visita cortita, pero muy intensa. Vengo cambiada. Vengo enamorada de un festival. Tengo tres libros en la maleta que guardan la esperanza de hacerme enamorar de dos escritores (aunque uno de ellos me haya firmado el libro para Cruz, que ya no sé ni pronunciar mi nombre, leches). Vengo convencida de que ese es mi mundo, el mundo de las tertulias y las presentaciones de libros. Joder, cómo he querido ser escritora estos días.

Me he dado cuenta de que soy una completa analfabeta en términos de literatura negra contemporánea. No os podéis hacer una idea de los pedazo de artistas que han estado a menos de un metro de mí (lo sé ahora que los he "gugleado", pero ayer no tenía ni idea), hacia los que no he corrido cual fan posesa gritando "¡fírmame, fírmame un autógrafo, en la teta si hace falta, por dios!" Qué pena, tanta energía perdida en gritar desaforadamente a los actores que no tienen dos neuronas que llamar suyas, cuando hay tanto talento suelto por las calles. Porque no están buenos, que si no...

He visto a Luis Sepúlveda y Mercedes Castro (los únicos que conocía por haber leído algo suyo, que no de vista), a Cristina Fallarás y Juan Bolea (cuyos libros, firmados, aguardan ser leídos), a Oscar Urra, Gillermo Saccomanno, Bruno Arpaia, Raúl Argemí, Francisco Haghenbeck, Jorge Moch, Alejandro M. Gallo, Fritz Glockner, Juan Bas, Willy Uribe, Carles Quílez, Andreu Martín, Víctor Andresco, Ernesto Mallo, Carlos Salem, Jerónimo Tristante, Luis García Montero y tantos y tantos otros con los que me he cruzado y no he reconocido. Mis estanterías no dan ya más de sí de todos los libros que esperan ser leídos. Mi cabeza bulle con información, con ganas de escribir, con la sensación de que, haga lo que haga, nunca podré llegarle a esta gente ni a la suela del zapato. Antes de ir me gustaba la novela negra; ahora la venero, me parece el género más completo y más difícil de escribir, el más merecedor de toda alabanza. Al menos en lo que respecta a las letras hispanas, que los anglosajones (Connelly and company) son otro cantar.

Quiero volver. El año que viene voy a irme a Gijón la semana entera. Playita por la mañana (si el tiempo acompaña, que lo dudo) y literatura por la tarde. Mucha lectura, mucha escritura, cero excusas.

Os haré saber si Cristina Fallarás y Juan Bolea seducen tanto en sus escritos como en sus presentaciones; espero mucho de ambos, sobre todo de Cristina, de la que ya hablaré en otro momento porque se merece un post ella solita. Cuando haya terminado Así murió el poeta Guadalupe, aunque estoy convencida de que me va a gustar porque voy predispuesta a ello.

¡Pero qué guapo que ye Gijón, madre!

Hasta el sábado

Me voy a Gijón, a mi primera Semana Negra. Llevo años queriendo ir y hoy ha llegado el día. Cojo el tren a las dos de la tarde y no llego allí hasta las, terror, ocho de la noche. No me puedo creer que Asturias esté tan lejos.

Cuidadme el chiringuito. Vigilad que no entre ningún indeseable. Sed buenos y buenas (o no, vosotros veréis). Ya os contaré.

These are a few of my favourite things


Qué malo es escribir...

Sí, sí, digo "qué malo", no qué guay, o cómo mola. Qué malo. Porque cuando escribes remueves fantasmas, y te acuerdas de cosas, recuperas el pasado. Y eso a veces es bueno y otras es malo. En esta ocasión... Bueno, no es que sea malo, es que me hace perder el tiempo de forma escandalosa. Menos mal que tengo tiempo de sobra para perder. Menos mal que estoy de vacaciones.

A cuenta del pasado post y del comentario de Fernando, he recordado cuál era mi serie favorita de todos los tiempos y estos días la he retomado. Sí, como habréis imaginado, con el gran caso que se le hizo en España (cambiándola de horario cada dos por tres, cancelándola, saltándose capítulos) no me quedó más remedio que pillármela donde todos sabéis y guardarla a buen recaudo después de verla. Me alegro de no haberme desecho de ella, porque así he tenido la oportunidad de recuperarla.
Y viendo de nuevo los capítulos de Veronica Mars recuerdo el inmenso deseo que me entró en su momento de convertirme en detective privado, aun sabiendo perfectamente que todo lo que emitían era ficción, que la vida del detective es de un aburrimiento olímpico, que ni soy tan mona ni tengo tanta jeta como Veronica. He recordado cómo encontré en internet una diplomatura -vale, creo que era algo entre universitario y FP- para detective a la que me faltó un pelo para apuntarme, y de hecho lo único que me contuvo fue la tarde a la semana que tenía que ir a Donostia a las clases presenciales. Maldito trabajo, maldita hipoteca, maldita necesidad de comer...

Pero no me rindo. Si no puedo ser detective privado (que, ojo, siempre puedo mudarme a Donostia, o esperar a que las clases cambien a los sábados por la mañana), escribiré sobre una. Y tampoco será detective como tal, sino una aficionada que trata de buscar respuestas. Como lo pueda ser yo. Me toca investigar, imaginar posibles escenarios, encontrar respuestas. Todo ficticio, o quizás no; quizás busque algún enigma casero (¿quién robó la caja del bar de abajo?, ¿a dónde va el hijo del panadero todos los días a las siete de la tarde?) y pase mis días de asueto correteando por Vitoria y alrededores con gafas de sol y una cámara con teleobjetivo. Ya me estoy viendo, con mi termo de café caliente en mi Ford Fiesta, observando a la mujer del vecino del quinto mientras se depila las cejas para ir en busca de... ¿su amante?, ¿su corredor de apuestas? ¡No! Su hijo en la guardería.

Me emociono. Me pierdo. Tengo demasiado tiempo libre, lo que significa que me veo una media de tres capítulos de Veronica Mars al día. Me encanta. Tenían que hacerse más series como esa, más personajes como Veronica. Ella sí que es un buen modelo juvenil; déjate de tanto maquillaje y tanto "este pantalón me hace el culo gordo" y preocúpate por los demás, échales una mano y averigua quién ha puesto alcohol en el ponche de graduación. Todo muy light, muy casero, pero por eso mismo mucho más creíble que una ancianita escritora que encuentra muertos allá por donde va.

Os dejo. Veronica me espera. Creo que hoy me toca ver el capítulo en el que se lía con Logan, te lo juro. El mejor primer beso de la televisión ever.

Que me guste a mí no significa que te guste a ti

Me pasa algo muy curioso con las ideas que se me ocurren para escribir. Al principio, nada más encendérseme la bombilla, mi primera reacción es un "qué pasada, qué idea más cojonuda, seguro que a nadie se le ha ocurrido nunca nada como esto, soy la mejor, la más lista y la más guapa". Después, cuando analizo un poco la idea, llego a la conclusión de que "bueno, sí, ya se ha hecho desde varios puntos de vista, pero si lo enfoco de ésta o aquella manera igual le saco jugo, creo que podría funcionar; además, a mí me gusta". Y al final del proceso, todo lo que queda es un "pero, ¿en qué estaba yo pensando? ¿Cómo se me ha ocurrido pensar siquiera que esto pudiera interesarle a nadie más que a mí? ¡Si es una chorrada!"

Por algún motivo pienso que lo que a mí me interesa no tiene por qué interesar a los demás. Que a mí me guste no es síntoma de que a nadie más le vaya a gustar. Y a mí me gusta, claro, porque es mi idea, porque ha nacido de mis experiencias y mis intereses, pero ¿los demás? Van a pensar que soy una ñoña. Van a creer que soy idiota, o peor, que les trato de idiotas. Van a reírse de mí. Y como nunca tengo el valor de comentar mis ideas con nadie porque creo todo lo anterior, siempre me quedo con el convencimiento de que lo que a mí me guste no tiene por qué gustar a los demás.

Pero hoy me he puesto a analizar lo que me gusta y si a los demás también les gusta. Miro los libros que más me atraen y no puedo evitar caer en la cuenta de que a millones de personas les han gustado antes que a mí. Harry Potter (cómo no), novelas negras, Steinbeck, Middlesex (premio Pullitzer) y un largo etcétera. Vale, pero eso son libros y tengo cierta cultura literaria (o no; digamos que leo mucho, que no tiene por qué ser lo mismo). ¿Qué más me gusta, aunque me avergüence un pelín decirlo? Las Chicas Gillmore son mi última debilidad. Una serie ñoña donde las haya que a mí me encanta y me hace pensar que ojalá todo fuera tan fácil y todas las madres del mundo fueran tan guays como Laurelay Gillmore. Eso no puede gustarle a mucha gente adulta. Pues sí: entras en internet y hay miles de páginas dedicadas a ellas, y no precisamente de adolescentes. Veronica Mars, otra serie ñoña; otra serie de culto. Héroes. Perdidos. Castle. Se ha escrito un crimen. Millones de personas comparten mis gustos.

Y, aún así, estoy convencida de que mis ideas sólo me gustan a mí. Es duro, es difícil, pero tengo que conseguir salir de mi caparazón y convencerme a mí misma de que hay más frikis como yo, de que no estoy sola en el mundo y puedo encontrar un grupo de lectores, si alguna vez me decido a terminar algo DE UNA PUÑETERA VEZ y me atrevo a mostrarlo. Hoy es tan buen día como otro cualquiera para hacerlo, y de hecho me he puesto manos a la obra. Aún estoy en la fase de "qué idea más cojonuda, Ramond Chandler hazte a un lado", pero todo se andará. A ver si dentro de un mes seguimos en las mismas.

P.D: Por cierto, este es el post 300. Gracias por estar ahí todo este tiempo.

4 de julio


Primer cuatro de julio con Obama de presidente. Primer cuatro de julio que mucha gente celebrará. Primer cuatro de julio en el que algunos mirarán con respeto al país de barras y estrellas.
Habrá que felicitarles.

Vuelta a la normalidad

Ayer cayó en Vitoria una granizada de espanto. Bolas de hielo como pelotas de pin-pon sacudieron coches, ventanas, aceras y hasta el tranvía tuvo que dejar de circular. Yo bajé las persianas de toda la casa, porque no creía que los cristales de las ventanas viejas pudieran aguantar una pedrada semejante. Desconecté el ordenador por las subidas de corrientes (había rayos y truenos). Cogí un cuaderno y me senté en la cocina, lista para dejar libre la mano y escribir la primera tontería que se me ocurriera, con un terrible estruendo de hielo cascándose sobre el suelo de fondo.

Hacía tres meses que no escribía.

Mi intención era, simplemente, calentar el músculo. Escribir cualquier cosa con sentido que poder tirar luego, porque obviamente nadie bate un récord de saltamiento después de pasarse tres meses sin entrenar. Escribí una hoja en un cuaderno, letra grande y desordenada. La releí. Y me quedé pasamada al darme cuenta de que había escrito lo que obviamente era el motivo principal de una novela. Negra, para más señas.

Así que hoy me he levantado -no muy pronto, todo hay que decirlo- y me he sentado al ordenador con ganas de teclear lo primero que se me ocurra, a ver si esa semilla de ayer germina y lo que me pareció una idea brillante no se diluye en la nada de mis frustraciones, como me suele pasar. Me enfrento al tema con un solo objetivo en mente: divertirme. Intentaré terminarla, sí, pero lo importante es divertirme, sin pensar en si gustará a la gente o no. Quiero terminarla. Quiero pasármelo bien. Quiero estar entretenida este verano. Quiero escribir sin contar palabras o sin agobiarme.

No escribir no era normal en mí. No me extraña que no pudiera, con tantas cosas como están pasando a mi alrededor, pero no era normal. Esta vuelta a la rutina sí. Vuelvo. Vuelvo a la normalidad. Vuelvo a escribir.

Regalar libros

Me gusta comprar libros. Me gusta abrir un libro que no ha abierto nadie antes, tocar las páginas a estrenar y saber que es mío. No me gusta leer libros de la biblioteca, que huelen a usado y a veces tienen manchas de gente que -horror- come mientras lee. Acumulo libros. Aunque en mi casa esto todavía no es un problema -me aseguré de tener una habitación con una pared cubierta de baldas-, sé que más pronto que tarde terminará siéndolo. Tendré que buscar una solución.

La solución más lógica es regalar libros. Ya sea a amigas o a la biblioteca local, lo más fácil es darlos. El problema es que yo soy de las que relee libros, por lo que mis favoritos no van a poder salir de esta casa nunca. He leído un par de veces muchos libros de Elizabeth George. Middlesex ha caído tres veces. Al Este del Edén espera su turno de nuevo este verano. Son libros que no me podrán abandonar nunca. Y los que no me gustaron... ¿A quién regalo yo algo que no me gusta? Sí, podría venderlos a la librería de viejo de la esquina, pero los libros de segunda mano me producen rechazo (por eso de que el autor no se lleva un duro; no me pasa con la música, pero sí con los libros). Hace poco leí de una mujer que cada vez que compraba un libro se deshacía de uno de los que ya tenía. Debería empezar a hacer algo así. Lo malo es que son como mis niños, y me duele verlos marchar. Hasta aquellos que no me gustaron dejan un poso amargo si salen de casa. ¿Quién sabe? Quizás algún día me decida a releerlos y encuentre que me encantan.

Toca ir de compras. Las rebajas de verano no afectan a los libros, pero al paso que estoy leyendo mi colección de volúmenes sin abrir desciende rápidamente. Es lo que tiene estar de vacaciones y que haga buen tiempo, que te apetece sentarte fuera con un libro y dejar que el sol te acaricie la cara. Pronto voy a cubrir cada espacio libre con un libro nuevo.

Qué peligro tengo, madre.

Descanse en paz


Se ha muerto Michael Jackson, y me parece increíble. No sé por qué, la verdad, no era mi personaje favorito ni alguien a quien siguiera, pero parecía inmortal. Michael Jackson, el rey del pop. Es el fin de una era. Muere la persona, empieza el mito. Hay tanto de él que ya nadie sabrá...

Me da pena. Madonna dice que no ha dejado de llorar desde que se enteró. Yo no pienso derramar una lágrima -las guardo para lo que de verdad me importa-, pero me da pena. Es triste que se mueran personas que llegan a tanta gente. Aunque su vida valga lo mismo que la de un niño que muere de malaria en África.

Descanse en paz. Una pena, oye.

Curso final

Se ha acabado el curso (para los niños, para mí todavía no). Se acaba con un regusto agridulce, ganas de terminar con una clase de gallitos y a su vez pena por no volver a verlos. No creo que el año que viene siga en el centro. Me alegro de no tenerlos en sexto, pero me da pena dejar a mis compañeros de trabajo. En dos años se hacen muy buenas migas.

Hoy han venido a la ikastola los del año pasado, esos a los que me gustaría no haber tenido que decir adiós. Uno de ellos estaba tan alto y tan cambiado que me ha costado reconocerlo, pero en cuanto ha abierto la boca y me ha dicho con voz de barítono que les avise a qué centro voy el año que viene, me ha demostrado que por dentro sigue siendo el mismo osito de peluche (con aspecto de fiero león, eso sí). Una antigua alumna puede que repita curso (conmigo iba justa, por más que se esforzara) y los demás han aprobado todo. Dicen que les ha parecido más fácil que el año pasado. Es que yo meto mucha caña (palabras suyas, no mías).

El año que viene espero dar inglés, aunque lo veo difícil. Estoy cansada de ser tutora, de todo lo que implica tener una clase a tu cargo. Cuando das inglés sólo te encargas de tu clase en el momento de dar clase; si eres tutora, son tuyos a todas horas, hasta cuando están con los específicos. Estoy harta de padres. Estoy harta de notas y de actas varias. Quiero divertirme en clase. Quiero cantar y ser la profa guay que les da un respiro de la pesada de la andereño.

Ahora, a disfrutar del verano y del solete que asoma estos días. Las notas aún no han llegado y no me pienso poner a estudiar sin saber seguro que he suspendido, pero me temo que me espera una amarga sorpresa. Me da igual. Ya (casi) todo me da igual. Voy a disfrutar de todo cuanto pueda. Estoy cansada. Necesito cargar pilas para meterme tanta caña como este año en septiembre. Estoy contenta con todo lo que he hecho, pero se ha llevado una parte de mí. Ahora, a disfrutar.

Que ya toca.

En la pelu

El otro día hice un test en Facebook que me dijo que tengo mi lado femenino muy desarrollado, así que hoy he decidido hacer algo muy de chicas y me he ido a la peluquería. Como andaban muy justos de personal y había que esperar mucho, me he entretenido leyendo revistas; he evitado la Cosmo al principio, pero luego me han sentado para que calara el tin... o sea, el baño de color (que yo canas las justas, oiga) y me han acercado la maldita revista.

Odio la Cosmopolitan. Parece mentira que sea una revista hecha por mujeres para mujeres. En la hora que habré estado leyendo, se me ha bajado la autoestima a los pies. Necesito exfoliar todo mi cuerpo (a punto he estado de copiar las recetas de los exfoliantes caseros, pero no tenía boli a mano), y empezar a usar pero ya mismo crema antienvejecimiento-antiarrugas-antiflacidez, o a estas alturas, pasarme directamente al botox. No tengo pareja, pero visto lo sorprendida que me he quedado con su artículo "sorpréndele en la cama" o similar, no sabría satisfacerle en lo más mínimo. Tengo que empezar a visitar eventos culturales para ver si pillo a maromos buenorros intelectualoides, que deben abundar en los museos y en las exposiciones de fotografía. He de hacer la dieta Atkins, o la zona, o una cuyo nombre no recuerdo pero no te permite comer más que cosas verdes. No voy a suficientes conciertos. No presto suficiente atención a la cantidad de arrugas que tiene mi ropa. No me expongo lo suficiente para cazar a un buen partido. Eso sí: sé cargar la batería del coche (el único artículo útil en toda la revista, aunque insultante, porque nosotras también podemos entender de mecánica, no va en el cromosoma Y). Pero no tengo pinzas para hacer el puente, así que necesito parar a un tío buenorro para que me las preste. La cosa es pillar cacho quieras o no.

He salido deprimida de la peluquería. Monísima con mi corte nuevo, pero deprimida. El test ese debía estar mal, porque yo de femenina tengo poco, o al menos de Chica Cosmo. No me extraña que haya bulímicas. No me extraña que haya mujeres a las que sólo les preocupe su físico. El mercado está lleno de revistas donde lo único importante parece ser acertar con el bikini que mejor te siente y cazar al mejor partido posible. Claro que, para demostrar lo bien que te puede sentar el bikini de marras, te ponen a una modelo de cuarenta y cinco kilos que no ha visto un bistec en condiciones más que en fotografías al lado de un maromo de esos que sólo salen en las revistas y llevan más maquillaje que Rociíto el día de su boda. Muy realista, vamos.

Reivindico revistas de mecánica en la peluquería. Revistas de divulgación científica, de decoración, de arquitectura. O cómics. O tebeos. Pero no más Cosmos. Por favor, peluqueros del mundo, tened compasión. Por todas las mujeres a las que no les importa no llevar tacón a trabajar. Por todas aquellas a las que no les importa pillar cacho en la gasolinera, sino echar gasolina. Porque una mujer es más que un culo y unas buenas tetas.

Porque nosotras lo valemos.

Domingo

Domingo bochornoso, de esos que amenazan tormenta y en los que tienes que tener todas las ventanas de casa abiertas para que haga un poco de corriente. Es el primer día en meses que no tengo una lista de cosas que debo hacer; simplemente estoy llenando mi tarde con lo primero que se me ocurre, tratando de recordar qué hacía yo antes de ponerme a estudiar. El año que viene habrá menos asignaturas, no puedo seguir a este ritmo cuatro años más.

Pronto empezaré a escribir. Hoy probablemente no, pero esta semana quiero idear una rutina en la que la escritura tenga cabida. Escribiré para mí, porque ahora mismo no puedo pensar en abrirme a los demás. Escribiré ficción, porque si escribiera sobre cómo me siento no podría escribir. Quiero hacerme reír a mí misma. Quiero olvidarme de que ahí fuera la vida de algunos es una mierda.

Este blog se está convirtiendo en un diario, y yo no quería que ocurriera eso. Espero volver a incluir visiones distintas, detalles que observo, quizás algún cuento, algo que aporte algo a alguien, en lugar de un montón de sandeces que no le importan a nadie. Algún día volveré a la normalidad. Espero. Creo. Joder, no sé qué significa volver a la normalidad y, la verdad, no sé si quiero...

Gracias a todos los que seguís ahí.

Recta final

El lunes empiezan los exámenes (los míos, los de los niños son todas las semanas). Tengo sustituta y me voy a pasar la semana estudiando y examinándome; cuando vuelva, quedará semana y media de curso con los monstruos y hasta finales de mes para terminar el papeleo y arreglar las clases. Ya no queda nada.

Tengo ganas de acabar. Tengo ganas de tener tiempo para mí, de aprovechar los días que parece que por fin quieren salir buenos. Quiero pasear, leer, ordenar la casa... Y quiero escribir. Nada concreto, sin aspiraciones, pero escribir, porque llevo desde abril sin hacerlo y siento el mono. Pero ahora no puedo. Ahora tengo que concentrarme en lo que importa. El lunes... El lunes hablamos con la oncóloga. Las noticias solo pueden ser buenas dentro de lo malo. Luego me examino. Adivinad cuál de las dos cosas me ha dado cagalera (perdón por la ordinariez).

Hoy toca cervecita con las amigas y desconectar de todo. El día está nublado pero aún tolera una camiseta con la cazadora por encima, al fin y al cabo esto es Vitoria y aún no estamos a cuarenta de mayo. Mañana me doy fiesta, y pienso ir a una librería a hacer una lista de títulos que quiero comprar, que tendrán que esperar a julio porque este mes les he dado una buena hostia a mis ahorros. Creo que me voy a enganchar a la saga Millenium, porque he terminado con Las chicas Gilmore y quiero tener una nueva adicción que me permita no pensar. El domingo vuelta a empezar. Y mientras, mi cabeza bulle con cosas, porque si la dejo vacía se llena de temas que prefiero no tratar, que prefiero apartar a una esquina e ignorar mientras me dejen.

El gato está dormido. Le voy a despertar.